ARTÍCULOS AGOSTO

NOTA EDITORIAL

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Articulos-agosto

Los artículos son faros: iluminan lo que a veces no vemos.

COLABORADORES – ARTÍCULOS AGOSTO
  • Maren Alberdi – España
  • Miriam Alberganti – Argentina
  • Elspeth Gormley – España
  • Juan Esteban Lewin – Colombia
  • Alberto Manguel – Argentina
  • Paola Nagovich – Estados Unidos
  • Gustavo Páez Escobar – Colombia

LA MAGIA DE LA PALABRA

Maren Alberdi – España

Hay quien piensa que la magia es cosa de trucos, de humo, de manos rápidas. Pero no. La verdadera magia —la que transforma, la que conmueve, la que despierta— está hecha de palabras.

El escritor es un mago sin varita. Un artesano que trabaja con aire, con sonido, con silencio. Un creador que fabrica mundos con algo tan frágil y tan poderoso como el lenguaje. La palabra es el don que el ser humano recibió para comunicarse, sí, pero también para ennoblecer el alma y hermosear la vida.

Desde los orígenes, el hombre aprendió a emitir sonidos para expresar sus emociones, y más tarde inventó abecedarios, lenguas, caminos para entenderse. Enhebrar palabras es un acto antiguo y sagrado: con ellas se construyen ideas, y con las ideas se levantan revoluciones o se pacifican los espíritus.

La palabra es un arma. La más poderosa. Puede deslumbrar como un rayo o fulminar como un trueno. Puede acariciar o puede herir. Puede abrir puertas o cerrarlas para siempre.

Pero hoy no quiero hablar de la palabra que destruye, sino de la palabra que crea.

Esa palabra que pinta, que suena, que enamora, que golpea, que se dispara hacia el infinito o hacia el corazón —que al final es lo mismo. Esa palabra que no conoce límites, que se expande, que ilumina, que revela.

El libro es un laberinto de palabras. Un edificio de ingenio y sorpresas. Un territorio donde el escritor demuestra su fuerza: la capacidad de elegir, enlazar y ordenar vocablos para causar encantamiento.

Porque sí: el libro es un artículo hechizado. Su misterio está en ese raro encanto que llamamos estilo. Y todo en él parece una fórmula mágica: aprender a leer, aprender a escribir, llenar cuartillas, embarcarse en la aventura de crear mundos.

Para escribir, hay que leer. No existe escritor sin lectura. Gorki lo sabía: devoró libros en la pobreza, en la soledad, en la oscuridad. Y de tanto leer, su espíritu se ensanchó. La palabra ajena le abrió caminos para encontrar la propia.

El verdadero escritor escribe sobre la tragedia del hombre, sobre sus luchas, sus heridas, sus esperanzas. Porque ahí está la fuente de todos los conflictos, y también de todas las verdades.

Escribir es un acto de humildad y de soledad. Pero también es un deleite. Un deleite esquivo, que solo se conquista con disciplina, con perseverancia, con dolor, con sangre. Del sacrificio nace lo mejor del arte.

Y en esa alquimia, en ese proceso íntimo y misterioso, la palabra se convierte en magia.

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NO SÉ

Miriam Alberganti – Argentina

• Señora, ¿me escucha? 

—No sé. 

• ¿Cómo se llama usted? 

—No sé.

• ¿Sabe qué día es hoy? 

—No sé. 

• ¿Sabe dónde está? 

—No sé. 

• ¿Quiere que la movamos de aquí?

—No sé. 

• ¿Tiene a alguien a quien llamar? 

—No sé. 

• ¿Se acuerda del temblor? 

—No sé. 

• ¿Cuántos hijos tiene? 

—No sé. 

• ¿Sabe si salieron? 

—No sé. 

• ¿Son ellos? ¿Los escucha gritar? 

—Sí.

Podemos perderlo todo, incluso la respiración, pero mientras haya un solo latido, nuestro instinto sabe que primero están ellos. Cuando perdemos las capas de lo efímero, lo salvaje y primitivo recobra su fuerza y hace lo que tiene que hacer: cuidar a su cría. 

Por todas esas madres que hicieron de escudo humano para salvar a sus hijos frente a la potencia de una naturaleza imparable. 

Todo el mundo le pregunta cosas lógicas a alguien que ya no está en la lógica, está toda entera en una sola cosa.

Mis respetos a las víctimas y sobrevivientes de los últimos terremotos.

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DIVERSIDAD CULTURAL: RIQUEZA, DESAFÍO Y RESPONSABILIDAD COMPARTIDA

Elspeth Gormley – España

La diversidad cultural es una de las mayores riquezas de cualquier sociedad. Trae lenguas, sabores, miradas, historias, formas distintas de entender el mundo. Nos enseña que la identidad no es un bloque rígido, sino un tejido vivo que se expande cuando conviven personas de orígenes distintos.

Pero la diversidad, para que sea riqueza, necesita algo esencial: convivencia basada en normas comunes.

En las ciudades de hoy, donde confluyen culturas muy diferentes, la convivencia se vuelve un ejercicio delicado: un equilibrio entre respetar la identidad de cada persona y proteger los valores que sostienen la vida colectiva.

La mayoría de quienes llegan de otros países se integran con naturalidad: trabajan, estudian, participan, aportan, enriquecen. La diversidad bien vivida es un puente.

Pero también existen situaciones complejas que no podemos ignorar. Cuando una parte de la sociedad no se adapta a las normas del país que la acoge, cuando se exigen privilegios que rompen la igualdad, cuando se pretende que las instituciones públicas modifiquen reglas comunes para ajustarse a una sola cultura, la convivencia se resiente.

No se trata de símbolos religiosos en sí mismos, ni de costumbres particulares, ni de creencias. Se trata de lo que ocurre cuando esos símbolos o costumbres entran en espacios donde la neutralidad es necesaria: colegios, instituciones, servicios públicos.

En algunos centros escolares, por ejemplo, se han vivido tensiones por normas de vestimenta, por menús diferenciados, o por la petición de clases específicas de religión. Y aunque cada caso tiene su matiz, la pregunta de fondo es siempre la misma:

¿Cómo garantizamos la igualdad cuando las reglas comunes se fragmentan?

La convivencia exige reciprocidad. Exige que quienes llegan respeten las normas del país que los recibe, del mismo modo que ese país debe respetar la dignidad y la cultura de quienes llegan.

La diversidad no puede convertirse en un conjunto de islas. Debe ser un archipiélago unido por puentes. Y esos puentes se construyen con respeto mutuo, con adaptación, con diálogo, con normas claras que protejan a todos por igual.

La riqueza cultural es un tesoro. Pero para que ese tesoro no se convierta en conflicto, necesitamos recordar algo esencial: La convivencia no es solo un derecho: es una responsabilidad compartida.

“No hay convivencia posible sin normas comunes. La diversidad suma… siempre que nadie reste al conjunto.”

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CECILIA LÓPEZ ADVERTE DE LAS CONSECUENCIAS DE LA COLOMBIA ENVEJECIDA

Juan Esteban Lewin – Colombia

“Hay que encontrar un nuevo camino para el país” La exministra en los gobiernos de Gustavo Petro y Ernesto Samper reflexiona sobre los enormes cambios que ha tenido Colombia en las últimas décadas, a propósito de la edición del libro ‘De cara al 2050′

Colombia atraviesa una de las crisis más profundas de su historia reciente tras el terremoto que dejó a un tercio del país en emergencia, cientos de muertos y decenas de miles de viviendas destruidas. En medio de este panorama, la economista Cecilia López Montaño, figura clave en la política y la academia colombiana, advierte que el país enfrenta una transformación aún más decisiva: el impacto de una transición demográfica acelerada que está desbordando el modelo económico tradicional.

López, de 83 años, sostiene que Colombia se acostumbró a crecer gracias a una población joven y numerosa, pero esa base ya no existe. En 1960, cada mujer tenía en promedio siete hijos; hoy la cifra es apenas 1,1. Este cambio, ignorado durante décadas, afecta todos los pilares del país: salud, pensiones, educación, productividad, informalidad y la estructura social completa. Para ella, el Estado no ha entendido la magnitud del fenómeno y carece incluso de una unidad de análisis demográfico en Planeación Nacional, lo que evidencia una institucionalidad que dejó de mirar hacia el futuro.

Desde la Fundación Cisoe, López reunió a una veintena de académicos para elaborar el libro De cara al 2050, un esfuerzo por traducir el conocimiento técnico en un lenguaje accesible y convertirlo en debate público. En esta obra confluyen expertos de distintas áreas —macroeconomía, justicia, mercado laboral, salud— que coinciden en una tesis central: Colombia ya es otro país, aunque casi nadie lo haya asumido. El libro busca tender puentes entre academia y política, y romper la costumbre de que el conocimiento quede encerrado en artículos que solo leen los especialistas.

López insiste en diferenciar entre políticas de gobierno, que cambian cada cuatro años, y políticas de Estado, que requieren continuidad durante varias administraciones. Señala tres fallas estructurales: un sector privado que se limita a pedir menos impuestos sin participar en el diseño del modelo productivo; partidos políticos sin discurso ni relevancia; y una academia que no logra convertir su conocimiento en guía para el país.

Sobre el gobierno de Gustavo Petro, en el que participó brevemente, reconoce que puso la desigualdad en el centro del debate, pero critica que confundió diagnóstico con ejecución y debilitó al Estado. Del nuevo gobierno, instalado hace apenas semanas, valora la capacidad técnica de algunos ministros, pero advierte vacíos graves en áreas estratégicas como Planeación Nacional. Su mayor preocupación es que quienes llegan al poder no comprendan que el país que van a gobernar ya no es el mismo de hace dos décadas.

A lo largo de la conversación, López vuelve siempre a la misma pregunta: cómo lograr que el conocimiento acumulado por generaciones de académicos se convierta en una discusión nacional y no en un privilegio de seminario. Su advertencia final es contundente: si Colombia no reconoce a tiempo que ya es un país más viejo, más desigual y urgido de un nuevo modelo productivo, podría perder varias décadas de crecimiento y bienestar.

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DESPUÉS DE BORGES: la lectura como felicidad lenta

Alberto Manguel – Argentina

En el 40º aniversario de la muerte de Jorge Luis Borges, la editorial Alfaguara vuelve a reunir su obra completa en tres tomos —poesía, cuentos y ensayos— recordándonos que el escritor argentino no solo transformó la literatura, sino también la manera de leer el mundo. Alberto Manguel, uno de sus colaboradores más cercanos, revisita su legado y traza un mapa para entrar en ese universo borgiano donde cada texto es una puerta hacia infinitas posibilidades.

Desde mediados del siglo XX, críticos como Etiemble advirtieron que Borges había cambiado las reglas del juego: después de Ficciones, El Aleph o La biblioteca de Babel, la literatura ya no podía seguir siendo la misma. Sus relatos cuestionaron la idea de autor, de tiempo, de realidad y de lectura, obligando a los escritores a replantearse su oficio o a abandonarlo. Borges abrió caminos que antes no existían.

Pero Manguel recuerda que, más allá de su erudición, Borges fue ante todo un lector feliz, alguien que encontraba en los libros una forma de libertad. Su legado no reside solo en sus ficciones, sino en su defensa de una lectura lenta, generosa, infinita, alejada de la prisa y del ruido contemporáneo. Para él, leer era un acto moral: “nuestro deber es ser felices”, decía, y la lectura era una de esas felicidades posibles.

Borges renovó la lengua castellana, situándose entre la exuberancia de Góngora y la precisión de Quevedo, creando un estilo propio que marcó a generaciones. Su influencia se extendió a filósofos, cineastas, narradores y pensadores de todo el mundo. Su obra dialoga con Platón, Kafka, Chesterton, Schopenhauer, Eco, Foucault y tantos otros que, de algún modo, él convirtió en sus “precursores”.

Su biblioteca personal, sorprendentemente pequeña y ecléctica, revelaba su gusto por las combinaciones inesperadas: autores dispares, ideas que se cruzaban, catálogos imposibles, mezclas que desafiaban la costumbre. Borges confiaba en la palabra escrita como quien confía en un mapa para orientarse en el universo.

A pesar de las críticas —su falta de compromiso político, su gusto por lo fantástico, su distancia de las modas literarias— Borges mantuvo siempre una postura clara: lo importante era la literatura, no las opiniones. Su obra no buscó describir el mundo, sino leerlo, como si el universo fuera una biblioteca infinita que espera ser descifrada.

Hoy, cuatro décadas después, Borges sigue siendo un faro. No solo por lo que escribió, sino por lo que nos enseñó: que la lectura es un acto de libertad, un espacio donde el tiempo se detiene y la imaginación se expande. Que los libros no son objetos, sino puertas. Y que, en un mundo acelerado, su invitación a la felicidad lenta sigue siendo un gesto de resistencia luminosa.

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ME FALTA LA VIDA SIN MI HIJA

Paola Nagovich – Estados Unidos

Hemos reconstruido a través de una decena de entrevistas el arresto de medio centenar de migrantes en un almacén aduanero de Nueva Jersey en octubre de 2025. Los meses de detención y las deportaciones han desgarrado a docenas de familias

La segunda hija de María Eugenia García nació prematura. Killy Tatiana Yangquen García llegó a este mundo a los siete meses, pequeñita y frágil, dependiente de la protección total de su madre. Vivió sus primeros 20 años pegada a María Eugenia, nunca lejos la una de la otra. Hasta que a Killy Tatiana la apresaron en una redada en el almacén aduanero donde trabajaba sin papeles una mañana maldita de octubre. “¿Entiendes el cuidado que he tenido con ella y que me la arranquen así? ¿Y yo no poder protegerla? No la he vuelto a ver, solo por videollamada”, solloza la madre desde su hogar en Elizabeth, donde se mantiene escondida desde que a su hija la detuvieran y enviaran de vuelta a Colombia, el país del que emigraron hace más de una década.

Sentada en el comedor de su casa bajo el amparo del aire acondicionado una tarde calurosa de junio, entre llantos y golpes sobre la mesa cuando la angustia la supera, María Eugenia, de 53 años, relata lo que esta `periodista ha podido reconstruir a través de tres meses en una decena de entrevistas: cómo una redada truncó las vidas de medio centenar de personas y sus familiares.

Era temprano en la mañana el 29 de octubre pasado. Se suponía que Killy Tatiana trabajaría remoto, pero le pidieron que fuera a la oficina. María Eugenia fue la primera en salir de la casa. Se fue, como de costumbre, a ayudar a cuidar a la bebé de la hermana de Killy Tatiana. “Llegué, acosté a dormir a la niña y me dormí también. No sabía qué pasaba detrás de la puerta. Dormí una hora, pero en un sueño profundo; no entendí cómo ese día me dio tanto sueño”, cuenta la madre.

Cuando despertó, lo primero que vio fue la cara de angustia de su hija mayor. “Me dice: ‘Mamá, siéntese, ¿quiere una aromática, agua? No le tengo buenas noticias. Hubo una redada en Savino. Llegó Migración y se llevó a Tatiana”, narra María Eugenia, recordando nítidamente uno de los peores momentos de su vida.

Agentes migratorios irrumpieron aquel día en el almacén de Savino del Bene, una empresa italiana de transporte marítimo internacional que mueve artículos de moda y de lujo. La instalación está ubicada en la zona de Avenel, en la localidad de Woodbridge, Nueva Jersey, a menos de una hora en coche de Manhattan. Según testigos consultados por este periódico, al lugar llegaron más de 50 agentes de varias agencias del Departamento de Seguridad Nacional: del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP), entre otros.

“El operativo fue grande. Llegaron con armas largas —el Ejército, la Policía y el ICE— y rodearon el lugar. Hasta con un helicóptero. Se subieron a los tejados. No dejaron salir a nadie. Llegaron con escáneres que detectan las paredes, así como con perros que iban por cada zona, buscando a las personas”, recuerda Sandra Suero, cuyo hijo, Jhonatan Bello Cabrera, de 18 años, se encontraba dentro del almacén durante la redada. El joven colombiano alcanzó a llamar a su madre mientras se escondía de los agentes y ella llegó al lugar al instante.

En total, 46 personas fueron arrestadas —una cuarta parte de los empleados presentes ese día— en el operativo. De acuerdo con el grupo promigrante Movimiento Cosecha, que ha asesorado a las familias, al menos 30 de los trabajadores tenian solicitudes pendientes, y muchos contaban con permisos de trabajo. Algo que en la era Trump importa poco: “Una tarjeta de autorización de empleo, por sí sola, no le otorga a una persona un estatus legal en Estados Unidos. Además, una solicitud de asilo pendiente, por sí sola, no confiere un estatus migratorio legal a un extranjero”, recordó un portavoz de Seguridad Nacional .

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Dos cárceles literarias

Gustavo Páez Escobar – Colombia

Álvaro Mutis nace en Bogotá en agosto de 1923. Sus antepasados registran una larga tradición agrícola, y solo él y su padre han nacido en la ciudad; el resto de la familia se desarrolló en la vida de las haciendas, entre faenas rurales y costumbres heredadas. Su padre, que hasta hace poco ejercía como secretario de la Presidencia de la República, es nombrado diplomático en Bruselas cuando el futuro escritor se encuentra en edad escolar. Este traslado determina que sus estudios de primaria y bachillerato los adelante en la urbe europea, donde el ambiente cultural y literario marcaría profundamente su sensibilidad.

Desde muy joven se muestra como un lector voraz de toda clase de libros clásicos. Siente especial atracción por los autores rusos y franceses en el campo de la narrativa, y por personalidades como Neruda, Rilke, Juan Ramón Jiménez y Aurelio Arturo en las lides poéticas. De esa mezcla de influencias y de su propia cosecha brotará la figura de Maqroll el Gaviero, su alter ego, personaje aventurero y romántico que conducirá su obra a las cumbres de la fama y se convertirá en uno de los símbolos más reconocibles de su universo literario.

Al mismo tiempo que el nuevo literato conquista aplausos en Colombia y en los países latinoamericanos, el dandi que hay en él —con su talante gallardo, su presencia elegante y su gran facilidad de palabra— irrumpe en los salones sociales y se vuelve miembro apetecido de los círculos de privilegio. No es su mayor éxito el matrimonio que contrae a temprana edad, al que habrán de seguir una serie de fracasos sentimentales, sino su figuración constante en los mundillos de la lisonja, la vida social y el prestigio.

Un día ejerce la jefatura de relaciones públicas de la compañía petrolera Esso, posición que parece diseñada para él. El poeta relacionista se mueve allí como pez en el agua. Lo que todo el mundo ve en el flamante directivo —distinción, prebenda, suerte, destreza para mover la imagen de una empresa poderosa— dista mucho de coincidir con el infortunio que ha de sobrevenirle por el manejo indelicado de los fondos a él confiados. A raíz de ello huye del país y se radica en Méjico. Mutis ha incurrido en el desfalco para sacar de apuros a unos amigos, y cuando la situación se torna crítica y no halla facilidad para reintegrar el faltante, toma el camino de la fuga.

Poco tiempo después es apresado en Méjico, a la edad de 36 años, y va a dar a la cárcel de Lecumberri. Presidio pavoroso para este hijo de la burguesía, cuyo tránsito por los salones dorados y por los floridos jardines de las letras no dejaba presentir semejante revés. Este hecho parte en dos su existencia, al saltar del boato y la falacia social a la cruda realidad de un presidio donde la vida se mide en humillaciones y silencios.

Los infinitos vejámenes y humillaciones sufridos por Óscar Wilde en la cárcel de Reading los padece ahora Álvaro Mutis en la cárcel de Lecumberri. Uno y otro son figuras sobresalientes de la sociedad, brillantes poetas, perfectos petimetres. Ambos mantienen relaciones sentimentales con personas de la nobleza: el uno como homosexual declarado, el otro como mujeriego exquisito, cada cual atrapado en sus propias contradicciones y pasiones.

Los amores de Mutis con la condesa y escritora mejicana Elena Poniatowska, de origen polaco y casada, discurren con discreción durante los días del encierro penitenciario (1959). Queda constancia de que la condesa lo visitaba todos los domingos. Julio César Londoño, periodista colombiano que a lo largo de los años ha seguido este idilio con ojo penetrante, expresa lo siguiente en La Revista de El Espectador (23-VI-2002), a propósito de los encuentros furtivos en la cárcel: “Ella es una mujer precozmente adulta, él un hombre mayor. Ambos están de regreso. Han amado, engañado, sufrido. Conocen los deleites y las zozobras del Paraíso y los rigores del Infierno”.

De la cruel experiencia carcelaria sale un testimonio desgarrador: Diario de Lecumberri (1960), donde el colombiano describe el mundo sórdido de los presos y muestra su propia desventura, luego de haber probado los néctares de la lisonja social. Cuando amanece apuñalado ‘Palitos’, su habitual amigo y frágil vecino de celda, la noticia le produce honda conmoción y le agranda el fantasma de la soledad. Con todo, la prisión le permite conocer en toda su intensidad el destino trágico del hombre y apreciar lo que hay de bueno en cada individuo, sin la careta de las falsías y los engaños.

La temperatura de este desastre la traslada Mutis a su obra futura, tras los 15 meses de reclusión en Lecumberri. Muchos años después, gozando ya de la fama de su obra perdurable, Mutis sentiría, al recibir en España y Francia los premios Cavour, Príncipe de Asturias y Cervantes, que sobre sus hombros y su alma gravita el peso de la prisión, generadora de sombras y luces que nunca lo abandonarían.

Wilde y Mutis, viajeros de la misma nave azarosa del destino, parecen caídos de la misma estrella y resultan víctimas del mismo desequilibrio de sus vidas gloriosas y al mismo tiempo desdichadas.

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