ARTÍCULOS-OCTUBRE
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«Voces que observan el mundo desde distintas perspectivas y nos invitan a reflexionar sobre la sociedad, la cultura y la condición humana.»
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COLABORADORES
Maren Alberdi (España), Ilka Oliva-Corado (Estados Unidos), Elspeth Gormley (España), Kiko Llaneras (España), Gustavo Páez Escobar (Colombia), Fernando Savater (España) y Ana Vidal Egea (New York).
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NUNCA ESTUVIMOS TAN CONECTADOS Y TAN SOLOS

Maren Alberdi – España
Vivimos en la era de la comunicación instantánea. Con un simple toque en la pantalla podemos contactar con familiares, amigos o personas situadas al otro lado del mundo. Intercambiamos mensajes, fotografías, vídeos y emociones en cuestión de segundos. Sin embargo, detrás de esa aparente cercanía se esconde una paradoja inquietante: nunca hemos estado tan conectados y, al mismo tiempo, tan solos.
La soledad tiene muchos rostros. No todas las soledades son iguales ni duelen de la misma manera. Existe una soledad buscada, esa que algunas personas eligen para encontrarse a sí mismas, para leer, pensar, crear o simplemente escuchar el silencio. Lejos de ser un castigo, se convierte en refugio. Es una pausa necesaria en medio del ruido del mundo, un espacio íntimo donde el alma respira y recupera fuerzas.
Muy distinta es la soledad impuesta. Llega sin pedir permiso y suele instalarse en momentos difíciles de la vida. Aparece tras una pérdida, una enfermedad, una separación o un cambio inesperado de circunstancias. Es la soledad de quien espera una llamada que no llega, de quien observa cómo los días transcurren entre paredes silenciosas, de quien siente que poco a poco se va quedando al margen de una sociedad que parece avanzar demasiado deprisa. Esta soledad duele porque no ha sido elegida.
Pero existe una tercera forma de soledad que, quizá, sea la más difícil de soportar: la soledad en compañía. Es la que se experimenta cuando se comparte una mesa, una conversación o incluso una vida entera con otras personas y, aun así, se siente un profundo vacío interior. Es estar presente sin sentirse visto. Hablar sin sentirse escuchado. Sonreír mientras por dentro se acumulan preguntas, decepciones y silencios.
Muchas relaciones se deterioran precisamente por esta clase de soledad. No porque falte la presencia física, sino porque desaparece la conexión emocional. Dos personas pueden convivir durante años y, sin embargo, habitar mundos completamente distintos. La rutina, las prisas y la falta de comunicación levantan muros invisibles que terminan separando más que la distancia.
Las redes sociales han contribuido, en algunos casos, a alimentar este fenómeno. Nos muestran cientos de vidas aparentemente perfectas mientras muchas personas libran en silencio sus propias batallas. Acumulamos seguidores, contactos y conversaciones breves, pero echamos de menos algo esencial: la escucha sincera, el abrazo oportuno, la mirada que comprende sin necesidad de palabras.
Quizá el verdadero desafío de nuestro tiempo no sea estar más conectados, sino estar más presentes. Recuperar el valor de las conversaciones pausadas, de los encuentros sin pantallas de por medio, de la empatía y la atención genuina. Porque la soledad no siempre desaparece rodeándose de gente. A veces basta una sola persona que escuche de verdad para que el peso del mundo resulte más ligero.
Todos, en algún momento, hemos conocido alguna de estas soledades. La diferencia está en cómo aprendemos a convivir con ellas. La soledad elegida puede enriquecernos. La impuesta puede enseñarnos fortaleza. Pero la soledad en compañía nos recuerda algo fundamental: el ser humano necesita sentirse querido, comprendido y acompañado no solo en presencia, sino también en el corazón.
Existen muchas formas de soledad. Está la que elegimos para encontrarnos con nosotros mismos, la que la vida nos impone sin pedir permiso y aquella otra, quizá la más triste de todas, que se siente cuando estamos rodeados de personas y, aun así, nadie parece escuchar el eco de nuestro corazón.»
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LINDEZAS DE FINALES DE VERANO
Ilka Oliva-Corado- Estados Unidos
Antonia siempre ha admirado la belleza que habita en la nostalgia del final del verano. Los pétalos de los mirasoles a medio secar y el zacate madurando con sus flores llenas de grillos. La tristeza melancólica del canto de las últimas chicharras opacado por los días de lluvia siempre fue una melodía cargada de poesía silvestre.
En los últimos días del verano el bochorno de la humedad comienza a disiparse y poco a poco mientras los campos se llenan de las semillas de encino que caen de golpe anunciando el comienzo del otoño, los zancudos se despiden del festín y dan paso a los colores zapotes y pitayos de la época del frío que en el bosque los arces celebran con los tonos achiote y ocre que engalanan sus hojas.
A Antonia lo cotidiano siempre le ha provocado una especie de asombro, la forma en la que las aves construyen sus nidos, la templanza de empezar de cero si los vientos se los destruyen y el arrojo para hacer en la nada su hogar. La paciencia de las hormigas cargando las migas que encuentran en el camino, una tras otra, organizadas como ninguna otra especie. El nacimiento de las libélulas, el encanto de la oruga que se convierte en mariposa. Y el espejo que nace de los charcos.
El amarillo del polen emponchando las patitas de las abejas. Los pétalos secos de los rosales que fueron el encanto del verano, para Antonia son la belleza del paso del tiempo, como las canas y las arrugas en la piel. El monte comenzando a secarse, la tierra rajada por la canícula, las cáscaras de los árboles y las ramas secas que se encuentra en el sendero cuando va al bosque, el sonido de estas quebrándose cuando las estruja al caminar. Todo, todo es parte de la hermosura de finales de verano.
Las luciérnagas embelleciendo la hora de oración. Y el vaho único de las alboradas con el rocío sobre las hojas, lindeza de finales de verano. Lo cotidiano es así de hermoso, piensa Antonia para sus adentros, sorbiendo una taza de café de tortilla. Es poesía, es encanto, es parte de la nube de locura en la que habitan los que encuentran en lo habitual un hálito que les permita seguir resistiendo, en medio del bullicio de una metrópoli de cemento y falsedad a la que los embusteros le han llamado progreso.
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EL MUNDO DE LAS CONTRADICCIONES
Elspeth Gormley-España
Hay algo profundamente extraño en el mundo que hemos construido.
Vivimos en una época que presume de progreso. Nunca antes la humanidad había acumulado tanto conocimiento, tanta tecnología y tanta riqueza. Podemos comunicarnos en segundos con cualquier rincón del planeta, realizar operaciones complejas desde un teléfono móvil y contemplar imágenes de galaxias situadas a millones de años luz. Sin embargo, al mismo tiempo, millones de seres humanos siguen luchando por algo mucho más sencillo: comer, trabajar y tener un lugar seguro donde dormir.
Quizá una de las mayores contradicciones de nuestro tiempo sea precisamente esa. Mientras una parte del mundo debate sobre inteligencia artificial, turismo espacial o vehículos autónomos, otra parte sigue enfrentándose a problemas que deberían haber quedado atrás hace siglos. Hay niños que caminan kilómetros para conseguir agua potable. Familias enteras que sobreviven con ingresos que apenas alcanzan para alimentarse. Personas que nacen sabiendo que sus oportunidades serán escasas simplemente por haber llegado al mundo en un lugar determinado.
Resulta difícil aceptar que la geografía pueda influir tanto en el destino de un ser humano. Nadie elige el país donde nace. Nadie decide el continente que verá por primera vez al abrir los ojos. Y, sin embargo, esa circunstancia fortuita puede marcar toda una existencia.
Hay lugares donde nacer significa tener acceso a educación, sanidad, protección social y oportunidades laborales. En otros, nacer implica convivir desde la infancia con la incertidumbre, la pobreza o la violencia. La diferencia no está en el valor de las personas. Está en las condiciones que las rodean.
Por eso millones de seres humanos abandonan cada año su hogar. No lo hacen porque deseen renunciar a sus raíces, a su idioma o a su cultura. La inmensa mayoría lo hace porque busca algo tan básico como una vida digna. Buscan trabajo. Seguridad. Futuro. Buscan aquello que cualquier persona desearía para sí misma y para quienes ama.
Sin embargo, incluso cuando consiguen llegar a otro país, la promesa de una vida mejor no siempre se cumple. Muchos se encuentran con nuevas barreras. Con la soledad, la desconfianza, la precariedad o la dificultad de ser aceptados. Descubren que cruzar una frontera no basta para dejar atrás todos los problemas. Cambia el paisaje, pero las dificultades suelen viajar con ellos.
La paradoja resulta evidente. El mundo globalizado permite que el dinero atraviese continentes en cuestión de segundos, pero las personas continúan encontrando enormes obstáculos cuando intentan hacer lo mismo. Las mercancías circulan con relativa facilidad. Los seres humanos, no siempre.
Mientras tanto, las diferencias entre regiones del planeta siguen siendo inmensas. Algunos países desperdician alimentos en cantidades difíciles de imaginar. Otros luchan diariamente contra la escasez. Hay ciudades donde las luces nunca se apagan y otras donde la electricidad sigue siendo un lujo. Existen lugares en los que la preocupación principal consiste en elegir entre múltiples opciones y otros donde la preocupación esencial es simplemente sobrevivir hasta el día siguiente.
Quizá la contradicción más dolorosa sea que todos observamos estas realidades al mismo tiempo. Gracias a la tecnología conocemos el sufrimiento ajeno con una rapidez que ninguna generación anterior pudo imaginar. Vemos guerras, hambrunas, desplazamientos y tragedias prácticamente en directo. Sabemos que existen. Las contemplamos desde la comodidad de nuestras pantallas. Y, sin embargo, muchas veces acabamos acostumbrándonos a ellas.
La abundancia y la necesidad conviven en el mismo planeta. La esperanza y la desesperación comparten el mismo siglo. La riqueza y la pobreza se observan mutuamente desde extremos opuestos de una misma realidad.
Tal vez la verdadera grandeza de una sociedad no deba medirse únicamente por su desarrollo económico ni por sus avances tecnológicos. Quizá deba medirse por su capacidad para reducir esas distancias humanas que siguen dividiendo el mundo. Por su voluntad de garantizar que la dignidad no dependa del lugar donde alguien haya nacido.
Porque ninguna frontera debería separar a unas personas destinadas a vivir con todas las oportunidades de otras condenadas a luchar por las necesidades más básicas.
Al final, las mayores incongruencias de la vida no se encuentran en las diferencias entre individuos, sino en las diferencias entre las posibilidades que el mundo ofrece a unos y niega a otros.
Y mientras sigan existiendo seres humanos obligados a abandonar su hogar para perseguir una vida digna que a menudo tampoco encuentran, será difícil sostener que el progreso ha llegado realmente para todos.
«La mayor contradicción de nuestro tiempo no es que existan países ricos y países pobres; es que hayamos aprendido a convivir con esa diferencia como si fuera algo natural.
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DONDE EL AGUA TRABAJA
kiko Llaneras – España
La novela premiada Donde el agua trabaja está escrita por IA al 99%, según el detector Pangram El libro del autor peruano David Silva Rojas ganó un premio de 20.000 euros cuyas bases excluían las obras escritas con inteligencia artificial. La editorial cancela la presentación prevista para hoy en Madrid
El veredicto de Pangram con la novela de Silva Rojas llega apenas dos días después de la confirmación de que el canadiense Thélyson Orélien usó IA en la redacción de su novela C’était ça ou mourir, premiada en Francia. La editorial se ha desvinculado de su autor tras una investigación interna.
Hace una semana,Este periódico analizó 175 libro populares en España Uno de cada tres superventas autopublicados contiene mucho texto generado con IA, según el detector Pangram. Ninguno de los libros premiados analizados daba señales. Ahora ha surgido el primer sospechoso: Donde el agua trabaja. Pangram dice que el 99% del texto de la novela está generado con un modelo de IA. Hemos analizado el libro entero, unas 26.000 palabras, con la versión 4.1 de Pangram.
Silva Rojas es abogado especializado en Derecho Penal e investigador. Nació en Ica (sur de Perú) en 1981 y afirma haber vivido desde temprana edad en Toyohashi, Japón, donde habría obtenido “el primer lugar en el certamen literario Novo Mundo” con un relato en portugués, hechos que EL PAÍS no ha podido verificar. Este año ha obtenido también una mención honrosa en el XXIX Concurso de Novela Corta “Julio Ramón Ribeyro”, con la novela La limpieza, no disponible en internet. Ha contado en entrevistas que Donde el agua trabaja nació de una investigación académica suya sobre los jornaleros de la agroexportación en Ica, con entrevistas y visitas a las fincas. Es su primera novela publicada.
El autor también ha explicado que buscó un estilo concreto. En una entrevista con la revista Ulrica contó que de Japón tomó la idea del haiku, “su capacidad de concentrar una experiencia en muy pocos elementos”, y que eso afectó al ritmo de la novela. Es un dato a tener en cuenta. Los detectores aprenden patrones de estilo y algunos modelos de IA tienden también a las frases muy breves. No hay pruebas de que ese estilo confunda a Pangram, que se fija en patrones que no se ven a simple vista, pero tampoco puede descartarse.
Además, hay otros indicios que apuntan al uso de inteligencia artificial. Pangram atribuye a una IA el 97% de las respuestas de Silva Rojas precisamente en esa entrevista publicada en septiembre por la revista Ulrica. En cambio, el texto de la periodista que firma la entrevista, con la presentación y las preguntas, sale entero como resultado del trabajo humano. El detector también atribuye a una IA el 80% de un texto en primera persona sobre cómo nació la novela que el autor publicó ese mismo mes en la web de Ventosa-Arrufat, de 924 palabras y escrito en prosa convencional. Hemos medido que ninguno de esos textos tiene el estilo de frases cortas de la novela.
¿Es fiable el detector? Pangram no es infalible. En fragmentos cortos, a veces basta tocar una palabra para que cambie de criterio, aunque en textos largos es mucho más estable. La empresa sostiene que su tasa de falsos positivos es muy baja, es decir, que rara vez marca como IA un texto escrito por una persona. Su consejero delegado, Max Spero, explicó en el podcast Mixed Signals que la miden con millones de textos anteriores a 2022 “que sabemos que no están generados por IA, pero que tampoco están en nuestro conjunto de entrenamiento”. Según sus números, el detector marca como IA uno de cada 24.000 textos escritos por personas. EL PAÍS hizo sus propias pruebas para su análisis anterior: ninguno de los 56 libros publicados en 2019 y 2020 dio señal de IA, ni tampoco los libros recientes de autores como Javier Cercas, Isabel Allende o María Dueñas. Y detectó los 29 textos que escribimos con IA.
Pero un caso concreto siempre puede ser la excepción. Hay que entender qué es lo que detectan estos sistemas. Reconocen que un texto ha sido generado con IA porque sigue ciertos patrones, pero eso no dice qué papel tuvo una persona en el proceso. Se puede usar la IA para una escritura muy perezosa, casi automática, o para convertir en prosa notas, entrevistas o ideas propias. Un detector no distingue entre ambas cosas. Más delicadas son las bases de este premio: excluían también las obras escritas “parcialmente” con IA.
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SUCESOS PARANORMALES (3)
Gustavo Páez Escobar – Colombia
Los casos que voy a narrar encajan dentro de estos términos: presentimiento, premonición, precognición, corazonada, intuición, clarividencia o pálpito. Se trata de hechos misteriosos, o paranormales, que la ciencia no logra dilucidar. He aquí la definición que da la Real Academia para la palabra intuición: «Facultad de comprender las cosas instantáneamente, sin necesidad de razonamiento».
Retrocedo a diciembre de 1971, cuando vivía en Armenia. Ya adquiridos los tiquetes para asistir en Bogotá a una reunión familiar con mi esposa y los hijos, sentí de repente una corazonada que me causó una profunda desazón. Era una voz interna que me aconsejaba desistir del plan que tenía entre manos. Esa misma voz la he percibido muchas veces a lo largo de mi vida. Conforme pasaban las horas, más se acentuaba el desasosiego. En vista de ello, hablé con el gerente de Avianca para solicitarle que me adelantara la salida para el día anterior. Esto era muy difícil, pues los aviones eran pequeños y permanecían copados. Sin embargo, me ofreció llamarme a las seis de la tarde. Y a esa hora supe, como cosa providencial, que un pasajero había desocupado exactamente el mismo número de sillas que necesitábamos. Me volvió el alma al cuerpo.
El avión en que íbamos a viajar se accidentó saliendo del aeropuerto y murieron todos los ocupantes. Las emisoras pasaban de continuo la noticia que informaba que toda la familia Páez había fallecido. Como figurábamos en la lista inicial, que no se había alcanzado a modificar, la noticia era obvia. Nos habíamos salvado por hacerle caso a la corazonada. Aquella experiencia quedó grabada para siempre en mi memoria y reforzó la convicción de que existen señales inexplicables que, en determinadas circunstancias, parecen advertirnos de peligros inminentes.
Un episodio diferente me sucedió años después, también en Armenia. Había tenido un percance callejero a raíz del cual llevaba varios días de convalecencia. A mi casa llegó un apreciado amigo que me invitó a almorzar con mi esposa en Pereira. Quería que me distrajera, que tomara aire y rompiera la rutina de aquellos días de recuperación. En aquel momento leía un libro fascinante que me mantenía absorto y disipaba por completo el tedio, por lo que le pedí que dejáramos el programa para otra ocasión.
Pero él insistía en su invitación. Y entonces volvió a producirse el mismo fenómeno. Otra vez había percibido el mensaje de la intuición. Era una voz fuerte, categórica, que me decía que no, que reflexionara y que no le hiciera caso al amigo, por más deferente que fuera, para no correr riesgos. Imposible contarle que yo tenía contacto con los espíritus, con lo cual me exponía a que me creyera loco. Un loco como gerente de banco es un descrédito, y yo manejaba, ni más ni menos, el sistema crediticio de mi entidad, que permitía la penetración en el ámbito local y garantizaba la estabilidad del funcionario.
Sin embargo, como mi amigo era un ameno conversador y no cejaba en su empeño, terminó convenciéndome. Y nos fuimos a Pereira. Para conciliarme conmigo mismo, me valí de tretas y argumentos con los que pretendí desoír la corazonada, o la premonición, o el pálpito, o la intuición. El desenlace ocurrió durante el regreso. Un individuo perturbado tenía como deporte lanzar piedras a los vehículos que transitaban por la vía y parecía disfrutar con ello. Una de aquellas piedras se estrelló contra mi frente y estuvo a punto de descerebrarme. Perdí el sentido y, presa de convulsiones, ingresé en un centro médico. La recuperación se prolongó durante un año entero. Y aquí estoy contando la historia.
La conclusión es lógica: había desatendido la corazonada.
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PLIEGO DE DESCARGO
Fernando Savater – España
«La única forma de no ser candidato a la proscripción es pensar exactamente lo mismo que la mayoría de quienes nos rodean»
El pasado domingo les hablé de los proscritos, esa gente señalada por otros como indigna de formar parte del mismo grupo. Son los que no piensan lo que hay que pensar respecto a los judíos, los palestinos, los rusos, los ucranianos, etc. En una palabra, sus opiniones humillan al prójimo y hacen sufrir a quienes les rodean. La única forma de no ser candidato a la proscripción es pensar exactamente lo mismo que la mayoría de quienes nos rodean. No es que con esa unanimidad tengan opiniones más tolerantes o razonables sobre quienes nos rodean, pero por lo menos evitarán las broncas y malos rollos: no estarán de acuerdo en el fondo con los demás, pero al menos no serán piedra de escándalo para nadie. Sin embargo, este conformismo acomodaticio no le deja a uno a gusto consigo mismo. Poder expresar lo que uno piensa de lo que o los que le circundan a uno es sin duda parte de nuestra alegría de vivir. Aunque ese desahogo nos cueste algún desencuentro con los demás…
Claro que tener constantemente motivos de polémica con el prójimo tampoco es plato de gusto. Sobre todo cuando el malestar surge de modo brusco o desagradable. Irse de una compañía que nos repele puede ser una forma de conservar nuestra salud psíquica, siempre que se envuelva con un poco de anestesia cortés o los debidos miramientos. Pero en general, lo mejor que uno debe prodigar a los demás es una indiferencia espolvoreada con purpurina de buena educación. Últimamente he dado bastantes vueltas a cómo resolver la delicada cuestión de mantener las propias ideas sin incurrir en provocación ni arrogancia. Sin duda, lo mejor es no esperar hasta la sorpresa de última hora. Para ello, a todos los que intervienen en un simposio literario o artístico debería pedírseles una especie de curriculum vitae ideológico en el que se detallasen sin reservas ni alharacas todas sus opiniones más discutibles sobre los temas que la moda del momento ha convertido en palestra o campo de Agramante. De modo que después de un breve pero exacto resumen de sus estudios, haciendo hincapié en los temas que manejó con más éxito y en aquellos otros en los que se desenvolvió con menor tino, debe detallar ciertas peculiaridades: por ejemplo, sus diez libros favoritos, las diez películas mejores que ha visto, una sencilla antología de piezas musicales y lo mismo respecto a obras de arte, especialidades gastronómicas, pruebas deportivas, etc.
Preparar un pliego como este puede ser algo fastidioso, pero una vez pergeñado, puede ser utilizado en múltiples ocasiones. Cada concurso en el que uno participe puede recurrir a ese documento con mínimas modificaciones y su utilidad dependerá de la sinceridad con que lo afrontemos. Eso sí, una precaución imprescindible: el pliego no debe ser una lista de trofeos, premios y medallas. No debe servir como marcador de éxitos, sino como volcado de conciencia en asuntos peliagudos. Un jurado debe revisar los pliegos con exigencia y sobre todo con objetividad. Si el jurado cumple como es debido con su función, no habrá razón para que nadie se convierta en proscrito inmerecidamente ni para que se discuta ad infinitum cada caso. Claro que siempre habrá conatos de trifulca entre los miembros del tribunal, por lo que sería bueno inventar algún otro sistema para validar y juzgar a los jurados. Porque a fin de cuentas se trata de prevenir las opiniones personales más conflictivas: darse por enterado de ellas cuando aún puede limitarse el daño, antes de que nos exploten en la car
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MAYRA SANTOS-FEBRES, CATEDRÁTICA Y ESCRITORA
Ana Vidal Egea – New York
¿ Qué habría sido de mi sin la esclavización, sin la colonización? En Nueva York con motivo de la FILNYC, la autora de ‘La otra Julia’ reflexiona sobre las contradicciones del feminismo actual y su labor para recuperar la historia de la diáspora africana en español
A la escritora y académica boricua Mayra Santos-Febres (Carolina, 60 años) le gustaría que la presentaran ante aquellos que no están familiarizados con su prolífica trayectoria, como “una negra que escribe”.
Así ha titulado su último libro —Negras que escriben (Trabalis Editores)—, un poemario que rinde homenaje a mujeres afrodescendientes, vivas y muertas, que desafiaron las convenciones sociales a través de la cultura y el pensamiento, y entre las que se incluyen Josephine-Baker, Billie Holiday, Maryse Condé, Conceição Evaristo y Susana Baca.
Lo cuenta sonriente, en el vestíbulo del hotel Fairfield by Marriott, que está situado junto al Central Park y muy cerca del John Jay College, donde esta semana se celebra la Feria del libro de Nueva York para la que ha venido. Es una mañana luminosa de otoño y ha aparcado en la mesa su desayuno, un té y un bol de fruta. Lleva los labios pintados de rojo y cuelgan de su cuello tres amuletos: una garra de león, una mano de azabache de protección y un mapa de Puerto Rico.
Catedrática en la Universidad de Puerto Rico, donde imparte escritura creativa y desarrolla investigaciones sobre literatura caribeña, afrodescendencia y estudios de género, Santos-Febres decidió no victimizarse, aunque su historia arrastra drama como tantas otras vidas. Su único hermano apareció muerto en un pastizal a los 36 años, por una sobredosis; su madre murió de alzhéimer a los 68 años y ella crió sola a sus dos hijos (Lucian, 21 años, y Aidara, de 19), lo que no le impidió seguir desarrollando su carrera intelectual.
En su novela La otra Julia (Vintage Español, 2024) habla de lo difícil que resulta esa conciliación entre lo personal y lo laboral. “No se suele hablar del desbalance que se produce en la vida de las cuidadoras, ni de nuestros más de 100 años de pelea para que a las mujeres se nos incluya dentro del espacio público. El proceso del cuidado siempre recae en nosotras”, explica.
La escritora, ganadora del premio Juan Rulfo, de una beca Guggenheim y otra del Rockefeller Bellagio Center Residency, finalista tanto del Premio Rómulo Gallegos como del Primavera de novela, entre otros reconocimientos, se ha negado siempre a “esclavizar a otra mujer” para que ejerciera de niñera mientras ella se dedicaba “a ser profesora o intelectual”.
Según cuenta, siempre abordó la crianza y la domesticidad con mucha conciencia política, y señala que dos de sus tres divorcios se produjeron por tratar de negociar con sus parejas (sus hijos son de distinto padre) el reparto equitativo de tareas. Pero aclara sin drama, sonriendo, que le encanta divorciarse, que los divorcios son “una gran herramienta de crecimiento y de protección de los saberes acumulados” y que se ha casado cuatro veces “por la fiesta, por la ritualización, por lo que enraiza, por la materialización de promesas”. De hecho, vive muy enamorada de su actual marido.
Sin embargo, Santos-Febres afirma haber salido adelante gracias a sus primas, abuelas y comadres. Para ella, lo comunal es sagrado. “Es fundamental que las mujeres hablemos de la necesidad de crear un sistema que no sea solo de supervivencia, porque la supervivencia deshumaniza, sino también de crecimiento”, dice con rotundidad. “Solo así podemos reparar cosas del pasado y aportar al futuro”.
Considerada una de las voces fundamentales de la literatura caribeña contemporánea, Santos-Febres reconoce el riesgo de que su identidad racial termine pesando más que su obra; que se la reconozca como una negra que escribe bien, antes que como una escritora de su generación.
“La política de la identidad nos clasifica, crea una cuestión prismática, fragmentada. Se utiliza el divide y vencerás, como si no hubiera un proceso de intercambio de conocimiento entre hermanas que no parecen hermanas pero que lo son”, explica sin aspavientos. “Siempre va a existir esa tensión y no hay una solución clara más que seguir trabajando en la erosión de esa lógica cimarrona”, puntualiza, resaltando la naturaleza insidiosa del poder, “que muta, manipula y compra mujeres”.
También nota desconfianza entre sus estudiantes hacia el feminismo actual en el que se encuentran diputadas lesbianas de derecha o mujeres clasistas o feministas antiinmigrantes. De la misma forma en que existe el antirracismo xenofóbico hacia determinadas poblaciones, como el de los dominicanos hacia los haitianos o contradicciones como la que encarnan los negros antirracistas de derechas. Para ella, los estudiantes tienen una mayor conciencia de la necesidad de sanación a través de la comunidad, especialmente después de que la pandemia fragmentara las relaciones interpersonales. “Me gusta lo que está pasando en Francia. Es el 68 otra vez”, dice.
En la actualidad, Santos-Febres trabaja en la creación del primer centro de estudios de afrodescendencia y racialización en lengua española del mundo (que incluye un archivo para investigadores) gracias a una subvención millonaria que la Fundación Mellon le concedió a la Universidad de Puerto Rico.
La oportunidad de relacionar la cuestión diaspórica, abordada desde diferentes puntos de vista desde el siglo XVI hasta la actualidad, la tiene fascinada: “Tenemos que recontar la historia. Hemos descubierto cosas como que la primera institución afro organizada en toda América tuvo lugar en México o que ya en 1444 existía una cofradía de negros libres en Madrid y otra en Sevilla, mucho antes de la colonización”.
A medida que envejece, Santos-Febres dice tener menos miedo a la muerte. Es algo que entiende mejor apelando al espíritu cartesiano, la santería, la conexión con la naturaleza, la física cuántica y la religión bantú. Dice fijarse en los sueños, hacer más caso a su intuición. “Hemos perdido mucho conocimiento porque han deslegitimado nuestra sabiduría”, afirma, mientras señala que las mujeres siempre han trabajado en la sanación, antes de que la medicina se industrializara. “Nosotras, las intuitivas, las brujas, las no científicas. Las negras que escriben”.
Y pese a todo, termina confesando algo que dice no haber compartido nunca en público: “¿Qué habría sido de mí sin la esclavización? ¿Qué habría sido de mí sin la colonización española y americana, tan asquerosas como insostenibles? Hubo un tiempo en que la esperanza de vida en Puerto Rico estaba en los 44 años. Fuimos el pueblo más pobre de América».
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