Letras Hispanas por el Mundo
  • Inicio
  • Secciones Literarias
  • Escritos
    • Artículos
    • Asesora
    • Crónicas
    • Cuentos
    • Editorial
    • Mi país
    • Noticias
    • Organigrama
    • Poesía
    • Prosa
  • Contacto
  • Click to open the search input field Click to open the search input field Buscar
  • Menú Menú

CUENTOS Y RELATOS – JUNIO

AVISO LEGAL: Las opiniones expresadas en los artículos de esta revista literaria son exclusivamente de los autores y no reflejan necesariamente las opiniones de la dirección. Todos los contenidos publicados en esta revista están sujetos a la propiedad intelectual de España y protegidos por los derechos de autor de sus respectivos escritores.

Original

“Todo el contenido presente en esta publicación pertenece a sus respectivos autores. Por favor, si deseas compartir o reproducir, hazlo siempre citando la fuente. La inspiración se expande… pero con respeto florece.”

Cuentos-junio

· «Cada relato, un latido; cada cuento, un universo por descubrir.»

Original

LA BICI ROJA METALIZADA

Miriam Alberganti / Argentina

Era una época de incertidumbre económica, y mi padre, como muchos otros, había invertido su dinero en una financiera que prometía tasas altas de interés. Sin embargo, como suele suceder, la financiera se fundió, y los ahorristas perdieron todos sus ahorros. Mi padre se sintió decepcionado y frustrado, pero no se rindió. Cuando se enteró de que los ahorristas podían retirar mercaderías como compensación, supo exactamente qué hacer. Se fue a la tienda y retiró una bicicleta que había llamado su atención. Era una bicicleta impresionante, con rodado 28, gomas con banda blanca, guardabarros cortitos y cromados, y un color rojo metalizado que brillaba bajo la luz del sol. Cuando la vi, me emocioné mucho. Tenía 14 años, y era la primera bicicleta del barrio.

Mis amigos se sorprendieron al verla, y yo me sentí orgulloso de ser su dueño. Sin embargo, en esa época, no era común que los estudiantes de secundaria o facultad fueran a la escuela en bicicleta, así que tuve que seguir corriendo el tranvía para no llegar tarde. A pesar de eso, la bicicleta se convirtió en mi compañera de aventuras. La montaba por la cuadra y sus alrededores, sintiendo el viento en mi cara y la libertad en mi corazón. La bicicleta roja metalizada se convirtió en un símbolo de alegría y esperanza en un momento de incertidumbre. Y aunque la financiera se había fundido, mi padre había encontrado una forma de transformar un hecho desgraciado en un motivo de alegría. La bicicleta roja metalizada se convirtió en un recuerdo que siempre atesoraré, un recordatorio de que incluso en los momentos más difíciles, siempre hay esperanza y alegría que puede surgir.

Original

VIVIR ETERNAMENTE

Magi Balsells / España

 ¿Me gustaría vivir eternamente? 

Esta pregunta lleva mucho tiempo rondando por mi mente, tiene una serie de razones para decir que si y muchas mas para negar esta posibilidad

En la primera cuestión, no dejaría de ser hermoso ver  los adelantos que cada día se van produciendo, en todas las facetas de la vida, ampliar mucho más los conocimientos que en este momento poseo, conocer muchas más personas y poder compartir con ellos mis experiencias acumuladas durante todo mi existencia, seria algo maravilloso, 

Pero pasemos a la segunda opción:

Envejecer  mucho mas de lo que ya estoy, ir perdiendo las facultades de todo tipo, convirtiéndome en un ser solo merecedor de estudio por la medicina, ya que les gustaría a los científicos saber el porque de mi larga y eterna vida, o sea de hospital en hospital y de prueba en prueba. Perder a todos los familiares, y a las personas amadas eso creo que si debe ser muy duro. No conseguir amigos ya que al ser eterno nadie querría compartir su vida con la mía, no estar a la altura de las nuevas técnicas ya que mi mente no seria capaz de asimilarlas. Vivir los horrores que podían producirse como la miseria, las guerras, las catástrofes naturales, las nuevas enfermedades; aunque no me afectaran directamente por mi condición de eterno, pero si que serian un sufrimiento verlas padecer a los demás 

Creo que después de una serena reflexión, lo mejor es tener vida como persona normal, con mis años, dudas  y achaques  y solo esperar el desenlace final.

Original

SOBRE RUEDAS

María Elena Camba / Argentina

El portero sonó en casa insistentemente. Mamá fue a la cocina y lo atendió.
-Chicos, dejen lo que están haciendo y vengan, papá quiere mostrarnos algo.
Nos lanzamos siete pisos por la escalera, Mamá fue con Laurita por el ascensor. Pablo llegó primero pero tuvo que esperar a que abrieran la puerta de calle.
Nunca me voy a olvidar de la cara de mi viejo, siempre fue un tipo muy serio pero esa vez estaba ancho, con su sonrisa de fiesta., mostrando la sorpresa que nos tenía preparada. Y allí en la vereda, con las puertas abiertas, nuestro futuro compañero de viajes. Parecía un bote, tan largo y amplio. Entramos los cinco, si hasta sobraba un espacio para alguien más.

Dicen que los autos se parecen a los dueños, o los dueños eligen el auto que más se identifica con ellos. Y así era el Valiant 3, su primer auto 0 km, de líneas elegantes, color beige, sobrio, con ventanas grandes. Igual a mi viejo, siempre de traje, a lo sumo los domingos un pantalón de vestir y una camisa. Discreto y clásico .
Partimos a dar una vuelta por el viejo Palermo con sus calles empedradas que se resistìan al andar tan descansado de esas ruedas recién estrenadas. El ronroneo del motor era suave, casi imperceptible.
Mi añorado barrio de casas bajas, con algunos pocos edificios que comenzaban a quebrar la fisonomía de ese Palermo que se resistía a cambiar su identidad. Con sus calles tamizadas por el violáceo de los jacarandás, que cubrían no sólo las copas de los árboles sino también las veredas con una alfombra aterciopelada. A partir de ese día, todos los domingos papá nos llevaba a dar una vuelta a toda la familia.

Ese primer paseo fue el comienzo de un sinfín de aventuras. Viajes a la costa, cuando la Ruta 2 todavía no era autopista y los autos venían de contramano y había que esquivarlos e irse a la banquina para no morir arrollados. Cuando no había aire acondicionado y el calor subía por los pies y penetraba todo el cuerpo. Cuando poníamos parasoles en las ventanillas y los que no las tenían se conformaban con algún toallón o remera trabado en la ventana para amortiguar el sofocón de la ruta.
No usábamos cinturón de seguridad y nos trepábamos a la luneta como si fuera un asiento más.. Jugábamos al truco, a la generala y al tuti fruti. La imaginación corría inventando historias. .. Las horas se alargaban, parábamos para almorzar en alguna estación de servicio y mi padre se echaba una siesta bajo un árbol.
El viaje a la costa era largo. Pero para nosotros era una fiesta. Vacaciones en familia, arena y mar. Nos esperaban las olas para saltarlas de la mano o barrenarlas en tablas de madera.
Carpa o sombrilla, de acuerdo a los vaivenes de la economía familiar, pero siempre juntos en la playa. Tejo, pelota paleta, unos sándwiches de almuerzo y a la tarde regresábamos en el auto al hotel. La batalla naval, el ahorcado o el tinenti nos arrancaban risas y peleas a la hora de la siesta.

Después el Valiant comenzó a hacer recorridos más extensos. Las sierras asomaban en el horizonte cuando llegábamos a la ciudad de Córdoba. Siempre nos perdíamos en la famosa cañada y mi padre detenía el auto para preguntar cómo seguir. Porque no había GPS ni celulares que nos indicaran el camino.
En las sierras comencé mis aventuras sobre ruedas. Papá nos llevaba a un camino de tierra y me cedía el asiento del conductor. Apenas llegaba a ver por el parabrisas y el volante se resistía a mis pequeñas manos. Tenía 14 años y mi hermano 19. El auto rugía mientras apretábamos el acelerador e intentábamos pelear con la palanca de cambios para meter la primera. El viejo contenía sus nervios y arrancábamos hacia la dimensión desconocida. Una o dos horas de piruetas al volante y el Valiant volvía lleno de tierra a la casa.
En esa época aprendí también a andar a caballo. Primero con montura y al paso o trote. Las siguientes vacaciones en pelo y al galope. Mi madre disfrutaba vernos..
Años de tortas fritas, campeonatos de bochas y truco, jugábamos a las escondidas por la noche en los jardines del hotel. Años de adolescencia, los primeros asaltos. El famoso patapata de Miriam Makiba. Y el primer beso. El novio de vacaciones. La primera despedida. El primer llanto por amor.
Pablo, mi hermano, ya manejaba el Valiant 3 y nos llevaba al cine a la noche. Dos pelis con intervalo en el medio. Y un cine de pueblo donde la película de golpe se cortaba y comenzaban los silbatos hasta que volvía en medio de risas y aplausos.

Y el Valiant 3 siempre esperando en la puerta del cine nos llevaba de vuelta a toda la banda. 9 o 10,metidos en el auto. Y mi viejo durmiendo tranquilo sin sospechar nuestras andanzas.
Pero un día se anunció la tormenta. Dejamos el auto estacionado en el medio de otros dos y entramos en el cine. Cuando salimos ya eran las 12 de la noche. Buscamos el auto pero no lo encontramos. A unos 50 metros de la puerta del cine había un grupo de gente amontonada, fuimos a ver qué pasaba y vimos nuestro auto en medio del jardín de una casa. Nuestras caras de asombro y susto sin explicarnos qué había pasado. ¿Nos habían robado el auto? Hasta que mi hermano gritó –¡Me olvidé de poner el freno de mano!
¿Qué había pasado entonces? Cuando el auto de adelante se fue, la calle en bajada hizo que el Valiant se deslizara, tirara la pirca de la casa, aplastara una moto y terminara su viaje en el parque. Toda la trompa abollada, rayones por todos lados. El auto fantasma se hizo famoso. Sin conductor había hecho destrozos que, por suerte, no provocaron daños mayores.
Mi hermano fue hasta casa y trajo a mi padre. Esa noche no pegamos un ojo. Papá furioso nos retaba, hasta se le cayeron unas lágrimas de la impotencia.
El auto en el taller por muchos días y los gastos de reparar todos los daños causados. Pasamos a ser los dueños del auto fantasma para todo el pueblo.
Mi hermano estuvo muchos meses sin poder usarlo y las clases de manejo terminaron abruptamente.
Pero las vacaciones siguientes papá ya había olvidado el asunto y nos volvió a prestar el auto, esta vez para excursiones por las sierras. Partíamos en el Valiant un grupete y otros dos autos, un Mehari y un Peugeot. Todos a la aventura por los caminos serranos de ripio. Dejábamos los autos y trepábamos como cabritas por las sierras hasta bajar a un arroyo, o a las playas de arena de algún río. Ya el auto estaba más baqueteado y la suspensión acusaba tantos kilómetros de aventuras. Pero nunca fallaba y derrapaba en tercera en las curvas y nuestros gritos y risas inconscientes festejaban la cercanía al precipicio.
Una tarde, cuando comenzaba a caer el sol y regresábamos al pueblo, se escuchó un ruido fuerte debajo del auto. Era el carter que había raspado contra una piedra. Vimos que perdía líquido por abajo. No sabíamos qué hacer, hasta que a uno de los chicos se le ocurrió. -Masquen todos chicle, hagamos una bola y peguémosla como tapón.
Y así fue que logramos llegar a la puerta de la casa, cuando ya se hacía de noche y las primeras estrellas comenzaban a asomar.

Tantos recuerdos imborrables se agolpan en mi mente mientras contemplo la foto desteñida de mi auto preferido, compañero de adolescencia, el que soportó mis primeros pasos como conductora. Testigo de un mundo en extinción, cuando los autos no se cambiaban de modelo como la ropa, cuando las cosas tenían su valor emotivo, Por eso costó tanto tomar la decisión de desprendernos de él a la muerte de papá.. Quedó arrumbado en el garaje de casa. Hasta que un día decidí que abandonarlo de ese modo era negar la historia tan linda que tuvimos. Llamé a un mecánico especialista en autos antiguos. Le pedí que lo arreglara, lo quería impecable. Se lo llevó a su taller. Todas las semanas pasaba a verlo. En tres meses estuvo listo. Cuando lo fui a buscar me senté al volante y los recuerdos se agolparon como un flash mientras lo manejaba.
Ahora lo saco todos los domingos a dar vueltas por la Av. Libertador. A veces me gritan desde algún auto, felicitándome .¡Qué nave!
Me hice socia de un Club de autos antiguos. Cada tanto participamos de travesías y hasta nos vestimos con ropa de época. Sé que es una manera de estar más cerca de mi viejo y también de esa chica adolescente que esperaba el fin de semana como una fiesta para salir a pasear y escuchaba a todo volumen en la radio del auto Sui Generis con toda la banda de amigos. Me vuelve el olor a espinillo, a lavanda y retama de las sierras y la voz de mi viejo que dice: – No vuelvan tarde chicos, a las 2 a más tardar los espero en casa.

Original

TOMY, EL NIÑO VENDEDOR

Libia B. Carciofetti / Argentina

Llamaron a mi puerta. Miré por la ventana. Solo vi un cajón desvencijado con “artículos de limpieza” en envases de gaseosas. Me acerqué y, medio escondido, apareció un niño de unos diez años.

—¿Por qué te escondes? —pregunté.

—Porque la mayoría, cuando ven que soy chico, piensan que vengo a pedir y no se acercan. Pero no… yo vengo a vender, para ayudar a mi mami y a mis cuatro hermanos más pequeños.

Su voz era firme, pero en su mirada había algo de súplica.

—Vamos a un comedor al mediodía, pero hasta el otro día tenemos que aguantar el hambre —continuó—. Mi mami vende bolsas de consorcio, y el dueño me da esto: detergente, lavandina, desodorante, jabón líquido…

Observé los envases y su pequeña figura detrás del cajón. Yo, que siempre compro productos de primera marca, miraba lo que él ofrecía y sentía en su gesto la esperanza de una venta.

—Bueno, dame un litro de cada cosa —le dije—. Te traeré mis envases para que los rellenes.

—Ok —respondió.

Sonreí.

—¡Ah! Sabes inglés, como mi nieto.

Se rió.

—¿Cómo se llama su nieto?

—Tomás, pero le decimos Tomy.

Su cara se iluminó.

—¡Oia! Como yo.

Lo miré y mi corazón de abuela y madre se encogió. Pensé en mi Tomy, que no tiene que salir a ganarse el pan porque tiene una familia que lo sostiene, que se lava las manos con agua y jabón a cada rato.

Antes de que la emoción me hiciera llorar frente a él, le pagué. Vi su manito perdida revolviendo su bolsillo, buscando el vuelto.

—Quédatelo —le dije—. Compra golosinas si quieres.

—¡Uh! Es mucho.

—No creas… todo está caro.

—Sí, eso dice mi mami.

Se apresuró.

—Me voy, porque me van a cerrar el comedor.

—Chau, doñita.

—Chau, Tomy. No te doy un beso porque debemos guardar distancia, y además tenemos barbijo. Cuando llegues, lávate bien las manos con agua y jabón.

—Sí. Mire, recién una señora me regaló alcohol en gel nuevecito, sin abrir.

—Que Dios bendiga a esa señora también.

Lo vi alejarse.

—Ven la semana que viene. Tengo echarpes tejidos por mi mami, que se llamaba Violeta. Desde el cielo, estará contenta de ver que los usarán para cubrirse del frío.

Tomy se alejó por la calle, dándose vuelta y saludando con su manito. Y mitad de mi corazón se fue caminando con él, rogando en silencio por todos los niños herederos del Reino de los Cielos.

Original

LOS NIÑOS DE SIRIA

Carlos González Saavedra / Argentina

Soy Roy Mitchel, trabajo hace mas de treinta años como fotógrafo profesional. El diario me envió a Alepo un día antes que empezaran otra vez, a bombardear.
Compartí en las afueras, si así, se puede llamar, en una ciudad destruida, un lugar con una habitación y un baño, juntos a dos colegas. Periodistas, un Español Alfredo Espinosa y un Alemán Helmut Bachman. Instalados donde dormíamos como
podíamos. La habitación de tres por dos. El baño muy precario. No podía ser de otra manera.
Al día siguiente, una camioneta Toyota, con tres soldados en la caja pertrechados nos traslada al Noroeste , para estar mas protegidos, pero las imágenes de espanto anularon mi sensibilidad. No podía ser sensible, debía ser fuerte y sobrevivir.
Tenia experiencia en mi vida pero esta no me la esperaba.
Tome fotos ,muchas de lo que pasaba, estuve en hospitales, recién bombardeados, calles intransitables niños y enfermos desplazados junto con la población civil. Horror de una guerra por el poder, nada mas.
Escuche a un dirigente político decir: -¿Porque usar suelo Sirio, para pelear? Ni siquiera había tiempo de contestar.

Estaba desbastado, no encontré la belleza en ninguna de mis fotos. Ninguna mirada compasiva , solo preguntas o súplicas. Nunca me imaginaba un alemán llorando, esa noche después de un día terrible, Helmut lloró, como un chico, desconsoladamente. Sus manos temblaban tanto que no podía escribir. Solo puso de título “Esto es lo que pasa
en Alepo” Alfredo con mas años, hizo una nota a un anciano refugiado en un rinconcito, debajo de un techito, absolutamente vulnerable. Aseguraba:-Acá nada me va a pasar, así los dispuso Alá. Su deseo, era su única esperanza.
Por mi parte había mandado imágenes por demás del horror en un solo día. Era muy difícil encontrar algo positivo, esperanzador. Miraba a los niños los mas perjudicados, los que sufren, los que piden ayuda. Como fotógrafo profesional tenia la obligación conmigo mismo de mostrar algo que llevara una ilusión una mirada de amor.
Mi hermana directora de una editorial en Vancouver, me pedía fotografías, aunque sea una, de los lugares que me mandaba el diario.-Tiene que ser esperanzadora, sino no mandes nada. Me admiraba por eso me exigía
Entre los escombros encontré tres hermanitos que al verme, vinieron corriendo. Uno de ellos, el mas chico, muy simpático, reía siempre. Vivía esa vida como una aventura. Sus hermanas entre risas preguntaban si las adoptaría.
Me dejaban sin palabras. Mi silencio me abrumaba. Pude mandarle a mi hermana una foto que lo decía todo.:
Una de las nenas con su mirada ¿preguntaba por que?
Otra un poco mas seria, pero no tanto aseguraba:-¿Me vas a adoptar, no?¡No tenemos familia! El mas sonriente nada me pedía solo con su mirada me lo decía todo:-¡Todo estará bien! no te preocupes. Solo le faltaba guiñarme un ojo.
Así lo pensé, así me lo mostró su corazón ¡Así me enseño a vivir! Por su parte mi hermana en la revista de Vancouver puso la foto de ellos diciendo:
“No hay espanto que pueda, con la mirada esperanzadora de un niño”

Original

¿QUÉ ES REZAR ?

Elspeth Gormley / España

Rezar es una conversación con lo intangible, un momento de calma donde el alma se recoge en sí misma. Es el instante en que, entre el ruido del mundo, encontramos un refugio interior.

Es una fotografía en sepia, un regreso a la casa de tus abuelos y al tiempo sin tiempo de tu infancia.

Es un Padre Nuestro susurrado en tiempos de incertidumbre, una plegaria para encontrar respuestas, un refugio en la duda y un consuelo en la esperanza.

Rezar es tener memoria.

Es lo que precede al trabajo y lo que jamás lo suplanta.

Es lo único que nos queda cuando ya no podemos hacer más. Es el acto de compromiso de quien no tiene otro medio para ayudar, como cuando elevamos pensamientos por alguien que va a ser operado, y todo queda en manos de la ciencia y de la voluntad que rige el universo.

Rezar no siempre cambia los hechos, pero sí cambia a quien reza. Nunca es inútil, porque siempre conforta.

Rezar es decir rezaré por ti y también reza por mí. Es, por tanto, lo contrario a la vanidad.

Es aceptar nuestras limitaciones. Aprender a resignarnos cuando lo que pudo ser no ha sido. Es vivir sin rencor, aprender a olvidar, aceptar la derrota con dignidad y celebrar el triunfo con humildad.

Es buscar fuerzas cuando parece que no quedan.

Rezar es un acto de fe, pero no solo fe religiosa, sino fe en la vida, en las personas, en los que amamos, en los caminos inciertos que recorremos.

Es introspección en una era de exhibición. Es apagarse para encenderse desde dentro. Es encontrar un claro en la espesura.

Rezar es un placer oculto, un gesto que se reserva para la intimidad. Un acto que, cuando se comparte, se hace desde la confianza absoluta.

Es una declaración de amor por quien tienes en tus pensamientos. Derramar tu cariño sobre los que más quieres y sentir el cariño de quienes piensan en ti.

Es estar en las oraciones de alguien más, que es mucho más que estar solo en su memoria.

Rezar es dar lo mejor de nuestro interior sin esperar nada a cambio. Es resistir cuando todo parece perdido. Es fragilidad y entereza.

Es, en el fondo, el eco de nuestra esperanza, la manifestación de nuestros deseos más profundos y la forma en que buscamos paz en medio del ruido de la vida.

Rezar es creer y ser practicante de un mundo mejor.

Original

LA MALA SUERTE

Sandra B Romeo / Argentina

Todos los días la misma corrida para llegara a horario a la oficina. Una taza de café a las apuradas, el persistente sonido del paso del tiempo en el reloj…

Aurora, la jefa de personal, es todo lo contrario de lo que su nombre indicaría, por lo menos para mí. Nada de auroras boreales o amaneceres rosados y traslúcidos reflejándose en la arena húmeda. Esta Aurora es mas bien un ocaso gris y perverso que se ríe y se agranda con la huida de la luz adentrándose sutil y definitivamente en nuestros huesos antes de cerrar los ojos cada noche. Yo estoy convencida de que Aurora me persigue, que cuestiona todos mis rostros y mis rastros. Nada de lo mío la persuade. Para ella no soy una buena persona.

Ahora recuerdo, mientras me zarandeo en el subte, (debe ser este zarandeo el que trae los recuerdos) que trabajando de noche atendí más de tres o cuatro veces el teléfono para toparme con las bromas de mis compañeros sector enfermería, (mis anteojos supongo), entonces a la quinta vez del timbrar tomo el auricular hago acopio de la valentía de mis ancestros y antes de que nadie hable grito: —¡culo!

Silencio total del otro lado de la línea hasta que la voz de Aurora amaneciendo de su estupor grita preguntando: —pero ¿usted sabe con quién está hablando? Yo jugada contesto: —¿Y usted…? —¡No! —grita ella —¡Menos mal! —y corto la línea dejando vilmente la oficina por la puerta trasera, olvidando en ella todas mis pertenencias a las que, por un tema de terapia, rotulo y marco con mi nombre y Nº de documento (¿miedo a morirme en la calle y quedar como NN? ¿miedo a morirme sola que intento atrapar mi identidad? ¿mi identidad se escapa, se esconde?.¡Ay Señor, cuantos interrogantes!.

Bueno, resultado de lo antedicho, suspensión y publicación en el Boletín interno de lo sucedido. El escarnio fue tal que ni las permanentes y extensas llamadas de Jerónimo lograron que tuviera la fuerza necesaria para presentarme el día que correspondía. Lo hice, pero sin fuerzas. ¿Qué puedo decir de Jerónimo? Es el justiciero del Archivo del hospital en que trabajo.

Espacio ínfimo si se quiere para el accionar de un justiciero, sin embargo parece el espacio justo en que cabe la justicia, (siempre me pareció que no era mucho). Jerónimo es de esos seres que aquietan el alma. Grandote y amplio, es como esos paredones en donde de chicos te refugias del sol de verano. O donde van a dar todas las pelotas que se patean a la hora de la siesta. Fresco, protector, así es Jerónimo. A él las auroras ni le pintan. Por eso lo admiro. Por eso y porque pasa de mis anteojos.

El barquinazo del coche seis línea C remonta otro recuerdo. Fiesta inaugural de la sala de máquinas del hospital. Aurora, toda de rosa y tiñéndose ya de violeta luego de la sidra y los canapés enhebra astutamente un discurso que le vale los aplausos de la concurrencia que, a la vista de los platos ya vacíos, va girando como en bloque hacia la salida.

Aurora se cruza en mi camino voluptuosamente perfumada. Perfume…(¿les dije que soy alergiosa?), estornudo fatal y moco enorme que aterriza en la solapa del trajecito de la jefa de personal.

Mis manos y pañuelo tratando de restañar el daño ya irreversible porque en la buena intención desparramé aún más el moco con mi entrañable torpeza, de modo tal que el mismo ya desbordaba la solapa hacia el voluminoso pecho de Aurora. Manos grandes, manos tiernas y solícitas de Jerónimo con servilletas de papel (muchas, el moco era grande), ajustándose a los senos de una Aurora que ya tirando al borravino me encendió con una mirada glacial. Ahí no hubo suspensión, sólo cerco de silencio durante diez días, término en el que la anécdota, contada y recontada por mis compañeros sección morgue, tardó en dar la vuelta al hospital. Y Jerónimo hablándome al oído, contándome «que ahí no podía hacer nada, que no era cosa de injusticia sino de mala suerte piba». Le creí. ¡Cómo no voy a creer en la mala suerte si me llamo Aurora!

Original

EL RAYO DE LUNA

María Sánchez Fernández / España

Un rayo de luna se escapó del cielo y atravesó las negras aguas del mar. Era como un cuchillo cortante que a su paso dejara una herida abierta de intensa luz plateada. Ahondó tanto y tanto que llegó a profundidades insospechadas por él. Allá, en aquel fondo, advirtió que todos los habitantes de las aguas dormían. Escudriñó curioso, y vio qué diferente era aquel mundo del suyo. Él conocía los espacios abiertos en donde sus amigas, las estrellas, titilaban y, a veces, también se escapaban en vertiginosa carrera hacia el infinito. También conocía las exuberancias de la tierra pero… el misterio del mar; no.

Se movía de acá para allá despertando con su luz a miles de seres asustados que huían despavoridos de aquella extraña presencia. Vio un inmenso coral que movía unos brazos blanquecinos y rojos en los que había prendidos jirones de algas flotantes. Una enorme raya se detuvo, curiosa, a mirarlo para después seguir su camino.

El rayo de luna estaba fascinado, pero también un poco aturdido, él no quería despertar el pánico entre aquellos seres fantásticos, sólo quería conocerlos y ser amigo de todos. Con infinita delicadeza rozó la cola de un gran pez espada que se hallaba dormido en una oquedad de la roca. Éste se despertó y, algo asustado, se dispuso a atacar, pero vio que ante él no había enemigo alguno sino algo sin cuerpo cuya presencia era muy agradable.

El pez espada preguntó:

— ¿Quien eres tú, que nunca te vi?

— Soy un rayo de luna.

–¿Y qué es un rayo de luna? No puedo tocarte pero a través de ti puedo ver cuanto hay cerca de mí.

Y el rayo de luna sonriendo con su luz más blanca dijo:

— Tengo miles de hermanos y somos hijos de un cuerpo del cielo al que llaman Luna. Esta noche quise escaparme en solitario y visitar tu mundo.

Entonces el pez espada respondió:

— Eres mi huésped, ven conmigo y te lo mostraré.

Y visitaron, a través de las aguas que iban iluminando a su paso, los más bellos parajes que nunca hubiera imaginado aquel visitante que venía del espacio. Montañas vestidas de algas que, en el silencio submarino, parecían ser los fantasmas de aquellas otras montañas alfombradas de pinos verdes y empapadas de rumores que llenaban la tierra y que él conocía tan bien. Estas montañas del mar acogían, en infinitas cuevas, a miles de peces que en ellas buscaban seguridad y refugio. Moluscos de todos los tamaños se adherían a las rocas abriendo sus conchas rosadas y mostrando en su interior una masa blanduzca que se movía perezosamente acechando alguna presa, y cuando ésta se acercaba ¡zas!, se cerraba herméticamente para engullirla en su interior.

El pez espada seguía avanzando abriéndose paso entre las aguas con su gran trompa puntiaguda, y el rayo de luna le seguía fascinado envolviéndolo con su manto de luz. Un banco de pececillos rojos pasó ante ellos haciendo cronométricos zigzagueos, y un gigantesco pulpo extendía sus abotonados brazos queriendo tocar aquel extraño visitante que se movía entre los personajes marinos.

–Me gusta tu mundo.– Dijo el rayo de luna–. ¿Podrías invitar a mis hermanos?

Y el pez espada respondió:

–Puedes llamarlos ahora mismo, mientras las aguas sean negras. Después se volverán azules y vuestra tenue luz se perdería en ellas

Y el rayo de luna llamó a sus hermanos con su magnetismo cargado de magia, y al momento todos acudieron en tropel, y con gran algarabía de risas de plata invadieron las negras profundidades.

¡Qué orgía de luz y de colores explosionó en el fondo del mar! Rivalizaban el capricho y la originalidad en la forma de todos sus moradores. Peces alargados, redondos, achatados, de figura esférica o triangular, con ojos enormes y gráciles aletas; otros de cuerpos pequeños y grandes tentáculos; preciosos moluscos de las más variadas formas…, y tantos y tantos colores…, infinidad de colores rivalizaban por su propio protagonismo.

Las aguas se ondulaban vestidas de transparente blancura con el ir y venir de sus millones de habitantes.

La gran fiesta comenzó y todos danzaron con loco frenesí. Grupos de peces dorados trazaban círculos perfectos en torno a una gran masa de coral que alargaba sus ramificaciones rojizas como queriendo alcanzar aquella maravillosa luz que todo lo envolvía. Otros grupos de peces –siempre en perfecta formación y vestidos con la más exquisita originalidad−, abrían sus salientes bocas cantando burbujas. Un grupo de delfines se sumó al regocijo del momento emitiendo alegres sonidos que acompañaban a una diminuta orquesta formada por caballitos de mar y por oscuras ostras que abrían y cerraban sus conchas con perfecto ritmo, mostrando su intimidad nacarada. Un gran tiburón cruzó rápidamente, sin detenerse, tendría prisa por resolver algún asunto urgente.

La fiesta estaba en su punto culminante. La alegría rebosaba más allá de lo imaginable. Los rayos de luna reían y reían, y las aguas del mar nocturno –antes negras y quietas−, se movían alborozadas en sus ondas profundas y blancas.

De pronto, nuestro rayo de luna dejó de reír y prestó atención. Más tarde dijo:

–Hermanos, nos llaman desde arriba. Nuestra madre, la Luna, se retira. Ya baja por el cielo en busca del horizonte.

Todos se unieron en un inmenso haz de luz, y diciendo adiós a sus amigos salieron del mar y ascendieron a la altura mezclándose con los claros rosados del alba.

https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png 0 0 le-administrador https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png le-administrador2025-06-23 10:28:332025-06-26 15:56:07CUENTOS Y RELATOS – JUNIO

CUENTOS Y RELATOS – MAYO

Aviso Legal

Las opiniones expresadas en los artículos de esta revista literaria son exclusivamente de los autores y no reflejan necesariamente las opiniones de la dirección. Todos los contenidos publicados en esta revista están sujetos a la propiedad intelectual de España y protegidos por los derechos de autor de sus respectivos escritores.

Cuentos-y-relatos

«Cada cuento es un mundo, una chispa de imaginación que prende el alma y nos transporta más allá de lo real.»

E. Gormley

Separador-1

LA PULGUITA
FÁBULA

Magi Balsells / España

Con sus pertenencias al hombro se desplazaba una joven pulguita, brincando de pelo en pelo de un tranquilo perro, en uno de estos saltos apareció delante de ella una vieja y arrugada pulga, la reina de todas ellas, la cual paro sus saltos con estas palabras
.-Párate aquí, ¿Dónde vas joven pulga? Con tu autillo al hombro y con estas prisas ¿Qué te ocurre? ¿Te persigue alguien?
.-No Sra. Reina de las pulgas, solo es que quiero encontrar un perro que sea mas limpio en el que ahora estoy.
.-Ya me dirás para que quieres cambiar a este tranquilo animal, aparte de su suciedad que no veo sea tan fuerte.
,.Quiero un perro de estos que su amo lo cuida, lo lleva a la peluquería, donde le hacen peinados muy bonitos, que huela bien , no como en el que estoy.-
.-No sabes lo que pides, te explicare algo que me ocurrió en mi juventud por tener tus mismos deseos y después decides lo que quieras, pero primero escúchame.
.-Soy todo oídos, seguro será algo importante.
.- Así es, veras, cuando yo era tan joven como tu, nací en un perro que no era el sinónimo de la limpieza, no era por su culpa sino por los dueños que tenia, pero pese a todo era un animal muy tranquilo que me dejaba en paz, pero esto no era suficiente, quería algo mas hermoso, algo mas limpio, que oliera mejor y prepare mis bártulos y como tu me fui en busca de mi nuevo hogar, que no tarde en encontrar en un hermoso animal, bien cuidado, limpio hasta la exageración, pensé que allí seria feliz, pero que enseguida comprendí que había cometido un error muy grande.
.- Pero si era lo que querías donde estaba la equivocación.
.-Muy fácil, en sus dueños, lo lavaban cada día, con unos jabones muy olorosos que atacaban mi olfato, llevaba un collar antiparasitario, que aun que a mi me afectaba poco me molestaban las ondas que trasmitían, aparte cualquier movimiento que efectuara como si algo le hubiese picado, automáticamente era llevado al veterinario para que hiciera una exploración de su cuerpo en busca de algún elemento molesto, y los viajes a la peluquería, donde recortaban sus incipientes pelos llevándose en los mismos muchos amigos con esto consiguieron que muchos perdieran la vida, yo tenia que esconderme en los lugares mas insospechados para no ser encontrada, tuve mucha suerte, pero esto no era la vida que yo deseaba, por lo cual volví a mi anterior domicilio donde disfrutaba de las delicias de poder picar a mi amigo con deleite sin que nadie se preocupara de eliminarme y hasta este momento soy feliz aquí
¿Crees que vale la pena cambiar esta tranquilidad que tienes por una mejor estancia?
.-Pues mirado de esta manera , no creo que el cambio sea beneficioso, por lo cual me quedare en este lugar, aquí por lo menos tengo el sustento asegurado y cierta tranquilidad .Gracias por tu sabio consejo , pero ya sabes docta pulga que la juventud no tiene la experiencia que tu posees, y a veces cuando la consiguen ya es tarde

Separador-1

HISTORIAS REALES

Carlos González Saavedra / Argentina

Finalmente ya estaba instalado. Contento y mi familia también, les había encantado el departamento. Luminoso amplio y cómodo. Por mi parte, mis compañeros me habían recibido muy bien. A veces pensaba que la gente de Buenos Aires, es de una manera o de otra, muchos mitos referidos a esto. Me sentía muy respetado y bien tratado en mi puesto, de gerente del Banco Nación Argentina. Estaba orgulloso. Si bien no es lo mismo, ser gerente de un pueblo de diez mil habitantes en Santa Fe, que serlo en el conurbano, en una ciudad de trescientos veinte mil.

La gerenta regional, me había llamado unos días antes del nombramiento, avisando que ya estaba a la firma. Que contara con ella para lo que fuera necesario.-Cuenta Ud. con una muy buena foja de servicios, ¡adelante! Mi oficina amplia y cómoda. Todo el personal de primera, hasta uno de ellos, Mariano, cocinaba para todos. Nos turnábamos en el amplio comedor, para almorzar.

Los primeros días fueron de fogueos con los clientes, de a poco, me fui adaptando a la dinámica. A la semana me llama por teléfono el regional y me dice: -Edgardo en el día de mañana irán de la región, un arquitecto con el jefe departamental. La sucursal ha sido elegida como ideal para darle mas fluido y mejor atención.

-Bueno los espero. ¡Sorprendido!

Al llegar el arquitecto y el jefe departamental, comentan. -Haremos unas reformas, donde hay cuatro cajeros electrónicos van once, se modifica el frente, habrá mas espacio, en las ventanillas de atención al publico en vez de cuatro van ocho.

-Bueno ¿Cuándo empiezan?

-En quince días se termina. Así esta establecido, empezando éste fin de semana mismo.

Estaba sorprendido en el campo todo, se me preguntaba, acá todo venia dispuesto, tendré que adaptarme.

-Edgardo cuando empiecen las obras, casa central me adjudico diez mil cuentas que repartiré entre Ud. y La Matanza. Creo que le tocan unas ¡seis mil!

-¿El personal? no alcanza

Pensaba acá no tengo control de nada, ni se quien viene ni quien se va. Imposible tener el trato que tenia con la gente del campo.

-Unos días antes firmé los traslados de diez personas más un asistente de cuentas de cajas de ahorro. Se presentarán entre mañana y pasado.

Por momentos pensaba en que lío estaba metido porque era mucho para manejar, controlar y enviar los informes.

Después de las reformas, con el banco con otras dimensiones ya me había ordenado y mano rígida y seria para empleados y algunos clientes díscolos.

Era otra persona, pero me desempeñaba bien, me gustaba y le había tomado bien la mano. No podía impedir las enormes colas para cobrar por ventanilla y gente desde las siete de la mañana con frío y lluvia haciendo cola afuera. Dando número no bastaba, me sentía responsable, pero hacia lo que podía.

Un lunes con el banco atestado de gente, colas afuera, adentro. En fin, un verdadero día de furia, después del feriado del viernes.

Preferí encerrarme en mi oficina, para concentrarme en cada una de las cosas que debía resolver, ya había dicho que no, al almuerzo.

Siento que golpean respetuosamente la puerta.

-¡Adelante!

-Señor gerente hay una señora que esta con su hija, quieren hablar con Ud. es por una tarjeta, hace como una hora que esperan.

-Que la atienda Silvia, jefa de cuentas corrientes, ¡no puedo en este momento!

Pasada media hora se asoma Silvia por el marco de la puerta -Edgardo quieren hablar con vos, por una tarjeta. ¡No nos vamos de acá! sin hablar con el señor. Son muy respetuosas y humildes, Edgardo, es ¡gente de trabajo!

-¡Que pasen!

Se presentan dos mujeres, de aspecto muy humildes con ropa sencilla. Tenían todo el aspecto de empleadas domésticas, tímidas, temerosas y poco instruidas.

-Buenas tardes, ¿en que puedo ayudarlas?

-Háblale al señor, ¡contale! Es mi hija y algo importante va a decirle.

No salía del asombro, ni entendía bien ¡que era lo misterioso!

-Bueno señor Ud. disculpe que le quite su tiempo, el problema es mi tarjeta de caja de ahorro donde tengo unos pesitos, perdí la tarjeta y quiero saber si me robaron el dinero o lo tengo.

Menos entendía

-Pero la clave no debes dársela a nadie ¿Por qué no explicaron a las dos señoras que la atendieron?

-Bueno es un asunto delicado.

-Que es lo delicado, Ud. quiere saber si tiene dinero en la cuenta, sí le han depositado el plan. ¿Cuánto hace que perdió la tarjeta?

-Tres meses

-¿Tres meses? ¿Y recién ahora viene porque no lo hizo antes?

-Contarle al señor, insiste la madre

-Me tenían secuestrada y me amenazaban que matarían a mi familia

-¿Como es eso? pregunto sorprendido, mientras me acomodaba en la silla.

-Bueno resulta que una amiga me invito a una fiesta en El Palomar y ahí nos fuimos las dos en colectivo, creo que en el 354.La fiesta eran de unos amigos de la Miriam, mi amiga. Bailamos había uno que quería abusarse, lo paré. ¡No soy de ésas, le dije!

Y me contesto que lo perdonara, que me invitaba con una copa y acepte.

La escuchaba y seguía sin entender nada, la chica estaba al borde del llanto.

-Seguí Anahí hija. Alentaba la madre contemplándola tristemente. Conteniendo el llanto.

-Entonces me empecé a sentir mareada y no me acuerdo de nada. Desperté entre camas viejas y colchones con humedad y en una pieza despintada. No sabia donde estaba.

-Vamos nena despertate que tenes trabajo, mi nombre es Samanta.

-No se quien es Ud., señora, me llamo Anahí, ¿Dónde estoy? Viene un hombre forzudo me agarra de los pelos y me tira debajo de un chorro de agua fría, me deja un rato y me deja un pantalón cortito y una blusa.

-Toma sécate tirándome un trapo viejo, para secarme.

Samanta me dice con tono amenazador y enérgico. Apretando con fuerza mi cara.

-Anahí acá vas a atender a hombres que quieren sexo. Sin chistar porque te cagamos a trompadas, y matamos a tu vieja, que ya sabemos donde vive. ¿entendiste?

Me llevan a otra habitación donde había tres chicas mas, una de ellas me dice estamos en el Chaco, viniste junto conmigo, ellas llegaron ayer.

Estaba pálido anclado al sillón de la gerencia sin saber que decir, mientras, pobre chica, lloraba y la mama le daba fuerza y sostenía. Tampoco sabia que podía hacer yo o porque vinieron a mi. ¡Más que escucharlas!

-Nos sacaron a todas los documentos. Contaba Isabel la chica que se mantenía más en guardia.

-Bueno señor se imagina lo que pasé, maltrato y violaciones de todo tipo, me hacían de todo. Comíamos mal y dormíamos peor. Lo mejor era el mate cocido de la mañana con pan caliente que traía el panadero.

La mama lloraba en silencio, sus ojos tristes e impotentes por lo que contaba su hija, pero con la entereza de la que tiene una vida sufrida.

Jamás había pensado en semejante drama, frente a mis ojos. Estaba perplejo, incómodo, desorientado y al borde del llanto, también yo.

Todo eso escenario me hacia pensar en mis hijos. En mi hija que había empezado la facultad. Contenta con sus veinte años, llena de sueños, Anahí no estaba muy lejos pero en su mirada se podía leer, el arrebato de su inocencia y alma de mujer. Me había conmovido profundamente lo que contaba.

-Pero contame ¿Cómo llegaste acá?

Lo que pasa que Isabel que es mas despierta, vio cuando venía el panadero con el pan, se quedaban hablando y alguna cosita más, con la Samanta. No ponían la traba a la puerta y esa era, una oportunidad para escaparnos.

-Así fue, corrimos como un kilómetro, escondiéndonos, hasta un cruce. Por suerte al primer camionero que hicimos dedo nos levanto y nos llevo hasta Santa Fe. Cuando le contamos al camionero, nos dejo en un convento y las puso al tanto, ahí pedimos que no llamara a la policía. Estuvimos tres días con ellas. Comimos bien, dormimos y nos dieron ropa nueva y limpia y dinero para el micro, que nos dejo en Retiro.

-Anahí donde vas a ir vos?

-Vamos a la casa de mi primo, por si no están buscando. A ver si mi mama esta viva.

Ven conmigo, ¿Dónde vive tú mama?

-No tengo mama pero mi hermana Dora me estaba cuidando a mi hijo.

Llegamos a lo de mi primo, le conté y el fue a buscar a mi mama a la casa para asegurarse que estaba bien, lo mismo hizo con Dora la hermana de Isabel.

Las mire a los ojos me levante, fui hacia ellas y las abracé, quería pedirles perdón. Por esta sociedad injusta, donde siempre sufren mas, los menos instruidos

-Sabe Don, la monjita fue la que me dijo, no cuentes a nadie. Habla con el que manda, por eso lo espere con mi mama, llorando desconsolada. Ese abrazo nos había quebrado a los tres y como los chicos en el colegio abrazados llorando quedamos, unos minutos.

-Perdón irrumpe Silvia y se encuentra con esta escena cierra la puerta delicadamente y todo el afuera no se escuchaba. Ese día de furia tenía una pintura de humanidad, ésa que supe tener en el Banco Nación de un pueblito de diez mil habitantes. Gracias a eso pude escuchar y comprender

-Dame tu número de documento

-Al buscarlo en el sistema me decía que, ANSES había depositado el plan. Tenía treinta mil pesos en su cuenta acumulados. Justo a punto de vencer.

-Silvia con lagrimas en los ojos, entrego la tarjeta nueva y nos abrazamos los cuatro.

-¡Dios lo bendiga! me dijo la mama, mientras Anahí no podía hablar, tampoco yo.

Anahí finalmente al lograr tener PAZ en su corazón, su vida cambió.

Me entere, poco después que se había vuelto con su mama a Formosa, donde vivía toda su familia.

Separador-1

EL MAR, CONFIDENTE Y DUEÑO DE SUEÑOS

Elspeth Gormley / España

El mar no es solo agua en movimiento. Es un alma líquida que respira con el ritmo de las mareas, un confidente mudo de pensamientos que nunca se pronuncian en voz alta. Es el eco de nuestras emociones, la extensión infinita de lo desconocido, el guardián de historias que solo aquellos dispuestos a escuchar logran descifrar.

Hay días en que su furia estalla. Las olas se alzan como titanes indomables, rompiendo contra la costa con el ímpetu de un corazón desbordado. La espuma devora la orilla, el viento se une en su danza salvaje, y el horizonte tiembla ante la batalla de agua y aire. Es el mar reclamando su poder, recordando a los hombres que nunca podrá ser domado.

Pero también sabe ser calma. En esos momentos, su piel de cristal refleja el cielo como si quisiera fundirse con él, como si en su inmensidad guardase la respuesta a todos los silencios. Susurros de agua rozan la arena con la ternura de un beso, su abrazo envuelve los cuerpos que se rinden ante su inmensidad.

Cuando la luna llena se posa sobre sus aguas, el mar transforma su esencia. Se vuelve un espejo de plata, un camino hacia lo infinito, un sendero celestial por el que solo los soñadores osan caminar. Y en ese instante, cuando todo calla salvo el murmullo de las olas, susurra sus secretos más antiguos. Habla de navegantes perdidos, de amores prometidos bajo cielos estrellados, de deseos que nadie se atreve a pronunciar.

Lo amo porque me escucha, porque entiende el lenguaje de las emociones sin necesidad de palabras. Porque responde en el idioma de las mareas, en el vaivén de su oleaje, en el ritmo imparable de su existencia. Lo amo porque, aunque el mundo cambie, él siempre sigue ahí.

Pero el mar no es solo mío. Es tuyo, es nuestro. Es el pulso de la Tierra, el testigo silencioso de vidas que vienen y van, el latido que nunca debe cesar.

Y cuando lo contemplo, cuando su brisa golpea mi rostro y su rugido llena mis oídos, sé que no hay límites, que no hay final, que la eternidad es real.

Porque el mar no se explica. Se siente.

«El mar es un espejo de la eternidad: a veces en calma, otras en tormenta, pero siempre profundo y lleno de secretos.  

Separador-1

EL ÚLTIMO QUE CIERRE LA TRANQUERA

Miriam Noce / Argentina

«Nunca apuesto a un caballo, sólo apuesto a jockeys» Nicolás Negroponte

«América fue siempre mi sueño». El abuelo así comienza sus historias. No sé si soy su nieto preferido o sólo el mayor, el Tomás. Nos une desde mi niñez una profunda amistad de comprensión y picardías. Pese a mi corta edad, fui el depositario de sus penas y satisfacciones.

Con dieciocho años recién cumplidos y con días de estada en estas tierras consiguió un laboro en los campos de Colonia San José. Atrás quedaban sus padres y abuelos en la ya lejana Sicilia. Austero, notablemente dotado para aprender con rapidez diversos trabajos del campo. Se ganó con creces la confianza del patrón. Poseía destreza en sus tareas y habilidad para hacer convincentes sus ideas. Al cabo de tres años consiguió el amor de una nieta de gringos y comprarse 6 hectáreas que desmontó solo y con paciencia. Bianca le dio dos hijos varones: el tío Pietro y mi padre. Desde pequeño Pietro fue boyerito y creció siendo la mano derecha del abuelo Gino. Tenía un don especial con los animales. Intercambiaba ideas en la escuela con la maestra y sus compañeros; le gustaba imaginar nuevos usos a las herramientas del campo, mejorar el ganado; le decían «tanito innovador.» Con el paso de los años comenzó a discutirle a su padre: de nada servía comprar más hectáreas y ganado, sino aportaba mejoras a los establos, al pastaje, a las aguadas.

El abuelo Gino le exigió a mi padre estudiar, siempre estudio. Él quería tener un hijo abogado, y lo logró. Nunca bajó la guardia. Cuando cumplió sus dieciocho, el tío Pietro se fue. Probó suerte en campos de Humboldt. Necesitaba hacer realidad sus sueños de modernizar el campo. No consiguió enseñarle a Gino las nuevas tecnificaciones. Se alejó en distancia y principios. Para colmo, la prepotencia es uno de los defectos menos tolerado por el abuelo. Hoy está casado y envía a sus hijos a la escuela agrotécnica de la zona. Quiere que su campo sea un ejemplo.

Mi padre también se casó joven. Somos tres hermanos y es él quien visita al abuelo todos los fines de semana. Cuando chicos mis hermanas iban felices a andar en los petisos que el abuelo les tenía reservados. Ya adolescentes sólo yo sigo concurriendo. No me atraen las tareas del campo, sí el carácter y las anécdotas de mis abuelos. Había que temblar cuando el abuelo tenía un aire ausente, eso significaba que en su testa andaba rondando un pensamiento inteligente. Tengo muy buena relación con ellos. Lamentó que mis primos y tíos sólo vengan dos veces al año para el cumple de los nonos, fiesta que se comenta en toda la Colonia por la comida que prepara la abuela: raviolis y fettuccini con abundantes salsas; biscotti, pan o bollos. Sobremesas largas regadas con buon vino. Al terminar el abuelo de contar las maravillas de su ciudad natal, Catania, y decir «arriverdechi a tutti» recién nos estaba permitido retirarnos.

Como pienso seguir los pasos de mi padre, seré abogado. El tema seguridad me preocupa, sobre todo por ellos, tan solos en el medio del campo. Cuando les pregunto cómo se manejan con el dinero, la nona rápida me contestó: “Lo guarda adentro del colchón.” Me he reído con ganas, pero… la duda queda. Mi padre no se preocupa, dice que el abuelo es más astuto que todos nosotros juntos. Nadie sabe a dónde va cuando saca a relucir su impecable Ford modelo 76.

Entre el frío, inesperado y prolongado, más la sequía, este año se le han muerto varios animales al abuelo. Le hemos ofrecido dinero para comprar forraje, pero para nuestra sorpresa, nos ha dicho que tiene suficiente. El auge de la soja hizo que muchos se inclinaran ante el momento excelente y le han restado terreno a la ganadería. Le comenta a mi padre: «Tu hermano mayor dice que soy tenedor de vacas; él en cambio es productor.» El abuelo siempre tiene un dejo de amargura cuando recuerda las palabras hirientes de Pietro al irse del campo:

—Serás siempre un viejo atrasado, olvidado por los demás productores. Seguí con tus antiguas prácticas ganaderas. No estás en tu querida Sicilia.

—A veces, en silencio reconozco que en algunas cosas tiene razón. Por ahí, estoy desconectado de las prácticas modernas en el manejo del ganado. Pero, tengo cosas nuevas. ¿Sabés mi’jo lo que es el CUIG?

—Por supuesto abuelo, la clave única de identificación ganadera.

—¿Viste que de a poco me voy adaptando? Tengo el tranco corto y lento. Pero alguna vez se van a llevar una sorpresa. Ya veras Tomasito.

—¿Se pueden morir más animales?

—Quizás algunos más. Andan revoloteando los caranchos. La ausencia de pastos es increíble, ni macollo hay. Los rollos que he comprado son una vergonia. Dejan mucho que desear, están hechos con rastrojos de bajo contenido alimenticio. En el verano hice los deberes: arrollé alfalfa, embolsé forraje y sembré avena. Como dice mi otro figlio, esta actividad tiene un importante nivel de riesgo.

—¿Qué es la sorpresa?

—Tu tío cree que se me van a morir todos los animales; pero se mancó. Vendí mucha hacienda y al mejor precio cuando la tuve que sacar de la isla por la inundación. Tenían buen kilaje. Alguna vez, le voy a hacer caso. Aprenderé a manejarme con pastoreo rotativo y boyero eléctrico.

—Tiene razón papá, cuando querés, sos un gringo inteligente.

—Esperá, que todavía falta.

El llamado de uno de sus peones cortó la conversación. Al abuelo lo ayudan pobladores nativos, hijos y nietos de antiguos criollos. Conocen a la perfección el lenguaje de Gino, mezcla de dialecto siciliano con castellano y algunos términos actuales de «empresario ganadero.»

Don Gino, el viejo, el abuelo, el nono (lo llamo de varias maneras), me tiene preocupado. Estos últimos días lo veo un poco decaído. Se lo hicimos notar y nos ha contestado: “No se aflijan, estoy como el ganado: invernando para adquirir un lindo engorde.” La abuela Bianca anda entre risueña y sorprendida. Dice que el abuelo en los últimos meses se ha vuelto muy lector. Diarios, revistas, libros. «En qué andará este gringo, cuando se le pone algo, ni Cristo lo saca de su brete.»

Siempre menciona la sorpresa que me tiene preparada, pero jamás sugiere lo que es. Como los chicos, le brilla la mirada y su boca parece pronta a hablar, pero… calla. Apuesta a que me apure para recibirme de abogado: «Así los dos estaremos con buen engorde para ingresar al mercado.» Se nota que está haciendo esfuerzos denodados, pero los años le están pasando facturas, su cuerpo ya no está tan derecho, pero su mente e inteligencia van en aumento.

Ayer me recibí. Concluidos los festejos (nobleza obliga), fui a visitar al abuelo. Ansioso y feliz me recibió con risas y palabras en su dialecto. Abrazados fuimos al comedor, el que permanece oscuro y silencioso esperando acontecimientos dignos para festejar. Pidió a la abuela, dos copas y el vino de las ocasiones y «por favore, ¡no interrumpas! Tengo que hablar muy seriamente con el abogado.»

—Terminaré de envejecer en este lugar. Quiero que muchos puedan disfrutar de estas tierras. Le demostraré a mi piccolo mayor, que soy algo más que un tenedor de vacas. Como dicen los genoveses: supe acamalar en tiempos duros. Quiero dejar algún tipo de huella en mi paso por el mundo. Te voy a contar mi idea. He leído mucho sobre el tema. Esta tierra que me dio para vivir tantos años sirve para lo que hoy está de moda. Cuando yo muera…

—Abuelo, no empiece con esas tonteras. Estás un poco viejo, pero no para tanto.

—No me interrumpas. Mis dos hijos recibirán su herencia por partes iguales. Todo quedará en testamento. Bien claro. También lo que vas a cobrar por administrar, lotear y estar al frente de todo. A Bianca, la llevan a vivir con ustedes a la ciudad. Últimamente ve películas italianas por la tele. Ríe y llora al mismo tiempo. No va a molestar.

—Pero abuelo

—¡Silencio! Tomás, no parla, escucha. Algunos los llaman club de chacras. Otros, barrios de chacras. Tendrás que asesorar y asesorarte. El loteo va a producir un importante capital, superior a la venta como campo. Muchos árboles frutales, álamos y ligustros. Casas lindas pero no de lujo, para huir del vértigo de la ciudad. Absoluta tranquilidad y silencio. Que cada lugar tenga pajareras con aves de la zona. Agrandá la aguada para que las garzas en el invierno tomen sol por las mañanas. Que se puedan criar toros criollos y bueyes mansos. Viveros de hierbas aromáticas y flores. Cría de caracoles. Armar huertas en pequeña escala. Un lugar para las caballerizas y senderos para cabalgar. No lo podré ver, pero confío ciegamente en vos. Las chacras se llamarán «Don Gino.» Solo una cosa te exijo: como no voy a bellaquear para irme, quiero que mis cenizas descansen en la orilla de la aguada. Te aclaro que si no cumplís con mi mandato, desde algún remoto lugar «la cosa nostra» tomara vendetta. ¡Ah! No te olvides: el último en pasar, que cierre la tranquera.

—¡Abuelo! ¡Abuelo!… tendremos largas conversaciones sobre el tema. La idea me parece muy buena. Excelente.

—Gracias caro mío. Creo que en está tierra sos el único que me entiende.

Fue el festejo más lleno de cariño. Cené con ellos y me despedí cerca de medianoche. El abuelo no vio el amanecer, se durmió entre sueños.

Me espera una larga sucesión; todo está plagado de hostilidad, fastidio, obstáculos. El tío Pietro no está de acuerdo en cumplir los proyectos de su padre.

Separador-1

EN LAS CEREMONIAS… AL TEMBLOR DE LAS HOGUERAS
Carlos Pérez de Villarreal / Argentina


La obscuridad era completa.
Una leve brisa comenzaba a sentirse.
El silencio se quebró con el ruido cada vez más intenso.
Un par de ojos se vislumbraron en la distancia.
Comenzaron a agrandarse.
Una ola de papeles empezó a danzar por todas partes mientras el rumor ensordecía.
Chirrido de metal sobre metal, crujidos de materiales.
Sin mediar nada más. ¡UUOOOSSSSHHHH! El subte pasó raudo.
Diana, apoyada sobre la pared, veía pasar el juego de luces de las ventanillas, mirando casi sin ver los rostros, que como en una recorrida infernal se desdibujaban en la distancia.
Las lágrimas corrían por sus mejillas como un reguero gris que brillaba en las vías, alargando los rieles.
Su cuerpo, esbelto, se sacudía intermitentemente por los sollozos.
Un manto cubría su vestido que llegaba hasta el suelo.
Se detuvo.
Escuchó atentamente y sintió más que supo, que alguien la seguía.
En la lejanía, Vulcano, el ser mitad hombre, mitad animal, tremendo ejemplar de casi cuatro metros de altura, el último de su raza extinta ya hacía diez mil años y creadora de los túneles, estaba tras sus pasos.
Cuando la alcanzó, Diana sólo atinó a aferrarse a él con desesperación.
Una nobleza infinita cubrió el rostro del semidios y alzando con una mano a la bella Diosa, comenzó el largo peregrinar por la obscuridad chapaleando agua putrefacta.

Su nombre era Ares.
Había matado a Tártaro el monstruo de la oscuridad y reinaba en su lugar.
Un reinado de luz.
Su cuerpo enjuto, fornido y musculoso, no dejaba entrever su gran edad.
Sentado en el trono, con el báculo de poder en su mano, meditaba.
El cuerpo retraído solo estaba cubierto por un manto blanco que dejaba el pecho al descubierto.
El símbolo del rayo colgado de una cadena, brillaba por la luz de cada subte que pasaba… dejando su estela.
Sus largos cabellos blancos y su poblada barba, gemían por el viento.
Diana había escapado.
Como su Diosa y esposa gobernaba junto a él, pero la llegada de Perseo, el humano, había trastornado todo.
Enamorada de sus hazañas, huyó con él.
Los buscó por centenias y al final, los encontró.

Envió tras ellos a Céfiro, Dios del viento subterráneo, cuyos soplidos son tan fuertes, que aún hoy perduran en los túneles permitiendo al subte alcanzar su máxima velocidad.
Enfrentado con Perseo, Céfiro debió usar todas sus argucias en la lucha.
Aunque aquel era humano, su figura, extremadamente musculosa con su casco guerrero, sus polainas de cuero trenzadas y su vasta experiencia, imponían respeto.
Las estocadas iban y venían.
El reflujo de estrellas que salpicaban al golpearse entre sí, se veía desde las ventanillas.
Los escudos entrechocaban con un ruido sordo y atemorizador.
El polvo se levantaba haciendo casi irrespirable la atmósfera, pero ninguno de los dos
retrocedía.
El tiempo pasaba, el sudor empapaba el cuerpo de los dos contendientes, y en un paso en falso, la espada de Céfiro, haciendo una finta, penetró por el costado derecho de Perseo y lo atravesó como a una fruta madura, partiéndole el corazón.
El desgarrador grito de Diana se escuchó en los túneles.
Parecía el chirriar de los frenos del subte.
Tendida a los pies de Ares, suplicó, lloró y se desgarró, pidiendo por su amado.
Su pesar fue considerado sincero.
Perseo volvería a la vida como un semidios y a cambio Vulcano moriría. Una vida por otra.
El mandato fue cumplido.
Aún hoy su corazón deja sentirse a veces, retumbando en los túneles:
¡Tatá-Tatán, Tatá-Tatán, Tatá-Tatán!
Pero el verdadero suplicio llegaría poco después.
Se contaba en las ceremonias… al temblor de las hogueras, que Diana sería encerrada en
uno de los infinitos trenes y Perseo, desde ese día la buscaría, descartando
incansablemente cada subte.
Así es como llegan a nosotros:
Uno tras otro, uno tras otro, uno tras otro…

Separador-1

LA CONJURA DE LAS ALMAS

Sandra B. Romeo

Destino y alma son dos nombres para el mismo principio

Novalis. Escritor y filósofo alemán.

Después del segundo asesinato yo sabía que no me enfrentaba a algo común. Buscaba, con la ayuda de mis sueños, algún indicio que me acercara al fin del misterio.

Algunos dirían más tarde que resolví el caso porque sabía el ritual.

Yo digo que las almas hablan.

Y todo aconteció.

Corría el año 1926. Ese tórrido verano de 1926.

Sólo se respiraba fuego. El aire estancado sobre nuestras cabezas, sin moverse ni enfriarse, apestaba a río.

Como la ciudad, como nosotros.

Helena, Cecilia y yo salimos de la confitería caminando juntas hacia el bajo desembocando en la costanera.

Las últimas horas de la tarde morían ahogadas en ese calor sin precedentes.

Cuando ellas tomaron su tranvía, yo seguí mi camino.

Así se lo dije a la policía, así ocurrió.

Al abrir la puerta de mi casa, me dijeron después, Helena estaba muerta.

A primeras horas de la mañana, cuando vinieron a buscarme para reconocer el cuerpo, ya que Helena estaba sola en la ciudad, Cecilia estaba allí.

Éramos inseparables.

En la morgue judicial, el laberinto de pasillos por el que nos llevaron era tan intrincado y falto de lógica como mis sentimientos.

Finalmente, al término de un corredor con piso de linóleo verde y azulejos de vidrio, se abrió una puerta.

Nos encontramos frente a una camilla de acero inoxidable en la que se espejaba, sin ninguna gracia ni armonía, una Helena destrozada y desconocida.

Era ella, sin dudas, pero como, se supone, sería en su vejez. Encogida, descolorida, seca.

En su mano muerta aún apretaba una pequeña piedra con extraños símbolos.

El timbre sobresaltó a Cecilia en esa hora de la noche en que sólo puede llegar a buscarnos alguna desgracia.

Yo la vi aterrada.

Del otro lado de la puerta un acongojado Segrob le pedía perdón por no haber llegado a tiempo.

A esas alturas me habían encontrado y alguien tenía que decírselo a mi amiga. Quedaba totalmente sola.

Cuando me vio en la camilla-espejo una extraña piedra marcada se desprendió de mis dedos agarrotados y ancianos.

Aquí, como inspector del caso, debo retomar el discurso en esta historia.

Mis sueños se ensamblaban con la vida y la muerte de estas mujeres en un contrapunto que me tenía aterrado.

Esas noches pobladas de imágenes proféticas y reverenciales alimentaron mi investigación.

Eran palomas, capas negras y máscaras extrañas por su entramado y tonalidad quienes me guiaban por callejones oscuros y tortuosos. Por las orillas secas del río y las iglesias abandonadas de las afueras. Recorrí todas las ruinas de la zona barajando entre mis dedos aquellas piedras que, ya sabía, eran runas antiguas.

Uruz, cambio y transición. La vida que se ha estado viviendo excede ya su propia forma.

Hágalas, perturbaciones elementales, acontecimientos totalmente fuera de nuestro control.

Tal era mi introspección que en el departamento de policía llegaron a perder toda esperanza en mi cordura y casi me separan del caso.

Sin embargo yo sabía.

Aquella tarde caminaba por las calles uniendo piezas dentro de mi cabeza. Era tal mi concentración que tardé varios segundos en darme cuenta de que una enmascarada multitud me rodeaba.

¡Máscaras!. Recordé que ése era el baile anual del Centro de Residentes Venecianos.

Los arlequines se transformaban dos pasos más allá en diablos y damas antiguas. En el centro de la plaza una odalisca se inflamaba con el calor y el alcohol en un baile alocado que era aplaudido por el virrey junto a un grupo de pieles rojas.

Intenté desembarazarme de tanto disfraz. Giré en el momento que desaparecía por la esquina una cola de capa negra. Yo empujaba y despejaba el camino con mis manos siguiendo el mensaje de mis sueños. Siguiendo al asesino.

El laberinto de calles que tan bien conocía parecía haberse unido a ese carnaval sombrío de colores.

Todo me abrumaba mientras corría detrás de un rastro disfrazado en esa ciudad alucinada. Cada tanto un destello de la máscara me guiaba sin saberlo. Sin embargo, esas callejuelas tramposas engulleron capa y máscara.

El rastro me llevó a un callejón oscuro en el que no había ni puerta, ni ventana, ni tapia, tampoco asesino ¡se había desvanecido casi delante de mis ojos!.

Miré alrededor y me encontré en el barrio sombrío de los marginales brasileños.

Un ruido lejano de tambores rituales venía de la ribera más escondida del río. Anunciaban la noche del cruce del umbral.

La claridad se hizo en mi mente.

Volví sobre mis pasos y sorteando los últimos antifaces agónicos corrí hacia la casa de Cecilia.

La verja abierta y las ventanas oscuras me hablaron de lo irremediable. Atravesé la puerta en el momento en que el asesino ponía sobre el cuerpo sin vida de Cecilia la runa portadora del último mensaje, Nauthiz; el cruce del abismo, apuros, necesidad, dolor.

No voy a explayarme en la pelea que nos unió.

Sólo agrego que al apretar su cuello con mis manos (sin ninguna compasión y sin el más mínimo respeto por las reglas policiales), esa máscara comenzó a enturbiarse y se desprendieron de ella, como palomas veladas, Helena, María, Cecilia.

Separador-1

EXTRAVIADOS EN LA LLANURA

Walter H. Rotela G. / Uruguay

Félix Alcides López Ayala estuvo en el frente de batalla en la Guerra del Chaco. Apenas fueron los primeros combatientes, estuvo pronto. Con 18 años, recién cumplidos, estaba listo -según él- ¡para luchar y defender las tierras rojas de su amada patria.

Cuando terminó el sexto grado de la Educación Primaria a los 14 años fue a trabajar con un tío albañil. Traía la cabeza rapada para cuidarse de los piojos, costumbre que nunca abandonó.

Así se volvió aprendiz de albañil. Primero estuvieron participando de obrajes pequeños, en la ciudad capital, por un par de años o tres; pero surgieron oportunidades en el centro sur del país, y hacia allá fueron con su tío. Llegaron a la zona de Villarrica, conocida como la “Ciudad

Andariega”, pues sus habitantes tuvieron que mudarse en siete ocasiones debido a las guerras con los banderines y por problemas políticos. Al parecer esto también afectó a Félix Alcides; pues su vida fue un continuo ir y venir, tanto por tierras del Paraguay como por tierras de la Argentina.

Un año entero estuvieron trabajando en Villarrica, pero todo cambió con el inicio de la guerra en el ‘32. Para febrero del ‘33 muchos de sus amigos y parientes tenían como único tema la guerra, la defensa, la colaboración con toda clase actividades vinculadas a la supervivencia de los soldados en el frente de batalla. Todos hablaban de lo mismo. Cómo no alistarse y entrenarse para ir al frente. Nada parecía más importante.

Su tío era un gran lector, y con él conoció un montón de historias de la Primera Guerra Mundial. Algunos conocidos y clientes del tío venían corriendo de aquellas guerras en Europa.

Las historias eran complejas, entre heroicas y lastimeras, entre macabras y fantasiosas. Cada historia parecía impulsarlo al campo de batalla, a conocer aquellas aventuras que contaba – que leía – su tío, en recortes de diarios y libros prestados. Así también solía leerle las desventuras del famoso personaje, el Hidalgo Caballero creado por Cervantes, Don Quijote de la Mancha. Si bien comprendía que el hidalgo estaba loco, asumía que tenía una fuerte causa, y una fe a prueba de. Esto era lo que más le gustaba de aquella historia narrada por su tío, y la cual, el mismo leía, a la luz de las velas, en noches calurosas, en casa de sus patrones.

Su madre no quería que fuese al frente, pero estaba decidido. No quería conocer sólo las historias de los que volvían heridos a los hospitales de la capital. No, quería conocer por él mismo el combate, la lucha. Deseaba verle la cara al enemigo.

Para mayo del ‘33 estaba marchando al frente. Se hizo muy amigo de otro lector. Un tal Manuel O. Guerrero, medio poeta y medio creyente de un santo… El santo de la muerte, o San La Muerte.

Con Manuel Guerrero conoció sobre las artes mágicas, tanto sobre magia negra como sobre magia blanca y magia roja. Así se enteró por boca de Manuel por ejemplo que: “La magia roja – decía esto en voz alta, firme y con tono doctoral – o hematomancia es aquel arte que se vale de la utilización de sangre y otros tejidos orgánicos para sus hechizos”. Y así pasaban horas y horas hablando, en voz baja, mientras caminaban por los polvorientos suelos del Chaco. Cada seis mil quinientos o siete mil pasos, hacían un breve descanso. Recorrían una zona de bosques, matorrales espinosos y palmeras. Se encontraban con serpientes venenosas e insectos portadores de enfermedades, como la vinchuca y el mosquito. El enemigo no era sólo el soldado boliviano. El medio era hostil.

Al final de un largo día, habían contado unos ciento noventa y cinco mil pasos. No daban más de cansancio. La sed era importante y continuaban con la esperanza de llegar al próximo pozo de agua, un estanque natural entre la piedra y el follaje, en la parte baja de una pequeña elevación cubierta de vegetación espinosa. Con temperaturas de 45 a 47 grados. Marchaban mejor en horas de la noche o a la mañana, muy temprano. Pero sin caminos buenos, sólo huellas de carros como única señal de una suerte de vereda. En derredor del espejo de agua, se reunieron un grupo importante de combatientes y su superior, el sargento López. Éste les informó que, según mensajes de grupos adelantados, el enemigo se encontraba bastante cerca.

Era cuestión de un día o dos, el inevitable y esperado encuentro con el enemigo. Muchos alzaron sus fusiles Máuser. El sargento tomó su revólver Smit-Wesson, pero como acariciándolo. Como para sentir que estaba en su lugar.

En esa parada fue que Manuel Guerrero introdujo a Félix Alcides López Ayala en la devoción a San La Muerte. Traía consigo un par de amuletos – hechas en metal muy delgado – bendecidos por un cura amigo. Aunque, no fue el único que se volvió seguidor del llamado santo.

En medio de una improvisada fogata surgieron historias del venerable. Guerrero señaló, con voz pausada, a sus cansados y somnolientos pero atentos compañeros: “Como es posible apreciar, su imagen es la de un cadavérico esqueleto, su guadaña está ubicada en la mano derecha, como señal de igualdad ante Dios y su figura es esquelética, representando la semejanza con el ser humano…” Todos asintieron con un leve movimiento de cabeza. Cuando el relato terminó, la noche cerrada y fría, estaba impregnada por un fuerte olor indescriptible, pero característico.

Sólo, un par de días después, conocerían y reconocerían por el resto de sus vidas, ese olor particular del cuerpo humano en descomposición, lo que algunos llaman el “olor de la muerte”. Tal cual el título de un cuento del escritor Pedro Buda.

Esa noche, cuando todos se retiraron a descansar, o intentaron dormitar, después de un largo día de caminata, Guerrero y López Ayala hicieron un pacto. Los sendos amuletos fueron introducidos bajo la piel de ambos combatientes, y cerraron sus heridas con sus respectivos cuchillo bayoneta calentadas entre las pocas llamas de la fogata. El dolor fue apagado con un sorbo corto de caña blanca, una reserva muy bien guardada, en un saco de agua pequeño, que traían casi a escondidas, obsequio del tío albañil de Félix Alcides.

Se enfrentaron, dos noches después, al enemigo, en una quebrada que baja de la serranía de Aguaragüe. El grupo fue abatido por un fuego concentrado de fusiles y ametralladoras livianas. Quedaron prisioneros del enemigo y pasaron días caminando y soportando una sed demencial, pero no murieron ellos, sino sus captores, por beber agua envenenada, de un pozo hallado en el camino.

Félix Alcides López Ayala y Manuel Guerrero junto con dos soldados más, fueron los únicos cuatro sobrevivientes de un contingente de cien hombres, el total de la compañía 4. Lograron sobrevivir gracias a los conocimientos de los dos soldados campesinos que conocían de plantas y así accedieron a saciar la sed primero, y el hambre después, al atrapar un tatú mulita.

Caminaron hacia el este por tres días más hasta que fueron alcanzados por un grupo de avanzada del regimiento al que pertenecían. Casi muertos, con los pies ampollados, sedientos y lleno de picaduras de mosquitos fueron hallados bajo la sombra de un arbusto. Estaban extraviados en las llanuras del Gran Chaco, casi al borde la de la muerte.

Dos años después, tras el fin de la guerra, Félix y Manuel se encaminaron a Villarrica. Estuvieron allí un tiempo, pero finalmente cada uno tomó caminos separados. Félix Alcides López Ayala emigró a la Argentina, en busca de un mejor pasar. Se desempeñó como albañil hasta que logró jubilarse, pero nunca dejó de recorrer ambas márgenes del río Paraguay y Paraná. Producto de una batalla posterior a la quebrada que baja de la serranía de Aguaragüe recibió una bala, que nunca fue posible extraer de su columna. Por lo que tenía en su cuerpo dos porciones de metal, aquel plomo de bala y el metal que se había incrustado bajo la piel -el amuleto de San La Muerte.

Manuel Guerrero conservó toda su vida el amuleto bajo la piel. Se transformó en docente de escuela secundaria y tanto enseñaba poesía como prosa; pero después de clase, los viernes en la noche, se reunía con antiguos alumnos y algunos sobrevivientes de la guerra y narraban historias que se desarrollaban en las llanuras del Gran Chaco. Algunas eran reales, otras… no tanto; pero a nadie le importaba, porque Manuel tenía una forma muy particular de envolver a los escuchas, detallando situaciones, lugares y describiendo imágenes muy reales. Volvían a extraviarse en las llanuras, sintiendo el frío, la sed, el calor, el dolor en los pies, y al final eran hallados bajo la sombra del arbusto, con la piel llena de picaduras.

Separador-1

EL RAYO DE LUNA

María Sánchez Fernández / España

Un rayo de luna se escapó del cielo y atravesó las negras aguas del mar. Era como un cuchillo cortante que a su paso dejara una herida abierta de intensa luz plateada. Ahondó tanto y tanto que llegó a profundidades insospechadas por él. Allá, en aquel fondo, advirtió que todos los habitantes de las aguas dormían. Escudriñó curioso, y vio qué diferente era aquel mundo del suyo. Él conocía los  espacios abiertos en donde sus amigas, las estrellas, titilaban y, a veces, también se escapaban en vertiginosa carrera hacia el infinito. También conocía las exuberancias de la tierra pero… el misterio del mar; no.

Se movía de acá para allá despertando con su luz a miles de seres asustados que huían despavoridos de aquella extraña presencia. Vio un inmenso coral que movía unos brazos blanquecinos y rojos en los que había prendidos jirones de algas flotantes. Una enorme raya se detuvo, curiosa, a mirarlo para después seguir su camino.

El rayo de luna estaba fascinado, pero también un poco aturdido, él no quería despertar el pánico entre aquellos seres fantásticos, sólo quería conocerlos y ser amigo de todos. Con infinita delicadeza rozó la cola de un gran pez espada  que se hallaba dormido en una oquedad de la roca. Éste se despertó y, algo asustado, se dispuso a atacar, pero vio que ante él no había enemigo alguno sino algo sin cuerpo cuya presencia era muy agradable.

El pez espada preguntó:

— ¿Quién eres tú, que nunca te vi?

— Soy un rayo de luna.

–¿Y qué es un rayo de luna? No puedo tocarte pero a través de ti puedo ver cuanto hay cerca de mí.

Y el rayo de luna sonriendo con su luz más blanca dijo:

— Tengo miles de hermanos y somos hijos de un cuerpo del cielo al que llaman Luna. Esta noche quise escaparme en solitario y visitar tu mundo.

Entonces el pez espada respondió:

— Eres mi huésped, ven conmigo y te lo mostraré.

Y visitaron, a través de las aguas que iban iluminando a su paso, los más bellos parajes que nunca hubiera imaginado aquel visitante que venía del espacio. Montañas vestidas de algas que, en el silencio submarino, parecían ser los fantasmas de aquellas otras montañas alfombradas de pinos verdes y empapadas de rumores que llenaban la tierra y que él conocía tan bien. Estas montañas del mar acogían, en infinitas cuevas, a miles de peces que en ellas buscaban seguridad y refugio. Moluscos de todos los tamaños se adherían a las  rocas abriendo sus conchas rosadas y mostrando en su interior una masa blanduzca que se movía perezosamente acechando alguna presa, y cuando ésta se acercaba ¡zas!, se cerraba herméticamente para engullirla en su interior.

El pez espada seguía avanzando abriéndose paso entre las aguas con su gran trompa puntiaguda, y el rayo de luna le seguía fascinado envolviéndolo con su manto de luz. Un banco de pececillos rojos pasó ante ellos haciendo cronométricos zigzagueos, y un gigantesco pulpo extendía sus abotonados brazos queriendo tocar aquel extraño visitante que se movía entre los personajes marinos.

–Me gusta tu mundo.– Dijo el rayo de luna–. ¿Podrías invitar a mis hermanos?

Y el pez espada respondió:

–Puedes llamarlos ahora mismo, mientras las aguas sean negras. Después se volverán azules y vuestra tenue luz se perdería en ellas

Y el rayo de luna llamó a sus hermanos con su  magnetismo cargado de magia, y al momento todos acudieron en tropel, y con gran algarabía de risas de plata invadieron las negras profundidades.

¡Qué orgía de luz y de colores explosionó en el fondo del mar! Rivalizaban el capricho y la originalidad en la forma de todos sus moradores. Peces alargados, redondos, achatados, de figura esférica o triangular, con ojos enormes y gráciles aletas; otros de cuerpos pequeños y grandes tentáculos; preciosos moluscos de las más variadas formas…, y tantos y tantos colores…, infinidad de colores rivalizaban por su propio protagonismo.

Las aguas se ondulaban vestidas de transparente blancura con el ir y venir de sus millones de habitantes.

La gran fiesta comenzó y todos danzaron con loco frenesí. Grupos de peces dorados trazaban  círculos perfectos en torno a una gran masa de coral que alargaba sus ramificaciones rojizas como queriendo alcanzar aquella maravillosa luz que todo lo envolvía. Otros grupos de peces –siempre en perfecta formación y vestidos con la más exquisita originalidad−, abrían sus salientes bocas cantando burbujas. Un grupo de delfines se sumó al regocijo del momento emitiendo alegres sonidos que acompañaban a una diminuta orquesta formada por caballitos de mar y por oscuras ostras que abrían y cerraban sus conchas con perfecto ritmo, mostrando su intimidad nacarada. Un gran tiburón cruzó rápidamente, sin detenerse, tendría prisa por resolver algún asunto urgente.

La fiesta estaba en su punto culminante. La alegría rebosaba más allá de lo imaginable. Los rayos de luna reían y reían, y las aguas del mar nocturno –antes negras y quietas−, se movían alborozadas en sus ondas profundas y blancas.

De pronto, nuestro rayo de luna dejó de reír y prestó atención. Más tarde dijo:

–Hermanos, nos llaman desde arriba. Nuestra madre, la Luna, se retira. Ya baja por el cielo en busca del horizonte.

Todos se unieron en un inmenso haz de luz, y diciendo adiós a sus amigos salieron del mar y ascendieron a la altura mezclándose con los claros rosados del alba.

Separador

DOS TESOROS

Aline Suárez / Costa Rica

Es una casa humilde. Hay pocos muebles, ya viejos y maltratados. Evidentemente la pobreza impera en ese hogar, sin embargo no hay en el rostro de la mujer algún signo de amargura. Ella está en la cocina preparando los alimentos, en espera del ya próximo arribo de su esposo.

Pasa el tiempo y la mujer termina su trabajo, se sienta en el único sillón y observa en silencio su entorno. Después de un rato escucha los pasos de su cónyuge, se levanta y prepara un abrazo para recibirlo.

El hombre llegó deshecho a su casa, estaba lleno de ira y desaliento; su esposa notó de inmediato que algo grave pasaba.

-¿Qué tienes Miguel? ¿Qué te ocurrió? -le preguntó preocupada.

-Ay Dulce -contestó el hombre- vengo indignado, me asaltaron en el camión.

-¿No te hirieron? ¿Recibiste algún golpe?

La mujer, mientras preguntaba, al mismo tiempo revisaba a su esposo, tratando de asegurarse de que no estuviera lastimado.

-No, sólo el robo y el coraje por la impotencia. Eran dos los rateros.

-¿Y qué te quitaron?

-El celular y la cartera; traía doscientos pesos y la credencial del equipo de futbol.

-Qué tragedia -se lamentó Dulce- pero veo que te dejaron el libro.

-Sí, pero no te burles, mañana hay partido, los árbitros son muy estrictos, y tendré que ver el juego desde la banca, por no tener credencial. Ahora que el equipo va tan bien, ya van tres partidos en los que anoto gol; qué gachos los ladrones.

-Menos mal que no te lastimaron. Ya está lista la comida, ¿quieres comer algo para que te sientas mejor?

-No, voy a tratar de dormir un poco, a ver si se me baja el coraje.

El sueño fue poco tranquilo, cuando Miguel despertó vio a su esposa que estaba frente a él.

-¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?

-Es que tengo curiosidad -contestó ella- ¿por qué no se llevaron la novela?

Al preguntar le enseñó el infaltable libro que su esposo llevaba al trabajo para distraerse en el camino.

-Ya me lo habían quitado, pero cuando iban a bajar del camión el más viejo regañó al joven.

-¿Y para qué quieres ese libro? -le dijo- está muy grueso y pesado, sólo va a estorbarnos y además tú ni sabes leer.

-Tienes razón -aseguró el joven ladrón- perdóname, ya sabes que apenas voy comenzando en esta carrera tan ventajosa; dinero fácil arrebatado a los tontos que lo ganan trabajando.

-El chavo me lo aventó y se fueron.

-Ese libro es un tesoro -comentó la mujer.

-Ya lo creo, cada vez que vuelvo a leerlo disfruto como la primera vez, qué bueno que empiezas a reconocer su valor.

La mujer se le quedó viendo a los ojos hasta que el hombre se inquietó.

-¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así? -le preguntó Miguel con voz titubeante.

-Es que, ¿recuerdas dónde guardas tu boleto de melate? -respondió Dulce.

-Sí, bajo el forro del libro.

-¿Y ya revisaste a ver si ganaste algún premio?

-No me ha dado tiempo, además ya sabes que compro el boleto solamente para soñar despierto. Mientras espero que se lleve a cabo el concurso me doy el gusto de imaginar que lo gano y todo lo que haremos con el dinero. ¿Recuerdas? Viajar, cambiarnos a una colonia más bonita, compartir con familia y amigos, ayudar a muchos necesitados. Después ya no hago mucho caso.

-Pues revisa -quien quita y…

El esposo comenzó a sospechar por la actitud de su mujer, encendió la computadora, buscó la página correspondiente. De pronto, saltando de alegría comenzó a gritar.

-¡Vieja!, nos sacamos el primer premio. Somos ricos, trescientos millones de pesos para nosotros dos y para compartir. No puedo creerlo. El libro vale dos tesoros; la fortuna que guardó y la deliciosa lectura. Por primera vez me da gusto encontrarme con un analfabeto.

Y en silencio añadió:

-Gracias don Miguel y gracias don Quijote por haber regresado del pasado imaginario para “desfacer un entuerto más”.

Separador-1
https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png 0 0 le-administrador https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png le-administrador2025-05-21 09:07:512025-05-23 23:00:48CUENTOS Y RELATOS – MAYO

CUENTOS – RELATOS Y REFLEXIONES SOBRE LOS LIBROS – MAYO

Aviso Legal

Las opiniones expresadas en los artículos de esta revista literaria son exclusivamente de los autores y no reflejan necesariamente las opiniones de la dirección. Todos los contenidos publicados en esta revista están sujetos a la propiedad intelectual de España y protegidos por los derechos de autor de sus respectivos escritores.

Relatos-libros

«Las historias que nacen de los libros no solo se leen, se sienten, se viven y se transforman en nuevos relatos que perduran más allá de las páginas» E. Gormley

Libros A

EL VIEJO LIBRO
Magi Balsells / España

Que sorpresa, al efectuar unas obras en mi vivienda, me he encontrado con algo que pensé estaría perdido, y si lo ha estado durante muchos años, el hallarlo me ha devuelto a mi juventud, cuantos recuerdos han aparecido en breves momentos  en mi pensamiento, cuanta añoranza hay en su contenido, cuanto deseo  y cariño hay en este viejo libro.

Casi  con temor abro su portada, y allí en la primera hoja, una dulce dedicación  a mi persona, con cuidado paso las primeras paginas, recreándome en la lectura de su contenido y leyendo unas anotaciones en los márgenes que hice en su momento, me parecen escritas por otra persona ya que hoy las encuentro aun siendo mías de un gran contenido y sentimiento.

Cada página, es un dulce recuerdo, no me hace falta leerlo ya que las palabras escritas van reviviendo en mi mente, pese a los años transcurridos Al llegar a la mitad de este libro, hacen su aparición , la cosa mas deseada y añorada en su día, unos pétalos de una rosa que en su momento llenos de fragancia aromatizaban el libro, hoy caducas y secas, siguen para mi siendo frescas y lozanas como el primer día, con mucho tiento cojo uno de los pétalos esta seco y posiblemente crujiente, pero esto no me importa, solo pienso en que no se rompa, lo acerco a mis labios para depositar en la rigidez de su tersura el mas puro beso , tan cerca esta de mi que aun pasados los años mantiene un fondo de suave aroma, cierro los ojos y se presenta en mi el recuerdo  de día que me fue regalado y por la persona que tuvo este bello detalle,

Éramos muy jóvenes, pero teníamos un amor puro y sincero, ella un año mas joven que yo solo tenia 15 años, con sus pobres ahorros me compro  este gran regalo, que juntos pasábamos las horas deleitándonos con su contenido, mientras nuestras manos enlazadas soportaban el cariño que nos profesábamos.
Muchas horas pasamos leyendo y releyendo esta magnifica obra poética, basándonos en el intentamos nuestros incipientes ensayos poéticos, no se si eran bellos ni rimados, pero eran una glosa al cariño  que de nuestras letras emanaban.
Pero nuestra felicidad se trunco, era época de escasez, poco trabajo , mucha miseria, sus padres decidieron marchar a buscar fortuna a otro país, y así de golpe sin esperarlo nuestras vidas se separaron, quedamos en escribirnos, pero algo mas aumento nuestra desdicha, mis padres también emigraron  y yo con ello, nuestro amor quedo en el olvido.

Cuanto llore, cuantas noches despierto estuve pensando, como estaría, que haría,  mil y un pensamiento  se alojaba en mi mente. Con los días se fue perdiendo este deseo, aunque no quedo en el olvido , así pasaron
muchos años, yo nunca pude mirar a otra mujer ya que su grácil figura permanentemente estaba en mi mente, ninguna me parecía lo suficiente hermosa para desbancar a mi flor querida.

Voy a cerrar el libro y guardarlo, ya que me estoy entristeciendo, de lo que puedo ser y no fue, al pasar la ultima pagina, encuentro un papel pegado, que nunca lo había visto en las muchas horas de lectura Con curiosidad lo abro y allí con su fina letra hay una nota de mi amada que dice:

Mi querido amor

Debería haberte dicho esto de palabra, pero he preferido hacerlo de esta manera, se que nos separan, e ingenie una manera  de poder volvernos a encontrar en el<futuro, no se si recordaras que antes de marcharme con mis padres, te pedí este libro, allí puse en el ultimo instante y antes de devolvértelo esta nota ,hoy tengo 15años, pero dentro de los mismos que ahora tengo o sea 30, estaré en el pinar  que había junto a la ermita de san Jacobo, en el día de tu cumpleaños, si no estas  lo
sentiré mucho significara que no has leído mi nota, por lo cual cada día de tu cumpleaños  allí te esperare, esto  será mi prueba de amor hacia ti, iré cada año, esperándote.
Te quiero.

Que alegría, dentro de dos días es mi cumpleaños, no puedo perder mas tiempo, pediré permiso en el trabajo a cuenta de vacaciones, no creo que haya ningún problema. Estoy tan nervioso que hasta el libro se me ha caído de las manos, no se
que hacer si gritar  reír o llorar, no lo se, pues las sensaciones que tengo no puedo enumerarlas

Hoy es el día que debemos encontrarnos, ya llevo mas de dos horas sentado en el pórtico de la ermita, estoy anhelante. No se si vendrá o a que hora, es igual, esperare hasta la noche si hace falta, pero no será necesario, por el camino, viene
una figura femenina, no se si será ella, veo que es toda una mujer, nada que ver con aquella chiquilla de pelo rubio y trenzas, pero algo tiene que me es familiar, no puedo esperarla aquí, le levanto y salgo corriendo a su encuentro, si es ella, no me equivoque, aquí está.

Nos juntamos con un fuerte abrazo, mi corazón golpea mi tórax con la fuerza de un ciclón, no se que decir, pero creo que no son necesarias la palabras, las miradas son suficientes.

Una vez pasado estos naturales arrebatos, empezamos a contarnos nuestras vidas, ella aun soltera y yo también, ella esperándome siempre y yo deseándola mas que a mi vida Me pregunta, me esperaste todo este tiempo.

Solo tenía un pensamiento y era volver a estar contigo, para hoy ya con cierta edad decirte lo mucho que te quiero y que de tu lado nada ni nadie me separara.

Y así fue como volví a recuperar el amor de mi vida

GÉNESIS

María Elena Camba / Argentina

Se aproxima a los anaqueles del stand de la editorial. Busca ansiosamente ese pequeño libro de tapas blancas y grises. Ve el título y el nombre del autor en su lomo. Lo toma delicadamente entre las manos, recorre sus hojas. Cada párrafo le recuerda las horas de trabajo, primero en pequeñas notas, luego en archivos que fueron ampliándose en su computadora. Historias de vida plasmadas hasta convertirse en relatos; cuentos con personajes bosquejados primero en su mente, como una película que va tomando forma de a poco, como un titiritero que mueve los hilos para que los muñecos recorran el escenario articulando pasos, gestos, acciones. Y esos personajes que se sueltan y van construyendo su propia historia, un recorrido que se desvincula del autor y empieza a formar parte de cada lector que se atreva a transitar esas páginas.

El escultor plasma en piedra, el ceramista en arcilla, el escritor en palabras, seleccionando verbos, sustantivos, adjetivos. Y cada párrafo va configurando una sinfonía con su propia música y cada historia imaginada vuela lejos hacia alguien desconocido que la leerá con su propia impronta, la relacionará con momentos vividos, con experiencias personales,

Se detiene en la tapa, observa con detalle su diseño, personajes perdidos en la gran urbe, en un Buenos Aires que a veces congrega y otras expulsa. Gente del interior que llega a la gran ciudad con proyectos, con esperanzas de un futuro mejor, otros que deciden probar suerte en un entorno más natural y no tan exigido, Todos marcados por la ciudad, atrapados en su fragor, en sus calles, en su tránsito, en su vida cultural. El que llega, el que permanece, el que se aleja. Fauna Urbana su título, que aglutina soledades, amores, felicidad, desengaños.

Recorre con su vista el índice. Y como un abanico se abren de vuelta las imágenes, vuelven los argumentos como flashes en su mente. ¿Hasta dónde la ficción, hasta dónde se asemeja a la realidad?

Desde que era chica fue una lectora voraz y anhelaba escribir historias, el diario íntimo era su compañía, allí retrataba lo que vivía y sentía día a día. De completando su vida, fue su confesora y amiga, su madriguera. Mucho más tarde pudo cumplir ese sueño postergado: editar su primer libro de cuentos.

Escribió, corrigió, planificó. El camino se allanó y el sueño se convirtió en realidad. Todos los pasos, las etapas y desafíos se concretaron. Y llegó la primera Feria del Libro donde firmó ejemplares. Luego llegaron otros proyectos plasmados en antologías, en libros de poemas, pero su primer hijo literario salió a la luz y por eso siempre estará agradecida.

¿ QUÉ SERIA DE NOSOTROS SIN LOS LIBROS ?

Elspeth Gormley / España

Los libros han sido, desde tiempos remotos, faros de conocimiento, refugios de emociones y ventanas hacia mundos imposibles. Si no existieran, ¿qué perderíamos realmente?

Sin ellos, el pensamiento humano no tendría el mismo alcance, la imaginación se reduciría a lo cotidiano, y la memoria colectiva se desvanecería con el tiempo. Seríamos huérfanos de historias, de sueños escritos, de la sabiduría que nos conecta con quienes vivieron antes que nosotros.

Los libros nos enseñan, nos conmueven, nos transforman. Son un espejo donde reflejamos nuestras propias incertidumbres, donde encontramos respuestas que no sabíamos que buscábamos. Sin ellos, la humanidad sería más frágil, más limitada, menos consciente de sí misma.

Cada página nos permite viajar sin movernos, sentir sin haber vivido, aprender sin haber experimentado. Nos dan el poder de entender mundos lejanos, de explorar la mente de los grandes pensadores, de reconstruir el pasado y reinventar el futuro.

Si los libros no existieran, los silencios serían más largos, la historia quedaría en sombras y la imaginación perdería su libertad. Pero afortunadamente, los libros están aquí. Y mientras haya palabras impresas o digitales, mientras existan quienes los escriban y quienes los lean, seguiremos creando mundos, emociones y conocimiento que nos acompañarán por siempre.

Porque sin los libros, simplemente, no seríamos los mismos.

Imagínalo por un momento. Un mundo sin libros. Sin historias, sin pensamientos escritos, sin huellas de quienes nos precedieron.

Sin ellos, el conocimiento no podría trascender de generación en generación. Cada descubrimiento quedaría atrapado en la mente de unos pocos, sin posibilidad de ser compartido. La humanidad no aprendería del pasado, repetiría los mismos errores y avanzaría a ciegas.

Sin los libros, la historia perdería su voz. No sabríamos quiénes fuimos, ni cómo llegamos hasta aquí. Las grandes civilizaciones quedarían relegadas al olvido y el tiempo borraría los logros, las batallas, las victorias y los fracasos.

Sin los libros, la imaginación se vería limitada. No existirían mundos fantásticos, ni personajes que nos acompañan en cada etapa de nuestra vida. La creatividad quedaría reducida a lo inmediato, sin la riqueza de los relatos que inspiran, que transforman, que nos hacen sentir y pensar.

Sin ellos, no podríamos viajar sin movernos, ni vivir experiencias ajenas como si fueran propias. La literatura nos permite ver con otros ojos, sentir lo que otros han sentido, conectar con culturas, pensamientos y emociones que de otra forma jamás conoceríamos.

Un mundo sin libros sería un mundo más vacío. Más frío. Más incompleto.

Porque los libros no solo nos enseñan, nos hacen humanos.

Por suerte, existen. Y mientras haya quienes escriban y quienes lean, la humanidad seguirá creciendo, soñando y recordando.

«Los libros nos recuerdan que cada página es una oportunidad para reinventarnos, que cada historia nos transforma y que, mientras haya palabras por escribir y sueños por leer, siempre habrá esperanza.» E. Gormley

LIBRO Y LA VIDA

Andrea Kiperman / Argentina

Antes que nada, como siempre, gracias por estar del otro lado, compartiendo estas palabras.

Hoy me invade una alegría al poder hablar sobre un tema tan importante: el libro. Y, siendo fiel a mi estilo, podría escribir varias líneas sobre lo maravilloso, único y esencial que ha sido en la vida de todos desde tiempos remotos hasta la actualidad. Su importancia en la humanidad es innegable, pero he decidido hacer una comparación que estás a punto de leer.

Así como cada libro es único e irrepetible, nosotros también lo somos. En ellos encontramos el desarrollo de una idea, un concepto, letras que cuentan historias con personajes principales y secundarios. Esos personajes sienten, aman, viven y tienen aventuras, tal como ocurre en nuestra propia vida.

Cada hoja representa una nueva aventura, porque no sabemos el final hasta haber recorrido todas sus páginas, avanzando hacia nuevas letras. Lo mismo sucede en nuestra existencia: una sola página no determina un capítulo, así como un capítulo no condiciona el curso de nuestra vida.

Solo recordar, que nosotros mismos somos los protagonistas de nuestra vida, y por más que hayamos tenido capítulos complejos eso no determina los próximos. Gracias, a todos, los que escribimos y los que leemos, por estar siempre ahí. Quedo con ustedes..

EL LIBRO MISTERIOSO

Juan Oriol Masset/ Andorra

Nadie sabía de dónde había salido el libro… Apareció sin más, apoyado en el rincón más oscuro de la pequeña librería. Su cubierta de cuero estaba desgastada por los años, las letras habían desaparecido de la portada, dejando solo la huella borrosa de lo que alguna vez fue un título.

Cuando el desconocido lo tomó entre sus manos, sintió algo extraño. Primero un ligero temblor en los dedos, luego un escalofrío en la nuca, como si el papel y la tinta contuvieran algo más que palabras. Como si el libro tuviera un latido propio.

No sabía por qué, pero sintió la necesidad de abrirlo.

Las primeras páginas estaban en blanco. Nada. Solo el crujido del papel antiguo y el aroma a tinta seca. Pero cuando pasó la página número siete, algo cambió.

Allí estaba. Un relato. Un nombre que no había visto en años. Un recuerdo enterrado.

Sus ojos recorrieron las líneas con una mezcla de incredulidad y vértigo. Era su historia. Su secreto. Algo que nadie más conocía, algo que jamás había dicho en voz alta.

«El niño dejó la bicicleta tirada en el suelo. Sabía que debía correr, pero sus piernas se negaban a moverse. La puerta estaba abierta, y el olor a madera quemada flotaba en el aire. No quería entrar. No quería mirar. Pero lo hizo. Y nunca pudo olvidar lo que vio.»

Su respiración se volvió pesada. Ese recuerdo. Esa escena.

¿Cómo podía estar en el libro?

Las palabras no eran exactas, pero la esencia, la sensación, era suya. Ese día que había tratado de borrar. El momento que lo había marcado. Nadie más lo sabía. Nunca lo había contado.

Sus dedos temblaban cuando pasó la página siguiente. Había algo más.

Entre las hojas, una carta doblada con precisión quirúrgica. El papel era antiguo, pero la tinta aún vibraba, como si alguien la hubiera escrito hace solo unas horas.

Tomó aire. Desplegó el papel.

«Si estás leyendo esto, significa que el libro te ha encontrado. Y si el libro te ha encontrado, es porque te conoce.»

El aire se volvió denso, cargado de un significado que aún no lograba descifrar. Su pulgar resbaló sobre la esquina del papel y allí lo vio: una marca apenas visible, un sello diminuto, un símbolo que reconocía sin haberlo visto antes.

Giró la carta, buscando respuestas. Y entonces, bajo la luz tenue de la lámpara, apareció lo que no había notado antes: una línea escrita con una tinta diferente, más pálida, como si el mensaje estuviera destinado solo a quien supiera buscarlo.

«No temas lo que recuerdas. No todo lo que olvidas se pierde.»

Las palabras vibraron en su mente como un eco de algo que aún no lograba comprender.

Se levantó de la silla y sostuvo el libro con ambas manos. La textura del papel era más áspera de lo que recordaba. Giró el libro, inspeccionando cada detalle. Entonces lo vio.

En el lomo, entre las filigranas doradas, una inscripción grabada en el cuero envejecido: «Abre donde la tinta aún respira.»

Con manos temblorosas, hojeó el libro. Buscaba algo distinto. Algo vivo.

Y allí, justo en el centro, encontró una hoja que parecía diferente a las demás. La tinta era más intensa, más fresca, como si alguien la hubiera escrito hacía apenas instantes.

Las palabras lo esperaban:

«Si el libro te ha encontrado, es porque nunca te perdió.»

El mundo pareció romperse en un murmullo de sombras y ecos.

No era un mensaje cualquiera.

Era una llamada desde el pasado.

Era la historia que había tratado de olvidar.

Era su verdad.

Y ahora, el libro se la devolvía.

DEFENSA DEL LIBRO

Gustavo Páez Escobar / Colombia

Recuerdo alguna página de Azorín que habla deleitosa, filosóficamente, de los libros que se buscan, se manosean, se conquistan y terminan confundidos con la propia personalidad del lector. En ese ir y venir por los caminos librescos nos vemos contagiados de afán exploratorio, de ansia cultural, de inquisición sobre autores y títulos, para llegar, cuando hay penetración, a la calle angosta del libro decantado. El libro es el mayor medio de cultura que ha inventado la humanidad y resistirá los embates de todas las tecnologías, aun las más audaces, comprendida la sofisticada que pretende transmitirnos el saber por medios audiovisuales o comprimidos televisados, como si fuera posible adquirir erudición de prisa o ingiriendo grageas instantáneas. La cultura es cosa seria. No viene en píldoras Los computadores pueden vomitar cifras precisas con solo oprimir botones, y hacer planes desconcertantes, y remplazar al hombre en múltiples actividades, y hasta hablar y de pronto mandar, pero no lograrán desplazarlo.

¡Tranquilo, señor Cervantes!

Si de un vistazo se llegara a «leer» el Quijote visualizándolo en una pantalla por donde desfilaran los pasajes que se desean, podemos compadecernos del pobre don Miguel que tanto magín consumió escribiendo su obra cumbre, sin calcular que sucesivas generaciones la abreviarían cada vez más hasta convertirla en una cinta milimétrica. ¡Pero tranquilo, señor Cervantes, que esto es más especulativo que eficaz! La máquina, sempiterno señor, trata de enseñarnos a leerlo de afán, con premuras de estudiante desaprovechado en vísperas de exámenes, pero ni su Quijote, ni su Sancho, ni su Rocinante, ni su Galatea ni su Sigismunda se dejarán eliminar disminuir por una humanidad ávida de velocidades y falta de raciocinios. Siga, por consiguiente, durmiendo su justo sueño y olvídese de los cerebros electrónicos y de las mentes humanas deshumanizadas, que entre todos no serán capaces de rasgar la pluma y producir un pensamiento profundo, porque solo se mueven por impulsos y carecen de cerebro pensante Juventudes alborozadas esperan cargar a los clásicos entre cartuchos de microfilm. La lectura no cabe en estas mentes volátiles. El libro no morirá. Si día a día las bibliotecas hogareñas son más decorativas que informadoras, los lectores verdaderos caminan despacio, devoran páginas nutritivas y protegen al mundo contra el comején iconoclasta.

El auge de la cibernética

El computador, que se ha perfeccionado con tantas minucias para meterlo en la cabeza del hombre, no logrará «pensar» más allá de su programación. Al acabársele la cuerda, enmudecerá. Estamos en el auge de la cibernética, ese monstruo deformador de la humanidad que quiere manejarlo todo con palancasy soplos mecánicos, desalojando a su inventor; pero no conseguirá sustituirlo,porque el hombre es único e irremplazable.Suponer la muerte del libro es idea errónea. El mundo actual está manejado electrónicamente y por lo tanto no se necesitan mayores conocimientos. Todo llega «enlatado», otro término de la traviesa tecnología. A la vista, la Inteligencia Artificial. La televisión trata de impresionar y hasta de montar cátedras eruditas, las que, con todo y sus artificios, se desvanecen con la fragilidad de lo fugaz y lo inconsistente. La televisión tiene más de diversión momentánea que de sistema educador, contagiada como se halla de frivolidades, sutilezas y violencia. Pero siendo un imán poderoso para la molicie y la pereza de masas, está atrapando el interés colectivo y cada vez penetra más en el ámbito del hogar y en la atención del estudiante, el cual tira el aburrido texto de enseñanza ante el magnetismo de una pantalla divertida. Uno de los mayores enemigos de la formación es el televisor, ante el cual el hombre moderno renuncia a ser culto y aprende a ser superficial, con tal de estar cómodo.

El gran maestro de la vida

El destierro del libro significa vacío espiritual. Si una persona dedicara dos horas diarias a la lectura, llegaría a ser sabia. Puede que esto no resulte tan fácil en un mundo como el actual movido por densos fenómenos culturales, nuevos conflictos y dispersas doctrinas, pero debe admitirse que una disciplinade lecturas constantes y bien orientadas dará sólida estructura intelectual.La inteligencia se cultiva educándola. Y la cultura, hay que insistir, no se vende en las farmacias ni se conquista en corto tiempo. Los más preparados son los que siempre han gobernado al mundo. Los incapaces caen tarde o temprano por su propio peso.Incluso en estos tiempos de frivolidad y disolución en que el estudiante y el profesional se desentienden de pulir la inteligencia, el libro sigue haciendo sabios; y la ignorancia, produciendo necios. Si el humanismo tiende a agotarse, el libro, y no la máquina, ni el televisor, ni el transistor ni los «enlatados», nos salvará del desastre. Un planeta sin humanismo no vale la pena y destruiría al propio hombre.

LIBRO- LIBER-LIBRI

Carlos Pérez de Villarreal / Argentina

En primer lugar la palabra. El hombre comenzó a distanciarse de las demás especies, tenía uso de razón y hablaba, recordaba y lo más importante: contaba. Esa palabra oral que fue transmitida de generación en generación, indicando, enseñando, ayudando, haciéndonos humanos.

Y luego… la palabra escrita. La que comenzó a escribirse en esa Mesopotamia antigua, 3500 años a C. Sumeria irrumpía con la escritura cuneiforme en tablillas de arcilla. Egipto empleaba papiros. En la antigua Grecia y luego en Roma, esos mismos rollos de papiro se concebían comunes. Y llegó el pergamino, confeccionado con pieles de animales tratadas, la alternativa más duradera que luego dio lugar al códice: cuadernos plegados, cosidos a mano y encuadernados, escritos de ambas caras; precursor de la verdadera obra.

Y luego, a mediados de 1440 aparece la imprenta, Gutenberg se instala en la historia con el libro. Ese testigo fiel de nuestra evolución como seres humanos, como sociedad.

Somera y brevísima escena de la palabra.

Pero… ¿qué significa el libro, ¿qué significa leer?

Asumo que es una puerta de entrada hacia una percepción distinta, que genera una conexión entre el escritor y el lector, el cual se ve sumergido en un universo sorprendente.

La imaginación llevada al límite.

Misterio, persistencia y expresión.

Recordar y olvidar.

Conquistar y prescindir.

Nostalgia, meditación, encanto y ardor.

Intriga, miedo, alegría, tristeza.

Pensamientos, conceptos, imágenes tal vez aún no reveladas.

Mensajes que parecen verdaderos y pueden ser mentiras consideradas verdades.

Llamas, furia, ensueño y fascinación.

Sobreviviente de un presente tecnológico, de formatos, soportes y presentaciones, el libro físico aún sigue teniendo relevancia.

Ha volado, ha caminado, se ha sumergido y ha surcado las aguas contra viento y marea a pesar de los convencionalismos, inquisiciones y censura. Y aquí está, entre nosotros, para llevarnos a la imaginación y al conocimiento humano.

Ninguna duda que somos lo que hemos vivido, pero también lo que hemos leído.

Ustedes, yo, todos.

Alguien dijo alguna vez que un libro es innegablemente una intimidad.

Concuerdo.

https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png 0 0 le-administrador https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png le-administrador2025-05-21 09:06:392025-05-23 23:04:54CUENTOS – RELATOS Y REFLEXIONES SOBRE LOS LIBROS – MAYO

CUENTOS Y RELATOS – ABRIL

Aviso Legal

Las opiniones expresadas en los artículos de esta revista literaria son exclusivamente de los autores y no reflejan necesariamente las opiniones de la dirección. Todos los contenidos publicados en esta revista están sujetos a la propiedad intelectual de España y protegidos por los derechos de autor de sus respectivos escritores.

Cuentos

· «Historias que despiertan el alma y transportan a mundos donde todo es posible.» ( E. Gormley )

4-1

EL SAMURÁI Y SU PERRO

Matías Bonora / Argentina

(Fábula japonesa)

Había una vez un samurái que solía tener la costumbre de pasear con su perro al cual tenía una gran estima.

Un día, su perro se alejó de él y jugueteaba con las hojas que caían de los árboles. Más grande fue la sorpresa del samurái, cuando de repente su perro se lanzó corriendo contra él con aire fiero y muchos deseos de morder.

El samurái, que estaba bien entrenado, desenvaino su espada y justo cuando el perro saltó le cortó la cabeza.

El samurái no entendió por qué de repente su fiel perro se puso en contra suya.

Entonces, elevó la cabeza y vio como una serpiente, que estaba en una rama, se estaba acercando peligrosamente FFÁBYFa él. Cuando el samurái comprendió que lo que intentaba su perro era salvarle y no lastimarle, lloró amargamente.

Fue entonces cuando recordó una vieja enseñanza de su maestro:

“El sentido de una acción no siempre es fácil de interpretar. Por eso, antes de desenvainar tu espada, asegúrate que esa es tu única opción”.

4-1

UNA NOCHE CON TONO

Carlos González Saavedra / Argentina

Ansioso esperaba el jueves por la noche. Estaba de vacaciones en Merlo, San Luis y Cabeza del Indio, brindaba cena-show. El restaurante sobre la ladera de Los Comenchigones, ofrecía un menú fijo y números musicales. Conocía a los dueños un matrimonio de lo mas amables.

-Carlos te espero esta noche, cuando los encontré en el pueblo.

-¡Si! Voy esta noche Reserva para uno.

Estaba parando en unas cabañas, en Rincón del Este, como diez kilómetros de allí.

El cielo estrellado pero lucia fantasmal por un incendio que se habia desatado en la cima.Uno piensa que no llegara mas abajo, pero como los vientos se mueven caprichosamente el fuego puede devorar todo en poco tiempo.Los lugareños estaban atentos.Como ciudadano lo único que hice es poner mi auto encarando directo de la salida del estacionamiento.Unos trescientos metros de ripio y después asfalto.Ese era mi resguardo

Como a las nueve al llegar, encuentro todo ocupado,prontamente Isabel al verme-Te deje un lugar afuera al lado del horno cuando comience el show te siento en la barra del mostrador, un lugar perfecto a dos metros del escenario.

El horno grande de barro y unos paisanos, algunos chóferes de las combi con turista cenando, la verdad estaba bueno ese lugar.Menú asado con cuero con papas rústicas, así como sabana del horno me servía en el mostrador.

-¿Tomas vino o gaseosa?

-Un vaso.

-Viene en barrica, jarrita de barro tipo pingüino,

-Bueno, charla va charla viene, anécdotas y risas me tome el vino, cuando Isabel nos llama.

-Te presento a Don Tono Albornoz,

-Mucho gusto González, mientras me alcanzaba el postre helado.

El lugar privilegiado, en la barra a dos metros del escenario.

-¿Es de por acá muchacho?

-No, de Buenos Aires, me vuelvo el lunes ¿ usted ?

-Acá no nomás, soy el que trae la carne, lo que comió esta criado en casa

-Ah mire usted, bueno me alegro.

Una hora y media después el show estaba terminando. Se me ocurre ir al baño y me llevo una silla por delante. Al salir un banco, no se quien lo había puesto ahí .Pensé es hora de irme, eso hice. No sin antes ver el curso del fuego en el cerro. Estaba cerca, pero nunca llegaría con la prontitud que yo me iría. Salí rápido medio mareado, encaré de casualidad el ripio y después el camino de asfalto, cuando doble para ir a las cabañas, otro desafío se presento .Cual era la calle de entrada, ya que entraba por atrás, di un par de vueltas perdido, finalmente la providencia hizo que llegara.

A dormir, Claudio me viene a buscar a las nueve, para una excursión al filo, borde natural de los cerros, donde hay un salto al que se le llaman del Tigre.

Al acostarme me daba vuelta todo, me habían dicho que poniendo un pie en el piso y el resto en la cama, podía dormir, dejaría de darme vuelta todo… Me fue imposible. La descompostura y demás fue todo a parar al inodoro, sin poder hacer nada.

Opté por bañarme y no se me pasaba la borrachera .Decidí me, acostarme en el Futon de la entrada, aguardando que Claudio me llamara .Con los anteojos puestos .Así fue a las nueve en punto. Ultimo que buscaron fue a mi, con lo cual subí al ómnibus lleno de gente, con un sol esplendido y un cielo limpio, con anteojos negros y resaca.

Puerta del Sol es como un balcón, es un mirador en mitad del cerro con una vista del valle de Conlara maravillosa .A mi me daba igual.

Al llegar al bendito filo, Claudio nos comenta:-Pueden anotarse ahora, para almorzar al volver .Tenemos una hora de caminata mas una hora de vuelta, sin tomar en cuenta la estadía en el salto.

-¿Te anotás para almorzar?

-No me hablés de comida mucho menos de tomar .Tengo una resaca de esa barrica de vino blanco, que no doy más.

-¡Flojito! Alejándose, riéndose me dijo Claudio.

Caminata de ida, al llegar a la laguna que formaba el salto me refresque, ése agua fría me despejo. .Otra caminata de una y cuarto.

Al llegar otra vez pregunta un lugareño ¿seguro no come nada? ¡Que el chivito tiene una pinta bárbara!

Un comedor comunitario, con mesas y bancos simples .La casa donde vivían eran de pircas y chapas .Las cabras, chivos y demás animales poblaban el lugar .Tres mujeres, una, lavando y las otras haciendo ensaladas en cocinas precarias. Allí donde vivían, todo muy rudimentario. Para no tentarme me fui a dar una vuelta por el predio ,pensando como se vive acá en invierno ,en el medio de la nada .Los rostros de los lugareños curtidos por el viento ,duros de tanto trabajar .De lejos veía gente reunida alrededor de una parrilla, pero no fui ,me asomé de lejos, no quise tentarme y volví.

Como a lo lejos escucho:

-¡González! ¡Acá venga!

Sorprendido quien me conoce en la cima del cerro en una excursión ¿Tan distante de mi casa? Me doy vuelta una mano que me llama.

Camino, al llegar en medio de la parrilla con un delantal de cuero sacando porciones de chivito, el tono Albornoz .Para mi sorpresa abro bien los ojos-¿No me conoció?

-La verdad que no esperaba encontrarlo, acá.

-¡Esta es mi casa! soy el dueño y todos estos animales son míos, allí esta mi señora y mis ocho hijos colaborando para atenderlo, como corresponde .Orgulloso y sonriente .Venga tómese un vinito.

-¡No! Desde ayer ando con resaca .No tengo costumbre de tomar .Pero si

Eso no es tomar, hermano, riéndose una barrica y media .Tomo cinco a seis por noche.

Mójate los labios, nada más, con este vino y se te va.

Me negaba y me negaba, pero acepte ante la insistencia de tono-Esta bien, ¡solo me mojo los labios!

Así fue, en forma inmediata me sentí mucho mejor .Es el día de hoy que no se porque .Fui a saludarlo y agradecerle, antes de irme.

-Carlos venir a comer el cabrito esta delicioso, sintiéndome mejor acepte la invitación de Claudio. Eso si tome una gaseosa.

Estaba contento, finalmente había sido una muy buena excursión, como todo lo que proponía mi amigo, Claudio Alaniz.

Pasaron dos días y me encuentro con otro lugareño que también me conoce ,al cual le comento que me volvía y se me ocurre contarle esta aventura, que les acabo de contar. Estuve con Antonio, el pase bárbaro en Cabeza del Indio

-¿Antonio? No lo conozco

-Como no lo vas a conocer Albornoz que te da de comer una chivitos en el filo espectaculares.

-Ah ¿El tono?

-¡Si! Albornoz

-No se llama Antonio le decimos Tono, porque siempre anda entonado .Todo el mundo lo conoce. Baja del cerro creo que el martes con dulces caseros, compra mercadería los miércoles y vuelve a subir los jueves, por ahí se queda en alguna casa, cuando lo invitan, .Guiñándome un ojo.

-¿En que anda?

-En ese jeep amarillo, medio destartalado, no sabes con la destreza que lo maneja, con lluvia, frío y siempre entonado .Pero por suerte nunca le paso nada.

4-1

¡ A LAS OCHO EN LA ESTACIÓN !

Carlos H. González Saavedra / Argentina

Como un rezo laico, esa consigna era el motor que impulsaba a nuestros jugadores de rugby infantil. Generalmente, las delegaciones superaban los cincuenta niños. Siempre había más de un micro. Con cánticos, banderas, sueños e ilusiones, abordaban ese colectivo bullicioso y lleno de esperanza. ¡Si ganaban, mejor!

En el mencionado punto de encuentro, aguardaba el chofer. Un señor lleno de rulos, con las manos sobre el volante y cara de pocos amigos. Era el primer hincha. Pedía a viva voz: – ¡Chicos, pórtense bien! ¡Con cuidado! A la vez, nos recordaba: – ¡Ojo! Descuento cualquier rotura. Todo impecable. ¡No se paren en los asientos! Y su recomendación inconfundible: – ¡Nene, la cortinita, nene!

Aun así, era un viaje divertido. Se lo recuerda con mucho cariño.

Después de dos horas (o más), se emprendía el regreso. Sus rulos al viento, su sonrisa… Garantía de que los había visto ganar. La mirada cariñosa y cómplice del chofer daba rienda suelta al festejo, sin descuidar, claro está, su atención al espejo retrovisor.

–¡No se olviden nada! ¡Ni botines ni bolsos! –exclamaba, mientras inspeccionaba el interior y revisaba con detalle.

Este pequeño relato busca agradecer los hermosos momentos vividos junto a Horacio. Su micro naranja y blanco estaba siempre preparado. Como una calesita, aguardaba la alegría de los niños. Un duende me contó que este micro no lleva gasoil; se alimenta de la felicidad de los pequeños.

Hoy mis hijos tienen casi cincuenta años, pero mantienen vivos esos recuerdos. Momentos grabados para siempre en sus retinas. Nos seguimos encontrando con este hincha de mis hijos. Nos saludamos con bromas y afecto, como la primera vez.

Bellos momentos de la vida. Cosas simples, pero que merecen ser contadas. Este homenaje es para todos aquellos que, con bondad, sabiduría y educación, han hecho nuestra vida más fácil. Seres anónimos, siempre olvidados por el vértigo de la vida. Que valgan estas letras para rescatarlos.

Por suerte, mis hijos lo llevan vivo en el corazón.

Gracias, Horacio Pierandrey.

4-1

EL ECO DEL ALMA

Elspeth Gormley / España

No escribo versos por capricho; escribo porque mi alma lo exige. Cada palabra es un destello que ilumina las sombras de mis silencios, un refugio donde las emociones encuentran su hogar. Escribo para liberar las voces que se ocultan dentro, para que el eco de mi interior no quede atrapado en las profundidades.

Cada línea que trazo es un suspiro hecho de tinta, un latido que vive en el papel. Es mi forma de abrir una puerta entre mi mundo y el tuyo, de hablarte en un idioma invisible que trasciende lo tangible, lo cotidiano. En este acto de creación, me dejo llevar por las emociones que tantas veces no encuentran lugar en lo dicho.

El papel no es un objeto cualquiera; es confidente, espejo, y amigo leal. En su blancura sincera, mis sentimientos se desnudan, se enfrentan al juicio de la verdad, y se convierten en fragmentos de mi existencia, los cuales te entrego sin reservas. Lo que nace de mi pluma no solo me pertenece; al compartirse, se transforma en un pedazo de nosotros, en un vínculo silencioso que tú también haces tuyo.

Escribo para sanar las grietas de mi ser, esas que solo conocen las madrugadas y los suspiros ahogados. Pero en cada palabra hay también la esperanza de que tú, al leerme, encuentres un reflejo en estas emociones. Quizás encuentres una parte de ti mismo que estaba oculta, un pensamiento que no había tomado forma, o una verdad que siempre había estado esperando ser escuchada.

Mis sentimientos viajan libres, sin fronteras, buscando tus manos, tu mente, tu pecho. Te alcanzan, susurran algo que tal vez ya sabías, algo eterno y esencial que solo necesitaba un poema para despertar. Porque escribir no es simplemente desahogar el alma; es una invitación a compartir el peso y la hermosura de la existencia. Es abrir ventanas al corazón, dejar que la luz entre y bañe todo con claridad y esperanza.

Cada verso lleva una parte de mí, una chispa de mi esencia, pero cuando lo lees, esa chispa se convierte en parte de ti. Mis palabras ya no son solo mías; todos juntos creamos un puente invisible que nos une, que nos conecta en un susurro eterno. Y así, el eco de mi alma resuena en ti, como en un espejo infinito donde ambos nos encontramos.

¿Y tú, has escuchado el eco de tu alma? Ese susurro que habla cuando todo está en silencio, cuando la vida se detiene por un instante y permite que emerja lo que llevamos dentro. Es el latido escondido detrás de cada pensamiento, el reflejo de lo que somos en lo más profundo. Escúchalo, déjalo vibrar en ti, porque en su sonido hallarás respuestas, verdades y el impulso de seguir adelante.»

4-1

LA ANTESALA

Jaime Hoyos Forero / Colombia

Cuando atravesaba el gran vestíbulo de la torre Sears de Chicago, me pareció que era mucho más amplio, más alto y más severo que hace dos años. ¿Y esas columnas?

¿Realmente era esta la torre Sears? ¿Me habría equivocado?

-Señor -le pregunté al primero que vi- ¿Esta es la torre Sears?.-

Nunca me habían mirado tan aterradoramente.:

-Señor -me contestó el hombre- ¡usted está muerto!

-Vaya -pensé- me tropecé con un loco.-

De todos modos hice un rápido autoexamen…-No estoy borracho – me dije- No tomé anoche…¿Anoche? Dios mío: ¿Qué sucedió anoche a las 11:45 cuando caminaba por la avenida Michigan?-

Yo venía pensando que al otro día, es decir, hoy, en el piso 82 de la torre me darían mi cheque. Pero…¿Qué me pasó anoche, una cuadra adelante?…¡Qué confusión! Me parece recordar ahora que en la avenida Michigan sentí en el pecho una punzada agudísima.

-Oh Dios. ¿Estaré muerto?-

Entré a los baños. Me consolé cuando me vi de cuerpo entero en el espejo. Me veía bien: afeitado, dinámico, con mi vestido nuevo.

Entonces sonreí ante el espejo y ya tranquilo me toqué instintivamente la cara.

¿La cara? ¡Dios santo! Yo veía mi cara en el espejo, pero mi mano no sentía la cara al tocármela.

¿Qué es esto, Dios mío?…¡Estoy insensible!-

Toqué con urgencia mi pecho y la mano pasó de lado a lado por mi cuerpo…una vez y otra vez. Parecía como si de mí solo quedara mi figura, mi apariencia, pero…¿mi cuerpo?-

Entonces comprendí que estaba muerto…irremediablemente. Y no estaba en la torren Sears de Chicago sino en la antesala del “más allá”.

Sin pretenderlo, atravesé una puerta giratoria y me encontré en la recepción.

Como si me conociera, la rubia al otro lado del mostrador, (¡Dios, qué rubia! Su pelo ensortijado era una viva llamarada . ¡Qué hermosura de mujer!). Me dijo:

-Jaime, bienvenido al infierno.

-Señorita, yo…-

Pero ella, con una sonrisa divina, un poquito maliciosa como la de la Monalisa, me tranquilizó diciendo:

-Jaime, no se preocupe. El Tribunal, más estricto y justo que la Corte Constitucional de los países de la Tierra y desde luego, más inteligente, formado por el diablo y san Pedro,  lo calificaron a usted con una nota de 5.99 sobre 10. Le faltó una centésima para pasar raspando.-

-¡Eso es injusto! -grité- ¿Cómo me van a condenar por una centésima? ¿Aquí no aproximan por exceso? Además, yo no he hecho nada malo, señorita.-

-Señor -dice la rubia- ¡Aquí no hay señoritas. Respete!-

-Perdón, señora, pero yo no he hecho nada malo.-

-Señor, aquí no hay señoras…Y solo para refrescar su memoria, le voy a leer sus infidelidades conyugales -dijo ella desplegando un rollo tan gordo como los rollos de papel higiénico, pero mucho más ancho.-

-¡Léalos! -dije yo- Eso no me asusta.

-Bien, Jaime. Usted lo ha pedido. Según la ley 100 del infierno, que los congresistas de aquí tampoco han querido reformar, la lectura de las infidelidades se le hace al condenado delante de su señora –dijo y enseguida gritó- ¡Que la traigan!

-No, señorita, por favor no, no la traigan. Dígame dónde le firmo.-

-Jaime, si me vuelve a decir “señorita” le bajo la calificación a 4.98.-

-Perdón, perdón. ¿Cuál será mi castigo?-

-Mire, Jaime: usted iba a ser condenado, como todos los infieles, a clavar un clavo de un millón de kilómetros de largo, en una pared infinitamente ancha, hecha de alma de mujer.-

-Dijo usted, “de alma de mujer”, doctora?-

-¡Aquí no hay doctoras! Aquí sí todas somos iguales; todas somos diablas. Mire Jaime: a usted que llegó a viejo medio inocentón, le enseñaré que el alma de la mujer es casi tan dura como la piedra; raro que no se haya dado cuenta. Pero alégrese. Como una excepción, teniendo en cuenta los millones de oraciones que por usted han elevado sus amigos y por haber participado, aunque sin mucho éxito, en las tertulias poéticas de la tierra, el Tribunal le ha cambiado el castigo por uno más suave: usted, Jaime, está condenado a oír, oír y oír los cuentos y poemas de Letras hispanas por el mundo, por toda la eternidad.-

Al día siguiente, (digo “día siguiente” para que ustedes me entiendan, pero desde luego, allí no hay día ni noche), me asignaron una sillita de una sola pata terminada en punta por ambos lados. Así que para no maltratarme, decidí hacer mi trabajo de pie.

Como a los tres días (vuelvo a decir “días” para que ustedes me entiendan) recordé que yo era insensible y que del cuerpo solo tenía la apariencia, de modo que la afilada punta de la silla no me iba a ser ningún daño al sentarme. Y cuando me fui a sentar, me di cuenta de  que en lugar de nalgas, me salía hasta arrastrarse, una cola roja de lo más repugnante.

Me toqué la frente para saber si también tenía cachos, pero no. Entiendo que los cachondos eran únicamente  aquellos condenados cuyas mujeres se los habían puesto…los cachos. Entonces comprendí por qué todas las condenadas, o casi todas tenían cachos, y algunas los tenían tan grandes que parecían antenas satelitales.

Algunas pocas condenadas, sin embargo, no tenían cachos. Eso se debía -me dijo mi diablo de la guarda- a que esas condenadas habían sido ejecutivas solteras. Nunca tuvieron -fíjense ustedes lo inteligentes- quién les pusiera los cachos.

Pero en cambio, aquellas mujeres que habían abortado, tenían que cargar una bolsa como los canguros, llena de una horrorosa sustancia viscosa y maloliente, con un letrero que de lejos parecía decir “Derechos humanos”, pero ya de cerca lo que decía era “Delitos humanos” y su contenido no era otra cosa que una enorme piedra, al rojo vivo, que por toda la eternidad carcomía y quemaba las entrañas.

4-1

LA MUJER: “EL SEXO DÉBIL”

Elsa Lorences de Llaneza-/ Argentina

En mis largos años de vida he oído difamar a las mujeres llamándolas “El sexo débil” Cuando joven me enojaba tremendamente oír este despropósito. Con los años la furia fue dando paso a la indiferencia: Es mejor demostrar que enojarse.

En algún momento de la antigüedad la mujer era el adorno de la casa. El hombre la tenía bajo su pie y su palabra no valía demasiado. La mujer era sumisa y se dejaba someter. Todavía ahora en algunas culturas pasa.

Un día se dio cuenta que tenía una capacidad intuitiva superior al hombre. Que además de limpiar, lavar, cuidar la casa, los hijos, el esposo y recibir a las visitas, servía para algo más, pero para eso tenía que salir de su casa, estudiar y capacitarse. Romper esa imagen con que el mundo la encarcelaba y aprovechó una época en que el hombre perdía su trabajo y que era ella la que necesitaba salir a trabajar y demostró que, además de todas las cosas que siempre había hecho, podía agregarle: trabajar afuera, traer el pan a la casa, seguir engendrando hijos y administrar el dinero para poder llegar a fin de mes.

Entonces pensó: ¿Y el sexo débil dónde está? Y nos empezamos a reír cuando, de tanto en tanto, algún desubicado lo mencionaba, esos que se creían superiores. Esos, que muchas veces no conseguían trabajo y tuvieron que pasar a limpiar la casa y cuidar a los chicos para que la mujer saliera a trabajar y demostrar cuánto valía. Y esas dos palabras horribles empezaron a desaparecer y por suerte ya casi ni se escuchan y las mujeres se empezaron a imponer en cargos que eran exclusivos de hombres, manejándolos, a veces, muchísimo mejor.

Es así, como Mahatma Gandhi, Líder Mundial en la cultura de la no violencia, llegó a decir:

“Si por fuerza entendemos firmeza moral, la mujer es inconmensurablemente superior al hombre. ¿No tiene ella más intuición? ¿No está más presta al sacrificio? ¿No posee más poder de resistencia? ¿No tiene más valor? Sin ella el hombre no existiría. Si la no violencia es la ley del ser, el futuro pertenece a las mujeres.”

Lo dijo Mahatma Gandhi. Yo no. Yo apoyo.

4-1

LA SILLA AZUL

Sandra B. Romeo-/ Argentina

Lo veo apoyar su mano sobre el pomo de la puerta y al abrir dejar caer su

brazo cansado. Muerto.

Yo,en casa, me acomodo en el viejo sillón frente a la ventana. Las persianas

bajas para mirar tranquila.

Es hora de la ceremonia. También de los recuerdos.

Al observarlo me observo.

Su cansancio, el mío.

Enciende las luces sin ganas. Desde que Ana no está todo es así. Desganado

y lento.

Es el momento en que desaparece de mi ángulo de visión.

Lo sé porque conozco la casa. ¡Pensar que antes éramos tan amigos!.

Pero desde lo sucedido, él me evita.

Nunca supe por qué si estamos en igualdad de condiciones. Después de todo

la responsabilidad de los hechos no es cosa nuestra.

Creo

Pero no debo perderme en esos caminos, debo seguir la visión.

Sus pasos en la escalera.

Ahora enciende la luz del dormitorio principal. Sí, eso es.

La figura se acerca a la ventana cruzando el rectángulo iluminado.

En esa esquina está la silla tapizada de azul en donde deja la ropa. Recuerdo

que en casa teníamos una Luis XV con el mismo brocado. Cuando conocí el

cuarto le comenté a Oscar, mi marido, la coincidencia de los colores.

Sigue el ritual.

Ahora el saco desenvuelve su espalda quebrada y cae.

Esa caída es el único desliz que se permite.

Viéndolo así no puedo dejar de pensar que sólo debe sentirse. Siempre fue

muy dependiente.

Veo sus manos amplias subir hacia el cuello y desanudar la corbata. Intuyo que

querría hacer todo lo contrario. Apretar hasta que no entre más el aire. Pero no,

el lazo es doblado con prolijidad y se funde con el tapizado de la silla.

El momento que viene ahora es el único en que suelo sentirme reconocida,

cuando gira y frente a la ventana, mirando hacia mi casa, despacio, se

desprende la camisa.

Ese gesto como de abrazarse y soltarse me emociona y a la vez me demuestra

la distancia infranqueable que hay entre ambos.

La ropa queda prolijamente colgada del perchero.

Las manos tientan el cinturón y los pantalones juegan en la silla azul la danza

de los durmientes.

Todo esto lo hace casi sin moverse.

Sólo veo su sombra que se alza, se encoge, se agranda, disminuye.

Luego la nada.

Las preguntas comienzan su baile dentro de mi cabeza.

Preguntas bizantinas, si las hay.

¿Habrá sido esta formalidad lo que espantó a Ana?.

¿Se estaría muriendo de aburrimiento?.

¿Se les terminaron las palabras?

¿Y a vos, Oscar, que te pasó?

4-1

EL VIAJE

Sandra B. Romeo / Argentina

Miro por la ventanilla del avión como se despega de la tierra. De la seguridad.

No es miedo pero me tomo fuertemente de los posa brazos del asiento.

Cierro los ojos. Un vértigo acunado en la espera me recibe dentro mío.

También me acuna.

Te sostengo en mis ganas y me pregunto si seré capaz. Si ése es el lugar adecuado, el momento justo.

La ingravidez me contesta.

La escucho. La miro en tanto cierra los ojos y se sostiene en la mentirosa seguridad de un asiento de avión.

Sé que me necesita. Me busca. Sus dedos ávidos juegan conmigo.

Me sostienen. Me sueltan. Me estrujan.

En este ida y vuelta de sensaciones mi deseo de disolverme se torna feroz.

Ruedo y me oculto en sus manos. Se decide.

Toma un sorbo de agua. Me disuelvo en su boca.

La llevo conmigo.

4-1

EL MOLINO QUEMADO… UN SANTUARIO NATURAL

Walter H. Rotela González / Uruguay


La tarde estaba mutando apresuradamente. Se tornaba rojiza, viraba a un tono violáceo como de vino tinto. Aún faltaba un tramo del trayecto final en el recorrido del sol, al final de cada día.
Los caminos estaban llenos de polvo, secos, muy secos. La tierra cubría las hojas de las plantas que surgían rebeldes, amontonadas unas con otras, al costado del camino. Más adentro de los alambrados, las plantaciones de girasol, sorgo, maíz o trigo, afloraban mansas, sumisas, en ordenadas filas rectilíneas. El conjunto lucía como una armoniosa ciudad
civilizada, donde cada cual está donde debe estar.
Un cartel, oxidado, indicaba un destino próximo al pueblo, que en las fechas recientes cumple sus ciento cincuenta años. Por algún extraño motivo el nombre invitaba a visitarlo.
Había que adentrarse en un polvoriento camino y recorrerlo por unos 4 kilómetros. Relativamente próximo, más aún, andando en auto. Pero la calzada debía recorrerse lentamente debido a la gran cantidad de roca suelta; del suelo pedregoso que afloraba en forma de lomo de yacaré, cada poco ciento de metros. Lo que significaba una ventaja para los pocos habitantes que vimos a la veda del camino, unas lindas casitas de campo, pues evita que los coches pasen rápido y levanten demasiado polvo. Una solución natural, diferente a la encontrada por los vecinos, personajes del cuento de Don Luis Landrisina, que pusieron el cartel: “¡Despacio! A 100 metros, Campo Nudista”.
Tras andar un rato avistamos con mi compañera de ruta, un puente de hormigón. Nos detuvimos y observamos. Una familia acampaba, aguas arriba. Bajo el puente se oía el murmullo del agua cruzando entre el pedregoso lecho del arroyo San Francisco. En las cercanías, a nuestra izquierda, una vieja camioneta estaba estacionada. Un matrimonio de adultos entrados en años, quizás de unos sesenta y cinco años, pero cómo saberlo, cuando las arrugas afloran, producto de la labor a la intemperie muy probablemente, descansaba, disfrutaba de la tranquilidad. Me aproximé y pregunté por la ubicación del Molino Quemado.
-Es aquí la entrada –dijo el hombre, que tomó la iniciativa y se transformó en improvisado guía turístico. Cruce el alambrado y siga el sendero por un kilómetro y medio, más o menos, hacia el sur.
-Gracias… Visitaremos el lugar –expresé señalando a mi compañera, que aún espera dentro del vehículo.
Dejamos el auto estacionado en un pequeño claro, metros adelante de la vieja camioneta Ford 100, del hombre de las arrugas pronunciadas. Su vehículo lucía impecable.
Cruzamos el alambrado y comencé el registro fotográfico. Lo primero en llamar nuestra atención fue un nido de avispas. Un bosquecillo con soto-bosque ralo daba comienzos a pocos pasos de lo que oficiaba de entrada, lo cual no es más que unos palos cruzados donde nacen o mueren hilos de alambre que se continúan a los lados. Dar los primeros pasos fue como entrar a un túnel. La temperatura descendió, y creo que también se volvió más húmedo el aire. El sol casi desaparecía bajo la frondosidad de los árboles. La humedad se notaba no sólo en el aire, sino en la vegetación, en los musgos, en los hongos que afloran en la base de algunos árboles e incluso en un tronco, aparentemente seco, cubierto por una especie de hongos que semejan almejas adosadas.

Como galerías se extienden, a un lado y otro, más senderos que terminan arriba en la formación abovedada creada por el ramaje, y se extienden pocos metros sin llegar a ningún sitio especial. Anduvimos varios metros y nada del molino. Quizás –pensamos- equivocamos el camino, o quizás, no había restos…
Vestigios de una antigua muralla, muy baja, oficiaba de guía. El sendero se confundía con él, pero el musgo y la vegetación no permiten delimitar o distinguir muy bien de qué se trata en un principio. La evidencia son los montículos de bosta esparcidos a uno y otro lado.
El sol se filtraba en forma de rayos por entre el tupido ramaje. Después de andar un buen rato, una estructura de ladrillos y piedra emergió en medio de un claro. Voluminosa estructura, pero, sin embargo, quedaba oculta en la densidad del bosquecillo.
La corriente de agua sigue la caprichosa y serpenteante forma del suelo rocoso, hasta que se nota el desvío del curso que ahora está ocluida, y por ende seco el canal que, como la muralla baja del comienzo del camino, aparece oculto y confundido entre la vegetación.
Antiguamente, de seguro el agua entraba por allí y llegaba al molino, por esa formación de rocas y ladrillos que primero es un canal y luego se convierte en túnel. Mirándolo desde afuera, el edificio parece hueco, pero no se ve entrada, una puerta, algo que indique por aquí se entraba. O sea, aparenta un edificio alto, pero no imaginamos en principio lo que en
realidad es. En la parte alta, unos orificios semejan ventanas, tiene forma de media luna, con la delimitación rectilínea hacia abajo, y aparecen en varios puntos del grueso muro. El monte se integró a la construcción, se metió adentro, floreció en su interior. Como si estuviese ganando la batalla contra la voluntad del hombre que construyó el molino. Un árbol emerge
desde el interior, varias especies vegetales se dejan ver desde afuera. Es enorme la construcción. Parece irreal, como salido de un cuento de aventuras. El microambiente es lúgubre, por la penumbra producto de lo cerrado del monte, como por el cierre de la tarde, todo se vuelve más irreal.
Rayos de sol se cuelan y dejan puntos iluminados que resaltan. Un joven padre y sus dos hijos adolescentes regresan de pescar, trayendo cañas y aparejos. No hablan casi y miran de reojo al retirarse. El dueño del viejo Ford los viene a buscar, algunos pasos detrás nuestro venía, sin que nos percatáramos de su presencia. Haciendo uso de la palabra nos relata
algunas cosas sobre la historia del lugar.
-Un francés construyó este molino… Funcionó un par de años -cuenta. Pero él mismo lo quemó.
-¿Lo quemó…? –pregunté incrédulo. Pero, sin embargo, era ese el nombre del lugar al que aludía el cartel, en la calle de acceso principal de la ciudad conocida como Nueva Helvecia.
-Sí, quemó su propia construcción… Es que… el hombre estaba unido a una mujer, la que era su segunda mujer. Y tenía un hijo del primer matrimonio, casi de la edad de su segunda pareja. Una tarde, el viejo francés, apareció por el molino y encontró a su mujer, medio desnuda, entregándose a su hijo. Cegado por la furia, incendió el lugar y luego huyó a
su país natal. Nada se supo más de él.
Cuando salíamos del bosquecillo, aún estaba la familia del viejo cruzando el alambrado, y él se había demorado como esperándonos. Prosiguió su relato sobre el lugar:

“Algunas veces, de tardecita –contó- se puede ver la imagen de una mujer que anda por aquí, como vagando por los senderos”.

  • ¿En serio…?
    -No sé, pero yo por si acaso nunca me quedo de noche por aquí.
    -Sin embargo, hay vestigios de fogatas encendidas cerca del molino. Alguien hizo fuego, de hecho, hay rastros de varias hogueras en lugares aledaños a la construcción.
    -Puede ser… pero por si caso yo no…
    -Bueno, seguiremos su consejo y… tan pronto tomemos unas pocas fotos más, nos marcharemos.
    Registré el lugar desde el interior de la construcción. Tomé fotos del lugar donde estaba la rueda del molino. Lo que antes creí vacío o hueco, en realidad, estaba cubierto de tierra, y lo que considerábamos ventanitas, casi como ojos semiabiertos, no eran tales. Pues estaban casi sobre esa superficie alta de suelo, a unos tres metros sobre el nivel de la superficie externa a la construcción.
    La luz del sol declinaba rápidamente, el frío comenzaba a sentirse con mayor intensidad, y cuando nos marchábamos, un a joven pareja se adentraba al montecillo en dirección al molino, como nosotros, rato antes. Pensé, quizás en la tranquilidad del monte, hagan el amor. Pues el halo de misterio se mezcla con un no sé qué de aventura, misterio,
    placer que se experimenta al caminar por ese sendero que lleva al molino. Es una sensación agradable, pero la presencia del manto oscuro, del follaje tupido, impregna todo de un silencio cómplice.
    Cuando registraba las últimas imágenes tomé una foto a la pareja que llegaba al claro que rodea a la construcción, y quedaba esa especie de entrada a la misma por detrás.
    Volvimos sobre nuestros pasos, nos encontramos con el murallón bajo, que según el dueño del viejo Ford era usado para contener el agua desbordada, para aprovecharla.
    El sol declinaba y se ponía al oeste, la noche surgía rápida y los colores del campo variaban. Las plantaciones se perdían y sólo unas aves solitarias, dos o tres, vigilaban el camino desde los hilos, desde los cables de la corriente eléctrica.
    Volvimos, tras andar un poco por el pueblo, a nuestro hogar, cien kilómetros al este.
    Al día siguiente, mientras comentábamos con mi esposa lo bien que habíamos pasado en aquél lugar y observábamos las fotografías digitales registradas el día anterior, noté algo extraño. Un defecto –pensé. Pero se repetía y adquiría cierta nitidez, que comenzó a inquietarme.
  • ¿Podrías mira estás fotos? -Le dije a mi esposa.
    -Sí… ¿Y eso qué es…? –preguntó algo confundida, pero sin darle mucha importancia.
    -Son las fotos de ayer…
    -Sí, pero eso que aparece allí en varias fotos… ¿Lo ves?
    -Sí… por eso te pedí que las miraras… No había nada cuando tomé las fotos.
    -No. No vi nada cuando estuvimos allí. Está algo borroso… pero parece una mujer ¿no?
    -Eso creí yo también cuando las vi… y por eso te sugerí que miraras.
    Quedamos mudos, atónitos con lo que aparecía en el monitor de la computadora. ¿Era
    eso un alma en pena? ¿Era esa la mujer del francés, la del relato del hombre viejo? ¿Era una
    suerte de evidencia de dicho relato?
    Quizás el molino se había convertido en una especie de santuario natural.

Nota del autor:
Cuánto me gustaría volver a encontrar al hombre de la Ford 100 para contarle, para mostrarle lo que registró la cámara fotográfica. Es la confirmación de su relato, de la anécdota que narra como algo posible, pero de lo que no tiene certeza.

4-1
https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png 0 0 le-administrador https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png le-administrador2025-04-21 20:28:102025-04-22 14:21:41CUENTOS Y RELATOS – ABRIL

CUENTOS Y RELATOS – MARZO

Aviso Legal

Las opiniones expresadas en los artículos de esta revista literaria son exclusivamente de los autores y no reflejan necesariamente las opiniones de la dirección. Todos los contenidos publicados en esta revista están sujetos a la propiedad intelectual de España y protegidos por los derechos de autor de sus respectivos escritores.

Cuentos

CUENTOS Y RELATOS : «Historias que despiertan la imaginación y acarician el alma»

Separador

EL LEÑADOR Y LA FLOR

Magi Balsells / España

Erase una vez, un mísero leñador, que habitaba en el frondoso bosque, donde tenia su morada en una su antigua cabaña, donde solitario pasaba sus momentos mas tristes.

Caminando por el sendero que le conducía a su labor diaria, con rumbo ya determinado por las muchas veces realizado, sin mirar donde pisaba, de pronto tropezó con una bella flor, y cual fue su sorpresa cuando oyó una dulce voz que en tono lastimero le decía, ten cuidado, no me pises, ya que ello comportaría el fin de mi existencia.

Asombrado por no esperar que una flor pudiera hablar, no sabia ni que hacer ni que decir, pero algo dentro de el le obligó a pedir perdón

Arrodillándose junto a ella, para examinar si algún daño había sufrido,el suave vientecillo del bosque le traía su fragancia y aroma.

Contemplo sus hermosos pétalos, bañados por el roció matutino, lo cual le daba una belleza sin par, que hasta el momento no se había percatado.

—Dime bella flor, que puedo hacer por tí, ya que siento estar en deuda contigo.

—Poco puedes hacer amigo leñador, mi vida es muy efímera, aquí solitaria en este inmenso lugar, sin amigos, sin nadie a quien contentar, se que tu también estas solo y una cosa quisiera pedirte, es que estas horas que señalan el fin de mi hermosura, las disfrutes conmigo. ¡Llévame contigo a tu morada! hazme este favor no quiero fenecer sola, quiero que mi ultimo aroma, sea para ti.

Dicho esto el leñador muy aturdido, cogió a la exuberante flor y volvió a su habitáculo, depositándola en el más bonito jarrón que poseía, y pareció que todo se llenaba de luz con su sola presencia.

Ya no estaremos solos, tendremos la compañía del uno para el otro y yo prometo cuidarte como si de mi vida se tratara, serás mi amor y mi ilusión.

Quizás por el cariño demostrado aquella flor cada día era más hermosa, llenando la vida de aquel hombre que se desvivía por cuidarla.

Los años pasaron muy deprisa, el leñador cada día mas anciano, pocas fuerzas le estaban quedando. También la flor se estaba apagando, se marchitaba como si notara el fin de este cariño por ambos profesado.

Llegó el final para ambos, juntos y en el mismo momento, la flor sobre su pecho, impregnada de las lagrimas, las cuales se habían convertido en gotas de rocío

Separador

HABIA UNA VEZ…

Libia B. Carcioffeti / Argentina

A los diez años, gané un Concurso Nacional de poesía organizado por Radio El Mundo de Buenos Aires, en el que participaban escuelas de todo el país. Cuando se anunció la selección y me eligieron, jamás imaginé por qué la señorita Gertrudis Eggan, mi directora, me llamó a la oficina.

En mi cuaderno llevaba ya dos notas que decían textualmente: “La niña Libia Carciofetti observó mala conducta por conversar en clase. Se ruega a los señores tutores firmar esta nota.” Lo que no decían esas palabras era que, como consecuencia, mi madre me mandaba a la cama sin cenar. Así eran las cosas: después de sermones interminables, ella solía decirme, como en la canción de Valeria Lynch, “La tercera es la vencida”.

Esa vez, además, me prohibió salir a jugar con Ana María Giacomolli, mi compañera de asiento. Esa sentencia, para mí, sonaba como “cadena perpetua”. Mi madre permanecía inconmovible ante mis lágrimas y mi hambre. Pero mi padre, nuestro eterno abogado defensor, solía esperar a que ella se durmiera para ir a la heladera y preparar el sándwich más delicioso que recuerdo. Fue entonces cuando prometí no abrir la boca en clase, so pena de pasar el resto de mi infancia encerrada en mi dormitorio.

Cuando la directora me llamó, fui con el cuaderno en la mano, temblando ante la posibilidad de una tercera notificación. Apenas entré en la oficina y, a punto de romper en llanto, la señorita Eggan me dijo: “¡Te felicito, Carciofetti! Ganaste el Concurso. ¡Primer Premio entre todas las escuelas del país! Un terreno en San Carlos de Bariloche”.

En ese momento me abracé a esta mujer, normalmente fría, quizá por su investidura. Quizá porque nunca tuvo hijos ni pareja y no entendía que a los niños nos gusta conversar dentro y fuera del aula. Aún así, le costó contener mis lágrimas. Siempre fui llorona, pero aquel día todo me desbordó: ¡era increíble! Sin embargo, a pesar de todo, no supo comprenderme.

“Recibirás la notificación por correo”, dijo. Y añadió: “No le comentes nada a tus compañeros hasta que lo haga público. ¿Entendido?”. Respondí un tímido “sí”, pero mi corazón apenas podía contener el deseo de correr a casa para compartir la noticia con mis padres. Ese día creo que aprendí a volar: las ocho cuadras hasta mi casa las recorrí en segundos, tanto que llegué sin aliento.

A partir de ahí, comencé a soñar. Sin embargo, jamás imaginé que llegaría al Café Tortoni, lugar mítico de escritores como Borges, García Lorca, Alfonsina Storni, Carlos Gardel, Tita Merello y tantos otros. Mi llegada coincidió con un periodo de orfandad emocional: la ausencia de mis padres y la pérdida de mi esposo, quien tanto disfrutaba de mis letras. Para él, cada uno de mis escritos pasaba “su prueba de galera”. Dios me había reservado este tiempo, el suyo, no el mío. Hoy, solo puedo decir: “Amén, Señor, porque así te ha placido a Ti”.

Separador

MI VISITA A TEMPERLEY

Carlos H. González Saavedra/ Argentina

—¡Después de las 15, estaré en tu casa!

—¡Te espero!

Conocía el barrio; en mis años de scout solía andar mucho por allí. Empecé a caminar, tratando de recuperar esos pasos infantiles que tanto atesoraba. Habían pasado sesenta años, y en parte lo logré. A medida que me acercaba al lugar, se despertaban recuerdos de mi infancia: aventuras y un sinfín de momentos que llevaba guardados. Recordé los naranjos en flor y cómo pateábamos las naranjas por la calle. Desilusionado, descubrí que ya los habían quitado todos.

Tomé el tren para sumergirme en un viaje imaginario, como cuando era niño. Pero las cosas habían cambiado; el tren ya no era el de antes. La estación, que anteriormente tenía seis andenes, ahora contaba con nueve. Un conglomerado de gente, yendo, viniendo y esperando, dibujaba un nuevo paisaje.

Al llegar, Guillermo me recibió con un cálido abrazo y una sonrisa franca. Por suerte, no hablamos del club, pero sí de gente conocida del lugar. Me invitó a pasar al quincho de su casa, un lugar encantador, donde me impactó su calidez. Guillermo se esmeraba en atenderme, y lentamente fuimos entrando en tema. Me mostró un libro familiar, una joya de su herencia alemana, que me fascinó. Percibí, de manera sutil, que deseaba hablar de su vida, de su familia, de sus raíces. Me pareció encantador, porque los hombres no siempre compartimos este tipo de historias. Entonces, comencé a contarle cosas mías, mientras él compartía las suyas. Perdimos la noción del tiempo. Tomamos dos deliciosos cafecitos mientras recordábamos cómo Monte Grande, la ciudad donde vivo, era una tranquera al campo.

La avenida, empedrada y con las copas de los árboles uniéndose sobre ella, parecía la entrada a una estancia. Cada dos esquinas había un palenque, y sulkys y caballos floreaban en las fiestas patrias. El almacén de Pardini era un punto de referencia en la zona este del pueblo: Ramos Generales, cancha de bochas, de paleta, carrera de sortija y mucho más. Guillermo mencionó que Melitón Legarreta, nacido en Oyeregui, comunidad de Navarra, había tomado un barco para hacer las Américas. Se instaló en los campos de Monte Grande, donde, como buen vasco, comenzó con un tambo. Su hija, Ester Lagareta, junto con Víctor Loupias, había sido dueña del mencionado almacén.

La charla derivó hacia una casa en el pueblo, pero no encontró unos papeles que quería mostrarme. No me importó; estaba seguro de que recordaría más anécdotas familiares que tendríamos tiempo de escuchar y escribir, vino de por medio. En algún momento, al relatar una historia, sus ojos se escarcharon. No quise indagar más.

Pasamos cuatro horas muy amenas. Sin embargo, lo más impactante, en términos emocionales, fue su quincho. Paredes repletas de recuerdos: fotos, alegorías, escudos, una colección de mates, discos de vinilo y casetes, todo dispuesto con amor y dedicación. —Carlitos, mira lo que quieras. Metete, revisá, preguntá —me dijo.

No me animé. Descubrí finalmente que ése era su lugar, donde estaba plasmada su vida. Un espacio que reflejaba su enorme corazón abierto de par en par. Era un rincón donde la máquina del tiempo parecía haberse detenido para ser disfrutada. Un pequeño cartel rezaba: “Es lo que hay”. Y sí, allí estaba todo: recuerdos, alegrías, y momentos simples de la vida, como éste, como tantos.

Nos despedimos con otro abrazo, prometiendo vernos en otra ocasión.

Tomé el tren con el dulce sabor de haber recuperado el romanticismo de Temperley y la conexión con un amigo que personificaba a su propia familia. Y como si fuera poco, al llegar a casa, encontré en mi celular todas las fotos del quincho. Pensé: “La magia de la vida”. Justamente de eso se trató nuestra charla.

Gracias, Guillermo Loupias.

Separador

CONTEMPLANDO EL MAR

Elspeth Gormley / España

Mientras paseaba por la orilla de la playa, mis pies se hundían suavemente en la arena mojada, sintiendo el vaivén de las olas que se estrellaban contra las oquedades de las rocas, lanzando rugidos como una bestia primordial. Me detuve, maravillada ante la divinidad insondable del océano. En ese instante, suspendida en una profunda serenidad, comprendí que estaba viviendo uno de los momentos más plenos y puros de mi existencia. Ante tanta magnificencia, me invadió un pensamiento: quizás, en el vientre de estas aguas eternas, nacieron los primeros dioses.

El vaivén rítmico del agua narraba un secreto antiguo, un canto hipnótico que se clavaba en el alma. Arrullada por su murmullo, me vi de pronto imaginando al hombre primitivo, ese ser que, en algún punto del pasado, descubrió dentro de sí algo inmaterial y poderoso: un alma.

Esa alma, eterna compañera de nuestra existencia, parecía haber sido inventada como un intento desesperado por encontrar significado en el caos. Una creación humana, tan maravillosa como trágica, destinada a despreciar el cuerpo en favor de una promesa de redención. Así nació también la idea del pecado, el miedo y el castigo, alimentando una maquinaria que ha moldeado dioses y mitos… una maquinaria que, tal vez, desaparecerá con el último aliento de la humanidad, llevándose consigo el temor a aceptar la muerte como un final natural.

El mar, con su vastedad inabarcable, guarda a sus testigos mudos: criaturas misteriosas que han persistido a lo largo de milenios. Adaptándose o pereciendo bajo el peso implacable del medio, son testigos de la danza cíclica de transformación y renovación. Desde la orilla, observé cómo las olas bramaban furiosas, retorciéndose con espuma blanca entre las estrechas callejuelas de los escollos. Bajo su manto de jade, iluminado por el sol poniente, destellaban reflejos dorados y transparencias iridiscentes, como si el océano se vistiera con joyas vivas. Imaginé, en las profundidades de su abismo, criaturas legendarias habitando bosques de coral y una vegetación que susurra relatos de eras olvidadas.

Mis pensamientos se dirigieron a los remotos antecesores de la humanidad, quienes, enfrentándose a una naturaleza hostil, emprendieron su lucha por la existencia. Una lucha desprovista de sentimentalismos, donde el fuerte sobrevivía y el débil perecía bajo las reglas inapelables de un poder supremo. La rueda de la vida, tan antigua como el tiempo, giró para ellos igual que lo hace para nosotros, quienes ahora, orgullosos de nuestro supuesto control sobre el mundo, seguimos siendo prisioneros de esa misma rueda eterna.

En aquel momento, frente al mar, me sentí diminuta. Tan diminuta como esas criaturas abisales que danzan en un universo indiferente. La diferencia entre ellas y nosotros es meramente el tiempo y nuestra capacidad de adaptación. Recordé las críticas que enfrentó Darwin en su época, y cómo, pese a todo, sus teorías perduraron, desafiando a las creencias más firmes y abriendo camino a una comprensión más amplia de nuestro lugar en el cosmos.

Cuando el sol finalmente se escondió tras el horizonte, el mar se tornó negro como el ónix, y el cielo, teñido de gris plomizo, fue rasgado por relámpagos que zigzagueaban hacia las olas espumosas. Permanecí allí, inmóvil, atrapada entre la fascinación y una vaga incomodidad ante la inmensidad y la inevitable fatalidad. Comprendí, entonces, que los mitos no surgieron del vacío; los creamos para llenar ese espacio insondable, transformando sueños en esperanza, construyendo refugios frente al abismo del vacío.

Antes de los dioses monoteístas, la humanidad ya había tejido mitologías, historias nacidas del ingenio y la necesidad. Frente al océano, entendí que ese impulso de narrar, de otorgar sentido, de vestir el silencio con palabras, es lo que define nuestra naturaleza humana.

Separador

FRAGMENTADO

Andrea Morini / Argentina

Samuel se encontraba en el ático de su casa. El ambiente estaba desvencijado, sucio y polvoriento, tanto como su espíritu; el ambiente tenía un pequeño ventanuco hacia el frente, por el que entraba un hilo de luz de la calle, aunque los vidrios cargados de tierra, impedían el paso de la poca iluminación que acertara a pasar por allí. El lugar y su estado de ánimo eran oprimentes, tanto como la vida que había llevado hasta ese momento.

Sentía permanentemente un estado de irrealidad, nunca estaba muy seguro de aquello que veía o creía percibir, los recuerdos se le agolpaban desordenadamente en su mente obnubilada, habitada, tenía cierta idea de eso, por otros seres que vivían junto a él, y de los cuales no podía desprenderse.

A veces, solo a veces, podía reconocerlos como flashes en su interior.

Su casa, fiel reflejo de ese estado de conciencia, era un rejunte de estilos y cosas, que ocupaban todo el espacio formando un conjunto surrealista, donde las cosas más inverosímiles convivían en un precario equilibrio.

Desde hacía algunos días, presentía que Él estaba por advenir, su presencia engañosa surgía en los pequeños detalles que iba descubriendo en los lugares, lo cercaba, tal como le había anticipado desde niños: «Un día seremos uno», fue la sentencia.

Encerrado en ese espacio y en sus pensamientos un ruido lo sobresaltó y se acurrucó, aún más, en el rincón más lejano a la entrada trampilla que permitía el acceso al lugar.  En ese momento el alumbrado de la calle se apagó, sumiendo todo en una oscuridad profunda, sin grises, como si un gran agujero negro succionara todo atisbo de claridad. Le castañeteaban los dientes, no de frío, sino de un miedo visceral que le carcomía el alma, si es que tuviese y, conocía por experiencia, que ese sentir solo se calmaba infligiéndose un dolor aún mayor que el temor, la automutilación y la impulsividad convergían en un deseo irrefrenable en él.

Se cortó levemente el brazo, aún vendría más la necesidad, por ahora creía poder controlarla. No sirvió, el dolor solo avivó aún más el pánico que lo carcomía. Entonces se dejó llevar, no podía frenar más el desdoblamiento que estaba ocurriendo. Reconoció al instante los signos de la mutación, y la entrada irruptora de Él, el sin nombre que, con una sonrisa meliflua en su rostro, le dijo: —Hola Samuel, tanto tiempo sin hablarnos.

Intentó hacer caso omiso de esa presencia que lo amedrentaba profundamente, siempre quiso desentenderse de ella y, hasta ahora, lo había logrado, pero ya no encontraba más fuerzas para continuar soportándolo. —No quiero hablar contigo —contestó a media voz como sospechando que el otro se pudiera ofender con sus palabras. —Pero eso no es algo que puedas evitar, al menos no todo el tiempo, estamos juntos, y así seguiremos por siempre, al menos hasta que yo prevalezca —Le dijo mientras se relamía los labios obscenamente.

A lo lejos un trueno rasgó la noche, luego la luz de un relámpago entró por la pequeña ventana, reflejando destellos lunares en la habitación ya de por sí fantasmagórica. Fue en ese momento cuando pudo ver su reflejo en el espejo que se encontraba frente a él. Solo su imagen le devolvió, aunque creyó entrever una sonrisa aterradora cerca suyo.

No pudo reprimir su deseo de escapar, lejos, muy lejos, tal vez a su infancia, aunque los recuerdos de ese período se le aparecían borrosos, no estaba seguro de sus percepciones, si procedían de la realidad o de la distorsión de la misma. Vagamente recordaba el rostro de su madre y poco más. La sombra que lo perseguía desde niño lo rodeaba, viscosa y mortal, mientras Samuel luchaba por desprenderse de ella. Quiso correr, no pudo, una pulsión irrefrenable lo anclaba en ese lugar. «Nunca lo lograré» pensó en ese instante. Unas garras delgadas y filosas lo habían alcanzado y empezaban a rodearlo reconociendo la derrota del otro. —Ya eres mío —susurró la sombra amenazante.

Fue entonces cuando, decidido a poner fin a su desdicha, tomó el revólver que guardaba en ese oscuro rincón. Nunca fue consciente del por qué lo tenía allí, aunque en el fondo, lo sabía. —Aún no lo soy —afirmó Samuel, mientras se dejaba abrazar por el intruso. Luego, apuntando a ambos, disparó.

A la mañana siguiente lo encontraron solo, con un tiro en la sien frente al espejo del viejo desván de la casa. Nadie imaginó por qué había tomado esa decisión fatal.

Separador

DIARIO DE XITA RUBERT

Xita Rubert / España

Tras la muerte de su padre, el filósofo Xavier Rubert de Ventós La escritora narra cómo su fallecido padre se le sigue apareciendo en sueños

Desde la muerte de mi padre mantengo un diario sobre su aparición en mis sueños: es un diario sobre un fantasma, que sólo me visita por las noches, y cuya relación conmigo no ha terminado, sino que sigue desarrollándose más allá de nuestras dos migraciones. Ahora, tanto mi vida como la suya continúan en otros países, y nos reencontramos en el espacio intermedio al que nadie más puede acceder. Yo misma tengo dificultades para entrar, cuando despierto y trato de transcribirlo. Varios de estos sueños, ahora que los releo, exploran el ambiguo sentimiento de avanzar, de reinsertarme en la vida tras su muerte.

30 de agosto de 2024. Creo haber tenido otro sueño con papá. La escena significativa ha ocurrido justo antes de despertarme: me ha sacudido su propia intensidad, el tacto y la mirada no eran difusos como suelen serlo en los sueños. Me encontraba ordenando mantas y cojines con él, viendo qué se llevaba él y qué me llevaba yo, pero ¿adónde iba cada uno? No recuerdo el intercambio verbal, tenía que ver con alguno de esos elementos domésticos, con una mudanza y una ausencia inminente. Estábamos preparándonos para el cambio, pero ¿qué cambio? De pronto, durante la conversación, me invadía la realidad extrema de su cuerpo, sus mejillas, sus ojos: me los quedaba mirando como si mirar con intensidad impidiera que se fuera. Sospechaba que, tras marcharme yo, él desaparecería también, como si al preparar mi próxima mudanza (este septiembre) fuese a revivir la suya, la definitiva (hace ahora un año y medio). Pero su mirada no era desesperada, inquisitiva como la mía. Sus ojos tampoco se apartaban de mí, pero eran dulces, plácidos. Conformes.

Tiendo a narrar más que a interpretar mis sueños, aquí, pero este es un posible significado: no quiero alejarme, ni siquiera, del momento o del lugar en que él murió. No quiero poner distancia entre nuestra vida con su enfermedad y mi vida nueva, sola, con plena salud. Siento una inesperada ambivalencia a retomar la normalidad, el año laboral: mudarme a Nueva York, publicar mi segunda novela, recuperar mi rutina en Estados Unidos tras estos dos años en España, y montarme en el ajetreo del mundo, tan distinto a los tempos —y a las epifanías— de la muerte. Si antes deseaba recuperar el ánimo y la energía, ahora deseo quedarme quieta en este inframundo, entre la realidad y el sueño, entre los vivos y los muertos, suspendida y feliz, porque es aquí donde lo encuentro y donde su piel y sus ojos todavía no se difuminan.

1 de enero de 2025. Cuando releo algunos de mis cuentos, constato que sólo escribo bien cuando escribo sobre la muerte, o desde la muerte, o en estrecha proximidad con muertos que siguen pululando en mi mundo interior. Sé que mis historias están vivas cuando hay algo difunto en sus tramas, cuando mis personajes son conscientes de que algo (o alguien) está a punto de terminarse. No es cierto que sea necesario sentirse desolado, abandonado, para escribir bien (de hecho, lo contrario es cierto), pero hay algo vivificante en invocar a la muerte, y sé que mis mejores párrafos están animados por ella, o sea, por él. Hay algo en la oscuridad infinita, en la claridad irrecuperable, que alumbra mis frases y convierte a mis imágenes en bichos fluorescentes.

Pero la cuestión es otra, más importante: cuanto más lejos de la muerte y la enfermedad, no sólo escribo peor, sino que vivo peor. Más triviales mis preocupaciones, mis quehaceres, más superficiales y falsamente difíciles mis dilemas. Los falsos dilemas de los vivos sólo existen para cubrir, para cegarnos, ante la dificultad real: que el final siempre acecha bajo la salud; que la vida debe continuar incluso cuando la vida terminó; que la ausencia más difícil es la sostenida, tan distinta al duelo inicial.

Recuerdo cuando mi amigo y escritor Andrés Barba hablando de su propio padre, me auguró lo siguiente: lo más arduo es el primer año, hay que pasar por todas las fechas significativas en que te gustaría estar con él —su cumpleaños, tu cumpleaños, el verano, la Navidad. Paradójicamente, ese primer año lo encaré con la fortaleza que me imprimía el propio recuerdo de su vida, las lecciones viscerales de su enfermedad, el estado de excepción que daba sentido a lo que lo tenía, y extirpaba el falso sentido de todo lo demás. Es ahora, en el segundo año, cuando debo enfrentarme a su falta: no a su ida, sino a la constatación de que no volverá.

14 de enero de 2025. Sé que les pasa a otras personas, que sueñan con la persona difunta. En mi caso hay dos tipos de sueños: en los extáticos, su presencia no la experimento como un shock sino como una especie de gracia divina, mística. En los sueños más demoledores, alcanzo a tocar su cuerpo, al despertar desaparece, y el acceso de llanto no tarda en llegar. Los primeros sueños son cada vez más recurrentes que los segundos, pero hoy ha pasado algo distinto. Ha aparecido en mi sueño, sin éxtasis ni demolición: simplemente estaba, en toda su fisicidad, vivo, y no vivo todavía, ni vivo de nuevo. No era una aparición, era él. Papá se reincorporaba a mi vida, como un personaje sin mayor gravedad, dos años después.

En el sueño, era el día de su cumpleaños: íbamos en coche y pasábamos el día en la playa con mamá, con varias amigas mías, con una especie de novia de él. Nada resultaba doloroso ni existencial. Y no teníamos cobertura: cuando se ponía el sol y debíamos volver, él insistía en que era su cumpleaños, pero nosotras reíamos porque no estábamos seguras del día o la hora. Nadie nos molestaba: ni las fechas de cumpleaños de vida ni las fechas de aniversario de muerte. Algo en la atmósfera indicaba que no estábamos en un lugar trascendental, de resurrección, no. Su presencia, hoy, era un hecho y no un recordatorio.

El verano tras su muerte, en 2023, pasé unos días en Atenas. Visité casi todos los cementerios y llegué caminando a Kerameikos, la mayor necrópolis de la ciudad antigua. Me fijé en que todas las lápidas mostraban a una persona tocando la mano, el hombro, el cuello de otra persona, a veces con un solo dedo. Cada escena era un reencuentro, extraño e imposible, y entendí que no aludían a un recuerdo, sino a un deseo: los griegos sabían que no es el alma del difunto lo que nos falta —su alma sigue con nosotros—, sino su cuerpo. El deseo de los vivos es tocar las mejillas, los huesos, el pelo de los muertos, y ese deseo está estampado en cada lápida de Atenas y en cada página de mi diario del inframundo.

Separador
https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png 0 0 le-administrador https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png le-administrador2025-03-20 12:34:552025-03-20 12:34:56CUENTOS Y RELATOS – MARZO

CUENTOS Y RELATOS FEBRERO

Cuentos_separador

Aviso Legal

Las opiniones expresadas en los artículos de esta revista literaria son exclusivamente de los autores y no reflejan necesariamente las opiniones de la dirección. Todos los contenidos publicados en esta revista están sujetos a la propiedad intelectual de España y protegidos por los derechos de autor de sus respectivos escritores.

Una Imagen Para La Sección De Cuentos Y Relatos, No Infantiles

En los cuentos, la realidad y la fantasía se entrelazan, tejiendo historias que desafían la lógica y revelan las verdades más profundas del ser humano. Elspeth Gormley

Cuentos_separador

EL MUNDO DE ALEJANDRO

Lidia B. Carciofetti / Argentina

El mundo de Alejandro es su habitación. Come, duerme, juega solito allí… no quiere compañía y se molesta toda vez que sus hermanitos quieren entrar a conversar con él o demostrarle cariño.

Ale nació con el síndrome de autismo grado máximo. Una prueba muy dura para toda la familia que lo esperaban con tanta expectativa… Sus berrinches cada vez más acentuados hacían que hasta se diera la cabeza contra la pared y se lastimara.

Curarle las heridas se volvían una odisea, pues no quería que nadie lo toque. Tenía asistente 3 veces por semana, para sus terapias.

El tiempo que estaba con ellos tomaba atención, le daban tarea y era muy aplicado hasta que el desenfreno le hacía romper los papeles y tirarlos en el cesto.

Bello su aspecto cuando pasaba yo por la vereda, su carita y sus ojitos perdidos me miraban fijo. Yo le sonreía, pero no servía de nada.

Vivió en su mundo hasta los 14 años. Nunca festejó con alegría la fiesta que organizaban en su honor.

Estaba presente su cuerpo pero él no.

Un día de pleno invierno, aprovechó un descuido de la familia que estaba cenando, y como ladrón sin hacer ruido abrió la puerta y se escapó. Se dieron cuenta sus hermanos cuando fueron a retirar el servicio de la cena.

La policía lo encontró en la plaza a más de 10 cuadras de allí.. Sus padres lo llevaban cuando el aceptaba ir.

Tenía el torso desnudo y temblaba de frío, pero corría entre los juegos y sonreía a carcajadas. A duras penas entre sus padres y el oficial pudieron sujetarlo.

Sufrió hipotermia, y como consecuencia Neumonía bilateral.

Hoy Ale ya descansa en paz, tal vez la que tanto deseó tener en el mundo impenetrable que el mismo construyó, a pesar de todo el amor que su familia le demostraba.

Lo recordé porque vi un niño con ésta crisis en un centro comercial, solo que pudieron calmarlo.

No podré olvidar nunca sus ojitos a través de la ventana.

¡Que tristeza convivir con un ser amado así! Es como convivir con la misma muerte.

Seamos empáticos con ellos y con la familia porque solo ellos saben cómo se hace para vivir en su mundo.

Cuentos_separador

EL MÉDICO DE CLOTILDE

Carlos H. González Saavedra / Argentina

Bajé rápidamente la rampa de la guardia del hospital, con ganas de llegar a casa. Estuve toda la noche, atendiendo. Sin darme cuenta tropiezo con una señorita, que casi la tiro al piso con mi empellón. ¿Perdón te lastime? pregunto avergonzado -¡No estoy bien! iba distraída, no te sientas mal, dijo mirándome con simpatía.

Sus ojos tenían una mirada muy subyugante y cautivadora, Sin contar cuando baje la vista y encontré una esbelta muchacha de pelo castaño buenas curvas y ojos celestes. -Te alcanzo a algún lado, tengo el auto en la cortada, a la vuelta. Ayudándole con carpetas que seguía juntando del piso. -No, voy a una cuadra a ver a mi abuelo que esta medio pachucho. ¿Qué le paso?¿ puedo ayudar? no quería perderme esa sonrisa entre picara y seductora. -Sí ¿me quieres acompañar? -Claro, respondí entusiasmado. -Perdón, me llamo Arie ¿y tú? -Mm….. No te va a gustar, riéndose y con un mohín contesta: Clotilde. -Es original, poco común. Repliqué haciéndome el simpático

Caminamos una cuadra y la casita estaba en el fondo, sin revocar, dentro de un terreno como de cincuenta metros. Daba una cosita entrar, pero…ella se desplazaba contenta y yo la miraba y empezaba a tenerle ganas. Era muy seductora. Abrimos con cuidado y oí el crujido lento de la puerta de chapa por las bisagras oxidadas, entramos a la cocina, muy sencilla por cierto. Un dormitorio donde estaba don Eleuterio Zabala y un bañito muy pobre. -Enseguida regreso, se fue a la habitación, mientras tanto, me quede mirando unas paredes celestes despintadas, estaba todo sucio, los mosaicos del piso sin pasar un trapo, pocos enseres de cocina, sobre la mesada vieja de madera, un anafe de tres hornallas y una garrafa. Todo muy lúgubre.

Un sonido gutural de Don Eleuterio rompió el estado de observación que yo tenía -Ya está abuelo. ya está. Quédese tranquilo, ya fui a buscar al médico.

Me puse de pie esperando que Clotilde me llamase. Tardaba un poco pero entendí que estaba tranquilizando al abuelo, al que se oía respirar raro. Veo que corre la cortina y se sienta a mi lado, en la silla de paja que había en la cocina, más otras tres y un banquito que coronaba la desvencijada mesa, cubierta con un mantel de hule. Me intrigaba Clotilde, porque ella tenia muy buen aspecto, no coincidía con la pobreza del lugar. No hice comentario. Aprendí tanto en la guardia, en el día a día, que preferí no hacerlo.

A los pocos minutos otro sonido gutural como un alarido sacudió el silencio que me producía mirar a Clotilde embelesado. Ella corrió al dormitorio me levanté de la silla y le pregunté, ¿Qué pasa? -No se, hace unos días que esta así, comenta llorando. -¿Puedo verlo, revisarlo? Estoy haciendo la residencia, en el portafolio tengo algunos medicamentos, el estetoscopio y la compu que siempre llevo conmigo. -Sí, claro, pasa gracias. Me encuentro en una habitación toda revuelta, ropa tirada en el suelo. Hasta un sobre abierto de un banco de la zona, vacío. Todo desprolijo y el viejo que gritaba. No distaba mucho de lo que era la cocina, pero llamo mi atención la habitación. Siento un grito de Clotilde diciendo: -Javier, Javier, cuando comenzaba a revisar al abuelo. -Quien es Javier, pregunto. -Mi hermano -Abre dijo Javier desde la calle. El portón de alambre estaba cerrado con candado, siempre se lo ponía, por temor, según me dijo al entrar.

Salí a abrirle y sigo revisando a Don Eleuterio, tenía un cuadro complicado rayano a la neumonía. -Hay que internarlo, comenté. Sus ojitos me miraban con desesperación. -Bueno comenta Clotilde voy a avisar a la vecina.

El hermano me saluda al pasar y se va. Sentí cerrar la puerta de la cocina con fuerza, poner una traba del lado de afuera y la voz dulce de Clotilde con tono acelerado, diciendo: -¡Vamos, vamos!

Me levanté del costado de la cama y traté de abrir la puerta. Cosa que no conseguí. Miré por la ventana del baño, tan chiquita que ni un gato pasaba por allí. La cocina tenia unas rejas y postigos de madera y en el dormitorio una ventana de chapa, de las fuertes, con pestillos oxidados por la falta de uso. Trate en forma insistente, casi frenética, pero no logré abrir. Pensé, en buscar el celular y llamar a la policía o alguien que me ayude y me doy cuenta que el maletín había desaparecido. Estaba encerrado muerto de frío con el camisolín de medico y sin nada, mientras, el abuelo gritando, gimiendo por falta de aire. Casi suplicando, con mirada furiosa. ¿Quién carajo me pidió que me meta en este lio? Estaba enojado conmigo mismo. Soy un calentón, me recriminaba.

Me tranquilice y sin darme cuenta me quede dormido. Un ruido muy fuerte de tormenta me despierta. Las ventanas vibraban, golpeteaban los postigos por el viento. Al rato volví a dormirme. Me había vencido nuevamente el cansancio. Eleuterio respiraba con dificultad, cada vez más notoria. Se había pasado el efecto del valium que le había suministrado.

Sus manos siempre las había tenido cubiertas con las sabanas y colchas, aparentemente cruzadas sobre el estomago. Observe que las movía como para mostrarlas o hacer algo con ellas. Sus ojos miraban con odio. -¿Qué le pasa Don Zabala, en esas manos?, pregunté. Mientras abrí cuidadosamente la colcha y la sabana, para revisarlas. Mi sorpresa fue mayor, al advertir que portaba un calibre 38 apuntando a su vientre, maniatado con cinta de embalar. Inmovilizado de la cintura para abajo. -¡Me han asaltado¡ ¿no se dio cuenta? -No, pensé que estaba enfermo, contesté confundido. -Idiota lo embaucaron como a mí. Se llevaron la jubilación y la plata del terreno. Desáteme pide enérgicamente, o es uno de ellos que lo dejaron para escapar tranquilos.

Costaba entenderle, se agitaba pero así y todo exigía que lo desate. -Jubilado como policía, conozco bien el paño. Desáteme ¿no me escuchó? ¡desáteme!

Yo entendía claramente lo que pedía y más temor me daba. Lo miro sin responderle, pensando…¿si lo suelto y empieza a los tiros? Mejor me llevo el arma y listo. Desato solo el arma como puedo, ante sus maldiciones.

Estaba amaneciendo y preferí esperar mientras Zabala como podía, gritaba. Le había tapado parcialmente su boca con un pedazo de cinta de embalar, que encontré. Quería salir de ahí lo más rápido posible.

Providencialmente con el sol, la habitación lucia iluminada y me permite ver una hendija junto con el pestillo que se había soltado. Con lo cual de un patadón logre abrirla. Subí como pude y salté al pasto. Cuando llego a la puerta, veo que no estaba puesto el candado y salí más rápido que ligero, en busca de mi auto. Claro, nunca lo encontré. Lo había estacionada en una cortada, detrás del hospital. Déjalo en la cortada, siempre me decían y eso hice. Al mirar el nombre de la calle para orientarme, leo Eleuterio Zabala. Estaba todo dicho.

Finalmente el 38 terminó entre las sabanas sucias del hospital, que serían retiradas por el lavadero. Tomé un remís, muerto de frío, me llevó a la casa de mis padres. Durante una semana no fui al hospital. Pedí traslado a Neuquén a una salita donde una tía que era directora, me insistía que fuera.

Nunca hubiesen entendido mi explicación del porque estaba allí y el porqué había salido por la ventana, corriendo con ropa de medico con un arma en la mano. Lo único que tenia explicación, es que era médico acreditado, con lo cual no me exculpaba de nada. Así fue.

Cuentos_separador

EL ABRAZO DEL MAR Y LA LUNA

Elspeth Gormley / España

La noche se despliega como un manto de terciopelo oscuro, salpicado de estrellas que titilan en la distancia. La luna llena, majestuosa y resplandeciente, se alza en el cielo, bañando el mar con su luz plateada. El océano, en respuesta, se extiende hacia ella, como si quisiera abrazarla, en una danza eterna de atracción y deseo.

Cada ola que rompe en la orilla parece susurrar secretos antiguos, historias de navegantes y criaturas marinas que han habitado sus profundidades. La brisa marina acaricia mi rostro, trayendo consigo el aroma salado y fresco del mar. Es un momento de conexión profunda, donde la naturaleza revela su belleza y misterio, y donde el alma humana encuentra refugio y consuelo.

El mar y la luna comparten una danza eterna, un vaivén que refleja la armonía y el equilibrio del universo. La luna, con su poder gravitacional, rige las mareas, moviendo las aguas en un ciclo constante de subida y bajada. El mar, en su vastedad infinita, acoge este influjo con gracia, adaptándose a los cambios y mostrando su fuerza y serenidad en cada movimiento ondulante.

Pasear por la playa en una noche así es un privilegio que pocas veces se encuentra. La arena fría bajo mis pies desnudos, el sonido rítmico de las olas y la luz suave de la luna crean una atmósfera de paz y reflexión, un remanso de tranquilidad en medio de la vorágine de la vida cotidiana. Me siento en una roca y contemplo el horizonte, donde el cielo y el mar se encuentran en un abrazo infinito, un encuentro que trasciende el tiempo y el espacio.

El mar es como la vida: en ocasiones sereno y apacible, invitándonos a disfrutar de sus orillas con alegría y despreocupación. En otras, desata su furia y arrasa con todo a su paso, recordándonos su poder indomable y la necesidad de respeto y humildad ante la naturaleza. Pero siempre, en su inmensidad insondable, encontramos consuelo y sabiduría, un espejo en el que se reflejan nuestras propias emociones y experiencias.

La luna, testigo silenciosa de nuestras noches, nos recuerda la importancia de la constancia y la paciencia. Su luz, aunque reflejada, ilumina nuestro camino y nos guía en la oscuridad, un faro de esperanza en medio de las tinieblas. Juntos, el mar y la luna nos enseñan a encontrar belleza en lo simple y a valorar los momentos de calma y reflexión, a descubrir la grandeza en los pequeños detalles y a abrazar la serenidad en medio de la tormenta.

En noches como esta, me siento parte de algo más grande, una diminuta pieza en el vasto mosaico del universo. La inmensidad del mar y la serenidad de la luna me envuelven en su abrazo, recordándome la maravilla de estar vivo, la magia de existir en un mundo lleno de misterios y maravillas. Y así, bajo el cielo estrellado, me dejo llevar por la poesía de la noche, permitiendo que el abrazo del mar y la luna llene mi alma de paz y asombro.

Cuentos_separador

EN EL SALÓN DE CONFERENCIAS

Jaime Hoyos Forero / Colombia

Queridos asistentes a este salón de conferencias.

Este cuento, señoras y señores, lo advierto honradamente desde el comienzo, es exclusivamente para mujeres. Sugiero, por lo tanto, que los señores se retiren. Si alguno insiste en quedarse, lo hace bajo su responsabilidad.

Quiero responder a la pregunta que los señores me están haciendo sin mover los labios y con cierta sonrisa picaresca, pregunta que es esta: “¿qué pasa si me quedo?”. Pues verán. Al regresar cada uno a su casa, si es soltero, encontrará muerto a su perro. Si no tiene perro encontrará a su gato, muerto. Y si no tiene gato, no podrá oír ni ver las noticias de la noche: el televisor se habrá dañado. Lo siento.

Y si el que se queda aquí oyendo el cuento es casado, a éste le doy la desagradable noticia de que al llegar a su casa hallará viva ¡qué horror! a su suegra. Después no digan los señores que no lo advertí.

Pero a los que se retiren, les cuento este chisme: En el siguiente salón y en pantalla gigante están pasando un partido de fútbol sensacional. Están en el minuto 30 del 2º. tiempo y nuestro seleccionado está jugando maravillosamente. Nuestro portero parece un Supermán. El resultado parcial es de 5-0… a favor del rival.

.

Ahora bien, queridas señoras. El cuento es este: Había una vez en un lejano país del oriente, donde todavía de flor en flor vuelan los elefantes rociando con sus trompas los jardines encantados, había pues, un millón de hermosas mujeres y un millón de hombres “tipo adonis”, según decían las mismas señoras.

Sin embargo, en aquel rico país (rico porque el subsuelo estaba inundado de petróleo) había un pequeño, pequeñísimo problema, pese a que cada mujer era una “venus” y cada hombre un “adonis”. El problema era este: Los hombres -quién lo creyera- no estaban muy interesados en las mujeres. Solamente los motivaba el fútbol, el ciclismo, la lucha libre, el boxeo… y los otros hombres.

El rey estaba preocupado. Las sociólogas y las estadistas del reino pronosticaban que 30 años más adelante, la población que ahora era de 2 millones, sería de sólo 1.500.000. No había nacimientos. Y se juzgaba que en 80 años más, la población sería de sólo 2 habitantes: El rey y la reina. (Nota importante: la inseminación artificial estaba prohibida).

Allí comenzaron a verse cosas, unas veces curiosas y otras veces bochornosas. Por ejemplo: Todos los cargos públicos, todas las “curules” del congreso, todas las alcaldías estaban manejados por mujeres. Por una parte ellas con su inteligencia, superior a la de los hombres, su sagacidad, superior a la de los hombres, su visión para los negocios, superior a la de los hombres, ocupaban todos los espacios importantes. Desde luego, los hombres también estaban ocupados: Manejaban los buses, “boleaban” ladrillo, tapaban los huecos de las calles; en fin, todos los oficios de fuerza. Seguían siendo, pues, el sexo fuerte: Hábiles para echarse sobre los hombros la pesada responsabilidad de los bultos de papa.

Y desde luego, no eran brutos. Por ejemplo: Los médicos eran excelentes enfermeros, los economistas, excelentes “amas” de casa, los periodistas, sorprendentes chismosos, los arquitectos, insuperables albañiles y los pilotos de avión, inigualables choferes.

Los hombres, además, se idearon (porque siempre han sido, como ya lo dijimos, muy inteligentes) otras profesiones que ya existían pero que ahora acaparaban por completo: Diseño de ropa interior, servicio de manicura, servicio doméstico, etc.

La vida entonces era cada vez más complicada. Por ejemplo, la tasa de matrimonios había subido del 33% al 50% pero con el agravante de que los que se casaban eran hombres con hombres.

Los hombres se pusieron felices cuando en el periódico apareció el siguiente título a 8 columnas: “Es un hecho el embarazo de los hombres”. Los que se tomaron el trabajo de leer el subtítulo, se desilusionaron. Decía: “es un hecho el embarazo de los hombres, es decir el obstáculo, la dificultad, la incomodidad que tienen para coser calcetines”.

De todos modos la población se acababa de año en año. El rey y la reina estaban, como es de suponerse, preocupadísimos.

¡Pero, oh maravilla!, en ese momento tan crítico, a la ministra sin cartera se le ocurrió una fulgurante idea: ordenó por decreto que firmó el rey, que todas las mujeres se maquillaran de tal manera que parecieran hombres por dentro y por fuera. ¿Cómo? Bueno… las mujeres, que son como sabemos muy inteligentes, se ingeniaron la manera. Yo no supe cómo pero que se las ingeniaron… se las ingeniaron. No sé si ayudadas por la magia o por qué, pero se las arreglaron para que los hombres volvieran con ellas a… ya sabemos a qué.

Y como los hombres, desde Adán han sido seducidos por las mujeres, les quedó gustando la cosa, volvió todo a la normalidad y la población del reino comenzó a crecer y crecer.

Los hombres se casaron con las mujeres, no todos, pero vivieron muy felices

EL MUNDO DE ALEJANDRO

Lidia B. Carciofetti / Argentina

El mundo de Alejandro es su habitación. Come, duerme, juega solito allí… no quiere compañía y se molesta toda vez que sus hermanitos quieren entrar a conversar con él o demostrarle cariño.

Ale nació con el síndrome de autismo grado máximo. Una prueba muy dura para toda la familia que lo esperaban con tanta expectativa… Sus berrinches cada vez más acentuados hacían que hasta se diera la cabeza contra la pared y se lastimara.

Curarle las heridas se volvían una odisea, pues no quería que nadie lo toque. Tenía asistente 3 veces por semana, para sus terapias.

El tiempo que estaba con ellos tomaba atención, le daban tarea y era muy aplicado hasta que el desenfreno le hacía romper los papeles y tirarlos en el cesto.

Bello su aspecto cuando pasaba yo por la vereda, su carita y sus ojitos perdidos me miraban fijo. Yo le sonreía, pero no servía de nada.

Vivió en su mundo hasta los 14 años. Nunca festejó con alegría la fiesta que organizaban en su honor.

Estaba presente su cuerpo pero él no.

Un día de pleno invierno, aprovechó un descuido de la familia que estaba cenando, y como ladrón sin hacer ruido abrió la puerta y se escapó. Se dieron cuenta sus hermanos cuando fueron a retirar el servicio de la cena.

La policía lo encontró en la plaza a más de 10 cuadras de allí.. Sus padres lo llevaban cuando el aceptaba ir.

Tenía el torso desnudo y temblaba de frío, pero corría entre los juegos y sonreía a carcajadas. A duras penas entre sus padres y el oficial pudieron sujetarlo.

Sufrió hipotermia, y como consecuencia Neumonía bilateral.

Hoy Ale ya descansa en paz, tal vez la que tanto deseó tener en el mundo impenetrable que el mismo construyó, a pesar de todo el amor que su familia le demostraba.

Lo recordé porque vi un niño con ésta crisis en un centro comercial, solo que pudieron calmarlo.

No podré olvidar nunca sus ojitos a través de la ventana.

¡Que tristeza convivir con un ser amado así! Es como convivir con la misma muerte.

Seamos empáticos con ellos y con la familia porque solo ellos saben cómo se hace para vivir en su mundo.

Cuentos_separador

AZUL CELESTE Y NEGRO

Carlos Pérez de Villarreal / Argentina

No se conocían. Habían nacido el mismo día, mes y año, pero no se conocían. Ella pertenecía a una de las familias pudientes porteñas, que emigraba todos los veranos hacia la costa marplatense. Vivía en la loma de Stella Maris, en una gran casona que dominaba una hectárea de parques y jardines. Por esa época, en el grupo más representativo del espectro social, se cotizaba más alto el poder del dinero que el origen. Su padre había tenido fortuna con la venta de ganado vacuno y poseía grandes latifundios. Él, pertenecía a la clase trabajadora. Sus progenitores, emigrados «de las Europas» vivían en una modesta casa en el barrio Norte, a cuatro cuadras de la estación del ferrocarril.

Pero llegó un día en que la vida los comenzó a enredar. Como un mazo de cartas que se mezclan y se barajan, el azar intervino y a los cinco años de edad se vieron por primera vez. María Rosa y Juan José, una tarde calurosa de enero; ella pegada a las faldas de su madre y él agarrado a la mano de la suya, se miraron fijamente. La familia Gómez Olazábal, necesitaba empleadas para trabajar durante el verano en los quehaceres de la casona y la madre de Juan, con buenas referencias, se presentó para el consiguiente empleo. Allí nomás la contrataron. Los ojos azul celestes de María Rosa y los negros de Juan, quedaron prendados uno del otro. Una corriente de afecto los sacudió y desde el primer momento en que pudieron, cuando se daban las circunstancias, jugaban juntos. Él le enseñó los trucos del balero y ella aportó su conocimiento de las flores. A partir de allí, durante varios veranos, los jóvenes fueron afianzando su relación. Compartían su pasión por la lectura; ella proveía los libros y él su incansable naturalidad para escribir. Poco a poco esa relación fue transformándose en amor. Amor juvenil, puro, íntegro; pero oculto, porque la diferencia de clases, impedía cualquier exteriorización.

La Belle Epoque comenzaba a desintegrarse. El despilfarro de los años locos se terminaba. Una nueva burguesía que ascendía en lo social y algunos hechos concretos, como la construcción de la Ruta 2, marcaban un nuevo paradigma. Llegó el fin del último verano y las familias ya no se vieron más. El azul celeste y el negro, dejaron de mirarse. La vida los separaba.

Aquel 16 de Junio de 1955, el General Perón llegó como todos los días muy temprano a la Casa de Gobierno. Juan salió de la pensión ubicada a tres cuadras de allí, bastante más tarde. Hacía cuatro años que vivía en Buenos Aires. Pasado el mediodía, se dirigió a la zona de las «librerías de viejo». Siempre concurría. Después, entre el gentío, en un día nublado y frío, se dirigió a la Plaza de Mayo. No llegó. Sintió el rumor de los aviones. Se había comentado que habría un desfile aéreo, pero cuando miró para arriba, tembló. Varios aeroplanos sobrevolaban los aires. Alcanzó a distinguir uno de ellos que dejó caer un inmenso cilindro negro. Luego vino la explosión, otras bombas comenzaron a explotar. El caos se apoderó de la Plaza. Como un hormiguero reventado, la gente despavorida, huía en todas direcciones. Los gritos de los heridos, el aullar de las sirenas y el pánico generalizado ganaron las calles. Corrió desesperado por Hipólito Yrigoyen, dobló en Defensa para alejarse, pero cuando vio el zaguán, prácticamente se zambulló adentro. Tremendamente agitado, trató de tranquilizarse, cuando una figura femenina entró tras él a los tropezones y se agarró a su brazo para no caer. Unos ojos miraron los suyos, con miedo primero y sorpresa después. El azul celeste y el negro, se volvían a encontrar. Se fundieron en un abrazo interminable. Apretados uno al otro hasta hacerse doler, se quedaron así hasta que pasó lo peor. Luego vino la ayuda a los heridos, socorrer a los más débiles, sentir el sufrimiento ante la muerte; hasta que por fin cansados por dentro y por fuera, fueron a la pensión de él. La soledad del cuarto los acogió de la mano. Gimieron, sollozaron, rugieron, entreverados sus cuerpos, hasta que poco a poco la respiración se relajó y el esfuerzo, más tarde… fue silencioso, con goce de ternura.

Ese fue el principio. Siguieron viéndose varias veces más. Ella le contó que vivía en Buenos Aires. Se había casado con un hombre que no le brindó su amor y había enviudado años más tarde. Su familia había quedado desmembrada a raíz de la muerte de sus padres, en un accidente, perdiéndose casi todas las propiedades, pero había una pequeña casa en Mar del Plata, que ella quería volver a usar. Su sueño era ese. Él le contó que era un solterón empedernido, que había podido lograr escribir ya tres libros, los cuales habían sido publicados por una Editorial, brindándole la posibilidad de estar en la capital del país. Pero también su idea era volver a Mar del Plata. De pronto un día, María Rosa desapareció de la vida de Juan como un soplo en el viento. Un grave accidente doméstico la dejó inválida. No quiso dar compasión. Sin su dirección, Juan la buscó por todas partes, desesperado, con ansias, dolor y rabia, pero no la encontró. El azul celeste y el negro, volvían a dejar de mirarse.

El anciano, se sentó despaciosamente en uno de los bancos de la sucursal de PAMI en Mar del Plata. La primavera tardía no quería llegar en ese octubre frío. Había hablado ya con la empleada que lo atendió por su trámite, pero debía esperar un poco, por unos papeles. Acomodó el bastón entre sus piernas y la cartera en la silla vacía, a su lado. Extrajo un libro de su interior. Un amigo se lo había regalado hacía muy poco, era de un escritor marplatense. Su título, significativo: La aventura de narrar. Comenzó a leerlo y se distrajo. No vio la silla de ruedas, que con la mujer sentada dentro se arrimaba para ser atendida. La voz de la empleada lo sorprendió: —¡Qué coincidencia, el mismo día, mes y año del señor que estuvo aquí antes que usted!

Sobresaltado se paró, el bastón sonó como un pistoletazo cuando cayó al suelo. A él no le importó. Rengueando se acercó rápidamente a la silla dándola vuelta. El azul celeste y el negro, después de tanto tiempo… volvían a encontrarse.

Juan se inclinó y con un dedo rescató una lágrima que rodaba por la mejilla de María Rosa, llevándosela a los labios. Se acercó al oído de ella y le murmuró unas palabras. La empleada, sorprendida, le preguntó: —¿Conoce al señor? —¡De toda la vida! —contestó María Rosa —Disculpe, pero estoy intrigada, ¿Qué le dijo? —¡Esta vez es para siempre!

Cuentos_separador

SENTENCIA DE LA TRENZA

Graciela Reveco / Argentina

Me vi obligada a emitir un veredicto que ningún juez daría. Mi tierra era fértil y por mis venas corrían extensos ríos hasta que él llegó a mi vida. Manipulaba siempre en el mismo sitio, al principio solo con palabras. El cabello trenzado iluminaba tanto mi belleza que un puño definitivo evitó que escuchara el último arañazo de vocales sangrantes. No tembló su mano, incluso pudo huir sin culpas. A partir de ese día, me soñó todas las noches, mientras la trenza de mi cabello crecía en el silencio húmedo, avanzaba, avanzaba… desde el féretro hacia la tierra, sigilosa, provocativa. La última vez me soñó llegando hasta su cama, alzada mi trenza como una rubia serpiente. Por la mañana, lo encontró la empleada del servicio doméstico, tan lejos de mis ríos y tan cerca de su infierno, ahorcado.

Cuentos_separador

REALISMO

Graciela Reveco/ Argentina

Antes de dormir, miró debajo de la almohada de su mujer. Noche tras noche soñaba que ella tomaba un arma, la apoyaba en su cabeza y disparaba; el estruendo, real y vívido, lo despertaba, mientras ella dormía plácidamente sin hacer ruido. No había contacto entre ellos, la culpaba, la vejaba y se iba a la calle en busca de otros placeres. Terminaría con eso esa misma mañana, la echaría sin contemplaciones, nada, solo se llevaría el maldito sueño que no lo dejaba dormir tranquilo.

Acomodó otra vez la cabeza y se sumergió en las sombras deseando alivio, sin embargo, allí estaba de nuevo, pero por primera vez, desde que lo soñara, vio un brillo especial en los ojos de su mujer y gritó amenazante para detenerla, pero no podía porque era un sueño, y seguía gritando mientras ella tomaba el arma debajo de la almohada, mientras la apoyaba en su cabeza, mientras disparaba, solo que esta vez el estruendo… no lo despertó.

Cuentos_separador

CAPACIDADES DIFERENTES

Sandra B. Romeo / Argentina

Siempre le habían gustado las mancias y las había desarrollado muy bien. Después de la operación que aún la mantenía inactiva, se dio cuenta de que contaba con un nuevo don.

Todavía no sabía que nombre darle a su último tesoro, pero empezó con los ejercicios. Pensaba en un objeto con ganas, con pasión y ese objeto venía a ella, lo movía a su antojo por la habitación. Varias tareas cotidianas realizaba desde la cama. Corría las cortinas, se alcanzaba los libros que había en la biblioteca del cuarto, los cuadernos y lápices que había dejado sobre el escritorio danzaban en el aire limpio hasta sus manos.

Tratando de dominar su habilidad pensó que debía agregar objetos de más peso y contundencia a sus pruebas. Empezaron a formar parte de las danzas circulares floreros, sillas, jarrones y banquetas.

De pronto y sin aviso su suegra abrió la puerta con fuerza. Hacía varios días que escuchaba ruidos extraños, como si la habitación entera hubiera cobrado vida. En esa bruja de pueblo que era su nuera ella nunca había confiado: «¿qué se trae encerrada ahí tantos días? Ya tendría que estar ocupándose de su casa, que yo aquí no pienso quedarme a vivir».

La puerta abierta por sorpresa. El estupor en la mirada, el miedo en la acción. El pensamiento suelto, puro como látigo de energía. El juego de mates tallados girando en el aire. Golpeando la cabeza con fuerza.

Rebotando. Estallando.

La mano alzada como si quisiera detenerse o como si hubiera golpeado. El cuerpo sin vida en el suelo. Segundos, sólo segundos.

Una luz de comprensión se abre paso por su mente. «Cuando se quiere algo con fuerza desde adentro el universo entero conspira para que eso suceda». ¿Será esa la explicación para su capacidad de mover objetos a la distancia?

Cuentos_separador

AÚN NO ES TIEMPO ABUELA

Walter Rotela / Uruguay

Visitábamos una de las montañas cercanas a la ciudad de la Paz, en Bolivia, cuando ocurrió lo de la abuela. Sí, lo contó Rodrigo y lo vi cuando bajó. Entre risas y lágrimas de un susto disimulado comentó que estando en la ladera de la montaña, mientras le faltaba el aire sintió cierto mareo. Se encontraba al borde de un precipicio, pero debía seguir. Estaba cansado y había venido para conquistar la montaña. No quiso tomar el vino que nos regalaron la noche anterior. Su meta era llegar lo más alto posible. El aire estaba fresco esa mañana, un poco sobre el medio día, aunque el sol calentaba lo suficiente para mantenerse bien. Sin campera sería imposible soportar ese viento suave pero penetrante, que cala hasta los huesos. Unos chicos que ayudaban a su abuela en el refugio de la montaña, tenían sus abrigos, sus guantes, sus gorras con los cobertores de orejas. Nos miraban con cariño, pero cobraban para entrar al baño. Era esa su tarea. Esa que la abuela, les había encomendado, en ese tiempo de vacaciones, lejos de la ciudad, a los pies de la montaña. Yo observaba el paisaje con un dejo de desconfianza y con admiración. Estar a tanta altura era un sueño, un sacrificio también. Cada paso es todo un logro. El dolor de cabeza había estado presente durante toda la noche, no paró en la mañana. Por eso no quise subir la ladera, no quise crear una situación extraña pará los más jóvenes, para nadie. Pedro, muy valiente, con sus 66 años subió despacio, con cautela, tomando cada bocanada de aire con tranquilidad, con gracia casi. Pero estaba decidido a conocer el otro lado de la montaña que teníamos en frente. Era un reto, y como tal, lo tomó. “Subiré hasta donde se pueda, seguiré hasta lo más alto posible, pero no dejaré de intentarlo”-aseguró, antes de seguir al grupo. Rodrigo y el resto de los viajeros turistas que participaban de la travesía a la montaña estaban felices de poder tocar la nieve, sentir el frío, pero otra cosa era sentir el agotamiento y la falta de aire.

Sin embargo, la juventud está cargada con esa energía que desafía toda experiencia que se interpone. Por eso Rodrigo sitió que se iba. Sí, así lo manifestó al estar cerca del ómnibus y mientras se recuperaba dijo: «Saben que vi a mi abuelita. Vi que estaba todo nubladito. Y sí, a los 5.000 metros había nubes rozando la ladera de la montaña, pero mi abuela no podía estar allí. Me refregué los ojos y no lo podía creer. Esa mujer, era no hay dudas, mi abuela. Con la mano me decía algo así como que me acercara». Todos lo miramos incrédulos, pero él insistió en lo mismo: “yo la miré de reojo. No sabía si creer o no pero le repetí que no era tiempo y me levanté, vi que uno de los chicos seguía varios pasos más adelante, se dio vuelta, me miró y: ¿Estás bien? Le contesté afirmativamente con la cabeza y lo seguí, sin decir nada. Miraba para abajo y un gran precipicio estaba allí. Tropezar con una pequeña piedra podía ser lo último antes de caer por la ladera. De hecho, un niño pequeño, que acompañaba a otros turistas que estaban subiendo la ladera, estuvo a punto de caer. De no ser por la rapidez con que reaccionó un adulto de nuestro grupo, ese niño hubiese caído delante de nuestras narices. Pero no fue así, no cayó ese niño, no caí yo, y ahora sé que pudo ser mi abuelita; pero entendí que quería vivir. Quiero vivir le dije: Aún no es tiempo abuela”. Rodrigo siguió el viaje, llegó a los pies de la zona nevada, se sacó unas fotos y regresó; pero de esa experiencia no se olvidará nunca. Lo contó en tono de broma, pero creo que eso marcó un antes y un después en su vida. Quizás fue sólo producto de la falta de aire, quién sabe. Lo cierto es que ahora se lo ve disfrutar más de cada paso, subiendo otras montañas en otro país, del sur.

Cuentos_separador
https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png 0 0 le-administrador https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png le-administrador2025-02-20 18:21:442026-10-25 10:51:58CUENTOS Y RELATOS FEBRERO

CUENTOS Y RELATOS ENERO

Aviso Legal

Las opiniones expresadas en los artículos de esta revista literaria son exclusivamente de los autores y no reflejan necesariamente las opiniones de la dirección. Todos los contenidos publicados en esta revista están sujetos a la propiedad intelectual de España y protegidos por los derechos de autor de sus respectivos escritores.

Cuentos-y-relatos

Los cuentos y relatos son las alas de la imaginación, transportándonos a mundos mágicos y desconocidos, donde cada palabra es una chispa que enciende la llama de la aventura. Elspeth Gormley

Cuentos_separador

LA NANA

Leonora Acuña de Marmolejo / EEUU

Andrés Monte Miranda un hombre bastante acaudalado -quien vivía en San Bernardo un hermoso pueblo del Valle del Cauca-, había enviudado de su esposa Claudia con la que había procreado dos hijos: Gerardo, y Graciela Inés de 12 y 14 años respectivamente.

Ante la situación tan crítica al quedarse solo para levantar a sus hijos, Andrés resolvió enviar a la niña al convento de las Madres Franciscanas de la capital, quienes tenían también bajo su dirección el Colegio de bachillerato “María Auxiliadora”.

La directora del colegio era la madre Dorothy Wharton, una dama oriunda de Inglaterra en donde vivía toda su familia. Su hermano más allegado se llamaba Harry quien con cierta regularidad solía ir al convento a visitarla.

Siendo Graciela una hermosa niña muy educada, inteligente y de buenas maneras, muy pronto las monjas se encariñaron bastante con ella; al tal punto que llegaron a tratarla como un miembro más de sus respectivas familias, especialmente la Madre Superiora quien llegó a considerada como a su propia hija.

En una ocasión cuando el hermano de aquella y su esposa se encontraban de visita allí en el convento, tuvieron la oportunidad de conocer a la niña -quien ya tenía 17 años-, y les agradó tanto su personalidad, su don de gentes, y su presencia, que le sugirieron a su hermana hablar con el padre de aquella a fin de que le permitiera anexarse a su extensa familia en calidad de “Nana” y por supuesto vivir allá en Europa con ellos.

Dos años más tarde, y bajo la anuencia de su padre, Graciela resolvió viajar a Wallington, Surrey en Inglaterra para desempeñarse en aquel cargo ofrecido por los esposos Wharton, y así trabajó con y para ellos con gran eficiencia. Se encontraba muy confortable y contenta, mas la esposa de Harry -para quien ella solícitamente se había convertido en su mano derecha-, venía deteriorándose cada vez más a causa de la distrofia muscular que padecía, y un triste día pese a los cuidados médicos y de su esposo, dejó de existir.

Está por demás decir la tristeza y el temor que invadieron a Harry al quedarse solo. Entonces ya acostumbrado a la presencia y cuidados de Graciela, cuando su hermana Dorothy lo acompañaba por unos días tras el deceso de su esposa, aprovechó la oportunidad a fin de considerar con ella, el dejar a la muchacha como ama de casa con todos los derechos para continuar a cargo de su familia.

En una armonía muy reconfortante tanto para Harry como para todos sus allegados, y tras de algún tiempo, éste se dio cuenta de que la presencia de Graciela se había tornado en una necesidad imperiosa para él, y que se sentía enamorado de ella. Entonces en consideración a que ésta de pronto decidiera regresar a su país, resolvió confesarle sus aprensiones y su amor. Fue grande su sorpresa cuando en ese preciso momento Graciela venciendo su timidez le dijo que ella también paulatinamente se había ido enamorando de él. Días después con la presencia de Andrés Monte miranda, de su otro hijo Gerardo (hermano de Graciela), y por supuesto de Dorothy la “Madre Superiora”, como también de toda su agradecida familia -que tanto la apreciaba por su conducta intachable hacia su madre-,se efectuó la pomposa boda. Así aquella soleada mañana abrileña, muy airosa y feliz Graciela Inés Monte miranda “La Nana” salió del templo, del brazo de Harry su esposo, ya convertida en la flamante Mrs. Wharton…

Cuentos_separador

LOBEZNO

Magi Balsells / España

En aquellas agrestes montañas, pérdidas en la inmensidad de la nada, solo cabras son sus moradores normales, alimentándose de hermosos pastos que cubre la tierra, donde procrean y nacen sus crías. Donde el aire es puro sin ningún atisbo de polución, y el agua pura, fresca y cristalina que baja de las nieves de las más altas montañas, serpentea entre los cauces que con los años se han ido creando.

Alguna ave rapaz sobrevuela los altos picachos dando una paz inmensa, con este vuelo majestuoso que solo ellas saben dar. Solo se oyen, sus graznidos y el balar de las cabras rompe el silencio que en este lugar mora, que en algunos momentos parece música celestial.

Todo ello es contemplado por un zagal de no más de 14 años, que cuida del ganado, acompañado de dos hermosos perros que son sus vigilantes y únicos amigos, ya que esta solo en esta inmensidad.

Hace dos años, se quedo sin su sostén querido, su madre; a su padre ya lo había perdido antes de nacer. Se encontró solo, sin saber que hacer, nadie se quedó con su persona, eran tiempos muy difíciles, no abundaba la comida, fueron años de malas cosechas.

Estuvo mendigando durante un tiempo, hasta que encontró un modo de vivir, quizás no fuera el adecuado para su edad ni por sus pobres conocimientos, pero era el que se le ofreció, y sin dudar lo aceptó.

La oferta vino por el cabrero que ya era muy mayor y no podía cuidar de sus rebaño; era simple, que se encargara del cuidado de los animales, y él le enseñaría lo mas básico, le daría techo y comida y haría un reparto de las posibles ganancias que se podrían suscitar con la venta de la leche que producían las cabras.

Su mentor le llevaría comida cada dos días, muy frugal, queso y pan aparte de la leche que consumiera, eso sí, sin límite. Además tendría una tosca cabaña, hecha hacía tiempo, con ramas de los árboles que en ese monte abundaban; no era mucho, pero por lo menos tendría un techo para refugiarse cuando aparecieran las tormenta o en invierno la nieve. Los días transcurrían con gran monotonía, siempre era lo mismo, solo cambiaba de lugar cuando veía que los pastos donde estaba parecían decrecer, entonces trasladaba el ganado a otras fuentes de alimentación para que las cabras tuvieran el alimento necesario y pudieran dar la leche, la cual almacenaba en los grandes bidones que después se llevaba el cabrero cada dos días en su carro.

Una mañana, mientras intentaba guiar el rebaño, le pareció oír un sonido diferente, algo parecido a un lloro o un lamento, alguien o algo se estaba quejando, paró el rebaño y lo dejó al cuidado de sus amigos los perros, que mostraban un cierto nerviosismo, estaban inquietos por los sonidos que no sabían de donde salían.

Agarró su bastón con fuerza y determinación y empezó a indagar quién o qué era el causante de esta inquietud, y entonces lo vio, era como una bola de algodón, una cría de lobo prisionera en una trampa, que sujetaba con fuerza una de sus extremidades. Con precaución y cierto recelo se fue acercando, el pobre animal parecía muy asustado. Sin pensarlo más y con las fuerzas mínimas que tenia procuró abrir la trampa, al final y con gran esfuerzo lo consiguió, siendo en aquel momento lamido por el pequeño animal, lo que le dejo tranquilo. No lo atacaría sino muy al contrario le estaba agradeciendo lo que había hecho por él.

Examinó su pata y vio que tenia una herida producida por los dientes de la trampa, no sabía que hacer, pero pensó que necesitaría cuidados, por lo menos intentaría curarlo, con el agua que llevaba en su cantimplora lavó la herida, rasgó una parte baja de su camisa y vendó como pudo la pata dañada. Una vez finalizado esta cura provisional, pensó que estaría hambriento, fue y ordeño una de las cabras, y en su plato se lo dio al pequeño lobo, el cual empezó a lamer la fresca leche, y en un santiamén lo dejó limpio, por lo cual volvió a llenárselo y pasó lo mismo, aunque ahora cuando terminó, se acurrucó a su lado cerrando los ojos respirando tranquilamente y se quedó dormido.

Debía cuidar de su rebaño, pero no podía dejar a este hermoso animal a su suerte, y tomo la decisión que consideró más adecuada, recoger el rebaño y volver a la cabaña, donde podría cuidar mejor a su nuevo amigo. Dicho y hecho, llamó a sus perros y les indicó que volvieran a casa; ellos obedientes recogieron el rebaño y lo fueron guiando, hasta sus corrales.

Una vez ya en su aposento, volvió a mirar la herida, y con sus mínimos conocimiento vio que no había afectado en demasía la extremidad, tenia un pequeño botiquín que usaba para curar a las cabras, donde había alcohol, una pomada y vendas limpias. Así se puso en la tarea de limpiar mejor la herida, aplicando dicha pomada que daba muy buenos resultados en la cicatrización, como había comprobado con las cabras, y luego lo vendó.

Se preparó un poco de comida… una vez engullido el pan y el queso se tumbó para descansar, quedándose dormido junto al lobezno. Cuando despertó al día siguiente muy de mañana, como era su costumbre, quedo asombrado al verlo durmiendo junto a los perros, los cuales lo arropaban con sus cuerpos; parecía como si lo protegieran.

Al momento todos estaban despiertos, preparó la comida de los animales y a sus perros para el trabajo diario, sin saber que hacer con el nuevo amigo, por lo cual decidió llevárselo consigo para el pastoreo, así podría comprobar cómo se encontraba, pero antes destapó la venda que le había puesto la noche anterior, viendo que la herida tenía un buen color. Volvió a limpiar, aplicó una nueva capa de la pomada y vendó la pata.

Ya todo dispuesto empezó su trabajo diario, saco al rebaño de los corrales y guiado por sus fieles perros se dirigió a unos prados cercanos, muy abundantes, de fresca hierba. El lobezno andaba a su lado con cierta dificultad, por lo que decidió cogerlo en sus brazos, no fuera cuestión que se malograra lo conseguido. Fue un hermoso día, tranquilo, y satisfactorio, se respiraba mucha paz, estaba contento por el suceso ocurrido, sin dejar de pensar que quizás la familia del lobito estuviera buscándolo. Al atardecer, los animales habían pastado convenientemente. El sol empezaba a menguar y descendía la temperatura, ésta era la señal para volver hacia la cabaña.

Llamó a sus perros, para que hicieran el trabajo que tan bien sabían realizar y todos juntos de dirigieron a su morada en busca de su sustento y disfrutar del merecido descanso. Llegando a la misma, encerró las cabras en su corral, y preparó la comida para sus amigos, cuando de golpe se oyeron unos aullidos muy fuertes y cercanos. En principio se asustó, eran muy similares a los que había efectuado su lobezno, pero no era solo uno, sino varios y en diferentes tonalidades, como realizados por diferentes voces. Notó que raspaban en su puerta, era de lo mas frágil imaginable, poco podría aguantar; sus perros se pusieron delante suyo para protegerlo de este posible peligro, ladrando como aviso de que estaban dispuestos a luchar.

En este momento el lobezno, se adelantó a todos ellos y lanzó un aullido: sonó muy diferente a los de antes, cuando estaba sujeto a una trampa; se hizo el silencio. Los perros callaron, los aullidos desaparecieron, quedó una espera tensa, que rompió el lobezno acercándose a la puerta, donde volvió a emitir unos aullidos que denotaban alegría; automáticamente fueron correspondidos por unos similares desde el otro lado.

La puerta en ese momento se abrió, y en su dintel apareció una manada de lobos, de los cuales uno se abrió paso hasta llegar al lobezno, lamiéndolo repetidas veces y atrayéndolo a su pecho, mientras el resto de la manada estaba quieta y expectante, no se veía ningún ánimo de ataque, mantenían una posición de tranquilidad.

La madre loba, dejó a su hijo al lado y se acercó al muchacho, lo olió, le dio un par de vueltas, se restregó en sus temblorosas piernas y al final se elevó hasta su cara, lamiéndola profundamente, apoyando su gran cabeza sobre su hombro. Una vez realizado este acto podríamos decir de agradecimiento, se replegaron, quedando solo el lobezno en la habitación, se acercó al muchacho y le lanzo un tenue aullido como si tuviera pena en marcharse con su familia, dio media vuelta y se incorporó al lado de su madre perdiéndose en la oscuridad de la noche.

Desde aquel momento, nunca más volvió a verlo, aunque si más de una vez se oyeron sus aullidos. Tampoco ocurrieron más ataques a los rebaños, parecía que los lobos no hubiesen estado nunca.

Solo quedó la paz en este hermoso lugar

Cuentos_separador

EL SILENCIO DEL MAR EN INVIERNO

Elspeth Gormley / España

Hay un encanto especial en el mar durante el invierno, una magia que solo se revelaba a aquellos que se atrevían a explorar sus orillas en los días fríos y grises. Cada paseo por la playa en esta estación era un viaje hacia la soledad y la paz. La arena vacía se convertía en un santuario, donde las olas rompían con fuerza, creando una sinfonía que resonaba en el alma. El viento frío acariciaba el rostro, recordando la pureza del momento.

Con cada paso, la tranquilidad del invierno se apoderaba de uno. No hay voces, no hay risas, solo el constante murmullo del mar y el susurro del viento. La playa, generalmente abarrotada en verano, ahora es un refugio de reflexión. En una cala escondida, una roca se convierte en el trono desde el cual se contemplaba la inmensidad del horizonte.

El mar se extendía ante mis ojos como un manto infinito, una fuente de vida que había existido mucho antes que nosotros y que seguiría su curso mucho después. Su vastedad me hacía sentir pequeña, pero a la vez, inmensamente conectada con el universo. En esos momentos, el tiempo parecía detenerse y una puede perderse en sus pensamientos sin la presión de las obligaciones diarias.

Las olas dibujaban patrones efímeros en la arena, cada una diferente y única. Era un recordatorio de la naturaleza cambiante de la vida, de la belleza en la impermanencia. Los tonos grises y azules del cielo se mezclaban con el verde profundo del mar, creando una paleta de colores que solo la naturaleza puede pintar. Las gaviotas volaban cerca, sus gritos resonando como testigos de la contemplación silenciosa.

Al cerrar los ojos, sentía la brisa salada y escuchaba el ritmo del océano. En esos momentos de introspección, encontraba una paz interior difícil de hallar en otro lugar. La inmensidad del mar hablaba de la eternidad, de los ciclos naturales y de la esperanza que siempre surgía, incluso en los días más fríos.

El mar en invierno recuerda que, a pesar de las tempestades y las olas furiosas, siempre había una calma que seguía. Que la vida, con sus altos y bajos, era un viaje continuo y hermoso. Y mientras estaba allí, en la roca de alguna cala, mirando al horizonte, me daba cuenta de que la verdadera paz no estaba en la ausencia de ruido, sino en la presencia del alma.

La noche se desplegaba como un manto de terciopelo oscuro, salpicado de estrellas que titilaban en la distancia. La luna llena, majestuosa y resplandeciente, se alzaba en el cielo, bañando el mar con su luz plateada. El océano, en respuesta, se extendía hacia ella, como si quisiera abrazarla.

Cada ola que rompía en la orilla parecía susurrar secretos antiguos, historias de navegantes y criaturas marinas que habían habitado sus profundidades. La brisa marina acariciaba el rostro, trayendo consigo el aroma salado y fresco del mar. Era un momento de conexión profunda, donde la naturaleza revelaba su belleza y misterio.

El mar y la luna compartían una danza eterna, un vaivén que reflejaba la armonía y el equilibrio del universo. La luna, con su poder gravitacional, regía las mareas, moviendo las aguas en un ciclo constante de subida y bajada. El mar, en su vastedad, acogía este influjo con gracia, adaptándose a los cambios y mostrando su fuerza y serenidad.

Pasear por la playa en una noche así es un privilegio. La arena fría bajo los pies, el sonido rítmico de las olas y la luz suave de la luna creaban una atmósfera de paz y reflexión. Sentada en una roca, contemplaba el horizonte, donde el cielo y el mar se encontraban en un abrazo infinito.

El mar es como la vida: en ocasiones sereno y apacible, invitando a disfrutar de sus orillas con alegría. En otras, desataba su furia y arrasaba con todo a su paso, recordando su poder y la necesidad de respeto. Pero siempre, en su inmensidad, se encontraba consuelo y sabiduría.

La luna, testigo silenciosa de mis noches, recordaba la importancia de la constancia y la paciencia. Su luz, aunque reflejada, iluminaba el camino y guiaba en la oscuridad. Juntos, el mar y la luna enseñaban a encontrar belleza en lo simple y a valorar los momentos de calma y reflexión.

Cuentos_separador

LA MAGIA DE LOS REYES

Carlos H. González Saavedra / Argentina

Mis retinas guardan una imagen de la infancia. La visita de los reyes magos. Una noche dormí al revés y puse mis zapatos a los pies de la cama. Aun así, no pude verlos. Ahora siendo abuelo, sigo con la misma ilusión. Dejé mis zapatos a los pies de la cama y me dormí, esperándolos.

Me levanto habitualmente al baño, cerca de las cuatro. Me asombre, cuando vi mis zapatos, colmados de estrellitas de colores. Probé tocarlos, para ver si era cierto. Con su cosquilleo en mis manos, entendí que sí. Eran reales. Con cuidado, decidí calzarme. Rápidamente un calor agradable, envolvente, amoroso se apodero de mí. Por momentos estaba en la cama y por momentos viajaba a mundos maravillosos. Siempre la presencia de uno de ellos, a mi lado. Así sentía pero no sabía quién era de los tres. Estaban muy presentes dentro de mi corazón. Algo imposible de explicar.¡ Maravilloso!

Los cielos azul celestes, soles, cascadas de aguas cristalinas. Mis hermanos los animales, así los sentía, me sonreían. Hermanos caminando con distintos aspectos. Todos sonreían. Estaban muy cerca de mí, me llamaban por mi nombre, preguntaban por mis nietos. En forma telepática Sus miradas limpias, manos algo extrañas, no me importaban.

Tanto amor sentía, que solo quería interesarme por ellos y ellos por mí. Sus palacios con ciertos ribetes dorados y paredes blancas. Ventanas entre verdes y violetas. Sus árboles y flores todas coloridas. Había rayos y extraños platos que volaban que nos saludaban. Prendían y apagaban las luces. Paz y armonía, espacios de felicidad.

Reunidos con los tres me dijeron: ¡todo esto, os merecéis! Sabemos que tu única meta es hacer feliz al otro, estés donde estés. Sabemos de tí. Siempre tu ruta de vida ha sido el amor. Eres un ser muy amado. —¿Estoy soñando o lo estoy viviendo? Al unísono, respondieron: —¡Lo estás viviendo!

Me desperté, a las ocho. Tres colibríes revoloteaban mi ventana. Mis zapatos, mi pijama, todavía guardaban alguna estrellita perezosa. Mi corazón explotaba de amor y las miradas de mi familia eran distintas. Me miraban con amor. Entonces pensé; valió la pena, esperar tantos años. Confiar en la la magia de los reyes magos. Porque la magia existe, está dentro de nosotros.

Cuentos_separador

EL DIA DEL JUICIO

Jaime Hoyos Forero / Colombia

“Procread y multiplicaos”, dijo Jehová el sexto día, en el primer capítulo del Génesis.

Casandra, la bella troyana hermana de Héctor, según lo relata la Ilíada, recibió de Apolo el don de la profecía, pero como no accedió a la seducción del dios, este se vengó haciendo que nadie creyera en las infalibles profecías de la hermosa Casandra.

Eso me pasa a mí, queridos amigos , tal vez por ser por línea directa materna, descendiente de Casandra. No que haya heredado el don de la profecía, sino el que nadie me crea lo que digo. Por eso no me creeréis, seguramente, esta verídica historia que sucederá infaliblemente en la tercera década del 2100. Pues aunque no lo vais a creer y solo por cumplir con un deber histórico, voy a relataros lo que pasará dentro de 100 años en el planeta Tierra.

“Enero 31 de 2125, hoy será el fin del mundo”. Eso no lo dirán los periódicos, porque dentro de cien años no habrá periódicos, ni radio, ni internet, ni televisión, porque no habrá consumidores. En 2125 no habrá compradores y sin compradores no habrá medios. Toda la infraestructura y toda la estructura de los medios de comunicación estará intacta: los edificios, la maquinaria, la energía, las computadoras, los teléfonos, los vehículos, los micrófonos. Todo listo, todo en su puesto; ¡Y todo para qué!… sin lectores y sin oyentes. Y sin periodistas. Y sin operarios.

Nunca habrá existido en más de 20000 años de historia, una noticia más importante. Imagínense: el fin del mundo. Un fin del mundo triste, sin noticias porque no habrá quién las diga… porque no habrá a quién decírselas. Los edificios, desocupados; las calles desocupadas; el campo, desocupado; desocupados los vehículos, desocupadas las casas, deshabitada la tierra. Igual que el sexto día del Génesis, sobre la tierra sólo existirán dos humanos. Curiosa y casualmente se llamarán Adán y Eva.

El mundo estará habitado tan solo por unos cuántos animales que habrán sobrevivido a la contaminación y a la falta casi absoluta de agua, carencias que la técnica humana había logrado “conseguir”, de tanto herir la naturaleza, en el último milenio. Todos los grandes inventos estarán ahí -¿para qué ?- paralizados, como inmóviles payasos burlándose de la inteligencia, ¿inteligencia… ? digamos más bien, de la soberbia de los hombres.

Eva y Adán, no los de la historia que os estoy relatando, sino los del Génesis, tenían el paraíso. Eran dueños del Edén, es decir, lo tenían todo y gozaban de todo. Pero la Eva y el Adán de nuestra historia tendrán a su disposición todas las maravillas creadas por el hombre, pero no gozarán de nada. ¿Cómo gozar de ellas ? Para qué sin mano de obra para moverla y sobre todo sin frutos en los árboles, muertos por falta de agua, con charcos contaminados que ya no serán ríos, con unos pocos peces con su carne envenenada. Adán y Eva se alimentarán entrando a las casas, todas deshabitadas, y a los supermercados, a saquear lo poco que quedará en las despensas y las bodegas.

Pero ¿sabéis vosotros por qué solo habrá en 2.125 un hombre y una mujer?

Bueno, se cree que por un pequeñísimo problema creado por los sabios y los técnicos: ellos inventaron a mediados del siglo XX y luego el mundo entero comercializó, unas diminutas pastillas llamadas “anticonceptivas”. Pero no sabían estos sabios y técnicos ni los poderosos laboratorios ni los gobiernos que se dejaron convencer, para propagar las pastillitas, no sabían ellos, o tal vez lo ocultaron, que esas lindas y efectivas pastillitas harían estériles a las mujeres al cabo de unas siete generaciones.

Por eso los dos últimos humanos, Adán y Eva, nacerán, él en 2.079 y ella en 2.080. Desde luego se encontrarán, se enamorarán, se amarán, pero no podrán tener hijos. Además, los clones que en el 2.050 fabricarán los hombres, morirán todos 30 años después porque les faltará un gen… (Creo que ese pequeñísimo gen se llama amor).

—Cuando hoy, enero 31 de 2125 llegue el Señor a las 18 horas —dijo Adán a Eva—, nos bendecirá y nos conducirá al paraíso.

Los inventores y comercializadores de las pastillitas de marras resucitarán como estaba prometido en el viejo y en el nuevo testamento (Daniel 12,2 – Juan 5,29) al sonido de las trompetas, a las 18.05 horas del 31 de enero del 2125. El ángel del Señor les dirá: “Si no queréis ir al infierno, no tenéis que ir. Si lo preferís podéis quedaros aquí, convertidos en monitos sin cola, por toda la eternidad.”

Cuentos_separador

ESTÍO

Andrea Morini /Argentina

Luis se encontraba caminando una bochornosa y soñolienta Buenos Aires, en uno de esos días en donde el calor parece derretir el paisaje de cemento, junto con los recuerdos que lo pueblan. Sus pasos lo guiaron hacia la calle Corrientes, más precisamente a una vieja librería, que no por antigua dejaba de tener aire acondicionado. Su cuerpo agradecido recibió el embate del frescor mientras exhalaba un suspiro de alivio, a la vez que se encaminaba hacia los pasillos, un poco polvorientos, poblados de libros e historias.

Era una típica librería, con sus exhibidores ordenados por rubro y alfabéticamente, mesas repletas de ofertas, tentadoras algunas, otras no tanto. Se imaginaba los mundos a partir de los títulos, hojeaba algunos, y hasta leía un par de páginas también. Estaba solo en tan inmenso lugar, «era lógico» pensó, plena hora de la siesta, en un día agobiante de enero, solo él podía tener tamaña idea. En eso divagaba cuando creyó escuchar una voz que lo llamaba, se giró, miró hacia uno y otro lado, pero no encontró al responsable de esos sonidos. Siguió recorriendo lentamente el lugar, no quería volver a enfrentarse al asfalto y la calina, prefería estar un rato más al fresco; en realidad, sentía que algo le impelía a quedarse, aunque pretendía no reconocerlo, ya que lo asustaba un poco, por lo cual no le prestó demasiada atención.

Volvió al sitio en donde escuchara el llamado, libros de misterios rezaba un Cartel sobre el mismo y, al punto, oyó el susurro, «Luisssssss», que le reclamaba. Bajó su mirada pensando que, tal vez, hubiera alguien debajo de la mesa, pero no encontró nada allí mismo. Cuando se disponía a abandonar esa búsqueda infructuosa, creyó percibir sobre el estante un leve movimiento que le sobresaltó, al pensar que podía ser algún insecto, él siempre les tuvo mucha aprehensión. Tamaña fue su sorpresa cuando se encontró con una pequeña persona haciendo señas desde la tapa de un libro, Historias que no creerás leyó en la misma, de autor desconocido le pareció. Extrañado ante este evento tan extraordinario, buscó alguien con quien compartirlo, pero, nuevamente, no había nadie a su alrededor. Estaba dispuesto a dejarse abrazar por la canícula, pero una fuerza misteriosa lo obligaba a quedarse, es más, ni siquiera pudo alejarse de la fila y de la mesa, desde la cual aquel ser lo llamaba, por lo tanto, sumando su curiosidad a la ecuación, se dispuso a contesta

—Hola —Le dijo. —Hola —contestó, lo que fuera que se encontrara en la tapa. —¿Quién eres? —se animó a preguntar, aunque estaba casi seguro de no querer saber. —Soy el personaje principal de esta historia, me llamo Luis —respondió orgulloso—. Aunque ya estoy cansado de esperar —añadió. —¿Qué esperas? —Terció Luis entonces, más esperanzado que curioso, ya que deseaba terminar esa conversación, que se le ocurría siniestra, en ese preciso momento. —Espero que alguien me escuche, hace mucho tiempo que lo hago, porque muchos leen, y toman este libro, pero pocos, muy pocos, escuchan realmente —contestó. —¿Y por qué es importante que alguien te escuche? —dijo a la vez que agregaba—, si yo lo hago cualquiera puede hacerlo. —Cualquiera no, si así fuera no hubiera tardado tanto en encontrar a la persona adecuada —añadió el personaje con una sonrisa siniestra que le heló la piel en plena tarde de verano— Y que, además, se llame Luis como yo… —Hace mucho que te espero —afirmó con una mirada que lo estremeció.

En ese momento se sintió transportado mientras la librería se desvanecía y el mundo giraba a sus pies. De pronto todo se detuvo, miró a su alrededor, y ya no estaba el libro ni el ente que le hablaba desde allí, sino que veía el mismo sitio, pero desde una perspectiva diferente. El techo se destacaba por sobre todo lo demás. Fue en ese preciso instante cuando se reconoció atrapado dentro de un párrafo, más precisamente en el medio de un punto y coma, mientras observaba azorado, como el otrora personaje salía apurado de la librería hacía el sol abrasador de la tarde porteña. —Es tu turno —gritó desde la calle—, ya he esperado demasiado tiempo. —Y dándose vuelta, rápidamente desapareció.

Quiso contestarle, pero no pudo, su garganta muda por el espanto se negó a emitir sonido alguno, mientras las letras que lo acompañaban lo miraban recelosas desde su metonímico espacio. Desde entonces llama a todo aquel que pasa por ahí, pero hasta ahora nadie ha respondido a su voz.

Por las dudas, los luises deberían abstenerse de ir por esos lares, no se los aconsejo.

Cuentos_separador

Xóchitl Robles Bello / México

EL JARDINERO.

Cuando Avelino llegó a casa de Martha para ayudarle en el jardín, ella dudó en admitirlo. Su aspecto era descuidado; entelerido, los pellejos de las mejillas pegadas en los huesos de la mandíbula, alto, con la piel ceniza quemada por el sol y una mirada perdida en quién sabe qué parte de su infinita tristeza. ¿De dónde eres? De Comalapa. ¿Ya te dijeron lo que tienes que hacer? Pos… contestó rascándose la cabeza. Andaba trabajando en la obra y el “ingeniera” dijo que me traigan a regar y cuidar tus matas.

No era cosa de ponerse remilgosa aunque no era precisamente, el jardinero que ella hubiese querido tener. No había por el momento otra opción. Así se quedó Avelino en la casa.

Poco a poco, Martha se fue acostumbrando a su manera de hablar. En su escaso español, Avelino se hacía entender. Así se enteró que había llegado de la Sierra de Chiapas a trabajar, junto con otros del mismo pueblo, para poder pagar las festividades del Santo Patrono San Caralampio pues ese año, contaba orgulloso Avelino, a él le tocaba ser el mayordomo.

Todos los viernes, sin faltar uno, el improvisado jardinero después de cumplir con su trabajo, se iba a la terminal de los autobuses de segunda, procedentes de Chiapas. Ahí se sentaba horas y horas esperando, pacientemente, hasta que llegaba el último de ese día, para ver si en él venía alguien de su comunidad trayendo las últimas noticias; cómo seguían los enfermos, quién se había muerto, qué familia necesitaba tal cosa. Al mismo tiempo, su misión era entregarle a los viajeros de regreso, el dinero que sus compañeros le enviaban a sus familiares.

Pero sólo los viernes, porque los demás días de la semana ya estaban señalados para la misma tarea otros habitantes de Comalapa que trabajaban en la ciudad, de tal manera que en la central siempre había, por las tardes, una forma de comunicarse con la gente de su pueblo.

A Martha le conmovía la ingenuidad y la ignorancia del chiapaneco y como pensaba que en algún tiempo, éste había pasado hambre, procuraba alimentarlo muy bien. Su figura empezó a cambiar, las mejillas se veían ya rellenitas y eso a ella le daba mucho gusto. Le tenía mucha paciencia y trataba de explicarle de forma sencilla lo que necesitaba, como en aquella ocasión que a sus flores preferidas las invadió una plaga de gusanos feos, negros, grandes y de patas peludas. Compró un insecticida y le enseñó cómo debía aplicar el líquido a las plantas.

Le pones esta agüita así, para matar los gusanos, pero de “lejecitos” le dijo, al mismo tiempo que le demostraba cuál era la forma de usar el atomizador Ya era casi medio día cuando se acordó de Avelino; lo fue a buscar. El hombre seguía en el mismo lugar donde lo había dejado, frente a las flores que tenían la plaga. Con curiosidad se acercó para ver qué pasaba y asombrada vio como, con una lentitud que rayaba en flojera, el jardinero desprendía, con su mano, uno a uno los asquerosos gusanos; después cuando los tenía a su alcance, les rociaba generosamente el spray; eso sí, de “lejecitos”.

Definitivamente con Avelino se debía tener mucha paciencia y Martha lo entendía así, aun cuando a veces, estaba a punto de perderla; como ese día en que llegó del mercado donde había comprado unas deliciosas y frescas pigüas, para prepararlas al mojo de ajo, y le pidió al jardinero que las sacara de la bolsa. En el fregadero le dijo

Mientras ella acomodaba los otros alimentos que había traído; tortilla de maíz nuevo, pozol, dulce de coco, longaniza, tamalitos de chipilín entre muchas otras delicias, de pronto escuchó unos ruidos que la hicieron voltear. ¿Qué haces? le preguntó casi gritando, cuando vio que su ayudante tenía la llave del agua abierta y luchaba por regresar al fregador una de las pigüas que estaba a punto de salir. Pos’ estos animales están vivos y por mas que les hecho agua pa’ que se hoguen no se mueren. Explicarle cualquier cosa, era inútil, y se limitó a cerrar el grifo.

Una mañana temprano, Martha oyó un sonido fuerte que golpeaba el tejado; el agua mojaba los pasillos, escurría por las paredes y azotaba los cristales, buscando la manera de invadir la casa. Aun cuando hacía ya un tiempo que vivía en el sureste, todavía no podía acostumbrarse a esa manera de llover, tampoco a los truenos acompañantes de las tormentas. Temerosa abrió la ventana de la recámara para ver si todo estaba bien. El viento sacudía con fuerza los árboles, haciendo que las flores y la fruta cayeran sobre el pasto y en medio de la tempestad, sorprendida, pudo ver la figura inconfundible de Avelino quien, con una manguera en la mano, y la vista extraviada en el infinito, ¡regaba el jardín! ¡Avelino, ven! Gritó lo más fuerte que pudo para hacer oír su voz en medio del aguacero. !Mira cómo estás, empapado! ¿Qué estás haciendo?

Se acercó lentamente, con esa parsimonia característica, escurría agua por todos lados, su figura era deplorable y sus chanclas de pata de gallo chaculiaban en el líquido. Regando. Fue su lacónica respuesta. ¿Por qué estas regando? Su respuesta fue contundente. Ingeniera dijo: Avelino regar martes y jueves. Hoy jueves, Avelino riega. ¡Pero si está lloviendo! Ingeniera no dijo; si llueve no riegues.

Martha, aspiró profundamente y dejó salir con lentitud el aire de sus pulmones tal como le había aconsejado su terapeuta en casos de emergencia, ordenó bien sus ideas, para poder explicar con claridad. Mira, cuando llegaste a trabajar aquí, eras peón y el ingeniero te daba órdenes, ¿verdad? Y tú obedecías. Sí. Pero cuando el ingeniero no estaba en la obra, tu capataz te ordenaba lo que tenías que hacer, igual le obedecías. Sí. Bueno, pues ahora, aquí en la casa el capataz soy yo, y te ordeno que cuando llueva no riegues.

El jardinero, atónito, abrió sus pequeños ojos todo lo que éstos le permitieron, se restregó la mojada cabeza, y contundente exclamó: Tú, mujer; ¿capataz de Avelino, el mayordomo de San Caralampio? ¡No! Avelino se va. Avelino… se fue

Y hasta el día de hoy Martha no lo ha vuelto a ver.

Cuentos_separador

Yo soy un poeta, un buscador y un confesor, y estoy comprometido con la verdad y la sinceridad. Tengo una misión, aunque pequeña y limitada: ayudar a otros buscadores a entender y afrontar el mundo, asegurándoles que no están solos. Herman Hesse

JUICIO JUSTO

Sandra B. Romeo / Argentina

Ustedes piensan que tienen la razón, que me están ofreciendo un juicio justo. Hasta me dan la posibilidad de un descargo.
¿Qué esperan ustedes que diga?.
¿Qué reniegue acaso de todo aquello que dio sustento a mi existencia?.
Saben que jamás lo haré.
Solamente puedo contarles, recordarles que aquello que ustedes llaman traición para mí es simplemente búsqueda, necesidad de saber y compartir.

Yo cuento…

Abracé esta vida como la abracé a ella, inmemoriales tiempos atrás.
Navego en esta senda que tanto me conduce de cara al dolor como de lleno a la felicidad.
Así como navegué en su brillante cuerpo obteniendo los mismos resultados.
Penetro en los secretos de la búsqueda empapándome de doctrinas y dogmas, así como me introduje en ella deshaciéndome en sus luces y sombras.
Buscando también.
La alquimia me brindó el mapa que necesitaba para mi evolución interior.
A través de los diversos pasos de la obra sagrada me convertí en persona, en un noble participante de la creación de Dios.
He contribuido a realzar y mejorar Su trabajo por obra de mi esfuerzo individual.
Así también me calciné en ella a través de nuestras comunes pasiones.
Me diluí en la solutio de nuestros sentimientos y sublimé las imperfecciones de ambos a través de su aire vital.
Ahondé en esa noción de la metafísica en donde nada de lo que nos dicen es dicho. En donde lo que vemos no es real y lo real es lo paralelo, lo que nos alimenta y nos da la información que necesitamos para seguir viaje.
Eché anclas en ese tiempo en el que ella estaba en ríos metafísicos, buscando en las profundidades la fuerza y el impulso para una mejor comprensión de la obra. Yo busco, defino y deseo esas corrientes. Ella las vive.
Ahí reside nuestra gran diferencia.
Lo que para ella es piel, en mí es hábito, búsqueda.
Ella es la naturaleza divina, yo soy el interventor humano en esa naturaleza.
Ella es lo que es. Yo soy lo que sé.
Ella navega esos ríos, forman parte de su esencia.
La balsa en la que yo intento surcarlos lleva en sí el peso del intelecto, de las definiciones.
Me hundo en esas aguas que me transportan al fuego de los herejes..
Ya ven, nunca abjuraré de mí ni de ella. Tampoco de lo que sé ni de lo que ella es.
El humo de esta hoguera será saber para muchos otros.
Eso no podrán detenerlo, porque ¿quién encierra golondrinas de humo en ningún lado?…
Ella, justamente por ser, será con otro como lo fue conmigo.
Y tampoco podrán detenerla porque ¿quién confina a la vida en ningún sitio?…

Cuentos_separador

UN TRUENO

Walter Hugo Rotela G. / Uruguay

El 24 de noviembre de 2016 fue una noche calurosa, despejada. En esos días la humedad nos tenía a todos algo aletargados, pero no tanto. Mucha gente aprovechó el respiro que nos dio el frío y salió a correr, trotar o caminar.

Algunas personas se duermen temprano debido a que al día siguiente deben madrugar para ir a trabajar o estudiar. No es mi caso. Así que a las once de la noche estaba terminando de freír unas papas para cenar, las milanesas estaban prontas, así como la ensalada de verduras. Mientras cenamos en familia miramos algo en la televisión.

Sobre las 23:30 sentí un ruido algo intenso, muy breve, al que resté importancia. Sin embargo, deduje que no era un disparo, ni una bomba de estruendo, pero no supe a qué atribuirlo y tampoco me ocupé de indagar, al menos en ese momento.

Terminamos de cenar y sobre las cero horas, del día que iniciaba, alguien tocó a la puerta. Al mismo tiempo mi hija bajaba precipitadamente las escaleras preguntando: «¿Ustedes escucharon algo hace media hora? En las redes -continuó- todo el mundo está comentando que sintieron un temblor, otros, que además escucharon un ruido, o dos consecutivos, pero de escasa duración». Quien tocaba a la puerta era una amiga y vecina que entró preguntando lo mismo y comentando sobre que el tema que se divulgaba en la red.

Consideré que era temprano y seguimos viendo una película. Inicié, ahora sí, una prolongada búsqueda exhaustiva en la Internet, sobre los comentarios de la gente, la declaración del gobierno y de una científica, según lo señalado en el último informativo, poco antes de la media noche. En la breve presentación del informativo último la científica señaló que un equipo de guardia de un centro de investigación percibió el temblor en la propia oficina, y estaba al tanto que el sismógrafo, instalado en una zona de la ciudad, había registrado algo. En plena madrugada se disponían a dirigirse al centro donde está instalado el aparato en cuestión.

A la mañana siguiente, la vida siguió su curso habitual. En los medios se reflejaba brevemente lo manifestado por las personas, lo que habían percibido, sus opiniones. La postura del gobierno buscó ser cauta. Se confirmó que el sismógrafo registró un temblor de magnitud 2.3 grados en la escala de Richter. La causa… seguía sin conocerse. Un estudioso chileno dio una versión distinta de los acontecimientos y ocupaba un espacio menor en los detalles brindados por los medios. Lo único que se repetía fue: «Estamos estudiando el caso, estamos estudiando…»

Alguien de la NASA supo del tema apenas minutos después de que se alertara en las redes sociales; pero él se enteró por otro canal. Era un experto en temas de fenómenos atmosféricos y conocedor e investigador en otros campos, por fuera del sistema. Se contactó con colegas, y todos dirigieron la atención hacia lo que sucedió en ese país del sur. Un reducido grupo de personalidades influyentes del servicio militar y de inteligencia del país del norte buscaron las imágenes satelitales de las coordenadas y en el tiempo que se produjeron lo que se indicaba como un trueno y un temblor.

Se combinaron las imágenes de tres satélites que barren la zona en momentos consecutivos, e incluso una de la Estación Espacial Internacional (conocida como ISS, por sus siglas en inglés). Se modificó las velocidades de las filmaciones y, de la superposición de toda la información se llegó a una conclusión. Tenía relación con lo que sugirió un investigador chileno. Nadie lo contactó.

La semana continuó y hubo muchas versiones del asunto, bromas surgieron desde los primeros minutos que se percibió el extraño ruido que llamamos «trueno». Pero se fue generando tanta información que concluyó en ruido, se banalizó el tema y pronto se olvidó el asunto, como ocurre casi siempre con lo que es noticia.

Un joven difundió un par de fotografías y todo el mundo le tomó el pelo, lo ridiculizó. Los medios no lo entrevistaron. Se llamó a silencio. Así como apareció, se esfumó. Sin embargo, su IP fue plenamente identificada, y dos agentes del gobierno del norte lo visitaron, un par de minutos pasadas las 1600. La imagen del poblado, de la casa donde vive aparece en Google Maps. Está casi aislada de otras viviendas, extensas llanuras lo rodean y un pequeño monte de eucaliptos lo aleja, un poco más, de la población urbana.

El joven estaba en su casa cuando llegaron los dos agentes, consultores de la embajada. Iban acompañados de dos policías en un auto particular. La casa estuvo vigilada desde la madrugada. Se filtró la idea de que estaban ante la presencia de un importante narcotraficante que había cambiado de identidad. Se montó el operativo secreto que concluyó en el expediente número XXI 16/11/24 Suramérica Coordenadas…

El individuo vivía solo. Habitaba la casa desde hacía un año. Por única compañía tenía un perro cimarrón. Esa noche -según contó a los agentes- estaba tomando unas cervezas a la hora en cuestión. «Disfruto de la soledad del campo» -explicó. Estaba ideal para fotografiar estrellas fugaces. Tenía más de una en su haber. Esa noche registró varias imágenes, pero dos de ellas le parecieron las más relevantes y nítidas que fueron las que publicó en su cuenta de Twitter. Era la primera vez que publicaba algo, aunque la cuenta estaba activa desde hacía más de seis meses. Sería también la última.

Los agentes lo entrevistaron a solas. Le contaron que eran parte de una investigación importante y que su cuenta sería desactivada por motivos de seguridad. Le preguntaron qué más vio o escuchó. El relato fue increíble y hasta descabellado para cualquiera no entendido; pero no para los agentes. Sin embargo, buscaron, en principio al menos, convencerlo que era imposible creer lo que relataba. «Divulgar esas imágenes podría causar alarma innecesaria en la población civil. Él podría ser víctima de hostilidades innecesarias al difundir eso que creyó ver -le dijeron.»

Por su seguridad el joven debía acompañarlos. La conversación con los agentes había sido en total privacidad, por ende, los policías estaban al margen de los datos logrados. Lo trasladaron a una oficina de la capital, primero, luego a otra, y así hasta que los policías perdieron el rastro del individuo que quedó en manos de los agentes.

El desconcertado muchacho mencionó que escuchó un trueno. Su perro fue el primero en oírlo y comenzó a ladrar extrañamente. Esto hizo que tomara su máquina y apuntara en dirección hacia donde ladraba el can, un punto del firmamento donde, también él, escuchó lo que creyó era un trueno, aunque la noche estaba despejada. Seguidamente vio unas luces en formación que estaban suspendidas a las que fotografió. Eso duró escasos dos minutos que le parecieron «eternos», agregó. «Pude capturar más de 30 imágenes pues tenía preparada la cámara para registro en modo continuo. Aunque compartí solo dos».

La cámara de fotografías, la notebook y varios pendrives que tenía fueron confiscados por los agentes, cuando lo llevaron. Se le informó varias horas después que pocas personas habían visto realmente lo que vio y fotografió y que necesitaban negarlo, por razones de seguridad. Sería trasladado a otra zona, a otro país con identificación falsa. Le darían trabajo como fotógrafo en medio del amazonas donde viviría por un año acompañado de científicos de la naturaleza y con un sueldo importante. No le dieron otra opción.

Las imágenes correspondían exactamente a una similar tomada desde uno de los satélites. En el momento que se escuchó eso similar a un trueno, se materializaron una serie de naves en formación, por un lado, y otra de mayor tamaño por otro. Las pequeñas desaparecieron en dirección al suelo, en una zona que vista desde el satélite tiene un par de lagos y a la que le rodean unas formaciones circulares de gran tamaño. Quizás no perceptibles desde la superficie.

El tema se fue perdiendo de la atención de los medios y al joven nadie extrañó porque no tenía vínculos cercanos, ni conocía comerciantes que le vendieran algo, pues se proveía de cosas en la capital. Del trueno al poco tiempo se dejo de hablar y sólo quedó registrado en el expediente secreto número XXI 24/11/16 .

Cuentos_separador
https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png 0 0 le-administrador https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png le-administrador2025-01-20 09:26:312025-01-20 09:26:32CUENTOS Y RELATOS ENERO

CUENTOS Y RELATOS DICIEMBRE

Cuentos-diciembre

DOS FAMILIAS DE CAMPO

Carlos González Saavedra / Argentina

Severino de la Canal, estaba furioso, caminaba de un lado al otro, gritaba, despotricaba. Nadie le decía nada, mientras se miraban entre si.

—No es posible, la estancia no es tan grande, para no encontrar a mi hija. Anda Francisco a ver en los potreros, si le quedo la camioneta encajada?

—Si patrón.

Al rato: —Nada Don Severino busque hasta en las cunetas al costado de las tranqueras, por si se le había ladeado la chata y nada.

—¿Matilde? —sigue Severino preguntando—. La vi ayer a la tardecita en el pueblo saliendo de la carnicería Toma y Daca ésa, de la esquina. Se iba al corralón a buscar algo que Ud. le encargo.

—Porque no te tranquilizas, aconseja Herminia, su mujer.

—Pero justo hoy, que viene Seijo con su familia. Habíamos quedado con Don Ernesto, en presentarle a su primogénito Adolfito que este año se recibe de abogado.

Harían una linda parejita.

—Don, ahí están trayendo la bebida, avisa Rosendo.

—Que la dejen en el galpón

Merceditas, le importaba poco las opciones del padre, con sus veintidós años, lo único que le interesaba eran los hombres. Podía contarse una lista larga, desde los trece años, los que afanosamente habían visitado su cuerpo. Ella muy apasionada y enamoradiza. Todos lo sabían, menos los padres. Ahora le había tocado el turno a Braulio, mano derecha de Don Severino. Un muchacho elegante, hombre de campo. Sencillo, humilde y reservado. Ideal para las pretensiones de Merceditas, que había tenido algún episodio incomodo con otros, que finalmente terminó pidiendo ayuda. Como a las seis de la tarde aparece Braulio.

—¿Se puede saber donde estuviste? —pregunta el patrón.

—Estuve tratando de arreglar el tractor y algunas cosas particulares —respondió con la boina entre las manos y mirando al piso.

—¿No has visto a mi hija?

—No —respondió, secamente.

—Bueno podías haber avisado, Che, cuando es así.

—Esta bien patrón, disculpe —y pegó media vuelta y se fue.

Entró al galpón silbando, ese era una aviso para que Meche, así la llamaba, saliera detrás de las gomas y una lona que la tapaba.

—El patrón me lleno de preguntas, !viste como es!

—Si, no te preocupes, déjalo ya se le va a pasar. —Mientras salía de su escondite completamente desnuda diciendo…—Veni Braulio, vení.

Y…otra vez El Braulio, así le decían, salió como si se le hubiera roto la cincha, desesperado a los brazos de Mercedita, que no perdió tiempo en desnudarlo. Los dos eran muy apasionados ya no les importaba ni los ruidos, ni el que dirán. Estaban en lo suyo. Un perro ladraba y olfateaba, insistente, luego se alejo.

—¿Dejaste algo, para que el Miki ladre? —pregunta Braulio, mientras besaba su cuello y sus senos y acariciaba su pelo.—-—No mi vestido lo deje en la chata y traje estas bombachas y camisa, ¿por?

—Llama la atención que ladre tanto.

—Sí, la carne que compre esta pegada a la puerta, por eso. Estará enloquecido.

Braulio, saca la bolsa abre el portón y tira un generoso trozo de carne. Ve que están llegando toda la familia Seijo. Mercedes salta como resorte y pide:

—Tráeme el vestido que deje en la camioneta, se va a armar lío.

Vuelve el Braulio con el vestido hecho un bollo ¡Mercedes se va corriendo para entrar por la cocina!

—Matilde, Matilde abrime.

—¿Donde te habías metido? tu padre esta furioso

—Estaba con Braulio en el galpón, ¡arreglando el tractor!

—¿Ah si? El tractor. Bue

—Pensá lo que quieras. Méteme en el baño sin que nadie se dé cuenta.

Detrás de las habitaciones había como un pasadizo para limpiar los ventanales, que perfectamente entraba una persona. Por ahí pasaron y pudo entrar al baño. Don Severino agita la campanilla, mientras saboreaba un aperitivo, charlando con Don Seijo.

—¿Señor?

—¿Merceditas?

—En el baño señor para mi que se quedo dormida, porque golpeo y no contesta.

—Perdón —acota don Severino, que presuroso sube las escaleras, pensando que algo podía pasarle.

Golpea fuertemente la puerta y grita…

—Merceditas, ¡hija!

Como en una respuesta lejana se escucha…

—Si.

—¿Estas bien? te estamos esperando

—Um me quede dormida.

—Matilde o Jacinta ¿la ayudan a cambiarse?!

—Si señor, afirma Matilde.

Los Seijo era una familia tradicional, «Colmada de apariencia” Propia de las hipocresía de la sociedad. La señora Susana Seijo (SS, así le decían) era una jugadora empedernida, en el pueblo era bastante conocida por su apuestas en carreras mesas de póker. Conocida por ese mote. Donde aparecían esas siglas, se sabía que la cuestión era seria. Siempre asesorada por el capitalista de juego y el comisario. Un trío que siempre, daba que hablar. Don Seijo un español con pretensión de rico, sin serlo. Solo tenían un buen pasar. Tenía una larga amistad con la enfermera, de muchos años. Se habían conocido cuando operado de apendicitis, ella lo asistió todo el tiempo. Don Ernesto alguna aventura guardaba en el armario. Emilia la hija poco se sabía, por la edad, 17, nada se comentaba…Candidata a modelo por hermosa. Pero Adolfito, siempre tímido, retraído y muy estudioso. Parecía un inglesito en las pampas. Camisa, corbata, chaleco y saco, siempre limpiando sus antojitos, impecable. Se había dejado los bigotes para parecer mas grande. Por allí decían las malas lenguas que un profesor de humanidades, del secundario de dudosa orientación sexual, lo había ayudado mucho. Al día de hoy casi abogado con 23 años, destinado a llamarse Dr. Seijo para orgullo de la familia y especialmente para su profesor, que tanto había hecho. Una familia hermosa como muchas. Los de la Canal tampoco escapan a ello aunque no se sabía tanto. Eran más cautos. Más allá de las presentaciones, la cena se desarrollo en absoluta normalidad.

Merceditas pensaba… ¿Mi viejo quiere que me case con este imberbe, sexualmente reprimido? Pero ni loca. Con tantos hombres como mi Braulio, que me tiene loca. Mientras comía su flan con dulce de leche., servido impecable por Jacinta, nueva, en su trabajo. Café entre los jefes de la familia, habano, un buen brandy charlas de conventillo, Sin sentido, entre las damas. El tiempo, que lindo vestido tiene con que modista se hace la ropa en fin. Merceditas escapo a encontrarse con Braulio, mientras Emilia y Adolfito charlaban pavadas. Don Severino estiraba la charla para ver si había alguna aproximación entre “los chicos” y ahí reparo que Mercedita no estaba. Otra vez agito la campanilla para llamar a Matilde.

—Señor —pregunta presurosa

—¿Dónde esta Mercedita?

—esta descompuesta algo le cayo mal —sembrando una vez mas, la duda.

Casi al filo de las diez de la noche se escucha unos ladridos y unos autos acercándose. Entra Jacinta rápidamente, asustada…

—Señor Señor afuera en el parque hay un hombre con una escopeta a punto de disparar.

Velozmente se abre la puerta de dos hojas de la casa, que da al comedor, donde estaban reunidos y pregunta.

—Baje esa arma Ud. esta en mi propiedad ¿Qué se le ofrece?

—¿Que se me ofrece? La familia Seijo esta cenando acá ¿no?

—Mire retírese se ve que esta Ud., un poco tomado, mandaré a buscar a la policía.

—¿Quién es Ud.?

—Silvio Santillán, si no salen empiezo a los tiros

En el silencio de la noche, soplaba una brisa suave que hacia placentero estar afuera… Pero en otras circunstancias, en estas no seria tan recomendable.

—¿Que dice? —afirma Severino, en forma amenazante.

—Si si a los tiros voy a empezar y para Ud también hay. —Con los ojos inyectados en sangre de muy pocas pulgas.

—Que salgan los Seijo y el marica también —Disparando al aire la escopeta del calibre 12.

—Todos en el piso, ¡cuerpo a tierra! grita Severino —Así hicieron y bajaron del otro auto un escribano, un juez de paz, el comisario y un tal Bustamante.

—¿que es lo que pasa? —Afirma Severino.

—No es con ud. amigo —afirma el comisario.

Otro disparo de Santillán hace volar las torcazas que estaban durmiendo en los árboles.

—¡Pare Silvio! ¿Se volvió loco?

—Quiero lo que es mío y me arrebataron.

—¡Que salga la loca esa! —Sigue enfurecido Silvio entre llantos y bronca acumulada.

—A quien se refiere —pregunta Ernesto en forma enérgica e intimidante.

—Bueno acá hay varias…pero por ahora solo una, su esposa.

Con paso firme y sin perder la calma, como si nada hubiera sucedido hasta el momento, se acerca y pregunta

—¿quien me busca? Aquí estoy.

—Bueno —comenta el comisario—, quieren hablar con ud. Señora ¿podemos pasar adentro?

Ante la mirada atónita de la familia y los sirvientes que no entendían muy bien lo que pasaba.

¿Ahora me tratas de Ud. amor? Tenes miedo papito.

—Esta tu marido —responde entre dientes.

—Hace tiempo que es cornudo, este estúpido y sabe de nosotros tres.

El comisario se quedo callado, no podía emitir sonido alguno, estaba colorado como ¡gringo haciendo fuerza! El juez de paz se adelanta unos pasos, mientras comenta en voz baja:

—Susana no haga mas difícil la situación, le han arrebatado el campo, a este pobre cristiano, le han hecho una denuncia por estupro, trafico de drogas y prostitución.

La situación de Silvio, es complicada. Éste, al lado, blandía el arma cargada a modo de custodia.

—¿Quien le hizo semejante denuncia?

—Gómez Echagüe el capitalista. Hace dos días, desapareció

—Y vos pedazo de mierda ¡¿Qué decís siendo el comisario?!

—¡Por favor señora! —contesta apretando los dientes.

Don Severino permanecía estupefacto, el personal de servicio, vigilante. A la señora Herminia, le bajo la presión y hubo que asistirla. Tomo un te y casi escondida detrás de una cómoda del comedor, permanecía, callada, sentada, lo que llamo la atención de los presentes. Con pasos severos marcados típicos de un militar, con las mismas botas de cuero, se adelanta por el parquet encerado del comedor, preguntando…

—La dueña de casa, ¿Herminia?

Ante las sorpresas de todos los concurrentes, que miran fijo detrás de la cómoda indicando el lugar. Se da vuelta mirando hacia el mueble diciendo…

—Herminia ¿no te acordás de mi? Soy Melchor Bustamante, me dedique a la política y ahora acá me ves, senador provincial y vine a arreglar un entuerto que tiene mi primo Santillán.

Ruborizada, casi balbuceando muerta de vergüenza, responde tímidamente:

—Si me acuerdo.

—Te busque y ¡despareciste! —afirma Melchor

—¿Vos conoces a este mequetrefe de Bustamante? —pregunta Severino

Herminia no emitía palabra:

—¡Contesta! insiste Melchor

Su mujer mas conocida como Betty Julie en el cabaret de Cascallares era mi preferida, teñida color champán No tenia que decirle nada conocía perfectamente su profesión Trabajábamos juntos un tiempo, ella los calentaba y después los apretaba con alguna fotito. Podía haber hecho mucho conmigo, pero no tiene códigos. Un buen día hace bastante tiempo se escapo con otra y robaron la recaudación del prostíbulo. No se hizo la denuncia para no complicar mas la cosa, iba a empezar la prensa y la radio del lugar, y el obispo que también visitaba de incógnito el lugar, en fin un escándalo. Como éste, al fin la vengo a encontrar, acá en su casa, con su familia. ¡Que suerte! Don Severino se tomo dos cañas seguidas y quedó callado por un buen rato hasta que empezaron los conciliábulos para arreglare el primer entuerto.

A todo esto el silencio reinante y la noche estrellada y tranquila como pocas, hacia vivir a Mercedita y Braulio una de las noches mas románticas. Al rato Ernesto apesadumbrado y avergonzado, lo mismo que Severino seguían tomando caña en un rincón. Esperando como salir de este escándalo. La familia De la Canal empezada a resquebrajarse con destino cierto. La de los Seijo ya sufriría el escarnio y la indignación popular. Todas las mascaras se caerían. En los sillones del estar y sobre la mesa ratona se habían ubicado un contrato de retroventa por las 428 has. que volvía a la potestad de Santillán y una declaración conjunta de Susana Seijo y Silvio Santillán que nada debía reclamarse y que exculpaban a Silvio de todas las acusaciones que pesaban sobre el, aclarando que el alias “ SS”, era lógico Susana Seijo y NO Silvio Santillán. Firmando el acta al pie, para evitar un escándalo mayúsculo. Al enterarse del desarrollo de los hechos Adolfito y con conocimientos legales que su madre iba camino a la cárcel, pide permiso y dice:

—No le podes hacer esto a mi mamá, la vas a mandar presa —Le reclama al juez de paz.

El juez no sabe donde poner las palabras, hace un gesto como de no escucharlo.

Adolfito fuera de sí comenta:

—Si vas mandar a mamá en cana —perdiendo la línea—, cuento lo nuestro.

—Bueno bueno —el comisario acota—, a ver si te callas, muchacho y cerrás un poco la boca —para opinar, con aire de superioridad paternal.

—El que se va a callar sos vos corrupto, porque cuento todos y cada uno de los chanchullos en que estas metido, todos los que sé al menos contados por este juez también corrupto. Con notorias desviaciones sexuales como las mías —largándose a llorar desconsoladamente —Por eso llevamos tantos años juntos.

El juez quedo a borde del desmayo, pálido. Casi en la habitación pegada al estar, hablaban privadamente Melchor y Herminia (Bety Julie). En este acto y ante mi, se firma el acta mencionada que será inscripta en el registro de propiedad inmueble, ante mi firma al pie Susana Giacobe de Seijo y Silvio Santillán. Silvio dejo su arma cuando tuvo en su poder el acta y la declaración exculpándolo de las acusaciones. Su hija Emilia avergonzada pidió al comisario si la podía llevar a la estación de trenes más cercana y se iría a Buenos Aires a estudiar en una escuela de modelos, con proyección internacional. Herminia prometió devolver a Melchor, hoy dueño de ese prostíbulo, los diez mil dólares sustraídos en su momento. Pone los gritos en el cielo Don Severino diciendo:

—Vos crees que te voy a dar diez mil dólares para devolverle a este mequetrefe de político, Ni loca pienses que voy hacer eso.

—Bueno Bueno no empecemos otra vez a insultar —ya medio enojado Melchor—, déjese de joder y ponga ahora ¡quince mil, en vez de diez!

—¿Pero que se cree Ud.? ¿Qué soy entupido que me voy a dejar intimidar por un político corrupto como usted?

—Jacinta, Jacintaaaa —grita fuerte Melchor—, ante la mirada azarosa de todos los presentes.

—Si Señor Melchor

—¿No hiciste una denuncia por abuso deshonesto en la comisaría acusándolo a Don Severino?

Todas las miradas azoradas se desplazaron hacia la colorada cara de De la Canal.

—Sí la hice

—¿Quien te la tomó?

—El comisario

—¿Es así comisario?

—Así es senador

—Pero esto es extorsión replica Severino

—Ud. me levanto la pollera en la cocina y me toqueteo toda y no lo voy a permitir

—¿Que edad tenes Jacinta?

—17, en octubre cumplo los 18… —contesta.

—¡¿Ah encima sos menor?!

—Son veinte mil don Severino De la Canal más los reclamos que me han acercado sus empleados por sueldos en negro y aguinaldo no pagados, por la crisis según Ud. más las cargas sociales.

Casi al borde de un infarto Don Severino sentado en un mullido sillón de cuero se hundió, se tomo un Valium y se durmió profundamente. Hasta el amanecer. Don Melchor Bustamante se quedó a dormir en la habitación de huéspedes, disfrutando la visita de Betyjulie, y sus bondades, que buscó, infructuosamente bajar la cifra, No lo logró.

Poco a poco cada uno fue ocupando lugar y espacio en su pueblo y en su vida. Al amanecer, después de pasar una noche espléndida entre grillos y alguna copa de vino, se abre el portón donde se guardaba el tractor y salen de la mano Mercedes y Braulio, dispuestos a hablar con su padre.

—Te casarías conmigo —pregunta el Braulio.

—Sí para toda la vida —contesta Merceditas.

—¿Queres tener hijos conmigo? —vuelve a preguntar Braulio.

—Mas adelante si, quiero hijos tuyos. Responde enamorada.

MAR AZUL

Elspeth Gormley / España

En un rincón olvidado del mundo, donde el mar besa tiernamente la tierra y el cielo se inclina para escuchar los susurros de la naturaleza, existía un pueblecito pesquero, tan pequeño que apenas figuraba en los mapas. Este lugar, conocido como Mar Azul, era un lienzo en blanco para los sueños y las leyendas.

La vida en Mar Azul transcurría con la monotonía de las olas: siempre presentes, pero raramente se veían. Los habitantes de este lugar, aunque bendecidos con la belleza de su entorno, habían caído en la trampa de la cotidianidad, incapaces de ver la magia en la simplicidad de sus días.

Pero la niebla llegó, no como un manto frío y sin vida, sino como un ser consciente, una entidad antigua que buscaba recordarles el valor de lo que habían olvidado. Se deslizó entre las casas y las calles, tocando cada corazón con dedos de bruma, susurrando secretos largamente perdidos.

Los aldeanos, ahora ciegos a su mundo, pero con una nueva visión interna, comenzaron a percibir la vida de una manera diferente. La niebla les enseñó que cada grano de arena, cada gota de rocío, cada sonrisa compartida, era un tesoro invaluable.

Sara, la bruja del pueblo, conocía bien el lenguaje de la niebla. Ella sabía que este fenómeno no era un castigo, sino un regalo. Con su sabiduría ancestral, guio a los aldeanos a través de la niebla, no para disiparla, sino para abrazarla.

Bajo su tutela, los habitantes de Mar Azul aprendieron a bailar con la niebla, a cantar con las olas, y a pintar sus sueños en el cielo. La niebla se convirtió en su maestra, y ellos, sus ávidos estudiantes.

Y así, cuando la niebla decidió retirarse, dejó tras de sí un pueblo transformado. Mar Azul ya no era solo un punto en el mapa, sino un faro de esperanza y maravilla, un testimonio de que incluso en la más densa de las brumas, la luz puede encontrarse dentro.

Sara, habiendo cumplido su propósito, se desvaneció con la niebla, dejando solo la leyenda de su existencia. Algunos dicen que se convirtió en parte del mar, otros que ascendió a los cielos. Pero todos están de acuerdo en una cosa: su espíritu vive en cada brizna de magia que ahora impregna Mar Azul

En los días que siguieron a la partida de Sara, Mar Azul se convirtió en un santuario de maravillas. Los pescadores, que antes lanzaban sus redes con desgana, ahora veían en cada captura una danza de colores y formas. Las redes no solo traían peces, sino también historias del abismo, relatos de criaturas luminosas y tesoros sumergidos que solo la niebla podía revelar.

Los niños, que antes jugaban en las calles con la indiferencia de la costumbre, ahora exploraban cada rincón como si fuera un nuevo mundo. La niebla les había enseñado a ver lo invisible, a escuchar lo inaudible. Encontraban caracolas que susurraban melodías antiguas y piedras que brillaban con la luz de las estrellas caídas.

Las mujeres de Mar Azul, que tejían y bordaban en silencio, ahora lo hacían al ritmo de antiguas canciones de cuna, entonadas por la brisa marina. Sus manos no solo creaban ropa, sino que tejían sueños, bordaban esperanzas y cosían fragmentos de leyendas en cada puntada.

Los ancianos, sabios y cansados, encontraron un nuevo propósito en sus relatos. Sus historias ya no eran solo recuerdos, sino profecías y enseñanzas. La niebla les había devuelto la voz, y con ella, la certeza de que su legado sería eterno.

Y así, Mar Azul se convirtió en un lugar de peregrinación. Viajeros de todos los rincones del mundo venían a experimentar su magia. Cada visitante partía con una historia que contar, un sueño que perseguir, y la promesa de que, en algún lugar entre la niebla y el mar, la esperanza siempre encontraría su camino.

La leyenda de Sara, la bruja que se convirtió en niebla y mar, en viento y cielo, se extendió más allá de los confines del pueblo. Se decía que en las noches de luna llena, si escuchabas con atención, podías oír su risa mezclada con el murmullo de las olas, recordándote que la magia está en todas partes, esperando ser descubierta..

EL Faro de Mar Azul, que una vez fue guía de marineros y centinela contra las tormentas, había compartido el destino de olvido del pueblo. Pero con la llegada de la niebla y la transformación de los aldeanos, el faro también encontró un nuevo propósito.

Mientras la niebla enseñaba a los habitantes a ver la magia en lo cotidiano, el faro, que había permanecido inactivo durante años, comenzó a sentir un cálido cosquilleo en su estructura. Las piedras, bañadas por la sal y el viento, susurraban entre ellas, recordando los días en que su luz era esperanza en la oscuridad.

Una noche, cuando la luna se ocultó tras un velo de nubes y las estrellas parpadearon con curiosidad, el faro despertó. Su luz, que había sido tenue y vacilante, ahora brillaba con la fuerza de mil soles. La niebla, lejos de opacarla, se tornó en un lienzo donde la luz del faro pintaba auroras y constelaciones.

Los viajeros que llegaban a Mar Azul se maravillaban ante el espectáculo. El faro no solo les mostraba el camino, sino que les contaba historias de navegantes valientes, de mares embravecidos y de calmas profundas. Cada rayo de luz era un verso, cada destello, un capítulo de una epopeya marina.

Con el tiempo, el faro se convirtió en el corazón de Mar Azul. Los aldeanos celebraban festivales en su honor, donde las luces de papel y las antorchas danzaban al son de la luz del faro. Los niños jugaban a ser héroes de leyendas, navegando en barcos imaginarios hacia tierras desconocidas, guiados por la luz infalible del faro.

Y así, el faro de Mar Azul se erigió no solo como un monumento a la guía y protección, sino como un símbolo de la inspiración y la creatividad que la niebla había despertado en el alma del pueblo. Se decía que su luz era tan poderosa que podía alcanzar incluso los rincones más oscuros del corazón humano, recordándoles que siempre hay un faro que ilumina el camino hacia casa.

SUICIDIO

Jaime Hoyos Forero / Colombia

Era Irma una escritora destacada.

Un jueves santo, leyendo los mensajes recibidos en su computador, encontró uno que decía: “Señora Irma, gracias por salvarme la vida” Jairo Holmes”. La escritora se sobresaltó un instante y luego dijo: “Otro loco”.

Tres días después recibió el siguiente mensaje de Jairo:

—Quisiera, señora, mostrarle mi agradecimiento. Y quiero expresárselo enviándole unas flores. ¿Podría usted ser tan amable de dejarme conocer la dirección de su casa?

Este aparente halago no le sonó bien a Irma. “Puede ser un ladrón o un chantajista”, se dijo, y llamó a su hija Clara.

—Cuidado, mamá —Le advirtió Clara—, debe de ser un secuestrador. Obtendrá lo que quiera por el solo hecho de plagiar a una de las más famosas escritoras del país.

—¿Qué hago si vuelve a insistir? —preguntó Irma.

—Si él insiste, llama a la policía.

Una semana después, el mensaje recibido por Irma, decía:

“Perdone, señora, mi insistencia. Consideraría que la desprecio si dejo pasar un hecho tan significativo como el salvarme la vida. Su libro Milagros del amor cayó a mis manos inesperadamente, justo la tarde en que cargué mi pistola con el fin de quitarme la vida esa noche. Milagros del amor lo encontré tirado en el sótano del parqueadero donde dejo diariamente el carro mientras trabajo. Pensé que a uno de mis vecinos de parqueadero se le cayó el libro al subirse a su carro y yo lo recogí para dárselo al portero a fin de que el libro volviera a su dueño. Pero el portero no apareció cuando salí, ya de noche, así que lo llevé a mi apartamento y por pura curiosidad comencé a ojearlo mientras comía el sándwich que tenía preparado. Algo así como el último sándwich. Mientras lo comía, quise alejar los nervios que sentía por mi decisión de quitarme la vida y fui, sin darme cuenta, encontrando tan ameno e interesante el libro (usted, señora Irma, escribe como un ángel) y tan grandioso su contenido, que a las 4 de la madrugada, cuando terminaba de leerlo, ya había decidido en el interior de mi alma, no suicidarme. Es más: había determinado también, no ir ese día a mi consultorio (soy neurocirujano) sino al hospital de caridad de la ciudad, para atender gratuitamente a los mentalmente alienados. La frase de su libro, señora Irma, ‘La vida es bella aún después de la última pérdida…Inténtalo’ me llegó al fondo del corazón. Usted, señora Irma, me ha salvado y pensaría yo que no es sincera al escribir si desprecia la humilde muestra de mi agradecimiento. Jairo Holmes”. Había una posdata: “Sé que las flores la alegrarán, pues me doy cuenta por su libro, que usted sufre de una gran nostalgia”.

Irma quedó consternada. Nada de chantajistas, ladrones o plagiarios. El hombre del mensaje era conmovedor. Y había, sobre todo, algo que estremeció a Irma; dijo entonces para sí: “Es la primera persona, entre miles de lectores y muchos amigos, que ha sido capaz de captar mi desolación.”

Efectivamente, Irma había ocultado a todo el mundo su desdicha. Su matrimonio fue el peor de los fracasos y la gente creía lo contrario, porque mientras él vivió, siempre los veían juntos, tomados de la mano. Nadie sabía nada de la tragedia de Irma. Y después de la muerte de su esposo, la vida se tornó calmada, pero absolutamente vacía y desolada.

Sin contarle a su hija lo leído en el computador, se sentó en él y escribió “calle 52#132-48. Las flores me encantan. Irma”.

Esa noche llovía tremendamente. Los rayos y los truenos se sucedían unos a otros, casi sin pausa. Era verdaderamente una noche tormentosa.

De pronto tocaron a la puerta. Clara se sorprendió al abrir y ver aquel hombre con su overol azul chorreando agua y un enorme manojo de rosas rojas en las manos.

“Pobre, exclamó Clara dentro de sí. Y ya no es joven. Se ve que la vida es muy dura para él.” Y agregó en voz alta:

—Mamá, son flores. No traen tarjeta pero el mensajero dice que son para ti. ¿Las recibo?

—Por supuesto —dijo Irma—. Recíbelas que ya bajo.

Clara las recibió y pidió al mensajero que aguardara un instante para traerle su propina.

Mientras tanto, el mensajero escribió algo en una tarjeta pequeñita que metió entre un sobre del mismo tamaño.

Segundos después, recibió la propina y extendiendo la mano, entregó a Clara la tarjeta, diciéndole:

—Perdone usted, traía la tarjeta entre el bolsillo para que no se mojara.

Al cerrar la puerta, Irma bajó a mirar sus flores y Clara le entregó la tarjeta. Decía: “Irma, siento no haberla visto. Su hija es bella, luego usted lo es. Jairo” .

—¿Ya se fue? –preguntó Irma.

—¿Quién? ¿El mensajero? Acaba de salir. ¿Por qué? Ya le di su propina.

Clara no había acabado la frase, cuando Irma abrió la puerta y echó a correr. Un automóvil prendió las luces y encendió el motor.

—¡Aguarde! —gritó Irma en medio del aguacero—. ¡Soy yo… Irma!

El coche, que ya había comenzado a rodar, se detuvo y bajó de él Jairo, todavía empapado por el aguacero y el overol azul encima de su costoso vestido.

Bromeando, Jairo dijo:

—Es suficiente, señora. Su hija me dio una excelente propina… estoy feliz porque es la primera que recibo en la vida.-

En la casa, Clara consternada, estaba llamando por el celular a su hermano Antonio.

—Antonio, mamá se volvió loca. Le mandaron unas flores y salió detrás del mensajero. Han pasado cinco minutos y no ha vuelto. ¿Qué hago?

Y afuera, en la calle, un carro sin conductor, con las luces prendidas. Un aguacero que más parecía una tormenta. Los rayos y truenos no cesaban. Y en mitad de la acera, un hombre y una mujer se abrazaban y besaban felices, como si el mundo no existiera.

HISTORIAS DEL VIEJO FARO

Carlos Pérez de Villarreal / Argentina


El viento era cada vez más fuerte.
Las olas embravecidas se levantaban con fuerza golpeando el promontorio del viejo faro.
La tempestad arreciaba.
Leopoldo, el viejo farero, comenzó a preocuparse.
Se dirigió a la cocina.
Un fino hilo de agua se filtraba por la junta entre la pared y el techo del lado sur.
Observó por el ventanuco y se extrañó al ver la espuma del mar golpeando como
latigazos contra el muro.
Nunca había visto nada igual.
Ayer se había comunicado telegráficamente con el Servicio Naval y le habían informado
que se presentaría una tormenta de grandes proporciones, con vientos huracanados del
SSO e intensidades mayores a las de la época.
Duraría dos o tres días, lo suficiente para tener en cuenta que la estructura podía sufrir
algún deterioro.
Pero nunca se había imaginado esto.

Subió por la escalera metálica destartalada y antes de llegar al escalón 66, escuchó la voz
de Alberto:
—¡Cuidado Leopoldo, sabés que siempre te tropezás en ese escalón. Ahí a la escalera le
faltan dos bulones!
—¡Sí, lo sé, me lo dijiste tantas veces, que sueño con ello! —contestó con una sonrisa en
los labios.
No terminó de hablar, que su pie derecho tropezó con el peldaño haciéndole golpear la
rodilla izquierda con fuerza. Una imprecación soez se desprendió de sus labios.
Malhumorado, escuchó la voz que desde arriba le decía, riéndose:
—¡Te lo dije! ¡No digas que no te avisé!
Una carcajada le salió de la garganta, llevándose la ira por completo:
—¡Si Alberto, es en lo único que te entretenés, en decirme lo que tengo y no tengo que
hacer¡ Pero eso sólo lo podés hacer vos. Menos mal que tengo tu compañía.
La risa fina y alegre se escuchó desde arriba y las palabras salieron atropelladas:
—¡Para eso estoy!

De repente, un crujido estruendoso se escuchó en todo el faro reverberando por las
paredes. La luz empezó a titilar y el silbido del viento se hizo rugido al pasar a través de
las juntas de las ventanas.
Leopoldo corrió escaleras abajo y entró raudamente al cuarto de máquinas.
El agua había invadido ya casi veinte centímetros el recinto.
El motor apagado echaba humo.

Saltó por encima de él cortando la llave de corriente eléctrica y salió disparado hacia la
cocina.
No llegó.
Un ruido potente y raro se oyó en el ambiente, mientras un pedazo de escalera metálica
de casi cinco metros de altura, se desprendía de la pared cayendo con fuerza sobre él.
¡Oh casualidad, se había roto desde el peldaño número 66!
Transcurrió mucho tiempo hasta que Alberto lo llamó:
—¡Leopoldo…! ¿Estás bien?
—¡Sí! —contestó—. ¡Te veo, arriba, sobre la baranda!
—¡Cómo que me ves! ¿Me podés ver?
—¡Sí Alberto…! ¡Yo también me convertí en fantasma!

RECUERDO DE LA SEQUÍA

Sandra B. Romeo / Argentina

Por el cauce del río seco corrían lenguas de fuego, sí señor.

Así se veía la tarde y los días enteros, señor. Así fue cuando la gran sequía.

Secó todo, los animales, las plantas, la tierra, los hombres.

No éramos muchos en el pueblo. Pero cuando los vientos, rojos de secos, aventaron hasta los muertos viejos del cementerio, los vivos empezaron a irse también.

Quedamos pocos, sí señor.

Y ahora que usté lo dice, recuerdo que entonces, los que quedamos, manteníamos el pueblo andando, tan convencidos estábamos de que los otros volverían.

Pero cuando el viento quemante soplaba y soplaba, empezamos a perder las ganas de caminar un pueblo vacío.

Las ganas y la esperanza… De tanto en tanto, alguna nube hinchada de grises, se pinchaba entre los cerros y se desperdigaba en muchas nubecitas más. Pero de agua nada, ni hablar. Ni una gota.

Primero dejamos de arreglar las paredes y los techos. Ahí arriba el sol nos pelaba y nos confundía la cabeza. La tierra entera parecía haberse metido para adentro y nos dejaba a mano solamente un cuero duro y rugoso.

Las pequeñas huertas caseras murieron incrustadas entre el polvo y las grietas del suelo.

Después, el pellejo se nos empezó a pegar a los huesos. Sí señor, tanto que parecía que salíamos de la tierra misma, correosos y secos. Viejos…

Más tarde nos dimos cuenta de que estábamos solos de veras.

No se veía ni se escuchaba en el pueblo el ladrido de un sólo perro. Detenido, quieto estaba el aire. Tan estancado por el calor que cuando abríamos la boca, la misma lengua hacía como ruiditos de fritanga. El mismo aliento del sol la cocinaba.

Sí señor, fue grande la sequía ese año. Y larga…

Cuando caía la noche, las luciérnagas se suicidaban prendidas del viento de polvo. Apenas se encendían, opacadas, las perdíamos de vista.

Dejamos de dormir. Acostarse en los catres, abajo, tan cerca del suelo, al ras del piso crujiente, era aspirar la furia misma de la tierra, por estar abandonada de humedad.

Finalmente, el polvo eterno que levantaba el viento, parecía formar paredes que costaba trabajo traspasar.

Entonces fue cuando dejamos de caminar, levantarnos, acostarnos, para no gastar el poco resuello que nos quedaba.

De tan envueltos en tierra como estábamos dejamos de vernos, poco a poco, unos a otros.

Así fue como pasó.

—¿Pero…dígame una cosa señor, usté no es Damiano, el hijo de doña Ramira, el que se ahogó el día de la crecida grande? Lo sacamos del río, si mal no recuerdo, con ramas de piquillín…

—Sí, soy Damiano.

EL LIBRO DEL ABUELO JESÚS

Walter H. Rotela G. / Uruguay

Siendo niño me gustaba oír las historias de mi abuelo. Él, a su modo, jugaba con nosotros, sus nietos. No como jugaría un adulto mayor tal como vemos en una tanda televisiva de publicidad o en una imagen fotográfica de un medio cualquiera. No, así no.

Don Jesús era el modo como se referían a él sus vecinos. Y de eso estaba muy orgulloso. Es decir, buscaba hacer honor al nombre que eligieron sus padres. Era el séptimo hijo. En realidad, el noveno; pero dos de sus hermanos habían fallecido, al poco de nacer. Los padres querían hijos varones; sin embargo, la vida les dio en su mayoría, mujeres.

Siendo chicos, siempre lo llamábamos señor, por la costumbre que teníamos en la zona de las tierras color sangre. Cada mañana, al verlo al abuelo le pedíamos su bendición. Él accedía siempre y nos regalaba algún caramelo, generalmente. Pasábamos mucho tiempo sin verlo, pues por temporadas se ausentaba por razones de trabajo. A veces, un par de meses. Cuando volvía nos traía regalos. Eso, según contaba mi abuela, fue siempre así. Pero sus ausencias, en mi niñez no se debían a motivos laborales, sino a una costumbre muy arraigada. Esas razones me fueron reveladas por mis tías sólo al llegar a mi juventud, no antes.

Una tarde, conversando bajo un árbol de mango, me animé a preguntarle por un libro que él guardaba en un cajón de la cómoda de su habitación. Le mencioné que de niño lo había descubierto, que leí algo de su contenido, pero nunca capté el verdadero significado de cuanto estaba allí anotado.

Mi abuelo sonrió. Luego de una pausa me ilustró sobre una realidad totalmente desconocida por mí.

—No es ningún secreto. Pero es sí información comprometedora, o al menos que sería relevante en alguna suerte de investigación… Contiene información, detalles sobre gente muy joven, niños que estuvieron a cargo, como yo, de don Pascual.

—Interesante dije —alentándolo a proseguir.

El abuelo se puso serio, pero confesó estar feliz por poder compartir sobre el asunto. Así que ingresó a su habitación y trajo el libro. Él era un lector ávido. De todo lo que encontraba en sus viajes siempre comentaba o incluso traía algunos libros que le regalaban, pues en su mayoría no podía comprárselos. Sin embargo, es no impedía que accediera a ellos. Era veloz leyendo. Esa lectura le permitía tener una conversación interesante y con ello ganaba la buena voluntad de sus interlocutores que le permitían leer esos libros que no estaban a su alcance comprarlos.

Jesús, mi abuelo, volvió con el libro que yo había visto siendo niño. Me pareció más pequeño de lo que lo recordaba. Era un viejo libro de asientos contables que tenía información sobre una empresa y además figuraban nombres y fechas. No eran muchos, una treintena. Jesús comentó:

—Los nombres que ves aquí son de niños que el señor Pascual recibió, con la promesa a sus padres de enviarlos a la escuela, ocuparse de su alimentación, de brindarles un lugar en su vivienda. Y lo que hizo en realidad fue usarlos como mano de obra barata en sus campos o en la ciudad.

—¿Y tú cómo conseguiste este libro abuelo?

—Mira… Esto quedará entre nosotros. Lo tomé del escritorio del señor Pascual un año antes de dejar la hacienda. Nos castigaron cuando no se encontró pero no dije nada. Consideré que era algo valioso, que serviría como prueba de lo que me parecía no estaba bien. Pero…

—¿Pero…?

—No, no sirvió. Aún no. Pues poco se sabe y todo lo que se dice sobre el laburo de los mitaí ‘se maquilla’, como dicen ahora. Y antes las condiciones eran peores. Había menos posibilidades de conocer lo que hacían los dueños de estancias de las grandes casas de la ciudad. Parte de nuestra cultura, quizás.

—¿Y la lista de nombres?

—Son los nombres de los niños y adolescentes que pasaron por la estancia y la casa en los años en que se registró en el libro. Desde 1919 hasta 1930, aproximadamente. Pero la cosa siguió después e incluso aumentó la cantidad que pasaron por las manos del viejo Pascual y su familia.

—¿Y qué hacían los niños abuelo? Pues supongo que no todos hacían los mismo.

—Pareces un periodista con tus preguntas che.

—Bueno… Quizás pueda hacer algo, quizás pueda continuar con lo que empezaste, me refiero a dar a luz lo que sucedía. Este libro es parte, como una prueba ¿No? Tengo un amigo que quizás pueda ayudarme. Eso si tú crees conveniente, claro…

—Sí, quizás sea una buena idea. Bien… Te contaré qué hacíamos los niños en esos tiempos. Algunos trabajaban en la agricultura, otros con el ganado, otros en la ladrillaría y unos cuantos en las casas de la ciudad. Había más de una. Pero, en todos lados, lo pasábamos mal en general. Algún día me gustaría contar las cosas que pasamos en esos campos. Pero la vida se me está pasando y quizás no pueda. Por eso…

—Por eso conservaste el libro… —Le mencioné.

—Sí, claro. Es una prueba de lo que pasó allí. Está anotadas incluso las defunciones. ¿Ves aquí esta señal? me mostró una cruz, apenas visible al costado de un nombre, que estaba acompañada de una fecha.

—Interesante… —Le dije para entusiasmarlo y que me cuente más.

—Pues eso indica que un niño o adolescente murió. No era lo común. Pero sí las golpizas, el castigo. Y el domingo íbamos a misa. Y ahí, a callarse.

—¡Qué historia Jesús! ¡Qué historia! Abuelo te agradezco que me hayas confiado todo esto.

—Bueno… Pero no pude hacer nada por esos chicos. Por los que vinieron después de mí.

—Abuelo, cuenta esta historia. Cuéntala. Cuéntala como cuando éramos niños nos contabas cosas mientras hacías los bodoques. Seguro que tu historia, tarde o temprano, se conocerá como «El libro del abuelo Jesús».

—Suena pretencioso. Me bastaría con que lo que pasó se sepa y no quede en el olvido.

https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png 0 0 le-administrador https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png le-administrador2024-12-22 19:52:242025-06-10 20:24:29CUENTOS Y RELATOS DICIEMBRE

CUENTOS Y RELATOS NAVIDAD

Navidad-cuentos

MILAGRO DE NAVIDAD

Magi Balsells / España

Días señalados en el calendario, momentos de ilusión y alegría nos invaden, lo que es momentos de reunión con la familia y los seres queridos, el jolgorio y también el recogimiento, si hay con quien disfrutar de ello

Solo estoy, en un gran piso, sin pareja, sin hijos, sin nada mas que mi sola compañía, los únicos familiares muy lejanos están, y poco contacto ha habido en estos últimos años, todos tienen sus problemas, todos tienen su familia y yo me he quedado solo,

Solo con mis recuerdos, con mis tristes pensamientos, con la tristeza de no ver mas a mis seres tan amados, todos ellos desaparecieron hace ya algún tiempo sin ver que yo me quedaba solo y abandonado a esta triste situación no deseada

Tengo que celebrar la Nochebuena, ¿con que? o ¿con quién?, qué dilema, no puedo llamar a ninguna puerta para que me acojan en estos días, aunque solo fuera una sola, para poder sentir el calor y el cariño de otras personas, mis amigos tampoco están y los pocos que quedan, ellos quizás estén en la misma situación, ya que solos nos quedamos muchas veces, según van pasando los años

Pondré la mesa y en ella las fotografías de los que se fueron, así no estaré tan solo, encenderé todas luces para iluminar la casa como les gustaba, pondré el mejor servicio como si aún estuvieran aquí conmigo, hablaré con ellos aunque no pueda oír sus voces, pero en mi mente si los escucharé, reiré con ellos aunque las lágrimas mansamente afloren resbalando por mis enjutas mejillas

Llaman a la puerta, ¿Quién será a estas horas? Es el vecino de al lado, que me viene a buscar, no admite excusas me están esperando

Toda su familia en la mesa están, me guardan el sitio de honor, como si yo fuera su patriarca, me besan las mujeres y me abrazan los hombres Sin poderme contener es ahora es cuando las lagrimas salen a borbotones de mis cansados ojos ya que sin poderlas ni quererlas reprimir.

Las palabras se agolpan en mi boca, me es imposible darles las gracias, la emoción tapa cualquier palabra, todos me acogen como uno más de ellos, como uno más de su familia

Gracias a mis deudos ausentes, por lograr este milagro, se que habéis sido vosotros los que habéis tocado el corazón de estas personas

Veo que en el mundo aún existe bondad, ahora si será una hermosa Navidad

Navidenos

UN RELATO DE NAVIDAD

Carlos González Saavedra / Argentina

Ese domingo estaba ansioso, más que otras veces. Si bien conocía Río, en mi cuatro viaje me faltaba conocer el Río profundo donde se respira Brasil en las paredes. El Samba y pobreza de las favelas. Contrastes y desigualdad de un país maravilloso.

El brasilero común, de la sonrisa permanente, de la onda que te invade. En cada rincón, en cada vuelta de la esquina hay una sorpresa rayana en la bohemia, melancolía y esa fuerza increíble para salir adelante, cantando a pesar de todo. Todo eso, ni más ni menos, de la mano de mi hijo Federico, residente en Río hace nueve años.

—Viejo, ¿que queres conocer bien?.

—Un barcito de esos donde se hace música con una tapita de coca o una latita de cerveza.

—Bien, esta noche vamos a lo de Alfredo.

—¡Dale! Ya me gusta la idea con solo conocer el nombre de pila.

Allí fuimos, domingo a las nueve de la noche, imaginé un bar grande, no un sucucho que no tenía más de ocho metros de frente por doce de fondo. Fede me presenta a Alfredo. que permanecía sentado en la puerta del local en una mesa, con una planilla que anotaba las consumiciones.

—Viejo, el tema acá es así: En el fondo tenes dos heladeras cargadas de cervezas, una con alguna botella de vino y agua. Una barra para lavar alguna copa y un bañito. Te servís y le avisas a Alfredo lo que tomas, el anota y al irnos pagamos.

En un costado del angosto salón, había una madera donde uno ajustado apoyaba el codo, tomando una cerveza, en el medio sentados en sillas o bancos comunes músicos y mas gente en la calle que del local.

—¿Por qué se llama Bip Bip?

-Alfredo le puso ese nombre por el corre caminos, no se le ocurrió otro —Cerveza mediante Fede acota—, ojo acá no se aplaude, está prohibido. Solo se casquilla los dedos, por respeto a los vecinos, a la música. Si hay mucho bullicio Alfredo, ¡No sabes como se pone!

El samba recorría las paredes y nuestros oídos. Era un momento y un lugar pleno de magia, cuando cantaban, lo mismo. Venían unos, otros se iban. Siempre ocupaban los banquitos. Tocaban con instrumentos pero también marcando el ritmo con cucharitas.

—Viejo, este es un bar socialista. Los martes se viene a hablar de política. Los músicos son profesores del conservatorio, como algunos de canto.

—¿Como los músicos también pagan lo que consumen?

—Acá, todos pagamos papá, ellos también.

La bohemia me arrancaba el corazón. Fui dos veces al baño, para quedarme en la barra de atrás, observándolo todo. El bullicio iba subiendo en intensidad y el número de gente en la vereda crecía y hablaba. Furioso se levantó de su silla, los músicos dejaron de tocar y un silencio sepulcral se adueñó del lugar. Alfredo se había enojado. Alfredo tenia problemas respiratorios por el cigarrillo, cercano a los sesenta y cinco años, se ponía colorado y hablaba salteado para poder tomar aire:

—Acá venimos a escuchar música y disfrutar. Si hablamos gritando, no escuchamos la música y es una falta de respeto a los vecinos —Todo en un portugués cerrado propio de Copacabana—. Si no les gusta, se van y listo.

Lentamente después de su alocución, complicada por su falta de aire, una suave y dulce melodía de una flauta volvió a la normalidad. Alfredo se habia vuelto a sentar. La noche se nos iba de las mano, eran como la una de la mañana y seguía llegando gente.

—¿A que hora cierran Fede?

—Hasta que salga el sol. Nosotros, si querés en una hora más, nos vamos, viejo. ¡Mañana tengo que laburar!

—Si, hijo cuando me digas.

—Quedémonos una hora más.

—Dale.

La paredes impregnadas de nostalgia, decoradas con recuerdos, fotos y en una de esos cuadritos medio perdidos en un rincón, encuentro un diploma con una Distinción del Ministerio de cultura. Nombrando a Bip Bip tal cual su nombre, lugar cultural de Río de Janeiro. Cobró otra dimensión donde me había traído mi hijo, cuna del Samba y autóctono sentir de Brasil. Solo tomaba cerveza, iba por la quinta y veía como Fede se divertía con ellos, aprendí los secretos de la pandereta, tan famosa por su ruido, Tan característicos toca con el movimiento de la muñeca. El profesor nos señalaba:

— Ven esa niña está tocando mal.

Para mí, tocaba bárbaro. Hasta que la sentí, por él. Su sonido, me transformaba. Eso sí que era maravilloso, como todo lo que estaba ahí. Mientras la música acariciaba los oídos y todos meneábamos el cuerpo al compás. Una muchacha con una lata de helado de cinco litros, con una ranura en la tapa invitaba a todos una propina. Será para los músicos, pensé.

—Fede muy bueno el lugar, quedé encantado. ¡Como tocan, que maravilla! ¿Ahora cada uno se paga su cerveza? ¡Increíble!, menos mal que después con la propina se arreglan. Hermoso regalo me hiciste hijo.

—¡No, viejo! Ése dinero que se junta cada noche, durante todo el año, es para el día de Navidad!

—¿Cómo?

—Alfredo el día de Navidad pone las mesas en la calle y le da de comer a todos los indigentes y vagabundos que no tienen donde ir. Hace una gran mesa y brinda con todos ellos, por la Navidad.

Ese comentario, terminó por darme una dimensión mucho mas profunda de Alfredo y sus músicos, de su altruismo, de su humanidad. Rescatando al hombre concreto de una sociedad injusta y salvaje. Me impactó mucho emocionalmente. Antes de irme volvimos y tuve la oportunidad de confundirme en un abrazo con Alfredo, cosa inusual según mi hijo .Le había escrito un poema al lugar. Fede se encargó de dárselo a su amigo para que se lo traduzca. Seguramente fue por eso que me abrazó. Sentí su emoción. Lo abracé por tantas cosas, que no me alcanzaban los brazos para decirle gracias. No sé, me sentía en deuda, con él.

Alfredo falleció de un enfisema pulmonar, hace un año y medio. El amigo de mi hijo, no recuerdo su nombre, quedó a cargo del lugar. Después nos invadió la pandemia y no pude volver. Me gustaría volver al Bip Bip y ayudar a servir la mesa rescatando miradas de agradecimiento y felicidad por Alfredo, por su inmensa humanidad. Brindando, con ojos escarchados, por una ¡Feliz Navidad!

Navidenos

EL ROBLE Y LA LUZ DE NAVIDAD

Elspeth Gormley / España

En las tierras altas de Escocia, en un pequeño pueblo rodeado de montañas y lagos, se cuenta la historia de un roble mágico y el Espíritu de la Nochebuena, dos símbolos de esperanza y renovación que aparecen cada año en la víspera de Navidad.

Hace muchos años, durante una Navidad especialmente fría y oscura, el pueblo estaba al borde de la desesperación. Las cosechas habían sido malas y el invierno era implacable.

Una noche, un sabio anciano del pueblo tuvo un sueño, en el que el espíritu del bosque le decía que debía llevar a todos los aldeanos al Roble de Navidad.

Siguiendo las instrucciones del anciano, los aldeanos se reunieron alrededor del roble en la noche de Navidad. Al llegar la medianoche, el roble comenzó a brillar con una luz dorada y sus ramas se llenaron de hojas verdes y frutos dorados. Los aldeanos recogieron los frutos y, al comerlos, sintieron una calidez y una energía renovada.

En ese momento, el anciano contó a los aldeanos la historia del nacimiento del Niño Dios, recordándoles cómo, en una noche fría y oscura en Belén, un niño nació en un humilde pesebre, trayendo esperanza y luz al mundo.

Inspirados por esta historia, los aldeanos comprendieron que la verdadera magia de la Navidad no solo residía en el milagro del roble, sino también en el amor y la fe que compartían.

De repente, una luz brillante apareció en el cielo y descendió hasta el altar de la iglesia del pueblo. La luz se transformó en el Espíritu de la Nochebuena, una figura etérea y radiante que irradiaba calidez y amor. El espíritu habló a los aldeanos, diciéndoles que su fe y bondad habían sido escuchadas y que, a partir de ese momento, cada Nochebuena, él vendría a bendecir el pueblo con paz y prosperidad.

Desde entonces, cada víspera de Navidad, los aldeanos se reúnen alrededor del Roble de Navidad y en la iglesia para celebrar y recordar el milagro que les salvó, y para contar la historia del nacimiento del Niño Dios. Al llegar la medianoche, una luz brillante aparece en el altar, recordándoles que la verdadera magia de la Navidad reside en la fe, la esperanza y el amor compartido.

La leyenda dice que mientras el roble siga floreciendo cada Navidad y el Espíritu de la Nochebuena siga apareciendo, el pueblo siempre tendrá esperanza y prosperidad.

Navidenos

EL MILAGRO DE NAVIDAD

Mercedes Alberdi / España

En un pequeño pueblo cubierto de nieve, la Navidad siempre había sido una época de alegría y celebración. Las luces brillaban en cada ventana y el aroma de galletas recién horneadas llenaba el aire. Sin embargo, este año era diferente. La guerra había dejado su huella en el corazón de muchos, y la Navidad parecía más sombría que nunca.

En medio de esta tristeza, vivía una niña llamada Clara. A pesar de las dificultades, Clara nunca perdió la esperanza. Cada noche, miraba las estrellas y pedía un deseo: que la paz y la alegría volvieran a su pueblo.

Una fría noche de diciembre, mientras Clara caminaba por las calles desiertas, encontró a un anciano sentado en un banco. Su rostro estaba marcado por las arrugas del tiempo, pero sus ojos brillaban con una luz especial. Clara se acercó y le ofreció una galleta que había guardado para sí misma.

El anciano sonrió y aceptó la galleta con gratitud. «Gracias, pequeña,» dijo con una voz suave. «Tu bondad es un verdadero regalo de Navidad.»

Clara se sentó junto a él y comenzaron a hablar. El anciano le contó historias de Navidades pasadas, de tiempos de paz y amor. Clara escuchaba con atención, sintiendo cómo su corazón se llenaba de calidez.

«¿Sabes, Clara?» dijo el anciano. «La Navidad no es solo luces y regalos. Es un tiempo para recordar lo que realmente importa: el amor, la esperanza y la solidaridad.»

Esa noche, Clara regresó a casa con una nueva perspectiva. Decidió que haría todo lo posible para traer un poco de alegría a su pueblo. Junto con sus amigos, comenzó a organizar pequeñas acciones de bondad: repartieron comida a los necesitados, decoraron las casas de los ancianos y cantaron villancicos en las calles.

Poco a poco, el espíritu de la Navidad comenzó a regresar. Las sonrisas volvieron a los rostros de las personas y el pueblo se llenó de una calidez que hacía tiempo no se sentía. La guerra seguía siendo una realidad, pero la esperanza y la solidaridad habían encontrado su lugar en los corazones de todos.

En la noche de Navidad, Clara miró al cielo y vio una estrella brillar más intensamente que nunca. Supo en ese momento que su deseo se había cumplido. La paz y la alegría habían vuelto, no solo a su pueblo, sino también a su corazón.

Navidenos
https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png 0 0 le-administrador https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png le-administrador2024-12-22 19:51:582024-12-22 19:51:59CUENTOS Y RELATOS NAVIDAD

CUENTOS Y RELATOS

Aviso Legal

Las opiniones expresadas en los artículos de esta revista literaria son exclusivamente de los autores y no reflejan necesariamente las opiniones de la dirección. Todos los contenidos publicados en esta revista están sujetos a la propiedad intelectual de España y protegidos por los derechos de autor de sus respectivos escritores.

Cuentos Y Relatos Noviembre
Favicon Superior

COLABORAN EN ESTA SECCIÓN

Elspeth Gormley (España) – Carlos González Saavedra (Argentina) – Jaime Hoyos Forero (Colombia) – Andrea Morini (Argentina) – Carlos F. Pérez de Villarreal (Argentina) – Sandra Romeo (Argentina) – Walter H. Rotela (Uruguay)

EL MAR Y SU LAMENTO SILENCIOSO

Elspeth Gormley – España

En un rincón del vasto océano, donde las olas susurraban secretos al viento, el mar sentía una tristeza profunda e inconmensurable. Este inmenso cuerpo de agua, que había sido testigo de la evolución de la vida y el surgimiento de civilizaciones, ahora se encontraba impotente ante la devastación que los humanos infligían sobre él.

El mar, antaño lleno de vida y maravilla, observaba cómo sus aguas se llenaban de basura y plástico. Las criaturas que una vez nadaban libres entre sus corrientes, ahora luchaban por sobrevivir en un entorno cada vez más hostil. Los corales, que eran jardines submarinos de colores vibrantes, se blanqueaban y morían, víctimas del aumento de la temperatura y la acidez del agua.

Cada ola que rompía en la costa llevaba consigo un lamento silencioso, un grito de auxilio apenas audible en el bullicio del mundo moderno. El mar recordaba con nostalgia los tiempos en que los humanos lo respetaban y veneraban, cuando los pescadores cantaban canciones de agradecimiento y las historias de criaturas marinas eran contadas con admiración.

Ahora, el mar observaba cómo las costas se llenaban de construcciones y las industrias vertían sus desechos sin remordimiento. Sentía la tristeza de perder a sus hijos marinos y ver cómo las playas se convertían en vertederos. Las aguas, una vez prístinas, eran ahora caminos de muerte para los que en ellas habitaban.

A pesar de su inmensidad y poder, el mar se sentía impotente. Sabía que su furia podría causar destrucción, pero no deseaba vengarse de la humanidad. Anhelaba que los humanos abrieran los ojos y vieran el daño que estaban causando. Anhelaba que volvieran a sentir la conexión con él y recordaran la belleza y la vitalidad que una vez habían compartido.

En su tristeza, el mar decidió que, aunque sus lamentos parecieran en vano, seguiría enviando mensajes a través de sus olas. Cada gota de agua, cada susurro del viento, llevaba consigo una súplica de esperanza. Porque, aunque el mar se sentía solo en su dolor, sabía que en algún lugar, había corazones humanos que todavía escuchaban su llamada.

La verdadera belleza del mar reside en su capacidad para regenerarse y sostener la vida. Si escuchamos su lamento y respondemos con acciones responsables, podemos devolverle la vitalidad y la alegría que una vez tuvo. Es nuestra responsabilidad y privilegio cuidar del mar, para que futuras generaciones puedan disfrutar de su esplendor y aprender de su sabiduría.

El mar, en su infinita paciencia, aguarda el día en que la humanidad despierte y vuelva a cuidarlo como antes. Porque sabe que, juntos, podemos restaurar la armonía perdida y devolverle al mar la sonrisa que alguna vez había brillado en sus aguas cristalinas.

Favicon Superior

LOS NIÑOS DE SIRIA

Carlos González Saavedra – Argentina

Soy Roy Mitchel, trabajo hace mas de treinta años como fotógrafo profesional. El diario me envió a Alepo un día antes que empezaran otra vez, a bombardear.

Compartí en las afueras, si así, se puede llamar, en una ciudad destruida, un lugar con una habitación y un baño, juntos a dos colegas. Periodistas, un Español Alfredo Espinoza y un Alemán Helmut Bachman. Instalados donde dormíamos como podíamos. La habitación de tres por dos. El baño muy precario. No podía ser de otra manera.

Al día siguiente, una camioneta Toyota, con tres soldados en la caja pertrechados nos traslada al Noroeste , para estar mas protegidos, pero las imágenes de espanto anularon mi sensibilidad. No podía ser sensible, debía ser fuerte y sobrevivir.

Tenia experiencia en mi vida pero esta no me la esperaba.

Tome fotos, muchas de lo que pasaba, estuve en hospitales recién bombardeados, calles intransitables niños y enfermos desplazados junto con la población civil. Horror de una guerra por el poder, nada mas.

Escuche a un dirigente político decir -¿Porque usar suelo Sirio, para pelear?-. Ni siquiera había tiempo de contestar.

Estaba devastado, no encontré la belleza en ninguna de mis fotos. Ninguna mirada compasiva, solo preguntas o súplicas. Nunca me imaginaba un alemán llorando, esa noche después de un día terrible, Helmut lloró, como un chico, desconsoladamente. Sus manos temblaban tanto que no podía escribir. Solo puso de título “Esto es lo que pasa en Alepo”

Alfredo con mas años, hizo una nota a un anciano refugiado en un rinconcito, debajo de un techito, absolutamente vulnerable. Aseguraba: «Acá nada me va a pasar, así los dispuso Alá». Su deseo, era su única esperanza.

Por mi parte habia mandado imágenes por demás del horror en un solo día. Era muy difícil encontrar algo positivo, esperanzador. Miraba a los niños los mas perjudicados, los que sufren, los que piden ayuda. Como fotógrafo profesional tenia la obligación conmigo mismo de mostrar algo que llevara una ilusión una mirada de amor.

Mi hermana directora de una editorial en Vancouver, me pedía fotografías, aunque sea una, de los lugares que me mandaba el diario.-Tiene que ser esperanzadora, sino no mandes nada. Me admiraba por eso me exigía

Entre los escombros encontré tres hermanitos que al verme, vinieron corriendo.

Uno de ellos, el mas chico, muy simpático, reía siempre. Vivía esa vida como una aventura. Sus hermanas entre risas preguntaban si las adoptaría.

Me dejaban sin palabras. Mi silencio me abrumaba.

Pude mandarle a mi hermana una foto que lo decía todo: una de las nenas con su mirada preguntaba: ¿por qué? Otra un poco mas seria, pero no tanto aseguraba: ¿Me vas a adoptar, no?¡No tenemos familia! El mas sonriente nada me pedía solo con su mirada me lo decía todo:-¡Todo estará bien! no te preocupes. Solo le faltaba guiñarme un ojo.

Así lo pensé, así me lo mostró su corazón ¡Asi me enseño a vivir!

Por su parte mi hermana en la revista de Vancouver puso la foto de ellos diciendo:

“No hay espanto que pueda, con la mirada esperanzadora de un niño”

Favicon Superior

EL SEÑOR SABELOTODO

Cuento original de W. Somerset Maugham

Versión libre de Jaime Hoyos – Colombia

No siempre la tranquilidad llega cuando más la buscamos.

Llevaba muchos meses, posiblemente diez u once, desarrollando un enorme trabajo como corresponsal de guerra en Alemania, es decir, entre los enemigos, los disparos, las bombas, los espías.

Ahora comenzaba a gozar de una semana libre de trabajo, para reponer fuerzas. Para ello -con tan poco tiempo- nada mejor que una travesía en un trasatlántico de lujo.

Pero, oh mala suerte. El barco estaba lleno, todos los pasajeros -¿Quieren creerme?- iban acompañados de sus esposas, o sus hijos o sus amigos. No había un solo camarote libre para mí solo, así que acepté compartir -ya no había tiempo para cambiar los planes- con otro viajero, tal vez de la misma edad, calvo, muy buen hablador y demasiado instruido en todas las ciencias y las artes. Eso estaría bien, si no se metiera en todo. No solo todo lo sabía sino que enseñaba toda su sabiduría, a todos y a toda hora. Era abominable. Lo llamaban “Sabelotodo”, él lo sabía desde luego y créanme que hasta se ufanaba de ello. Me caía mal, muy mal.

Me hablaba de geografía, de historia, de música, de pintura, hasta la una o dos de la mañana. Sabelotodo era insoportable.

Un día, la simpática pareja de la mesa del comedor -mesa con ocho sillas ocupadas- quedaron frente a nosotros. Él, muy agradable, era ingeniero de petróleos en Francia, desde hacía un año. Como tenía que vivir en las construcciones petroleras marinas, había dejado a su esposa desde hacía un año en su apartamento de Nueva York y ahora disfrutaban juntos de unas buenas vacaciones. Ella era un encanto de mujer, bella y simpática, y los dos gozaban plenamente, después de un año de separación forzosa, en una unión matrimonial que no pasaba de unos pocos años y aún no tenían hijos. Se veían dichosos.

Sabelotodo, mirándola -ya hemos dicho que era muy bonita- dijo:

-Qué hermoso collar de perlas luce usted. Me atrevo a decir que son auténticas, no cultivadas, sino legítimas.

Ella se sonrojó, se puso nerviosa e instintivamente trató de ocultar parte del collar entre su pecho.

Sabelotodo, agregó alzando el tono de su voz: -Señora, usted pagó no menos de quince mil dólares por su hermoso collar. Es precioso y de perlas legítimas.

El marido soltó una sonora carcajada y dijo en tono fuerte:

-Ja, ja, ja. Si está tan seguro de que son perlas legítimas, amigo Sabelotodo, le apuesto quinientos dólares.

-Acepto -Contestó el que todo lo sabe.

Entonces, el esposo de la señora, agregó:

-Señor Sabelotodo, qué equivocado está usted. Así que ganaré la apuesta. Son perlas de fantasía. Un día antes de abordar, en Nueva York, mi mujer adquirió el collar en una tienda de fantasías cercana al apartamento, por solo 18 dólares.

Murmullo general. El ambiente estaba tenso.

-¿Quisiera usted, señora -le preguntó el sabio- permitirme por un momento el collar?

-Sí señor -contestó ella a regañadientes, buscando el broche y después de un minuto, dijo:

-Qué pena, no pude soltarlo.

Pero su marido, visiblemente emocionado por la apuesta, buscó el broche alrededor del cuello de su linda esposa, y soltándolo entregó el collar al sabio.

Sabelotodo lo tomó cuidadosamente, lo miró largo rato, mientras una sonrisa apareció en sus labios.

La hermosa señora, que aún sin el collar seguía viéndose muy linda, miraba a Sabelotodo, lela, con cara de angustia. No entiendo cómo su esposo no se dio cuenta de esto.

Y Sabelotodo, que ya iba a exclamar con toda la euforia de un ganador, “son legítimas”, al ver la angustia en el rostro de la señora, se tomó varios segundos, acaso quince, y dijo con seriedad:

-Señora, su esposo tiene razón: las perlas no son legítimas, sino apenas una muy buena imitación.

Devolvió de inmediato el collar a la señora, sacó cinco billetes de a cien dólares y pagó la apuesta al ganador.

A la mañana siguiente, muy temprano, cuando yo me afeitaba -Sabelotodo aún no se levantaba- oí un ruido de algo que pasaba raspando la puerta por debajo. Era un sobre dirigido al señor Sabelotodo. Lo recogí y lo entregué. No había dentro del sobre ninguna esquela, ninguna explicación, ninguna firma… Solamente quinientos dólares.

Mientras se levantaba, Sabelotodo, a quien a partir de ese momento comencé a apreciarlo, comentó:

-Si yo tuviera una linda esposa en Nueva York y tuviese que pasar un año, trabajando en París, no cometería la tontería de dejarla sola.

Favicon Superior

EL RETORNO

Andrea Morini – Argentina


Camino sin rumbo, en la noche neblinosa del insomnio. Percibo formas que me persiguen, susurrantes, amenazadoras, que evaden misteriosas, la mirada vacilante.
Tengo miedo, visceral y profundo, pero sigo adelante, con la certeza de que mis pasos me guiarán al hogar perdido, dónde esperan mis padres, ansiosos, el retorno.
No les avisé que regreso, no pude calmarles el dolor de la espera, tan solo la sorpresa en sus rostros valdrá los pesares acaecidos en el peregrinar hasta su regazo.
Ante cada pisada siento la respiración de los monstruos acechando, sabedores de su poder para entorpecer el camino.
Me sobrevuelan reminiscencias del joven que fui, mi habitación en la parte superior de la casa; recuerdo a mí madre poniendo sábanas limpias en la cama, acomodando mi revuelo juvenil.
Todo debe estar como antes de mí partida, el tiempo congelado en aquella lejana noche en que fui arrancado de su tibieza, la música sonando, mientras en los rostros demudados de los míos se anclaba el terror ante la violencia que se enseñoreaba en la casa.

Hace tanto tiempo que me fui, que he olvidado los aromas cotidianos, las risas y palabras compartidas, todo aquello que habla de nosotros.
Mí hermano, el pequeño, debe ser bastante mayor ya. «¿Se acordará de mí?»
La noche se cierne profunda, plomiza, los pasos retumban en el empedrado, cuando, al fin, entreveo la casona familiar.
El corazón se acelera y casi no puedo respirar, es tanta la emoción que me embarga.
Avanzo rápido hacia la luz que percibo en el zaguán, aún las sombras me protegen. Tanto horror me ha calado hasta el alma, no logro desembarazarme de él.
Continúo aproximándome, debo asomarme al resplandor de la única farola que ilumina esa parte de la calle. Observo, a través de la ventana, a mí madre trajinando en la habitación del primer piso, intuyo el color de la ropa de cama que coloca. Celeste, cómo siempre me gustó, el gesto me acaricia el espíritu.
Decido seguir adelante, ya nada falta para estar en sus brazos protectores. Me entrego a esa sensación, cálida, placentera.

Dejo atrás la zona de penumbras, cuando alcanzo a escuchar, una vez más, aquella voz pétrea, urgida de autoridad, que grita —¡Alto! Pero… es tanto el deseo de volver que doy otro paso.
Desde el piso percibo, hoy como entonces, el grito desgarrado de mi madre, mientras una voz cavernosa susurra algo que no entiendo.
El ciclo se repite inexorablemente.
Una última lágrima se derrama por mi mejilla.
Luego todo termina: la noche, el miedo, las luces, el dolor y la vida.

Favicon Superior

TRIBUTO

Carlos Pérez de Villarreal –Argentina

La tarde desapacible, se hizo más sombría aún cuando comenzó el crepúsculo. Las nubes bajas corrían como en estampida, y de golpe, la llovizna se transformó en lluvia, feroz, con un viento arrachado. Desde la pequeña elevación, podía verse parte del camino. Por él, velozmente se divisó al jinete que corría anhelante. Su cabalgadura, un regio percherón, llevaba los ijares rojos por la sangre de las lastimaduras. Las espuelas habían hecho su trabajo, pese a la malla metálica que cubría el lomo del animal. Los cascos levantaban a su paso pedazos de barro que lanzados como proyectiles, volaban por el aire cayendo varios metros más atrás; mientras que la baba colgante de su belfo, demostraba sus últimos esfuerzos.

Sobre un fondo de montañas inmensas, el castillo se divisaba aún bajo la lluvia. Sus muros, enormes, daban la impresión de fortaleza. Era un poder material dentro del contexto natural que lo rodeaba. El mensajero cabalgó rápido por el puente levadizo de madera que salvaba el fos -pestilente por el agua estancada y los deshechos que contenía-, y entró raudamente por la puerta abierta, dejando atrás el rastrillo. Antes que su cabalgadura se detuviera, desmontó de un salto pese a la armadura con que contaba y se dirigió al primer paje que salió a su encuentro. Su orden fue tajante: —¡Sacadle los arreos, limpiadlos, llevad el caballo al foso y matadlo! No vivirá mucho más, está reventado.

Tambaleándose por el cansancio, cruzó el Patio de Armas y se dirigió a la Sala Militar que tan bien conocía. El Capitán de la Plaza lo estudió con detenimiento: —¡Comandante estáis deshecho!—exclamó. —¡Eso no tiene importancia! —contestó el jinete— ¡Llevadme ante el Rey, rápido, traigo un despacho muy importante que debo entregarle!

La Torre del Homenaje se encontraba silenciosa. Por un ventanuco mal cerrado, se colaba el agua fría de la lluvia, que el viento hacía volar. En la sala principal, un inmenso hogar prendido, daba una sensación agradable de calor. El humo que a veces remolineaba fuera de la chimenea, hacía sentir el seductor olor de la madera quemada. El Rey estaba sentado en un sillón inmenso de madera. Cubierto con sus vestimentas matinales, abrigado, el calor del fuego le hacía sentir somnolencia. Pero no era solamente la situación; la noche anterior no había podido dormir casi nada. El mensajero le había traído la noticia esperada, pero no por eso deseada: el juego se llevaría a cabo exactamente dentro de diez días. El juego de Ajedrez Viviente, al final se realizaría.

Era la forma que había establecido con su oponente, el Visir Abdul Al-Mohardín, para dirimir los territorios pretendidos por ambos. En un lugar a determinar, se armarían los 64 escaques, disponiendo las piezas humanas: Reyes, Reinas, Caballeros, Alfiles, Torres y Peones. Pero estaba en juego algo más que un simple entretenimiento para dirimir la posesión de una comarca. Se había convenido que la pieza tomada debía ser eliminada, ponerla fuera de combate. En definitiva: matarla. Era la manera de evitar un enfrentamiento de dos ejércitos que dejarían miles de muertos y devastación de poblados. Y además, conformaría el ansia de muerte que todos llevaban dentro. Se vivía una época dura. Pero de alguna manera, por primera vez en muchos años, los reyes resolverían personalmente sus intereses.

Eligió cuidadosamente a los peones, por su bravura. Sus alfiles caballos y torres fueron seleccionados por sus condiciones estratégicas, su tenacidad y orgullo. La Dama, su Reina, su consorte, fue excepcionalmente instruida. Sabía que el sacrificio de algunos de ellos sería inevitable, pero estaba seguro de ganar. Tenía conciencia que jugaría muy bien, pero siempre estaban las circunstancias adversas. ¡Si sabía él lo que era eso! Su reinado llevaba ya veinte años.

Se decidió entre ambos monarcas, usar un lugar especial para el juego. Una colina plana que quedaba casi a la misma distancia de ambos reinos. Cientos de hombres de ambos bandos la alisaron, armaron el gigantesco tablero blanco y negro, y colocaron las tiendas para todas las comitivas. Una pequeña ciudad totalmente abastecida surgió de la nada, en muy poco tiempo. De un lado la bandera negra con la cimitarra blanca en el medio, determinaba el lugar de Abdul Al-Mohardín. Del otro lado, la bandera blanca con la rosa roja. Era su distintivo. Nunca supo realmente por qué la eligió como su estandarte, tal vez por la sangre derramada en las luchas de conquista, tal vez porque era su color favorito, tal vez porque la planta tenía una flor hermosa pero su tallo estaba lleno de espinas, como la vida. Tal vez…

Llegó al lugar un día antes proponiéndose estudiar largamente sus jugadas. Esa noche no descansó mucho. La tensión lo desvelaba, hasta que al final el sueño lo venció. El sonido de una trompeta sonó clara en el amanecer neblinoso. Se despertó, su mente voló y automáticamente, por instinto, se preparó; física y espiritualmente. Había mucho en juego.

Se encontraron en el tablero. Cada uno de los personajes tomó posición. El nerviosismo por ambas partes se sentía, casi palpable. Estaba en juego la vida de cada uno de ellos, y más que eso, la vida del reino. Le llamó la atención la belleza de la Dama negra. Una piel morena, delicada. Ojos rasgados, exóticos. El pelo azabache cayendo lacio entre sus hombros. Una verdadera vestal.

Se sortearon las piezas y cuando obtuvo las blancas, se sintió eufórico: tenía la iniciativa. Comenzaba bien… ¡No podía perder!

P4R (Peón 4 Rey) fue su primera jugada, luego vino el desarrollo. Caballos y alfiles afuera, torres en posición, enroques -para él, corto, para el Visir, largo-, hasta que se detuvieron al mediar la partida. Aquí había que jugar con cuidado, un error sería fatal.

Estudió largamente sus próximas jugadas y la de su oponente, hasta que al final se decidió. Peón por peón, caballo por peón, alfil por caballo, torre por alfil, torre por torre… y las jugadas se hacían cada vez más frenéticas. Las piezas tomadas inmediatamente que salían del tablero eran ejecutadas. Las lanzas se tiñeron de rojo, las espadas entraban y salían de la carne humana y la pila de los cuerpos iba en aumento. El suelo de tierra comenzó a cambiar de color. El olor a sangre inundó el ambiente. Un rayo cayó estruendosamente seguido del retumbar de los truenos que desgarraban el cielo. Una tormenta se precipitaba sobre la zona. Pero en ese preciso lugar, la muerte reía. Parecía su obra maestra.

Miró por un momento el juego y vio «su jugada». La dama contraria estaba a su alcance… ¡Dama por Dama! De costado observó como un cuchillo penetraba en el pecho de la belleza negra. Observó su rostro y vio en sus ojos resignación… y triunfo. ¡Y de repente se dio cuenta!

La celada preparada por su rival había dado resultado El alfil negro corrió por la diagonal de su color y parado en A4 exclamó ¡JAQUE! Se corrió al costado, al lado de su peón. La Torre negra entró en 8 y profirió ¡JAQUE! Se movió al único lugar disponible. El caballo negro saltó y exclamó con un grito espeluznante: ¡MATE!

Salió tambaleando del tablero aún perplejo. Solo atinó a levantar la vista para ver a su ganador. Una cimitarra negra, como un tizón del infierno, le cercenó la cabeza. Esta, aún con el rostro desconcertado, rodó hasta los pies de la Dama negra… como un tributo.

Favicon Superior

DERECHO DE AUTOR

Sandra Romeo –Argentina

Ella cerró el libro y quedó perpleja. Pensando. Alterada. «No puede ser», la vio decirse, «no puede terminar así».

La veía pensar y repensar la historia, incapaz de digerirla, de aceptarla. «¿Y si en vez de muertas están dormidas?», eso es, dijo con un soberbio gesto de triunfo, «están dormidas, no, mejor aún, están drogadas, seguramente eso quiere decir el escritor. ¡Y por supuesto no fueron violadas!».

Una ráfaga de impotencia me envolvió y reconozco que mi voz sonó un tanto alta al reclamar mis derechos de autor. Esta lectora, mi lectora, bastardeaba mi obra, denigrándola, quitándome toda posibilidad de ser el padre de mis personajes. Ellos viven y mueren según mis designios más profundos, aquellos que nadie se anima a reconocer. Los de la bestia.

La veo levantarse del cómodo sillón, correr las cortinas y vislumbrar en las sombras del exterior a mis personajes. Desde un remoto pasado le llegan sus voces ahora encontradas dentro de las páginas de mi libro. Lo sé. Por eso lo compró. Por eso de entre todos los posibles, su mano se dirigió a él…o fue dirigida.

Ahora busca, reclama con la mirada una ayuda que no sé si le llegará. Un perdón tardío. Una herida en la página para escapar de la tragedia.

Luego de encender las luces externas, acomoda la lámpara, se hace un café, mira el libro dado vuelta sobre el sillón. Lo observa desde arriba, como sopesando la historia, las palabras. Mis palabras. Está pensando si seguir la lectura o dejarla allí hasta mañana o hasta nunca.

Lo siento en mi cuerpo. Ella cree que resolvió un problema. Pero no. Lo que se le escapa es que soy un excelente escritor, muy dueño de mis historias. Y ésta no termina como ella cree. O como ella quiere. O querría.

Toma el libro decidiendo finalizar el capítulo. Las luces externas se apagan bruscamente en silencio.

Ella levanta la mirada. Sólo alcanza a pensar «no puede ser, no puede terminar así».

Se rasga la página. Caen las letras en una lluvia terminal armando los titulares del diario La voz del pueblo, edición matutina. «La mujer fue encontrada muerta y violada dentro de su casa. La policía trabaja en la hipótesis del crimen pasional».

Yo soy el dueño de la vida y la muerte de mis personajes. Ella no lo aceptó.

Y sí, podía terminar así.

Favicon Superior

PE SALVADOR…1 (EDUVIGIS)

Walter H. Rotela – Uruguay

Ella vino de Riacho He’e… fumaba esos cigarros «poguazú» (1) que espantaban a los mosquitos cuando estábamos en el frente de batalla…. Lo recuerdo bien -asegura doña Tomasina-, sentada a la sombra de un árbol de mango frondoso. Su nombre era Eduvigis. Se cortó el pelo hasta el cuero cabelludo. En ese tiempo no aceptaban a mujeres en el frente. Las mujeres estaban en las escuelas, como niñas que ayudaban para sembrar y cosechar tabaco y alimentos para los soldados. Las de buena posición auspiciaban de madrinas, otras, con menos recursos, como yo, -comenta Tomasina- de enfermeras. Y otras reemplazaron a los hombres en los lugares de trabajo, tanto en la ciudad como en el campo.

Eduvigis siguió a su marido, al frente. Peleó como los hombres, disparando, empujando la bayoneta hacia delante y sacando el machete para hacer un corte limpio, en caso de necesidad. Cuando las balas terminaban y no había tiempo de recargar, seguía con la bayoneta o el machete.

La conocí en el Hospital Auxiliar número 7, un 3 de febrero de 1934. Hacía un calor insoportable.

Ella venía con el grupo de soldados que marchaban desde hacía varios días desde el apartado oeste chaqueño. Me tocó atenderla justo cuando casi se desmayaba por la fiebre. Me asignaron al soldado Fulgencio González. Y lo asistí de la mejor manera -sigue el relato doña Tomasina-.

Era necesario bañarlo al tal Fulgencio a fin de combatir la fiebre alta. Lo desvestí porque deliraba como un loco. Un cántaro de barro cocido y una palangana de hojalata usábamos para lavar las heridas y bajar las temperaturas a estos soldados. Los sentábamos en una silla de madera bajo un frondoso árbol y los rociábamos con un jarro. Al hacerlo descubrí sus senos apretados por unas tiras de género blanco, algodón. No dije nada y preferí hablar con el soldado, al recuperarse. Me pidió mantener el secreto.

Mi jefe conocía el tema y me exigió lo mismo. El soldado Fulgencio González era, en realidad, la señora Eduvigis, mujer de un tal Eleuterio González, soldado, el sí, que murió en manos de su mujer, en la batalla del Boquerón, en septiembre del año 1932.

Se estableció una fuerte amistad entre nosotras y mantuvimos el silencio. Cuando no se pudo proteger más dicho secreto en el hospital la asignaron nuevamente al frente y fuimos juntas, como enfermera y soldado, acompañando al contingente que llevó el presidente Ayala en octubre del año ’34.

Allí nos internamos en plena guerra y combatimos a la par, ella como soldado y yo como enfermera. Su voz ronca era el producto de fumar esos cigarros poguazú. Y sí, espantaban tanto a los mosquitos como a los posibles curiosos, de la identidad de Eduvigis. Era brava y se ganó el respeto de sus compañeros, y el mío, por supuesto.

Una noche, cuando descansábamos sorbiendo la escasa agua que teníamos, me contó porqué ella acompañaba a su esposo en esa guerra. Era el único pariente que tenía. Había perdido a su familia entera por una serie de enfermedades. Y nosotras éramos testigos de la muerte de cientos de soldados bolivianos por la falta del líquido elemento; por enfermedades vinculadas a la escasas fuente de agua buena para beber.

Dos días después, de aquella larga noche de relatos, Eduvigis se ganó el respeto, no sólo de nuestros compatriotas, sino de los desconsolados soldados bolivianos. Les servía agua, por demás racionada, a los soldados -prisioneros- que se entregaban, sumidos en la desesperación, ante la escasez del vital líquido.

«Pe Salvador» (2) la llamaban los combatientes nuestros, después de aquella heroica mañana que servía agua a decenas de sedientos hombres moribundos, a la sombra de los bosques de palmeras, entre árboles de “tatané”, “guarapubú” o “yvira pitã”.

Una patrulla de avanzada que venía de unos kilómetros al oeste relató que descubrieron cientos de botellas de bebidas alcohólicas fuertes. Algunos, al ver las primeras botellas, creyeron que eran ofrendas al «Yasí Yateré» (3) ; pronto descubrieron que fueron dejadas por los altos mandos bolivianos en su retirada. Lo que me convenció que aquella actitud de Eduvigis -y la determinación de los soldados- los salvó de la muerte segura, sea por sed u otras causas relacionadas.

Aclaración de expresiones usadas en guaraní:

1 – poguazú: cigarro grande, en guaraní.

2 – Pe salvador: nuestro salvador, en guaraní.

3 – Yasí Yateré: Duende o gnomo de la mitología guaraní

Favicon Superior
https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png 0 0 le-administrador https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png le-administrador2024-11-27 16:56:552024-11-28 13:57:30CUENTOS Y RELATOS
Página 4 de 512345
Search Search

Páginas

  • Inicio
  • Secciones Literarias
  • Escritos
  • Contacto
  • Aviso legal
  • Política de privacidad
  • Protección de datos
  • Uso de cookies
  • Accesibilidad

Letras Hispanas por el Mundo

  • Madrid - Buenos Aires
  • Horario:
    • L-V: 8:00-22:00
  • info@letrashispanasporelmundo.com

Diseño web tic web app

Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba

Una cookie o galleta informática es un pequeño archivo de información que se guarda en cada vez que visitas nuestra página web. Algunas cookies son nuestras y otras pertenecen a empresas externas que prestan servicios para nuestra página web.

Las cookies pueden ser de varios tipos: las cookies técnicas son necesarias para que nuestra página web pueda funcionar. Otras de cookies sirven para mejorar nuestra página, personalizarla o mostrarte publicidad ajustada a tus búsquedas e intereses. Puedes aceptar todas estas cookies pulsando el botón ACEPTAR o configurarlas o rechazar su uso clicando en el apartado CONFIGURACIÓN DE COOKIES.

Si quieres más información, consulta la Política de cookies de nuestra página web.

AceptarConfiguración generalRechazar

Cookies y política de privacidad



Información básica sobre cookies

Bienvenida/o a la información básica sobre las cookies de la página web responsabilidad de la entidad: ELSPETH GROMLEY

Una cookie o galleta informática es un pequeño archivo de información que se guarda en tu ordenador, "smartphone" o tableta cada vez que visitas nuestra página web. Algunas cookies son nuestras y otras pertenecen a empresas externas que prestan servicios para nuestra página web.

Las cookies pueden ser de varios tipos: las cookies técnicas son necesarias para que nuestra página web pueda funcionar, no necesitan de tu autorización y son las únicas que tenemos activadas por defecto.

El resto de cookies sirven para mejorar nuestra página, para personalizarla en base a tus preferencias, o para poder mostrarte publicidad ajustada a tus búsquedas, gustos e intereses personales. Puedes aceptar todas estas cookies pulsando el botón ACEPTAR o configurarlas o rechazar su uso clicando en el apartado CONFIGURACIÓN DE COOKIES.

Si quieres más información, consulta la POLÍTICA DE COOKIES de nuestra página web.

Cookies técnicas necesarias

Para que nuestra página web pueda funcionar. Activadas por defecto.

Las cookies técnicas son estrictamente necesarias para que nuestra página web funcione y puedas navegar por la misma. Este tipo de cookies son las que, por ejemplo, nos permiten identificarte, darte acceso a determinadas partes restringidas de la página si fuese necesario, o recordar diferentes opciones o servicios ya seleccionados por ti, como tus preferencias de privacidad. Por ello, están activadas por defecto, no siendo necesaria tu autorización al respecto.

A través de la configuración de tu navegador, puedes bloquear o alertar de la presencia de este tipo de cookies, si bien dicho bloqueo afectará al correcto funcionamiento de las distintas funcionalidades de nuestra página web.

Tipos de cookies

COOKIES DE ANÁLISIS

Para la mejora continua de nuestra página web. Puedes activarlas o desactivarlas.

Las cookies de análisis nos permiten estudiar la navegación de los usuarios de nuestra página web en general (por ejemplo, qué secciones de la página son las más visitadas, qué servicios se usan más y si funcionan correctamente, etc.).

A partir de la información estadística sobre la navegación en nuestra página web, podemos mejorar tanto el propio funcionamiento de la página como los distintos servicios que ofrece. Por tanto, estas cookies no tienen una finalidad publicitaria, sino que únicamente sirven para que nuestra página web funcione mejor, adaptándose a nuestros usuarios en general. Activándolas contribuirás a dicha mejora continua.

Puedes activar o desactivar estas cookies marcando la casilla correspondiente, estando desactivadas por defecto.

COOKIES DE FUNCIONALIDAD Y PERSONALIZACIÓN

Para mejorar la funcionalidad y personalización de nuestra página web en base a tus preferencias. Puedes activarlas o desactivarlas.

Las cookies de funcionalidad nos permiten recordar tus preferencias, para personalizar a tu medida determinadas características y opciones generales de nuestra página web, cada vez que accedas a la misma (por ejemplo, el idioma en que se te presenta la información, las secciones marcadas como favoritas, tu tipo de navegador, etc.).

Por tanto, este tipo de cookies no tienen una finalidad publicitaria, sino que activándolas mejorarás la funcionalidad de la página web (por ejemplo, adaptándose a tu tipo de navegador) y la personalización de la misma en base a tus preferencias (por ejemplo, presentando la información en el idioma que hayas escogido en anteriores ocasiones), lo cual contribuirá a la facilidad, usabilidad y comodidad de nuestra página durante tu navegación.

Puedes activar o desactivar estas cookies marcando la casilla correspondiente, estando desactivadas por defecto.

COOKIES DE PUBLICIDAD

Para mejorar la gestión de la publicidad mostrada en nuestra página web, a fin de que sea más útil y diversa, y menos repetitiva. Puedes activarlas o desactivarlas.

Las cookies de publicidad nos permiten la gestión de los espacios publicitarios incluidos en nuestra página web en base a criterios como el contenido mostrado o la frecuencia en la que se muestran los anuncios.

Así por ejemplo, si se te ha mostrado varias veces un mismo anuncio en nuestra página web, y no has mostrado un interés personal haciendo clic sobre él, este no volverá a aparecer. En resumen, activando este tipo de cookies, la publicidad mostrada en nuestra página web será más útil y diversa, y menos repetitiva.

Puedes activar o desactivar estas cookies marcando la casilla correspondiente, estando desactivadas por defecto.

COOKIES DE PUBLICIDAD COMPORTAMENTAL

Para mostrarte publicidad ajustada a tus búsquedas, gustos e intereses personales. Puedes activarlas o desactivarlas.

Las cookies de publicidad comportamental nos permiten obtener información basada en la observación de tus hábitos y comportamientos de navegación en la web, a fin de poder mostrarte contenidos publicitarios que se ajusten mejor a tus gustos e intereses personales.

Para que lo entiendas de manera muy sencilla, te pondremos un ejemplo ficticio: si tus últimas búsquedas en la web estuviesen relacionadas con literatura de suspense, te mostraríamos publicidad sobre libros de suspense.

Por tanto, activando este tipo de cookies, la publicidad que te mostremos en nuestra página web no será genérica, sino que estará orientada a tus búsquedas, gustos e intereses, ajustándose por tanto exclusivamente a ti.

Puedes activar o desactivar estas cookies marcando la casilla correspondiente, estando desactivadas por defecto.

Configuraciones de cookies

Utilizamos diferentes servicios que utilizan cookies de funcionalidad y personalización, análisis, publicidad y publicidad comportamental:

Google Analytics:

Google Webfonts:

Google reCaptcha:

Vídeos incrustados de Vimeo y Youtube:

Google Maps y otras cookies publicitarias:

Política de privacidad y de cookies

Puedes leer más información sobre nuestra política de privacidad y de cookies:

  • Política de privacidad
  • Política de cookies
Aceptar todas las cookiesAceptar configuraciónRechazar cookies
Open Message Bar Open Message Bar Open Message Bar