CUENTOS Y RELATOS – JUNIO

Nota: Todo el contenido de esta revista se encuentra amparado por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna, artículo 2 y concordantes.

Cuentos-y-relatos-1

Cada cuento es una vida que se abre, y cada relato una verdad que se atreve a respirar

✦ COLABORADORES
  1. Maren Alberdi – España
  2. María Elena Camba – Argentina
  3. Libia B. Carciofetti – Argentina
  4. Inés Dagand – Argentina
  5. Enrique Fredy Díaz Castro – México
  6. Santiago García Vega – México
  7. Carlos González Saavedra – Argentina
  8. Elspeth Gormley – España
  9. Jaime Hoyos Forero – Colombia
  10. Andrea Morini – Argentina
  11. Gustavo Páez Escobar – Colombia
  12. Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
  13. Graciela Reveco – Argentina
  14. Sandra Romeo – Argentina

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AN JUAN EN ZUGARAMURDI

Maren Alberdi – España

Zugarramurdi no es un pueblo. Es un latido. Un susurro antiguo escondido entre montes verdes, donde la tierra huele a humedad, a helecho, a historia que no se ha apagado.

La Noche de San Juan aquí no es fiesta. Es ritual. Es memoria viva. Es un puente entre lo que fuimos y lo que seguimos siendo.

El pueblo celebra el Sorginaren Eguna, el Día de la Bruja, y todo parece transformarse. Las calles se llenan de gente, sí, pero también de algo más: una energía que se nota en la piel, como si el aire vibrara distinto.

Las cuevas… Ay, las cuevas. Esas cuevas no se visitan: se sienten. Cuando entras, la temperatura baja, el silencio pesa, y la piedra parece respirar contigo. No es miedo. Es respeto. Es esa sensación de que allí, hace siglos, pasó algo que todavía no se ha ido del todo.

La hoguera purificadora arde fuera, como un corazón encendido. El fuego sube, cruje, ilumina los rostros. Y todos saben que ese fuego no es solo llama: es limpieza, es renacer, es dejar atrás lo viejo para abrir paso a lo nuevo.

Dentro de la cueva, comienza la representación del akelarre. Las brujas bailan al ritmo profundo de la txalaparta, golpe a golpe, como si llamaran a la montaña. Sus sombras se mueven entre las paredes húmedas, y por un instante, parece que el tiempo retrocede.

Y entonces llegan los zanpantzar, con sus cencerros enormes, sus pieles, su fuerza ancestral. No vienen a asustar. Vienen a ahuyentar el miedo, a romper la oscuridad, a recordarnos que la luz siempre vuelve.

Los niños miran fascinados. Los mayores también. Porque en Zugarramurdi, esa noche, todos sentimos lo mismo: que la tierra tiene memoria, que las cuevas guardan secretos, y que hay lugares donde la historia no se lee… se respira.

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FABIOLA

María Elena Camba – Argentina


En el desierto de cada día el viento borra las huellas de todas las caravanas, barre los pasos de dios en el paso de cada hombre, borra las huellas de todos ellos en el desierto de cada mundo. En el desierto de cada vida hay una huella que nada borra: la del desierto de cada vida, la huella que el viento traza
Hugo Mujica

Llegó a su casa en el tren pasadas las veintidós horas. La línea Belgrano Sur siempre se atrasaba y nunca podía calcular el tiempo que le llevaría el viaje. Los vagones estaban abarrotados de gente y la mayoría dormía después de una jornada agota dora. Los pasajeros se movían acompasadamente al ritmo del tren, sin ofrecer resistencia, con la mirada perdida, ignorando por completo lo que ocurría a su alrededor. Atravesó el andén con rapidez y caminó esas treinta cuadras interminables de tierra que se transformaban en un lodazal los días lluviosos. No había casi luz en las calles y tenía que adivinar dónde ponía los pies. A lo lejos se escuchaba alguna cumbia, risas, gritos, un partido de fútbol, llantos. Todos los sonidos se confundían sin sentido en medio de la oscuridad reinante. Entró a la vivienda con un único cuarto donde convivían todos, su hombre y sus hijos, siete en total. Fabiola había llegado hacía diez años de San Miguel de Tucumán, donde vivía con su familia.

Su padre trabajaba en un ingenio todo el año. Ella y sus hermanos lo ayudaban de junio a agosto, cuando llegaba la cosecha de la caña de azúcar. Cortaban cañas, las despuntaban y ataban para despacharlas en camiones. Una familia humilde de trabajo, como tantas en Tucumán. Su infancia había sido feliz y tranquila. Todo había cambiado cuando conoció a aquel hombre en el campo. Había venido para la zafra, como otros peones golondrinas. Mientras cosechaban él no le había sacado la vista de encima.
Cuando cayó la tarde la siguió hasta su casa y se quedó detrás de un árbol esperando, como un animal en celo. Fabiola salió a la puerta y lo encontró.
Conversó un rato con él. Después caminaron juntos hasta que se perdieron en el monte. Tenía solo doce años. A los cinco meses su abdomen estaba muy abultado y algo se movía en su interior. Le habían hecho su primer hijo. Lo crio sola, nunca más vio al hombre después de esa noche.

A los tres años del nene conoció a Aramayo. Era amigo de José, su hermano y había llegado de Bolivia para trabajar en el ingenio. Se enamoraron y a la semana estaban de novios. Aramayo soñaba con Buenos Aires. La convenció de que allí encontrarían trabajo y podrían formar una familia. No podía llevar a Pablito, por lo menos los primeros tiempos. No había plata suficiente para los tres. Dejó a su hijo en Tucumán, a cargo de su madre y partieron.

Se instalaron en un terrenito en González Catán. No tenían papeles pero nadie les reclamaría nada. Alambraron una parce la y se metieron. Durmieron en una carpa hasta que Aramayo levantó una pieza. Él era albañil. Consiguió trabajo en una empresa constructora como obrero y ella como empleada doméstica en una casa de familia. La única expectativa era ahorrar dinero para seguir construyendo su casa.

Pero Fabiola pronto tuvo que dejar su trabajo. Estaba embarazada. Cuando nació su primera hija todo había cambiado. El
dinero no alcanzaba y el futuro se fue opacando con el desden canto. Aramayo cobraba la quincena y llegaba muy tarde. Ella ya estaba dormida y la montaba sin hablarle. Lo hizo todas las noches hasta que tuvo su hija. Después vinieron los otros y la situación empeoró. Cuando Clarita tuvo seis años, Fabiola comenzó a trabajar nuevamente y ella se quedaba cuidando a
sus hermanitos. Lo único que pensaba a la noche era en darle de comer a los nenes y dormir. Cada tanto recordaba con nostalgia su infancia en Tucumán. El monte donde se confundía el perfume y los colores de los jacarandaes y los lapachos florecidos. Su mamá cuidando la huerta, sus hermanos corriendo entre los molles, la zafra. Fabiola empezó a negársele a
Aramayo. No quería que le hiciera más hijos pero él llegaba tomado, la golpeaba y se salía con la suya. Una vecina le dijo que presentara la denuncia en la policía pero no se la quisieron tomar. Lo intentó varias veces con el mismo resultado.

La noche en que la golpeó en la cara hasta cansarse se decidió. A la mañana siguiente, cuando él se había ido, tomó el
tren como todos los días. Siguió hasta la última estación. En la Terminal bajó las escaleras y comenzó a caminar sin rumbo. Al atardecer se tiró a descansar en una esquina con lo puesto. Era verano y se durmió pensando en que por fin estaba sola, tranquila. Aramayo ya no podría abusar de ella,ya no la molestaría.

Pensó en los hijos, a los que había abandonado. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Los días pronto transcurrieron sin horizontes y su vida anterior le pareció cada vez más lejana. Las caritas de sus hijos comenzaron a borrarse hasta que se desdibujaron, como su identidad. Se instaló en las cercanías
de la Basílica del Espíritu Santo, en el barrio de Palermo. Deambulaba por la plaza y sus alrededores, con su paso corto, nervioso, la cara acartonada y sus ojos color ámbar que miraban más allá, sin fijar la vista en ninguna parte.–Buen día, señora. ¿No tendría una moneda? Su voz era metálica, sonora, como la de un locutor entrena do que siempre ensaya el mismo
repertorio. Llevaba un gorro tejido del cual se escapaban algunas mechas de un negro desteñido, una pollera muy larga y amplia por la que asomaban unos pequeños pies calzados en zapatillas también negras. Un saco cubría totalmente sus brazos y la mantenía abrigada invierno y verano.
Las estaciones no hacían mella en su cuerpo. La gente pasaba pretendiendo no verla. A veces le tiraban una moneda, intentando con el gesto lavarse las manos sucias por tanta indiferencia. Algunos vecinos de la cuadra la conocían y le traían ropa, latas de comida, frazadas, algún colchón. Siempre limpiaba la vereda rítmicamente con esa escoba gastada, intentando quitar hasta el último rastro de polvo.

Después trasladaba todos sus paquetes hasta el lugar que había barrido y comenzaba nuevamente la pantomima en otro sector de la cuadra. La sonrisa estampada en esa boca desdentada era como una máscara que ocultaba su pasado. Pero la vida en la calle no le había ensombrecido el alma y conservaba una ternura casi infantil, especialmente con los animales y los niños. A veces, algún peatón la contemplaba casi con envidia cuando en medio de la plaza ensayaba, girando en círculos, una danza tribal, mientras arrojaba arroz a las palomas.
Sus días transcurrían siempre iguales, circulando en el territorio sombrío dela locura, en el abismo de la precariedad y la desnudez

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EL POETA DEL PONCHO

Libia B Carciofetti – Argentina

Estaba por comenzar la segunda parte del Encuentro de Escritores en Cosquín, y creo que no fue casualidad que yo llegara quince minutos antes. La verdad es que los horarios son un desafío para mí… una tortura china.

De repente lo vi venir hacia mí: barba larga mal cortada, un sombrero muy viejo, el pelo desgarbado —no sucio, pero mal entrado— y un poncho liviano, poncho al fin, en plena tarde de verano, a las cuatro de la tarde.

Apenas me vio entrar, se acercó directamente con varias hojas fotocopiadas en la mano.

—¿Usted es escritora? —Eso dicen los que me leen —le respondí.

Me acercó una de las hojas y me dijo:

—¿No leería uno de mis escritos?

A las apuradas, y para que no se sintiera mal, leo lo que luego transcribo y le digo sinceramente:

—¡Me encanta!

Me sonríe y contesta:

—Hágala quedar entonces…

—Muchas gracias —atiné a decirle, mientras la colocaba dentro de mi carpeta.

Pero él se quedó de pie, como esperando algo. Entonces le dije:

—Yo justo traje dos poemas para leer, es lo único que tengo.

—¿Sabe? —me dijo— yo los versos no los vendo. Es “a voluntad”, y con eso me mantengo. No tengo familia ni casa. En la Muni me dejan dormir en un rincón, y con mi poncho me cubro cuando hace frío. Frente a la plaza hay una fotocopiadora donde me imprimen gratis los versos que escribo debajo de ese árbol —¿lo ve? el más frondoso—. Ya es como mi casa. Ahí dormimos las noches de verano, mi perrito y yo, bajo las estrellas. Me nacen versos, y recuerdo mi niñez tan desgraciada… El poncho también es mi pañuelo.

—¿No va a quedarse a escucharnos? Ya comienza la ronda de lectura…

—Me quedaría… pero mire la hora que es, y yo todavía no comí nada.

El corazón se me hizo agua. Abrí mi cartera y le di unos pesos, no mucho, lo que tenía de cambio.

Me sorprendió: tomó mi mano y me la besó.

—¡Dios la bendiga, poeta!

Se iba retirando mientras yo rogaba que no me llamaran al escenario en ese momento, porque estaba ahogada en llanto.

Antes me había dicho:

—Para el festival del folklore siempre me doy el lujo de sentarme en un restaurante a comer “comida”, con postre y todo.

Él se alejaba, y a mí me quedaba el caudal de sus letras en mi carpeta: toda su riqueza.

Y pienso, como pienso siempre: no conocí ningún poeta que se haya enriquecido escribiendo… ¿por qué será?

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COLORES DEL DÍA QUE PASA

Inés Dagand- Argentina

Hoy intento ordenar mis pensamientos, que son tantos y tan vivos, como colores que buscan su lugar en un lienzo. A veces escribir me cuesta, no porque falten palabras, sino porque todas quieren salir juntas, como si tuvieran prisa por convertirse en belleza.

Me refugio en lo que me sostiene: las plantas que se pintaron de amarillo, de rojo punzón, los árboles que ahora muestran su desnudez como si revelaran su propio esqueleto. Desde mi ventana veo el jacarandá, verde todavía, pero sé que dentro de unos meses nos regalará ese azul que siempre asombra. El Palo Borracho, robusto y firme, ya despejado de hojas, parece un guardián silencioso del barrio.

Así somos, privilegiados por la vida. Y pienso también en esa catástrofe tan grande de Venezuela… los socorristas sacaron un bebé, calculo de dos meses, desnudito, con solo un pañal. Lo tomó en sus brazos como si fuera un tesoro, con tanto amor… y se fue con él. El milagro siempre está acá, aunque a veces cueste verlo.

Mi hijo hoy me hizo la comida. Ayer pinté un cuadro: señal de que me siento bastante bien. El día se iluminó, y cuando la luz cambia, cambia todo. Uno es como espera tantos días: de pronto el sol dice “presente” y nos regala esa vitamina que ustedes tienen allá, tan necesaria para el ánimo y para el cuerpo.

Todavía no me encontré con Viviana; me dijo que en cualquier momento viene a visitarme. La tarde terminó. La gente vuelve a sus casas. Los negocios cierran sus puertas. El día se oscureció sin hacer ruido, como suelen hacerlo los días que ya dieron todo lo que podían dar. Ahora solo queda esperar el nuevo amanecer, ese que siempre llega con una promesa distinta.

Solo pido piedad para los que sufren. Y agradezco, amiga, tus relatos tan sentidos, tan bien transmitidos. Gracias por acompañarme en este tramo del camino, donde la pintura y la palabra todavía tienen mucho que decir.

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CORDÓN DE SUEÑOS  

Enrique Fredy Díaz Castro – México.

Reposando la tarde en la plaza del pueblo, pensé de pronto en lo fugaz que es la vida, pareciera lenta en los primeros años y después en un santiamén se nos escapa.

Mis padres y hermanos ya no están; mi hija en su ausencia sigue siendo un dolor callado y lacerante. Cada uno de ellos es un pedazo de vida que me falta, cada imagen es punto y aparte en mi discurrir por esta edad que me ubicó en el escenario vespertino que suele ser tan melancólico como realista, tan ligero entre los dedos de las manos como el agua rauda del arroyo.

Es la vida ese cordón de sueños que nos atamos a la cintura y al cual nos confiamos cono si fuera eterno sostén de nuestro peso y los recuerdos incontables y nublados.

Suelo ver mientras cierro los ojos, esas fotografías en blanco y negro, esos juegos infantiles y en un tris la adolescencia tan furtiva que parece pedirnos: «no digas lo que hiciste ayer ni cuentes lo que harás mañana».

La juventud va apareciendo como paisaje que a la vuelta de la esquina espera, ofreciendo sorpresas agridulces, agradables o fatales pero ese entramado de experiencias nos apresa, nos hace a su ritmo, a la par que el adulto analítico y certero se disfraza de estaciones del año, resbalando sin sentirlo entre metas perseguidas y logradas.

¡Ya eres adulto mayor! Y ¿Quién le dió permiso al horizonte de envolverme en su sortilegio incierto y crudo?

Pero luego sonríes al voltear la vista al pasado irrepetible y a veces absurdo como letras de un poema juvenil y tambaleante en el tiempo.

Las canas y del rostro las arrugas nos piden seguir sentados en la banca porque una indiscreta lágrima asomó titubeante a ver el grisáceo escenario por culpa del sol que ya se va.

Pronto la noche nos cubrirá el camino y en la espalda el frío de las horas empujará la necesidad de ir a casa al ritmo de paredes, rejas y faros que nos marcan la pauta mientras uno que otro transeúnte nos saluda con un hasta mañana o un qué tal.

De ese modo la vida en su imparable caminar nos marca el compás de las cosas, a la vez que el impredecible destino sigue escribiendo la trama del andar hasta la meta que sólo Dios y su infinita benevolencia saben a dónde ira a parar.

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RANITA OJOS DE SAPO

Santiago García Vega – México

En un húmedo pantano, vivía una ranita. Desde que era pequeña, lo que más quería era conocer a su padre. Cuando era renacuajo se divertía con un centenar de hermanos en un charco que amenazaba con desaparecer al término del verano. Hasta entonces, sus aletas y su cola la impulsaban a nadar, que más que rana parecía campeona de nado sincronizado.

Un día desapareció su cola y sus aletas se convirtieron en pequeñas extremidades. Su instinto la impulsó a saltar por entre musgos y prados verdes. Allá por la ciénega se encontró a su madre, despanzurrada sobre unos troncos, así tirada al sol. Como si se hubieran conocido desde siempre, comenzaron a convivir. Platicaron sobre moscas, mosquitos, gusanos y otros anuros.

Desde que vivía en el pantano platicaba con sus hermanas, ilusionada en que cuando empezara a saltar lo primero que haría sería conocer a su padre. Y así, de repente, le preguntó a su madre:

—¡Mamita querida! ¿Entre todos esos sapos, alguno de ellos es mi padre?

Ella era una rana grande, con ojos muy saltones y vivarachos, una panza que deslumbraba con relucientes colores, su boca tan grande que cuando la abría eructaba raros olores.

—¡Ay, mijita ojitos de sapo! Lo único que sé es que de éstos no es ninguno, ¡eso es seguro! —murmuró señalando a la colonia—. Yo vengo de otra laguna, y una rana como tú lo menos que necesita es saber quién es su padre.

La ranita se decepcionó al verse como todas. Con cada mentira, con cada respuesta, se sentía más triste aún; igual les pasaba a otras, pero ellas no tenían las mismas interrogantes.

Cuando pasaron los fríos llegaron los calores. La verde ranita ya escuchaba el croar de muchos sapos. Era el tiempo en que los mayores preparaban tan extraordinaria fiesta.

La tía rana invitó a ranas y ranos, sapos y sapas y algunas otras lenguas largas. En camino rumbo al estuario la subieron en una gran hoja de alocasia. Con tanto ruido y jolgorio, nutrias y cocodrilos se asomaron al desfile.

De pronto se resbala la ranita. El lodo cumplió lo suyo en el precioso vestido verde que vestía la rana, mismo que se enjuagaba con tamaños lagrimones brillantes con los últimos destellos de la tarde. Algunos agregaron a la de por sí tragedia diciendo: “Aunque la rana se vista de verde, rana se queda”.

Era tanto su pesar que en aquellas lágrimas cupo todita la tarde, paisaje, acompañantes y uno que otro cocodrilo.

Pasado el susto, con caída y todo, bailaron y retozaron. Promesas, regalos, abrazos y uno que otro golletero que le recordaba a la pobre ranita todos sus pensamientos. Uno de ellos la intrigaba:

¿Y si lo invitarían?
¿Y si viene?
Ella se consolaba. Más de una debió llegarle.

—Mamá, ¿por qué no vino mi padre?

Y como es costumbre, de su boca siempre salían espumosas mentiras, excusas y de repentes.

—¡Ay, mijita ojos de sapo! Mientras haya moscas y mosquitos tú no te preocupes por nada. Hazte a la idea de que los pesos y los tostones que ocupamos caen del cielo. Mírame a mí: no me preocupa el huracán, menos una llovizna.

Triste y decepcionada por la respuesta, un día le dijo a su madre:

—Me voy por el cauce río abajo. Allá segura estoy de encontrar respuestas.

Transcurrieron algunas temporadas. Se fueron las tempestades y un maravilloso día, uno de esos días que no se olvidan, encontró en la oquedad de un árbol al más sabio de los viejos sapos.

Con temor pero con respeto se dirige a él y pregunta:

—Tú que sabes todo sobre el pantano, ¿podrías decirme quién es mi padre?

Con voz cansada y serena contesta:

—Tu padre puede ser cualquiera, pues tu madre vivía en el charco de los placeres, muy ligera en sus saltos por cierto. Si ella no recuerda quién es, es por no condenar tu presente. Las ranas y sapos de este pantano son felices así, sin ver más allá de la humedad. Ve y vive feliz. Una cosa más —advirtió el anciano—: no escuches más mentiras, busca tu propia verdad. No escuches más palabras con veneno. Recuerda que los hechos hablan. Solo, mi querida ranita verde, abre tus orejitas y no cierres los ojos. ¡Tu corazón te dirá qué hacer!

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UNA PROMESA QUE MME SALVÓ LA VIDA

Carlos González Saavedra -Argentina

Eran las once de la mañana de un abril otoñal. El sol espléndido iluminaba generosamente la casa. Vivíamos en una casita de madera, hasta que llegara el préstamo que mis padres habían gestionado en el banco. El terreno tendría unos sesenta metros de fondo y la casa prefabricada estaba al final.

Mi hermana dormía en su cuna, junto a la ventana. Yo, sentada en el suelo, hacía un pequeño hoyito en la tierra para jugar a las bolitas.

De pronto, mamá salió apurada de la cocina y me dijo: —Voy a hablar con tu papá por teléfono. Cuida a tu hermana.

Siguiendo sus indicaciones, miré a mi hermanita: seguía durmiendo. Entré a la cocina y vi el calentador Bram Metal, de esos viejos que funcionaban con querosén y a los que había que darles bomba. En la hornalla, la llama era amarilla. Siempre le avisaba a mamá si el mechero estaba azul o naranja; ella lo destapaba con una agujita y volvía el color azul.

En ese calentador estaba preparando una sopa, en una olla grande.

Vi la llama amarilla y, con mis cuatro años y medio, tomé la agujita para destapar el mechero. Mi cabeza no alcanzaba la altura de la mesada donde estaba apoyado el calentador. Al intentar destaparlo, me quemé el dedo y, con un movimiento involuntario, tiré la olla entera sobre mí.

Sentí un calor enorme. Corrí a la habitación para ver a mi hermana; al verla bien, salí a pedir ayuda. De mi ropa salía humo. Estaba apurado, asustado, sin dolor, pero con un calor insoportable.

Corrí y corrí… Al llegar a la vereda y abrir el portón, me encontré con Derly, un vecinito, que me preguntó si me había caído en alguna zanja. No le contesté. Seguí corriendo unos setenta metros hasta la casa de Doña Chefa.

Al verme desesperado, me sacó toda la ropa, junto con la piel. Recuerdo que decía: “Lo que yo vi, ni tu mamá lo pudo ver. Estabas en carne viva.”

Envuelto en una sábana y una manta marrón y blanca, me llevaron a tomar el tren, que llegó rápido hasta Lomas de Zamora. Lo único que veía era el rayo del sol mientras iba en brazos de mamá.

En el Hospital Vecinal Gandulfo no tenían los medios necesarios, así que decidieron trasladarme en ambulancia a un hospital especializado.

Acostado en la camilla, rodeado de médicos, veía a mamá llorar. Papá, que había llegado rápido, estaba muy serio. Sentí alivio al verlo detrás de mí.

Llegamos al Instituto del Quemado. Estado gravísimo: quemaduras de segundo y tercer grado en el setenta por ciento del cuerpo.

No recuerdo más. Estaba inconsciente.

Las primeras cuarenta y ocho o setenta y dos horas son cruciales: el organismo debe empezar a expulsar todo lo que tiene “cocinado” dentro. Si no reacciona, se produce una infección generalizada que puede terminar con la vida del paciente.

Había que esperar.

El doctor Benaim les dijo a mis padres: “Haremos todo lo posible para salvarlo.”

Una enfermera comentó: “Tengan fe, lo sacaremos adelante.”

Esa noche, el cura estaba avisado para darme la extremaunción.

Finalmente, mi organismo comenzó a expulsar una espuma verde, marrón y amarilla. Eso me contaron. Creo que me entubaron, no lo sé. Los médicos estuvieron siempre a mi lado.

Un mes de internación. Mis días y mis noches prácticamente no los recuerdo. Sí recuerdo estar todo vendado, sin poder moverme.

Mis tíos Pampita y Rodolfo se habían hecho cargo de mi hermana. Vinieron a visitarme y me la mostraron. Yo no podía verla. No podía articular palabra por la angustia o la emoción. Con un gesto de la mano derecha pedía que se la llevaran, y quedaba llorando. El accidentado había sido yo. Intentaron dos veces más, pero tampoco lo permití.

Aún hoy me da tristeza esa imagen. Me costó muchos años hablar de esto, y ahora parece mentira poder escribirlo después de 63 años.

La sala era amplia. No sé si estaba solo o acompañado. Solo recuerdo la claridad de la mañana a través del vidrio y la compañía de mamá o papá.

Recuerdo vagamente el paso del tiempo y la llegada de otros médicos que venían a verme. Uno de ellos me dijo: “El lunes te vas a tu casa.” Miré por el ventanal: estaba oscuro; ese miércoles estaba nublado.

“Tenés que caminar, pero tenés que volver a aprender. Sentate en el borde de la cama y mové las piernas, una por vez, hacia adelante y hacia atrás. Cuando se sienta seguro, lo bajan”, le indicó a mis padres.

Así fue. Recuerdo que no podía creer lo que estaba haciendo. Era como una preparación para una nueva vida que comenzaba.

El lunes por la mañana me dieron el alta. De la mano de papá empecé a caminar por un pasillo largo, tocando con mi mano derecha los azulejos blancos de la pared.

Entre la gente que entraba y salía, lo único que distinguía era el sol del mediodía. Esa luz me empujaba a caminar un poco más rápido. Papá me alentaba.

Salí, y un sol generoso iluminaba la calle. Mis ojos buscaban la luz entre los árboles añosos, y un aire fresco me acariciaba. Respiraba salud.

Habían pasado treinta días. Ahora vendría la recuperación.

Llegamos a la casa de mi abuela, donde me esperaban todos mis tíos y primos. Recuerdo que todos querían atenderme. Me sentí muy querido. Mamá corría a exprimir jugo de churrasco para que lo tomara antes del almuerzo; en esos años se decía que era muy bueno por las vitaminas.

La fortaleza física, la alimentación, el amor y la fe fueron los que me ayudaron a sobrevivir este accidente.

Recuerdo a papá sentado en el borde de una paredecita en casa, descansando. Volvía de cumplir su promesa a la Virgen de Lourdes: “Si mi hijo se salva, iré caminando a la iglesia y entraré de rodillas.”

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EL MAR, CONFIDENTE DE SUEÑOS

Elspeth Gormley – España

El mar no es solo agua en movimiento. Es un alma líquida que respira con el ritmo de las mareas, un confidente silencioso de pensamientos que nunca se pronuncian en voz alta. Es el eco de nuestras emociones, la extensión infinita de lo desconocido, el guardián de historias que solo quienes saben escuchar logran descifrar.

Hay días en que su furia estalla. Las olas se alzan como titanes indomables, rompiendo contra la costa con el ímpetu de un corazón desbordado. La espuma devora la orilla, el viento se une a su danza salvaje, y el horizonte tiembla ante la batalla de agua y aire. Es el mar reclamando su poder, recordándonos que nunca podrá ser domado.

Pero también sabe ser calma. En esos momentos, su piel de cristal refleja el cielo como si quisiera fundirse con él, como si en su inmensidad guardara la respuesta a todos los silencios. Susurros de agua rozan la arena con la ternura de un beso, y su abrazo envuelve los cuerpos que se rinden ante su inmensidad.

Cuando la luna llena se posa sobre sus aguas, el mar cambia de rostro. Se vuelve un espejo de plata, un camino hacia lo infinito, un sendero celestial por el que solo los soñadores se atreven a caminar. Y en ese instante, cuando todo calla salvo el murmullo de las olas, susurra sus secretos más antiguos: navegantes perdidos, amores prometidos, deseos que nadie se atreve a pronunciar.

Lo amo porque me escucha, porque entiende el lenguaje de las emociones sin necesidad de palabras. Porque responde en el idioma de las mareas, en el vaivén de su oleaje, en el ritmo imparable de su existencia. Lo amo porque, aunque el mundo cambie, él siempre sigue ahí.

Pero el mar no es solo mío. Es tuyo, es nuestro. Es el pulso de la Tierra, el testigo silencioso de vidas que vienen y van, el latido que nunca debe cesar.

Y cuando lo contemplo, cuando su brisa golpea mi rostro y su rugido llena mis oídos, sé que no hay límites, que no hay final, que la eternidad es real.

Porque el mar no se explica. Se siente. Y es la única verdad que nunca se rompe

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ZEUS Y LOS SUPLICIOS

Jaime Hoyos Forero – Colombia

Zeus, el gran dios de la mitología griega, inventó dos torturas que me propongo emplear contra algunos de ustedes, amigos míos, si se portan mal. Helas aquí:

EL SUPLICIO DE TÁNTALO

Es el castigo perfecto para castigar la vanidad.

Era Tántalo, un hombre consentido por los dioses del Olimpo. Siendo mortal, lo sentaban a su mesa y lo habían colmado de riquezas. Pero Tántalo, vanidoso, dándoselas de superhombre, revelaba a los humanos las conversaciones confidenciales que escuchaba sentado a la mesa de los dioses. Y además, robaba el néctar y la ambrosía, exclusivas bebidas de los dioses, para dárselas a los hombres.

Su vanidad llegó al extremo de aderezar a su propio hijo en un banquete al que invitó a los dioses. Cocinar a su hijo, como si fuera un postre.

Los dioses se dieron cuenta de la maldad de Tántalo, así que lo mandaron de cabeza al Hades, esto es, al infierno, y crearon para él este castigo: Lo sumergieron  hasta el cuello en un estanque lleno de agua. Cuando con inmensa sed se agachaba a beberla, el agua del estanque se secaba. Arriba de él, había árboles con apetitosas frutas maduras, que al querer alcanzarlas, se elevaban. Y pendía a milímetros de su cabeza una enorme roca que ya iba a caerle encima.

A este triple suplicio fue Tántalo condenado eternamente.

Amigos: cuando vayáis al infierno, no le llevéis a Tántalo  “Coca-cola”. Se derramará antes de que Tántalo pueda tomarla.

LA OTRA TORTURA DE LOS DIOSES

Todos la conocéis. Recordémosla. También se castiga aquí la vanidad.

Prometeo. Más amigo de los hombres que de los dioses. Estos, los dioses, estaban demorando mucho su promesa de traerles el fuego a los humanos.

Y una tarde, Prometeo, que además de vanidoso era bromista, invitó al gran dios Zeus a un banquete. Aderezó ricamente un buey y puso en la mesa, a un lado, la deliciosa carne y al otro, los huesos recubiertos de aparente delicia. “Tomad  -dijo al dios-  lo que más gustéis”; y Zeus, engañado a pesar de ser dios, cogió los huesos mientras Prometeo soltó la carcajada. Y como si fuera poco, Prometeo robó al cielo la semilla del fuego y la trajo a los hombres. Pero a Zeus no le agradó ni la broma ni el robo.  Furioso, encadenó a Prometeo amarrándolo primero a una columna y luego al monte Cáucaso, a donde todos los días llegaba un águila y se comía el hígado que todas las noches volvía a renacerle a Prometeo.

Más tarde, Hércules, el hijo preferido de Zeus, cazó con una de sus flechas, el águila que atormentaba a Prometeo.

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AMANECER HERMOSO Y CRUEL

Andrea Morini – Argentina

A veces parezco flotar por las calles de Mar del Plata; o al menos, es la única forma que encuentro de existir. Soy una sombra arrastrada por el viento gélido del océano que se burla de mi existencia. No soy tanto una persona, sino más bien una ausencia: una forma que el mundo se niega a llenar.

Mis días son una niebla de indiferencia. Un lienzo en blanco donde la vida no deja huella. Los rostros de mis padres, vacuos. Los de mis compañeros, un reflejo distante. Todo es una pesada apatía que me carcome.

Camino por la rambla. Busco una tregua del vendaval que azota la costa. Me desvío e intento adentrarme en el corazón de la ciudad. Al cruzar, encuentro un terreno baldío. Una herida de barro y escombros frente al mar. No es un camino; es el sendero ignoto que el destino me ha preparado.

El fango me recibe con un chasquido húmedo y obsceno. Tropiezo. Mi pie se hunde y el frío me muerde: un dolor extrañamente familiar. Intento liberarme, pero el sitio, vivo y hambriento, me arrastra más profundo.

Un segundo paso en falso. Mi otra pierna se sume en la oscuridad. El lodo no me soltará, lo presiento. Me agarro a un poste. Mis uñas arañan la madera en un intento fútil. El cieno me atrae con una fuerza sobrenatural.

El silencio del lugar es un grito mudo. Estoy sola. El celular, muerto. Inútil en el bolsillo. Siempre me prometo cargarlo, nunca lo hago. Ironía cruel: la batería se acaba cuando más la necesito.

A unos metros, la vida sigue su curso en la avenida. Para mí, el mundo se ha reducido a este pozo de barro.

El terror se hace físico. El lodo sube como un depredador sin piedad. No es una caída, sino una absorción lenta y angustiosa. La tierra me devora. Cada centímetro que me hundo es una promesa de olvido.

El frío sube por mis piernas hasta mis caderas. El miedo se hace tangible. La presión en el pecho me corta la respiración. Miro alrededor esperando una señal, un milagro. Solo veo las paredes de ladrillo de edificios viejos. La ciudad, que me ha desconocido, ahora me contempla con indiferencia.

La noche se cierne; su manto oscuro cubre el sol moribundo.

Cuando el lodo alcanza mis hombros, una armonía extraña me invade. Ya no hay esperanza. No hay lucha. Solo aceptación.

Lo espeso y pegajoso sube. Supera la línea de la mandíbula y se instala en mis labios; tiene un gusto a salitre, a tierra vieja y mineral. Ya no puedo gritar, y ese silencio forzado me obliga a escuchar el latido de mi propio corazón, retumbando como un tambor bajo el barro.

Se acerca, perturbador, a los ojos. Los mantengo abiertos un segundo más, desafiando la oscuridad que trepa. Veo las luces de la calle parpadear a lo lejos, indiferentes, como estrellas que no saben que una de sus sombras se está extinguiendo.

¿Cuánta gente habrá muerto así en este suelo de postal? ¿Cuántos naufragios habrán ocurrido tierra adentro?

Cierro los ojos. Siento el abrazo helado que me engulle. El peso del mundo sobre mis párpados es absoluto. Alcanzo a preguntarme si así se sentirá la muerte: solo olvido. Una desconexión lenta de los sentidos donde el «yo» se desdibuja hasta ser nada.

Nadie sabrá mi destino, ni mi nombre, ni la grisura de mis días. Seré una veta más en el estrato de este baldío, un secreto inorgánico que se guardará bajo su manto.

Cuando vuelvo a mirar, la noche se ha ido. El sol se alza. Tiñe el cielo de tonos anaranjados. Una belleza brutal. Un amanecer hermoso y cruel.

Veo una pequeña embarcación a lo lejos. Un diminuto velero blanco. Por un instante, siento una paz inmensa. Una ironía perversa. Por primera vez, me percibo acompañada, aunque nadie sepa de mí.

Cuando la embarcación desaparece, disuelta en la bruma, siento envidia. Ella se mueve libre. Yo permanezco atrapada.

No lucho más. Me disuelvo en el suelo. Solo un mechón de pelo oscuro queda flotando sobre el limo. Testigo silente del final.

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REGLA DE MULTIPLICAR

Gustavo Páez Escobar – Colombia

I

Gertrudis, que de soltera fue muy apetecida y que por poco da su brazo a torcer con el gringo del departamento donde trabajaba, personaje grandote, rubio y de ojos azules, terminó casándose con Ismael. A ella le encantaban los cocteles que ofrecían en la compañía, y los automóviles último modelo como los del míster, y las comidas en el Gran Vatel, con champaña y whisky. A Ismaelito, en cambio, la vida le quedaba apretada, entre otras cosas porque solo ganaba $ 320.000 al mes como administrador de un almacén de sanitarios. Por eso no tenía automóvil último modelo, pero ni siquiera cualquier trasto rodante.
Tampoco sabía de champaña ni de whiskys ni de pequeños ni grandes Vateles.

Con todo, Gertrudis prefirió a Ismael. La decisión, algo difícil, se resolvió por un pequeñísimo detalle, el que puede captarse en la conversación sostenida con el míster a las tres de la madrugada en la discoteca, según ella, y en el nigth club, según él, donde se refugiaban todos los sábados:

—¿A dónde, querer, negrita, que pasemos nuestra luna de miel? Gertrudis sintió un desvanecimiento pero se mantuvo bien agarrada entre las manotas del míster y ni siquiera se puso colorada, pues la media luz del establecimiento opacaba cualquier rubor.

—Yo decirte, negrita, y tú contestarme, si querer pasar conmigo una sabrosísima, ¡cómo llamarse!, luna de miel…
—¡Ay, William!.. . ¡Ay, William!… —repetía Gertrudis tartamudeando.
—¿Querer o no querer? —la concretó el gringo. —¡William, por favor! ¡Por favor, William! ¡Me emocionas mucho,
muchísimo!

Y se agazapó gimoteando entre la musculatura del míster, quien aprovechó la ocasión para acomodarle uno de esos besos gelatinosos que saben mejor a las tres de la mañana, sobre todo si en el aire ha quedado flotando una propuesta de matrimonio. A Gertrudis no le costó trabajo seguir pegada a los labios del míster, pero al advertir que este mordisqueaba y mordisqueaba, la ofrenda perdió encanto, y recapacitando que aún no había pronunciado las palabras rituales, se
deslizó inteligentemente y, tomando aliento, exclamó: —¡Contigo hasta la muerte!
—¡Chévere, cheverísimo! —susurró el gringo, se frotó las manos como si fuera a sacarles candela y, sin importarle que aún no estaban en la cámara conyugal, levantó a Gertrudis y la hizo girar tres veces en el aire hasta que ella tuvo que suplicarle que le permitiera aterrizar, pues la efervescencia etílica estaba a punto de volverse peligrosa.
—Yo entender, morenita, que podemos hacernos libremente el amor.
—No tan libremente, William. —Explicarme: nos casamos y vamos a Cartagena a hacernos el amor.—A la luna de miel —corrigió ella, recatada. —Ser lo mismo. —Pero prefiero a Estados Unidos. —Como tú dispongas, Gertruditas de mi alma.
—Y encargaremos muchos bebés a la cigüeña —se entusiasmó Gertrudis.

—No, morenita. No ser conveniente tener criaturos. Eso llamarse explosión demográfica y representar un peligro para el mundo. ¡Teguible cosa!

—¡Oh, no! —se afanaba Gertrudis. —¡Oh, yes! —se empeñaba él.

Y en medio de la euforia terminó confesándole que por esas cosas raras de la vida había perdido un testículo al disparársele la escopeta en una cacería, y había quedado con la cuerda reventada.

—¡Pésima puntería! —fue el lacónico comentario de Gertrudis, quien se levantó exaltada y, terciándose la cartera, se esfumó como alma que lleva el diablo, mientras el míster no alcanzaba a distinguir qué tenía que ver la puntería con su plan anti demográfico.

II

Ismaelito poseía, entre muchas cualidades, la perseverancia del santo Job y no le importaba resistir inclemencias rondando la manzana donde se solazaba la pareja, si presentía que tarde o temprano habría de llegarle la oportunidad de vengarse de la gringada. Cuando la puerta se abrió, Ismael se escondió como tantas otras veces detrás del poste de la esquina, pero luego estuvo en dos brincos al lado de su amada cuando comprobó que definitivamente el míster acababa de ser destronado.

Romper un compromiso para asegurar, acto seguido, otro compromiso, es saber vivir. Gertrudis era afortunada, no cabe duda. La ocasión no se festejó con champaña ni con whisky, sino con aguardiente limpio de ese que quema el estómago y entona rápido el espíritu, y no tuvo como escenario el nigth club sino el bogotanísimo rincón de los serenateros baratos que a las tres de la mañana no tienen otro oficio que bostezar y entretener borrachos. La boda se armó con pasmosa facilidad, pero antes lo sometió ella a un test muy discreto:

—Toda la vida te he esperado… William era solo una distracción…

Cuando me propuso matrimonio me convencí de que no podía vivir sino contigo… —¡Me abrumas, Gertrudis! —interrumpió Ismael empacándose el quinto aguardiente doble. —La emoción es mía…—Nos casaremos pronto —selló él los puntos suspensivos, a tiempo que lograba al fin colocarle el primer beso de su vida, que para ella era elnúmero 15 de la noche y que le pareció más juguetón que los del míster.
—¿Cuándo es pronto, amorcito?
—Déjame hacer planes. En seis meses… ¡No! Mejor en un año…
—No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy —sentenció Gertrudis.

III

Se casaron ese mismo día, por la tarde, a manera de desenguayabe; o como premio de consolación, según pensaba ella en sus intimidades.

—¿Has estado alguna vez en cacería? —le preguntó Gertrudis.
—Nunca, pero si lo deseas me volveré tu más seguro cazador.
—¡No! —se impacientó Gertrudis—. Consérvate íntegro y no como ese zoquete del William que en lugar de hacer blanco a distancia terminó disparándose el tiro para adentro.

Ismael, sin entender nada, supuso que se trataba de un rodeo par rumiar ella su ira contra el gringo.

—¿Te gustan los niños? —también le había preguntado Gertrudis. Hubo un minuto de silencio. Un largo minuto de meditación. Ismael la miró y la remiró con ojos traviesos. Pero pronto pasó para ella el susto al confesarle que los niños eran su debilidad. Y como se explayaba en explicaciones que no venían al caso sobre sus instintos paternales, lo interrumpió para que definieran de una vez el nombre del primer hijo.

Tres horas después, resolvieron llamarlo Mauricio.

IV

Y nueve meses más tarde la cigüeña daba el primer aletazo al iniciar el descenso. La llegada de Mauricio fue todo un acontecimiento. A media noche Gertrudis sintió el primer anuncio y con un codazo puso eléctrico al marido, quien saltó como una liebre sobre el folleto que mantenía listo para asesorarse sobre los pasos de la maternidad. Repitió el espasmo. Las contracciones siguieron más frecuentes. Ambos sudaban a mares. Ismaelito, presa de la confusión, había telefoneado a los
padrinos a ofrecerles el niño, cuando la llamada ha debido ser para el médico anunciándole la salida para la clínica.

Y por poco se lanza a la calle en físicos calzoncillos, maleta en mano, olvidándose de que en apuros como este se necesita, ante todo, tener muy bien puestos los pantalones.

Camino de la clínica se aceleraron las contracciones. El alumbramiento estaba pronto a ocurrir, pues el libro no podía fallar. Puso la mano sobre el vientre de la madre y recibió un puntapié muy bien definido, y ya no dudó un minuto más sobre el sexo de la criatura.

Media ciudad recorrida bajo estos afanes, con paradas aquí y allá, siempre que a un semáforo se le ocurre ponerse rojo, y con tan pocas habilidades para desempeñar el oficio de partero, significa un viaje infernal. Ismael, medio asfixiado, respiró al fin cuando tres enfermeras se lanzaron sobre la candidata a madre y la pusieron horizontal en la camilla preparada para la emergencia.

Gertrudis, al desaparecer tras la sala de maternidad, lanzó una jubilosa sonrisa, como prometiendo que en poco tiempo llegaría con Mauricio entre los brazos. Regresó media hora más tarde, pero sin el tal Mauricio y más fresca que la diáfana mañana que se venía encima.

Los cálculos habían fallado. Mauricio, mientras tanto, continuaba jugando fútbol y ofrecía pocos deseos de querer salir a respirar aire contaminado. Ismael se deslizó por el corredor y a la salida despedazó el manual que de nada le había servido, mientras su esposa prometía volver a los tres días.

V

Y cumplió la palabra. En el momento indicado Ismael se metió entre los pantalones, sin los apremios de la otra noche, y no confundió la llamada al médico ni despertó a medio vecindario como lo había hecho aquella vez. Llegó tranquilo a la clínica, extrajo un cigarrillo y se hundió en la lectura del libro de Agatha Christie que portaba para no quedarse solo.
Bien acompañado estuvo con el detective del distrito y el médico rural que ya se vislumbraba como el asesino, hasta que un murmullo que creyó salido de la novela le puso los pelos de punta.

Gertrudis, valiente y sudorosa, se expresaba así en los últimos pujos:—¡Salga pronto, Mauricio!

Al tercer llamado salió por completo. La enfermera lo levantó de los pies y le dio la bienvenida con el tradicional golpe en las nalgas. El llanto guardado de la criatura, que ya no tenía ninguna similitud con el desarrollo policíaco, puso en la realidad al p adre. Este por poco se desvanece. Se encontró con una figura arrugada y vellosa y, para colmo del desconcierto, no halló el sexo por ninguna parte. Mal podía hallarlo en medio de su descontrol, si Adelaida iba a llamarse la nueva ciudadana.

—¿Verdad que es preciosa? —preguntó enternecida la madre. —No había visto algo tan horroroso —fue todo el comentario del padre.

Pero Adelaida, a los pocos meses, ya no era tan fea. La nariz se le fue arreglando, le brotaron los pómulos, y la frente, que al nacer parecía un acordeón, se volvió lisa. La capa de vello que tanto había impresionado a Ismael se desvaneció para dar paso a una piel delicada. Todo fue cambiando —menos el sexo, que era ya irrevocable— a los ojos del inexperto progenitor. No podía tratarse sino de una novatada, pues bien se veía que el pobre no había tenido oportunidad de comprobar que los
recién nacidos en nada se parecen a los angelitos creados por la fantasía. Las lenguas de vecinos y parientes, que suelen ser tan mentirosas, se deshacían en elogios para la niña, «todo un primor», como decían apropiadamente las señoras. El padre se inflaba entonces de orgullo, y sin darse cuenta, se le fue borrando el sentimiento que había experimentado al frustrarse el deseo de prolongar en un varón la multiplicación de su apellido.

Adán violó las fronteras prohibidas, el hombre es el animal más glotón de la naturaleza. Como Ismael no era ninguna excepción y su Eva era tan apetitosa y estaba tan resuelta como la del paraíso, la fruta por segunda vez. En lo material había visto crecer el presupuesto con un subsidio inventado por el gobierno por cada hijo que poblara la patria. En lo sentimental sus afectos eran claros. Entre mimo y mimo el matrimonio seguía progresando, y como el amor deja huellas,
pronto la esposa se sintió fértil.

¡Qué alegrías, qué fiestas, qué planes! Esta vez no fallarían. Sería un Mauricio fornido. Se hicieron de nuevo los preparativos, y de nuevo se echó el ojo a los padrinos, y de nuevo se armaron idénticas ilusiones y expectativas. Gertrudis, mujer sensata, se había concentrado en la idea del varón para contribuir así a la maternidad masculina, según le aconsejaban las matronas. Y hasta había seguido procedimientos que se decían científicos, y había visitado adivinadores y charlatanes.

—¡Salga pronto, Mauricio! —volvió a gritar.

Lo hizo con toda energía, a pulmón pleno y con fe ciega. Fue emergiendo una cabezota con una aureola tan bien dibujada, que no dudó Ismael en la aparición da una figura episcopal. Los brazos se alargaron como caucheras y dejaron ver dos muñecas macizas. Los muslos eran trozos exuberantes de tocino; y las piernas, briosas como
corceles, no podían pertenecer sino a un atleta.

¡Y qué pulmones, qué berridos! Ismael lo cogió ávidamente, lo arrulló con emoción y vio en aquel vástago la respuesta a sus exigencias. Alzó los ojos al cielo y algo dijo entre muelas, para que solo Dios lo entendiera. Pero por poco deja caer el bulto al oír que las enfermeras ponderaban «la niña tan bien formada.» Tarde se le ocurrió verificarlo, y al darse cuenta, porque hay cosas que son evidentes, rabió por la equivocación y se retiró a toda prisa como si hubiera perdido una batalla.

VI

—Mauricio se nos esfumó —comentaba años más tarde, cariacontecido, cuando llegó Rubiela, el quinto esfuerzo hecho mujer. —No te desanimes, no te desanimes —lo consolaba Gertrudis.

No era que Ismael se desanimara. En absoluto. Llegó a considerarse como un rey en medio de tantas princesas. Alguna vez, malhumorado cuando le devolvieron a todas las niñas por las cuatro mensualidades que debía en el colegio, y cuando también le habían embargado el sueldo por no cancelar la última cuenta de la clínica, y además se habían llevado el televisor por no haber vuelto a amortizar las cuotas
desde dos años atrás, protestó por tanto exceso. Pero pronto se calmó. Y sonrió sin mucha dificultad, pues por fortuna no había perdido el sentido del humor.

En estos y otros aprietos solía Gertrudis acordarse de la «teguible cosa» del gringo. Pero se burlaba de él al pensar que el muy tonto había querido pontificar sobre asuntos para él imposibles.

Ismael, filósofo de lo cotidiano, desistió al fin del varón. Y al correr del tiempo se hizo retratar, en sus bodas de oro —que de oro no tenían nada— con sus ocho hijas, sus seis nietas y sus dos bisnietas. Con su barba blanca y poblada parecía todo un patriarca. Lo era, sin duda. Rodeado de juventud y lozanía, se sintió rejuvenecido.

VII

La cigüeña es un animal travieso y suele equivocarse de puerta. Gertrudis, de pronto y a estas alturas de la vida, se vio embarazada de nuevo, y se asustó. Más bien se apenó. No estaba bien que continuara siendo una máquina reproductora, cuando ya había considerado selladas las posibilidades —que ánimos tampoco le habían faltado—. El marido,no cambio, se hinchó de vanidad. El viejo estaba remozado y su espíritu no había nunca dejado de ser juvenil. Sus ojillos picarones se rebulleron de contento como ocultando una fruición que no podía contener. Si Chaplin había demostrado virilidad a los ochenta años, él, que frisaba la misma edad, no podía quedarse atrás.

Los célebres progenitores terminaron riéndose de esta jugada del destino. Un hijo, al final de la jornada, es ciertamente para
desternillarse de risa.

Llegada la hora, se acordó la madre-abuela-bisabuela del «ábrete, sésamo» y respiró hondo, pausado, como antaño. Y como en sus buenos tiempos, sentía gozosa cómo se iba expulsando la criatura rítmicamente.
El proceso seguía teniendo mucho de armonioso, de espontáneo y de gustador. Campanillas musicales acompañaban la hora del dolor.

VIII
Y exclamó como en sus viejas épocas: —¡Salga pronto, Mauricio!

Apareció una forma rolliza, con aureola de obispo. Ismael contemplaba el hombrazo que había llegado al planeta. Dos pepas ojizarcas se abrieron como imanes. Rubio y vigoroso, era todo un exponente humano, la mejor reserva de sus energías, un digno sucesor de su raza, que multiplicaría su apellido como en la cena de los panes.

—¡Mauricio, Mauricio! —repetía sin cesar, corriendo de salón en salón, de piso en piso, hasta que los habitantes todos de la clínica quedaron enterados de la potencia, del alborozo del anciano.

Era como un trofeo que podía mostrar al mundo para que todos supieran de su vigor, de su constancia, de su machismo. Pero lo llamaron Arcadio por considerar que el nombre de Mauricio se había desgastado.

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TOC: Orden 

Carlos Pérez de Villarreal – Argentina 

Carlos era en extremo metódico. Tan extremadamente ordenado que prácticamente vivía enajenado con el control del orden en todo sentido: horarios, comidas, visitas, ropa, utensilios… 

Ya había tenido problemas en su trabajo, e incluso familiares; pero era más fuerte que él: debía organizar. Vivía acomodando y acomodando lo acomodado. Era un «ordenador», las cosas que lo rodeaban tenían que estar dispuestas como él las ubicaba. Por supuesto, esto incluía distribuciones en perfectas simetrías y horarios que se debían cumplir sin excepción.  

Al principio, pensó que era solo una manía o un ritual, como muchos que podemos tener los seres humanos. Pero poco a poco se fue convenciendo de que era algo más. Entonces comenzó a tratarse con un psiquiatra, quien lo llevó a una terapia conductista que finalmente derivó en fármacos. Ninguna de las dos posibilidades dio resultado (vaya uno a saber por qué).  

La cuestión es que Carlos dejó de trabajar, casi de salir y comenzó a vivir prácticamente, encerrado en su casa. 

Su mujer (un poco alterada ya) con la excusa de que su mamá no estaba bien de salud, partió a verla un domingo por la mañana y no volvió más. Su hija, un sábado por la tarde, salió con su novio, dijo: «hasta luego» y “desaparecieron en acción” los dos. Nunca más se los volvió a ver. Su hijo mayor -era el único que lo acompañaba-, encontró trabajo muy rápidamente (algo que siempre le costó hallar). Logrado ese objetivo, un lunes por la tarde, se olvidó de regresar. 

Así Carlos, un día, quedó solo…  

Eso sí, preparaba su desayuno exactamente a las 8 de la mañana, almorzaba justo a las 12, tomaba mate (como el five o’clock) a las 5 de la tarde, cenaba a las 8 de la noche y dejaba todo dispuesto. Cada cosa en su lugar. Ordenar sobre lo ordenado. 

Su vida seguía siendo casi normal, pero algunas fallas lo hicieron darse cuenta de que el accionar del común de los mortales no coincidía con el suyo, en nada. En esos momentos se desmoronaba. 

Su pasatiempo favorito eran las series televisivas que pasaban con exactitud a las horas indicadas. Una tarde (vaya a saber uno por qué), una de las películas se atrasó 5 minutos. Fueron fatales, casi rompe el televisor y aunque no lo hizo (porque pensó que después tendría que limpiar todo y ordenar), se desestabilizó.  

Su angustia era tremenda y su desasosiego, feroz. Tomó una determinación. 

El tema, importante por sí mismo por las implicancias que generaron a futuro, es que, pasado un tiempo, su mujer en contacto con sus hijos, decidieron visitarlo para ver con que se encontraban. 

Sorpresa mayúscula: todo ordenado, en perfecta disposición, sin una mácula de polvo ni ningún objeto fuera de su lugar correspondiente… pero Carlos no estaba. Revisaron la casa, las habitaciones, el living, el baño, la cocina, el patio, el jardín y nada. Carlos no aparecía. Todo estaba a la perfección, pero al parecer el marido-padre-suegro se había esfumado. Dieron aviso a la policía, se lo buscó en los hospitales, las clínicas, las iglesias, incluso en la morgue… y nada. 

La familia volvió a su normalidad -ocupó de nuevo la vivienda-, hasta que algo la interrumpió, cuando comenzaron a embalar las pertenencias del dueño de casa, presuntamente desaparecido. 

En un rincón del placard, bien escondido, arriba de varias remeras muy ordenadas, limpio, almidonado, planchado y doblado en perfecto estado se encontraba guardado… Carlos. 

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EL DÍA DEL RAYO QUE LASTIMA

Graciela Reveco – Argentina

Tuvo miedo, porque mojó su ropa interior, después alguien me dijo que siempre ocurre a la hora de morir. Estábamos él y yo, solos en esa habitación donde nací y él fue tan feliz con mi llegada. No sé cuánto tiempo transcurrió, el suficiente para acariciar su cabeza y correr, correr… Me refugié en el baño, me miré largamente en el espejo. Tenía 20 años y hacía cinco que me preguntaba cuándo iba a llegar ese momento. Allí estaba. Salí de la casa por la lavandería, el patio y finalmente por el portón.

Tenía el Fiat en el puente de la casa, esperándome. Me subí como en cámara lenta, no recuerdo el trayecto que hice, pero sí recuerdo que fui a la casa de mi hermano mayor y me encerré en el baño. Quería regresar cuando todo hubiera pasado, pero sabía que eso no era justo.

Tampoco recuerdo el trayecto de regreso, había mucha gente en la casa y mis hermanos corrían de un lado para el otro. Mi mamá dormía sedada mientras la gente de la funeraria preparaba a mi padre. Me quedé en el patio, sin ver a nadie. Cuando todo estuvo listo en el comedor principal —en ese entonces no había salas velatorias— me senté en las escaleras de acceso a la planta alta y allí me quedé, sin poder explicar mis sentimientos, pero puedo asegurar que Dios nunca abandona a nadie. Sentí que me quedaba sola y devastada, mi padre había sido un gran amigo, hablábamos muchísimo de todo y me dejaba a la deriva.

De pronto, alguien se sentó a mi lado. El hermano de la esposa de mi hermano tenía planificado un fin de semana con sus amigos, pero allí estaba, y no se despegó de mí hasta el domingo por la noche, cuando ya había pasado el primer impacto de ese cachetazo de la vida. La vida. En realidad, el hermano de mi cuñada (un rubio bello y de grandes ojos verdes) rompió la soledad que sentía porque no se despegó nunca más de mí, y nos casamos cinco años después. A veces intento estar de acuerdo con que la muerte es parte de la vida, pero cómo duele en medio del pecho y debajo de todos los regocijos.

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GAJES DEL OFICIO

Sandra Romeo – Argentina

Lo conocimos hace un tiempo. Primero se mostró un poco inseguro en el trato y sus conversaciones eran tímidas. Se dirigía a nosotros como pidiendo permiso. Lo dejamos hacer.

Nos armó una vida a la que nos acomodamos con gusto. Estábamos seguros y bien atendidos. Poco a poco se inmiscuyó en nuestro trabajo, haciendo unos cambios aquí y allá. Lo dejamos hacer.

Nos veíamos bastante seguido y, con algunas indicaciones de nuestra parte, los encuentros y charlas mejoraron notablemente. Cada uno aportaba lo suyo.

Hasta que Raquel lo dejó, después de doce años de intentar una historia en la que a él no le fue tan bien como a nosotros. Quisimos ayudarlo, darle una mano, pero él dejó de vernos. Cerró su casa, dejó sus libros, la novela en la que estaba trabajando y se fue.

Lo encontramos en un viaje de olvido iniciado un tiempo después. Tropezamos con él una noche de niebla tan espesa que las costas se veían deshilachadas entre sus jirones. Nuestra presencia le molestó. Al fin de cuentas, Raquel y él nos habían dedicado mucho tiempo, y ese recuerdo desde su nueva soledad le dolía demasiado. Lo entendimos.

En nuestro siguiente encuentro nos sorprendió su recelo. Su rencor se enconaba en nosotros, que siempre lo habíamos dejado hacer sobre nuestras vidas. Era injusto que ahora nos reprochara el tiempo que él por gusto nos había dado. Y más injusto aún que nos echara en cara que por nosotros Raquel lo había dejado.

En realidad, al ver nuestra incondicional entrega, nuestra conexión más allá de las palabras y los gestos, fue que Raquel se dio cuenta del pobre amor que los unía. Como mujer de pocas palabras que era, simplemente se fue.

¿Qué se creerán esos dos? Aunque hace tiempo que los conozco y parte de sus vidas me pertenecen, no tienen derecho a reaparecer en esta historia como si nada hubiera pasado. Bien saben ellos, más que nadie, que Raquel me dejó. Más que dejarme, se abandonó ella de mi vida. Se deshizo en el aire.

Un día su presencia llenaba la habitación entera; brillaba ahí donde estuviera. Al día siguiente no había en la casa un solo recuerdo, una sola prenda olvidada que hablara de ella. Nada. Desapareció completamente. Ni el rastro de su imagen en el espejo, ni un dejo de su voz en las paredes, ni un átomo de su perfume en los cuartos vacíos de la casa.

Ellos lo saben. Y ahí siguen paseando por la cubierta tomados de la mano, flotando entre nosotros. Solo atentos a su amor. Sus miradas prendidas una de la otra, ajenas a toda luz que no sea la propia. Sus pasos caminan su historia sin vuelta. Yo los miro. ¡No tienen derecho a hacerme esto!

Aquí, en este viaje que creía mío solamente, que era el primer ensayo de algo que no quería compartir, me los vengo a encontrar.

Él, con su aire de perdonavidas, solamente porque todavía tiene mujer, no sé quién se cree que es. Yo sé lo que realmente es. Ella siempre rodeada de pañuelos como velos, o con sombreros de ala ancha que le ocultan la mitad del rostro… Ya ni me acuerdo de sus rasgos. ¿Aquel la habrá cambiado por otra? No, su aire me resulta bastante familiar.

De todos modos, a pesar de formar un equipo, todavía mando yo. La historia no será más lo que era, lo que ellos querían que fuera. Basta de concesiones. Todos vamos a cambiar.

Teniendo en cuenta sus reacciones pensamos que no íbamos a vernos más y nos resignamos al olvido. Sin embargo, no fue así. Quizá porque los tres necesitamos ser vistos, fue que volvimos a encontrarnos. O quizá simplemente porque en el estrecho espacio de un barco no hay demasiado lugar para desencontrarse.

Pero ya no es lo mismo. Él ahora pretende, sin consultas ni miramientos, cambiar nuestra historia. Separarnos, condenarnos a la soledad en la que él mismo habita. Pero su incapacidad no es la nuestra: no vamos a permitirle semejante ensañamiento con los sentimientos ajenos. No lo dejamos hacer.

La discusión tuvo lugar en la cubierta vacía. La noche alargaba el silencio de los tres. De la fiesta en el último piso del barco solo nos llegaban unos acordes tímidos y perdidos, ausentes como nuestras miradas.

Después de escuchar el nuevo giro que pretendía darle a la historia, le exigimos otro desarrollo. Le propusimos distintas opciones: si bien él era el autor, nosotros también teníamos derecho a opinar. No era un asunto menor: en esa historia nos iba la vida.

Se negó a escucharnos. Descansando el peso de su cuerpo en la baranda lustrada de la cubierta, miraba a mi esposa con una intensidad que, le hice notar, era insultante. Se limitó a dejarme a un lado, dando vuelta la hoja.

Se acercó a mi esposa, la recorrió con sus ojos y sus manos como si fuera la primera vez que la encontraba en su vida. No era la primera vez que la veía; pero sí la primera vez que la reconocía como mi esposa. Por eso su rostro, cuando redescubrió el de ella, se alteró con el espanto de la sorpresa. Se congeló de terror por la comprensión certera de esa imagen.

Cuando preguntaron quién se había ahogado, Raquel, mi esposa, contestó: —Solo un hombre al que su vida se le convirtió en cuento.

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