RELATOS SOBRE LA LLUVIA – AGOSTO

NOTA EDITORIAL

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Relatos-lluvia-agosto

La lluvia también escribe su propio relato. Cada gota guarda una historia. La lluvia siempre trae memoria.

COLABORADORES
  1. Sandra Edith Aguíñiga Luquín – México
  2. Maren Alberdi – España
  3. María Derlinda Costa Tasistro – Uruguay
  4. Enrique Fredy Díaz Castro – México
  5. Elspeth Gormley – España
  6. Andrea Kiperman – Argentina
  7. Andrea Morini – Argentina
  8. Graciela Reveco – Argentina
  9. María Rosa Rzepka – Argentina
  10. Yenni Mara Tugores – Uruguay
  11. Ana Unhold – Argentina

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MEMORIAS DE LA LLUVIA

Sandra Edith Aguíñiga Luquín – México

Afuera llueve, aunque lento y pausado, puedo oír las gotas como caen mojando la tierra que las espera ansiosamente para devolver con su olor característico y su poder evocador lo que la memoria guarda. Lluvia que conduce a mis recuerdos, a mi origen, traslado que se convierte en nostalgia, nostalgia que aviva el recuerdo con olor a infancia, a tiempo, a abrazos de los que ya no están, al primer amor… olor que huele a inocencia, a felicidad, a calma, a quietud, a almas limpias.

Lluvia menuda que al retirarse no se va del todo, se queda en la tierra, impregna el aire con el vapor de la memoria, deja su huella como si quisiera recordarme que estoy viva. ¡Huele a mamá! A un rico té con gorditas de harina recién hechas, a voces conocidas, a manos que alimentaban, a ese amor sororal que entonces parecía tan natural y hoy sé que era un regalo. Todo eso, reunido en unas gotas y en un aroma, me transporta, me hace volver la mirada a quién soy. ¡Cuánto encierra esta lluvia! Me trae recuerdos hermosos de la niñez; ver llover con contemplación desde el resguardo de la casa, esperar pacientemente a que terminara para salir corriendo a gozar de la frescura que dejaban sus gotas, respirar ese petricor que tanto disfrutaba y que hoy vuelve a impregnarme la piel y me conduce sin pedir permiso a la puerta de entrada del patio de la infancia.

Entonces… el corazón se aprieta por las voces apagadas, por las presencias que solo regresan cuando la memoria encuentra el camino, por los abrazos que ya no pueden repetirse. Pero al mismo tiempo, la lluvia me invita a agradecer porque a más de seis décadas aún pueda aparecer aquella niña mirando el agua caer esperando a que escampe para salir. Sin embargo, la lluvia también despierta lo que el tiempo parecía haber dejado seco y dormido: la pérdida y el dolor.

La lluvia fuerte me recuerda el río vertical que caía sobre mi cabeza, el sonido intenso como cataclismo celeste que no cesaba durante horas, como si el cielo llorara sin consuelo, como si escribiera con agua un poema de dolor, como si protestara y, a la vez, como si me acompañara en el sufrimiento.

Enseguida, las imágenes se hacen presentes, se posicionan una a una frente a mí: una madre desconsolada llorando a su hijo, un padre ebrio de dolor, una esposa adolorida, aturdida y desconcertada y unas niñas sin padre, con dolor también y con ganas de jugar, como si el juego pudiera detener lo que estaba sucediendo, con la conciencia propia de un niño en la que su pequeña humanidad no alcanzaba a comprender. La lluvia me devuelve ahí, no para quedarme, sino para recordarme de dónde vengo.

Hoy la lluvia menuda me sigue generando nostalgia y la lluvia fuerte me regresa a la pérdida; una me conduce a la infancia y la otra al dolor. Disfruto la llovizna y no deseo dejar de hacerlo; la lluvia fuerte sí me regresa al dolor, no la evito ni la niego, porque aun en la tormenta me reencuentro. No puedo olvidar episodios dolorosos de mi vida, son parte de mi historia, pero sí puedo, desde ellos, honrar y agradecer a quienes me dieron vida y ya no están y a quienes me acompañaron en el camino. Puedo honrar mi propia existencia al estar aquí sintiendo, recordando, contemplando la lluvia, aunque duela y haya dolido.

Así el agua del cielo se convierte en una fuente purificadora del alma, se transforma en gratitud con Dios por permitirme contemplar su belleza independientemente de los motivos que el cielo tenga para llorar. Es agua que limpia, que arrastra todo aquello que está demás; moja, seca, penetra, permanece y vuelve a comenzar como la vida, como la memoria… como yo. Quizá por eso quiero que la lluvia deje algo de ella que permanezca en la tierra, en el aire y en mí.

Porque mientras la lluvia siga despertando mis recuerdos, aquella niña que fui seguirá viviendo dentro de la mujer que soy.

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LA LLUVIA QUE ME RECUERDA  

Maren Alberdi – España

La lluvia fina cae como si tuviera memoria. No golpea: acaricia. Y en cada gota trae un olor distinto, un recuerdo antiguo, una parte de mí que creía dormida.

Cuando la lluvia empieza, lo primero que llega es el olor a tierra mojada. Ese aroma profundo que solo conocen los bosques, los hayales, los caminos donde el silencio tiene raíces. Me veo niña, corriendo entre árboles altos, escuchando el murmullo de los riachuelos que serpenteaban cerca del caserío. La lluvia allí era sagrada: era hogar, era juego, era vida. Era ese perfume que solo existe cuando el agua toca la tierra que uno ha amado desde siempre.

Luego llega otro olor, distinto, más salado, más mío: el olor a mar cuando llueve. Un olor que se intensifica, que se vuelve más profundo, más azul. El mar bajo la lluvia respira de otra manera. Se abre, se expande, se deja sentir. Y yo, que vivo cerca de él, sé que ese olor no es solo agua y sal: es memoria líquida, es abrazo, es promesa.

Pero la lluvia también tiene otro rostro. En la ciudad huele diferente. Huele a asfalto mojado, a prisa detenida, a paraguas que se cruzan, a pasos que resbalan. Es un olor más duro, más gris, más humano. Y aun así, también me invade. Porque la lluvia, incluso en la ciudad, trae recuerdos: de calles recorridas, de vidas compartidas, de días que fueron y ya no son.

La lluvia fina es un puente. Une mis mundos: el bosque de mi niñez, el caserío que me vio crecer, el mar que ahora me sostiene, la ciudad que me acoge. Cada gota es una llave que abre una puerta distinta. Cada olor es una historia que vuelve.

Y cuando la lluvia cae así, suave, lenta, verdadera, siento que todo lo que fui y todo lo que soy se encuentra en un mismo lugar. En ese instante en que la piel se humedece, en ese segundo en que el aire cambia, en ese momento en que la memoria despierta.

La lluvia fina no moja: revela. Revela quién fui, quién soy, y quién sigo siendo cada vez que el cielo decide hablar en voz baja.

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LLUVIA

María Derlinda Costa Tasistro – Uruguay

Lluvia que caes en lágrimas desprendidas del cielo, así como el inconfundible aroma que transmite la madre tierra mojada. Así como las plegarias que se elevan en ruegos para aplacar la sequía.

Como la lava que se convierte en lluvia negra. Eres pecadora y salvadora cuando tú decides chisporrotear con tus gotas aquí y allá o cuando haces correr a los enamorados descubiertos por tu osadía. Lluvia fuerte que desalojas viviendas, provocando penurias y tristezas, acentuando la pobreza donde ya impera.

Inspiras respeto con tu presencia o ausencia. Eres maldita y bendita. Formas parte de nuestras vidas ya que las condicionas en el bien y en el mal.

Ten presente que muy a menudo dependemos de ti.

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DEPREDACIÓN

Enrique Fredy Díaz Castro – México

La romantización de la lluvia como fenómeno refrescante, apaciguador del clima y generador de vida, ha transitado generacionalmente y nos une en agradecer al Creador por las bondades que nos brinda. El verdor en la geografía, las cosechas en la milpa o parcela, los ríos fluyendo el vital líquido, la frescura ambiental, esas mañanas y tardes cafeteras mientras arrobados contemplamos el paisaje y múltiples beneficios que nos deja en esta parte del hemisferio durante el verano. 

Todo mortal asume que la dependencia del agua es infinita, pródiga y naturalmente vital para el desarrollo del mundo y sus haberes. Cuidar sus logros e impulsarlos con vehemencia debería ser más que un acicate y costumbre arraigada, una consigna como lo es beberla, asearnos con ella, regarla a conciencia sobre tierras de cultivo y el jardin en casa; no obstante, la lluvia pareciera que en algunos se torna velado enemigo por el tema de sus cosechas y la inconsciencia humana ha fabricado implementos para contravenirla, para inhibirla: los llamados cañones antigranizo y supuestas bombas con químicos que desde las avionetas flagelan a los bancos nubosos rompiendo el natural ciclo en tiempo y forma; sin olvidar que la deforestación repercute negativamente en ese proceso refrescante para el suelo y todo ser vivo.

La tragedia mundial se cierne velozmente sobre vastas regiones continentales. América, África y Europa sufren alarmantes seguías, sus países enfrentan un panorama desolador cuyo crecimiento rebasa el potencial económico de gobiernos y consorcios; el ingreso per cápita de las arcas se debilita en combatir la sequía en el campo, los incendios forestales de descomunal dimensión y para colmo, el hombre en su desmesurada ambición, destruye a diario grandes extensiones boscosas con maquinaria o provocando gigantescas lumbreras de la manera más impune y genocida.

Si, la lluvia es muy urgente pero los emisarios de la destrucción la inhiben con saña y desprecio por la vida misma, acelerando las grandes conflagraciones que con inmediatez consumen cientos de miles de hectáreas de selvas en diversos puntos del país y del mundo provocados por la mano del hombre pero la impunidad supera a toda ley y principio que sustente el ejercicio de la justicia contra la depredación de incalculables daños que aceleran el fin de esta generación. La insensibilidad de unos cuantos está acabando con todo rastro de vida en la tierra

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EL DILUVIO QUE ME DESPERTÓ

Elspeth Gormley – España

La lluvia empezó como un susurro. Una caricia fina, casi tímida, que apenas rozaba la tierra. Era la lluvia que siempre me ha acompañado: la que huele a bosque, a hayal, a caserío, la que despierta recuerdos de infancia escondidos entre raíces y riachuelos.

Cerré los ojos y respiré. El aroma a tierra mojada me devolvió a aquellos días en los que corría descalza, cuando la vida era simple y el mundo cabía en mis manos pequeñas. La lluvia fina siempre ha sido mi puente hacia lo que fui.

Pero esa tarde, algo cambió.

El cielo se oscureció de golpe, como si hubiera decidido que ya era hora de hablar en serio. La lluvia dejó de ser caricia y se convirtió en golpe. En rugido. En torrente.

Cayó con una fuerza que parecía imposible. Una lluvia torrencial que no pedía permiso, que no avisaba, que no negociaba. Era un diluvio, pero no solo afuera: también dentro de mí.

Sentí cómo cada gota golpeaba el suelo como un martillazo, como si el cielo quisiera romper algo que llevaba demasiado tiempo quieto. Y entendí que esa lluvia no venía a mojar: venía a limpiar.

El agua arrastraba hojas, barro, polvo… y yo sentí que también arrastraba mis silencios, mis miedos, mis dudas, mi cansancio acumulado. Ese lodo interior que uno guarda sin darse cuenta.

La lluvia torrencial era un espejo. Me mostraba lo que ya no quería cargar. Me obligaba a soltar. A vaciar. A dejar ir.

Y mientras el agua corría por las calles como un río improvisado, yo también me dejé llevar. Me dejé limpiar. Me dejé romper. Me dejé reconstruir.

Cuando la tormenta empezó a aflojar, el aire cambió. Olía a mar, a ese olor profundo que solo aparece cuando la lluvia toca la sal. Un olor que me recuerda quién soy ahora, quién he aprendido a ser.

La ciudad también olía distinto. A asfalto mojado, a vida que se detiene, a gente que corre buscando refugio. Pero yo no corrí. Me quedé. Porque a veces hay que quedarse en la tormenta para entenderla.

Y entonces lo supe: la lluvia fina me trae recuerdos, pero la lluvia torrencial me trae verdad.

La primera me acaricia. La segunda me despierta.

Y ambas, juntas, me devuelven a mí.

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LLUVIA

Andrea KipermanArgentina

Antes que nada, como siempre, gracias por estar del otro lado compartiendo estas palabras. A veces cae así, como si nadie la estuviera mirando. Se desliza desde arriba hacia el suelo, rozando, acariciando la tierra. En ocasiones desata su furia como un león rugiente que necesita demostrar su poder; en otras simplemente pareciera que ni está presente. A veces solo molesta, se hace tan imperceptible que ni se llega a notar.

Dicen que solo su presencia sana, limpia, purifica a todos los que estamos aquí. También debo admitir que causa desastres cuando se pone furiosa, casi indomable, con esas gotas que parecen que nunca se van a terminar, inundando todos los espacios de la tierra. Muchas veces es alivio, ese alivio que baja las altas temperaturas.

Hay lugares de la tierra en los que suelen extrañarla, ya que muy pocas veces al año aparece, y otros en los que aparece cada dos por tres en pequeños momentos casi todos los días. Es simplemente así: aparece en el momento exacto, que claro, nosotros desconocemos por completo. Querida lluvia, espero que con tu agua puedas regar con tu dulzura a todo lo que habita en el mundo.

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EL ECO DE LA LLUVIA

Andrea Morini – Argentina

Mica contemplaba la lluvia azotar las tejas de la casa de enfrente. Era una jornada plomiza de invierno, de esas que —especialmente cerca del mar— te calan hasta los huesos. Las calles de su barrio yacían sepultadas bajo la misma bruma triste y espectral que le oprimía el corazón. En la acera, ancha y marchita, se erguían árboles arcaicos. En verano solían ser el orgullo de los transeúntes, pero aquel día sostenían con pesadumbre el llanto que el cielo había vertido sobre ellos. Junto a la vereda había tres automóviles estacionados. No los reconoció. Incapaz de sofocar su devoción por los misterios ajenos, se preguntó a quiénes pertenecerían y qué oscuras historias arrastrarían sus dueños; siempre había disfrutado inventar vidas para los desconocidos con los que se cruzaba por azar.

Aburrida, decidió salir a caminar. Sabía que no era el momento adecuado, pero cuando la impaciencia la dominaba, cedía sin resistencia a cualquier impulso. Necesitaba respirar un aire que de repente le resultaba escaso. Le pesaba aquella soledad suspendida en tanto espacio baldío: desde la partida definitiva de sus padres, la casona familiar había dejado de ser un hogar. La habitaba, sí, pero no la vivía; no era más que una inquilina resignada, un espectro tan intrascendente como la araña que anidaba en el rincón de la cocina, a la espera de que alguien, algún día, la barriera sin contemplaciones.

Cruzó el umbral y contempló el escenario de siempre: los pasajes estrechos, sinuosos, y los jardines frontales doblegados por lo gélido y la humedad. Una hilera de sauces, con sus ramas lánguidas rozando el barro, la saludó con solemnidad. A lo lejos, un vecino paseaba a su perro —o tal vez el perro paseaba a su dueño, la escena era demasiado difusa y a ella tampoco le importaba. Un rugido de motor quebró la monotonía; pertenecía a uno de los vehículos que había dejado atrás. Quizá algún joven impaciente por reunirse con los suyos. El chirrido de una acelerada violenta y un alarido desgarrador interrumpieron bruscamente sus pensamientos. En un parpadeo, se halló inmersa en una multitud que emergía de las penumbras de sus casas.

—¡Qué tragedia! —murmuraban unos. —¿Qué ha ocurrido? —inquirían los más lejanos.

Mica no lograba desentrañar la escena; se sentía una observadora ajena, incorpórea. De pronto, un rostro amado y lejano se destacó entre la muchedumbre. Una amplia sonrisa iluminó su semblante, hasta entonces ensombrecido por la pena, y avanzó hacia él sin dudarlo.

—No mires. Vámonos de aquí —le dijo él en un murmullo, con esa voz cálida que tanto lo caracterizaba al ponerse a su lado.

Mica, sumisa, le tendió la mano con un gesto ancestral que la inundó de una dicha olvidada. Sin embargo, vencida por un morbo involuntario, giró la cabeza hacia la esquina. Vio la aglomeración de curiosos, el cuerpo inerte y desmadejado sobre el asfalto húmedo… y fue entonces cuando lo comprendió todo.

—Sí, papá. Mejor nos vamos —respondió.

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TORMENTA

Sandra Romeo – Argentina

Quien mira hacia afuera, sueña;

Quien mira hacia adentro, despierta. Carl G. Jung

Una noche de tormenta te despierta un extraño ruido. Primero piensas en la rama contra la ventana, esa que no se deciden a cortar para no dañar al árbol que plantaron los abuelos. Pero piensas —y es cierto—: no hay viento.

Sin moverte de la cama, recorres mentalmente los espacios de la casa. Tu mente sale por esa puerta abierta del cuarto y sigue por el pasillo alfombrado. La luna se refleja a través de los ventanales amplios y se reproduce sobre la superficie del lago en miles de lunas destripadas. Sin embargo, te lo digo yo: esta noche no hay luna.

Sigue tu mente recorriendo la casa, baja por las escaleras y se siente el suave rechinar de la madera bajo sus pisadas. Una mente casi dormida o recién despierta puede decirse que pesa poco. Sin embargo, tu mente está llena de tu vida. No puede pesar poco.

En la cocina se detiene, tu mente, sobre el piso damero en blanco y negro. Y ahí está el causante del extraño ruido en esa noche de tormenta. Solo sobre las baldosas. Esperas alguna reacción de su parte, pero él se mantiene en silencio, a la expectativa. Busca, tu mente, el sitio en dónde dejó olvidado al causante del ruido. No sabe dónde lo perdió, en qué recoveco se quedó escondido para luego hacer esta aparición espectacular. No recuerda. Pero tampoco está dispuesta a hacerse cargo del abandono ni de la culpa que entrevé en los ojos de él, que la mira fijo desde el piso de la cocina en esa madrugada tormentosa.

Te agitas en la cama, percibiendo la lucha de voluntades que se está dando en ese momento en la planta baja. Quisieras intervenir, pero a estas alturas ya no sabes a favor de quién.

No se puede vivir sin una mente, eso es claro. Tampoco sin sueños, eso es doloroso.

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EMPOLGADOS BAJO LA LLUVIA

Graciela Reveco – Argentina

Llovía tanto que Leandro pensó que estaba frustrado el intento de que su padre lo llevara al campo como un miembro más de la expedición. El letargo aburrido en la vida de ciudad lo convertía en un niño apático, impreciso en sus recónditas aspiraciones, desmotivado por algún tipo de carencias. Los progenitores ofrecían bastante, sin embargo, no comprendían su íntima perspectiva. Una sola vez permitieron que acompañara al grupo, pero era tan pequeño que no bajó de la camioneta. Muchos bichos y espinos, sentenció la pobre excusa de su padre.

En esta oportunidad, sería un placer encontrar nuevas especies para su insectario y el proyecto de herbario que tenía emprendido desde días atrás. La maestra lo calificaría con excelente. Además, podría experimentar a cielo abierto la rudeza del campo, el paisaje agreste, tan lozano y salvaje como una pintura de la época indígena, como la soñara en sus largos vuelos de pájaro en libertad. Ya no era un niño, cursaba quinto grado y deseaba respirar lo autóctono desde la sublime entraña de la tierra, y no solamente a través de los libros de geografía.

Debía actuar rápido, no ocurría con frecuencia que su padre explorara terrenos para comprar parcelas. Preparó la mochila y no olvidó la Tablet para fotografiar, besó a su madre sin esperar aprobación y trepó a la camioneta. Primero el padre lo observó seriamente, pero luego puso en marcha el vehículo y partieron bajo la intensa lluvia, y la esperanza de que más adelante se detuviera. Y así fue. Tras un par de horas de viaje salieron de la carretera para ingresar a una huella pedregosa, marcada por el tránsito de los caballos y algún vehículo ocasional. El aguacero quedó atrás, empujado por la victoriosa y caliente sequedad del terreno. Leandro estornudaba cada tanto, el polvo suelto se metía por el cierre de las puertas y podía sentirlo hasta la garganta, pero no dijo nada.

Cerca del mediodía se detuvieron en una villa; la precaria construcción no le restaba encanto al lugar. La gente de allí bebía agua de pozo y se alimentaba de aves y verduras. Aquello era tan diferente a la calidez de su hogar, con la salamandra, los calefactores, el suave acolchado de lana de su cama, y en los días de calor con la frescura del aire acondicionado. En la escuela tenía compañeros que tampoco gozaban de todas esas comodidades, pero dormían lejos de las arañas y las cucarachas. El niño pensó con cierta tristeza, y a su manera, que había muchas cosas que el ser humano no podía manejar a su gusto.

Sacó las primeras fotos y decidió que había algo que podía solucionar y estaba fuera de todo contexto de escasez y desamparo que el panorama ofrecía a su ingenio fisgón. Hacía largo rato que la vejiga amenazaba estallar y debía resolver el problema. Con absoluta decisión y sin medir nada más que la urgencia, se dirigió a un frondoso árbol que estaba a unos cuantos metros de las primeras casuchas, a la entrada de la villa. Cumplía su cometido cuando descubrió unos grandes ojos negros desaprobando el hecho, un niño de su edad, moreno y desgarbado, que abanicaba su mano frente a la cara para alejar el olor. ¿Por qué le haces esto al árbol?, interpeló ceñudo, hay un retrete para eso, y ahora funciona bien porque mi papá desagotó el pozo ciego. Repetía palabras de adulto, y no esperó respuesta, ni disculpa, solo se fue.

Leandro quedó estupefacto frente al árbol, con una gran desazón. Un perro levantó la pata para imitar la acción descabellada, pero un largo silbido lo arrancó del intento. Leandro miró el cielo con ojos tristes, ojalá lloviera para borrar su desatino. Afligido, acudió al llamado de su padre. A cambio de información, bajaron de la camioneta alimentos para los aldeanos y luego partieron. El camino y el cielo estaban despejados, podían seguir un poco más adelante sin problemas. Mientras se alejaban, Leandro miró hacia atrás y vio al muchachito moreno que lo había reprendido por su mala acción; echaba baldazos de agua sobre el tronco maltratado. Un sentimiento de angustia le hizo cosquillas en el estómago, pero no estaba seguro de la estatura del daño ocasionado, solo aspiraba a que la lluvia lo sanara.

Tras otro largo trecho, se detuvieron en una bonita extensión manchada de ocre y verde musgo, salpicada de guijarros de diversa tonalidad, cactus y un sinfín de flores silvestres, amarillas y rosadas. El horizonte cerraba con un anaranjado furioso detrás del azul, pero tanta naturaleza viva no le quitó el malestar. Aprovecharon para almorzar en ese lugar y Leandro necesitó contarle el incidente a su padre. Sentía algo de vergüenza, pero él tenía una respuesta justa para todo. Esta gente vive enraizada a su terruño y cada cosa que los rodea representa un valor incalculable. No conocen nada más fiel que la naturaleza que los viste y les da de comer; la defienden como pueden. Te ofreció su sanitario, dentro de toda su pobreza fue una cuestión de educación, nada más. Igualmente, el árbol no quedó muy feliz con eso, no debe haber una próxima vez, dijo sabiamente su padre. Hablar y entender lo hizo sentir mejor. Le agradaba la experiencia, conocía lugares interesantes y aprendía a salvar errores y diferencias. Con absoluta felicidad, se dedicó a tomar más fotos, a recoger bichitos raros, algunas raíces frescas y piedras amorfas.

En el ocaso de la jornada, el campo furiosamente bello, altos arbustos coloridos, bajo una techumbre de estrellas, envolvió el regreso. Asombrado, Leandro llevaba todo en sus ojos más que en la Tablet. El horizonte esparcía iridiscencias color rosa y celeste, como un pincel avezado que cerraba la claridad del día. A lo lejos fulguraba un puñado de luces. En minutos nada más pasarían por el costado de la villa, justo frente al árbol, y Leandro pudo apreciar con asombro de dónde provenía su cosquilleo. Comprendió todo en un instante. El muchachito moreno que lo había reprendido estaba tendido bajo el árbol mancillado, y trataba de conciliar el sueño contando estrellas. Su padre tenía razón: solo había defendido sus dominios, y sin duda sus carencias eran materiales, en cambio la suya era una sola: la capacidad de valorar con el corazón lo que la vida le otorgaba. Empolgados bajo otro tipo de lluvia, sintió que su pequeña estatura había crecido con la celeridad del árbol.

Cerca de la casa familiar el cielo empujaba la tormenta hacia otra latitud y aparecían algunas estrellas entre nubes; le gustó la nueva sensación. Gracias, papá, dijo mientras bajaba corriendo de la camioneta, aunque su padre no sabía el alcance de tal agradecimiento. Leandro convino, en su despertar interior, que había una porción de felicidad para cada persona. Él tenía su propio cielo y su propia lluvia de estrellas, capturados con el telescopio desde el balcón de la planta alta, y… ¡pobre de quien se atreviera a invadirlo

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LA INUNDACIÓN

María Rosa Rzepka – Argentina

Las aguas del arroyo habían salido de su cauce buscando el declive de las tierras. Avanzaban hacia el caserío.
En las casas acomodaban los enseres más importantes y los comestibles que quedaban luego de diez días de lluvia intensa.
Se escuchaba el avance de la correntada, acrecentando la zozobra.
Los animales seguían en los corrales, reparándose los unos a los otros. Las gallinas encaramadas en las ramas bajas de los árboles.
El agua llegó rápido, aumentando el sufrimiento, estancándose entre los requechos ralentizó un tanto su marcha.
Hasta que un viento del oeste comenzó a despejar el cielo. De a poco se insinuaron los rayos del sol, débilmente.
La esperanza venció al barro.
Exhaustos, hombres, mujeres y niños sabedores del trabajo que costaría recuperar lo perdido, se contentaban por haber resistido la inundación sin pérdidas de vida.
Llegando la noche, algunas estrellas acompañaban a la luna como queriendo dar aliento a los inundados.
Aquella noche no llovió.
El arroyo volvió a contener sus aguas en cauce, mientras la tierra trataba de absorber las aguas, ahora quietas. Tal vez, avergonzadas

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SINFONÍA DE LLUVIA
Yenni Mara Tugores – Uruguay

Ha besado la lluvia aquel jardín, y el agua dormida de la fuente se estremece como si despertara de un sueño antiguo. El repiqueteo de las gotas golpea con fuerza sobre un periódico que rueda sin rumbo, deshaciéndose poco a poco hasta convertirse en un desecho más de la tormenta. A mi alrededor, la gente corre buscando refugio; puedo percibir las prisas, el choque de paraguas, los frenos bruscos de los vehículos, todo mezclándose con la estrepitosa caída del agua. El aleteo desesperado de los pájaros buscando abrigo y la leve brisa que agita las copas de los árboles componen un escenario que hace que mi imaginación despierte.

La fuente se desborda y se convierte en cascada, y es entonces cuando en mi mente comienza a formarse una melodía. El sonido crece, se hace más fuerte, más profundo, más envolvente, a medida que la lluvia sigue cayendo con insistencia. Cierro los ojos y dejo que mis oídos tomen el mando, deleitándose con aquella maravillosa sinfonía que parece surgir de cada rincón del jardín. Me imagino una canción, una canción de amor, y giro y giro al compás de esa música estremecedora. Oigo violines, pianos, saxos y trompetas. Mis sentidos se agudizan, mis pies comienzan a danzar, y por un instante siento que la lluvia dirige una orquesta invisible solo para mí.

De pronto, la lluvia cesa. La brisa se calma. La sinfonía se detiene. Y esa canción que nunca cantaré queda dormida en mis labios, como un secreto que la tormenta me regaló y que solo existe mientras el agua cae.

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LA LLUVIA ¿CULPABLE O INOCENTE?

Ana UnholdArgentina

Hace tiempo se han ido sucediendo en la tierra una serie de sucesos que no pueden dejarse pasar. Esto ha llevado al Tribunal Internacional de La Haya a someter a juicio a la lluvia como responsable de tantos males. El relator lee los primeros informes: los combustibles fósiles están avivando las llamas de esta crisis. Más carbón, petróleo y gas implicarán “un futuro aún más inflamable”, con un contexto de temperaturas oceánicas excepcionalmente elevadas a escala global. La actividad climática estacional prevé temperaturas muy altas, superiores al promedio, en África, sur de Europa, península Arábiga, sur de la India, este de Asia, América Central, el Caribe, Sudamérica y Nueva Zelanda. Existe elevación de la temperatura superficial del Océano Pacífico Central y Oriental, desencadenando cambios en las lluvias y la temperatura a escala global. Vienen efectos climáticos como sequías e incremento en incendios forestales, en especial en la cuenca del Índico. Si bien desde tiempos inmemoriales se ha considerado necesaria a la lluvia, últimamente podemos observar que se ha excedido en frecuencia y cantidad en muchos lugares de la tierra, ocasionando más daños que beneficios. Por ello es que se presentan estas acusaciones. La lluvia transparente bajó lentamente la cabeza.

—Señor Fiscal, por favor lea el informe que completa lo anterior —señaló el relator. La Organización Meteorológica Mundial —agrega el fiscal— augura episodios de lluvias intensas e inundaciones, por ejemplo, en México entre agosto y octubre. Por otro lado, se considera que la lluvia también tiene responsabilidad en otro fenómeno: desde el 30 de julio el planeta ingresó en una fase de sobregiro ecológico. Representa el punto del año en que la humanidad utilizó todos los recursos naturales que la tierra puede renovar durante ese mismo año. A partir de ese momento la sociedad comienza a consumir “en números rojos” y compromete el futuro de las próximas generaciones. Según la ONU, el mundo ya agotó la capacidad de regeneración anual de los ecosistemas. El Sr. Guterres, Secretario General, ha expresado: “Necesitamos repensar urgentemente cómo producimos y consumimos. Todavía podemos cambiar el rumbo, pero solo si actuamos ahora”.

¿Cómo se realiza el cálculo del Día de Sobregiro de la Tierra, momento exacto en que la demanda de recursos ecológicos y servicios sobrepasa la capacidad de regeneración de la naturaleza para ese año? El cálculo se realiza comparando la huella ecológica —toda la superficie productiva necesaria para satisfacer las necesidades humanas de alimentos, fibras, madera, espacio para infraestructura y absorción de carbono— con la biocapacidad del planeta. La lluvia escuchaba cabizbaja y en silencio.

El fiscal continuaba leyendo: un informe de Global Footprint Network detalla que actualmente la humanidad está demandando de la naturaleza un 73% más rápido de lo que los ecosistemas pueden regenerar. El equivalente a usar 1,73 Tierras. Este fenómeno puede compararse con agotar el saldo de una cuenta bancaria y empezar a operar en déficit. Estos procesos profundizan fenómenos meteorológicos extremos, como sequías, lluvias torrenciales y olas de calor que afectan a los ecosistemas y reducen la producción alimentaria. La lluvia apenas levantó la mirada. Como información, leeremos algunas fechas claves del giro ecológico en diferentes países: Qatar, 4 de febrero; EE.UU., 14 de marzo; España, 4 de junio; Argentina, 13 de junio; Colombia, 1 de octubre. La consecuencia del sobregiro incluye un uso excesivo de recursos como agua dulce y acumulación de gases de efecto invernadero.

—Por lo tanto, podemos concluir que la lluvia es acusada de inundaciones, barro, derrumbes, cosechas perdidas, sembrados arruinados por caer fuera de tiempo, muertes humanas y animales y toda otra cantidad de desastres. La lluvia escucha en silencio y cuando le conceden la palabra, responde: —Yo siempre fui la misma. He sido una viajera en el tiempo: estuve en glaciares, océanos, nubes y nieve. Fui sangre de un dinosaurio y de una oruga; estuve en todas las lágrimas de quienes expresaron dolor; he mojado chozas y palacios; mojé a jueces y condenados al pie del cadalso. Incontables recorridos a lo largo de los siglos. Yo siempre he sido la misma. Fueron ustedes quienes talaron hectáreas y hectáreas de bosques. Ustedes cubrieron la tierra con cemento, desviaron los ríos y calentaron el planeta quemando carbón y petróleo. Podría pasar días enteros enumerando daños… No me juzguen por los daños que producen sus propias decisiones. Nunca admitiré ser culpable de daños al planeta. Soy el único idioma que todos los pueblos entendieron antes de inventar las palabras. ¿Soy culpable o inocente?

Un enorme silencio se extiende en la sala. El presidente del tribunal toma el mazo para dictar la sentencia. En ese instante un trueno amenazante hace temblar los ventanales. No se sabe si fue casualidad o si la lluvia acaba de responder…

Vuelve la escritora a la ciudad de La Plata. Llueve a cántaros. No intenta esquivar la lluvia; deja que le moje el rostro. Por primera vez comprende que no está caminando bajo una tormenta, sino bajo millones de años de historia.

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