RELATOS – AGOSTO
NOTA EDITORIAL
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“Aquí, donde el mar piensa y la palabra respira, celebramos a quienes escriben con el alma.”
Colaboradores de esta edición
✦ Maren Alberdi – España
✦ Magi Balsells – España
✦ Santiago García Vega – México
✦ Carlos H. González Saavedra – Argentina
✦ Elspeth Gormley – España
✦ Inés Legand – Argentina
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EL ABRAZO
Maren Alberdi – España
ntes del encuentro hubo un susurro. La luz seguía reinando, pero algo en el aire sabía que estaba a punto de ocurrir. Los pájaros dudaban, el viento contenía el aliento y la Tierra parecía escuchar una música antigua que solo el cosmos conoce.
Entonces llegó ella. La Luna avanzó despacio, con la delicadeza de quien lleva siglos esperando un instante. No vino a apagar al Sol, sino a encontrarlo.
Y durante un breve minuto que valió una eternidad, se abrazaron. Ella lo cubrió por completo, como si quisiera recordarle que incluso la estrella más brillante necesita, de vez en cuando, descansar en el silencio. Y él se dejó envolver sin resistencia, entregando su luz a aquel encuentro imposible.
La Tierra observaba. Tres cuerpos danzando con una precisión tan perfecta que era difícil creer que fuera casualidad. Como si el universo entero hubiera ensayado durante millones de años para regalarnos ese instante. No era oscuridad. Era comunión. Era un romance escrito en órbitas, una carta de amor trazada sobre el cielo.
La Luna buscando al Sol y alcanzándolo al fin. El Sol dejándose encontrar. Y nosotros, pequeños habitantes de una roca suspendida en el vacío, tuvimos el privilegio de presenciar aquel abrazo.
Luego todo terminó. La luz regresó. Los sonidos volvieron. El mundo siguió girando. Pero algo había cambiado. Porque quien contempla cómo la Tierra y el cosmos laten al mismo compás, ya no vuelve a mirar el cielo de la misma manera.
“No vi un eclipse. Vi a la Luna abrazar al Sol, y durante un minuto el universo me recordó que la belleza existe.”
“Durante un minuto el cielo dejó de ser un lugar que observaba desde la Tierra y se convirtió en algo de lo que formaba parte.”
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INFORMATICOS DESPISTADOS
Magi Balsells – España
Me llama mi vecino, a las 10 de la noche, todo preocupado, porque su PC no le funciona, y tiene que entregar un trabajo al día siguiente
Así fue la conversación
V-lo siento llamarte a estas horas, pero eres mi única solución, discúlpame
Y.- no te preocupes tiene que ser algo grave para que me hagas esta llamada tu dirás
V.- pues que el PC no se me pone en marcha y como tu lo dominas mejor que yo y eres la única persona que a esta hora puedo encontrar, ya que se que generalmente siempre te encuentras en tu PC, contestando el correo o escribiendo alguna de tus cosas, eres el unico que creo puedes solucionarlo
Y.- Tranquilo,ahora subo, y veré que es lo que puede pasar
Me traslado a su domicilio, unos pisos mas arriba y lo encuentro ya en la puerta de su vivienda esperándome, con su esposa
Y hola, buenas noches, tranquilos, que si tiene arreglo lo solucionaremos
V es que no te hubiese molestado sino fuera que tengo que entregar el trabajo mañana. Y si no lo puedes arreglar que podemos hacer
Y.- tranquilo, no te pongas nervioso, todo tiene arreglo, sino se pone en marcha, bajas al mío y lo haces allí
Vamos a ver que le pasa
Me acerco a la mesita donde tiene ubicado su PC, que esta apagado y le doy a la puesta en marcha, se enciende pero la pantalla no refleja ninguna luz,
Vaya si que es raro, mira de entrada comprobare todas las conexiones para ver si estan correctas, cosa que hago de inmediato y todo esta perfectamente, vamos hacer otra prueba, inserta un disco para ver si se reproduce, me entrega uno de musica clasica, es que es muy melomano, bien, lo inserto me coloco los auriculares y se oye la música, mas extrañeza por mi parte
Repaso la pantalla y ya se lo que es, aleluya, vaya tontería, pero no había caído antes
Entonces dirigiéndome a el le digo
Y.- Tienes que ayudarme,
V.- que quieres que haga, pero mejor que llame a mi Sra. ya que ella quiero que vea como lo reparas
Y.-vale, llámala por favor
Se presenta su Sra., con cara de preocupación ya que es monitora en una escuela y usa el PC para corregir los exámenes de sus alumnos y también lo necesita
Y.- con toda mi máxima seriedad les digo
Cuando yo lo diga debéis pronunciar los dos la palabra abracadabra
Me mira absortos como si pensaran que estoy loco
V.- de verdad debemos decir esta palabra y con esto se arreglara
Y.- seguro, os doy mi palabra, pero solo cuando yo lo diga debéis decirla
¿Estáis preparados? asienten, mientras ellos están pensativos mi mano se desliza detrás de la pantalla buscando al causante de esta “”avería””
Y.- ¿preparados?
V.- si y esperando que funcione
Y.- ahora decir la palabra
Los dos al sueltan la palabra y milagro se enciende la pantalla, la cara que ponen es para enmarcar
V.- sino lo veo no lo creo, con una sola palabra se puede arreglar una avería, es alucinante lo que avanza la ciencia informática
Y.- la carcajada que emito creo que se debe oír a un kilómetro lejos
V.-. de que te ríes, lo arreglaste no se como pero lo hiciste muchas gracias
Y.- amigos míos, no arregle nada simplemente es que la pantalla estaba apagada, he pulsado el botón de encendido y ya esta nada mas
Ahora las carcajadas son generales,
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CASUALIDAD… NO
Santiago García Vega – México
La poderosa casualidad, la inigualable memoria de una vivencia que te llena el corazón, esa precisamente hace retomar una casualidad. En medio de la gran ciudad, Los Ángeles, California, venir de tan lejos y encontrarse aquí con un grato recuerdo detonado por la cara de un hombre, en las palabras de otro que observa, que mira indagando en el retrovisor de un Uber.
La cara del taxista se llenó con la mirada perspicaz pensando que tal vez las luces le traicionaban y le hacían recordar aquel feliz día donde una mano del patrón se extiende con una pelota y gusto al recibirla, con ganas de apretarla, aspirar en una sola bocanada el característico olor del plástico nuevo. Recuerdo haber jugado hasta el atardecer, hasta que la última gota de sudor salió de mi cuerpo. Recuerdo los llamados a recogerme. “Hace frío”, gritaba mi madre desde adentro. Y lo más importante: a través del retrovisor, aquella cara que sonriendo le regaló un balón. Vivo lo tengo en la mente, ese lunar que jamás se borrará. Un día de reyes abundante, fecha en la que el patrón hace posible un feliz momento a los hijos de los trabajadores.
“¿Se ofrece algo, mi buen amigo? ¿Todo bien?” “Sí, sí”, mentí. Porque observar tan detenidamente el espejo no es normal en un conductor. “Bueno, ¿usted es de México?” “Sí.” “Yo también.” “¿De dónde eres?” “De Michoacán. ¿Y usted?” “También.” “¡Ah caray! Nomás falta que seas de Tangamandapio.” “¡Sí!”
Continué intrigado y sin querer me llevé la mano a la cara indicando el lugar de un característico lunar. Recuerdo su cara perfectamente: usted me regaló un balón cuando era niño y jamás se me ha olvidado.
Llegamos al destino. No quería bajarme. De inmediato se volcaron sobre mí un sinfín de vivencias y de gratos recuerdos vividos en aquellos lugares que ya hace buen tiempo cuando sembrábamos fresa. Conversamos un poco y sin decir nada terminó esa casualidad. A los días, a propósito, pasaba justo por ahí para indagar un poco más de una persona a la cual había conocido. De hecho, aún vive en mis pensamientos; con solo evocarla me aturdo y se me llenan hasta los bolsillos de recuerdos.
De tanto andar por ahí logré nuevamente contratar otro servicio y sutilmente reforzar la plática que había quedado pendiente. Ya en confianza pregunté por Perla, si la conocía, qué había sido de ella. “Vive en la capital, casi no nos vemos, pero es muy probable que vaya en las fiestas del pueblo”, contestó. No aguanté más y solicité hablar con sus padres. Me presenté y después de una breve charla les pedí pudiera entregar una tarjeta en propia mano de Perla. Asintió y me retiré agradecido.
El tiempo hizo lo suyo. Las fiestas llegaron. La mujer de aquellos encantos juveniles dio su negativa, so pretexto de una reunión familiar, y la insistencia logró que la tarjeta fuera entregada. La vida ponía nuevamente la oportunidad, una segunda, para revivir los apasionados momentos de la juventud.
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¡ A LAS OCHO EN LA ESTACIÓN !
Carlos H. González Saavedra – Argentina
Como un rezo laico, esa consigna era el motor que impulsaba a nuestros jugadores de rugby infantil. Generalmente, las delegaciones superaban los cincuenta niños. Siempre había más de un micro. Con cánticos, banderas, sueños e ilusiones, abordaban ese colectivo bullicioso y lleno de esperanza. ¡Si ganaban, mejor!
En el mencionado punto de encuentro, aguardaba el chofer. Un señor lleno de rulos, con las manos sobre el volante y cara de pocos amigos. Era el primer hincha. Pedía a viva voz: – ¡Chicos, pórtense bien! ¡Con cuidado! A la vez, nos recordaba: – ¡Ojo! Descuento cualquier rotura. Todo impecable. ¡No se paren en los asientos! Y su recomendación inconfundible: – ¡Nene, la cortinita, nene!
Aun así, era un viaje divertido. Se lo recuerda con mucho cariño.
Después de dos horas (o más), se emprendía el regreso. Sus rulos al viento, su sonrisa… Garantía de que los había visto ganar. La mirada cariñosa y cómplice del chofer daba rienda suelta al festejo, sin descuidar, claro está, su atención al espejo retrovisor.
–¡No se olviden nada! ¡Ni botines ni bolsos! –exclamaba, mientras inspeccionaba el interior y revisaba con detalle.
Este pequeño relato busca agradecer los hermosos momentos vividos junto a Horacio. Su micro naranja y blanco estaba siempre preparado. Como una calesita, aguardaba la alegría de los niños. Un duende me contó que este micro no lleva gasoil; se alimenta de la felicidad de los pequeños.
Hoy mis hijos tienen casi cincuenta años, pero mantienen vivos esos recuerdos. Momentos grabados para siempre en sus retinas. Nos seguimos encontrando con este hincha de mis hijos. Nos saludamos con bromas y afecto, como la primera vez.
Bellos momentos de la vida. Cosas simples, pero que merecen ser contadas. Este homenaje es para todos aquellos que, con bondad, sabiduría y educación, han hecho nuestra vida más fácil. Seres anónimos, siempre olvidados por el vértigo de la vida. Que valgan estas letras para rescatarlos.
Por suerte, mis hijos lo llevan vivo en el corazón.
Gracias, Horacio Pierandrey.
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DANIEL
Elspeth Gormley – España
Me llamo Daniel. Tenía diecinueve años cuando las puertas de hierro se cerraron detrás de mí. Mi madre lloraba. Mi padre evitaba mirarme. Corría el año 1948.
Nadie sabía exactamente qué me ocurría. A veces oía voces. Otras veces me quedaba inmóvil durante horas, atrapado en pensamientos que ni yo mismo entendía. Hoy quizá habrían encontrado un nombre para mi enfermedad. Entonces, simplemente era el loco del pueblo.
El hospital psiquiátrico se alzaba sobre una colina gris. Desde lejos parecía un castillo. Desde dentro era una prisión.
Los primeros días creí que iban a ayudarme. Los médicos hablaban con palabras difíciles, me observaban como quien estudia un insecto raro. Tomaban notas mientras yo intentaba explicarles mis miedos. Nadie escuchaba realmente.
Pronto llegaron los tratamientos. Las inyecciones primero: algunas me hacían dormir durante horas; otras me provocaban temblores tan fuertes que apenas podía sostener una cuchara. Recuerdo a un médico joven diciendo: —La ciencia avanza gracias a pacientes como usted. Lo dijo sonriendo. Como si fuera un honor. Como si yo hubiera elegido aquello.
Después llegaron las terapias de choque. Me sujetaban entre varios enfermeros. Sentía el frío de los electrodos sobre las sienes. Intentaba rezar, aunque nunca había sido creyente. Luego un destello. Oscuridad. Cuando despertaba, partes de mí habían desaparecido: nombres, recuerdos, rostros. Una vez olvidé durante dos semanas cómo se llamaba mi hermana. Lloré como un niño.
Los años pasaban. Llegaban nuevos médicos con nuevas ideas. Todos convencidos de haber encontrado la respuesta. Todos nos utilizaban para demostrarlo.
Algunos pacientes desaparecían tras ciertas operaciones. Cuando regresaban, ya no eran los mismos. Caminaban lentamente. Miraban al vacío. Yo observaba y sentía miedo. Un miedo tan profundo que me despertaba jadeando por las noches.
Sin embargo, entre aquellas paredes también existía algo hermoso: la amistad. Miguel, un maestro antes de ingresar, me enseñó a no rendirme. —No dejes que te conviertan en un número —me decía—. Recuerda quién eres. Aquella frase me acompañó durante años. Porque eso era lo más difícil: no perderme. No olvidar que detrás de los diagnósticos, detrás de los experimentos, detrás de los informes médicos, seguía siendo una persona.
Llegaron los años sesenta. Los tratamientos comenzaron a cambiar. Escuché por primera vez palabras como derechos del paciente. Algunos médicos hablaban de comprensión, de terapia, de dignidad. Parecía imposible. Una revolución silenciosa.
Yo tenía ya más de treinta años. Había sobrevivido a pruebas, medicamentos experimentales, procedimientos que jamás deberían haberse realizado sin consentimiento. Había sobrevivido a una época en la que muchos de nosotros fuimos poco más que conejillos de indias.
Y entonces comprendí algo. Mi sufrimiento no podía devolverme los años perdidos. Pero quizá no había sido completamente inútil. La ciencia avanzó. Los médicos aprendieron. Y las generaciones futuras tendrían tratamientos más humanos, más seguros, más dignos.
Una tarde me senté junto a la ventana de la habitación 17. Observé a unos estudiantes de medicina atravesar el jardín. Reían. Hablaban del futuro.
Pensé en todos los que ya no estaban. En Miguel. En las mujeres y hombres cuyos nombres nadie recordaba. En quienes soportaron dolor, miedo y abandono para que otros recibieran una atención mejor.
Y por primera vez no sentí rabia. Sentí tristeza. Pero también orgullo.
Porque la historia nunca hablará de nosotros. Pero cada vez que una persona con una enfermedad mental sea tratada con respeto, cada vez que un médico elija escuchar antes que castigar, una pequeña parte de nosotros seguirá viva. La mía también. La del chico de diecinueve años que un día entró por aquellas puertas de hierro y que, contra todo pronóstico, logró conservar su humanidad.
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CUANDO EL SOL TARDA
Inés Legand – Argentina
Perdón por no escribir más temprano —dice Inés—. Hoy estuve pintando un cuadro grande, de un metro por ochenta. Vinieron visitas, la casa se llenó de voces, y recién ahora, en este silencio que me acompaña, puedo sentarme a escribir. Mis hijos ya están en Suiza. El sol también. Aquí los días no cambian: la luz parece haberse quedado en Europa y nosotros seguimos esperando que vuelva, que nos regale un poco de calor, que nos diga que no todo está perdido.
La tierra está enojada, lo siento en el aire, en las noticias, en el miedo que se cuela por las rendijas. Tanta destrucción, tanto dolor, tantas vidas que se apagan sin entender por qué. Por eso escribo. Porque escribir alivia el alma, porque las palabras son colores cuando la vida se pone gris.
Hoy, por fin, salió el sol. Salió sigilosamente, como pidiendo disculpas por tardar tanto. Abrí las ventanas y dejé que la luz entrara, que tocara las paredes, que me recordara que la vida —a pesar de todo— sigue siendo bella, con alegrías y sinsabores, con días que pesan y otros que levantan.
Sigamos soñando con un mundo mejor, dice mi corazón. Que reine la paz. Que nos sintamos hermanados. Eso es lo que añoro: un mundo donde la esperanza no sea un lujo, sino un derecho.
Hoy me mandaron fotos desde Suiza. Qué sueño hermoso. Mis hijos cantaron en muchos lugares, pero nunca tan lejos. Las imágenes parecen de otro mundo: limpio, claro, ordenado. Aquí, en cambio, el invierno fue el más nublado que recuerdo: húmedo, frío, con un sol ausente que parecía haberse olvidado de nosotros.
Pero aun así, abro los ojos y brota la esperanza. Porque nunca es vano el esfuerzo humano, nunca es inútil la porfía. La semilla muere para germinar. El ave Fénix renace de las cenizas. Y nosotros, los que seguimos aquí, también podemos renacer.
Nos separa la distancia, pero no los corazones. Sigamos dejando fluir los pensamientos hacia un mañana sin miedo, hacia una tierra que vuelva a ser bendita. Mis padres, mis abuelos, amaban esta tierra. La cultivaban con lágrimas y sudor. Gente sabia, honrada, cuando la palabra valía más que cualquier papel. Cuánto enseñaron sin estudios universitarios, cuánto dejaron sin pedir nada a cambio.
Hoy tengo dolor en el alma, sí. Pero veo el día con sol, y la luz me invita a creer. A sentir que todavía es posible un mundo mejor. Gracias por estar, por leerme, por acompañarme. Gracias por ser como sos.
Un abrazo lleno de colores y resplandor.
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