CUENTOS Y RELATOS – JULIO
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Los cuentos comienzan donde la imaginación decide abrir la puerta.
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COLABORADORES
Maren Alberdi – España
Magi Balsells – España
Sandra Edith Aguíñiga Luquín – México
Santiago García Vega – México
Carlos González Saavedra – Argentina
Elspeth Gormley – España
Inés Legand – Argentina
Andrea Morini – Argentina
Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
Graciela Reveco – Argentina
Ana Unhold – Argentina
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DONDE LA TIERRA RECUERDA LO QUE FUIMOS
Maren Alberdi – España
Hay lugares que no se visitan: se regresan a ellos. Sitios que guardan memoria, que despiertan lo antiguo y que nos recuerdan quiénes fuimos antes de ser quienes somos.
Zugarramurdi es uno de esos lugares. No importa cuántos años pasen, ni cuántas veces cambie el rumbo de tu vida: cuando vuelves, algo dentro se acomoda, como si la tierra dijera: “ya era hora”.
Yo nací aquí. Pero no crecí aquí. Mi infancia tuvo olor a Cantábrico, a mar bravo, a viento que golpea las ventanas como si quisiera entrar a contar historias. Crecí entre acantilados, entre redes, entre voces que hablan con el mar como si fuera un pariente. Y aun así, cada vez que volvía a Zugarramurdi, sentía que regresaba a un latido antiguo, a una memoria que me precedía.
Porque hay raíces que no necesitan presencia: solo necesitan verdad.
El sendero hacia las cuevas siempre me ha parecido un camino hacia dentro. No hacia un lugar, sino hacia una parte de mí que solo despierta aquí. A medida que avanzas, el silencio cambia. Ya no es silencio de bosque, ni silencio de montaña. Es un silencio que recuerda. Un silencio que sabe. Un silencio que te mide.
Las cuevas se abren como una boca inmensa, y la luz, por más que quiera, nunca alcanza a tocarlo todo. Quizá sea mejor así. Hay historias que no necesitan luz: necesitan respeto.
Dentro, el aire es frío. Pero no es un frío natural. Es un frío que viene de la injusticia, de la fragilidad humana, de ese miedo antiguo que convirtió la diferencia en amenaza. Aquí no hace falta imaginación: la historia está viva. Respira. Observa. Recuerda.
Pienso en aquellas mujeres —y también hombres— que fueron acusados de brujería. No por magia, sino por ignorancia. Por miedo. Por la necesidad humana de culpar a alguien cuando la vida se desordena. No eran brujas. Eran diferentes. Y eso, en ciertos siglos, era suficiente para morir.
Pero hay algo más. Algo que no se apagó ni con hogueras ni con inquisidores. Una fuerza. Una dignidad. Una verdad que sobrevivió al fuego.
Cuando salgo de la cueva, siempre me pasa lo mismo: el cielo parece abrir un claro, como si quisiera recordarme que incluso los lugares marcados por el dolor pueden tener belleza. Una belleza que no es evidente, pero que se queda dentro, como una llama pequeña que no se apaga.
Zugarramurdi no es un sitio para aprender. Es un sitio para recordar. Recordar que el miedo puede destruir. Recordar que la diferencia puede salvar. Recordar que la historia, cuando se olvida, vuelve disfrazada.
Camino de vuelta con la sensación de haber escuchado algo que no se oye con los oídos. Algo que solo se percibe cuando una parte de ti —la más antigua— despierta. Y pienso que quizá, solo quizá, las brujas no eran ellas. Quizá las brujas somos todas las que seguimos caminando con la verdad en los bolsillos, aunque el mundo prefiera la mentira.
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ME PIDES RESPETO
Magi Balsells– España
¿Tú me pides que te tenga respeto? ¿Es que acaso tú lo has tenido conmigo? ¿Qué hombre alardea de sus conquistas y, no solo eso, sino que las engrandece siendo pura mentira? Sé lo que comentaste al esposo de una amiga; detalle por tu parte de lo más desagradable y fuera de lugar. Ella, al contárselo su marido, se molestó en gran manera y sin perder un instante se puso en contacto conmigo, comunicando tus alardes de conquistador en los cuales dabas explicaciones de lo que, según tú, habías conseguido conmigo. Y aún tuviste la desfachatez de decir que yo —sí, yo— había dicho que disfruté y pedía más sexo. Pobre infeliz… ¿seguro que no lo soñaste?
Te he escrito esta carta, de la cual voy a mandar copia a los conocidos o amigos de ambos para que sepan la clase de persona que eres, aclarando algunos puntos que, por fantasiosos, son merecedores de la más sonora carcajada. Daré detalles de esa hombría que presumes, dejando las cosas en su lugar y sin mentiras, que no vi por ningún lado. Quizás estaban de vacaciones.
Reconozco que mantuve unas relaciones sexuales, por decirlo de alguna manera, contigo. El intento estuvo, y mi predisposición también. Pero también incluyo en esta carta el desenlace: fue penoso por tu parte no conseguir llegar ni al principio ni al final, pese a tomarte unas pastillas —que no sé de qué serían ni me importa—. Diste mil y una excusas, pero las horas pasaban y todo seguía en punto muerto. Nada funcionó, ni tampoco vi ese miembro viril del que, según tú, siempre había sido el asombro de las damas. Creo que sería por su insignificancia y por esa triste flojedad permanente
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CEIBAS: MI PARAÍSO TERRENAL
Sandra Edith Aguíñiga Luquín – México
Otoño 2020
Mi rancho me recuerda mi cuna y mi origen, de donde vengo, quién soy y a donde regresaré: a la madre tierra que me parió, me dio vida y me vio crecer.
Escenario multicolor es mi Ceibas, azul, amarillo, blanco y de todas las tonalidades que me dan paz y armonía, arcoíris de bienestar es mi rancho, en el que el horizonte verde se impone con vida; verde que transporta, verde que con su aire limpio y etéreo me purifica en sosegado remanso que adoro. Verde libertad que me hace volar a donde quiero con alas fuertes y seguras; verde que canta con sonidos propios; verde que huele a certeza anclada a mi alma y a mi mente; verde añoranza que me regresa en un suspiro al recuerdo indeleble de mi familia primera porque cuando estoy ahí sentado en una orilla, a lo lejos veo las figuras de mi padre, mi madre y mis hermanos que aparecen mirándome, como hablándome, para recordarme que siempre han estado junto a mí, que nunca se han ido. Eso me llena de nostalgia y en un suspiro amoroso abrazo a
todos y mi mente me vuelve a recordar de dónde vengo.
Bendita quietud en la que solo escucho los ruidos naturales de las especies felices en su hábitat, porque están en el lugar que les pertenece y eso… eso me hace desear quedarme también y mimetizarme a ellos, instalarme para siempre en ese oasis de
abundancia, sin máscaras ni artificios.
Quietud que se disfruta con sus gritos armoniosos; clamores que quiero oír porque cariñosos me hablan al oído, me llaman,
me atrapan, me hablan del poder y la bondad de la madre naturaleza que me invita a amarla y respetarla aun más; pero sobre todo, me hacen pensar en la bondad divina que me regala todo esto.
La noche de mi Ceibas es particular; la luna se hace grande y con su atrevido fulgor me coquetea en el romanticismo de un lugar que amo y me ama; espejo celeste que me desnuda cada noche dejándome ver como soy; escaparate perfecto que da
paso a las estrellas titilantes acompañadas de las luciérnagas con sus mágico brillo que mueren por verme y alumbrarme convirtiéndose en faroles y ojos a la vez. Luna que aclara las nubes que con sus vapores flotantes y húmedos descubren la cortina y puedo ver su viaje incansable haciendo perfecto el universo nocturno. Ah, pero qué decir de la cascada de Ceibas; lleva el agua más limpia que hay, en ella veo como se reciclan mis sueños en un vaivén de vida y de esperanza, chorro
cristalino que en complicidad bendita y auténtica con su arroyo me invitan a encontrarme conmigo mirándome en el espejo que conforman, recordándome el hombre que soy con todo lo que pienso, en todo lo que creo, con todo lo que siento, lo
que añoro, lo que tengo y lo que no. Reflejo de mí mismo que me ordena apaciblemente perseguir mis anhelos sin olvidarme de lo esencial, de lo valioso, de lo trascendente, delo puro, de lo bueno, de lo sagrado y de todo lo que vale en esta tierra y más allá.
Óleo natural perfecto que me enamora, el más bello, el lugar ideal para vivir y también para morir. Lugar que me permite ser yo y reencontrarme cada vez para atender a la renovada esperanza. Sitio privilegiado, tierra fértil y prodigiosa que da tanta vida… que me da vida.
¡Bendito Dios que me dejas gozar y estar aquí, en esta tierra en la que soy tan feliz haciéndome sentir inmensamente privilegiado!
¡¡¡Gracias, gracias, infinitas gracias Señor!!!
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MUJER TU PUEDES
Santiago García Vega – México
Salí de casa con el corazón hecho añicos. Aún resonaban en mi mente las palabras de mi padre, ese hombre que decía amarme pero que, sin quererlo, quebraba mis sueños como si fueran cristales frágiles. Para él, las mujeres solo servían para criar hijos, casarse y ser mantenidas. Ese era su legado, su sentencia, su visión del mundo. Y yo, que apenas empezaba a entender quién era, recibía aquella profecía como una piedra que me hundía.
Mi madre, en cambio, me cubrió con una bendición silenciosa. Ella no hablaba mucho, pero su mirada decía lo que mi padre nunca supo pronunciar: “Hija, tú puedes.”
Entre la bendición de una y el renegar del otro, emprendí mi camino. Sentía fuego dentro, un hervor que me empujaba a elegir: quedarme allí, atrapada en una vida que no era mía, o volar hacia la selva desprotegida de lo desconocido. Las costumbres, los círculos que encadenan, las voces que repiten lo mismo generación tras generación… todo eso me asfixiaba. Y aun así, avancé.
Allí donde las ataduras aflojan y las tinieblas confunden, donde las almas parecen arrastrarse hacia el abismo, yo toqué fondo. Pero tocar fondo no fue el final: fue el comienzo. Desde ese lugar oscuro, logré enfilar contra el océano de mis miedos. Salí a flote. Respiré bocanadas de valor. Tomé decisiones que nunca pensé que podría tomar.
Llegué luchando, cayendo, levantándome. Coquetee con la luna, esa compañera silenciosa que me arrullaba desde lo alto. Enfrenté mis temores, calibre mis emociones, derribé muros que parecían imposibles.
Cada mañana, una voz interior me gritaba: “Rendirme jamás». La mujer que llevo dentro tiene agallas. Tiene poder. Puede llegar a ser.”
Y así entendí algo esencial: No quería un compañero que fuera martillo, ni cuchillo, ni sombra que apuñalara mis sueños. Quería un igual. Un hortelano, un orfebre, un campesino del alma. Alguien que tejiera conmigo flores, vibraciones amorosas, caminos compartidos. No feminismo enfrentado: equidad. Complemento. Respeto.
Porque no existe sexo débil. La mujer es fortaleza, resguardo, dolor y creación. Forjadora de humanidades. Dichosa por siempre.
Mujer: diseño hermoso, milagro, anhelo de madre, nido de esperanzas. Inteligencia, libertad, cambio. Realidad que durante siglos fue manipulada, silenciada, encadenada.
Pero hoy no. Hoy mil puertas han sido abiertas. Para ti, para mí, para todas.
Y mientras subo la escarpada cuesta de mi propia vida, siento la palmada de la cima, la gratitud que inflama el pecho, la certeza de que he llegado hasta aquí por mis propios pasos.
Porque sí, mujer: tú puedes. Siempre pudiste. Solo necesitabas escucharlo.
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DELICIAS DE LA VIDA CONYUGAL
Carlos González Saavedra – Argentina
De pronto apareció un colibrí bebiendo el néctar de la Santa Rita pegada a la ventana. Su bello aletear terminó por despertarme. El día brillaba y yo aún en la cama, mirando el techo como si nada. Había tenido una noche intensa…
Me levanté y seguí el día planchando; tenía una pila. Planché toda la mañana. Por suerte golpearon la puerta.
—¡Llegué! ¿Qué hacés, amor? ¿Te fue bien con los fletes o tenés que salir por la tarde?
Esperaba que Guillermo me dijera que no. Resultó frustrante escuchar:
—Tengo uno a las cinco y otro a las diecinueve.
Me enojó.
—¿Cómo podés ser tan desconsiderado? ¿No te das cuenta de que entro a las veinte y, si no llego a tiempo, ¡me suspenden!
—Sería bueno que te suspendan, así te quedás más en casa y no estás todas las noches afuera.
—No me vas a cambiar. Cuando me conociste estaba de noche; te enamoraste así. ¿Acaso no me querés más?
—Nada que ver, Albertito de mi corazón. Andá, que los muchachos del correo esperan tu firma. Así despachan rápido y volvés temprano —me dijo, guiñándome un ojo.
—¡No creo! Chau —me fui dando un portazo.
—Mañana te espero con unos mates. No tomo ningún flete, así estamos juntos. ¡Beso, te quiero!
Partí creyendo que había encontrado finalmente la pareja ideal.
En la oficina encontré una notita del jefe sobre mi escritorio:
“Alberto: apure el trabajo porque nos informaron que, para las dos de la mañana, cortarán la luz y nos quedaremos sin sistema hasta las 17 horas.”
Disimulando mi alegría, comencé a adelantar mi tarea antes del corte, sabiendo claramente que, a más tardar a las 2:45, estaría con mi amorcito.
Regresé entusiasmado, casi contento, y encontré todo apagado. Me asusté. Mis pasos comenzaron a ser sigilosos en el jardín. Lejos se escuchaba cantar a Frank Sinatra. Al mirar por la ventana solo distinguí una luz tenue. Por la otra ventana sí vi una botella de champán en una frapera, sobre mi mesita de luz.
Asombrado, enfurecido, con una sensación de desamparo y locura, cegado de celos, golpeé fuertemente la puerta, a pesar de tener mi llave. Escuché una voz femenina diciendo:
—¡Guillermo, despertate, están golpeando!
Abrí y encontré a Susana, mi vecina, su marido y Guillermo en una bacanal, todos en la cama.
—¡Albertito, te explicaré! ¡Esperá!
Sin escucharlo, abrí el placard, busqué en el segundo cajón y encontré el 38 que era de papá. Mis manos nerviosas no podían siquiera sostener el arma. Un sudor frío de bronca, miseria y asco gobernaba mi cuerpo. Estaba devastado; no podía entender la situación. Después de todo lo que habíamos pasado juntos… Me sentía traicionado. Había abandonado a mi mujer y a mis dos hijos por él, y Guillermo había hablado finalmente con su papá. Por fin pudo enfrentar a un duro sargento del ejército, al que le tenía un miedo tremendo.
Mi ropa estaba empapada. Aun así, cerré los ojos temblando y disparé.
Un tiro impactó a Guillermo en la cabeza. Otro al marido de Susana, compañero de mi infancia. Y por último a Susana, en la nalga derecha.
Gritos, desesperación, angustia, dolor e impotencia. Sentado, vencido, recostado contra el placard, intenté dispararme y no pude. Lloré desconsoladamente.
Los vecinos, alertados por los disparos, llamaron a la comisaría. Sentí las sirenas de la policía. Había cambiado mi vida. Había tenido otra noche intensa, pero el colibrí ya no aleteaba.
Me dieron ocho años por los tres. Salí por buena conducta. Marcela y su marido volvieron a Tucumán. Anoche me escribió Eduardo, un guardiacárcel que conocí en prisión. Un amor.
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LOS SILENCIOS
Elspeth Gormley – España
El silencio no es solo ausencia de sonido. El silencio es una forma de presencia. Se escucha, se siente, se palpa. A veces pesa. A veces libera. A veces duele. A veces salva.
Hay silencios que ocurren en mitad del ruido: cuando alguien habla y nosotros ya no escuchamos, cuando la calle grita y aun así algo dentro queda quieto, cuando el mundo corre y uno se detiene sin saber por qué. Ese silencio es una frontera: marca el límite entre lo que somos y lo que mostramos.
Hay silencios que nacen en la soledad: cuando la casa duerme, cuando la noche se estira, cuando el cuerpo descansa pero la mente no. Ese silencio es un espejo. Nos devuelve la imagen sin filtros, sin maquillaje, sin excusas.
Y hay otro silencio, el más difícil, el más necesario: el silencio interior. Ese que aparece cuando dejamos de huir de nosotros mismos. Ese que llega cuando ya no podemos mentirnos. Ese que nos desnuda.
Porque escucharse no es fácil. Escucharse es mirarse sin defensa, es reconocer lo que evitamos, es aceptar lo que somos cuando nadie nos mira. ¿Quiénes somos cuando el ruido se apaga? ¿Quiénes somos cuando ya no hay testigos? ¿Quiénes somos cuando el silencio nos obliga a responder sin palabras?
En ese silencio descubrimos verdades que no caben en la rutina: lo que nos falta, lo que nos sobra, lo que nos duele, lo que nos sostiene, lo que ya no queremos seguir cargando.
El silencio revela. No porque hable, sino porque nos deja escuchar lo que siempre estuvo ahí. Una emoción que pedía espacio. Un pensamiento que evitábamos. Una pregunta que nunca nos atrevimos a formular.
Y entonces, en ese instante sin ruido, aparece algo que no es iluminación ni epifanía: es reconocimiento. Es decirse la verdad. Es verse por dentro. Es entender que la vida no cambia cuando el mundo calla, sino cuando nosotros lo hacemos.
Al final, cuando el ruido vuelve, cuando la rutina reclama su sitio, parece que nada ha cambiado. Pero dentro… sí. Dentro, algo se ha recolocado. Una pieza que llevaba años fuera de lugar. Una claridad que no sabíamos que necesitábamos. Una respuesta que no buscábamos, pero llegó.
Porque el silencio, el verdadero, no es vacío. Es encuentro. Es desnudez. Es verdad. Es el lugar donde, por fin, dejamos de ser lo que mostramos y empezamos a ser lo que somos.
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LO QUE TODAVÍA DICE LA LUZ
Inés Legand – Argentina
Hoy intento ordenar mis pensamientos, que son tantos y tan vivos, como colores que buscan su lugar en un lienzo. A veces escribir me cuesta, no porque falten palabras, sino porque todas quieren salir juntas, como si tuvieran prisa por convertirse en belleza.
Me refugio en lo que me sostiene: las plantas que se pintaron de amarillo, de rojo punzón, los árboles que ahora muestran su desnudez como si revelaran su propio esqueleto. Desde mi ventana veo el jacarandá, verde todavía, pero sé que dentro de unos meses nos regalará ese azul que siempre asombra. El Palo Borracho, robusto y firme, ya despejado de hojas, parece un guardián silencioso del barrio.
Así somos, privilegiados por la vida. Y pienso también en esa catástrofe tan grande en Venezuela: los socorristas sacaron un bebé, calculo de dos meses, desnudito, con solo un pañal. Lo tomó en sus brazos como si fuera un tesoro, con tanto amor… y se fue con él. El milagro siempre está acá, aunque a veces cueste verlo.
Mi hijo hoy me hizo la comida. Ayer pinté un cuadro: señal de que me siento bastante bien. El día se iluminó, y cuando la luz cambia, cambia todo. Uno es como espera tantos días: de pronto el sol dice “presente” y nos regala esa vitamina que ustedes tienen allá, tan necesaria para el ánimo y para el cuerpo.
Todavía no me encontré con Viviana; me dijo que en cualquier momento viene a visitarme. La tarde terminó. La gente vuelve a sus casas. Los negocios cierran sus puertas. El día se oscureció sin hacer ruido, como suelen hacerlo los días que ya dieron todo lo que podían dar. Ahora solo queda esperar el nuevo amanecer, ese que siempre llega con una promesa distinta.
Solo pido piedad para los que sufren. Y agradezco, amiga, tus relatos tan sentidos, tan bien transmitidos. Gracias por acompañarme en este tramo del camino, donde la pintura y la palabra todavía tienen mucho que decir.
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EL ESCRIBIENTE
Andrea Morini – Argentina
Germán lleva días sepultado en su desván. Ese cubículo asfixiante, saturado de lomos de cuero y papel, ha dejado de ser su refugio para convertirse en su celda. Le agrada —o quizá ya solo soporta— el olor rancio de los volúmenes que trepan por las paredes, del suelo al techo, como una hiedra de celulosa que amenaza con devorar el único ventanuco que da a la calle.
Desde niño imaginaba que de esas páginas brotaban historias; ahora, sospecha que son esas mismas historias las que lo están entretejiendo a él.
Sabe que el tiempo se le escapa entre los dedos, como arena que huye desesperada de vuelta al mar. El fin avanza, lento e inexorable; no es momento de flaquear. Se ha propuesto parir la historia más maravillosa jamás contada.
Ha conjurado a las musas en su beneficio y, al parecer, estas le han concedido el don, aunque el precio sea su propia carne.
Los pensamientos brotan con una violencia febril, llenando folios y folios. Esta vez, las ideas no son volátiles; son garras que arrastran sus dedos hacia el papel. Su figura, envarada y macilenta, emerge entre el cúmulo de folios apilados como el cadáver de un náufrago en un mar de tinta.
El mensajero debe entregar la revelación; ese fue el trato con Calíope, una deidad que ahora se le antoja hambrienta, esperando el pregón del numen con una ansiedad que roza lo perverso.
Siente que avanza por una ciénaga espesa que se enrosca en sus vísceras y atrapa sus extremidades. El aire en el desván es denso, casi sólido. Crear es su pasión, pero ahora el llamado exige su ser entero, átomo por átomo. El final se aproxima; lo presiente en el crujir de sus propios huesos, en la arritmia de un corazón que ya no le pertenece.
Un vértigo agónico lo embarga al desgranar los últimos párrafos. Mientras los misterios se develan en el papel, su mente parece astillarse.
Finalmente, cuando las últimas letras caen con el susurro siniestro de hojas secas, sabe que la tarea ha terminado. La musa estará satisfecha; el escribiente ha cumplido.
Entonces, en el preciso instante de estampar el punto final, Germán siente que el papel comienza a succionarlo. No hay alivio, solo una disolución aterradora. Su cuerpo se desvanece, diluyéndose en el objeto de su deseo, arrastrado por un goce oscuro hacia el abismo de lo ignoto. Ya no queda hombre, solo tinta.
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¿ QUIÉN ERES ?
Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
Ese día sabía que si subía a actuar, algo pasaría. Lo presentía. Siempre deseé ser actor, estimado lector. No me pregunte por qué, pero sin excepción lo quise. Desde niño, las tablas fueron mi hogar. Criado en un matrimonio de artistas, subir al escenario era con respecto a mí tan común, como para cualquier niño jugar a la pelota. Así fue, así nació mi carrera, que poco a poco fue transformándose en un vivir, en una verdadera forma de vida. Existía solo para actuar.
Convengamos que no resulta tan fácil. Uno debe adentrarse en la mente de cada personaje, dejar su yo de lado y asumir el otro yo, aunque este, siempre contenga al verdadero. ¿Qué paradoja, no?
En mi caso, más de una vez, el personaje trascendió al intérprete. Eso es lo difícil de sobrellevar. Uno es uno mismo y no uno ajeno, y transformarse en el otro no es sencillo, —por supuesto si se quieren hacer las cosas bien—, porque recordemos que para mí actuar fue mi manera de vivir, excluyente y sin miramientos.
Tuve mucha fe en mí mismo, eso sí, logré con el tiempo una perfección actoral que me brindó una gran satisfacción. Pero aclaremos que todo se debió a constancia, trabajo y organización.
Estudié con grandes actores, en institutos de renombre mundial, me esforcé al máximo y logré el resultado esperado… reconocimiento.
Pero ese día sabía que si subía al escenario, algo pasaría. Era una rara sensación que sentía en mi interior, hasta diría dentro de mi alma. Un sentimiento encontrado que, por un lado, me impulsaba a actuar y por el otro, me indicaba que no lo hiciera.
La obra era un estreno en el principal teatro de la calle Corrientes, en esa inmensa metrópolis llamada Buenos Aires. Aunque en estos tiempos se estila mostrar todo desde un principio, nuestra compañía todavía ocultaba la escenografía. Usábamos el telón, ese gran separador que divide la sala de un teatro en dos partes bien contrapuestas. Por un lado, el espectador, estimado lector, que espera su apertura, ansioso por saber con qué se encontrará y por el otro, los actores, que también anhelantes, desean presentarse ante su público.
Las luces, no olvidemos las luces: brillo cegador, calor, oscuridad, frío…Todo el abanico de posibilidades para recrear una atmósfera que debía conjugar con la actuación.
¡Qué hermoso me parecía esto, qué magia, qué sentimientos tenía dentro de mí, porque allí estábamos, ¡actuando!
De pronto, en un instante —lo recuerdo con gran claridad—, al final del segundo acto, sentí un agudo dolor en la parte izquierda del pecho… me doblé en dos, caí al suelo exánime. Y casi sin querer me morí. Sí, me morí.
Dejé de vivir.
Al final mi presentimiento tuvo razón, algo iba a pasar si subía a actuar.
Pero aquí no concluye todo, estimado lector.
No, todavía falta lo mejor… o lo peor, de acuerdo a cómo se lo mire.
Cuando partí, alguien preguntó:
—¿Quién eres?
—Un actor –respondí.
—Sí, pero… ¿Quién eres?
No supe qué contestar y lloré.
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CAJA DE CENIZAS
Graciela Reveco – Argentina
Somos nada y somos todo lo que dejamos
Un viento húmedo levantó el extraño sopor que se desprendía del suelo, y arrojó en el aire un sabor salino a tormentas ocultas detrás del horizonte. Visto de lejos el certero dibujo del confín, como una raya horizontal en degradé, nadie apostaría a que la bóveda transparente pudiera enjaretarse con un celaje promisorio de céfiro y agua.
Desde la ventana, Manuel divisó toda la anchura plomiza, y alzó los hombros con un gesto cansino, tal vez de hartazgo, o de blanda sumisión frente al devastador panorama. Y no se refería a la perspectiva de esa mañana de julio, gélida y cruda como debía ser en la época.
Restalló una pequeña lumbre en la mirada vidriosa. Trató de no despertar a Adela, su mujer, que dormía con un sueño intranquilo. Desde que él sufriera una trombosis coronaria vivía a la expectativa de todos sus movimientos.
—Manuel, dejá esa escalera que no debés agitarte. Manuel, los chicos van a escardar el jardín más tarde, dejá esa carretilla. Manuel no hagás esto, Manuel no hagás aquello…
No estaba seguro si el cauce que había tomado su vida era el que estaba dispuesto a soportar. El cardiólogo le habló de una inminente intervención para destapar las arterias obstruidas. Un amigo de otro tiempo accedió a la operación y no salió con vida.
—Era otra época, Manuel, dejate de pavadas. El doctor dice que hay que hacerlo, y lo haremos.
Adela no se dejaba intimidar por nada, ni por nadie. Iba hacia delante, braceando contra todas las dificultades, sin embargo, no alcanzaba para contener su aflicción. El pecho le saltaba como si se le hubiese metido una rana que no encontraba salida para escapar. Y el dolor…, el dolor era agudo como un apretón de dedos engrillados. Eso le provocó un despertar con sobresalto, y salió de la cama con sigilo para que ella no lo notara.
El almanaque de la agenda marcaba el 29 dentro de un círculo rojo; un 29 de Julio del siglo XX, que se escapaba de las manos como una golondrina frenética por encauzar un vuelo más limpio y menos sangrante. Él mismo lo había acentuado dos días antes de establecer el día y la hora de la intervención, suponiendo que a esa altura de las circunstancias su sistema nervioso estaría controlado frente a lo inevitable. Lo cierto era que no tenía nada en claro. Quizás, el cielo encapotado del amanecer estuviese más nítido que su entendimiento.
Más atrás, el reloj desplegó un efecto luminiscente en medio de la total oscuridad y sentenció las cinco de la mañana. Los chicos se levantaban a las siete. El mayor no quería estudiar y estaba empleado en una fábrica de conservas. Era su elección. El menor quería ser ingeniero, como su profesor de Mecánica Técnica, al que admiraba profundamente, y en sus horas libres atendía una Biblioteca Pública. Adela, en hora y media, estaría preparando el desayuno y dejaría todo dispuesto antes de marcharse a la escuela donde daba clases de música.
Él quedaba relegado a un tiempo de ocio y espera ¿Esperando qué? Ya iba por el tercer mes de reposo absoluto y la empresa no lo dejaba cesante porque la ley lo amparaba
Dormía poco, leía mucho, televisión le resultaba estomagante y caminar premioso era el único ejercicio autorizado. Una culebra herida le revolvió las vísceras hasta llegar a la garganta. No era otra cosa que la impotencia. Regresó la mirada hacia la ventana, y apenas pudo ver a través del cristal partido por las lágrimas.
El alba se anunciaba con jirones morados y espumas de malva. No iba a llover y solo el frío podría detenerlo en su caminata temprana, sin embargo, había tanto delirio glacial en su interior que daba lo mismo. Tomaría unos mates y la medicación que le menguaba el malestar, luego partiría calle abajo hasta descubrir la mañana detrás del manchón oscuro, que lentamente se iba extinguiendo con el primer bosquejo de luz. Cuando salió del baño, Adela ya estaba en la cocina iniciando la labor del día. Fue inútil su intento para evitar despertarla.
—Cielo cubierto con poco cambio de temperatura –decía la radio en ese momento, después de anunciar las noticias sanguíneas, los asaltos, la desocupación y la dudosa integridad de algunos gobernantes.
—Hace mucho frío para que salgas tan temprano, Manuel. Además, es peligroso. No comprendo ese capricho tuyo de hacerlo por las mañanas –inquirió la mujer ofreciéndole el primer mate del día. Manuel lo recibió y se sentó tranquilamente para degustarlo con una medialuna del día anterior.
—Peligroso es quedarme solo con el bochorno. En la calle encuentro distracción y me ayuda a pensar. En estas circunstancias, ningún delincuente puede dañarme más que la vida misma.
Chasqueó la lengua y sorbió un segundo mate con los ojos achinados y un gesto de sueño inútil rondándole la cabeza. El Proveedor de Milagros estaba demasiado ocupado con otros avatares más intensos. El mínimo portento lo tenía en el filo del bisturí, que le abriría el pecho en dos para recomponer el pasaje de sangre al corazón. Era lo único que podría restaurar, porque la zanja de desolación, que no estaba a la vista, no gozaría jamás de un cierre literal. Estaba incapacitado para hacer vida normal, lo seguiría estando luego de la operación y eso lo dejaba más muerto que la muerte misma. Era demasiado joven aún para que la vida lo amputara con tanta ferocidad. Le tocó a él ¿Y qué? ¿Quién era él para
merecer otro designio?
29 de Julio enrarecido. El aire frío le astilló la cara como un cuchillo. Levantó el cuello de la gabardina y avanzó entre las sombras difusas entonando Cambalache con un silbo entrecortado. Adivinaba a su mujer espiando por la ventana hasta que su figura se perdiera en el vacío de la noche extinta. La rutina diaria estaba en marcha y, a medida que avanzaba
sobre las calles, crecía el movimiento, la luz, la sensación térmica, la vida…
Locos como él había un millón diseminados por los venturosos laberintos del universo, pero el hombre que estaba sentado en un banco de la plaza, escribiendo en un papel membretado, vaya a saber qué, seguramente padecía algún trastorno similar. Manuel lo observó un instante. Le resultaba un tanto familiar. Sí, quizás por la equívoca decisión de intentar unas líneas bajo el gélido bostezo de una mañana de Julio bajo cero (ya sentía los huesos entumecidos). La curiosidad lo empujó (total, tenía tiempo de sobra). Le dolía un poco el pecho y necesitaba descansar un momento. Seguidamente, advirtió que si pescaba
un simple resfriado sería suficiente para abortar la cirugía ¿No sería esa su intención?
Sentado en el banco se inclinó hacia delante para menguar el malestar.
—¿Se siente bien? –interrogó el hombre.
Esta vez, Manuel lo miró a los ojos. Una profundidad de tristeza le llenó las pupilas. Le resultaba nuevamente familiar. Quizás, su gesto reflejando un desconsuelo más entre los tantos que pululaban a diario.
—Sí, me siento bien, gracias —respondió llenando los pulmones de un oxígeno mórbido y húmedo –pero no importa. ¿A quién puede importarle que en unos días me rajarán en dos, me quitarán el corazón y se lo comerán delante de mí como si fuera una ciruela?
El hombre se quedó mirándolo sin responder. Guardó las hojas en una carpeta mientras esbozaba una media sonrisa que ni siquiera fue.
—Ahora…, sería bueno saber quién de los dos se siente peor. Al otro lado de la calle hay un café, ¿por qué eligió el hielo de la intemperie para hacer sus notas? –inquirió Manuel, a sabiendas de que tal vez lo mandarían al demonio por indagar donde no le incumbía.
—Es un sábado diferente –murmuró el extraño conocido, sin dejar de ver a su alrededor con un dejo de melancolía. Estaba nublado, hacía un frío neblinoso y cruel, y Manuel no alcanzó a percibir la diferencia. Solo disparó como una flecha que halló el hueco a la distancia:
—Yo también pensaba traer un lápiz y un papel para hacer una nota.
—¿Por qué? —interrogó el hombre.
—Porque no le encuentro razón a la vida.
—No, le pregunto por qué no trajo lápiz y papel –aclaró.
Manuel se quedó con la boca estúpidamente abierta tratando de descubrir la ironía, pero no había sarcasmo en aquellos ojos profundamente tristes. Y solo dijo sin buscar las palabras:
—Porque tampoco le encuentro razón a la muerte.
Esta vez el hombre se puso en pie. Muy alto, las espaldas anchas, con un reflejo cansino en toda su estructura, que denotaba los setenta y pico de años de relación vincular con la vida.
Se marchaba, cortando con el filo del silencio una situación inusual, que dejaba a Manuel desconcertado, más triste que nunca y con la convicción de que el mundo estaba puesto del revés. Tal vez su incomodidad hizo algún ruido, el hombre se volvió impávido y lo miró directo a los ojos. Alguna extraña sentencia se enredó en sus palabras, pero le llegaron
gratis, como una almoneda en el tiempo justo y preciso.
—El hombre, mi amigo, es ceniza dentro de una caja. El tiempo la diluye. Tiene suerte de perseverar con la vida la proyección de sus sueños que, en definitiva, es lo único que permanece. No trajo nada para asentar su sentencia de muerte. Apueste a vivir y opérese.
Hay quienes solo con la muerte pueden lograr la concreción de esos sueños.
Manuel había enmudecido. Todas las palabras de su diccionario cayeron bajo una filosofía que no alcanzaba a comprender. El extraño detuvo un taxi y le escuchó decir lejanamente:
—Rocha, por favor, en Palermo.
Manuel se alzó de hombros y se quedó esperando que el día completara su figura de atuendo gris y desgajado bajo la subrepticia melancolía del invierno. Permaneció sentado en el banco; el agitado movimiento del despertar humano circuló frente a sus ojos; tenía esperanza de descubrir una fisonomía diferente en el perfecto acabado de una mañana
similar a la del día anterior.
El puesto de flores, en una esquina de la plaza, abrió su colorido abanico en medio de la acritud meteorológica. La tienda mayorista levantó persianas. El café, que precedía la entrada al Shopping, invitaba a sumergirse en una sensual calidez con sabor a café con leche. En la otra esquina, el puesto de revistas, y el canillita gritando a viva voz, amonestaron el abstracto silencio que se impuso frente a la celeridad existencial. El tránsito pesado y horrísono destruyó el ensalmo que mantenía con su deflagración interior. Tal vez, salir esa mañana buscando la forma que le facilitara desaparecer, y evitar la contienda que
iniciaba con la vida, no fue del todo desatinado.
Se puso de pie, cerró lo más que pudo la gabardina y volvió sobre sus pasos. Se detuvo un instante frente al puesto de revistas. Sonrió con un sentimiento inédito, desconocido ¿Le agradaba leer? Sí. ¿Qué hacía durante todo el día? Leer. Lo demás le aburría en extremo.
Luego de la operación, lo más probable es que lo jubilaran por incapacidad. La idea de un puesto de revistas consiguió horadar en su interior el estímulo que necesitaba frente a un destino inevitable; eso si le perdonaban la vida y salía indemne del quirófano ¿Por qué no?
El hombre lo dijo, ahora lo captaba. Su máxima oportunidad era la vida, no la muerte.
Adela no le quitó los ojos de encima mientras se movía de un lado para el otro tratando de ordenar el desquicio que dejaron los chicos luego de la merienda. En la mañana, Manuel había regresado de su caminata con una aureola de luz que se dilataba en cada uno de sus gestos y de sus palabras. Había almorzado con avidez y luego durmió una siesta corta, aseverando que no debía restarle tiempo a la oportunidad de vivir. Al levantarse, desempolvó una Enciclopedia de Historia Universal y se enfrascó en la lectura mientras que ella le alcanzaba los mates sagrados de la tarde. Qué esencia le templó la sangre para aceptar la
operación con ese marcado optimismo, Adela no quería saberlo por temor a deslizar algún comentario inadecuado que deshiciera la certeza. Se colgaría de su ánimo renovado, y nada más.
El reloj de pared marcó las siete de la tarde con una floja campanada, lo que alertó a la mujer y la llevó a encender la televisión. Su programa favorito ya había comenzado. Sus carcajadas fueron más intensas que de costumbre; sobradamente nerviosas. Manuel, que estaba en la sala tratando de concentrarse, salía de la lectura cada vez que ella pegaba saltos en la silla, emocionada, seguramente por alguna escena pueril. Minutos después, contrario a lo que su imaginación suponía, la risa se convirtió en un llanto desigual, casi un murmullo de rabia y de tristeza. Asustado, acudió a la cocina de inmediato.
Él, el extraño conocido, estaba allí ocupando toda la pantalla del televisor, con el rostro
sereno y la profundidad de sus ojos tristes. La voz hueca del locutor anunciaba su designio:
—Como último recurso para salvar la Fundación en peligro, el doctor René Favaloro
atravesó su corazón con un disparo.
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NUEVA VIDA
Ana Unhold – Argentina
Tabatinga, 2 de enero de 2006.
Teresinha:
Después de tantos meses de silencio, finalmente he decidido escribirte.
Recibí todas y cada una de tus cartas, y por el tono de irritación creciente, imagino tu enojo frente a mi prolongado e inexplicable silencio.No me resultaba fácil exponer tantos aspectos de una misma cuestión en una sola hoja de papel. Trataré de hacerlo por el bien de los dos. Así quedamos en paz.
Recordarás que mi nombramiento como Ingeniero Jefe de la Petrolera, para la zona norte del país, fue muy oportuno. Después de quince años, tediosos por cierto, nuestro matrimonio languidecía. Tu reiterada negativa a darme un hijo, era uno de los motivos. Si seguíamos juntos era en parte por conveniencia económica, y el resto, social. Siempre estuviste muy preocupada por el “qué dirán!, y tu reputación en Bahía, seguramente se hubiera visto afectada si te divorciabas. El pertenecer a una familia tradicional, siempre te ha condicionado para actuar con prejuicios frente a muchas situaciones.
Fue así que, tal como estaba nuestra relación, hace exactamente un año viajé solo a instalarme en esta región fronteriza de Brasil con Colombia y Perú, a orillas de ese gigante que es el río Amazonas.
Por vez primera, en mis cuarenta y tres años, tuve conciencia de mi pequeñez, de ser apenas un minúsculo eslabón en la cadena de la vida. Desde el primer viaje en una lancha con motor fuera de borda, sobre las aguas color café, perdí esa sensación de incertidumbre que me acompañara desde que dejé la ciudad;mi arrogancia quedó ahogada en las aguas del río y tuve la certeza de cuán insignificantes somos frente a tanta belleza.
Este lugar, olvidado por muchos desde las grandes capitales, impresiona como otras poblaciones de frontera, pero tiene sus peculiaridades.
Por ejemplo, el clima tan caluroso. Aquí, donde estoy ahora, Tabatinga (Brasil), cruzando una calle, Leticia (Colombia). Muy cerca, Perú.
Rápidamente pude interiorizarme de las características propias del lugar, de la autonomía que ostentan los hombres y mujeres, al sentirse dueños y señores de esa franja particular de terreno que es una frontera. Van y vienen libremente, estudian, se enamoran, se casan, comercian, trafican, lejos de las ciudades cabeceras de sus respectivos países. Tienen leyes propias que los rigen, se entremezclan, respetan lo que eligen, con una decisión incuestionable.
Aquí es donde estoy. Pasaron pocos días de mi arribo y enfermé. Contraje una de las enfermedades tropicales que exigen mucho tiempo y paciencia para su curación, siempre que sobrevivas. Sabes lo obstinado que soy; por ello me negué a ser vacunado antes de viajar. Por la misma razón me negué a ser internado en el hospital.
¡Siempre estoy probando hasta dónde soy fuerte!Me quedé en una de las comunidades originarias. Algo dentro de mí, me indicaba que ése era el camino correcto. No me arrepiento. El chamán de la comunidad , hizo todo lo que estaba su alcance para mi curación:limpiezas energéticas quemando plantas amazónicas, infusiones y ceremonias invocando a sus ancestros.
Afiebrado, durante no sé cuántos días, me debatí entre el delirio y la conciencia. En mis alucinaciones se mezclaban , como una rápida sucesión de fotografías, imágenes del pasado, alternando con coloridos flashes de la selva y el río. En uno de aquellos accesos sentí que caía desde una cascada; al incorporarme de un salto en mi cama de palmas, una mano fresca me sujetó: era Humarí, la joven hija del chamán, quien, como pude saber, había pasado días y noches refrescando mi frente y mis labios, evitando así que muriera deshidratado.
Esta dulce indígena, ha sido mi inseparable compañera. Sentada a los pies de su padre, acompañó mi convalescencia.Con simples palabras me fue explicando el origen del mundo,según sus creencias, y otras valiosas enseñanzas, que fueron abriendo ventanas hacia mundos impensados,hasta hoy, para mí.
Cuando fui mejorando, me llevaron a conocer lugares de ensueño: islas de micos, lagos de aguas negras ,por suspensión de carbón, donde danzan delfines rosados y grises. Yo dudé, hasta que lo ví y me maravilló. He alcanzado la serenidad necesaria como para pasar horas contemplando la naturaleza. Mi espíritu se solaza en la vista de las enormes hojas de la Victoria Regia, flotando mansamente sobre las aguas. Ahora comprendo cuáles han sido las fuentes de inspiración de Vasconcelos y Jorge Amado, que tanto nos gustaba leer en nuestras vacaciones en la playa.
Teresinha, a estas alturas, te parecerá que es un desconocido quien escribe esta carta. Estás en lo cierto. De aquel ansioso ingeniero, preocupado solamente por hacer dinero y comprar cosas, ya no queda más que el nombre. Puedo asegurarte que esa parte de mí, murió hace ya un año. Hoy si me vieras, encontrarías a un hombre feliz, de barbas rojizas, dedicado a la pintura, viviendo en una cabaña de troncos con techo de paja, a orillas del río Amazonas. Paso mis días observando miles de aves, despertando con los sonidos de la selva al amanecer, y soñando con los millones de grillos por la noche. Disfruto de la densa quietud de los días calurosos y de la bendita lluvia que moja la tierra;de comer dorados y pirarucúes, de tomar guaraná y marearme, de vez en cuando, con unas cuantas caipirinhas.
Como habrás comprendido, no volveré a la ciudad. Esta es mi nueva vida.
Espero que puedas perdonar, si con esta decisión, te causo algún dolor. Que seas lo más dichosa que puedas.
Con afecto, Joao Gilberto.
PD: Ayer Humarí me comunicó que está embarazada. Seré padre.
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