CARTAS – SEPTIEMBRE

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Cartas-junio

COLABORADORES

Maren Alberdi – España

Carlos González Saavedra – Argentina

Elspeth Gormley – España

Sarah Petrone – Argentina

Yanni Tugores – Uruguay

CARTA A LA RELIGIOSA QUE ME PROHIBIÓ HABLAR EN EUSKERA

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Maren Alberdi-España

Querida hermana:

Han pasado muchos años desde aquel primer día en el jardín de infancia. Yo tenía tres. Usted tenía autoridad. Y España tenía miedo.

Recuerdo mi mano pequeña agarrada a la falda de mi ama. Recuerdo el aula grande, las mesas bajas, el olor a témperas y a colonia infantil. Recuerdo que me miró con una sonrisa que no entendí. Y recuerdo, sobre todo, su primera frase hacia mí:

—Maren . Aquí tienes que hablar español.

Yo no sabía qué era “español”. Yo solo sabía euskera, la lengua en la que mi ama me cantaba, en la que mi aita me hablaba, en la que mis abuelos rezaban. La lengua que yo era.

Pero usted me dijo que no. Que esa lengua no. Que esa lengua no valía. Que esa lengua no debía escucharse. Que eso era malo, que además era cosa de paletos.

Y yo lloré. Lloré sin entender. Lloré sin palabras. Lloré porque me estaban arrancando algo que no sabía nombrar, pero que ya era mío. No fue solo una vez. Fueron muchas. Demasiadas.

Recuerdo su dedo señalándome delante de las demás niñas. Recuerdo su voz firme, casi dura: —¡En español, Maren! Recuerdo las risas contenidas de mis compañeras, que no sabían que yo no entendía, que yo solo quería hablar como hablaba en casa. Recuerdo la vergüenza quemándome las mejillas. Recuerdo sentirme pequeña, torpe, equivocada… cuando lo único que hacía era hablar como me habían enseñado a amar.

Era finales de los cincuenta. Era dictadura. Era silencio. Era miedo.

Usted no lo decidió. Usted obedecía. Pero yo era una niña. Y las niñas no entienden de política, ni de prohibiciones, ni de decretos. Solo entienden de heridas.

En casa seguíamos hablando euskera. Era nuestro refugio. Nuestra trinchera. Nuestra verdad. Mi ama me decía: —Habla, Maren. Habla como te sale del alma.

Y yo hablaba. Y cada vez que cruzaba la puerta del colegio, me callaba.

Ahí nació mi rebeldía. No una rebeldía de gritos. No una rebeldía de pancartas. Una rebeldía silenciosa, profunda, íntima: la de no olvidar quién soy, aunque me pidan que lo haga. No olvidar jamás mis raíces

Con los años, hermana, fui creciendo. Y aquella niña que usted corregía delante de la clase, aquella niña que lloraba porque no entendía, aquella niña que usted avergonzaba sin querer —o quizá sin saber— esa niña empezó a destacar.

Estaba en todas las matrículas de honor. En todas. Y cada vez que me entregaban un diploma, yo pensaba: “Si hubiera podido hablar como yo era, habría brillado igual… pero sin miedo.”

Pasaron los años.

Pasaron los años. Pasó la infancia. Pasó la dictadura. Pasó el miedo.

Y un día, hermana, la vi. La vi en la fila de inscripción de una ikastola. Usted, la misma que me decía que no podía hablar euskera, usted, la que me corregía delante de las demás niñas, usted, la que me hacía sentir pequeña por hablar mi lengua…

Usted estaba allí. Matriculándose. Aprendiendo. Recuperando. Volviendo.

No voy a mentir: me sorprendió. Me dolió. Me alivió. Me hizo pensar.

Quizá usted también tenía una herida. Quizá también le prohibieron. Quizá también tuvo miedo. Quizá también necesitó volver a la lengua que un día le quitaron.

Hoy no le escribo para reprocharle nada. Le escribo para decirle que la lengua no es política. La lengua es hogar. La lengua es raíz. La lengua es madre. La lengua es memoria. La lengua es identidad. La lengua es libertad.

Y aquella niña que lloraba en su aula… hoy escribe. Hoy habla. Hoy vive en euskera y en español. Hoy es ambas cosas. Hoy es más fuerte que entonces.

Porque, hermana, aunque usted no lo sabía, cuando me dijo que no podía hablar euskera, lo único que consiguió fue que nunca dejara de hacerlo.

Con respeto, con memoria, con verdad, con la niña que fui y la mujer que soy,

Maren Alberdi

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CARTA A MI NIETA

Saavedra

Carlos González Saavedra- Argentina

Mi querida Justina

Cuanto tiempo hace que no sé nada de vos. La distancia y obligaciones hicieron el resto.

Enterado por familiares que estas contenta con la facultad. Estas proyectando tus sueños.

Un mundo se abre por delante y estas en primera fila.

Quiero que sepas que estoy muy orgulloso  de vos. Tener una nieta  ,inteligente, educada, fina, distinguida y básicamente muy  buena persona, me hace sentir un hombre y un abuelo muy afortunado.

Dios bendiga tus pasos, Justina, porque  tus padres, ya caminan bendecidos.

Abuelo Carlitos

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TREINTA AÑOS DESPUÉS

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Elspeth Gormley-España

Treinta años después, por fin puedo escribirte.

Durante muchos años no pude hacerlo. Había demasiado dolor, demasiadas preguntas y también demasiada culpa.

Me culpé por no haberme dado cuenta de lo que pensabas hacer. Durante mucho tiempo me pregunté si hubo alguna señal que no vi, alguna palabra que no escuché, algo que hubiera podido cambiar el rumbo de aquella historia.

Sé que estabas enfermo, pero nunca he dejado de preguntarme qué pasaba por tu mente para tomar aquella decisión. ¿Pensaste que estaríamos mejor sin ti? ¿Llegaste a imaginar el vacío que dejabas? Porque no solo te fuiste tú; también desaparecieron muchas certezas y comenzó para nosotros una vida que jamás habíamos imaginado.

Fue muy duro para todos.

Y sí, hubo una época en la que no pude perdonarte. Necesitaba entender algo que quizá nunca tuvo explicación. Pero los años me enseñaron que algunas heridas son más profundas de lo que quienes estamos al lado podemos ver.

Hoy ya no te juzgo. Tampoco me juzgo a mí. He aprendido a cerrar con calma aquella puerta que quedó entreabierta aquel día sin retorno.

Por eso, treinta años después, puedo recordarte sin rabia. Como una parte importante de mi vida, con sus luces y sus sombras, con sus momentos felices y sus inviernos.

Hace tiempo que te dejé ir en paz.

Y hoy, al escribir estas palabras, siento que también yo he encontrado la mía.

Esther

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CARTA A MI PSICÓLOGA INTERIOR

Sarah-petrone

Sarah Petrone-Argentina

Creo que esta vez se me fue la mano. Cuando vi que mi amiga Julia, con un boleto de avión  y una maleta vino a despedirse de mí, dándome las gracias por mis buenos consejos, me quedé anonadada. Yo ya no me acordaba qué le aconsejé, son tantas las veces que me pide ayuda.

Cada vez que su matrimonio siempre en crisis pasa por situaciones límites, ahí estoy yo con toda mi inexperiencia de solterona empedernida poniendo paños fríos en esa relación gastada y desgastante. De a poco me fue exponiendo el motivo de su decisión, y me encogí de hombros queriendo que me trague la tierra.

Me llené de culpas y remordimientos. A veces, creo que soy demasiado sincera. Es que no me puedo contener cuando las estupideces me hartan, entonces exploto. ¿Está mal? Años y años de escuchar las quejas de su vida monótona   hasta que un día le dije: ma sí, pateá ese tacho de basura y volá.

Me miró sorprendida y fue cuando me aconsejó que debería estudiar psicología, porque soy buena escuchando y dando consejos. Delirante. Sin embargo, no creí que se atreviera a hacerme caso.

Tenés razón, me dijo. De vez en cuando es necesario partir, poner distancia cuando la rutina es tediosa y el amor se estanca en un pozo sin sueños que empiezan a despertar los fantasmas de la desilusión y el hastío. Tenés razón.  Cuando la casa querida se agrieta en tantas obligaciones y los reproches amenazan la estabilidad de la familia, hay que partir.

Cuando ya las miradas de los ojos no se encuentran como siempre lo han hecho y el gris de la vida se instala entre los que se juraron fidelidad eterna, y les cuesta mantener las promesas, porque sí, porque el devenir de las horas, de los días,los años acumulando roces, enfrentamientos sin razones, solo por aburrimiento, desgastan, y hay que partir. Si hasta la cama se vuelve demasiado grande para dos, tan grande que ya no se encuentran en el medio, como siempre. Entonces el vacío se instala y el descontento pone sombras oscuras en los rincones donde siempre hubo luz.

De vez en cuando, cuando el niño y el adolescente interior se duermen y los sueños se pierden en complejos interrogantes, ya no hay razón para seguir viviendo de la misma manera. De vez en cuando abrir las puertas, salir y cerrarlas con un portazo que despierte a quien tenga que despertar, es sanador.

En el rezongo incómodo de la cómoda postura que ha dejado huellas, hasta las telarañas de las cornisas se sacuden y se desprenden. Entonces se despierta el hombre, la mujer, adultos y enteros, pisando fuerte en el piso que tambalea bajo los pies. Y el aire empieza a oler a flores, de repente.

No sabe si va a regresar. Ahora solo quiere irse. ¿Y dice que yo soy psicóloga? Me dejó sin aliento. La veo alejarse segura y me dan ganas de correr detrás de ella. ¿Me voy? ¿Dejo todo y me voy? Me está tentando hacerlo.

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DOS CARTAS EN SILENCIO

Yanni Tugores-Uruguay

A veces pienso en cuántas cosas no te dije, cuántas cosas callé por idiota, sabiendo bien que deseaba con el alma decírtelas. Ahora es tarde; no sé dónde estás ni qué fue de ti.
El ser humano es así: indeciso y egoísta. No es capaz de decirle a alguien todo lo que su corazón siente; cuando se da cuenta, ya es tarde.
Hubiera deseado pasar más tiempo contigo, compartir ricas comidas, charlar de trivialidades… No sé, cualquier cosa que nos hubiera acercado más.
Nunca fuiste bueno, ni con nosotros ni contigo. El alcohol te atrapó como una araña atrapa a una mosca, y nunca pudiste salir. Preferías ir a emborracharte con tus amigos a estar a nuestro lado. Mamá te siguió amando hasta el día de su partida; falleció con tu nombre en los labios. Pero tenía que decidir: éramos sus hijos o tú. Sé que le costó, pero hoy, que soy madre y ya abuela, la entiendo mejor que nadie.
Pero no te preocupes, no te odio por eso. No sé lo que siento en verdad: angustia, frustración, decepción. Solo sé que es tarde, muy tarde ya.

Sueño contigo casi a diario. Te sueño a mi lado, compartiendo paseos y risas. Pero también te sueño en un rincón de la calle, tapado con una manta hecha jirones, sucio y maltrecho por el rigor del clima. Es ahí cuando me desespero y me pregunto qué habrá sido de ti.
Nadie me sabe decir cuál es tu paradero. He recorrido el barrio donde vivías y nada. También he visto a tus amigos en el antiguo bar que frecuentabas. Nadie sabe nada.
Es como si la tierra, después de una larga sequía, te hubiese tragado sedienta, hambrienta de sangre.
Yo me jubilé y ya soy abuela, ¿sabes? Los niños han crecido y me han dado dos hermosos nietos, Julieta y Joaquín. Él se parece mucho a ti; todos lo dicen al ver tu foto colgada en la pared. Somos una bella familia, fruto de lo que dejaste en mis genes. A veces me pregunto qué hubiese sucedido si hubieses aceptado hacerte el tratamiento que tantas veces te sugerimos y jamás aceptaste. Ahora estarías disfrutando, al igual que yo, de estos hermosos niños que llenan la casa de alegría.
Ellos son los que dan sentido a mi vida, los que me hacen olvidar que un día te perdí y jamás te volví a ver.
No pierdo las esperanzas; hace un par de años pedí a la policía que te buscara, pero aún no me han dado noticias.
Sé que quizás esta carta, que decidí escribirte hoy, jamás te llegue, pero la guardaré muy celosamente por si algún día apareces. Me parece que así estaré un poquito más cerca y te iré contando cómo crecen los niños y cómo estoy yo. También te contaré de Tango, ese perrito que nos regalaste hace ya 15 años y que al principio mamá no quería aceptar. Pues aún vive, está viejito, pero tan juguetón como siempre.
¡Espera! Están tocando el timbre. Estoy sola, pues todos se han marchado al trabajo o al colegio. Vuelvo en un minuto. Ha sido la policía. No logro parar de llorar. Después de tanto tiempo, al fin te han encontrado en un callejón, como tantos días te he soñado. Pero no esperaba que fuese así, tan cruel.
Apareciste abrazado a la botella, frío e inerte. Junto a ti, una carta con mi nombre y mi dirección. Ahora no puedo leerla, no me dan las fuerzas para abrirla, como tampoco tú leerás esta. Estoy muy alterada y triste. ¡Te he buscado tanto, papá! Pero al fin te he encontrado. Al menos te veré por última vez y podré darte una digna sepultura. Te amaré por siempre.
Tu niña.
Nati

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