CRÓNICAS Y ENSAYOS – OCTUBRE

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Cronicas-octubre

EL CAÑON DE COLCA
Maren Alberdi – España
Mayo de 2019

Hay paisajes que se contemplan. Y hay paisajes que se sienten. El Cañón del Colca fue uno de ellos. Recuerdo acercarme al borde y detenerme en silencio. Había visto fotografías antes de viajar a Perú, pero ninguna conseguía transmitir lo que tenía delante de los ojos. La profundidad parecía desafiar la mirada. Intentaba encontrar el fondo y, sin embargo, la inmensidad del cañón lo absorbía todo. Por primera vez en mucho tiempo me sentí pequeña. Tan pequeña que el silencio me envolvió. No era una sensación desagradable. Era una especie de respeto. Como si aquel lugar me recordara que existen dimensiones del mundo que están más allá de nuestra necesidad de medirlo y comprenderlo todo.

El viento recorría las montañas con una fuerza serena, como si anunciara algo. Y entonces aparecieron los cóndores. Los observé durante largo rato. No parecían volar: se deslizaban sobre el aire, majestuosos, dueños de un espacio al que los seres humanos solo podemos asomarnos. Mientras los veía planear sobre el vacío, tuve la sensación de estar contemplando una escena que llevaba repitiéndose miles de años. Los cóndores. El viento. Las montañas. El cañón. Todo estaba allí mucho antes de mi llegada. Y permanecería allí mucho después de mi partida.

Fue entonces cuando sentí un nudo en el estómago. No era vértigo. Al menos no era solo vértigo. Era algo más difícil de explicar. Miré aquella inmensa grieta abierta en la tierra y me pregunté cuántas historias guardaría en su interior. Cuántas vidas habrían pasado por aquellas montañas. Cuántas alegrías, despedidas, sueños y silencios habrían quedado suspendidos entre aquellas paredes de roca. Pensé en las personas que lo contemplaron siglos antes que yo. Pensé en quienes encontraron allí su hogar. Pensé en quienes miraron el mismo horizonte buscando respuestas. Y comprendí que algunos lugares son mucho más que un paisaje. Son memoria.

El Colca me hizo entender algo que nunca había pensado con claridad: nosotros somos pasajeros, pero la tierra permanece. Nuestra vida es breve; las montañas, pacientes. Quizá por eso aquel lugar me emocionó tanto. Porque durante unos instantes dejé de sentirme el centro de mi pequeño mundo y pasé a formar parte de algo mucho más grande. Aquel día no descubrí ningún secreto. Tampoco encontré respuestas. Pero aprendí a contemplar. A escuchar el silencio. A aceptar que existen lugares cuya grandeza no puede explicarse con palabras.

Y todavía hoy, cuando recuerdo el vuelo de los cóndores sobre el Cañón del Colca, vuelvo a sentir aquella mezcla de asombro, respeto y humildad. Como si una parte de mí siguiera allí, detenida frente al abismo, escuchando las historias que el viento, sabio y antiguo, nunca termina de contar.

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EL PELIGRO EN EUROPA

Manuel Altares – España

El verdadero peligro para Europa está dentro de sus fronteras.

Los partidos ultraderechistas y la desunión representan mayores amenazas que Rusia y la política exterior de Donald Trump

Mary Bead explica en su maravilloso libro sobre el Partenón, tal vez el edificio más reconocible de Europa, que en realidad no se sabe para qué lo utilizaron los griegos: no se ha encontrado ningún documento que demuestre que fue un templo ni que aclare su uso cuando Atenas era el centro del mundo occidental en el siglo V antes de nuestra era. De hecho, la primera ceremonia religiosa de la que hay constancia fue una misa celebrada por un obispo bizantino en siglo XII. También fue una mezquita. La historia de Europa es siempre así: llena de giros inesperados y sorpresas. Y siempre se debe leer la letra pequeña.

En el mismo libro El Partenón, traducción de Silvia Furió, Crítica, 2025—, Beard recuerda que fragmentos del famoso discurso fúnebre de Pericles, que Tucidides recoge (o se inventa, nunca lo sabremos) en el tomo II de su Historia de la guerra del Peloponeso, fueron reproducidos en los autobuses londinenses durante la Primera Guerra Mundial como símbolo de los valores que los soldados defendían en las enfangadas y mortíferas trincheras de Flandes. Palabras como “nuestro gobierno se llama democracia, porque la administración de la república no está en pocos, sino en muchos” simbolizan unos valores que Europa se ha saltado muchas veces en muchos lugares; pero que, a la vez, encarnan sus aspiraciones y son el fundamento de la UE, actualmente el mayor espacio de libertad en el mundo.

Muchos de los partidos ultras que reivindican el mundo clásico y el cristianismo como las únicas herencias sobre las que se debe construir Europa —como si la Alhambra y la Mezquita de Córdoba las hubiesen construido los mismos marcianos que edificaron las pirámides de Egipto y el cero, el ajedrez y los sistemas de regadío hubiesen caído del cielo en la Edad Media— tienden a olvidar otro fragmento de aquel famoso discurso: “Nuestra ciudad está abierta a todo el mundo y en ningún caso recurrimos a expulsiones de extranjeros” (Traducción de Juan José Torres Esbarrancha para la edición de Gredos).

La defensa de la libertad frente a las amenazas externas —como la que ahora mismo representa Rusia, pero también Estados Unidos bajo la presidencia de Trump— es uno de los pilares de la UE, pero también, como recordaba ya Tucídides, la generosidad con los extranjeros. Europa, como Estados Unidos, se ha forjado a base de migraciones. Esa mezcla y esa diversidad es la que nos hace fuertes. Pero —y eso también forma parte de la historia europea— ha sido atacada por desgraciados brotes de xenofobia.

Las persecuciones que han sufrido los judíos durante siglos son la mayor prueba de ello, pero no la única: en otro gran libro de historia publicado este año, El renacimiento oscuro (Crítica, traducción de Yolanda Fontal), Stephen Greenblatt explica la fétida xenofobia contra los hugonotes, los protestantes que habían huido de Francia, que padecía Londres en el siglo XVI. “El objeto de antipatía más común era la pequeña comunidad de extranjeros residentes en Londres, los foráneos. Los refugiaos solían ser personas pacíficas y trabajadoras, que pagaban obedientemente el impuesto especial gravado a los extranjeros”, explica Greenblatt en su biografía de Christopher Marlowe. En tiempos de crisis, los fanáticos siempre escogen los mismos objetivos. La historia se repite de una manera patética.

En el siglo XVI como ahora en el XXI, el peor enemigo de Europa estaba dentro de sus fronteras, no fuera de ellas. Por eso, la nueva etapa de seguridad nacional de la Administración Trump asegura que “la creciente influencia de los partidos patrióticos europeos es motivo de gran optimismo”. Saben que todos esos partidos ultras son la clave para que Europa emprenda un camino decidido hacia un abismo autoritario que ya conoció en los años treinta.

No es la primera vez que EE UU juega al “divide y vencerás” con la UE: la última gran crisis se produjo en 2003 durante la invasión de Irak, basada en mentiras y fabulaciones. La Administración de George W. Bush contó con el apoyo de los Gobiernos de Tony Blair en el Reino Unido y de José María Aznar en España —una complicidad que pagaron en las urnas, porque no escucharon a los ciudadanos—.

En la cumbre que se celebra el jueves y el viernes en Bruselas, Europa tiene una nueva oportunidad de perder una oportunidad, pero también puede demostrar que los valores sobre los que se funda Europa —la solidaridad, la generosidad con los extranjeros, la justicia, la defensa de los derechos humanos— importan y deben ser defendidos, por ejemplo, con el apoyo decidido a Ucrania. Tal vez no sepamos para qué se construyó el Partenón; pero sí que los principios que encarna son importantes y que son incompatibles con los que defienden Trump y sus funestos amigotes antidemocráticos.

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LOS CAMBIOS EN 2025

Francisco Báez Rodríguez – México-Italia

A lo largo de 2025 hemos visto cambios profundos que empiezan a dibujar un mundo distinto al que conocíamos. Es apenas un esbozo, y por eso no sabemos cuál será el resultado final. Lo que sí parece claro es que el paisaje ya no es el mismo, y que los problemas centrales de la humanidad están mutando.

Las economías del mundo avanzan a tumbos, con contadísimas excepciones. Tres lustros después de la crisis financiera desatada por la falta de regulación, no ha habido una respuesta productiva sólida. El crecimiento es lento y desigual en todos los sentidos: desigual entre regiones y desigual en la distribución del ingreso. Los mercados laborales están dislocados; la precariedad y la inestabilidad se han convertido en la nueva normalidad, generando además brechas intergeneracionales cada vez más visibles.

Lejos quedaron los años de posguerra, cuando las economías crecían y existían oportunidades suficientes para que hubiera movilidad social, incluso en contextos desiguales. Tan lejos, que la mayoría de la población mundial nunca vivió esos tiempos: su única experiencia ha sido la de un crecimiento lento o de crisis recurrentes. En ese marco se están produciendo cambios políticos de gran envergadura. Las elecciones celebradas en 2024 ya anticipaban este descontento generalizado.

En la mayor parte de los países, los votantes expresaron su hartazgo con el estado de cosas. Tras la crisis financiera de 2008, la confianza en los mercados y en quienes defendían la receta económica tradicional se erosionó. Pero tampoco hubo un giro claro hacia la izquierda: la confianza en el Estado como interventor tampoco se consolidó. Con pocas excepciones, las mayorías han perdido la fe en los gobiernos y se han inclinado hacia figuras que se presentan como ajenas a la política tradicional. Esto genera un problema adicional: la desconfianza hacia cualquier fuente de autoridad convive con el deseo de que aparezca una autoridad capaz de ofrecer soluciones mágicas. Un terreno fértil para el populismo.

A ello se suman nuevos problemas que ya están claramente sobre la mesa. Uno es la reproducción acelerada de rumores, posverdades y teorías conspirativas impulsadas por las redes sociales, alimentadas por la desconfianza hacia periodistas y medios profesionales. La realidad se fragmenta: cada quien construye una versión distinta —y no siempre coherente— de lo que ocurre. Esto dificulta la gobernanza, erosiona la solidaridad social y profundiza la polarización.

Otro es la irrupción precipitada de la inteligencia artificial en los mercados laborales. Sin regulación suficiente, está generando problemas que van desde la transformación o eliminación de empleos hasta sesgos en los resultados y una merma en la calidad de ciertos servicios. Todo ello puede desembocar en crisis sociales de gran escala.

Un tercer problema es la creciente importancia de las migraciones en el contexto global. Su impacto político y social es evidente en Europa, y el hecho de que haya sido un tema central en la campaña presidencial de Estados Unidos —un país de inmigrantes— demuestra que se trata de un desafío universal. Surgen tensiones cuando una parte de la sociedad tiene todos los derechos y otra, numéricamente relevante, no. Más aún cuando no se trata de flujos paulatinos, sino de olas migratorias masivas en un mundo tan interconectado que resulta imposible detenerlas.

Un cuarto elemento es la reconfiguración del orden mundial. Era previsible que el mundo unipolar posterior a la caída del bloque soviético fuera efímero, pero vivir el proceso de reacomodo no es sencillo. Los conflictos bélicos que marcaron el inicio del año siguen activos, y algunos se han recrudecido, como en Medio Oriente. Es imposible interpretarlos bajo la lógica simplista de “buenos contra malos”, especialmente cuando los valores se trastocan. Llegará una nueva estabilidad, pero no sabemos cuándo ni si será favorable para los pueblos. Mientras tanto, la incertidumbre seguirá dominando.

Finalmente, asistimos a un reacomodo de valores. La democracia ya no goza del prestigio que tuvo, aunque siga siendo el método más civilizado para dirimir diferencias y trazar un rumbo colectivo. Crece el choque entre lo que dicen las leyes y la manera en que se interpretan o se viven. Casos recientes —como el del asesino del CEO de United Healthcare, su manifiesto y la inesperada popularidad que ha generado— muestran que muchas injusticias siguen sin resolverse, y que algunos presuntos justicieros solo reproducen el problema bajo la lógica del “quítate tú para ponerme yo”.

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LA INFANCIA NO DEBERIA TENER PRECIO

Elspeth Gormley / España

A veces, las mayores injusticias no hacen ruido. No ocupan titulares durante días ni generan debates que transformen la realidad de inmediato. Sin embargo, continúan ocurriendo, lejos de nuestra mirada, condicionando para siempre la vida de millones de personas.

Una de ellas es el matrimonio infantil.

Aunque el mundo ha avanzado en la protección de los derechos de la infancia, todavía hoy millones de niñas ven interrumpidos sus sueños y su futuro por una decisión que nunca les perteneció. En diversos países, esta práctica sigue existiendo amparada por tradiciones, desigualdades económicas, costumbres culturales profundamente arraigadas o normativas insuficientes que permiten excepciones difíciles de justificar.

Detrás de cada cifra hay una historia. Una niña que abandona la escuela. Una infancia que se acorta de manera abrupta. Una voz que deja de ser escuchada. Muchas de estas menores afrontan embarazos prematuros, riesgos para su salud y una vida marcada por responsabilidades que nunca eligieron asumir.

Cuando una niña pierde la posibilidad de decidir sobre su propio destino, no solo se vulneran sus derechos. También se empobrece el futuro de una comunidad entera.

Hace años presencié una escena que todavía permanece en mi memoria. En Kabul observé cómo algunas niñas eran tratadas como mercancía, reducidas a un valor económico irrisorio. Más allá de las circunstancias concretas de aquel momento, lo que nunca he podido olvidar es la sensación de desamparo que transmitían aquellas miradas. Comprendí entonces que la infancia es demasiado valiosa para depender de la pobreza, del miedo o de las tradiciones.

Existen historias que resumen una tragedia colectiva. La de Najat, una niña romaní de Serbia, es una de ellas. Con apenas once años fue entregada en matrimonio a cambio de un pollo, un paquete de cerveza y cien euros. Años después recordaría el sufrimiento vivido no solo por ella, sino también por sus hermanas, víctimas de una práctica que les robó la posibilidad de crecer y elegir por sí mismas.

Cada año, millones de niñas siguen enfrentándose a esta realidad. Sin embargo, junto a esa oscuridad también existe una luz esperanzadora. Organizaciones, educadores, profesionales de la salud, activistas y comunidades enteras trabajan para erradicar esta práctica mediante la educación, la protección de los derechos de la infancia y la creación de nuevas oportunidades para las niñas.

Porque prohibir una injusticia es necesario, pero no suficiente.

Es imprescindible garantizar el acceso a la educación, fortalecer la protección social de las familias, favorecer la igualdad de oportunidades y promover un cambio cultural que permita comprender que ninguna tradición puede estar por encima de la dignidad humana.

La infancia no debería tener precio.

No debería intercambiarse por seguridad económica, por costumbres heredadas ni por falsas promesas de futuro. La infancia debería ser un territorio de descubrimiento, aprendizaje y libertad. Un tiempo para crecer, equivocarse, imaginar y construir sueños propios.

Quienes escribimos conocemos el poder de las palabras. No pueden cambiar el mundo por sí solas, pero sí pueden impedir la indiferencia. Pueden acercar realidades lejanas, despertar preguntas incómodas y recordarnos que detrás de cada estadística existe una vida.

Por eso merece la pena seguir contando estas historias.

Porque cada niña tiene derecho a crecer libre.

Porque ningún ser humano debería ver negociada su infancia.

Y porque una sociedad verdaderamente justa se reconoce, entre otras cosas, por la manera en que protege a quienes todavía están aprendiendo a vivir.

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DE MULETILLAS Y OTROS VICIOS

Gustavo Páez Escobar / Colombia

Una de las acepciones de muletilla es: “Voz o frase que se repite mucho por hábito”. Es un recurso legítimo del idioma, pero su abuso denota pobreza lingüística. Quienes incurren en ese vicio no se toman el trabajo de buscar la palabra o frase precisas, sino que se apoyan en expresiones trilladas, de relleno, a veces sin sentido, para salir del paso y seguir exponiendo las ideas.

La muletilla se ha vuelto un tic intelectual. Una de las palabras más deterioradas en este maltrato de la lengua es “digamos”. Alguien dice: “Estuve dedicado a estudiar el asunto agrario con absoluta reflexión, y “digamos” con sacrificio de otros problemas no menos importantes”. Sobra el “digamos”. No será raro que esa persona repita varias veces el mismo término en corto espacio.

Otros términos manidos: “entonces”, “y luego”, “por supuesto”, “tema”, “desde luego”, “súper”, “puntual”, “este”, “espectacular”, “increíble”. El periodista que transmite en vivo algún suceso informa que “en este momento…”, y volverá a repetir la misma expresión tres, cuatro, diez veces, como si el oyente no conociera ya el dato del tiempo. Lo mismo sucede con el “hábleme un poco” que se le formula al entrevistado. Estos comodines, fuera de empobrecer el idioma, causan desagrado. Un expresidente colombiano repite no pocas veces, en breves minutos, el adverbio “ciertamente”, y otro lo hace con el verbo “reitero”.

Estos adefesios se han extendido como una plaga: “recuérdeme su nombre”, dice la recepcionista del hotel, cuando es la primera vez que nos vemos con ella; “regáleme la fecha de su nacimiento”, o “el número de su cédula”, como si datos tan privados se regalaran a cualquier persona. A la empleada de la droguería se le pregunta por la cuenta, y ella contesta mirando la registradora: “esto costaría $ 15.800”.

En el campo de las abreviaciones, nuestro bello idioma ha perdido el poder de la precisión. Parece que se hablara en un trabalenguas: “porfa” (por favor), “deli” (delicioso), “peli” (película”), “celu” (celular), “compu” (computador), “boli” (bolígrafo), “díver” (divertido), “profe” (profesor), “vacas” (vacaciones), “info” (información), “bici” (bicicleta”), “ka” (qué haces), “finde” (fin de semana), “nospi” (“nos pillamos”: nos vemos luego), “Bibi” (Bibiana), “Rebe” (Rebeca), “Mari” (Mariana, o María Isabel, o Marisol, etcétera).

No he podido dar con el significado de los siguientes términos, y lo dejo para que el lector los traduzca: hhs”, “parce”, “pirobo”, “gonorrea”. Hay que ponerle punto a este artículo (no puntos suspensivos, que es otro recurso gramatical del cual también se abusa) para afirmar que hemos llegado a un bajón del idioma que debería hacernos reflexionar. No se trata de una gazmoñería. No, por favor (“porfa”, según el lenguaje de moda). De lo que se trata es de reconquistar la categoría del bien decir.

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