LA JUSTICIA – RELATOS

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«La justicia camina despacio, pero deja huellas que el tiempo no puede borrar.»

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COLABORADORES

Maren Alberdi (España), Sandra Edith Aguíñiga Luquín (México), Libia Beatriz Carciofetti (Argentina), Enrique Fredy Díaz Castro (México), Elspeth Gormley (España), Antonio Morelos (México), Andrea Morini ( Argentina ), Carlos Pérez de Villarreal (Argentina) y Sandra Romeo (Argentina )

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Imagen Maren
LA JUSTICIA

Maren Alberdi- España✒️

¿Qué es la justicia?

Es una pregunta sencilla solo en apariencia. La pronunciamos con frecuencia, la escuchamos en los tribunales, la vemos escrita en los periódicos y la invocamos cuando sentimos que algo no está bien. Sin embargo, si nos detenemos un instante a reflexionar, descubrimos que definir la justicia no es tan fácil como parece.

Durante mucho tiempo creí que justicia y ley eran la misma cosa. Pensaba que ambas caminaban unidas y que una no podía existir sin la otra. Con los años comprendí que, aunque suelen encontrarse en el mismo camino, no siempre avanzan de la mano.

La ley está escrita. La justicia, no.

La ley ocupa estanterías enteras en bibliotecas y juzgados. Se redacta, se modifica y se interpreta. Está formada por normas que intentan ordenar la convivencia entre las personas. Gracias a ella sabemos qué está permitido, qué está prohibido y cuáles son las consecuencias de nuestros actos.

La justicia, en cambio, pertenece a otro territorio. No vive únicamente en los códigos. Habita también en la conciencia humana.

Por eso ocurre algo que todos hemos experimentado alguna vez: hay decisiones legales que nos parecen injustas, del mismo modo que existen actos de bondad o de reparación que nacen fuera de cualquier obligación legal.

La historia de la humanidad está llena de ejemplos.

Hubo épocas en las que ciertas leyes permitían la esclavitud. Eran legales, pero difícilmente podríamos considerarlas justas. También hubo leyes que negaban derechos fundamentales a determinadas personas por razón de sexo, religión o raza. Con el paso del tiempo, la sociedad comprendió que aquellas normas no respondían al verdadero sentido de la justicia y acabaron desapareciendo.

Esto demuestra que la ley puede equivocarse porque ha sido creada por seres humanos. La justicia, en cambio, representa un ideal hacia el que intentamos avanzar, aunque nunca lleguemos a alcanzarlo por completo.

Ya los juristas romanos comprendieron que las normas, por sí solas, no bastaban. El célebre Ulpiano definió el Derecho con una frase que ha atravesado los siglos: «Ius est ars boni et aequi», el arte de lo bueno y de lo justo. No habló únicamente de reglas o castigos, sino de la permanente búsqueda de la equidad. Dos mil años después seguimos enfrentándonos al mismo desafío.

Quizá por eso la figura de la Justicia suele representarse con los ojos vendados.

No porque sea ciega, sino porque aspira a mirar más allá de las apariencias.

La riqueza, la posición social, la fama o el poder no deberían influir en su decisión. Su balanza simboliza el equilibrio; su venda, la imparcialidad; y su espada, la firmeza necesaria para defender aquello que considera correcto.

Sin embargo, la verdadera justicia no habita únicamente en los grandes tribunales.

También aparece en los pequeños gestos cotidianos.

Se manifiesta cuando un maestro trata a todos sus alumnos con la misma consideración. Cuando una persona reconoce un error y pide perdón. Cuando alguien devuelve lo que no le pertenece. Cuando se escucha a quien no tiene fuerza suficiente para hacerse oír.

La justicia comienza muchas veces donde termina nuestro interés personal.

Resulta sencillo reclamar justicia cuando somos nosotros quienes sufrimos una injusticia. Lo difícil es defenderla cuando afecta a otros y no obtenemos ningún beneficio por hacerlo.

Ahí es donde la palabra adquiere un sentido más profundo.

Porque la justicia no consiste únicamente en recibir lo que creemos merecer. También implica reconocer la dignidad de quienes nos rodean. Significa comprender que cada ser humano posee un valor que debe ser respetado.

El filósofo Séneca escribió una reflexión que conserva toda su vigencia: «Lo que las leyes no prohíben puede prohibirlo la honestidad». En pocas palabras resumió una verdad esencial: existe una frontera donde termina la ley y comienza la responsabilidad moral de cada individuo.

Quizá por eso nunca dejamos de buscar la justicia.

La encontramos en los relatos antiguos, en las religiones, en la filosofía y en las leyes de todos los pueblos. Desde que el ser humano comenzó a vivir en comunidad, surgió el deseo de distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, entre el abuso y la equidad, entre la fuerza y la razón.

Seguimos haciéndonos las mismas preguntas miles de años después.

¿Es justo lo que ha ocurrido?

¿Es justa esta decisión?

¿Es justa esta ley?

Tal vez el simple hecho de formular esas preguntas sea ya una manera de acercarnos a la respuesta.

Porque una sociedad deja de avanzar cuando deja de preguntarse por la justicia.

No existe ningún sistema perfecto. Tampoco existen seres humanos perfectos. Pero mientras conservemos la capacidad de reflexionar sobre nuestros actos, de corregir nuestros errores y de buscar un trato más digno para todos, la justicia seguirá viva.

Tal vez nunca logremos construir una justicia perfecta. Los seres humanos somos demasiado complejos para alcanzar semejante ideal. Sin embargo, cada generación tiene la obligación de acercarse un poco más a ella, corrigiendo errores, reparando agravios y defendiendo la dignidad de las personas.

La ley puede ordenar la convivencia; la justicia, en cambio, da sentido a esa convivencia.

Y mientras sigamos preguntándonos qué es lo correcto, mientras una sola conciencia se rebele ante el abuso, mientras alguien sea capaz de alzar la voz en defensa de otro, la justicia continuará viva.

Como escribieron los antiguos juristas romanos: «Ius est ars boni et aequi», el arte de lo bueno y de lo justo.

Porque las leyes pueden llenar bibliotecas enteras, pero la justicia sigue habitando en el corazón humano.

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Sandra

IUSTITIA

Sandra Edith Aguíñiga Luquín – México ✒️

Durante siglos hemos buscado la justicia en los lugares donde aprendimos a nombrarla: en los tribunales, en
las leyes, en los códigos o en la balanza que pesa los derechos y las faltas. La hemos imaginado con los ojos
vendados, erguida sobre un pedestal, esperando que alguien la invoque para poner cada cosa en su sitio.
Pero quizá la justicia no habita solamente allí.
Tal vez está mucho más cerca.
En ese pequeño espacio donde cada uno decide cómo vivir. En la manera en que elegimos plantarnos en esta
tierra frente a la vida, frente al otro… frente a nosotros mismos.
Porque nuestras decisiones no ocurren en solitario, alcanzan a quienes nos rodean; es ahí donde descubrimos
un hilo invisible que nos une como humanidad y que, aunque no podamos verlo, sabemos que está ahí. Un
hilo que puede tensarse, desgastarse y, si lo estiramos demasiado, puede romperse.
La idea de justicia ha cambiado con el tiempo. De la preocupación por conservar el orden y dar a cada quien
lo que le corresponde, ha llegado a abrazar conceptos como igualdad, dignidad, derechos, respeto y
reparación. Sin embargo, lo que permanece en el fondo de todas esas palabras es una misma exigencia:
reconocer al otro y darle todo aquello que le corresponde dentro de un orden que podamos llamar legítimo.
Hace muchos siglos, Ulpiano, jurista del derecho romano, definió la justicia como la voluntad constante de
dar a cada uno lo suyo. Y para orientar esa voluntad señaló tres preceptos que, aun nacidos en otro tiempo y
dentro de un contexto jurídico distinto, todavía pueden interpelarnos.
No como una ley escrita para los demás sino como una reflexión para nosotros:
Honeste vivere: Vivir honestamente.
No implica solamente decir la verdad. Se trata de caminar por la vida sin pisar la sombra del otro; de
hacernos responsables del eco que dejan nuestros pasos. De sostener la integridad aun cuando nadie nos mire.
De reconocer nuestros errores sin construir nuestra tranquilidad sobre la injusticia que cometimos contra
alguien más.
Es vivir de tal manera que podamos encontrarnos con nuestro propio rostro sin tener que apartar la mirada.
Alterum non laedere: No dañar al otro.
No dañar al otro implica saber que nuestra carne termina cuando la piel del otro comienza; comprender que
nuestra libertad termina allí, justo donde inicia la dignidad de quien tenemos enfrente. No dañar exige mirar;
mirar al otro no como una extensión de nosotros mismos, ni como un obstáculo, ni como alguien que merece
menos porque ha vivido carente de oportunidades. Mirarlo en su fragilidad, con sus necesidades, con sus
silencios. Reconocer que detrás de cada rostro existe una historia que no conocemos y una dignidad que no
nos corresponde arrebatar.
La justicia comienza cuando dejamos de preguntarnos únicamente cuánto nos afecta algo y empezamos a
preguntarnos cuánto puede afectar al otro.

Y entonces aparece el tercer precepto:
Suum cuique tribuere: Dar a cada uno lo suyo.
No significa dar a todos exactamente lo mismo. Significa aprender a mirar para reconocer lo que
corresponde. Respetar los derechos y los esfuerzos de los demás. Significa no acallar las voces incómodas.
Significa no apropiarnos del mérito ajeno, no tomar lo que no nos pertenece, no cerrar los ojos ante quien ha
quedado fuera mientras nosotros procuramos nuestro propio bienestar. Significa no ser amigo de la
indiferencia.
Significa reconocer la dignidad del otro porque, al hacerlo, también asumimos nuestra propia humanidad.
Pero este precepto nos coloca frente a una pregunta incómoda, que duele, que no permite salir bien librados:
¿Qué le corresponde por derecho a quien solamente ha heredado el viento, el frío o el hambre?
La pregunta nos obliga a mirar:
Al que nadie escucha.
Al que no puede defenderse.
Al que se equivocó y quedó marcado por su error.
Al que vive solo.
Al que duerme en la calle.
Al que espera detrás de nosotros.
…Al olvidado…
Tal vez no se trata de reparar el mundo entero, ¿quién puede hacerlo?, tampoco de resolver todas las
injusticias que aparecen cada día. Se trata de algo más cercano, actuar justamente allí donde nos toca vivir:
En la familia.
En el trabajo.
En la calle.
En nuestras palabras.
En nuestras decisiones.
En la manera en que tratamos a quien no puede ofrecernos nada a cambio.
Porque la justicia como virtud humana, no pertenece solamente a los tribunales ni termina cuando una
sentencia es pronunciada. Se construye, o se destruye, en los actos cotidianos. Se edifica en la búsqueda de
congruencia entre lo que sentimos, lo que pensamos, lo que decimos y, sobre todo, lo que hacemos.
Ahí comienza quizás, la verdadera transformación.
No cuando exigimos al mundo que sea justo con nosotros, sino cuando comprendemos que también nosotros
formamos parte de él. Teniendo presente que cada acto deja una huella.
Esto nos permite admitir que cuando reconocemos al otro con su dignidad, estamos dejando algo en ese hilo
invisible que nos une. Y algún día ese hilo será lo que heredemos.
No solamente leyes.
No solamente palabras.
No solamente los discursos sobre igualdad y dignidad.
Sino una manera de vivir.
Un mundo en el que ser justo no sea una excepción, sino una forma de estar con los demás.
Entonces la justicia dejará de ser solamente aquello que esperamos del mundo

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Liby

JUSTICIA

Libia Beatriz Carciofetti – Argentina ✒️

Cuando la verdad busca sus alas

La justicia debería ser un árbol de raíces profundas, capaz de sostenerse aun cuando los vientos del poder intenten arrancarlo de la tierra.

No tendría que vestir los colores del privilegio ni inclinar su balanza ante el oro. Su mirada debería ser limpia como el agua de los manantiales, y sus manos, puertas abiertas para quienes golpean desde el silencio.

Porque hay heridas que no sangran sobre la piel, sino en la dignidad de los olvidados; lágrimas que caen sin testigos y voces que se convierten en cenizas antes de alcanzar el cielo.

La justicia no puede ser un pájaro enjaulado en los tribunales del egoísmo. Debe desplegar sus alas allí donde la desigualdad levanta muros, donde la inocencia espera y donde la verdad camina descalza sobre las piedras de la indiferencia.

Ser justos es aprender a mirar con los ojos del otro, comprender que ningún ser humano debería ser pequeño ante la soberbia de otro, y que la libertad pierde su horizonte cuando los derechos se reparten como migajas.

¡Oh, justicia!
Que tu balanza no tiemble ante los poderosos, que tu espada no hiera al inocente y que tu luz no se apague en los pasillos oscuros de la ambición.

Que algún día tu nombre deje de ser una promesa escrita en el viento y se convierta en pan sobre la mesa, en igualdad de oportunidades, en respeto, en dignidad y en paz.

Porque una sociedad sin justicia es un jardín donde las flores crecen de rodillas, mientras las malas hierbas se proclaman dueñas de la primavera.

Y yo, desde mi humilde palabra, seguiré sembrando versos como pequeñas semillas de conciencia, porque también la poesía puede levantar su voz cuando el mundo necesita escuchar.

Que la justicia no sea un sueño detrás de una puerta cerrada, sino el sol que alumbre, sin distinciones, todos los caminos humanos.

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ES NECESARIO Y URGENTE.

Enrique Fredy Díaz Castro- México✒️

En cierta ocasión me dijo mi padre: «es difícil ser justos; siempre correrás el riesgo de cometer una injusticia involuntaria cuando al momento de dar la razón a uno de tus hijos, los demás no queden satisfechos de tu opinión».

Esas palabras me han acompañado a pie juntillas cuando de dar un veredicto se trata en los distintos ámbitos de mi haber. El alto valor de la justicia implica una sólida responsabilidad a la hora de ser firme, congruente e imparcial; los puntos de vista suelen chocar y surge el debate, la discordia y los apasionamientos con sustento o sin él.

Conducirse con equidad y decencia en todo ejercicio cotidiano, opinando sobre sus implicaciones, a veces nos conflictúa con nosotros mismos y los demás; Ese valor es determinante para el fomento de más principios. Veamos por ejemplo como en el mundo campean el odio,  la depredación y la complicidad entre el poder. El maniqueo y la mentira, el soborno, la traición y la guerra, son cómplices de la inconformidad, de los pueblos, del terror y la invasión territorial.

Cuando nos toque, hagamos lo posible por emitir un diagnóstico imparcial y objetivo, cordial y firme, directo y sin inflexiones, porque un juicio sin conocimiento, sin bases y sin sustento, nos llevará a la frustración y al arrepentimiento que luego llegan tarde.

Ser justos es necesario y urgente en nuestro cotidiano deambular por la vida; reflexionemos sobre ello.

En mi país suelen darse escandalosos actos de injusticia, de impunidad y represión contra los sectores más débiles, pobres y desconocedores de las leyes, mientras un puñado de poderosos disfrazan los hechos represivos de actuar rn defensa propia, comprando a jueces y magistrados, burlando a la dignidad y a los múltiples derechos humanos.

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Posible-elspeth
LA JUSTICIA QUE EMPIEZA POR UN TECHO

Elspeth Gormley – España ✒️

Cuando escuchamos la palabra justicia, la mayoría pensamos en tribunales, leyes, jueces y sentencias. Imaginamos edificios solemnes, expedientes y largas discusiones jurídicas. Sin embargo, quizá la justicia empiece mucho antes de la puerta de un juzgado. Quizá su verdadera medida no esté únicamente en las sentencias, sino en la vida cotidiana de las personas. En algo tan simple y tan esencial como tener un trabajo digno y un techo bajo el que vivir.

Porque resulta difícil hablar de justicia cuando alguien trabaja y, aun así, no puede acceder a una vivienda digna. Resulta difícil hablar de igualdad cuando el esfuerzo no garantiza una existencia estable. Y resulta imposible ignorar una pregunta que cada vez se hacen más ciudadanos: ¿de qué sirven los derechos si solo existen en los textos legales?

La Constitución española reconoce el derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. También proclama el derecho al trabajo y la obligación de promover condiciones favorables para el progreso social y económico. Son principios que reflejan una aspiración noble: construir una sociedad donde cada persona pueda desarrollar su vida con seguridad y dignidad.

Sin embargo, entre el reconocimiento de un derecho y su disfrute real existe, a menudo, una distancia considerable. Cada generación ha conocido sus propios desafíos, pero en los últimos años muchas familias han descubierto que acceder a una vivienda se ha convertido en una de las mayores incertidumbres de sus vidas. No hablamos de lujos ni de privilegios. Hablamos de algo tan básico como disponer de un hogar donde construir un proyecto personal y familiar.

Un techo no debería ser únicamente una mercancía sometida a las leyes del mercado. Es también un espacio de protección, de descanso y de pertenencia. Es el lugar donde los niños crecen, donde los mayores encuentran refugio y donde se escriben las pequeñas historias que forman una vida. Cuando una sociedad convierte ese derecho básico en una meta inalcanzable para una parte importante de la población, surge inevitablemente una pregunta sobre la justicia de ese sistema.

Lo mismo sucede con el trabajo. No basta con que exista empleo. La verdadera cuestión es si ese empleo permite vivir con dignidad. Durante mucho tiempo se repitió una idea sencilla: quien trabajara con esfuerzo tendría oportunidades para progresar. Hoy, sin embargo, muchas personas trabajan y continúan viviendo en una situación de incertidumbre económica. Cumplen con sus obligaciones, aportan su esfuerzo y sostienen con su trabajo el funcionamiento de la sociedad, pero encuentran enormes dificultades para acceder a aquello que una vida digna debería garantizar.

Quizá la justicia no consiste únicamente en asegurar que todos sean iguales ante la ley. Quizá también implique que nadie quede excluido de las condiciones mínimas necesarias para vivir con dignidad. Porque una sociedad puede tener excelentes códigos legales y, al mismo tiempo, generar profundas desigualdades en la experiencia cotidiana de sus ciudadanos.

La ley es indispensable. Sin ella reinaría la arbitrariedad. Pero la justicia aspira a algo más. Aspira a que los derechos no sean solo promesas, sino realidades visibles. Aspira a que la dignidad humana no dependa exclusivamente de las circunstancias económicas, de la suerte o del lugar que cada uno ocupa en la escala social.

Tal vez la pregunta no sea si existen derechos reconocidos. Tal vez la pregunta sea cuántas personas pueden ejercerlos realmente.

Porque una Constitución representa un compromiso colectivo. Un horizonte. Una declaración de principios. Pero la verdadera justicia comienza cuando las palabras escritas encuentran un lugar en la vida de las personas.

Tal vez la distancia entre la ley y la justicia pueda medirse de una forma muy sencilla: observando cuántos ciudadanos tienen un trabajo que les permita vivir y una vivienda que puedan llamar hogar.

Como escribió Aristóteles, «La justicia consiste en dar a cada uno lo suyo». Más de dos mil años después, la reflexión sigue conservando toda su vigencia.

Porque mientras una persona tenga derechos que no puede ejercer, la justicia seguirá siendo una tarea pendiente. Y mientras exista un ciudadano sin un hogar al que regresar cada noche, la pregunta sobre la justicia continuará llamando a nuestra puerta.

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Antonio-morellos

¿QUÉ ES LA JUSTICIA ?

Antonio Morelos. México ✒️

Lo que escribo sobre Justicia, digo: Que es una conceptualización muy elegante, muy ética, pero no muy efectiva, porque nunca o rara vez, está donde debe estar, que es un principio ético, moral y legal, que debe dar a cada quien lo que le corresponde, porque sus componentes son, Equidad, Igualdad, pero sobre todo respeto, como valor moral, obliga a los ciudadanos a actuar con rectitud, honestidad y respeto, pero qué pasa, cuando el infractor, pertenece a un grupo de poder? se esconde, no se mira.

Hay leyes constituidas que se encargan de la impartición de la Justicia, pero con base en la desigualdad económica de la población, ésta, nunca es pareja o en algunos casos, hasta desaparece, situación que nos lleva a la corrupción e impunidad, por lo que yo considero, que la Justicia, no es un objetivo fijo, sino una exigencia social, para conservar el pode

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Andrea Morini

LA ÚLTIMA LECCIÓN

Andrea Morini – Argentina ✒️

Un sudor frío le perlaba la frente. No era por el calor sofocante, sino por ese frío interno que se adhiere al alma cuando se sabe que se ha cruzado una línea de no retorno. Lucas, a sus diecisiete años, era nuevo en esto. Llevaba el miedo pegado a la piel, pero el hambre y la desesperación pesaban más. Sus «compañeros», tipos curtidos que parecían masticar clavos, le habían asegurado que sería fácil.

La puerta de la casa cedió con un crujido lúgubre. Era de noche; la oscuridad, un cómplice más. Los gritos estallaron de inmediato. Lucas se sintió atrapado; sus manos temblaban mientras intentaba forzar un cajón en medio de una confusión total: vasos rotos, el llanto de una mujer y los insultos de los hombres que lo acompañaban. De pronto, una sombra se interpuso en su camino. Un muchacho, apenas más joven que él, lo miraba con ojos desorbitados. El pánico se apoderó de Lucas.

Un empujón. Un forcejeo. Y luego, el sonido. Un golpe sordo, espeluznante, que resonó en el silencio que siguió a la caída. El muchacho yacía inmóvil. Lucas se quedó petrificado, con la garganta seca, hasta que sus compinches lo arrastraron fuera. Corrieron, tropezando con su propio terror, pero el caos que habían desatado fue más veloz. Las luces de la policía y el aullido de las sirenas cortaron la noche pocos minutos después, atrapándolos en un callejón. El tiempo entre el forcejeo y el peso de las esposas se sintió como un solo aliento.

El centro de menores era una jaula de barrotes invisibles. Los días se sucedían idénticos, marcados por la monotonía y el rumiar de los pensamientos. Lucas no sabía leer ni escribir; su vida siempre había sido un punto muerto. Las aulas, los libros y las palabras eran un mundo ajeno, tan distante como una estrella.

El primer día en la clase de alfabetización, la figura del maestro se recortó contra la luz de la ventana. Era un hombre de mediana edad, de cabello entrecano y mirada profunda, cargada de una tristeza que Lucas reconoció de inmediato.

—Buenos días —dijo el hombre con voz calmada pero firme—. Mi nombre es Juan y estoy aquí para ayudarlos.

Lucas agachó la cabeza intentando pasar desapercibido. Luego, poco a poco, levantó la vista hasta que sus ojos se cruzaron con los del docente. Un escalofrío le recorrió la espalda. En ese contacto vio algo más que pena; vio un destello de reconocimiento tan frío como el cañón de un arma, tan gélido como una tumba.

El maestro se detuvo. Su mirada no se apartaba del joven. La voz se le ahogó por un instante y la calma se desvaneció, revelando una tormenta interna. En ese momento, Lucas lo supo. No era un alumno más. Para Juan, Lucas era el intruso que había llevado el caos a su hogar; el joven que, en medio del pánico, había empujado a su hijo. El hijo que ya no estaba.

El aire se volvió denso. El tiempo se detuvo. Ambos sintieron el mismo nudo en el estómago y el frío de aquella noche. El maestro, con la mandíbula tensa, tomó una tiza y se giró hacia la pizarra. Escribió una palabra con pulso firme, aunque sus hombros temblaban ligeramente:

JUSTICIA

Y en el silencio del aula, Lucas sintió el peso de cada una de sus letras.

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Villarreal

JUSTICIA
Carlos Pérez de Villarreal – Argentina ✒️
El término justicia tiene sus raíces etimológicas en el latín iustitia, que a su vez deriva de ius (derecho). En la tradición jurídica clásica, el jurisconsulto Ulpiano ofreció su famosa definición como la constante y perpetua disposición de «dar a cada uno lo que le corresponde». Desde la teoría del derecho y la filosofía política, la justicia se concibe como una virtud moral destinada a estructurar la vida en comunidad, promoviendo el bien común, la equidad, el orden social y una conducta objetiva y recta basada en la razón.
Podríamos decir que la justicia es uno de los valores éticos, jurídicos y políticos más fundamentales de la humanidad.
A lo largo del tiempo, la interpretación de la justicia ha evolucionado notablemente: Las primeras manifestaciones del pensamiento normativo estuvieron inevitablemente ligadas a la religión y la moral. Ejemplos destacados son el Código de Hammurabi (1750 a. C.) en Babilonia, uno de los primeros textos legales escritos destinados a regular las sanciones y
el orden social.
La filosofía griega transformó la investigación sobre lo justo. Sócrates afirmó que conocer exactamente la justicia es esencial para actuar correctamente. Platón definió la justicia como una virtud y un estado armónico del alma y de la polis, donde cada individuo realiza y posee lo que le corresponde según su naturaleza. Aristóteles profundizó en el debate al
definir la justicia como una igualdad proporcional, reconociendo el mérito individual en la distribución de honores y bienes.
El Derecho romano sistematizó y codificó estos aportes filosóficos en categorías normativas abstractas e instituciones sustantivas, que proporcionaron las bases técnicas para la ciencia jurídica moderna.
Durante la Edad Media, Tomás de Aquino fusionó la herencia aristotélica con la teología cristiana, entendiendo la justicia como un mandato derivado de la ley natural divina, cuya protección e interpretación eran responsabilidad de la Iglesia y del poder eclesiástico.
Con el Renacimiento y la Ilustración, filósofos y juristas como Baruch Spinoza; Gottfried Wilhelm Leibniz y Charles-Louis de Secondat, barón de Montesquieu, separaron la noción de justicia del dogma teológico, redefiniéndola en términos puramente racionales, seculares y políticos, asociados al diseño institucional del Estado y al imperio de la ley.
Estas definiciones se basan en una normativa desarrollada a través del tiempo, pero… si hablamos de justicia en la humanidad —aunque se la festeje cada 17 de julio—, cambia, porque nos lleva a reflexionar sobre las diferentes realidades en las que vivimos hombres y mujeres dentro de un mundo diverso. En el ámbito cultural, enfrentamos una dualidad: por un lado, existen factores que nivelan estilos de vida; por otro, millones de personas llevan vidas completamente distintas.
Existe un proceso de estandarización inducido principalmente por intereses económicos que promueve hábitos similares para facilitar el consumo masivo de bienes comunes.
Este comportamiento fomenta una sociedad con profundas desigualdades económicas. Mientras algunas regiones del mundo se integran a la sociedad de la información y la comunicación, otras ni siquiera cuentan con lo más básico, como el acceso al agua o a la electricidad. Algunas personas siguen estos avances de cerca, pero muchas otras no tienen siquiera lo necesario para sobrevivir. Las constantes innovaciones tecnológicas en el ámbito de las comunicaciones son asombrosas, pero a la vez, la industria armamentista sigue expandiéndose. Lamentable pero muy cierto.
Aunque la justicia sigue siendo uno de las columnas fundamentales sobre los que aspiramos construir nuestra sociedad, aún nos encontramos lejos de practicar su verdadera condición. Es cierto que hemos logrado avances pero el camino por delante
sigue siendo largo.
Existen casi ocho millones cuatrocientas mil personas que habitan este mundo. ¿Cuántas de ellas tienen justicia?

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Sandra Romeo

FIN DE DÍA

Sandra Romeo – Argentina✒️

Las siete de la tarde.

Corre por el andén de Retiro. Si pierde este tren, la espera se le hará eterna. Las estaciones hasta José C. Paz se suceden manoseadas por multitudes. Apretujado en el vagón de cola, el único que pudo alcanzar, el olor a sudor del gentío lo atonta.

Bruscamente, el tren se detiene. La marea humana lo empuja y lo deposita en la vereda de la estación como a un minúsculo grano de arena. Cruza la plaza estrangulado de noche. La entrada del departamento de pasillo, el último al fondo, está a oscuras.

Otra luz que le roban.

Abre con trabajo la puerta hinchada por la humedad y el tufo a encierro lo voltea. Una claridad mortecina, por no tener nada que alumbrar, se enciende sin ganas. Como él.

Pone el agua al fuego. Saca el pan y lo corta en rodajas finas. Con el polvillo de yerba que le queda no va a poder hacer mucho. Se resigna.

Al servir el primer mate, la espumita pálida y fugaz lo confronta con una realidad de tinieblas insondables, espesa en sus carencias, tan certera como inevitable. Las lágrimas arrasan un rostro desencajado. Las manos se relajan, vencidas.

El mate cae al suelo sin ruido. Se parte al medio blandamente, dejando escapar una espumilla verde que forma un charco casi invisible a sus pies.

Como él.

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