MICRORRELATOS – MAYO
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“Microrrelatos: donde lo pequeño se vuelve inmenso.” Maren Alberdi
COLABORAN
- Maren Alberdi – España
- Elspeth Gormley – España
- Nuri Montenegro – Ecuador
- Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
- Sarah Petrone – Argentina
- Juan José Qulena – España
- Sandra B. Romeo – Argentina
- Santiago Ruiz de Alda – España
- María Rosa Rzepka – Argentina
- Yanni Tugores – Uruguay
- Ana Unhold – Argentina
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LA CUCHARILLA
Maren Alberdi – España
Encontró la cucharilla al fondo del cajón, oxidada en las esquinas, como si el tiempo también la hubiera probado. La sostuvo entre los dedos y, de pronto, la cocina se llenó del olor del café de su amona, espeso y dulce, servido siempre antes de que amaneciera del todo.
Recordó las manos firmes de aquella mujer que sostenía la casa sin decirlo, que hablaba poco pero miraba hondo. Maren cerró los ojos un instante. A veces basta un objeto mínimo para que regresen todas las mujeres que nos hicieron posibles.
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TURNO NOCTURNO
Elspeth Gormley – España
Cuando la ciudad se apaga, ella enciende la lámpara. La luz es un hilo, pero suficiente para que las palabras despierten, inquietas, como si solo la noche les diera permiso para existir.
Ella escribe sin prisa, dejando que la página respire, que los pensamientos se acomoden, que los fantasmas digan lo suyo. El turno nocturno no es un horario: es un pacto. Mientras el mundo duerme, ella sostiene el suyo con tinta. Al amanecer, cierra el cuaderno. Nadie lo sabe, pero esa frase torpe ha salvado algo que no sabría nombrar.
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RELATO DE LA GRATITUD.
Nuri Montenegro – Ecuador
Ella miró por la ventana: eran las 17:57. Observó la luna clara y resplandeciente y susurró: “Es luna llena”.
Entonces recordó a su amor, aquellas noches en que ambos la contemplaban y el ambiente se llenaba de ternura. Sonrió con nostalgia y sintió gratitud; agradeció a Dios por haber puesto la luna en cada uno de sus encuentros, como un
puente silencioso entre sus corazones. Comprendió que, en la distancia, la luna seguía siendo su puerta de unión, el testigo fiel de un amor que no se apaga, que resiste el tiempo y siempre encuentra la forma de sentirse cerca.
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EL LECTOR CÓMPLICE
Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
Se detuvo por completo, callado, absurdamente quieto.
No sabía por qué, pero fue instintivo. Podía haber sido el susurrar de las hojas pasadas una a una, el olor característico del viejo papel, la angustia y la desesperación de la narración que estaba leyendo…
Lo cierto es que allí estaba, con su corazón latiendo en forma tremenda.
¡Y entonces lo comprendió! Fue como un rayo devastador iluminando la noche más oscura. Él no era un lector más, era… el “lector cómplice”.
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MINI CLASE DE MICROCUENTO EN CINCO PASOS
Sarah Petrone – Argentina
—Para hacer un microcuento hacen falta cinco cosas, a saber: Mucho «ingenio». Gran «talento». Que las «musas» te convoquen. Y por sobre todo, poner «sintéticamente» de un modo «Elocuencia», algo de chispa en cada pequeña historia, dejando que la loca mente vuele libre y que rebote en un remate perfecto que ponga fin, donde toca.
—Profe… Lo siento si eso es así. Por más que mi testa rompa, son cosas que dentro de mí debieran estar, pero se borran.
(Solo quise arrancarles una sonrisa. Perdón si no lo logré)
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AUTORRETRATO
Sarah Petrone – Argentina
El viejo pintor vio plasmado en él, el perfecto claro-oscuro de su tiempo.
Su imagen reflejada desde el otro lado, sin misterios, le puso un tinte de dolor en la mirada.
Cerró los ojos… Y cubrió el espejo con un lienzo.
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LA VÍA
Juan José Qulena – España
La vía se extendía como una cicatriz brillante bajo el amanecer. Ella avanzó despacio, escuchando el crujido del metal, como si la tierra le hablara en un idioma antiguo. No esperaba tren alguno; hacía tiempo que dejó de esperar salvaciones externas. Solo quería sentir el temblor del mundo bajo sus pies. Cuando el viento cambió de dirección, comprendió que no era un aviso, sino una invitación. Siguió caminando. La vía no llevaba a ninguna parte conocida, pero por primera vez en años, no le importó.
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LETRA MUERTA
Sandra B Romeo – Argentina
La mano, enjoyada y cuidada, colgaba laxa del brazo del sillón de pana.
La luz giró dentro del amplio salón amarrando sombras acá, despejando espacios oscuros
allá.
La tormenta arreció, sin embargo, los truenos la inquietaron solo un poco más que los
recuerdos. Las brumas de la tarde parecían cargar de una oscuridad perenne su rostro.
El látigo del último relámpago la encontró sosteniendo su cabeza sacudida por sollozos
apagados.
Las ráfagas de viento descifraban, en vano ya, la carta recibida por ella esa mañana
antigua.
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LA VIDA
Santiago Ruiz de Alda – España
La vida no avisó cuando cambió de rumbo. Simplemente giró, como una hoja empujada por un viento que nadie vio venir. Ella intentó agarrarse a lo conocido, pero los dedos se le llenaron de aire. Entonces entendió que vivir no era sostener, sino soltar a tiempo. Caminó hacia adelante, sin mapa, sin garantías. Y en ese vacío inesperado, descubrió algo parecido a la paz: la certeza de que, mientras siguiera moviéndose, la vida también lo haría.
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CABEZA DURA
María Rosa Rzepka – Argentina
Prudencio salió de pesca.
Caminó hasta ver el río. Sentado sobre una piedra, abrió el bolso. La carnada,
había olvidado en la casa.
Dijo mil malas palabras.
Una rana se escondió en aquella bolsa, antes de que él la arrojara.
Prudencio por imprudente se levantó. Rezongaba. Movió su asiento de piedra,
de lombrices ni la traza.
Soltó violenta patada. Rodó la piedra hacia el río. La imprudencia que mal
paga, hizo que el pie de Prudencio aplastado se encontrara.
A su casa regresó sin pescar y sin carnada. Rengueando, la bolsa al hombro.
De polizonte, la rana.
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MEMORIAS
Yanni Tugores – Uruguay
Si el ayer susurrara algún perdón o el presente algún eco del pasado o el
destino tejiera un buen comienzo y no fuese tan solo otro fracaso. Entonces
volvería a renacer a vivir sin ningún tipo de cambio. Es que fui muy feliz, feliz y
plena con todo lo que tuve y lo que he amado. Hoy viajo con brújula del alma,
navego prudente siguiendo mi destino paso a paso. El viento arrastra mi
velamen a los confines de nuevos mares, pero sigo aferrada a mis memorias,
memorias de un tiempo muy lejano.
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DORADO
Ana Unhold – Argentina
Siesta borrascosa en Bogotá. Rostros apremiados en las calles.
Ajeno al ajetreo, vestido apenas con un taparrabo y adornos de indígena, orgulloso camina
el artista callejero. Cubierto con pintura dorada, que aumenta su brillo a la luz de los relámpagos.
Se descuelga el impiadoso aguacero. Impasible continúa su marcha.
Sigo el torrente de agua dorada que se escurre. El Dorado se diluye por las alcantarillas.

