CUENTOS – AGOSTO
NOTA EDITORIAL
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COLABORADORES
Maren Alberdi – España
Magi Balsells – España
Libia B. Carciofetti – Argentina
Elspeth Gormley – España
Marga Mangione – Argentina
Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
Azucena Velásquez – Colombia
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LA CARACOLA NACARADA
Maren Alberdi – España
Caminando un día por una playa virgen, encontré una hermosa caracola. Era verano y el mar, tranquilo y límpido, rozaba con sus labios de agua la nacarada caracola, depositada en la orilla por las olas. Mojada de mar, el sol la hacía brillar como una aparición: una mensajera de sugerencias que obligaba a fijar la mirada en ella, componiendo una escena de evocación y misterio.
Tuve el impulso de recogerla, de quitársela a la playa, pero imaginé por un momento la soledad de la arena y del agua, y me contuve. Era como robarle a la naturaleza aquella historia que parecía querer contarse desde el hueco de la caracola. La tomé entre mis manos y la llevé al oído. Una voz de mar profundo me susurró su leyenda: hablaba desde la oscuridad de una cueva submarina y apenas entreveía la claridad del sol al mediodía.
Una vez en la arena, fuera del agua, el cangrejo la abandonó y se alejó arrastrándose por la orilla. No lo volví a ver. Ella se quedó allí, extasiada de la belleza de la luz, de la blancura de la arena, del verde azulado del mar que por primera vez veía desde afuera. Y se alegró de que el cangrejo áspero y opaco no apreciara su forma, su brillo, su misterio. Todo esto me dijo susurrando la caracola.
La dejé otra vez sobre la arena mientras me invadía una sensación de inquietud y tristeza por su destino. Era bellísima y fascinante, pero su sitio estaba allí, en la playa; no debía llevármela, aunque quizás otro la apropiara y la devolviera después al fondo del mar. O quizás permanecería en la tenue soledad. Y el mar de invierno, con sus olas violentas, acabaría rompiéndola en mil pedazos contra las rocas.
La caracola estaba condenada antes o después, lo sabía, y nunca volvería a brillar de aquella manera mágica, en aquella escena de playa, mar verde azulado y verano. Pero no sería yo quien la arrebatara ahora de aquella plenitud. Allí la dejé, después de admirarla largo rato.
Y cuando me alejé, supe que iba a perdurar en mi corazón el recuerdo de aquella caracola mágica, con su voz de luz y sueños, con su fantasía de playas vírgenes e historias imposibles.
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NIEBLAS
Magi Balsells – España
Esta niebla que de la tierra húmeda se eleva, produciendo en nuestros ojos figuradas formas fantasmales, penetrando dentro de nuestro cálido cuerpo, haciendo que sintamos este frío oculto, provocando en algún momento cierto temblor de ansiedad, dejando un suave y simple rocío sobre nuestra vestimenta.
No solo están las matinales que con los rayos del sol desaparecen, no tienen ninguna importancia son cosas de la naturaleza, también están las nocturnas, las que siempre nos dan un cierto temor, por ser en la oscuridad cuantas mas formas espectrales vemos, cuando apresuramos nuestro paso, para procurar dejarla lo mas rápido y atrás posible, buscando el calor que ellas nos niegan.
También existe otro tipo de niebla mucho mas peligrosa que ningún rayo de sol logra disiparlas, estas nieblas son las de la mente, en sus diferentes formas o nombres, cada uno dentro de su idiosincrasia, tiene un parte fundamental en el comportamiento humano, pese a los múltiples medicamentos, a los estudios que continuamente se realizan, no encuentra una solución definitiva, algunos dicen que es una cuestión mental, otros que son manías, pero lo que si son, es que son ofuscaciones de nuestro pensamiento, que a diferencia de la niebla normal que con el sol desaparece, estas están tan arraigadas que no existe astro rey para iluminarlas ni borrarlas.
También existen las del corazón, pero estas muchas veces descansan en amores truncados, en desgracias ocurridas, o en situaciones amorosas no definidas son mucho mas fáciles de sanar, ya que el tiempo como gran doctor puede llegar a curarlas u otro amor puede dar solución a estos sobresaltos del corazón.
Por lo cual procuremos que nuestra niebla solo sea la que vemos muchos días, las que van desapareciendo mientras el día va amaneciendo.
Y de las otras deseemos que nunca nos sean instaladas en ninguna de nuestras partes más queridas: la mente y el corazón.
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LA PESADILLA
Libia B Carciofetti – Argentina
Horas, minutos, segundos, solo se que la noche fue larga. Aun tengo una sensación ¡Tan extraña! Mezcla de terror, y experiencia amarga… Pasillos oscuros, sin luz y un túnel por el que jamás había entrado el sol.
Solo oía el crish crash de la camilla en la que me conducían. Mi corazón, que por momentos temí dejara de latir.
Y de pronto se abrieron dos puertas vaivén, y tres hombres vestidos de blanco casi a coro preguntaron:
¿Tienes miedo? ¿Estás nerviosa??? Quise contestar, pero no tenía voz…
Se había quedado colgada afuera entre la enredadera de jazmines con olor a lluvia que había humedecido mi bata antes de entrar. Asentí con la cabeza…
¡Eres demasiado grande para tener miedo! El miedo lo inventaron para los niños, y tú ya creciste demasiado.
La voz áspera me iba abriendo una herida que no sabría como expresar el dolor que me causaba…
Con torpes modales me hicieron abrir la boca y me colocaron una pastilla debajo de mi lengua…
Recuerdo que me pusieron una máscara con dos orificios para mis ojos color verde…
La palabra «córnea» «globo ocular» «iris» «pupila» se mezcló entre el ruido de elementos de una cajita rectangular de acero inoxidable… Hasta que una jeringa con un líquido de sabor muy amargo que me inyectaron en el ojo izquierdo, me paso por la garganta.
Quise levantar la mano en señal de que me dolía, pero las fuerzas me habían abandonado. Conversaban entre ellos por lo bajo, pero yo no los podía ya ver.
Desperté no se después de cuanto tiempo, sin saber donde estaba, ni quienes eran los que me rodeaban….
Sus voces me eran familiares… de seguro eran tres… De pronto uno de ellos rompió el silencio, y acomodando su imposte de voz dijo.
Nos esforzamos por hacer todo lo posible, pero tu afección corneal degenerativa jugó en contra y no pudimos salvar la visión de tus dos ojos…
En mi semiinconsciencia trataba de abrir mis ojos y girar mi cabeza para buscar la luz, pero no lo logré…
¡Por favor descorran las cortinas! ¡quiero ver la luz!
¿Es que no has oído lo que acabamos de decirte???? -Estiré la mano para que el roce de algún afecto mío me diera calor,
pero sentí que las figuras de álgidos fantasmas danzaban a mi alrededor.
Risas burlonas y extrañas se adueñaron de la sala, quise gritar pero de mi garganta enronquecida solo pude emitir sonidos «guturales»
Entonces si rompí en llanto, un llanto que me nació del alma herida, de alguien que nunca más volvería a ver el rostro de su hijo, contemplar una flor, ver volar una mariposa, un ave.
Contemplar la vida y a mis seres queridos que forman parte de ella… Mi camisola estaba mojada en sudor, mis cabellos eran una maraña…
Oía que alguien corría alrededor de mi cama, tratando de calmarme y con dulce voz me decía… ¡Cálmese por favor!!! Tiene un poco de fiebre causada sin duda por esta «pesadilla» que a veces es producida por la anestesia…
Se tiene que tranquilizar porque en el pasillo hay alguien esperando que el médico le quite las vendas para entrar…
Ya le voy a cambiar las sábanas y la voy a poner bonita, va a estrenar esta bata que dejó su marido anoche cuando usted dormía y no quiso despertarla, es rosa como la ternura con que la miraba cuando vio que la camilla se la llevaba a la sala de operaciones.
¡DIOS! Una pesadillaaaaa!!! desde niña que no había tenido una y tan horrible.
A los minutos llegó mi médico y me quitó las vendas, seguro que si, había hecho uno de sus mejores trabajos
porque no lo hizo sólo, si no acompañado por cientos de oraciones de amigos y familiares y guiado con la pericia de la mano de DIOS…
Ahora si, dijo el doctor que pase el primer visitante… cuide las emociones…porque pueden perjudicarle la vista.
La puerta vaivén se abrió y un joven alto, apuesto, precioso como un galán de cine entró con un ramo de rosas perfumadas y se repitió casi la historia, cuando el abrió sus ojos a la vida los primeros ojos que vio, fueron los míos… y ahora cuando yo los abrí, los primeros ojos que vi fueron los de el… y en esa mirada un amor inconmensurable que va más allá de todo razonamiento humano…
Un abrazo de corazón a corazón … y un brillo distinto en nuestras miradas que se reencontraron después de tantos años volviendo a revivir sensaciones y emociones a diario.
Afuera es invierno, pero adentro mora la tibieza de un amor inalterable…
La pesadilla quedó atrás, la mirada puesta adelante, agradeciendo a DIOS por su inconfundible amor…
Las lágrimas el colirio divino que no necesita prescripción médica.
La rosas en un jarrón son las espectadoras perfumadas de este relato, mezcla de inspiración y hechos reales. y este
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EL HEREDERO
Carlos González Saavedra – Argentin
JUAN —Eufórico preguntaba—: «María, ¿es cierto lo que se dice en el pueblo? Dicen las comadres que vas a darme un hijo. ¡Qué alegría! ¡Cuánto tiempo esperando este momento!»
Juan Nobel Herrero estaba dichoso. Casi a sus sesenta años no tenía herederos para su fortuna de comerciante prominente y usurero, en un pueblo pequeño de España, lleno de misterios y cuentos.
MARÍA, muy molesta, pregunta: «¿Cómo te has enterado? En este pueblo maldito no puede guardarse un secreto.»
JUAN, sorprendido: «¿Secreto? ¿Acaso no pensabas decirme?»
MARÍA —Claro que iba a decírtelo, pero más avanzado el tiempo. ¡Tuvo que comentarlo la partera! —expresa con ganas de tomar del cuello a Remigia, la partera.
JUAN —¡Qué va, mujer! No es eso. Simplemente pasé por su casa a tomar un refresco y a recoger unos pesos, y me enteré de la nueva: ¡que voy a ser padre! Me has hecho el hombre más feliz del mundo, María, te lo agradezco —expresa contento. Siempre pasaba Juan por allí, más sabiendo que la partera, mujer de unos 42 años, era muy considerada con los deseos de Juan.
MARÍA —No me lo agradezcas tanto, Juan. Hay que esperar hasta enero.
JUAN —Pero María, Virgen de los Remedios, ¿qué más puede pasar que no arregle el tiempo?
Pasaron los ocho meses y, casi faltando unos días para el advenimiento, sacude al pueblo una noticia: después de la tormenta, un alud en el camino viejo se llevó por delante un carro con un vendedor de géneros. Pobre y maltrecho lo sacaron, pero tras dos días de agonías, el cristiano murió.
JUAN —¿Te has enterado, María, los chismes que trae el viento? Que este pobre cristiano, antes de morir, le ha dejado al notario un testamento. ¿Tendrá algo para dejar este pobre cristiano muerto?
MARÍA —Mmm… no sé. Dicen que es Juan Bilbao —comenta como si nada supiera.
JUAN —¿El vendedor de cueros? Pero si este vendía géneros.
MARÍA —Es el hijo adoptivo de Juan. Al llegar del otro lado del mar no tenía pan ni dueño, entonces don Bilbao lo adoptó, le dio su apellido y todo eso —contesta rápido para evitar preguntas incómodas.
JUAN —Pero María, ¿cómo estás tan enterada? —pregunta inevitable.
MARÍA, más incómoda aún ante la inquisidora pregunta: —Lo conocí en tu burdel. Era un joven apuesto, moreno, bien espigado, con unos hermosos ojos negros, unos brazos forjados como hierro y manos suaves como brisa —contesta sonrojada.
JUAN —Bue… bue… ¿a qué viene todo esto? —Juan, algo molesto, no queriendo saber más—. Se ve que lo has visto bastante. ¿Has tenido algo con él cuando estaba en el extranjero? —pregunta enérgico—. Mira, María, cuéntame la verdad. Por el Jesús de los maderos, soy un hombre de honor y no estoy ni para chismes ni cuentos —algo acalorado.
MARÍA —Vino una vez a dejarme unos géneros… venecianos… mmm… con un perfume que, al envolverme en ellos, me transportaban a otros cielos. Pero yo le he esquivado. Ya pasó bastante tiempo —esperando que esta explicación evitara más preguntas. Juan conocía muy bien a María.
María, cuando trabajaba en el burdel, empezó sirviendo tragos y terminó cautivando a cuanto forastero llegaba. Sus mohines y su cuerpo despertaban deseos. No era una mujer fácil: había que conquistarla, y para ganarle un beso, vaya que había que trabajar. Era muy hábil para esquivar los intentos.
Golpean la puerta de calle de la casa de Juan Nobel Herrero. ¿Quién es? ¡El notario!
Evaristo Vega, notario, hombre de letras, muy instruido y serio… hasta que tomaba unas copas y se perdía con cuanta mujer había. A pesar de todo, muy profesional. Su ambición la disimulaba con un traje negro de pantalones achupinados, camisa y corbata. Era único en el pueblo. Tenía negocios sucios y de los buenos. Buen talante, agraciado su cuerpo y arrogante.
JUAN —¿A qué debo, notario, este encuentro? Estamos al día con todo. ¿Algún atraso? ¿Alguno no pagó su cuota del sueldo? —pregunta sorprendido. No le resulta nada grata la visita del notario; tal vez presagiaba algo.
NOTARIO —Todo está bajo control, don Herrero. Solo… debo decirle que, por el niño que va a nacer, hay un testamento.
JUAN —¿Testamento? —pregunta rojo de bronca.
NOTARIO —Del vendedor de géneros, precisamente. Dado su fallecimiento y el pronto advenimiento, le ha dejado todo a este niño: propiedades y sus géneros, esos traídos de Venecia. Hay tejidos, hay sedas que valen una fortuna. Muy bonitos para atuendos —contesta con clara intención de sacarle a Herrero alguna ventaja.
JUAN —No quiero nada de ese bastardo. Nada para mi heredero. Que quede para la curia. Basta con mi fortuna —ofendido e incómodo con la nueva.
NOTARIO, con voz firme, decidida y pausada: —Debo decirle, don Herrero, que ante mí ha firmado, y he de cumplir requisitos y leyes que así manda el testamento.
María, en medio del desconcierto, se descompone y llama a la partera para que la asista con prisa: va a nacer el pequeño.
El cuarto estaba preparado de antemano: las sábanas perfumadas con lavanda, las cortinas blancas haciendo juego. Doña Remigia, la partera, solo con una tijera de apriete, toallas limpias y agua caliente en una batea. La cama impecable.
Solo espera, silencio y nervios.
El paso de las horas se hacía eterno.
De pronto, desde el fondo de la casa, se escucha un llanto y gritos. ¡Alivio y viento fresco! Risas de alegría rompen el silencio.
Juan, al escuchar el llanto, empezó a caminar eufórico, una y otra vez, haciendo huella en el suelo.
JUAN —María, tengo tanta felicidad que no importa lo que has hecho. ¡Importa que tendré mi pequeño, así como lo he soñado! —gritaba contento—. ¡Estudiará en el extranjero! Eso le espera a mi pequeño —a los gritos lo expresaba—. Contigo ya hablaremos luego. ¡Lo amaré tanto! Lo llevaré a todas partes, orgulloso de este ángel bendecido que bajó del firmamento.
PARTERA —Don Herrero… pase. Es un varón, sano, hermoso… negro.
Se miraron entre todos y un silencio se apoderó del momento, esperando la reacción de Juan, hombre casi dueño de propiedades y circunstancias de todo el pueblo.
Juan lo recibe en sus brazos, trémulo de emoción. Lo observa, lo sostiene firme, lo acaricia y, tiernamente, se le escapan unas lágrimas sobre el pequeño.
—¡Gracias, gracias! —grita eufórico, llorando. Lo lleva contra su pecho, mirando al cielo, y dice:
«¡No importa su color, sino el amor que trae dentro!»
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GERARDO Y EL PAJARITO
Elspeth Gormley – España (En recuerdo de mi padre)
Gerardo pensaba de una forma diferente a quienes gobernaban su país, y por ese motivo estaba en la cárcel. Aislado en una celda, pasaba los días en silencio. Una vez al día lo sacaban para tomar aire fresco; los carceleros no querían que le ocurriera nada.
Afuera había un jardín rodeado de muros altos y vigilado. Para Gerardo, sin embargo, era un verdadero jardín: flores, árboles que dibujaban sombras en el suelo y pájaros que llenaban el aire de vida.
Cada día recogía la poca felicidad que podía encontrar y esperaba la hora de la salida. Su alma sonreía al atravesar la puerta, inundada por la luz.
Fue por unas migas de pan que un pajarito llegó un poco más cerca. No mucho, pero lo suficiente para que Gerardo reparara en él y comenzara a observarlo con atención. El pajarito quería las migas. Tenía una cabecita delicada y redonda, que inclinaba hacia un costado como si pensara cosas importantes. Y tal vez las pensaba. Sus ojos eran redondos y brillantes, y duro era el pico con el que picoteaba el suelo sin descuidar la peligrosa proximidad del hombre.
Así comenzaron a entenderse. Gerardo descubrió que la alegría de salir se juntaba con otra: la alegría del encuentro. Cada vez que atravesaba la puerta para tumbarse al sol, se preguntaba si el pajarito estaría allí esperándolo. Y siempre estaba.
Durante semanas tuvo el cuidado de mantenerse casi inmóvil cuando el pajarito se aproximaba. Después, moviéndose muy despacio, dejaba caer las migas y retrocedía unos pasos, siempre del mismo modo, para que el pajarito aprendiera que él no representaba ningún riesgo.
El pajarito llegaba, daba pequeños saltos y al fin se animaba a picotear las migas, siempre dentro de las virtudes de Gerardo. Ese era su modo de conversar. El pájaro y él, que no hablaba con nadie, sostenían una larga conversación silenciosa.
Un día retrocedió un paso menos. El pajarito se acercó. Descubriendo que había hecho una conquista, Gerardo le dio tiempo a su pequeño amigo para que se acostumbrara. Después de muchos días, acortó nuevamente la distancia. Y el pajarito volvió a acercarse. Una alegría mayor afloró en su pecho. Sabía que era cuestión de tiempo y paciencia. Y Gerardo tenía mucho de ambas.
Poco a poco, sin hacer nada que pudiera asustarlo, fue llevando al pajarito hacia sí. Retrocedía un poco menos, dejaba caer las migas en dos tandas, confiando en que, comidas las primeras y viendo las segundas, el pajarito avanzaría. Y avanzaba.
Así fueron los meses. Muchos; tal vez un año. En la prisión corrían murmullos: Gerardo había domesticado a un pájaro. Y el pájaro llegaba todos los días, cuando él cruzaba la puerta, entre cantos y batir de alas, para comer en su mano.
Algunos hombres de otras celdas quisieron hacer lo mismo. Otros miraban desde las ventanas que daban al jardín. Todos acompañaban la escena: un pájaro confiaba en un hombre y celebraba con él pequeñas fiestas, posándose en sus dedos para comer migas en la palma abierta.
Pero ninguno lo consiguió. Aquel único pajarito repetía su confianza solo en Gerardo. Se volvió el pajarito de las buganvillas.
Tal vez por eso, aunque una luz de victoria ascendía a los ojos de todos, nadie hizo gestos ni soltó exclamación el día en que Gerardo no dejó caer las migas entre sus dedos y el pajarito fue a buscarlas directamente en su sonrisa.
Pasó el verano. Llegó el invierno. Pero en aquel país el invierno no era riguroso: había flores, los pájaros no migraban. Por eso el asombro fue mayor el día en que su amigo no apareció a la entrada del jardín. Ni ante él. Por primera vez, la hora que tenía para ser feliz se le hizo eterna entre los árboles.
Al día siguiente, una punta de angustia hirió a Gerardo en su celda mientras esperaba salir. Caminando hacia la puerta intentó escuchar a lo lejos el canto del pajarito, pero algo le decía que, aparte del sol, nada lo esperaba tras los pesados portales.
El pajarito no fue aquel día. Ni al otro. Ni a ninguno.
Al principio quiso inventar justificaciones. Pensó que había perdido el canto, o que había encontrado migas más suculentas o frutas. Pensó en cosas así, para disminuir su tristeza por la pérdida del amigo.
Solo después, cuando la tristeza fue menguando, pensó en cosas más simples: que el pajarito había seguido su destino, fuera cual fuese. Un destino que lo llevaba lejos de él, y que algún día también lo llevaría lejos para siempre de aquellos muros.
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EL SONIDO DEL SILENCIO
Marga Mangione – Argentina
No sabía por qué se encontraba en ese lugar, pero sí sabía dónde estaba; era un hospital. Pensaba que era una habitación muy grande, de esas que tienen diez, o doce camas, cinco o seis colocadas de cada lado, debajo de unos enormes ventanales.
Las voces y los ruidos hacían que se mantuviera alerta durante todo el día. Escuchaba conversaciones a su alrededor. A veces, alguno de los visitantes de los enfermos de las otras camas, se acercaba y murmuraba algo. Por lo general, sintiendo lástima por él. ¡Pobre pibe! ¿Todavía no se despertó? ¿Qué le pasó? Y el vecino de al lado contestaba: ¡Qué se yo! Lo trajeron así. Un accidente tal vez…
Las enfermeras que lo higienizaban y le cambiaban el suero, le hablaban, pero él, no les contestaba. No podía hablar, no sabía cómo hacerlo. Tampoco podía abrir los ojos. Nadie lo visitaba nunca. ¿Sería que tal vez su familia no se había enterado que estaba allí? O quizás no tenía familia. Trataba todo el tiempo de recordar qué le había pasado, pero era en vano, no recordaba nada.
Los días pasaban; monótonos, largos, interminables. Los primeros en los que tomó conciencia de que estaba internado en un hospital, los pasó desesperado, escuchando los ruidos, las voces, tratando de abrir los ojos, de gritar sus dudas, sus dolores, su angustia. Pero era inútil. Sentía el roce de las manos acomodando su cama, lavándolo, el murmullo de las voces penetraba en su cerebro enloqueciéndolo. Lo peor eran las noches, cuando todo quedaba en total y absoluto silencio por horas y horas
. Hasta que empezó a reconocer un ruido: era el goteo de una canilla. Pensó que su cama estaba ubicada al lado del baño. Sí, tenía que ser así, porque se acordaba que alguna vez estuvo visitando a alguien internado en el Hospital Fiorito de Avellaneda, y la habitación era de las dimensiones que se imaginaba tenía ésta. Antes de ingresar a esa sala, había un baño que usaban los enfermos que podían levantarse, y los familiares que se quedaban a cuidarlos.
La canilla goteaba exactamente cada segundo, de cada hora, de cada noche. Siempre igual, eternamente igual. Hasta que ese ruido comenzó a hacerse diferente. Prestó atención; ya no eran gotas cayendo monótonas sobre la superficie de una pileta. No, ahora las gotas le hablaban. ¿Se estaría volviendo loco? Comenzó a darse cuenta una madrugada, mientras trataba de sacudir la niebla que cubría sus sentidos aletargados. Lo había despertado la voz de la enfermera nocturna, preguntándole a uno de los enfermos si necesitaba algo.
Supo que todavía era de noche, porque la que hablaba era Lila, y ella se iba a las seis de la mañana. Las que estaban durante el día eran muy eficientes, pero trabajaban casi mecánicamente. En cambio, Lila se tomaba el tiempo necesario para ser cariñosa con todos. A él siempre le hablaba con dulzura, y en esos momentos sentía una pena inmensa por no poder contestarle y agradecerle sus cuidados, pero le encantaba escucharla. Cuando la muchacha se fue, volvió a oír las gotas hablándole. ¿Qué le decían? Escuchó atentamente en medio del silencio casi sepulcral que reinaba en ese lugar y a esa hora.
Ahora oyó claramente: Juan…, Juan…, Juan… ¿Sería ese su nombre…? Pensó que, si las gotas le hablaban, podría preguntarles si sabían quién era, y un montón de cosas más. Pero, ¿Cómo lo haría, si no podía hablar? Entonces las gotas le contestaron: Tranquilo Juan. No necesitas hablar. Nosotras escuchamos tus pensamientos, y te vamos a ayudar… Me llamo Juan, decidió. Y les agradeció mentalmente a las gotas. ¿Qué me pasó? Siguió preguntando con el pensamiento, y las gotas seguían hablando: tac…, tac…, tac… Moto. -escuchó- ¡Yo andaba en la moto! ¡Me habré caído, o tal vez me atropellaron!
¡No puedo recordar! Una lágrima se deslizó desde su ojo a la comisura de sus labios. Las gotas le dijeron: tac…, tac…, tac… Está bien, -les dijo- no voy a llorar, ¡pero ayúdenme por favor…! Y las gotas seguían con su: tac…, tac…, tac… Me llamo Juan. Me caí de la moto. ¡No! ¡Me tiraron de la moto! Estoy vivo, pero no puedo hablar, ni moverme, y me duele todo el cuerpo… ¿Tengo familia? El tac de las gotas le contó que tenía una mamá, una novia y hermanos, pero eso no fue de golpe, pasaron muchas semanas en las que Juan dormía de día y preguntaba de noche. Paulatinamente iba conociendo su historia, pero le faltaba hacer la pregunta más importante: ¿Se salvaría? ¿Volvería a caminar, a hablar? ¿Sabrían su mamá y su novia que estaba allí?
Esa noche preguntaría… El día se le hizo insoportable. Cuando el día acabó, y comenzó a reinar el silencio, buscó el sonido de las gotas y no lo escuchó. Esperó en vano durante muchas horas. Después, en medio de la desesperación oyó la voz de Lila, la enfermera nocturna, que comentaba con el médico de guardia: –
¡Menos mal que arreglaron esa maldita canilla, ya no la aguantaba más!
La penumbra de la habitación no permitió que la enfermera pudiera ver las lágrimas que rodaban por las mejillas de Juan…
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UN DISPARO DE LUZ
Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
El hombre estiró sus dedos y juntó las manos, sintiendo el crujir de las articulaciones antes de comenzar a tocar el piano. Un cigarrillo encendido sobre el cenicero dejaba escapar una voluta de humo que ascendía lentamente hasta disolverse en el techo acristalado. El televisor, encendido pero en silencio, mostraba las evoluciones de Monserrat Otheguí en un salto fenomenal: las piernas arqueadas en una forma casi antinatural, alejándose de unas manos que parecían volar en la altura. Era la imagen perfecta de un cisne estallando en un vuelo imaginario. Algo excepcional.
La música brotaba suave al principio, en staccato, mientras los dedos se aceleraban sobre las teclas. Unas perlas de sudor comenzaban a formarse en su frente. El salón, colmado de ventanas por todas partes, en un piso muy alto del edificio ultramoderno, dejaba ver la ciudad completa. El gran loft ofrecía casi 360 grados de visión. Abajo, la noche veraniega mostraba las luces de los autos, destellos multicolores reflejados en el pavimento mojado. Una imagen surrealista, hermosa de ser vivida.
La música llegaba a su final. El hombre, en absoluta concentración, componía y tocaba al mismo tiempo. Sus brazos tensos, los dedos insaciables, el cabello lacio cayendo sobre la frente en movimientos ondulantes… Y allí, sobre el piano, la Beretta 9 mm era un detalle que no concordaba con el ambiente. Lo segundo era el cuerpo de la mujer, desangrándose lenta pero inexorablemente. Un gran charco de sangre cubría su espalda apoyada en el piso. Su vestido de gala, una rosa blanca, tenía un dejo rojo a la altura del corazón. El rostro pálido era una máscara de rabia y temor al mismo tiempo; los labios entreabiertos dejaban ver unos dientes perfectos, alineados, y una sonrisa amarga, trunca, petrificada en su boca. En la pantalla, Monserrat ejecutaba en silencio el último salto y el telón se cerraba.
El hombre terminó de tocar y se secó el sudor de la frente con la mano. La camisa empapada se pegaba a su espalda.
Se levantó del asiento, miró el cadáver de la mujer muerta, abrió uno de los ventanales y, sin emitir un solo sonido, se dejó caer al vacío.
Por un instante fue un disparo de luz, viva.
Luego se apagó.
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UN VIAJERO DE SOLES PEREGRINOS
Azucena Velásquez – Colombia
A través de la ventana de aquel rancho entretejido de madera y guadua, cuya rusticidad contrastaba con el paisaje exuberante, Daniel era feliz, sobre todo cuando se deslizaba, con la misma agilidad de un venado, por sus escarpadas cimas.
Su mundo se condensaba en aquella ventana donde permanecía cuando no podía salir.
Su vida, rodeada de animales que pastaban tranquilamente y de labriegos que cantaban a las vacas, para obtener mejor leche. Y no faltaban las escenas en las que las nubes, gracias al viento, tejían y destejían figuras caprichosas en el teatro celeste.
Un día, de manera inesperada, en su hogar apareció un extraño; su padre Lo llamó el extranjero. El hombre, de aspecto rudo y voz amable llevaba a su espalda una gran bolsa de cuero, con muchos cortes y color indescifrables. En sus manos grandes y fuertes sostenía un gran baúl metálico.
Al pequeño le inquietó, desde el primer momento, el contenido del equipaje. Mientras los adultos apuraban un café cerrero el muchacho se entregó a la tarea de abrir, con mucha dificultad, aquel cofre gigante.
Sus grandes ojos quedaron electrizados. trató de gritar, pero su garganta enmudeció. Sintió una fuerza extraña que se apoderó de su voz.
El chico despertó de un sueño de tres eternos minutos. Estaba rodeado de sus padres, el extranjero y un vecino al que llamaban el yerbatero, por sus dotes en el conocimiento de botánica. Fue quien hizo las veces de curandero para despertar al muchacho, gracias al aroma de unas yerbas que, después de frotarlas en sus axilas, pasó por la pecosa nariz de Daniel.
— ¡Campeón! ¿De nuevo en forma eh? —comentó el tegua mientras le revolvía el abundante cabello rojizo. Daniel preguntó:
—¿Què pasó, mamá?
—¿De veras, no recuerdas nada?
El jovencito se repuso y, con la vivacidad que lo caracterizaba, contó que se atrevió a abrir aquella caja de metal porque estaba seguro, que el extranjero era un pirata como Barba Negra, Morgan y otros, que su padre le contaba en las noches de luna llena. En esa caja esperaba encontrar muchos tesoros.
—Cuando abrí el baúl era yo quien estaba allí. ¡Era yo mamá! ¡era yo!
—gritó angustiado el niño, mientras se aferraba a su madre.
El extranjero se adelantó para aclarar la situación. —Lo que viste es un niño Alfa 4, momificado. —y añadió. Me fue donado por el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, que apoya el instituto antropológico de mi país. Todo, con fines de investigación. Vine a América con el fin de iniciar estudios comparativos —afirmó.
Con tono de autoridad añadió:
Verán… — Yo vengo del mundo Conciencia 1. Existen múltiples mundos, con seres exactamente iguales que ustedes.
El yerbatero protestó de inmediato.
— ¿Está usted loco o se está burlando descaradamente de mí?
No. Entiendo que para ustedes sea difícil aceptarlo. Es un tema nuevo y extraño, lo comprendo, pero sepa usted que ni me burlo, ni estoy loco. A propósito, a usted lo vi hace quince días cuando viajaba hacia la ciudad de Gaza, creo que iba en misiòn de buscar acuerdos definitivos para Palestina.
¡Oh no! (respondió el yerbatero), ese viaje lo hizo mi abuelo de origen noruego, a mediados del siglo XX. Apenas yo era un niño de meses.
Lo comprendo, expresó el extranjero.
¿Cuál es el misterio de todo esto? —preguntó el padre del pequeño.
—No es un misterio, señor. Todo está muy claro. El Mundo del Primer Sol, que corresponde, como les decía, al Mundo Conciencia 1, de donde vengo, es un mundo que está a unos milímetros, detrás del reloj universal.
— ¿Y eso qué significa? —inquirió la madre.
—Eso significa, señora, que estamos aquì, en este momento a cincuenta años adelantados al lugar de donde vengo.
—¡Ya entiendo! Dijo el pequeño con aire de absoluta madurez —si en este momento fuera a su país sería un hombre de 50 años, más los que tengo, o sea…
El chico comenzó a sumarle siete, con los dedos.
Así es, niño Alfa 4 —afirmó el extranjero.
Entonces… yo podría ser su padre, señor antropólogo.
Todos rieron ante la ocurrencia del viejo de siete años.
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