RELATOS DIA INTERNACIONAL DE LA MUJER 2026

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“Se permite la difusión del contenido siempre que se mencione la autoría o la página Letras

Relatos-mujer

“Relatos para un 8M que nos invita a pensar, leer y renacer.”

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COLABORAN

  • Maren Alberdi — España
  • Luz Fontana — Italia
  • Elspeth Gormley — España
  • Sandra Romeo — Argentina
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LA MUJER QUE ENCENDIA FAROS

Maren Alberdi-España

Cada madrugada, cuando el pueblo aún dormía, Clara subía la colina con una linterna vieja que apenas alumbraba sus pasos. Nadie sabía por qué lo hacía. Algunos decían que era costumbre, otros que era manía, otros que simplemente estaba sola.

Pero Clara no subía para verse. Subía para ver a las demás.

Desde lo alto, encendía su faro pequeño —una lámpara de aceite que había heredado de su abuela— y lo dejaba brillar hacia el valle. No iluminaba mucho, apenas un hilo de luz temblorosa. Pero era suficiente para que otras mujeres, en otras casas, supieran que no estaban solas en la oscuridad.

Una noche, una niña del pueblo la siguió. —¿Por qué lo haces? —preguntó. Clara sonrió. —Porque todas necesitamos un faro alguna vez. Y porque un faro no se pregunta a quién ilumina. Solo lo hace.

Con el tiempo, más mujeres subieron con ella. Cada una llevó su propia luz: una vela, una linterna, una lámpara improvisada. Y la colina, que antes era un punto solitario, se convirtió en un cielo en la tierra.

Desde entonces, en ese pueblo, el Día de la Mujer no se celebra con discursos. Se celebra encendiendo luces. Porque allí aprendieron que la valentía no siempre ruge: a veces solo ilumina.

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LA ESQUINA DE LA LUZ

Luz Fontana-Italia

En el barrio había una esquina donde siempre daba el sol. No era un lugar especial: un trozo de acera, una farola vieja, una pared con grafitis que nadie terminaba de borrar. Pero a esa hora de la tarde, la luz caía de una forma que hacía que todo pareciera un poco más posible.

Allí se encontraban, casi sin planearlo, dos mujeres.

Clara salía del trabajo con los hombros tensos y el pelo recogido a toda prisa. Había pasado el día entero explicando cosas que nadie quería escuchar, como si su voz fuera un ruido de fondo. Elena llegaba en bici, con las manos manchadas de grasa y una sonrisa que siempre parecía recién estrenada. Era mecánica, y le gustaba decir que arreglar bicicletas era más fácil que arreglar el mundo.

Se saludaban con un gesto pequeño, casi tímido, como quien reconoce un refugio sin admitirlo.

Un día, Clara llegó con los ojos brillantes de rabia.

—Hoy me han vuelto a interrumpir en la reunión —dijo—. Tres veces. Y la última… la última ha sido para repetir lo que yo acababa de decir.

Elena apoyó la bici en la pared y se cruzó de brazos.

—Pues mira —respondió—, yo hoy he tenido que explicarle a un cliente que sí, que una mujer puede cambiarle los frenos sin que se muera nadie.

Se rieron. No porque hiciera gracia, sino porque a veces reír es la única forma de no romperse.

La luz seguía cayendo sobre ellas, cálida, insistente.

Con el tiempo, empezaron a quedarse un poco más. A hablar de lo que dolía y de lo que sostenía. De lo que habían aprendido a callar y de lo que ya no pensaban callarse nunca más.

Una tarde, mientras Clara hablaba con las manos —porque cuando se soltaba, hablaba también con el cuerpo—, Elena la miró con una claridad nueva. Como si la luz de la esquina hubiera cambiado de sitio y ahora le iluminara directamente el pecho.

—¿Puedo decirte algo? —preguntó Elena, sin apartar la mirada.

Clara asintió.

—Cuando estás aquí… no sé. Me siento menos sola.

Clara tragó saliva. No era una confesión grandiosa. No era una declaración de película. Era algo más verdadero: un hilo que se tendía entre las dos.

—A mí me pasa lo mismo —respondió—. Y no sabía cómo decirlo.

No se tocaron. No hacía falta. La luz las envolvía como si lo hiciera por ellas.

Desde entonces, la esquina dejó de ser solo un lugar donde daba el sol. Se convirtió en un punto de encuentro, en un espacio seguro, en un recordatorio de que las mujeres —todas, de todas las formas posibles— pueden encontrarse, sostenerse y reconocerse sin pedir permiso.

Porque a veces la revolución empieza así: con dos mujeres que se miran de frente, y una luz que, por fin, no las deja en sombra.

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EL HILO QUE CRUZO EL MAR

Elspeth Gormley-España

Amina llegó a España una madrugada fría de enero. No sabía exactamente dónde estaba; solo sabía que había tierra firme bajo sus pies y que el mar, por fin, había dejado de rugir. Llevaba tres días sin dormir, con la ropa pegada al cuerpo y la mirada fija en un horizonte que ya no existía. Pero estaba viva. Y eso, para ella, era un comienzo.

Había salido de Senegal con una mochila pequeña y una promesa: “volveré cuando pueda sosteneros a todos”. Su madre le había trenzado el pelo la noche anterior a su partida, apretando cada mechón como si quisiera dejarle un hilo invisible que la guiara de vuelta a casa. —No olvides quién eres —le dijo—. Ni de dónde vienes. Amina asintió, aunque sabía que el viaje la cambiaría para siempre.

En España la recibió un centro de acogida, un edificio gris que olía a sopa caliente y a cansancio. Allí aprendió sus primeras palabras en castellano: hola, gracias, mañana. Palabras pequeñas, pero suficientes para empezar a tejer una vida nueva.

Los primeros meses fueron duros. Muy duros. Amina limpiaba escaleras por las mañanas, cuidaba a una anciana por las tardes y estudiaba español por las noches. A veces lloraba en silencio, no por tristeza, sino por agotamiento. Pero cada vez que pensaba en rendirse, recordaba las manos de su madre trenzando su cabello. Ese hilo invisible seguía ahí, tirando de ella hacia adelante.

Un día, mientras limpiaba un portal en Alicante, una vecina la observó en silencio. —Tú trabajas muy bien —le dijo—. ¿Has pensado en estudiar algo? Amina sonrió tímidamente. —Quiero… cuidar. A personas. A mayores. A niños. A quien necesite. La mujer la miró con una ternura inesperada. —Entonces ven conmigo. Conozco un sitio donde puedes formarte.

Ese gesto cambió su vida.

Amina comenzó un curso de auxiliar sociosanitaria. Le costaba seguir las clases, pero no se rendía. Subrayaba cada palabra, repetía cada frase, preguntaba sin miedo. Sus compañeras la admiraban. —Tú tienes una fuerza que no se ve todos los días —le decían. Ella sonreía, sin saber muy bien cómo responder.

Al terminar el curso, consiguió trabajo en una residencia. Allí descubrió algo que no esperaba: que su voz, suave y cálida, tenía el poder de calmar a quienes ya habían olvidado casi todo. Que sus manos, firmes y delicadas, podían sostener cuerpos frágiles sin hacerles daño. Que su presencia, silenciosa y constante, era un refugio para muchos.

Una tarde, mientras acompañaba a pasear a una mujer mayor, esta le tomó la mano. —Eres luz, hija —le dijo—. No dejes que nadie te apague. Amina sintió un nudo en la garganta. Nadie se lo había dicho desde que dejó su hogar.

Con el tiempo, alquiló una habitación, envió dinero a su familia y comenzó a ahorrar para traer a su hermana pequeña. Cada paso era lento, pero firme. Cada día era una conquista.

El 8 de marzo, sus compañeras de la residencia la invitaron a una manifestación. —Ven con nosotras —le dijeron—. Este día también es tuyo. Amina dudó. No sabía si pertenecía a ese “nosotras”. Pero fue.

Cuando llegó a la plaza y vio a tantas mujeres juntas —jóvenes, mayores, migrantes, españolas, madres, estudiantes— sintió algo que no había sentido desde que dejó Senegal: pertenencia.

Una chica le ofreció un cartel. —Escribe lo que quieras. Amina pensó un momento y escribió despacio, con letra temblorosa:

Mi camino fue largo. Pero aquí también florezco.”

Al levantar el cartel, sintió que el hilo invisible que la unía a su madre seguía intacto. No la tiraba hacia atrás. La sostenía.

Y por primera vez desde que cruzó el mar, Amina se sintió completa

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COMPAÑERAS DE VIAJE

Sandra Romeo- Argentina

Sin luces ni sombras en su mirada, la anciana estaba parada en el andén de la estación, inmóvil entre la marea de gente.
Semejaba un árbol reseco esperando el hachazo final.
Quizá fue esto lo que llamó la atención de Ángela. Y eso que ella no era afecta a iniciar relaciones con personas desconocidas.
Se acercó a la vieja despacio, aprovechando los huecos que dejaban los pasajeros apretujados sobre la plataforma.
La tomó con cuidado del brazo con temor a que se le deshiciera en las manos y la despegó unos pasos del bloque humano.
Se sintió mirada, y en esa mirada, espejo a futuro, se vio.
Tuvo miedo.
Aun así ayudó a la viejita a subirse al tren y conseguir un asiento en los vagones atestados.
Dio media vuelta para marcharse pero la voz cascada de una historia la atrapó.
—Sí—dijo la otra—, estoy sola en el mundo y soy vieja. Piensan que no lo sé, que no me doy cuenta o que soy tan estúpida como para no verlo. Sin embargo no siempre fue así. Sé de la familia, del amor y del abrazo. Sé del abandono.
Ángela se hizo un lugar a su lado dispuesta a escuchar.
Las manos huesudas de la anciana dibujaban signos en el aire y su mirada legañosa la enfocó al tiempo que le decía: —Todo se remite a la confianza, querida. Cuando una confía nunca está sola.
Cuando una confía, vive.
La joven ahuecó sus brazos y la contuvo. Con el traqueteo del tren y la cadencia de su monólogo la viejita se fue quedando dormida, no sin antes depositar a Ángela en la contemplación de su propio pasado.
Recordó.
El amor con Eduardo. La pasión que los condenaba a una vida apartada. La familia hinchando su vientre, bebiendo su tiempo así como su sangre.
Los engaños.
Otras que nunca serían ella. Solo pasajeras sin ancla ni destino en la vida de él. Pero otras al fin.
Y la soledad que se coagulaba en horas de espanto durante el día y la asfixiaba durante la noche al punto de sentirse expulsada del tiempo.
Despacio, muy despacio, se deshizo del abrazo a su compañera de viaje acomodándole la cabeza con cuidado sobre el asiento de cuerina verde.
No sabía dónde estaba, pero sí sabía que debía bajarse de ese tren que era su vida. La otra, pajarillo breve en el inmenso vagón, seguramente viajaría hacia el final.
Se paró con lentitud dirigiéndole a la viajera una última mirada de cómplice
agradecimiento.

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LA NIEBLA – RELATOS – FEBRERO

Nota Editorial: Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece.

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Toda historia comienza cuando la niebla decide abrir un umbral.

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COLABORAN

  • Maren Alberdi España
  • Magi Balsells – España
  • Carlos Pérez de Villarreal – Argentina

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LA NIEBLA

Maren Alberdi – España

Dicen que hubo un tiempo en que un pequeño pueblo pesquero vivía atrapado en una rutina tan espesa como la propia niebla que un día llegó del horizonte. Aunque lo tenían todo -el mar generoso, los huertos fértiles, el bosque vivo, la paz con los pueblos vecinos-, la gente caminaba sin alma, “como ausentes, sin una sonrisa de saludo…”, hasta que la niebla vino a mostrarles lo que no querían ver.

Aquel amanecer, los pescadores vieron cómo una masa gris avanzaba desde la línea donde el mar besa al cielo. No era una bruma ligera, sino un muro vivo que se movía con la lentitud de un gigante cansado. Cuando llegó al pueblo, lo cubrió todo: calles, casas, animales, voces, miradas. La vida quedó suspendida. Los pájaros callaron, los perros se escondieron, los niños dejaron de jugar.

El pueblo entero se convirtió en un mundo sin luz, sin tacto, sin sonido.

Los días pasaban y la niebla no se movía. Era como si una fuerza invisible hubiera apagado la voluntad de todos.

Entonces, los ancianos decidieron acudir a Euri, la bruja buena que vivía junto al bosque. Ella los recibió con una lámpara antigua en la mano, su rostro iluminado por sombras que parecían hablar.

Les dijo que la niebla no era un castigo, sino un espejo. Que la ambición por una felicidad inmediata los había vuelto ciegos a lo que ya tenían. Que la niebla solo les mostraba el vacío que ellos mismos habían creado.

Aquella noche, Euri bajó sola a la playa. Encendió una hoguera con los restos de una barca y, desnuda frente al mar, danzó alrededor del fuego recitando conjuros de perdón y memoria. Cuando cayó rendida, la luna llena iluminó el cielo como si quisiera ayudarla. El mar despertó, las olas rugieron, y la niebla comenzó a retirarse, concentrándose en un bloque blanco que se hundió lentamente en el océano.

Al amanecer, el pueblo despertó a un sol radiante. Los pájaros cantaban, los perros corrían, las casas brillaban. La vida había vuelto. Pero junto a las brasas de la hoguera solo encontraron los harapos de Euri. Su cuerpo ya no estaba. Algunos dicen que se hundió con la niebla. Otros, que subió por un rayo de luna para reunirse con la estrella que siempre la guiaba.

Lo cierto es que, desde aquel día, el pueblo aprendió a mirar. Y nunca más volvió a aburrirse.

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NIEBLAS

Magi Balsells España

Esta niebla que, desde la tierra húmeda, se eleva produciendo en nuestros ojos figuradas formas fantasmales, penetra en nuestro cálido cuerpo y nos hace sentir un frío oculto, provocando en algún momento un leve temblor de ansiedad, dejando un suave rocío sobre nuestra vestimenta.

No solo están las matinales, que con los primeros rayos del sol desaparecen sin mayor importancia, simples caprichos de la naturaleza. También están las nocturnas, esas que siempre nos provocan un cierto temor. En la oscuridad, cuantas más formas espectrales creemos ver, más apresuramos el paso para dejarlas atrás lo antes posible, buscando el calor que ellas nos niegan.

Pero existe otro tipo de niebla, mucho más peligrosa, que ningún rayo de sol logra disipar. Son las nieblas de la mente, con sus múltiples formas y nombres. Cada una, según nuestra idiosincrasia, juega un papel fundamental en el comportamiento humano. A pesar de los medicamentos y de los estudios que continuamente se realizan, no se encuentra una solución definitiva. Algunos dicen que son cuestiones mentales; otros, simples manías. Pero lo cierto es que son ofuscaciones del pensamiento que, a diferencia de la niebla natural que se desvanece con el sol, están tan arraigadas que no existe astro rey capaz de iluminarlas ni borrarlas.

También existen las nieblas del corazón. Estas, muchas veces, nacen de amores truncados, de desgracias vividas o de situaciones afectivas no resueltas. Son más fáciles de sanar, porque el tiempo —ese gran doctor— puede llegar a curarlas, o quizá otro amor logre poner orden en esos sobresaltos del alma.

Procuremos, entonces, que nuestra niebla sea solo la que vemos muchos días, la que se disipa mientras el amanecer avanza. Y de las otras, deseemos que nunca se instalen en nuestras partes más queridas: la mente y el corazón.

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SILUETAS

Carlos Pérez de Villarreal – Argentina

Las ruedas de los patines en línea dejaban tras de sí el sonido áspero del roce con el pavimento. El cuerpo esbelto de la joven mujer se inclinaba en esa pose característica de los patinadores: inclinada hacia adelante, la mano izquierda atrás, apoyada en la cintura, mientras la derecha acompañaba el vaivén de las piernas, en forma acompasada. El movimiento era continuo, tranquilo, sin prisa… pero sin pausa.

María Eugenia se sentía contenta, saludable por fuera y por dentro. Gozaba del momento, en donde todas sus energías psíquicas y físicas estaban puestas en el patinaje. Dueña de una fuerte personalidad e interesada en cuidar su aspecto, daba rienda suelta a sus gustos. Había dejado hacía una hora su consultorio de psicóloga y, aunque tenía una invitación de un pretendiente, decidió salir a practicar su deporte favorito. Soltera, sin hijos, ni ataduras, vivía su vida tal cual lo deseaba, al momento.

Aunque el otoño había comenzado, el sol todavía estaba fuerte. Unas gotas de transpiración corrieron por su mejilla derecha, dejando un pequeño surco sobre la piel cobriza. Su sombra, todavía no muy alargada, estaba detrás de ella, siguiendo el ritmo de sus movimientos. En un momento determinado tomó conciencia de que debía descansar. Miró su cronómetro colocado en la muñeca y comprobó que ya había cumplido el tiempo de ida. Cuando vio el cordón de una isla en el medio de la calzada, se detuvo, se sentó y, sacando su pequeña cantimplora del equipo, bebió lenta y pausadamente. Se sintió satisfecha, un poco cansada por el ejercicio, pero llena de vitalidad.

Vio su sombra proyectarse delante y, en un gesto de broma, la saludó con la mano. Por supuesto, recibió el mismo cumplido. Guardó la botella en su pequeño arsenal, se levantó y comenzó de nuevo a balancearse con ritmo al compás de los patines, rumbo a su departamento, ya de regreso. La sombra ahora se encontraba al frente. Distinguió su casco, su figura, el torso, los brazos y las piernas balanceándose al ritmo de la marcha.

De repente… una duda germinó en su mente. Cuando había saludado a la sombra en el momento en que estaba sentada, recordaba haber movido su mano derecha, ¿Le había contestado igual o había movido la otra mano? Pensó y repasó en su memoria todos los movimientos realizados. Su intelecto estaba acostumbrado a analizar críticamente los actos de las personas. Puso en práctica su adiestramiento. Conclusión: algo aterrador. Estaba plenamente segura de que la sombra había contestado con la mano izquierda. ¡No podía ser! ¡Era una locura! ¡Qué estaba pasando!

Fijó su vista adelante y movió su mano derecha. El saludo vino… con la mano izquierda. Atónita, paró de golpe aplicando los frenos traseros con desesperación. Quedó clavada al piso, totalmente desconcertada.

Una niebla espesa comenzó a cubrir el espacio que la rodeaba. Algo inquietante, malévolo se expandió y la cubrió por completo. Poco a poco, la bruma fue desvaneciéndose, hasta que al fin se disipó. En el pavimento solo quedó reflejada una oscura silueta.

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CUENTOS Y RELATOS – ENERO

Nota Editorial. Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece.

Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablantes.

Relatos

“Historias que iluminan cuando cae la luz.”

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COLABORADORES

✦Miriam Alberganti – Argentina
✦Magi Balsells – España
✦Carlos González Saavedra – Argentina
✦Elspeth Gormley – España
✦Jaime Hoyos Forero – Colombia
✦Andrea Kiperman – Argentina
✦Andrea Morini – Argentina
✦Graciela Reveco – Argentina
✦Sandra B. Romeo – Argentina

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TODO LO QUE AMO

Miriam Alberganti – Argentina

La verdad que este año no lo empecé tan bien, sentía que el mundo se me venía abajo y en ese momento solo me concentre en resistir.

Al cabo de un tiempo cambie mi plan, ya no se trataba de resistir, comencé a entrenar mi mente para recibir lo mejor. Me planté, me formé, me preparé , me determiné y las oportunidades comenzaron a aparecer y el cielo se volvió a abrir.

Ya no recuerdo cuántas minis vacaciones me tomé este año… Playas de Ñandubaysal, Carnaval de Gualeguaychú, Las Heras, Capilla del Señor, Rosario, Quebracho ladeado en Córdoba, , Chapadmalal en Mar del Plata, Zárate, Campana… Ninguna fue planeada, en todas me invitaron…

Y perdí la cuenta de cuántas excursiones y lugares bellísimos que conocí en Bs.As , palacios, cafés notables, estancias, centros históricos, lugares increíbles que desconocía que marcaron leyendas urbanas y acontecimientos que marcaron el rumbo de miles de familias que eligieron nuestro país para regalarle su descendencia. Cuánta rica historia incorpore!

A tal punto que decidí comenzar la carrera de turismo!

Aplícalo a la relación que quieras…

«Si no te responde: ¡Ya te está respondiendo!

Quien quiere estar: ¡Aparece!

Quien lo siente: ¡Se comunica!

Quien puede:¡Se queda!

¿Todo lo demás? ¡Es excusa!

El silencio también es un mensaje: ¡Y a veces es el más honesto!

Llego a la conclusión, que todo mal momento pasa, que la buena gente nunca se va, que de todo se aprende, que la vida siempre sorprende, que una cosa es desear estar bien y otra muy distinta es «determinar», que vivir preocupándose nos roba la vida, que el amor y el humor nunca falla, sana cura,libera y restaura., y lo más sorprendente es que hay una fuerza que ningún mal momento la puede frenar, ¡LA FUERZA INTERIOR!

¿Conciencia tranquila? ¿Paz en el corazón? ¿Momentos lindos? ¿Buenas acciones? ¿Pensamientos puros?

¡Todo sirve para construirnos y evolucionar!

Me propuse «crear recuerdos con la gente que amo» y es una de las mejores experiencias de este año!

Reconstruir relaciones, recuperar vínculos, hablar de conversaciones incómodas, de entender silencios, o soltar personas y pesos innecesarios, es como limpiar nuestro «Placard emocional», es liberarse, es hacer lugar, es sumar, es incorporar lo nuevo y hasta devolver lo que no es nuestro.

Llegar a un lugar que hace rato no vas y te reciben con la alegría de siempre, que ese lugar de la mesa nunca se perdió, charlas profundas y restauradoras con «ese o esa» que menos te imaginas, momentos impagables de tanta risa tan sana que quedan fijados en la memoria vividos con la familia o amigos, abrazos y palabras cariñosas que muchas veces me hicieron sentir amada y contenida!

¿Que si fue un año malo o bueno?

Tuve muchas situaciones y razones para deprimirme y no salir de la cama. Pero elegí aprovechar la adversidad para, si se pudiera, ser mejor persona, y créanme que disfrute el proceso, ¡me gusta quien soy! ¡Gracias a quienes me ayudan a serlo! Agradezco a la vida por esos seres de luz que me acompañan en el camino!

¡Que afortunada soy!

¡Estoy tranquila, estoy en paz!

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EL VIEJO LIBRO

Magi Balsells – España

Que sorpresa, al efectuar unas obras en mi vivienda, me he encontrado con algo que pensé estaría perdido, y si lo ha estado durante muchos años, el hallarlo me ha devuelto a mi juventud, cuántos recuerdos han aparecido en breves momentos en mi pensamiento, cuánta añoranza hay en su contenido, cuánto deseo y cariño hay en este viejo libro.

Casi con temor abro su portada, y allí en la primera hoja, una dulce dedicación a mi persona, con cuidado paso las primeras paginas, recreándome en la lectura de su contenido y leyendo unas anotaciones en los márgenes que hice en su momento, me parecen escritas por otra persona ya que hoy las encuentro aun siendo mías de un gran contenido y sentimiento,

Cada página, es un dulce recuerdo, no me hace falta leerlo ya que las palabras escritas van reviviendo en mi mente, pese a los años transcurridos

Al llegar a la mitad de este libro, hace su aparición, lo más deseado y añorado en su día, unos pétalos de una rosa, que en su momento, llenos de fragancia aromatizaban el libro, hoy caducas y secas, siguen para mi siendo frescas y lozanas como el primer día. Con mucho tiento cojo uno de los pétalos; esta seco y posiblemente crujiente, pero esto no me importa, solo pienso en que no se rompa, lo acerco a mis labios para depositar en la rigidez de su tersura el mas puro beso, tan cerca está de mí que aun pasados los años mantiene un fondo de suave aroma, cierro los ojos y se presenta en mi memoria el recuerdo de día que me fue regalado y por la persona que tuvo este bello detalle,

Éramos muy jóvenes, pero teníamos un amor puro y sincero, ella un año mas joven que yo, solo tenia 15 años, con sus pobres ahorros me compro este gran regalo, que juntos pasábamos las horas deleitándonos con su contenido, mientras nuestras manos enlazadas soportaban el cariño que nos profesábamos

Muchas horas pasamos leyendo y releyendo esta magnifica obra poética, basándonos en el intentamos nuestros incipientes ensayos poéticos, no se si eran bellos ni rimados, pero eran una glosa al cariño que de nuestras letras emanaban.

Pero nuestra felicidad se trunco, era época de escasez, poco trabajo, mucha miseria, sus padres decidieron marchar a buscar fortuna a otro país, y así de golpe sin esperarlo nuestras vidas se separaron, quedamos en escribirnos, pero algo mas aumento nuestra desdicha, mis padres también emigraron y yo con ello, nuestro amor quedo en el olvido.

Cuanto lloré, cuantas noches despierto estuve pensando, como estaría, que haría, mil y un pensamientos se alojaba en mi mente

Con los días se fue perdiendo este deseo, aunque no quedo en el olvido; así pasaron muchos años, yo nunca pude mirar a otra mujer ya que su grácil figura permanentemente estaba en mi mente, ninguna me parecía lo suficiente hermosa para desbancar a mi flor querida

Voy a cerrar el libro y guardarlo, ya que me estoy entristeciendo, de lo que puedo ser y no fue, al pasar la ultima pagina, encuentro un papel pegado, que nunca lo había visto en las muchas horas de lectura

Con curiosidad lo abro y allí con su fina letra hay una nota de mi amada que dice

«Mi querido amor Debería haberte dicho esto de palabra, pero he preferido hacerlo de esta manera, se que nos separan, e ingenié una manera de poder volvernos a encontrar en el futuro, no se si recordaras que antes de marcharme con mis padres , te pedí este libro, allí puse en el ultimo instante y antes de devolvértelo esta nota, hoy tengo 15 años, pero dentro de los mismos que ahora tengo o sea 30, estaré en el pinar que había junto a la ermita de san Jacobo, en el día de tu cumpleaños, si no estas lo sentiré mucho significara que no has leído mi nota, por lo cual cada día de tu cumpleaños allí te esperaré, esto será mi prueba de amor hacia ti, iré cada año, esperándote.»

Te quiero Que alegría, dentro de dos días es mi cumpleaños, no puedo perder mas tiempo, pediré permiso en el trabajo a cuenta de vacaciones, no creo que haya ningún problema. Estoy tan nervioso que hasta el libro se me ha caído de las manos, no sé que hacer si gritar reír o llorar, no lo sé, pues las sensaciones que tengo no puedo enumerarlas

Hoy es el día que debemos encontrarnos, ya llevo más de dos horas sentado en el pórtico de la ermita, estoy anhelante. No se si vendrá o a que hora, es igual esperaré hasta la noche si hace falta, pero no será necesario, por el camino, viene una figura femenina, no se si será ella, veo que es toda una mujer, nada que ver con aquella chiquilla de pelo rubio y trenzas, pero algo tiene que me es familiar, no puedo esperarla aquí, me levanto y salgo corriendo a su encuentro. ¡Si, es ella, no me equivoqué, aquí está.!

Nos juntamos con un fuerte abrazo, mi corazón golpea mi tórax con la fuerza de un ciclón, no sé que decir, pero creo que no son necesarias la palabras, las miradas son suficiente

Una vez pasado estos naturales arrebatos, empezamos a contarnos nuestras vidas, ella aun soltera y yo también, ella esperándome siempre y yo deseándola mas que a mi vida.

Me pregunta, me esperaste todo este tiempo.

Solo tenía un pensamiento y era volver a estar contigo, para hoy ya con cierta edad decirte lo mucho que te quiero y que de tu lado nada ni nadie me separará.

Y así fue como volví a recuperar el amor de mi vida.

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RENACER CON EL ALMA VENDADA

Carlos González Saavedra – Argentina

El día se presentaba espléndido: un sol imponente, cielo limpio. Una suave brisa nos acariciaba el rostro.

Sin embargo, Enrique lucía destrozado, derrumbado. Al mirarlo a los ojos, comprendí que no tenía consuelo, ni él ni su esposa. La pérdida de su hija mayor los había dejado sin fuerzas.

Como amigo cercano, no sabía qué hacer, más que estar a su lado. En un breve diálogo lo alenté diciéndole: ¡Fuerza, amigo!

Se dio vuelta lentamente y me contestó: “Tus palabras son como aspirina: calman mi dolor, pero enseguida aparece otra vez… hasta escuchar la voz de otro amigo alentándome. Así ando por la vida.”

Quedé perplejo, obviamente sin saber qué decirle. Lo vi alejarse lentamente, con pasos pesados, sin ganas de nada.

Los acompañé los primeros días en su casa. Pero la vida continúa.

Finalmente me llamó para invitarme a una peña folclórica, para juntar fondos para viajar a la provincia de Córdoba. Juntaron el dinero y fueron a un evento llamado RENACER, creado por padres con el mismo dolor.

A partir de allí fueron a otros. Aprendieron a renacer entre las cenizas, a tratar de vivir otra vez la vida. Con ayuda de familiares y amigos, construyeron una nueva vida.

Esta historia real, que me tocó tan de cerca, me hizo admirarlos y aprender de ellos. No sé si podría renacer como ellos. A través de los años, han sido un ejemplo de superación.

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LA CARACOLA

Elspeth Gormley – España

Caminando un día por una playa virgen encontré una hermosa caracola. Era verano y el mar, tranquilo y cálido, rozaba con sus labios de agua la nacarada caracola depositada en la orilla por las olas. Mojada de mar, el sol la hacía brillar como una aparición, como una mensajera de sugerencias que obligaba a centrar en ella la mirada, componiendo una escena de evocación y misterio.

Tuve el impulso de recogerla, de quitársela a la playa, pero por un momento imaginé la soledad de la arena y el agua, y me contuve. Era como robarle a la naturaleza aquella escena, aquella historia que parecía querer contarse desde el hueco de la caracola. La tomé entre mis manos y la llevé al oído. Una voz de mar profundo me susurró su leyenda: había vivido en la oscuridad de una cueva submarina y apenas entreveía la claridad del sol al mediodía. Una vez pasó por allí un cangrejo ermitaño, de esos que caminan esgrimiendo una gran pinza, y se introdujo en ella apropiándosela como refugio. Entonces, arrastrándose, arrastrándola, emprendió el camino hacia la orilla. La luz creciente la fascinaba, llenando su concha de bellas irisaciones que nunca había contemplado en la penumbra de su retiro en la cueva.

Una vez en la arena, fuera del agua, el cangrejo la abandonó y se alejó arrastrándose por la orilla. No le volvió a ver… quizás volvió al mar, quizás se apropió de otra caracola. Ella se quedó allí, extasiada de la belleza de la luz, de la blancura de la arena, del verde azulado del mar que por primera vez veía desde afuera. Y se alegró de que el cangrejo se hubiera ido; no le gustaba su caparazón áspero y opaco, su pinza amenazante, su posesión ciega, sus ojos pequeños, su cobardía. Todo esto me dijo susurrando la caracola.

La dejé otra vez sobre la arena mientras experimentaba una sensación de inquietud y tristeza por su destino. Era bellísima y fascinante, pero su sitio estaba allí, en la playa; no debía llevármela. Aunque quizás fuera de nuevo apropiada por otro cangrejo que la arrastraría otra vez al fondo del mar, que la abandonaría otra vez en la tenue soledad. O quizás, permaneciendo sola en la playa, el mar de invierno, con sus olas violentas, acabara rompiéndola en mil pedazos contra las rocas del fondo. O tal vez otro caminante como yo decidiera robarla sin escrúpulos para su exclusivo deleite, y al final terminara olvidada en alguna vitrina de una casa cualquiera.

La caracola estaba condenada antes o después, lo sabía, y nunca volvería a brillar de aquella mágica manera, en aquella escena de playa, mar verde azulado y verano. Pero no sería yo quien la arrebatara ahora de aquella plenitud. Allí la dejé, después de admirarla largo rato.

Y cuando me alejé, sabía que iba a perdurar en mi corazón durante mucho tiempo, a salvo de las manos del azar y de los mares de invierno, mientras siguiera viva en mi mente el recuerdo de la caracola, con su voz de luz y sueños, con su fantasía de playas vírgenes e historias imposibles.

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NO TODOS APRENDEN LEYENDO

Jaime Hoyos Forero – Colombia

Había leído muchas historias de amores imposibles. No sé por qué razón estas tristes historias en las que el hombre -el enamorado- siempre perdía, le entusiasmaban de alguna manera. No todos, sin embargo, aprenden leyendo. Y entre estos estaba Jimmy, como cariñosamente le llamaban sus amigos. José, con quien tenía una más estrecha amistad, le decía: —Jimmy, tienes vocación de mártir. ¿Cómo pueden gustarte esas historias?

Y lo que José no sabía ni podía imaginar era que su amigo se había enamorado perdidamente -igual que en las historias y novelas que leía- de un amor imposible. Helena, efectivamente, era una mujer muy rica. Tal vez porque el dinero nada le costaba -era la hija única de un potentado millonario- tampoco le costaba nada despilfarrarlo. —Puedo hacerlo —decía—, mi padre es mi inacabable caja fuerte.

Helena sabía, además, que cuando su padre faltara, ella heredaría la totalidad de su hacienda. Incluso hacía el cálculo de que si gastara diez mil dólares por día, su fortuna le alcanzaría hasta cumplir 115 años. ¿Por qué Jimmy se enamoró de Helena? Descartado que fuese por dinero. Jamás. Jimmy era un romántico empedernido y es sabido que a esta clase de enamorados solo les importa el amor. Y Helena… ¿estaba enamorada? Digámoslo de esta manera: a ella le fascinaba la cortesía, la amabilidad, el modo respetuoso de tratar a los demás, la simpatía de Jimmy que les parecía inigualable a las amigas de Helena. Pero, ¿realmente estaba enamorada? Lo prefería, sí, a sus muchos amigos adinerados, tan malcriados y arrogantes y vanos. Helena, dueña de tres camionetas Mercedes Benz, dos de ellas con chófer propio y recibida con extremas venias por los empleados de los cinco clubes a los que pertenecía su padre, un día invitó a Jimmy a un matrimonio al Washington Club. En el primer grupo de invitados a donde llegaron esa tarde, alguien le preguntó a Jimmy: —Oye, no nos parece haberte visto. ¿Dónde estudiaste?

Cuando respondió que era egresado del Colegio oficial municipal del barrio Los Remedios, ellos, los amigos de Helena se miraron como si hubieran dicho: “Este pobrete…” Uno de ellos, preguntó a Helena: —¿Es tu amigo?

Luego de un momento de reflexión, ella contestó: —Es mi escolta preferido.

Jimmy se fue escabullendo lentamente. Nadie lo vio alejarse… ni ella. Salió del club, cabizbajo y anímicamente malherido.¿Será necesario agregar que ese fue el fin de esa relación?

Tiempo después -hay hombres que no aprenden- nuestro “héroe” se enamoró de Luisa, tan arrogante como Helena, sin mucho dinero pero con un deseo irrevocable de figurar en la política. Su verbosidad impetuosa fascinaba a Jimmy. Luisa, en solo dos años, fue concejala, diputada, senadora. Cuando necesitó depositar en su cuenta bancaria una millonada proveniente de favores hechos a gente de la mafia, Luisa no dudó en decirle a Jimmy: —El 10% es tuyo. Solo tienes que depositar esos milloncitos en tu cuenta y ya te diré qué ir haciendo con ellos.

¿Será necesario agregar que esa relación se acabó de plano cuando Jimmy se sintió “objeto” y testaferro de su novia?

Tiempo después -hay hombres que no aprenden- nuestro héroe, incapaz de aplicarse los versos magistrales de Andrés Eloy Blanco, “He renunciado a ti. No era posible, fueron vapores de la fantasía; son ficciones que a veces dan a lo inaccesible una proximidad de lejanía. He renunciado a ti, serenamente, como renuncia a Dios el delincuente; he renunciado a ti como el mendigo que no se deja ver del viejo amigo. Y como el ciego junto al libro abierto. Y el niño pobre ante el juguete caro”

Nuestro hombre -quién lo creyera- volvió a enamorarse, no ya de una millonaria ni de una ambiciosa política, sino de una intelectual…¡Lo que le faltaba! Trinidad -Triny la llamaban familiarmente-, era una excelente escritora. Había publicado libros a granel y conocía a mucha, mucha gente del mundo de las letras. Cuando José la conoció, dijo a su amigo: —Jimmy, por Dios… ¿Otra vez?-

Triny era espectacular por su belleza, su hidalguía, su don de gentes, su profunda simpatía. Era dueña de una sonrisa celestial, que cautivaba a hombres y mujeres. Su rostro, su cuerpo, su alma, eran de diosa. ¡Toda ella…era la encarnación de la belleza y del amor! Cuando Jimmy la besó por primera vez, supo (¿Es comparar tan malo?) que esta vez una mujer amada, verdaderamente amada, había entrado en su vida. ¡Quién lo creyera!

José, tuvo que rendirse y exclamar: —¡Jimmy, ganaste…Te saliste con la tuya! Si la llegas a dejar, ¡te mato… prefiero un amigo muerto que un hombre que desprecie el diamante en el alma de una mujer!

José y Jimmy, al calor de un vino y teniendo delante de sus ojos un retrato de Triny, recitaron a voz en cuello los versos de Amado Nervo: “Todo en ella encantaba, todo en ella atraía, su mirada, su gesto, su sonrisa, su andar. El efluvio de Francia de su boca fluía. Era llena de gracia, como el avemaría… Quien la vio no la pudo ya jamás olvidar”. Y ahora, dijeron los dos a un mismo tiempo:

“Repitamos los verso no en pasado, sino en presente… En un presente que nunca acabe”.

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REINICIO

Andrea Kiperman – Argentina

Antes que nada, como siempre, gracias por estar del otro lado, compartiendo estas palabras.

El tema de este mes tiene que ver con el Reinicio, un tema de más interesante y más aún en los comienzos de un gran año. A veces el reinicio se puede dar simplemente con una nueva bocanada de aire fresco, cuando sentimos que el aire ingresa y, en ese instante, remueve todas nuestras preocupaciones. Y esto no lo digo solamente yo.

La idea es poder, en estos tiempos donde la urgencia, la rapidez y los ritmos acelerados están presentes en nuestra vida cotidiana —cada vez más rápida, aunque no sepamos muy bien hacia dónde corremos—, conectarnos con nosotros mismos, con nuestra respiración, con nuestras emociones y pensamientos.

En un mundo donde lo externo cada vez cobra más “importancia”, el reinicio que propongo tiene que ver con ir hacia adentro. Volver a nuestro ritmo, intentar estar presentes en aquello que hagamos durante el día, tomarnos unos minutos —si se puede— para respirar con tranquilidad. Cuando estemos en la calle, poder apreciar, como turistas, el lugar en el que vivimos, disfrutar del paisaje y reiniciar nuestros pensamientos.

La idea sería poder vivir cada día de manera diferente, en el mismo lugar en el que estamos, pero desde una mirada totalmente distinta.

¿Te animas a reiniciarte?

Quedo con ustedes…

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EL CANTO DE LA ORALIDAD

Andrea Morini – Argentina

El viento helado de la noche se filtraba por las rendijas de la vieja cabaña, silbando una melodía que a Doña Clara le resultaba inquietante. Había dedicado su vida entera a relatar leyendas, pero esa noche, la historia que guardaba en su vientre parecía querer nacer antes de tiempo. Sentada frente al fuego, se esforzaba por escuchar más allá del dolor, buscando consuelo en el susurro de las brasas.
Clara era una benzedeira, una mujer que tejía el mundo visible con el invisible. Sabía que su parto no sería un simple acto de la carne, sino el alumbramiento de un espíritu con un destino marcado. La imaginación popular dictaba que aquellos nacidos bajo la luna traían consigo la sombra de la floresta y la fuerza de los caboclos; esos que nunca cruzaron el río de la muerte y que moran ahora como seres encantados.
Ella lo había presentido en las señales: el canto mudo del urutaú al amanecer y el agua del pozo tornándose color miel. Necesitaba saber si el alma que venía era libre o si estaba atada a los antiguos juramentos de su linaje. De repente, una voz grave y nítida resonó, no desde el exterior, sino desde la profundidad de la choza.

—Madre, déjame ayudarte a contar mi propia historia —dijo la voz. Clara abrió los ojos mientras un sudor frío le recorría la frente. La voz provenía de su vientre; no era un grito de dolor, sino una súplica cargada de saber ancestral.
La benzedeira sonrió con la certeza de quien comprende, al fin, el misterio. El miedo se disipó. Era un encantado quien venía al mundo, un hijo del monte. Mientras las contracciones se intensificaban, Clara se preparó para dar a luz al niño que esa misma noche le enseñaría el verdadero lenguaje de los caboclos. Entonces, comenzó a murmurar su plegaria:

«Oh, fuerzas que me ven; oh, voces del silencio: que mi espíritu logre escuchar más allá del ruido y mi alma tenga el valor de narrar lo aprendido. Invoco a la imaginación que traza el mapa del espíritu para conocer la verdad que yace oculta y quieta. Que se abran las señales en el humo y en la arena, y se revele lo que es inquietante y lo que es sereno. Por el poder de la criatura que mi cuerpo entrega al mundo y la memoria que me ata a lo más profundo. Llamo a los caboclos, guías de la tierra y del destino, y a los encantados, guardianes de mi camino. ¡Que este saber sea luz en mi senda oscura! ¡Que así sea!».

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BESO BLANCO

Graciela Reveco – Argentina

Incluso en el final de todos los crepúsculos hay una dimensión ignota dentro de los seres, que no se quiebra jamás. Estar ausente, porque no se es visible a los ojos, es una cuestión que no se puede acreditar como verdad absoluta. Alba lo siente así, y se ha quedado prendada de la luminosidad del cosmos, como si cada punto de luz le anunciara que el conjunto representa la mano evangélica cuya misión será dibujar en su mirada de duelo la presencia que necesita para
seguir respirando.

Cada día el edificio renace con un efluvio distante, desde la altura omnisciente que le otorga la distribución equitativa de los departamentos hasta el suelo abrupto de cerámicos espejados. La ventana de la habitación permanece abierta, sitio del que no ha salido por mucho tiempo y en el que Alba atiende a un inusitado privilegio que vibra en todo su misticismo. El reloj marca la misma hora de la fatalidad, cuando cercenó el futuro de los abrazos, las discrepancias, las ternuras aladas y los labios en un beso rojo, como bucólico azar que nunca borrará su mente. La blancura inmaculada que desprende el cielo por escasos segundos le trasmite esa conmoción inédita; algo se dibuja solo para ella, que acude, la toca y… la besa. No quiere saber si es una ilusión, solo necesita vivirlo y así lo representa, como un holograma cibernético en la interioridad del alma. La congoja no le permite cerrar la ventana y espera el instante que llegue como un abalorio en la desdicha, dormida tal vez en un sueño palmario, sin límites, sin regreso, inmersa en la oposición a la realidad. Y puede ver en su interior lo que él ve detrás de la nebulosa, detrás del recuerdo, detrás de toda esa magnificencia que puede crear la Fe. Lo quiere blanco porque él vive en la ausencia literal y absoluta del color, y escucha el sonido trémulo de su voz sin palabras.
No hay matiz en los pensamientos del hombre que navega frente a la entelequia de Alba. Algo sepulcral lo ha borrado y lo detiene en un negro espectro, no obstante, él sigue pilotando por el aire, en ese espacio beligerante y profundo donde las estrellas sucumben cada noche al influjo del Universo, entre espumas de algodón flotante, en medio de una maqueta sin acuarelas que aguarda el cincel. El sol está oculto en algún punto cardinal que no encuentra, y tampoco produce alarma en la quietud de Alba, porque Alba solo vive para la espera. El piloto reflexiona sobre el dictamen de la extraña presunción que el paisaje le ofrece, diferente de otras ocasiones, quizás menos azul, menos naranja, menos rosa. La avioneta está lejos y está cerca, se ve y no se ve, y de pronto se aquieta.

Alba sabe que antes de partir él revisó la parte afectada, que por bastante tiempo advirtió señales de disfuncionalidad, pero la seguridad de él nunca fue la suya, aunque siga afirmando a la distancia que nada puede sucederle a esa espléndida
carcasa, mezcla de aluminio y aleaciones que la sustentan invencible y la sostienen sobre los brazos del aire en un lugar mediático y desconocido. “No quiero que vueles sin resolver el problema”, suplicó ella la última vez, con la mano
alzada diciendo adiós. Con treinta años de convivir con su porfía, luego de dar un vistazo general, esa mañana él se escabulló sigiloso hacia dentro de la pequeña cabina con olor a pintura vieja para volar como un pájaro insuflado de alas
nuevas, desoyendo la petición de su mujer. Durante el vuelo, comprendió con cierto dolor intolerante a los deseos verbales que el tiempo en los espacios abiertos no tiene calendarios, que la velocidad es intransigente a los apremios
humanos y que todo sucede sin previo aviso, o con avisos que se ignoran. Un frío oráculo y el punzón del desafuero lo fusionan rabioso con el negro hilado de una telaraña, pero regresa siempre al mismo lugar del blanco, nieve en los ojos de
Alba, los mismos que pintan sobre la maqueta buscando la forma y el color. La nívea vocación persiste por esa analogía de soledad que acontece en un sueño convulso. Volar es sugestivo, casi una desazón sangrante frente a la seguridad
del peligro, y todo piloto lo sabe, pero volar solo con su significante no le permitió retener el remanente que deja el amor luego de la carne en la anunciación del encuentro. El sello del amor sin la presencia. Soledad en la nada, sin embargo
puede traspasar la piel y sacudir el espasmo que le provoca estar dentro de ella. Alba tiene la aptitud para encontrar elementos en sí misma que la alivien y piensa que quiso subir a la avioneta y él no se lo permitió, piensa en el riesgo que le quitó de las manos, piensa que emparentado con un destino deliberadamente ortodoxo le dejó un designio que cifra el orden de su existencia. La anáfora duele y choca con las paredes acústicas del cerebro, pero no es dolor. Es el pensamiento que daña adentro de cada fibra que inexorable permanece con vida.

Todas las ausencias pertenecen al infinito y él no está a la vista, está en el torrente de la hembra despojada del embrión original, en la entrega incondicional al recuerdo. Se trata de un cuerpo vivo y otro volátil que funden sus voces en un
mismo blanco, con el fuego abrasado a la piel y al espíritu, atrapado en la risa llanto, más allá de cualquier parámetro anormal en la distancia. No hay palabra escrita, ni reflexión oral, ni sacramento divino capaz de detener la ira, el dolor por
esos besos y abrazos robados y no vividos. Desde su lecho negro, el piloto necesita llegar a esos labios, a ese cuerpo que lo espera tembloroso; quisiera volver hacia atrás y no eludir el consejo, pero subió a la máquina y ascendió muy
alto, tan alto, que la intención se queda en dos puntos luminosos que emergen desde la superficie de la Tierra, desde el mar brumoso en los ojos de Alba. Sobre la maqueta del fantasma surge la figura de la mujer lejana. Ella acude como una
deidad suprema que imagina la flor, aspira el aroma y se aparea en el aire, se espeja en el mar breñoso del deseo y llega a la piel con el oráculo perverso del instinto hasta desintegrarse en el orgasmo. Él con Alba, adentro de Alba, pero sabe que el blanco se ha perdido en una difusa cancela abierta, con lágrimas en los ojos y una zanja bermeja y solitaria en medio del pecho sin latidos porque a través de ese surco se le escapó la vida. Alba llegará algún día hasta él de otra forma, cuando lo permita su propio reloj de arena. Un lápiz de algodón ayuda en la proeza pictórica, una estela de humo que se evapora hasta que una sombra de luz con un beso robado al ingenio se lo arrebata. Y una voz sin sonido asevera con resignación profética que hay un tiempo para Alba. A él le resta emulsionar su hialina presencia con la nada, sin poder quebrar la nueva dimensión en la que vive, tan triste y tan solo, como alguna vez clamara Shakespeare entre el sepulcro y el verso en sus poemas de azúcar. La dulzura de las tumbas que se abren a destiempo para desgajar el amor y depositarlo en el único cuerpo que aún respira, el de Alba.

Alba, quieta en su cama sin arrugas, en su habitáculo de memorias, iluminada con el resplandor que ingresa mansamente por la ventana del edificio, recupera su instante. Sin vestigios de negritud, recibe el beso blanco que llega con el viento, que la acaricia y la consuela, y luego al diluirse como una brizna de luz irredenta, sabe que necesita acudir a la ventana, despertar, respirar ese aire desconocido con formas de moléculas místicas, bienhechor en la medida supletoria de los sueños, y… saltar… saltar… saltar hasta llegar al fondo de los espejos de la cerámica, piso abajo, donde el intervalo estelar de la muerte puede fundirla con él, por fin en la única realidad consistente, en el blancos curo planeta de todos los silencios, pero… el aire y el sol chocan con su rostro, sacuden su cuerpo y la despiertan.
Con los ojos abiertos al nuevo día, Alba sabe que la soledad le permite un reencuentro con su nueva vida, sin él, y entiende que lo único que debe arrojar al vacío es la tristeza.

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DÍA DE CINE

Sandra B. Romeo – Argentina

Que se hace una mañana, en que todo lo que fuere parece una migaja de lo que pudiera ser. Silvio Rodríguez. Poeta y cantautor cubano


La película comenzó a la hora prevista (¡cómo le gustaba el cine!). Todos los miércoles, a pesar de la continuas peleas con su mujer por el tema, él horario de diecinueve en adelante era sagrado. Era su espacio.
Ni le interesaba saber previamente de qué historia se trataría ese día. Sentía el vértigo de los protagonistas en su propia sangre.
A veces no le gustaba pensar en eso -y menos aún aceptarlo-, pero en esos perfectos momentos de soledad y comunión con la pantalla, él, Julián González dejaba de ser quien era.
Algunas tardes abandonaba sus treinta y cinco años para llegar a los sesenta de un personaje comenzando su jubilación.
Otras, cambiaba su trabajo en la oficina pública para convertirse en ese domador de caballos del oeste que viajaba de feria en feria llevándose siempre a la chica más linda.
Así, sus sueños a través de la ficción se convertían en realidad. Aunque todavía no lograba consumar su más preciada ambición: sentirse poseedor de una lancha.
Se arrellanó en la butaca veintitrés mientras la oscuridad inundaba la sala, la gente, el aire.
Las letras se recortaron blancas y rojas en la pantalla, y la música del océano inundó sus oídos.

Ahí, al alcance de su mano, de sus sentidos, de todo su ser, se encontraba el objeto de sus desvelos: la lancha más hermosa que pudiera imaginarse.
Y el torbellino comenzó.
El viento sacudía su cabello.
El sol quemaba su piel y él, al mando de su lancha rompía las olas, las partía en dos, las cabalgaba ensanchando sus horizontes, esos mismos que años atrás, en otra vida de lejanos recuerdos, le habían sabido grises.
Disfrutaba del olor de la sal pegada a su piel. De la inmensidad. De la soledad y de su nueva habilidad náutica.
Viró bruscamente poniendo proa al infinito estallante de sol -acaso para desafiar aquellos lejanos recuerdos grises- y aceleró a toda máquina sintiendo que se perdía.
Se convertían él y su lancha en un puntito minúsculo en el horizonte en llamas, fundiéndose con él.
La vida era una fiesta.
El mar estaba en calma cuando se encendieron las luces de la sala y el público, escaso, comenzó a salir a la noche de otoño.

Su esposa todavía lo busca en cines en dónde la butaca veintitrés siempre está vacía.

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CUENTOS Y RELATOS – DICIEMBRE

Nota Editorial

Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece.

Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante.

“Cada historia es un latido que nos recuerda que el tiempo pasa, pero la palabra permanece.”

··· ✧ ··· COLABORADORES DEL MES ··· ✧ ···

  • Magi Balsells – España
  • Libia B. Carciofetti – Argentina
  • Carlos González Saavedra – Argentina
  • Elspeth Gormley – España
  • Jaime Hoyos Forero – Colombia
  • Andrea Morini – Argentina
  • Carlos Pérez de Villarreal – Argentina

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NIEBLAS

Magi Balsells – España

Esta niebla que de la tierra húmeda se eleva, produciendo en nuestros ojos figuradas formas fantasmales, penetrando dentro de nuestro cálido cuerpo, haciendo que sintamos este frío  oculto, provocando en algún momento cierto temblor  de ansiedad, dejando un suave y simple rocío sobre  nuestra vestimenta.

No solo están las matinales que con los rayos del sol desaparecen, no tienen ninguna importancia son cosas de la naturaleza, también están las nocturnas, las que siempre nos dan un cierto temor, por  ser en la oscuridad cuantas mas formas espectrales vemos, cuando apresuramos nuestro paso, para procurar dejarla lo mas rápido y atrás posible, buscando el calor que ellas nos niegan.

También existe otro tipo de niebla mucho mas peligrosa que ningún rayo de sol logra disiparlas, estas nieblas son las de la mente, en sus diferentes formas o nombres, cada uno dentro de su idiosincrasia, tiene  un parte fundamental en el comportamiento humano, pese a los múltiples medicamentos, a los estudios que continuamente se realizan, no encuentra una solución definitiva, algunos dicen que es una cuestión mental, otros que son manías, pero lo que si son, es que son ofuscaciones de nuestro pensamiento, que a diferencia de la niebla normal que con el sol desaparece, estas están tan arraigadas que no existe astro rey para iluminarlas ni borrarlas.

También existen las del corazón, pero estas muchas veces descansan en amores truncados, en desgracias ocurridas, o en situaciones amorosas no definidas son mucho mas fáciles de sanar, ya que el tiempo como gran doctor  puede llegar a curarlas u otro amor puede dar solución a estos sobresaltos del corazón.

Por lo cual procuremos que nuestra niebla solo sea la que vemos muchos días, las que van desapareciendo mientras el día va amaneciendo.

Y de las otras deseemos que nunca nos sean instaladas en ninguna de nuestras partes más queridas:  la mente y el corazón.

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ERA PRIMAVERA

Libia B. Carciofetti – Argentina

Era primavera y las Iglesias cristianas de Buenos Aires y alrededores habían organizado un «Gran PICNIC» en Los Bosques de Ezeiza. En el mes de julio aproximadamente con mi hermana ya le habíamos pedido permiso a papá para asistir; por supuesto con mi mamá, «jefa de nuestra tribu». Al «cacique» Primo, había que pedirle permiso con mucha antelación, a costa de «portarnos muy bien», estudiar sin «chistar» y demás menesteres de hijas obedientes… cosa que elaborara el permiso a nuestras salidas… y ese maldito «ya vamos a ver» que nos hartaba oír.

Yo tenía 17 años y mi hermana 13… Adolescente y joven “manejable”  que acataba las órdenes a rajatabla…dominada por miradas bis a bis…tete a tete… Como era la educación de antes ¿vio?… ¿viste?

Con mi hermana contábamos con los dedos de las manos y de los pies los días que faltaban para el maravilloso evento. Ya habíamos asistido a otros encuentros en que lo habíamos pasado bárbaro… Un bosque de eucaliptos, que se sabía dónde comenzaba, pero no donde terminaba. Árboles con troncos añosos y perfumados que de solo adentrarse en el bosque ya los pulmones se hinchaban de gozo y de paz…,  

Debajo de cada árbol familias, grupos, que  compartíamos mates, jugos y las milanesas que preparaban las mamás la noche anterior y que devorábamos en tremendos sándwiches, porque allí todo era más rico… mamá llevaba el tejido y se juntaba a conversar con amigas que hacía tiempo no se veían, porque vivían distanciadas… tiempo de juegos,  tiempo de reuniones de canto y meditaciones bíblicas, guitarreadas y caminatas… a esa «caminata»  quería yo llegar en mis sueños de jovencita enamorada.

A mí me gustaba mucho un chico y el re-gustaba de mi… Ese sería un punto de encuentro fantástico…

Todo el mes de julio, agosto y parte de septiembre nos portamos como verdaderas «señoritas» con mi hermana, no cuestionábamos ninguna orden y dejamos de lado esa pregunta y respuesta odiosa… ¿Por qué?… ¡Porque no! y basta! Comíamos el guiso de mondongo que no nos gustó nunca, no nos peleábamos a la hora de lavar, estuvimos dos meses amontonando «buenas acciones» con tal de obtener el permiso… Dos días antes de la primavera, el 19 de septiembre se desató una tormenta de aquellas, que nos paralizó el corazón a las dos «Carciofetti»

MMMMMMMM. Me parece que se viene una maroma !!! Exclamó «cacique» Primo… y las dos corriendo a arrodillarnos a orar fervientemente que pare de llover…. los truenos ensordecían los oídos y aceleraban el corazón de miedo, la habitación quedaba iluminada con cada refusilo.

Papá trabajaba en el ferrocarril, se levantaba a las 4 de la madrugada y regresaba en el tren de las 15 hs. Al otro día amaneció nublado pero no llovía… así que mamá comenzó a martillar la carne para preparar las milanesas y pasarlas por el pan rallado, hizo una torta de naranja, preparó todo y a medida que íbamos acordándonos lo que faltaba lo íbamos guardando en la canasta.

A las 15 llega mi papá, la mesa tendida esperándolo… con zapallitos revueltos… con un olorcito que daban ganas de almorzar otra vez. Como te fue en la escuela, comenzó la indagatoria… ¡de diez papi! A ver a ver… y yo traía mi cuaderno con un excelente recién estrenado en matemática… muy bien! A ver vos (por mi hermana) no papi a mi me hicieron prueba hoy pero no me dieron la nota, pero la seño me dijo que estaba muy bien por lo que ella podía deducir… (De resultas se había sacado un uno y ella le había agregado el «0», ya mi mami le había dado un buen levante cuando se enteró, pero por amor a mí, que me iba a tener que quedar sin picnic «callamos las dos» por única vez me hice cómplice en beneficio mío…

La voz grave de papá sonó más esta vez, no sigan guardando más cosas en la canasta porque venía oyendo por la radio que mañana va estar peor el tiempo que ayer, se pronostica granizo y tormentas eléctricas… Un silencio de sepulcro abierto se hizo en el comedor y mi hermana comenzó a llorar como una marrana…   Pero y si no pasa nada? y la radio se equivoca? y mañana amanece con sol y…y…y…

y N-A-D-A-! no salen mañana y se acabó y ¡punto! ¿Qué hago yo si se desata una tormenta y ustedes están lejos? ¡Pero papi! Y el tano ya estaba levantando presión y nos clavaba la mirada, y cuando el cacique clavaba la mirada, las indias cerraban la boca…

No dormimos en toda la noche enojadas con este papá tan «invulnerable» que nos tenía días en ascuas hasta que se resolvía a darnos el sí, para alguna salida… y siempre con mamá de custodia. Como todas las madrugadas antes de irse venía a darnos un beso, yo me hacía la dormida pero mi hermana siempre lo abrazada y besaba, esa mañana no lo hizo y le dio vuelta la cara … papá salió en silencio sin hacer preguntas…

Nosotras debíamos tomar el tren de las 6 de la madrugada para llegar al encuentro a las 9 y reservar nuestra sombra bajo del eucaliptus. Como ya no iríamos al picnic, y no teníamos clase mi mami no tuvo mejor idea que nos levantemos para después de desayunar, una limpiar cada dormitorio, el baño, el comedor, baldear la vereda, y barrer el patio.

Mi mami escuchaba radio mientras cosía y nosotros afuera comiendo «rabia» por habernos quedado sin «picnic» Oímos que mamá desde la cocina decía no, no! DIOS mío no puede ser! hasta que estalló en llanto… de verdad nos asustamos mucho;  aumenta el volumen de la radio, y sin poder pronunciar palabra nos abraza a las dos… Repiten otra vez con voz alarmante ya…

¡ULTIMA NOTICIA! Tren que pasaba por Escobar a la las 5-10 de la mañana descarriló en Benavídez entre las estaciones de General Pacheco e Ingeniero Maschwizt,  y volcó sobre la margen izquierda … Hasta este momento son 236 los muertos, y 400 heridos aproximadamente, entre ellos muchos jóvenes que aprovechando el día del estudiante y de la primavera se dirigían a diferentes lugares del gran Bs As… Se pide a la población que colabore con las cuadrillas de rescate porque hay cuerpos irreconocibles que serán depositados en la morgue policial de General Pacheco y hospitales de la zona…

Lo que sigue es inenarrable, pues en ese tren viajaban «mi chico», con varios jóvenes que venían subiendo desde la localidad de Zárate, y en cada estación… nosotras aparte de mi mamá, íbamos con tres amigas con sus madres.

Esa tarde papá llegó a las 19 a casa… fue eterna la espera e inmenso el abrazo que nos dio… no parábamos de llorar los cuatro.

¡Tan «niñas» entendimos que DIOS TIENE UN PLAN PARA CADA VIDA, Y PONE A LAS PERSONAS INDICADAS QUE SERÍAN COMO SEMÁFOROS ROJOS PARA DECIR SU ROTUNDO NO! En este caso fue nuestro papá, que nos mezquinaba tanto las salidas, no porque no quería que disfrutemos de la vida y la juventud, le temía a todo lo que pudiera sucedernos al salir solas…

Papá cuando salió de su sopor como nosotras nos dijo que no solamente porque pensó en una tormenta, sino que algo superior le inclinó a negarnos el permiso de ir al paseo… Sin duda fue la voz de DIOS que le susurró a sus oídos… y él le prestó oídos. Hoy estaríamos en esa lista dolorosa de tantos que iban a trabajar y otros a disfrutar del día de la primavera…

Nuestro pueblo se hizo famoso no por su adelanto edilicio, sino por este fatídico accidente.

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UNA HISTORIA REAL

Carlos H. González Saavedra -Argentina

Al fin llegó el ansiado sábado. ¡Había esperado mucho tiempo para que este día llegara! En mi cumpleaños, hace más de un mes, había organizado una colecta para un comedor en Cañuelas.

A los invitados a mi fiesta les pedí juguetes y útiles escolares para un comedor muy pequeño, donde cada día comían treinta niños. Se reunió bastante. También mi hermana se sumó a la ayuda y llevó todos los elementos para maquillar a cada niña que quisiera pintarse el rostro. Como artista plástica y maquilladora profesional, su trabajo sería maravilloso.

Así fue. El baúl del auto estaba completo.

Nos habían pedido que estuviéramos a las 11:30 porque a las doce se almorzaba. Era importante que nos sentáramos con ellos, y así lo hicimos: pusimos la mesa y ayudamos a servir. Siempre se preparaba comida extra, ya que había niños que traían un recipiente para llevar algo a casa para la noche.

Todo se desarrolló con mucho cariño. Después de ordenar y comer una fruta de postre, llegó el momento de entregar los regalos. Hacer una fila fue imposible, ya que se abalanzaban sobre la mesa. La señora que me acompañaba estaba agotada.

Había un niño de unos once o doce años que pedía y pedía, aunque ya quedaban muy pocas cosas. Eso obligó a la señora a ponerse firme y preguntar quién faltaba.

—Una mano levantada en primera fila gritó: ¡Yo! —No seas pícaro, tú fuiste el que más recibió —respondió enojada.

El niño bajó la vista y, con algunas lágrimas en los ojos, se sentó en silencio en un banco, lejos de todos. Esa actitud llamó la atención de Margarita, que rápidamente preguntó:

—¿Qué te pasa? —Señora, yo pedía para los más pequeños. Ellos no llegaban a la mesa, los más grandes los tapaban. Por eso me quedé sin nada.

Esas palabras la estremecieron tanto que me llamó: —¡Carlos! Pobre, se quedó sin regalos ni útiles.

Lo miré fijo a los ojos, apagados y tristes, y le pregunté: —¿Cómo te llamas? —¡Carlitos! Me dicen Tévez —respondió con una mirada pícara escondida. —¿Ah, eres de Boca? —¡Sí! —dijo orgulloso—. b —Qué lástima, yo soy de San Lorenzo, pero te doy mi palabra de honor de que el próximo sábado traeré un regalo para ti. —¡Gracias! —y se fue corriendo. Vivía en una casita muy precaria, con techo de láminas de metal y suelo de tierra. Era el mayor de seis hermanos.

Los niños se fueron, la comida sobrante se repartió y nada quedó en la olla. Di unas vueltas por el barrio, todos en la misma condición, algunos peor.

Mi sorpresa fue mayor aún cuando, en el umbral de una casa, una niñita permanecía como un testigo mudo de agradecimiento. Lucía en su cara una mariposa. Habían pasado dos horas y ahí estaba, orgullosa de su pintura. Pensé en cómo, con tan poco, podemos darles un momento de felicidad que seguramente nunca olvidarán.

Volví con mi palabra de honor empeñada, con un sabor agridulce en los labios, por las contradicciones de la vida misma. Maestras que les exigían a estos niños un cuaderno de tapa dura con cincuenta hojas, cuando comían de manera salteada.

El lunes temprano fui a la casa de deportes y compré una pelota. Le conté al vendedor lo que había vivido. Me escuchó atentamente. —Le puse en la bolsa con la pelota unas medias de Tévez. ¡Van de regalo!

Agradecí emocionado el gesto.

Durante la semana compré algunos útiles escolares y ropa, y volvimos cargados al comedor. El día estaba luminoso, los niños estaban por comer cuando llegamos. Uno de los encargados me pidió que la bolsa se la diéramos aparte, porque se iban a poner a jugar y luego vendría la comida.

Así fue que fuimos al auto con Tévez, abrí el baúl y le entregué la bolsa. —No juegues aquí, tus compañeros no van a comer. Llévala a tu casa.

Su entusiasmo, su inocencia, sus ojitos brillando en todas direcciones me llenaron de emoción. La emoción de hacer feliz a un niño, al menos por un rato.

Es importante señalar que los responsables del comedor eran Jorge, exconvicto, y su amigo Damián. Este último se había criado en un comedor, nunca conoció a sus padres; esa era su familia.

Por último, me gustaría terminar este relato verídico con una reflexión: Somos canales de abundancia divina. Merecemos todo lo que recibimos, y así como recibimos debemos dar; como damos, recibimos.

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LAS PIEDRAS QUE CUENTAN

Elspeth Gormley – España

Cada tarde, al bajar la marea, aparecía una concha distinta en la orilla.  No era la misma, aunque se pareciera: cada una traía un dibujo nuevo, como si el mar escribiera mensajes secretos en su piel.  
Desde niña pensé que las conchas y las piedrecillas que aparecían en la orilla tenían historias. No eran simples restos del mar: cada forma escondía un relato, cada grieta era un secreto.  
Cuando mis hijos y mis nietos eran pequeños, jugábamos a descifrarlas. Si la piedra parecía antigua, entonces guardaba una historia de piratas, de barcos hundidos con tesoros que nunca llegaron a puerto.  
Si la concha brillaba como recién nacida, era señal de un cuento nuevo: quizá la aventura de un pescador que no regresó,  no porque el mar se enfureciera con él, sino porque una sirena se enamoró de su canto y lo llevó con ella a un reino escondido bajo las olas.  
Así, cada piedra era un libro abierto, cada concha un mapa secreto, y la orilla se convertía en biblioteca infinita.  
Hoy, cuando camino por la playa, sigo recogiendo esas historias. Las guardo en la memoria como quien guarda tesoros, porque sé que el mar nunca deja de escribir,  y que cada piedra, cada concha,  es también espejo de nuestra propia vida: unas veces áspera, otras pulida,  pero siempre con una historia que merece ser contada.  
Y entonces comprendo que no soy yo quien inventa los cuentos, sino el mar, que me los confía como cartas selladas para que nunca se pierdan.

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DE GL 581 B

Jaime Hoyos Forero – Colombia

Si este encuentro de cuento y poesía se hubiera celebrado la semana anterior, habría invitado a todos ustedes con mucho gusto a mi segundo matrimonio.

Como el primero, este matrimonio no será eterno en esta vida. Durará máximo 100 años. No tengo aguante

500? -Qué embustero- pensarán algunos de ustedes.

¿500? -Cree que nos va a meter los dedos en la boca -estarán diciendo otros.

Bueno, yo no los puedo obligar a que me crean ni a que digan que mi mujer es la subcampeona del mundo (el récord lo tiene Matusalén con 969 años).

El día de la boda, hace 8 días, no faltó un tris para que el notario, un tipo serísimo, nos mandara con policía a un juzgado para que nos arrestaran por desacato a la autoridad.

-Váyanse a gozar su luna de miel a la cárcel- nos dijo, pero no nos casó, y agregó que el documento de identidad de la novia era falso. ¡Pura ignorancia del notario! Imagínense: no sabía que en 1509, año del nacimiento de mi novia, los colombianos no éramos colombianos sino neogranadinos y que los ciudadanos no éramos ciudadanos sino súbditos del Rey don Fernando II el católico y de su dulce esposita la Reina Isabel y por lo tanto el documento de identidad de mi novia no decía “cédula de ciudadanía” sino: “Cédula Real que el Rey y la Reina de Castilla, Aragón y Navarra confieren a su súbdita Venus María, hija de GL 581 B y de padre desconocido, etc. etc., año del Señor de 1509”. Hay 2 sellos, uno seco en altorrelieve y dos firmas ilegibles en letras de oro.

Pues cómo sería de bruto el notario en cuestión (mi buena educación y caridad cristiana no me permiten revelar su nombre) que todo eso le pareció un chiste.

Fue necesario que el jefe de archivos de la Biblioteca Nacional y un historiador y un químico certificaran la verdad. De esta manera pudimos casarnos. Lo hicimos en la misma notaría de marras, para humillación del notario, quien turbado y de mala guisa, no se atrevía ni a mirarnos.

Creo que ese notario es la primera persona que se ha aguantado las ganas de mirar a Venus María. Y no piensen que ella despierta curiosidad por lo viejita. Nada de eso. La gente se extasía mirándola por su extraordinaria y singular belleza y por su perenne juventud. Su rostro, cuando sonríe, lo rodea un halo fulgente y a veces es necesario bajar la vista para no deslumbrarse. Y su cuerpo, ¡ay, si les hablara de su cuerpo!, este relato se convertiría en un canto de amor, en una oda, en un poema erótico y grandioso. Con decirles que en 1866, cuando Venus María tenía tan sólo 357 años, el poeta Gustavo Adolfo Bécquer anotó en el cuaderno de ella estas palabras mientras se inspiraba mirándola: Mientras exista una mujer hermosa, habrá poesía”.

Y en 1660 Murillo, el pintor sevillano, ofreció a Venus María una fortuna para que le sirviera de modelo de su famosa “Inmaculada”. Ella posó entonces para Murillo pero no aceptó recompensa ninguna por tratarse de un cuadro para la Virgen María.

Ahora mismo yo veo en los ojos de todos ustedes estas preguntas: ¿Cómo hace su esposa para conservarse siempre joven y hermosa?

-¿Por qué ese apellido tan raro: GL 581 B?

-¿Si es verdad todo lo que usted dice, me dirán ustedes, por qué no nos la muestra?

Pues voy a contestar a esas preguntas: GL 581 B es el apellido genérico de los nacidos en el planeta de ese nombre. El planeta GL 581 B está situado en el centro de la Vía Láctea, la galaxia más cercana a la tierra. GL es de un tamaño ligeramente menor que el de la Tierra y está a una distancia de 20 años luz. Es decir, que un vuelo espacial a una velocidad de 20.000 kilómetros por hora, tardaría un millón de años en llegar. Sus habitantes, a pesar de las acechanzas del demonio, nunca le desobedecieron a Dios. Por lo tanto, no hay allí pecado original, de hecho no existe allí el pecado, no han sido castigados por Dios.

En otras palabras los seres que pueblan GL 581 B, no se arrugan, no envejecen, no mueren.

Dios, por medio de sus ángeles, a cada ser terrestre o de GL., en el mismo instante de ser concebido en el vientre de su madre, le coloca en lo más hondo de su primera célula, el alma, siempre inmortal. La diferencia está en que la primera célula de los terrícolas (no el alma) es mortal, sujeta a crecer, reproducirse y morir; mientras que la primera célula de los nacidos en GL es inmortal, como el alma.

El que dude de la existencia de GL y de que allí hay atmósfera como en la tierra y agua y por lo tanto vida, favor confirmar lo que he dicho, esta misma noche, en Wikipedia o en Google.

Estoy contestando, sigo respondiendo las preguntas: hace 500 años, un ángel nuevo, poco experimentado, cometió el pequeño error de colocar en un óvulo humano aquí en la Tierra, una célula primaria de GL, célula desde luego inmortal, siempre joven y eterna. Y así, por accidente, nació Venus María entre nosotros.

¿Que por qué no les muestro a Venus María, mi esposa?

Y…¿Por qué no iría a mostrarla?

Al terminar el encuentro de cuento y poesía, esta noche, los que quieran ver a Venus María, pueden hacerlo si bajan al parqueadero de este edificio: En la cabina de un Ferrari rojo, está esperándome mi esposa. No soy celoso. Comprendo que todos ustedes son mas jóvenes que yo. Sólo les recomiendo no mirarla demasiado tiempo a la cara: su resplandor puede volverlos ciegos.

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GAME OVER

Andrea Morini – Argentina

Voy a desvelarles el peculiar suceso que me tocó vivir hace algún tiempo, una vivencia que aún hoy, como una sombra persistente, proyecta sus vastas consecuencias sobre mi existencia. Es una historia tejida con los hilos de la incertidumbre y la metamorfosis, un relato que me persigue incluso en la quietud de la noche.

Cierta tarde de mediados de noviembre del año pasado, o quizás del anterior… la memoria, caprichosa, ya no me permite precisarlo con exactitud. Recuerdo, eso sí, que salí, como siempre me sucedía, apurada de la oficina. La prisa era mi compañera constante en el camino hacia mi sesión de terapia semanal. Siempre, una voz interior, la resistencia, me susurraba que no debía ir más, que debía romper con esa rutina. Mas, aun así, a último momento cedía: una fuerza invisible me impulsaba y, por ende, venía el apremio, la carrera contra el tiempo que marcaba mi devenir a diario.

Con paso firme, enfilé hacia la parada de taxis más cercana, mis pensamientos ya en el diván, desmenuzando las ansiedades del día. Pero, antes de llegar a la misma, un brillo en la distancia captó mi atención: un coche desocupado. Como un regalo del azar, le hice señas con la mano, casi por instinto, para que frenara. El chófer, con un movimiento fluido, acercó el auto al cordón y abrió la puerta trasera. Subí, y tras acomodarme en el asiento, le indiqué la dirección hacia donde deseaba viajar, mi rumbo hacia el ritual semanal.

Iba enfrascada en mis asuntos, divagando entre informes y análisis, cuando, de pronto, una vibración ínfima me sacó de ese ensimismamiento. Un zumbido apenas perceptible que, sin embargo, me arrancó de mi burbuja de reflexiones. Sorprendida, busqué en la butaca, suponiendo que el celular se me había caído de la cartera, cosa nada infrecuente, dada mi proverbial distracción. El atolondramiento era ya una marca registrada de mi personalidad.

Encontré un móvil, pero al instante supe que no se trataba del mío. Su diseño, su peso, todo gritaba ajenidad. «Será del anterior pasajero», pensé en aquel momento, con una lógica impecable, aunque teñida ya de una extraña fascinación. La agitación persistía, una llamada insistente, y la tentación de responder se me tornó irresistible, una curiosidad prohibida que me jalaba con fuerza. —Hola —dije, mi voz un poco vacilante, esperando que del otro lado de la línea apareciera el dueño, para así poder entregárselo y librarme de aquel objeto misterioso.

Una voz profunda, cálida y, sin embargo, con una resonancia magnética, respondió. Era muy varonil, seductora y delicada a la vez, una melodía que me envolvió al instante. —Hola, estaba esperando que atendiera —susurró, y en ese murmullo había una intimidad inquietante, como si me conociera de siempre. Añadió, con un empalago que me erizó la piel: —¿Qué tal si le ofrezco cambiar su vida a partir de este momento? ¿Aceptaría? —Dejándome la última palabra expectante, colgada en el aire como una pregunta sin respuesta.

El temor, una ráfaga helada, me asaltó el estómago. La situación era tan inesperada, tan surrealista, que colgué atropellada; mi mano temblaba mientras el móvil se silenciaba. Pero algo, una fuerza ignota y poderosa, me impulsó a no decirle nada al taxista y guardarme el aparato sin más, sin un atisbo de racionalidad. No sabría interpretar de dónde provino ese deseo, esa compulsión irracional, pero es lo que hice entonces. Un objeto ajeno se convirtió, por lo tanto, en mi secreto, un peso en el fondo de la cartera.

Llegué a destino, al consultorio de mi terapeuta, y bajé llevándome el dispositivo conmigo. Me convencí de que tenía la intención de devolverlo, que era un acto de civismo. Sin embargo, ahora, al recordarlo, no lo tengo tan claro. Quizás la semilla de la conversión ya había sido sembrada, y la excusa del retorno era solo una capa superficial para mi creciente embeleso. Terminé de realizar las tareas previstas para esa jornada, las palabras de mi psicóloga resonando aún en mi intelecto, un eco de mis propias zozobras. Me fui directo hacia casa, mi refugio, mi pequeño santuario. Agotada, con el peso del día aún sobre mis hombros, me saqué los zapatos nada más entrar. No hay mayor satisfacción, pensé, que ese pequeño gesto, una liberación, que indica el final de un día de trabajo, el preludio del descanso codiciado. Me preparé un mate, el vapor cálido ascendiendo, y para relajarme, un rito que me traía paz, comencé a escribir unas líneas que tenía dando vueltas en mi cabeza para plasmar en una próxima novela. Necesitaba ordenar mis ideas en una hoja antes de que se perdieran en las nubes del olvido, antes de que el torbellino de la jornada las arrastrara.

Estaba perfilando los avatares de los personajes, imaginándolos con una precisión casi febril, dándoles nombre, edad, gustos, tejiendo sus azares con cada palabra cuando percibí una nueva vibración. Esta vez, las pequeñas sacudidas eran más cercanas, más íntimas. Provenían del escritorio, justo donde había apoyado el trasto descubierto, el teléfono ajeno. Lo había dejado allí con la intención de revisarlo, de ver si alguna pista se revelaba en su memoria, alguna forma de entregarlo a quien lo reclamara. Era mi excusa, mi coartada para mantenerlo cerca.

Atendí, esperanzada y, debo confesarlo, con el anhelo de que se tratara del legítimo propietario de tan peculiar objeto, el eslabón perdido de esta cadena de eventos. —Hola —respondió la voz. Era la misma que había escuchado por la mañana, la que había resonado en la cabina del taxi, ahora más intensa, más cercana—. Temprano le hice una oferta, sigo esperando su réplica —exclamó, esta vez imperativo y exigente, una autoridad implacable que no admitía dilaciones. —Creo que se ha confundido señor —Le respondí, con una convicción que comenzaba a resquebrajarse. Luego, imponiendo una lógica que ya se desvanecía, agregué—, este móvil lo encontré hoy y estoy intentando dar con la persona a la cual pertenece, por lo que, supongo, es con quien usted desea comunicarse, no conmigo —aseveré con total convicción, aunque mi voz ya flaqueaba. —No es así —respondió con un dejo glacial en su voz, un frío que me caló hasta los huesos—. ¿Acaso usted no es Clara Guzmán? —preguntó, y la mención de mi nombre me heló la sangre. Mientras afirmaba a continuación, su voz grave como un trueno distante— La conozco bien, aunque no lo crea.

Una invasión de inseguridad me atenazó el estómago, un puño invisible que me apretaba las entrañas y no me permitía responder. Corté la llamada de forma abrupta, mirando el artilugio como si el mismo encarnase un símbolo del infierno, una puerta a lo desconocido. No podía entender qué estaba pasando y eso me resultó intolerable e inquietante. La madeja de mi vida, tan ordenada hasta ese momento, comenzaba a enredarse. «¿Qué o quién quería algo de mí?», recuerdo que pensé, muy asustada, mientras daba vueltas por la habitación, convertida en un torbellino de paranoia. La pregunta rebotaba en las paredes de mi hogar, una obsesión.

En ese momento, la decisión se forjó dentro de mí como hierro candente: tenía que deshacerme del aparato, dejarlo en algún lugar lejos de mi casa de inmediato. Así que, sin pensarlo dos veces, sin dar lugar a la razón, me dirigí a la plaza que estaba justo enfrente de mi puerta, un oasis de verdor que se convirtió en mi salvación. Bajé las escaleras a toda prisa y crucé la calle apurada, el corazón latiendo desbocado. Con un gesto furtivo, casi criminal, lo apoyé sobre un banco y salí huyendo de allí como si fuera una delincuente, una fugitiva de algo que no podía nombrar. Entré atropellada al que era mi hogar entonces, cerrando con un fuerte golpe, un retumbo que resonó en el silencio de mi alma. Seguía muy intranquila, una zozobra persistente me corroía, aunque, en apariencia, ya estaba a salvo. No sabía bien de qué, qué entidad o qué fuerza me había acechado, pero quería creer que así era al fin, que la pesadilla había terminado.

Traté de serenarme, de encontrar la calma en el caos que se había desatado en mi vida. Decidí continuar trabajando en la trama de la novela, antes de comer algo, aunque lo hice con muy poca convicción. Las palabras ya no fluían con la misma facilidad, el misterio se había incrustado en cada fibra de mi ser. De pronto, una melodía familiar resonó en la habitación. Esta vez reconocí el sonido habitual de mi propio dispositivo, ese que creía seguro en mi bolso. Me sobresalté. «¿Cómo era posible?» Sin mirar la pantalla, por puro reflejo, contesté, y después de dar el saludo inicial, una voz que ya empezaba a fastidiarme, a colmar mi paciencia, alegó: —Solo tiene que contestar, Clara Guzmán, si está interesada en cambiar su vida a partir de hoy, en ese caso, nunca más tendrá que preocuparse por nada —sentenció en un tono de voz perentorio, una orden disfrazada de oferta. Y luego, rompiendo toda barrera, empezó a tutearme, como si fuera un viejo conocido, lo que sumó una nueva capa de escalofrío a mi turbación—. Necesito que afirmes o rechaces lo ofrecido ahora, no vuelvas a colgar, porque no cejaré en el intento, debo saber a qué atenerme, pero sabrás que espero una réplica positiva, por supuesto.

«¿Quién era esta persona que insistía en llamarme, que parecía saberlo todo sobre mí, incluso mi nombre completo?» «¿Por qué necesitaba mi sentencia, mi veredicto, ante su planteo tan enigmático?» «¿Qué sabía de mí, de mi vida, de mis secretos más íntimos?» Las preguntas se agolpaban en mi mente arrasada por los miedos, un torbellino incesante de dudas. Su voz, por un instante, me sonó familiar, como un eco de un pasado remoto, un recuerdo que se negaba a materializarse. —¿De qué se trata todo esto? —respondí, el enojo por la intrusión en mi vida se mezclaba con una creciente intriga—. No sé quién habla, ni por qué me está ofreciendo algo que no pedí. Si no se explica mejor, volveré a colgar —aseveré, mi voz firme, aunque ya sentía la curiosidad rondar, de manera peligrosa, como un animal hambriento a mi alrededor. —Así ya es diferente, puedo explicarte en la medida de tu afán por escuchar —expresó, su voz melosa, untuosa, una trampa de terciopelo, añadiendo con un tono casi sensual—. ¿Sí? —Por favor —le solicité, entregada por completo a la tentación de conocer de qué se trataba toda la cuestión, de desentrañar el interrogante que me envolvía. La resistencia había cedido, el enigma había ganado la partida. —Te propongo participar en un juego, Clara Guzmán, junto con otras personas que también fueron elegidas, al igual que tú —respondió la voz, y la palabra «juego» me pareció extraña, casi infantil, en medio de tanta solemnidad—. Las reglas son sencillas y te serán indicadas cuando corresponda —agregó, callando a continuación, dejando un silencio expectante.

Me encontré diciéndole, mi voz más audaz de lo que creía: —Y… ¿por qué fui elegida? ¿Quién lo hizo? —interrogué titubeante, pero la pregunta ya formulada era imposible de retirar. —Eso no es relevante, Clara. Lo importante es que lo fuiste, que tu sino te ha traído hasta aquí —respondió con una firmeza que no admitía réplicas—. Solo te puedo asegurar que no he sido quien te seleccionó, no es algo que me corresponde hacer. Pero sí puedo precisar la importancia de la propuesta y de la conversión radical que significará en tu vida, para mejor, claro, en el caso de que te interese comprometerte con ella.

Si me retrotraigo a ese momento, a la encrucijada de mi vida, no puedo precisar con exactitud qué me impulsó a consentir esa loca proposición, carente de toda lógica, de toda sensatez. Tal vez, puedo aventurar, que en una vida ordenada como siempre fue la mía, meticulosa y predecible, con pocos matices, una rara aventura no me pareció tan descabellada, tan ajena a mi ser. Además, la idea de que otras personas también estarían inmersas en la supuesta actividad lúdica, me brindaba una extraña sensación de seguridad, de no estar sola en esta locura.

«¿Por qué no?», me dije entonces, algo en mi interior me impulsaba al abismo de lo desconocido. De esa manera, me rendí ante la seducción de lo ignoto, un canto de sirena que me arrastró sin remedio. Desde entonces, todo avanzó a ritmo febril, a una velocidad que mareaba, que impedía asimilar los cambios.

Me citaron en una vieja casona de Villa Devoto, un barrio de Buenos Aires con aires de antaño. El exterior de la casa, un tanto deteriorado, contrastaba con la belleza de su entorno: un hermoso parque lleno de árboles centenarios y flores de mil colores, en una de las clásicas avenidas que engalanan esa zona de la ciudad.

Allí, en ese lugar que parecía sacado de otra época, conocí al resto de los integrantes de tan dudoso grupo, de esa cofradía de lo incomprensible. Todos estaban tan aturdidos como yo, con los ojos vidriosos de recelos, pero cada cual impulsado por alguna necesidad diferente: emocional, material, o la que su raciocinio les diera como justificación para estar ahí. Éramos marionetas de un hado incierto, atadas a hilos invisibles. En principio, la voz, a través de sus emisarios, nos explicó que debíamos superar diversas pruebas o pequeñas tareas. Aquellos que íbamos cumpliendo las fases asignadas en los primeros lugares, continuábamos participando, sorteando cada vez más complejas faenas. El resto, los que no lograban avanzar, suponíamos que eran eliminados y volvían a sus hogares, a la normalidad de sus vidas. Ahora, con la perspectiva del tiempo, entiendo que eso elegimos pensar en aquel momento, una mentira piadosa para apaciguar nuestra propia congoja.

A poco de iniciar la contienda, la competencia, comencé a sentirme mal, el cuerpo reclamaba descanso. Aquello no era un juego, sino una carrera de supervivencia, una lucha por cada aliento. Apenas comíamos, la comida era escasa y sin sabor, y reposar, poco y nada. El sueño era un lujo que no podíamos permitirnos. Por lo cual, el estado general se iba tornando cada vez más agresivo y compulsivo, una animalidad latente que afloraba con cada desafío.

Estaba decidida a ganar, a sobrevivir. Desconociéndome, arremetí con fiereza en cada ciclo, cada obstáculo, sacando fuerzas de donde no las tenía y argucias que no sabía que poseía. Ante cada meta alcanzada, a la vez que seguía adelante, algo dentro de mí se alteraba, se fracturaba, al punto tal de que empecé a sentirme ajena a mí misma, como si el yo que fui se disolviera en el éter. Pero la ambición, una bestia que no conocía, era más fuerte que la conciencia, más poderosa que el remordimiento, así que «¡Adelante!», me decía alentándome, sin vacilaciones ya, hacia lo desconocido. De esta manera, con cada paso, con cada triunfo, entré en este mundo para el cual no creía estar preparada y, en el que, sin embargo, logré subsistir a toda costa.

La voz que me había convencido para entrar en él, nunca más la escuché, se desvaneció como una promesa vacía, a pesar de que busqué en todos los rincones de este universo a su propietario, a esa entidad que había puesto en marcha mi transformación. Creí percibir, cierto día, una sonrisa amiga que se parecía mucho a la de alguien que conocí tiempo atrás, al que amé de forma salvaje, con una pasión que quemaba, pero, como entonces, su rostro se evaporó, se desvaneció como sucede ante la imposibilidad del querer en ciertas relaciones, de aquellos encuentros que no están destinados a perdurar.

Para no aburrirlos con tanta historia, con la dureza de mi ascenso en este destino macabro, volvamos al principio, al origen de mi encierro, a cómo llegué a esta situación sin retorno, a este punto sin vuelta atrás. Uno a uno mis contrincantes se fueron marchando, desvaneciéndose en la nada, mientras continuaba avanzando, lenta, pero inexorable. «¿Hacia dónde?», llegué a interrogarme alguna vez, en un raro atisbo de lucidez. Pero en realidad no tenía respuesta para eso. Era seguir adelante por la simple inercia de hacerlo, acumular más y más triunfos para mi ego personal, sin ninguna necesidad real que atesorar en ello, sin un propósito más allá de la victoria.

En cada etapa, una parte de mí se diluía, se evaporaba cual gota de rocío en un día de verano, mientras me iba convirtiendo en parte del orbe en el cual había aceptado vivir.

Aquí, en este lugar, no paso hambre ni frío, las necesidades básicas están cubiertas, pero la muerte y la resurrección se encuentran cada vez que alguien decide utilizar mi avatar en el juego de roles en el cual estoy inmersa sin poder escapar.

Escribo estas líneas mientras aún recuerdo, con una claridad dolorosa, que alguna vez fui Clara Guzmán, una simple oficinista, antes del próximo instante en que me quede sin energía, se escuche un sonido atronador, como un estruendo que anuncia el fin, y vuelva a pender sobre mí la palabra «Game Over».

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COMPARACIÓN

Carlos Pérez de Villarreal – Argentina

En el Ajedrez, como en la vida, la mejor jugada es siempre la que se realiza – Siegbert Tarrasch

Se acercó con el tablero bajo el brazo y la bolsita de plástico con las 32 piezas aventureras. Siempre nos encontrábamos en el mismo banco de la plaza, con la mesa d piedra como un comensal más. Lo abrió y desplegó. Comenzó a colocar los huéspedes:damas, reyes, caballos, torres, alfiles y peones. Él siempre jugaba con las blancas, nunca quiso perder la «iniciativa”, allí nos quedábamos: jugando, descubriendo, inventando.

Verlo concentrado en las partidas era algo que jamás podría olvidar. La tensión, el rictus de la boca, la cabeza que se movía llena de pensamientos y jugadas anticipadas, la inteligencia puesta exclusivamente al juego enfrentada a dilemas a veces insolubles, la lucha interna por doblegarme como adversario, la crispación de sus manos. Hasta que al final movía una pieza y recobraba su tranquilidad. Roberto andaba por los 80 largos, su cuerpo no lo acompañaba mucho, pero su mente era una máquina calculadora, inteligente y por sobre todas las cosas innovadora.

Estaba planificando una variante de la Defensa Siciliana, que revolucionaría el mundo ajedrecístico. Superaba todas las conocidas, porque había estudiado en profundidad las jugadas del sacerdote Pietro Carrera, analista italiano del siglo XVI, creador de la famosa jugada.

Durante todo el año, si el tiempo lo permitía, los viernes allí estábamos los dos. Él venía desde su casa mientras que yo salía de la redacción del diario. No sabía dónde vivía. Nunca se lo había preguntado. Él tampoco me lo había dicho. Era por el barrio, pero nunca quiso dar muchas explicaciones. Siempre supuse por sus ropas elegantes pero gastadas, que en algún momento de su vida había tenido un buen pasar. Tal vez la vida se le habría complicado. Cada uno de nosotros lleva su mochila al hombro que a veces pesa poco y a veces demasiado.

Un viernes primaveral no vino, lo esperé en vano otro viernes, otro, uno más. Nunca lo volví a ver. Lo busqué indagando por varios lados, pero nada. Pregunté en la misma redacción, los negocios de la zona: algunos lo conocían por la descripción que les daba, pero no sabían dónde podía vivir. Se había evaporado de mi vida como un soplo en el viento. Allí quedó la nostalgia, sin tener remedio. Una semana antes de Navidad, una señora bastante mayor apareció en el diario buscándome. Traía un envoltorio para mí de parte de Roberto. Había fallecido hacía casi tres meses. Ella era una amiga que cuidaba de él en ciertas oportunidades. Antes de partir le había dejado el recado de entregarme el paquete como regalo de Fin de Año.

Le pregunté de qué había fallecido y su respuesta fue contundente: de vejez. «Nadie muere de vejez», pensé. Pero de qué valía explicarle eso a esta mujer. Le pregunté si necesitaba algo y me explicó que no. Sólo cumplía con el pedido de Roberto Seoli. En esa conversación me enteré por primera vez de su apellido.

Esa noche, ya en casa, abrí el paquete con todo cuidado. Había esperado ese momento con ansias. No lo quise hacer en el trabajo por razones personales. Esto era mío, particularmente mío. Allí estaba el viejo tablero y los 32 trebejos, gastados, ajados, esperándome. En un sobre marrón bien cerrado, encontré una papeleta con diferentes jugadas. La letra pequeña, pareja y bien escrita, reforzaba mi impresión de que Roberto había sido una persona de una gran cultura. En la mesa chica del living, al lado de los sillones, armé todo y comencé a desarrollar lo escrito por él. ¡Formidable! ¡Excepcional! ¡La combinación perfecta! ¡Una variante de la Defensa Siciliana extraordinaria!

Me quedé quieto por un momento recordándolo con su traje raído, sus zapatos charolados de dos colores, el bastón marrón de madera lustrada y esos ojos brillantes cuando realizaba una partida magistral. En base a ella escribí un libro que resultó ser un best-seller para el mundo ajedrecístico. La variante llevaba su nombre. El nombre de un hombre que llevó su imaginación al límite.

Hoy ese tablero sigue allí. Nadie lo toca. No lo permito.

Nunca más jugué en él. Es un sempiterno recuerdo.

Roberto, vos allá andá preparando otra jugada. Yo aquí voy a hacer lo mismo.

Cuando nos encontremos… comparamos.

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CUENTOS Y RELATOS DE NAVIDAD

Nota Editorial

Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece.

Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante.

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Ninos-cuentos-4

A

Aquí laten las voces que hacen del invierno un hogar.”

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✦ Colaboradores ✦

  • Magi Balsells – España
  • Marcela Barrientos – Argentina
  • Carlos H. González Saavedra – Argentina
  • Elspeth Gormley – España
  • Graciela Reveco – Argentina
  • María Sánchez Fernández – España

FIESTAS DE NAVIDAD

Magi Balsells-España

Días señalados en el calendario, momentos de ilusión y alegría nos invaden, lo que es momentos de reunión con la familia y los seres queridos, el jolgorio y también el recogimiento, si hay con quien disfrutar de ello.

Solo estoy, en un gran piso, sin pareja, sin hijos, sin nada mas que mi sola compañía, los únicos familiares muy lejanos están y poco contacto ha habido en estos últimos años, todos tienen sus problemas, todos tienen su familia y yo me he quedado solo, solo con mis recuerdos, con mis tristes pensamientos, con la tristeza de no ver mas a mis seres muy amados, todos ellos desaparecieron hace ya algún tiempo sin ver que yo me quedaba abandonado a esta situación no deseada.

Tengo que celebrar la Nochebuena, con qué o con quién, no puedo ni llamar a ninguna puerta para que me acojan en estos días, aunque solo fuera una sola, el poder sentir el calor y el cariño de otras personas, mis amigos tampoco están y los pocos que me quedan ellos quizás estén en la misma situación, ya solos nos quedamos muchas veces.

Pondré la mesa y en ella las fotografías de los que se fueron, así no estaré tan solo, encenderé todas luces para iluminar la casa como a ellos les gustaba, pondré todo el servicio como si aun estuvieran, hablare con ellos aunque no pueda oír sus voces, pero en mi mente si los escuchare, reiré con ellos aunque las lagrimas afloren mansamente en mis mejillas

Llaman a la puerta, ¿quien será? Es el vecino de al lado, que me viene a buscar, no admite excusas me están esperando en su mesa y en el sitio de honor, ahora es cuando las lagrimas salen a borbotones. Me es imposible dar las gracias, la emoción tapa cualquier palabra, todos me acogen como uno más de ellos.

Gracias a mis deudos por lograr este milagro se que habéis sido vosotros los que habéis tocado el corazón de estas personas.

Veo que en el mundo aun existe bondad.

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EL PUEBLO QUE HABIA DEJADO DE CREER

Marcela Barrientos – Argentina

En el pueblo de *San Silencio*, la Navidad ya no era una fecha: era apenas una palabra gastada. Las luces colgaban por costumbre, no por ilusión; los villancicos sonaban como ecos lejanos, y en las casas nadie esperaba nada más que el paso del tiempo. —La Navidad es para los que aún creen —decían los mayores—, y aquí ya casi nadie cree en nada.

Ese año, como todos los anteriores, el frío llegó puntual y la plaza se llenó de hojas secas en lugar de risas. El viejo pesebre municipal permanecía guardado en un depósito, cubierto de polvo y olvido. Nadie lo reclamó. Nadie… excepto *Luna*. Luna tenía ocho años y una forma especial de mirar el mundo, como si aún pudiera escuchar lo invisible. La noche del 24 de diciembre, salió de su casa con una vela encendida entre las manos. No sabía por qué, solo sentía que debía hacerlo.

Cuando llegó a la plaza, ocurrió lo extraordinario. La luz de la vela no tembló con el viento. Al contrario, creció. Y en ese silencio profundo, una nevada suave comenzó a caer, aunque el cielo estaba despejado. No era nieve común: cada copo brillaba como si llevara dentro un recuerdo feliz.

Los vecinos salieron a las puertas. Algunos lloraron sin saber por qué. Otros recordaron una voz, una canción, una mesa compartida. Entonces, en el centro de la plaza, apareció el pesebre olvidado, intacto, luminoso. No era nuevo ni perfecto, pero estaba vivo. Y en él, el Niño parecía sonreír, no por haber nacido, sino por haber sido esperado otra vez.

Desde esa noche, San Silencio cambió. No porque los problemas desaparecieran, sino porque algo volvió a habitar los corazones: la certeza de que la esperanza no muere, solo espera ser llamada.

Y así, cada Navidad, una vela se enciende en la plaza. No para recordar lo que fue, sino para creer -otra vez- en lo que aún puede nacer.

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UN RELATO DE NAVIDAD

Carlos H González Saavedra – Argentina

Ese domingo estaba ansioso, más que otras veces. Aunque conocía Río, en mi cuarto viaje me faltaba descubrir el Río profundo, ese donde se respira Brasil en las paredes. El samba y la pobreza de las favelas. Contrastes y desigualdad de un país maravilloso. El brasileño común, de la sonrisa permanente, de la energía que te invade. En cada rincón, en cada vuelta de la esquina hay una sorpresa cercana a la bohemia, la melancolía y esa fuerza increíble para salir adelante, cantando a pesar de todo.

Todo eso, ni más ni menos, de la mano de mi hijo Federico, residente en Río desde hace nueve años. —Padre, ¿qué quieres conocer bien? —Un bar de esos donde se hace música con una tapita de refresco o una lata de cerveza. —Bien, esta noche vamos a lo de Alfredo. —Perfecto, ya me gustó la idea con solo conocer el nombre.

Allí fuimos, domingo a las nueve de la noche. Imaginé un bar grande, no un local pequeño que no tenía más de ocho metros de frente por doce de fondo.

Federico me presentó a Alfredo, que permanecía sentado en la puerta del local, en una mesa, con una planilla donde anotaba las consumiciones. —Padre, aquí funciona así: al fondo tienes dos neveras cargadas de cervezas, alguna botella de vino y agua. Una barra para lavar alguna copa y un pequeño baño. Te sirves y le avisas a Alfredo lo que tomas, él lo anota y al irnos pagamos.

En un costado del angosto salón había una madera donde alguien apoyaba el codo, tomando una cerveza. En el centro, sentados en sillas o bancos comunes, músicos y más gente en la calle que dentro del local. —¿Por qué se llama Bip Bip? —pregunté asombrado. —Alfredo le puso ese nombre por el Correcaminos, no se le ocurrió otro. Y ojo, aquí no se aplaude, está prohibido. Solo se chasquean los dedos, por respeto a los vecinos y a la música. Si hay mucho ruido, ¡no sabes cómo se pone Alfredo! —acotó Federico.

El samba recorría las paredes y nuestros oídos. Era un momento y un lugar pleno de magia. Venían unos, otros se iban. Siempre ocupaban los banquitos. Tocaban con instrumentos pero también marcando el ritmo con cucharitas. —Padre, este es un bar socialista. Los martes se viene a hablar de política. Los músicos son profesores del conservatorio, algunos también de canto. —¿Cómo, los músicos también pagan lo que consumen? —Aquí todos pagamos, ellos también.

La bohemia me arrancaba el corazón. Fui dos veces al baño, para quedarme en la barra de atrás, observándolo todo. El bullicio iba subiendo en intensidad y el número de gente en la acera crecía.

De pronto, Alfredo se levantó furioso de su silla. Los músicos dejaron de tocar y un silencio sepulcral se adueñó del lugar. Alfredo, con problemas respiratorios por el cigarrillo, cercano a los sesenta y cinco años, se ponía colorado y hablaba entrecortado para poder tomar aire: —Aquí venimos a escuchar música y disfrutar. Si hablamos gritando, no escuchamos la música y es una falta de respeto a los vecinos. Si no les gusta, se van y listo.

Después de su alocución, complicada por su falta de aire, una suave melodía de flauta devolvió la normalidad. Alfredo se volvió a sentar. La noche se nos escapaba de las manos, eran como la una de la mañana y seguía llegando gente. —¿A qué hora cierran, Federico? —Hasta que salga el sol. Nosotros, si quieres en una hora más, nos vamos, padre. Mañana tengo que trabajar. —Sí, hijo, cuando me digas. —Quedémonos una hora más. —De acuerdo.

Las paredes impregnadas de nostalgia, decoradas con recuerdos y fotos, mostraban en un rincón un diploma con una distinción del Ministerio de Cultura, nombrando al Bip Bip como lugar cultural de Río de Janeiro. Cobró otra dimensión el sitio donde me había traído mi hijo, cuna del samba y del sentir autóctono de Brasil.

Solo tomaba cervezas, iba por la quinta, y veía cómo Federico se divertía con ellos. Aprendí los secretos de la pandereta, tan famosa por su sonido característico, tocada con el movimiento de la muñeca. El profesor nos señalaba: —Mira, esa niña está tocando mal. Para mí, tocaba de maravilla. Hasta que la escuché con atención, comprendí lo que decía. Su sonido me transformaba. Eso sí que era maravilloso, como todo lo que estaba allí.

Mientras la música acariciaba los oídos y todos movíamos el cuerpo al compás, una muchacha con una lata de helado de cinco litros, con una ranura en la tapa, invitaba a todos a dejar una propina. Pensé que sería para los músicos. —Federico, muy bueno el lugar, quedé encantado. ¡Cómo tocan, qué maravilla! ¿Ahora cada uno paga su cerveza? Increíble, menos mal que después con la propina se arreglan. Hermoso regalo me hiciste, hijo. —No, padre. Ese dinero que se junta cada noche, durante todo el año, es para el día de Navidad. —¿Cómo? —Alfredo, en Navidad, pone las mesas en la calle y da de comer a todos los indigentes y personas sin hogar. Hace una gran mesa y brinda con todos ellos, por la Navidad.

Ese comentario me dio una dimensión mucho más profunda de Alfredo y sus músicos, de su altruismo, de su humanidad. Rescatando al hombre concreto de una sociedad injusta y salvaje. Me impactó mucho emocionalmente.

Antes de irme, volvimos y tuve la oportunidad de confundirme en un abrazo con Alfredo, cosa inusual según mi hijo. Le había escrito un poema al lugar. Federico se encargó de dárselo a su amigo para que lo tradujera. Seguramente fue por eso que me abrazó. Sentí su emoción. Lo abracé por tantas cosas, que no me alcanzaban los brazos para decirle gracias. Me sentía en deuda con él.

Alfredo falleció de un enfisema pulmonar hace un año y medio. El amigo de mi hijo, cuyo nombre no recuerdo, quedó a cargo del lugar.

Después nos invadió la pandemia y no pude volver. Me gustaría regresar al Bip Bip y ayudar a servir la mesa, rescatando miradas de agradecimiento y felicidad por Alfredo, por su inmensa humanidad. Brindando, con ojos emocionados, por una ¡Feliz Navidad!

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CUENTO DE NAVIDAD

La luz que nunca se apaga

Elspeth Gormley – España

En un pequeño pueblo junto al mar, cada diciembre se repetía un gesto sencillo:  las familias colocaban una lámpara en la ventana, como señal de esperanza. No era lujo ni adorno, solo una luz humilde que decía: “aquí hay un hogar abierto, aquí hay alguien que espera.”  
Crecí en tierra de marineros rudos, donde el Cantábrico rugía con furia cuando se enfadaba. De pequeña, me subía a una silla y desde la ventana miraba el mar extasiada, y veía que en cada puerta brillaba una luz encendida.  
Esa luz no era solo candil, era promesa: los que partían al mar sabían que esa era la señal de que los esperaban, que su casa seguía siendo puerto seguro.  

Aquella Navidad, Clara encendió su lámpara con un temblor distinto. Su padre había partido meses atrás, y la casa parecía más vacía que nunca.  
Pero al encender la luz, recordó sus palabras: “la Navidad no es ausencia, es memoria que se convierte en compañía.”  

Esa noche, las calles se llenaron de ventanas iluminadas. Cada lámpara era un latido compartido,  un puente invisible entre casas y corazones, un gesto sencillo que vencía la distancia.  

Cuando la medianoche llegó, el pueblo entero parecía un cielo en la tierra: cientos de luces brillaban como estrellas, y cada una contaba una historia de amor, de pérdida, de esperanza.  

Desde entonces, sé que la Navidad no se mide en regalos, sino en la fuerza de una luz compartida. La misma que en el Cantábrico esperaba a los marineros, la misma que en cada ventana dice: no estás solo, aquí hay alguien que espera.”  

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ROSAS DE HOY PARA MAÑANA

Graciela Reveco – Argentina

Fue en vísperas de Navidad cuando un ligero despertar insinuó que llegaría con un abalorio de sorpresas. Mamá hizo un gran esfuerzo para que mi regalo fuera la pelota de trapo más hermosa que alguien pudiera imaginar, redonda y blanca, un tanto agrisada por el tiempo, cerrada y muy firme, no se rompería tan pronto como las otras, pero algo me molestaba en un rincón del corazón; yo no podía obsequiarle nada, los dos estábamos muy bien, pero no teníamos mucho dinero, apenas para vivir con lo que ella ganaba amasando en la panadería del barrio.

También, en esa Navidad, mi padrino (un primo de mamá) llegó con un regalo muy especial, dijo que el señor que lo acompañaba deseaba verme jugar en un equipo que esa tarde competiría en el club de la ciudad, y que debía desangrarme como lo hacía si domingos. Los ojos de mi madre dijeron sin decir que eso podía ser muy bueno para los dos.

De inmediato acudimos a la cancha, debía practicar unas cuantas horas con una pelota de verdad, descanso de por medio. Era emocionante y me latía el corazón con una fuerza arrolladora. Mi padrino sabía que no me costaría nada acostumbrar mis pies a esa maravilla redonda y blanca que no me cansaba de apretar contra mi pecho hasta doler.

Mientras me preparaba, la pelota fue a dar muchas veces cerca de un puesto de flores que estaba a la entrada del club, y cuando iba por ella me quedaba viendo un balde repleto de rosas blancas. ¿Te gustan?, preguntó la florista con una gran sonrisa. Le gustan a mi mamá, dije con los ojos trizados, y salí a la carrera con una esperanza que aún no entendía.

Más tarde, mi padrino me llevó a los vestuarios; el partido iniciaría muy pronto. Estaba asustado, pero no lo demostraría, jugar al fútbol era lo que más amaba en el mundo después de mi madre.

En medio del primer tiempo, reconocí que el grupo de jugadores era bastante malo, no dejaba completar un avance, muy lentos en el conjunto (mis amigos jugaban mejor en la canchita, y con pelotas de trapo). Frente a lo que nadie esperaba, me senté en una orilla, sobre el verde campo de juego, y dije que no quería seguir, que aquello era un bochorno, además de que nos adelantaban con dos goles.

Mi padrino corrió hasta mí sin enojarse (era lo único que yo temía) y sentenció que era muy pequeño para tamaña actitud y que debía volver al juego. Chiquito, susurró cerca de mi oído para que solo yo lo escuchara, si haces un gol, de los que acostumbras en tu canchita dominguera, te doy unos cuantos pesos. Lo miré con los ojos terriblemente más trizados, y otra vez salí a la carrera.

No perdía la esperanza, ni en ese inicio, ni en la felicidad de mi madre. No sabía cómo iba a ocurrir el milagro, pero fue espontáneo y premonitorio. Lo cierto, es que ese día marqué mi futuro. No hice un gol, hice cinco, y al finalizar el encuentro levanté mi mano, las palmas bien arriba, como esperando mucho más del cielo; en ese momento solo aspiraba a mi dinero bien ganado y multiplicado por cada tanto.

Fue una travesura, porque de seguir así no había chance para el equipo, pero también lo hice por otra razón. Muchos años después puedo contarlo, a pesar de los berrinches y los correctivos que permitieron mi triunfo como futbolista. Es verdad que nunca jugué con el blanco incierto de aquella pelota de trapo que zurció mi madre, pero esa noche de Navidad ella puso sobre la mesa un enorme ramo de rosas blancas. Todas para ella.

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LA NAVIDAD DE HALLEY

María Sánchez Fernández – España

Hace algún tiempo vino a caer en mis manos la famosa obra de Sigmund Freud La interpretación de los sueños. Comencé a leerla y quedé tan fascinada que en un par de días ya la había concluido.

Es fabuloso poder comprobar cómo nuestra mente, al sentirse libre de control mientras dormimos, divaga y se nos escapa por los caminos más inverosímiles. Vivimos nuestro mundo cotidiano, pero deformado por mil cabriolas que nos zarandean caprichosamente.

Una noche de invierno, próxima la Navidad, salí a la terraza de mi casa para respirar un poco de aire puro. Aunque hacía mucho frío, el cielo estaba despejado. Lo miré largamente y quedé maravillada de la profundidad de su negrura, que se hacía más intensa con el brillo limpísimo de los millones de estrellas que lo tachonaban. Alguna que otra se escapaba veloz y desaparecía rápidamente.

Entré en mi habitación, me metí en la cama y conecté la radio para oír un programa informativo. Al momento me quedé dormida. Mi mente empezó a trabajar rápida, libre, sin cadenas, y soñé. Soñé con un mundo fantástico llamado “Cosmos”. Yo era una estrella fugaz que corría sin cesar por aquel espacio inmenso sin principio ni fin. Miles de cuerpos danzaban ingrávidos, moviéndose acompasados por el negro silencio que cantaba eternidades. Me sentía liberada, etérea, y corría y corría sin dirección ni destino. En mi loca carrera llegué a una zona en la que los cuerpos celestes se apretaban entre sí formando una gran masa de brillante mutismo.

Una multitud de estrellas de todas las clases y condiciones rodeaban curiosas y admiradas a otra de……mayor tamaño y belleza. Era hermosa, rutilante, vestida de luz blanquísima con destellos rosados y lucía una enorme cola, tan ancha y tan larga que cubría todo lo que mi vista de estrella menor podía alcanzar. Se estaba celebrando una gran fiesta en la que cada astro mostraba sus habilidades o contaba una historia en la que había tomado parte. Una estrella pequeña y tímida entonó una breve balada que decía de tenues parpadeos. Un astro opaco y torpón narró una historia de negros y largos silencios. Otras, más alegres y divertidas, inquietas y fugaces como yo, me invitaron a danzar…, y danzamos…, y danzamos…, por una eternidad.

La reina de la fiesta pidió la palabra y participó en aquella velada contando una hermosa historia. Su voz, de ráfaga purísima, inundó toda aquella inmensidad, y los allí presentes escuchamos con la mayor atención. —Mi relato es corto en el tiempo, pero su contenido en esencia es largo y largo…, tan largo que nunca se acabará por los siglos de los siglos: En mi amplio caminar por los senderos del universo, llegué muy cerca de un planeta llamado Tierra. Curiosa me acerqué a él y me detuve. Era azul y muy bello. Formaba parte de un grupo de nueve que giran…alrededor de un astro muy poderoso llamado Sol. Me aproximé cuanto pude y observé que en él se movían extraños seres de múltiples especies. Se veían grandes masas azules que se movían sin cesar, a las que ellos llamaban mares; también se veían grandes espacios verdes en los que se desarrollaba con gran profusión la vida de aquel planeta. Entre todas las especies, había una que dominaba a las demás: era el hombre. Seguí mi camino, pero siempre me detuve periódicamente en mi viaje eterno allá, sobre la Tierra, para recrearme en ella y observar a sus criaturas.

En una ocasión pude ver que en una pequeña aldea ocurría algo extraordinario. El Sol ya no alumbraba y estaba oscuro. Solamente mi luz la hacía visible. Gozosos grupos de hombres se dirigían a un lugar muy humilde en apariencia. Traían presentes, canciones y danzas. Me acerqué más y aquel paraje se iluminó. Observé que en un reducido espacio, como los que los hombres dan cobijo a otros seres inferiores en la escala de su vida cotidiana, había un hombre y una mujer que sostenía en sus brazos a un Niño recién nacido. Era el Niño más hermoso que soñar se puede. Todos, al llegar, se postraron ante Él en señal de adoración. Más tarde vi una gran comitiva de personas lujosamente vestidas que, al llegar ante aquel humilde establo, desmontaron de sus cabalgaduras y se postraron ante el Niño. ¡Qué belleza ante tantas muestras de amor! ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Quién era aquella persona tan pequeña a la que todos adoraban como si fuera el mismo Dios?

Un ser celeste, brillante como un astro pero con apariencia de hombre, pronunció unas hermosas palabras que inundaron aquel modesto lugar de dulcísimas melodías: GLORIA A DIOS EN LAS ALTURAS Y PAZ EN LA TIERRA A LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD

La estrella enmudeció y quedó por unos instantes absorta para después proseguir: —Enseguida comprendí. Aquel planeta Tierra había sido elegido por el Sumo Hacedor para realizar sus grandes designios. Ese Niño recién nacido sería el destino del mundo, y yo, una humilde estrella, una ínfima partícula de este Todo Inmenso, había sido testigo del acontecimiento más grande jamás ocurrido.”

“Entonces, henchido de gozo, también canté con aquellas criaturas bienaventuradas y de buena voluntad un GLORIA A DIOS”.

Desperté de mi sueño. Tenía conectada la radio que emitía en aquellos momentos el magnífico Gloria de Saint-Saëns: GLORIA IN ALTISSIMIS DEO.

La teoría de Freud quedaba confirmada. Al escuchar mientras dormía aquel inmenso Gloria, esos estímulos sensoriales externos hicieron que viviera por unos brevísimos momentos la Navidad del Cometa Halley.

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CUENTOS Y RELATOS NOVIEMBRE

Nota Editorial

Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece. Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante.

Cuentos-y-relatos

“Aquí, la imaginación escribe con luz.”


COLABORADORES DE ESTA EDICIÓN

  • Miriam Alberganti – Argentina
  • Magi Balsells – España
  • María Elena Camba – Argentina
  • Judith Cartagena Espina – Colombia
  • Carlos González Saavedra – Argentina
  • Elspeth Gormley – España
  • Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
  • Sandra Romeo – Argentina
  • María Sánchez Fernández – España

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¡ GRACIAS !

Miriam Alberganti – Argentina

A veces me sorprende cómo hay personas que aún se acuerdan de mí.  Con algunos hace ya decenas de años que no me veo, y con otros no tanto;  pero con cada uno de ellos he compartido experiencias de vida que, en su momento,  
lo único que hicieron fue crear historia y recuerdos.  

A veces rememoro viejas situaciones donde prevaleció el abrazo,  la contención, la palabra en el instante justo, la presencia,  el compartir, los detalles, las lágrimas derramadas  y hasta esa risa que me hacía doler la cara.  

Muchas veces fui yo quien dejó un recuerdo en el otro,  pero muchas más fueron ellos quienes dejaron huellas de amor en mí.  ¿Cómo no agradecer a la vida por haberme cruzado con personas tan lindas?  

Hoy también me rodean seres luminosos que acarician mi alma solo con su presencia,  y que siguen siendo parte de mi historia.  
Gracias, gracias a aquellos y a estos por hacer mi vida más hermosa.  Es más lo que recibí que lo que di.  

Les aseguro que todos esos momentos están guardados en mi cofre de tesoros,  que llevo y llevaré siempre en mi corazón.  
Gracias a todos los que, de una manera u otra, me recuerdan e hicieron que mi cumpleaños fuese una maravillosa experiencia personal.  

CAMINO Y MOCHILA

Magi Balsells – España

Mochila al hombro, inicio mi camino sin rumbo, sin ningún plan establecido, solo buscando la libertad de andar por donde quiera y el tiempo que quiera, sin prisas, recreándome en los diferentes paisajes que van apareciendo delante de mis ojos, viviendo las experiencias de las pocas personas que encuentre en mi caminar, ya que mis caminos serán siempre por las más agrestes y solitarias montañas, ya que no intento establecer ningún vínculo con mis congéneres. Durmiendo bajo el amparo de las estrellas —ellas nunca me engañarán—, comiendo lo que la naturaleza me ofrezca: será poco o mucho, pero siempre será más sano que cualquier comida de la ciudad. Poder contemplar el firmamento en las noches claras, donde las estrellas son la luz que me ilumina con sus guiños constantes; ver la luna en todo su esplendor y belleza, y dejar que mi imaginación vuele mientras mi mente elabora pensamientos puros. Buscar un rincón para aposentarme y poder dormir en mi saco, sin sufrir las inclemencias de la fría noche. Despertar junto a un arroyo, donde el agua cristalina me servirá para mi aseo y calmará mi sed matutina, y donde los pájaros, con su trinar que saluda al nuevo día, son música celestial que ningún coro puede igualar. Ello me servirá para poder retomar este camino sin objetivo, solo el de la libertad personal.

Respirar las fragancias matutinas, con ese perfume tan especial que se nota entre las hierbas; la pureza del aire que embriaga mis sentidos, bálsamo para mis pulmones, motor de mi cuerpo. Es la maravilla de la naturaleza, de la que con gran placer disfruto gratuitamente.

Encontraré animales del bosque que, ante mi presencia, huirán, ya que para ellos soy, de momento, un enemigo que solo busca sus vidas. Esto es lo que han aprendido estos seres tan indefensos, aunque ellos, dentro de su ignorancia, no saben que no todos los humanos, por suerte, somos iguales.

REFLEXIONES NAVIDEÑAS

María Elena Camba – Argentina

El bar era uno de esos típicos de Palermo, repleto a esa hora. Pablo y Juan intentaban escucharse, elevando la voz por sobre la música, que estaba bastante fuerte. Faltaba poco para la llegada de las fiestas. Estaban sentados junto al ventanal y veían pasar la gente, apurada, cargando regalos, intentando llegar a sus casas antes de que anocheciera.
La mirada de Juan se perdía en un horizonte imaginario mientras revolvía su taza de café, hasta que, de golpe, Pablo lo escuchó decir:

  • Cuando yo era chico, Papa Noel ni figuraba, no existía-.
  • Parecía que pensaba en voz alta.
  • Es cierto – le contestó Pablo-. Era el Niño Dios el de los regalos.
  • Sí, siempre de chicos hacíamos el pesebre con el Niñito Dios y los Reyes
    Magos
  • Esto de Papa Noel- agregó indignado- lo importaron de otros países para vendernos cosas.
  • Me acuerdo de que en casa armábamos el pesebre, empezábamos como diez días antes. ¡Cuántos recuerdos! – dijo Pablo con nostalgia.
  • Nosotros teníamos chimenea. Y recogíamos del jardín hojas, ramas de pino, hasta piñas para poner alrededor. Mi mamá forraba las paredes del hogar con papel metalizado. Era toda una ceremonia.
  • Vos eras un afortunado que tenías casa con jardín. Nuestro departamento era chiquito, pero en el living había una araña de bronce redonda. La cubríamos con unas boas verdes y colgábamos estrellitas. Y en la mesa del comedor hacíamos la ciudad de Belén con el pesebre en el medio.
  • Todo eso se acabó, inclusive ahora los chicos ni saben la historia de Jesús. Lo que les interesa son los regalos y ver a Papá Noel. Mi hijo mayor se disfraza y tira los regalos desde la terraza, con el clásico JO JO, para que no lo
    reconozcan mis nietos.
  • En lo de mi hija directamente no hay pesebre, sólo el arbolito con sus luces de colores. Ellos no creen en nada, son ateos, pero bien que arman su arbolito.
  • ¡Los tiempos cambiaron tanto! ¿Quién va a la iglesia ahora?
  • Cierto, me hacés acordar cuando en Nochebuena íbamos a misa de gallo y recién después de salir de la iglesia volvíamos a cenar y poníamos el niñito Jesús en el pesebre, porque ya había nacido.
  • Ahora todo es material, todo comercio, para eso sirven las fiestas.
  • Sí, todo consumismo ¿Qué tiene que ver con nosotros y nuestras costumbres
    Papa Noel? Vestido para la nieve, abrigado como para ir a la Antártida. Y en un trineo tirado por renos…
  • Ja, ja, cierto. ¿Alguna vez viste en Argentina un reno? Ni siquiera en el sur, que hace frío y nieva encontrás un reno.
  • Tantas fiestas que nos meten y no son nuestras… Desde hace unos años incorporamos una nueva, Halloween, la festejamos como tarados… todos los negocios se adornan con telarañas, brujas, murciélagos…
  • Tal cual y el día de la Tradición, en cambio, casi no se festeja. Somos el mundo al revés. ¡Qué país! Por todos lados empiezan a vender esas calabazas para que los chiquitos se las pongan en la cabeza y las casas de disfraces se llenan
    de plata. Una locura.
  • Después nos peleamos con los uruguayos sobre quién inventó el mate y el dulce de leche, pero de fiestas nuestras…. Nada.
    En la mesa de al lado un matrimonio ruso conversaba tranquilamente. Cada tanto los miraban y se sonreían. Quizás les llamaba la atención cómo gesticulaban, aunque no comprendieran del todo la conversación. O quizás sí entendían. Había tantos rusos últimamente en Buenos Aires. Juan, que los tenía enfrente y los miraba de a ratos. agregó en un tono irónico:
  • Ahora empezaron con la Pachamama, un poco tarde se acordaron. Igual es un esnobismo porque los que ponen recordatorios en Facebook o en Instagram son hippies con Osde. A lo mejor, si tenemos suerte, llegamos a celebrar
    alguna fiesta indígena, reverenciar al Dios de la Lluvia, bailar desnudos bajo la luz de la luna, todo puede suceder.
  • Tenés razón, Juan- respondió Pablo. Y hablando de esnobismo, amigo, no vengamos más a esta cafetería. Hoy le pedí un café con leche al mozo y me dijo que aquí servían solo Flat White…
  • ¡Impresentable! Y encima nos pregunta ¿Qué quieren chicos? Yo no soy ningún chico, soy un señor mayor- y golpeando la mesa agregó – Rajemos de acá Pablo, acabo de pagar la cuenta.

  • Se perdieron por las calles del barrio, donde los talleres mecánicos habían devenido en negocios de diseño, donde las viejas casas se demolían cada vez con mayor velocidad, donde costaba contemplar el cielo, oculto por altos edificios. Ya no había casi vestigios del viejo Palermo que recordaban. Sólo persistía el aroma de los tilos y la alfombra celeste de las flores de jacarandá que cubría las veredas.
    Y ellos continuaban, a su modo, resistiendo.

Y….ME VOLVÍ A CASAR

Judith Cartagena Espina – Colombia

A los 61 años, me volví a casar con mi primer amor: Pero en nuestra noche de bodas, al desnudarla, me impactó y me dolió profundamente lo que vi.

Me llamo Rajiv y tengo 61 años.

Mi primera esposa falleció hace ocho años, tras una larga enfermedad. Desde entonces, he vivido solo, en silencio. Mis hijos ya están casados, cada uno ocupado con su vida. Una vez al mes vienen a visitarme, me dejan dinero y medicinas… y se van rápido.

No los culpo. Tienen sus propias responsabilidades, y lo entiendo.

Pero en las noches de tormenta, cuando la lluvia golpea el techo de hojalata y el viento se cuela por las grietas, me siento insoportablemente pequeño… y solo.

El año pasado, navegando por Facebook, me topé con Meena, mi primer amor del instituto.

La adoraba por aquel entonces. Tenía el pelo largo y suelto, unos profundos ojos negros y una sonrisa tan radiante que podía iluminar toda la clase. Pero justo cuando me preparaba para el examen de admisión a la universidad, su familia concertó su matrimonio con un hombre diez años mayor, del sur de la India.

Después de eso, perdimos el contacto.

Cuarenta años después, el destino volvió a cruzarse en nuestros caminos.

Ella también enviudó; su marido había fallecido cinco años antes. Vivía con su hijo menor, pero él trabajaba en otra ciudad y rara vez volvía a casa.

Al principio, intercambiamos saludos sencillos.

Luego vinieron las llamadas.

Luego el café por las tardes.

Y sin darme cuenta, iba en mi vieja moto a su casa cada pocos días, llevándole una cesta de fruta, algunos dulces y analgésicos.

Un día, medio en broma, le dije:

— «¿Y si… dos almas viejas como nosotras nos casáramos? ¿No aliviaría eso la soledad?»

Para mi sorpresa, sus ojos se llenaron de lágrimas.

Entré en pánico y le dije rápidamente que solo era una broma, pero ella sonrió suavemente y asintió con suavidad.

Y así, a los 61 años, me volví a casar con mi primer amor.

El día de nuestra boda, yo vestía un sherwani marrón oscuro.

Ella llevaba un sencillo sari de seda color crema.

Llevaba el pelo recogido con cuidado, adornado con un pequeño broche de perla.

Vinieron amigos y vecinos a celebrar.

Todos decían: «¡Parecen jóvenes enamorados otra vez!».

Y, sinceramente, así me sentí.

Esa noche, después de recoger los restos del banquete, ya eran más de las diez.

Le preparé un vaso de leche caliente y salí a cerrar la puerta con llave y apagar las luces del porche.

Nuestra noche de bodas, algo que nunca pensé que volvería a vivir a mi edad, por fin había llegado.

Entré en la habitación. Ella estaba sentada en la cama, esperando con una tímida sonrisa.

Me acerqué.

Con manos temblorosas, le quité suavemente la blusa…

Y entonces me quedé paralizado.

Su espalda, sus hombros, sus brazos estaban cubiertos de marcas oscuras. Viejas cicatrices, profundas y entrecruzadas como un mapa del sufrimiento.

Sentí que se me rompía el corazón.

Se cubrió rápidamente con una manta, con los ojos abiertos de miedo.

Temblé al preguntar:

— “Meena… ¿qué te pasó?”

Se dio la vuelta, con la voz quebrada:

— “En aquellos años… tenía un carácter terrible. Gritaba… me pegaba… Nunca se lo conté a nadie…”

Me senté a su lado, desconsolada, con lágrimas en los ojos.

Todos esos años, había vivido en silencio, con miedo, con vergüenza, sin decírselo a nadie.

Tomé su mano y la puse suavemente contra mi pecho.

— “Se acabó. A partir de hoy, nadie volverá a hacerte daño. Nadie tiene derecho a hacerte sufrir… excepto yo, pero solo por amarte demasiado”.

Rompió a llorar, un llanto suave y tembloroso que resonó por la habitación. La abracé con ternura. Su espalda era frágil, sus huesos ligeramente prominentes: esta pequeña mujer que había soportado tanto, durante tantos años.

Nuestra noche de bodas no fue como la de las parejas jóvenes.

Nos acostamos una junto a la otra en silencio, escuchando los grillos afuera, el viento susurrando entre los árboles.

Le acaricié el pelo. La besé en la frente.

Me rozó la mejilla y susurró:

— «Gracias. Gracias por mostrarme que todavía hay alguien en este mundo que se preocupa por mí».

Sonreí.

A los 61 años, por fin entendí:

La felicidad no está en la riqueza ni en las pasiones salvajes de la juventud.

Está en tener una mano que me sostenga, un hombro en el que apoyarme y alguien que se quede toda la noche… solo para escuchar tu corazón latir.

Mañana llegará.

¿Quién sabe cuántos días me quedan?

Pero una cosa está clara:

Por el resto de su vida, compensaré todo lo que perdió.

La cuidaré. La protegeré. Para que nunca más tenga miedo.

Porque para mí, esta noche de bodas —después de medio siglo de añoranza, oportunidades perdidas y una espera interminable—

es el regalo más grande que la vida me ha dado.

CUANDO QUISE SER MARADONA

Carlos González Saavedra – Argentina

A las ocho de la mañana de aquel primero de enero, había llegado el día. Después de esperar siete años, al fin comenzaban las vacaciones.
Había elegido un destino tranquilo, lejos de todo bullicio, al menos durante los primeros días.
También había decidido con quién ir: no quería una compañera que estuviera diciéndome lo que debía hacer o no.

Conocía Merlo, en San Luis, pero no la ciudad misma, sino sus alrededores.
Los Molles, precisamente, donde también se mantiene el microclima.
En esa zona, suspendidas en el aire por efecto del viento, hay partículas subatómicas llamadas iones negativos, un elemento imprescindible para combatir el estrés.
Nos quedaríamos diez días.

El dueño ofrecía un pequeño departamento contiguo a su casa, dentro de lo que él mismo describía como un paraíso.
Guillermo era una persona muy agradable y amable en el trato. No había exagerado nada de lo que prometió, al contrario.
Era su casa familiar, donde vivía con su esposa y dos de sus hijos, ya que la tercera estudiaba en Córdoba. Su esposa, cariñosa y muy atenta.
Había transformado un antiguo garaje en un coqueto departamento rodeado de aire puro y naturaleza.

Tenía comedor diario con cocina incluida, un pasillo que conducía a la galería acristalada donde los pájaros, confundidos por la transparencia, a veces chocaban.
Por allí se llegaba al dormitorio, confortable, amplio y limpio. El baño, para mi gusto pequeño, pero suficiente.
Todo rodeado de mil quinientos árboles, con riego por goteo ideado por Guillermo.
Un gallinero bien cuidado, con aves de la zona, a unos 150 metros. Parrilla y hasta horno de barro para cocinar unas empanadas o pizzas. Todo, al pie del Cerro de los Comechingones.
Ah, y un gran estanque para almacenar el agua que bajaba del cerro, con una bomba que funcionaba de vez en cuando. Prácticamente no hacía falta, pues el agua de las vertientes cumplía su cometido.

Diez días plenos de sol, naturaleza y bienestar.
Los primeros cuatro, por efecto del microclima, dormíamos profundamente, además de una siesta de tres horas.
La rutina era desayuno, charla, café o mate, almuerzo, siesta, alguna broma si surgía, té o mate, cena y otra vez descanso.
Mirar un cielo estrellado, lejos de las luces de la ciudad, era francamente un sueño.

Completamente descansados después de esos cuatro días, uno quiere hacer de todo: salir, escalar, rapel, pasear, viajar, conocer. La energía y vitalidad eran envidiables.
Eso hicimos hasta que, faltando tres días para irnos, Guillermo preguntó:
—Carlos, ¿te bañaste en el estanque?
—No, ni me acerqué.
—A la hora de la siesta toma el sol en el estanque. Solo escucharás el canto de los pájaros en un silencio increíble y el agua de vertiente que se mantiene fresca.

Nunca fui muy aficionado a las piscinas, pero ante su insistencia acepté.
—¿Sabes nadar? —preguntó. Igual el agua apenas llega a la cintura, aclaró.
—Me voy a Buenos Aires pero vuelvo en tres días. No quiero regresar y enterarme de que no te metiste —comentó en tono de broma.
—Aquí tienes una colchoneta inflable, la dejo preparada por si quieres disfrutar. Hasta el sábado —se despidió.

Confieso que no me atraía demasiado el plan, pero tampoco era descabellado.
Al día siguiente, después de almorzar, observando el estanque pensé: ¿por qué no?
Carmen prefirió dormir.

De pronto una imagen llenó mi mente: Maradona en Cuba, con un habano y acompañado de dos jóvenes.
Toda esa escena me impulsó a imitarlo. Aunque no había señoritas, sino una señora de mi edad que dormía profundamente, nada me privó del intento de ser, por un rato, Maradona.

Puse la colchoneta inflable en el estanque y vi cómo se deslizaba suavemente. Sol radiante, agua fresca, temperatura ideal.
Guillermo me había dicho:
—¿Sabes cómo usar la colchoneta? Se trepa desde atrás, lentamente, hasta que estés acostado en ella. Después, con cuidado, te das vuelta y te acomodas.
—Sí, claro —respondí como si lo hubiera hecho muchas veces.

Mi primer intento fue un fracaso: al intentar trepar, la colchoneta se dio vuelta y terminé en un chapuzón en medio del estanque, mientras Carmen se reía a carcajadas.
El segundo intento lo planeé mejor: la traje al borde, me puse en cuclillas sobre las piedras, la sujeté con la mano izquierda y me lancé como un delfín. Tampoco lo logré: la colchoneta apareció fuera del estanque. Hasta hoy no sé cómo ocurrió.

—No me vas a vencer —me dije.
Pensé: si Diego lo hizo, que está más gordo que yo, ¿por qué yo no?

Tercer intento. Me senté en el borde con los pies en el agua, fingiendo calma. Abracé la colchoneta y me deslicé suavemente sobre ella. Terminé en el fondo del estanque, mientras la colchoneta flotaba espléndida como si nada.
Mi perseverancia fue mayor aún: intenté vencerla una y otra vez, sin éxito.

Casi resignado, me vino otro pensamiento que me ayudó a salir de la frustración: ¿y si a Diego lo ayudaron? ¿Y si había alguien sosteniéndolo bajo el agua? ¿Y si las chicas eran un fotomontaje? Solo el habano sería cierto, por la publicidad.

Desistí. Me quedó como tarea pendiente. En casa no tengo estanque, así que sabe Dios cuándo aprenderé.

Al último día volvió Guillermo. La pregunta era obvia y la respuesta también:
—Carlos, ¿todo bien en el estanque? ¿Probaste la colchoneta?
—Fantástico, una tarde espectacular. Disfruté muchísimo, parecía Maradona en Cuba.
—Que estés bien y buen viaje. Vuelvan pronto.
—Gracias, Guillermo. Hasta la próxima.

LA CARTA QUE NUNCA LLEGÓ

Elspeth Gormley – España

En un desván polvoriento de una casa antigua, Clara encontró una caja de madera con el nombre de su abuelo grabado en la tapa. Dentro, cuidadosamente dobladas, había decenas de cartas amarillentas, todas dirigidas a la misma persona: Madre. Ninguna tenía sello ni marcas de correo. Eran cartas que nunca habían salido de aquella habitación.

Clara comenzó a leer. La primera hablaba de un joven que, en la posguerra, buscaba consuelo en la escritura. “Madre, hoy la ciudad parece un fantasma. Camino entre ruinas y pienso en tu voz, que me sostiene.” Cada carta era un fragmento de vida: la espera de un trabajo, la ilusión de un amor, el miedo a la represión. El abuelo había escrito como quien conversa con alguien que ya no está, como quien se aferra a la palabra para no desaparecer.

Las cartas se sucedían como estaciones de un viaje íntimo. En una, describía cómo se reunía con amigos en un café clandestino, leyendo poemas prohibidos. En otra, confesaba que había aprendido a sembrar tomates en un huerto improvisado, porque “la tierra es la única que no traiciona”. Clara descubrió que su abuelo había sido un hombre de resistencia silenciosa, que transformaba la soledad en memoria escrita.

Pero lo más sorprendente llegó al final: una carta sin fecha, escrita con una caligrafía temblorosa. “Madre, si alguna vez alguien encuentra estas palabras, sabrá que no fueron para ti solamente. Fueron para todos los que no pudieron hablar, para los que callaron por miedo. Que estas cartas sean testimonio de que seguimos vivos en la palabra.” Clara comprendió entonces que su abuelo nunca quiso enviar aquellas cartas: eran un legado, un archivo secreto de dignidad.

Conmovida, decidió publicar algunas en un pequeño blog literario. Al hacerlo, comenzaron a llegar mensajes de desconocidos que decían haber sentido lo mismo en sus propias familias: cartas escondidas, diarios ocultos, voces que nunca llegaron a destino. La historia de su abuelo se convirtió en un espejo colectivo.

Clara cerró la caja y la guardó de nuevo en el desván, pero ya no era un objeto olvidado. Era un faro. Cada vez que escribía, sentía que alguien la acompañaba desde esas páginas amarillentas. Y comprendió que, aunque las cartas nunca llegaron a su madre, habían llegado a ella, y a todos los que aún buscan en la palabra un refugio contra el silencio.

PUBS

Carlos Pérez de Villarreal – Argentina

El Liverpool se encontraba repleto.
Era la “hora pico” diría un viejo cliente del lugar. Pero tenía razón.
Invierno, viernes siete y media de la noche, pleno centro de la Capital… el bar estaba lleno de gente joven que había terminado su jornada semanal y era “la previa” para la salida nocturna.

Eli trataba de llegar a las mesas con la bandeja en una mano, llena de jarros de cerveza.
No le resultaba fácil, y menos cuando el estúpido de la gorra roja la hizo tropezar.
A duras penas consiguió enderezar el cuerpo y sortear el obstáculo. La mirada fría, intimidó a Jorge, que sacándose la gorra pidió disculpas que, por supuesto, no fueron escuchadas. Eli ya estaba en otra parte.
Un brazo pasó por el cuello de Jorge sacudiéndolo un poco y cuando se dio vuelta, encontró a Soledad mirándolo divertida. Se había percatado de lo que había pasado e intentaba reconfortarlo.

A cuatro metros de distancia, Isabella, en plan de conquista, hablaba con su jefe del gabinete de abogados.
Hacía dos meses le había echado el ojo y hoy sería el día especial, lo presentía. Por segunda vez estaban juntos en un pub y las miradas de su compañero hacia su anatomía delantera eran cada vez más frecuentes. Es que el saco abierto y la camisa desprendida hasta el segundo botón, dejaban entrever sus encantos.

En la barra, Juan bebía despaciosamente su whisky.
Hizo crujir los tres cubos de hielo en su interior al sacudir el vaso, mientras por el espejo observaba a la morocha que de espaldas le sonreía a veces, cuando sus dos acompañantes la dejaban. Si lo volvía a mirar, encaraba, total el no ya lo tenía. Iba por el sí.

Damián, detrás de la caja, sonreía para sus adentros.
Sabía con certeza que abrir el local había sido un verdadero acierto. Era lo que le había dicho a su socio en la conversación mantenida un año atrás. El tiempo había confirmado su presentimiento.

Entre el gentío que abarrotaba el lugar, nadie vio al joven de campera negra y jeans, que desde el fondo de la barra se fue alejando despacio hacia la puerta de salida.
Nadie se dio cuenta que el joven había entrado con una mochila y ahora se iba sin ella.
Nadie observó el bulto oscuro que quedaba bien apretado entre el apoya pie y la barra.
Esa noche de diversión y alegría, donde las emociones y los sentimientos se encontraban a flor de piel, nadie advirtió nada.

Una semana después los grandes titulares todavía estaban hablando de la explosión de una bomba en un pub, en pleno centro de la capital, con un saldo de 30 víctimas mortales y 40 heridos, algunos de consideración; por lo que se pensaba que las muertes ascenderían. Ninguna organización reclamó el hecho. Realmente los inspectores de policía y fuerzas especiales a cargo, todavía no tenían una base sólida en la investigación.

La puerta del viejo Bar “El antiguo”, en la zona de Recoleta, se abrió ese viernes a la tarde-noche, dos meses después.
Un joven de campera negra y jean, con una mochila al hombro se dirigió hacia el fondo de la barra.

EL MANUSCRITO

Sandra Romeo – Argentina

¿Qué es un acto humano si no una ilusión
cuando dos interpretaciones distintas
son igualmente válidas?
Lawrence Durrell. Escritor británico

El sol cae a pico sobre las piedras de los acantilados como si todas las horas transcurrieran en un mediodía eterno.
Durante los atardeceres violentos las tonalidades varían del rojo al ocre, del amarillo al ciruela sin compasión, rápidamente.
Sin transición la noche acalorada se desmorona sobre la tierra.
Olvido en este clima.
Hice todo lo que pude por acercarme a los hechos. Traté de rescatarlos para que ocuparan su sitio en el drama que nos tocó vivir.
Sin embargo…
—Pienso en usted con el debido rencor.
»Alejado de todos, poniendo nuestros actos y palabras bajo la lupa de su soberbia creerá, en un momento, haber llegado a la verdad. ¡¡Gran error , amigo mío!!
»Nosotros, todos y cada uno, podríamos darle versiones distintas sobre lo que sucedió y sobre usted mismo. Todas verdaderas.
Estas palabras me había escrito Demetrio a poco de instalarme aquí.
Lo único que pude hacer fue enviarle mi manuscrito así como estaba, sin corregir y, quién sabe, sin ninguna verdad.
La lancha correo de esa semana depositó en mis manos un sobre de papel marrón.
A l frente sólo mi nombre; ni dirección ni apellido. En el reverso, la letra desmañada y torpe de Demetrio asaltó mi alma.
Atadas con una cinta violeta cayeron las hojas de mis escritos, corregidas aquí y allá con trazos rojos. Gruesos…
Deslizándome entre sus frases comprendí que no habría olvido posible. Entre mis manos comenzaban a desperezarse los recuerdos.
Ahí estaban todos otra vez.
Los esquivados hábilmente por mi memoria selectiva; los vivos aún, los muertos ya.
Los hechos contundentes se erguían desde esas hojas tomando la dimensión y la altura que yo les había negado y que Demetrio recuperaba.
¿Para quién?
Insistía sobre mi inocencia en aquellas páginas en las que yo me culpaba por abandono, desamor, engaño y desidia.
Me quitaba importancia en donde yo afirmaba haber sido ungido por ella:

—Nada más lejos de la realidad, amigo mío, Norah se volcaba a usted para desviar a su marido del verdadero amante.
¡Pensar que el recuerdo de haber sido elegido me sostuvo desde entonces! Por favor
Demetrio, déjeme solo con mi memoria perdida, en este lugar alejado de verdades.
Pero es inútil.
En un punto sí estaba de acuerdo conmigo.
Cuando yo me nombro portador de desgracias. Por mis burdos engaños el dolor anidó en Aniela y luego partieron juntos.
—Sí, las mentiras la desintegraron, minaron su salud ya quebrada. Ambos lo sabíamos.
Juntos velamos noches enteras su tos y su fiebre, antes o después de que usted llegara de sus incursiones infieles en aquella ciudad espuria. Esos grandes ojos oscuros lo seguían por toda la habitación sin perderse un detalle de sus comedias domésticas de marido abnegado. Ya ve usted, querido amigo, hay certezas clavadas en la memoria.
¡La implacable lucidez de Demetrio!
Los comentarios en rojo comienzan a marcarme a fuego.
Ciertamente, hay muchas cosas que desconozco.
Lo que no ignoro es el peso de su muerte. Casi una pluma en mis brazos hacia el hospital; plomo fundido en mis manos el resto de mis días.
Lo que sé es cómo me siguen ese par de grandes ojos negros por todos mis caminos.
A veces pienso si me cuidan o si sólo esperan el momento de pedirme explicaciones.
Los ojos de Aniela…
Han pasado las horas agobiantes del día. El atardecer rabioso se debate en brazos de la noche cuando Lucio me acerca el farol y con su mutismo de siglos me indica que se retira.
El alba se anuncia con un aire cristalino y su primera luz ilumina otra verdad: yo sostengo que Norah me amó.
Él afirma que sólo fui para ella una fachada pobre y delirante; una broma absurda mi figura a su lado, una pieza más en el macabro juego de su vida.
—Ya lo ve amigo mío, las mujeres que nos han amado o no, han partido ya. Unas vivas, otras muertas.
»Aniela, Norah…
»Ante tales acontecimientos implacables de nuestras vidas, yo no podía dejar que usted siguiera sin comprender la esencia de sus caracteres; solamente eso me indujo a enviarle nuevamente su manuscrito, (quizá ahora un poco mío también).
»No sé si quiera tomar en cuenta estas verdades indiferenciadas, pero con ellas y las suyas quizá comprenda la pequeña exacta medida de los sufrimientos ajenos.
»O su inacabable magnitud…
»Con el afecto de siempre, Demetrio.
El lápiz rojo comienza a diluirse.

Deja manchones sanguinolentos en las hojas ventosas arremolinadas en la orilla del agua.
Los primeros rayos del sol apagan la luz del farol agotado.
Rebotan en la madera vencida de una silla vacía

LA NAVIDAD DE HALLEY

María Sánchez Fernández – España

Hace algún tiempo vino a caer en mis manos la famosa obra de Sigmund Freud “La interpretación de los sueños”. Comencé a leerla y quedé tan fascinada que en un par de días ya la había concluido.

Es fabuloso poder comprobar cómo nuestra mente, al sentirse libre de control mientras dormimos, divaga y se nos escapa por los caminos más inverosímiles. Vivimos nuestro mundo cotidiano, por ejemplo de mil cabriolas que nos zarandean caprichosamente.


Una noche de invierno, próxima a la Navidad, salí a la terraza de mi casa para tirar un poco de basura. El cielo estaba tan claro que me fijé en las estrellas. Me quedé un rato observándolas, pensando en lo pequeñas que somos en comparación con el universo. Me pregunté si habría vida en otros planetas, si alguien nos estaría observando. Alguna de las estrellas parecía moverse.

Regresé a mi habitación, me metí en la cama y conecté la radio para buscar un programa informativo. Al momento me quedé dormida.

Mi mente empezó a trabajar rápida, libre, sin cadenas, y soñé.

Soñé con un mundo fantástico llamado “Cosmos”. Yo era una estrella fugaz que cruzaba el cosmos por aquel espacio inmenso sin principio ni fin. Miles de cuerpos con grandes masas vagaban por el universo. Me desplacé por el espacio como una estrella fugaz, sin rumbo fijo, sin destino, sin tiempo, sin espacio. Todo era negro, sin color, sin sonido.

Me sentía liberada, etérea, y corría y corría sin dirección. De repente, vi una estrella que brillaba más que las demás. Me acerqué a ella y observé que en su interior se estaba formando una gran nube de brillante materia.

Una multitud de estrellas de todas las clases y condiciones rodeaban curiosas y admiradas a otra de mayor tamaño y belleza. Era hermosa, rutilante, vestida de suave gasa blanca; con su lenta traslación, se movía como bailarina en su danza de las esferas. Era tan bella que una vista de estrella menor quiso poseerla y se le acercó.

La estrella mayor, al notar la presencia de la menor, giró sobre su eje y la había también parte. Usaba una suave música que la envolvía toda. Era como una brisa que se deslizaba por su cuerpo. La estrella menor se acercó más y más, y cuando estuvo muy cerca, giró también sobre su eje y se unió a la danza. Ambas giraban y giraban, envueltas en la música, y se fueron alejando del lugar donde estaban. La música se fue apagando y la danza se hizo más lenta. Finalmente, se detuvieron y se quedaron juntas, muy juntas, en un rincón del universo.

La reina de la fiesta pidió la palabra y participó en aquella velada contando una hermosa historia, llena de fragancia purísima, inundada toda de luz, de amor y de paz. A mí personalmente escuchamos con la mayor atención:

«Mi relato es corto en el tiempo, pero su contenido en esencia es largo y se ha ido transmitiendo de generación en generación a lo largo de los siglos:

«Acababa de nacer uno de los soles mayores del universo, llegó muy cerca de una estrella menor. Curiosa me acerqué a él y me detuve. Era azul y muy bello. Formaba parte de un grupo de nueve que giran…

Alrededor del sol

Alrededor de un astro muy poderoso llamado Sol. Me aproximé cuanto pude y observé que en él se movían masas enormes de múltiples especies. Se veían grandes llamas que se alzaban como si fueran grandes edificios encendidos. Las masas que se movían en el Sol eran tan grandes que no alcanzaba a dimensionarlas. Las llamas que se levantaban y caían eran tan grandes que los edificios más altos del mundo quedaban pequeños. Las llamas las dominaban a las demás con su brillantez.

Seguí mi camino, pero sentí que una fuerza poderosa me atraía en mi viaje extraordinario. El Sol, la Tierra, para recrearme en ella y observar a sus criaturas.

En una ocasión pude ver que en una pequeña aldea ocurría algo extraordinario. El Sol ya no iluminaba y estaba oscuro. Solamente mi luz la hacía visible. Gozo y emoción se apoderaron de mí. Me acerqué más y observé que en una humilde casa había un niño. Observé que en un reducido espacio en la parte inferior de la casa se encontraba un pesebre. En él estaba un niño recién nacido. Su madre lo sostenía en sus brazos y lo arrullaba. El niño era hermoso, su rostro resplandecía. Era el Niño más hermoso que había visto.

Todos, al llegar, se postraron ante Él en señal de adoración.


Una extraña visita

Más tarde vino una gran comitiva de personas importantes vestidas de elegantes ropas que buscaban la cabaña señalada por una estrella brillante. Hablaban de cálculos astronómicos de sus cabalgaduras y se postraron ante el Niño.

Los pastores se preguntaban maravillados: ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Quién era aquel pequeño que acababa de nacer? ¿Y qué todos adoraban como si fuera el mismo Dios?

Y en ese cielo estrellado, brillaron como un sol los ángeles de los cielos, y enmudecidos los humanos escucharon un mensaje de paz y amor que resonó en el firmamento:

¡GLORIA A DIOS EN LAS ALTURAS Y PAZ EN LA TIERRA A LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD!

La estrella enmudeció y quedó por unos instantes absorbida por después proseguir.

Seguidamente comprendió. Aquel planeta Tierra había sido escogido por el Señor hacedor para realizar sus grandes designios. Ese Niño recién nacido era el enviado de Dios, su hijo, una humilde estrella, un cometa que se convirtió en testigo mudo y privilegiado del acontecimiento más grande jamás ocurrido.


Entonces, henchida de gozo, también canté con agua las cristianas bienaventuranzas y de buena voluntad dije: GLORIA A DIOS.

Después me dormí. Tenía conciencia de la radio que emitía un espléndido canto de Navidad, el clásico de Saint-Saëns, GLORIA IN ALTISSIMIS DEO.

La teoría de Freud quedaba confirmada. Al escuchar música de Navidad, la buena Gloria, excitada de estímulos sensoriales excesivos, había soñado, en unos brevísimos momentos, que vivía, por unos brevísimos momentos, la Navidad del Cometa Halley.

CUENTOS Y RELATOS «LA LEALTAD» NOVIEMBRE

Nota Editorial

Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece. Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante.

Lealtad-relatos

“Donde el silencio abriga, la lealtad florece.”

Colaboran en esta sección:

Carlos González Saavedra – Argentina

Elspeth Gormley – España

Andrea Kiperman – Argentina

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LEALTAD

Carlos González Saavedra – Argentina

Uno camina por la vida apresurado, sin detenerse en las cosas simples que hemos aprendido. Aquellas que nos han formado. Valores que, por el vértigo con que vivimos, parecemos olvidar. No soy la excepción.

Trabajaba todos los días y, en los tiempos libres, iba al gimnasio; otros días, a meditación; los que quedaban, al teatro. No paraba.

Vivo solo, y mi única compañía era Rambo, un ovejero que me habían regalado cuando tenía siete años. Sus anteriores dueños eran mayores, vivían en un departamento y ya no podían con su fuerza.

Caminábamos juntos por las mañanas. Me sentaba a tomar mi cafecito en el bar de la esquina, siempre con él a mi lado.

Rambo era feliz paseando con mis nietos. Lo había acostumbrado a caminar sin correa. Libre.

Recuerdo una noche de festejo en una de las reuniones. Terminó bastante tarde; después fuimos a comer pizza y seguimos la charla. Me acordé de Rambo a las dos de la madrugada. Llegué lo más rápido que pude. Estaba sentado, cuidando la casa detrás del portón de hierro. Erguido, elegante y con la mirada alerta.

Me sentí cuidado, acompañado. Al abrir, su alegría fue tal que se quedó dentro de casa para siempre. Estaba educado para no ensuciar.

Así pasaron otros siete años, plenos de cariño y compañía. Era un amigo leal.

Empezó a enfermarse de viejo, y viví muy dolorosamente su despedida, por el dolor de su bendita cadera.

Ya en sus últimas horas, tirado en el living junto al hogar, no daba más. Me resistía a darle una inyección, aunque ya había hablado con una veterinaria.

Tenía un compromiso impostergable por trabajo. Debía ausentarme, pero volvería en una hora. No sabía qué hacer. No podía dejarlo. No tenía opción.

Entonces decidí hablarle como a un amigo. Le dije: “¡Rambo! Ya me cuidaste mucho. Vuelvo en una hora. Descansa tranquilo”. Lo acaricié. Con lágrimas en los ojos, sentí que esa fue mi despedida.

Llamé a mi hija, que vivía cerca, y me fui. A la media hora me avisó que, al entrar, lo encontró muerto.

Si bien sabía lo que ocurriría, no dejé de sentir una desazón, un vacío enorme en mi corazón.

Llorando, lo enterré en el jardín. Sentí, por mucho tiempo, que no había sido tan leal como él. Después, con los años, entendí que debía ser así.

Tuve tres ovejeros que me han acompañado. Amo esa raza. Mayka, Indio y Rambo: todos me dejaron una enseñanza enorme.

Rambo fue el que más lealtad me mostró. El que, con su silencio, me habló siempre. Y así nos entendimos.

Rambo se fue en silencio, pero me habló más que nadie.

Separador-dorado

LA FUERZA INVISIBLE DE LA LEALTAD

Elspeth Gormley – España

La lealtad no se impone: se elige. Es un acto consciente, una decisión que nos mantiene fieles a una persona, a una causa o a unos principios, incluso cuando el camino se vuelve difícil.
En tiempos dominados por la prisa y el interés propio, la lealtad se convierte en resistencia silenciosa.

Ser leal no es obedecer sin pensar, sino sostener con dignidad aquello en lo que creemos. Es permanecer cuando otros se ausentan, defender la verdad aunque incomode, no traicionar la confianza que alguien ha depositado en nosotros.

La lealtad es espejo y raíz: refleja quiénes somos y el lugar que ocupamos en la vida de los demás. Una amistad sin lealtad se quiebra, una sociedad sin lealtad se fragmenta, una política sin lealtad se reduce a espectáculo vacío.

Necesitamos recuperar la lealtad como virtud cotidiana. No importa si nace de un gesto pequeño o de una gran decisión:
cada acto de lealtad construye confianza, y la confianza es el tejido que sostiene la convivencia. La lealtad no es palabra antigua: es semilla de todo futuro compartido.

La lealtad también es memoria: es el compromiso que no se olvida, la promesa que se cumple incluso en silencio,
la certeza de que alguien estará allí cuando más lo necesitemos.

Es fuerza invisible que sostiene vínculos, que da sentido a la palabra dada, que convierte lo efímero en eterno.
Sin ella, todo se desvanece; con ella, todo se enraíza y florece.

“La lealtad no se grita, se demuestra: es el hilo invisible que sostiene la dignidad de toda palabra.”

Separador-dorado

LEALTAD

Andrea Kiperman – Argentina

Lealtad: una palabra de gran valor que nos remite a otra época, a un momento casi tan lejano como el sol. Lo leal, lo distinto, los valores que se desvanecen en estas sociedades modernas, extrañas, líquidas, dubitativas, ambiguas y desconcertantes. La lealtad es uno de los valores más difíciles de encontrar. ¿Qué es la lealtad, sino un valor casi extinto como los dinosaurios? En un mundo tan incierto, la lealtad grita su importancia, porque ya no se trata de la cantidad, sino de la calidad de personas que te acompañan en tus días y en tu vida. Se trata de aquellas que están contigo en los momentos de luz y de sombra. No de quien te sonríe en la cara, sino de quien cuida tu espalda. La lealtad, hoy, es la figurita difícil del álbum. Pero si se busca, aparece. Como las grandes cosas de la vida, llega en el momento menos pensado; como el amor, simplemente toca la puerta. Ojalá podamos reflexionar sobre a quiénes estamos dejando entrar en nuestra vida, porque es importante reconocernos ese valor.

Separador-dorado

CUENTOS Y RELATOS – LA DIGNIDAD ROBADA

Nota Editorial

Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece. Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante.

Relatos

La dignidad robada no se borra. Se escribe en cada relato, se grita en cada imagen.

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Colaboradores en CUENTOS Y RELATOS – LA DIGNIDAD ROBADA

  1. Susana Curbela – Argentina ¡No matarán a mi hija! (cuento distópico)
  2. Luz Fontana – Italia La dignidad perdida
  3. Carlos González Saavedra – Argentina Emilito
  4. Elspeth Gormley – España La habitación sin ventanas

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¡NO MATARÁN A MI HIJA!

Susana Curbela – Argentina

(cuento distópico)

En un país donde las mujeres valen sólo por los óvulos que producen para tener hijos, éstos les son extraídos con el fin de fertilizarlos en un laboratorio.

No hay nacimientos naturales para evitar los vínculos y sentimientos que pueden desarrollarse entre madres e hijos. Los que resultan mujeres son destruidos. Sólo fecundan algunos para futuros “alumbramientos.” Los que nacen varones, son criados y cuidados para defender al Gran Padre.

En ese escenario nació Sumiko (que significa niña de la bondad, niña bella en japonés). Cuando tuvo edad para participar en la “siembra” fue inseminada. Poco antes de dar a luz, escuchó una conversación entre dos médicos que se lamentaban porque el último control mostró que Sumik tendría una niña y no estaban seguros si la dejarían vivir, ya que el cupo de

“futuras madres” estaba completo. Sumiko sintió que la sangre le hervía y que todos los ancestros de su raza milenaria acostumbrada a renacer de sus cenizas, le infundían el coraje necesario para salvar a su bebé. ¿Pero cómo?

¿Por dónde escapar de esa inmensa ciudad? ¿Qué habrá afuera?. Por un segundo sintió un miedo paralizante. Justo en ese momento la bebé la patió. Cualquier cosa que haya será mejor que permitir la muerte de Suki (significa amada), como decidió llamar a su hija. Se recostó a pensar qué sabía de la rutina diaria. Todos los días llegaban suministros y visitantes. ¿En qué momento los guardias estarían distraídos suficiente tiempo para que pudiera atravesar el Portón? Repasó mentalmente los vehículos que veía cada mañana al amanecer, sentada en un banco de la plaza, luego de una saludable caminata, y que cubrían su cuota de curiosidad imaginando historias de sus ocupantes y de los lugares de los que provenían.

Al rato sonrió. Ya sabía en cual esconderse!….el vehículo del pan era el más conveniente, con esos enormes canastos repletos de perfumados panes recién horneados, calientes y crujientes, ofrecían suficiente espacio. Preparó su mochila con dos botellas de agua, un trozo de queso, frutas y una manta que el Gran Padre regalaba a todas las mujeres cuando quedaban embarazadas. Asidua visitante de la Biblioteca de Ciudad Segura apenas aprendió a leer, sabía que el agua era más necesaria en las travesías que las comidas. Agregó la ropa que preparó para su bebé. Puso el despertador a las 7. Cerró el libro y apagó la luz. Mañana lo cambiaría por uno de poemas.

¡Nunca le gustaron los finales abiertos!

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LA DIGNIDAD PERDIDA

Luz Fontana – Italia

Dicen que la perdió el día que se le cayó el bolso en medio del mercado, y todos vieron los pañuelos usados, la libreta rota, el frasco de perfume sin tapa. Dicen que la perdió cuando lloró en voz alta, sin pedir permiso, sin maquillaje, sin metáforas. Dicen que la perdió cuando volvió a casa sin comprar nada, con los bolsillos vacíos y los ojos llenos de preguntas.

Pero nadie vio lo que yo vi.

La vi recoger cada pañuelo como quien recoge cartas de amor. La vi cerrar la libreta con ternura, como quien guarda un secreto que aún vibra. La vi oler el frasco roto, y sonreír como quien recuerda que alguna vez fue tocada por la belleza.

La vi caminar sin prisa, sin rumbo, sin miedo. Y entendí que la dignidad no se pierde: se transforma. Se esconde en los gestos mínimos, en los silencios que no se explican, en las ruinas que aún sostienen el alma.

Desde Italia, donde las piedras hablan y las fuentes susurran, yo la vi. Y juro que su dignidad brillaba más que nunca.

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EMILITO

Carlos González Saavedra – Argentina

—¡Consíguete un trabajo! Y no vuelvas sin uno. Lauro golpeó la mesa con fuerza. Raquel, la madre de Emilito, permanecía en silencio, con lágrimas en los ojos, detrás de la puerta.

—Aquí las reglas son claras. No quiero vagos en mi casa —repetía el padre.

Emilito, con apenas catorce años, salió a buscar empleo. No tenía experiencia, solo el deseo de aprender a tocar el violín. Su sueño se desmoronaba. En el colegio tampoco lo había pasado bien. Su timidez, su piel clara, su cabello liso y sus modales delicados lo convertían en blanco de burlas y malentendidos. Una vez, empujó a un compañero que terminó en el hospital. Nadie creyó que él fuera capaz: no lo veían fuerte.

Prefería la música clásica al deporte. Bailaba cumbia por obligación. Le consiguieron trabajo como aprendiz en un taller. Sus manos, ajenas a la grasa, aprendieron a limpiarse con queroseno. Su padre se mostraba orgulloso de verlo regresar con el uniforme manchado. Su madre, en cambio, sufría en silencio.

A los tres meses, Emilito organizó un asado en agradecimiento. Cerraron la gomería para celebrarlo. Había música, bebida y una atmósfera de fiesta. En medio de la cumbia, apareció una joven con minifalda.

—¿Quién es Emilito? —preguntó. Todos lo señalaron entre risas. —Me han llamado para tu debut. Soy perfecta para esto.

—¡No vine para eso! —respondió Emilito, firme. —No importa. Aprenderás a disfrutar —insistieron. —¡Dije que no!

Sus palabras cayeron mal. Entre burlas y amenazas, lo acorralaron. Emilito rompió una botella y los enfrentó. —¡Al que se acerque, lo corto! Pero lo redujeron. Lo golpearon brutalmente. Lo violaron. Lo dejaron en la puerta de su casa, inconsciente.

Estuvo una semana hospitalizado, en estado de shock. Intentó denunciar, pero el sistema lo desanimó. Todo debía tramitarse en una comisaría a 40 kilómetros. A los veinte años, se marchó de La Bonita, el pueblo que lo vio crecer.

Se refugió en la música. Formó un grupo de cumbia llamado Los Pastores. Practicaba taekwondo en sus ratos libres. Tras años de esfuerzo, comenzaron a tener éxito. Lo contrataban para fiestas, incluso en la capital. Su apodo artístico era Joni Jr. Era el más delicado, el más atractivo, el más sereno.

Volvió a La Bonita para tocar en los carnavales. Nadie lo reconoció. Pero él sí vio a los cuatro hombres que lo habían agredido. Se descompuso. Se encerró en el baño. El odio seguía vivo. Esa noche, en casa de sus padres, los recuerdos lo invadieron. Solo el violín lo calmaba. Su interpretación del Adagio de Albinoni era su refugio.

Durante dos años, volvió al pueblo para tocar. Todo parecía en paz. Hasta que comenzaron a aparecer muertos. Eladio, peón de taller, fue hallado en una zanja. Ismael Llanos, envenenado en su casa. El “Zurdo”, colgado en la gomería. El “Chueco”, muerto tras caer en una alcantarilla. Todos habían participado en la agresión a Emilito.

En cada escena, una melodía: el Adagio de Albinoni. Un CD con esa música apareció junto al cuerpo del “Chueco”. El fiscal descartó la hipótesis. —Lo que no podemos saber, lo sabrá Dios —dijo en rueda de prensa.

En un salón tranquilo, al atardecer, se escucha un diálogo: —¿Amor, Emi, te preparo algo? —No, Rony. Prefiero seguir tocando el violín.

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LA HABITACIÓN SIN VENTANAS

Elspeth Gormley – España 

Cuando la encontraron, no tenía nombre. Solo un apodo que no era suyo. Un número en la muñeca. Y una mirada que no pedía ayuda: pedía silencio.

Tenía diecisiete años. Había llegado con una promesa de trabajo. Una amiga de su prima. Un contacto de confianza. Un billete pagado. Una deuda que “se saldaría rápido”.

La primera noche no hubo cama. Solo un colchón compartido. Y una puerta sin cerradura. La segunda noche hubo clientes. Y la tercera. Y la cuarta. Y después, perdió la cuenta.

Le dijeron que no podía salir. Que debía dinero. Que si hablaba, su madre lo pagaría. Que si huía, su hermana ocuparía su lugar.

Aprendió a no llorar. A no preguntar. A no mirar a los ojos. A fingir que no sentía. A respirar sin hacer ruido. A desaparecer sin moverse.

Un día, una voluntaria entró al local. Ofrecía preservativos y folletos. Ella no los tomó. Pero dejó caer un dibujo. Un corazón con barrotes. Una palabra escrita en mayúsculas: AYUDA.

No fue inmediato. No fue fácil. Pero fue el principio.

Ahora tiene nombre. Tiene un cuarto con ventana. Tiene miedo, sí. Pero también tiene voz. Tiene una taza con su inicial. Una manta que eligió ella. Y un cuaderno donde escribe sin permiso.

Cuando le preguntan si “sabía a lo que venía”, ella responde:

—Sabía que venía a trabajar. No sabía que me robarían el cuerpo. Ni la voz. Ni la dignidad.

Y cuando le preguntan si ha perdonado, ella guarda silencio. No por miedo. Sino porque algunas heridas no se cierran con palabras. Se cierran con tiempo. Con justicia. Con memoria.

La trata no es pasado. Es presente que sangra. Y la dignidad robada no se recupera con silencio. Se recupera con relato. Con mirada. Con nombre.

La trata no es pasado. Es presente que sangra. Y la dignidad robada no se recupera con silencio

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CUENTOS Y RELATOS – OCTUBRE

Nota Editorial

Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece. Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante.

Cuentos-y-relatos-octubre-a

Cada cuento es un peldaño. Cada relato, una estrella. Bienvenidos al portal donde la palabra despierta mundos.

Elspeth Gormley

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COLABORADORES

  1. Leonora Acuña de Marmolejo – Estados Unidos – La Nana
  2. Magi Balsells – España – Había una vez una trucha
  3. Marcela Barrientos – Argentina – Memoria fragmentada
  4. Libia B. Carciofetti – Argentina – La pesadilla
  5. Carlos González Saavedra – Argentina – El día que Anahí pidió hablar con el gerente
  6. Elspeth Gormley – España – El mar en otoño
  7. Antonio Morelos – México – Quiero ser profesor (Relato lírico)
  8. Walter H. Rotela G. – Uruguay – El hombre de la cloaca

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 LA NANA

Leonora Acuña de Marmolejo I.W.A& Peace Activist

Andrés Montemiranda un hombre bastante acaudalado -quien vivía en San Bernardo un hermoso pueblo del Valle del Cauca-, había enviudado de su esposa Claudia con la que había procreado dos hijos: Gerardo, y Graciela Inés de 12 y 14 años respectivamente.

       Ante la situación tan crítica al quedarse solo para levantar a sus hijos, Andrés resolvió enviar a la niña al convento de las Madres Franciscanas de la capital, quienes tenían también bajo su dirección el Colegio de bachillerato “María Auxiliadora”.

       La directora del colegio era la madre Dorothy Wharton, una dama oriunda de Inglaterra en donde vivía toda su familia. Su hermano más allegado se llamaba Harry quien con cierta regularidad solía ir al convento a visitarla.

       Siendo Graciela una hermosa niña muy educada, inteligente y de buenas maneras, muy pronto las monjas se encariñaron bastante con ella; al tal punto que llegaron a tratarla como un miembro más de sus respectivas familias, especialmente la Madre Superiora quien llegó a considerada como a su propia hija.

       En una ocasión cuando el hermano de aquella y su esposa se encontraban de visita allí en el convento, tuvieron la oportunidad de conocer a la niña -quien ya tenía 17 años-, y les agradó tanto su personalidad, su don de gentes, y su presencia, que le sugirieron a su hermana hablar con el padre de aquella a fin de que le permitiera anexarse a su extensa familia en calidad de “Nana” y por supuesto vivir allá en Europa con ellos.

       Dos años más tarde, y bajo la anuencia de su padre, Graciela resolvió viajar a Wallington, Surrey en Inglaterra para desempeñarse en aquel cargo ofrecido por los esposos Wharton, y así trabajó con y para ellos con gran eficiencia. Se encontraba muy confortable y contenta, más la esposa de Harry -para quien ella solícitamente se había convertido en su mano derecha-, venía deteriorándose cada vez más a causa de la  distrofia muscular que padecía, y un triste día pese a los cuidados médicos y de su esposo, dejó de existir. 

       Está por demás decir la tristeza y el temor que invadieron a Harry al quedarse solo. Entonces ya acostumbrado a la presencia y cuidados de Graciela, cuando su hermana Dorothy lo acompañaba por unos días tras el deceso de su esposa, aprovechó la oportunidad a fin de considerar con ella, el dejar a la muchacha como ama de casa con todos los derechos para continuar a cargo de su familia.

       En una armonía muy reconfortante tanto para Harry como para todos sus allegados, y tras de algún tiempo, éste se dio cuenta de que la presencia de Graciela se había tornado  en una necesidad imperiosa para él, y que se sentía enamorado de ella. Entonces en consideración a que ésta de pronto decidiera regresar a su país, resolvió confesarle sus aprensiones y su amor. Fue grande su sorpresa cuando en ese preciso momento Graciela venciendo su timidez le dijo que ella también paulatinamente se había ido enamorando de él.  Días después con la presencia de Andrés Montemiranda, de su otro hijo Gerardo (hermano de Graciela), y por supuesto de Dorothy la “Madre Superiora”, como también de toda su agradecida familia -que tanto la apreciaba por su conducta intachable hacia su madre-,se efectuó la pomposa boda. Así aquella soleada mañana abrileña, muy airosa y feliz Graciela Inés Montemiranda “La Nana” salió del templo, del brazo de Harry su esposo, ya convertida en la flamante Mrs. Wharton…

      *Cuento del libro “La Dama de honor y otros cuentos”

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HABIA UNA VEZ UNA TRUCHA

Magi Balsells – España

Elisondo, esta preparando sus aparejos para salir este fin de semana a su deporte favorito, la pesca, lleva muchos años practicándola ha recorrido muchos de los ríos de su país con mejor o peor fortuna

Uno de sus amigos también aficionado a este deporte, le ha indicado un pequeño rio entre las montañas en el cual hay una truchas muy especiales, aparte de su tamaño y de la exquisitez de su carne, tanto le ha hablado de el, que al final le ha solicitado un plano de la ubicación de aquel lugar y una vez ya en su poder , ha hecho los preparativos necesarios para obtener el éxito que le auguro su amigo

Pone su coche en marcha, y con buen animo  va hacia el destino deseado, después de unas horas de circular llega al valle desde donde se vislumbra el deseado rio, va remontando  su corriente hasta llegar a un pequeño estanque  que se ha hecho con el transcurrir de los años y la fuerza de las aguas que bajan de la montaña

Monta su tienda de campaña y empieza a sacar las cañas de su vehículo, busca entre sus anzuelos  los que pueden darle el éxito  que espera en forma de múltiples presas

Ya  lo tiene todo preparado, lanza con fuerza su sedal que cae en el centro del pequeño lago, y ahora armándose de paciencia espera  que alguna de las truchas que nadan entre sus aguas  se enamore de su  cebo

Pasan los minutos y de momento no hay ninguna señal todo esta quieto, saca su sedal del agua  y ve que el cebo ha sido comido por algún pez, seguramente muy pequeño ya que dejo el anzuelo limpio, vuelve a poner otro cebo  y repite la operación, ahora si que hay novedades, solo tocar encima el agua el anzuelo se produce un remolino en la superficie, y nota que algo tira de su caña no con gran fuerza pero si insistentemente, va recogiendo el sedal sin prisas aflojando  un poco y tirando  después de esta manera cansa al pez que esta enganchado en su anzuelo, al fin ve aparecer por encima del agua una hermosa trucha, la acerca pausadamente a la orilla y la coge entre sus manos.

Cuando de súbito oye una voz que le dice

.-Pescador suéltame de tu anzuelo, por misericordia

.-Quien me habla, no serás tu trucha ¿

.-Si soy yo, mi raza tiene la propiedad de poder comunicarnos verbalmente con los humanos, por esto oyes mi voz suplicándote

.-Pero porque debería soltarte, tú intentaste comerte mi cebo y ya sabias que podías quedar enganchado, lo siento pero este es el juego

.-No era para mí tu cebo sino para mis pequeñas hijas las truchitas, ya que en este lugar poca comida hay y muchas de ellas  se mueren  por su falta

.-Este cuento ya me lo conozco, no me engañaras, a la sartén iras

.-No lo creo, Si no me sueltas llamare a mi amigo el oso y este dará buena cuenta de ti.-.

-Me amenazas trucha apestosa, ahora te saco el anzuelo y a la bolsa te meto

La pobre trucha, suelta un gran grito, no compresible por el pescador, lo que hace que este se quede parado en la operación que iba a efectuar

De golpe nota detrás suyo nota una fatigosa respiración, se vuelve y se encuentra en su cara unos dientes enormes  como los que tienen los osos, ya que es un oso lo que esta encima de sus hombros, se queda helado no sabe que decir ni que hacer esta agarrotado, un frío sudor empapa su cuerpo, suelta sus aparejos para la pesca, el oso pisotea la caña destrozándola y agarrando a Elisondo por el cuello se dirige a la trucha preguntándole.-

.-Que hago con este mal hombre

.-Nada, creo que con el susto ya tuvo bastante, déjalo que se vaya que recoja sus cosas menos la comida, algunas de las cosas serán para ti y otras para mi  y mis hijas

Suelta al asustado Elisondo, que a la carrera se dirige a  su vehículo, montando en el lo pone en marcha y desaparece en la lejanía a una velocidad asombrosa

.-Gracias amigo oso por ayudarme con tu presencia 

.-No me necesitabas, eso lo se pero me ha encantado darle un susto a este pobre hombre que seguro no volverá a pescar nunca mas igual que a todos los que han venido a destrozar nuestra paz, a la cual tu preservas con la sabiduría que te da ser la hada de este estanque y de toda la montaña, gracias siempre a ti que velas por nuestra vida.

A Elisondo nunca mas se le vio con una caña ni comiendo pescado, tampoco volvió ha hablar con su amigo, pues pensó que el ya había pasado la experiencia que el paso y no le aviso y seguramente se estaría riendo de su aventura

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MEMORIA FRAGMENTADA

Marcela BarrientosArgentina

Me encontró por accidente. Yo llevaba años escondido en el fondo de un cajón polvoriento, debajo de bufandas que ya no usaba, de papeles amarillentos y de fotos dobladas que se quedaron sin marco. No sé cuánto tiempo había pasado desde la última vez que me miró, pero cuando sus manos me sacaron de ese escondite, un estremecimiento recorrió mi superficie astillada. Yo estaba roto, sí, con mis venas de vidrio extendiéndose como raíces secas, pero aún podía reflejar.

Ella me observó con un gesto de sorpresa y desconfianza. No era el mismo rostro de antes: había líneas nuevas en la frente, ojeras más hondas y una sombra que no se debía solo a la luz. Quiso apartarme, dejarme de nuevo en la oscuridad, pero algo la detuvo. Me sostuvo frente a su cara y entonces ocurrió: no se vio a sí misma tal como estaba, sino como había estado.

En uno de mis fragmentos más pequeños apareció la imagen de una tarde de verano: ella, con el cabello mojado, riéndose mientras corría bajo un chaparrón inesperado. Esa risa no buscaba ser observada; era pura, infantil, indómita. La escena la dejó perpleja. Tocó el pedazo de vidrio con la yema de los dedos, como si pudiera alcanzar el agua que entonces le empapaba la ropa.

—¿Qué es esto? —susurró.

Yo no respondí con palabras, sino con más reflejos. Otro fragmento, más grande y quebrado en el borde, le mostró una tarde de su adolescencia: sentada en una plaza, comiendo un helado de vainilla con su mejor amiga, riéndose de un secreto que ya había olvidado. No había preocupaciones, solo la tibieza del sol en los hombros.

Ella se emocionó, como si un recuerdo enterrado de golpe recobrara vida. Se inclinó más cerca y comenzó a buscar. Yo, obediente, le mostré otras escenas. En cada pedazo de mi cuerpo roto brillaba un instante en el que había sido feliz sin darse cuenta: la primera vez que sintió a su sobrino dormirse sobre su pecho; la caminata solitaria por una playa casi desierta al amanecer; una noche de fogata donde cantó sin importarle desafinar; una mañana en que despertó y se sorprendió a sí misma tarareando, sin motivo aparente.

Yo era un espejo roto, pero también era un archivo secreto. Mis fragmentos no devolvían la forma exacta de su rostro actual, sino la suma de los destellos que había olvidado. Cada risa, cada calma, cada sorpresa. En ellos estaba la evidencia de que había sido feliz incluso en los días comunes, los que creyó insípidos o dolorosos.

—No lo vi… —dijo, con los ojos humedecidos—. No sabía que en ese instante era tan feliz.

Su voz era un lamento, pero también un despertar. Yo, que había guardado esas memorias, sentí cómo mis grietas brillaban con una luz tenue. En su rostro presente se dibujó un gesto nuevo, mezcla de nostalgia y fuerza. Me miraba distinto: ya no con miedo, sino con deseo de reconocerse.

Le mostré todavía más: aquel día que cocinó sola y la salsa le quedó perfecta; la primera vez que se animó a bailar sin preocuparse de quién miraba; la tarde en que su padre, ya cansado, aún la llamó “pequeña”; la madrugada en que escribió páginas enteras de un cuaderno y luego durmió profundamente. Cada trozo mío era un recordatorio de que, incluso en medio de la rutina, había destellos luminosos.

Ella respiró hondo. Vi cómo sus manos temblaban, cómo se llevaba un fragmento de mí al pecho, sin miedo de cortarse. Entendió, en ese silencio, que no era la sombra la que la definía, sino esos instantes dispersos que habían sido parte de ella y seguían siéndolo.

—Gracias… —murmuró al fin, y sentí que la palabra me recorría como un pulso.

En ese agradecimiento había un compromiso. Lo entendí cuando me dejó sobre la mesa y me miró directamente, esta vez aceptando tanto la imagen actual como las memorias que yo le había mostrado. No necesitaba volver atrás: había descubierto que la felicidad no siempre avisa, que se cuela en lo cotidiano, que puede ser recogida y rehecha incluso ahora.

Yo, espejo roto, no podía devolverle una imagen entera. Pero sí podía ofrecerle la certeza de que había sido feliz sin saberlo, y que aún podía volver a serlo. Esa convicción encendió una chispa en su mirada, y esa chispa, más fuerte que cualquier reflejo, fue mi última revelación: ella había recuperado la fe en el poder de cambiar.

Me quedé quieto, fragmentado y luminoso, sabiendo que mi propósito estaba cumplido.

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LA PESADILLA

Libia B Carciofetti – Argentina

Horas, minutos, segundos, solo se que la noche fue larga. Aun tengo una sensación ¡Tan extraña! Mezcla de terror, y experiencia amarga… Pasillos oscuros, sin luz y un túnel por el que jamás había entrado el sol.

Solo oía el crish crash de la camilla en la que me conducían. Mi corazón, que por momentos temí dejara de latir.

Y de pronto se abrieron dos puertas vaivén, y tres hombres vestidos de blanco casi a coro preguntaron:

¿Tienes miedo? ¿Estás nerviosa??? Quise contestar, pero no tenía voz…

Se había quedado colgada afuera entre la enredadera de jazmines con olor a lluvia que había humedecido mi bata antes de entrar. Asentí con la cabeza…

¡Eres demasiado grande para tener miedo! El miedo lo inventaron para los niños, y tú ya creciste demasiado.

La voz áspera me iba abriendo una herida que no sabría como expresar el dolor que me causaba…

Con torpes modales me hicieron abrir la boca y me colocaron una pastilla debajo de mi lengua…

Recuerdo que me pusieron una máscara con dos orificios para mis ojos color verde…

La palabra «córnea» «globo ocular» «iris» «pupila» se mezcló entre el ruido de elementos de una cajita rectangular de acero inoxidable… Hasta que una jeringa con un líquido  de sabor muy amargo que me inyectaron en el ojo izquierdo, me paso por la garganta.

Quise levantar la mano en señal de que me dolía, pero las fuerzas me habían abandonado. Conversaban entre ellos por lo bajo, pero yo no los podía ya ver.

Desperté no se después de cuanto tiempo, sin saber donde estaba, ni quienes eran los que me rodeaban….

Sus voces me eran familiares… de seguro eran tres… De pronto uno de ellos rompió el silencio, y acomodando su imposte de voz dijo.

Nos esforzamos por hacer todo lo posible, pero tu afección corneal degenerativa jugó en contra y no pudimos salvar la visión de tus dos ojos…

En mi semiinconsciencia trataba de abrir mis ojos y girar mi cabeza para buscar la luz, pero no lo logré…

¡Por favor descorran las cortinas! ¡quiero ver la luz!

¿Es que no has oído lo que acabamos de decirte???? -Estiré la mano para que el roce de algún afecto mío me diera calor,

pero sentí que las figuras de álgidos fantasmas danzaban a mi alrededor.

Risas burlonas y extrañas se adueñaron de la sala, quise gritar pero de mi garganta enronquecida solo pude emitir sonidos «guturales»

Entonces si rompí en llanto, un llanto que me nació del alma herida, de alguien que nunca más volvería a ver el rostro de su hijo, contemplar una flor, ver volar una mariposa, un ave.

Contemplar la vida y a mis seres queridos que forman parte de ella… Mi camisola estaba mojada en sudor, mis cabellos eran una maraña…

Oía que alguien corría alrededor de mi cama, tratando de calmarme y con dulce voz me decía… ¡Cálmese por favor!!! Tiene un poco de fiebre causada sin duda por esta «pesadilla» que a veces es producida por la anestesia…

Se tiene que tranquilizar porque en el pasillo hay alguien esperando que el médico le quite las vendas para entrar…

Ya le voy a cambiar las sábanas y la voy a poner bonita, va a estrenar esta bata que dejó su marido anoche cuando usted dormía y no quiso despertarla, es rosa como la ternura con que la miraba cuando vio que la camilla se la llevaba a la sala de operaciones.

¡DIOS! Una pesadillaaaaa!!! desde niña que no había tenido una y tan horrible.

A los minutos llegó mi médico y me quitó las vendas, seguro que si,  había hecho uno de sus mejores trabajos

porque no lo hizo sólo, si no acompañado por cientos de oraciones de amigos y familiares y guiado con la pericia de la mano de DIOS…

Ahora si, dijo el doctor que pase el primer visitante… cuide las emociones…porque pueden perjudicarle la vista.

La puerta vaivén se abrió y un joven alto, apuesto, precioso como un galán de cine entró con un ramo de rosas perfumadas y se repitió casi la historia, cuando el abrió sus ojos a la vida los primeros ojos que vio, fueron los míos… y ahora cuando yo los abrí, los primeros ojos que vi fueron los de el… y en esa mirada un amor inconmensurable que va más allá de todo razonamiento humano…

Un abrazo de corazón a corazón … y un brillo distinto en nuestras miradas que se reencontraron después de tantos años volviendo a revivir sensaciones y emociones a diario.

Afuera es invierno, pero adentro mora la tibieza de un amor inalterable…

La pesadilla quedó atrás, la mirada puesta adelante, agradeciendo a DIOS por su inconfundible amor…

Las lágrimas el colirio divino que no necesita prescripción médica.

La rosas en un jarrón son las espectadoras perfumadas de este relato, mezcla de inspiración y hechos reales.

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EL DÍA QUE ANAHÍ PIDIÓ HABLAR CON EL GERENTE

Carlos González Saavedra – Argentina

Finalmente, ya estaba instalado. Yo estaba contento, y mi familia también: les había encantado el piso. Luminoso, amplio y cómodo.

Mis compañeros me habían recibido muy bien. A veces pensaba que la gente de Buenos Aires tiene fama de ser distante, pero yo me sentía respetado y bien tratado en mi nuevo puesto como gerente del Banco Nación. Estaba orgulloso.

Claro que no es lo mismo ser gerente en un pueblo de diez mil habitantes que en una ciudad del área metropolitana con más de trescientos mil. La directora regional me había llamado unos días antes del nombramiento para avisarme que ya estaba todo listo. Me dijo: “Cuente conmigo para lo que necesite. Tiene una excelente trayectoria. ¡Adelante!”

Mi oficina era cómoda y espaciosa. El personal, excelente. Incluso Mariano,
uno de los empleados, cocinaba para todos. Nos turnábamos en el comedor para almorzar.

Los primeros días fueron de adaptación. Poco a poco me fui familiarizando con la dinámica. A la semana, el regional me llamó:

—Edgardo, mañana vendrán un arquitecto y el jefe departamental. La sucursal ha sido elegida para mejorar la atención al público. —Perfecto, los espero —respondí, sorprendido. Al llegar, comentaron: —Haremos reformas. Donde hay cuatro cajeros automáticos, habrá once. Se ampliará el frente, y en lugar de cuatro ventanillas de atención, habrá ocho. —¿Cuándo comienzan?

—Este mismo fin de semana. En quince días estará terminado. En el pueblo todo se consultaba. Aquí todo venía decidido. Tendría que adaptarme.

—Edgardo, cuando comiencen las obras, Casa Central asignará diez mil cuentas que se repartirán entre usted y la sucursal de La Matanza. Le corresponderán unas seis mil. —¿Y el personal? No es suficiente… Pensaba: aquí no tengo control de nada. No sé quién entra ni quién sale. Imposible mantener el trato cercano que tenía en el pueblo.

Unos días antes había firmado el traslado de diez personas, más un asistente de cuentas. Se presentarían entre mañana y pasado. Por momentos pensaba: “¿En qué lío me he metido?” Era mucho para gestionar,
controlar y reportar.

Después de las reformas, con el banco ya ampliado, logré organizarme. Fui firme con el personal y con algunos clientes difíciles. Me había transformado, pero me desempeñaba bien. Me gustaba. Había aprendido a manejarlo.

No podía evitar las largas filas para cobrar por ventanilla. Personas desde las siete de la mañana, bajo la lluvia o el frío, esperando afuera. Dar números no bastaba. Me sentía responsable, pero hacía lo que podía.

Un lunes, después de un festivo, el banco estaba colapsado. Filas dentro y fuera. Un verdadero día de caos.

Preferí encerrarme en mi oficina para concentrarme. Ya había rechazado la invitación al almuerzo.

Golpearon la puerta con respeto.

—Adelante.

—Señor gerente, hay una señora con su hija. Quieren hablar con usted. Es por una tarjeta. Llevan una hora esperando.

—Que las atienda Silvia, jefa de cuentas. No puedo en este momento. Media hora después, Silvia se asomó por la puerta:

—Edgardo, insisten. No se irán sin hablar con usted. Son muy respetuosas y humildes.
Gente trabajadora.

—Que pasen.

Entraron dos mujeres de aspecto sencillo. Parecían empleadas domésticas. Tímidas, nerviosas, con escasa instrucción.

—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarlas?

—Háblale al señor, cuéntale —dijo la madre—. Es mi hija. Tiene algo importante que decirle.

—Disculpe que le quite su tiempo. El problema es mi tarjeta de ahorro. La perdí y quiero saber si me robaron el dinero o si aún está.

—¿Por qué no lo explicó a las empleadas que la atendieron? ¿No compartió su clave?

—Es un asunto delicado

—¿Qué es lo delicado? ¿Quiere saber si tiene dinero en la cuenta? ¿Si le depositaron el subsidio? ¿Cuándo perdió la tarjeta?

—Hace tres meses.

—¿Tres meses? ¿Y recién ahora viene?

—Cuéntale al señor —insistió la madre.

—Me tenían secuestrada. Me amenazaban con matar a mi familia.

Me acomodé en la silla, sorprendido.

—Una amiga me invitó a una fiesta en El Palomar. Fuimos en autobús. La fiesta era de unos amigos suyos. Bailamos. Uno quiso propasarse. Lo frené. Me pidió disculpas y me ofreció una bebida. Acepté.

La chica estaba al borde del llanto. —Seguí, Anahí —la alentó la madre, conteniendo el suyo.

—Me empecé a sentir mareada. No recuerdo más. Desperté en una habitación deteriorada,
entre colchones húmedos. No sabía dónde estaba.

—Vamos, nena, despiértate – tienes trabajo. Me llamo Samanta.

—¿Dónde estoy? —pregunté. Un hombre me agarró del cabello, me arrojó bajo agua fría. Me dio ropa y un trapo para secarme.

Samanta me apretó la cara con fuerza:

—Aquí vas a atender hombres. Sin protestar. Si no, te golpeamos. Y matamos a tu madre. Sabemos dónde vive. ¿Comprendes ?

Me llevaron a otra habitación. Había tres chicas más. Una me dijo: “Estamos en el Chaco. Tu viniste conmigo. Ellas llegaron ayer.”

Yo, pálido, sin saber qué decir, solo podía escuchar. La chica lloraba. La madre la sostenía.

—Nos quitaron los documentos —dijo Isabel, la más alerta.

—Se imagina lo que pasé, señor. Maltrato, abusos. Comíamos mal, dormíamos peor. Lo mejor era el mate cocido con pan caliente que traía el panadero.

La madre lloraba en silencio. Sus ojos tristes, su entereza intacta.

Jamás imaginé semejante drama frente a mí. Estaba perplejo, incómodo, desorientado. Al borde del llanto.

Pensaba en mis hijos. En mi hija, que había empezado la universidad. Veinte años, llena de sueños. Anahí no estaba tan lejos. En su mirada se leía el arrebato de su inocencia.

—¿Cómo escaparon?

—Isabel notó que el panadero hablaba con Samanta. No cerraban la puerta. Era nuestra oportunidad.

Corrimos un kilómetro, escondiéndonos. Un camionero nos llevó hasta Santa Fe. Al contarle lo ocurrido, nos dejó en un convento. Pedimos que no llamaran a la policía. Estuvimos tres días. Comimos, descansamos, nos dieron ropa limpia y dinero para el viaje. Llegamos a Retiro.

—¿Dónde vas ahora?

—A casa de mi primo. Por si me buscan. Quiero saber si mi madre está viva.

Fuimos. Él fue a buscar a mi madre y a Dora, la hermana de Isabel, para asegurarse de que estaban bien.

Las miré. Me levanté. Las abracé. Quería pedirles perdón. Por esta sociedad injusta, donde siempre sufren más los más vulnerables.

—La monja me dijo: “No cuentes a nadie. Habla con quien manda.” Por eso lo esperé con mi madre, llorando.

Ese abrazo nos quebró a los tres. Como niños en el colegio, abrazados, llorando.

Silvia irrumpió, vio la escena, cerró la puerta con delicadeza.
Afuera, el ruido se apagó. Ese día de caos se convirtió en un acto de humanidad.
Como los que viví en el Banco Nación de aquel pueblo. Gracias a eso, pude escuchar y comprender.

—Dame tu número de documento. Al buscarlo en el sistema, ANSES había depositado el subsidio.
Treinta mil pesos acumulados. A punto de vencer.

Silvia, con lágrimas en los ojos, entregó la tarjeta nueva. Nos abrazamos los cuatro.

—¡Dios lo bendiga! —dijo la madre. Anahí no podía hablar. Tampoco yo.

Supe poco después que había regresado con su madre a Formosa, donde vivía toda su familia.

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EL MAR EN OTOÑO

Elspeth Gormley – España

El mar, ese vasto espejo de la naturaleza, cambia su rostro con las estaciones. En otoño, sus aguas se tornan un manto de serenidad, reflejando los tonos dorados y rojizos del cielo al atardecer. Las olas, con su ritmo pausado, parecen susurrar secretos antiguos al viento. Caminamos por la orilla, sintiendo la caricia fresca de la brisa en nuestras mejillas, y nos dejamos llevar por la calma que solo el mar puede brindar.

Pero a medida que el invierno se acerca, el mar se transforma. Se despierta de su letargo otoñal y se muestra en toda su majestuosidad y ferocidad. Las olas se alzan imponentes, recordándonos su poder indomable. Nos detenemos en la orilla, testigos de cómo se desencadenan los elementos, y no podemos evitar sentir una mezcla de asombro y respeto. El corazón se nos encoge al presenciar la furia de esas aguas que, al desatarse, arrasan con todo a su paso.

El mar, nuestra despensa natural, nos provee con su abundancia y belleza. Pero también nos confronta. Nos recuerda que no siempre lo tratamos con el cuidado que merece. Que lo hemos herido, contaminado, olvidado. Y sin embargo, sigue ahí: ofreciendo alimento, horizonte, consuelo.

Es nuestra responsabilidad protegerlo. Porque en sus aguas no solo encontramos sustento, sino también un refugio para el alma. Un lugar donde la memoria se disuelve y la esperanza se renueva.

Así es el mar en otoño e invierno: un ser vivo que respira, que siente, que nos habla con su lenguaje de olas y mareas. Nos invita a contemplar su grandeza y a recordar que, aunque nos dé vida y calma, también puede mostrarnos su lado más indómito y salvaje. ..Y entonces, el mar deja de ser solo paisaje. Se convierte en presencia. En compañía. En confesión.

El mar no responde, pero acompaña. Y en su pausa, la vida se acuerda de sí misma

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QUIERO SER PROFESOR

Antonio Morelos – México

Relato Lirico

El destino no ha existido, tampoco la suerte. Ser profesor has querido, por eso amas lo que fuiste y al pueblo que has servido, tan pobre como tú fuiste.

Para algunos fue prioridad, otros no lo querían. Fue la necesidad la que los obligó aquel día a convertirse en profesionales de la ciencia y la pedagogía.

Muchos padres soñaban que su hijo fuera doctor, arquitecto o abogado, pero nunca profesor. Pensaban que el maestro era un necio bebedor.

—Quiero ser profe de escuela, no te opongas, padre mío. Quiero ver la ignorancia hecha pedazos. Quiero a los niños, quiero darles mi vida en trocitos.

—Déjame ser profesor. Quiero estar en la montaña. No quiero ser doctor ni constructor. Quiero ser mentor de los niños de mi raza.

—Déjame ser profesor. Quiero luchar con mi gente. Quiero sembrar letras en esas mentes que el burgués quiere dominar como siempre.

—No quiero esa carrera para mi hijo consentido. Mejor otra que tenga más dinero, más prestigio, que lo admiren donde sea y que sea bien recibido.

La charla se prolongó, llegó a ser discusión. Aunque el hijo no ganó, se graduó de profesor, dando al padre una lección que sin querer aprendió.

El tiempo pasó y llegaron los días de la graduación. Todos compramos trajes para la ocasión. Algunos eran caros, otros más modestos.

Nos repartieron las plazas y alegres nos presentamos. Con nuestras órdenes dadas, fuimos a los pueblos asignados. Todos con muchas ganas empezamos a trabajar.

El trabajo comenzó con muchas contradicciones. El cacique entendió nuestras buenas intenciones de hacer un pueblo mejor, rompiendo sus presiones.

Cuando el fruto se vio, y mi padre lo supo, me recibió emocionado al terminar aquel junio, cuando regresé del primer año en el surco.

—Qué bueno que has regresado a casa, profesor. Cuéntame lo que ha pasado, mi querido luchador. Estoy impaciente, quiero oírte, mi mentor.

Le conté lo que había hecho, lo que intenté. Le dije que di respeto a quienes me enfrenté, lo que logré para el pueblo y lo que aún pienso hacer.

Dos lágrimas rodaron por el rostro de mi padre. Estaba emocionado, lo vi en su mirada. No habló, solo parpadeaba.

Al fin alzó la mirada y me dijo emocionado: —Quiero verte en la montaña enseñando a los chiquillos. Que cada mañana seas amigo de los pobres.

—Gracias por ser profesor —me dijo mi padre—. Vete al campo sin temor, enfrenta al rico cobarde, destruye al opresor enseñando al que no sabe.

—Gracias por ser profesor —me repitió otra vez—. Si antes fui tu opositor, fue mi soberbia, tal vez. Hoy reconozco mi error y aplaudo tu sensatez.

Se levantó y dijo de nuevo: —Gracias, querido maestro. Quiero luchar contigo, ser parte de tu reto. Sé que has querido no ver más analfabetos.

Lo abracé y le dije: —Padre, gracias por tu comprensión. Los amo a ti y a mi madre. Hoy que soy profesor, seguiré adelante, siempre contra el opresor.

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EL HOMBRE DE LA CLOACA

Walter H. Rotela G. – Uruguay

Una tarde, mientras caminaba por la ciudad, con mi hija pequeña de la mano, vimos a un hombre dentro de una gran fosa.
El hombre parecía un ser pequeño, un minúsculo grano de arena en medio un enorme médano informe. Casi imperceptible, en me

dio del todo. Una pieza visible, sólo gracias a una suerte de gracia celestial, puesto que sobresalía por delante de su rostro, un par de gafas oscuras que no disimulaban su enorme nariz.
Lo miramos por un inacabable minuto para luego olvidarlo para siempre. Sin embargo, en ese instante fue imposible no verlo, pues cual cucaracha salía de la fosa, de una cloaca. Este es un sistema que recibía las heces y orines de un importante edificio de gentes significativas, que trabajaban en sus prestigiosos puestos del buró central.
Casi disculpándose por su presencia allí intentó esgrimir alguna frase o saludo, mas no fue así. Simplemente seguimos, casi, sin mirar atrás. Mi hija, sin embargo, miró una vez más y dijo – casi balbuceando – ¿Quién es él, papi?
-Soy yo, aunque no te des cuenta, soy yo –contesté, sin querer contestar.

  • No, tú estás aquí. No eres tú.
  • Soy yo, en un momento que aún no llega, pero está ahí, en medio del espacio tiempo,
    en un cruce del camino, de las huellas del destino…

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CUENTOS Y RELATOS

Nota Editorial

Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece. Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante

Cuentos-y-relatos-2

“Aquí no se cuentan historias: se revelan memorias, ficciones y verdades que nos atraviesan… porque donde termina el silencio, comienza el relato.”

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Colaboran en esta Sección:
  • Magí Balsells Palau – España
  • Libia B. Carciofetti – Argentina
  • Carlos Horacio González Saavedra – Argentina
  • Elspeth Gormley – España
  • Marga Mangione – Argentina
  • Andrea Morini – Argentina
  • Gustavo Páez Escobar – Colombia
  • Carlos F. Pérez de Villarreal – Argentina
  • Walter H. Rotela – Uruguay

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MI PINO MI AMIGO

Magí Balsells Palau / España

Éramos ocho amigos que, en su momento, compramos unas parcelas en un lugar costero con poca vegetación y menos arbolado. Eso despertó en nosotros el deseo de tener algunas plantas y un árbol que, al crecer, nos ofreciera una agradable sombra.

Decidimos que cada uno plantaría un árbol, todos de la misma especie. El problema fue que muchas de las variedades que intentamos no se arraigaban bien en el terreno, hasta que dimos con la más simple y resistente: el pino piñonero, muy extendido en las costas. Necesitaba poco cuidado y se adaptaba perfectamente a superficies rocosas o areniscas.

Cuando vimos que sus raíces se habían hecho fuertes y empezaban a crecer con rapidez, uno de los amigos propuso algo insólito, y en cierta forma, macabro: Que al fallecer alguno de nosotros, se cortara su árbol y con su madera se le hiciera un ataúd. Así, el árbol podría acompañarlo eternamente, como símbolo del cariño que siempre se le había dado.

Como era de esperar, hubo discrepancias. Pero, siendo democráticos, se sometió a votación secreta. Todos aceptamos cumplir el resultado, y la propuesta fue aprobada.

Pasaron los años. Los árboles crecieron fuertes y sanos, cuidados con esmero. Hoy se cumplen cincuenta años de aquella plantación, y he querido celebrarlo. Pero no tengo con quién. De mis amigos, ninguno queda. Todos se marcharon con la compañía de su árbol. Sus parcelas están solitarias. No hay ningún árbol, solo los mojones que indican que alguna vez estuvieron allí.

Me equivoqué al decir que no tenía con quién celebrarlo. Sí lo tengo: mi árbol, mi amigo fiel. No quiero que te corten, ni que tu madera envuelva mi cuerpo. Quiero que vivas muchos años más. Nadie recordará la promesa que hicimos los ocho amigos. Nadie puede reclamarme nada.

Por eso, quiero ser enterrado a tus pies. Así podré disfrutar de tu compañía viva, y tú podrás abrazarme con tus raíces, guardando mi sueño eterno.

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NO ME RECONOCIÓ ( PADECE LA ENFERMEDAD DEL OLVIDO )

Libia B. Carciofetti / Argentina

La tristeza a veces viene envuelta en papel desteñido, opaco como esos cielos que presagian tormenta.

Hoy me estrené un sweater color otoño, que hacían juego con mis zapatos y cartera. Fui temprano a la peluquería, me hice reflejos, manicura y dejé que me dieran unos toques «maestros » en el rostro. La verdad que me gustó el cambio… ¡Parecía otra!

Siempre salgo a las corridas de casa a la oficina, y a veces salvo en raras ocasiones me maquillo. En uno de los correos que me enviaron en la semana de la amistad, y gracias a la mala costumbre que tienen algunos usuarios dejando expuestas las direcciones, leí el nombre de tu hermana «Leticia Brown» … ¿Será otra persona?

Seleccioné la dire y le envié un correo, ya nos conocíamos de la secundaria, solo que cuando ella se recibió yo cursaba 2º año.

Lo primero que hice fue preguntarle por ti, que si bien no eran hermanos de padre y madre tenían una muy buena relación. Dany le debe llevar 20 años y hace 20 años tenía una pinta de aquellas… Cuando lo veía por los pasillos me quedaba embobada! ¡Esas canitas! ¡Esas canitas! Esa corbata haciendo juego con la camisa ensamblado con este traje oscuro, me volvían loca.

Creo que desde que lo conocí comenzó a gustarme geografía… Solo que creo que a el no le caía muy simpática porque siempre me bochaba.

Mis compañeras me decían ¡Este tipo está remetido con vos! ¿No ves como te mira y se hace el distraído? Creo que usa la estrategia de encontrarte errores para engancharte…

Y nuevamente mi conteo con los dedos daban el mismo resultado… 18 a 44… ¡Nena! te lleva 26 años! Puede ser tu papá.

Lo mismo soñaba y suspiraba por el, aunque reconocía que mis sueños quedarían en eso nada más. Hasta que un trágico día, nos enteramos que en el laboratorio de fotografías suyo pero que atendía su madre se inició un incendio y explotó una lata de un líquido que usaban para los revelados.

El, aparentemente no tenía lesiones expuestas, pero si su madre sufrió quemaduras de 3º grado que le produjeron la muerte.

Solo supimos que el había perdido la audión de un oído y parte del otro que lo inhabilitaba para dar sus clases.

Un episodio que consternó al colegio entero; y de allí en más desapareciste de nuestras vidas… Te había tragado la tierra, te habías mudado con tu hermana, sumido en el dolor. Pero esas vueltas de la vida, y esa imagen que no se me borró jamás de la memoria. Ahora que tu hermana me había contestado y me dio la oportunidad de este reencuentro, te daría la sorpresa…

No le quise preguntar si estabas casado, trabajabas o que era de tu vida…solo quería verte y que me vieras.

Olvidé preguntarle a Leticia que vehículo tenías ahora… De todas maneras te compré un llavero con la letra «D» muy sobrio… Como todo lo que usabas.

Me baje del subte atropellando a medio mundo, era domingo y no tenía porque hacerlo, ya que no viajaba mucha gente.

En Corrientes le compré un ramito de fresias a Leticia y en vez de tomar un taxi, caminé las 8 cuadras tratando de aquietar este corazón que galopaba a lo loco. Me iba mirando en las vidrieras y yo misma me asombraba del brillo que tenían mis ojos. No podía negarlo, tenía una “regresión” de aquellas.

Creo que me voy a morir de parada, pensé…Una lujosa planta de edificios, que me dejó alelada…Si hasta me dio la idea de no subir y escribirle a Leti, que no pude ir. Pero mujer al fin, acostumbrada a tomar decisiones, subí y toqué el timbre. Nos abrazamos con Leti que se alegró de verme, y cuando me estaba por decir algo, apareciste. Esperaba que me dieras un beso de bienvenida, o extendieras tu mano para saludarme, Pero solo te sonreías sin dejar de mirarme…Entonces yo me elevé un poquito y te besé la mejilla. Tu cabello ya se había teñido de gris, usabas lentes, y tenías puesto chinelas.

Aún así me seguías gustando, estabas muy bien afeitado y con olor a rico.

Abrí mi cartera y te ofrecí el regalo que traía, no lo abriste y si lo dejaste sobre la mesa. Leticia nos dio orden de sentarnos que ya traía el te.

No me corriste la silla y te sentaste primero… ¡Te desconocí!

No tengo palabras para expresar lo que siento en estos momentos al contarlo.

Su audición había mermado y solo escucha algo cuando le ponen sus audífonos que no los soportan y descansan en un cajón.

De pronto con voz utilizada por aquellas personas que no escuchan, me pregunta. ¿Quién eres tú? Quise argüir palabra, pero la tristeza me superó y solo pude decir Beatriz tu alumna, quise darte la sorpresa de visitarte para el día del amigo… Se sonrió y siguió tomando su te… ya me saltaban las lágrimas… Yo no te conozco!!!

Maldije al peluquero, maquilladora, manicura, odié mi sweater  color otoño…

Yo me había desconocido…pero tanto como para que no me reconozcan ¿???

Nos miramos con Leti, y por sobre el mantel me aprieta la mano en un gesto de ternura. ¿Sabes Beatriz? Dany padece la llamada “Enfermedad del olvido” para decirlo mejor Alzheimer

Desde que nos mudamos hace 8 años lo comencé a notar “distinto” como ausente, en las conversaciones… dejó de salir, se recluyó en su “bunker“ de silencio. Te lo iba a contar  para que estés informada, pero justo entraba el…

Podíamos hablar pues no lo mirábamos y él estaba viendo como se ocultaba el sol detrás de los edificios.

Es muy triste vivir con una persona que no tiene incentivo de nada, pero no lo puedo abandonar, pues al morir mamá yo le prometí que viviría conmigo…

Es muy dócil, no es agresivo… ¡Es un niño! Al que amo con todo mi corazón.

¡Gracias por visitarnos! Hazlo cuando desees, me hacen bien las visitas ya que con él casi no hay diálogo… ya lo ves son personas muy especiales.

Cuando vio que me paré para irme, se acercó y me abrazó, impregnándome de su perfume, y siguió sonriéndose…

Prometí volver y lo haré ¡Claro que lo haré! Recuperé al hombre de mis sueños, aunque olvidó sus sentimientos…

El mismo rostro, las mismas manos, los mismos ojos, la misma boca, su misma figura; y traje conmigo algo que no había tenido jamás; su perfume exquisito enredándome, y el recuerdo de su abrazo que aunque él no sabía a quien abrazaba yo se que es Dany quien me abrazó.

¡Mi papi siempre decía! Ustedes las mujeres se conforman con poco y hoy lo entiendo. ¡Si! Me conformo solamente con su presencia y su aroma…

Y mientras me desvisto sigo oliendo mi sweater con perfume a Dany.

La vida a veces nos prepara para dar lecciones aún después de clase, y yo estoy dispuesta a darla… Se que esta vez no me podrá “bochar”… Porque me interesaré por todos los comportamientos que tienen estas personas afectadas de este mal. Lo ayudaré a sobrevivir aunque me pregunte mil veces mi nombre y solo me sonría…

Hasta es posible que lo acompañe al parque tomada de su mano como dos enamorados.

Que DIOS nos ayude a transitar este doloroso y oscuro túnel de silencios…

Le pasó a el, como me pudo suceder a mi…

Esta enfermedad no perdona, por eso es que debemos estar preparados…

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DE POSTRE DURAZNOS

Carlos Horacio González Saavedra / Argentina

Corría el año 1960 y a papá lo ascendieron. Eso significaba una mejora económica sustancial. Pasó de ser casi un pincha papeles a llevar la teneduría de libros. Su jefe, el contador, había sido promovido a la gerencia.

El frigorífico “La Negra” estaba en Avellaneda y era uno de los más modernos de la época. No era fácil progresar en esas empresas, ya que sus dueños ingleses eran sumamente exigentes con sus empleados. Todo debía estar en perfecto orden para enviar los reportes a Inglaterra.

Papá era un genio para eso. Además, mis tíos trabajaban en el correo, en el despacho al exterior, así que las cartas salían y llegaban con una rapidez inusual. Eso les valió varias felicitaciones, tanto al jefe como a papá.

Mamá estaba contenta. Mi hermana y yo sabíamos que algo bueno estaba pasando.

En un almuerzo familiar, mis padres anunciaron que habían invitado al nuevo gerente a comer en casa, como festejo por los ascensos. Debíamos portarnos bien en la mesa: no apoyar los codos, esperar a que mamá sirviera, cruzar las manos y mantenernos a una cuarta de la mesa. Papá se ocupaba de medirlo con su mano durante toda la semana previa.

La casa debía estar impecable ese domingo, y todos colaboramos. Enceramos los pisos, lavamos el patio. Todo relucía. Mi hermana llevaba un vestidito muy bonito, y yo, pantalón corto y camisa al tono. Impecables los cuatro.

El contador Enrique Talent había dicho que tomaría el tren en Constitución a las 11:10 h, y llegaría a las 11:50 h a Rafael Calzada. Papá lo iría a buscar a la estación.

La mesa, con mantel y flores, daba un toque muy cálido a la visita.

Cuando faltaban unos minutos para salir, un grito desesperado de mamá rompió la calma: —¡Carlos, me olvidé el postre! ¿Por qué no compras en el andén de la estación una lata de duraznos al natural, en esa frutería nueva de paredes de chapa amarillas?

Papá, sin mucho que decir, asintió con la cabeza y salió. Era domingo al mediodía, todo estaba cerrado, y no había tiempo para buscar otra cosa.

A las 11:50 h, justo cuando bajaban los pasajeros, entre ellos Talent, lo vimos llegar con un ramo de flores para mamá… y una lata de duraznos en almíbar, comprados en Constitución.

Papá no dijo nada. Se sintió agradecido por los presentes, y hasta sacó unos caramelos del bolsillo para mi hermana y para mí.

Enrique Talent era una persona muy humana, de mirada y apariencia triste. Iluminaba su expresión con una sonrisa y unos encendidos ojos celestes. Algo mayor, soltero, y con muchas ganas de afecto. Papá lo estimaba mucho.

Todo transcurrió con normalidad. Almorzamos muy rico. A los postres, mamá había preparado los duraznos en una fuente de vidrio, listos para servir.

Salió contenta de la cocina, con su mejor sonrisa: —Ay, señor Talent, disculpe usted por los duraznos en almíbar. No tuve tiempo de hacer flan.

Papá replicó: —Tita, los duraznos los trajo Enrique. Los compró en Constitución.

Mamá se quedó muda durante media hora, sin saber cómo salir del momento incómodo. A Enrique le causó gracia. Papá se disculpaba por el desliz. Nosotros, callados, no sabíamos si reír o llorar.

A papá lo volvieron a ascender, promovido por Mr. Talent… a pesar del postre.

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TANA EN ESCOCIA ( DONDE EL PASADO SUSURRA)

Elspeth Gormley / España

Este relato pertenece al libro de mi autoría, El universo de Tana. Nos invita a recorrer la travesía íntima de Tana, una mujer que emprende un viaje hacia Escocia en busca de sus raíces. Lo que comienza como una exploración geográfica se convierte en una experiencia transformadora, donde la memoria, la herencia y la identidad se entrelazan en cada paso. Entre castillos, mares y leyendas, Tana descubre que el pasado no está detrás, sino dentro.

Durante años, Tana había sentido una llamada silenciosa hacia Escocia. No era solo el deseo de viajar, sino una necesidad profunda de pisar la tierra de su padre, de entender esa conexión invisible que la atravesaba. Aunque apenas lo había conocido, intuía que en esas colinas verdes y cielos cambiantes se escondían respuestas que su alma necesitaba.

Con una maleta llena de preguntas y el corazón latiendo fuerte, llegó a Glasgow. El aire fresco, el olor del mar, las piedras antiguas… todo parecía esperarla. Pero su destino no era solo el paisaje: era la casa donde su padre había vivido, en las Highlands.

Cuando Tana llegó, la casa se alzaba entre colinas como un guardián del tiempo. Al cruzar el umbral, sintió que el pasado la abrazaba. Las paredes de piedra, el techo de paja, los retratos antiguos… todo parecía hablarle. En la sala principal, frente a una chimenea apagada, encontró un diario. Era el de su padre.

Las páginas, escritas con tinta desvanecida, le revelaron un mundo íntimo: pensamientos, sueños, miedos, amor por la tierra. Tana leía y sentía que su padre le hablaba desde otro tiempo. Cada palabra era una caricia, cada frase una revelación. Sorpresa, nostalgia, admiración… pero sobre todo, conexión. Por primera vez, lo conocía de verdad.

El diario transformó su mirada. Las Highlands dejaron de ser un paisaje mítico para convertirse en escenario de su historia familiar. Las montañas, los lagos, los valles… todo tenía sentido. Tana entendió que no solo buscaba el pasado: estaba construyendo su futuro.

En una de las últimas páginas, su padre hablaba de una leyenda familiar: la historia de Ewan, un ancestro guerrero que había luchado en las Highlands con una espada forjada en el metal de un meteorito. Se decía que un cuervo blanco aparecía antes de cada victoria, como señal de protección. El castillo de Eilean Donan, según la leyenda, guardaba la espada en sus mazmorras, esperando al descendiente digno que pudiera empuñarla.

Tana visitó el castillo. Lo recorrió con respeto, sintiendo que cada piedra le contaba una historia. No buscaba la espada, sino el eco de su linaje. En las salas silenciosas, creyó escuchar los pasos de Ewan, el susurro del cuervo, el latido de su propia sangre.

Al salir, con el tartán de su padre sobre los hombros y el espíritu de sus ancestros en el corazón, Tana dejó la casa con una certeza nueva: no estaba sola. La tierra la había reconocido. Y ella, por fin, sabía quién era.

La historia de Tana no termina en Escocia. Comienza allí. Porque hay viajes que no se hacen con los pies, sino con el alma. Y hay tierras que no se visitan: se recuerdan, se honran, se habitan desde dentro.

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EL SONIDO DEL SILENCIO

Marga Mangione/ Argentina

No sabía por qué se encontraba en ese lugar, pero sí sabía dónde estaba; era un hospital. Pensaba que era una habitación muy grande, de esas que tienen diez, o doce camas, cinco o seis colocadas de cada lado, debajo de unos enormes ventanales.

Las voces y los ruidos hacían que se mantuviera alerta durante todo el día. Escuchaba conversaciones a su alrededor. A veces, alguno de los visitantes de los enfermos de las otras camas, se acercaba y murmuraba algo. Por lo general, sintiendo lástima por él. ¡Pobre pibe! ¿Todavía no se despertó? ¿Qué le pasó? Y el vecino de al lado contestaba: ¡Qué se yo! Lo trajeron así. Un accidente tal vez…

Las enfermeras que lo higienizaban y le cambiaban el suero, le hablaban, pero él, no les contestaba. No podía hablar, no sabía cómo hacerlo. Tampoco podía abrir los ojos. Nadie lo visitaba nunca. ¿Sería que tal vez su familia no se había enterado que estaba allí? O quizás no tenía familia. Trataba todo el tiempo de recordar qué le había pasado, pero era en vano, no recordaba nada.

Los días pasaban; monótonos, largos, interminables. Los primeros en los que tomó conciencia de que estaba internado en un hospital, los pasó desesperado, escuchando los ruidos, las voces, tratando de abrir los ojos, de gritar sus dudas, sus dolores, su angustia. Pero era inútil. Sentía el roce de las manos acomodando su cama, lavándolo, el murmullo de las voces penetraba en su cerebro enloqueciéndolo. Lo peor eran las noches, cuando todo quedaba en total y absoluto silencio por horas y horas

. Hasta que empezó a reconocer un ruido: era el goteo de una canilla. Pensó que su cama estaba ubicada al lado del baño. Sí, tenía que ser así, porque se acordaba que alguna vez estuvo visitando a alguien internado en el Hospital Fiorito de Avellaneda, y la habitación era de las dimensiones que se imaginaba tenía ésta. Antes de ingresar a esa sala, había un baño que usaban los enfermos que podían levantarse, y los familiares que se quedaban a cuidarlos.

La canilla goteaba exactamente cada segundo, de cada hora, de cada noche. Siempre igual, eternamente igual. Hasta que ese ruido comenzó a hacerse diferente. Prestó atención; ya no eran gotas cayendo monótonas sobre la superficie de una pileta. No, ahora las gotas le hablaban. ¿Se estaría volviendo loco? Comenzó a darse cuenta una madrugada, mientras trataba de sacudir la niebla que cubría sus sentidos aletargados. Lo había despertado la voz de la enfermera nocturna, preguntándole a uno de los enfermos si necesitaba algo.

Supo que todavía era de noche, porque la que hablaba era Lila, y ella se iba a las seis de la mañana. Las que estaban durante el día eran muy eficientes, pero trabajaban casi mecánicamente. En cambio, Lila se tomaba el tiempo necesario para ser cariñosa con todos. A él siempre le hablaba con dulzura, y en esos momentos sentía una pena inmensa por no poder contestarle y agradecerle sus cuidados, pero le encantaba escucharla. Cuando la muchacha se fue, volvió a oír las gotas hablándole. ¿Qué le decían? Escuchó atentamente en medio del silencio casi sepulcral que reinaba en ese lugar y a esa hora.

Ahora oyó claramente: Juan…, Juan…, Juan… ¿Sería ese su nombre…? Pensó que, si las gotas le hablaban, podría preguntarles si sabían quién era, y un montón de cosas más. Pero, ¿Cómo lo haría, si no podía hablar? Entonces las gotas le contestaron: Tranquilo Juan. No necesitas hablar. Nosotras escuchamos tus pensamientos, y te vamos a ayudar… Me llamo Juan, decidió. Y les agradeció mentalmente a las gotas. ¿Qué me pasó? Siguió preguntando con el pensamiento, y las gotas seguían hablando: tac…, tac…, tac… Moto. -escuchó- ¡Yo andaba en la moto! ¡Me habré caído, o tal vez me atropellaron!

¡No puedo recordar! Una lágrima se deslizó desde su ojo a la comisura de sus labios. Las gotas le dijeron: tac…, tac…, tac… Está bien, -les dijo- no voy a llorar, ¡pero ayúdenme por favor…! Y las gotas seguían con su: tac…, tac…, tac… Me llamo Juan. Me caí de la moto. ¡No! ¡Me tiraron de la moto! Estoy vivo, pero no puedo hablar, ni moverme, y me duele todo el cuerpo… ¿Tengo familia? El tac de las gotas le contó que tenía una mamá, una novia y hermanos, pero eso no fue de golpe, pasaron muchas semanas en las que Juan dormía de día y preguntaba de noche. Paulatinamente iba conociendo su historia, pero le faltaba hacer la pregunta más importante: ¿Se salvaría? ¿Volvería a caminar, a hablar? ¿Sabrían su mamá y su novia que estaba allí?

Esa noche preguntaría… El día se le hizo insoportable. Cuando el día acabó, y comenzó a reinar el silencio, buscó el sonido de las gotas y no lo escuchó. Esperó en vano durante muchas horas. Después, en medio de la desesperación oyó la voz de Lila, la enfermera nocturna, que comentaba con el médico de guardia: –

¡Menos mal que arreglaron esa maldita canilla, ya no la aguantaba más!

La penumbra de la habitación no permitió que la enfermera pudiera ver las lágrimas que rodaban por las mejillas de Juan…

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ENOJO

Andrea Morini / Argentina

Hace días que no respondes. Molesto paso por tu casa para verte y, de paso, regañarte por no devolver mis llamados. 

No tengo tiempo en la semana para estas cosas, seguro que lo sabes pero, aún así, te comportas como un niño reclamando atención.

Las llaves en la cerradura giran con fuerza, entro a la casa y un silencio ominoso me recibe. Atino a nombrarte, pero mi voz se pierde en los recovecos de las habitaciones.

Extrañado comienzo a recorrerlas, pero no hay anuncios tuyos y comienzo a preocuparme, no sueles salir de la casa desde hace mucho tiempo. 

El olor de los ambientes tiene reminiscencias del pasado, me habla de ti, de mí, de tus brazos fuertes llevándome al colegio o a jugar al club. 

Esos miembros protectores que contuvieron mi niñez, ahora tan solo tienen fuerza para levantar un vaso y que no caiga  al suelo por resbalarse de tus manos inseguras, como ya pasó hace algún tiempo, aunque no dijiste nada, pero las astillas delataron tu secreto que quedó sellado en mi boca.

Sigo avanzando por los recuerdos mientras te busco, «¿dónde te has escondido?» me pregunto, sabiendo que no sé si quiero tener respuesta a ese interrogante. 

Me encamino hacia el banco del patio, aquel en el que te gusta sentarte en las tardes cálidas a leer o tomar unos mates… y allí te encuentro rodeado de fotos familiares que me miran desde el mutismo en el que están inmersas, al igual que tú. 

Te llamo, pero ya no respondes.

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ESTOS DIAMANTES, CAROLINA

Gustavo Páez Escobar / Colombia

          Tal vez por ser la mujer del joyero, Carolina se acostumbró al lujo. A toda suerte de lujos, desde lucir las joyas más ambicionadas por la vanidad femenina hasta cambiar de carro y de residencia con el único motivo de estrenar, o inventarse viajes al exterior para contemporizar con el mundo de derroches y alardes del que no podía prescindir.

          –Vengo con el último grito de la moda –le anunció a su marido, y con rápido movimiento sacó de los paquetes todo un almacén de vestidos, zapatillas, perfumes y ropas íntimas.

          –Pero si la semana pasada te compraste tres vestidos –exclamó Hugo Mario, entre atónito e idiotizado, y en realidad ignoraba si habían sido tres o media docena

          –Y este es el perfume más arrebatador de París (¿te imaginas cuánto me costó?), como para tenerte siempre a mi lado –siguió ella, sin darle lugar a nuevas protestas, mientras la fragancia inundaba la alcoba con poderosas incitaciones.

          –¡Fantástico! –fue la exclamación del marido derrotado, y fascinado al mismo tiempo, y en esos momentos era cuando él saboreaba mejor la vida y más se solazaba con el lujo de mujer que le había dado la suerte.

          –Y ahora un aire romántico (¿prefieres los Panchos, los Diamantes o María Luisa Landín?), y whisky para que el amor sea más embriagante. ¡Cuánto te quiero! No dejes nunca de ser apasionado, te lo ruego –continuaba su esposa, matizando el instante amoroso, y el hombre, derretido entre sensaciones lascivas, quedaba sin respiración.        

          –Eres un encanto –tales las palabras rituales con que el marido finalizaba siempre aquellos encuentros, y el acto concluía.

          Camino del negocio, con esa languidez de espíritu de los maridos generosos, se preguntaba Hugo Mario si su chequera respondería a tantos excesos. “Me estoy arruinando”, meditaba. Luego, recordaba el beso categórico y la emoción causada por las caricias seductoras con que la mujer dice siempre la última palabra. El embrujo todo de París cabía en esas gotas de perfume que, cual señuelos para la provocación, le despertaban alborotos súbitos, que por fortuna su mujer sabía calmar en la justa medida.

          Era entonces cuando musitaba el “eres un encanto” y cuando Carolina se proclamaba victoriosa, como mujer satisfecha, en lo más recóndito de su amor posesivo. Sabía que el hombre, disminuido, respondería mejor a sus asedios. ¿Sería él tan indolente que le negara el aderezo de diamantes con que tanto había soñado, o no accediera al viaje que con sus amigas preparaba para las playas de Miami?

          “Me estoy arruinando”, volvía a pensar. Y otra vez la cabeza le daba vueltas con el cúmulo de compromisos económicos que ya no alcanzaba a atender. Pero de nuevo surgía su vida sentimental con una eva tan apetitosa como complaciente, y ahí se evaporaban sus temores. Y hasta se enternecía al acariciar los fugaces momentos de placer donde la voluntad se desvanece entre las sutilezas femeninas.

          –Acuérdese, don Hugo Mario –le recordaba el usurero–, que llevo seis meses esperándolo y ya no puedo darle más plazo.

          –Le pagaré más intereses.

          –No es suficiente. Necesito el capital o una garantía mayor. Hipotéqueme la casa.

          –No es posible: está hipotecada.

          –Entonces, la finca.

          –Tampoco es posible: tiene dos hipotecas.

          –Entonces…

          De aquella conversación con el usurero arrancó la quiebra presentida. No fue sino que él lo embargara para que el resto de acreedores, que se mantenían listos para el ataque, cayeran como langostas. Menos mal que Carolina gozaba las delicias del sol, la brisa y las tibias aguas del Caribe y no se halló presente el día en que el juez decretó el secuestro de todas las propiedades. Ella no merecía aquella vergüenza, aquel sonrojo inconcebible para una princesa.

          La suntuosa mansión se desmoronó de repente como castillo de naipes. Era su última fortaleza y también le fue arrebatada, como había sucedido con la joyería, la finca, los carros, el dinero en bancos, los papeles bursátiles…

          Fue diestro, sin embargo, en salvar las alhajas de su esposa. A ese tesoro nadie tendría acceso. Brazaletes, gargantillas, pectorales, aretes, anillos, diversidad de adornos montados en pedrerías fantásticas refulgían con los destellos que la fortuna conservaba para no abandonarlo por completo. Se abrazó a las joyas, las besó, se rodeó el cuello de lazos y cadenas, se dejó obnubilar por el fulgor y la pompa. Y lloró.

          Acaso ese tesoro significaba su perdición, pero el marido dadivoso se negaba a reconocerlo. Primero estaba su esposa, que valía más que aquella colección de espejismos. Ella significaba la razón de su vida y lo demás era secundario. Frente a ese mar encantado que le arrancaba lágrimas, se decía que su mujer, por leve y fascinante, por sensual y complaciente, tenía derecho a los caprichos de la moda y a su dulce coquetería.   

          Pero el imperio se había derrumbado. Una princesa no se acomoda entre la pobreza. Ya en pocos días estaría ella de regreso y no era sensato condenarla al oprobio de la penuria. Rescatar la riqueza perdida consistiría en ejercer su destreza de comerciante.

          Si no se hubiera enredado en negocios oscuros es posible que Hugo Mario se hubiera salvado. Meterse con la mafia y caer en los bajos fondos fueron recursos desesperados que apresuraron su desgracia. Cuando Carolina volvió, él estaba en la cárcel. Sin casa, sin carro, sin dinero… ¿y también sin marido? Carolina duró una semana llorando.

          Buscar abogado… ¡vaya oficio más rudo para una princesa! ¿De dónde sacaría el dinero si todo se había evaporado? Era una frágil crisálida que carecía de fortaleza para volar. Vestía ahora con más discreción y menos fantasías, aunque con igual garbo.

          El abogado la observó con atención. Con interés escuchó la historia y la ayudó a localizar datos importantes para la defensa. Carolina, inexperta y tímida, no acertaba a hilar sus pensamientos. El abogado la auxiliaba en los momentos de confusión. Y viendo su juventud y belleza, justificó su impericia.

          –Defenderé el caso –concluyó el penalista.

          –No tengo dinero –exclamó ella con nerviosismo.

          –Serénese, señora. No todo ha de ser dinero. Llegaremos a un acuerdo. Lo importante es que recupere a su marido.

          –¿Me ayudará usted?

          –Sí. Es usted joven y atractiva y yo contribuiré a su felicidad.

          Se sintió halagada. Respiró con la satisfacción de las mujeres galanteadas y comenzó a pensar que la suerte no le era tan esquiva. Días más tarde se presentó con un plan definido:

          –He encontrado la fórmula para arreglarle sus honorarios. Este aderezo vale una fortuna. Tal vez usted quisiera regalárselo a su esposa…

          –Preciosa joya –exclamó el abogado, ponderando las tres piezas que le mostraba Carolina–. Déjeme que lo aprecie más si usted lo lleva puesto. ¿Me permite admirarlo en su cuello? Las joyas son más refulgentes cuando van unidas a un rostro hermoso y a un talle esbelto. Usted tiene ambas cualidades –prosiguió con una reverencia–. ¿Quiere mucho su aderezo, señora?

          –Es parte de mí misma –contestó ella–. No importa: renuncio a él.

          –Y yo no acepto su sacrificio. No debe privarse del placer de la vanidad. Las mujeres, señora, nacieron para ser vanidosas. Guárdelo, por favor.

          Carolina se emocionó. Ser mujer es ser sensible a la lisonja. Era ese el halago que requería en su abandono. Su espíritu se veía vigorizado para la lucha. “Perdóname si no he vuelto a visitarte –le escribía días después a su marido–, pero la cárcel me deprime. ¿Me entenderás, amor mío? Siempre estoy contigo”. Él le contestó que ante todo cuidara la salud y le suplicaba que dejara de frecuentar la cárcel. “Eres un encanto, y no debes pisar estos sitios indignos de tu belleza. Saldré pronto y entonces volveremos a estar juntos”.

          Carolina no volvió más a visitar a su marido a la cárcel: terminó de concubina del abogado. Pasados los primeros temores y superadas las primeras crisis, ella misma se absolvió de su culpa. Le pareció que era muy frágil para permanecer desamparada. No: imposible resistir los cinco años de soledad a que quedaba expuesta por la condena de su marido. El abogado había perdido la causa.

          Y ella se decía que aquel había sido un sacrificio impuesto por la necesidad de salvar a Hugo Mario. Pero no estaba tranquila. Percibía el reproche de la conciencia. Incomodidad que pareció desvanecerse cuando el abogado, que aquella noche la llevaría a comer a su restaurante preferido, le dijo:

          –Quiero verte con el aderezo de diamantes. Es el símbolo de nuestra unión.

          –Y el símbolo de la traición, bien lo sabes –agregó Carolina–. ¿Has meditado en el precio de nuestras relaciones? Ensuciaste hasta tu prestigio profesional al desviar, en provecho tuyo, la suerte de la defensa. Dejaste perder el pleito para quedarte conmigo, y yo favorecí tus propósitos. Me vendí. Tú me compraste. Los dos somos miserables.

          –Ponte los diamantes –repuso el abogado–. Ya es tarde para rectificar el pasado. Lo hecho, hecho está.

          –Está bien. Ayúdame.

          Carolina se contempló en el espejo. Estaba radiante. De pronto le pareció ver en el destello de las piedras los ojos pesarosos de su marido. No sabía si la juzgaban o le expresaban amor. Estuvo a punto de prorrumpir en llanto, de destruir el aderezo. Pero se contuvo.

          –No enturbiemos el corazón –escuchó la voz de su amante–. Vamos, ángel mío. Pasaremos una deliciosa noche de amor.

          –Vamos.

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LA ÚLTIMA FRONTERA

Carlos F. Pérez de Villarreal /Argentina

Pasó la pierna derecha por sobre el cuello del caballo y se dejó deslizar por la montura. Sus pies tocaron el suelo. Le temblaban los muslos, hacía casi 12 horas que no descabalgaba. ¡Habían pasado tantas cosas…!

Se relajó un tiempo, tomó las riendas y a paso lento con su animal detrás, caminó hacia la caballeriza que se estaba levantando en el campamento La sangre seca, parte suya y parte de sus enemigos, se dibujaba en la cara, los brazos y la Larica. La mano izquierda tenía un tajo que le dolía bastante y el golpe en el labio ya había dejado su huella.

Dejó al animal con un ayudante, recogió el Clipeus y el Pilum y se dirigió a la Sección Octava que se encontraba desmontando. Ya habían armado una empalizada y las tiendas de campaña empezaban a florecer como hongos. Lo recibió el Decurión:

—Prefecto Lucius, venga, descanse en esta tienda, en cuanto terminen de armar el campamento, armaremos la suya y podrá darse el gusto de lavarse. —Gracias Publio. Necesito que vean mi mano.

Ni bien quedó solo, se deshizo de las armas. Dejó el escudo y la lanza. Sobre ellos colocó la armadura, el Gladius y el Pugio. Se derrumbó prácticamente sobre un pequeño catre de lona y madera. Al instante se quedó dormido

Un ave rapaz vuela en círculos, dejándose llevar por las corrientes cálidas. El está abajo, solo, semidesnudo, en el inmenso arenal, calcinado por el sol. Otra ave se agrega, y otra y otra. Y se lanzan sobre él. Desesperado toma su cuchillo y descerraja a la primera que tiene a mano. Mata a otra, pero las demás lo pican, lo fustigan. Cuida su cara, sus ojos…

De repente una mano posada en su hombro lo vuelve a la realidad: —¡Prefecto, Prefecto!

Se levantó de un salto y ya con el cuchillo en ristre, cayó en la cuenta de la situación. El sueño se borró en un instante. Allí está el Decurión con un Medicus. Los dos hombres se han retirado hacia atrás, sorprendidos. Pidió disculpas, dejó el arma y se sentó. Mientras el galeno le curaba la fea herida de la mano y el labio, se dio cuenta que tenía golpes y moretones en los brazos y en el pecho. La batalla había sido dura… muy dura. Más de lo que él imaginó. Había que vengar la matanza de las legiones de Varo en Teutoburgo y delimitar la frontera Sí, había que hacerlo, pero… ¿a qué precio? La muerte había visitado el campo. Sobre el recodo del río, los cadáveres se contaban de a miles. Los bosques detrás, destruidos. Hombres y animales muertos. Animales y hombres muertos Demasiada muerte. Estaba hastiado de ella.

¿Cuál era el saldo que tenía a favor después de casi 24 años en las legiones? Había llegado a ser Prefecto, al mando de una Alae de caballería de 1.000 hombres. Hoy, bajo las órdenes del General Germánico, acababan de vencer a las tribus indómitas de la Germania Magna. En el principio, África Proconsularis, Cirenaica, Mauretania. Luego Egipto, Mesopotamia. Después Las Galias, Aquitania, Hispania. Había recorrido todo el Imperio… Un año más y ganaría su salida de la legión con honores, dinero y una casa en el campo. Cumpliría 25 años de servicio prestado. Le darían su missio honesta.

Cuando terminaron de curarlo, Publio le anunció que llevarían el equipo a su tienda y que había suficiente agua hasta para darse un baño. Cansinamente se dirigió a la carpa, entró, se desnudó y se lavó todo el cuerpo; parte por parte. Fue descubriendo heridas nuevas y rememorando cicatrices viejas. ¡Qué cansado se sentía!

El sueño de esa noche, no fue bueno. Sólo, en un claro inmenso de un gran bosque, está caído en la hierba seca, roída por un sol impiadoso. Un pájaro lo sobrevuela, luego otro y otro. Lo atacan. Se defiende como puede con la corta espada.

El despertar no fue cómodo. Empapado de sudor, se levantó de un saltó y salió hacia la noche estrellada. ¡Marte, Marte! ¿Dónde estás que no me proteges? Cuando el frío del amanecer lo hizo tiritar… ya había tomado una decisión.

Seis días más tarde, las tropas ya acantonadas, comenzaban a reagruparse y las fortificaciones generaban el desplazamiento de cohortes a diferentes destinos, abriendo las legiones sus mandos y fuerzas. Esa noche, un hombre y un caballo, llevado de las riendas, se desplazaba poco a poco hacia la salida de uno de los campamentos de la fuerza de caballería. Los dos legionarios de guardia no vieron nada. Sólo una sombra envuelta en un gran manto marrón, flotó al viento al lado del lomo del animal, negro como la noche sin luna. Sus patas blancas habían sido tapadas por dos causas: no permitían ver el color y ahogaban el ruido de los cascos sin herrar en el suelo. Las siluetas se desdibujaron en la noche sin luna.

Internado en un nuevo territorio, el jinete destapó las patas del caballo, acomodó bien los víveres y el agua sobre la montura con el Tapetum debajo, montó de un salto; y a un trote continuo comenzó a ganar terreno. El alba lo encontró detrás del bosque inmenso, ya en una gran llanura que se perfilaba hacia el norte.

Lucius Cayo Dominicus, Prefecto de la VIII Legión, sonrió. Abrió los brazos en cruz, cerró los ojos y se dejó acariciar por la leve brisa. Cuando levantó la mirada al cielo, sorprendido observó el vuelo de un águila real. «Buen augurio». Pensó. Su deserción sería notada. Ya nada importaba. Buscaba su propia libertad. Dejaba atrás la última frontera.

Vocabulario romano antiguo Campamento: Campamentus Escudo de caballería: Clipeus – corto y ovalado Lanza: Pilum Espada corta: Gladius Cuchillo corto: Pugio Armadura completa: Larica Sección: Turnae (35 jinetes) Agrupamiento de caballería: Alae (1.000 hombres) Jefe de Agrupamiento: Prefecto Jefe de Sección: Decurión Cada Legión (4.800 hombres) tenía diez Cohortes. Cada cohorte (480 hombres) estaba formada por tres Manípulos. Cada manípulo (160 hombres) constaba de dos Centurias de 80 legionarios cada una. Servicio prestado a la Legión con 25 años: missio honesta Médico: Médicus Cubierta de lana colocada debajo de la montura para evitar roces: Tapetum Batalla de Idistaviso (año 16): Conocida como batalla del Río Weser, donde el General Julio Cesar Claudiano (Germánico), vence, derrota y masacra a las tribus germanas al mando de Arminio; vengando así la masacre de Teutoburgo (año 7). Al terminar la batalla los romanos habían perdido 1.000 soldados mientras que los germanos dejaron sobre el campo 15.000 cadáveres. Germania Transrenana: Germania Magna Grito de ataque de las legiones: Roma invicta est

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OTRA DIMENSIÓN

Walter H. Rotela / Uruguay

Días atrás, hace casi un mes, escuchaba un programa de radio mientras almorzaba. En determinado momento, el director de un grupo coral invitó a los amantes de la música góspel a presenciar un espectáculo donde se ingresaba a otra dimensión. Por casualidad fui a parar a dicho evento.

Una vieja amiga me invitó al espectáculo que anunciaron en la radio. Ella dijo: «Ven acompáñame, voy a un evento y no quiero ir sola». Sin saber a dónde íbamos, la acompañé.  Y como es costumbre nuestra, llegamos tarde. Y, entonces, comprobé eso increíble anunciado por el director del grupo coral. Aunque dudo mucho que él mismo hubiese previsto lo que ocurrió, y de lo que fui testigo, en ese lugar y momento.

El anuncio hubiese pasado desapercibido por mí de no haber mediado la invitación de mi amiga. El espectáculo se anunciaba para las 20 horas del día domingo. Ella me avisó sobre el medio día y como no tenía planes accedí, encantado. Sin embargo, no recordaba el aviso radial. Y por culpa mía, llegamos 20 minutos más tarde del comienzo, a la sala llamada La colmena.

Ingresamos al auditorio en puntas de pie, paso por paso, mientras el coro hacía su presentación irradiando una energía increíble, llegando a un punto que podría denominar el clímax. Nos sentamos en la última fila. La oscuridad de la sala parecía casi total. En el escenario las luces iluminaban tímidamente el fondo. Quedando, sin embargo, muy nítido el rostro de los cantantes.

Las voces recorrían la sala, la llenaban. El público parecía moverse acompasadamente, en una sincronía total. Nos sorprendió.

Nuestra atención se centró en el público, más que en el coro. Era muy extraño ver el delicado movimiento de las personas. Se daba una simultaneidad, una comunión perfecta, un diálogo preciso entre las voces y el movimiento de los escuchas, entre los artistas arriba del escenario y el público que los seguía desde las butacas. Parecía… que algo no andaba bien.

̶ Te diste cuenta que la gente emite como un zumbido –comentó, en voz baja, mi amiga.

̶  Sí… Y sus rostros… parecen idos –agregué.

Al parecer, el director del coro, por indicación de un corista, miró de reojo y observó, como nosotros, al público. Su sorpresa quedó manifiesta en su pálido rostro y en una sutil contracción espástica del cuerpo. 

Las personas, arriba del escenario, siguieron interpretando su coral; al tiempo que intentaron disimular lo mejor posible su sorpresa. Sobre el final, lo habitual hubiese sido un cerrado aplauso. Pero eso no ocurrió.

El director, tal como nosotros, notó el extraño comportamiento del público presente; del que, nosotros, también éramos parte. Sin embargo, por motivos que desconocemos, no participábamos del mismo ‘trance’, por llamar de alguna manera a esa situación que no dejaba de sorprendernos.

El hombre de impecable traje negro, que se interponía entre coro y público, señaló con su batuta al iluminador que recorriera, con el reflector, al público. La expresión era la misma en todos: un esbozo de alegría, de gozo, de éxtasis.

Creo que en ese momento recordé, nítidamente, el anuncio que el director había hecho en el programa radial: «Ingresarán, por intermedio de la música, a otra dimensión».            

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