ANÉCDOTAS DE VIDA – JULIO
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Nota: Todo el contenido de esta revista se encuentra amparado por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna, artículo 2 y concordantes.

Pequeños momentos que, sin buscarlo, se convierten en historias. Instantes que revelan la belleza de lo cotidiano y la fuerza de lo vivido
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COLABORAN
- Miriam Alberganti – Argentina
- Maren Alberdi – España
- Carlos González Saavedra – Argentina
- Elspeth Gormley – España
- Andrea Kiperman – Argentina
- Marga Mangione – Argentina
- Yanni Tugores – Uruguay
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EL DIENTE EN EL MONEDERO
Miriam Alberganti – Argentina
Mairim tenía cinco años y medio, y un diente que se le movía desde el domingo. Ese diente flojo que te ocupa toda la boca.
La abuela había vuelto de la mercería de Gaona con un monedero de hule a lunares rojos, de los que hacían ¡CLAC! bien fuerte. Lo había puesto arriba de la heladera, donde ponía todo lo que no quería que Mairim tocara.
— Ni se te ocurra, Mairim. Ahí guardo para el almacén de Don José.
Mairim no quería plata. Mairim quería el ¡CLAC!
A la hora de la siesta, cuando la abuela roncaba bajito con la radio en AM, Mairim arrastró la banqueta de la cocina, se subió en puntas de pie y bajó el monedero.
¡CLAC! Lo abrió.
Adentro había dos billetes de un peso y olor a perfume barato.
Ella tenía en el bolsillo del delantal tres tesoros: un botón grande de nácar, un caramelo Mielcitas a medio comer que guardaba «para después» y el diente, que de tanto tocarlo con la lengua, se le cayó ahí mismo, adentro del monedero.
Plop.
Mairim se tapó la boca. Se miró en el espejo de la cocina. Tenía un agujero negro, negro. Y el diente estaba ahora entre los billetes de la abuela.
Justo en ese momento, la abuela se despertó.
— ¿Qué hacés ahí arriba, Mairim?
Mairim, con la boca cerrada para que no se le escapara el aire por el agujero, le mostró el monedero orgullosa.
— Te lo cuidé, abu.
La abuela abrió el monedero para ir a lo de Don José y se encontró con todo: el botón, el Mielcitas pegoteado a un billete de un peso y el dientito manchado de caramelo.
La miró.
— ¡Mairim! ¡¿Qué es esto?!
— Lo importante — dijo Mairim, y por el agujerito se le escapó un silbido —. El Ratón Pérez ya vino.
La abuela intentó despegar el Mielcitas del billete. Imposible. Estaba soldado.
Tuvo que ir hasta lo de Don José con el billete pegoteado y con un botón de nácar y un diente de regalo.
Don José lo miró, lo olió y le dijo:
— Rosa, decile a Mairim que el Ratón Pérez me debe el vuelto. Le cobré dos pesos el caramelo.
Nota del autor: De muy chiquita me llamaban por el apodo de MAIRIM o sea mi nombre al revés (MIRIAM) Será tal vez, que siempre fui al revés de todo sistema?)
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LA CALAVERA DE MI MARIDO
Maren Alberdi – España
Poco después de casarme tuve un capricho peculiar: quería una calavera humana como lámpara para mi mesa de trabajo. Mi esposo, al principio, no estaba muy convencido… pero al final aceptó. Habló con un amigo suyo, forense, y este con otro contacto. Y sí: un día apareció en casa una calavera, limpita, perfecta, lista para ocupar su lugar en mi escritorio.
Al principio impresionaba, pero luego se volvió parte del paisaje. Mi marido, con su humor, me dijo:
—Estarás contenta, ya tienes tu calavera… pero recuerda que esa calavera es mía, dijo mi esposo
Pocos años después mi esposo falleció. La calavera siguió en mi mesa, como una presencia silenciosa que nunca me molestó.
Un día vino un electricista porque tenía un problema con un conmutador. El hombre iba revisando la casa y, de repente, se detuvo en seco al ver la calavera.
—Uy, señora… ¿tiene usted una calavera? —Sí —le dije yo, muy tranquila—. Es de mi marido.
El hombre no dijo nada más. Terminó su trabajo, le pagué, y cada uno siguió con su vida.
Por la tarde, al salir con mis hijos, el conserje de la finca de enfrente se acercó:
—Doña Maren… ¿qué le ha dicho usted al electricista? —¿Yo? Nada. ¿Por qué? —Pues verá… cuando ha terminado en su casa me ha dicho: “Pepe, la señora Maren es muy amable… pero un poco rarita, ¿verdad?” Y claro, yo le he dicho que no veía nada raro en usted. —¿No? —respondió el electricista—. Pues te diré: ¡tiene la calavera de su esposo en el escritorio!
Y yo, qué quieres que te diga… Me reí…Porque sí, quizá soy un poco rarita..Pero feliz.
Hace muchos años que la calavera ya no está… aunque algunos aún creen que la guardo en un cajón.
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INDIO, MI OVEJERO
Carlos González Saavedra – Argentina
¡No supe cuidarte!
Hoy decidiste un camino distinto, pensé .Sin embargo, busque en vano por barrios cercanos.
Puse carteles con tu foto. Nadie te había visto.
Así pasaron cuatro horas de desesperanza y angustia. Al borde de las lágrimas, le cuento a mi hija. ¡No sabía que hacer!
-¡Sílbale Papa!
-Es una locura, hace cuatro horas que se fue.
-¡Sílbale, haceme caso.
Así fue, en la esquina de mi casa comencé a llamarlo como siempre.
Esperanzado, que alguien lea mi número de teléfono, en el huesito metálico del cuello.
Pero acercarse, no sería tarea fácil. Un ejemplar hermoso ovejero, manto negro.
Solo pasaron cinco minutos y sonó el teléfono.
-¡Señor, acá en la puerta de casa hay un perro!
-¡Si sí es mi perro!¿ Donde esta? Que lo voy a buscar!
A más de cuarenta cuadras de casa. Indio me esperaba con un tachito de agua al lado.
Temblaba de miedo. Llorando, nos subimos al auto.
Agradeciendo a la señora, por su llamado.
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LA VEZ QUE ME PERDI EN LONDRES
Elspeth Gormley – España
Tenía diecisiete años y aquel verano estudiaba inglés en Londres. Mi inglés era malísimo, y viajar en metro era casi ciencia ficción para una chica de la España de los años setenta. En mi ciudad no había metro, así que cada línea, cada cruce, cada túnel era un laberinto.
Una mañana me perdí. Plano en mano, preguntaba a la gente cómo llegar a Charing Cross Road, pero no entendía nada de lo que me respondían. El acento, la rapidez, el ruido… todo me sonaba igual: incomprensible.
De pronto vi a un matrimonio mayor. Pensé: “Estos seguro que tienen más paciencia.” Me acerqué con mi mejor sonrisa y un inglés perfecto —o eso creía yo— y les pregunté si podían orientarme.
Ellos me miraban sin decir nada. Yo pensé: “Madre mía, qué mal hablo.” Así que repetí la pregunta, más despacio, más clara, más desesperada.
Entonces la señora se giró hacia su marido y dijo: “Ay, José… que no sabemos qué le pasa a esta zagala y me parece que tiene algún problema «
Me quedé petrificada. ¿Españoles? ¿Allí, en medio del metro de Londres?
“Pues claro, hija”, me dijo ella. “¿Qué te sucede?”
No sabían exactamente dónde estaba la calle que buscaba, pero sus hijos vivían a pocos metros de donde nos encontrábamos. Me llevaron hasta su casa, me dieron agua, me tranquilizaron y me ayudaron a regresar.
Aquel día aprendí dos cosas: que perderse también es una forma de encontrarse, y que los españoles, incluso lejos de casa, siempre acaban reconociéndose.
Aún mantengo amistad con los hijos de aquel matrimonio. El metro me perdió, pero ellos me encontraron.
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LA DUDA EN LA MIRADA
Andrea Kiperman – Argentina
¿Alguna vez sintieron algo tan fuerte al mirar por primera vez a una persona que el mundo alrededor pareciera detenerse? A mí me pasó con unos ojos negros. Un instante breve, pero tan intenso que quedó grabado para siempre.
La vida nos separó. Entre idas y venidas, silencios y desencuentros, pasaron años sin saber nada el uno del otro. A veces la vida es caprichosa: aleja a ciertas personas y acerca a otras sin explicación.
Recuerdo un viaje a Santiago de Chile. Volvíamos a Buenos Aires, muy temprano, el aeropuerto lleno de gente que iba y venía. En medio de ese movimiento, sentí una mirada fija en mí. Levanté la vista… y lo vi. O creí verlo.
Caminamos en direcciones opuestas apenas unos segundos, lo que dura una brisa de verano. Seguí andando, pero la duda se quedó conmigo: ¿Habrá sido él?
El mundo es demasiado grande para un encuentro así, después de tantos años de silencio. Por momentos creo que sí. Por momentos creo que no.
Esa duda, como a vos, me acompañará un tiempo más.
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MI ORGULLO DE MUJER
Marga Mangione – Argentina
Trabajé muchos años administrando propiedades en la inmobiliaria de mi esposo, desde que la fundó en 1978. Era la década del 80, y un joven policía que había concluido su contrato de locación vino a traerme las llaves y todos los recibos de servicios, luego de que el propietario revisara la propiedad a satisfacción.
Ese día me dijo con mucha amabilidad que él había pagado todo, pero que si llegaba alguna nueva boleta con consumo, lo llamara a su trabajo, que de inmediato vendría a buscarla para abonarla. Y sí, llegó una boleta con consumo. No era una gran suma, pero había deuda. Como siempre se había portado bien, pensé que no tendría problemas, así que lo llamé.
Cuando atendió el teléfono y le comenté el motivo de mi llamada, me respondió furioso: “Mire Margarita, esa boleta descuéntesela al dueño o páguela usted, porque bastante he pagado en estos dos años de contrato para beneficio de ustedes, que son unos chupa sangre. Y ni se le ocurra volver a molestarme al trabajo, si no quiere que la encuentren algún día tirada en una zanja”. Y cortó. Quedé impactada por esa respuesta. Diría que helada. No era la forma en que habíamos llevado la relación durante los dos años de locación. Siempre se portó de manera educada y cumplió con sus obligaciones sin demoras, pero todo había cambiado de repente.
Sabiendo que se desempeñaba en la Oficina Regional de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, en Quilmes, le dije a mi esposo que me llevase hasta allí. Serían cerca de las cinco de la tarde cuando llegamos, y al querer ingresar por la puerta principal me detuvo un oficial de apellido griego, que no voy a mencionar, pero que nunca olvidé. “¿Señora? ¿En qué puedo ayudarla?”, dijo secamente. Cuando le manifesté que iba a denunciar a un compañero suyo, cambiaron los colores de su rostro y nos hizo pasar muy presuroso, llevándonos hasta la oficina del comisario, quien nos hizo sentar y me pidió que relatara lo ocurrido. Una vez que le expliqué, llamó a un subalterno y le dijo: “Che, fulano, traeme el legajo del chofer del sub”. Cuando el agente se lo entregó, lo abrió, me mostró la foto y me preguntó: “¿Es éste?”. “Sí, señor comisario”, respondí. Entonces se puso de pie, me hizo pasar a una oficina para que me tomaran la denuncia (que tecleó con dos dedos un agente en una vieja Remington), y se acercó a darme la mano. Noté entonces que tenía una pronunciada renguera.
Él notó mi mirada y me dijo: “Un balazo hace años… gajes del oficio”. Después de que me tomaron la denuncia, me pidió mi número de teléfono porque me llamaría para devolverme el dinero. A los pocos días cumplió con su palabra. Por consejo de mi abogado, le dije que no quería el dinero, que no lo necesitaba, y que lo dejaba para comprar yerba y azúcar para el mate cocido de la tropa. Mi interés había sido dejar en claro que, por ser mujer, no me iba a dejar amedrentar por nadie.
El comisario dijo que de ninguna manera, que el dinero era mío y que pasara a buscarlo cuando quisiera. Así lo hice a los pocos días. El joven policía no cumplió con su promesa de dejarme tirada en una zanja, porque aún estoy aquí, después de más de 40 años. Gracias a Dios, nunca más lo volví a ver. Y mi orgullo de mujer quedó satisfecho.
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EL ADIÓS A LA TÍA IRIS
Yanni Tugores – Uruguay
Mi tía Iris había sido muy estricta en todo. Más aún a la hora en que le tocara partir. Se aseguró de dejar, escrito ante escribanos, que, para su velorio no quería que hubiera discursos, ni lágrimas, ni flores ni música fúnebre.
Lo que sí quería era que se contratara al “Negro Rada”, ¡ojo que esto no es discriminación! A Rada un prestigioso cantante
afrodescendiente de mi país, le gusta que le digan negro.
Tal como mi tía había dejado estipulado, Rada llegó a la sala velatoria con su banda. El ambiente, que de por sí prometía ser inusual, cambió por completo cuando el músico empezó a entonar su clásico tema titulado «Muriendo de plena». Con su voz y percusión tan particulares, resonaron los versos exactos que mi tía Iris solía tararear y que, a su manera, resumían su filosofía de vida:
…Cuando yo me muera no quiero llantos ni penas prefiero que se me vele bailando una rica plena…
Al principio, los vecinos se quedaron helados. A muchos les pareció una broma de humor negro o una escena sacada de una película surrealista, dada la situación. Sin embargo, los más allegados a la tía conocíamos bien su espíritu alegre. La mayoría de mi familia, entendiendo a la perfección el mensaje, dejó los prejuicios de lado y bailamos alrededor del ataúd.
Así, en lugar de tristeza, lo que reinó fue la alegría tal cual como ella lo deseaba.
Estoy segura de que mi tía Iris, estuvo allí con nosotros, bailando al ritmo de la plena y disfrutando de la fiesta inolvidable que ella misma se encargó de organizar.
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