CUENTOS Y RELATOS DICIEMBRE


DOS FAMILIAS DE CAMPO
Carlos González Saavedra / Argentina
Severino de la Canal, estaba furioso, caminaba de un lado al otro, gritaba, despotricaba. Nadie le decía nada, mientras se miraban entre si.
—No es posible, la estancia no es tan grande, para no encontrar a mi hija. Anda Francisco a ver en los potreros, si le quedo la camioneta encajada?
—Si patrón.
Al rato: —Nada Don Severino busque hasta en las cunetas al costado de las tranqueras, por si se le había ladeado la chata y nada.
—¿Matilde? —sigue Severino preguntando—. La vi ayer a la tardecita en el pueblo saliendo de la carnicería Toma y Daca ésa, de la esquina. Se iba al corralón a buscar algo que Ud. le encargo.
—Porque no te tranquilizas, aconseja Herminia, su mujer.
—Pero justo hoy, que viene Seijo con su familia. Habíamos quedado con Don Ernesto, en presentarle a su primogénito Adolfito que este año se recibe de abogado.
Harían una linda parejita.
—Don, ahí están trayendo la bebida, avisa Rosendo.
—Que la dejen en el galpón
Merceditas, le importaba poco las opciones del padre, con sus veintidós años, lo único que le interesaba eran los hombres. Podía contarse una lista larga, desde los trece años, los que afanosamente habían visitado su cuerpo. Ella muy apasionada y enamoradiza. Todos lo sabían, menos los padres. Ahora le había tocado el turno a Braulio, mano derecha de Don Severino. Un muchacho elegante, hombre de campo. Sencillo, humilde y reservado. Ideal para las pretensiones de Merceditas, que había tenido algún episodio incomodo con otros, que finalmente terminó pidiendo ayuda. Como a las seis de la tarde aparece Braulio.
—¿Se puede saber donde estuviste? —pregunta el patrón.
—Estuve tratando de arreglar el tractor y algunas cosas particulares —respondió con la boina entre las manos y mirando al piso.
—¿No has visto a mi hija?
—No —respondió, secamente.
—Bueno podías haber avisado, Che, cuando es así.
—Esta bien patrón, disculpe —y pegó media vuelta y se fue.
Entró al galpón silbando, ese era una aviso para que Meche, así la llamaba, saliera detrás de las gomas y una lona que la tapaba.
—El patrón me lleno de preguntas, !viste como es!
—Si, no te preocupes, déjalo ya se le va a pasar. —Mientras salía de su escondite completamente desnuda diciendo…—Veni Braulio, vení.
Y…otra vez El Braulio, así le decían, salió como si se le hubiera roto la cincha, desesperado a los brazos de Mercedita, que no perdió tiempo en desnudarlo. Los dos eran muy apasionados ya no les importaba ni los ruidos, ni el que dirán. Estaban en lo suyo. Un perro ladraba y olfateaba, insistente, luego se alejo.
—¿Dejaste algo, para que el Miki ladre? —pregunta Braulio, mientras besaba su cuello y sus senos y acariciaba su pelo.—-—No mi vestido lo deje en la chata y traje estas bombachas y camisa, ¿por?
—Llama la atención que ladre tanto.
—Sí, la carne que compre esta pegada a la puerta, por eso. Estará enloquecido.
Braulio, saca la bolsa abre el portón y tira un generoso trozo de carne. Ve que están llegando toda la familia Seijo. Mercedes salta como resorte y pide:
—Tráeme el vestido que deje en la camioneta, se va a armar lío.
Vuelve el Braulio con el vestido hecho un bollo ¡Mercedes se va corriendo para entrar por la cocina!
—Matilde, Matilde abrime.
—¿Donde te habías metido? tu padre esta furioso
—Estaba con Braulio en el galpón, ¡arreglando el tractor!
—¿Ah si? El tractor. Bue
—Pensá lo que quieras. Méteme en el baño sin que nadie se dé cuenta.
Detrás de las habitaciones había como un pasadizo para limpiar los ventanales, que perfectamente entraba una persona. Por ahí pasaron y pudo entrar al baño. Don Severino agita la campanilla, mientras saboreaba un aperitivo, charlando con Don Seijo.
—¿Señor?
—¿Merceditas?
—En el baño señor para mi que se quedo dormida, porque golpeo y no contesta.
—Perdón —acota don Severino, que presuroso sube las escaleras, pensando que algo podía pasarle.
Golpea fuertemente la puerta y grita…
—Merceditas, ¡hija!
Como en una respuesta lejana se escucha…
—Si.
—¿Estas bien? te estamos esperando
—Um me quede dormida.
—Matilde o Jacinta ¿la ayudan a cambiarse?!
—Si señor, afirma Matilde.
Los Seijo era una familia tradicional, «Colmada de apariencia” Propia de las hipocresía de la sociedad. La señora Susana Seijo (SS, así le decían) era una jugadora empedernida, en el pueblo era bastante conocida por su apuestas en carreras mesas de póker. Conocida por ese mote. Donde aparecían esas siglas, se sabía que la cuestión era seria. Siempre asesorada por el capitalista de juego y el comisario. Un trío que siempre, daba que hablar. Don Seijo un español con pretensión de rico, sin serlo. Solo tenían un buen pasar. Tenía una larga amistad con la enfermera, de muchos años. Se habían conocido cuando operado de apendicitis, ella lo asistió todo el tiempo. Don Ernesto alguna aventura guardaba en el armario. Emilia la hija poco se sabía, por la edad, 17, nada se comentaba…Candidata a modelo por hermosa. Pero Adolfito, siempre tímido, retraído y muy estudioso. Parecía un inglesito en las pampas. Camisa, corbata, chaleco y saco, siempre limpiando sus antojitos, impecable. Se había dejado los bigotes para parecer mas grande. Por allí decían las malas lenguas que un profesor de humanidades, del secundario de dudosa orientación sexual, lo había ayudado mucho. Al día de hoy casi abogado con 23 años, destinado a llamarse Dr. Seijo para orgullo de la familia y especialmente para su profesor, que tanto había hecho. Una familia hermosa como muchas. Los de la Canal tampoco escapan a ello aunque no se sabía tanto. Eran más cautos. Más allá de las presentaciones, la cena se desarrollo en absoluta normalidad.
Merceditas pensaba… ¿Mi viejo quiere que me case con este imberbe, sexualmente reprimido? Pero ni loca. Con tantos hombres como mi Braulio, que me tiene loca. Mientras comía su flan con dulce de leche., servido impecable por Jacinta, nueva, en su trabajo. Café entre los jefes de la familia, habano, un buen brandy charlas de conventillo, Sin sentido, entre las damas. El tiempo, que lindo vestido tiene con que modista se hace la ropa en fin. Merceditas escapo a encontrarse con Braulio, mientras Emilia y Adolfito charlaban pavadas. Don Severino estiraba la charla para ver si había alguna aproximación entre “los chicos” y ahí reparo que Mercedita no estaba. Otra vez agito la campanilla para llamar a Matilde.
—Señor —pregunta presurosa
—¿Dónde esta Mercedita?
—esta descompuesta algo le cayo mal —sembrando una vez mas, la duda.
Casi al filo de las diez de la noche se escucha unos ladridos y unos autos acercándose. Entra Jacinta rápidamente, asustada…
—Señor Señor afuera en el parque hay un hombre con una escopeta a punto de disparar.
Velozmente se abre la puerta de dos hojas de la casa, que da al comedor, donde estaban reunidos y pregunta.
—Baje esa arma Ud. esta en mi propiedad ¿Qué se le ofrece?
—¿Que se me ofrece? La familia Seijo esta cenando acá ¿no?
—Mire retírese se ve que esta Ud., un poco tomado, mandaré a buscar a la policía.
—¿Quién es Ud.?
—Silvio Santillán, si no salen empiezo a los tiros
En el silencio de la noche, soplaba una brisa suave que hacia placentero estar afuera… Pero en otras circunstancias, en estas no seria tan recomendable.
—¿Que dice? —afirma Severino, en forma amenazante.
—Si si a los tiros voy a empezar y para Ud también hay. —Con los ojos inyectados en sangre de muy pocas pulgas.
—Que salgan los Seijo y el marica también —Disparando al aire la escopeta del calibre 12.
—Todos en el piso, ¡cuerpo a tierra! grita Severino —Así hicieron y bajaron del otro auto un escribano, un juez de paz, el comisario y un tal Bustamante.
—¿que es lo que pasa? —Afirma Severino.
—No es con ud. amigo —afirma el comisario.
Otro disparo de Santillán hace volar las torcazas que estaban durmiendo en los árboles.
—¡Pare Silvio! ¿Se volvió loco?
—Quiero lo que es mío y me arrebataron.
—¡Que salga la loca esa! —Sigue enfurecido Silvio entre llantos y bronca acumulada.
—A quien se refiere —pregunta Ernesto en forma enérgica e intimidante.
—Bueno acá hay varias…pero por ahora solo una, su esposa.
Con paso firme y sin perder la calma, como si nada hubiera sucedido hasta el momento, se acerca y pregunta
—¿quien me busca? Aquí estoy.
—Bueno —comenta el comisario—, quieren hablar con ud. Señora ¿podemos pasar adentro?
Ante la mirada atónita de la familia y los sirvientes que no entendían muy bien lo que pasaba.
¿Ahora me tratas de Ud. amor? Tenes miedo papito.
—Esta tu marido —responde entre dientes.
—Hace tiempo que es cornudo, este estúpido y sabe de nosotros tres.
El comisario se quedo callado, no podía emitir sonido alguno, estaba colorado como ¡gringo haciendo fuerza! El juez de paz se adelanta unos pasos, mientras comenta en voz baja:
—Susana no haga mas difícil la situación, le han arrebatado el campo, a este pobre cristiano, le han hecho una denuncia por estupro, trafico de drogas y prostitución.
La situación de Silvio, es complicada. Éste, al lado, blandía el arma cargada a modo de custodia.
—¿Quien le hizo semejante denuncia?
—Gómez Echagüe el capitalista. Hace dos días, desapareció
—Y vos pedazo de mierda ¡¿Qué decís siendo el comisario?!
—¡Por favor señora! —contesta apretando los dientes.
Don Severino permanecía estupefacto, el personal de servicio, vigilante. A la señora Herminia, le bajo la presión y hubo que asistirla. Tomo un te y casi escondida detrás de una cómoda del comedor, permanecía, callada, sentada, lo que llamo la atención de los presentes. Con pasos severos marcados típicos de un militar, con las mismas botas de cuero, se adelanta por el parquet encerado del comedor, preguntando…
—La dueña de casa, ¿Herminia?
Ante las sorpresas de todos los concurrentes, que miran fijo detrás de la cómoda indicando el lugar. Se da vuelta mirando hacia el mueble diciendo…
—Herminia ¿no te acordás de mi? Soy Melchor Bustamante, me dedique a la política y ahora acá me ves, senador provincial y vine a arreglar un entuerto que tiene mi primo Santillán.
Ruborizada, casi balbuceando muerta de vergüenza, responde tímidamente:
—Si me acuerdo.
—Te busque y ¡despareciste! —afirma Melchor
—¿Vos conoces a este mequetrefe de Bustamante? —pregunta Severino
Herminia no emitía palabra:
—¡Contesta! insiste Melchor
Su mujer mas conocida como Betty Julie en el cabaret de Cascallares era mi preferida, teñida color champán No tenia que decirle nada conocía perfectamente su profesión Trabajábamos juntos un tiempo, ella los calentaba y después los apretaba con alguna fotito. Podía haber hecho mucho conmigo, pero no tiene códigos. Un buen día hace bastante tiempo se escapo con otra y robaron la recaudación del prostíbulo. No se hizo la denuncia para no complicar mas la cosa, iba a empezar la prensa y la radio del lugar, y el obispo que también visitaba de incógnito el lugar, en fin un escándalo. Como éste, al fin la vengo a encontrar, acá en su casa, con su familia. ¡Que suerte! Don Severino se tomo dos cañas seguidas y quedó callado por un buen rato hasta que empezaron los conciliábulos para arreglare el primer entuerto.
A todo esto el silencio reinante y la noche estrellada y tranquila como pocas, hacia vivir a Mercedita y Braulio una de las noches mas románticas. Al rato Ernesto apesadumbrado y avergonzado, lo mismo que Severino seguían tomando caña en un rincón. Esperando como salir de este escándalo. La familia De la Canal empezada a resquebrajarse con destino cierto. La de los Seijo ya sufriría el escarnio y la indignación popular. Todas las mascaras se caerían. En los sillones del estar y sobre la mesa ratona se habían ubicado un contrato de retroventa por las 428 has. que volvía a la potestad de Santillán y una declaración conjunta de Susana Seijo y Silvio Santillán que nada debía reclamarse y que exculpaban a Silvio de todas las acusaciones que pesaban sobre el, aclarando que el alias “ SS”, era lógico Susana Seijo y NO Silvio Santillán. Firmando el acta al pie, para evitar un escándalo mayúsculo. Al enterarse del desarrollo de los hechos Adolfito y con conocimientos legales que su madre iba camino a la cárcel, pide permiso y dice:
—No le podes hacer esto a mi mamá, la vas a mandar presa —Le reclama al juez de paz.
El juez no sabe donde poner las palabras, hace un gesto como de no escucharlo.
Adolfito fuera de sí comenta:
—Si vas mandar a mamá en cana —perdiendo la línea—, cuento lo nuestro.
—Bueno bueno —el comisario acota—, a ver si te callas, muchacho y cerrás un poco la boca —para opinar, con aire de superioridad paternal.
—El que se va a callar sos vos corrupto, porque cuento todos y cada uno de los chanchullos en que estas metido, todos los que sé al menos contados por este juez también corrupto. Con notorias desviaciones sexuales como las mías —largándose a llorar desconsoladamente —Por eso llevamos tantos años juntos.
El juez quedo a borde del desmayo, pálido. Casi en la habitación pegada al estar, hablaban privadamente Melchor y Herminia (Bety Julie). En este acto y ante mi, se firma el acta mencionada que será inscripta en el registro de propiedad inmueble, ante mi firma al pie Susana Giacobe de Seijo y Silvio Santillán. Silvio dejo su arma cuando tuvo en su poder el acta y la declaración exculpándolo de las acusaciones. Su hija Emilia avergonzada pidió al comisario si la podía llevar a la estación de trenes más cercana y se iría a Buenos Aires a estudiar en una escuela de modelos, con proyección internacional. Herminia prometió devolver a Melchor, hoy dueño de ese prostíbulo, los diez mil dólares sustraídos en su momento. Pone los gritos en el cielo Don Severino diciendo:
—Vos crees que te voy a dar diez mil dólares para devolverle a este mequetrefe de político, Ni loca pienses que voy hacer eso.
—Bueno Bueno no empecemos otra vez a insultar —ya medio enojado Melchor—, déjese de joder y ponga ahora ¡quince mil, en vez de diez!
—¿Pero que se cree Ud.? ¿Qué soy entupido que me voy a dejar intimidar por un político corrupto como usted?
—Jacinta, Jacintaaaa —grita fuerte Melchor—, ante la mirada azarosa de todos los presentes.
—Si Señor Melchor
—¿No hiciste una denuncia por abuso deshonesto en la comisaría acusándolo a Don Severino?
Todas las miradas azoradas se desplazaron hacia la colorada cara de De la Canal.
—Sí la hice
—¿Quien te la tomó?
—El comisario
—¿Es así comisario?
—Así es senador
—Pero esto es extorsión replica Severino
—Ud. me levanto la pollera en la cocina y me toqueteo toda y no lo voy a permitir
—¿Que edad tenes Jacinta?
—17, en octubre cumplo los 18… —contesta.
—¡¿Ah encima sos menor?!
—Son veinte mil don Severino De la Canal más los reclamos que me han acercado sus empleados por sueldos en negro y aguinaldo no pagados, por la crisis según Ud. más las cargas sociales.
Casi al borde de un infarto Don Severino sentado en un mullido sillón de cuero se hundió, se tomo un Valium y se durmió profundamente. Hasta el amanecer. Don Melchor Bustamante se quedó a dormir en la habitación de huéspedes, disfrutando la visita de Betyjulie, y sus bondades, que buscó, infructuosamente bajar la cifra, No lo logró.
Poco a poco cada uno fue ocupando lugar y espacio en su pueblo y en su vida. Al amanecer, después de pasar una noche espléndida entre grillos y alguna copa de vino, se abre el portón donde se guardaba el tractor y salen de la mano Mercedes y Braulio, dispuestos a hablar con su padre.
—Te casarías conmigo —pregunta el Braulio.
—Sí para toda la vida —contesta Merceditas.
—¿Queres tener hijos conmigo? —vuelve a preguntar Braulio.
—Mas adelante si, quiero hijos tuyos. Responde enamorada.

MAR AZUL
Elspeth Gormley / España
En un rincón olvidado del mundo, donde el mar besa tiernamente la tierra y el cielo se inclina para escuchar los susurros de la naturaleza, existía un pueblecito pesquero, tan pequeño que apenas figuraba en los mapas. Este lugar, conocido como Mar Azul, era un lienzo en blanco para los sueños y las leyendas.
La vida en Mar Azul transcurría con la monotonía de las olas: siempre presentes, pero raramente se veían. Los habitantes de este lugar, aunque bendecidos con la belleza de su entorno, habían caído en la trampa de la cotidianidad, incapaces de ver la magia en la simplicidad de sus días.
Pero la niebla llegó, no como un manto frío y sin vida, sino como un ser consciente, una entidad antigua que buscaba recordarles el valor de lo que habían olvidado. Se deslizó entre las casas y las calles, tocando cada corazón con dedos de bruma, susurrando secretos largamente perdidos.
Los aldeanos, ahora ciegos a su mundo, pero con una nueva visión interna, comenzaron a percibir la vida de una manera diferente. La niebla les enseñó que cada grano de arena, cada gota de rocío, cada sonrisa compartida, era un tesoro invaluable.
Sara, la bruja del pueblo, conocía bien el lenguaje de la niebla. Ella sabía que este fenómeno no era un castigo, sino un regalo. Con su sabiduría ancestral, guio a los aldeanos a través de la niebla, no para disiparla, sino para abrazarla.
Bajo su tutela, los habitantes de Mar Azul aprendieron a bailar con la niebla, a cantar con las olas, y a pintar sus sueños en el cielo. La niebla se convirtió en su maestra, y ellos, sus ávidos estudiantes.
Y así, cuando la niebla decidió retirarse, dejó tras de sí un pueblo transformado. Mar Azul ya no era solo un punto en el mapa, sino un faro de esperanza y maravilla, un testimonio de que incluso en la más densa de las brumas, la luz puede encontrarse dentro.
Sara, habiendo cumplido su propósito, se desvaneció con la niebla, dejando solo la leyenda de su existencia. Algunos dicen que se convirtió en parte del mar, otros que ascendió a los cielos. Pero todos están de acuerdo en una cosa: su espíritu vive en cada brizna de magia que ahora impregna Mar Azul
En los días que siguieron a la partida de Sara, Mar Azul se convirtió en un santuario de maravillas. Los pescadores, que antes lanzaban sus redes con desgana, ahora veían en cada captura una danza de colores y formas. Las redes no solo traían peces, sino también historias del abismo, relatos de criaturas luminosas y tesoros sumergidos que solo la niebla podía revelar.
Los niños, que antes jugaban en las calles con la indiferencia de la costumbre, ahora exploraban cada rincón como si fuera un nuevo mundo. La niebla les había enseñado a ver lo invisible, a escuchar lo inaudible. Encontraban caracolas que susurraban melodías antiguas y piedras que brillaban con la luz de las estrellas caídas.
Las mujeres de Mar Azul, que tejían y bordaban en silencio, ahora lo hacían al ritmo de antiguas canciones de cuna, entonadas por la brisa marina. Sus manos no solo creaban ropa, sino que tejían sueños, bordaban esperanzas y cosían fragmentos de leyendas en cada puntada.
Los ancianos, sabios y cansados, encontraron un nuevo propósito en sus relatos. Sus historias ya no eran solo recuerdos, sino profecías y enseñanzas. La niebla les había devuelto la voz, y con ella, la certeza de que su legado sería eterno.
Y así, Mar Azul se convirtió en un lugar de peregrinación. Viajeros de todos los rincones del mundo venían a experimentar su magia. Cada visitante partía con una historia que contar, un sueño que perseguir, y la promesa de que, en algún lugar entre la niebla y el mar, la esperanza siempre encontraría su camino.
La leyenda de Sara, la bruja que se convirtió en niebla y mar, en viento y cielo, se extendió más allá de los confines del pueblo. Se decía que en las noches de luna llena, si escuchabas con atención, podías oír su risa mezclada con el murmullo de las olas, recordándote que la magia está en todas partes, esperando ser descubierta..
EL Faro de Mar Azul, que una vez fue guía de marineros y centinela contra las tormentas, había compartido el destino de olvido del pueblo. Pero con la llegada de la niebla y la transformación de los aldeanos, el faro también encontró un nuevo propósito.
Mientras la niebla enseñaba a los habitantes a ver la magia en lo cotidiano, el faro, que había permanecido inactivo durante años, comenzó a sentir un cálido cosquilleo en su estructura. Las piedras, bañadas por la sal y el viento, susurraban entre ellas, recordando los días en que su luz era esperanza en la oscuridad.
Una noche, cuando la luna se ocultó tras un velo de nubes y las estrellas parpadearon con curiosidad, el faro despertó. Su luz, que había sido tenue y vacilante, ahora brillaba con la fuerza de mil soles. La niebla, lejos de opacarla, se tornó en un lienzo donde la luz del faro pintaba auroras y constelaciones.
Los viajeros que llegaban a Mar Azul se maravillaban ante el espectáculo. El faro no solo les mostraba el camino, sino que les contaba historias de navegantes valientes, de mares embravecidos y de calmas profundas. Cada rayo de luz era un verso, cada destello, un capítulo de una epopeya marina.
Con el tiempo, el faro se convirtió en el corazón de Mar Azul. Los aldeanos celebraban festivales en su honor, donde las luces de papel y las antorchas danzaban al son de la luz del faro. Los niños jugaban a ser héroes de leyendas, navegando en barcos imaginarios hacia tierras desconocidas, guiados por la luz infalible del faro.
Y así, el faro de Mar Azul se erigió no solo como un monumento a la guía y protección, sino como un símbolo de la inspiración y la creatividad que la niebla había despertado en el alma del pueblo. Se decía que su luz era tan poderosa que podía alcanzar incluso los rincones más oscuros del corazón humano, recordándoles que siempre hay un faro que ilumina el camino hacia casa.

SUICIDIO
Jaime Hoyos Forero / Colombia
Era Irma una escritora destacada.
Un jueves santo, leyendo los mensajes recibidos en su computador, encontró uno que decía: “Señora Irma, gracias por salvarme la vida” Jairo Holmes”. La escritora se sobresaltó un instante y luego dijo: “Otro loco”.
Tres días después recibió el siguiente mensaje de Jairo:
—Quisiera, señora, mostrarle mi agradecimiento. Y quiero expresárselo enviándole unas flores. ¿Podría usted ser tan amable de dejarme conocer la dirección de su casa?
Este aparente halago no le sonó bien a Irma. “Puede ser un ladrón o un chantajista”, se dijo, y llamó a su hija Clara.
—Cuidado, mamá —Le advirtió Clara—, debe de ser un secuestrador. Obtendrá lo que quiera por el solo hecho de plagiar a una de las más famosas escritoras del país.
—¿Qué hago si vuelve a insistir? —preguntó Irma.
—Si él insiste, llama a la policía.
Una semana después, el mensaje recibido por Irma, decía:
“Perdone, señora, mi insistencia. Consideraría que la desprecio si dejo pasar un hecho tan significativo como el salvarme la vida. Su libro Milagros del amor cayó a mis manos inesperadamente, justo la tarde en que cargué mi pistola con el fin de quitarme la vida esa noche. Milagros del amor lo encontré tirado en el sótano del parqueadero donde dejo diariamente el carro mientras trabajo. Pensé que a uno de mis vecinos de parqueadero se le cayó el libro al subirse a su carro y yo lo recogí para dárselo al portero a fin de que el libro volviera a su dueño. Pero el portero no apareció cuando salí, ya de noche, así que lo llevé a mi apartamento y por pura curiosidad comencé a ojearlo mientras comía el sándwich que tenía preparado. Algo así como el último sándwich. Mientras lo comía, quise alejar los nervios que sentía por mi decisión de quitarme la vida y fui, sin darme cuenta, encontrando tan ameno e interesante el libro (usted, señora Irma, escribe como un ángel) y tan grandioso su contenido, que a las 4 de la madrugada, cuando terminaba de leerlo, ya había decidido en el interior de mi alma, no suicidarme. Es más: había determinado también, no ir ese día a mi consultorio (soy neurocirujano) sino al hospital de caridad de la ciudad, para atender gratuitamente a los mentalmente alienados. La frase de su libro, señora Irma, ‘La vida es bella aún después de la última pérdida…Inténtalo’ me llegó al fondo del corazón. Usted, señora Irma, me ha salvado y pensaría yo que no es sincera al escribir si desprecia la humilde muestra de mi agradecimiento. Jairo Holmes”. Había una posdata: “Sé que las flores la alegrarán, pues me doy cuenta por su libro, que usted sufre de una gran nostalgia”.
Irma quedó consternada. Nada de chantajistas, ladrones o plagiarios. El hombre del mensaje era conmovedor. Y había, sobre todo, algo que estremeció a Irma; dijo entonces para sí: “Es la primera persona, entre miles de lectores y muchos amigos, que ha sido capaz de captar mi desolación.”
Efectivamente, Irma había ocultado a todo el mundo su desdicha. Su matrimonio fue el peor de los fracasos y la gente creía lo contrario, porque mientras él vivió, siempre los veían juntos, tomados de la mano. Nadie sabía nada de la tragedia de Irma. Y después de la muerte de su esposo, la vida se tornó calmada, pero absolutamente vacía y desolada.
Sin contarle a su hija lo leído en el computador, se sentó en él y escribió “calle 52#132-48. Las flores me encantan. Irma”.
Esa noche llovía tremendamente. Los rayos y los truenos se sucedían unos a otros, casi sin pausa. Era verdaderamente una noche tormentosa.
De pronto tocaron a la puerta. Clara se sorprendió al abrir y ver aquel hombre con su overol azul chorreando agua y un enorme manojo de rosas rojas en las manos.
“Pobre, exclamó Clara dentro de sí. Y ya no es joven. Se ve que la vida es muy dura para él.” Y agregó en voz alta:
—Mamá, son flores. No traen tarjeta pero el mensajero dice que son para ti. ¿Las recibo?
—Por supuesto —dijo Irma—. Recíbelas que ya bajo.
Clara las recibió y pidió al mensajero que aguardara un instante para traerle su propina.
Mientras tanto, el mensajero escribió algo en una tarjeta pequeñita que metió entre un sobre del mismo tamaño.
Segundos después, recibió la propina y extendiendo la mano, entregó a Clara la tarjeta, diciéndole:
—Perdone usted, traía la tarjeta entre el bolsillo para que no se mojara.
Al cerrar la puerta, Irma bajó a mirar sus flores y Clara le entregó la tarjeta. Decía: “Irma, siento no haberla visto. Su hija es bella, luego usted lo es. Jairo” .
—¿Ya se fue? –preguntó Irma.
—¿Quién? ¿El mensajero? Acaba de salir. ¿Por qué? Ya le di su propina.
Clara no había acabado la frase, cuando Irma abrió la puerta y echó a correr. Un automóvil prendió las luces y encendió el motor.
—¡Aguarde! —gritó Irma en medio del aguacero—. ¡Soy yo… Irma!
El coche, que ya había comenzado a rodar, se detuvo y bajó de él Jairo, todavía empapado por el aguacero y el overol azul encima de su costoso vestido.
Bromeando, Jairo dijo:
—Es suficiente, señora. Su hija me dio una excelente propina… estoy feliz porque es la primera que recibo en la vida.-
En la casa, Clara consternada, estaba llamando por el celular a su hermano Antonio.
—Antonio, mamá se volvió loca. Le mandaron unas flores y salió detrás del mensajero. Han pasado cinco minutos y no ha vuelto. ¿Qué hago?
Y afuera, en la calle, un carro sin conductor, con las luces prendidas. Un aguacero que más parecía una tormenta. Los rayos y truenos no cesaban. Y en mitad de la acera, un hombre y una mujer se abrazaban y besaban felices, como si el mundo no existiera.

HISTORIAS DEL VIEJO FARO
Carlos Pérez de Villarreal / Argentina
El viento era cada vez más fuerte.
Las olas embravecidas se levantaban con fuerza golpeando el promontorio del viejo faro.
La tempestad arreciaba.
Leopoldo, el viejo farero, comenzó a preocuparse.
Se dirigió a la cocina.
Un fino hilo de agua se filtraba por la junta entre la pared y el techo del lado sur.
Observó por el ventanuco y se extrañó al ver la espuma del mar golpeando como
latigazos contra el muro.
Nunca había visto nada igual.
Ayer se había comunicado telegráficamente con el Servicio Naval y le habían informado
que se presentaría una tormenta de grandes proporciones, con vientos huracanados del
SSO e intensidades mayores a las de la época.
Duraría dos o tres días, lo suficiente para tener en cuenta que la estructura podía sufrir
algún deterioro.
Pero nunca se había imaginado esto.
Subió por la escalera metálica destartalada y antes de llegar al escalón 66, escuchó la voz
de Alberto:
—¡Cuidado Leopoldo, sabés que siempre te tropezás en ese escalón. Ahí a la escalera le
faltan dos bulones!
—¡Sí, lo sé, me lo dijiste tantas veces, que sueño con ello! —contestó con una sonrisa en
los labios.
No terminó de hablar, que su pie derecho tropezó con el peldaño haciéndole golpear la
rodilla izquierda con fuerza. Una imprecación soez se desprendió de sus labios.
Malhumorado, escuchó la voz que desde arriba le decía, riéndose:
—¡Te lo dije! ¡No digas que no te avisé!
Una carcajada le salió de la garganta, llevándose la ira por completo:
—¡Si Alberto, es en lo único que te entretenés, en decirme lo que tengo y no tengo que
hacer¡ Pero eso sólo lo podés hacer vos. Menos mal que tengo tu compañía.
La risa fina y alegre se escuchó desde arriba y las palabras salieron atropelladas:
—¡Para eso estoy!
De repente, un crujido estruendoso se escuchó en todo el faro reverberando por las
paredes. La luz empezó a titilar y el silbido del viento se hizo rugido al pasar a través de
las juntas de las ventanas.
Leopoldo corrió escaleras abajo y entró raudamente al cuarto de máquinas.
El agua había invadido ya casi veinte centímetros el recinto.
El motor apagado echaba humo.
Saltó por encima de él cortando la llave de corriente eléctrica y salió disparado hacia la
cocina.
No llegó.
Un ruido potente y raro se oyó en el ambiente, mientras un pedazo de escalera metálica
de casi cinco metros de altura, se desprendía de la pared cayendo con fuerza sobre él.
¡Oh casualidad, se había roto desde el peldaño número 66!
Transcurrió mucho tiempo hasta que Alberto lo llamó:
—¡Leopoldo…! ¿Estás bien?
—¡Sí! —contestó—. ¡Te veo, arriba, sobre la baranda!
—¡Cómo que me ves! ¿Me podés ver?
—¡Sí Alberto…! ¡Yo también me convertí en fantasma!

RECUERDO DE LA SEQUÍA
Sandra B. Romeo / Argentina
Por el cauce del río seco corrían lenguas de fuego, sí señor.
Así se veía la tarde y los días enteros, señor. Así fue cuando la gran sequía.
Secó todo, los animales, las plantas, la tierra, los hombres.
No éramos muchos en el pueblo. Pero cuando los vientos, rojos de secos, aventaron hasta los muertos viejos del cementerio, los vivos empezaron a irse también.
Quedamos pocos, sí señor.
Y ahora que usté lo dice, recuerdo que entonces, los que quedamos, manteníamos el pueblo andando, tan convencidos estábamos de que los otros volverían.
Pero cuando el viento quemante soplaba y soplaba, empezamos a perder las ganas de caminar un pueblo vacío.
Las ganas y la esperanza… De tanto en tanto, alguna nube hinchada de grises, se pinchaba entre los cerros y se desperdigaba en muchas nubecitas más. Pero de agua nada, ni hablar. Ni una gota.
Primero dejamos de arreglar las paredes y los techos. Ahí arriba el sol nos pelaba y nos confundía la cabeza. La tierra entera parecía haberse metido para adentro y nos dejaba a mano solamente un cuero duro y rugoso.
Las pequeñas huertas caseras murieron incrustadas entre el polvo y las grietas del suelo.
Después, el pellejo se nos empezó a pegar a los huesos. Sí señor, tanto que parecía que salíamos de la tierra misma, correosos y secos. Viejos…
Más tarde nos dimos cuenta de que estábamos solos de veras.
No se veía ni se escuchaba en el pueblo el ladrido de un sólo perro. Detenido, quieto estaba el aire. Tan estancado por el calor que cuando abríamos la boca, la misma lengua hacía como ruiditos de fritanga. El mismo aliento del sol la cocinaba.
Sí señor, fue grande la sequía ese año. Y larga…
Cuando caía la noche, las luciérnagas se suicidaban prendidas del viento de polvo. Apenas se encendían, opacadas, las perdíamos de vista.
Dejamos de dormir. Acostarse en los catres, abajo, tan cerca del suelo, al ras del piso crujiente, era aspirar la furia misma de la tierra, por estar abandonada de humedad.
Finalmente, el polvo eterno que levantaba el viento, parecía formar paredes que costaba trabajo traspasar.
Entonces fue cuando dejamos de caminar, levantarnos, acostarnos, para no gastar el poco resuello que nos quedaba.
De tan envueltos en tierra como estábamos dejamos de vernos, poco a poco, unos a otros.
Así fue como pasó.
—¿Pero…dígame una cosa señor, usté no es Damiano, el hijo de doña Ramira, el que se ahogó el día de la crecida grande? Lo sacamos del río, si mal no recuerdo, con ramas de piquillín…
—Sí, soy Damiano.

EL LIBRO DEL ABUELO JESÚS
Walter H. Rotela G. / Uruguay
Siendo niño me gustaba oír las historias de mi abuelo. Él, a su modo, jugaba con nosotros, sus nietos. No como jugaría un adulto mayor tal como vemos en una tanda televisiva de publicidad o en una imagen fotográfica de un medio cualquiera. No, así no.
Don Jesús era el modo como se referían a él sus vecinos. Y de eso estaba muy orgulloso. Es decir, buscaba hacer honor al nombre que eligieron sus padres. Era el séptimo hijo. En realidad, el noveno; pero dos de sus hermanos habían fallecido, al poco de nacer. Los padres querían hijos varones; sin embargo, la vida les dio en su mayoría, mujeres.
Siendo chicos, siempre lo llamábamos señor, por la costumbre que teníamos en la zona de las tierras color sangre. Cada mañana, al verlo al abuelo le pedíamos su bendición. Él accedía siempre y nos regalaba algún caramelo, generalmente. Pasábamos mucho tiempo sin verlo, pues por temporadas se ausentaba por razones de trabajo. A veces, un par de meses. Cuando volvía nos traía regalos. Eso, según contaba mi abuela, fue siempre así. Pero sus ausencias, en mi niñez no se debían a motivos laborales, sino a una costumbre muy arraigada. Esas razones me fueron reveladas por mis tías sólo al llegar a mi juventud, no antes.
Una tarde, conversando bajo un árbol de mango, me animé a preguntarle por un libro que él guardaba en un cajón de la cómoda de su habitación. Le mencioné que de niño lo había descubierto, que leí algo de su contenido, pero nunca capté el verdadero significado de cuanto estaba allí anotado.
Mi abuelo sonrió. Luego de una pausa me ilustró sobre una realidad totalmente desconocida por mí.
—No es ningún secreto. Pero es sí información comprometedora, o al menos que sería relevante en alguna suerte de investigación… Contiene información, detalles sobre gente muy joven, niños que estuvieron a cargo, como yo, de don Pascual.
—Interesante dije —alentándolo a proseguir.
El abuelo se puso serio, pero confesó estar feliz por poder compartir sobre el asunto. Así que ingresó a su habitación y trajo el libro. Él era un lector ávido. De todo lo que encontraba en sus viajes siempre comentaba o incluso traía algunos libros que le regalaban, pues en su mayoría no podía comprárselos. Sin embargo, es no impedía que accediera a ellos. Era veloz leyendo. Esa lectura le permitía tener una conversación interesante y con ello ganaba la buena voluntad de sus interlocutores que le permitían leer esos libros que no estaban a su alcance comprarlos.
Jesús, mi abuelo, volvió con el libro que yo había visto siendo niño. Me pareció más pequeño de lo que lo recordaba. Era un viejo libro de asientos contables que tenía información sobre una empresa y además figuraban nombres y fechas. No eran muchos, una treintena. Jesús comentó:
—Los nombres que ves aquí son de niños que el señor Pascual recibió, con la promesa a sus padres de enviarlos a la escuela, ocuparse de su alimentación, de brindarles un lugar en su vivienda. Y lo que hizo en realidad fue usarlos como mano de obra barata en sus campos o en la ciudad.
—¿Y tú cómo conseguiste este libro abuelo?
—Mira… Esto quedará entre nosotros. Lo tomé del escritorio del señor Pascual un año antes de dejar la hacienda. Nos castigaron cuando no se encontró pero no dije nada. Consideré que era algo valioso, que serviría como prueba de lo que me parecía no estaba bien. Pero…
—¿Pero…?
—No, no sirvió. Aún no. Pues poco se sabe y todo lo que se dice sobre el laburo de los mitaí ‘se maquilla’, como dicen ahora. Y antes las condiciones eran peores. Había menos posibilidades de conocer lo que hacían los dueños de estancias de las grandes casas de la ciudad. Parte de nuestra cultura, quizás.
—¿Y la lista de nombres?
—Son los nombres de los niños y adolescentes que pasaron por la estancia y la casa en los años en que se registró en el libro. Desde 1919 hasta 1930, aproximadamente. Pero la cosa siguió después e incluso aumentó la cantidad que pasaron por las manos del viejo Pascual y su familia.
—¿Y qué hacían los niños abuelo? Pues supongo que no todos hacían los mismo.
—Pareces un periodista con tus preguntas che.
—Bueno… Quizás pueda hacer algo, quizás pueda continuar con lo que empezaste, me refiero a dar a luz lo que sucedía. Este libro es parte, como una prueba ¿No? Tengo un amigo que quizás pueda ayudarme. Eso si tú crees conveniente, claro…
—Sí, quizás sea una buena idea. Bien… Te contaré qué hacíamos los niños en esos tiempos. Algunos trabajaban en la agricultura, otros con el ganado, otros en la ladrillaría y unos cuantos en las casas de la ciudad. Había más de una. Pero, en todos lados, lo pasábamos mal en general. Algún día me gustaría contar las cosas que pasamos en esos campos. Pero la vida se me está pasando y quizás no pueda. Por eso…
—Por eso conservaste el libro… —Le mencioné.
—Sí, claro. Es una prueba de lo que pasó allí. Está anotadas incluso las defunciones. ¿Ves aquí esta señal? me mostró una cruz, apenas visible al costado de un nombre, que estaba acompañada de una fecha.
—Interesante… —Le dije para entusiasmarlo y que me cuente más.
—Pues eso indica que un niño o adolescente murió. No era lo común. Pero sí las golpizas, el castigo. Y el domingo íbamos a misa. Y ahí, a callarse.
—¡Qué historia Jesús! ¡Qué historia! Abuelo te agradezco que me hayas confiado todo esto.
—Bueno… Pero no pude hacer nada por esos chicos. Por los que vinieron después de mí.
—Abuelo, cuenta esta historia. Cuéntala. Cuéntala como cuando éramos niños nos contabas cosas mientras hacías los bodoques. Seguro que tu historia, tarde o temprano, se conocerá como «El libro del abuelo Jesús».
—Suena pretencioso. Me bastaría con que lo que pasó se sepa y no quede en el olvido.








