CUENTOS Y RELATOS DICIEMBRE

Cuentos-diciembre

DOS FAMILIAS DE CAMPO

Carlos González Saavedra / Argentina

Severino de la Canal, estaba furioso, caminaba de un lado al otro, gritaba, despotricaba. Nadie le decía nada, mientras se miraban entre si.

—No es posible, la estancia no es tan grande, para no encontrar a mi hija. Anda Francisco a ver en los potreros, si le quedo la camioneta encajada?

—Si patrón.

Al rato: —Nada Don Severino busque hasta en las cunetas al costado de las tranqueras, por si se le había ladeado la chata y nada.

—¿Matilde? —sigue Severino preguntando—. La vi ayer a la tardecita en el pueblo saliendo de la carnicería Toma y Daca ésa, de la esquina. Se iba al corralón a buscar algo que Ud. le encargo.

—Porque no te tranquilizas, aconseja Herminia, su mujer.

—Pero justo hoy, que viene Seijo con su familia. Habíamos quedado con Don Ernesto, en presentarle a su primogénito Adolfito que este año se recibe de abogado.

Harían una linda parejita.

—Don, ahí están trayendo la bebida, avisa Rosendo.

—Que la dejen en el galpón

Merceditas, le importaba poco las opciones del padre, con sus veintidós años, lo único que le interesaba eran los hombres. Podía contarse una lista larga, desde los trece años, los que afanosamente habían visitado su cuerpo. Ella muy apasionada y enamoradiza. Todos lo sabían, menos los padres. Ahora le había tocado el turno a Braulio, mano derecha de Don Severino. Un muchacho elegante, hombre de campo. Sencillo, humilde y reservado. Ideal para las pretensiones de Merceditas, que había tenido algún episodio incomodo con otros, que finalmente terminó pidiendo ayuda. Como a las seis de la tarde aparece Braulio.

—¿Se puede saber donde estuviste? —pregunta el patrón.

—Estuve tratando de arreglar el tractor y algunas cosas particulares —respondió con la boina entre las manos y mirando al piso.

—¿No has visto a mi hija?

—No —respondió, secamente.

—Bueno podías haber avisado, Che, cuando es así.

—Esta bien patrón, disculpe —y pegó media vuelta y se fue.

Entró al galpón silbando, ese era una aviso para que Meche, así la llamaba, saliera detrás de las gomas y una lona que la tapaba.

—El patrón me lleno de preguntas, !viste como es!

—Si, no te preocupes, déjalo ya se le va a pasar. —Mientras salía de su escondite completamente desnuda diciendo…—Veni Braulio, vení.

Y…otra vez El Braulio, así le decían, salió como si se le hubiera roto la cincha, desesperado a los brazos de Mercedita, que no perdió tiempo en desnudarlo. Los dos eran muy apasionados ya no les importaba ni los ruidos, ni el que dirán. Estaban en lo suyo. Un perro ladraba y olfateaba, insistente, luego se alejo.

—¿Dejaste algo, para que el Miki ladre? —pregunta Braulio, mientras besaba su cuello y sus senos y acariciaba su pelo.—-—No mi vestido lo deje en la chata y traje estas bombachas y camisa, ¿por?

—Llama la atención que ladre tanto.

—Sí, la carne que compre esta pegada a la puerta, por eso. Estará enloquecido.

Braulio, saca la bolsa abre el portón y tira un generoso trozo de carne. Ve que están llegando toda la familia Seijo. Mercedes salta como resorte y pide:

—Tráeme el vestido que deje en la camioneta, se va a armar lío.

Vuelve el Braulio con el vestido hecho un bollo ¡Mercedes se va corriendo para entrar por la cocina!

—Matilde, Matilde abrime.

—¿Donde te habías metido? tu padre esta furioso

—Estaba con Braulio en el galpón, ¡arreglando el tractor!

—¿Ah si? El tractor. Bue

—Pensá lo que quieras. Méteme en el baño sin que nadie se dé cuenta.

Detrás de las habitaciones había como un pasadizo para limpiar los ventanales, que perfectamente entraba una persona. Por ahí pasaron y pudo entrar al baño. Don Severino agita la campanilla, mientras saboreaba un aperitivo, charlando con Don Seijo.

—¿Señor?

—¿Merceditas?

—En el baño señor para mi que se quedo dormida, porque golpeo y no contesta.

—Perdón —acota don Severino, que presuroso sube las escaleras, pensando que algo podía pasarle.

Golpea fuertemente la puerta y grita…

—Merceditas, ¡hija!

Como en una respuesta lejana se escucha…

—Si.

—¿Estas bien? te estamos esperando

—Um me quede dormida.

—Matilde o Jacinta ¿la ayudan a cambiarse?!

—Si señor, afirma Matilde.

Los Seijo era una familia tradicional, «Colmada de apariencia” Propia de las hipocresía de la sociedad. La señora Susana Seijo (SS, así le decían) era una jugadora empedernida, en el pueblo era bastante conocida por su apuestas en carreras mesas de póker. Conocida por ese mote. Donde aparecían esas siglas, se sabía que la cuestión era seria. Siempre asesorada por el capitalista de juego y el comisario. Un trío que siempre, daba que hablar. Don Seijo un español con pretensión de rico, sin serlo. Solo tenían un buen pasar. Tenía una larga amistad con la enfermera, de muchos años. Se habían conocido cuando operado de apendicitis, ella lo asistió todo el tiempo. Don Ernesto alguna aventura guardaba en el armario. Emilia la hija poco se sabía, por la edad, 17, nada se comentaba…Candidata a modelo por hermosa. Pero Adolfito, siempre tímido, retraído y muy estudioso. Parecía un inglesito en las pampas. Camisa, corbata, chaleco y saco, siempre limpiando sus antojitos, impecable. Se había dejado los bigotes para parecer mas grande. Por allí decían las malas lenguas que un profesor de humanidades, del secundario de dudosa orientación sexual, lo había ayudado mucho. Al día de hoy casi abogado con 23 años, destinado a llamarse Dr. Seijo para orgullo de la familia y especialmente para su profesor, que tanto había hecho. Una familia hermosa como muchas. Los de la Canal tampoco escapan a ello aunque no se sabía tanto. Eran más cautos. Más allá de las presentaciones, la cena se desarrollo en absoluta normalidad.

Merceditas pensaba… ¿Mi viejo quiere que me case con este imberbe, sexualmente reprimido? Pero ni loca. Con tantos hombres como mi Braulio, que me tiene loca. Mientras comía su flan con dulce de leche., servido impecable por Jacinta, nueva, en su trabajo. Café entre los jefes de la familia, habano, un buen brandy charlas de conventillo, Sin sentido, entre las damas. El tiempo, que lindo vestido tiene con que modista se hace la ropa en fin. Merceditas escapo a encontrarse con Braulio, mientras Emilia y Adolfito charlaban pavadas. Don Severino estiraba la charla para ver si había alguna aproximación entre “los chicos” y ahí reparo que Mercedita no estaba. Otra vez agito la campanilla para llamar a Matilde.

—Señor —pregunta presurosa

—¿Dónde esta Mercedita?

—esta descompuesta algo le cayo mal —sembrando una vez mas, la duda.

Casi al filo de las diez de la noche se escucha unos ladridos y unos autos acercándose. Entra Jacinta rápidamente, asustada…

—Señor Señor afuera en el parque hay un hombre con una escopeta a punto de disparar.

Velozmente se abre la puerta de dos hojas de la casa, que da al comedor, donde estaban reunidos y pregunta.

—Baje esa arma Ud. esta en mi propiedad ¿Qué se le ofrece?

—¿Que se me ofrece? La familia Seijo esta cenando acá ¿no?

—Mire retírese se ve que esta Ud., un poco tomado, mandaré a buscar a la policía.

—¿Quién es Ud.?

—Silvio Santillán, si no salen empiezo a los tiros

En el silencio de la noche, soplaba una brisa suave que hacia placentero estar afuera… Pero en otras circunstancias, en estas no seria tan recomendable.

—¿Que dice? —afirma Severino, en forma amenazante.

—Si si a los tiros voy a empezar y para Ud también hay. —Con los ojos inyectados en sangre de muy pocas pulgas.

—Que salgan los Seijo y el marica también —Disparando al aire la escopeta del calibre 12.

—Todos en el piso, ¡cuerpo a tierra! grita Severino —Así hicieron y bajaron del otro auto un escribano, un juez de paz, el comisario y un tal Bustamante.

—¿que es lo que pasa? —Afirma Severino.

—No es con ud. amigo —afirma el comisario.

Otro disparo de Santillán hace volar las torcazas que estaban durmiendo en los árboles.

—¡Pare Silvio! ¿Se volvió loco?

—Quiero lo que es mío y me arrebataron.

—¡Que salga la loca esa! —Sigue enfurecido Silvio entre llantos y bronca acumulada.

—A quien se refiere —pregunta Ernesto en forma enérgica e intimidante.

—Bueno acá hay varias…pero por ahora solo una, su esposa.

Con paso firme y sin perder la calma, como si nada hubiera sucedido hasta el momento, se acerca y pregunta

—¿quien me busca? Aquí estoy.

—Bueno —comenta el comisario—, quieren hablar con ud. Señora ¿podemos pasar adentro?

Ante la mirada atónita de la familia y los sirvientes que no entendían muy bien lo que pasaba.

¿Ahora me tratas de Ud. amor? Tenes miedo papito.

—Esta tu marido —responde entre dientes.

—Hace tiempo que es cornudo, este estúpido y sabe de nosotros tres.

El comisario se quedo callado, no podía emitir sonido alguno, estaba colorado como ¡gringo haciendo fuerza! El juez de paz se adelanta unos pasos, mientras comenta en voz baja:

—Susana no haga mas difícil la situación, le han arrebatado el campo, a este pobre cristiano, le han hecho una denuncia por estupro, trafico de drogas y prostitución.

La situación de Silvio, es complicada. Éste, al lado, blandía el arma cargada a modo de custodia.

—¿Quien le hizo semejante denuncia?

—Gómez Echagüe el capitalista. Hace dos días, desapareció

—Y vos pedazo de mierda ¡¿Qué decís siendo el comisario?!

—¡Por favor señora! —contesta apretando los dientes.

Don Severino permanecía estupefacto, el personal de servicio, vigilante. A la señora Herminia, le bajo la presión y hubo que asistirla. Tomo un te y casi escondida detrás de una cómoda del comedor, permanecía, callada, sentada, lo que llamo la atención de los presentes. Con pasos severos marcados típicos de un militar, con las mismas botas de cuero, se adelanta por el parquet encerado del comedor, preguntando…

—La dueña de casa, ¿Herminia?

Ante las sorpresas de todos los concurrentes, que miran fijo detrás de la cómoda indicando el lugar. Se da vuelta mirando hacia el mueble diciendo…

—Herminia ¿no te acordás de mi? Soy Melchor Bustamante, me dedique a la política y ahora acá me ves, senador provincial y vine a arreglar un entuerto que tiene mi primo Santillán.

Ruborizada, casi balbuceando muerta de vergüenza, responde tímidamente:

—Si me acuerdo.

—Te busque y ¡despareciste! —afirma Melchor

—¿Vos conoces a este mequetrefe de Bustamante? —pregunta Severino

Herminia no emitía palabra:

—¡Contesta! insiste Melchor

Su mujer mas conocida como Betty Julie en el cabaret de Cascallares era mi preferida, teñida color champán No tenia que decirle nada conocía perfectamente su profesión Trabajábamos juntos un tiempo, ella los calentaba y después los apretaba con alguna fotito. Podía haber hecho mucho conmigo, pero no tiene códigos. Un buen día hace bastante tiempo se escapo con otra y robaron la recaudación del prostíbulo. No se hizo la denuncia para no complicar mas la cosa, iba a empezar la prensa y la radio del lugar, y el obispo que también visitaba de incógnito el lugar, en fin un escándalo. Como éste, al fin la vengo a encontrar, acá en su casa, con su familia. ¡Que suerte! Don Severino se tomo dos cañas seguidas y quedó callado por un buen rato hasta que empezaron los conciliábulos para arreglare el primer entuerto.

A todo esto el silencio reinante y la noche estrellada y tranquila como pocas, hacia vivir a Mercedita y Braulio una de las noches mas románticas. Al rato Ernesto apesadumbrado y avergonzado, lo mismo que Severino seguían tomando caña en un rincón. Esperando como salir de este escándalo. La familia De la Canal empezada a resquebrajarse con destino cierto. La de los Seijo ya sufriría el escarnio y la indignación popular. Todas las mascaras se caerían. En los sillones del estar y sobre la mesa ratona se habían ubicado un contrato de retroventa por las 428 has. que volvía a la potestad de Santillán y una declaración conjunta de Susana Seijo y Silvio Santillán que nada debía reclamarse y que exculpaban a Silvio de todas las acusaciones que pesaban sobre el, aclarando que el alias “ SS”, era lógico Susana Seijo y NO Silvio Santillán. Firmando el acta al pie, para evitar un escándalo mayúsculo. Al enterarse del desarrollo de los hechos Adolfito y con conocimientos legales que su madre iba camino a la cárcel, pide permiso y dice:

—No le podes hacer esto a mi mamá, la vas a mandar presa —Le reclama al juez de paz.

El juez no sabe donde poner las palabras, hace un gesto como de no escucharlo.

Adolfito fuera de sí comenta:

—Si vas mandar a mamá en cana —perdiendo la línea—, cuento lo nuestro.

—Bueno bueno —el comisario acota—, a ver si te callas, muchacho y cerrás un poco la boca —para opinar, con aire de superioridad paternal.

—El que se va a callar sos vos corrupto, porque cuento todos y cada uno de los chanchullos en que estas metido, todos los que sé al menos contados por este juez también corrupto. Con notorias desviaciones sexuales como las mías —largándose a llorar desconsoladamente —Por eso llevamos tantos años juntos.

El juez quedo a borde del desmayo, pálido. Casi en la habitación pegada al estar, hablaban privadamente Melchor y Herminia (Bety Julie). En este acto y ante mi, se firma el acta mencionada que será inscripta en el registro de propiedad inmueble, ante mi firma al pie Susana Giacobe de Seijo y Silvio Santillán. Silvio dejo su arma cuando tuvo en su poder el acta y la declaración exculpándolo de las acusaciones. Su hija Emilia avergonzada pidió al comisario si la podía llevar a la estación de trenes más cercana y se iría a Buenos Aires a estudiar en una escuela de modelos, con proyección internacional. Herminia prometió devolver a Melchor, hoy dueño de ese prostíbulo, los diez mil dólares sustraídos en su momento. Pone los gritos en el cielo Don Severino diciendo:

—Vos crees que te voy a dar diez mil dólares para devolverle a este mequetrefe de político, Ni loca pienses que voy hacer eso.

—Bueno Bueno no empecemos otra vez a insultar —ya medio enojado Melchor—, déjese de joder y ponga ahora ¡quince mil, en vez de diez!

—¿Pero que se cree Ud.? ¿Qué soy entupido que me voy a dejar intimidar por un político corrupto como usted?

—Jacinta, Jacintaaaa —grita fuerte Melchor—, ante la mirada azarosa de todos los presentes.

—Si Señor Melchor

—¿No hiciste una denuncia por abuso deshonesto en la comisaría acusándolo a Don Severino?

Todas las miradas azoradas se desplazaron hacia la colorada cara de De la Canal.

—Sí la hice

—¿Quien te la tomó?

—El comisario

—¿Es así comisario?

—Así es senador

—Pero esto es extorsión replica Severino

—Ud. me levanto la pollera en la cocina y me toqueteo toda y no lo voy a permitir

—¿Que edad tenes Jacinta?

—17, en octubre cumplo los 18… —contesta.

—¡¿Ah encima sos menor?!

—Son veinte mil don Severino De la Canal más los reclamos que me han acercado sus empleados por sueldos en negro y aguinaldo no pagados, por la crisis según Ud. más las cargas sociales.

Casi al borde de un infarto Don Severino sentado en un mullido sillón de cuero se hundió, se tomo un Valium y se durmió profundamente. Hasta el amanecer. Don Melchor Bustamante se quedó a dormir en la habitación de huéspedes, disfrutando la visita de Betyjulie, y sus bondades, que buscó, infructuosamente bajar la cifra, No lo logró.

Poco a poco cada uno fue ocupando lugar y espacio en su pueblo y en su vida. Al amanecer, después de pasar una noche espléndida entre grillos y alguna copa de vino, se abre el portón donde se guardaba el tractor y salen de la mano Mercedes y Braulio, dispuestos a hablar con su padre.

—Te casarías conmigo —pregunta el Braulio.

—Sí para toda la vida —contesta Merceditas.

—¿Queres tener hijos conmigo? —vuelve a preguntar Braulio.

—Mas adelante si, quiero hijos tuyos. Responde enamorada.

MAR AZUL

Elspeth Gormley / España

En un rincón olvidado del mundo, donde el mar besa tiernamente la tierra y el cielo se inclina para escuchar los susurros de la naturaleza, existía un pueblecito pesquero, tan pequeño que apenas figuraba en los mapas. Este lugar, conocido como Mar Azul, era un lienzo en blanco para los sueños y las leyendas.

La vida en Mar Azul transcurría con la monotonía de las olas: siempre presentes, pero raramente se veían. Los habitantes de este lugar, aunque bendecidos con la belleza de su entorno, habían caído en la trampa de la cotidianidad, incapaces de ver la magia en la simplicidad de sus días.

Pero la niebla llegó, no como un manto frío y sin vida, sino como un ser consciente, una entidad antigua que buscaba recordarles el valor de lo que habían olvidado. Se deslizó entre las casas y las calles, tocando cada corazón con dedos de bruma, susurrando secretos largamente perdidos.

Los aldeanos, ahora ciegos a su mundo, pero con una nueva visión interna, comenzaron a percibir la vida de una manera diferente. La niebla les enseñó que cada grano de arena, cada gota de rocío, cada sonrisa compartida, era un tesoro invaluable.

Sara, la bruja del pueblo, conocía bien el lenguaje de la niebla. Ella sabía que este fenómeno no era un castigo, sino un regalo. Con su sabiduría ancestral, guio a los aldeanos a través de la niebla, no para disiparla, sino para abrazarla.

Bajo su tutela, los habitantes de Mar Azul aprendieron a bailar con la niebla, a cantar con las olas, y a pintar sus sueños en el cielo. La niebla se convirtió en su maestra, y ellos, sus ávidos estudiantes.

Y así, cuando la niebla decidió retirarse, dejó tras de sí un pueblo transformado. Mar Azul ya no era solo un punto en el mapa, sino un faro de esperanza y maravilla, un testimonio de que incluso en la más densa de las brumas, la luz puede encontrarse dentro.

Sara, habiendo cumplido su propósito, se desvaneció con la niebla, dejando solo la leyenda de su existencia. Algunos dicen que se convirtió en parte del mar, otros que ascendió a los cielos. Pero todos están de acuerdo en una cosa: su espíritu vive en cada brizna de magia que ahora impregna Mar Azul

En los días que siguieron a la partida de Sara, Mar Azul se convirtió en un santuario de maravillas. Los pescadores, que antes lanzaban sus redes con desgana, ahora veían en cada captura una danza de colores y formas. Las redes no solo traían peces, sino también historias del abismo, relatos de criaturas luminosas y tesoros sumergidos que solo la niebla podía revelar.

Los niños, que antes jugaban en las calles con la indiferencia de la costumbre, ahora exploraban cada rincón como si fuera un nuevo mundo. La niebla les había enseñado a ver lo invisible, a escuchar lo inaudible. Encontraban caracolas que susurraban melodías antiguas y piedras que brillaban con la luz de las estrellas caídas.

Las mujeres de Mar Azul, que tejían y bordaban en silencio, ahora lo hacían al ritmo de antiguas canciones de cuna, entonadas por la brisa marina. Sus manos no solo creaban ropa, sino que tejían sueños, bordaban esperanzas y cosían fragmentos de leyendas en cada puntada.

Los ancianos, sabios y cansados, encontraron un nuevo propósito en sus relatos. Sus historias ya no eran solo recuerdos, sino profecías y enseñanzas. La niebla les había devuelto la voz, y con ella, la certeza de que su legado sería eterno.

Y así, Mar Azul se convirtió en un lugar de peregrinación. Viajeros de todos los rincones del mundo venían a experimentar su magia. Cada visitante partía con una historia que contar, un sueño que perseguir, y la promesa de que, en algún lugar entre la niebla y el mar, la esperanza siempre encontraría su camino.

La leyenda de Sara, la bruja que se convirtió en niebla y mar, en viento y cielo, se extendió más allá de los confines del pueblo. Se decía que en las noches de luna llena, si escuchabas con atención, podías oír su risa mezclada con el murmullo de las olas, recordándote que la magia está en todas partes, esperando ser descubierta..

EL Faro de Mar Azul, que una vez fue guía de marineros y centinela contra las tormentas, había compartido el destino de olvido del pueblo. Pero con la llegada de la niebla y la transformación de los aldeanos, el faro también encontró un nuevo propósito.

Mientras la niebla enseñaba a los habitantes a ver la magia en lo cotidiano, el faro, que había permanecido inactivo durante años, comenzó a sentir un cálido cosquilleo en su estructura. Las piedras, bañadas por la sal y el viento, susurraban entre ellas, recordando los días en que su luz era esperanza en la oscuridad.

Una noche, cuando la luna se ocultó tras un velo de nubes y las estrellas parpadearon con curiosidad, el faro despertó. Su luz, que había sido tenue y vacilante, ahora brillaba con la fuerza de mil soles. La niebla, lejos de opacarla, se tornó en un lienzo donde la luz del faro pintaba auroras y constelaciones.

Los viajeros que llegaban a Mar Azul se maravillaban ante el espectáculo. El faro no solo les mostraba el camino, sino que les contaba historias de navegantes valientes, de mares embravecidos y de calmas profundas. Cada rayo de luz era un verso, cada destello, un capítulo de una epopeya marina.

Con el tiempo, el faro se convirtió en el corazón de Mar Azul. Los aldeanos celebraban festivales en su honor, donde las luces de papel y las antorchas danzaban al son de la luz del faro. Los niños jugaban a ser héroes de leyendas, navegando en barcos imaginarios hacia tierras desconocidas, guiados por la luz infalible del faro.

Y así, el faro de Mar Azul se erigió no solo como un monumento a la guía y protección, sino como un símbolo de la inspiración y la creatividad que la niebla había despertado en el alma del pueblo. Se decía que su luz era tan poderosa que podía alcanzar incluso los rincones más oscuros del corazón humano, recordándoles que siempre hay un faro que ilumina el camino hacia casa.

SUICIDIO

Jaime Hoyos Forero / Colombia

Era Irma una escritora destacada.

Un jueves santo, leyendo los mensajes recibidos en su computador, encontró uno que decía: “Señora Irma, gracias por salvarme la vida” Jairo Holmes”. La escritora se sobresaltó un instante y luego dijo: “Otro loco”.

Tres días después recibió el siguiente mensaje de Jairo:

—Quisiera, señora, mostrarle mi agradecimiento. Y quiero expresárselo enviándole unas flores. ¿Podría usted ser tan amable de dejarme conocer la dirección de su casa?

Este aparente halago no le sonó bien a Irma. “Puede ser un ladrón o un chantajista”, se dijo, y llamó a su hija Clara.

—Cuidado, mamá —Le advirtió Clara—, debe de ser un secuestrador. Obtendrá lo que quiera por el solo hecho de plagiar a una de las más famosas escritoras del país.

—¿Qué hago si vuelve a insistir? —preguntó Irma.

—Si él insiste, llama a la policía.

Una semana después, el mensaje recibido por Irma, decía:

“Perdone, señora, mi insistencia. Consideraría que la desprecio si dejo pasar un hecho tan significativo como el salvarme la vida. Su libro Milagros del amor cayó a mis manos inesperadamente, justo la tarde en que cargué mi pistola con el fin de quitarme la vida esa noche. Milagros del amor lo encontré tirado en el sótano del parqueadero donde dejo diariamente el carro mientras trabajo. Pensé que a uno de mis vecinos de parqueadero se le cayó el libro al subirse a su carro y yo lo recogí para dárselo al portero a fin de que el libro volviera a su dueño. Pero el portero no apareció cuando salí, ya de noche, así que lo llevé a mi apartamento y por pura curiosidad comencé a ojearlo mientras comía el sándwich que tenía preparado. Algo así como el último sándwich. Mientras lo comía, quise alejar los nervios que sentía por mi decisión de quitarme la vida y fui, sin darme cuenta, encontrando tan ameno e interesante el libro (usted, señora Irma, escribe como un ángel) y tan grandioso su contenido, que a las 4 de la madrugada, cuando terminaba de leerlo, ya había decidido en el interior de mi alma, no suicidarme. Es más: había determinado también, no ir ese día a mi consultorio (soy neurocirujano) sino al hospital de caridad de la ciudad, para atender gratuitamente a los mentalmente alienados. La frase de su libro, señora Irma, ‘La vida es bella aún después de la última pérdida…Inténtalo’ me llegó al fondo del corazón. Usted, señora Irma, me ha salvado y pensaría yo que no es sincera al escribir si desprecia la humilde muestra de mi agradecimiento. Jairo Holmes”. Había una posdata: “Sé que las flores la alegrarán, pues me doy cuenta por su libro, que usted sufre de una gran nostalgia”.

Irma quedó consternada. Nada de chantajistas, ladrones o plagiarios. El hombre del mensaje era conmovedor. Y había, sobre todo, algo que estremeció a Irma; dijo entonces para sí: “Es la primera persona, entre miles de lectores y muchos amigos, que ha sido capaz de captar mi desolación.”

Efectivamente, Irma había ocultado a todo el mundo su desdicha. Su matrimonio fue el peor de los fracasos y la gente creía lo contrario, porque mientras él vivió, siempre los veían juntos, tomados de la mano. Nadie sabía nada de la tragedia de Irma. Y después de la muerte de su esposo, la vida se tornó calmada, pero absolutamente vacía y desolada.

Sin contarle a su hija lo leído en el computador, se sentó en él y escribió “calle 52#132-48. Las flores me encantan. Irma”.

Esa noche llovía tremendamente. Los rayos y los truenos se sucedían unos a otros, casi sin pausa. Era verdaderamente una noche tormentosa.

De pronto tocaron a la puerta. Clara se sorprendió al abrir y ver aquel hombre con su overol azul chorreando agua y un enorme manojo de rosas rojas en las manos.

“Pobre, exclamó Clara dentro de sí. Y ya no es joven. Se ve que la vida es muy dura para él.” Y agregó en voz alta:

—Mamá, son flores. No traen tarjeta pero el mensajero dice que son para ti. ¿Las recibo?

—Por supuesto —dijo Irma—. Recíbelas que ya bajo.

Clara las recibió y pidió al mensajero que aguardara un instante para traerle su propina.

Mientras tanto, el mensajero escribió algo en una tarjeta pequeñita que metió entre un sobre del mismo tamaño.

Segundos después, recibió la propina y extendiendo la mano, entregó a Clara la tarjeta, diciéndole:

—Perdone usted, traía la tarjeta entre el bolsillo para que no se mojara.

Al cerrar la puerta, Irma bajó a mirar sus flores y Clara le entregó la tarjeta. Decía: “Irma, siento no haberla visto. Su hija es bella, luego usted lo es. Jairo” .

—¿Ya se fue? –preguntó Irma.

—¿Quién? ¿El mensajero? Acaba de salir. ¿Por qué? Ya le di su propina.

Clara no había acabado la frase, cuando Irma abrió la puerta y echó a correr. Un automóvil prendió las luces y encendió el motor.

—¡Aguarde! —gritó Irma en medio del aguacero—. ¡Soy yo… Irma!

El coche, que ya había comenzado a rodar, se detuvo y bajó de él Jairo, todavía empapado por el aguacero y el overol azul encima de su costoso vestido.

Bromeando, Jairo dijo:

—Es suficiente, señora. Su hija me dio una excelente propina… estoy feliz porque es la primera que recibo en la vida.-

En la casa, Clara consternada, estaba llamando por el celular a su hermano Antonio.

—Antonio, mamá se volvió loca. Le mandaron unas flores y salió detrás del mensajero. Han pasado cinco minutos y no ha vuelto. ¿Qué hago?

Y afuera, en la calle, un carro sin conductor, con las luces prendidas. Un aguacero que más parecía una tormenta. Los rayos y truenos no cesaban. Y en mitad de la acera, un hombre y una mujer se abrazaban y besaban felices, como si el mundo no existiera.

HISTORIAS DEL VIEJO FARO

Carlos Pérez de Villarreal / Argentina


El viento era cada vez más fuerte.
Las olas embravecidas se levantaban con fuerza golpeando el promontorio del viejo faro.
La tempestad arreciaba.
Leopoldo, el viejo farero, comenzó a preocuparse.
Se dirigió a la cocina.
Un fino hilo de agua se filtraba por la junta entre la pared y el techo del lado sur.
Observó por el ventanuco y se extrañó al ver la espuma del mar golpeando como
latigazos contra el muro.
Nunca había visto nada igual.
Ayer se había comunicado telegráficamente con el Servicio Naval y le habían informado
que se presentaría una tormenta de grandes proporciones, con vientos huracanados del
SSO e intensidades mayores a las de la época.
Duraría dos o tres días, lo suficiente para tener en cuenta que la estructura podía sufrir
algún deterioro.
Pero nunca se había imaginado esto.

Subió por la escalera metálica destartalada y antes de llegar al escalón 66, escuchó la voz
de Alberto:
—¡Cuidado Leopoldo, sabés que siempre te tropezás en ese escalón. Ahí a la escalera le
faltan dos bulones!
—¡Sí, lo sé, me lo dijiste tantas veces, que sueño con ello! —contestó con una sonrisa en
los labios.
No terminó de hablar, que su pie derecho tropezó con el peldaño haciéndole golpear la
rodilla izquierda con fuerza. Una imprecación soez se desprendió de sus labios.
Malhumorado, escuchó la voz que desde arriba le decía, riéndose:
—¡Te lo dije! ¡No digas que no te avisé!
Una carcajada le salió de la garganta, llevándose la ira por completo:
—¡Si Alberto, es en lo único que te entretenés, en decirme lo que tengo y no tengo que
hacer¡ Pero eso sólo lo podés hacer vos. Menos mal que tengo tu compañía.
La risa fina y alegre se escuchó desde arriba y las palabras salieron atropelladas:
—¡Para eso estoy!

De repente, un crujido estruendoso se escuchó en todo el faro reverberando por las
paredes. La luz empezó a titilar y el silbido del viento se hizo rugido al pasar a través de
las juntas de las ventanas.
Leopoldo corrió escaleras abajo y entró raudamente al cuarto de máquinas.
El agua había invadido ya casi veinte centímetros el recinto.
El motor apagado echaba humo.

Saltó por encima de él cortando la llave de corriente eléctrica y salió disparado hacia la
cocina.
No llegó.
Un ruido potente y raro se oyó en el ambiente, mientras un pedazo de escalera metálica
de casi cinco metros de altura, se desprendía de la pared cayendo con fuerza sobre él.
¡Oh casualidad, se había roto desde el peldaño número 66!
Transcurrió mucho tiempo hasta que Alberto lo llamó:
—¡Leopoldo…! ¿Estás bien?
—¡Sí! —contestó—. ¡Te veo, arriba, sobre la baranda!
—¡Cómo que me ves! ¿Me podés ver?
—¡Sí Alberto…! ¡Yo también me convertí en fantasma!

RECUERDO DE LA SEQUÍA

Sandra B. Romeo / Argentina

Por el cauce del río seco corrían lenguas de fuego, sí señor.

Así se veía la tarde y los días enteros, señor. Así fue cuando la gran sequía.

Secó todo, los animales, las plantas, la tierra, los hombres.

No éramos muchos en el pueblo. Pero cuando los vientos, rojos de secos, aventaron hasta los muertos viejos del cementerio, los vivos empezaron a irse también.

Quedamos pocos, sí señor.

Y ahora que usté lo dice, recuerdo que entonces, los que quedamos, manteníamos el pueblo andando, tan convencidos estábamos de que los otros volverían.

Pero cuando el viento quemante soplaba y soplaba, empezamos a perder las ganas de caminar un pueblo vacío.

Las ganas y la esperanza… De tanto en tanto, alguna nube hinchada de grises, se pinchaba entre los cerros y se desperdigaba en muchas nubecitas más. Pero de agua nada, ni hablar. Ni una gota.

Primero dejamos de arreglar las paredes y los techos. Ahí arriba el sol nos pelaba y nos confundía la cabeza. La tierra entera parecía haberse metido para adentro y nos dejaba a mano solamente un cuero duro y rugoso.

Las pequeñas huertas caseras murieron incrustadas entre el polvo y las grietas del suelo.

Después, el pellejo se nos empezó a pegar a los huesos. Sí señor, tanto que parecía que salíamos de la tierra misma, correosos y secos. Viejos…

Más tarde nos dimos cuenta de que estábamos solos de veras.

No se veía ni se escuchaba en el pueblo el ladrido de un sólo perro. Detenido, quieto estaba el aire. Tan estancado por el calor que cuando abríamos la boca, la misma lengua hacía como ruiditos de fritanga. El mismo aliento del sol la cocinaba.

Sí señor, fue grande la sequía ese año. Y larga…

Cuando caía la noche, las luciérnagas se suicidaban prendidas del viento de polvo. Apenas se encendían, opacadas, las perdíamos de vista.

Dejamos de dormir. Acostarse en los catres, abajo, tan cerca del suelo, al ras del piso crujiente, era aspirar la furia misma de la tierra, por estar abandonada de humedad.

Finalmente, el polvo eterno que levantaba el viento, parecía formar paredes que costaba trabajo traspasar.

Entonces fue cuando dejamos de caminar, levantarnos, acostarnos, para no gastar el poco resuello que nos quedaba.

De tan envueltos en tierra como estábamos dejamos de vernos, poco a poco, unos a otros.

Así fue como pasó.

—¿Pero…dígame una cosa señor, usté no es Damiano, el hijo de doña Ramira, el que se ahogó el día de la crecida grande? Lo sacamos del río, si mal no recuerdo, con ramas de piquillín…

—Sí, soy Damiano.

EL LIBRO DEL ABUELO JESÚS

Walter H. Rotela G. / Uruguay

Siendo niño me gustaba oír las historias de mi abuelo. Él, a su modo, jugaba con nosotros, sus nietos. No como jugaría un adulto mayor tal como vemos en una tanda televisiva de publicidad o en una imagen fotográfica de un medio cualquiera. No, así no.

Don Jesús era el modo como se referían a él sus vecinos. Y de eso estaba muy orgulloso. Es decir, buscaba hacer honor al nombre que eligieron sus padres. Era el séptimo hijo. En realidad, el noveno; pero dos de sus hermanos habían fallecido, al poco de nacer. Los padres querían hijos varones; sin embargo, la vida les dio en su mayoría, mujeres.

Siendo chicos, siempre lo llamábamos señor, por la costumbre que teníamos en la zona de las tierras color sangre. Cada mañana, al verlo al abuelo le pedíamos su bendición. Él accedía siempre y nos regalaba algún caramelo, generalmente. Pasábamos mucho tiempo sin verlo, pues por temporadas se ausentaba por razones de trabajo. A veces, un par de meses. Cuando volvía nos traía regalos. Eso, según contaba mi abuela, fue siempre así. Pero sus ausencias, en mi niñez no se debían a motivos laborales, sino a una costumbre muy arraigada. Esas razones me fueron reveladas por mis tías sólo al llegar a mi juventud, no antes.

Una tarde, conversando bajo un árbol de mango, me animé a preguntarle por un libro que él guardaba en un cajón de la cómoda de su habitación. Le mencioné que de niño lo había descubierto, que leí algo de su contenido, pero nunca capté el verdadero significado de cuanto estaba allí anotado.

Mi abuelo sonrió. Luego de una pausa me ilustró sobre una realidad totalmente desconocida por mí.

—No es ningún secreto. Pero es sí información comprometedora, o al menos que sería relevante en alguna suerte de investigación… Contiene información, detalles sobre gente muy joven, niños que estuvieron a cargo, como yo, de don Pascual.

—Interesante dije —alentándolo a proseguir.

El abuelo se puso serio, pero confesó estar feliz por poder compartir sobre el asunto. Así que ingresó a su habitación y trajo el libro. Él era un lector ávido. De todo lo que encontraba en sus viajes siempre comentaba o incluso traía algunos libros que le regalaban, pues en su mayoría no podía comprárselos. Sin embargo, es no impedía que accediera a ellos. Era veloz leyendo. Esa lectura le permitía tener una conversación interesante y con ello ganaba la buena voluntad de sus interlocutores que le permitían leer esos libros que no estaban a su alcance comprarlos.

Jesús, mi abuelo, volvió con el libro que yo había visto siendo niño. Me pareció más pequeño de lo que lo recordaba. Era un viejo libro de asientos contables que tenía información sobre una empresa y además figuraban nombres y fechas. No eran muchos, una treintena. Jesús comentó:

—Los nombres que ves aquí son de niños que el señor Pascual recibió, con la promesa a sus padres de enviarlos a la escuela, ocuparse de su alimentación, de brindarles un lugar en su vivienda. Y lo que hizo en realidad fue usarlos como mano de obra barata en sus campos o en la ciudad.

—¿Y tú cómo conseguiste este libro abuelo?

—Mira… Esto quedará entre nosotros. Lo tomé del escritorio del señor Pascual un año antes de dejar la hacienda. Nos castigaron cuando no se encontró pero no dije nada. Consideré que era algo valioso, que serviría como prueba de lo que me parecía no estaba bien. Pero…

—¿Pero…?

—No, no sirvió. Aún no. Pues poco se sabe y todo lo que se dice sobre el laburo de los mitaí ‘se maquilla’, como dicen ahora. Y antes las condiciones eran peores. Había menos posibilidades de conocer lo que hacían los dueños de estancias de las grandes casas de la ciudad. Parte de nuestra cultura, quizás.

—¿Y la lista de nombres?

—Son los nombres de los niños y adolescentes que pasaron por la estancia y la casa en los años en que se registró en el libro. Desde 1919 hasta 1930, aproximadamente. Pero la cosa siguió después e incluso aumentó la cantidad que pasaron por las manos del viejo Pascual y su familia.

—¿Y qué hacían los niños abuelo? Pues supongo que no todos hacían los mismo.

—Pareces un periodista con tus preguntas che.

—Bueno… Quizás pueda hacer algo, quizás pueda continuar con lo que empezaste, me refiero a dar a luz lo que sucedía. Este libro es parte, como una prueba ¿No? Tengo un amigo que quizás pueda ayudarme. Eso si tú crees conveniente, claro…

—Sí, quizás sea una buena idea. Bien… Te contaré qué hacíamos los niños en esos tiempos. Algunos trabajaban en la agricultura, otros con el ganado, otros en la ladrillaría y unos cuantos en las casas de la ciudad. Había más de una. Pero, en todos lados, lo pasábamos mal en general. Algún día me gustaría contar las cosas que pasamos en esos campos. Pero la vida se me está pasando y quizás no pueda. Por eso…

—Por eso conservaste el libro… —Le mencioné.

—Sí, claro. Es una prueba de lo que pasó allí. Está anotadas incluso las defunciones. ¿Ves aquí esta señal? me mostró una cruz, apenas visible al costado de un nombre, que estaba acompañada de una fecha.

—Interesante… —Le dije para entusiasmarlo y que me cuente más.

—Pues eso indica que un niño o adolescente murió. No era lo común. Pero sí las golpizas, el castigo. Y el domingo íbamos a misa. Y ahí, a callarse.

—¡Qué historia Jesús! ¡Qué historia! Abuelo te agradezco que me hayas confiado todo esto.

—Bueno… Pero no pude hacer nada por esos chicos. Por los que vinieron después de mí.

—Abuelo, cuenta esta historia. Cuéntala. Cuéntala como cuando éramos niños nos contabas cosas mientras hacías los bodoques. Seguro que tu historia, tarde o temprano, se conocerá como «El libro del abuelo Jesús».

—Suena pretencioso. Me bastaría con que lo que pasó se sepa y no quede en el olvido.

CUENTOS Y RELATOS NAVIDAD

Navidad-cuentos

MILAGRO DE NAVIDAD

Magi Balsells / España

Días señalados en el calendario, momentos de ilusión y alegría nos invaden, lo que es momentos de reunión con la familia y los seres queridos, el jolgorio y también el recogimiento, si hay con quien disfrutar de ello

Solo estoy, en un gran piso, sin pareja, sin hijos, sin nada mas que mi sola compañía, los únicos familiares muy lejanos están, y poco contacto ha habido en estos últimos años, todos tienen sus problemas, todos tienen su familia y yo me he quedado solo,

Solo con mis recuerdos, con mis tristes pensamientos, con la tristeza de no ver mas a mis seres tan amados, todos ellos desaparecieron hace ya algún tiempo sin ver que yo me quedaba solo y abandonado a esta triste situación no deseada

Tengo que celebrar la Nochebuena, ¿con que? o ¿con quién?, qué dilema, no puedo llamar a ninguna puerta para que me acojan en estos días, aunque solo fuera una sola, para poder sentir el calor y el cariño de otras personas, mis amigos tampoco están y los pocos que quedan, ellos quizás estén en la misma situación, ya que solos nos quedamos muchas veces, según van pasando los años

Pondré la mesa y en ella las fotografías de los que se fueron, así no estaré tan solo, encenderé todas luces para iluminar la casa como les gustaba, pondré el mejor servicio como si aún estuvieran aquí conmigo, hablaré con ellos aunque no pueda oír sus voces, pero en mi mente si los escucharé, reiré con ellos aunque las lágrimas mansamente afloren resbalando por mis enjutas mejillas

Llaman a la puerta, ¿Quién será a estas horas? Es el vecino de al lado, que me viene a buscar, no admite excusas me están esperando

Toda su familia en la mesa están, me guardan el sitio de honor, como si yo fuera su patriarca, me besan las mujeres y me abrazan los hombres Sin poderme contener es ahora es cuando las lagrimas salen a borbotones de mis cansados ojos ya que sin poderlas ni quererlas reprimir.

Las palabras se agolpan en mi boca, me es imposible darles las gracias, la emoción tapa cualquier palabra, todos me acogen como uno más de ellos, como uno más de su familia

Gracias a mis deudos ausentes, por lograr este milagro, se que habéis sido vosotros los que habéis tocado el corazón de estas personas

Veo que en el mundo aún existe bondad, ahora si será una hermosa Navidad

Navidenos

UN RELATO DE NAVIDAD

Carlos González Saavedra / Argentina

Ese domingo estaba ansioso, más que otras veces. Si bien conocía Río, en mi cuatro viaje me faltaba conocer el Río profundo donde se respira Brasil en las paredes. El Samba y pobreza de las favelas. Contrastes y desigualdad de un país maravilloso.

El brasilero común, de la sonrisa permanente, de la onda que te invade. En cada rincón, en cada vuelta de la esquina hay una sorpresa rayana en la bohemia, melancolía y esa fuerza increíble para salir adelante, cantando a pesar de todo. Todo eso, ni más ni menos, de la mano de mi hijo Federico, residente en Río hace nueve años.

—Viejo, ¿que queres conocer bien?.

—Un barcito de esos donde se hace música con una tapita de coca o una latita de cerveza.

—Bien, esta noche vamos a lo de Alfredo.

—¡Dale! Ya me gusta la idea con solo conocer el nombre de pila.

Allí fuimos, domingo a las nueve de la noche, imaginé un bar grande, no un sucucho que no tenía más de ocho metros de frente por doce de fondo. Fede me presenta a Alfredo. que permanecía sentado en la puerta del local en una mesa, con una planilla que anotaba las consumiciones.

—Viejo, el tema acá es así: En el fondo tenes dos heladeras cargadas de cervezas, una con alguna botella de vino y agua. Una barra para lavar alguna copa y un bañito. Te servís y le avisas a Alfredo lo que tomas, el anota y al irnos pagamos.

En un costado del angosto salón, había una madera donde uno ajustado apoyaba el codo, tomando una cerveza, en el medio sentados en sillas o bancos comunes músicos y mas gente en la calle que del local.

—¿Por qué se llama Bip Bip?

-Alfredo le puso ese nombre por el corre caminos, no se le ocurrió otro —Cerveza mediante Fede acota—, ojo acá no se aplaude, está prohibido. Solo se casquilla los dedos, por respeto a los vecinos, a la música. Si hay mucho bullicio Alfredo, ¡No sabes como se pone!

El samba recorría las paredes y nuestros oídos. Era un momento y un lugar pleno de magia, cuando cantaban, lo mismo. Venían unos, otros se iban. Siempre ocupaban los banquitos. Tocaban con instrumentos pero también marcando el ritmo con cucharitas.

—Viejo, este es un bar socialista. Los martes se viene a hablar de política. Los músicos son profesores del conservatorio, como algunos de canto.

—¿Como los músicos también pagan lo que consumen?

—Acá, todos pagamos papá, ellos también.

La bohemia me arrancaba el corazón. Fui dos veces al baño, para quedarme en la barra de atrás, observándolo todo. El bullicio iba subiendo en intensidad y el número de gente en la vereda crecía y hablaba. Furioso se levantó de su silla, los músicos dejaron de tocar y un silencio sepulcral se adueñó del lugar. Alfredo se había enojado. Alfredo tenia problemas respiratorios por el cigarrillo, cercano a los sesenta y cinco años, se ponía colorado y hablaba salteado para poder tomar aire:

—Acá venimos a escuchar música y disfrutar. Si hablamos gritando, no escuchamos la música y es una falta de respeto a los vecinos —Todo en un portugués cerrado propio de Copacabana—. Si no les gusta, se van y listo.

Lentamente después de su alocución, complicada por su falta de aire, una suave y dulce melodía de una flauta volvió a la normalidad. Alfredo se habia vuelto a sentar. La noche se nos iba de las mano, eran como la una de la mañana y seguía llegando gente.

—¿A que hora cierran Fede?

—Hasta que salga el sol. Nosotros, si querés en una hora más, nos vamos, viejo. ¡Mañana tengo que laburar!

—Si, hijo cuando me digas.

—Quedémonos una hora más.

—Dale.

La paredes impregnadas de nostalgia, decoradas con recuerdos, fotos y en una de esos cuadritos medio perdidos en un rincón, encuentro un diploma con una Distinción del Ministerio de cultura. Nombrando a Bip Bip tal cual su nombre, lugar cultural de Río de Janeiro. Cobró otra dimensión donde me había traído mi hijo, cuna del Samba y autóctono sentir de Brasil. Solo tomaba cerveza, iba por la quinta y veía como Fede se divertía con ellos, aprendí los secretos de la pandereta, tan famosa por su ruido, Tan característicos toca con el movimiento de la muñeca. El profesor nos señalaba:

— Ven esa niña está tocando mal.

Para mí, tocaba bárbaro. Hasta que la sentí, por él. Su sonido, me transformaba. Eso sí que era maravilloso, como todo lo que estaba ahí. Mientras la música acariciaba los oídos y todos meneábamos el cuerpo al compás. Una muchacha con una lata de helado de cinco litros, con una ranura en la tapa invitaba a todos una propina. Será para los músicos, pensé.

—Fede muy bueno el lugar, quedé encantado. ¡Como tocan, que maravilla! ¿Ahora cada uno se paga su cerveza? ¡Increíble!, menos mal que después con la propina se arreglan. Hermoso regalo me hiciste hijo.

—¡No, viejo! Ése dinero que se junta cada noche, durante todo el año, es para el día de Navidad!

—¿Cómo?

—Alfredo el día de Navidad pone las mesas en la calle y le da de comer a todos los indigentes y vagabundos que no tienen donde ir. Hace una gran mesa y brinda con todos ellos, por la Navidad.

Ese comentario, terminó por darme una dimensión mucho mas profunda de Alfredo y sus músicos, de su altruismo, de su humanidad. Rescatando al hombre concreto de una sociedad injusta y salvaje. Me impactó mucho emocionalmente. Antes de irme volvimos y tuve la oportunidad de confundirme en un abrazo con Alfredo, cosa inusual según mi hijo .Le había escrito un poema al lugar. Fede se encargó de dárselo a su amigo para que se lo traduzca. Seguramente fue por eso que me abrazó. Sentí su emoción. Lo abracé por tantas cosas, que no me alcanzaban los brazos para decirle gracias. No sé, me sentía en deuda, con él.

Alfredo falleció de un enfisema pulmonar, hace un año y medio. El amigo de mi hijo, no recuerdo su nombre, quedó a cargo del lugar. Después nos invadió la pandemia y no pude volver. Me gustaría volver al Bip Bip y ayudar a servir la mesa rescatando miradas de agradecimiento y felicidad por Alfredo, por su inmensa humanidad. Brindando, con ojos escarchados, por una ¡Feliz Navidad!

Navidenos

EL ROBLE Y LA LUZ DE NAVIDAD

Elspeth Gormley / España

En las tierras altas de Escocia, en un pequeño pueblo rodeado de montañas y lagos, se cuenta la historia de un roble mágico y el Espíritu de la Nochebuena, dos símbolos de esperanza y renovación que aparecen cada año en la víspera de Navidad.

Hace muchos años, durante una Navidad especialmente fría y oscura, el pueblo estaba al borde de la desesperación. Las cosechas habían sido malas y el invierno era implacable.

Una noche, un sabio anciano del pueblo tuvo un sueño, en el que el espíritu del bosque le decía que debía llevar a todos los aldeanos al Roble de Navidad.

Siguiendo las instrucciones del anciano, los aldeanos se reunieron alrededor del roble en la noche de Navidad. Al llegar la medianoche, el roble comenzó a brillar con una luz dorada y sus ramas se llenaron de hojas verdes y frutos dorados. Los aldeanos recogieron los frutos y, al comerlos, sintieron una calidez y una energía renovada.

En ese momento, el anciano contó a los aldeanos la historia del nacimiento del Niño Dios, recordándoles cómo, en una noche fría y oscura en Belén, un niño nació en un humilde pesebre, trayendo esperanza y luz al mundo.

Inspirados por esta historia, los aldeanos comprendieron que la verdadera magia de la Navidad no solo residía en el milagro del roble, sino también en el amor y la fe que compartían.

De repente, una luz brillante apareció en el cielo y descendió hasta el altar de la iglesia del pueblo. La luz se transformó en el Espíritu de la Nochebuena, una figura etérea y radiante que irradiaba calidez y amor. El espíritu habló a los aldeanos, diciéndoles que su fe y bondad habían sido escuchadas y que, a partir de ese momento, cada Nochebuena, él vendría a bendecir el pueblo con paz y prosperidad.

Desde entonces, cada víspera de Navidad, los aldeanos se reúnen alrededor del Roble de Navidad y en la iglesia para celebrar y recordar el milagro que les salvó, y para contar la historia del nacimiento del Niño Dios. Al llegar la medianoche, una luz brillante aparece en el altar, recordándoles que la verdadera magia de la Navidad reside en la fe, la esperanza y el amor compartido.

La leyenda dice que mientras el roble siga floreciendo cada Navidad y el Espíritu de la Nochebuena siga apareciendo, el pueblo siempre tendrá esperanza y prosperidad.

Navidenos

EL MILAGRO DE NAVIDAD

Mercedes Alberdi / España

En un pequeño pueblo cubierto de nieve, la Navidad siempre había sido una época de alegría y celebración. Las luces brillaban en cada ventana y el aroma de galletas recién horneadas llenaba el aire. Sin embargo, este año era diferente. La guerra había dejado su huella en el corazón de muchos, y la Navidad parecía más sombría que nunca.

En medio de esta tristeza, vivía una niña llamada Clara. A pesar de las dificultades, Clara nunca perdió la esperanza. Cada noche, miraba las estrellas y pedía un deseo: que la paz y la alegría volvieran a su pueblo.

Una fría noche de diciembre, mientras Clara caminaba por las calles desiertas, encontró a un anciano sentado en un banco. Su rostro estaba marcado por las arrugas del tiempo, pero sus ojos brillaban con una luz especial. Clara se acercó y le ofreció una galleta que había guardado para sí misma.

El anciano sonrió y aceptó la galleta con gratitud. «Gracias, pequeña,» dijo con una voz suave. «Tu bondad es un verdadero regalo de Navidad.»

Clara se sentó junto a él y comenzaron a hablar. El anciano le contó historias de Navidades pasadas, de tiempos de paz y amor. Clara escuchaba con atención, sintiendo cómo su corazón se llenaba de calidez.

«¿Sabes, Clara?» dijo el anciano. «La Navidad no es solo luces y regalos. Es un tiempo para recordar lo que realmente importa: el amor, la esperanza y la solidaridad.»

Esa noche, Clara regresó a casa con una nueva perspectiva. Decidió que haría todo lo posible para traer un poco de alegría a su pueblo. Junto con sus amigos, comenzó a organizar pequeñas acciones de bondad: repartieron comida a los necesitados, decoraron las casas de los ancianos y cantaron villancicos en las calles.

Poco a poco, el espíritu de la Navidad comenzó a regresar. Las sonrisas volvieron a los rostros de las personas y el pueblo se llenó de una calidez que hacía tiempo no se sentía. La guerra seguía siendo una realidad, pero la esperanza y la solidaridad habían encontrado su lugar en los corazones de todos.

En la noche de Navidad, Clara miró al cielo y vio una estrella brillar más intensamente que nunca. Supo en ese momento que su deseo se había cumplido. La paz y la alegría habían vuelto, no solo a su pueblo, sino también a su corazón.

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CUENTOS Y RELATOS

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Cuentos Y Relatos Noviembre
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COLABORAN EN ESTA SECCIÓN

Elspeth Gormley (España) – Carlos González Saavedra (Argentina) – Jaime Hoyos Forero (Colombia) – Andrea Morini (Argentina) – Carlos F. Pérez de Villarreal (Argentina) – Sandra Romeo (Argentina) – Walter H. Rotela (Uruguay)

EL MAR Y SU LAMENTO SILENCIOSO

Elspeth GormleyEspaña

En un rincón del vasto océano, donde las olas susurraban secretos al viento, el mar sentía una tristeza profunda e inconmensurable. Este inmenso cuerpo de agua, que había sido testigo de la evolución de la vida y el surgimiento de civilizaciones, ahora se encontraba impotente ante la devastación que los humanos infligían sobre él.

El mar, antaño lleno de vida y maravilla, observaba cómo sus aguas se llenaban de basura y plástico. Las criaturas que una vez nadaban libres entre sus corrientes, ahora luchaban por sobrevivir en un entorno cada vez más hostil. Los corales, que eran jardines submarinos de colores vibrantes, se blanqueaban y morían, víctimas del aumento de la temperatura y la acidez del agua.

Cada ola que rompía en la costa llevaba consigo un lamento silencioso, un grito de auxilio apenas audible en el bullicio del mundo moderno. El mar recordaba con nostalgia los tiempos en que los humanos lo respetaban y veneraban, cuando los pescadores cantaban canciones de agradecimiento y las historias de criaturas marinas eran contadas con admiración.

Ahora, el mar observaba cómo las costas se llenaban de construcciones y las industrias vertían sus desechos sin remordimiento. Sentía la tristeza de perder a sus hijos marinos y ver cómo las playas se convertían en vertederos. Las aguas, una vez prístinas, eran ahora caminos de muerte para los que en ellas habitaban.

A pesar de su inmensidad y poder, el mar se sentía impotente. Sabía que su furia podría causar destrucción, pero no deseaba vengarse de la humanidad. Anhelaba que los humanos abrieran los ojos y vieran el daño que estaban causando. Anhelaba que volvieran a sentir la conexión con él y recordaran la belleza y la vitalidad que una vez habían compartido.

En su tristeza, el mar decidió que, aunque sus lamentos parecieran en vano, seguiría enviando mensajes a través de sus olas. Cada gota de agua, cada susurro del viento, llevaba consigo una súplica de esperanza. Porque, aunque el mar se sentía solo en su dolor, sabía que en algún lugar, había corazones humanos que todavía escuchaban su llamada.

La verdadera belleza del mar reside en su capacidad para regenerarse y sostener la vida. Si escuchamos su lamento y respondemos con acciones responsables, podemos devolverle la vitalidad y la alegría que una vez tuvo. Es nuestra responsabilidad y privilegio cuidar del mar, para que futuras generaciones puedan disfrutar de su esplendor y aprender de su sabiduría.

El mar, en su infinita paciencia, aguarda el día en que la humanidad despierte y vuelva a cuidarlo como antes. Porque sabe que, juntos, podemos restaurar la armonía perdida y devolverle al mar la sonrisa que alguna vez había brillado en sus aguas cristalinas.

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LOS NIÑOS DE SIRIA

Carlos González Saavedra – Argentina

Soy Roy Mitchel, trabajo hace mas de treinta años como fotógrafo profesional. El diario me envió a Alepo un día antes que empezaran otra vez, a bombardear.

Compartí en las afueras, si así, se puede llamar, en una ciudad destruida, un lugar con una habitación y un baño, juntos a dos colegas. Periodistas, un Español Alfredo Espinoza y un Alemán Helmut Bachman. Instalados donde dormíamos como podíamos. La habitación de tres por dos. El baño muy precario. No podía ser de otra manera.

Al día siguiente, una camioneta Toyota, con tres soldados en la caja pertrechados nos traslada al Noroeste , para estar mas protegidos, pero las imágenes de espanto anularon mi sensibilidad. No podía ser sensible, debía ser fuerte y sobrevivir.

Tenia experiencia en mi vida pero esta no me la esperaba.

Tome fotos, muchas de lo que pasaba, estuve en hospitales recién bombardeados, calles intransitables niños y enfermos desplazados junto con la población civil. Horror de una guerra por el poder, nada mas.

Escuche a un dirigente político decir -¿Porque usar suelo Sirio, para pelear?-. Ni siquiera había tiempo de contestar.

Estaba devastado, no encontré la belleza en ninguna de mis fotos. Ninguna mirada compasiva, solo preguntas o súplicas. Nunca me imaginaba un alemán llorando, esa noche después de un día terrible, Helmut lloró, como un chico, desconsoladamente. Sus manos temblaban tanto que no podía escribir. Solo puso de título “Esto es lo que pasa en Alepo”

Alfredo con mas años, hizo una nota a un anciano refugiado en un rinconcito, debajo de un techito, absolutamente vulnerable. Aseguraba: «Acá nada me va a pasar, así los dispuso Alá». Su deseo, era su única esperanza.

Por mi parte habia mandado imágenes por demás del horror en un solo día. Era muy difícil encontrar algo positivo, esperanzador. Miraba a los niños los mas perjudicados, los que sufren, los que piden ayuda. Como fotógrafo profesional tenia la obligación conmigo mismo de mostrar algo que llevara una ilusión una mirada de amor.

Mi hermana directora de una editorial en Vancouver, me pedía fotografías, aunque sea una, de los lugares que me mandaba el diario.-Tiene que ser esperanzadora, sino no mandes nada. Me admiraba por eso me exigía

Entre los escombros encontré tres hermanitos que al verme, vinieron corriendo.

Uno de ellos, el mas chico, muy simpático, reía siempre. Vivía esa vida como una aventura. Sus hermanas entre risas preguntaban si las adoptaría.

Me dejaban sin palabras. Mi silencio me abrumaba.

Pude mandarle a mi hermana una foto que lo decía todo: una de las nenas con su mirada preguntaba: ¿por qué? Otra un poco mas seria, pero no tanto aseguraba: ¿Me vas a adoptar, no?¡No tenemos familia! El mas sonriente nada me pedía solo con su mirada me lo decía todo:-¡Todo estará bien! no te preocupes. Solo le faltaba guiñarme un ojo.

Así lo pensé, así me lo mostró su corazón ¡Asi me enseño a vivir!

Por su parte mi hermana en la revista de Vancouver puso la foto de ellos diciendo:

“No hay espanto que pueda, con la mirada esperanzadora de un niño”

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EL SEÑOR SABELOTODO

Cuento original de W. Somerset Maugham

Versión libre de Jaime Hoyos Colombia

No siempre la tranquilidad llega cuando más la buscamos.

Llevaba muchos meses, posiblemente diez u once, desarrollando un enorme trabajo como corresponsal de guerra en Alemania, es decir, entre los enemigos, los disparos, las bombas, los espías.

Ahora comenzaba a gozar de una semana libre de trabajo, para reponer fuerzas. Para ello -con tan poco tiempo- nada mejor que una travesía en un trasatlántico de lujo.

Pero, oh mala suerte. El barco estaba lleno, todos los pasajeros -¿Quieren creerme?- iban acompañados de sus esposas, o sus hijos o sus amigos. No había un solo camarote libre para mí solo, así que acepté compartir -ya no había tiempo para cambiar los planes- con otro viajero, tal vez de la misma edad, calvo, muy buen hablador y demasiado instruido en todas las ciencias y las artes. Eso estaría bien, si no se metiera en todo. No solo todo lo sabía sino que enseñaba toda su sabiduría, a todos y a toda hora. Era abominable. Lo llamaban “Sabelotodo”, él lo sabía desde luego y créanme que hasta se ufanaba de ello. Me caía mal, muy mal.

Me hablaba de geografía, de historia, de música, de pintura, hasta la una o dos de la mañana. Sabelotodo era insoportable.

Un día, la simpática pareja de la mesa del comedor -mesa con ocho sillas ocupadas- quedaron frente a nosotros. Él, muy agradable, era ingeniero de petróleos en Francia, desde hacía un año. Como tenía que vivir en las construcciones petroleras marinas, había dejado a su esposa desde hacía un año en su apartamento de Nueva York y ahora disfrutaban juntos de unas buenas vacaciones. Ella era un encanto de mujer, bella y simpática, y los dos gozaban plenamente, después de un año de separación forzosa, en una unión matrimonial que no pasaba de unos pocos años y aún no tenían hijos. Se veían dichosos.

Sabelotodo, mirándola -ya hemos dicho que era muy bonita- dijo:

-Qué hermoso collar de perlas luce usted. Me atrevo a decir que son auténticas, no cultivadas, sino legítimas.

Ella se sonrojó, se puso nerviosa e instintivamente trató de ocultar parte del collar entre su pecho.

Sabelotodo, agregó alzando el tono de su voz: -Señora, usted pagó no menos de quince mil dólares por su hermoso collar. Es precioso y de perlas legítimas.

El marido soltó una sonora carcajada y dijo en tono fuerte:

-Ja, ja, ja. Si está tan seguro de que son perlas legítimas, amigo Sabelotodo, le apuesto quinientos dólares.

-Acepto -Contestó el que todo lo sabe.

Entonces, el esposo de la señora, agregó:

-Señor Sabelotodo, qué equivocado está usted. Así que ganaré la apuesta. Son perlas de fantasía. Un día antes de abordar, en Nueva York, mi mujer adquirió el collar en una tienda de fantasías cercana al apartamento, por solo 18 dólares.

Murmullo general. El ambiente estaba tenso.

-¿Quisiera usted, señora -le preguntó el sabio- permitirme por un momento el collar?

-Sí señor -contestó ella a regañadientes, buscando el broche y después de un minuto, dijo:

-Qué pena, no pude soltarlo.

Pero su marido, visiblemente emocionado por la apuesta, buscó el broche alrededor del cuello de su linda esposa, y soltándolo entregó el collar al sabio.

Sabelotodo lo tomó cuidadosamente, lo miró largo rato, mientras una sonrisa apareció en sus labios.

La hermosa señora, que aún sin el collar seguía viéndose muy linda, miraba a Sabelotodo, lela, con cara de angustia. No entiendo cómo su esposo no se dio cuenta de esto.

Y Sabelotodo, que ya iba a exclamar con toda la euforia de un ganador, “son legítimas”, al ver la angustia en el rostro de la señora, se tomó varios segundos, acaso quince, y dijo con seriedad:

-Señora, su esposo tiene razón: las perlas no son legítimas, sino apenas una muy buena imitación.

Devolvió de inmediato el collar a la señora, sacó cinco billetes de a cien dólares y pagó la apuesta al ganador.

A la mañana siguiente, muy temprano, cuando yo me afeitaba -Sabelotodo aún no se levantaba- oí un ruido de algo que pasaba raspando la puerta por debajo. Era un sobre dirigido al señor Sabelotodo. Lo recogí y lo entregué. No había dentro del sobre ninguna esquela, ninguna explicación, ninguna firma… Solamente quinientos dólares.

Mientras se levantaba, Sabelotodo, a quien a partir de ese momento comencé a apreciarlo, comentó:

-Si yo tuviera una linda esposa en Nueva York y tuviese que pasar un año, trabajando en París, no cometería la tontería de dejarla sola.

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EL RETORNO

Andrea Morini – Argentina


Camino sin rumbo, en la noche neblinosa del insomnio. Percibo formas que me persiguen, susurrantes, amenazadoras, que evaden misteriosas, la mirada vacilante.
Tengo miedo, visceral y profundo, pero sigo adelante, con la certeza de que mis pasos me guiarán al hogar perdido, dónde esperan mis padres, ansiosos, el retorno.
No les avisé que regreso, no pude calmarles el dolor de la espera, tan solo la sorpresa en sus rostros valdrá los pesares acaecidos en el peregrinar hasta su regazo.
Ante cada pisada siento la respiración de los monstruos acechando, sabedores de su poder para entorpecer el camino.
Me sobrevuelan reminiscencias del joven que fui, mi habitación en la parte superior de la casa; recuerdo a mí madre poniendo sábanas limpias en la cama, acomodando mi revuelo juvenil.
Todo debe estar como antes de mí partida, el tiempo congelado en aquella lejana noche en que fui arrancado de su tibieza, la música sonando, mientras en los rostros demudados de los míos se anclaba el terror ante la violencia que se enseñoreaba en la casa.

Hace tanto tiempo que me fui, que he olvidado los aromas cotidianos, las risas y palabras compartidas, todo aquello que habla de nosotros.
Mí hermano, el pequeño, debe ser bastante mayor ya. «¿Se acordará de mí?»
La noche se cierne profunda, plomiza, los pasos retumban en el empedrado, cuando, al fin, entreveo la casona familiar.
El corazón se acelera y casi no puedo respirar, es tanta la emoción que me embarga.
Avanzo rápido hacia la luz que percibo en el zaguán, aún las sombras me protegen. Tanto horror me ha calado hasta el alma, no logro desembarazarme de él.
Continúo aproximándome, debo asomarme al resplandor de la única farola que ilumina esa parte de la calle. Observo, a través de la ventana, a mí madre trajinando en la habitación del primer piso, intuyo el color de la ropa de cama que coloca. Celeste, cómo siempre me gustó, el gesto me acaricia el espíritu.
Decido seguir adelante, ya nada falta para estar en sus brazos protectores. Me entrego a esa sensación, cálida, placentera.

Dejo atrás la zona de penumbras, cuando alcanzo a escuchar, una vez más, aquella voz pétrea, urgida de autoridad, que grita —¡Alto! Pero… es tanto el deseo de volver que doy otro paso.
Desde el piso percibo, hoy como entonces, el grito desgarrado de mi madre, mientras una voz cavernosa susurra algo que no entiendo.
El ciclo se repite inexorablemente.
Una última lágrima se derrama por mi mejilla.
Luego todo termina: la noche, el miedo, las luces, el dolor y la vida.

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TRIBUTO

Carlos Pérez de VillarrealArgentina

La tarde desapacible, se hizo más sombría aún cuando comenzó el crepúsculo. Las nubes bajas corrían como en estampida, y de golpe, la llovizna se transformó en lluvia, feroz, con un viento arrachado. Desde la pequeña elevación, podía verse parte del camino. Por él, velozmente se divisó al jinete que corría anhelante. Su cabalgadura, un regio percherón, llevaba los ijares rojos por la sangre de las lastimaduras. Las espuelas habían hecho su trabajo, pese a la malla metálica que cubría el lomo del animal. Los cascos levantaban a su paso pedazos de barro que lanzados como proyectiles, volaban por el aire cayendo varios metros más atrás; mientras que la baba colgante de su belfo, demostraba sus últimos esfuerzos.

Sobre un fondo de montañas inmensas, el castillo se divisaba aún bajo la lluvia. Sus muros, enormes, daban la impresión de fortaleza. Era un poder material dentro del contexto natural que lo rodeaba. El mensajero cabalgó rápido por el puente levadizo de madera que salvaba el fos -pestilente por el agua estancada y los deshechos que contenía-, y entró raudamente por la puerta abierta, dejando atrás el rastrillo. Antes que su cabalgadura se detuviera, desmontó de un salto pese a la armadura con que contaba y se dirigió al primer paje que salió a su encuentro. Su orden fue tajante: —¡Sacadle los arreos, limpiadlos, llevad el caballo al foso y matadlo! No vivirá mucho más, está reventado.

Tambaleándose por el cansancio, cruzó el Patio de Armas y se dirigió a la Sala Militar que tan bien conocía. El Capitán de la Plaza lo estudió con detenimiento: —¡Comandante estáis deshecho!—exclamó. —¡Eso no tiene importancia! —contestó el jinete— ¡Llevadme ante el Rey, rápido, traigo un despacho muy importante que debo entregarle!

La Torre del Homenaje se encontraba silenciosa. Por un ventanuco mal cerrado, se colaba el agua fría de la lluvia, que el viento hacía volar. En la sala principal, un inmenso hogar prendido, daba una sensación agradable de calor. El humo que a veces remolineaba fuera de la chimenea, hacía sentir el seductor olor de la madera quemada. El Rey estaba sentado en un sillón inmenso de madera. Cubierto con sus vestimentas matinales, abrigado, el calor del fuego le hacía sentir somnolencia. Pero no era solamente la situación; la noche anterior no había podido dormir casi nada. El mensajero le había traído la noticia esperada, pero no por eso deseada: el juego se llevaría a cabo exactamente dentro de diez días. El juego de Ajedrez Viviente, al final se realizaría.

Era la forma que había establecido con su oponente, el Visir Abdul Al-Mohardín, para dirimir los territorios pretendidos por ambos. En un lugar a determinar, se armarían los 64 escaques, disponiendo las piezas humanas: Reyes, Reinas, Caballeros, Alfiles, Torres y Peones. Pero estaba en juego algo más que un simple entretenimiento para dirimir la posesión de una comarca. Se había convenido que la pieza tomada debía ser eliminada, ponerla fuera de combate. En definitiva: matarla. Era la manera de evitar un enfrentamiento de dos ejércitos que dejarían miles de muertos y devastación de poblados. Y además, conformaría el ansia de muerte que todos llevaban dentro. Se vivía una época dura. Pero de alguna manera, por primera vez en muchos años, los reyes resolverían personalmente sus intereses.

Eligió cuidadosamente a los peones, por su bravura. Sus alfiles caballos y torres fueron seleccionados por sus condiciones estratégicas, su tenacidad y orgullo. La Dama, su Reina, su consorte, fue excepcionalmente instruida. Sabía que el sacrificio de algunos de ellos sería inevitable, pero estaba seguro de ganar. Tenía conciencia que jugaría muy bien, pero siempre estaban las circunstancias adversas. ¡Si sabía él lo que era eso! Su reinado llevaba ya veinte años.

Se decidió entre ambos monarcas, usar un lugar especial para el juego. Una colina plana que quedaba casi a la misma distancia de ambos reinos. Cientos de hombres de ambos bandos la alisaron, armaron el gigantesco tablero blanco y negro, y colocaron las tiendas para todas las comitivas. Una pequeña ciudad totalmente abastecida surgió de la nada, en muy poco tiempo. De un lado la bandera negra con la cimitarra blanca en el medio, determinaba el lugar de Abdul Al-Mohardín. Del otro lado, la bandera blanca con la rosa roja. Era su distintivo. Nunca supo realmente por qué la eligió como su estandarte, tal vez por la sangre derramada en las luchas de conquista, tal vez porque era su color favorito, tal vez porque la planta tenía una flor hermosa pero su tallo estaba lleno de espinas, como la vida. Tal vez…

Llegó al lugar un día antes proponiéndose estudiar largamente sus jugadas. Esa noche no descansó mucho. La tensión lo desvelaba, hasta que al final el sueño lo venció. El sonido de una trompeta sonó clara en el amanecer neblinoso. Se despertó, su mente voló y automáticamente, por instinto, se preparó; física y espiritualmente. Había mucho en juego.

Se encontraron en el tablero. Cada uno de los personajes tomó posición. El nerviosismo por ambas partes se sentía, casi palpable. Estaba en juego la vida de cada uno de ellos, y más que eso, la vida del reino. Le llamó la atención la belleza de la Dama negra. Una piel morena, delicada. Ojos rasgados, exóticos. El pelo azabache cayendo lacio entre sus hombros. Una verdadera vestal.

Se sortearon las piezas y cuando obtuvo las blancas, se sintió eufórico: tenía la iniciativa. Comenzaba bien… ¡No podía perder!

P4R (Peón 4 Rey) fue su primera jugada, luego vino el desarrollo. Caballos y alfiles afuera, torres en posición, enroques -para él, corto, para el Visir, largo-, hasta que se detuvieron al mediar la partida. Aquí había que jugar con cuidado, un error sería fatal.

Estudió largamente sus próximas jugadas y la de su oponente, hasta que al final se decidió. Peón por peón, caballo por peón, alfil por caballo, torre por alfil, torre por torre… y las jugadas se hacían cada vez más frenéticas. Las piezas tomadas inmediatamente que salían del tablero eran ejecutadas. Las lanzas se tiñeron de rojo, las espadas entraban y salían de la carne humana y la pila de los cuerpos iba en aumento. El suelo de tierra comenzó a cambiar de color. El olor a sangre inundó el ambiente. Un rayo cayó estruendosamente seguido del retumbar de los truenos que desgarraban el cielo. Una tormenta se precipitaba sobre la zona. Pero en ese preciso lugar, la muerte reía. Parecía su obra maestra.

Miró por un momento el juego y vio «su jugada». La dama contraria estaba a su alcance… ¡Dama por Dama! De costado observó como un cuchillo penetraba en el pecho de la belleza negra. Observó su rostro y vio en sus ojos resignación… y triunfo. ¡Y de repente se dio cuenta!

La celada preparada por su rival había dado resultado El alfil negro corrió por la diagonal de su color y parado en A4 exclamó ¡JAQUE! Se corrió al costado, al lado de su peón. La Torre negra entró en 8 y profirió ¡JAQUE! Se movió al único lugar disponible. El caballo negro saltó y exclamó con un grito espeluznante: ¡MATE!

Salió tambaleando del tablero aún perplejo. Solo atinó a levantar la vista para ver a su ganador. Una cimitarra negra, como un tizón del infierno, le cercenó la cabeza. Esta, aún con el rostro desconcertado, rodó hasta los pies de la Dama negra… como un tributo.

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DERECHO DE AUTOR

Sandra RomeoArgentina

Ella cerró el libro y quedó perpleja. Pensando. Alterada. «No puede ser», la vio decirse, «no puede terminar así».

La veía pensar y repensar la historia, incapaz de digerirla, de aceptarla. «¿Y si en vez de muertas están dormidas?», eso es, dijo con un soberbio gesto de triunfo, «están dormidas, no, mejor aún, están drogadas, seguramente eso quiere decir el escritor. ¡Y por supuesto no fueron violadas!».

Una ráfaga de impotencia me envolvió y reconozco que mi voz sonó un tanto alta al reclamar mis derechos de autor. Esta lectora, mi lectora, bastardeaba mi obra, denigrándola, quitándome toda posibilidad de ser el padre de mis personajes. Ellos viven y mueren según mis designios más profundos, aquellos que nadie se anima a reconocer. Los de la bestia.

La veo levantarse del cómodo sillón, correr las cortinas y vislumbrar en las sombras del exterior a mis personajes. Desde un remoto pasado le llegan sus voces ahora encontradas dentro de las páginas de mi libro. Lo sé. Por eso lo compró. Por eso de entre todos los posibles, su mano se dirigió a él…o fue dirigida.

Ahora busca, reclama con la mirada una ayuda que no sé si le llegará. Un perdón tardío. Una herida en la página para escapar de la tragedia.

Luego de encender las luces externas, acomoda la lámpara, se hace un café, mira el libro dado vuelta sobre el sillón. Lo observa desde arriba, como sopesando la historia, las palabras. Mis palabras. Está pensando si seguir la lectura o dejarla allí hasta mañana o hasta nunca.

Lo siento en mi cuerpo. Ella cree que resolvió un problema. Pero no. Lo que se le escapa es que soy un excelente escritor, muy dueño de mis historias. Y ésta no termina como ella cree. O como ella quiere. O querría.

Toma el libro decidiendo finalizar el capítulo. Las luces externas se apagan bruscamente en silencio.

Ella levanta la mirada. Sólo alcanza a pensar «no puede ser, no puede terminar así».

Se rasga la página. Caen las letras en una lluvia terminal armando los titulares del diario La voz del pueblo, edición matutina. «La mujer fue encontrada muerta y violada dentro de su casa. La policía trabaja en la hipótesis del crimen pasional».

Yo soy el dueño de la vida y la muerte de mis personajes. Ella no lo aceptó.

Y sí, podía terminar así.

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PE SALVADOR…1 (EDUVIGIS)

Walter H. Rotela – Uruguay

Ella vino de Riacho He’e… fumaba esos cigarros «poguazú» (1) que espantaban a los mosquitos cuando estábamos en el frente de batalla…. Lo recuerdo bien -asegura doña Tomasina-, sentada a la sombra de un árbol de mango frondoso. Su nombre era Eduvigis. Se cortó el pelo hasta el cuero cabelludo. En ese tiempo no aceptaban a mujeres en el frente. Las mujeres estaban en las escuelas, como niñas que ayudaban para sembrar y cosechar tabaco y alimentos para los soldados. Las de buena posición auspiciaban de madrinas, otras, con menos recursos, como yo, -comenta Tomasina- de enfermeras. Y otras reemplazaron a los hombres en los lugares de trabajo, tanto en la ciudad como en el campo.

Eduvigis siguió a su marido, al frente. Peleó como los hombres, disparando, empujando la bayoneta hacia delante y sacando el machete para hacer un corte limpio, en caso de necesidad. Cuando las balas terminaban y no había tiempo de recargar, seguía con la bayoneta o el machete.

La conocí en el Hospital Auxiliar número 7, un 3 de febrero de 1934. Hacía un calor insoportable.

Ella venía con el grupo de soldados que marchaban desde hacía varios días desde el apartado oeste chaqueño. Me tocó atenderla justo cuando casi se desmayaba por la fiebre. Me asignaron al soldado Fulgencio González. Y lo asistí de la mejor manera -sigue el relato doña Tomasina-.

Era necesario bañarlo al tal Fulgencio a fin de combatir la fiebre alta. Lo desvestí porque deliraba como un loco. Un cántaro de barro cocido y una palangana de hojalata usábamos para lavar las heridas y bajar las temperaturas a estos soldados. Los sentábamos en una silla de madera bajo un frondoso árbol y los rociábamos con un jarro. Al hacerlo descubrí sus senos apretados por unas tiras de género blanco, algodón. No dije nada y preferí hablar con el soldado, al recuperarse. Me pidió mantener el secreto.

Mi jefe conocía el tema y me exigió lo mismo. El soldado Fulgencio González era, en realidad, la señora Eduvigis, mujer de un tal Eleuterio González, soldado, el sí, que murió en manos de su mujer, en la batalla del Boquerón, en septiembre del año 1932.

Se estableció una fuerte amistad entre nosotras y mantuvimos el silencio. Cuando no se pudo proteger más dicho secreto en el hospital la asignaron nuevamente al frente y fuimos juntas, como enfermera y soldado, acompañando al contingente que llevó el presidente Ayala en octubre del año ’34.

Allí nos internamos en plena guerra y combatimos a la par, ella como soldado y yo como enfermera. Su voz ronca era el producto de fumar esos cigarros poguazú. Y sí, espantaban tanto a los mosquitos como a los posibles curiosos, de la identidad de Eduvigis. Era brava y se ganó el respeto de sus compañeros, y el mío, por supuesto.

Una noche, cuando descansábamos sorbiendo la escasa agua que teníamos, me contó porqué ella acompañaba a su esposo en esa guerra. Era el único pariente que tenía. Había perdido a su familia entera por una serie de enfermedades. Y nosotras éramos testigos de la muerte de cientos de soldados bolivianos por la falta del líquido elemento; por enfermedades vinculadas a la escasas fuente de agua buena para beber.

Dos días después, de aquella larga noche de relatos, Eduvigis se ganó el respeto, no sólo de nuestros compatriotas, sino de los desconsolados soldados bolivianos. Les servía agua, por demás racionada, a los soldados -prisioneros- que se entregaban, sumidos en la desesperación, ante la escasez del vital líquido.

«Pe Salvador» (2) la llamaban los combatientes nuestros, después de aquella heroica mañana que servía agua a decenas de sedientos hombres moribundos, a la sombra de los bosques de palmeras, entre árboles de “tatané”, “guarapubú” o “yvira pitã”.

Una patrulla de avanzada que venía de unos kilómetros al oeste relató que descubrieron cientos de botellas de bebidas alcohólicas fuertes. Algunos, al ver las primeras botellas, creyeron que eran ofrendas al «Yasí Yateré» (3) ; pronto descubrieron que fueron dejadas por los altos mandos bolivianos en su retirada. Lo que me convenció que aquella actitud de Eduvigis -y la determinación de los soldados- los salvó de la muerte segura, sea por sed u otras causas relacionadas.

Aclaración de expresiones usadas en guaraní:

1 – poguazú: cigarro grande, en guaraní.

2 – Pe salvador: nuestro salvador, en guaraní.

3 – Yasí Yateré: Duende o gnomo de la mitología guaraní

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CUENTOS Y RELATOS

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Bienvenidos a Cuentos y Relatos

En esta sección, nos adentramos en el maravilloso mundo de los cuentos, donde la imaginación no tiene límites y cada palabra es una puerta a un universo nuevo. es un espacio dedicado a los relatos que nos hacen soñar, reflexionar y, sobre todo, sentir.

Así que, acomódate en tu rincón favorito, abre tu mente y tu corazón, y prepárate para dejarte llevar por los cuentos de nuestros colaboradores . ¡Esperamos que disfrutes de cada palabra tanto como nosotros disfrutamos trayéndotelas!

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COLABORAN EN ESTA SECCIÓN

Sandra B Romeo (Argentina) – Libia B Carciofetti (Argentina) – Nélida Delbonis (Argentina) – Andrea Morini (Argentina) – Carlos González Saavedra (Argentina) – E. Gormley (España) – Jaime Hoyos Forero (Colombia) Jorgelina Nofal (Argentina) – Graciela Reveco (Argentina) – Xóchitl Robles Bello (México)

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EL MILAGRO AMERICANO

Sandra B. Romeo

Argentina


El aire se ha vuelto música.
Son palomas nocturnas las manos de los negros sobre los tambores.
Retumban mensajes lejanos desde los pies de los esclavos andando caminos.
Los blancos se reúnen entre sí para ver si alguno aporta una noticia nueva. Acaso la
noticia que justifique el desconcierto que los embarga.
Los perros olfatean el aire extraño que precede a las grandes tormentas, los grandes
cambios.
También los pequeños acontecimientos.
Blancos y perros están más que seguros que algo va a suceder.
Atentos, solemnes, esperan lo que sobrevendrá.
Sobrecogidos de espanto, ateridos de terror.
Esperan.
Sin embargo el cielo nunca estuvo más azul ni el mar más refulgente.
Por esto blancos y perros sospechan que dentro de tanto colorido y brillantez, en medio
de tanta transparencia y espesura hay algo que se esconde.
Paralizados en un aire musical.


Esperan.

Los esclavos se muestran de un desafiante buen humor.
Nunca han golpeado sus tambores con más ímpetu.
De noche en sus barracas y viviendas los negros se comunican, con gran regocijo, las
más raras noticias.
Noticias con olor y color a una tierra lejana y extrañada.
Mensajes inmortales cabalgando en los vientos para llegar a todos aquellos que estén
dispuestos a oírlos.
Los esclavos siempre están atentos al milagro.
Lo llevan en la sangre como el más preciado don por tener la vida que tienen.
Entonces el milagro aparece

.
El sol había salido hacía rato. Inmenso, brillante, redondo, amparando en su luz las
sombras de la noche.
El día despertó silencioso llevando por eso tranquilidad a blancos y perros sobre los
acontecimientos futuros.
Ni un solo tambor en la mañana.
Sólo la noche y los oscuros se alimentan de música en estos tiempos.
Los dueños del maíz y las cañas bajan a la plaza del puerto como todos los días, a saber
de las noticias, a comprar esclavos.
Los perros los acompañan.
Las criadas criollas de los dueños del maíz y las cañas bajan a la plaza del puerto, como
todos los días, a comprar provisiones.
Los perros las acompañan.
Amos, criadas y perros no alcanzan a ver el mar.
Oscureciendo el día, los esclavos unidos en un silencio ritual, ocupan la plaza del puerto.
De espaldas a las calles del pueblo y sin perder de vista el mar.

El canto visceral de sangre fresca y antigua sube por sus gargantas y explota al cielo azul
recuperando ancestrales sufrimientos y pronosticando futuras alegrías.
Quietos sus cuerpos.
Alzadas al sol sus caras.
Mostrando a sus dioses las palmas de sus manos.
Han escuchado el mensaje.


Esperan.

La manzana entera comienza a girar lentamente, separándose del suelo.
La espuma de las olas toma cuerpo de mujer.
Sus brazos perlados acunan a sus hijos esclavizados en una tierra extraña.
Sosteniendo la enorme plaza por encima de su cabeza, hace noche del día y desaparece
cielo adentro por encima del mar.
Desde entonces hasta hoy la Señora luce una tiara de brillantes perlas negras.
Las crónicas históricas callan este milagro americano. Sólo hacen mención a una rebelión
de negros que terminó con la muerte de todos ellos.
Sin embargo la sangre negra lleva tambores en el alma, el aire se le vuelve música y a
veces la espuma del mar estalla como el cuerpo de una mujer ambarina y caracola.

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PERFUME

Nélida Delbonis

Argentina

Iba al cajero de Tribunales, necesitaba dinero, no fue en auto porque costaba mucho ubicar dónde estacionar. No era tan lejos. Disfrutaba la mañana, casi otoñal, cuando sintió el perfume penetrante de una colonia masculina y vio al hombre, tendría alrededor de cuarenta años, parecía que se había bañado en loción. Debía pasar delante de él, todo su cuerpo se tensó en una actitud defensiva, el hombre la miraba, penetrándola con los ojos. Siguió adelante, lo ignoró, pero sentía su presencia amenazante. Su perfume la siguió, temió darse vuelta y verlo.

Las puertas giratorias de Tribunales la recibieron. Caminó hasta el espacio donde se encontraba el cajero automático, había una cola de siete personas. Se volvió sobre sus pasos, no vio al hombre, aunque lo sentía como el cazador que no renuncia a su presa. Debía perderlo en ese laberinto de oficinas. Subió al primer piso y otro piso más, anduvo por pasillos, bajó. Entró a una sala donde se llevaba a cabo un juicio.

Prefirió un asiento, entre el público, donde podía vigilar la puerta. Se tranquilizó, nada podía ocurrirle en ese ámbito. Miró a su alrededor y lo vio en el banquillo de los acusados. ¿Cómo era posible que estuviera sentado en ese lugar? Prestó atención al juicio. Estaba acusado de violar y asesinar a una mujer.

—¿Había dos hombres tan iguales? —se preguntaba. Estaba segura de no haberlo imaginado.

—El arma, un cuchillo, tenía sus huellas, además se encontró su ADN en el cuerpo de la joven —afirmaba el fiscal:

Algo muy fuerte la mantenía en su asiento, no podía eludir presenciar ese juicio, era como si fuera parte de él. No tuvo noción del tiempo que estuvo escuchando testigos. Hasta que testificó el medico que había atendido a la joven, para demostrar como había sucedido el hecho, el padecimiento de la ultrajada. El fiscal expuso fotos que se proyectaron en una pantalla y dijo el nombre de la victima. Temblaba ¿Cómo podías ser? Era su imagen y su nombre. Ella estaba viva y nada de lo que decían había ocurrido.

¿Acaso se encontraba en un salón donde se predecía el futuro? Si eso era cierto ella podía evitar el oráculo.

Se paró, perpleja; nadie advirtió que ella era igual a la victima. Como hipnotizada caminó por el pasillo hacia el acusado. Se puso frente a él, ninguno parecía darse cuenta. Cuando él la vio, trató de atraparla, solo pudo manotear el aire, gritó algo incomprensible y se desplomó.

Fue una muerte súbita ninguno se preocupó por salvarlo. No sintió más el perfume. Salió de la sala, sin que la miraran.

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EL OJO DE LA CÁMARA SE ALTERA

Nélida Delbonis

Argentina

Comenzamos la filmación sin imaginar que cuando se busca algo siempre se encuentra alguna señal.

La acción transcurre en una época esquizofrénica donde el miedo está instalado. Es una ciudad cercana a la capital. En un barrio con árboles altos. Algunas casas con balcones, rodeadas por un parque. Otras bajas, algunos edificios. Anochece.

Por la calle caminaba una mujer de andar ligero pero temeroso. Iba en dirección al río. La cámara gira hacia una casa iluminada donde se oye la música de un baile.

Seguimos a la mujer que se desvía hacia la casa. Va a ver la fiesta que está detrás de la reja, hipnotizada por la melodía. Todo le parece extraño y nuevo, recién vivido, en una memoria que aprieta. Con la canción, el cuerpo del amante se acuesta y se levanta en su recuerdo.

Vemos mejor a la mujer, es muy joven. En la película se llama Mora. Llora. Inmóvil llora. La mujer sale de la imagen, abandona el campo del ojo de la cámara. La filmación recorre el espacio, gira y retoma la dirección de la mujer que ahora camina sola en la calle recta y sombría.

Entra a una casa chata. La madre está cocinando. La madre no impide nada. Dejará que ocurra lo que deberá ocurrir a lo largo de la historia que se cuenta.

El silencio se transforma en ruido de autos, de frenadas, pasos agresivos. Golpean la puerta. Gira el ojo de la cámara buscando a los soldados. La pupila de la filmadora vuelve a la mujer ahora muy asustada.

La noche se hace cómplice de los usurpadores. La acción del film cambia, se ubica en otro tiempo y espacio.

Mora llega a un edificio y ve hombres con fusiles que sacan a Darío de su departamento.

—¡Corre! grita Darío y ella corre.

—¡Deténganla —los gritos la impulsan. La noche entera se vuelve cómplice y logra escapar.

La escena vuelve al presente. En este tiempo la mujer no puede evadirse. La suben a un auto, le vendan los ojos, la atan y la arrojan al piso. Los soldados le gritan a los vecinos que se asoman:

—Bajen las persianas o tiramos.

—Vamos —señala otro, y ponen los autos en marcha.

La cámara sigue a los vehículos que se deslizan a toda velocidad. Cruzan la ciudad. Entran por un portón, es un lugar opaco. La bajan del auto.

—¿Dónde estoy? ¿Adónde me llevan? ¿Por qué me detienen? —murmura Mora temblando. La tiran en una pieza mugrienta y sin ventanas, con otras mujeres.

— ¡Corten! —indica el director.

—Cuando editamos las escenas filmadas, aparecen soldados que no contratamos

como extras —indica el asistente.

—¿Cómo es posible?¿De dónde salieron? —pregunta el productor.

—Continuaremos mañana con la filmación. Vamos a ver esa toma —ordena el director.

—Dejemos los sucesos correspondientes a los interrogatorios, seguimos con los exteriores y después continuamos con esas escenas complicadas donde el trabajo actoral es muy intenso.

La acción comienza a rodarse al otro día. Después de un tiempo interminable en cautiverio, la mujer transformada, sale. El paisaje comienza a moverse: regresan los colores originales, los tonos turbios se acurrucan. Ve que la luz sigue siendo luz a pesar de ella. El cielo desnudo de nubes y el sol la reciben. Camina, siente que aún puede mover los pies. Anda sin la gracia turbadora de la primera escena. Mora mira sin ver, sin tiempo, sin memoria, sin identidad, balbuceando incoherencias. El ojo de la cámara la sigue.

Rápidamente la rodean soldados y le apuntan con sus armas.

—Detengan a todos y secuestren las cámaras de filmación —grita un oficial.

La actriz trastornada continúa caminando. El camarógrafo tira la filmadora e intenta escapar; el ojo de la cámara en el suelo se altera. El director no entiende si ingresaron al film o la realidad los captura.

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REVELACIÓN

Andrea Morini

Argentina

         «¿Cuál es la naturaleza del tiempo? ¿Hubo un principio o habrá un final en el tiempo?»

Stephen Hawking

«El comienzo y el fin convergen en ese instante, casi sagrado, en que nuestro espíritu lo asume como tal.» Paula repetía a menudo esta frase en sus clases, casi como un mantra, aunque, reconocía que, tal vez, el sentido profundo de la misma le resultaba inasible.

Esa tarde reflexionaba sobre este y otros temas, después de haber brindado, en la Universidad, una clase magistral sobre la naturaleza del tiempo.

Siempre le habían fascinado esos tópicos, por lo que, desde muy joven estudió física, para tratar de dar con alguna respuesta ante lo que sentía como un enigma inconmensurable, tanto así, que suele resistirse hasta a las mentes más brillantes.

No reconoce el momento por el cual la atracción por su naturaleza formó parte inherente de su personalidad, cómo lo es para otros el fútbol, el maquillaje o la psicología.

Simplemente parece haber sido así desde el principio. Siendo muy niña ya aseveraba, a quien quisiera escucharla, que ella «atraparía el tiempo para sí». Tal vez pensaba que de esa manera nunca se le acabaría.

Esa tarde, mientras muchos la felicitaban, su mente deambulaba peregrina por los entresijos de la duda, lo que siempre terminaba derivando hacia nuevas preguntas para su razón inquieta. No le interesaban tanto las respuestas, sino, mucho más, las incógnitas.

En cuanto pudo se escabulló hacia el estacionamiento, tenía que viajar a Buenos Aires, su ciudad, desde Mar del Plata, lugar en dónde había sido invitada para la disertación.

Pasó apurada por el hotel donde se alojaba, recogió sus maletas, observó el viejo reloj que adornaba su muñeca y, preocupada, se dispuso a partir, no sin antes mirar por la ventana el amplio mar que derrama sus aguas en esa bella costa bonaerense.

En recepción dejó las llaves de su habitación, mientras el encargado le entregaba un sobre a su nombre, doctora Paula Fuertes, llevaba escrito en su frente, sin remite.

No leyó su contenido, lo haría al llegar a su casa, estaba ansiosa por irse. Tenía la perturbadora sensación de que allí ya no debía estar, como si tuviera una cita ineludible a la cual acudir, aunque no supiera, o recordaba, de qué se trataba. No sé resistió, simplemente salió, subió a su auto y, poniéndolo en marcha, dirigió su sino hacia la ruta 2.

Todo discurrió sin inconvenientes por lo cual, en apenas un par de horas, estaba tomando un café en Dolores, ciudad a mitad de camino entre el lugar de partida y el destino.

En ese momento recordó la nota que había guardado en el bolsillo de su chaqueta.

La abrió y descubrió, en una letra abigarrada y picuda, una frase que la conmovió porque era algo que ella misma había elucubrado muchas veces.

«Podrás escapar de tu destino, pero nunca de ti misma. El tiempo es un bucle que te envuelve inexorable», así rezaba el papel, cómo una sentencia de los dioses, del destino, de Cronos o quienquiera fuera que había escrito esas palabras.

Tardó unos minutos en retomar el camino, la oración quedó circulando por sus pensamientos, siniestra y amenazante, pero su mente racional la dejó por obtusa.

«Alguien tuvo ganas de gastar una broma pesada», atinó a pensar antes de dar arranque y enfilar hacia el obelisco.

A los pocos kilómetros, el camino se angostaba por reparaciones, una mano para ir y otra para volver. Nada llamó su atención, no había autos alrededor, por lo que, sin bajar la velocidad, continuó avanzando.

A partir de entonces, no recuerda bien que pasó, pero, de pronto se encontró apoyada sobre el techo de su auto, con parte de su cuerpo saliendo por la ventanilla del lado del acompañante, mirando a lo lejos un árbol que se alzaba majestuoso en su soledad pampeana.

Un ruido de sirenas y gente se arremolinaba en el entorno. Quiso gritarles que ella los veía, que estaba bien, y solo tenían que ayudarla a levantarse, pero algo le impedía hacerlo.

Abrumada atisbó a su alrededor buscando ayuda. No la encontró, pero en ese devenir esópico, vio a una niña en el auto detenido en el sentido contrario al que ella circulaba. La pequeña contemplaba la situación conmovida mientras, asqueada, le devolvía el sándwich que estaba comiendo a su madre.

Sus grandes ojos verdes, abiertos como platos, descubrían aterrados la sangre derramada en la pista y el rostro sin cara de la extraña, surcado por hilillos rojos.

Sus miradas se cruzaron. Creyó entrever, entonces, en esas pupilas jóvenes algo de sí misma, mientras un relámpago de memoria azotó sus recuerdos más arcaicos.

Aquella escena, desde la mirada infante, la había vivido en su niñez más temprana, si hasta pudo recordar el sabor de la comida en su boca. Hasta ese momento no fue consciente de lo inaugural de ese suceso en su vida, la represión lo había sepultado en el olvido antes de aventurarse en él.

Principio y fin convergen en ese sitio, en dónde rapaza y adulta se reconocían sin saberlo.

«Este es el bucle del agorero», imaginó, «encontrarme en el inicio del final de mi destino».

Paula descubrió así el porqué de su afán por asir la naturaleza del tiempo. Le resultó curioso develar ese misterio en este momento, tal vez la respuesta a la pregunta más importante de su vida, acaeció en el suceso que marcó su fin. Detenerse y echar la vista atrás signó el derrotero del mismo.

La niña examinó su rostro insondable, justo antes de que el auto en el que viajaba arranque dejando la escena atrás. Jamás olvidaría ese día, aunque no le fuera revelado, hasta el final, su sentido. El bucle comienza a cerrarse sin anoticiar a los implicados.

Paula, finalmente, abandonó el camino y se dejó llevar hacia los confines de su tiempo.

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DE POSTRE, DURAZNOS

Carlos González Saavedra

Argentina

                    

Corría el año 1960 y a papá lo  ascendieron. Significaba una sustancial mejora económica. Casi de pincha papeles a la teneduría de libros; su jefe contador, había sido promovido, a la gerencia

El frigorífico “LA NEGRA” estaba en Avellaneda y era unos de los primeros y más modernos de la época. No era fácil progresar en esas empresas, ya que sus dueños ingleses, eran sumamente exigentes con sus empleados. Debía estar todo en absoluto orden, para enviar los reportes a Inglaterra.

Papá para eso era un genio, aparte mis tíos trabajaban en el correo en despacho al exterior, de manera que las cartas salían y llegaban con una rapidez inusual, lo cual había merecido, tanto el jefe como papa felicitaciones varias. Mamá estaba contenta, mi hermana y yo sabíamos que algo bueno y nuevo estaba pasando. En un almuerzo familiar, mis padres anuncian que han invitado al promovido gerente, a almorzar en casa, a modo de festejo por los ascensos.

Debíamos portarnos bien en la mesa. No apoyar los codos, esperar que mama sirva, cruzar las manos  y mantenerse a una cuarta de la mesa, cosa que papa se ocupaba una semana antes del evento, de medir con su mano si estábamos bien. Por supuesto la casa debía estar impecable para ese domingo y debíamos colaborar. Enceramos los pisos, lavamos el patio esa mañana.Estaba todo reluciente. Mi hermana con un vestidito muy lindo y yo con pantalón corto y camisa al tono. Impecables los cuatro. El contador Enrique Talent había dicho que tomaba el tren en Constitución de las 11.10 hs y estaría llegando a las 11.50 hs.a Rafael Calzada. Papá lo iría a buscar a la estación. La mesa con mantel y flores, daban un toque muy cálido, a la visita.

Cuando faltaban unos minutos para ir a buscar al contador, un grito de desesperanza de mama anuncia… Carlos me olvide el postre!!! Porque no compras en el andén de la estación, una lata de duraznos al natural, en esa frutería que abrieron nueva, de paredes de chapa amarillas. Papá sin mucho que solucionar, asintió con la cabeza y allá fue. Domingo al mediodía no había muchas alternativas, estaba todo cerrado, tampoco había tiempo para salir a buscar nada. Llegó 11.50 hs. Justo cuando bajaban todos, entre ellos Talent, que entre sus manos traía unos ramos de flores para mamá y una lata de duraznos en almíbar comprados en Constitución.

Ante el recibimiento, papá no dijo palabras, se sintió agraciado por los presentes ya que de algún bolsillo termino sacando caramelos para mi hermana y para mí. Enrique Talent  era una persona muy humana, de mirada y apariencia triste. Iluminaba su expresión con una sonrisa y encendidos ojos celestes., algo mayor, soltero y con ganas de mucho afecto, papá lo estimaba mucho.

Todo se desarrollo en absoluta normalidad, almorzamos muy rico. A los postres, mamá había preparado en una fuente de vidrio los duraznos en almíbar, listos para servir. Sale contenta de la cocina y con su mejor sonrisa, dice:

-Ay señor Talent disculpe Ud. por los duraznos en almíbar .No he tenido tiempo para hacer flan.

Papá replica:

-Tita los duraznos los trajo Enrique, los compro  en Constitución.

Mamá estuvo media hora muda, Sin saber salir del momento incómodo. A Enrique le causo gracia. Papá se disculpaba del desliz. Nosotros callados, no sabíamos si reír o llorar. A papá lo volvieron a ascender, promovido por Mr. Talent, a pesar del postre.

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OTOÑO

E. Gormley

España

El otoño es un período especial. En las regiones templadas es la estación de días soleados, noches frías y cielos azules, en la que las colinas boscosas se van tiñendo de cientos de tonos dorados,

anaranjados y rojizos. Es el tiempo en que el verde eterno de los pinos y los cedros sirve de discreto telón de fondo a los vivos rojos y amarillos de los árboles de hoja caduca.

En algunos países orientales, como Japón y Corea, se valora especialmente esta época del año. En Japón se acostumbra a salir a “cazar los colores del otoño”, expresión que nombra las excursiones que permiten admirar el arte de la naturaleza.

Cuando Vivaldi compuso” El Otoño” sabía muy bien lo que escribía: época de alegría, de cosecha, de apretadas simientes que terminan dando fruto. Durante los casi once minutos que dura el movimiento, el italiano nos lleva de viaje por un mundo que se desnuda mientras cambia de colores. Un mundo de vendimia, de fiesta y de danzas campesinas. De alegre embriaguez con vino joven y expediciones de montería.

El otoño tiene fama de triste, oscuro y melancólico, injustamente atribuida por recibir la bajada de temperaturas del fin del verano y de horas de luz. También porque trae consigo: la vuelta al colegio, a la oficina… a lo que llamamos vida normal. Pero el otoño no es todo amargura.

El otoño es disfrutar de las mejores luces naturales del año, de los primeros y agradecidos fríos tras la olas de calor veraniegas y de la caída de las hojas de los árboles al sabor de un café. Es reencontrarse con la casa, con el sofá y con la manta. Y hasta disfrutar de la lluvia tras los cristales de una estancia seca y templada. ¡¡Feliz otoño!!

Hace ya casi un mes que llegó el otoño, que no es tan solo una estación del año comprendida entre su equinoccio y el solsticio de invierno, sino también es tiempo de cambio, metáfora de la transitoriedad de la vida y de la preparación hacia ese futuro incierto que se avecina duro y cruento.

Al igual que los ciclos humanos, los árboles han dado sus frutos, las hojas pierden su color verde hasta volverse amarillentas, marrones e incluso rojizas; después sencillamente caen al suelo y huyen perseguidas por el viento.

Antes, el árbol roba a las hojas sustancias vitales para éstas, y se aprovisiona para mejor pasar la estación fría. La naturaleza se despoja de todo artificio, de todo ornamento externo, para centrarse en su interior, en sustentar el armazón básico y necesario para sobrevivir.

Recorridas la primaveral infancia y la veraniega juventud, llega la madurez otoñal y con ella el tiempo de reflexión, el pálpito interior.

Al igual que las hojas caen de los árboles y de los calendarios, también las ilusiones, los pensamientos, los ideales y hasta las convicciones más profundas parecen desleírse como un azucarillo en el café. Ya no queda espacio para apariencias o fingimientos, el tiempo apremia.

El camino nos lleva hacia la aceptación de la madurez, a centrarnos en las pulsiones internas. Es tiempo de desnudez, de claridad; ahora los árboles desnudos sí nos dejaran ver el bosque que hay detrás.

“Aprovechemos el otoño /antes de que el futuro se congele/y no haya sitio para la belleza/porque el futuro se nos vuelve escarcha»

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EL JUMENTO SABIO

Jaime Hoyos Forero

Colombia

Este burrito dejó abismados a todos los chicos de la escuela, cuando en la puerta comenzó a recitar con muy buena voz, la lección de historia del día siguiente. El rector, que salía en ese momento, entre aterrado y escéptico, viendo la barahúnda en la puerta y notando que los tres buses del colegio, por la aglomeración, no podían salir, ordenó a los muchachos que se marcharan de inmediato. A la hora de entrada del día siguiente se repitió el agolpamiento de muchachos en la puerta, porque el borrico volvió, como si también hubiera pagado matrícula, a la hora precisa.

Y esta vez fue peor porque los muchachos, cuaderno en mano, copiaban lo que el burro decía: cuestiones de física, justo el día del examen. Como los muchachos no entraban al colegio, embelesados por la sabiduría asnal, el rector se reunió de urgencia en la sala de juntas con varios profesores. La cuestión fue fácil: el profesor de electrónica dio la solución: Que el burro entrara al colegio. Así pues, el animal entró y tras él, todos los estudiantes. El rector, sin decírselo a nadie, contrató un veterinario de gran renombre en el país, quien descubrió que al animalito le habían metido en la cabeza un disco duro, de la misma marca y condición que el que usaba el profesor de electrónica, cuya broma, lógicamente, le costó el empleo. El burrito tenía almacenado en su disco duro, todo el programa lectivo del año.

Además de las lecciones que recitaba el jumento, un buen amigo mío, Néstor, encontró que en el cerebro del burro, el profesor de electrónica, para hacerles perder la materia de historia a todos los alumnos -por pura broma- le había puesto al burrito en su disco duro (todos los humanos y todos los burritos tenemos uno) una mentira, tan grande como el océano Pacífico.

La mentira era esta: que en la mitología griega, Eros (dios del amor) le había prohibido a Psique, su bella amante, mirarse al espejo. Inmensa mentira, porque lo que Eros le había prohibido a Psique, era que ella lo mirara a él. Eros, a quien ella nunca había visto porque él llega siempre de noche al palacio que había construido para ella, tenía terminantemente prohibido encender las luces. Así que Psique no conocía el rostro de su amado, ni imaginaba que él era el mismísimo Dios Eros. ¿Cuál era la razón de esta prohibición?

Todo esto tenía una clara explicación: la diosa Afrodita, envidiosa dela belleza de Psique, quien a pesar de ser mortal le igualaba -o tal vez le ganaba- en hermosura, había ordenado a Eros -también llamado Cupido- cuando todavía este no conocía a Psique, que hiciera con el poder de una de sus flechas, que Psique se enamorara del hombre mas feo del mundo. Pero sucedió lo inesperado: era tanta la belleza de Psique, que Eros, desde el primer momento quedó totalmente enamorado.

No disparó, por lo tanto, ninguna flecha. Por el contrario, raptó a Psique, sin que ella lo viera, y se la llevó a vivir en su palacio. Pero como temía el castigo de Afrodita por no haber cumplido su orden y temiendo, además, que la diosa se vengara en la persona de su amada Psique, no quiso que fuese descubierto, ni siquiera por ella, quien desde la primera noche quedó totalmente enamorada. Por esta razón, Eros prohibió a Psique que lo mirara a la cara. Ellos, de todos modos, eran felices porque se amaban locamente.

Pero lo que es la curiosidad humana…Una noche, Psique desobedeció: le alumbró el rostro con una vela cuando Eros dormía, con tan mala suerte que una gota de cera cayó sobre el cuerpo de dios, quien se despertó y al verse desobedecido se fue y nunca más volvió…Pero la amaba. Psique, desesperada, buscaba en vano por toda la Tierra a su amado. Y un día, ¡Horror de los horrores! Se encontró de manos a boca con la propia Afrodita que la hizo su esclava. Le ordenaba los más riesgosos trabajos, entre ellos bajar a los infiernos. Fueron muchas las fatigas, angustias y sufrimientos de Psique, hasta que Eros -recordemos que la amaba- pidió humildemente a Zeus (Júpiter), dios de dioses, que le hiciera un juicio (en el empíreo hay mejor justicia que aquí) a Psique.

En el juicio, Psique fue absuelta de su pecado (la desobediencia), la convirtieron en diosa, y para siempre Eros volvió a sus brazos. Es así como el amor vence todos los obstáculos, por graves que sean.

Nota: Desde luego, la parte mitológica -muy modificada- ha sido tomada de los clásicos griegos.

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RESIGNACIÓN

Jorgelina Nofal

Argentina

El locutor de la radio comentó: «Parece que se viene una tormenta». Paola salió al patio y comprobó que un negro nubarrón se aproximaba. Entró la ropa y preparó café, tenía una hora antes de ir a buscar a Leo al colegio y la pequeña Liz aún dormía.

Con la humeante taza entre las manos, observó las primeras gotas de lluvias que dibujaban caminos serpenteantes en el cristal. Al igual que ellas, su mente ondeó en la propia tormenta interior. Recordó una frase leída: «Somos artífices de nuestro propio destino». Pensó que tal vez aquella angustiosa situación que vivía a diario había sido forjada por ella misma, aunque ignoraba si realmente alguna vez tuvo otra alternativa. El teléfono sonó, devolviéndola a la realidad y despertando a la bebé. Era su marido que le informaba que iría a almorzar. Debía cambiar de menú, el guiso de lentejas no le gustaba a él.

Después de comer, Miguel volvió a salir y ella quedó con el ajetreo de siempre: inglés y fútbol de Leo, las tareas y nuevamente cocinar. Durante la cena, como de costumbre, el sonido de la televisión era lo único que se oía. Hacía tiempo que había dejado de intentar conversar con él, el silencio era menos dañino que sus constantes críticas y el desdén de su mirada. Luego de lavar los platos, dejó a los niños durmiendo y se fue a trabajar. El turno nocturno de un geriátrico, era la única labor que le permitía ocuparse de su familia todo el día.

—Te ves muy pálida, querida —dijo María cuando entró— ¿Dormiste algo?

—Cuatro o cinco horas, más que otras veces.

—Así no durarás mucho.

—No me queda otra —dijo resignada mientras se ponía el uniforme.

—¿Y el zopenco de tu marido por qué no te ayuda un poco?

—No le pidas peras al olmo —su voz sonó tan profundamente afligida que sirvió como cierre de esa repetida conversación.

Se dirigió a la recepción a leer las novedades del día. Nanci, que estaba a punto de irse, la abrazó con cariño y le dijo:

—Todos duermen menos Don Estanislao, dice que no se irá a la cama hasta tener su charla diaria contigo —y poniendo los ojos en blanco agregó—. En verdad, sos la única que lo entiende.

Paola sonrió. Era un español muy culto con el que disfrutaba conversar de literatura, filosofía, metafísica y tantos otros temas que le apasionaban. Despertaba el viejo interés que la había llevado a estudiar filosofía y letras hacía ya dos décadas. Además, él era el factor principal que la mantenía firme en aquella vorágine de emociones que oscilaban entre la depresión y la locura.

Al entrar en la habitación apenas iluminada por una lámpara, lo vio en su silla de ruedas asomado a la ventana. Al oír sus pasos se le iluminó la mirada y la temblorosa mano surcada por el tiempo, le hizo señas para que se acercara.

—Me gustas cuando callas porque estás como ausente —la profunda voz de otros tiempos, era débil y pausada ahora.

—Y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca… adoro a Neruda —dijo sonriendo— ¿No le parece que es muy tarde para estar levantado? Vamos que le ayudo a acostarse.

—Querida, has nacido en otra era. El romanticismo y la sumisión de las féminas no son propios de esta época. Eres una dama muy culta como para padecer a un insensible por esposo.

—Lo sé. Por eso hablo de literatura solo con usted. Y, con respecto a mi marido, no me queda otra.

—Eres un diamante en bruto, que desconoce su propia belleza y fortaleza. Siento alipori que un cobarde egoísta ultraje tus mejores años —y tras una pausa agregó— ¿has pensado qué harías si quedaras viuda?

En ese momento sonó el timbre de alguna habitación. Alguien requería de su ayuda. Al volver, Don Estanislao se había quedado dormido.

Los días pasaron lentamente sumida en la rutina, y soportando los constantes insultos de su marido en silencio, para no discutir delante de los niños. Repasaba mentalmente una y otra vez el momento en el que su perfecto y dulce novio se había convertido en un patán. Reiteradas veces llegaba a esa primera discusión, cuando estaba embarazada de dieciséis semanas y descubrió que la engañaba. Fue esa, tal vez, la peor encrucijada de su vida.

Un debate interno entre perdonarlo y asumir que sería cornuda el resto de su vida, o cortar con él, y arrebatar a su pequeño la posibilidad de crecer en el seno del estereotipo de una familia normal. Ignoraba si fueron las hormonas, la esperanza de que todo siguiera como antes, o el miedo a la pérdida lo que provocó que lo condonara, firmando el contrato de rendición a sus caprichos. Poco a poco Miguel había dejado de besarla, los constantes rechazos ante los infructuosos intentos de Paola por mantener la pasión en el lecho conyugal, la habían llevado en algún punto a dejar de intentarlo. Fue un milagro que se volviera a embarazar cuando Leo tenía ya siete años. Se había cubierto con una fuerte coraza para que los constantes comentarios humillantes y el sarcasmo no le afectaran. Pero lo que sí le dolía era la mirada reprobatoria de su padre cuando algún comentario oprobioso ponía en evidencia su sometimiento.

Pero, más allá de repasar mentalmente cuál había sido la causa, su única opción era aguantar. No tenía otra posibilidad, económicamente no podía mantener un alquiler ni una niñera que le permitiera seguir trabajando. Llevaba mucho tiempo zurciendo sus medias por no poderse comprar unas nuevas, mientras que Miguel salía de copas con sus amigos, se iba a tomar cafés con supuestas clientas, y siempre tenía lo mejor. Él nunca le decía lo que ganaba y, si alguna vez se lo preguntaba, solo le respondía que lo único que debía importarle era que pagaba el techo sobre su cabeza, dando por finalizado el tema. Él solo se limitaba a pagar el alquiler, lo demás corría por cuenta de ella. Y no había sueldo que alcanzara.

Un día, al llegar al trabajo, se encontró con la terrible noticia de que Don Estanislao había fallecido. Lo encontraron por la tarde en su silla de ruedas, con su detenida mirada en la ventana, sosteniendo en la mano entumecida una nota dirigida a ella. Paola tomó el doblado papel que Nanci le entregó y leyó pausadamente, con la vista empañada.

«Mi querida Paola: en este momento en el que siento como poco a poco me abandonan las fuerzas y mis días se apagan, acepto la partida en paz y agradecido de haberte conocido. Le has dado significado a mis últimos años. Solo queda algo por trasmitirte: En ocasiones es indispensable la quema para obtener una buena cosecha. Como dijo Aristóteles, el fin último de la vida es la felicidad. Y yo te pregunto a ti ¿Qué esperas para construir la tuya?»

Paola fue a su habitación vacía, aún olía a Christian Dior, su perfume favorito. Se asomó a la ventana que tanto le gustaba y sus últimas palabras flotaron en el aire. De repente algo se rompió en su interior, la resignación. Una bocanada de aire fresco inundó sus pulmones y sintió que un inmenso amor le crecía por dentro, el propio. En ese preciso instante tomó la decisión.

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LA TERCERA PUERTA

Graciela Reveco

Argentina


No tienes que hacerlo, dijo uno de los médicos en el instante que me acerqué al ataúd. Él leyó en mis ojos el acto reflejo; se considera un virtuoso chamán, y oblación su teatro con una cruz enorme sin Cristo que le llega al ombligo. Será tu fin, sentenció antes de unirse al resto de los asistentes. Ahora ya pasó todo eso, como un extraño vendaval, y el grupo de profesionales me observa.

Mi analista personal, atraído por el reflejo exterior de la ventana, me ignora; no sé si está triste o desolado. No pienso hablar. Desalojar las cargas alivia, pero me niego. Tantas veces quedé expuesta al mayor de los intersticios humanos: un corazón partido y sangrante, uno más en el quehacer cotidiano de sobrevivir a las culpas compartidas; no descarto que las mías tienen su estrato de pecado y de condena. Saben que presenciar la muerte de mi padre no me ha quitado el sueño, ni mucho menos lo que ocurrió después. Con el ánimo de apaciguarme, hice lo que demanda un corazón roto.


Papá murió instantáneamente, y no me produjo un efecto tácito; ejecutó de alguna manera su deseo. Cayó en el centro de la habitación y de inmediato tuvo asistencia, pero ya estaba bien muerto. Ni un grito, ni una lágrima, todo se paralizó dentro de mí. No deseo regresar a su enfermedad, a la intolerancia para sobrellevar la carga y a su muerte, aunque es imposible despojarme de todo lo que siguió: el velatorio, el olor de las flores en fermento, la lectura odiosa de su último deseo, la música muda en su garganta, pero bien viva en su discografía. Mi padre componía y cantaba, era un músico muy reconocido, y según su exigua versión, algo se quebró al enviudar, en el preciso instante de mi traspaso por el lúgubre canal de parto.

No pudo menos que hacer de mi persona su eterna compañía, su ilusión, sus proyectos, la sombra que lo acompañaba a todos los conciertos y veladas. Lo asistí como pude. Con amor, con devoción, con asco, desidia, dolor y placer; todo él producía una catedral de conmociones. Lo que yo hice ¿lo habría hecho mi madre? No hay nada más natural que necesitar la presencia cuando la fe se ha quedado eminentemente quieta en algún lugar del Universo, pero… eso no tenía nada que ver con mi cuerpo, y sin embargo su ímpetu escocía la piel con el fuego del cerillo en la candente oscuridad del erotismo. ¿Badanas para matar en sentido figurado?

Muchas veces mi padre buscó mi cama; la piel se le convertía en pequeños cuchillos de hielo y necesitaba de la mía para desafilar la soledad. Por la mañana, amanecía el padre común, pero quedaba el hombre contra sí mismo y contra el mundo. La fe se rompe y la oscuridad penetra los laberintos de los que se jacta la pluma de Borges, y apaga todas las luces blancas de los túneles. Me asesinaba, y luego se dejaba caer, en sopor, con la reconstrucción espiritual de Myra Hess en el piano, la misma que le provocaba Rimbaud en su paranoia poéticamente instaurada.

Mi padre culturizó mi vida para que amara a los principales referentes de su propia devoción artística, hasta que decidió morir, hasta que lo decidimos, hasta no sé bien qué ocurrió. El árbol de los genes es tan débil que lo rompe el instinto de conservación. Si abro la última puerta no veré a mi padre, veré el vacío que podría llenar con otra forma de vida. El pájaro al fin en libertad. Y eso no le conviene a ellos, que esperan que hable, para llenar sus bolsillos con el vuelo de mis alas blancas, que aun tristes y arrugadas valen lo que cada uno cobrará por mi salvación.
Dicen que es importante y hasta jerárquico regresar al legado genético; por el lado de mi madre, digo, con el beneficio de un árbol genealógico cuyas raíces están lejanamente ligadas a las de Emilia Kaczorowska, mujer carismática, católica apasionada, que buscó la forma de que su hijo privilegiado naciera muy cerca de los templos de Dios. Por ese diminuto y casi inverosímil nudo sanguíneo está escrito, en los sánscritos espirituales de la familia, que nadie debe abandonar al otro. He tenido muchas dudas respecto de su descendencia y sobre todo de su muerte. Cuando vi a la mujer que avanzaba insegura hacia el oscuro féretro donde descansaban los restos de mi padre, supe que era ella, que no había muerto, simplemente nos había abandonado a los dos, y pude comprender el dolor de mi padre y su necesidad de que yo la reemplazara. Ingresó al salón blancamente dorada; era sin duda de origen polaco, alta, rubia y de ojos claros, como los míos.

Miró apenas el rostro lívido del cadáver, reconstruido eficazmente por un artesano funerario, y se alejó confusa. Cruzó las piernas tras apoyar su delgada contextura en el fondo del sofá. Nadie se atrevió a quebrar la impresión de los movimientos, nada se oía más que el rumor del piano emergiendo desde el equipo de música instalado en el pasillo, y la voz que planteaba la primera consigna, la voz de mi padre, con su fotografía en la pantalla del ordenador. Un ceremonial insólito como él, y la presencia de la mujer, con su inexplicable falta de amor y su ridículo y lejano parentesco con alguien declarado santo por la Iglesia. ¿Esperaba algún tipo de herencia?
El velatorio también convocó a un grupo de míseros individuos. Estacionaron sus vehículos frente a la casa mortuoria e ingresaron de uno en uno, como una cadena de acuerdos previos para dar fin a la historia. Mi padre ya se había encargado de eso y lo voceaba desde un audio. Se atrevió a un discurso de despedida y lo entregaba antes de que retiraran el ataúd en busca del fuego eterno. Por supuesto, ya todos sabían que no quería quedarme con las cenizas. También tuvo tiempo para una edición gráfica, por lo tanto, una pila de libros descansaba a un costado del objeto de la ceremonia.

Desde un móvil, que simplificaba los aditamentos editoriales, la voz emitía la consistencia original del relato, obsecuente a la voluntad del autor, una sincronía perfecta entre la bienvenida y el adiós. En medio de ese gorjeo pausado, como si mi padre supiera que faltaba alguien más, el chamán traspuso la puerta de entrada, que para la ocasión estaba constituida por una cortina malva mora, sostenida a ambos lados por un lazo oscuro. Este individuo, parte del equipo médico que me atiende, si bien no representaba nada sustancial en la vida del occiso, lo que dejó sobre el ataúd sí lo era: un crucifijo de metal que parecía una pequeña lanza espejada, filosa, que terminaba en punta, una especie de cuchillo de colección.

Semejaba a la cruz que le colgaba hasta el ombligo, pero en este caso con la ostentación del Cristo. La ofrenda era una verdadera belleza artesanal, delineada por las manos de un gran artista. Le agradecí con una sonrisa de luz, y sus ojos, más que su boca, pronunciaron las palabras: No tienes que hacerlo; será tu fin. Cobraba muy bien sus servicios y sus adivinaciones. Yo necesitaba hacerlo, y lo hice, a pesar de que mi analista personal andaba por ahí tratando de que sobrellevara el momento; la cara de la hipocresía científicamente vestida de blanco. Yo intentaba distraerme con los detalles del grotesco teatro fúnebre, con el hedor de las flores, el sonido de las últimas palabras de mi padre y al suave acorde de algunas sonatas de Beethoven, suites de Bach y conciertos varios de la era romántica, interpretados mágicamente por los dedos de Myra Hess.

El piano de la inglesa arrancaba todas las fibras que tejía su elevación espiritual, del mismo modo que los relatos, imbuidos en esa atmósfera húmeda y quejumbrosa. Cada individuo recibía el mensaje y luego iniciaba una migración silenciosa, lo que seguramente divertía al occiso hasta el fondo de su propia muerte. Mi padre sostenía que nadie transcurre por la vida sin dejar su legado, su huella, su dolor inevitable y su alegría. En soledad, ligado a mí con desamparo, se hizo digno del acercamiento de mucha gente que tenía sus propios intereses. La concepción inicial estaba en el amor, en todas esas formas virtuosas, o no, de relacionarse con la piel de los demás. También estaba en juego la radiestesia física en lo espiritual, frente al enigma de los bienes naturales, a la comprensión del sentido de la vida y el atrapar la fe con inteligencia y practicidad. No faltó en su discurso un misticismo radical, que en definitiva no le importaba a nadie. Lo único que justificaba la congoja general era su fortuna, prometida una y mil veces en situaciones de riesgo. Algunos bostezaban aburridos, otros susurraban sin disimulo, mientras un viento raro se llevaba el hedor floral y los fantasmas violetas que los cirios dibujaban sobre las paredes blancas. Cuánta gente, cuánta música, cuánto olor repugnante, cuánta palabra de mi padre para mandarlos a todos al santo demonio, principalmente a mi madre.

Nunca había percibido en una voz de muerto tanto desprecio subliminal, adiestrada en vida a emerger con un vibrato musical maravilloso. Uno a uno, ultrajados en su fe más despótica, fueron dejando el recinto, menos mi madre, mi analista y yo. El brillo del crucifijo encima del féretro me traspasó la piel y me llevó hasta él. Ella hizo lo mismo. Me miró a los ojos sin expresar nada, y no le di tiempo a que tratara de fingir alguna estúpida emoción teatral. Se quedó encogida a los pies del ataúd, tal vez esperando la posibilidad del perdón por esa mezcla poco creíble de sangre privilegiada. El crucifijo del chamán nos brilló a las dos al mismo tiempo; podía escuchar los gritos del silencio de la muerte. Mi analista, entre tanto, apagaba el ordenador y la música, sin tiempo para evitar lo que había vaticinado el chamán.

Entre eso y mi ataque de pánico, sé que mi cuerpo funcionó como una roca con mil agujeros por donde escapaban chorros de un manantial desconocido; emergían más allá de las nieves en vertical descenso y con el poder de revertir la bruma en agua celeste. La poesía siempre me ha sublimado y la busco para protección, pero tanto almíbar, junto a las técnicas de meditación oriental, la terapia antidepresiva y todo la parafernalia médica, no sustituye la eficacia de los fármacos, ni alivia los efectos secundarios; no en mí. En el acto final de la comedia tuve una asistencia formal; la fortuna de mi padre sobra, pero no consigue la paz del cuerpo que confronta continuamente con el instinto.

¿Tengo que abrir la última puerta? No tienes que hacerlo, dijo el chamán, pero él se refería a la segunda. En la primera, empujé nada más, sin violencia, y ahogué el grito frente a mi padre terriblemente muerto en medio de la habitación; cenizas para el olvido. No tienes que hacerlo, dijo, pero lo hice. Abrí la segunda puerta.
El analista sigue absorto y seriamente estirado, mirando por la ventana hacia un punto donde todavía brilla el sol; me ignora, no sé si triste o desolado, mientras que el grupo de profesionales apostados en la sala me observa como si fuera un objeto de otro planeta. Ya no existen oscurantismos dentro de mí, solo un delicado terror que educaré en silencio. Adivino en el rictus de las bocas y en cada mirada el jugoso tributo por mi custodia. Les preocupa mi propia vida y mi silencio. Quieren detenerme. No vi al chamán con su cruz sin Cristo hasta que preguntó: ¿Sigues pensando en abrir la última puerta? Él sabía lo que iba a hacer, lo que hice, y lo que haría. Mi padre lo imaginó, y lo deseaba. Acerqué el arma a su boca y disparé. Tuve un permiso especial para estar en su velatorio, y antes del ataque de pánico tomé el crucifijo del chamán, que descansaba sobre el ataúd, y lo clavé en el pecho de mi madre.
Ellos temen. Saben que la tercera puerta soy yo.

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PERFUME DE GARDENIA

Xóchitl Robles Bello

México

Perfume de Gardenia tiene tu boca

Bellísimos destellos de luz en tu mirar

El Jibarito, Rafael Hernández.

Así cantaba Simón acompañando a la Sonora Matancera mientras manejaba su flamante taxi, oloroso a vainilla, que con cuidado había lavado en la mañana como era su costumbre para poder dar un servicio de primera.

Le gustaba andar siempre limpio, rasurado y hasta se ponía todos los días su loción Old Spaice antes de irse a trabajar. Mientras lo hacía contemplaba los árboles que encontraba en su camino. Le parecían tan bonitos; los macuilís llenos de flores color de rosa que caían en el suelo para formar una colorida alfombra. Los guayacanes y los mangos que en esa temporada estaban cargados de fruta. Se sentía plenamente feliz.

Hola Paco ¿Cómo estás? pásame el diario Presente porfa.

De reojo pudo leer; “Choca cafre” todo en letras rojas y ocupando media plana.

Ásu, dijo sorprendido.

Tu risa es una rima de alegres notas

Se mueven tus cabellos cual ondas de la mar

Seguía cantando Bienvenido Granda.

Su ánimo ya no era tan festivo. Se preguntaba si sería alguno de sus compañeros el causante de la desgracia. Escuchó la sirena de una ambulancia. Apresuró la marcha y se hizo a un lado para dejarle el camino libre.

Como siempre que veía pasar un vehículo de esos, dijo la pequeña oración que había aprendido de su abuela, por la salud de los accidentados.

Le hicieron la parada.

Buenos días saludó con amabilidad ¿A donde?

Vamos a la terminal de las combis, prestas tu periódico?

Por el espejo retrovisor observó a su pasajero, un hombre de mediana edad con una playera a rayas descolorida, greñudo, con los ojos medio abotagados, quien no se había molestado en contestar su saludo.

Sin decir nada, le pasó el diario.

¡Uta,pobre cuate!, ¿ya viste la noticia? Apañaron al que manejaba, todo por detenerse después de atropellar al de la moto. Pinches motociclistas, donde quiera se atraviesan. Son tan pendejos que algunos ni casco traen. Y hasta con su vieja y sus chamacos.

Yo manejo una combi y ahí nos han dicho que si le damos a alguien nos pelemos. Es más cuando te lleves a alguien de corbata si piensas que no se murió es mejor que te eches de reversa y lo remates, pues sale mas barato pagar un muerto que un herido en el hospital. Ya parece que yo me voy a detener. Estoy tarado o qué.

Simón se empezó a sentir incómodo.

y llevas en el alma la virginal pureza por eso es tu belleza de un místico candor

Oye, hermano quita esa madre. Mejor prende el radio.

…las investigaciones continúan, el procurador declara que éstas se llevarán a cabo hasta dar con los culpables del asesinato de la familia en Jonuta. Se ignora el móvil de la masacre.

¡Cabrones!, quesque no saben por que los mataron. Se hacen güeyes, a poco de gratis. Seguro tenían tratos con los narcos y como a los de la judicial también les pasan su lana, por sí muere, nadie sabe, nadie supo.

Ya llegamos. Nos vemos. No se te olvide: es mejor rematarlos.

El buen humor de Simón había desaparecido. Ahora se mostraba preocupado. Hacía mucho calor y el ambiente era pesado. Su flamante taxi olía mal. La vainilla mezclada con el sudor del pasajero greñudo apestaba.

¡Taxi, taxi!

Una indita de falda larga, un pañuelo amarrado a la cabeza, y dos niños descalzos, cada uno de ellos con una caja de cartón amarradas con cordones, le hacían desesperadamente la parada.

El taxista estaba cansado. Tenía hambre y quería llegar a comer ese rico puchero que su mujer le prometió. Pero los niños que sostenían con dificultad las cajas bajo el rayo del sol de mediodía, lo hicieron detenerse. Antes de subir, la mujer preguntó:

¿Cuánto me cobras pa’ donde salen los camiones que van a Chiapas?

Viéndola de cerca le dio mas lástima. Flaca, flaca como un perro sarnoso. El sudor le escurría por la cara, y en los brazos, medio tapado con el rebozo, llevaba un niño dormido.

No te preocupes. No te cobro. Súbete yo te llevo.

Rápido, antes de que lo pensara bien, la mujer subió a los niños con los cartones en la parte de atrás. Ella con el niño en brazos y una bolsa de yute colgando del hombro, se sentó junto a él. El olor a orines le lastimó la nariz.

¿Ya te vas para tu tierra?

Si, tengo que entregar a éstos niños que me prestó mi compadre.

¿Qué, no son tuyos?

No, me los traje pa’ que me ayuden a juntar dinero en las esquinas. Como los ven chiquitos la gente les da y juntan güenos centavitos. Pos’ como ellos no salen del pueblo, me los prestaron pa’ que conocieran. La vez que vine sola no saque casi nada, pero con los chamacos me jué re bien.

El que me daba harta lata es éstedijo señalando al pequeño que llevaba en el rebozoPero el compadre Abundio me dijo: “llévatelo comadrita, ya ves que si te ven con él te va re bien. Nomás le das éstas pastillitas y pa’que se duerma”. Que se las doy y así ni lata me da.

Pasaron por un bache y con el movimiento del auto sonaron unas botellas.

¿Qué llevas en esa bolsa?

El trago pal’ Policarpo. Me presta a sus escuincles pero le tengo que llevar su zorro.

¡Ya llegamos!¡ Bájense, bájense, córranle a comprar los boletos!

Y sin decir más corrió con sus mocosos, sus cajas, su mugre y el pomo pal compadre.

¡Me lleva! Simón no podía más. El hambre, el calor, los autos que a esa hora se movían lentamente; los olores mezclados del sudor, la vainilla y los orines, lo pusieron de mal humor. Pensó en volver a escuchar su C.D. preferido para

calmarse. Mientras lo ponía, una anciana con un bastón atravesaba lentamente la calle. La vio a tiempo y pudo frenar.

¡Órale, pinche vieja, apúrese o me la echo!

perfume de gardenia tiene tu boca

perfume del amor…

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