CUENTOS – SEPTIEMBRE
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COLABORADORES
Maren Alberdi – España
Libia B. Carciofetti – Argentina
Carlos H. González Saavedra – Argentina
Elspeth Gormley – España
Jaime Hoyos Forero – Colombia
Margarita Mangione – Argentina
Andrea Morini – Argentina
Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
Sarah Petrone – Argentina
Yanni Tugores – Uruguay
DONDE EL MAR GUARDA LA MÚSICA

Maren Alberdi–España
La ciudad despertaba cada mañana junto al mar.
Las primeras luces se reflejaban en las fachadas blancas, las palmeras comenzaban a mecerse con la brisa y las fuentes llenaban los jardines con su murmullo constante. Los vendedores abrían sus puestos, los niños caminaban hacia la escuela y los pájaros trazaban círculos sobre el cielo azul.
Entre todos ellos había uno distinto.
Su plumaje era negro y brillante como el charol. No cantaba. No jugaba con los demás. Siempre aparecía solo y observaba el mundo desde las ramas más altas de los árboles.
Una tarde, dos niños lo descubrieron junto a un pequeño arroyo que cruzaba el jardín de su casa.
—Mira, allí está otra vez.
—Es verdad. Parece triste.
—También parece enfadado.
—Quizá esté solo.
Los dos permanecieron unos momentos observándolo.
El ave levantó ligeramente la cabeza.
—Nunca canta como los demás —dijo uno de ellos.
—Tal vez nadie le enseñó.
—O tal vez olvidó cómo hacerlo.
El pájaro escuchó aquellas palabras.
Por primera vez en mucho tiempo sintió algo extraño en su interior. Como una pequeña chispa que se encendía donde antes solo había silencio.
Con un brusco aleteo levantó el vuelo y desapareció entre los árboles.
Pasaron los días.
Muy cerca de la ciudad se alzaba un centro universitario donde estudiaban cientos de jóvenes. Allí existía también una orquesta formada por muchachos y muchachas que compartían una misma pasión: la música.
Entre ellos estaban una violinista de ojos oscuros y un joven violonchelista que nunca se perdía un ensayo.
Durante semanas prepararon un gran concierto.
Las partituras se llenaban de anotaciones, los instrumentos aprendían a respirar juntos y las melodías crecían poco a poco hasta llenar las aulas de ilusión.
Por fin llegó el día esperado.
El auditorio estaba lleno.
Las luces se atenuaron.
El director levantó la batuta.
Y la música comenzó a brotar.
Subía ligera como una gaviota, descendía suave como una ola y recorría el salón llenándolo todo de belleza.
Fue entonces cuando ocurrió.
Por uno de los ventanales abiertos entró una sombra veloz.
Era el pájaro negro.
Revoloteó sobre la orquesta mientras los músicos seguían tocando.
Dio una vuelta.
Después otra.
Y de pronto, como si fuera capaz de atrapar lo invisible, tomó la melodía entre su pico y escapó hacia el cielo.
La música se interrumpió.
Los instrumentos callaron.
El silencio ocupó la sala.
Nadie logró entender lo sucedido.
Mientras tanto, el ave volaba hacia el mar.
Llegó hasta una roca solitaria que se alzaba junto a un pequeño acantilado. Allí se posó contemplando el horizonte.
La melodía seguía viva.
Brillaba entre sus alas como una luz desconocida.
El pájaro quiso guardarla para sí.
Quiso quedarse con toda aquella belleza.
Pero comprendió que la música no había nacido para ser poseída.
La observó por última vez.
Luego abrió lentamente las alas.
Y la dejó marchar.
La melodía descendió sobre las aguas.
Las olas la recibieron con alegría y comenzaron a guardarla en su memoria infinita.
Llegó el verano.
Una tarde, los jóvenes de la orquesta paseaban por la costa mientras el sol descendía lentamente sobre el horizonte.
El mar estaba tranquilo.
El viento apenas susurraba entre las rocas.
Entonces uno de ellos se detuvo.
—¿Lo oyes?
—¿Qué cosa?
—Escucha.
Permanecieron en silencio.
Entre el rumor de las olas parecía surgir una música lejana.
Primero un violín.
Luego un chelo.
Después una trompeta.
Era una melodía conocida.
La misma que había desaparecido durante el concierto.
—No puede ser —murmuró alguien.
—Sí puede.
El mar la ha guardado.
Todos escucharon.
Y comprendieron que algunas cosas hermosas nunca se pierden del todo.
A veces cambian de lugar.
A veces se esconden.
A veces viajan muy lejos antes de regresar convertidas en recuerdo.
Muy cerca de ellos sonó un leve aleteo.
Sobre una roca permanecía inmóvil un pájaro negro de alas brillantes.
Ya no parecía triste.
Miró una última vez el mar, lanzó un breve graznido y emprendió el vuelo hacia el horizonte.
Mientras se alejaba, las olas continuaban guardando entre sus murmullos aquella música que ya formaba parte del ma
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ERA PRIMAVERA

Libia B. Carciofetti-Argentina
Era primavera y las Iglesias cristianas de Buenos Aires y alrededores habían organizado un «Gran PICNIC» en Los Bosques de Ezeiza. En el mes de julio aproximadamente con mi hermana ya le habíamos pedido permiso a papá para asistir; por supuesto con mi mamá, «jefa de nuestra tribu». Al «cacique» Primo, había que pedirle permiso con mucha antelación, a costa de «portarnos muy bien», estudiar sin «chistar» y demás menesteres de hijas obedientes… cosa que elaborara el permiso a nuestras salidas… y ese maldito «ya vamos a ver» que nos hartaba oír.
Yo tenía 17 años y mi hermana 13… Adolescente y joven “manejable” que acataba las órdenes a rajatabla…dominada por miradas bis a bis…tete a tete… Como era la educación de antes ¿vio?… ¿viste?
Con mi hermana contábamos con los dedos de las manos y de los pies los días que faltaban para el maravilloso evento. Ya habíamos asistido a otros encuentros en que lo habíamos pasado bárbaro… Un bosque de eucaliptos, que se sabía dónde comenzaba, pero no donde terminaba. Árboles con troncos añosos y perfumados que de solo adentrarse en el bosque ya los pulmones se hinchaban de gozo y de paz…,
Debajo de cada árbol familias, grupos, que compartíamos mates, jugos y las milanesas que preparaban las mamás la noche anterior y que devorábamos en tremendos sándwiches, porque allí todo era más rico… mamá llevaba el tejido y se juntaba a conversar con amigas que hacía tiempo no se veían, porque vivían distanciadas… tiempo de juegos, tiempo de reuniones de canto y meditaciones bíblicas, guitarreadas y caminatas… a esa «caminata» quería yo llegar en mis sueños de jovencita enamorada.
A mí me gustaba mucho un chico y el re-gustaba de mi… Ese sería un punto de encuentro fantástico…
Todo el mes de julio, agosto y parte de septiembre nos portamos como verdaderas «señoritas» con mi hermana, no cuestionábamos ninguna orden y dejamos de lado esa pregunta y respuesta odiosa… ¿Por qué?… ¡Porque no! y basta! Comíamos el guiso de mondongo que no nos gustó nunca, no nos peleábamos a la hora de lavar, estuvimos dos meses amontonando «buenas acciones» con tal de obtener el permiso… Dos días antes de la primavera, el 19 de septiembre se desató una tormenta de aquellas, que nos paralizó el corazón a las dos «Carciofetti»
MMMMMMMM. Me parece que se viene una maroma !!! Exclamó «cacique» Primo… y las dos corriendo a arrodillarnos a orar fervientemente que pare de llover…. los truenos ensordecían los oídos y aceleraban el corazón de miedo, la habitación quedaba iluminada con cada refusilo.
Papá trabajaba en el ferrocarril, se levantaba a las 4 de la madrugada y regresaba en el tren de las 15 hs. Al otro día amaneció nublado pero no llovía… así que mamá comenzó a martillar la carne para preparar las milanesas y pasarlas por el pan rallado, hizo una torta de naranja, preparó todo y a medida que íbamos acordándonos lo que faltaba lo íbamos guardando en la canasta.
A las 15 llega mi papá, la mesa tendida esperándolo… con zapallitos revueltos… con un olorcito que daban ganas de almorzar otra vez. Como te fue en la escuela, comenzó la indagatoria… ¡de diez papi! A ver a ver… y yo traía mi cuaderno con un excelente recién estrenado en matemática… muy bien! A ver vos (por mi hermana) no papi a mi me hicieron prueba hoy pero no me dieron la nota, pero la seño me dijo que estaba muy bien por lo que ella podía deducir… (De resultas se había sacado un uno y ella le había agregado el «0», ya mi mami le había dado un buen levante cuando se enteró, pero por amor a mí, que me iba a tener que quedar sin picnic «callamos las dos» por única vez me hice cómplice en beneficio mío…
La voz grave de papá sonó más esta vez, no sigan guardando más cosas en la canasta porque venía oyendo por la radio que mañana va estar peor el tiempo que ayer, se pronostica granizo y tormentas eléctricas… Un silencio de sepulcro abierto se hizo en el comedor y mi hermana comenzó a llorar como una marrana… Pero y si no pasa nada? y la radio se equivoca? y mañana amanece con sol y…y…y…
y N-A-D-A-! no salen mañana y se acabó y ¡punto! ¿Qué hago yo si se desata una tormenta y ustedes están lejos? ¡Pero papi! Y el tano ya estaba levantando presión y nos clavaba la mirada, y cuando el cacique clavaba la mirada, las indias cerraban la boca…
No dormimos en toda la noche enojadas con este papá tan «invulnerable» que nos tenía días en ascuas hasta que se resolvía a darnos el sí, para alguna salida… y siempre con mamá de custodia. Como todas las madrugadas antes de irse venía a darnos un beso, yo me hacía la dormida pero mi hermana siempre lo abrazada y besaba, esa mañana no lo hizo y le dio vuelta la cara … papá salió en silencio sin hacer preguntas…
Nosotras debíamos tomar el tren de las 6 de la madrugada para llegar al encuentro a las 9 y reservar nuestra sombra bajo del eucaliptus. Como ya no iríamos al picnic, y no teníamos clase mi mami no tuvo mejor idea que nos levantemos para después de desayunar, una limpiar cada dormitorio, el baño, el comedor, baldear la vereda, y barrer el patio.
Mi mami escuchaba radio mientras cosía y nosotros afuera comiendo «rabia» por habernos quedado sin «picnic» Oímos que mamá desde la cocina decía no, no! DIOS mío no puede ser! hasta que estalló en llanto… de verdad nos asustamos mucho; aumenta el volumen de la radio, y sin poder pronunciar palabra nos abraza a las dos… Repiten otra vez con voz alarmante ya…
¡ULTIMA NOTICIA! Tren que pasaba por Escobar a la las 5-10 de la mañana descarriló en Benavídez entre las estaciones de General Pacheco e Ingeniero Maschwizt, y volcó sobre la margen izquierda … Hasta este momento son 236 los muertos, y 400 heridos aproximadamente, entre ellos muchos jóvenes que aprovechando el día del estudiante y de la primavera se dirigían a diferentes lugares del gran Bs As… Se pide a la población que colabore con las cuadrillas de rescate porque hay cuerpos irreconocibles que serán depositados en la morgue policial de General Pacheco y hospitales de la zona…
Lo que sigue es inenarrable, pues en ese tren viajaban «mi chico», con varios jóvenes que venían subiendo desde la localidad de Zárate, y en cada estación… nosotras aparte de mi mamá, íbamos con tres amigas con sus madres.
Esa tarde papá llegó a las 19 a casa… fue eterna la espera e inmenso el abrazo que nos dio… no parábamos de llorar los cuatro.
¡Tan «niñas» entendimos que DIOS TIENE UN PLAN PARA CADA VIDA, Y PONE A LAS PERSONAS INDICADAS QUE SERÍAN COMO SEMÁFOROS ROJOS PARA DECIR SU ROTUNDO NO! En este caso fue nuestro papá, que nos mezquinaba tanto las salidas, no porque no quería que disfrutemos de la vida y la juventud, le temía a todo lo que pudiera sucedernos al salir solas…
Papá cuando salió de su sopor como nosotras nos dijo que no solamente porque pensó en una tormenta, sino que algo superior le inclinó a negarnos el permiso de ir al paseo… Sin duda fue la voz de DIOS que le susurró a sus oídos… y él le prestó oídos. Hoy estaríamos en esa lista dolorosa de tantos que iban a trabajar y otros a disfrutar del día de la primavera…
Nuestro pueblo se hizo famoso no por su adelanto edilicio, sino por este fatídico accidente.
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UNA HISTORIA REAL

Carlos González Saavedra-Argentina
Al fin llegó el ansiado sábado. ¡Había esperado mucho tiempo para que este día llegara! En mi cumpleaños, hace más de un mes, había organizado una colecta para un comedor en Cañuelas.
A los invitados a mi fiesta les pedí juguetes y útiles escolares para un comedor muy pequeño, donde cada día comían treinta niños. Se reunió bastante. También mi hermana se sumó a la ayuda y llevó todos los elementos para maquillar a cada niña que quisiera pintarse el rostro. Como artista plástica y maquilladora profesional, su trabajo sería maravilloso.
Así fue. El baúl del auto estaba completo.
Nos habían pedido que estuviéramos a las 11:30 porque a las doce se almorzaba. Era importante que nos sentáramos con ellos, y así lo hicimos: pusimos la mesa y ayudamos a servir. Siempre se preparaba comida extra, ya que había niños que traían un recipiente para llevar algo a casa para la noche.
Todo se desarrolló con mucho cariño. Después de ordenar y comer una fruta de postre, llegó el momento de entregar los regalos. Hacer una fila fue imposible, ya que se abalanzaban sobre la mesa. La señora que me acompañaba estaba agotada.
Había un niño de unos once o doce años que pedía y pedía, aunque ya quedaban muy pocas cosas. Eso obligó a la señora a ponerse firme y preguntar quién faltaba.
—Una mano levantada en primera fila gritó: ¡Yo! —No seas pícaro, tú fuiste el que más recibió —respondió enojada.
El niño bajó la vista y, con algunas lágrimas en los ojos, se sentó en silencio en un banco, lejos de todos. Esa actitud llamó la atención de Margarita, que rápidamente preguntó:
—¿Qué te pasa? —Señora, yo pedía para los más pequeños. Ellos no llegaban a la mesa, los más grandes los tapaban. Por eso me quedé sin nada.
Esas palabras la estremecieron tanto que me llamó: —¡Carlos! Pobre, se quedó sin regalos ni útiles.
Lo miré fijo a los ojos, apagados y tristes, y le pregunté: —¿Cómo te llamas? —¡Carlitos! Me dicen Tévez —respondió con una mirada pícara escondida. —¿Ah, eres de Boca? —¡Sí! —dijo orgulloso—. b —Qué lástima, yo soy de San Lorenzo, pero te doy mi palabra de honor de que el próximo sábado traeré un regalo para ti. —¡Gracias! —y se fue corriendo. Vivía en una casita muy precaria, con techo de láminas de metal y suelo de tierra. Era el mayor de seis hermanos.
Los niños se fueron, la comida sobrante se repartió y nada quedó en la olla. Di unas vueltas por el barrio, todos en la misma condición, algunos peor.
Mi sorpresa fue mayor aún cuando, en el umbral de una casa, una niñita permanecía como un testigo mudo de agradecimiento. Lucía en su cara una mariposa. Habían pasado dos horas y ahí estaba, orgullosa de su pintura. Pensé en cómo, con tan poco, podemos darles un momento de felicidad que seguramente nunca olvidarán.
Volví con mi palabra de honor empeñada, con un sabor agridulce en los labios, por las contradicciones de la vida misma. Maestras que les exigían a estos niños un cuaderno de tapa dura con cincuenta hojas, cuando comían de manera salteada.
El lunes temprano fui a la casa de deportes y compré una pelota. Le conté al vendedor lo que había vivido. Me escuchó atentamente. —Le puse en la bolsa con la pelota unas medias de Tévez. ¡Van de regalo!
Agradecí emocionado el gesto.
Durante la semana compré algunos útiles escolares y ropa, y volvimos cargados al comedor. El día estaba luminoso, los niños estaban por comer cuando llegamos. Uno de los encargados me pidió que la bolsa se la diéramos aparte, porque se iban a poner a jugar y luego vendría la comida.
Así fue que fuimos al auto con Tévez, abrí el baúl y le entregué la bolsa. —No juegues aquí, tus compañeros no van a comer. Llévala a tu casa.
Su entusiasmo, su inocencia, sus ojitos brillando en todas direcciones me llenaron de emoción. La emoción de hacer feliz a un niño, al menos por un rato.
Es importante señalar que los responsables del comedor eran Jorge, exconvicto, y su amigo Damián. Este último se había criado en un comedor, nunca conoció a sus padres; esa era su familia.
Por último, me gustaría terminar este relato verídico con una reflexión: Somos canales de abundancia divina. Merecemos todo lo que recibimos, y así como recibimos debemos dar; como damos, recibimos.
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UN AMIGO EN EL BOSQUE

Elspeth Gormley-España
Cuando recibí la noticia de que un lejano pariente me había dejado una herencia en el norte, pensé que se trataba de alguna cantidad de dinero o de unos terrenos sin importancia. Sin embargo, descubrí que mi legado era una pequeña casa situada junto a una aldea cercana al mar, escondida en el corazón de un bosque.
La vivienda era modesta, pero tenía un encanto especial. Un arroyo corría junto a ella, una vieja higuera extendía sus ramas sobre el tejado y el silencio parecía envolverlo todo. Necesitaba algunos arreglos, así que contraté a unos hombres de la aldea para acondicionarla.
Mi intención era quedarme allí una temporada para escribir una novela. Solicité una excedencia, instalé un pequeño estudio y me dispuse a vivir alejada del mundo. Con el tiempo llegaron también algunas gallinas, una cabra y un perro que pronto se convirtió en mi compañero inseparable.
La vida transcurría en calma. Pasaba las mañanas escribiendo y las tardes recorriendo el bosque. Sin embargo, al cabo de unas semanas empecé a notar algo extraño.
Durante la noche escuchaba carreras y golpes en la buhardilla. Por las mañanas aparecía siempre un ratón muerto junto a la puerta.
Pensé que el desván estaba lleno de roedores.
Una noche vi una luz azulada moviéndose tras el pequeño ventanuco de la parte superior de la casa.
Intrigada, subí la estrecha escalera de madera.
Al abrir la puerta de la buhardilla me encontré con algo imposible: una luz flotaba en el aire sin que nadie la sostuviera.
—¿Quién eres? —pregunté.
Tras unos instantes de silencio, una voz respondió:
—Soy Fernando. Fui carpintero en esta aldea.
La voz me explicó que pertenecía a la Santa Compaña. Tras morir, había emprendido el camino junto a otras almas, pero una distracción en mitad del bosque lo separó de la procesión y terminó refugiándose en aquella casa.
—Aquí espero a que vuelvan a buscarme.
Confieso que cualquier otra persona habría salido corriendo. Yo, sin embargo, sentí más curiosidad que miedo.
—¿Y los ruidos de cada noche?
—Los ratones —respondió con evidente disgusto—. Los detesto.
Aquella respuesta me hizo reír.
Resultaba curioso encontrarme ante un fantasma que detestaba a los ratones
Al día siguiente traje un gato de la aldea y el problema quedó resuelto.
A partir de entonces nació una amistad inesperada.
Fernando pasaba las noches conversando conmigo. Me hablaba de las antiguas leyendas ancestrales, de cuevas y de brujas y de las historias que había escuchado durante su larga vida.
Yo le contaba cosas de mi tierra mediterránea, tan diferente de aquellos paisajes verdes y húmedos.
Con el paso de los meses terminé acostumbrándome a su presencia.
A veces sabía que estaba cerca porque alguna silla comenzaba a moverse sola mientras la reparaba. Otras veces veía una regadera elevarse en el aire para derramar agua sobre las hortalizas del huerto.
Mi perro también terminó aceptándolo.
Al principio aullaba cuando veía aquella luz azul descender por la escalera. Después empezó a mover la cola cada vez que aparecía.
En verano fui invitada a participar en una queimada durante la noche de San Juan.
Aquella celebración me impresionó profundamente. El fuego iluminaba los rostros, el conjuro resonaba en la estancia y las antiguas creencias parecían volver a la vida durante unas horas.
Al terminar la fiesta regresé sola por un camino rural.
El coche empezó a calentarse y me vi obligada a detenerme junto a una pequeña casa donde brillaba la luz de una vela.
Me abrió una anciana vestida completamente de negro.
Nada más verme sonrió.
—Te estaba esperando.
Aquellas palabras me sorprendieron.
Le expliqué que debía de estar confundida, pues jamás nos habíamos visto.
La anciana negó con la cabeza.
—Claro que te conozco. Hace siglos fuimos familia.
Después comenzó a contar una extraña historia sobre una vida pasada en la que ambas habíamos muerto acusadas de brujería.
Lo más inquietante fue que mencionó un lunar que yo tenía en la espalda y que nadie podía ver.
Me marché de allí con una sensación difícil de explicar.
Cuando llegué a casa conté la experiencia a Fernando.
La luz permaneció en silencio.
No me dio ninguna explicación.
Y, por alguna razón, aquel silencio me impresionó más que cualquier respuesta.
Poco después llegó una gran tormenta.
Los rayos caían sobre el bosque, el viento hacía crujir los árboles y la lluvia golpeaba el tejado con violencia.
Los animales estaban aterrados.
Yo también.
Sin embargo, aquella noche advertí que la luz de Fernando permanecía junto a mi cama.
Como si estuviera vigilando.
Como si quisiera protegerme.
A la mañana siguiente me habló con una tristeza que nunca antes había percibido en su voz.
—Creo que pronto me marcharé.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Por qué?
—Una anciana meiga de la comarca está a punto de morir. La Santa Compaña vendrá a recoger su alma… y también la mía.
La noticia me entristeció profundamente.
Durante todo aquel tiempo Fernando había sido mucho más que un fantasma.
Había sido amigo, consejero y compañero de soledad.
La noche siguiente me despertó un extraño resplandor.
Miré por la ventana y vi avanzando entre los árboles una procesión silenciosa.
Figuras cubiertas por negras túnicas caminaban lentamente portando luces azuladas y blanquecinas.
Se detuvieron ante la casa.
Entonces apareció la luz de Fernando.
La reconocí enseguida.
Permaneció inmóvil unos segundos frente a mi ventana.
Nos despedimos sin palabras.
Yo levanté la mano.
La luz parpadeó suavemente.
Después se incorporó a la procesión.
Las sombras continuaron avanzando hasta desaparecer en la oscuridad del bosque.
Durante mucho tiempo permanecí contemplando la noche vacía.
El silencio regresó poco a poco.
Y comprendí que jamás volvería a ver a mi amigo.
Aquel fantasma que detestaba a los ratones y que, sin proponérselo, había llenado de compañía mi refugio solitario de Galicia.
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DE GL 581 B

Jaime Hoyos Forero-Colombia
Si este encuentro de cuento y poesía se hubiera celebrado la semana anterior, habría invitado a todos ustedes con mucho gusto a mi segundo matrimonio.
Como el primero, este matrimonio no será eterno en esta vida. Durará máximo 100 años. No tengo aguante
500? -Qué embustero- pensarán algunos de ustedes.
¿500? -Cree que nos va a meter los dedos en la boca -estarán diciendo otros.
Bueno, yo no los puedo obligar a que me crean ni a que digan que mi mujer es la subcampeona del mundo (el récord lo tiene Matusalén con 969 años).
El día de la boda, hace 8 días, no faltó un tris para que el notario, un tipo serísimo, nos mandara con policía a un juzgado para que nos arrestaran por desacato a la autoridad.
-Váyanse a gozar su luna de miel a la cárcel- nos dijo, pero no nos casó, y agregó que el documento de identidad de la novia era falso. ¡Pura ignorancia del notario! Imagínense: no sabía que en 1509, año del nacimiento de mi novia, los colombianos no éramos colombianos sino neogranadinos y que los ciudadanos no éramos ciudadanos sino súbditos del Rey don Fernando II el católico y de su dulce esposita la Reina Isabel y por lo tanto el documento de identidad de mi novia no decía “cédula de ciudadanía” sino: “Cédula Real que el Rey y la Reina de Castilla, Aragón y Navarra confieren a su súbdita Venus María, hija de GL 581 B y de padre desconocido, etc. etc., año del Señor de 1509”. Hay 2 sellos, uno seco en altorrelieve y dos firmas ilegibles en letras de oro.
Pues cómo sería de bruto el notario en cuestión (mi buena educación y caridad cristiana no me permiten revelar su nombre) que todo eso le pareció un chiste.
Fue necesario que el jefe de archivos de la Biblioteca Nacional y un historiador y un químico certificaran la verdad. De esta manera pudimos casarnos. Lo hicimos en la misma notaría de marras, para humillación del notario, quien turbado y de mala guisa, no se atrevía ni a mirarnos.
Creo que ese notario es la primera persona que se ha aguantado las ganas de mirar a Venus María. Y no piensen que ella despierta curiosidad por lo viejita. Nada de eso. La gente se extasía mirándola por su extraordinaria y singular belleza y por su perenne juventud. Su rostro, cuando sonríe, lo rodea un halo fulgente y a veces es necesario bajar la vista para no deslumbrarse. Y su cuerpo, ¡ay, si les hablara de su cuerpo!, este relato se convertiría en un canto de amor, en una oda, en un poema erótico y grandioso. Con decirles que en 1866, cuando Venus María tenía tan sólo 357 años, el poeta Gustavo Adolfo Bécquer anotó en el cuaderno de ella estas palabras mientras se inspiraba mirándola: Mientras exista una mujer hermosa, habrá poesía”.
Y en 1660 Murillo, el pintor sevillano, ofreció a Venus María una fortuna para que le sirviera de modelo de su famosa “Inmaculada”. Ella posó entonces para Murillo pero no aceptó recompensa ninguna por tratarse de un cuadro para la Virgen María.
Ahora mismo yo veo en los ojos de todos ustedes estas preguntas: ¿Cómo hace su esposa para conservarse siempre joven y hermosa?
-¿Por qué ese apellido tan raro: GL 581 B?
-¿Si es verdad todo lo que usted dice, me dirán ustedes, por qué no nos la muestra?
Pues voy a contestar a esas preguntas: GL 581 B es el apellido genérico de los nacidos en el planeta de ese nombre. El planeta GL 581 B está situado en el centro de la Vía Láctea, la galaxia más cercana a la tierra. GL es de un tamaño ligeramente menor que el de la Tierra y está a una distancia de 20 años luz. Es decir, que un vuelo espacial a una velocidad de 20.000 kilómetros por hora, tardaría un millón de años en llegar. Sus habitantes, a pesar de las acechanzas del demonio, nunca le desobedecieron a Dios. Por lo tanto, no hay allí pecado original, de hecho no existe allí el pecado, no han sido castigados por Dios.
En otras palabras los seres que pueblan GL 581 B, no se arrugan, no envejecen, no mueren.
Dios, por medio de sus ángeles, a cada ser terrestre o de GL., en el mismo instante de ser concebido en el vientre de su madre, le coloca en lo más hondo de su primera célula, el alma, siempre inmortal. La diferencia está en que la primera célula de los terrícolas (no el alma) es mortal, sujeta a crecer, reproducirse y morir; mientras que la primera célula de los nacidos en GL es inmortal, como el alma.
El que dude de la existencia de GL y de que allí hay atmósfera como en la tierra y agua y por lo tanto vida, favor confirmar lo que he dicho, esta misma noche, en Wikipedia o en Google.
Estoy contestando, sigo respondiendo las preguntas: hace 500 años, un ángel nuevo, poco experimentado, cometió el pequeño error de colocar en un óvulo humano aquí en la Tierra, una célula primaria de GL, célula desde luego inmortal, siempre joven y eterna. Y así, por accidente, nació Venus María entre nosotros.
¿Que por qué no les muestro a Venus María, mi esposa?
Y…¿Por qué no iría a mostrarla?
Al terminar el encuentro de cuento y poesía, esta noche, los que quieran ver a Venus María, pueden hacerlo si bajan al parqueadero de este edificio: En la cabina de un Ferrari rojo, está esperándome mi esposa. No soy celoso. Comprendo que todos ustedes son mas jóvenes que yo. Sólo les recomiendo no mirarla demasiado tiempo a la cara: su resplandor puede volverlos ciegos.
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GUARDIAN

Marga Mangione-Argentina
Angélica era hermosa como los ángeles que adornaban las paredes de la iglesia del pueblo.
Los cabellos castaños, suavemente ondulados, caían sobre sus hombros como una cascada, la piel era morena y los ojos, de color miel. Su mamá le había dicho que eran iguales a los de su abuela materna, descendiente de rusos, a la que nunca conoció. Tenía solamente catorce años cuando su padre se la entregó a un camionero viejo, sucio y borracho, que a cambio le dio unos pesos que apenas le alcanzaron para comprar un cajón de vino barato.
Eran las diez de la noche del último sábado de marzo. El otoño recién comenzaba y había sido un día cálido y agradable, pero la noche estaba bastante fresca. Angélica se apretó contra la puerta del lado contrario al conductor, llorando sin poder comprender lo que le estaba sucediendo. El reloj del tablero del camión marcaba las once, cuando el camionero lo detuvo en la banquina y comenzó a manosearla y a decirle cosas horribles, mientras babeando, trataba de besarla en la boca. Se defendió como pudo; gritando, pateando y arañando. Él entonces la bajó del camión y comenzó a golpearla brutalmente, hasta que se desvaneció.
Cuando recobró el sentido, estaba sola en medio de la noche. Sus ropas desgarradas casi no la cubrían y el frío la hacía tiritar. Aterrada, estuvo un largo rato tirada sobre la tierra sin poder moverse, luego se levantó y comenzó mirar a su alrededor. Le dolía todo el cuerpo y las lágrimas corrían por su carita en forma incesante.
No podía ni quería reprimirlas; no era solamente por el dolor físico, la angustia y la rabia la asfixiaban. ¡Su propio padre la había puesto a merced de ese ser repugnante que la ultrajó y lastimó de ese modo!
De pronto se sobresaltó al darse cuenta que no estaba sola. Unos ojos brillantes la estaban acechando en medio de la oscuridad. Sintió que el pánico la invadía nuevamente y temblando de pies a cabeza, se dejó caer sin fuerzas para atinar a nada. Pero el instinto de conservación le obligó a forzar la vista para descubrir de quién eran esos ojos. Entonces vio a un enorme perro que la observaba agazapado a pocos metros de distancia.
Pensó que el animal iba a atacarla, pero curiosamente comprendió que no le importaba, no podía pasarle nada peor que lo que le había ocurrido hacía unas horas.
De madrugada, cuando la claridad comenzó a asomar en el cielo, segura de no haberse alejado mucho, decidió ponerse en marcha. Debía caminar hacia el sur, pues sabía que el camionero la noche anterior, había ido hacia el norte. Se levantó con gran esfuerzo y empezó a caminar. Quería llegar a su casa y contarle todo a su madre. Le pediría que le sacase toda esa mugre que la cubría, que curase sus heridas y luego, se dormiría en sus brazos. Su mamá la adoraba y siempre la defendía, ella se encargaría de darle un escarmiento a su padre.
Muchas veces los había escuchado discutir porque él quería entregársela a algún peón de las estancias vecinas, a cambio de unos pesos. No buscaba conseguir así ayuda para los suyos, porque no le importaba nada de ellos.
No trabajaba y se pasaba borracho el día entero, mientras su mujer trabajaba de sirvienta para poder alimentar a la familia. Lo único que quería su padre, era dinero para poder beber hasta hartarse, como hacía cada vez que tenía con que pagarse los tragos. Y cuando no lo conseguía, era capaz de golpear a su mujer para sacarle los pocos pesos que ganaba para el pan de sus hijos.
Angélica caminaba despacio, estaba agotada y sentía un enorme peso en las piernas y el viento había secado la sangre de sus heridas, que a cada momento le dolían más. El sol ya estaba alto, debían ser más o menos las diez de la mañana y pensaba que ya tendría que estar llegando a su casa, que estaba cerquita del camino. Pero comenzó a sentirse asustada al mirar con curiosidad a su alrededor, porque le extrañaba desconocer el lugar por donde se desplazaba. Era muy raro, pues había nacido cerca de la ruta y la conocía muy bien. Comenzó a notar que el paisaje era siempre igual: el camino y a ambos lados, detrás de los alambrados, pastos amarillentos. Ningún árbol. Tampoco había visto gente. Aunque no estaban en temporada, era imposible que no pasara algún auto, micro o camión, habituales en ese camino que conectaba los balnearios con la Capital. Se volvió a mirar hacia atrás y comprobó que a cierta distancia, la venía siguiendo el perro. Era enorme, de pelo corto, completamente negro y estaba todo sucio de barro, igual que ella. El animal se había detenido y la miraba directamente a los ojos. Esa mirada la volvió a asustar, pero trató de acercársele y lo llamó. Al fin de cuentas, por algún motivo que desconocía la seguía y no la había atacado. El perro no acudió a su llamado, se sentó sin dejar de mirarla. Se sintió tan cansada, que se recostó en un matorral de pastos secos y sin darse cuenta, se quedó dormida. Cuando despertó, ya era de tarde, había dormido muchas horas a causa de su debilidad. Tenía, además de miedo, hambre y mucho frío. A unos pocos metros, seguía tendido el perro.
No sabía qué hacer, estaba afiebrada y el terror la paralizaba. Se cubrió el rostro con las manos y comenzó a sollozar, su cuerpo menudito temblaba de pies a cabeza. Entonces el animal se le acercó y comenzó a lamerle los pies descalzos. Fue algo muy dulce que logró serenarla y a pesar de la suciedad que lo cubría, intentó abrazarlo buscando calor y amparo. Esta vez el perro se le acercó dócilmente y se tendió a su lado. Junto a él se sintió protegida. Ana María se había levantado temprano, como todos los días. Le sirvió la leche a los chicos, tomó unos mates amargos y salió al patio para ver si regresaba su marido, que se había ido la tarde anterior con Angélica, su hija mayor, con la excusa de llevarla al pueblo a visitar a sus padrinos. Lo vio llegar solo y completamente borracho. Un presentimiento terrible cruzó por su mente. Corrió hasta la entrada y le preguntó
a Dionisio dónde estaba la nena. Él cruzó el portón a los tumbos y sin contestarle, de un tremendo empujón la arrojó al piso. Se levantó presurosa y comenzó a zamarrearlo, clamando desesperadamente por su hija. El hombre volvió a empujarla y la golpeó varias veces con un palo que había arrancado del cerco, mientras le gritaba en medio de una carcajada:
- ¡Ya podés olvidarte de tu nenita, porque se la regalé a un camionero! Iba para Buenos Aires en un camión nuevito, de color verde. ¡Esa pendeja no servía para nada…, una boca menos para alimentar! ¡Ahora que la mantenga ese tipo…!
La pobre mujer, aturdida por los golpes, se recostó contra un árbol. Su marido jamás quiso a Angélica, que no era hija suya. Hacía casi quince años, había estado muy enamorada de un peón golondrina, rubio y de ojos color miel, que al saber que estaba embarazada, la abandonó. Su padre, para evitar el deshonor de la familia, la había casado con Dionisio y desde entonces, su vida fue un infierno. Jamás le contó la verdad a Angélica, ahora estaba arrepentida, si hubiera hablado, tal vez las cosas serían diferentes.
Loca de dolor, viendo que su marido caminaba hacia la casa obnubilado por la bebida, temiendo que dañara también a sus hijos más pequeños, recogió del suelo el palo con el que él le había pegado y lo golpeó en la cabeza hasta que el hombre se desplomó en medio de un charco de sangre. Entró a buscar a los niños que lloraban asustados y corrió con ellos hasta la comisaría del pueblo, donde denunció lo que había pasado.
La policía comenzó a buscar a la niña, se hizo un operativo por la ruta, pero no había rastros de ella.
Nadie había visto ni oído nada.
Eran aproximadamente las cinco de la tarde, cuando un automovilista que se había desviado para no pagar el peaje, encontró a la niña deambulando a un costado de la ruta alternativa. Estaba sucia, demacrada y cubierta de sangre. A su lado caminaba un enorme perro negro que le impidió acercarse mostrando fieramente sus dientes. Sin descender del coche, por miedo al animal, le preguntó qué le había pasado, dónde vivía y se ofreció a ayudarla. Angélica, llorando, le contó todo lo sucedido. El hombre horrorizado, le dijo que subiera al auto para llevarla a la comisaría más cercana. Al principio, ella tenía miedo, pero luego accedió con la condición de que llevara también al perro. Antes de que él pudiera responder, la chica abrió la puerta trasera del vehículo, el perro subió y se acostó tranquilamente en el asiento.
Angélica tuvo que permanecer dos días internada, a causa de los golpes recibidos, pero se repuso muy bien. Al salir del hospital, se encontró con el perro que estaba esperándola en la puerta. Lo abrazó con ternura y le pidió permiso a su madre para llevarlo a la casa y ella aceptó. Cuando sus hermanitos le preguntaron cómo se llamaba, sin dudar respondió: «Guardián»
El Juez que intervino en la causa de la muerte de Dionisio, determinó que Ana María actuó en legítima defensa y el caso se cerró.
En cuanto al camionero, fue detenido cuando su mujer lo llevó a un hospital de la Capital, con heridas infectadas. Dijo que hacía dos o tres días, lo había atacado un perro cuando bajó del camión a revisar los neumáticos. Después de curarlo y en rigor de que las heridas eran importantes, los médicos hicieron la correspondiente denuncia. La policía lo interrogó, al relacionarlo con la historia de Angélica, pero él negó rotundamente tener algo que ver en el asunto.
Un oficial bastante ducho en sacarle la verdad a los sospechosos, le dijo que traería al perro que estaba con la chica para ver si lo reconocía. Acorralado, confesó que se la había comprado al padre y que quiso violarla. Pero que no lo había logrado, pues tuvo que darse a la fuga ante la furia del enorme animal, que como un fantasma, había surgido de las sombras y lo atacó ferozmente.
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GAME OVER

Andrea Morini-Argentina
Voy a desvelarles el peculiar suceso que me tocó vivir hace algún tiempo, una vivencia que aún hoy, como una sombra persistente, proyecta sus vastas consecuencias sobre mi existencia. Es una historia tejida con los hilos de la incertidumbre y la metamorfosis, un relato que me persigue incluso en la quietud de la noche.
Cierta tarde de mediados de noviembre del año pasado, o quizás del anterior… la memoria, caprichosa, ya no me permite precisarlo con exactitud. Recuerdo, eso sí, que salí, como siempre me sucedía, apurada de la oficina. La prisa era mi compañera constante en el camino hacia mi sesión de terapia semanal. Siempre, una voz interior, la resistencia, me susurraba que no debía ir más, que debía romper con esa rutina. Mas, aun así, a último momento cedía: una fuerza invisible me impulsaba y, por ende, venía el apremio, la carrera contra el tiempo que marcaba mi devenir a diario.
Con paso firme, enfilé hacia la parada de taxis más cercana, mis pensamientos ya en el diván, desmenuzando las ansiedades del día. Pero, antes de llegar a la misma, un brillo en la distancia captó mi atención: un coche desocupado. Como un regalo del azar, le hice señas con la mano, casi por instinto, para que frenara. El chófer, con un movimiento fluido, acercó el auto al cordón y abrió la puerta trasera. Subí, y tras acomodarme en el asiento, le indiqué la dirección hacia donde deseaba viajar, mi rumbo hacia el ritual semanal.
Iba enfrascada en mis asuntos, divagando entre informes y análisis, cuando, de pronto, una vibración ínfima me sacó de ese ensimismamiento. Un zumbido apenas perceptible que, sin embargo, me arrancó de mi burbuja de reflexiones. Sorprendida, busqué en la butaca, suponiendo que el celular se me había caído de la cartera, cosa nada infrecuente, dada mi proverbial distracción. El atolondramiento era ya una marca registrada de mi personalidad.
Encontré un móvil, pero al instante supe que no se trataba del mío. Su diseño, su peso, todo gritaba ajenidad. «Será del anterior pasajero», pensé en aquel momento, con una lógica impecable, aunque teñida ya de una extraña fascinación. La agitación persistía, una llamada insistente, y la tentación de responder se me tornó irresistible, una curiosidad prohibida que me jalaba con fuerza. —Hola —dije, mi voz un poco vacilante, esperando que del otro lado de la línea apareciera el dueño, para así poder entregárselo y librarme de aquel objeto misterioso.
Una voz profunda, cálida y, sin embargo, con una resonancia magnética, respondió. Era muy varonil, seductora y delicada a la vez, una melodía que me envolvió al instante. —Hola, estaba esperando que atendiera —susurró, y en ese murmullo había una intimidad inquietante, como si me conociera de siempre. Añadió, con un empalago que me erizó la piel: —¿Qué tal si le ofrezco cambiar su vida a partir de este momento? ¿Aceptaría? —Dejándome la última palabra expectante, colgada en el aire como una pregunta sin respuesta.
El temor, una ráfaga helada, me asaltó el estómago. La situación era tan inesperada, tan surrealista, que colgué atropellada; mi mano temblaba mientras el móvil se silenciaba. Pero algo, una fuerza ignota y poderosa, me impulsó a no decirle nada al taxista y guardarme el aparato sin más, sin un atisbo de racionalidad. No sabría interpretar de dónde provino ese deseo, esa compulsión irracional, pero es lo que hice entonces. Un objeto ajeno se convirtió, por lo tanto, en mi secreto, un peso en el fondo de la cartera.
Llegué a destino, al consultorio de mi terapeuta, y bajé llevándome el dispositivo conmigo. Me convencí de que tenía la intención de devolverlo, que era un acto de civismo. Sin embargo, ahora, al recordarlo, no lo tengo tan claro. Quizás la semilla de la conversión ya había sido sembrada, y la excusa del retorno era solo una capa superficial para mi creciente embeleso. Terminé de realizar las tareas previstas para esa jornada, las palabras de mi psicóloga resonando aún en mi intelecto, un eco de mis propias zozobras. Me fui directo hacia casa, mi refugio, mi pequeño santuario. Agotada, con el peso del día aún sobre mis hombros, me saqué los zapatos nada más entrar. No hay mayor satisfacción, pensé, que ese pequeño gesto, una liberación, que indica el final de un día de trabajo, el preludio del descanso codiciado. Me preparé un mate, el vapor cálido ascendiendo, y para relajarme, un rito que me traía paz, comencé a escribir unas líneas que tenía dando vueltas en mi cabeza para plasmar en una próxima novela. Necesitaba ordenar mis ideas en una hoja antes de que se perdieran en las nubes del olvido, antes de que el torbellino de la jornada las arrastrara.
Estaba perfilando los avatares de los personajes, imaginándolos con una precisión casi febril, dándoles nombre, edad, gustos, tejiendo sus azares con cada palabra cuando percibí una nueva vibración. Esta vez, las pequeñas sacudidas eran más cercanas, más íntimas. Provenían del escritorio, justo donde había apoyado el trasto descubierto, el teléfono ajeno. Lo había dejado allí con la intención de revisarlo, de ver si alguna pista se revelaba en su memoria, alguna forma de entregarlo a quien lo reclamara. Era mi excusa, mi coartada para mantenerlo cerca.
Atendí, esperanzada y, debo confesarlo, con el anhelo de que se tratara del legítimo propietario de tan peculiar objeto, el eslabón perdido de esta cadena de eventos. —Hola —respondió la voz. Era la misma que había escuchado por la mañana, la que había resonado en la cabina del taxi, ahora más intensa, más cercana—. Temprano le hice una oferta, sigo esperando su réplica —exclamó, esta vez imperativo y exigente, una autoridad implacable que no admitía dilaciones. —Creo que se ha confundido señor —Le respondí, con una convicción que comenzaba a resquebrajarse. Luego, imponiendo una lógica que ya se desvanecía, agregué—, este móvil lo encontré hoy y estoy intentando dar con la persona a la cual pertenece, por lo que, supongo, es con quien usted desea comunicarse, no conmigo —aseveré con total convicción, aunque mi voz ya flaqueaba. —No es así —respondió con un dejo glacial en su voz, un frío que me caló hasta los huesos—. ¿Acaso usted no es Clara Guzmán? —preguntó, y la mención de mi nombre me heló la sangre. Mientras afirmaba a continuación, su voz grave como un trueno distante— La conozco bien, aunque no lo crea.
Una invasión de inseguridad me atenazó el estómago, un puño invisible que me apretaba las entrañas y no me permitía responder. Corté la llamada de forma abrupta, mirando el artilugio como si el mismo encarnase un símbolo del infierno, una puerta a lo desconocido. No podía entender qué estaba pasando y eso me resultó intolerable e inquietante. La madeja de mi vida, tan ordenada hasta ese momento, comenzaba a enredarse. «¿Qué o quién quería algo de mí?», recuerdo que pensé, muy asustada, mientras daba vueltas por la habitación, convertida en un torbellino de paranoia. La pregunta rebotaba en las paredes de mi hogar, una obsesión.
En ese momento, la decisión se forjó dentro de mí como hierro candente: tenía que deshacerme del aparato, dejarlo en algún lugar lejos de mi casa de inmediato. Así que, sin pensarlo dos veces, sin dar lugar a la razón, me dirigí a la plaza que estaba justo enfrente de mi puerta, un oasis de verdor que se convirtió en mi salvación. Bajé las escaleras a toda prisa y crucé la calle apurada, el corazón latiendo desbocado. Con un gesto furtivo, casi criminal, lo apoyé sobre un banco y salí huyendo de allí como si fuera una delincuente, una fugitiva de algo que no podía nombrar. Entré atropellada al que era mi hogar entonces, cerrando con un fuerte golpe, un retumbo que resonó en el silencio de mi alma. Seguía muy intranquila, una zozobra persistente me corroía, aunque, en apariencia, ya estaba a salvo. No sabía bien de qué, qué entidad o qué fuerza me había acechado, pero quería creer que así era al fin, que la pesadilla había terminado.
Traté de serenarme, de encontrar la calma en el caos que se había desatado en mi vida. Decidí continuar trabajando en la trama de la novela, antes de comer algo, aunque lo hice con muy poca convicción. Las palabras ya no fluían con la misma facilidad, el misterio se había incrustado en cada fibra de mi ser. De pronto, una melodía familiar resonó en la habitación. Esta vez reconocí el sonido habitual de mi propio dispositivo, ese que creía seguro en mi bolso. Me sobresalté. «¿Cómo era posible?» Sin mirar la pantalla, por puro reflejo, contesté, y después de dar el saludo inicial, una voz que ya empezaba a fastidiarme, a colmar mi paciencia, alegó: —Solo tiene que contestar, Clara Guzmán, si está interesada en cambiar su vida a partir de hoy, en ese caso, nunca más tendrá que preocuparse por nada —sentenció en un tono de voz perentorio, una orden disfrazada de oferta. Y luego, rompiendo toda barrera, empezó a tutearme, como si fuera un viejo conocido, lo que sumó una nueva capa de escalofrío a mi turbación—. Necesito que afirmes o rechaces lo ofrecido ahora, no vuelvas a colgar, porque no cejaré en el intento, debo saber a qué atenerme, pero sabrás que espero una réplica positiva, por supuesto.
«¿Quién era esta persona que insistía en llamarme, que parecía saberlo todo sobre mí, incluso mi nombre completo?» «¿Por qué necesitaba mi sentencia, mi veredicto, ante su planteo tan enigmático?» «¿Qué sabía de mí, de mi vida, de mis secretos más íntimos?» Las preguntas se agolpaban en mi mente arrasada por los miedos, un torbellino incesante de dudas. Su voz, por un instante, me sonó familiar, como un eco de un pasado remoto, un recuerdo que se negaba a materializarse. —¿De qué se trata todo esto? —respondí, el enojo por la intrusión en mi vida se mezclaba con una creciente intriga—. No sé quién habla, ni por qué me está ofreciendo algo que no pedí. Si no se explica mejor, volveré a colgar —aseveré, mi voz firme, aunque ya sentía la curiosidad rondar, de manera peligrosa, como un animal hambriento a mi alrededor. —Así ya es diferente, puedo explicarte en la medida de tu afán por escuchar —expresó, su voz melosa, untuosa, una trampa de terciopelo, añadiendo con un tono casi sensual—. ¿Sí? —Por favor —le solicité, entregada por completo a la tentación de conocer de qué se trataba toda la cuestión, de desentrañar el interrogante que me envolvía. La resistencia había cedido, el enigma había ganado la partida. —Te propongo participar en un juego, Clara Guzmán, junto con otras personas que también fueron elegidas, al igual que tú —respondió la voz, y la palabra «juego» me pareció extraña, casi infantil, en medio de tanta solemnidad—. Las reglas son sencillas y te serán indicadas cuando corresponda —agregó, callando a continuación, dejando un silencio expectante.
Me encontré diciéndole, mi voz más audaz de lo que creía: —Y… ¿por qué fui elegida? ¿Quién lo hizo? —interrogué titubeante, pero la pregunta ya formulada era imposible de retirar. —Eso no es relevante, Clara. Lo importante es que lo fuiste, que tu sino te ha traído hasta aquí —respondió con una firmeza que no admitía réplicas—. Solo te puedo asegurar que no he sido quien te seleccionó, no es algo que me corresponde hacer. Pero sí puedo precisar la importancia de la propuesta y de la conversión radical que significará en tu vida, para mejor, claro, en el caso de que te interese comprometerte con ella.
Si me retrotraigo a ese momento, a la encrucijada de mi vida, no puedo precisar con exactitud qué me impulsó a consentir esa loca proposición, carente de toda lógica, de toda sensatez. Tal vez, puedo aventurar, que en una vida ordenada como siempre fue la mía, meticulosa y predecible, con pocos matices, una rara aventura no me pareció tan descabellada, tan ajena a mi ser. Además, la idea de que otras personas también estarían inmersas en la supuesta actividad lúdica, me brindaba una extraña sensación de seguridad, de no estar sola en esta locura.
«¿Por qué no?», me dije entonces, algo en mi interior me impulsaba al abismo de lo desconocido. De esa manera, me rendí ante la seducción de lo ignoto, un canto de sirena que me arrastró sin remedio. Desde entonces, todo avanzó a ritmo febril, a una velocidad que mareaba, que impedía asimilar los cambios.
Me citaron en una vieja casona de Villa Devoto, un barrio de Buenos Aires con aires de antaño. El exterior de la casa, un tanto deteriorado, contrastaba con la belleza de su entorno: un hermoso parque lleno de árboles centenarios y flores de mil colores, en una de las clásicas avenidas que engalanan esa zona de la ciudad.
Allí, en ese lugar que parecía sacado de otra época, conocí al resto de los integrantes de tan dudoso grupo, de esa cofradía de lo incomprensible. Todos estaban tan aturdidos como yo, con los ojos vidriosos de recelos, pero cada cual impulsado por alguna necesidad diferente: emocional, material, o la que su raciocinio les diera como justificación para estar ahí. Éramos marionetas de un hado incierto, atadas a hilos invisibles. En principio, la voz, a través de sus emisarios, nos explicó que debíamos superar diversas pruebas o pequeñas tareas. Aquellos que íbamos cumpliendo las fases asignadas en los primeros lugares, continuábamos participando, sorteando cada vez más complejas faenas. El resto, los que no lograban avanzar, suponíamos que eran eliminados y volvían a sus hogares, a la normalidad de sus vidas. Ahora, con la perspectiva del tiempo, entiendo que eso elegimos pensar en aquel momento, una mentira piadosa para apaciguar nuestra propia congoja.
A poco de iniciar la contienda, la competencia, comencé a sentirme mal, el cuerpo reclamaba descanso. Aquello no era un juego, sino una carrera de supervivencia, una lucha por cada aliento. Apenas comíamos, la comida era escasa y sin sabor, y reposar, poco y nada. El sueño era un lujo que no podíamos permitirnos. Por lo cual, el estado general se iba tornando cada vez más agresivo y compulsivo, una animalidad latente que afloraba con cada desafío.
Estaba decidida a ganar, a sobrevivir. Desconociéndome, arremetí con fiereza en cada ciclo, cada obstáculo, sacando fuerzas de donde no las tenía y argucias que no sabía que poseía. Ante cada meta alcanzada, a la vez que seguía adelante, algo dentro de mí se alteraba, se fracturaba, al punto tal de que empecé a sentirme ajena a mí misma, como si el yo que fui se disolviera en el éter. Pero la ambición, una bestia que no conocía, era más fuerte que la conciencia, más poderosa que el remordimiento, así que «¡Adelante!», me decía alentándome, sin vacilaciones ya, hacia lo desconocido. De esta manera, con cada paso, con cada triunfo, entré en este mundo para el cual no creía estar preparada y, en el que, sin embargo, logré subsistir a toda costa.
La voz que me había convencido para entrar en él, nunca más la escuché, se desvaneció como una promesa vacía, a pesar de que busqué en todos los rincones de este universo a su propietario, a esa entidad que había puesto en marcha mi transformación. Creí percibir, cierto día, una sonrisa amiga que se parecía mucho a la de alguien que conocí tiempo atrás, al que amé de forma salvaje, con una pasión que quemaba, pero, como entonces, su rostro se evaporó, se desvaneció como sucede ante la imposibilidad del querer en ciertas relaciones, de aquellos encuentros que no están destinados a perdurar.
Para no aburrirlos con tanta historia, con la dureza de mi ascenso en este destino macabro, volvamos al principio, al origen de mi encierro, a cómo llegué a esta situación sin retorno, a este punto sin vuelta atrás. Uno a uno mis contrincantes se fueron marchando, desvaneciéndose en la nada, mientras continuaba avanzando, lenta, pero inexorable. «¿Hacia dónde?», llegué a interrogarme alguna vez, en un raro atisbo de lucidez. Pero en realidad no tenía respuesta para eso. Era seguir adelante por la simple inercia de hacerlo, acumular más y más triunfos para mi ego personal, sin ninguna necesidad real que atesorar en ello, sin un propósito más allá de la victoria.
En cada etapa, una parte de mí se diluía, se evaporaba cual gota de rocío en un día de verano, mientras me iba convirtiendo en parte del orbe en el cual había aceptado vivir.
Aquí, en este lugar, no paso hambre ni frío, las necesidades básicas están cubiertas, pero la muerte y la resurrección se encuentran cada vez que alguien decide utilizar mi avatar en el juego de roles en el cual estoy inmersa sin poder escapar.
Escribo estas líneas mientras aún recuerdo, con una claridad dolorosa, que alguna vez fui Clara Guzmán, una simple oficinista, antes del próximo instante en que me quede sin energía, se escuche un sonido atronador, como un estruendo que anuncia el fin, y vuelva a pender sobre mí la palabra «Game Over».
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COMPARACIÓN

Carlos Pérez de Villarreal-Argentina
En el Ajedrez, como en la vida, la mejor jugada es siempre la que se realiza – Siegbert Tarrasch
Se acercó con el tablero bajo el brazo y la bolsita de plástico con las 32 piezas aventureras. Siempre nos encontrábamos en el mismo banco de la plaza, con la mesa de piedra como un comensal más. Lo abrió y desplegó. Comenzó a colocar los huéspedes:damas, reyes, caballos, torres, alfiles y peones. Él siempre jugaba con las blancas, nunca quiso perder la «iniciativa”, allí nos quedábamos: jugando, descubriendo, inventando.
Verlo concentrado en las partidas era algo que jamás podría olvidar. La tensión, el rictus de la boca, la cabeza que se movía llena de pensamientos y jugadas anticipadas, la inteligencia puesta exclusivamente al juego enfrentada a dilemas a veces insolubles, la lucha interna por doblegarme como adversario, la crispación de sus manos. Hasta que al final movía una pieza y recobraba su tranquilidad. Roberto andaba por los 80 largos, su cuerpo no lo acompañaba mucho, pero su mente era una máquina calculadora, inteligente y por sobre todas las cosas innovadora.
Estaba planificando una variante de la Defensa Siciliana, que, según él, revolucionaría el mundo ajedrecístico. Superaba todas las conocidas, porque había estudiado en profundidad las jugadas del sacerdote Pietro Carrera, analista italiano del siglo XVI, creador de la famosa jugada.
Durante todo el año, si el tiempo lo permitía, los viernes allí estábamos los dos. Él venía desde su casa mientras que yo salía de la redacción del diario. No sabía dónde vivía. Nunca se lo había preguntado. Él tampoco me lo había dicho. Era por el barrio, pero nunca quiso dar muchas explicaciones. Siempre supuse por sus ropas elegantes pero gastadas, que en algún momento de su vida había tenido un buen pasar. Tal vez la vida se le habría complicado. Cada uno de nosotros lleva su mochila al hombro que a veces pesa poco y a veces demasiado.
Un viernes primaveral no vino, lo esperé en vano otro viernes, otro, uno más. Nunca lo volví a ver. Lo busqué indagando por varios lados, pero nada. Pregunté en la misma redacción, los negocios de la zona: algunos lo conocían por la descripción que les daba, pero no sabían dónde podía vivir. Se había evaporado de mi vida como un soplo en el viento. Allí quedó la nostalgia, sin tener remedio. Una semana antes de Navidad, una señora bastante mayor apareció en el diario buscándome. Traía un envoltorio para mí de parte de Roberto. Había fallecido hacía casi tres meses. Ella era una amiga que cuidaba de él en ciertas oportunidades. Antes de partir le había dejado el recado de entregarme el paquete como regalo de Fin de Año.
Le pregunté de qué había fallecido y su respuesta fue contundente: de vejez. «Nadie muere de vejez», pensé. Pero de qué valía explicarle eso a esta mujer. Le pregunté si necesitaba algo y me explicó que no. Sólo cumplía con el pedido de Roberto Seoli. En esa conversación me enteré por primera vez de su apellido.
Esa noche, ya en casa, abrí el paquete con todo cuidado. Había esperado ese momento con ansias. No lo quise hacer en el trabajo por razones personales. Esto era mío, particularmente mío. Allí estaba el viejo tablero y los 32 trebejos, gastados, ajados, esperándome. En un sobre marrón bien cerrado, encontré una papeleta con diferentes jugadas. La letra pequeña, pareja y bien escrita, reforzaba mi impresión de que Roberto había sido una persona de una gran cultura. En la mesa chica del living, al lado de los sillones, armé todo y comencé a desarrollar lo escrito por él. ¡Formidable! ¡Excepcional! ¡La combinación perfecta! ¡Una variante de la Defensa Siciliana extraordinaria!
Me quedé quieto por un momento recordándolo con su traje raído, sus zapatos charolados de dos colores, el bastón marrón de madera lustrada y esos ojos brillantes cuando realizaba una partida magistral. En base a ella escribí un libro que resultó ser un best-seller para el mundo ajedrecístico. La variante llevaba su nombre. El nombre de un hombre que llevó su imaginación al límite.
Hoy ese tablero sigue allí. Nadie lo toca. No lo permito.
Nunca más jugué en él. Es un sempiterno recuerdo.
Roberto, vos allá andá preparando otra jugada. Yo aquí voy a hacer lo mismo.
Cuando nos encontremos… comparamos.
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¡ME QUIERO MORIR!

Sarah Petrone-Argentina
¡Me quiero morir! ¡Me quiero morir! Es increíble la cantidad de veces que repetimos a diario este latiguillo, siempre que un problema por mínimo que sea nos toca y hace que involuntariamente y sin tener en cuenta la magnitud de lo que significa esto que decimos. ¡Lo decimos!
Como un mantra lanzamos al universo una petición que es sólo un exabrupto estúpido e intrascendente, sin medir las consecuencias que ello acarrea.
Porque… Alguien… En algún momento, en algún lugar, el cosmos la recibe como petición del inconsciente y la envía como una maldición imposible de conjurar. Entonces el “me quiero morir” cuando un amor nos deja, un trabajo no se nos da, o cuando las ingratitudes de la vida ponen en la balanza de los sentimientos, las pérdidas inesperadas o no, que sólo sopesan los cambios, que no son más que eso, “cambios”. Para bien o para mal. Pero… Cambios.
Perdoname amiga, esto parece una sesión de terapia o una tesis aburrida sobre la idea de la muerte. Pero no lo es. Tampoco sé si estás escuchándome.
Sólo quiero alentarte como siempre. Morir por amor. Por traición. Por celos. Y una vez más ahora estamos aquí, en terapia intensiva, deseando que todas las pastillas que tomaste se eliminen de tu organismo y te recuperes.
Estoy sentada a tu lado sin poder hacer nada. Nada más que mirarte y esperar.
Por tercera vez te encontré tirada en el baño, y otra vez sigo haciéndote el aguante. Pero no olvides que algún día puedo llegar tarde y entonces perderíamos las dos.
¿Sabés una cosa? Conozco a alguien que lo único que repite siempre, es: “No me quiero Morir”. Y lo dice en voz baja porque ya no tiene voz. Por tercera vez su propio cuerpo atentó contra ella y está mutilada como muchas mujeres por un cáncer terminal, y la veo palidecer y adelgazar hasta el extremo, sin remedio.
Siempre nos ha dolido en los ojos y en las vísceras, el hambre en el mundo al ver en los noticieros las realidades de la vida. Y ahora, como si fuera poco, otra guerra, en un mundo de bárbaros que igual que en el circo romano, viven como zombis, sin ser vencedores ni vencidos, desangrándose por igual en la inconsciencia de cerebros vacíos, sin fuerzas para gritar si realmente
quieren morirse o no, por una ideología que no siempre comparten.
Hemos visto el miedo y el dolor en muchos ojos anestesiados a través del alcohol y las drogas, lo que nos formó en la elección de nuestras carreras médicas. Y no te sirvió de nada.
Como una cábala, el número tres, marca nuestras vidas. Ésta es tu tercera vez en coma, hoy, hace tres días. Yo, otra vez, tres días que no duermo esperándote detrás de los vidrios de la terapia intensiva, que es lo que nos separa, porque eso es lo que hacen las buenas amigas, ¿no?… Bueno, creo que también lo hago por interés, quiero que te recuperes porque…
Compartimos el departamento y si no nos ayudamos con el alquiler, tendría que volver a la casa de mis padres, y ahí sí que diría igual que vos ¡Me quiero morirrr!
Hasta en estos momentos me sacás una sonrisa. ¡Qué hija de puta sos! Dale gorda, abrí los ojos. Hacelo por mí. Recordá lo bien que lo pasamos juntas.
Extraño tu buen humor, cuando no te enroscás con la realidad que no tiene lógica dentro de tu ilógica obsesión por recuperar lo que nunca fue tuyo.
No te quiere, gorda, nunca te quiso y lo sabés. Lo supiste siempre. ¿Te parezco cruel?
¡Abrí los ojos, carajo! ¿Qué le voy a decir a tu hijito cuando te precise? ¿Y a tus viejos? Ya saqué los pasajes para ir al pueblo. Nos están esperando con los brazos abiertos. No les podés hacer esto. Volver de la muerte tiene su precio y sé que me escuchás. Esa pequeña lágrima que noto en tus ojos ojalá barra con las penas de tu corazón. Te voy a
ayudar, amiga. Aprendé a quererte.
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ELLA O YO

Yanni Tugores-Uruguay
Ella camina por la orilla de la playa. Una túnica negra le cubre los pies. Arrastra algo pesado en su mano derecha. Camina de un extremo al otro y a mitad del recorrido se detiene. Levanta su cabeza y me observa. Distingo su silueta negra, su rostro enmarcado en una capucha, y sus ojos solo son cuencos blancos y vacíos que me miran fijamente.
¿Tiene rostro? No lo sé. No logro distinguir con claridad; estoy detrás del ventanal de mi apartamento en un noveno piso.
Todas las noches la misma rutina: camina de un lado al otro, se detiene, me observa y continúa.
Afuera es verano pero aquí, dentro de mí, hace mucho frío. Me canso de mirarla. Giro mi silla y me dirijo al dormitorio. Me acuesto y me cubro con una manta tejida de cuadrados de crochet multicolores que heredé de mamá. Al fin
logro dormirme.
Amanece. El sol majestuoso se posa en mi cama. Intento abrir los ojos. No puedo. Algo me enturbia el pecho y sella mis párpados. Estiro las manos hasta alcanzar una silla. Me incorporo del lecho y a ciegas me tomo las piernas y las bajo. Logro sentarme. Tiro de la manta y me cubro. Conozco bien la casa, no necesito los ojos para recorrerla.
El frío es cada vez más intenso. Me dirijo hacia el ventanal y corro las cortinas. Puedo sentir el sol invadiendo mi cuerpo, pero no logra calentarme.
No tengo apetito ni ganas de hacer nada. Un olor nauseabundo se filtra en las fosas nasales. Seguro que son las heces de la gata que no he podido limpiar.
¿Qué puedo hacer si no veo nada? “No importa —pienso— ya lo limpiaré”. Decido quedarme allí, inmóvil, esperando. Mimí, la gata, salta en mi regazo, maúlla y ronronea.
Abro el ventanal y salgo al balcón, obviamente el animal se va. Ni idea de adónde fue. Pero siempre regresa. No me preocupo.
Percibo que poco a poco se retira el día.
Mi olfato se impregna de sal, mis oídos del vaivén de las olas y de las risas de los enamorados que dejan la playa. Siento una luz brillante recorrer mi cuerpo, entonces sé que hay luna llena.
Es extraño: ya no tengo frío. Por el contrario un intenso calor me sofoca. Siento que alguien me toma la mano y me incorpora. Puedo sentir el agua en los pies. Me tocan y abro los ojos. Estoy caminando junto a ella por la orilla del mar. La miro detenidamente. Sus ojos ya no son solo cuencos vacíos y blancos, ahora se ven enormes, rojos y un halo de fuego rodea su cuerpo.
Ahora entiendo, viene a buscarme, me arrastra con ella pero… ¿adónde? El calor se hace más intenso. Yo no he sido mala.
—¡No, no! ¡Por favor, déjame!
Forcejeo y logro soltarme de su mano. Me sumerjo en el mar y nado y nado hasta que no hago pie. ¿No hago pie? ¡Sí, mis piernas se mueven, puedo nadar!
Ahora mis ojos ven con claridad. Sabía que había luna llena. Qué bello paisaje. El agua parece estar cubierta por noctilucas destellando su luz. Mi cuerpo, desnudo, se cubre con esos destellos. ¡Qué placer!
Nado hasta la orilla y salgo. Aún no puedo creer que esté caminando. Me tiendo boca arriba sobre la arena y observo. Mi piel está tersa y mi pelo recobró el color del trigo. Mis senos lucen turgentes y en mis extremidades no se percibe ninguna arruga. ¡Soy joven otra vez! Me acerco a la orilla y miro mi silueta en el espejo que la luna me regala. Estoy desnuda, debo regresar.
Antes tendré que secarme, pero… ¿cómo?
La playa está desierta entonces decido caminar de un extremo al otro. A mitad del recorrido me detengo. Levanto mi mirada y veo la figura de una anciana en una silla de ruedas que me está mirando.
Al bajar mi rostro, una túnica negra me cubre todo el cuerpo. Comienzo a caminar en la playa de una punta a la otra, mientras mi mano derecha arrastra una pesada guadaña.
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