CARTAS – JUNIO

Nota: Todo el contenido de esta revista se encuentra amparado por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna, artículo 2 y concordantes.

Cartas-junio

Cada carta es un latido: lo que el alma escribe cuando nadie la mira.

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✦ COLABORADORES

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  • Maren Alberdi – España
  • Carlos González Saavedra – Argentina
  • Elspeth Gormley – España
  • Sarah Petrone – Argentina

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CARTA A LA CONCIENCIA HUMANA

Maren Alberdi – España
(desde la voz de una mujer que aún cree en la dignidad)

Hoy escribo no para señalar a nadie, sino para despertar a todos. Porque algo grave está pasando en el mundo y lo más inquietante no es el horror en sí, sino la costumbre. La indiferencia. Ese silencio que se instala como polvo sobre los muebles y que, sin darnos cuenta, termina cubriéndolo todo.

¿Cómo hemos llegado a este punto? ¿Cómo es posible que la injusticia se haya vuelto paisaje? ¿Cómo podemos mirar pantallas llenas de dolor y seguir comiendo, trabajando, durmiendo, como si nada nos rozara?

No hablo de colores políticos. No hablo de banderas. No hablo de ideologías. Hablo de algo más básico, más antiguo, más humano: la responsabilidad moral de no mirar hacia otro lado.

Porque mientras discutimos por nimiedades, mientras nos distraen con ruido, mientras nos dividen con relatos prefabricados, hay quienes sufren, quienes huyen, quienes mueren, y quienes —desde despachos pagados por el pueblo— se enriquecen, se blindan, se reparten el poder como si fuera un botín y no un servicio.

Y nosotros… ¿qué hacemos? ¿Esperar? ¿Confiar en que “alguien” lo arregle? ¿Creer que no va con nosotros?

La conciencia humana no se pierde de golpe. Se desgasta. Se erosiona. Se adormece. Y un día, sin darnos cuenta, aceptamos lo inaceptable y normalizamos lo intolerable.

Pero aún estamos a tiempo. A tiempo de recuperar la voz. A tiempo de recordar que la dignidad no es negociable. A tiempo de exigir transparencia, ética, responsabilidad. A tiempo de decir: basta.

No hace falta quemar calles. Hace falta encender conciencias. Hace falta educar, pensar, cuestionar, participar, no desde el odio, sino desde la lucidez. No desde la rabia ciega, sino desde la memoria. No desde la comodidad, sino desde la humanidad.

Porque si algo nos define como especie no es la fuerza, ni la tecnología, ni el progreso. Es la capacidad de sentir el dolor ajeno como si fuera propio.

Y si perdemos eso, lo perdemos todo.

Esta carta no es un reproche. Es un recordatorio. Un espejo. Una llamada suave pero firme: despierta. Mira. No te acostumbres. No te rindas.

El mundo no cambia solo. Cambia cuando alguien, aunque sea uno, decide que ya no puede seguir callando.

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PARA AMALIA

Carlos González Saavedra – Argentina

Que lindos recuerdos se dispararon .Hacia tiempo que no caminaba por tu barrio, tus veredas y la casa de tus padres. Hermosos recuerdos.

Te  acordas de los carnavales, los asaltos que hacíamos en la galería de tu casa que daba a los fondos de la mía. ¡Cómo nos divertíamos!

Y cuando hablábamos en los fondos, con alambrado de por medio. Mi boca, no alcanzaba la tuya.

Después la vida nos fue llevando por otros caminos. Te casaste y con hijos ya no vivías ahí.

La vida nos separó 30 años. Hoy vuelvo divorciado y con un hijo. Sé que sos viuda, con tres.

Uno de ellos vive en el exterior. España.

Cuantos recuerdos y cuantas miradas, al suelo cuando nos cruzábamos.

Me gustaría invitarte a caminar, por estas calles arboladas y que por una vez, hablemos, que nos pasa.

Siento muchas cosas, pero siendo sincero, no estoy del todo seguro. Té pasara lo mismo?

Escribo estas líneas con la esperanza que sí ,te pase. Al menos, es lo que creo cuando cruce miradas con vos.

Amalia, estamos tan cerca, qué bien vale encontrarnos y tener una charla. Una oportunidad.

Te mando un beso

Carlos

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CARTA A LA AMISTAD QUE CRUZA MARES

Elspeth Gormley – España

A veces me pregunto cómo es posible que la vida, tan caprichosa y tan breve, nos regale encuentros que no estaban en ningún mapa. Personas que no vimos nacer, que no crecieron a nuestro lado, que no compartieron nuestras calles ni nuestros inviernos, pero que un día aparecieron en una ventanita azul, en un mensaje tímido, en un saludo inesperado… y se quedaron.

A esa amistad le escribo hoy. A la que nació sin ruido, sin promesas, sin expectativas. A la que cruzó mares, husos horarios, estaciones, y aun así resistió como resisten las cosas verdaderas.

Hace más de veinte años que algunos de vosotros estáis conmigo. Hemos llorado juntos sin vernos los ojos, hemos reído sin escuchar nuestras voces, hemos compartido pérdidas, duelos, celebraciones, como si la distancia fuera apenas un gesto del mundo y no un muro entre países.

Y lo más hermoso es esto: que sin habernos tocado, nos hemos sostenido. Que sin habernos visto, nos hemos reconocido. Que sin habernos abrazado, nos hemos curado.

Algunos, a quienes jamás pensé conocer en persona, un día aparecisteis frente a mí, de carne y hueso, con vuestra risa real, con vuestros ojos que ya me eran familiares. Y ese instante —ese milagro pequeño— fue una alegría que aún hoy me late en el pecho.

Porque la amistad verdadera no entiende de geografía. No necesita pasaportes. No pide explicaciones. Solo pide verdad.

Y vosotros la habéis tenido siempre: en cada palabra, en cada madrugada compartida, en cada mensaje que llegó justo cuando la vida apretaba, en cada silencio que no pesaba, en cada gesto que decía: “aquí estoy, aunque esté lejos”.

Por eso escribo esta carta. Para agradeceros lo que quizá nunca os dije: que sois hogar sin paredes, familia sin sangre, luz sin lámpara, y compañía sin ruido.

Que la vida me dio muchas cosas, pero pocas tan valiosas como vosotros.

A la amistad que cruza mares, a la que nació en una ventanita, a la que sobrevivió a los años, a la que me acompaña sin pedir nada… gracias.

Gracias por existir. Gracias por quedaros. Gracias por ser verdad en un mundo lleno de ruido.

Con afecto profundo, Elspeth

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CARTA A MI VIDA

Sarah Petrone – Argentina

No.Claro que no. Yo no voy a decirte lo mismo que te dijo Amado Nervo en su célebre poema: «VIDA, NADA ME DEBES, VIDA, ESTAMOS EN PAZ».

¡Claro que no!  Yo te sigo cuerpeando los embates que me presentas todos los días. Soportando las luchas, esperando los sueños que aún no me regalas.

Sobrellevo desde hace montones de años las amarguras, las alegrías que me das, intensas, a veces abrumadoras… feliz. Y aún voy por más.

Quiero arrancarte hasta los girones que me queden. Necesito beber de tu fuente y encontrarme con esa niña que alguna vez fui, con la adolescente conflictiva, tímida, introvertida que me convirtieron en la mujer madura que ahora soy.

Me has sarandeado de tal manera. Me has roto y reparado tantas veces…Y no me has vencido. Te sigo enfrentando con la fuerza de siempre. 

De cara a la verdad, el sol que pusiste enfrente de mí, no me quemó. Me besó, acarició mi corazón y me calentó el alma y el cuerpo. 

Aún quiero más de esos rayos milagrosos.

Las tormentas que desataste en mi camino se debilitaron quedando bajo mis pies, pisoteados por ésta mujer a la que hiciste fuerte.

El milagro del amor que me regalaste, junto con la ternura de la maternidad se quedarán conmigo hasta que te entregue el último aliento.

Los nietos, los amigos, las mañanas sin nubes, las noches sin sombras, los sinsabores de las pérdidas, siguen en mi interior escondidos en mi corazón para recordarme quién soy y me alienten a seguir adelante en la convicción de que este es el primer paso hacia otra vida, diferente a la tuya y a la mía. Diferente del mito y la incertidumbre que se mezclan en la esperanza del reencuentro cuando el tiempo de partir llame a la puerta.

Vida, aún me debes mucho. Debes reconstruirme y yo, aprender de mis errores.

Cierro los ojos y te espero  presentándote nuevos desafíos. Con mi mejor sonrisa te sigo diciendo: Vida, aún no estamos en paz.

Bebo de tu aliento en el don de la vida que día a día me das.

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