RELATOS SOBRE LA VIDA – JUNIO
Nota: Todo el contenido de esta revista se encuentra amparado por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna, artículo 2 y concordantes.

» La vida se escribe en silencios: cada relato es una orilla donde el alma descansa.”
✦ COLABORADORES
(
- Maren Alberdi – España
- Libia Beatriz Carciofetti – Argentina
- Elspeth Gormley – España
- Ana Unhold – Argentina
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LA VIDA HOY: ENTRE EL RUIDO Y LA RESISTENCIA SILENCIOSA
Maren Alberdi – España
Vivimos tiempos en los que la vida parece correr más deprisa que nosotros. La sociedad avanza a un ritmo que no siempre acompaña al corazón humano, y esa diferencia de velocidad se nota en las calles, en las casas, en las conversaciones y en los silencios. La vida actual es un escenario donde conviven la prisa, la incertidumbre y una necesidad profunda —casi desesperada— de encontrar un lugar donde respirar.
Hoy la gente vive con el gesto apretado. No porque quiera, sino porque la realidad pesa. Pesa la economía, pesa la soledad, pesa la falta de tiempo, pesa la sensación de que todo es urgente. Pesa incluso la obligación de estar bien, de sonreír, de aparentar que nada duele.
La sociedad está sufriendo, aunque no siempre lo diga. Se nota en los ojos cansados en el transporte público, en los mensajes que se responden sin ganas, en las familias que hacen malabares para llegar a fin de mes, en los jóvenes que sienten que el futuro es un lugar demasiado caro, demasiado incierto, demasiado lejos.
Pero también hay otra cara, menos ruidosa, más humana. La vida actual está llena de pequeñas resistencias: – quien ayuda a un vecino sin pedir nada – quien escucha sin mirar el reloj – quien comparte lo poco que tiene – quien sigue creyendo en la bondad aunque el mundo vaya rápido
Porque, aunque la sociedad esté herida, no está rota. Hay una fuerza silenciosa que sostiene lo cotidiano: la solidaridad, la familia, los afectos, la amistad, la comunidad. Es ahí donde la vida se vuelve más real, más verdadera, más nuestra.
La vida actual es dura, sí. Pero también es un recordatorio: que seguimos aquí, que seguimos sintiendo, que seguimos buscando un lugar donde encajar, que seguimos intentando ser humanos en medio del ruido.
Y quizá, en ese intento, esté la verdadera esperanza.
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EL CAMPEONATO DE LA VIDA
Libia Beatriz Carciofetti – Argentina
Sin lugar a dudas, hoy es un día muy especial. No solo para el mundo entero, sino también para el mundo del deporte, en este caso, el fútbol. Comienza a jugarse el Mundial.
Y como en todo campeonato deportivo, los jugadores que saldrán a la cancha tuvieron su tiempo de entrenamiento: unos más, otros menos. Pero en base a ese esfuerzo, en la cancha se verán los resultados.
Con permiso de mis lectores, trasladaré este evento al Campeonato de la Vida, nuestra vida. Mientras estamos en esta tierra, estamos jugando este gran partido.
¿Contra quién? ¿Con quién salimos seleccionados?
Nada menos que contra todo lo que nos rodea: el mundo, con sus placeres, sus vicios, su falta de códigos; un mundo inescrupuloso que a lo malo llama bueno y a lo bueno malo. Un mundo donde se perdió el respeto, el amor, la tolerancia hacia el prójimo. Un mundo en el que cada mañana se levanta el telón del “teatro de la vida”, donde cada uno baila a su ritmo y cambia el antifaz según convenga.
Los abuelos pasaron a ser “paquetes” para ser depositados donde más barato nos cobren. Los padres se convirtieron en “tiranos” que reprimen en todo momento, y las caricias pasaron a ser bofetadas y golpizas. Nuestros maestros y profesores cumplen el papel de rehenes, y descargamos en ellos nuestra rabia acumulada.
Los parques se transformaron en kioscos para comprar y vender droga, en vez de ser lugares de esparcimiento. Ya no tenemos un sitio apartado para inhalar aire puro: pese a las disposiciones que prohíben fumar, todo lugar cerrado se convirtió en chimenea. El hogar dejó de ser hogar para convertirse en un edificio sin contención.
Ahora los bebés ya no abren sus ojos ante un papá y una mamá, sino ante dos personas que decidieron cambiar de sexo, lo que les acarreará confusión cuando deban enfrentarse a la vida en relación. Dios estableció la pareja para procrear hijos.
Preguntas, muchas. Respuestas, pocas.
El deporte se convirtió en un ring gigantesco, donde no solo pega el más fuerte, sino donde también es agredido quien solo buscaba un lugar de distracción. La familia se transformó en “células” que ya no se reúnen alrededor de la mesa familiar, sino en restaurantes (los que pueden acceder a ellos). Ahora se elige con qué hermano, cuñada o suegra queremos compartir la mesa.
En los partidos del Mundial se han establecido reglas y mandamientos impuestos por la FIFA: quien no los cumple será penalizado. A más contravenciones, más sanciones.
En el Partido de la Vida también hay reglas, pero no hechas por hombres: son mandamientos instituidos por Dios. El hombre y la mujer, en su distanciamiento, se niegan a cumplirlos y siguen pecando contra Él, revelándose y echándole la culpa cuando les sucede algo que no pueden superar.
La situación cambia: la pena no nos descalifica y podemos seguir jugando. Dios no ama el pecado, pero ama al pecador, y siempre está dispuesto a perdonar, sin importar el grado de pecado que cometamos. Pero se debe cumplir con un reglamento: pedir perdón y apartarse del mal.
Dice la Biblia en Romanos 6:23: “Quien solo vive para pecar recibirá como castigo la muerte; pero quien confiesa y se aparta alcanzará misericordia.”
El director técnico de cada equipo del Mundial les enseña estrategias para ganar. Dios también nos dejó una estrategia para ser ganadores en el partido de la vida: creer y aceptar el sacrificio de su Hijo Jesucristo y recibirlo como Salvador.
El esfuerzo valdrá la pena. El equipo ganador, además de dinero, ganará reconocimiento, prestigio y la admiración del mundo. Llegará a su lugar de origen y una multitud lo estará esperando. Un balón dorado será el premio mayor, besado y enarbolado por los vencedores.
Y como en todo campeonato, habrá vencedores y vencidos. Igual que en el campeonato de la vida.
Estamos entrenados para jugarlo. ¿Qué nos falta? Pienso que garras. Vemos los problemas como montañas y olvidamos que Dios los ve desde arriba y son pequeños. Nuestra falta de fe y fortaleza nos amedrenta, sin reclamar Su fuerza.
La diferencia es que la pena no nos descalifica: podemos seguir jugando este Campeonato de la Vida. Y el premio mayor no será un balón de oro, sino una corona de oro, que ningún ladrón podrá arrebatar. Seremos coronados en el cielo, donde nadie hurta.
¡Vamos! Acompáñame, que el campeonato comienza ya. En la cancha, una cantante entona el himno del Mundial 2010; en el cielo, la canción será entonada por un coro de millones de ángeles. ¿Quieres oírlo? La premisa es que saques tu ciudadanía para ser habitante del cielo.
Yo estoy feliz desde ya, porque pertenezco a esa legión que aceptó serlo. Este campeonato de la vida me conmueve cada mañana al despertar y ver cómo el mundo gira a mi alrededor, pero no me distrae, porque mi mirada está centrada en el Dios de mi salvación.
¡Anótate! Corre este riesgo. Sal a jugar ya. No demores más. Deja de lado todo lo que te impida correr esta carrera. Que tus brazos se conviertan en alas para sobrevolar las miserias que ofrece este mundo. Ámate, estímate… y alcanzarás la victoria.
“Más de ninguna cosa hago caso, ni estimo mi vida preciosa para mí mismo; solamente que acabe mi carrera con gozo…” (Apóstol Pablo – Hechos 13:25)
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LA VIDA QUE NOS ATRAVIESA
Elspeth Gormley – España
La vida hoy no se vive: se sostiene. Se lleva entre las manos como quien carga un cuenco lleno de agua, intentando que no se derrame mientras el mundo empuja, exige, acelera. Y aun así, algo se escapa siempre: un sueño, una calma, un pedazo de nosotros.
No es que la sociedad esté cansada; es que está herida. Herida de silencios, de prisas, de ausencias que nadie nombra. Herida de promesas que no llegan, de abrazos que se aplazan, de miradas que se pierden en pantallas que no devuelven calor.
La vida actual tiene un ruido que no deja escuchar el alma. Un ruido que tapa lo esencial: la ternura, la pausa, la conversación que cura, la mano que sostiene, la presencia que salva.
Y sin embargo, en medio de ese ruido, hay una resistencia que no se ve. Una resistencia hecha de gestos pequeños: la mujer que se levanta aunque duela, el hombre que sigue adelante aunque no pueda, el joven que sueña aunque el futuro le tiemble, la anciana que guarda en su pecho la memoria de un mundo más lento.
La vida hoy es frágil, pero no está rota. Se quiebra, sí, pero también se recompone. Se cansa, pero sigue. Se oscurece, pero encuentra luz en los lugares más inesperados: en una palabra amable, en un mensaje que llega a tiempo, en un abrazo que no se pide, en un silencio compartido.
Quizá la vida actual no sea la que imaginamos, pero es la que tenemos entre las manos. Y en ella, a pesar de todo, todavía late algo que nos sostiene: la capacidad de sentir, de amar, de recordar quiénes somos cuando el mundo deja de mirarnos.
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LA VIDA CABE EN UN PAR DE ZAPATOS
Ana Unhold – Argentina
Fue un niño uruguayo, vivaz e inteligente. La vida lo privó pronto de su padre y allá fue a vivir en casa de sus abuelos. Aprendió las tareas de campo, recorriendo con alpargatas de yute. El amor de su abuela le enseñó tantas cosas. Su corazón cicatrizó con el canto de los pájaros y el vuelo de las mariposas.
Como en todas las vidas llegó la adolescencia y el primer amor. Surgió el primer poema a la luz de la luna. Añorando a su madre, gran trabajadora desde temprano. Por el año 39, con treinta y cinco años fue a visitarla al Hotel Las Delicias en Punta del Este, donde ella trabajaba. Allá frente a la playa, tratando de ocultarse tras una cortina de humo, había un barco alemán de guerra, el Admiral Graf Spee. Tres naves inglesas querían impedir la llegada al puerto del enemigo. Y empezaron los cañonazos. Impensados sonidos para un joven de un pacífico país sudamericano y sorprendidos orientales. Estallaban los vidrios del hotel, la mirada se perdía en el mar tratando de averiguar qué pasaba. No pasó de un susto para los habitantes uruguayos y tristes consecuencias para los marinos alemanes.
Y llegó el amor para mi amigo Rubens. Conoció las maravillas de la paternidad y a los cinco años una epidemia se llevó a su primer hijo; quedaron unos pequeños zapatos testigos de su paso por la tierra. Dios lo bendijo con otros hijos, aunque nada reemplaza lo perdido. Es como que la vida nos facilita parches para sobrevivir.
Y así fue como el poeta voló a Atlanta con sus hijos, por cuarenta años. Poeta resiliente y creativo, restaurando autos antiguos y de desechos mecánicos reconstruir autos de colección. Un artista. Llegó con una valija y algunos poemas.
Solo imaginar las pruebas que significa ser migrante en un país tan diferente al propio. Todo es distinto: caminar sus paisajes, sentir su clima, degustar sus comidas, aprender su idioma y costumbres. Gastó y gastó zapatos configurando una vida; viajó por América y Europa con su hija adolescente para que no perdiera sus raíces. Aprendió a nombrar el mundo en otro idioma.
Y hace quince años vuelve a su patria, jubilado y creativo, un poeta prolífico.
Lo conocí en Punta del Este hace casi dos años. Debo relatar cuáles son las razones por las que Rubens me impresionó tan gratamente. Creo que Dios nos pone justo frente a aquellas personas que nos harán crecer. He dedicado mucho de mi quehacer literario a entender la vejez. Siempre me pareció una edad horrible, inútil e improductiva. Rubens me ha mostrado alegría, optimismo, proyectos. Lo he visto con agilidad preparar desayuno americano y almuerzo, conducir su auto por la costa. Como un caballero abrir las puertas y no permitir que levantes una maleta. Largas discusiones sobre poesía, con la misma energía con que otros hablan del pronóstico del tiempo. Más tarde recordé que tiene 98 años…
El sábado por la tarde fuimos a Maldonado a buscar una feria de artesanos para comprar chucherías locales. Es una tarde cualquiera. No hay solemnidad, ni homenajes, ni aniversarios. Conversamos rememorando hechos de nuestras vidas. Recorremos la feria. De pronto, un hombre de 98 años se detiene frente a un puesto de cremas, saluda a las simpáticas vendedoras y les pregunta si quieren que les recite un poema. Por supuesto, de memoria.
Se acercan los esposos, otros paseantes, sigue el recitado. Fotos y termina todo en un aplauso.
La mayoría de las personas de otra edad no se atreverían a hacerlo. Eso es una vida bien vivida, no un aburrido transcurrir.
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