CARTAS – MAYO
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COLABORAN
Maren Alberdi – España
Carlos González Saavedra – Argentina
Elspeth Gormley – España
Sarah Petrone -Argentina
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CARTA A MI ABUELA
Maren Alberdi – España
Amama, han pasado tantos años y aún te veo delante de mí, con esa manera tuya de estar: firme, callada, sin necesidad de levantar la voz para que todos entendieran quién mandaba en el caserío. No necesitabas estudios para saberlo todo. Bastaban tus ojos oliva, esos que hablaban antes que tú.
Tú eras la matriarca. No por título, sino por esencia. El caserío respiraba a tu ritmo: las vacas, las gallinas, la huerta, los hombres que venían a trabajar… todos seguían tu criterio, tu intuición antigua, tu sabiduría de mujer que aprendió la vida sin libros.
A veces pienso en lo que me decías cuando era niña: “Sé honrada. Sé fuerte. Sé tú.” Y yo, que era la única nieta, te escuchaba como quien recibe un legado.
Aún recuerdo tu olor: manzana guardada en el aparador y Heno de Pravia en la piel. Ese olor era casa. Era refugio. Era raíz.
Cuando me fui a Irlanda con dieciocho años, te brillaron los ojos. “Vívelo por mí”, me dijiste. Y lo viví, amama, porque sabía que tú, que apenas habías aprendido las cuatro reglas, habías sido capaz de sostener un mundo entero con tus manos.
Te imagino en mi graduación, con tu pañuelo y tu saya de los domingos, mirando todo con esa mezcla de orgullo y pudor. Algunas me miraban raro, pero yo solo pensaba: “Es mi abuela. Es mi origen. Y no hay nada más digno que eso.”
Ojalá hubieras visto lo que vino después. Ojalá hubieras conocido a la mujer en la que me convertí. Pero quizá lo sabes, desde donde estés, con esa mirada tuya que siempre veía más de lo que decía.
Gracias, amama, por enseñarme a ser fuerte sin volverme dura. Por enseñarme que la ternura también es una forma de poder. Por ser raíz. Por ser casa.
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CARTA A MI HIJO
Carlos H González Saavedra – Argentina
Hijo:
Hace tiempo que te noto distante, me imagino tu vida y comprendo. También estuve en ese lugar.
Lo que no entiendo es tus cuestionamientos, en forma permanentes, en todo.
A principio no le daba importancia. Ahora me doy cuenta, que no has cambiado. Por el contrario.
Necesito saber que he hecho mal, a través de los años. Cuanto te he lastimado sin darme cuenta.
Fuimos padres que criamos a todos ustedes, con respeto y severidad.
No hay una escuela para padres, a veces el corazón no alcanza para amarlos a todos igual, otras, faltan caricias y actitudes comprensibles.
Los padres imbuidos en las luchas cotidianas .Progresos, y mejoras en procurando una mejor calidad de vida familiar mejor, han sido nuestro norte, siempre.
Los hemos educado, lo mejor que pudimos.
Por eso comprendo, tu lucha. Sostener la familia hermosa que formaste junto con tu esposa,
Es una tarea titánica.
Extraños tus ¡Te quiero mucho! Cualquier encuentro o llamado telefónico, me lo decías. Era un bálsamo para mi alma.
No tengo otra cosa, que mi corazón para escucharte y comprenderte. Es lo único que puedo ofrecerte.
Debes saber, que tu distanciamiento, me duele y también tu ingratitud.
Cuanto antes lo resolvamos mejor.
Te amo hijo.
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CARTA A MI PROFESORA DE MÚSICA
Elspeth Gormley – España
Querida Srta. Isabel:
A veces me pregunto qué habrá sido de usted.
Si seguirá enseñando, si aún llevará ese cuaderno azul donde anotaba pequeñas observaciones sobre cada uno de nosotros, o si la vida la habrá llevado por otros caminos.
Sea como sea, quiero decirle algo que nunca dije en voz alta: usted cambió mi manera de mirar el mundo.
Recuerdo mis años en el colegio como una etapa luminosa, y en esa luz sus clases ocupan un lugar especial.
Usted no enseñaba música: la revelaba.
Nos hablaba del “baile de las notas”, de cómo una melodía podía respirar, de cómo un silencio podía ser más elocuente que un sonido.
Yo, que era una niña tímida, encontraba en sus clases un refugio.
Allí todo tenía sentido: la emoción, la belleza, la disciplina, la libertad.
Aún puedo verla moviendo las manos en el aire, como si dirigiera una orquesta invisible.
Aún escucho su voz diciendo:
“La música no se aprende, se siente.”
Y yo la sentía.
La sigo sintiendo.
No sé si usted imaginó alguna vez que una de sus alumnas llevaría esa sensibilidad a la escritura, que transformaría las notas en palabras, los compases en ritmo, los silencios en significado.
Pero así fue.
Y en cada texto que escribo hay un eco suyo, una huella que no se borra.
Gracias por enseñarme que la belleza no es un lujo, sino una forma de estar en el mundo.
Gracias por abrir una puerta que aún hoy sigo cruzando.
Con afecto y gratitud,
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CARTA A MI ÁNGEL DE LA GUARDA
Sarah Petrone – Argentina
Mi querido Ángel de la Guarda, sé que podría hablar contigo sin necesidad de recurrir a éste método, pero no quiero olvidarme de todo lo que tengo para decirte. Empecé a tomar apuntes y de repente me encontré con un montón de palabras que formaron esta carta.
No sé dónde estás, aunque te presiento cerca. Te busco en cada nube de este cielo que me mira en silencio, también en las personas que caminan a mi lado todos los días, porque desde chica comprendí que puedes tener muchos rostros. Cada vez que flota una pluma por el aire, sé que estás por ahí y me alegra el alma.
Hoy no te busco para pedirte nada para mí, solamente quisiera con tu permiso, prestarte, compartirte con otras personas que no tienen sus Ángeles de la Guarda, y están solas. El otoño empieza a mostrar su clima frío, tan frío como la indiferencia y la ingratitud de esos a los que nada les falta y por egoísmo no se detienen a mirar las miserias ajenas. Y tengo que confesarte que hay muchas necesidades. Las calles son hervideros de dolor y desidia. Y me duele.
Quiero que cuides a ese jóven que hace varios días está acurrucado en un umbral, mojado en sus propios orines. Duerme envuelto en una bolsa de polietileno negra, y te juro que creí que estaba muerto hasta que ví que se movía dificultosamente. No quise despertarlo, pero le dejé un café caliente a su costado. Esta mañana seguía en la calle, nadie lo arropó, nadie le tendió una mano ni le dió cobijo. Tampoco yo, y me avergüenza. No supe como hacerlo. Me pregunto si alguna vez tuvo familia, un hogar, alguien que lo extrañe. La vida tiene discapacidades afectivas y los seres humanos somos demasiado imperfectos.
Por eso, por eso quería ceder en su beneficio tu cuidado,hasta que pudiera rescatarse de sus demonios internos y así, encontrar el camino para sanar.
Querido Ángel, gracias por escucharme. Hoy, en los ojos de ese jóven ví una luz nueva. Una sonrisa iluminó su cara sucia… Y te ví. Estabas a su lado, lamían sus heridas y se daban amor. Tu disfraz de perro callejero le calentó el alma. Te reconocí en los ojos de ese animal juguetón que logró que varias personas se acercaran sin temor para ayudarlo.
Cómo no voy a creer en los milagros, si toda la vida es un milagro y montones de plumas blancas revoloteaban sobre sus cabezas mientras le escuché recitar la misma oración que aprendí de niña: «Ángel de la Guarda, dulce compañía…»
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