PROSA

¿QUIEN CONDUCE EL CARRUAJE?
Sandra Romeo
Argentina
Todo se convierte en polvo y ceniza. Incluso los hechos. Sàndor Màrai
Los caballos corren casi desbocados, azuzados con látigos de fuego que un cochero insomne, como centurión del tiempo, maneja hábilmente.
Arrastran al grupo de afortunados que pudieron pagar el traslado fuera de la ciudad en donde la peste apila vida sobre vida en el olvido.
Atraviesan los campos helados hundidos en los vapores de la fiebre.
La niebla es una alucinación condensada y colectiva.
Las granjas quemadas, pústulas negras en la blanca piel del invierno, son dejadas atrás como malos recuerdos en esa loca carrera de escape.
Los cascos de los caballos hacen estallar en cristales partidos la vida del hielo.
Los viajeros se abrazan dándose ánimos y conteniéndose unos a otros.
Comienzan a tranquilizarse prestando atención a lo que sucede fuera de ellos mismos.
Renace la calma.
Un sonido persistente, solitario entrechocar de huesos, los alerta y alarma.
Se miran aterrados unos a otros y al reconocer en esos leves suspiros de niebla las figuras que fueron antes, ahogan alaridos de certezas entres sus manos descarnadas.
Sólo el aire sabio que envuelve ese viaje helado y cristal se anima a susurrar quién conduce el carruaje.

EL MAR
E. Gormley
España
El mar, eterno y majestuoso, es una sinfonía de azul y verde que se extiende hasta donde alcanza la vista. Es el aliento del planeta, una vastedad que guarda en sus profundidades los secretos de la vida misma. Con cada ola que besa la orilla, el mar cuenta historias de tiempos antiguos, de criaturas misteriosas y de aventuras épicas que se despliegan bajo su superficie.
Hay una magia en el sonido rítmico de sus olas, un consuelo en su constancia y una inspiración en su vastedad. El mar no conoce fronteras; sus corrientes unen continentes y culturas, recordándonos que, a pesar de nuestras diferencias, todos somos parte de un mismo mundo. En sus aguas, encontramos reflejados nuestros propios sueños y miedos, nuestras esperanzas y anhelos.
A la luz del sol, el mar brilla como un manto de diamantes, mientras que bajo la luna, se convierte en un espejo de plata que refleja las estrellas. Cada amanecer y atardecer sobre el mar es un espectáculo de colores que emociona y asombra, un recordatorio de la belleza infinita de la naturaleza.
El mar es un reflejo de la vida misma, con sus momentos de calma y tempestad. Nos enseña la paciencia, la fuerza y la capacidad de adaptarnos a los cambios. En su abrazo salado, encontramos paz y renovación, y en su inmensidad, recordamos nuestra pequeña pero significativa existencia en el vasto universo.





