MI PAIS- TU PAÌS -OCTUBRE
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Cada país es una página viva de la gran historia del mundo. Sus paisajes, sus costumbres, su gastronomía, su patrimonio y su gente nos invitan a descubrir una manera única de entender la vida. En esta sección viajaremos por los cinco continentes para conocer lugares fascinantes, tradiciones ancestrales y rincones llenos de belleza y significado. Abramos juntos este libro infinito que es nuestro planeta y emprendamos el viaje.
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GERNIKA, EL ÁRBOL Y LA MEMORIA

Maren Alberdi- España
España es un país de contrastes. Un crisol de culturas que, a lo largo de los siglos, han pasado por estas tierras dejando una herencia extraordinaria en su arquitectura, sus tradiciones y su forma de entender la vida. A ello se suman las maravillas naturales de esta península, tan diversa como sorprendente.
Resulta difícil elegir un lugar concreto cuando existen tantos paisajes fascinantes, tanta riqueza cultural y tantos rincones con encanto propio. Sin embargo, alguien tiene que dar el primer paso. Por eso, hoy comenzaremos nuestro recorrido por el norte de España y, mes a mes, iremos descubriendo lugares diferentes, aquellos que por su belleza, singularidad o carácter se han convertido en auténticos emblemas de nuestro país.
Acompáñenme en este viaje. No será una lección de historia, sino un paseo pausado por esos lugares que conservan el alma de España y que merece la pena conocer, contemplar y recordar.
Hablamos de Gernika.
Al escuchar su nombre, la mayoría de las personas piensa inmediatamente en el célebre cuadro de Picasso. Sin embargo, Gernika es mucho más que una obra de arte. Es una villa llena de significado, de memoria y de vida. Un lugar donde el visitante descubre que detrás de una imagen universal existe una realidad mucho más rica, cercana y humana.
La primera vez que visité Gernika era una niña. Fui con mis padres, y recuerdo especialmente a mi padre señalando un árbol mientras me hablaba de fueros, libertades e historia. Yo escuchaba aquellas palabras con atención, aunque sin llegar a comprender realmente su significado.
Con el paso de los años he regresado varias veces a esta villa vizcaína, y cada visita ha sido diferente. Los lugares permanecen, pero nosotros cambiamos, y con nosotros cambia también la forma de mirarlos.
Hoy, cuando contemplo el Árbol de Gernika, la emoción es distinta. El árbol original, conservado para preservar su memoria, comparte espacio con sus descendientes, que mantienen vivo un símbolo que ha atravesado generaciones. Bajo las ramas del viejo roble se juraban los fueros, las normas y libertades propias con las que los vascos gobernaban sus territorios desde hacía siglos. Hasta aquel lugar acudían reyes y señores para comprometerse a respetarlos; También los Reyes Católicos, como otros monarcas de la Corona de Castilla, juraron respetar aquellos derechos históricos.» El tiempo transformó aquellas instituciones, pero su legado pervive aún hoy en el sistema foral y en el autogobierno vasco.
Pero Gernika no es solamente un árbol.
Es también un nombre que quedó grabado para siempre en la conciencia del mundo. En abril de 1937 la villa sufrió un devastador bombardeo que destruyó gran parte de la población y causó numerosas víctimas civiles. Aquel hecho inspiró a Pablo Picasso para pintar su famoso Guernica, convirtiendo el nombre de esta pequeña localidad vasca en un símbolo universal contra la guerra.
Sin embargo, cuando camino por sus calles no pienso en el cuadro.
Pienso en las personas.
Pienso en quienes miraron al cielo sin comprender lo que estaba ocurriendo. En quienes perdieron a sus seres queridos. En quienes tuvieron que reconstruir no solo sus casas, sino también sus vidas.
Y, curiosamente, es junto al Árbol de Gernika donde esos pensamientos regresan con mayor fuerza. Allí siempre siento un escalofrío difícil de explicar. Quizá porque algunos lugares conservan una memoria silenciosa que sigue hablando a quienes saben escuchar.
Durante muchos años las heridas permanecieron abiertas. Y quizás algunas nunca lleguen a cerrarse del todo. Aún hoy, cuando me acerco al árbol, siento cómo se me eriza la piel. No puedo evitar pensar en todas aquellas personas que vieron cómo sus vidas cambiaban para siempre en cuestión de minutos.
Las guerras son absurdas. Ninguna tiene sentido. Pero las guerras civiles son todavía más dolorosas, porque enfrentan a vecinos, amigos y familias. Son hermanos contra hermanos, y las cicatrices que dejan suelen durar mucho más que los conflictos que las provocaron.
Quizá por eso Gernika ha terminado convirtiéndose en mucho más que una villa vasca. Hoy es un símbolo universal de la paz y un recordatorio permanente de los horrores de la guerra. Quien desee profundizar en su historia encontrará en el Museo de la Paz un lugar donde la memoria continúa viva para enseñarnos aquello que nunca deberíamos olvidar.
Hoy Gernika es una villa llena de vida. Los niños juegan en sus plazas, la gente conversa en las terrazas y los visitantes llegan desde lugares muy distintos del mundo. Sin embargo, bajo esa aparente normalidad permanece el recuerdo de quienes ya no están y la enseñanza de lo que nunca debería repetirse.
Cuando abandono Gernika comprendo que algunos lugares no pertenecen únicamente a la geografía. Habitan también en la memoria de los pueblos. Y mientras el viejo árbol continúe alzando sus ramas hacia el cielo, seguirá recordándonos que la paz es el único legado que merece llegar intacto a las generaciones futuras
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SER MEXICANO
Enrique Fredy Díaz Castro – México
La indescriptible dicha de haber nacido en este país, es algo que a todo buen mexicano nos acompaña a lo largo de la vida. Los padres maravillosos, la familia tan nutrida, los usos y costumbres, el colorido de tu tierra, los aromas, las costumbres, la naturaleza, los personajes, su historia, su orografía y tantas características que vas descubriendo conforme creces, te envuelven, te apasionan y te arraigan.
Es cierto: el ser humano es nómada por herencia y aprende deambular, primero en la estancia del corredor o sala, luego en el patio, en el barrio y después de pueblo en pueblo hasta migrar a otros países, pero aquí ocurre lo interesante: podrás poner tierra de por medio, cruzar celajes ignotos, pero siempre llevarás en mente y corazón al pedacito de terruño donde dejaste un día, el cordón umbilical.
El sortilegio que la patria chica representa, es parte de tu esencia, de tus relatos, de esos suspiros que impulsivamente transportan al espíritu a los diversos paisajes que de niño o grande, recorriste.
Aquel viejo autobús donde arrinconado lloraste a solas, mientras veías que las palmeras, el inmenso mar y las gaviotas se alejaban, a la par que el paisaje cambiaba paulatinamente, es algo que sublima los momentos de nostalgia pese a los años.
Ser mexicano es eso y muchísimo más, que si la divinidad, la mente, mis habilidades motoras y la magnífica revista Letras Hispanas por el mundo, lo permiten, lo plantearé de vez en cuando, con el clásico «continuará» que leía en las publicación de «Kalimán» o de tantas aventuras impresas que conocí mientras aprendía las primeras letras allá en mi querida Costa Grande guerrerense.
Les abrazo con respeto, admiración y fraternidad, a la distancia.
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MEXICANO, ¡SI SEÑOR!
Santiago García Vega – México
Cada una de las naciones posee algo de lo que se siente orgullosa, algo que puede brindar al mundo y que representa su esencia como pueblo. Hoy quiero, a través de esta breve descripción, invitar a quienes no conocen México a descubrir un poco de quiénes somos y, a quienes ya lo conocen, a darse otra vuelta por esta tierra que siempre mantiene sus puertas abiertas para recibir a sus visitantes. Nuestra mexicanidad nace de ese orgullo que nos acompaña cuando escuchamos el Himno Nacional o vemos ondear la bandera tricolor. Imagino que algo parecido sucede a los ciudadanos de todos los países: la garganta se anuda, el corazón late con más fuerza y se despierta un profundo sentimiento de pertenencia.
México cuenta con raíces prehispánicas milenarias, con civilizaciones tan avanzadas que todavía hoy guardan misterios por descubrir. Ciudades enteras permanecen ocultas bajo la tierra o entre la vegetación, testimonio de un pasado fascinante. A esa herencia ancestral se sumó el intercambio cultural durante el Virreinato, la influencia llegada de Europa, de Asia a través de la Nao de China y el valioso legado afrodescendiente. De esta fusión surgieron tradiciones tan representativas como el Día de Muertos y la charrería. También floreció una extraordinaria riqueza gastronómica cuyo origen se encuentra en el maíz y en otros productos autóctonos que dieron vida a platillos como el pozole, el atole, el pinole y una inmensa variedad de moles. Cada región aporta ingredientes y sabores propios que convierten a la cocina mexicana en una de las más diversas y apreciadas del mundo.
La riqueza natural de México es igualmente impresionante. Desde los desiertos hasta las selvas, pasando por fértiles valles agrícolas, costas de hermosas playas, montañas y volcanes emblemáticos como el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, cada paisaje ofrece recursos y bellezas singulares. De diferentes rincones del país provienen frutos y productos como el cacao, los tejocotes, las pitayas, los nanches, los mameyes, el zapote negro y, más recientemente convertido en símbolo internacional, el delicioso aguacate. Esta diversidad geográfica y climática contribuye a la enorme riqueza cultural y económica que caracteriza a la nación.
Nuestro folclore se expresa a través de danzas, ferias y tradiciones que llenan de color cada estado de la República. La Danza del Venado en Sonora, la Danza de los Viejitos en Pátzcuaro, Michoacán, el zapateado, los trajes típicos de Jalisco, los sones veracruzanos y los huapangos de la Huasteca son apenas algunos ejemplos. A ello se suman celebraciones tan importantes como la Feria Nacional de San Marcos en Aguascalientes, la Feria de la Fresa en Guanajuato y la incomparable Guelaguetza de Oaxaca, donde se manifiesta el espíritu festivo y comunitario de nuestro pueblo.
La música ocupa un lugar privilegiado en el corazón de los mexicanos. Nos emocionan la canción ranchera y los sones del mariachi; seguimos cantando las composiciones e interpretaciones de Pedro Infante, Jorge Negrete, José Alfredo Jiménez, Javier Solís, Lola Beltrán, Amalia Mendoza y Lucha Villa. Recordamos también a Agustín Lara, cuya inspiración dio vida a obras inmortales como «Granada». Nos sentimos orgullosos de nuestros alebrijes, del tequila y del mezcal, disfrutamos de la lucha libre y del fútbol, y afrontamos las dificultades cotidianas con un característico sentido del humor. Admiramos además figuras icónicas como María Félix, Dolores del Río y Katy Jurado, cuyo talento trascendió fronteras.
México también se distingue por sus aportaciones al pensamiento, la educación y las artes. Leemos con orgullo a Sor Juana Inés de la Cruz, Amado Nervo, Octavio Paz, Juan Rulfo, Elena Poniatowska y Carlos Fuentes, entre muchos otros. Admiramos la obra de muralistas y pintores como Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco y Frida Kahlo, cuyas creaciones forman parte del patrimonio cultural universal. Reconocemos igualmente la labor de educadores como Ignacio Manuel Altamirano, Justo Sierra, José Vasconcelos, Enrique Rébsamen, Gabino Barreda y Jaime Torres Bodet. En el ámbito internacional, recordamos el legado de Benito Juárez con su célebre frase: «Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz», así como la Doctrina Estrada, basada en el principio de no intervención en los asuntos de otros pueblos.
Los Estados Unidos Mexicanos son una nación de inmensa riqueza cultural, histórica y lingüística. Con 68 lenguas nacionales reconocidas y una extraordinaria diversidad de costumbres, tradiciones y expresiones artísticas, México continúa mostrando al mundo la fuerza de sus raíces y la grandeza de su identidad. Ser mexicano es llevar en el corazón una historia milenaria, una cultura vibrante y el orgullo de pertenecer a una tierra generosa que siempre tiene algo nuevo que ofrecer.
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PERÚ: UNA RÁPIDA MIRADITA HISTÓRICA
Cecilia Pari Silva Santisteban- Cajamarca – Perú
Al oír la palabra «Perú» en un país lejano, pocos imaginan lo que realmente significa y mucho menos, en dónde está ubicado. No es solo un punto en América del Sur, es la patria donde vivo y su nombre guarda 5,000 años de historia.
Nacimos a la par de China, hace unos cinco mil años. Allá, en el lejano oriente, florecía la cultura de Liangzhu (3300 a.C.) y aquí, en la costa peruana, se levantaba Caral (3200 a.C.), la primera civilización de América. Dos mundos que no se conocían, naciendo al mismo tiempo. ¿Coincidencia? ¿Destino?; pero, con una diferencia clave: Caral fue una sociedad de paz. Sin ejércitos, sin murallas, sin armas de guerra. Mientras otros imperios se expandían a sangre y fuego, Caral comerciaba, observaba las estrellas y construía pirámides.
Siglos después, esa vocación de organizar el mundo sin destruirlo alcanzó su punto cumbre: el Tahuantinsuyo (1438-1533). El imperio más grande de la América precolombina. Cuatro regiones que eran cuatro mundos: Chinchaysuyo, Antisuyo, Contisuyo y Collasuyo. Un imperio que no se gobernaba con exceso de leyes, sino con tres principios que hoy nos hacen falta: Ama Sua, Ama Llulla, Ama Quella. (No seas ladrón, no seas mentiroso. no seas ocioso). Si ese mapa siguiera vigente, les escribo esta crónica desde el corazón del Chinchaysuyo: Cajamarca.
La fractura
Todo imperio cae primero hacia adentro. El nuestro se partió con la guerra fratricida entre Huáscar y Atahualpa; dos hermanos peleando por el trono del Inca; el Tahuantinsuyo, entonces, tuvo que elegir bando y quedó herido, dividido y en esa herida entraron los castellanos: hombres blancos, barbados, montados a caballo. Si hubiéramos sido griegos, los habríamos llamado centauros. Llegaron buscando oro y encontraron un imperio de rodillas. En noviembre de 1532 entraron a Cajamarca, con engaños capturaron a Atahualpa. El Inca, prisionero en lo que hoy conocemos como el “Cuarto del Rescate”, ofreció lo impensable: dos cuartos llenos de oro y uno de plata a cambio de su libertad.
El rescate llegó desde los cuatro Suyos, pero, no hubo libertad. Dijeron que aún faltaba, que se había incumplido y, sin más, lo ejecutaron. En cuanto al origen del nombre Perú, años antes, en 1529, en un escritorio muy lejos de aquí, la Corona Europea ya había firmado la Capitulación de Toledo. Allí, por un malentendido con el nombre de un cacique panameño —Birú o Virú—, nuestro territorio fue bautizado oficialmente como «Perú». Luego vendría el Virreinato. El Imperio Inca dejó de existir como estado, pero no su gente. Entre 1780 y 1783, un descendiente de la nobleza inca, Túpac Amaru II, se levantó en armas exigiendo el fin de la opresión, siendo el primer grito grande de independencia.
El hoy
De Caral al Bicentenario, es impresionante cómo se sucedieron las cosas, cómo evolucionó todo. Tanta historia transcurrió que, en este humilde artículo no alcanza a contarse. Recordar las innumerables batallas, los mártires, los próceres, los libertadores… y aquel grito de independencia que nos convirtió en república: «¡DESDE ESTE MOMENTO EL PERÚ ES LIBRE E INDEPENDIENTE POR LA VOLUNTAD GENERAL DE LOS PUEBLOS Y POR LA JUSTICIA DE SU CAUSA QUE DIOS DEFIENDE!»: palabras del libertador argentino Don José de San Martín, proclamadas el 28 de julio de 1821.
Han transcurrido más de 200 años. De colonia pasamos a virreinato y de virreinato a república:
Somos un país que ha padecido mucho por los gobiernos de turno, sí, pero, somos un país que lucha día a día, que no se rinde y que sigue buscando el desarrollo que merece.
Somos un país privilegiado: tenemos costa, sierra y selva. Tenemos diversidad geográfica, de fauna y flora, y ocho pisos altitudinales que nos permiten disfrutar de los frutos más diversos de la tierra.
Somos Caral y somos Bicentenario.
Somos historia milenaria y somos futuro.
¡Somos Perú!
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URUGUAY: CANDOMBE Y MATE
Yanni Tugores – Uruguay

Uruguay es, de alguna manera, un secreto a voces en el Atlántico Sur. Un país que no necesita hacer demasiado ruido para hacerse notar. En un mundo que parece vivir cada vez más rápido, Uruguay conserva otra forma de vivir: más tranquila, más cercana y, sobre todo, más humana. Caminar por las calles de Montevideo o recorrer los pueblos del interior es sentir que acá el tiempo tiene otro ritmo. Está el termo debajo del brazo, el mate que acompaña las conversaciones, el trabajo, los paseos y hasta los momentos de soledad. El mate es mucho más que una bebida. Es una costumbre que nos acompaña desde siempre y que, de alguna manera, nos acerca. En una plaza pueden coincidir un estudiante, un trabajador y un jubilado, cada uno con su historia, pero compartiendo el mismo espacio y esa calma tan nuestra.
Nuestra naturaleza tampoco necesita exageraciones para ser hermosa. No tenemos grandes montañas ni selvas interminables. Tenemos campos verdes, suaves ondulaciones, ríos, arroyos y una costa que cambia de paisaje a cada paso. En el interior todavía vive una parte de esa tradición gaucha que forma parte de nuestra identidad. Y hacia el este aparecen lugares tan distintos como Punta del Este y Cabo Polonio. Uno lleno de movimiento y visitantes; el otro, más agreste, silencioso, sin luz eléctrica y conectado con la naturaleza, donde el faro y las estrellas parecen suficientes para iluminar la noche. Pero Uruguay no se explica solamente por sus paisajes. También está en su manera de convivir. Somos una democracia con una larga tradición institucional y una sociedad que valora mucho la libertad, la educación, la convivencia y el respeto por las diferencias. La laicidad forma parte de nuestra historia y de nuestra vida cotidiana. No somos un país perfecto, por supuesto, pero hay cosas que aprendimos a valorar y que forman parte de lo que somos.
Y después está esa mezcla tan nuestra de nostalgia, humor y música. El carnaval es una muestra maravillosa de eso. Durante febrero, las calles se llenan de murgas, colores y voces que se animan a hablar de todo, incluso de aquello que incomoda, pero casi siempre con humor e ironía en el carnaval más largo del mundo. Y cuando suenan los tambores del candombe por los barrios Sur y Palermo, es imposible no sentir que hay algo muy profundo de nuestra historia que sigue vivo. También somos un país que sabe conservar su pasado. Basta caminar por las calles de Colonia del Sacramento para encontrarse con otra época. Pero, al mismo tiempo, Uruguay ha sabido mirar hacia adelante y desarrollar una infraestructura tecnológica que muchas veces sorprende a quienes nos visitan.
Y si hay algo que nos representa especialmente, es nuestra mesa. El asado, por ejemplo, no es simplemente comida. Es tiempo compartido. Es prender el fuego, esperar que la leña se convierta en brasas, conversar mientras se cocina y disfrutar sin apuro. Alrededor de una parrilla pasan muchas cosas: se cuentan historias, se discute de fútbol, se habla de política, se ríe y, sobre todo, se comparte. Y junto al asado aparece el Tannat, ese vino que encontró en Uruguay un lugar donde desarrollarse y convertirse en una de nuestras grandes señas de identidad.
Quizás Uruguay no sea un país que deslumbre por el exceso. Lo nuestro va por otro lado. Está en las pequeñas cosas: en una charla larga, en un mate compartido, en una tarde frente al río, en el sonido de los tambores, en el olor de un asado, en un pueblo tranquilo o en ese atardecer que parece detenerlo todo por unos minutos. Tal vez nuestra riqueza esté justamente ahí: en haber aprendido a disfrutar de una vida más sencilla, de los vínculos y de esos momentos que no necesitan demasiado para ser importantes. Uruguay es eso para mí: un pequeño país con una enorme identidad. Un lugar donde el tiempo parece caminar al ritmo del mate, donde la nostalgia convive con el humor y donde todavía hay espacio para sentarse a mirar un atardecer sin tener que correr detrás de nada. Asomarse a sus horizontes es descubrir que todavía existen lugares donde la vida puede sentirse cercana, sencilla y humana. Bienvenidos a mi pequeño «Gran» país, Uruguay.
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