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COLABORADORES
Maren Alberdi – España
Magi Balsells – España
Libia B. Carciofetti – Argentina
Elspeth Gormley – España
Marga Mangione – Argentina
Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
Azucena Velásquez – Colombia
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LA CARACOLA NACARADA
Maren Alberdi – España
Caminando un día por una playa virgen, encontré una hermosa caracola. Era verano y el mar, tranquilo y límpido, rozaba con sus labios de agua la nacarada caracola, depositada en la orilla por las olas. Mojada de mar, el sol la hacía brillar como una aparición: una mensajera de sugerencias que obligaba a fijar la mirada en ella, componiendo una escena de evocación y misterio.
Tuve el impulso de recogerla, de quitársela a la playa, pero imaginé por un momento la soledad de la arena y del agua, y me contuve. Era como robarle a la naturaleza aquella historia que parecía querer contarse desde el hueco de la caracola. La tomé entre mis manos y la llevé al oído. Una voz de mar profundo me susurró su leyenda: hablaba desde la oscuridad de una cueva submarina y apenas entreveía la claridad del sol al mediodía.
Una vez en la arena, fuera del agua, el cangrejo la abandonó y se alejó arrastrándose por la orilla. No lo volví a ver. Ella se quedó allí, extasiada de la belleza de la luz, de la blancura de la arena, del verde azulado del mar que por primera vez veía desde afuera. Y se alegró de que el cangrejo áspero y opaco no apreciara su forma, su brillo, su misterio. Todo esto me dijo susurrando la caracola.
La dejé otra vez sobre la arena mientras me invadía una sensación de inquietud y tristeza por su destino. Era bellísima y fascinante, pero su sitio estaba allí, en la playa; no debía llevármela, aunque quizás otro la apropiara y la devolviera después al fondo del mar. O quizás permanecería en la tenue soledad. Y el mar de invierno, con sus olas violentas, acabaría rompiéndola en mil pedazos contra las rocas.
La caracola estaba condenada antes o después, lo sabía, y nunca volvería a brillar de aquella manera mágica, en aquella escena de playa, mar verde azulado y verano. Pero no sería yo quien la arrebatara ahora de aquella plenitud. Allí la dejé, después de admirarla largo rato.
Y cuando me alejé, supe que iba a perdurar en mi corazón el recuerdo de aquella caracola mágica, con su voz de luz y sueños, con su fantasía de playas vírgenes e historias imposibles.
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NIEBLAS
Magi Balsells – España
Esta niebla que de la tierra húmeda se eleva, produciendo en nuestros ojos figuradas formas fantasmales, penetrando dentro de nuestro cálido cuerpo, haciendo que sintamos este frío oculto, provocando en algún momento cierto temblor de ansiedad, dejando un suave y simple rocío sobre nuestra vestimenta.
No solo están las matinales que con los rayos del sol desaparecen, no tienen ninguna importancia son cosas de la naturaleza, también están las nocturnas, las que siempre nos dan un cierto temor, por ser en la oscuridad cuantas mas formas espectrales vemos, cuando apresuramos nuestro paso, para procurar dejarla lo mas rápido y atrás posible, buscando el calor que ellas nos niegan.
También existe otro tipo de niebla mucho mas peligrosa que ningún rayo de sol logra disiparlas, estas nieblas son las de la mente, en sus diferentes formas o nombres, cada uno dentro de su idiosincrasia, tiene un parte fundamental en el comportamiento humano, pese a los múltiples medicamentos, a los estudios que continuamente se realizan, no encuentra una solución definitiva, algunos dicen que es una cuestión mental, otros que son manías, pero lo que si son, es que son ofuscaciones de nuestro pensamiento, que a diferencia de la niebla normal que con el sol desaparece, estas están tan arraigadas que no existe astro rey para iluminarlas ni borrarlas.
También existen las del corazón, pero estas muchas veces descansan en amores truncados, en desgracias ocurridas, o en situaciones amorosas no definidas son mucho mas fáciles de sanar, ya que el tiempo como gran doctor puede llegar a curarlas u otro amor puede dar solución a estos sobresaltos del corazón.
Por lo cual procuremos que nuestra niebla solo sea la que vemos muchos días, las que van desapareciendo mientras el día va amaneciendo.
Y de las otras deseemos que nunca nos sean instaladas en ninguna de nuestras partes más queridas: la mente y el corazón.
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LA PESADILLA
Libia B Carciofetti – Argentina
Horas, minutos, segundos, solo se que la noche fue larga. Aun tengo una sensación ¡Tan extraña! Mezcla de terror, y experiencia amarga… Pasillos oscuros, sin luz y un túnel por el que jamás había entrado el sol.
Solo oía el crish crash de la camilla en la que me conducían. Mi corazón, que por momentos temí dejara de latir.
Y de pronto se abrieron dos puertas vaivén, y tres hombres vestidos de blanco casi a coro preguntaron:
¿Tienes miedo? ¿Estás nerviosa??? Quise contestar, pero no tenía voz…
Se había quedado colgada afuera entre la enredadera de jazmines con olor a lluvia que había humedecido mi bata antes de entrar. Asentí con la cabeza…
¡Eres demasiado grande para tener miedo! El miedo lo inventaron para los niños, y tú ya creciste demasiado.
La voz áspera me iba abriendo una herida que no sabría como expresar el dolor que me causaba…
Con torpes modales me hicieron abrir la boca y me colocaron una pastilla debajo de mi lengua…
Recuerdo que me pusieron una máscara con dos orificios para mis ojos color verde…
La palabra «córnea» «globo ocular» «iris» «pupila» se mezcló entre el ruido de elementos de una cajita rectangular de acero inoxidable… Hasta que una jeringa con un líquido de sabor muy amargo que me inyectaron en el ojo izquierdo, me paso por la garganta.
Quise levantar la mano en señal de que me dolía, pero las fuerzas me habían abandonado. Conversaban entre ellos por lo bajo, pero yo no los podía ya ver.
Desperté no se después de cuanto tiempo, sin saber donde estaba, ni quienes eran los que me rodeaban….
Sus voces me eran familiares… de seguro eran tres… De pronto uno de ellos rompió el silencio, y acomodando su imposte de voz dijo.
Nos esforzamos por hacer todo lo posible, pero tu afección corneal degenerativa jugó en contra y no pudimos salvar la visión de tus dos ojos…
En mi semiinconsciencia trataba de abrir mis ojos y girar mi cabeza para buscar la luz, pero no lo logré…
¡Por favor descorran las cortinas! ¡quiero ver la luz!
¿Es que no has oído lo que acabamos de decirte???? -Estiré la mano para que el roce de algún afecto mío me diera calor,
pero sentí que las figuras de álgidos fantasmas danzaban a mi alrededor.
Risas burlonas y extrañas se adueñaron de la sala, quise gritar pero de mi garganta enronquecida solo pude emitir sonidos «guturales»
Entonces si rompí en llanto, un llanto que me nació del alma herida, de alguien que nunca más volvería a ver el rostro de su hijo, contemplar una flor, ver volar una mariposa, un ave.
Contemplar la vida y a mis seres queridos que forman parte de ella… Mi camisola estaba mojada en sudor, mis cabellos eran una maraña…
Oía que alguien corría alrededor de mi cama, tratando de calmarme y con dulce voz me decía… ¡Cálmese por favor!!! Tiene un poco de fiebre causada sin duda por esta «pesadilla» que a veces es producida por la anestesia…
Se tiene que tranquilizar porque en el pasillo hay alguien esperando que el médico le quite las vendas para entrar…
Ya le voy a cambiar las sábanas y la voy a poner bonita, va a estrenar esta bata que dejó su marido anoche cuando usted dormía y no quiso despertarla, es rosa como la ternura con que la miraba cuando vio que la camilla se la llevaba a la sala de operaciones.
¡DIOS! Una pesadillaaaaa!!! desde niña que no había tenido una y tan horrible.
A los minutos llegó mi médico y me quitó las vendas, seguro que si, había hecho uno de sus mejores trabajos
porque no lo hizo sólo, si no acompañado por cientos de oraciones de amigos y familiares y guiado con la pericia de la mano de DIOS…
Ahora si, dijo el doctor que pase el primer visitante… cuide las emociones…porque pueden perjudicarle la vista.
La puerta vaivén se abrió y un joven alto, apuesto, precioso como un galán de cine entró con un ramo de rosas perfumadas y se repitió casi la historia, cuando el abrió sus ojos a la vida los primeros ojos que vio, fueron los míos… y ahora cuando yo los abrí, los primeros ojos que vi fueron los de el… y en esa mirada un amor inconmensurable que va más allá de todo razonamiento humano…
Un abrazo de corazón a corazón … y un brillo distinto en nuestras miradas que se reencontraron después de tantos años volviendo a revivir sensaciones y emociones a diario.
Afuera es invierno, pero adentro mora la tibieza de un amor inalterable…
La pesadilla quedó atrás, la mirada puesta adelante, agradeciendo a DIOS por su inconfundible amor…
Las lágrimas el colirio divino que no necesita prescripción médica.
La rosas en un jarrón son las espectadoras perfumadas de este relato, mezcla de inspiración y hechos reales. y este
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EL HEREDERO
Carlos González Saavedra – Argentin
JUAN —Eufórico preguntaba—: «María, ¿es cierto lo que se dice en el pueblo? Dicen las comadres que vas a darme un hijo. ¡Qué alegría! ¡Cuánto tiempo esperando este momento!»
Juan Nobel Herrero estaba dichoso. Casi a sus sesenta años no tenía herederos para su fortuna de comerciante prominente y usurero, en un pueblo pequeño de España, lleno de misterios y cuentos.
MARÍA, muy molesta, pregunta: «¿Cómo te has enterado? En este pueblo maldito no puede guardarse un secreto.»
JUAN, sorprendido: «¿Secreto? ¿Acaso no pensabas decirme?»
MARÍA —Claro que iba a decírtelo, pero más avanzado el tiempo. ¡Tuvo que comentarlo la partera! —expresa con ganas de tomar del cuello a Remigia, la partera.
JUAN —¡Qué va, mujer! No es eso. Simplemente pasé por su casa a tomar un refresco y a recoger unos pesos, y me enteré de la nueva: ¡que voy a ser padre! Me has hecho el hombre más feliz del mundo, María, te lo agradezco —expresa contento. Siempre pasaba Juan por allí, más sabiendo que la partera, mujer de unos 42 años, era muy considerada con los deseos de Juan.
MARÍA —No me lo agradezcas tanto, Juan. Hay que esperar hasta enero.
JUAN —Pero María, Virgen de los Remedios, ¿qué más puede pasar que no arregle el tiempo?
Pasaron los ocho meses y, casi faltando unos días para el advenimiento, sacude al pueblo una noticia: después de la tormenta, un alud en el camino viejo se llevó por delante un carro con un vendedor de géneros. Pobre y maltrecho lo sacaron, pero tras dos días de agonías, el cristiano murió.
JUAN —¿Te has enterado, María, los chismes que trae el viento? Que este pobre cristiano, antes de morir, le ha dejado al notario un testamento. ¿Tendrá algo para dejar este pobre cristiano muerto?
MARÍA —Mmm… no sé. Dicen que es Juan Bilbao —comenta como si nada supiera.
JUAN —¿El vendedor de cueros? Pero si este vendía géneros.
MARÍA —Es el hijo adoptivo de Juan. Al llegar del otro lado del mar no tenía pan ni dueño, entonces don Bilbao lo adoptó, le dio su apellido y todo eso —contesta rápido para evitar preguntas incómodas.
JUAN —Pero María, ¿cómo estás tan enterada? —pregunta inevitable.
MARÍA, más incómoda aún ante la inquisidora pregunta: —Lo conocí en tu burdel. Era un joven apuesto, moreno, bien espigado, con unos hermosos ojos negros, unos brazos forjados como hierro y manos suaves como brisa —contesta sonrojada.
JUAN —Bue… bue… ¿a qué viene todo esto? —Juan, algo molesto, no queriendo saber más—. Se ve que lo has visto bastante. ¿Has tenido algo con él cuando estaba en el extranjero? —pregunta enérgico—. Mira, María, cuéntame la verdad. Por el Jesús de los maderos, soy un hombre de honor y no estoy ni para chismes ni cuentos —algo acalorado.
MARÍA —Vino una vez a dejarme unos géneros… venecianos… mmm… con un perfume que, al envolverme en ellos, me transportaban a otros cielos. Pero yo le he esquivado. Ya pasó bastante tiempo —esperando que esta explicación evitara más preguntas. Juan conocía muy bien a María.
María, cuando trabajaba en el burdel, empezó sirviendo tragos y terminó cautivando a cuanto forastero llegaba. Sus mohines y su cuerpo despertaban deseos. No era una mujer fácil: había que conquistarla, y para ganarle un beso, vaya que había que trabajar. Era muy hábil para esquivar los intentos.
Golpean la puerta de calle de la casa de Juan Nobel Herrero. ¿Quién es? ¡El notario!
Evaristo Vega, notario, hombre de letras, muy instruido y serio… hasta que tomaba unas copas y se perdía con cuanta mujer había. A pesar de todo, muy profesional. Su ambición la disimulaba con un traje negro de pantalones achupinados, camisa y corbata. Era único en el pueblo. Tenía negocios sucios y de los buenos. Buen talante, agraciado su cuerpo y arrogante.
JUAN —¿A qué debo, notario, este encuentro? Estamos al día con todo. ¿Algún atraso? ¿Alguno no pagó su cuota del sueldo? —pregunta sorprendido. No le resulta nada grata la visita del notario; tal vez presagiaba algo.
NOTARIO —Todo está bajo control, don Herrero. Solo… debo decirle que, por el niño que va a nacer, hay un testamento.
JUAN —¿Testamento? —pregunta rojo de bronca.
NOTARIO —Del vendedor de géneros, precisamente. Dado su fallecimiento y el pronto advenimiento, le ha dejado todo a este niño: propiedades y sus géneros, esos traídos de Venecia. Hay tejidos, hay sedas que valen una fortuna. Muy bonitos para atuendos —contesta con clara intención de sacarle a Herrero alguna ventaja.
JUAN —No quiero nada de ese bastardo. Nada para mi heredero. Que quede para la curia. Basta con mi fortuna —ofendido e incómodo con la nueva.
NOTARIO, con voz firme, decidida y pausada: —Debo decirle, don Herrero, que ante mí ha firmado, y he de cumplir requisitos y leyes que así manda el testamento.
María, en medio del desconcierto, se descompone y llama a la partera para que la asista con prisa: va a nacer el pequeño.
El cuarto estaba preparado de antemano: las sábanas perfumadas con lavanda, las cortinas blancas haciendo juego. Doña Remigia, la partera, solo con una tijera de apriete, toallas limpias y agua caliente en una batea. La cama impecable.
Solo espera, silencio y nervios.
El paso de las horas se hacía eterno.
De pronto, desde el fondo de la casa, se escucha un llanto y gritos. ¡Alivio y viento fresco! Risas de alegría rompen el silencio.
Juan, al escuchar el llanto, empezó a caminar eufórico, una y otra vez, haciendo huella en el suelo.
JUAN —María, tengo tanta felicidad que no importa lo que has hecho. ¡Importa que tendré mi pequeño, así como lo he soñado! —gritaba contento—. ¡Estudiará en el extranjero! Eso le espera a mi pequeño —a los gritos lo expresaba—. Contigo ya hablaremos luego. ¡Lo amaré tanto! Lo llevaré a todas partes, orgulloso de este ángel bendecido que bajó del firmamento.
PARTERA —Don Herrero… pase. Es un varón, sano, hermoso… negro.
Se miraron entre todos y un silencio se apoderó del momento, esperando la reacción de Juan, hombre casi dueño de propiedades y circunstancias de todo el pueblo.
Juan lo recibe en sus brazos, trémulo de emoción. Lo observa, lo sostiene firme, lo acaricia y, tiernamente, se le escapan unas lágrimas sobre el pequeño.
—¡Gracias, gracias! —grita eufórico, llorando. Lo lleva contra su pecho, mirando al cielo, y dice:
«¡No importa su color, sino el amor que trae dentro!»
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GERARDO Y EL PAJARITO
Elspeth Gormley – España (En recuerdo de mi padre)
Gerardo pensaba de una forma diferente a quienes gobernaban su país, y por ese motivo estaba en la cárcel. Aislado en una celda, pasaba los días en silencio. Una vez al día lo sacaban para tomar aire fresco; los carceleros no querían que le ocurriera nada.
Afuera había un jardín rodeado de muros altos y vigilado. Para Gerardo, sin embargo, era un verdadero jardín: flores, árboles que dibujaban sombras en el suelo y pájaros que llenaban el aire de vida.
Cada día recogía la poca felicidad que podía encontrar y esperaba la hora de la salida. Su alma sonreía al atravesar la puerta, inundada por la luz.
Fue por unas migas de pan que un pajarito llegó un poco más cerca. No mucho, pero lo suficiente para que Gerardo reparara en él y comenzara a observarlo con atención. El pajarito quería las migas. Tenía una cabecita delicada y redonda, que inclinaba hacia un costado como si pensara cosas importantes. Y tal vez las pensaba. Sus ojos eran redondos y brillantes, y duro era el pico con el que picoteaba el suelo sin descuidar la peligrosa proximidad del hombre.
Así comenzaron a entenderse. Gerardo descubrió que la alegría de salir se juntaba con otra: la alegría del encuentro. Cada vez que atravesaba la puerta para tumbarse al sol, se preguntaba si el pajarito estaría allí esperándolo. Y siempre estaba.
Durante semanas tuvo el cuidado de mantenerse casi inmóvil cuando el pajarito se aproximaba. Después, moviéndose muy despacio, dejaba caer las migas y retrocedía unos pasos, siempre del mismo modo, para que el pajarito aprendiera que él no representaba ningún riesgo.
El pajarito llegaba, daba pequeños saltos y al fin se animaba a picotear las migas, siempre dentro de las virtudes de Gerardo. Ese era su modo de conversar. El pájaro y él, que no hablaba con nadie, sostenían una larga conversación silenciosa.
Un día retrocedió un paso menos. El pajarito se acercó. Descubriendo que había hecho una conquista, Gerardo le dio tiempo a su pequeño amigo para que se acostumbrara. Después de muchos días, acortó nuevamente la distancia. Y el pajarito volvió a acercarse. Una alegría mayor afloró en su pecho. Sabía que era cuestión de tiempo y paciencia. Y Gerardo tenía mucho de ambas.
Poco a poco, sin hacer nada que pudiera asustarlo, fue llevando al pajarito hacia sí. Retrocedía un poco menos, dejaba caer las migas en dos tandas, confiando en que, comidas las primeras y viendo las segundas, el pajarito avanzaría. Y avanzaba.
Así fueron los meses. Muchos; tal vez un año. En la prisión corrían murmullos: Gerardo había domesticado a un pájaro. Y el pájaro llegaba todos los días, cuando él cruzaba la puerta, entre cantos y batir de alas, para comer en su mano.
Algunos hombres de otras celdas quisieron hacer lo mismo. Otros miraban desde las ventanas que daban al jardín. Todos acompañaban la escena: un pájaro confiaba en un hombre y celebraba con él pequeñas fiestas, posándose en sus dedos para comer migas en la palma abierta.
Pero ninguno lo consiguió. Aquel único pajarito repetía su confianza solo en Gerardo. Se volvió el pajarito de las buganvillas.
Tal vez por eso, aunque una luz de victoria ascendía a los ojos de todos, nadie hizo gestos ni soltó exclamación el día en que Gerardo no dejó caer las migas entre sus dedos y el pajarito fue a buscarlas directamente en su sonrisa.
Pasó el verano. Llegó el invierno. Pero en aquel país el invierno no era riguroso: había flores, los pájaros no migraban. Por eso el asombro fue mayor el día en que su amigo no apareció a la entrada del jardín. Ni ante él. Por primera vez, la hora que tenía para ser feliz se le hizo eterna entre los árboles.
Al día siguiente, una punta de angustia hirió a Gerardo en su celda mientras esperaba salir. Caminando hacia la puerta intentó escuchar a lo lejos el canto del pajarito, pero algo le decía que, aparte del sol, nada lo esperaba tras los pesados portales.
El pajarito no fue aquel día. Ni al otro. Ni a ninguno.
Al principio quiso inventar justificaciones. Pensó que había perdido el canto, o que había encontrado migas más suculentas o frutas. Pensó en cosas así, para disminuir su tristeza por la pérdida del amigo.
Solo después, cuando la tristeza fue menguando, pensó en cosas más simples: que el pajarito había seguido su destino, fuera cual fuese. Un destino que lo llevaba lejos de él, y que algún día también lo llevaría lejos para siempre de aquellos muros.
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EL SONIDO DEL SILENCIO
Marga Mangione – Argentina
No sabía por qué se encontraba en ese lugar, pero sí sabía dónde estaba; era un hospital. Pensaba que era una habitación muy grande, de esas que tienen diez, o doce camas, cinco o seis colocadas de cada lado, debajo de unos enormes ventanales.
Las voces y los ruidos hacían que se mantuviera alerta durante todo el día. Escuchaba conversaciones a su alrededor. A veces, alguno de los visitantes de los enfermos de las otras camas, se acercaba y murmuraba algo. Por lo general, sintiendo lástima por él. ¡Pobre pibe! ¿Todavía no se despertó? ¿Qué le pasó? Y el vecino de al lado contestaba: ¡Qué se yo! Lo trajeron así. Un accidente tal vez…
Las enfermeras que lo higienizaban y le cambiaban el suero, le hablaban, pero él, no les contestaba. No podía hablar, no sabía cómo hacerlo. Tampoco podía abrir los ojos. Nadie lo visitaba nunca. ¿Sería que tal vez su familia no se había enterado que estaba allí? O quizás no tenía familia. Trataba todo el tiempo de recordar qué le había pasado, pero era en vano, no recordaba nada.
Los días pasaban; monótonos, largos, interminables. Los primeros en los que tomó conciencia de que estaba internado en un hospital, los pasó desesperado, escuchando los ruidos, las voces, tratando de abrir los ojos, de gritar sus dudas, sus dolores, su angustia. Pero era inútil. Sentía el roce de las manos acomodando su cama, lavándolo, el murmullo de las voces penetraba en su cerebro enloqueciéndolo. Lo peor eran las noches, cuando todo quedaba en total y absoluto silencio por horas y horas
. Hasta que empezó a reconocer un ruido: era el goteo de una canilla. Pensó que su cama estaba ubicada al lado del baño. Sí, tenía que ser así, porque se acordaba que alguna vez estuvo visitando a alguien internado en el Hospital Fiorito de Avellaneda, y la habitación era de las dimensiones que se imaginaba tenía ésta. Antes de ingresar a esa sala, había un baño que usaban los enfermos que podían levantarse, y los familiares que se quedaban a cuidarlos.
La canilla goteaba exactamente cada segundo, de cada hora, de cada noche. Siempre igual, eternamente igual. Hasta que ese ruido comenzó a hacerse diferente. Prestó atención; ya no eran gotas cayendo monótonas sobre la superficie de una pileta. No, ahora las gotas le hablaban. ¿Se estaría volviendo loco? Comenzó a darse cuenta una madrugada, mientras trataba de sacudir la niebla que cubría sus sentidos aletargados. Lo había despertado la voz de la enfermera nocturna, preguntándole a uno de los enfermos si necesitaba algo.
Supo que todavía era de noche, porque la que hablaba era Lila, y ella se iba a las seis de la mañana. Las que estaban durante el día eran muy eficientes, pero trabajaban casi mecánicamente. En cambio, Lila se tomaba el tiempo necesario para ser cariñosa con todos. A él siempre le hablaba con dulzura, y en esos momentos sentía una pena inmensa por no poder contestarle y agradecerle sus cuidados, pero le encantaba escucharla. Cuando la muchacha se fue, volvió a oír las gotas hablándole. ¿Qué le decían? Escuchó atentamente en medio del silencio casi sepulcral que reinaba en ese lugar y a esa hora.
Ahora oyó claramente: Juan…, Juan…, Juan… ¿Sería ese su nombre…? Pensó que, si las gotas le hablaban, podría preguntarles si sabían quién era, y un montón de cosas más. Pero, ¿Cómo lo haría, si no podía hablar? Entonces las gotas le contestaron: Tranquilo Juan. No necesitas hablar. Nosotras escuchamos tus pensamientos, y te vamos a ayudar… Me llamo Juan, decidió. Y les agradeció mentalmente a las gotas. ¿Qué me pasó? Siguió preguntando con el pensamiento, y las gotas seguían hablando: tac…, tac…, tac… Moto. -escuchó- ¡Yo andaba en la moto! ¡Me habré caído, o tal vez me atropellaron!
¡No puedo recordar! Una lágrima se deslizó desde su ojo a la comisura de sus labios. Las gotas le dijeron: tac…, tac…, tac… Está bien, -les dijo- no voy a llorar, ¡pero ayúdenme por favor…! Y las gotas seguían con su: tac…, tac…, tac… Me llamo Juan. Me caí de la moto. ¡No! ¡Me tiraron de la moto! Estoy vivo, pero no puedo hablar, ni moverme, y me duele todo el cuerpo… ¿Tengo familia? El tac de las gotas le contó que tenía una mamá, una novia y hermanos, pero eso no fue de golpe, pasaron muchas semanas en las que Juan dormía de día y preguntaba de noche. Paulatinamente iba conociendo su historia, pero le faltaba hacer la pregunta más importante: ¿Se salvaría? ¿Volvería a caminar, a hablar? ¿Sabrían su mamá y su novia que estaba allí?
Esa noche preguntaría… El día se le hizo insoportable. Cuando el día acabó, y comenzó a reinar el silencio, buscó el sonido de las gotas y no lo escuchó. Esperó en vano durante muchas horas. Después, en medio de la desesperación oyó la voz de Lila, la enfermera nocturna, que comentaba con el médico de guardia: –
¡Menos mal que arreglaron esa maldita canilla, ya no la aguantaba más!
La penumbra de la habitación no permitió que la enfermera pudiera ver las lágrimas que rodaban por las mejillas de Juan…
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UN DISPARO DE LUZ
Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
El hombre estiró sus dedos y juntó las manos, sintiendo el crujir de las articulaciones antes de comenzar a tocar el piano. Un cigarrillo encendido sobre el cenicero dejaba escapar una voluta de humo que ascendía lentamente hasta disolverse en el techo acristalado. El televisor, encendido pero en silencio, mostraba las evoluciones de Monserrat Otheguí en un salto fenomenal: las piernas arqueadas en una forma casi antinatural, alejándose de unas manos que parecían volar en la altura. Era la imagen perfecta de un cisne estallando en un vuelo imaginario. Algo excepcional.
La música brotaba suave al principio, en staccato, mientras los dedos se aceleraban sobre las teclas. Unas perlas de sudor comenzaban a formarse en su frente. El salón, colmado de ventanas por todas partes, en un piso muy alto del edificio ultramoderno, dejaba ver la ciudad completa. El gran loft ofrecía casi 360 grados de visión. Abajo, la noche veraniega mostraba las luces de los autos, destellos multicolores reflejados en el pavimento mojado. Una imagen surrealista, hermosa de ser vivida.
La música llegaba a su final. El hombre, en absoluta concentración, componía y tocaba al mismo tiempo. Sus brazos tensos, los dedos insaciables, el cabello lacio cayendo sobre la frente en movimientos ondulantes… Y allí, sobre el piano, la Beretta 9 mm era un detalle que no concordaba con el ambiente. Lo segundo era el cuerpo de la mujer, desangrándose lenta pero inexorablemente. Un gran charco de sangre cubría su espalda apoyada en el piso. Su vestido de gala, una rosa blanca, tenía un dejo rojo a la altura del corazón. El rostro pálido era una máscara de rabia y temor al mismo tiempo; los labios entreabiertos dejaban ver unos dientes perfectos, alineados, y una sonrisa amarga, trunca, petrificada en su boca. En la pantalla, Monserrat ejecutaba en silencio el último salto y el telón se cerraba.
El hombre terminó de tocar y se secó el sudor de la frente con la mano. La camisa empapada se pegaba a su espalda.
Se levantó del asiento, miró el cadáver de la mujer muerta, abrió uno de los ventanales y, sin emitir un solo sonido, se dejó caer al vacío.
Por un instante fue un disparo de luz, viva.
Luego se apagó.
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UN VIAJERO DE SOLES PEREGRINOS
Azucena Velásquez – Colombia
A través de la ventana de aquel rancho entretejido de madera y guadua, cuya rusticidad contrastaba con el paisaje exuberante, Daniel era feliz, sobre todo cuando se deslizaba, con la misma agilidad de un venado, por sus escarpadas cimas.
Su mundo se condensaba en aquella ventana donde permanecía cuando no podía salir.
Su vida, rodeada de animales que pastaban tranquilamente y de labriegos que cantaban a las vacas, para obtener mejor leche. Y no faltaban las escenas en las que las nubes, gracias al viento, tejían y destejían figuras caprichosas en el teatro celeste.
Un día, de manera inesperada, en su hogar apareció un extraño; su padre Lo llamó el extranjero. El hombre, de aspecto rudo y voz amable llevaba a su espalda una gran bolsa de cuero, con muchos cortes y color indescifrables. En sus manos grandes y fuertes sostenía un gran baúl metálico.
Al pequeño le inquietó, desde el primer momento, el contenido del equipaje. Mientras los adultos apuraban un café cerrero el muchacho se entregó a la tarea de abrir, con mucha dificultad, aquel cofre gigante.
Sus grandes ojos quedaron electrizados. trató de gritar, pero su garganta enmudeció. Sintió una fuerza extraña que se apoderó de su voz.
El chico despertó de un sueño de tres eternos minutos. Estaba rodeado de sus padres, el extranjero y un vecino al que llamaban el yerbatero, por sus dotes en el conocimiento de botánica. Fue quien hizo las veces de curandero para despertar al muchacho, gracias al aroma de unas yerbas que, después de frotarlas en sus axilas, pasó por la pecosa nariz de Daniel.
— ¡Campeón! ¿De nuevo en forma eh? —comentó el tegua mientras le revolvía el abundante cabello rojizo. Daniel preguntó:
—¿Què pasó, mamá?
—¿De veras, no recuerdas nada?
El jovencito se repuso y, con la vivacidad que lo caracterizaba, contó que se atrevió a abrir aquella caja de metal porque estaba seguro, que el extranjero era un pirata como Barba Negra, Morgan y otros, que su padre le contaba en las noches de luna llena. En esa caja esperaba encontrar muchos tesoros.
—Cuando abrí el baúl era yo quien estaba allí. ¡Era yo mamá! ¡era yo!
—gritó angustiado el niño, mientras se aferraba a su madre.
El extranjero se adelantó para aclarar la situación. —Lo que viste es un niño Alfa 4, momificado. —y añadió. Me fue donado por el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, que apoya el instituto antropológico de mi país. Todo, con fines de investigación. Vine a América con el fin de iniciar estudios comparativos —afirmó.
Con tono de autoridad añadió:
Verán… — Yo vengo del mundo Conciencia 1. Existen múltiples mundos, con seres exactamente iguales que ustedes.
El yerbatero protestó de inmediato.
— ¿Está usted loco o se está burlando descaradamente de mí?
No. Entiendo que para ustedes sea difícil aceptarlo. Es un tema nuevo y extraño, lo comprendo, pero sepa usted que ni me burlo, ni estoy loco. A propósito, a usted lo vi hace quince días cuando viajaba hacia la ciudad de Gaza, creo que iba en misiòn de buscar acuerdos definitivos para Palestina.
¡Oh no! (respondió el yerbatero), ese viaje lo hizo mi abuelo de origen noruego, a mediados del siglo XX. Apenas yo era un niño de meses.
Lo comprendo, expresó el extranjero.
¿Cuál es el misterio de todo esto? —preguntó el padre del pequeño.
—No es un misterio, señor. Todo está muy claro. El Mundo del Primer Sol, que corresponde, como les decía, al Mundo Conciencia 1, de donde vengo, es un mundo que está a unos milímetros, detrás del reloj universal.
— ¿Y eso qué significa? —inquirió la madre.
—Eso significa, señora, que estamos aquì, en este momento a cincuenta años adelantados al lugar de donde vengo.
—¡Ya entiendo! Dijo el pequeño con aire de absoluta madurez —si en este momento fuera a su país sería un hombre de 50 años, más los que tengo, o sea…
El chico comenzó a sumarle siete, con los dedos.
Así es, niño Alfa 4 —afirmó el extranjero.
Entonces… yo podría ser su padre, señor antropólogo.
Todos rieron ante la ocurrencia del viejo de siete años.
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Todos los textos publicados en esta revista están protegidos por la Ley de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna. Queda estrictamente prohibida su reproducción total o parcial, distribución o difusión sin la autorización expresa de sus autores. Letras Hispanas por el Mundo respeta y defiende la creación literaria, garantizando la integridad y la autoría de cada obra.
“Aquí, donde el mar piensa y la palabra respira, celebramos a quienes escriben con el alma.”
Colaboradores de esta edición
✦ Maren Alberdi – España ✦ Magi Balsells – España ✦ Santiago García Vega – México ✦ Carlos H. González Saavedra – Argentina ✦ Elspeth Gormley – España ✦ Inés Legand – Argentina
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EL ABRAZO
Maren Alberdi – España
ntes del encuentro hubo un susurro. La luz seguía reinando, pero algo en el aire sabía que estaba a punto de ocurrir. Los pájaros dudaban, el viento contenía el aliento y la Tierra parecía escuchar una música antigua que solo el cosmos conoce.
Entonces llegó ella. La Luna avanzó despacio, con la delicadeza de quien lleva siglos esperando un instante. No vino a apagar al Sol, sino a encontrarlo.
Y durante un breve minuto que valió una eternidad, se abrazaron. Ella lo cubrió por completo, como si quisiera recordarle que incluso la estrella más brillante necesita, de vez en cuando, descansar en el silencio. Y él se dejó envolver sin resistencia, entregando su luz a aquel encuentro imposible.
La Tierra observaba. Tres cuerpos danzando con una precisión tan perfecta que era difícil creer que fuera casualidad. Como si el universo entero hubiera ensayado durante millones de años para regalarnos ese instante. No era oscuridad. Era comunión. Era un romance escrito en órbitas, una carta de amor trazada sobre el cielo.
La Luna buscando al Sol y alcanzándolo al fin. El Sol dejándose encontrar. Y nosotros, pequeños habitantes de una roca suspendida en el vacío, tuvimos el privilegio de presenciar aquel abrazo.
Luego todo terminó. La luz regresó. Los sonidos volvieron. El mundo siguió girando. Pero algo había cambiado. Porque quien contempla cómo la Tierra y el cosmos laten al mismo compás, ya no vuelve a mirar el cielo de la misma manera.
“No vi un eclipse. Vi a la Luna abrazar al Sol, y durante un minuto el universo me recordó que la belleza existe.”
“Durante un minuto el cielo dejó de ser un lugar que observaba desde la Tierra y se convirtió en algo de lo que formaba parte.”
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INFORMATICOS DESPISTADOS
Magi Balsells – España
Me llama mi vecino, a las 10 de la noche, todo preocupado, porque su PC no le funciona, y tiene que entregar un trabajo al día siguiente
Así fue la conversación
V-lo siento llamarte a estas horas, pero eres mi única solución, discúlpame
Y.- no te preocupes tiene que ser algo grave para que me hagas esta llamada tu dirás
V.- pues que el PC no se me pone en marcha y como tu lo dominas mejor que yo y eres la única persona que a esta hora puedo encontrar, ya que se que generalmente siempre te encuentras en tu PC, contestando el correo o escribiendo alguna de tus cosas, eres el unico que creo puedes solucionarlo
Y.- Tranquilo,ahora subo, y veré que es lo que puede pasar
Me traslado a su domicilio, unos pisos mas arriba y lo encuentro ya en la puerta de su vivienda esperándome, con su esposa
Y hola, buenas noches, tranquilos, que si tiene arreglo lo solucionaremos
V es que no te hubiese molestado sino fuera que tengo que entregar el trabajo mañana. Y si no lo puedes arreglar que podemos hacer
Y.- tranquilo, no te pongas nervioso, todo tiene arreglo, sino se pone en marcha, bajas al mío y lo haces allí
Vamos a ver que le pasa
Me acerco a la mesita donde tiene ubicado su PC, que esta apagado y le doy a la puesta en marcha, se enciende pero la pantalla no refleja ninguna luz,
Vaya si que es raro, mira de entrada comprobare todas las conexiones para ver si estan correctas, cosa que hago de inmediato y todo esta perfectamente, vamos hacer otra prueba, inserta un disco para ver si se reproduce, me entrega uno de musica clasica, es que es muy melomano, bien, lo inserto me coloco los auriculares y se oye la música, mas extrañeza por mi parte
Repaso la pantalla y ya se lo que es, aleluya, vaya tontería, pero no había caído antes
Entonces dirigiéndome a el le digo
Y.- Tienes que ayudarme,
V.- que quieres que haga, pero mejor que llame a mi Sra. ya que ella quiero que vea como lo reparas
Y.-vale, llámala por favor
Se presenta su Sra., con cara de preocupación ya que es monitora en una escuela y usa el PC para corregir los exámenes de sus alumnos y también lo necesita
Y.- con toda mi máxima seriedad les digo
Cuando yo lo diga debéis pronunciar los dos la palabra abracadabra
Me mira absortos como si pensaran que estoy loco
V.- de verdad debemos decir esta palabra y con esto se arreglara
Y.- seguro, os doy mi palabra, pero solo cuando yo lo diga debéis decirla
¿Estáis preparados? asienten, mientras ellos están pensativos mi mano se desliza detrás de la pantalla buscando al causante de esta “”avería””
Y.- ¿preparados?
V.- si y esperando que funcione
Y.- ahora decir la palabra
Los dos al sueltan la palabra y milagro se enciende la pantalla, la cara que ponen es para enmarcar
V.- sino lo veo no lo creo, con una sola palabra se puede arreglar una avería, es alucinante lo que avanza la ciencia informática
Y.- la carcajada que emito creo que se debe oír a un kilómetro lejos
V.-. de que te ríes, lo arreglaste no se como pero lo hiciste muchas gracias
Y.- amigos míos, no arregle nada simplemente es que la pantalla estaba apagada, he pulsado el botón de encendido y ya esta nada mas
Ahora las carcajadas son generales,
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CASUALIDAD… NO
Santiago García Vega – México
La poderosa casualidad, la inigualable memoria de una vivencia que te llena el corazón, esa precisamente hace retomar una casualidad. En medio de la gran ciudad, Los Ángeles, California, venir de tan lejos y encontrarse aquí con un grato recuerdo detonado por la cara de un hombre, en las palabras de otro que observa, que mira indagando en el retrovisor de un Uber.
La cara del taxista se llenó con la mirada perspicaz pensando que tal vez las luces le traicionaban y le hacían recordar aquel feliz día donde una mano del patrón se extiende con una pelota y gusto al recibirla, con ganas de apretarla, aspirar en una sola bocanada el característico olor del plástico nuevo. Recuerdo haber jugado hasta el atardecer, hasta que la última gota de sudor salió de mi cuerpo. Recuerdo los llamados a recogerme. “Hace frío”, gritaba mi madre desde adentro. Y lo más importante: a través del retrovisor, aquella cara que sonriendo le regaló un balón. Vivo lo tengo en la mente, ese lunar que jamás se borrará. Un día de reyes abundante, fecha en la que el patrón hace posible un feliz momento a los hijos de los trabajadores.
“¿Se ofrece algo, mi buen amigo? ¿Todo bien?” “Sí, sí”, mentí. Porque observar tan detenidamente el espejo no es normal en un conductor. “Bueno, ¿usted es de México?” “Sí.” “Yo también.” “¿De dónde eres?” “De Michoacán. ¿Y usted?” “También.” “¡Ah caray! Nomás falta que seas de Tangamandapio.” “¡Sí!”
Continué intrigado y sin querer me llevé la mano a la cara indicando el lugar de un característico lunar. Recuerdo su cara perfectamente: usted me regaló un balón cuando era niño y jamás se me ha olvidado.
Llegamos al destino. No quería bajarme. De inmediato se volcaron sobre mí un sinfín de vivencias y de gratos recuerdos vividos en aquellos lugares que ya hace buen tiempo cuando sembrábamos fresa. Conversamos un poco y sin decir nada terminó esa casualidad. A los días, a propósito, pasaba justo por ahí para indagar un poco más de una persona a la cual había conocido. De hecho, aún vive en mis pensamientos; con solo evocarla me aturdo y se me llenan hasta los bolsillos de recuerdos.
De tanto andar por ahí logré nuevamente contratar otro servicio y sutilmente reforzar la plática que había quedado pendiente. Ya en confianza pregunté por Perla, si la conocía, qué había sido de ella. “Vive en la capital, casi no nos vemos, pero es muy probable que vaya en las fiestas del pueblo”, contestó. No aguanté más y solicité hablar con sus padres. Me presenté y después de una breve charla les pedí pudiera entregar una tarjeta en propia mano de Perla. Asintió y me retiré agradecido.
El tiempo hizo lo suyo. Las fiestas llegaron. La mujer de aquellos encantos juveniles dio su negativa, so pretexto de una reunión familiar, y la insistencia logró que la tarjeta fuera entregada. La vida ponía nuevamente la oportunidad, una segunda, para revivir los apasionados momentos de la juventud.
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¡ A LAS OCHO EN LA ESTACIÓN !
Carlos H. González Saavedra – Argentina
Como un rezo laico, esa consigna era el motor que impulsaba a nuestros jugadores de rugby infantil. Generalmente, las delegaciones superaban los cincuenta niños. Siempre había más de un micro. Con cánticos, banderas, sueños e ilusiones, abordaban ese colectivo bullicioso y lleno de esperanza. ¡Si ganaban, mejor!
En el mencionado punto de encuentro, aguardaba el chofer. Un señor lleno de rulos, con las manos sobre el volante y cara de pocos amigos. Era el primer hincha. Pedía a viva voz: – ¡Chicos, pórtense bien! ¡Con cuidado! A la vez, nos recordaba: – ¡Ojo! Descuento cualquier rotura. Todo impecable. ¡No se paren en los asientos! Y su recomendación inconfundible: – ¡Nene, la cortinita, nene!
Aun así, era un viaje divertido. Se lo recuerda con mucho cariño.
Después de dos horas (o más), se emprendía el regreso. Sus rulos al viento, su sonrisa… Garantía de que los había visto ganar. La mirada cariñosa y cómplice del chofer daba rienda suelta al festejo, sin descuidar, claro está, su atención al espejo retrovisor.
–¡No se olviden nada! ¡Ni botines ni bolsos! –exclamaba, mientras inspeccionaba el interior y revisaba con detalle.
Este pequeño relato busca agradecer los hermosos momentos vividos junto a Horacio. Su micro naranja y blanco estaba siempre preparado. Como una calesita, aguardaba la alegría de los niños. Un duende me contó que este micro no lleva gasoil; se alimenta de la felicidad de los pequeños.
Hoy mis hijos tienen casi cincuenta años, pero mantienen vivos esos recuerdos. Momentos grabados para siempre en sus retinas. Nos seguimos encontrando con este hincha de mis hijos. Nos saludamos con bromas y afecto, como la primera vez.
Bellos momentos de la vida. Cosas simples, pero que merecen ser contadas. Este homenaje es para todos aquellos que, con bondad, sabiduría y educación, han hecho nuestra vida más fácil. Seres anónimos, siempre olvidados por el vértigo de la vida. Que valgan estas letras para rescatarlos.
Por suerte, mis hijos lo llevan vivo en el corazón.
Gracias, Horacio Pierandrey.
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DANIEL
Elspeth Gormley – España
Me llamo Daniel. Tenía diecinueve años cuando las puertas de hierro se cerraron detrás de mí. Mi madre lloraba. Mi padre evitaba mirarme. Corría el año 1948.
Nadie sabía exactamente qué me ocurría. A veces oía voces. Otras veces me quedaba inmóvil durante horas, atrapado en pensamientos que ni yo mismo entendía. Hoy quizá habrían encontrado un nombre para mi enfermedad. Entonces, simplemente era el loco del pueblo.
El hospital psiquiátrico se alzaba sobre una colina gris. Desde lejos parecía un castillo. Desde dentro era una prisión.
Los primeros días creí que iban a ayudarme. Los médicos hablaban con palabras difíciles, me observaban como quien estudia un insecto raro. Tomaban notas mientras yo intentaba explicarles mis miedos. Nadie escuchaba realmente.
Pronto llegaron los tratamientos. Las inyecciones primero: algunas me hacían dormir durante horas; otras me provocaban temblores tan fuertes que apenas podía sostener una cuchara. Recuerdo a un médico joven diciendo: —La ciencia avanza gracias a pacientes como usted. Lo dijo sonriendo. Como si fuera un honor. Como si yo hubiera elegido aquello.
Después llegaron las terapias de choque. Me sujetaban entre varios enfermeros. Sentía el frío de los electrodos sobre las sienes. Intentaba rezar, aunque nunca había sido creyente. Luego un destello. Oscuridad. Cuando despertaba, partes de mí habían desaparecido: nombres, recuerdos, rostros. Una vez olvidé durante dos semanas cómo se llamaba mi hermana. Lloré como un niño.
Los años pasaban. Llegaban nuevos médicos con nuevas ideas. Todos convencidos de haber encontrado la respuesta. Todos nos utilizaban para demostrarlo.
Algunos pacientes desaparecían tras ciertas operaciones. Cuando regresaban, ya no eran los mismos. Caminaban lentamente. Miraban al vacío. Yo observaba y sentía miedo. Un miedo tan profundo que me despertaba jadeando por las noches.
Sin embargo, entre aquellas paredes también existía algo hermoso: la amistad. Miguel, un maestro antes de ingresar, me enseñó a no rendirme. —No dejes que te conviertan en un número —me decía—. Recuerda quién eres. Aquella frase me acompañó durante años. Porque eso era lo más difícil: no perderme. No olvidar que detrás de los diagnósticos, detrás de los experimentos, detrás de los informes médicos, seguía siendo una persona.
Llegaron los años sesenta. Los tratamientos comenzaron a cambiar. Escuché por primera vez palabras como derechos del paciente. Algunos médicos hablaban de comprensión, de terapia, de dignidad. Parecía imposible. Una revolución silenciosa.
Yo tenía ya más de treinta años. Había sobrevivido a pruebas, medicamentos experimentales, procedimientos que jamás deberían haberse realizado sin consentimiento. Había sobrevivido a una época en la que muchos de nosotros fuimos poco más que conejillos de indias.
Y entonces comprendí algo. Mi sufrimiento no podía devolverme los años perdidos. Pero quizá no había sido completamente inútil. La ciencia avanzó. Los médicos aprendieron. Y las generaciones futuras tendrían tratamientos más humanos, más seguros, más dignos.
Una tarde me senté junto a la ventana de la habitación 17. Observé a unos estudiantes de medicina atravesar el jardín. Reían. Hablaban del futuro.
Pensé en todos los que ya no estaban. En Miguel. En las mujeres y hombres cuyos nombres nadie recordaba. En quienes soportaron dolor, miedo y abandono para que otros recibieran una atención mejor.
Y por primera vez no sentí rabia. Sentí tristeza. Pero también orgullo.
Porque la historia nunca hablará de nosotros. Pero cada vez que una persona con una enfermedad mental sea tratada con respeto, cada vez que un médico elija escuchar antes que castigar, una pequeña parte de nosotros seguirá viva. La mía también. La del chico de diecinueve años que un día entró por aquellas puertas de hierro y que, contra todo pronóstico, logró conservar su humanidad.
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CUANDO EL SOL TARDA
Inés Legand – Argentina
Perdón por no escribir más temprano —dice Inés—. Hoy estuve pintando un cuadro grande, de un metro por ochenta. Vinieron visitas, la casa se llenó de voces, y recién ahora, en este silencio que me acompaña, puedo sentarme a escribir. Mis hijos ya están en Suiza. El sol también. Aquí los días no cambian: la luz parece haberse quedado en Europa y nosotros seguimos esperando que vuelva, que nos regale un poco de calor, que nos diga que no todo está perdido.
La tierra está enojada, lo siento en el aire, en las noticias, en el miedo que se cuela por las rendijas. Tanta destrucción, tanto dolor, tantas vidas que se apagan sin entender por qué. Por eso escribo. Porque escribir alivia el alma, porque las palabras son colores cuando la vida se pone gris.
Hoy, por fin, salió el sol. Salió sigilosamente, como pidiendo disculpas por tardar tanto. Abrí las ventanas y dejé que la luz entrara, que tocara las paredes, que me recordara que la vida —a pesar de todo— sigue siendo bella, con alegrías y sinsabores, con días que pesan y otros que levantan.
Sigamos soñando con un mundo mejor, dice mi corazón. Que reine la paz. Que nos sintamos hermanados. Eso es lo que añoro: un mundo donde la esperanza no sea un lujo, sino un derecho.
Hoy me mandaron fotos desde Suiza. Qué sueño hermoso. Mis hijos cantaron en muchos lugares, pero nunca tan lejos. Las imágenes parecen de otro mundo: limpio, claro, ordenado. Aquí, en cambio, el invierno fue el más nublado que recuerdo: húmedo, frío, con un sol ausente que parecía haberse olvidado de nosotros.
Pero aun así, abro los ojos y brota la esperanza. Porque nunca es vano el esfuerzo humano, nunca es inútil la porfía. La semilla muere para germinar. El ave Fénix renace de las cenizas. Y nosotros, los que seguimos aquí, también podemos renacer.
Nos separa la distancia, pero no los corazones. Sigamos dejando fluir los pensamientos hacia un mañana sin miedo, hacia una tierra que vuelva a ser bendita. Mis padres, mis abuelos, amaban esta tierra. La cultivaban con lágrimas y sudor. Gente sabia, honrada, cuando la palabra valía más que cualquier papel. Cuánto enseñaron sin estudios universitarios, cuánto dejaron sin pedir nada a cambio.
Hoy tengo dolor en el alma, sí. Pero veo el día con sol, y la luz me invita a creer. A sentir que todavía es posible un mundo mejor. Gracias por estar, por leerme, por acompañarme. Gracias por ser como sos.
Un abrazo lleno de colores y resplandor.
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https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png00le-administradorhttps://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.pngle-administrador2026-08-25 13:08:312026-09-09 14:11:34RELATOS – AGOSTO
Todos los textos publicados en esta revista están protegidos por la Ley de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna. Queda estrictamente prohibida su reproducción total o parcial, distribución o difusión sin la autorización expresa de sus autores. Letras Hispanas por el Mundo respeta y defiende la creación literaria, garantizando la integridad y la autoría de cada obra.
Cada poema es una forma distinta de amanecer.
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COLABORADORES – POEMAS AGOSTO
Maren Alberdi – España
Miriam Alberganti – Argentina
Magi Balsells – España
Inés Blanco – Colombia
Sandy Bell – Argentina
Libia B. Carciofetti – Argentina
Enrique Fredy Díaz Castro – México
María Cristina Fervier – Argentina
Luz Fontana – Italia
Jaime Hoyos Forero – Colombia
Santiago García Vega – México
Carlos González Saavedra – Argentina
Elspeth Gormley – España
Stella Higuera – Colombia
Andrea Kiperman – Argentina
Martín López-Vega – España
Liliana Lorán – Argentina
Marga Mangione – Argentina
Héctor Navia Garzón – Colombia
Raquel Olay – Argentina
Ricardo Quattri – Argentina
Yanni Tugores – Uruguay
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DEFINIR EL AMOR
Maren Alberdi – España
Quien le diese al amor un sentido preciso es que no lo conoce, es que nunca lo ha vivido; no es una palabra, son historias completas agitadas, serenas, dolorosas o bellas.
Es la risa inocente en el rostro de un niño que en pequeñas pisadas recorriendo pasillos acaricia tu rostro y con un tierno abrazo, con sonrisas y besos te susurra un te amo.
Unas manos rugosas que cansadas y enfermas aún te ponen un plato de comida en la mesa; un pañuelo guardado que secó un día tu llanto cuando en tus soledades no había nadie a tu lado.
El cansancio de un padre por llevar el sustento, la corona de besos que cubriera tu cuerpo, el calor de aquel pecho que te diera su abrigo y el pedazo de pan que recibe el mendigo.
La pureza de un ángel que reposa en la cuna; el poeta que a solas le relata a la luna entre sueños y cantos sus amores secretos and lanza hacia los vientos dulcemente un te quiero.
Una flor temblorosa que regala su aroma, las gotas de rocío que nos muestra la aurora, es el vuelo del alma a otros mundos abstractos, es saber que el camino tiene flores y cardos.
Es dos labios unidos en un beso de fuego, la promesa de un siempre, esperanzas y anhelos, es perdón sin palabras, es renuncia callada y árbol que da su sombra en la dura jornada.
Una luz titilante que a lo lejos alumbra, una rosa en la tumba, una lágrima ahogada; un adiós sin retorno… Es dar todo por nada…
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MARRIÑA
Miriam Alberganti – Argentina
Nunca pensé que aquel abrazo sería el último,
si lo hubiera sabido, te abrazaba hasta el último segundo.
La vida no avisa cuando el recuerdo se está haciendo,
y un día, sin avisar, fue la última vez sin saberlo.
La última vez que te alcé y entraste en mi pecho,
el último pañal con sueño y con amor estrecho,
los cordones de esas zapatillitas tan chiquitas,
tu manito en la mía rumbo a la escuelita.
La firma en el boletín, el disfraz de apuro,
el domingo buscando un kiosco en lo oscuro
para un mapa de América.
Y hoy…
Hoy no te fuiste. Estás. Creciste.
Ya no pedís upa, ya te vestís solo, ya te fuiste a tu fiesta.
Y qué orgullo, hijo, verte tan alto, tan vos.
Pero qué morriña de aquellos domingos de los dos.
No es despedida triste, es nostalgia de mamá,
que guarda en el corazón esa infancia que se va
no porque te hayas ido, sino porque creciste,
y en ese crecer, mi niño,
también me hiciste.
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SOMOS ASI
Magi Balsells – España
Nunca se valora lo suficiente lo que otro edita
Todos queremos ser siempre los mejores
Ya que solo vale nuestra meta
No importa del otro sus valores
Ilusionados, creemos ser grandes poetas
En muchos casos grandes e insignes escritores
Solo somos mortales sin grandes metas
Escribiendo muchas veces nuestros temores
Del amor y la amistad siempre escribimos
Algunas veces hasta de deseos frustrados
Los únicos somos nosotros, pensamos
Pero de nadie ni nada nos preocupamos
Algún amigo nos comenta
A nuestras letras e ilusiones
Con ello nuestra fe alienta
La amistad tienes sus razones
Por esto sin dudar gracias doy a todos
A los que con buen sentido me alaban o critican
Siendo de cualquier manera buenos logros
Que no me molestan ni mortifican
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REFLEJO DE LUZ
Inés Blanco – Colombia
Soy manantial, murmullo que nace en las montañas; agua cristalina y pura, rumor de hoja recién caída. Soy agua de lluvia que humedece la tierra de los ancestros, y riega el espacio donde habito. Soy lago de aguas tranquilas que amanece al sol, y a merced del viento me lleva de orilla en orilla. Soy el hielo milenario de las altas cumbres; blanco y duro como la piedra, suave y frío como una lágrima. Soy ovillo, río destejido que baja presuroso en procura del mar… -vasto y profundo- Soy en el océano: una gota perdida y sola; apenas un reflejo de luz que salpica la noche.
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EL REGRESO DE MIS LETRAS
Sandy Bell – Argentina
Entre versos y rimas
Entre radio, poetas y bambalinas
vuelven mis humildes letras a latir.
La nostalgia de mi pluma perdida,
musa inspiradora de la vida,
regresa otra vez con su melodía
desde el confín de mi memoria,
donde, entre el amor y el desamor,
se funde el alma y el corazón.
Vuelven las quimeras del alma
como compañeras de metáfora,
como aquellos besos del viento
que acariciaban la luna y el sol,
o aquella suave brisa del sentimiento
acurrucada en su palabra dormida.
Vuelvo trazos de colores en tinta,
retomando un verso de letra escondida,
vuelvo al silencio entre rimas,
hoy, con la mía, le haré una oda a la vida.
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TU SOMBRA
Libia B. Carciofetti – Argentina
Estás muy junto , a mi lado pero solo veo tu sombra me acaricias , me besas pero mi amor no te nombra . Mi piel no se eriza cuando amando me tocas y tus besos no logran que tiemble mi boca . Cuando tu me posees con tus ansias ¡ tan locas ! con total desenfreno en tu pasión te desbocas eres potro salvaje indomable , y provocas que yo quiera escaparme y detrás de mi va tu sombra . Es allí que recuerdos en mi mente se agolpan como en un juego de niños nuestros sueños retozan . Mi cuerpo se ablanda y me endulzas la boca vuelvo a ser la de antes y me estremezco toda . Me conviertes en mujer en breve ceremonia … y con tu perfume de hombre dejas de ser ya una sombra . Me abrazo a tu cuello y soy tuya toda mientras muy sutilmente vas quitando mis ropas .
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CAMBIEMOS
Enrique Fredy Díaz Castro – México
Es difícil escribir de cosas buenas
cuando tanto malo pasa en el mundo,
omitir el diverso mar de penas
que sucede en la faz y en lo profundo.
La superficie en incendios y guerras
con sequías y con inundaciones,
inducidas por locos que en la tierra
han provocado contaminaciones.
En lo más recóndito del planeta,
donde prevalecen fuegos eternos,
donde las placas deambulan inquietas
cual si fueran el verdadero infierno.
Ahí donde los volcanes y sismos
en su trágica y fatal alternancia,
a la humanidad le cambian el ritmo
derrumbando riqueza y petulancia.
Eso que unos desquiciados hicieron
imaginándose ser semidioses,
pisoteando a los que en ellos creyeron,
ciegos y sordos a miles de voces.
La ambición nos ha ido consumiendo,
autodestruirnos es el estigma;
las conquistas de reinos van creciendo
y esos brutos las llaman paradigmas.
Alguien inventó que modernizarnos
era ir destrozando el paraíso,
que a los suelos y al mar contaminarlos
era el plus del poder sin un permiso.
Ya la naturaleza en advertencias
nos ha puesto de frente a las pandemias
pero al hombre perdido en la demencia
le es más fácil creer en la infodemia.
Recordemos que hace unos cuantos años
el covid nos aisló en cuatro paredes,
playas y vegetación como antaño
se mejoraron sin fatales redes.
Yo creí que sería permanente
ese cambio conductual del ser humano
pero por unos meses solamente
se alejó la imprudencia de las manos…
Comenzó nuevamente la tragedia
contra nuestro querido medioambiente,
semejante al criminal que asedia
al que es débil con violencia inclemente.
A mediados de este año la respuesta
nuestro globo terráqueo la está dando,
las naciones vulnerables y expuestas
entre escombros y hambrunas van quedando.
De muy poco ha servido la experiencia
que vivieron otras generaciones,
unos gritan: «son vulgares creencias…
No hagan caso a tontas obsesiones».
Mientras la realidad nomás no vemos,
va dejándonos sin alternativas,
¡Por favor, la omisa actitud cambiemos,
aún podemos mejorar esta vida..!
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NOSTALGIA
María Cristina Fervier – Argentina
Desde que no estás
me falta todo porque
todo me lo dabas
Me faltan las palabras
me sobran los silencios
apoltronados en cada rincón.
Me sobran tristezas
que acrecientan la ausencia.
Desde que no estás
me sobran las huellas
porque me falta el camino.
Me sobran los sueños
que juntos soñamos.
Enterrada la esperanza
ya no tengo mañana.
Miro el horizonte
para rearmar me
parece tan distante
cómo el alba y la noche.
Junto al mar espero
tus besos de tinta
plasmados en otros tantos versos
que al azar me arrojabas al viento.
Desde que me faltas
me envuelve una nebulosa gris
cómo estos días de niebla y llovizna,
impregnandose el alma
de amarga nostalgia.
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ENTRE HOJAS Y SUSPIROS
Luz Fontana – Italia
El viento no pregunta, solo pasa, como quien sabe que el tiempo no se detiene. Las hojas caen sin drama, sin amenaza, y el suelo las recibe como quien entiende.
Hay días que no buscan ser memorables, solo quieren existir, sin ruido ni gloria. Y en ellos, la vida se vuelve amable, como un suspiro que no exige memoria.
Camino entre sombras que no duelen, entre aromas que no piden ser nombrados. Y descubro que hay belleza en lo que muere, y verdad en los instantes olvidados.
No todo debe arder para ser fuego, ni todo debe brillar para ser luz. A veces basta con un rastro, un ruego, una palabra que no lleva cruz.
Hoy no escribo para ser leída, escribo para acompañar el silencio. Porque hay versos que no buscan salida, solo quieren ser abrigo, ser comienzo.
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AMISTAD
Jaime Hoyos Forero – Colombia
La amistad no es humana.
¡Es un ángel tu amigo!
Es Cristo que recoge tu cruz para cargarla.
Es la figura noble del buen samaritano
y el que salva tu vida arrojándose al agua.
Es el que pone el pecho y muere en la batalla
para que tú regreses a conocer tu hijo.
A veces, ni siquiera conoces al amigo
porque la mano buena
hace el bien sin alarde, sin voz y sin gemido.
Amigo es el que llora para que tú sonrías;
amigo, el que sonríe para que tú no llores.
Cuando el amor se va, a ti viene el amigo
para escuchar tu queja y cubrir tus heridas.
El amor pide fuego y pide carne;
en cambio, la amistad, no pide nada.
La amistad es la cúpula y el amor la veleta.
Mientras amor es flor que se deshoja,
la amistad es raíz y savia y tallo.
Cuando todo se ha ido, porque nada perdura,
cuando a ti mismo, ¡Oh paria!, se te acaba la vida
y todo lo que has sido se vuelve tierra impura,
y toda tu materia, sin vida, se derrumba,
solamente el amigo te visita en la tumba.
Y entre la polvareda revuelta del camino,
cuando se escucha el canto mendaz de las sirenas,
descubres que es un ángel, no un humano, tu amigo.
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NOMÁS NOS HICIERON CREER
Santiago García Vega – México
Serían las tres de la tarde, la faena terminaba, recogieron los chiquillos y cerraron los zaguanes. Vimos a lo lejos tamañas nubesotas negras de tanta agua. Al momento se tendieron toditas las nubes cargadas de granizo, temerosos que en agosto deshojaran el maizal. Acostadas se quedaron, el aire se las llevó sin llenar las barranquillas, sin mojar la frijolera ni sus marchitos ejotes. Las nubes fueron despejando nuestro cielo, con rayos y centellas se dijeron entre ellas ¡Unos vientos nos caminan y otros arremolinan! Se apretujaron entre sí dándole a la ventisca obediencia temporal. Pues sí, reseca se quedó la tierra como triste la comarca, allá sí se la merecían –conjuraba Nana Juana–. todos esperábamos tal chubasco que hasta la puerta cerramos, las gallinas acurrucaron sus polluelos silenciando su cantada. ¡Qué sorpresa! ¡No fue así! No hubo azote ni granizo la cruz de sal que puso aquella mujer hizo lo suyo. ¡No llovió! Las señas con el machete cortaron a la culebra que tampoco picó. A lo lejos en la ciénega se soltó un aguacerazo, lo que antes era gris, ahora eran cascadas de agua que envidiábamos desde acá. Contaron los pescadores que llegó hasta la laguna, arrasó parcelas, arrastró dividendos y menguaron las creencias. ¡Envidia no! –decía el señor que a lo lejos contemplaba–. ¡Del agua algo queda, de la resequedad nada! aquí todo es azul, el azul nos da esperanza, con fortuna una llovizna mantendrá nuestra milpita aún con su delgadez ya casi salía el jilote y del sereno tendremos una docena de elotes.
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POR LA VENTANA
Carlos González Saavedra – Argentina
Mira pasar la vida una anciana
También mira los pájaros
Y las plantas de la plaza
Por la ventana
Mira el paso del tiempo
Recuerda sus andanzas
Viene a su mente anécdotas
Felices de la infancia.
Por la ventana
También la muerte pasa
En un cortejo familiar
Con penas y añoranzas.
Por la ventana
Colmada de flores
La primavera avanza
Abundancia y bonanza
Renovada esperanza
Por la ventana
Así…,
pasa la vida de esta anciana
Ciclos que inexorables
Avanzan.
Hasta que su corazón diga basta
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AL LATIDO QUE RIMA
Elspeth Gormley – España
No hay canto más sincero que el que rima, ni verso más valiente que el que late; la métrica sostiene cada combate y el alma se hace luz cuando se anima.
La vida, cuando duele, se aproxima al borde donde el día se desate; y el verso, en su temblor, vuelve a ser mate que en sorbos de verdad siempre se estima.
Por eso el corazón busca medida, porque en cada compás halla su nido, su forma de entender lo que le ha herido.
La poesía rimada es la salida: un modo de nombrar lo sucedido, un modo de abrazar lo que es la vida.
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PÁJAROS TRISTES
Stella Higuera – Colombia
Levanto la mirada y se abre el tejado, por el cielo herido cruzan las nubes. Bandadas de pájaros tristes picotean la felicidad, con ojos de lluvia me hacen guiños.
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CALLA
Andrea Kiperman – Argentina
A veces es mejor no decir nada. Calla, que las palabras se las lleva el viento. ¿Qué sentido tiene, entonces, hablar? No te haces cargo, y yo tampoco.
Pasás noches en vela, susurrando mi nombre, extrañando mi cabello. ¿Y qué hacés?
Calla, que se hace de día y aún no hacés nada. Te esfuerzas por probar otros labios, y tu orgullo, de pie, silencia las emociones.
Calla, que los días son eternos sin vos. Y así, de a poco, nos olvidamos, nos perdonamos, nos confundimos, hasta que volvemos a vernos, y todo vuelve a empezar.
Calla. A veces es mejor no decir nada.
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PARA EL TIEMPO QUE VENDRÁ
Martín López-Vega – España
Para el tiempo que vendrá burilamos nuestra huella, para que sobre ella pise y la borre.
Para el tiempo que vendrá y nos conocerá por un libro de estampas en las que buscará a los audaces, a los libertos, a los abnegados, y en las hileras de iguales acomodados reparará apenas en un estilo, en un peinado, un motivo de risa repetida a costa de quienes sus afanes empeñaron en vanos prestigios fugaces;
para el tiempo que vendrá a descubrir ruinas nuevas que revelarán nuestros equívocos sobre el pasado, y habrá hecho de nuestra lengua una jerigonza deliciosa en la que hablar de cosas prodigiosas que nunca hubiéramos soñado,
para el tiempo que vendrá y querrá saber cómo nos amamos, el motivo de nuestro sufrimiento y en qué nos distinguimos del triste rebaño,
para el tiempo que vendrá a culparnos mientras nos imita, para ese tiempo también nuestro.
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MERCEDES TOMASA
Liliana Lorán – Argentina
Mercedes Tomasa de San Martín y Escalada hija del Libertador y de Mendoza, su Infanta. Solamente cuatro meses su padre la disfrutara, para volver encontrarse a siete años de dejarla.
Aquella beba pequeña ya era la niña mimada, de sus tíos y sus abuelos, para su padre… malcriada. Fue entonces que don José tras su hazaña libertaria, dejó tierras mendocinas hacia la Reyna del Plata.
Se dedicó a ser el padre de su pequeña cuyana, marchándose hacia otro suelo lejano en la distancia. Primero fue a Inglaterra donde Mercedes llegara, con máximas de su padre allí ella fue educada.
Supo en Bélgica vivir pero fue por fin en Francia, donde encontró la familia el hogar donde afincaran. Fue hija digna y feliz cariñosa y abnegada, y fue Mariano Balcarce con quien casó enamorada.
Dos nietas dio al general sus dos niñitas amadas, María y Josefa fueron consuelo de horas amargas. Cuando Mercedes partió a la celestial morada, pidió al igual que su padre el retorno hacia su Patria.
Siete décadas y más tardó en ser repatriada, junto a su esposo y María, hasta su Mendoza amada.
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PAZ Y MANSEDUMBRE
Marga Mangione – Argentina
La mansedumbre don inigualable que al hombre torna generoso y puro, su alma navega hacia un puerto seguro, donde ha de hallar la paz incomparable.
Con el rudo se muestra imperturbable, sumando la humildad a sus virtudes, es apacible en las vicisitudes, y frente al prepotente surge amable.
Esa paz que de él brota inagotable, serenando al peor de los violentos, ha de hacer que no cese en sus intentos, de predicarla con fe inclaudicable.
La paz hace un planeta confortable, porque la mansedumbre lo amerita. Cada ciudad será pura y bendita, y allí la paz surgirá inagotable.
El manso que se muestra siempre amable, cambiando la actitud del agresivo, con gesto generoso y positivo, logrará la armonía indispensable.
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s
AYER
Héctor Navia Garzón – Colombia
Ayer la tarde vibraba
entre cuchillos y vidrios
de oro.
En las manos,
Las caricias anteriores
no fueron suficientes
en los residuos del alma.
Esa mujer
no dejó dormir a Flaubert
por su desnuda pátina.
En la pared de enfrente
el libro se me escurrió
en el alma.
Miré por la ventana
las alambradas del tiempo,
los cruentos ataques de la memoria,
la artillería oxidada,
la esquina de mi espalda.
Me veo en la luz
de una luciérnaga
en el sendero de mi
propio ayer,
en la batalla de entender a Flaubert.
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DIAS DE INVIERNO
Raquel Olay – Argentina
Ha llegado el invierno la cenicienta de las estaciones, es triste su rostro, son pocos sus frutos y flores. Los pobres temen su inclemencia que no respeta edades, pues sus intensos frios son causa de diversos males. Los fuertes vientos destruyen sin piedad robustos árboles y frágiles viviendas, da pena ver los restos esparcidos parece que hubo una contienda. Las intensas lluvias desbordan los ríos inundando el suelo, el camino se hace barro, todo parece estar de duelo. Hasta el níveo manto de incomparable belleza, es temido por quienes carecen de leña y pan en su mesa. Luego volverán los días templados, atrás habrán quedado el frio y la tristeza, los brotes como canto de esperanza anuncian que la vida recomienza.
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DOLOR Ricardo Quattri – Argentina
Dolor. Alinea con sigilo una brisa que lastima, surca la noche que abrió la ausencia.
Apagadas las sombras, envolviendo el alma. Desesperanza, extrañeza. Todo se perdió en la niebla de la mirada en llanto.
Atrapado de silencio, con los recuerdos vivos guardados en el cuerpo. Sin entender que el tiempo pretende arrebatar memorias, desterrarlas al olvido.
Impotente, lacerado, inesperado encuentro, jamás imaginado el desconsuelo de vivir sin ti…
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DESAHOGO
Yanni Tugores – Uruguay
Escribo… Porque no quiero que las voces me arrastren al silencio, o a los abismos insondables de mi alma. Porque los verbos se ahogan en un río sin cauce y el horizonte no esgrime respuestas. Escribo… Porque duele no hacerlo. Para que las palabras encuentren refugio. Detengan el tiempo que se escapa en hilos finitos, y así mi pecho no se transforme en nido vacío Escribo… Sin buscar nada a cambio. Para ver cómo el papel en un instante se vuelve refugio. Como las líneas se suceden una tras otras sin parar y se tornan perennes Escribo… Pues en mi memoria hay miles de flores que se deshojan, y se borran de recuerdos. Quiero volcar en mis letras lo que no quiero olvidar, lo que fui y lo que soy. Escribo… Porque dentro de mí hay ecos del pasado que no quiero perder. Allí están; el café con leche de mamá, la rayuela de mi infancia, el aroma a retamas en casa de la abuela, los amores de ayer, los niños perdidos. Escribo… Porque cada grafía es mi refugio. Habito en ellas. Porque el caos de mi interior se ordena con cada una. Escribo… Sin pensar en triunfos. No quiero reconocimientos. No quiero alabanzas. Solamente quiero comprender, lo que me convierte en humana. Escribo… Buscando una grieta de paz una luz de calma. Es refugio natural.
Desahogo cuando la vida golpea, cuando la alegría te invade, cuando la tristeza te abate. ¿Por qué escribo? Se levanta ante mí la inspiración yo no puedo evitar este sendero. Aunque sea agria o dulce no es condena, es un don que me ha dado el Ser Supremo.
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https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png00le-administradorhttps://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.pngle-administrador2026-08-25 13:07:322026-09-09 14:12:58POEMAS – AGOSTO
Todos los textos publicados en esta revista están protegidos por la Ley de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna. Queda estrictamente prohibida su reproducción total o parcial, distribución o difusión sin la autorización expresa de sus autores. Letras Hispanas por el Mundo respeta y defiende la creación literaria, garantizando la integridad y la autoría de cada obra.
CARTA A MI NIÑA INTERIOR
Maren Alberdi – España
Mi pequeña:
Hoy he querido sentarme a hablar contigo. Sin prisas. Sin exigencias. Sin intentar arreglar nada. Simplemente para encontrarnos.
Hace mucho tiempo que te llevo dentro y, sin embargo, a veces olvido escucharte. La vida se fue llenando de responsabilidades, de relojes, de expectativas, de aprendizajes necesarios, y en medio de todo eso tu vocecita quedó algunas veces escondida detrás del ruido.
Pero nunca desapareciste. Sigues ahí.
En mi capacidad de asombro cuando contemplo un cielo especial. En las lágrimas que aparecen cuando algo me conmueve profundamente. En las ganas de bailar cuando nadie mira. En los sueños que todavía guardo, aunque a veces me dé miedo pronunciarlos en voz alta.
Quiero decirte algo que quizás necesitabas escuchar hace mucho tiempo: no hiciste nada mal. No eras demasiado sensible. No eras demasiado soñadora. No eras demasiado intensa. Simplemente sentías la vida con todo el corazón.
Sé que hubo momentos en los que te sentiste sola, incomprendida o asustada. Momentos en los que pensaste que debías ser distinta para ser querida. O más fuerte. O más perfecta.
Ojalá hubiera podido abrazarte entonces. Ojalá hubiera podido decirte que un día llegarías hasta aquí, que sobrevivirías a muchas tormentas y que descubrirías que la verdadera fortaleza no consiste en endurecerse, sino en seguir conservando la capacidad de amar.
Quiero darte las gracias. Gracias por tu amor al mar. Gracias por tu curiosidad. Gracias por tu imaginación. Gracias por seguir creyendo en la belleza incluso cuando el mundo parecía empeñado en mostrarte otra cosa.
Gracias por enseñarme a mirar los pequeños milagros cotidianos: una flor que se abre, una conversación sincera, la caricia del sol, la lluvia golpeando una ventana.
Hoy no vengo a pedirte nada. Solo quiero que descanses. Que sepas que ya no tienes que demostrar tu valor. Que eres suficiente. Que eres amada.
Y que la mujer en la que te has convertido seguirá cuidando de ti. Tomándote de la mano. Escuchándote. Defendiéndote. Y recordándote siempre que, aunque pasen los años, jamás dejarás de ser una parte hermosa de mí.
Con todo mi amor, Tu yo de hoy
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CARTA
Carlos González Saavedra – Argentina
En este día de copiosa lluvia, me puse a reflexionar.
Cada gota que salpica mis pies me trae un recuerdo de la adolescencia.
La vida nos volvió a juntar.
Envió esta carta para que sepas, que sigo esperándote.
Amanda o Sofía:
Te extraño tanto, que apenas una suave brisa me acaricia, pienso que llegaste.
Al tiempo una enorme desilusión me envuelve.
Tus días en la cárcel se hacen muy largos
Los míos esperándote, aún más.
Los días de encierro, nos han servido, para conocernos.
Llegará el momento que la vida nos pondrá libres
Seguiré trabajando en la penitenciaria.
Te seguiré cuidando para nadie, te ponga un dedo encima. Dentro o fuera de aquí.
Seguirás presa, por tu profesión, de viuda negra. Suerte! No has matado a nadie.
Seremos libre al fin. Al fin estaremos juntos del mismo lado.
Te deseo lo mejor!
Eduardo
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CARTA AL TIEMPO
Elspeth Gormley – España
Tiempo:
Te nombro así, sin adornos, porque desde que nací estás conmigo. No te veo, pero te siento. No te escucho, pero me hablas. No te toco, pero me rozas cada día.
Dicen que empezás a descontar desde el primer latido, como si fueras una cuenta atrás, como si tu misión fuera apurarnos, empujarnos, recordarnos que nada es eterno.
Pero yo he aprendido otra cosa. He aprendido que también sos lo que nos sostiene. El tiempo que perdemos, a veces nos salva. El tiempo que regalamos, nos vuelve más humanos. El tiempo que usamos para tender una mano, para escuchar, para acompañar, para amar, ese tiempo nunca se pierde.
Vos y yo hemos tenido nuestras batallas. Me has arrebatado personas, me has quitado lugares, me has borrado días que no volverán. Pero también me has dado instantes que no se repiten, miradas que no se olvidan, abrazos que no se explican, silencios que curan.
A veces te temo. A veces te agradezco. A veces te ignoro. A veces te suplico que te quedes un poco más.
Sé que no vas a detenerte. Sé que no vas a esperarme. Sé que no vas a negociar.
Pero también sé que, mientras me quede un segundo, mientras me quede un respiro, mientras me quede una palabra, puedo elegir cómo vivirte.
Por eso hoy te escribo. Para decirte que no sos mi enemigo. Que no sos mi verdugo. Que no sos mi juez.
Sos simplemente el camino. El que me acompaña desde el primer día y me llevará, sin prisa, hasta el último.
Y mientras tanto, mientras sigas aquí, mientras sigas contando, mientras sigas avanzando, yo voy a seguir haciendo lo único que tiene sentido:
Vivir.Recordar.Amar.Y no desperdiciarte.
Con respeto, con luz, con conciencia, te escribo desde este presente que es mío y que vos, Tiempo, ya estás convirtiendo en pasado.
Elspeth.
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CARTA
Andrea Kiperman – Argentina
Querida amiga:
Quisiera comenzar esta carta diciéndote lo mucho que te extraño. Sé que no hablamos ni nos vemos hace años, pero también estoy segura de que este no es tiempo de reproches. A veces la vida es caprichosa y nos aleja de ciertas personas sin explicación alguna, como si el destino jugara a mover hilos que no vemos.
Espero que no te olvides de ti entre tantas rutinas y quehaceres diarios, esos que parecen invisibles para casi todos… pero no para mí. Sé de todo lo que haces, de lo que te cuesta transitar los días con una sonrisa: a veces fingida, a veces soñada, y otras sostenida apenas por la esperanza de que pronto puedas sonreír genuinamente.
Querida amiga, sé lo que es pasar noches en vela, pensando en cómo seguir adelante un día más con todo lo que la vida exige. Acuérdate de que después de la tormenta siempre llega el sol; no sé si será mañana, dentro de un mes, dentro de un año o dentro de varios —nadie puede saberlo— pero quédate tranquila: las cosas cambian, incluso cuando no lo vemos venir.
Paso a paso, día por día. Y no te olvides de regalarte alguna pequeña alegría. Aunque sea mínima, aunque parezca insignificante, porque de las pequeñas cosas se construyen las grandes. A veces nadie nota tu dolor, tus esfuerzos, tus batallas… pero yo sí. Y te felicito por eso: por seguir intentando, por seguir caminando, por dar siempre lo mejor de vos incluso cuando el mundo parece no darse cuenta.
A veces toca caerse, pero lo importante es darse el tiempo y levantarse, con más fuerza, con más calma, aceptando que también eso forma parte de la vida.
Querida amiga, yo estoy aquí con vos: para cuando quieras escribirme, para cuando necesites llamarme, para cuando necesites hablar. Esta carta va dirigida a todas mis amigas, a las amigas de mis amigas… y también a vos.
Quedo contigo.
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CARTA DE DESPEDIDA
Sarah Petrone – Argentina
Queridos hijos, hace muchos meses que no sé nada de ustedes, que espero una llamada, una carta, un saludo. Algo que me diga que aún piensan en mí, que me recuerdan. La distancia no es tanta y sin embargo nunca tienen tiempo para mamá y mi corazón agrietado cada día se rompe más, por eso he tomado una decisión drástica para con mi vida, porque no quiero que alguna vez tengan que cuidarme, cuando los achaquen se agudicen ya no pueda valerme por mí misma. Yo no quiero que me internen en un geriátrico, como alguna vez me insinuaron.
Cuando reciban esta carta ya no estaré en vuestras vidas, nunca más. Lo que voy a hacer lo he meditado desde hace muchísimo tiempo. Los quiero mucho a pesar de todo, pero aprendan a vivir sin mí.
Lo único que les pido es que no empiecen con esas estupideces que se dicen por ahí, como: «VOLÁ MUY ALTO». «REUNITE CON PAPÁ, EL AMOR DE TU VIDA QUE TE ESTÁ ESPERANDO ALLÁ ARRIBA». «O, ANDÁ CON LOS ABUELOS, TUS PADRES».
En primer lugar quiero decirles que no pienso volar alto, a ningún lugar. No se olviden que siempre sufrí de vértigos. En cuánto a eso de encontrarme con su padre, les comento que si algún día lo volviera a encontrar, no sé cómo reaccionaría. Demasiado soporté en su vida las infidelidades y las mentiras. Todo lo soporté por ustedes, por mantener la familia unida. Y en cuánto a mis padres, castraron mi infancia y mi adolescencia y ni que hablar de mi juventud, que hicieron un infierno de mi vida por sus ideas retrógradas y severas.
Sé que por el momento no me voy a encontrar con ninguno de ellos. Estoy en paz conmigo y con el universo. También con ustedes. No se peleen por la herencia que les toca, como lo hicieron siempre porque no dejé nada al azar. ¿Comprendieron? NO DEJÉ NADA.
Vendí todo. Mis propiedades, mis empresas, mis autos, mis joyas que pude rescatar después de los desfalcos que me hicieron en su provecho, mientras fingía no ver y por dentro me desangraba de dolor por el egoísmo de mis hijos a los que nunca negué nada. Pero todo tiene un costo. No dejo de amarlos por eso., pero me voy de sus vidas para siempre, con un compañero de ruta veinte años menos que yo. Recorreré el mundo que me negaron.
PD. Me olvidaba decirles que se hagan cargo de mi querida suegra, su abuela, que ya la mandé con sus valijas, su silla de ruedas y pañales a vuestra casa. Toda la vida vivió conmigo y no me la hizo fácil. Ahora les toca valorar la madre que perdieron. Los quiero. Mamá.
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https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png00le-administradorhttps://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.pngle-administrador2026-08-25 13:06:512026-09-09 14:13:44CARTAS – AGOSTO
Todos los textos publicados en esta revista están protegidos por la Ley de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna. Queda estrictamente prohibida su reproducción total o parcial, distribución o difusión sin la autorización expresa de sus autores. Letras Hispanas por el Mundo respeta y defiende la creación literaria, garantizando la integridad y la autoría de cada obra.
Los artículos son faros: iluminan lo que a veces no vemos.
COLABORADORES – ARTÍCULOS AGOSTO
Maren Alberdi – España
Miriam Alberganti – Argentina
Elspeth Gormley – España
Juan Esteban Lewin – Colombia
Alberto Manguel – Argentina
Paola Nagovich – Estados Unidos
Gustavo Páez Escobar – Colombia
LA MAGIA DE LA PALABRA
Maren Alberdi – España
Hay quien piensa que la magia es cosa de trucos, de humo, de manos rápidas. Pero no. La verdadera magia —la que transforma, la que conmueve, la que despierta— está hecha de palabras.
El escritor es un mago sin varita. Un artesano que trabaja con aire, con sonido, con silencio. Un creador que fabrica mundos con algo tan frágil y tan poderoso como el lenguaje. La palabra es el don que el ser humano recibió para comunicarse, sí, pero también para ennoblecer el alma y hermosear la vida.
Desde los orígenes, el hombre aprendió a emitir sonidos para expresar sus emociones, y más tarde inventó abecedarios, lenguas, caminos para entenderse. Enhebrar palabras es un acto antiguo y sagrado: con ellas se construyen ideas, y con las ideas se levantan revoluciones o se pacifican los espíritus.
La palabra es un arma. La más poderosa. Puede deslumbrar como un rayo o fulminar como un trueno. Puede acariciar o puede herir. Puede abrir puertas o cerrarlas para siempre.
Pero hoy no quiero hablar de la palabra que destruye, sino de la palabra que crea.
Esa palabra que pinta, que suena, que enamora, que golpea, que se dispara hacia el infinito o hacia el corazón —que al final es lo mismo. Esa palabra que no conoce límites, que se expande, que ilumina, que revela.
El libro es un laberinto de palabras. Un edificio de ingenio y sorpresas. Un territorio donde el escritor demuestra su fuerza: la capacidad de elegir, enlazar y ordenar vocablos para causar encantamiento.
Porque sí: el libro es un artículo hechizado. Su misterio está en ese raro encanto que llamamos estilo. Y todo en él parece una fórmula mágica: aprender a leer, aprender a escribir, llenar cuartillas, embarcarse en la aventura de crear mundos.
Para escribir, hay que leer. No existe escritor sin lectura. Gorki lo sabía: devoró libros en la pobreza, en la soledad, en la oscuridad. Y de tanto leer, su espíritu se ensanchó. La palabra ajena le abrió caminos para encontrar la propia.
El verdadero escritor escribe sobre la tragedia del hombre, sobre sus luchas, sus heridas, sus esperanzas. Porque ahí está la fuente de todos los conflictos, y también de todas las verdades.
Escribir es un acto de humildad y de soledad. Pero también es un deleite. Un deleite esquivo, que solo se conquista con disciplina, con perseverancia, con dolor, con sangre. Del sacrificio nace lo mejor del arte.
Y en esa alquimia, en ese proceso íntimo y misterioso, la palabra se convierte en magia.
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NO SÉ
Miriam Alberganti – Argentina
• Señora, ¿me escucha?
—No sé.
• ¿Cómo se llama usted?
—No sé.
• ¿Sabe qué día es hoy?
—No sé.
• ¿Sabe dónde está?
—No sé.
• ¿Quiere que la movamos de aquí?
—No sé.
• ¿Tiene a alguien a quien llamar?
—No sé.
• ¿Se acuerda del temblor?
—No sé.
• ¿Cuántos hijos tiene?
—No sé.
• ¿Sabe si salieron?
—No sé.
• ¿Son ellos? ¿Los escucha gritar?
—Sí.
Podemos perderlo todo, incluso la respiración, pero mientras haya un solo latido, nuestro instinto sabe que primero están ellos. Cuando perdemos las capas de lo efímero, lo salvaje y primitivo recobra su fuerza y hace lo que tiene que hacer: cuidar a su cría.
Por todas esas madres que hicieron de escudo humano para salvar a sus hijos frente a la potencia de una naturaleza imparable.
Todo el mundo le pregunta cosas lógicas a alguien que ya no está en la lógica, está toda entera en una sola cosa.
Mis respetos a las víctimas y sobrevivientes de los últimos terremotos.
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DIVERSIDAD CULTURAL: RIQUEZA, DESAFÍO Y RESPONSABILIDAD COMPARTIDA
Elspeth Gormley – España
La diversidad cultural es una de las mayores riquezas de cualquier sociedad. Trae lenguas, sabores, miradas, historias, formas distintas de entender el mundo. Nos enseña que la identidad no es un bloque rígido, sino un tejido vivo que se expande cuando conviven personas de orígenes distintos.
Pero la diversidad, para que sea riqueza, necesita algo esencial: convivencia basada en normas comunes.
En las ciudades de hoy, donde confluyen culturas muy diferentes, la convivencia se vuelve un ejercicio delicado: un equilibrio entre respetar la identidad de cada persona y proteger los valores que sostienen la vida colectiva.
La mayoría de quienes llegan de otros países se integran con naturalidad: trabajan, estudian, participan, aportan, enriquecen. La diversidad bien vivida es un puente.
Pero también existen situaciones complejas que no podemos ignorar. Cuando una parte de la sociedad no se adapta a las normas del país que la acoge, cuando se exigen privilegios que rompen la igualdad, cuando se pretende que las instituciones públicas modifiquen reglas comunes para ajustarse a una sola cultura, la convivencia se resiente.
No se trata de símbolos religiosos en sí mismos, ni de costumbres particulares, ni de creencias. Se trata de lo que ocurre cuando esos símbolos o costumbres entran en espacios donde la neutralidad es necesaria: colegios, instituciones, servicios públicos.
En algunos centros escolares, por ejemplo, se han vivido tensiones por normas de vestimenta, por menús diferenciados, o por la petición de clases específicas de religión. Y aunque cada caso tiene su matiz, la pregunta de fondo es siempre la misma:
¿Cómo garantizamos la igualdad cuando las reglas comunes se fragmentan?
La convivencia exige reciprocidad. Exige que quienes llegan respeten las normas del país que los recibe, del mismo modo que ese país debe respetar la dignidad y la cultura de quienes llegan.
La diversidad no puede convertirse en un conjunto de islas. Debe ser un archipiélago unido por puentes. Y esos puentes se construyen con respeto mutuo, con adaptación, con diálogo, con normas claras que protejan a todos por igual.
La riqueza cultural es un tesoro. Pero para que ese tesoro no se convierta en conflicto, necesitamos recordar algo esencial: La convivencia no es solo un derecho: es una responsabilidad compartida.
“No hay convivencia posible sin normas comunes. La diversidad suma… siempre que nadie reste al conjunto.”
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CECILIA LÓPEZ ADVERTE DE LAS CONSECUENCIAS DE LA COLOMBIA ENVEJECIDA
Juan Esteban Lewin – Colombia
“Hay que encontrar un nuevo camino para el país” La exministra en los gobiernos de Gustavo Petro y Ernesto Samper reflexiona sobre los enormes cambios que ha tenido Colombia en las últimas décadas, a propósito de la edición del libro ‘De cara al 2050′
Colombia atraviesa una de las crisis más profundas de su historia reciente tras el terremoto que dejó a un tercio del país en emergencia, cientos de muertos y decenas de miles de viviendas destruidas. En medio de este panorama, la economista Cecilia López Montaño, figura clave en la política y la academia colombiana, advierte que el país enfrenta una transformación aún más decisiva: el impacto de una transición demográfica acelerada que está desbordando el modelo económico tradicional.
López, de 83 años, sostiene que Colombia se acostumbró a crecer gracias a una población joven y numerosa, pero esa base ya no existe. En 1960, cada mujer tenía en promedio siete hijos; hoy la cifra es apenas 1,1. Este cambio, ignorado durante décadas, afecta todos los pilares del país: salud, pensiones, educación, productividad, informalidad y la estructura social completa. Para ella, el Estado no ha entendido la magnitud del fenómeno y carece incluso de una unidad de análisis demográfico en Planeación Nacional, lo que evidencia una institucionalidad que dejó de mirar hacia el futuro.
Desde la Fundación Cisoe, López reunió a una veintena de académicos para elaborar el libro De cara al 2050, un esfuerzo por traducir el conocimiento técnico en un lenguaje accesible y convertirlo en debate público. En esta obra confluyen expertos de distintas áreas —macroeconomía, justicia, mercado laboral, salud— que coinciden en una tesis central: Colombia ya es otro país, aunque casi nadie lo haya asumido. El libro busca tender puentes entre academia y política, y romper la costumbre de que el conocimiento quede encerrado en artículos que solo leen los especialistas.
López insiste en diferenciar entre políticas de gobierno, que cambian cada cuatro años, y políticas de Estado, que requieren continuidad durante varias administraciones. Señala tres fallas estructurales: un sector privado que se limita a pedir menos impuestos sin participar en el diseño del modelo productivo; partidos políticos sin discurso ni relevancia; y una academia que no logra convertir su conocimiento en guía para el país.
Sobre el gobierno de Gustavo Petro, en el que participó brevemente, reconoce que puso la desigualdad en el centro del debate, pero critica que confundió diagnóstico con ejecución y debilitó al Estado. Del nuevo gobierno, instalado hace apenas semanas, valora la capacidad técnica de algunos ministros, pero advierte vacíos graves en áreas estratégicas como Planeación Nacional. Su mayor preocupación es que quienes llegan al poder no comprendan que el país que van a gobernar ya no es el mismo de hace dos décadas.
A lo largo de la conversación, López vuelve siempre a la misma pregunta: cómo lograr que el conocimiento acumulado por generaciones de académicos se convierta en una discusión nacional y no en un privilegio de seminario. Su advertencia final es contundente: si Colombia no reconoce a tiempo que ya es un país más viejo, más desigual y urgido de un nuevo modelo productivo, podría perder varias décadas de crecimiento y bienestar.
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DESPUÉS DE BORGES: la lectura como felicidad lenta
Alberto Manguel – Argentina
En el 40º aniversario de la muerte de Jorge Luis Borges, la editorial Alfaguara vuelve a reunir su obra completa en tres tomos —poesía, cuentos y ensayos— recordándonos que el escritor argentino no solo transformó la literatura, sino también la manera de leer el mundo. Alberto Manguel, uno de sus colaboradores más cercanos, revisita su legado y traza un mapa para entrar en ese universo borgiano donde cada texto es una puerta hacia infinitas posibilidades.
Desde mediados del siglo XX, críticos como Etiemble advirtieron que Borges había cambiado las reglas del juego: después de Ficciones, El Aleph o La biblioteca de Babel, la literatura ya no podía seguir siendo la misma. Sus relatos cuestionaron la idea de autor, de tiempo, de realidad y de lectura, obligando a los escritores a replantearse su oficio o a abandonarlo. Borges abrió caminos que antes no existían.
Pero Manguel recuerda que, más allá de su erudición, Borges fue ante todo un lector feliz, alguien que encontraba en los libros una forma de libertad. Su legado no reside solo en sus ficciones, sino en su defensa de una lectura lenta, generosa, infinita, alejada de la prisa y del ruido contemporáneo. Para él, leer era un acto moral: “nuestro deber es ser felices”, decía, y la lectura era una de esas felicidades posibles.
Borges renovó la lengua castellana, situándose entre la exuberancia de Góngora y la precisión de Quevedo, creando un estilo propio que marcó a generaciones. Su influencia se extendió a filósofos, cineastas, narradores y pensadores de todo el mundo. Su obra dialoga con Platón, Kafka, Chesterton, Schopenhauer, Eco, Foucault y tantos otros que, de algún modo, él convirtió en sus “precursores”.
Su biblioteca personal, sorprendentemente pequeña y ecléctica, revelaba su gusto por las combinaciones inesperadas: autores dispares, ideas que se cruzaban, catálogos imposibles, mezclas que desafiaban la costumbre. Borges confiaba en la palabra escrita como quien confía en un mapa para orientarse en el universo.
A pesar de las críticas —su falta de compromiso político, su gusto por lo fantástico, su distancia de las modas literarias— Borges mantuvo siempre una postura clara: lo importante era la literatura, no las opiniones. Su obra no buscó describir el mundo, sino leerlo, como si el universo fuera una biblioteca infinita que espera ser descifrada.
Hoy, cuatro décadas después, Borges sigue siendo un faro. No solo por lo que escribió, sino por lo que nos enseñó: que la lectura es un acto de libertad, un espacio donde el tiempo se detiene y la imaginación se expande. Que los libros no son objetos, sino puertas. Y que, en un mundo acelerado, su invitación a la felicidad lenta sigue siendo un gesto de resistencia luminosa.
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ME FALTA LA VIDA SIN MI HIJA
Paola Nagovich – Estados Unidos
Hemos reconstruido a través de una decena de entrevistas el arresto de medio centenar de migrantes en un almacén aduanero de Nueva Jersey en octubre de 2025. Los meses de detención y las deportaciones han desgarrado a docenas de familias
La segunda hija de María Eugenia García nació prematura. Killy Tatiana Yangquen García llegó a este mundo a los siete meses, pequeñita y frágil, dependiente de la protección total de su madre. Vivió sus primeros 20 años pegada a María Eugenia, nunca lejos la una de la otra. Hasta que a Killy Tatiana la apresaron en una redada en el almacén aduanero donde trabajaba sin papeles una mañana maldita de octubre. “¿Entiendes el cuidado que he tenido con ella y que me la arranquen así? ¿Y yo no poder protegerla? No la he vuelto a ver, solo por videollamada”, solloza la madre desde su hogar en Elizabeth, donde se mantiene escondida desde que a su hija la detuvieran y enviaran de vuelta a Colombia, el país del que emigraron hace más de una década.
Sentada en el comedor de su casa bajo el amparo del aire acondicionado una tarde calurosa de junio, entre llantos y golpes sobre la mesa cuando la angustia la supera, María Eugenia, de 53 años, relata lo que esta `periodista ha podido reconstruir a través de tres meses en una decena de entrevistas: cómo una redada truncó las vidas de medio centenar de personas y sus familiares.
Era temprano en la mañana el 29 de octubre pasado. Se suponía que Killy Tatiana trabajaría remoto, pero le pidieron que fuera a la oficina. María Eugenia fue la primera en salir de la casa. Se fue, como de costumbre, a ayudar a cuidar a la bebé de la hermana de Killy Tatiana. “Llegué, acosté a dormir a la niña y me dormí también. No sabía qué pasaba detrás de la puerta. Dormí una hora, pero en un sueño profundo; no entendí cómo ese día me dio tanto sueño”, cuenta la madre.
Cuando despertó, lo primero que vio fue la cara de angustia de su hija mayor. “Me dice: ‘Mamá, siéntese, ¿quiere una aromática, agua? No le tengo buenas noticias. Hubo una redada en Savino. Llegó Migración y se llevó a Tatiana”, narra María Eugenia, recordando nítidamente uno de los peores momentos de su vida.
Agentes migratorios irrumpieron aquel día en el almacén de Savino del Bene, una empresa italiana de transporte marítimo internacional que mueve artículos de moda y de lujo. La instalación está ubicada en la zona de Avenel, en la localidad de Woodbridge, Nueva Jersey, a menos de una hora en coche de Manhattan. Según testigos consultados por este periódico, al lugar llegaron más de 50 agentes de varias agencias del Departamento de Seguridad Nacional: del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP), entre otros.
“El operativo fue grande. Llegaron con armas largas —el Ejército, la Policía y el ICE— y rodearon el lugar. Hasta con un helicóptero. Se subieron a los tejados. No dejaron salir a nadie. Llegaron con escáneres que detectan las paredes, así como con perros que iban por cada zona, buscando a las personas”, recuerda Sandra Suero, cuyo hijo, Jhonatan Bello Cabrera, de 18 años, se encontraba dentro del almacén durante la redada. El joven colombiano alcanzó a llamar a su madre mientras se escondía de los agentes y ella llegó al lugar al instante.
En total, 46 personas fueron arrestadas —una cuarta parte de los empleados presentes ese día— en el operativo. De acuerdo con el grupo promigrante Movimiento Cosecha, que ha asesorado a las familias, al menos 30 de los trabajadores tenian solicitudes pendientes, y muchos contaban con permisos de trabajo. Algo que en la era Trump importa poco: “Una tarjeta de autorización de empleo, por sí sola, no le otorga a una persona un estatus legal en Estados Unidos. Además, una solicitud de asilo pendiente, por sí sola, no confiere un estatus migratorio legal a un extranjero”, recordó un portavoz de Seguridad Nacional .
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Dos cárceles literarias
Gustavo Páez Escobar – Colombia
Álvaro Mutis nace en Bogotá en agosto de 1923. Sus antepasados registran una larga tradición agrícola, y solo él y su padre han nacido en la ciudad; el resto de la familia se desarrolló en la vida de las haciendas, entre faenas rurales y costumbres heredadas. Su padre, que hasta hace poco ejercía como secretario de la Presidencia de la República, es nombrado diplomático en Bruselas cuando el futuro escritor se encuentra en edad escolar. Este traslado determina que sus estudios de primaria y bachillerato los adelante en la urbe europea, donde el ambiente cultural y literario marcaría profundamente su sensibilidad.
Desde muy joven se muestra como un lector voraz de toda clase de libros clásicos. Siente especial atracción por los autores rusos y franceses en el campo de la narrativa, y por personalidades como Neruda, Rilke, Juan Ramón Jiménez y Aurelio Arturo en las lides poéticas. De esa mezcla de influencias y de su propia cosecha brotará la figura de Maqroll el Gaviero, su alter ego, personaje aventurero y romántico que conducirá su obra a las cumbres de la fama y se convertirá en uno de los símbolos más reconocibles de su universo literario.
Al mismo tiempo que el nuevo literato conquista aplausos en Colombia y en los países latinoamericanos, el dandi que hay en él —con su talante gallardo, su presencia elegante y su gran facilidad de palabra— irrumpe en los salones sociales y se vuelve miembro apetecido de los círculos de privilegio. No es su mayor éxito el matrimonio que contrae a temprana edad, al que habrán de seguir una serie de fracasos sentimentales, sino su figuración constante en los mundillos de la lisonja, la vida social y el prestigio.
Un día ejerce la jefatura de relaciones públicas de la compañía petrolera Esso, posición que parece diseñada para él. El poeta relacionista se mueve allí como pez en el agua. Lo que todo el mundo ve en el flamante directivo —distinción, prebenda, suerte, destreza para mover la imagen de una empresa poderosa— dista mucho de coincidir con el infortunio que ha de sobrevenirle por el manejo indelicado de los fondos a él confiados. A raíz de ello huye del país y se radica en Méjico. Mutis ha incurrido en el desfalco para sacar de apuros a unos amigos, y cuando la situación se torna crítica y no halla facilidad para reintegrar el faltante, toma el camino de la fuga.
Poco tiempo después es apresado en Méjico, a la edad de 36 años, y va a dar a la cárcel de Lecumberri. Presidio pavoroso para este hijo de la burguesía, cuyo tránsito por los salones dorados y por los floridos jardines de las letras no dejaba presentir semejante revés. Este hecho parte en dos su existencia, al saltar del boato y la falacia social a la cruda realidad de un presidio donde la vida se mide en humillaciones y silencios.
Los infinitos vejámenes y humillaciones sufridos por Óscar Wilde en la cárcel de Reading los padece ahora Álvaro Mutis en la cárcel de Lecumberri. Uno y otro son figuras sobresalientes de la sociedad, brillantes poetas, perfectos petimetres. Ambos mantienen relaciones sentimentales con personas de la nobleza: el uno como homosexual declarado, el otro como mujeriego exquisito, cada cual atrapado en sus propias contradicciones y pasiones.
Los amores de Mutis con la condesa y escritora mejicana Elena Poniatowska, de origen polaco y casada, discurren con discreción durante los días del encierro penitenciario (1959). Queda constancia de que la condesa lo visitaba todos los domingos. Julio César Londoño, periodista colombiano que a lo largo de los años ha seguido este idilio con ojo penetrante, expresa lo siguiente en La Revista de El Espectador (23-VI-2002), a propósito de los encuentros furtivos en la cárcel: “Ella es una mujer precozmente adulta, él un hombre mayor. Ambos están de regreso. Han amado, engañado, sufrido. Conocen los deleites y las zozobras del Paraíso y los rigores del Infierno”.
De la cruel experiencia carcelaria sale un testimonio desgarrador: Diario de Lecumberri (1960), donde el colombiano describe el mundo sórdido de los presos y muestra su propia desventura, luego de haber probado los néctares de la lisonja social. Cuando amanece apuñalado ‘Palitos’, su habitual amigo y frágil vecino de celda, la noticia le produce honda conmoción y le agranda el fantasma de la soledad. Con todo, la prisión le permite conocer en toda su intensidad el destino trágico del hombre y apreciar lo que hay de bueno en cada individuo, sin la careta de las falsías y los engaños.
La temperatura de este desastre la traslada Mutis a su obra futura, tras los 15 meses de reclusión en Lecumberri. Muchos años después, gozando ya de la fama de su obra perdurable, Mutis sentiría, al recibir en España y Francia los premios Cavour, Príncipe de Asturias y Cervantes, que sobre sus hombros y su alma gravita el peso de la prisión, generadora de sombras y luces que nunca lo abandonarían.
Wilde y Mutis, viajeros de la misma nave azarosa del destino, parecen caídos de la misma estrella y resultan víctimas del mismo desequilibrio de sus vidas gloriosas y al mismo tiempo desdichadas.
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https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png00le-administradorhttps://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.pngle-administrador2026-08-25 13:05:542026-09-09 14:16:06ARTÍCULOS AGOSTO
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COLABORADORES
Clemente Álvarez – España
Ilka Oliva-Corado – Estados Unidos
Maren Alberdi – España
Gustavo Páez Escobar – Colombia
Patricia Gualinga – Ecuador
Elspeth Gormley – España
Andrea Kiperman – Argentina
Valentina Parada Lugo – Colombia
Juana Viúdez – España
Aitor Zubiri – España
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LA RESILIENCIA
Maren Alberdi – España
La palabra resiliencia se ha puesto de moda. La repiten en conferencias, en anuncios, en libros que prometen soluciones rápidas. La venden como si fuera una vitamina: “sé fuerte”, “levántate”, “supera”, “sigue adelante”.
Pero la resiliencia real no tiene nada que ver con eso.
La resiliencia no es heroica. No es luminosa. No es épica. No es una bandera que se agita en alto.
La resiliencia es silenciosa. Es humana. Es torpe. Es lenta. Es la vida intentando recomponerse sin saber cómo.
Es la mujer que vuelve a casa después de un diagnóstico y se sienta en la cama sin saber qué hacer. Es el hombre que perdió a alguien y sigue poniendo el café cada mañana porque es lo único que le ordena el día. Es el niño que pregunta “¿por qué?” y no recibe respuesta, pero igual sigue creciendo. Es la persona que tiembla por dentro, pero aun así sale a la calle.
La resiliencia no es volver a ser la misma persona. Es aprender a vivir siendo otra.
No es olvidar. Es recordar sin romperse del todo.
No es levantarse rápido. Es levantarse cuando se pueda.
No es fuerza. Es resistencia. Es fragilidad que sigue adelante. Es una grieta que no impide caminar.
La resiliencia es un abrazo. El que damos. El que recibimos. El que nos sostiene cuando la vida se vuelve demasiado grande.
Por eso cuesta tanto explicarla: porque no se ve, no se presume, no se exhibe. Solo se vive.
La resiliencia no es un triunfo. Es un proceso. Y cada persona lo atraviesa como puede.
Cuando escucho la palabra, no pienso en héroes. Pienso en gente común. En quienes siguen aquí con sus cicatrices, sus pérdidas, sus pequeñas victorias. En quienes, a pesar de todo, continúan.
La resiliencia no es un concepto. Es un latido.
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LA OLA DE CALOR QUE NO VEMOS
Clemente Álvarez – España
Este verano no solo arde la tierra. También arde el mar.
Las temperaturas marinas han alcanzado niveles nunca vistos, desde Irlanda hasta el Mediterráneo. Un estudio internacional confirma que el calentamiento del planeta está detrás de este fenómeno: el Mediterráneo se está calentando al doble de la media mundial, y eso no es un dato técnico, es una advertencia.
El mar caliente no es solo un agua más agradable para bañarse. Es un riesgo silencioso.
Las olas de calor marinas alteran los ecosistemas, matan corales, esponjas, algas, y empujan a especies invasoras a ocupar territorios que antes no podían. Cambian los fondos marinos, transforman la pesca, afectan a la salud humana y a la economía de las comunidades costeras.
Y lo más inquietante: el mar caliente alimenta fenómenos extremos en tierra. Más humedad, más energía, más tormentas violentas. Como la DANA de Valencia en 2024, que dejó más de 230 muertos.
En el País Vasco, este año el agua alcanzó los 25 ºC en junio. Antes, esa temperatura solo aparecía puntualmente en agosto. Los científicos ya hablan de un “invasivoceno”: medusas, salpas y especies que llegan en masa, alterando todo lo que conocíamos.
No todo es cambio climático, pero sí es la causa principal. Y aunque algunos políticos sigan negándolo, la realidad es que el mar está enviando señales claras. Se está calentando más rápido de lo que podemos asumir. Y cuando el mar cambia, cambia todo.
La ola de calor más peligrosa del verano no está en el aire. Está bajo la superficie.
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CATALINA SALE A CAMINAR
Ilka Oliva-Corado – Estados Unidos
Ve el reloj y le faltan quince minutos para salir de trabajar. Tiene dolor en los pies, en los tobillos, en las rodillas, y las piernas se le inflaman por la retención de líquidos al pasar diez horas de pie. En su espalda siente como astillas ancladas, un ardor punzante que no se mueve de lugar; lo describiría como la sensación de un alfiler entrando en su piel a la velocidad en la que se mueve la aguja de una máquina de coser. Las muñecas de las manos las tiene inflamadas todo el tiempo. Doña Bartola, que se dedica a sobar y que también es comadrona, le dijo que tiene artritis en las manos y que pronto se le regará en todo el cuerpo.
Tal vez será artritis la que tiene en las caderas entonces, se dice todas las mañanas cuando se levanta y el dolor en la cintura lo siente puro chile. La suela de un zapato tiene un agujero; lo tapa con papel periódico. Está que irá a donde don Obdulio, el zapatero, para que le cambie la suela, pero tiene todo el dinero comprometido en pagos.
Para cada veinte de mes, Catalina está en números rojos, prestando dinero para el pasaje. Y no es que se malgaste lo poco que gana: es que lo que le pagan es una miseria. Sueña despierta, como la mayoría de sus compañeras en el trabajo. Algunas con una casa propia, otras con vacaciones, un automóvil, un trabajo donde no tengan que estar de pie, un esposo decente que no les pegue, un padre responsable para sus hijos, dinero suficiente para pagar los recibos y que les sobre para llegar a fin de mes.
Todas fantasean con un abrazo, con una caricia en el rostro, en el cabello. Con un masaje en los pies. Con dormir tres días seguidos. Muchas, en sus conversaciones durante los 20 minutos de almuerzo, cuentan que si volvieran a nacer no se casarían ni tendrían hijos. Algunas, al escucharlas, se persignan; otras guardan silencio, diciendo para sus adentros que también harían lo mismo.
Ni Catalina ni ninguna de sus compañeras de trabajo tuvo la oportunidad de estudiar; esas alturas son inalcanzables para personas como ellas, lo han comentado en infinidad de ocasiones. Pero si hubieran tenido la oportunidad, ahí habría doctoras, ingenieras, docentes, químicas… y Catalina, que siempre quiso ser bióloga marina. Nacida en una casa con paredes de lámina, a las orillas de un río de aguas negras, en la periferia de la ciudad de Guatemala. La mayor de ocho hermanos, casada a la fuerza en la adolescencia con un hombre treinta años mayor, madre de cuatro, Catalina sueña con juntar dinero para comprarse una prótesis dental.
Y con un bosque cerca de su casa, donde canten las chicharras y alumbren las luciérnagas. Un bosque frondoso como el de los cuentos que contaba su abuela en las tardes en las que le ayudaba a preparar la cena. Un bosque con árboles grandes que llenen de sombra el camino. Un bosque para ir a caminar.
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ENSAYO DE CRIMEN Y CASTIGO DE F. DOSTOYEVSKI
Elspeth Gormley – España
He leído Crimen y castigo en dos ocasiones: una cuando tenía unos veinte años, y otra hace apenas un mes. Y si algo he comprendido es que esta obra no debe abordarse solo desde la literatura, sino también desde el alma. Dostoyevski escribió una de las exploraciones más profundas de la conciencia humana.
Hay novelas que se leen y se olvidan, y hay otras que permanecen acompañándonos como una pregunta imposible de responder. Crimen y castigo pertenece a este último grupo. Más que la historia de un asesinato, es el viaje doloroso de un hombre que descubre que no existe prisión más severa que la propia conciencia.
Raskólnikov, el protagonista, es un joven inteligente, orgulloso y empobrecido que llega a convencerse de que ciertas personas extraordinarias tienen derecho a transgredir las leyes comunes en beneficio de un fin superior. Bajo esta idea asesina a una anciana usurera, creyendo que su acción puede justificarse racionalmente. Pero lo que parecía una construcción lógica perfecta se derrumba en el instante mismo en que comete el crimen.
La grandeza de la novela reside en que el castigo no comienza cuando interviene la justicia, sino mucho antes. Dostoyevski nos muestra que el verdadero tribunal se encuentra dentro del ser humano. Raskólnikov intenta escapar de la culpa mediante teorías, razonamientos y excusas, pero descubre que una conciencia herida no entiende de argumentos. El remordimiento se infiltra en cada pensamiento, en cada silencio, en cada mirada.
La obra plantea una cuestión que sigue siendo actual: ¿puede una idea justificar el sufrimiento de otro ser humano? Dostoyevski responde con una contundencia admirable. Cuando la inteligencia se separa de la compasión, corre el riesgo de convertirse en un instrumento de destrucción. El autor nos advierte del peligro de creer que algunos individuos están por encima de los demás, pues esa creencia acaba erosionando la propia humanidad.
Frente a la oscuridad de Raskólnikov aparece Sonia, un personaje fundamental. Ella representa la humildad, el sacrificio y la capacidad redentora del amor. Sonia no salva al protagonista mediante discursos ni juicios; lo salva a través de la comprensión. Su presencia recuerda que incluso en los seres más perdidos existe una posibilidad de reconstrucción. Gracias a ella, la novela deja de ser únicamente una reflexión sobre la culpa para convertirse también en una reflexión sobre la esperanza.
Dostoyevski parece decirnos que ningún ser humano está definido exclusivamente por sus errores. El reconocimiento de la culpa, aunque doloroso, es también el primer paso hacia la redención. El sufrimiento no aparece como un castigo vacío, sino como un camino de transformación interior que puede conducir a una comprensión más profunda de uno mismo y de los demás.
Por ello, Crimen y castigo sigue siendo una obra imprescindible. No porque hable de un asesinato, sino porque habla de algo universal: la lucha entre el orgullo y la compasión, entre la razón y el corazón, entre la culpa y el perdón. Cada lector encuentra en ella un reflejo distinto de sus propias contradicciones.
Al cerrar el libro comprendemos que Dostoyevski no escribió una novela policial. Escribió una obra sobre la fragilidad humana. Nos recuerda que podemos engañar al mundo, esconder nuestros actos y construir mil justificaciones, pero hay una voz de la que no podemos huir: la que habita en nuestra conciencia. Y es precisamente esa voz la que convierte el castigo en una experiencia mucho más profunda que cualquier condena impuesta por los hombres.
“La verdadera tragedia de Raskólnikov no fue cometer un crimen; fue descubrir que ninguna teoría es capaz de silenciar el corazón.”
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LA SELVA QUE DECIDE SU FUTUR
Patricia Gualinga – Ecuador
Yo vengo de Sarayaku, un pueblo kichwa de la Amazonia ecuatoriana que lleva décadas defendiendo su territorio frente a la explotación petrolera. Durante años nos han repetido el mismo argumento: bajo nuestro bosque hay recursos que el país necesita, y quienes nos oponemos somos enemigos del progreso.
Pero nosotros conocemos otra riqueza. Está en los ríos, en los animales, en las plantas, en los conocimientos de nuestros mayores y en las relaciones que sostienen la vida. Nuestro territorio no es una reserva esperando ser explotada: es un territorio de vida.
Durante demasiado tiempo se ha medido la Amazonia por lo que puede extraerse de ella: petróleo, gas, minerales, madera. Hoy, millones de hectáreas pertenecen a pueblos indígenas, pero una gran parte sigue amenazada por concesiones petroleras y mineras. Se nos plantea una falsa elección: extracción o pobreza. Los pueblos amazónicos sabemos que existen otros caminos.
En Sarayaku hablamos de Kawsak Sacha, la selva viviente. Para nosotros, la selva es un ser del que formamos parte, donde todo está conectado y donde nuestra existencia depende de mantener ese equilibrio. Nuestra lucha no es solo contra un pozo petrolero: es por el derecho a decidir cómo queremos vivir y qué futuro dejamos a las próximas generaciones.
En el Foro Social Panamazónico proponemos crear zonas libres de combustibles fósiles, territorios donde impedir nuevas fronteras extractivas es urgente. La Amazonia sostiene pueblos, culturas, ríos, bosques y conocimientos. Protegerla significa preguntarnos qué entendemos por desarrollo y qué necesitamos preservar para que la vida continúe.
Pero la Amazonia no es homogénea. Donde la explotación no ha llegado, debemos impedir que avance. Donde existen planes de expansión, detenerlos. Donde la industria lleva décadas operando, planificar una transición justa. Donde ha dejado destrucción, exigir reparación. Y donde los pueblos han decidido poner fin a la explotación, esa decisión debe cumplirse.
Ecuador conoce bien este desafío: millones de hectáreas de bosque primario y territorios indígenas están amenazados por lotes petroleros. En Yasuní, la ciudadanía decidió mantener el petróleo bajo tierra. Ahora debemos hacer realidad esa decisión. La transición también es democracia y autodeterminación.
Durante años se nos ha querido convencer de que necesitamos petróleo para salir de la pobreza. Pero una transición justa exige cambiar la idea de riqueza: fortalecer economías que mantengan el bosque en pie, proteger nuestras formas de gobernanza y dirigir recursos hacia actividades que sostengan la vida.
Si todavía existen grandes extensiones de bosque es porque nuestros pueblos las han defendido durante generaciones. Pero la Amazonia no sostiene solo nuestras vidas: sostiene la vida del mundo. Por eso, de Puyo no podemos salir solo con discursos. Tenemos que salir con decisiones.
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AGUACERO EN PARÍS
Gustavo Páez Escobar – Colombia
(Memoria de un viaje realizado a París en septiembre de 1998)
La salida de Miami estaba señalada para la una de la tarde. En Miami haremos una breve escala y luego volaremos a París. Nunca he estado en Europa. En cambio, conozco buena parte de Colombia. Con Astrid, mi esposa, he ido a varios países de América, y de común acuerdo hemos aplazado la visita al Viejo Mundo para la época de la madurez, que en mi caso coincide con el retiro del trabajo.
El ruido de los frenos hidráulicos indica que hemos iniciado el descenso. En el avión hay revuelo general. Una melodiosa voz femenina anuncia por el altavoz la proximidad de París. Todos se desperezan y, con las telarañas del sopor todavía en los ojos, buscan sus enseres de viaje. El día, en un instante, se ha tornado sombrío, y a los pocos minutos se desgaja una lluvia pertinaz.
En la distancia se ven los campos ondulados por los cultivos de frutas y cereales. La silueta de la ciudad, con su cielo nublado y la lluvia torrencial, sobrecoge el espíritu. Pensábamos encontrar una urbe radiante de sol, y el efecto contrario –el de la tempestad incontenible– produce una imagen alucinante.
Ver llover… El alma se conmueve con la lluvia, se llena de embeleso. Bajo el poder de la lluvia se estimulan las emociones humanas. Es un prodigio que provoca a la vez ardor y sosiego. Cuando las gotas son persistentes, el ánimo se enerva. Se desea entonces que el agua sea nutrida, para enfrentarla con decisión, en lugar de la llovizna incierta, que desazona el espíritu. Ver llover… La lluvia es poesía.
Aterrizamos a las 10:35 p.m. en el viejo aeropuerto de Orly. Cae agua a cántaros sobre París. El agua lustral, como en los antiguos ritos religiosos, purifica a la urbe fabulosa. Pretendo verle la cara, pero la neblina no lo permite. Diríase que la dama se encuentra apenada. ¿Dónde está la Torre Eiffel con sus dimensiones colosales? ¿Dónde están los penachos airosos de la villa de gente ilustre? ¿Dónde están los diez millones de habitantes, el emporio de fábricas, las soberbias construcciones? ¡Llueve a torrentes!
La metrópoli, entre ráfagas de ventisca, emerge enigmática y esquiva. Un soplo le destrenza la abundante cabellera y la pone a ondear al viento en remolinos azules. Ciudad impenitente y encantada, cuyos resplandores se diluyen entre besos húmedos y brisas temblorosas. Ciudad de armonía y colorido, de amores desatados en noches lascivas, hecha de pasión y aroma.
La urbe legendaria desentierra sus raíces en esta mañana tempestuosa. En cualquier forma como se le mire –como reina o como cortesana–, París entra por los ojos y enciende el corazón. Por eso es la Ciudad Luz.
Un vehículo enviado por la excursión nos recoge para llevarnos al hotel. Avanzamos por una avenida esbelta, por entre árboles llorosos. Unos niños se divierten con la nieve. No les importa empaparse de lluvia, porque el placer está en la diversión. Contra los vidrios se estrellan goterones furiosos. Más adelante el agua se aminora y un tímido rayo de sol se asoma en la lejanía. Cuando traspasa las nubes se producen irisaciones estremecidas.
¡Estamos en París, la remota, la bella, la diosa apetecida que clama en el sentimiento y que traemos anidada en el alma! Así, invadida por la lluvia, se ve más hechizante. Y me acuerdo del poema premonitorio de César Vallejo:
Me moriré en París con aguacero,Un día del cual tengo ya el recuerdo.Me moriré en París –y no me corro–tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.
Pronto comenzará el otoño, estación de serenidad. Hemos escogido el otoño, que en Europa dura tres meses –del 23 de septiembre al 21 de diciembre– como estación propicia para disfrutar mejor la temporada. Es una época agradable por los climas templados. Tiempo de bonanza, punto intermedio entre el calor y el frío. El sol de otoño, cuando se filtra por los árboles, dibuja cuadros poéticos. El crecimiento de las cosechas se realiza entre la última helada de la primavera y la primera del otoño. Los frutos se maduran en otoño. Nosotros venimos a recoger la cosecha. Ver llover… El agua es vida.
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DE DORMIR EN LA CALLE A ESCATAR VIDAS E EL TERREMOTO DE CALI
Valentina Parada Lugo – Colombia
Varios de los voluntarios que prestaron sus manos para escarbar entre los escombros eran personas de barrios vulnerables que no tenían equipos ni uniformes de rescate
Mayerli Arrigui, una joven de 30 años de Cali, se convirtió en una de las figuras más visibles entre los voluntarios que acudieron al rescate tras el terremoto de 7,4 que sacudió el occidente de Colombia el 10 de agosto. Antes de que llegaran los equipos oficiales, más de cien personas se organizaron espontáneamente para buscar sobrevivientes entre los escombros, y Mayerli fue una de las primeras en llegar, sin uniforme, sin protección y sin más herramientas que sus manos y una voluntad inquebrantable. Su liderazgo quedó marcado en un casco blanco que le regalaron y en el que alguien escribió la palabra “líder”.
Durante seis días, Mayerli trabajó sin descanso en una de las zonas más afectadas, moviendo escombros, organizando voluntarios y ayudando a rescatar a cuatro personas con vida. Su presencia llamó la atención desde el primer momento: llegó en chanclas, con ropa ligera, y se puso a cargar baldes cuando aún no había una estructura oficial de mando. Su motivación era personal: su madre vivía cerca del barrio afectado y, al enterarse de la tragedia, sintió que ayudar era una vocación que debía cumplir.
La historia de Mayerli está marcada por la resiliencia. Antes de vender velas e inciensos en el sistema de transporte público de Cali para mantener a sus dos hijos, vivió diez años en la calle, enfrentando violencia, adicción y abandono. Su vida cambió cuando quedó embarazada de su primer hijo, lo que la impulsó a iniciar un proceso de rehabilitación que finalmente logró sostener. Esa experiencia le dio una sensibilidad especial para leer el peligro, entender el terreno y actuar con rapidez en medio del caos.
En los días posteriores al terremoto, muchos voluntarios eran jóvenes que habían participado en la Primera Línea durante las protestas de 2021. Aquellos cuerpos que antes resistían en las calles ahora se enfrentaban a los escombros, movidos por un sentido de comunidad y urgencia. Aunque Mayerli no perteneció a ese grupo, reconoció entre los voluntarios a muchos de los rostros que había visto en los puntos de resistencia de la ciudad.
El trabajo voluntario no estuvo exento de riesgos. La falta de coordinación inicial provocó tensiones y decisiones peligrosas: mover una piedra en el lugar equivocado podía causar un derrumbe fatal. Mayerli aprendió a distinguir los sonidos de vida bajo los escombros y a identificar qué estructuras aún sostenían peso. Hasta el 12 de agosto escuchó señales de personas vivas, pero cuando entraron las máquinas pesadas, esas señales desaparecieron.
A los riesgos físicos se sumaron problemas institucionales. Mayerli trabajaba acompañada de su hija pequeña y su hermana, que la cuidaban desde una carpa cercana. Funcionarios del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar le advirtieron que debía retirarse o podrían quitarle a la menor. Ella se negó, argumentando que estaba ayudando a salvar vidas. Volvió cada día, pese a las advertencias, hasta que la labor de rescate terminó.
El viernes por la noche, cuando ya solo quedaban cuerpos por recuperar, Mayerli acompañó a las familias que esperaban noticias de sus seres queridos atrapados bajo los escombros. Su misión, dice, era que todas las familias pudieran despedirse de los suyos, aunque ya no hubiera esperanza de encontrarlos con vida. El sábado, cuando recuperaron los últimos cuerpos, Mayerli se quitó los guantes y regresó a casa caminando, como cada día, sin haber ganado dinero alguno durante la semana. Las donaciones de comida y agua fueron suficientes para sostener a sus hijos.
El terremoto también destruyó su vivienda en Siloé, obligándola a mudarse a una casa provisional situada junto al enorme escombrero donde la ciudad deposita los restos del desastre. Allí, el polvo invade todo: la ropa, el aire, los pulmones. Su hija Daniela despierta con la nariz tapada y los ojos irritados. Mayerli, que ayudó a otros a respirar bajo el concreto, ahora vive al lado del derrumbe de su propia ciudad.
Ha vuelto a vender velas en los buses, orgullosa de su trabajo y del ejemplo que da a sus hijos. En el lugar donde fueron enterradas dos de las víctimas, los voluntarios dejaron cascos como homenaje. Mayerli se pregunta si, de haber sido los barrios pobres los afectados, los sectores más acomodados habrían respondido con la misma entrega. Su reflexión final es tan dura como honesta: en esta tragedia, quienes más ayudaron fueron los que menos tenían.
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CRISIS MIGRATORIA EN CEUTA
Juana Viúdez – España
El Gobierno trabaja en el traslado urgente de 500 niñas migrantes de Ceuta a la Península
La ciudad autónoma acepta el plan del Ejecutivo como “medida extraordinaria” y reclama el retorno de todos los extranjeros que accedieron de forma irregular
El Gobierno trabaja en el traslado de al menos 500 niñas migrantes de Ceuta a la Península. Concretamente, el Ministerio de Juventud e Infancia está buscando la fórmula para la acogida de cientos de menores no acompañados que se encuentran en la ciudad autónoma desde la entrada masiva del 30 y 31 de julio, dentro de un plan integral de choque coordinado entre administraciones, según ha adelantado este miércoles la Cadena Sr Fuentes del departamento que dirige Sira Rego sostienen que “este plan incluye el cumplimiento del real decreto-ley para la acogida vinculante y solidaria por parte de todas las comunidades autónomas o el acogimiento familiar, pero también otras fórmulas que permiten agilizar la acogida”.
Entre estas otras fórmulas, indican dichas fuentes, se contempla una vía para que organizaciones de protección a la infancia acojan y cuiden de los perfiles más vunerables sin necesidad de trasladar la tutela a las comunidades autónomas. En este momento, añaden desde el Ministerio, se trabaja en esta vía de manera urgente para un número concreto de menores, cifrado en 500 aproximadamente, aunque el número puede variar durante el proceso.
Aunque para Ceuta la salida a la crisis migratoria pasa por “el retorno a Marruecos de todas las personas que accedieron irregularmente a la ciudad autónoma a finales de julio, incluidos los menores extranjeros no acompañados”, el Ejecutivo que dirige Juan Jesús Vivas está dispuesto a hacer una excepción con esas 500 niñas migrantes. Fuentes del Gobierno de Ceuta admiten la necesidad de “adoptar medidas extraordinarias”, en referencia al plan de Juventud e Infancia que busca distintas alternativas para la acogida de las menores. “La solución no puede pasar únicamente por ampliar indefinidamente la capacidad de acogida, sino por avanzar en el retorno y, mientras este se materializa, adoptar medidas extraordinarias”, señalan.
El PP también reconoce que el caso de los menores atiende a otros supuestos. El vicesecretario de Hacienda, Vivienda e Infraestructuras del PP, Juan Bravo, ha cuestionado el plan con el que trabaja el Ministerio de Infancia y Juventud para este traslado y ha defendido que “el interés superior del menor es estar con su familia”. En una entrevista en Antena 3, Bravo ha incidido en que el mejor lugar en el que pueden estar los menores es “en su entorno” y ha recordado el aval de la Comisión Europea para el retorno de los menores que cruzaron la rotnera ceutíTambién ha querido recordar las declaraciones del ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, y del ministro de Exteriores, José Manuel Albares, en las que, a su juicio, habrían asegurado que los menores regresarían a su lugar de origen.
Por ello, Bravo ha cuestionado que el Ejecutivo de Pedro Sánchez esté velando por el interés superior de los menores, como ha aseverado este miércoles la ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, Elma Saiz, ya que “hay una petición de Marruecos para que los niños vuelvan”. “Si hay petición de Marruecos para que vuelvan los niños, si Europa ha dicho que por favor vuelvan los niños y los no niños, los que han entrado de manera irregular, ¿qué más necesita el Gobierno?”, se ha cuestionado el vicesecretario del PP.
En paralelo, Unicef ha advertido de la situación de “inseguridad e insalubridad” en la que se encuentran cientos de menores en Ceuta desde la entrada masiva. La directora de Influencia, Programas y Alianzas del organismo, Lara Contreras, ha considerado “urgente” que los niños y niñas que están solos sean identificados de manera adecuada. Y ha denunciado que “cientos de ellos vagan solos por las calles, en condiciones insalubres y con necesidad urgente de tres comidas al día y, en muchos casos, de atención sanitaria”.
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RESPONSABILIDAD CONTRA EL FUEGO
Aitor Zubiri – España
La nueva normalidad de los incendios extraordinarios exige de las comunidades autónomas una preparación acorde con su riesgo
España atraviesa uno de los años más duros en materia de incendios forestales. En lo que va de 2024, más de 297.000 hectáreas han ardido en más de 2.300 fuegos, una cifra que representa casi la mitad de toda la superficie quemada en Europa. El país, que posee una de las mayores extensiones forestales de la Unión Europea, se enfrenta a una situación que ya no es excepcional, sino cada vez más habitual: incendios simultáneos en varias comunidades y temporadas de riesgo que se adelantan y se prolongan.
A pesar de contar con uno de los sistemas de extinción más potentes del continente —especialmente en medios aéreos— existen grandes desigualdades entre comunidades autónomas en inversión, personal y recursos. Regiones como Extremadura y Aragón, con millones de hectáreas forestales, disponen proporcionalmente de menos personal de extinción. En Aragón, los bomberos forestales han denunciado la falta de medios propios y han iniciado una huelga indefinida para reclamar mejores condiciones, más recursos y equipos permanentes de prevención durante todo el año.
Castilla y León, la comunidad más extensa y arbolada del país, también sufre carencias importantes. Sus bomberos llevan tiempo reclamando refuerzos y formación, mientras los incendios recientes han puesto en evidencia la insuficiencia de los recursos disponibles. En varias provincias, los profesionales han salido a las calles para exigir mejoras urgentes.
El cambio climático actúa como un acelerador: los incendios son más frecuentes, más tempranos y más difíciles de controlar. Aunque no se puede establecer una relación directa entre menos medios y más hectáreas quemadas, la tendencia de los últimos años apunta a una nueva normalidad de fuegos intensos y prolongados.
Frente a este escenario, los expertos insisten en que la extinción no basta. Son necesarias estrategias de prevención, gestión forestal, limpieza de montes, planificación territorial y sistemas de alerta más eficaces. Las comunidades autónomas, responsables directas de la gestión de incendios desde 1985, deben reforzar sus estructuras y asumir la urgencia de prepararse para un futuro en el que los incendios devastadores serán cada vez más habituales.
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https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png00le-administradorhttps://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.pngle-administrador2026-08-25 13:04:562026-09-09 14:17:42CRÓNICAS Y ENSAYOS – AGOSTO
Todos los textos publicados en esta revista están protegidos por la Ley de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna. Queda estrictamente prohibida su reproducción total o parcial, distribución o difusión sin la autorización expresa de sus autores. Letras Hispanas por el Mundo respeta y defiende la creación literaria, garantizando la integridad y la autoría de cada obra.
La lluvia también escribe lo que el alma calla.
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COLABORADORES
Maren Alberdi – España
Sandra Edith Aguíñiga Luquín – México
Libia B. Carciofetti – Argentina
Gloria del Río – Colombia
Enrique Fredy Díaz Castro – México
Carlos González Saavedra – Argentina
Elspeth Gormley – España
Stella Higuera – Colombia
Lamberto Ibárez Solís – México
Marga Mangione – Argentina
Antonio Morelos – México
Nuri Montenegro – Ecuador
Sarah Petrone – Argentina
Leonor Riveros Herrera – Colombia
María Rosa Rzepka – Argentina
Yanni Tugores – Uruguay
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LA QUE DESPIERTA EL ALMA
Maren Alberdi – España
Lluvia… no sé en qué rincón del cielo te escondes, pero hoy te necesito más que nunca.
Necesito que vuelvas con tu paso lento, con tu forma de caer sin hacer daño, con esa delicadeza tuya que moja la piel y despierta el alma.
Hace demasiado tiempo que no escucho tu música golpeando las ventanas, esa melodía suave que ordena mis pensamientos y me recuerda que todo puede empezar de nuevo.
Lluvia… cuando tú llegas, el mundo cambia de color. La tierra respira, el aire se limpia, y yo también.
Vuelve a mí. Cae sobre mis hombros cansados, sobre mis dudas, sobre mis silencios. Haz que todo lo que pesa se disuelva, como lo haces siempre, sin prisa, sin ruido, sin exigencias.
Te echo de menos. Echo de menos tu olor a vida, tu abrazo frío, tu manera de decirme que todavía sé sentir.
Lluvia… cuando quieras, cuando puedas, cuando decidas… vuelve. Estoy aquí, con el alma abierta y la piel esperando tu caricia.
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AROMA DE LLUVIA (Décima espinela)
Sandra Edith Aguíñiga Luquín -México
Lluvia que menuda y lenta, cae muy despacio en la tierra. Su llegada siempre encierra lo que mi memoria cuenta; mientras la tierra sedienta, libera su petricor evocando con su olor el recuerdo de la infancia, que despierta la nostalgia y me arropa con amor.
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LA LLUVIA
Libia B Carciofetti – Argentina
La lluvia me moja y me lava hasta el alma
llega hasta donde un grifo , no puede llegar;
es ¡ tan clara , tan pura! ¡ tan insípida y neutra !
transparente y fresca como un manantial .
El campo hace fiesta cuando lo visita
los sembrados se agitan siguiendo el compás
de éste hermoso regalo enviado del cielo,
que no necesita remitente , ni timbre postal .
Sólo anuncia que llega , con sus nubarrones
que oscurecen el cielo y que agita el mar
la brisa de lejos ya trae el aroma
que a kilómetros suele, hacerse presagiar .
La ciudad se conmueve cuando llega la lluvia
y la gente corre de aquí para allá …
parecen hormigas cruzando avenidas
los vehículos rebajan , su marcha al pasar .
Los paraguas contentos salen de sus fundas
desplegados forman un paisaje especial
¡Por fin hoy sus dueños se dignan airearlos!
respiran alegres … los sacan a pasear .
Se llenan las acequias de barquitos que navegan
corriendo carreras a…¿cuál ganará ?
los niños estrenan sus botas de goma chapoteando…
corren , de aquí para allá .
¡ No te mojes hijo ¡ de lejos se escucha
la voz chillona de una mamá ….
olvidándose que ayer también fue una niña
y que no le importó un resfrío pescar …
Es que muchos no entienden lo que significa
que la lluvia tu cabeza te pueda mojar…
Ella es como un suero , que corre por tus venas
renovando tus fuerzas , con tanto mineral .
Las aves si lo entienden que es beneficiosa
por eso entre las ramas , se las oye cantar
melodías ensayadas en tiempos de sequía
y dispuestas hoy están , a dar su recital .
¡ Que sabio fue Dios al crear la lluvia !
que los prados resuciten y vuelvan a mostrar
sus flores silvestres de colores diversos
y los árboles despierten de un sueño mortal .
¡ Que canten las aves , que corran los niños
que naveguen barquitos , salgamos a jugar !
¡ a mojarnos todos con el agua bendita !
que después de la lluvia el arco iris saldrá .
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LLUVIA
Gloria del Río – Colombia.
Cae la lluvia como si la tarde se desprendiera de un alma entristecida y cada gota en la ventana corre sobre las venas del silencio, sin traer noticias, ni consuelo. Solo cae con la misma paciencia con que mi cuerpo se apoya en los recuerdos para sobrevivir. La miro desde el misterio que dejaron los que un día llenaron de voces la casa, desde las manos que dejaron de regar las primaveras, desde las risas que ahora viven escondidas en los rincones. La lluvia solo cae no recupera el pasado solo lo hace transparente en cada gota que no atrapo, en cada palabra que no logré decir y sin embargo esa nostalgia que me ha empapado de recuerdos no me devuelve la vida.
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DESPUÉS DE LA LLUVIA
Enrique Fredy Díaz Castro.- México
Su música es un arrullo
que despierta los sentidos,
como aliviante suspiro
que se pierde entre murmullos.
Ver al cielo encapotado,
los cerros reverdeciendo,
y el sol que se va perdiendo
sobre aquel manto nublado
Se torna gratificante
mientras se escuchan los truenos
señal de un período ameno
con la lluvia refrescante.
Por las calles los riachuelos
indican que allá en la sierra,
bien mojada está la tierra
con la bendición del cielo.
Nos empapa la alegría
el aire huele a riqueza,
con la divina proeza
de refrescarnos el día.
Las avecillas callaron
cubriéndose en la floresta,
en medio de aroma y fiesta
que sus trinos resguardaron.
¡Que ya mojé mis zapatos,
mi pantalón y camisa!
¡No importa, deja tus prisas,
ya te secarás al rato!
Después de la lluvia siente
como tu espíritu canta,
el ánimo se agiganta
con lo fresco del ambiente.
Las plazas y los jardines
recobran el señorío,
como el torrente los ríos,
y el perfume los jazmines.
Gracias por el temporal
¡Oh Señor del universo!
por el potencial inmenso
en el naciente maizal.
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A PESAR DE LA LLUVIA
Carlos González Saavedra – Argentina
A pesar de la lluvia
A pesar de la tormenta
Siguen lindas, las flores
Siguen cantando los pájaros.
Sigue el arco iris con sus colores.
A pesar de la tormenta
Hay sol en tu mirada
Hay sonrisas en mis labios
Hay amor en caja guardado
Solo basta desatarlo
Solo basta disfrutarlo
Tormentas habrá muchas
La magia de la vida sigue estando
Y su belleza mostrando.
El sol esta siempre
aunque lo estemos negando.
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CUANDO LA LLUVIA TE RESPONDE
Elspeth Gormley – España
Lluvia… te llamé desde mi silencio y tú me escuchaste desde tu cielo.
Sé que vendrás. Lo sé porque siempre vuelves cuando la tierra está cansada y mi alma también.
Vendrás despacio, como quien no quiere despertar a nadie, pero me despertarás a mí. Me tocarás la cara con tus dedos fríos y suaves, y yo volveré a sentir que todavía sé llorar sin tristeza y respirar sin prisa.
Lluvia… cuando caes, algo en mí se ordena. Algo se limpia. Algo se abre. Algo vuelve a ser verdad.
No tardes. Tengo la piel seca de tanto sol, y el corazón lleno de cosas que solo tú sabes deshacer.
Vuelve, lluvia. Hazme tuya un instante. Hazme calma. Hazme vida.
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LLUVIA Stella Higuera – Colombia
Me enseña a caer A deslizarme en paz A volver a la esencia A lo elemental.
Me convida a danzar Me advierte que soy una gota.
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LA LLUVIA CAE…
Lamberto Ibárez Solís – México
Cae la lluvia, la miro descorrer mi ventana;
serpentea en ráfagas perdidas en los cristales…
resbala, canta, cae en goterones y emana;
emana y brotan mis recuerdos a raudales.
La lluvia cae, fresca y limpia todos mis males…
Regresar el tiempo, el momento, el reloj entero
en que tus ojos eran lindos y frescos portales,
el olor de tu pelo, tu boca… un lindo florero.
Al igual que la lluvia golpea mis recuerdos,
salpica mi alma y escarba mi corazón herido,
humedece mi pecho y mis pensamientos cuerdos;
no puede aguantar mi silencio… un sordo gemido.
Y recuerdo las calles, recuerdo la lluvia,
recuerdo tu rostro, tu cara y tus ojos bellos;
nada que empañe y opaque; porque nada enturbia
tu rostro mojado, tus ojos de sol cual un destello.
Recuerdo tu blanca ropa, cocida en tu cuerpo,
tu ropa de sal, pegada, adherida en silencio;
dos corazones juntos, palpitantes y yertos,
la lluvia que moja y de mi ventana presencio.
La lluvia en silencio que cae, que cae en mis ojos,
la lluvia iracunda… golpea mis pupilas letargas
y se confunde en silencio que en silencio mojo
y se deslizan heridas mis lágrimas amargas.
¡Lluvia, milagro entero! Agua, dadora de vida,
manantial celeste que derramas vida entera;
cántaros divinos que descienden y se anidan;
besando mi tierra porque hay sed y no espera.
Sigue cayendo con fuerza, lluvia bendecida;
lluvia amada, lluvia estruendosa y adolorida
que opacas mi llanto… duele y avivas la herida
que guardo en mi pecho y la tengo escondida.
Derrama inclemente con fuerza en mi rostro,
derrama tus gotas dulces, amargas y fieras;
pero si Dios te envía; yo ante él me postro
y bañes mi cuerpo frío cuando yo muera.
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¿QUÉ IMPORTA QUE LLUEVA ?
Marga Mangione – Argentina
Llueve y hace frío…
La casa es un nido donde corren nietos,
que entre juego y risas alegran mi vida,
me llenan de dicha, y alientan mi espera.
La estufa encendida reúne en su fuego,
toda la familia y en mi alma ruego,
que siempre esté unida, que siempre los tenga.
Llueve y hace frío…
¿Qué importa que llueva?
¿Qué importa ese frío, que a otros desvela?
Si dentro de casa, estando tan juntos,
la paz nos inunda, la vida está plena.
¿Qué importa el invierno?
¿Qué importa si el viento, furioso se cuela?
¡Estoy tan contenta si los nietos ríen,
si están tan felices, si dichosos juegan!
La casa es un nido sin odio y sin penas,
dónde están mis hijos, donde soy abuela,
donde nada falta, donde el tiempo vuela.
¿Qué importa otra cosa, que suceda afuera?
Importa la risa de mis tres diablitos,
si alguno se esconde bajo mi pollera.
A través del vidrio veo que la gente
presurosa pasa, el ceño fruncido;
rumbo a su destino, rumbo a sus quimeras.
¿Qué importa la gente, que pasa y se aleja?
Yo estoy en mi casa, feliz y contenta,
atrapada y libre; reina y prisionera.
¿Qué importa la vida que transcurre afuera?
Llueve y hace frío…
¿Qué importa que llueva? Lo único importante:
¡Es que yo los quiero, y que ellos me quieran!
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LLOVIZNA
Antonio Morelos – México
Bajo pertinaz llovizna
una tarde de verano,
vi llegar a una chiquilla
con un velito de mano,
que apenas su faz cubría
caso raro, muy extraño,
porque caía la llovizna
y nada le había mojado.
De enigmática sonrisa,
de un mirar cautiador,
muy cautelosa desliza
sus pasos sobre el vapor,
que la pertinaz llovizna
de húmedo viento formó,
aunque soplaba la brisa,
ni un pelo e ella mojó.
Sonoro y claro tañir
de una campana escuché,
al tañido yo quise ir
más no supe donde fue,
porque muy cerca de mi
tampoco supe por qué,
la chiquilla estaba allí
que solo yo podía ver.
Anacarado y bien fino
el pelo de esa chiquilla,
juguete del viento ha sido
aquella tarde tranquila,
que por azar deldestino
no mojaba la llovizna,
todo en su cara esparcido
era linda la chiquilla.
Su voz al fin escuché,
talvez mi imaginación,
pero me atreví a saber
si era real o era visión,
más no me pude mover
fui presa de la emoción
y en aquel silencio fiel
se fue, como apareció.
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LLUVIA EN EL CRISTAL
Nuri Montenegro – Ecuador
Como quisiera ser la lluvia que cae en tu ventana, que me escuches en cada golpe suave cada mañana. Que, en esta noche, el agua en el cristal te susurre mi nombre, y que el frío te haga buscar en mi cuerpo tu refugio. Acurrúcate en tu frazada, déjate llevar por mi calma, que el eco de mi voz te llegue directo al alma. Siente mi cuerpo a tu lado, mis manos sosteniendo las tuyas, que, en el silencio de la noche, todas tus dudas se destruyan. Porque, aunque la distancia hoy se vista de gris, prometo que mis versos te harán siempre feliz. No hay invierno que apague este fuego que guardo, soy el refugio seguro, tu paz en cada encuentro. Deja que la lluvia sea el puente, para llegar a ti, y que en tus sueños busque mis brazos que abracen tus miedos. Y si la bruma intenta ocultar la luz de tu camino, recuerda que en mi alma siempre hallarás tu destino. No estás sola en la penumbra, soy el calor en tu ventana, la caricia que te espera al llegar la nueva mañana.
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MIENTRAS LLUEVE
Sarah Petrone – Argentina
De lo que el cielo descarta
para arrojarlo a la tierra
son las lágrimas que llora
por los crímenes y guerras.
De aquello que aquí no sobra,
penas que se han vuelto eternas,
son las tormentas y rayos
que sufrimos y nos aterran.
Sentado sobre una nube,
apuntando con un dedo
creemos que está el Señor,
indolente y sin clemencia.
Qué injustos a veces somos,
que tal imagen tenemos
pues seguimos con rencor
desafiando al universo.
De lo que el cielo descarta,
de todo lo bello y bueno
hemos hecho una pelota
que pateamos con desprecio.
Un carrusel de colores
gira en nuestro provecho
mientras calla sin reproches
lo que llora y que no vemos.
Salpica una nube oscura
gotas de sangre, muriendo
a los pies de aquella Cruz
mientras llueve desde el cielo.
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TIEMPO PARA DETENER LA LLUVIA
Leonor Riveros Herrera – Colombia
Detrás de la llovizna
persigo sombras
que el tiempo atrapó
hace cuarenta años.
Gotas frágiles,
ahora intensas,
me devuelven al pasado
para alumbrar rostros
que perduran.
Refrescan la mirada del gato
errante en los tejados.
Caen ingenuas en los cristales,
salpican la pileta
que adorna el patio.
Repercuten su aroma
en tu voz enamorada
y en la de mis familiares
muertos.
Bajo esta misma lluvia,
la casa y la vida
palpitan brillos de ayer
en mis ojos anegados.
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GARÚA FINA
María Rosa Rzepka – Argentina
Caminar bajo la lluvia, sentir el agua correr; como un nuevo amanecer la magia se precipita. La tierra acepta la cita, se prepara a recibir la caricia, el elixir que las nubes van soltando al pasar remoloneando como garúa finita. Algún trueno cumple el rito con estruendo meditado, después que el cielo nublado se iluminó con el rayo. Con el temor de soslayo, los perros corren de prisa. Refugiarse es la premisa sea el galpón o el alero,
mantener secos los cueros y que los rayos no insistan. La lluvia trae consigo deseos de haraganear. Invita a rememorar, soñar despierto o dormido. Que importa teniendo nido, ilusiones y algo más.
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LLUVIA Y AUSENCIA
Yanni Tugores – Uruguay
Estoy sola… Afuera, llueve. La lluvia moja mi rostro y evoca el recuerdo de su pasión, de cuando él lamía mi cuerpo y alentaba todo ese ardor. Creí que reviviría con sus caricias y sus «te quiero», que sacaría de mí todo el peso, todo el tedio. Llegó como lluvia fresca y alivió mi pesadumbre. Él era un ángel del cielo que recién abría sus alas, mientras yo dudaba qué darle con las mías tan gastadas. Temía que llegara el día en que de mí se cansara, su dolor cuando me viera con los años, en su cama, lo que dirían sus amigos al aparecer mis canas y la incertidumbre más cruel: qué sería de mí si de pronto se alejara. Estoy sola… Afuera, llueve. Llueve sobre las plantas, en los valles y en los ríos; pero más llueve en mi alma porque ya no está conmigo.
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https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png00le-administradorhttps://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.pngle-administrador2026-08-25 13:04:072026-08-25 14:58:08POEMAS A LA LLUVIA – AGOSTO
Todos los textos publicados en esta revista están protegidos por la Ley de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna. Queda estrictamente prohibida su reproducción total o parcial, distribución o difusión sin la autorización expresa de sus autores. Letras Hispanas por el Mundo respeta y defiende la creación literaria, garantizando la integridad y la autoría de cada obra.
La lluvia también escribe su propio relato.Cada gota guarda una historia.La lluviasiempre trae memoria.
COLABORADORES
Sandra Edith Aguíñiga Luquín – México
Maren Alberdi – España
María Derlinda Costa Tasistro – Uruguay
Enrique Fredy Díaz Castro – México
Elspeth Gormley – España
Andrea Kiperman – Argentina
Andrea Morini – Argentina
Graciela Reveco – Argentina
María Rosa Rzepka – Argentina
Yenni Mara Tugores – Uruguay
Ana Unhold – Argentina
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MEMORIAS DE LA LLUVIA
Sandra Edith Aguíñiga Luquín – México
Afuera llueve, aunque lento y pausado, puedo oír las gotas como caen mojando la tierra que las espera ansiosamente para devolver con su olor característico y su poder evocador lo que la memoria guarda. Lluvia que conduce a mis recuerdos, a mi origen, traslado que se convierte en nostalgia, nostalgia que aviva el recuerdo con olor a infancia, a tiempo, a abrazos de los que ya no están, al primer amor… olor que huele a inocencia, a felicidad, a calma, a quietud, a almas limpias.
Lluvia menuda que al retirarse no se va del todo, se queda en la tierra, impregna el aire con el vapor de la memoria, deja su huella como si quisiera recordarme que estoy viva. ¡Huele a mamá! A un rico té con gorditas de harina recién hechas, a voces conocidas, a manos que alimentaban, a ese amor sororal que entonces parecía tan natural y hoy sé que era un regalo. Todo eso, reunido en unas gotas y en un aroma, me transporta, me hace volver la mirada a quién soy. ¡Cuánto encierra esta lluvia! Me trae recuerdos hermosos de la niñez; ver llover con contemplación desde el resguardo de la casa, esperar pacientemente a que terminara para salir corriendo a gozar de la frescura que dejaban sus gotas, respirar ese petricor que tanto disfrutaba y que hoy vuelve a impregnarme la piel y me conduce sin pedir permiso a la puerta de entrada del patio de la infancia.
Entonces… el corazón se aprieta por las voces apagadas, por las presencias que solo regresan cuando la memoria encuentra el camino, por los abrazos que ya no pueden repetirse. Pero al mismo tiempo, la lluvia me invita a agradecer porque a más de seis décadas aún pueda aparecer aquella niña mirando el agua caer esperando a que escampe para salir. Sin embargo, la lluvia también despierta lo que el tiempo parecía haber dejado seco y dormido: la pérdida y el dolor.
La lluvia fuerte me recuerda el río vertical que caía sobre mi cabeza, el sonido intenso como cataclismo celeste que no cesaba durante horas, como si el cielo llorara sin consuelo, como si escribiera con agua un poema de dolor, como si protestara y, a la vez, como si me acompañara en el sufrimiento.
Enseguida, las imágenes se hacen presentes, se posicionan una a una frente a mí: una madre desconsolada llorando a su hijo, un padre ebrio de dolor, una esposa adolorida, aturdida y desconcertada y unas niñas sin padre, con dolor también y con ganas de jugar, como si el juego pudiera detener lo que estaba sucediendo, con la conciencia propia de un niño en la que su pequeña humanidad no alcanzaba a comprender. La lluvia me devuelve ahí, no para quedarme, sino para recordarme de dónde vengo.
Hoy la lluvia menuda me sigue generando nostalgia y la lluvia fuerte me regresa a la pérdida; una me conduce a la infancia y la otra al dolor. Disfruto la llovizna y no deseo dejar de hacerlo; la lluvia fuerte sí me regresa al dolor, no la evito ni la niego, porque aun en la tormenta me reencuentro. No puedo olvidar episodios dolorosos de mi vida, son parte de mi historia, pero sí puedo, desde ellos, honrar y agradecer a quienes me dieron vida y ya no están y a quienes me acompañaron en el camino. Puedo honrar mi propia existencia al estar aquí sintiendo, recordando, contemplando la lluvia, aunque duela y haya dolido.
Así el agua del cielo se convierte en una fuente purificadora del alma, se transforma en gratitud con Dios por permitirme contemplar su belleza independientemente de los motivos que el cielo tenga para llorar. Es agua que limpia, que arrastra todo aquello que está demás; moja, seca, penetra, permanece y vuelve a comenzar como la vida, como la memoria… como yo. Quizá por eso quiero que la lluvia deje algo de ella que permanezca en la tierra, en el aire y en mí.
Porque mientras la lluvia siga despertando mis recuerdos, aquella niña que fui seguirá viviendo dentro de la mujer que soy.
💧💧💧
LA LLUVIA QUE ME RECUERDA
Maren Alberdi – España
La lluvia fina cae como si tuviera memoria. No golpea: acaricia. Y en cada gota trae un olor distinto, un recuerdo antiguo, una parte de mí que creía dormida.
Cuando la lluvia empieza, lo primero que llega es el olor a tierra mojada. Ese aroma profundo que solo conocen los bosques, los hayales, los caminos donde el silencio tiene raíces. Me veo niña, corriendo entre árboles altos, escuchando el murmullo de los riachuelos que serpenteaban cerca del caserío. La lluvia allí era sagrada: era hogar, era juego, era vida. Era ese perfume que solo existe cuando el agua toca la tierra que uno ha amado desde siempre.
Luego llega otro olor, distinto, más salado, más mío: el olor a mar cuando llueve. Un olor que se intensifica, que se vuelve más profundo, más azul. El mar bajo la lluvia respira de otra manera. Se abre, se expande, se deja sentir. Y yo, que vivo cerca de él, sé que ese olor no es solo agua y sal: es memoria líquida, es abrazo, es promesa.
Pero la lluvia también tiene otro rostro. En la ciudad huele diferente. Huele a asfalto mojado, a prisa detenida, a paraguas que se cruzan, a pasos que resbalan. Es un olor más duro, más gris, más humano. Y aun así, también me invade. Porque la lluvia, incluso en la ciudad, trae recuerdos: de calles recorridas, de vidas compartidas, de días que fueron y ya no son.
La lluvia fina es un puente. Une mis mundos: el bosque de mi niñez, el caserío que me vio crecer, el mar que ahora me sostiene, la ciudad que me acoge. Cada gota es una llave que abre una puerta distinta. Cada olor es una historia que vuelve.
Y cuando la lluvia cae así, suave, lenta, verdadera, siento que todo lo que fui y todo lo que soy se encuentra en un mismo lugar. En ese instante en que la piel se humedece, en ese segundo en que el aire cambia, en ese momento en que la memoria despierta.
La lluvia fina no moja: revela. Revela quién fui, quién soy, y quién sigo siendo cada vez que el cielo decide hablar en voz baja.
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LLUVIA
María Derlinda Costa Tasistro – Uruguay
Lluvia que caes en lágrimas desprendidas del cielo, así como el inconfundible aroma que transmite la madre tierra mojada. Así como las plegarias que se elevan en ruegos para aplacar la sequía.
Como la lava que se convierte en lluvia negra. Eres pecadora y salvadora cuando tú decides chisporrotear con tus gotas aquí y allá o cuando haces correr a los enamorados descubiertos por tu osadía. Lluvia fuerte que desalojas viviendas, provocando penurias y tristezas, acentuando la pobreza donde ya impera.
Inspiras respeto con tu presencia o ausencia. Eres maldita y bendita. Formas parte de nuestras vidas ya que las condicionas en el bien y en el mal.
Ten presente que muy a menudo dependemos de ti.
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DEPREDACIÓN
Enrique Fredy Díaz Castro – México
La romantización de la lluvia como fenómeno refrescante, apaciguador del clima y generador de vida, ha transitado generacionalmente y nos une en agradecer al Creador por las bondades que nos brinda. El verdor en la geografía, las cosechas en la milpa o parcela, los ríos fluyendo el vital líquido, la frescura ambiental, esas mañanas y tardes cafeteras mientras arrobados contemplamos el paisaje y múltiples beneficios que nos deja en esta parte del hemisferio durante el verano.
Todo mortal asume que la dependencia del agua es infinita, pródiga y naturalmente vital para el desarrollo del mundo y sus haberes. Cuidar sus logros e impulsarlos con vehemencia debería ser más que un acicate y costumbre arraigada, una consigna como lo es beberla, asearnos con ella, regarla a conciencia sobre tierras de cultivo y el jardin en casa; no obstante, la lluvia pareciera que en algunos se torna velado enemigo por el tema de sus cosechas y la inconsciencia humana ha fabricado implementos para contravenirla, para inhibirla: los llamados cañones antigranizo y supuestas bombas con químicos que desde las avionetas flagelan a los bancos nubosos rompiendo el natural ciclo en tiempo y forma; sin olvidar que la deforestación repercute negativamente en ese proceso refrescante para el suelo y todo ser vivo.
La tragedia mundial se cierne velozmente sobre vastas regiones continentales. América, África y Europa sufren alarmantes seguías, sus países enfrentan un panorama desolador cuyo crecimiento rebasa el potencial económico de gobiernos y consorcios; el ingreso per cápita de las arcas se debilita en combatir la sequía en el campo, los incendios forestales de descomunal dimensión y para colmo, el hombre en su desmesurada ambición, destruye a diario grandes extensiones boscosas con maquinaria o provocando gigantescas lumbreras de la manera más impune y genocida.
Si, la lluvia es muy urgente pero los emisarios de la destrucción la inhiben con saña y desprecio por la vida misma, acelerando las grandes conflagraciones que con inmediatez consumen cientos de miles de hectáreas de selvas en diversos puntos del país y del mundo provocados por la mano del hombre pero la impunidad supera a toda ley y principio que sustente el ejercicio de la justicia contra la depredación de incalculables daños que aceleran el fin de esta generación. La insensibilidad de unos cuantos está acabando con todo rastro de vida en la tierra
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EL DILUVIO QUE ME DESPERTÓ
Elspeth Gormley – España
La lluvia empezó como un susurro. Una caricia fina, casi tímida, que apenas rozaba la tierra. Era la lluvia que siempre me ha acompañado: la que huele a bosque, a hayal, a caserío, la que despierta recuerdos de infancia escondidos entre raíces y riachuelos.
Cerré los ojos y respiré. El aroma a tierra mojada me devolvió a aquellos días en los que corría descalza, cuando la vida era simple y el mundo cabía en mis manos pequeñas. La lluvia fina siempre ha sido mi puente hacia lo que fui.
Pero esa tarde, algo cambió.
El cielo se oscureció de golpe, como si hubiera decidido que ya era hora de hablar en serio. La lluvia dejó de ser caricia y se convirtió en golpe. En rugido. En torrente.
Cayó con una fuerza que parecía imposible. Una lluvia torrencial que no pedía permiso, que no avisaba, que no negociaba. Era un diluvio, pero no solo afuera: también dentro de mí.
Sentí cómo cada gota golpeaba el suelo como un martillazo, como si el cielo quisiera romper algo que llevaba demasiado tiempo quieto. Y entendí que esa lluvia no venía a mojar: venía a limpiar.
El agua arrastraba hojas, barro, polvo… y yo sentí que también arrastraba mis silencios, mis miedos, mis dudas, mi cansancio acumulado. Ese lodo interior que uno guarda sin darse cuenta.
La lluvia torrencial era un espejo. Me mostraba lo que ya no quería cargar. Me obligaba a soltar. A vaciar. A dejar ir.
Y mientras el agua corría por las calles como un río improvisado, yo también me dejé llevar. Me dejé limpiar. Me dejé romper. Me dejé reconstruir.
Cuando la tormenta empezó a aflojar, el aire cambió. Olía a mar, a ese olor profundo que solo aparece cuando la lluvia toca la sal. Un olor que me recuerda quién soy ahora, quién he aprendido a ser.
La ciudad también olía distinto. A asfalto mojado, a vida que se detiene, a gente que corre buscando refugio. Pero yo no corrí. Me quedé. Porque a veces hay que quedarse en la tormenta para entenderla.
Y entonces lo supe: la lluvia fina me trae recuerdos, pero la lluvia torrencial me trae verdad.
La primera me acaricia. La segunda me despierta.
Y ambas, juntas, me devuelven a mí.
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LLUVIA
Andrea Kiperman – Argentina
Antes que nada, como siempre, gracias por estar del otro lado compartiendo estas palabras. A veces cae así, como si nadie la estuviera mirando. Se desliza desde arriba hacia el suelo, rozando, acariciando la tierra. En ocasiones desata su furia como un león rugiente que necesita demostrar su poder; en otras simplemente pareciera que ni está presente. A veces solo molesta, se hace tan imperceptible que ni se llega a notar.
Dicen que solo su presencia sana, limpia, purifica a todos los que estamos aquí. También debo admitir que causa desastres cuando se pone furiosa, casi indomable, con esas gotas que parecen que nunca se van a terminar, inundando todos los espacios de la tierra. Muchas veces es alivio, ese alivio que baja las altas temperaturas.
Hay lugares de la tierra en los que suelen extrañarla, ya que muy pocas veces al año aparece, y otros en los que aparece cada dos por tres en pequeños momentos casi todos los días. Es simplemente así: aparece en el momento exacto, que claro, nosotros desconocemos por completo. Querida lluvia, espero que con tu agua puedas regar con tu dulzura a todo lo que habita en el mundo.
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EL ECO DE LA LLUVIA
Andrea Morini – Argentina
Mica contemplaba la lluvia azotar las tejas de la casa de enfrente. Era una jornada plomiza de invierno, de esas que —especialmente cerca del mar— te calan hasta los huesos. Las calles de su barrio yacían sepultadas bajo la misma bruma triste y espectral que le oprimía el corazón. En la acera, ancha y marchita, se erguían árboles arcaicos. En verano solían ser el orgullo de los transeúntes, pero aquel día sostenían con pesadumbre el llanto que el cielo había vertido sobre ellos. Junto a la vereda había tres automóviles estacionados. No los reconoció. Incapaz de sofocar su devoción por los misterios ajenos, se preguntó a quiénes pertenecerían y qué oscuras historias arrastrarían sus dueños; siempre había disfrutado inventar vidas para los desconocidos con los que se cruzaba por azar.
Aburrida, decidió salir a caminar. Sabía que no era el momento adecuado, pero cuando la impaciencia la dominaba, cedía sin resistencia a cualquier impulso. Necesitaba respirar un aire que de repente le resultaba escaso. Le pesaba aquella soledad suspendida en tanto espacio baldío: desde la partida definitiva de sus padres, la casona familiar había dejado de ser un hogar. La habitaba, sí, pero no la vivía; no era más que una inquilina resignada, un espectro tan intrascendente como la araña que anidaba en el rincón de la cocina, a la espera de que alguien, algún día, la barriera sin contemplaciones.
Cruzó el umbral y contempló el escenario de siempre: los pasajes estrechos, sinuosos, y los jardines frontales doblegados por lo gélido y la humedad. Una hilera de sauces, con sus ramas lánguidas rozando el barro, la saludó con solemnidad. A lo lejos, un vecino paseaba a su perro —o tal vez el perro paseaba a su dueño, la escena era demasiado difusa y a ella tampoco le importaba. Un rugido de motor quebró la monotonía; pertenecía a uno de los vehículos que había dejado atrás. Quizá algún joven impaciente por reunirse con los suyos. El chirrido de una acelerada violenta y un alarido desgarrador interrumpieron bruscamente sus pensamientos. En un parpadeo, se halló inmersa en una multitud que emergía de las penumbras de sus casas.
—¡Qué tragedia! —murmuraban unos. —¿Qué ha ocurrido? —inquirían los más lejanos.
Mica no lograba desentrañar la escena; se sentía una observadora ajena, incorpórea. De pronto, un rostro amado y lejano se destacó entre la muchedumbre. Una amplia sonrisa iluminó su semblante, hasta entonces ensombrecido por la pena, y avanzó hacia él sin dudarlo.
—No mires. Vámonos de aquí —le dijo él en un murmullo, con esa voz cálida que tanto lo caracterizaba al ponerse a su lado.
Mica, sumisa, le tendió la mano con un gesto ancestral que la inundó de una dicha olvidada. Sin embargo, vencida por un morbo involuntario, giró la cabeza hacia la esquina. Vio la aglomeración de curiosos, el cuerpo inerte y desmadejado sobre el asfalto húmedo… y fue entonces cuando lo comprendió todo.
—Sí, papá. Mejor nos vamos —respondió.
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TORMENTA
Sandra Romeo – Argentina
Quien mira hacia afuera, sueña;
Quien mira hacia adentro, despierta. Carl G. Jung
Una noche de tormenta te despierta un extraño ruido. Primero piensas en la rama contra la ventana, esa que no se deciden a cortar para no dañar al árbol que plantaron los abuelos. Pero piensas —y es cierto—: no hay viento.
Sin moverte de la cama, recorres mentalmente los espacios de la casa. Tu mente sale por esa puerta abierta del cuarto y sigue por el pasillo alfombrado. La luna se refleja a través de los ventanales amplios y se reproduce sobre la superficie del lago en miles de lunas destripadas. Sin embargo, te lo digo yo: esta noche no hay luna.
Sigue tu mente recorriendo la casa, baja por las escaleras y se siente el suave rechinar de la madera bajo sus pisadas. Una mente casi dormida o recién despierta puede decirse que pesa poco. Sin embargo, tu mente está llena de tu vida. No puede pesar poco.
En la cocina se detiene, tu mente, sobre el piso damero en blanco y negro. Y ahí está el causante del extraño ruido en esa noche de tormenta. Solo sobre las baldosas. Esperas alguna reacción de su parte, pero él se mantiene en silencio, a la expectativa. Busca, tu mente, el sitio en dónde dejó olvidado al causante del ruido. No sabe dónde lo perdió, en qué recoveco se quedó escondido para luego hacer esta aparición espectacular. No recuerda. Pero tampoco está dispuesta a hacerse cargo del abandono ni de la culpa que entrevé en los ojos de él, que la mira fijo desde el piso de la cocina en esa madrugada tormentosa.
Te agitas en la cama, percibiendo la lucha de voluntades que se está dando en ese momento en la planta baja. Quisieras intervenir, pero a estas alturas ya no sabes a favor de quién.
No se puede vivir sin una mente, eso es claro. Tampoco sin sueños, eso es doloroso.
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EMPOLGADOS BAJO LA LLUVIA
Graciela Reveco – Argentina
Llovía tanto que Leandro pensó que estaba frustrado el intento de que su padre lo llevara al campo como un miembro más de la expedición. El letargo aburrido en la vida de ciudad lo convertía en un niño apático, impreciso en sus recónditas aspiraciones, desmotivado por algún tipo de carencias. Los progenitores ofrecían bastante, sin embargo, no comprendían su íntima perspectiva. Una sola vez permitieron que acompañara al grupo, pero era tan pequeño que no bajó de la camioneta. Muchos bichos y espinos, sentenció la pobre excusa de su padre.
En esta oportunidad, sería un placer encontrar nuevas especies para su insectario y el proyecto de herbario que tenía emprendido desde días atrás. La maestra lo calificaría con excelente. Además, podría experimentar a cielo abierto la rudeza del campo, el paisaje agreste, tan lozano y salvaje como una pintura de la época indígena, como la soñara en sus largos vuelos de pájaro en libertad. Ya no era un niño, cursaba quinto grado y deseaba respirar lo autóctono desde la sublime entraña de la tierra, y no solamente a través de los libros de geografía.
Debía actuar rápido, no ocurría con frecuencia que su padre explorara terrenos para comprar parcelas. Preparó la mochila y no olvidó la Tablet para fotografiar, besó a su madre sin esperar aprobación y trepó a la camioneta. Primero el padre lo observó seriamente, pero luego puso en marcha el vehículo y partieron bajo la intensa lluvia, y la esperanza de que más adelante se detuviera. Y así fue. Tras un par de horas de viaje salieron de la carretera para ingresar a una huella pedregosa, marcada por el tránsito de los caballos y algún vehículo ocasional. El aguacero quedó atrás, empujado por la victoriosa y caliente sequedad del terreno. Leandro estornudaba cada tanto, el polvo suelto se metía por el cierre de las puertas y podía sentirlo hasta la garganta, pero no dijo nada.
Cerca del mediodía se detuvieron en una villa; la precaria construcción no le restaba encanto al lugar. La gente de allí bebía agua de pozo y se alimentaba de aves y verduras. Aquello era tan diferente a la calidez de su hogar, con la salamandra, los calefactores, el suave acolchado de lana de su cama, y en los días de calor con la frescura del aire acondicionado. En la escuela tenía compañeros que tampoco gozaban de todas esas comodidades, pero dormían lejos de las arañas y las cucarachas. El niño pensó con cierta tristeza, y a su manera, que había muchas cosas que el ser humano no podía manejar a su gusto.
Sacó las primeras fotos y decidió que había algo que podía solucionar y estaba fuera de todo contexto de escasez y desamparo que el panorama ofrecía a su ingenio fisgón. Hacía largo rato que la vejiga amenazaba estallar y debía resolver el problema. Con absoluta decisión y sin medir nada más que la urgencia, se dirigió a un frondoso árbol que estaba a unos cuantos metros de las primeras casuchas, a la entrada de la villa. Cumplía su cometido cuando descubrió unos grandes ojos negros desaprobando el hecho, un niño de su edad, moreno y desgarbado, que abanicaba su mano frente a la cara para alejar el olor. ¿Por qué le haces esto al árbol?, interpeló ceñudo, hay un retrete para eso, y ahora funciona bien porque mi papá desagotó el pozo ciego. Repetía palabras de adulto, y no esperó respuesta, ni disculpa, solo se fue.
Leandro quedó estupefacto frente al árbol, con una gran desazón. Un perro levantó la pata para imitar la acción descabellada, pero un largo silbido lo arrancó del intento. Leandro miró el cielo con ojos tristes, ojalá lloviera para borrar su desatino. Afligido, acudió al llamado de su padre. A cambio de información, bajaron de la camioneta alimentos para los aldeanos y luego partieron. El camino y el cielo estaban despejados, podían seguir un poco más adelante sin problemas. Mientras se alejaban, Leandro miró hacia atrás y vio al muchachito moreno que lo había reprendido por su mala acción; echaba baldazos de agua sobre el tronco maltratado. Un sentimiento de angustia le hizo cosquillas en el estómago, pero no estaba seguro de la estatura del daño ocasionado, solo aspiraba a que la lluvia lo sanara.
Tras otro largo trecho, se detuvieron en una bonita extensión manchada de ocre y verde musgo, salpicada de guijarros de diversa tonalidad, cactus y un sinfín de flores silvestres, amarillas y rosadas. El horizonte cerraba con un anaranjado furioso detrás del azul, pero tanta naturaleza viva no le quitó el malestar. Aprovecharon para almorzar en ese lugar y Leandro necesitó contarle el incidente a su padre. Sentía algo de vergüenza, pero él tenía una respuesta justa para todo. Esta gente vive enraizada a su terruño y cada cosa que los rodea representa un valor incalculable. No conocen nada más fiel que la naturaleza que los viste y les da de comer; la defienden como pueden. Te ofreció su sanitario, dentro de toda su pobreza fue una cuestión de educación, nada más. Igualmente, el árbol no quedó muy feliz con eso, no debe haber una próxima vez, dijo sabiamente su padre. Hablar y entender lo hizo sentir mejor. Le agradaba la experiencia, conocía lugares interesantes y aprendía a salvar errores y diferencias. Con absoluta felicidad, se dedicó a tomar más fotos, a recoger bichitos raros, algunas raíces frescas y piedras amorfas.
En el ocaso de la jornada, el campo furiosamente bello, altos arbustos coloridos, bajo una techumbre de estrellas, envolvió el regreso. Asombrado, Leandro llevaba todo en sus ojos más que en la Tablet. El horizonte esparcía iridiscencias color rosa y celeste, como un pincel avezado que cerraba la claridad del día. A lo lejos fulguraba un puñado de luces. En minutos nada más pasarían por el costado de la villa, justo frente al árbol, y Leandro pudo apreciar con asombro de dónde provenía su cosquilleo. Comprendió todo en un instante. El muchachito moreno que lo había reprendido estaba tendido bajo el árbol mancillado, y trataba de conciliar el sueño contando estrellas. Su padre tenía razón: solo había defendido sus dominios, y sin duda sus carencias eran materiales, en cambio la suya era una sola: la capacidad de valorar con el corazón lo que la vida le otorgaba. Empolgados bajo otro tipo de lluvia, sintió que su pequeña estatura había crecido con la celeridad del árbol.
Cerca de la casa familiar el cielo empujaba la tormenta hacia otra latitud y aparecían algunas estrellas entre nubes; le gustó la nueva sensación. Gracias, papá, dijo mientras bajaba corriendo de la camioneta, aunque su padre no sabía el alcance de tal agradecimiento. Leandro convino, en su despertar interior, que había una porción de felicidad para cada persona. Él tenía su propio cielo y su propia lluvia de estrellas, capturados con el telescopio desde el balcón de la planta alta, y… ¡pobre de quien se atreviera a invadirlo
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LA INUNDACIÓN
María Rosa Rzepka – Argentina
Las aguas del arroyo habían salido de su cauce buscando el declive de las tierras. Avanzaban hacia el caserío. En las casas acomodaban los enseres más importantes y los comestibles que quedaban luego de diez días de lluvia intensa. Se escuchaba el avance de la correntada, acrecentando la zozobra. Los animales seguían en los corrales, reparándose los unos a los otros. Las gallinas encaramadas en las ramas bajas de los árboles. El agua llegó rápido, aumentando el sufrimiento, estancándose entre los requechos ralentizó un tanto su marcha. Hasta que un viento del oeste comenzó a despejar el cielo. De a poco se insinuaron los rayos del sol, débilmente. La esperanza venció al barro. Exhaustos, hombres, mujeres y niños sabedores del trabajo que costaría recuperar lo perdido, se contentaban por haber resistido la inundación sin pérdidas de vida. Llegando la noche, algunas estrellas acompañaban a la luna como queriendo dar aliento a los inundados. Aquella noche no llovió. El arroyo volvió a contener sus aguas en cauce, mientras la tierra trataba de absorber las aguas, ahora quietas. Tal vez, avergonzadas
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SINFONÍA DE LLUVIA
Yenni Mara Tugores – Uruguay
Ha besado la lluvia aquel jardín, y el agua dormida de la fuente se estremece como si despertara de un sueño antiguo. El repiqueteo de las gotas golpea con fuerza sobre un periódico que rueda sin rumbo, deshaciéndose poco a poco hasta convertirse en un desecho más de la tormenta. A mi alrededor, la gente corre buscando refugio; puedo percibir las prisas, el choque de paraguas, los frenos bruscos de los vehículos, todo mezclándose con la estrepitosa caída del agua. El aleteo desesperado de los pájaros buscando abrigo y la leve brisa que agita las copas de los árboles componen un escenario que hace que mi imaginación despierte.
La fuente se desborda y se convierte en cascada, y es entonces cuando en mi mente comienza a formarse una melodía. El sonido crece, se hace más fuerte, más profundo, más envolvente, a medida que la lluvia sigue cayendo con insistencia. Cierro los ojos y dejo que mis oídos tomen el mando, deleitándose con aquella maravillosa sinfonía que parece surgir de cada rincón del jardín. Me imagino una canción, una canción de amor, y giro y giro al compás de esa música estremecedora. Oigo violines, pianos, saxos y trompetas. Mis sentidos se agudizan, mis pies comienzan a danzar, y por un instante siento que la lluvia dirige una orquesta invisible solo para mí.
De pronto, la lluvia cesa. La brisa se calma. La sinfonía se detiene. Y esa canción que nunca cantaré queda dormida en mis labios, como un secreto que la tormenta me regaló y que solo existe mientras el agua cae.
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LA LLUVIA ¿CULPABLE O INOCENTE?
Ana Unhold – Argentina
Hace tiempo se han ido sucediendo en la tierra una serie de sucesos que no pueden dejarse pasar. Esto ha llevado al Tribunal Internacional de La Haya a someter a juicio a la lluvia como responsable de tantos males. El relator lee los primeros informes: los combustibles fósiles están avivando las llamas de esta crisis. Más carbón, petróleo y gas implicarán “un futuro aún más inflamable”, con un contexto de temperaturas oceánicas excepcionalmente elevadas a escala global. La actividad climática estacional prevé temperaturas muy altas, superiores al promedio, en África, sur de Europa, península Arábiga, sur de la India, este de Asia, América Central, el Caribe, Sudamérica y Nueva Zelanda. Existe elevación de la temperatura superficial del Océano Pacífico Central y Oriental, desencadenando cambios en las lluvias y la temperatura a escala global. Vienen efectos climáticos como sequías e incremento en incendios forestales, en especial en la cuenca del Índico. Si bien desde tiempos inmemoriales se ha considerado necesaria a la lluvia, últimamente podemos observar que se ha excedido en frecuencia y cantidad en muchos lugares de la tierra, ocasionando más daños que beneficios. Por ello es que se presentan estas acusaciones. La lluvia transparente bajó lentamente la cabeza.
—Señor Fiscal, por favor lea el informe que completa lo anterior —señaló el relator. La Organización Meteorológica Mundial —agrega el fiscal— augura episodios de lluvias intensas e inundaciones, por ejemplo, en México entre agosto y octubre. Por otro lado, se considera que la lluvia también tiene responsabilidad en otro fenómeno: desde el 30 de julio el planeta ingresó en una fase de sobregiro ecológico. Representa el punto del año en que la humanidad utilizó todos los recursos naturales que la tierra puede renovar durante ese mismo año. A partir de ese momento la sociedad comienza a consumir “en números rojos” y compromete el futuro de las próximas generaciones. Según la ONU, el mundo ya agotó la capacidad de regeneración anual de los ecosistemas. El Sr. Guterres, Secretario General, ha expresado: “Necesitamos repensar urgentemente cómo producimos y consumimos. Todavía podemos cambiar el rumbo, pero solo si actuamos ahora”.
¿Cómo se realiza el cálculo del Día de Sobregiro de la Tierra, momento exacto en que la demanda de recursos ecológicos y servicios sobrepasa la capacidad de regeneración de la naturaleza para ese año? El cálculo se realiza comparando la huella ecológica —toda la superficie productiva necesaria para satisfacer las necesidades humanas de alimentos, fibras, madera, espacio para infraestructura y absorción de carbono— con la biocapacidad del planeta. La lluvia escuchaba cabizbaja y en silencio.
El fiscal continuaba leyendo: un informe de Global Footprint Network detalla que actualmente la humanidad está demandando de la naturaleza un 73% más rápido de lo que los ecosistemas pueden regenerar. El equivalente a usar 1,73 Tierras. Este fenómeno puede compararse con agotar el saldo de una cuenta bancaria y empezar a operar en déficit. Estos procesos profundizan fenómenos meteorológicos extremos, como sequías, lluvias torrenciales y olas de calor que afectan a los ecosistemas y reducen la producción alimentaria. La lluvia apenas levantó la mirada. Como información, leeremos algunas fechas claves del giro ecológico en diferentes países: Qatar, 4 de febrero; EE.UU., 14 de marzo; España, 4 de junio; Argentina, 13 de junio; Colombia, 1 de octubre. La consecuencia del sobregiro incluye un uso excesivo de recursos como agua dulce y acumulación de gases de efecto invernadero.
—Por lo tanto, podemos concluir que la lluvia es acusada de inundaciones, barro, derrumbes, cosechas perdidas, sembrados arruinados por caer fuera de tiempo, muertes humanas y animales y toda otra cantidad de desastres. La lluvia escucha en silencio y cuando le conceden la palabra, responde: —Yo siempre fui la misma. He sido una viajera en el tiempo: estuve en glaciares, océanos, nubes y nieve. Fui sangre de un dinosaurio y de una oruga; estuve en todas las lágrimas de quienes expresaron dolor; he mojado chozas y palacios; mojé a jueces y condenados al pie del cadalso. Incontables recorridos a lo largo de los siglos. Yo siempre he sido la misma. Fueron ustedes quienes talaron hectáreas y hectáreas de bosques. Ustedes cubrieron la tierra con cemento, desviaron los ríos y calentaron el planeta quemando carbón y petróleo. Podría pasar días enteros enumerando daños… No me juzguen por los daños que producen sus propias decisiones. Nunca admitiré ser culpable de daños al planeta. Soy el único idioma que todos los pueblos entendieron antes de inventar las palabras. ¿Soy culpable o inocente?
Un enorme silencio se extiende en la sala. El presidente del tribunal toma el mazo para dictar la sentencia. En ese instante un trueno amenazante hace temblar los ventanales. No se sabe si fue casualidad o si la lluvia acaba de responder…
Vuelve la escritora a la ciudad de La Plata. Llueve a cántaros. No intenta esquivar la lluvia; deja que le moje el rostro. Por primera vez comprende que no está caminando bajo una tormenta, sino bajo millones de años de historia.
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https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png00le-administradorhttps://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.pngle-administrador2026-08-25 13:03:232026-09-09 14:20:44RELATOS SOBRE LA LLUVIA – AGOSTO
Todos los textos publicados en esta revista están protegidos por la Ley de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna. Queda estrictamente prohibida su reproducción total o parcial, distribución o difusión sin la autorización expresa de sus autores. Letras Hispanas por el Mundo respeta y defiende la creación literaria, garantizando la integridad y la autoría de cada obra.
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Hay meses en los que el mundo parece hablar más alto que de costumbre. Agosto llegó así: con el rumor de los incendios que devoran montes enteros, con ciudades que tiemblan bajo la tierra, con vidas que cambian en un segundo y con manos anónimas que se convierten en héroes sin pedir permiso. En medio de ese ruido, la palabra vuelve a ser refugio, puente, memoria y resistencia.
Este mes, en Letras Hispanas por el Mundo, miramos de frente esa realidad que arde y se derrumba, pero también la que se levanta. Porque allí donde el fuego avanza, siempre hay alguien que sostiene una manguera; donde la tierra se abre, siempre aparece una mano que rescata; donde la vida se quiebra, siempre surge una voz que cuenta, que nombra, que no deja caer el silencio.
La literatura no es un adorno en tiempos difíciles: es una forma de respirar. Y por eso, este agosto, nuestras páginas se llenan de crónicas que laten, de historias que no se esconden, de voces que vienen desde los barrios, desde las montañas, desde los escombros y desde los estudios de radio donde la palabra se vuelve compañía.
En este camino, celebramos con gratitud nuestra colaboración con Radio Aldora, una emisora que no pertenece a un solo país ni a una sola voz, sino a una constelación de lectores y narradores que unen acentos desde distintos lugares del mundo. Allí, nuestros textos viajan en múltiples voces, cruzan fronteras y se convierten en compañía para quienes necesitan un rincón de calma en medio del ruido del mundo. Radio Aldora es, para esta revista, una casa hermana: un espacio donde la palabra se escucha, se siente y se comparte con respeto, sensibilidad y alma.
Agosto nos recuerda que la fragilidad existe, pero también la solidaridad. Que el mundo tiembla, pero la gente se mueve. Que hay incendios, pero también manos que apagan. Que hay derrumbes, pero también voces que reconstruyen.
Por eso, esta edición es un homenaje a quienes no se rinden: a los voluntarios que escarban entre escombros, a quienes escriben para sanar, a quienes leen para acompañar, a quienes escuchan para entender, a quienes, desde cualquier rincón del mundo, sostienen la palabra como si fuera una lámpara encendida.
Que este agosto nos encuentre atentos, sensibles y despiertos. Que la literatura siga siendo ese mar que no se apaga. Que la voz siga siendo puente. Que la palabra siga siendo hogar.
Letras Hispanas por el Mundo–
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https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png00le-administradorhttps://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.pngle-administrador2026-08-25 13:01:592026-08-25 15:05:21EDITORIAL – AGOSTO
Desde Letras Hispanas por el Mundo confirmamos nuestra colaboración con Radio Aldora, compartiendo contenidos culturales, literarios y artísticos que fortalecen la comunidad hispana internacional. Reconocemos el valor de su labor, su compromiso con la palabra y su aporte a la difusión cultural en múltiples países.
🌎 REPRESENTACIÓN INTERNACIONAL
Radio Aldora cuenta con presencia activa en diversos países a través de representantes y comunicadores que participan en eventos culturales y actividades de difusión.
El Jardín del Colibrí — Gloria Rivera Romero México: 8:00 AM España: 4:00 PM
Neuronas Poéticas — Cecilia Pari México: 4:00 PM Perú: 5:00 PM España: 12:00 AM
Rincón de Lectura —-Gustavo Rivera
Argentina: 9:00 PM
España:2:00 AM ( jueves )
━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━ JUEVES ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━
Sala de Lectura Luz Mágica — Gloria Rivera Romero México: 8:00 AM España: 4:00 PM
Atrapados por el Texto — Amalia Beatriz Arzac México: 6:00 PM Argentina: 9:00 PM España: 2:00 AM (viernes)
📘 La Cueva del Lobo — Luis Fernando Molina México: 8:00 PM Guatemala: 8:00 PM España: 4:00 AM (viernes) Emisión durante las tres primeras semanas del mes.
✨ Luciérnaga Arte Diverso — Luis Fernando Molina México: 8:00 PM Guatemala: 8:00 PM España: 4:00 AM (viernes) Emisión la última semana del mes.
━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━ VIERNES ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━
El Paraíso de la Poesía — Doris Ospina Alzate México: 2:00 PM Colombia: 3:00 PM España: 10:00 PM
El Baúl de Noemí — Noemí Mayoral México: 4:00 PM Argentina: 7:00 PM España: 12:00 AM
Letras al Viento — Gustavo Rivera México: 6:00 PM Argentina: 9:00 PM España: 2:00 AM
De Carne y Verso — Alfredo Cisneros México: 8:00 PM España: 4:00 AM
━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━ SÁBADOS ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━
Tiempo de Niños — Alfredo Cisneros México: 12:00 PM España: 8:00 PM
Creador de décimas literarias para Atrapados por el Texto
🌎 ALCANCE INTERNACIONAL
Radio Aldora es escuchada por oyentes de: Suecia. · España · El Salvador · Nicaragua · Chile · Bolivia
Su carácter multinacional y su enfoque cultural la convierten en una plataforma sólida, activa y en crecimiento.
📻 INFORMACIÓN PARA LOS COLABORADORES
Radio Aldora es una emisora cultural online, accesible únicamente con conexión a internet desde ordenador o teléfono móvil. Comparte literatura, poesía, relatos y música, dando voz a autores de toda la comunidad hispana.
🌍 PROGRAMACIÓN DESTACADA DE ESTA SEMANA
🇵🇪 Miércoles — Programa de Perú
Conducido por Cecilia Pari. Espacio abierto a todos los colaboradores.
Reto poético de esta semana: ¿Qué sucedería si equivocas las señales y el amor que pensabas para ti… no lo era? Envía tu poema para transmitirlo este miércoles 26. Se certificarán todas las participaciones.
Horarios: México 4:00 PM ·
Perú 5:00 PM ·
Colombia 5:00 PM ·
Argentina 7:00 PM ·
España 12:00 AM
🇦🇷 Miércoles — Rincón de Lectura
Conducido por Gustavo Rivera espacio abierto a todos los colabordores
https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png00le-administradorhttps://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.pngle-administrador2026-08-25 12:59:572026-09-02 09:55:50NOTICIAS Y COMUNICADOS
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CUENTOS – AGOSTO
NOTA EDITORIAL
Todos los textos publicados en esta revista están protegidos por la Ley de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna. Queda estrictamente prohibida su reproducción total o parcial, distribución o difusión sin la autorización expresa de sus autores. Letras Hispanas por el Mundo respeta y defiende la creación literaria, garantizando la integridad y la autoría de cada obra.
COLABORADORES
Maren Alberdi – España
Magi Balsells – España
Libia B. Carciofetti – Argentina
Elspeth Gormley – España
Marga Mangione – Argentina
Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
Azucena Velásquez – Colombia
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LA CARACOLA NACARADA
Maren Alberdi – España
Caminando un día por una playa virgen, encontré una hermosa caracola. Era verano y el mar, tranquilo y límpido, rozaba con sus labios de agua la nacarada caracola, depositada en la orilla por las olas. Mojada de mar, el sol la hacía brillar como una aparición: una mensajera de sugerencias que obligaba a fijar la mirada en ella, componiendo una escena de evocación y misterio.
Tuve el impulso de recogerla, de quitársela a la playa, pero imaginé por un momento la soledad de la arena y del agua, y me contuve. Era como robarle a la naturaleza aquella historia que parecía querer contarse desde el hueco de la caracola. La tomé entre mis manos y la llevé al oído. Una voz de mar profundo me susurró su leyenda: hablaba desde la oscuridad de una cueva submarina y apenas entreveía la claridad del sol al mediodía.
Una vez en la arena, fuera del agua, el cangrejo la abandonó y se alejó arrastrándose por la orilla. No lo volví a ver. Ella se quedó allí, extasiada de la belleza de la luz, de la blancura de la arena, del verde azulado del mar que por primera vez veía desde afuera. Y se alegró de que el cangrejo áspero y opaco no apreciara su forma, su brillo, su misterio. Todo esto me dijo susurrando la caracola.
La dejé otra vez sobre la arena mientras me invadía una sensación de inquietud y tristeza por su destino. Era bellísima y fascinante, pero su sitio estaba allí, en la playa; no debía llevármela, aunque quizás otro la apropiara y la devolviera después al fondo del mar. O quizás permanecería en la tenue soledad. Y el mar de invierno, con sus olas violentas, acabaría rompiéndola en mil pedazos contra las rocas.
La caracola estaba condenada antes o después, lo sabía, y nunca volvería a brillar de aquella manera mágica, en aquella escena de playa, mar verde azulado y verano. Pero no sería yo quien la arrebatara ahora de aquella plenitud. Allí la dejé, después de admirarla largo rato.
Y cuando me alejé, supe que iba a perdurar en mi corazón el recuerdo de aquella caracola mágica, con su voz de luz y sueños, con su fantasía de playas vírgenes e historias imposibles.
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NIEBLAS
Magi Balsells – España
Esta niebla que de la tierra húmeda se eleva, produciendo en nuestros ojos figuradas formas fantasmales, penetrando dentro de nuestro cálido cuerpo, haciendo que sintamos este frío oculto, provocando en algún momento cierto temblor de ansiedad, dejando un suave y simple rocío sobre nuestra vestimenta.
No solo están las matinales que con los rayos del sol desaparecen, no tienen ninguna importancia son cosas de la naturaleza, también están las nocturnas, las que siempre nos dan un cierto temor, por ser en la oscuridad cuantas mas formas espectrales vemos, cuando apresuramos nuestro paso, para procurar dejarla lo mas rápido y atrás posible, buscando el calor que ellas nos niegan.
También existe otro tipo de niebla mucho mas peligrosa que ningún rayo de sol logra disiparlas, estas nieblas son las de la mente, en sus diferentes formas o nombres, cada uno dentro de su idiosincrasia, tiene un parte fundamental en el comportamiento humano, pese a los múltiples medicamentos, a los estudios que continuamente se realizan, no encuentra una solución definitiva, algunos dicen que es una cuestión mental, otros que son manías, pero lo que si son, es que son ofuscaciones de nuestro pensamiento, que a diferencia de la niebla normal que con el sol desaparece, estas están tan arraigadas que no existe astro rey para iluminarlas ni borrarlas.
También existen las del corazón, pero estas muchas veces descansan en amores truncados, en desgracias ocurridas, o en situaciones amorosas no definidas son mucho mas fáciles de sanar, ya que el tiempo como gran doctor puede llegar a curarlas u otro amor puede dar solución a estos sobresaltos del corazón.
Por lo cual procuremos que nuestra niebla solo sea la que vemos muchos días, las que van desapareciendo mientras el día va amaneciendo.
Y de las otras deseemos que nunca nos sean instaladas en ninguna de nuestras partes más queridas: la mente y el corazón.
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LA PESADILLA
Libia B Carciofetti – Argentina
Horas, minutos, segundos, solo se que la noche fue larga. Aun tengo una sensación ¡Tan extraña! Mezcla de terror, y experiencia amarga… Pasillos oscuros, sin luz y un túnel por el que jamás había entrado el sol.
Solo oía el crish crash de la camilla en la que me conducían. Mi corazón, que por momentos temí dejara de latir.
Y de pronto se abrieron dos puertas vaivén, y tres hombres vestidos de blanco casi a coro preguntaron:
¿Tienes miedo? ¿Estás nerviosa??? Quise contestar, pero no tenía voz…
Se había quedado colgada afuera entre la enredadera de jazmines con olor a lluvia que había humedecido mi bata antes de entrar. Asentí con la cabeza…
¡Eres demasiado grande para tener miedo! El miedo lo inventaron para los niños, y tú ya creciste demasiado.
La voz áspera me iba abriendo una herida que no sabría como expresar el dolor que me causaba…
Con torpes modales me hicieron abrir la boca y me colocaron una pastilla debajo de mi lengua…
Recuerdo que me pusieron una máscara con dos orificios para mis ojos color verde…
La palabra «córnea» «globo ocular» «iris» «pupila» se mezcló entre el ruido de elementos de una cajita rectangular de acero inoxidable… Hasta que una jeringa con un líquido de sabor muy amargo que me inyectaron en el ojo izquierdo, me paso por la garganta.
Quise levantar la mano en señal de que me dolía, pero las fuerzas me habían abandonado. Conversaban entre ellos por lo bajo, pero yo no los podía ya ver.
Desperté no se después de cuanto tiempo, sin saber donde estaba, ni quienes eran los que me rodeaban….
Sus voces me eran familiares… de seguro eran tres… De pronto uno de ellos rompió el silencio, y acomodando su imposte de voz dijo.
Nos esforzamos por hacer todo lo posible, pero tu afección corneal degenerativa jugó en contra y no pudimos salvar la visión de tus dos ojos…
En mi semiinconsciencia trataba de abrir mis ojos y girar mi cabeza para buscar la luz, pero no lo logré…
¡Por favor descorran las cortinas! ¡quiero ver la luz!
¿Es que no has oído lo que acabamos de decirte???? -Estiré la mano para que el roce de algún afecto mío me diera calor,
pero sentí que las figuras de álgidos fantasmas danzaban a mi alrededor.
Risas burlonas y extrañas se adueñaron de la sala, quise gritar pero de mi garganta enronquecida solo pude emitir sonidos «guturales»
Entonces si rompí en llanto, un llanto que me nació del alma herida, de alguien que nunca más volvería a ver el rostro de su hijo, contemplar una flor, ver volar una mariposa, un ave.
Contemplar la vida y a mis seres queridos que forman parte de ella… Mi camisola estaba mojada en sudor, mis cabellos eran una maraña…
Oía que alguien corría alrededor de mi cama, tratando de calmarme y con dulce voz me decía… ¡Cálmese por favor!!! Tiene un poco de fiebre causada sin duda por esta «pesadilla» que a veces es producida por la anestesia…
Se tiene que tranquilizar porque en el pasillo hay alguien esperando que el médico le quite las vendas para entrar…
Ya le voy a cambiar las sábanas y la voy a poner bonita, va a estrenar esta bata que dejó su marido anoche cuando usted dormía y no quiso despertarla, es rosa como la ternura con que la miraba cuando vio que la camilla se la llevaba a la sala de operaciones.
¡DIOS! Una pesadillaaaaa!!! desde niña que no había tenido una y tan horrible.
A los minutos llegó mi médico y me quitó las vendas, seguro que si, había hecho uno de sus mejores trabajos
porque no lo hizo sólo, si no acompañado por cientos de oraciones de amigos y familiares y guiado con la pericia de la mano de DIOS…
Ahora si, dijo el doctor que pase el primer visitante… cuide las emociones…porque pueden perjudicarle la vista.
La puerta vaivén se abrió y un joven alto, apuesto, precioso como un galán de cine entró con un ramo de rosas perfumadas y se repitió casi la historia, cuando el abrió sus ojos a la vida los primeros ojos que vio, fueron los míos… y ahora cuando yo los abrí, los primeros ojos que vi fueron los de el… y en esa mirada un amor inconmensurable que va más allá de todo razonamiento humano…
Un abrazo de corazón a corazón … y un brillo distinto en nuestras miradas que se reencontraron después de tantos años volviendo a revivir sensaciones y emociones a diario.
Afuera es invierno, pero adentro mora la tibieza de un amor inalterable…
La pesadilla quedó atrás, la mirada puesta adelante, agradeciendo a DIOS por su inconfundible amor…
Las lágrimas el colirio divino que no necesita prescripción médica.
La rosas en un jarrón son las espectadoras perfumadas de este relato, mezcla de inspiración y hechos reales. y este
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EL HEREDERO
Carlos González Saavedra – Argentin
JUAN —Eufórico preguntaba—: «María, ¿es cierto lo que se dice en el pueblo? Dicen las comadres que vas a darme un hijo. ¡Qué alegría! ¡Cuánto tiempo esperando este momento!»
Juan Nobel Herrero estaba dichoso. Casi a sus sesenta años no tenía herederos para su fortuna de comerciante prominente y usurero, en un pueblo pequeño de España, lleno de misterios y cuentos.
MARÍA, muy molesta, pregunta: «¿Cómo te has enterado? En este pueblo maldito no puede guardarse un secreto.»
JUAN, sorprendido: «¿Secreto? ¿Acaso no pensabas decirme?»
MARÍA —Claro que iba a decírtelo, pero más avanzado el tiempo. ¡Tuvo que comentarlo la partera! —expresa con ganas de tomar del cuello a Remigia, la partera.
JUAN —¡Qué va, mujer! No es eso. Simplemente pasé por su casa a tomar un refresco y a recoger unos pesos, y me enteré de la nueva: ¡que voy a ser padre! Me has hecho el hombre más feliz del mundo, María, te lo agradezco —expresa contento. Siempre pasaba Juan por allí, más sabiendo que la partera, mujer de unos 42 años, era muy considerada con los deseos de Juan.
MARÍA —No me lo agradezcas tanto, Juan. Hay que esperar hasta enero.
JUAN —Pero María, Virgen de los Remedios, ¿qué más puede pasar que no arregle el tiempo?
Pasaron los ocho meses y, casi faltando unos días para el advenimiento, sacude al pueblo una noticia: después de la tormenta, un alud en el camino viejo se llevó por delante un carro con un vendedor de géneros. Pobre y maltrecho lo sacaron, pero tras dos días de agonías, el cristiano murió.
JUAN —¿Te has enterado, María, los chismes que trae el viento? Que este pobre cristiano, antes de morir, le ha dejado al notario un testamento. ¿Tendrá algo para dejar este pobre cristiano muerto?
MARÍA —Mmm… no sé. Dicen que es Juan Bilbao —comenta como si nada supiera.
JUAN —¿El vendedor de cueros? Pero si este vendía géneros.
MARÍA —Es el hijo adoptivo de Juan. Al llegar del otro lado del mar no tenía pan ni dueño, entonces don Bilbao lo adoptó, le dio su apellido y todo eso —contesta rápido para evitar preguntas incómodas.
JUAN —Pero María, ¿cómo estás tan enterada? —pregunta inevitable.
MARÍA, más incómoda aún ante la inquisidora pregunta: —Lo conocí en tu burdel. Era un joven apuesto, moreno, bien espigado, con unos hermosos ojos negros, unos brazos forjados como hierro y manos suaves como brisa —contesta sonrojada.
JUAN —Bue… bue… ¿a qué viene todo esto? —Juan, algo molesto, no queriendo saber más—. Se ve que lo has visto bastante. ¿Has tenido algo con él cuando estaba en el extranjero? —pregunta enérgico—. Mira, María, cuéntame la verdad. Por el Jesús de los maderos, soy un hombre de honor y no estoy ni para chismes ni cuentos —algo acalorado.
MARÍA —Vino una vez a dejarme unos géneros… venecianos… mmm… con un perfume que, al envolverme en ellos, me transportaban a otros cielos. Pero yo le he esquivado. Ya pasó bastante tiempo —esperando que esta explicación evitara más preguntas. Juan conocía muy bien a María.
María, cuando trabajaba en el burdel, empezó sirviendo tragos y terminó cautivando a cuanto forastero llegaba. Sus mohines y su cuerpo despertaban deseos. No era una mujer fácil: había que conquistarla, y para ganarle un beso, vaya que había que trabajar. Era muy hábil para esquivar los intentos.
Golpean la puerta de calle de la casa de Juan Nobel Herrero. ¿Quién es? ¡El notario!
Evaristo Vega, notario, hombre de letras, muy instruido y serio… hasta que tomaba unas copas y se perdía con cuanta mujer había. A pesar de todo, muy profesional. Su ambición la disimulaba con un traje negro de pantalones achupinados, camisa y corbata. Era único en el pueblo. Tenía negocios sucios y de los buenos. Buen talante, agraciado su cuerpo y arrogante.
JUAN —¿A qué debo, notario, este encuentro? Estamos al día con todo. ¿Algún atraso? ¿Alguno no pagó su cuota del sueldo? —pregunta sorprendido. No le resulta nada grata la visita del notario; tal vez presagiaba algo.
NOTARIO —Todo está bajo control, don Herrero. Solo… debo decirle que, por el niño que va a nacer, hay un testamento.
JUAN —¿Testamento? —pregunta rojo de bronca.
NOTARIO —Del vendedor de géneros, precisamente. Dado su fallecimiento y el pronto advenimiento, le ha dejado todo a este niño: propiedades y sus géneros, esos traídos de Venecia. Hay tejidos, hay sedas que valen una fortuna. Muy bonitos para atuendos —contesta con clara intención de sacarle a Herrero alguna ventaja.
JUAN —No quiero nada de ese bastardo. Nada para mi heredero. Que quede para la curia. Basta con mi fortuna —ofendido e incómodo con la nueva.
NOTARIO, con voz firme, decidida y pausada: —Debo decirle, don Herrero, que ante mí ha firmado, y he de cumplir requisitos y leyes que así manda el testamento.
María, en medio del desconcierto, se descompone y llama a la partera para que la asista con prisa: va a nacer el pequeño.
El cuarto estaba preparado de antemano: las sábanas perfumadas con lavanda, las cortinas blancas haciendo juego. Doña Remigia, la partera, solo con una tijera de apriete, toallas limpias y agua caliente en una batea. La cama impecable.
Solo espera, silencio y nervios.
El paso de las horas se hacía eterno.
De pronto, desde el fondo de la casa, se escucha un llanto y gritos. ¡Alivio y viento fresco! Risas de alegría rompen el silencio.
Juan, al escuchar el llanto, empezó a caminar eufórico, una y otra vez, haciendo huella en el suelo.
JUAN —María, tengo tanta felicidad que no importa lo que has hecho. ¡Importa que tendré mi pequeño, así como lo he soñado! —gritaba contento—. ¡Estudiará en el extranjero! Eso le espera a mi pequeño —a los gritos lo expresaba—. Contigo ya hablaremos luego. ¡Lo amaré tanto! Lo llevaré a todas partes, orgulloso de este ángel bendecido que bajó del firmamento.
PARTERA —Don Herrero… pase. Es un varón, sano, hermoso… negro.
Se miraron entre todos y un silencio se apoderó del momento, esperando la reacción de Juan, hombre casi dueño de propiedades y circunstancias de todo el pueblo.
Juan lo recibe en sus brazos, trémulo de emoción. Lo observa, lo sostiene firme, lo acaricia y, tiernamente, se le escapan unas lágrimas sobre el pequeño.
—¡Gracias, gracias! —grita eufórico, llorando. Lo lleva contra su pecho, mirando al cielo, y dice:
«¡No importa su color, sino el amor que trae dentro!»
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GERARDO Y EL PAJARITO
Elspeth Gormley – España (En recuerdo de mi padre)
Gerardo pensaba de una forma diferente a quienes gobernaban su país, y por ese motivo estaba en la cárcel. Aislado en una celda, pasaba los días en silencio. Una vez al día lo sacaban para tomar aire fresco; los carceleros no querían que le ocurriera nada.
Afuera había un jardín rodeado de muros altos y vigilado. Para Gerardo, sin embargo, era un verdadero jardín: flores, árboles que dibujaban sombras en el suelo y pájaros que llenaban el aire de vida.
Cada día recogía la poca felicidad que podía encontrar y esperaba la hora de la salida. Su alma sonreía al atravesar la puerta, inundada por la luz.
Fue por unas migas de pan que un pajarito llegó un poco más cerca. No mucho, pero lo suficiente para que Gerardo reparara en él y comenzara a observarlo con atención. El pajarito quería las migas. Tenía una cabecita delicada y redonda, que inclinaba hacia un costado como si pensara cosas importantes. Y tal vez las pensaba. Sus ojos eran redondos y brillantes, y duro era el pico con el que picoteaba el suelo sin descuidar la peligrosa proximidad del hombre.
Así comenzaron a entenderse. Gerardo descubrió que la alegría de salir se juntaba con otra: la alegría del encuentro. Cada vez que atravesaba la puerta para tumbarse al sol, se preguntaba si el pajarito estaría allí esperándolo. Y siempre estaba.
Durante semanas tuvo el cuidado de mantenerse casi inmóvil cuando el pajarito se aproximaba. Después, moviéndose muy despacio, dejaba caer las migas y retrocedía unos pasos, siempre del mismo modo, para que el pajarito aprendiera que él no representaba ningún riesgo.
El pajarito llegaba, daba pequeños saltos y al fin se animaba a picotear las migas, siempre dentro de las virtudes de Gerardo. Ese era su modo de conversar. El pájaro y él, que no hablaba con nadie, sostenían una larga conversación silenciosa.
Un día retrocedió un paso menos. El pajarito se acercó. Descubriendo que había hecho una conquista, Gerardo le dio tiempo a su pequeño amigo para que se acostumbrara. Después de muchos días, acortó nuevamente la distancia. Y el pajarito volvió a acercarse. Una alegría mayor afloró en su pecho. Sabía que era cuestión de tiempo y paciencia. Y Gerardo tenía mucho de ambas.
Poco a poco, sin hacer nada que pudiera asustarlo, fue llevando al pajarito hacia sí. Retrocedía un poco menos, dejaba caer las migas en dos tandas, confiando en que, comidas las primeras y viendo las segundas, el pajarito avanzaría. Y avanzaba.
Así fueron los meses. Muchos; tal vez un año. En la prisión corrían murmullos: Gerardo había domesticado a un pájaro. Y el pájaro llegaba todos los días, cuando él cruzaba la puerta, entre cantos y batir de alas, para comer en su mano.
Algunos hombres de otras celdas quisieron hacer lo mismo. Otros miraban desde las ventanas que daban al jardín. Todos acompañaban la escena: un pájaro confiaba en un hombre y celebraba con él pequeñas fiestas, posándose en sus dedos para comer migas en la palma abierta.
Pero ninguno lo consiguió. Aquel único pajarito repetía su confianza solo en Gerardo. Se volvió el pajarito de las buganvillas.
Tal vez por eso, aunque una luz de victoria ascendía a los ojos de todos, nadie hizo gestos ni soltó exclamación el día en que Gerardo no dejó caer las migas entre sus dedos y el pajarito fue a buscarlas directamente en su sonrisa.
Pasó el verano. Llegó el invierno. Pero en aquel país el invierno no era riguroso: había flores, los pájaros no migraban. Por eso el asombro fue mayor el día en que su amigo no apareció a la entrada del jardín. Ni ante él. Por primera vez, la hora que tenía para ser feliz se le hizo eterna entre los árboles.
Al día siguiente, una punta de angustia hirió a Gerardo en su celda mientras esperaba salir. Caminando hacia la puerta intentó escuchar a lo lejos el canto del pajarito, pero algo le decía que, aparte del sol, nada lo esperaba tras los pesados portales.
El pajarito no fue aquel día. Ni al otro. Ni a ninguno.
Al principio quiso inventar justificaciones. Pensó que había perdido el canto, o que había encontrado migas más suculentas o frutas. Pensó en cosas así, para disminuir su tristeza por la pérdida del amigo.
Solo después, cuando la tristeza fue menguando, pensó en cosas más simples: que el pajarito había seguido su destino, fuera cual fuese. Un destino que lo llevaba lejos de él, y que algún día también lo llevaría lejos para siempre de aquellos muros.
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EL SONIDO DEL SILENCIO
Marga Mangione – Argentina
No sabía por qué se encontraba en ese lugar, pero sí sabía dónde estaba; era un hospital. Pensaba que era una habitación muy grande, de esas que tienen diez, o doce camas, cinco o seis colocadas de cada lado, debajo de unos enormes ventanales.
Las voces y los ruidos hacían que se mantuviera alerta durante todo el día. Escuchaba conversaciones a su alrededor. A veces, alguno de los visitantes de los enfermos de las otras camas, se acercaba y murmuraba algo. Por lo general, sintiendo lástima por él. ¡Pobre pibe! ¿Todavía no se despertó? ¿Qué le pasó? Y el vecino de al lado contestaba: ¡Qué se yo! Lo trajeron así. Un accidente tal vez…
Las enfermeras que lo higienizaban y le cambiaban el suero, le hablaban, pero él, no les contestaba. No podía hablar, no sabía cómo hacerlo. Tampoco podía abrir los ojos. Nadie lo visitaba nunca. ¿Sería que tal vez su familia no se había enterado que estaba allí? O quizás no tenía familia. Trataba todo el tiempo de recordar qué le había pasado, pero era en vano, no recordaba nada.
Los días pasaban; monótonos, largos, interminables. Los primeros en los que tomó conciencia de que estaba internado en un hospital, los pasó desesperado, escuchando los ruidos, las voces, tratando de abrir los ojos, de gritar sus dudas, sus dolores, su angustia. Pero era inútil. Sentía el roce de las manos acomodando su cama, lavándolo, el murmullo de las voces penetraba en su cerebro enloqueciéndolo. Lo peor eran las noches, cuando todo quedaba en total y absoluto silencio por horas y horas
. Hasta que empezó a reconocer un ruido: era el goteo de una canilla. Pensó que su cama estaba ubicada al lado del baño. Sí, tenía que ser así, porque se acordaba que alguna vez estuvo visitando a alguien internado en el Hospital Fiorito de Avellaneda, y la habitación era de las dimensiones que se imaginaba tenía ésta. Antes de ingresar a esa sala, había un baño que usaban los enfermos que podían levantarse, y los familiares que se quedaban a cuidarlos.
La canilla goteaba exactamente cada segundo, de cada hora, de cada noche. Siempre igual, eternamente igual. Hasta que ese ruido comenzó a hacerse diferente. Prestó atención; ya no eran gotas cayendo monótonas sobre la superficie de una pileta. No, ahora las gotas le hablaban. ¿Se estaría volviendo loco? Comenzó a darse cuenta una madrugada, mientras trataba de sacudir la niebla que cubría sus sentidos aletargados. Lo había despertado la voz de la enfermera nocturna, preguntándole a uno de los enfermos si necesitaba algo.
Supo que todavía era de noche, porque la que hablaba era Lila, y ella se iba a las seis de la mañana. Las que estaban durante el día eran muy eficientes, pero trabajaban casi mecánicamente. En cambio, Lila se tomaba el tiempo necesario para ser cariñosa con todos. A él siempre le hablaba con dulzura, y en esos momentos sentía una pena inmensa por no poder contestarle y agradecerle sus cuidados, pero le encantaba escucharla. Cuando la muchacha se fue, volvió a oír las gotas hablándole. ¿Qué le decían? Escuchó atentamente en medio del silencio casi sepulcral que reinaba en ese lugar y a esa hora.
Ahora oyó claramente: Juan…, Juan…, Juan… ¿Sería ese su nombre…? Pensó que, si las gotas le hablaban, podría preguntarles si sabían quién era, y un montón de cosas más. Pero, ¿Cómo lo haría, si no podía hablar? Entonces las gotas le contestaron: Tranquilo Juan. No necesitas hablar. Nosotras escuchamos tus pensamientos, y te vamos a ayudar… Me llamo Juan, decidió. Y les agradeció mentalmente a las gotas. ¿Qué me pasó? Siguió preguntando con el pensamiento, y las gotas seguían hablando: tac…, tac…, tac… Moto. -escuchó- ¡Yo andaba en la moto! ¡Me habré caído, o tal vez me atropellaron!
¡No puedo recordar! Una lágrima se deslizó desde su ojo a la comisura de sus labios. Las gotas le dijeron: tac…, tac…, tac… Está bien, -les dijo- no voy a llorar, ¡pero ayúdenme por favor…! Y las gotas seguían con su: tac…, tac…, tac… Me llamo Juan. Me caí de la moto. ¡No! ¡Me tiraron de la moto! Estoy vivo, pero no puedo hablar, ni moverme, y me duele todo el cuerpo… ¿Tengo familia? El tac de las gotas le contó que tenía una mamá, una novia y hermanos, pero eso no fue de golpe, pasaron muchas semanas en las que Juan dormía de día y preguntaba de noche. Paulatinamente iba conociendo su historia, pero le faltaba hacer la pregunta más importante: ¿Se salvaría? ¿Volvería a caminar, a hablar? ¿Sabrían su mamá y su novia que estaba allí?
Esa noche preguntaría… El día se le hizo insoportable. Cuando el día acabó, y comenzó a reinar el silencio, buscó el sonido de las gotas y no lo escuchó. Esperó en vano durante muchas horas. Después, en medio de la desesperación oyó la voz de Lila, la enfermera nocturna, que comentaba con el médico de guardia: –
¡Menos mal que arreglaron esa maldita canilla, ya no la aguantaba más!
La penumbra de la habitación no permitió que la enfermera pudiera ver las lágrimas que rodaban por las mejillas de Juan…
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UN DISPARO DE LUZ
Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
El hombre estiró sus dedos y juntó las manos, sintiendo el crujir de las articulaciones antes de comenzar a tocar el piano. Un cigarrillo encendido sobre el cenicero dejaba escapar una voluta de humo que ascendía lentamente hasta disolverse en el techo acristalado. El televisor, encendido pero en silencio, mostraba las evoluciones de Monserrat Otheguí en un salto fenomenal: las piernas arqueadas en una forma casi antinatural, alejándose de unas manos que parecían volar en la altura. Era la imagen perfecta de un cisne estallando en un vuelo imaginario. Algo excepcional.
La música brotaba suave al principio, en staccato, mientras los dedos se aceleraban sobre las teclas. Unas perlas de sudor comenzaban a formarse en su frente. El salón, colmado de ventanas por todas partes, en un piso muy alto del edificio ultramoderno, dejaba ver la ciudad completa. El gran loft ofrecía casi 360 grados de visión. Abajo, la noche veraniega mostraba las luces de los autos, destellos multicolores reflejados en el pavimento mojado. Una imagen surrealista, hermosa de ser vivida.
La música llegaba a su final. El hombre, en absoluta concentración, componía y tocaba al mismo tiempo. Sus brazos tensos, los dedos insaciables, el cabello lacio cayendo sobre la frente en movimientos ondulantes… Y allí, sobre el piano, la Beretta 9 mm era un detalle que no concordaba con el ambiente. Lo segundo era el cuerpo de la mujer, desangrándose lenta pero inexorablemente. Un gran charco de sangre cubría su espalda apoyada en el piso. Su vestido de gala, una rosa blanca, tenía un dejo rojo a la altura del corazón. El rostro pálido era una máscara de rabia y temor al mismo tiempo; los labios entreabiertos dejaban ver unos dientes perfectos, alineados, y una sonrisa amarga, trunca, petrificada en su boca. En la pantalla, Monserrat ejecutaba en silencio el último salto y el telón se cerraba.
El hombre terminó de tocar y se secó el sudor de la frente con la mano. La camisa empapada se pegaba a su espalda.
Se levantó del asiento, miró el cadáver de la mujer muerta, abrió uno de los ventanales y, sin emitir un solo sonido, se dejó caer al vacío.
Por un instante fue un disparo de luz, viva.
Luego se apagó.
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UN VIAJERO DE SOLES PEREGRINOS
Azucena Velásquez – Colombia
A través de la ventana de aquel rancho entretejido de madera y guadua, cuya rusticidad contrastaba con el paisaje exuberante, Daniel era feliz, sobre todo cuando se deslizaba, con la misma agilidad de un venado, por sus escarpadas cimas.
Su mundo se condensaba en aquella ventana donde permanecía cuando no podía salir.
Su vida, rodeada de animales que pastaban tranquilamente y de labriegos que cantaban a las vacas, para obtener mejor leche. Y no faltaban las escenas en las que las nubes, gracias al viento, tejían y destejían figuras caprichosas en el teatro celeste.
Un día, de manera inesperada, en su hogar apareció un extraño; su padre Lo llamó el extranjero. El hombre, de aspecto rudo y voz amable llevaba a su espalda una gran bolsa de cuero, con muchos cortes y color indescifrables. En sus manos grandes y fuertes sostenía un gran baúl metálico.
Al pequeño le inquietó, desde el primer momento, el contenido del equipaje. Mientras los adultos apuraban un café cerrero el muchacho se entregó a la tarea de abrir, con mucha dificultad, aquel cofre gigante.
Sus grandes ojos quedaron electrizados. trató de gritar, pero su garganta enmudeció. Sintió una fuerza extraña que se apoderó de su voz.
El chico despertó de un sueño de tres eternos minutos. Estaba rodeado de sus padres, el extranjero y un vecino al que llamaban el yerbatero, por sus dotes en el conocimiento de botánica. Fue quien hizo las veces de curandero para despertar al muchacho, gracias al aroma de unas yerbas que, después de frotarlas en sus axilas, pasó por la pecosa nariz de Daniel.
— ¡Campeón! ¿De nuevo en forma eh? —comentó el tegua mientras le revolvía el abundante cabello rojizo. Daniel preguntó:
—¿Què pasó, mamá?
—¿De veras, no recuerdas nada?
El jovencito se repuso y, con la vivacidad que lo caracterizaba, contó que se atrevió a abrir aquella caja de metal porque estaba seguro, que el extranjero era un pirata como Barba Negra, Morgan y otros, que su padre le contaba en las noches de luna llena. En esa caja esperaba encontrar muchos tesoros.
—Cuando abrí el baúl era yo quien estaba allí. ¡Era yo mamá! ¡era yo!
—gritó angustiado el niño, mientras se aferraba a su madre.
El extranjero se adelantó para aclarar la situación. —Lo que viste es un niño Alfa 4, momificado. —y añadió. Me fue donado por el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, que apoya el instituto antropológico de mi país. Todo, con fines de investigación. Vine a América con el fin de iniciar estudios comparativos —afirmó.
Con tono de autoridad añadió:
Verán… — Yo vengo del mundo Conciencia 1. Existen múltiples mundos, con seres exactamente iguales que ustedes.
El yerbatero protestó de inmediato.
— ¿Está usted loco o se está burlando descaradamente de mí?
No. Entiendo que para ustedes sea difícil aceptarlo. Es un tema nuevo y extraño, lo comprendo, pero sepa usted que ni me burlo, ni estoy loco. A propósito, a usted lo vi hace quince días cuando viajaba hacia la ciudad de Gaza, creo que iba en misiòn de buscar acuerdos definitivos para Palestina.
¡Oh no! (respondió el yerbatero), ese viaje lo hizo mi abuelo de origen noruego, a mediados del siglo XX. Apenas yo era un niño de meses.
Lo comprendo, expresó el extranjero.
¿Cuál es el misterio de todo esto? —preguntó el padre del pequeño.
—No es un misterio, señor. Todo está muy claro. El Mundo del Primer Sol, que corresponde, como les decía, al Mundo Conciencia 1, de donde vengo, es un mundo que está a unos milímetros, detrás del reloj universal.
— ¿Y eso qué significa? —inquirió la madre.
—Eso significa, señora, que estamos aquì, en este momento a cincuenta años adelantados al lugar de donde vengo.
—¡Ya entiendo! Dijo el pequeño con aire de absoluta madurez —si en este momento fuera a su país sería un hombre de 50 años, más los que tengo, o sea…
El chico comenzó a sumarle siete, con los dedos.
Así es, niño Alfa 4 —afirmó el extranjero.
Entonces… yo podría ser su padre, señor antropólogo.
Todos rieron ante la ocurrencia del viejo de siete años.
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RELATOS – AGOSTO
NOTA EDITORIAL
Todos los textos publicados en esta revista están protegidos por la Ley de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna. Queda estrictamente prohibida su reproducción total o parcial, distribución o difusión sin la autorización expresa de sus autores. Letras Hispanas por el Mundo respeta y defiende la creación literaria, garantizando la integridad y la autoría de cada obra.
“Aquí, donde el mar piensa y la palabra respira, celebramos a quienes escriben con el alma.”
Colaboradores de esta edición
✦ Maren Alberdi – España
✦ Magi Balsells – España
✦ Santiago García Vega – México
✦ Carlos H. González Saavedra – Argentina
✦ Elspeth Gormley – España
✦ Inés Legand – Argentina
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EL ABRAZO
Maren Alberdi – España
ntes del encuentro hubo un susurro. La luz seguía reinando, pero algo en el aire sabía que estaba a punto de ocurrir. Los pájaros dudaban, el viento contenía el aliento y la Tierra parecía escuchar una música antigua que solo el cosmos conoce.
Entonces llegó ella. La Luna avanzó despacio, con la delicadeza de quien lleva siglos esperando un instante. No vino a apagar al Sol, sino a encontrarlo.
Y durante un breve minuto que valió una eternidad, se abrazaron. Ella lo cubrió por completo, como si quisiera recordarle que incluso la estrella más brillante necesita, de vez en cuando, descansar en el silencio. Y él se dejó envolver sin resistencia, entregando su luz a aquel encuentro imposible.
La Tierra observaba. Tres cuerpos danzando con una precisión tan perfecta que era difícil creer que fuera casualidad. Como si el universo entero hubiera ensayado durante millones de años para regalarnos ese instante. No era oscuridad. Era comunión. Era un romance escrito en órbitas, una carta de amor trazada sobre el cielo.
La Luna buscando al Sol y alcanzándolo al fin. El Sol dejándose encontrar. Y nosotros, pequeños habitantes de una roca suspendida en el vacío, tuvimos el privilegio de presenciar aquel abrazo.
Luego todo terminó. La luz regresó. Los sonidos volvieron. El mundo siguió girando. Pero algo había cambiado. Porque quien contempla cómo la Tierra y el cosmos laten al mismo compás, ya no vuelve a mirar el cielo de la misma manera.
“No vi un eclipse. Vi a la Luna abrazar al Sol, y durante un minuto el universo me recordó que la belleza existe.”
“Durante un minuto el cielo dejó de ser un lugar que observaba desde la Tierra y se convirtió en algo de lo que formaba parte.”
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INFORMATICOS DESPISTADOS
Magi Balsells – España
Me llama mi vecino, a las 10 de la noche, todo preocupado, porque su PC no le funciona, y tiene que entregar un trabajo al día siguiente
Así fue la conversación
V-lo siento llamarte a estas horas, pero eres mi única solución, discúlpame
Y.- no te preocupes tiene que ser algo grave para que me hagas esta llamada tu dirás
V.- pues que el PC no se me pone en marcha y como tu lo dominas mejor que yo y eres la única persona que a esta hora puedo encontrar, ya que se que generalmente siempre te encuentras en tu PC, contestando el correo o escribiendo alguna de tus cosas, eres el unico que creo puedes solucionarlo
Y.- Tranquilo,ahora subo, y veré que es lo que puede pasar
Me traslado a su domicilio, unos pisos mas arriba y lo encuentro ya en la puerta de su vivienda esperándome, con su esposa
Y hola, buenas noches, tranquilos, que si tiene arreglo lo solucionaremos
V es que no te hubiese molestado sino fuera que tengo que entregar el trabajo mañana. Y si no lo puedes arreglar que podemos hacer
Y.- tranquilo, no te pongas nervioso, todo tiene arreglo, sino se pone en marcha, bajas al mío y lo haces allí
Vamos a ver que le pasa
Me acerco a la mesita donde tiene ubicado su PC, que esta apagado y le doy a la puesta en marcha, se enciende pero la pantalla no refleja ninguna luz,
Vaya si que es raro, mira de entrada comprobare todas las conexiones para ver si estan correctas, cosa que hago de inmediato y todo esta perfectamente, vamos hacer otra prueba, inserta un disco para ver si se reproduce, me entrega uno de musica clasica, es que es muy melomano, bien, lo inserto me coloco los auriculares y se oye la música, mas extrañeza por mi parte
Repaso la pantalla y ya se lo que es, aleluya, vaya tontería, pero no había caído antes
Entonces dirigiéndome a el le digo
Y.- Tienes que ayudarme,
V.- que quieres que haga, pero mejor que llame a mi Sra. ya que ella quiero que vea como lo reparas
Y.-vale, llámala por favor
Se presenta su Sra., con cara de preocupación ya que es monitora en una escuela y usa el PC para corregir los exámenes de sus alumnos y también lo necesita
Y.- con toda mi máxima seriedad les digo
Cuando yo lo diga debéis pronunciar los dos la palabra abracadabra
Me mira absortos como si pensaran que estoy loco
V.- de verdad debemos decir esta palabra y con esto se arreglara
Y.- seguro, os doy mi palabra, pero solo cuando yo lo diga debéis decirla
¿Estáis preparados? asienten, mientras ellos están pensativos mi mano se desliza detrás de la pantalla buscando al causante de esta “”avería””
Y.- ¿preparados?
V.- si y esperando que funcione
Y.- ahora decir la palabra
Los dos al sueltan la palabra y milagro se enciende la pantalla, la cara que ponen es para enmarcar
V.- sino lo veo no lo creo, con una sola palabra se puede arreglar una avería, es alucinante lo que avanza la ciencia informática
Y.- la carcajada que emito creo que se debe oír a un kilómetro lejos
V.-. de que te ríes, lo arreglaste no se como pero lo hiciste muchas gracias
Y.- amigos míos, no arregle nada simplemente es que la pantalla estaba apagada, he pulsado el botón de encendido y ya esta nada mas
Ahora las carcajadas son generales,
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CASUALIDAD… NO
Santiago García Vega – México
La poderosa casualidad, la inigualable memoria de una vivencia que te llena el corazón, esa precisamente hace retomar una casualidad. En medio de la gran ciudad, Los Ángeles, California, venir de tan lejos y encontrarse aquí con un grato recuerdo detonado por la cara de un hombre, en las palabras de otro que observa, que mira indagando en el retrovisor de un Uber.
La cara del taxista se llenó con la mirada perspicaz pensando que tal vez las luces le traicionaban y le hacían recordar aquel feliz día donde una mano del patrón se extiende con una pelota y gusto al recibirla, con ganas de apretarla, aspirar en una sola bocanada el característico olor del plástico nuevo. Recuerdo haber jugado hasta el atardecer, hasta que la última gota de sudor salió de mi cuerpo. Recuerdo los llamados a recogerme. “Hace frío”, gritaba mi madre desde adentro. Y lo más importante: a través del retrovisor, aquella cara que sonriendo le regaló un balón. Vivo lo tengo en la mente, ese lunar que jamás se borrará. Un día de reyes abundante, fecha en la que el patrón hace posible un feliz momento a los hijos de los trabajadores.
“¿Se ofrece algo, mi buen amigo? ¿Todo bien?” “Sí, sí”, mentí. Porque observar tan detenidamente el espejo no es normal en un conductor. “Bueno, ¿usted es de México?” “Sí.” “Yo también.” “¿De dónde eres?” “De Michoacán. ¿Y usted?” “También.” “¡Ah caray! Nomás falta que seas de Tangamandapio.” “¡Sí!”
Continué intrigado y sin querer me llevé la mano a la cara indicando el lugar de un característico lunar. Recuerdo su cara perfectamente: usted me regaló un balón cuando era niño y jamás se me ha olvidado.
Llegamos al destino. No quería bajarme. De inmediato se volcaron sobre mí un sinfín de vivencias y de gratos recuerdos vividos en aquellos lugares que ya hace buen tiempo cuando sembrábamos fresa. Conversamos un poco y sin decir nada terminó esa casualidad. A los días, a propósito, pasaba justo por ahí para indagar un poco más de una persona a la cual había conocido. De hecho, aún vive en mis pensamientos; con solo evocarla me aturdo y se me llenan hasta los bolsillos de recuerdos.
De tanto andar por ahí logré nuevamente contratar otro servicio y sutilmente reforzar la plática que había quedado pendiente. Ya en confianza pregunté por Perla, si la conocía, qué había sido de ella. “Vive en la capital, casi no nos vemos, pero es muy probable que vaya en las fiestas del pueblo”, contestó. No aguanté más y solicité hablar con sus padres. Me presenté y después de una breve charla les pedí pudiera entregar una tarjeta en propia mano de Perla. Asintió y me retiré agradecido.
El tiempo hizo lo suyo. Las fiestas llegaron. La mujer de aquellos encantos juveniles dio su negativa, so pretexto de una reunión familiar, y la insistencia logró que la tarjeta fuera entregada. La vida ponía nuevamente la oportunidad, una segunda, para revivir los apasionados momentos de la juventud.
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¡ A LAS OCHO EN LA ESTACIÓN !
Carlos H. González Saavedra – Argentina
Como un rezo laico, esa consigna era el motor que impulsaba a nuestros jugadores de rugby infantil. Generalmente, las delegaciones superaban los cincuenta niños. Siempre había más de un micro. Con cánticos, banderas, sueños e ilusiones, abordaban ese colectivo bullicioso y lleno de esperanza. ¡Si ganaban, mejor!
En el mencionado punto de encuentro, aguardaba el chofer. Un señor lleno de rulos, con las manos sobre el volante y cara de pocos amigos. Era el primer hincha. Pedía a viva voz: – ¡Chicos, pórtense bien! ¡Con cuidado! A la vez, nos recordaba: – ¡Ojo! Descuento cualquier rotura. Todo impecable. ¡No se paren en los asientos! Y su recomendación inconfundible: – ¡Nene, la cortinita, nene!
Aun así, era un viaje divertido. Se lo recuerda con mucho cariño.
Después de dos horas (o más), se emprendía el regreso. Sus rulos al viento, su sonrisa… Garantía de que los había visto ganar. La mirada cariñosa y cómplice del chofer daba rienda suelta al festejo, sin descuidar, claro está, su atención al espejo retrovisor.
–¡No se olviden nada! ¡Ni botines ni bolsos! –exclamaba, mientras inspeccionaba el interior y revisaba con detalle.
Este pequeño relato busca agradecer los hermosos momentos vividos junto a Horacio. Su micro naranja y blanco estaba siempre preparado. Como una calesita, aguardaba la alegría de los niños. Un duende me contó que este micro no lleva gasoil; se alimenta de la felicidad de los pequeños.
Hoy mis hijos tienen casi cincuenta años, pero mantienen vivos esos recuerdos. Momentos grabados para siempre en sus retinas. Nos seguimos encontrando con este hincha de mis hijos. Nos saludamos con bromas y afecto, como la primera vez.
Bellos momentos de la vida. Cosas simples, pero que merecen ser contadas. Este homenaje es para todos aquellos que, con bondad, sabiduría y educación, han hecho nuestra vida más fácil. Seres anónimos, siempre olvidados por el vértigo de la vida. Que valgan estas letras para rescatarlos.
Por suerte, mis hijos lo llevan vivo en el corazón.
Gracias, Horacio Pierandrey.
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DANIEL
Elspeth Gormley – España
Me llamo Daniel. Tenía diecinueve años cuando las puertas de hierro se cerraron detrás de mí. Mi madre lloraba. Mi padre evitaba mirarme. Corría el año 1948.
Nadie sabía exactamente qué me ocurría. A veces oía voces. Otras veces me quedaba inmóvil durante horas, atrapado en pensamientos que ni yo mismo entendía. Hoy quizá habrían encontrado un nombre para mi enfermedad. Entonces, simplemente era el loco del pueblo.
El hospital psiquiátrico se alzaba sobre una colina gris. Desde lejos parecía un castillo. Desde dentro era una prisión.
Los primeros días creí que iban a ayudarme. Los médicos hablaban con palabras difíciles, me observaban como quien estudia un insecto raro. Tomaban notas mientras yo intentaba explicarles mis miedos. Nadie escuchaba realmente.
Pronto llegaron los tratamientos. Las inyecciones primero: algunas me hacían dormir durante horas; otras me provocaban temblores tan fuertes que apenas podía sostener una cuchara. Recuerdo a un médico joven diciendo: —La ciencia avanza gracias a pacientes como usted. Lo dijo sonriendo. Como si fuera un honor. Como si yo hubiera elegido aquello.
Después llegaron las terapias de choque. Me sujetaban entre varios enfermeros. Sentía el frío de los electrodos sobre las sienes. Intentaba rezar, aunque nunca había sido creyente. Luego un destello. Oscuridad. Cuando despertaba, partes de mí habían desaparecido: nombres, recuerdos, rostros. Una vez olvidé durante dos semanas cómo se llamaba mi hermana. Lloré como un niño.
Los años pasaban. Llegaban nuevos médicos con nuevas ideas. Todos convencidos de haber encontrado la respuesta. Todos nos utilizaban para demostrarlo.
Algunos pacientes desaparecían tras ciertas operaciones. Cuando regresaban, ya no eran los mismos. Caminaban lentamente. Miraban al vacío. Yo observaba y sentía miedo. Un miedo tan profundo que me despertaba jadeando por las noches.
Sin embargo, entre aquellas paredes también existía algo hermoso: la amistad. Miguel, un maestro antes de ingresar, me enseñó a no rendirme. —No dejes que te conviertan en un número —me decía—. Recuerda quién eres. Aquella frase me acompañó durante años. Porque eso era lo más difícil: no perderme. No olvidar que detrás de los diagnósticos, detrás de los experimentos, detrás de los informes médicos, seguía siendo una persona.
Llegaron los años sesenta. Los tratamientos comenzaron a cambiar. Escuché por primera vez palabras como derechos del paciente. Algunos médicos hablaban de comprensión, de terapia, de dignidad. Parecía imposible. Una revolución silenciosa.
Yo tenía ya más de treinta años. Había sobrevivido a pruebas, medicamentos experimentales, procedimientos que jamás deberían haberse realizado sin consentimiento. Había sobrevivido a una época en la que muchos de nosotros fuimos poco más que conejillos de indias.
Y entonces comprendí algo. Mi sufrimiento no podía devolverme los años perdidos. Pero quizá no había sido completamente inútil. La ciencia avanzó. Los médicos aprendieron. Y las generaciones futuras tendrían tratamientos más humanos, más seguros, más dignos.
Una tarde me senté junto a la ventana de la habitación 17. Observé a unos estudiantes de medicina atravesar el jardín. Reían. Hablaban del futuro.
Pensé en todos los que ya no estaban. En Miguel. En las mujeres y hombres cuyos nombres nadie recordaba. En quienes soportaron dolor, miedo y abandono para que otros recibieran una atención mejor.
Y por primera vez no sentí rabia. Sentí tristeza. Pero también orgullo.
Porque la historia nunca hablará de nosotros. Pero cada vez que una persona con una enfermedad mental sea tratada con respeto, cada vez que un médico elija escuchar antes que castigar, una pequeña parte de nosotros seguirá viva. La mía también. La del chico de diecinueve años que un día entró por aquellas puertas de hierro y que, contra todo pronóstico, logró conservar su humanidad.
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CUANDO EL SOL TARDA
Inés Legand – Argentina
Perdón por no escribir más temprano —dice Inés—. Hoy estuve pintando un cuadro grande, de un metro por ochenta. Vinieron visitas, la casa se llenó de voces, y recién ahora, en este silencio que me acompaña, puedo sentarme a escribir. Mis hijos ya están en Suiza. El sol también. Aquí los días no cambian: la luz parece haberse quedado en Europa y nosotros seguimos esperando que vuelva, que nos regale un poco de calor, que nos diga que no todo está perdido.
La tierra está enojada, lo siento en el aire, en las noticias, en el miedo que se cuela por las rendijas. Tanta destrucción, tanto dolor, tantas vidas que se apagan sin entender por qué. Por eso escribo. Porque escribir alivia el alma, porque las palabras son colores cuando la vida se pone gris.
Hoy, por fin, salió el sol. Salió sigilosamente, como pidiendo disculpas por tardar tanto. Abrí las ventanas y dejé que la luz entrara, que tocara las paredes, que me recordara que la vida —a pesar de todo— sigue siendo bella, con alegrías y sinsabores, con días que pesan y otros que levantan.
Sigamos soñando con un mundo mejor, dice mi corazón. Que reine la paz. Que nos sintamos hermanados. Eso es lo que añoro: un mundo donde la esperanza no sea un lujo, sino un derecho.
Hoy me mandaron fotos desde Suiza. Qué sueño hermoso. Mis hijos cantaron en muchos lugares, pero nunca tan lejos. Las imágenes parecen de otro mundo: limpio, claro, ordenado. Aquí, en cambio, el invierno fue el más nublado que recuerdo: húmedo, frío, con un sol ausente que parecía haberse olvidado de nosotros.
Pero aun así, abro los ojos y brota la esperanza. Porque nunca es vano el esfuerzo humano, nunca es inútil la porfía. La semilla muere para germinar. El ave Fénix renace de las cenizas. Y nosotros, los que seguimos aquí, también podemos renacer.
Nos separa la distancia, pero no los corazones. Sigamos dejando fluir los pensamientos hacia un mañana sin miedo, hacia una tierra que vuelva a ser bendita. Mis padres, mis abuelos, amaban esta tierra. La cultivaban con lágrimas y sudor. Gente sabia, honrada, cuando la palabra valía más que cualquier papel. Cuánto enseñaron sin estudios universitarios, cuánto dejaron sin pedir nada a cambio.
Hoy tengo dolor en el alma, sí. Pero veo el día con sol, y la luz me invita a creer. A sentir que todavía es posible un mundo mejor. Gracias por estar, por leerme, por acompañarme. Gracias por ser como sos.
Un abrazo lleno de colores y resplandor.
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POEMAS – AGOSTO
NOTA EDITORIAL
Todos los textos publicados en esta revista están protegidos por la Ley de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna. Queda estrictamente prohibida su reproducción total o parcial, distribución o difusión sin la autorización expresa de sus autores. Letras Hispanas por el Mundo respeta y defiende la creación literaria, garantizando la integridad y la autoría de cada obra.
Cada poema es una forma distinta de amanecer.
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COLABORADORES – POEMAS AGOSTO
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DEFINIR EL AMOR
Maren Alberdi – España
Quien le diese al amor un sentido preciso
es que no lo conoce, es que nunca lo ha vivido;
no es una palabra, son historias completas
agitadas, serenas, dolorosas o bellas.
Es la risa inocente en el rostro de un niño
que en pequeñas pisadas recorriendo pasillos
acaricia tu rostro y con un tierno abrazo,
con sonrisas y besos te susurra un te amo.
Unas manos rugosas que cansadas y enfermas
aún te ponen un plato de comida en la mesa;
un pañuelo guardado que secó un día tu llanto
cuando en tus soledades no había nadie a tu lado.
El cansancio de un padre por llevar el sustento,
la corona de besos que cubriera tu cuerpo,
el calor de aquel pecho que te diera su abrigo
y el pedazo de pan que recibe el mendigo.
La pureza de un ángel que reposa en la cuna;
el poeta que a solas le relata a la luna
entre sueños y cantos sus amores secretos
and lanza hacia los vientos dulcemente un te quiero.
Una flor temblorosa que regala su aroma,
las gotas de rocío que nos muestra la aurora,
es el vuelo del alma a otros mundos abstractos,
es saber que el camino tiene flores y cardos.
Es dos labios unidos en un beso de fuego,
la promesa de un siempre, esperanzas y anhelos,
es perdón sin palabras, es renuncia callada
y árbol que da su sombra en la dura jornada.
Una luz titilante
que a lo lejos alumbra,
una rosa en la tumba,
una lágrima ahogada;
un adiós sin retorno…
Es dar todo por nada…
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MARRIÑA
Miriam Alberganti – Argentina
Nunca pensé que aquel abrazo sería el último,
si lo hubiera sabido, te abrazaba hasta el último segundo.
La vida no avisa cuando el recuerdo se está haciendo,
y un día, sin avisar, fue la última vez sin saberlo.
La última vez que te alcé y entraste en mi pecho,
el último pañal con sueño y con amor estrecho,
los cordones de esas zapatillitas tan chiquitas,
tu manito en la mía rumbo a la escuelita.
La firma en el boletín, el disfraz de apuro,
el domingo buscando un kiosco en lo oscuro
para un mapa de América.
Y hoy…
Hoy no te fuiste. Estás. Creciste.
Ya no pedís upa, ya te vestís solo, ya te fuiste a tu fiesta.
Y qué orgullo, hijo, verte tan alto, tan vos.
Pero qué morriña de aquellos domingos de los dos.
No es despedida triste, es nostalgia de mamá,
que guarda en el corazón esa infancia que se va
no porque te hayas ido, sino porque creciste,
y en ese crecer, mi niño,
también me hiciste.
··· ✤ ··· ··· ✤ ···
SOMOS ASI
Magi Balsells – España
Nunca se valora lo suficiente lo que otro edita
Todos queremos ser siempre los mejores
Ya que solo vale nuestra meta
No importa del otro sus valores
Ilusionados, creemos ser grandes poetas
En muchos casos grandes e insignes escritores
Solo somos mortales sin grandes metas
Escribiendo muchas veces nuestros temores
Del amor y la amistad siempre escribimos
Algunas veces hasta de deseos frustrados
Los únicos somos nosotros, pensamos
Pero de nadie ni nada nos preocupamos
Algún amigo nos comenta
A nuestras letras e ilusiones
Con ello nuestra fe alienta
La amistad tienes sus razones
Por esto sin dudar gracias doy a todos
A los que con buen sentido me alaban o critican
Siendo de cualquier manera buenos logros
Que no me molestan ni mortifican
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REFLEJO DE LUZ
Inés Blanco – Colombia
Soy manantial, murmullo
que nace en las montañas;
agua cristalina y pura,
rumor de hoja recién caída.
Soy agua de lluvia
que humedece la tierra
de los ancestros,
y riega el espacio donde habito.
Soy lago de aguas tranquilas
que amanece al sol,
y a merced del viento
me lleva de orilla en orilla.
Soy el hielo milenario
de las altas cumbres;
blanco y duro como la piedra,
suave y frío como una lágrima.
Soy ovillo, río destejido
que baja presuroso
en procura del mar…
-vasto y profundo-
Soy en el océano:
una gota perdida y sola;
apenas un reflejo de luz
que salpica la noche.
··· ✤ ··· ··· ✤ ···
EL REGRESO DE MIS LETRAS
Sandy Bell – Argentina
Entre versos y rimas
Entre radio, poetas y bambalinas
vuelven mis humildes letras a latir.
La nostalgia de mi pluma perdida,
musa inspiradora de la vida,
regresa otra vez con su melodía
desde el confín de mi memoria,
donde, entre el amor y el desamor,
se funde el alma y el corazón.
Vuelven las quimeras del alma
como compañeras de metáfora,
como aquellos besos del viento
que acariciaban la luna y el sol,
o aquella suave brisa del sentimiento
acurrucada en su palabra dormida.
Vuelvo trazos de colores en tinta,
retomando un verso de letra escondida,
vuelvo al silencio entre rimas,
hoy, con la mía, le haré una oda a la vida.
··· ✤ ··· ··· ✤ ···
TU SOMBRA
Libia B. Carciofetti – Argentina
Estás muy junto , a mi lado
pero solo veo tu sombra
me acaricias , me besas
pero mi amor no te nombra .
Mi piel no se eriza
cuando amando me tocas
y tus besos no logran
que tiemble mi boca .
Cuando tu me posees
con tus ansias ¡ tan locas !
con total desenfreno
en tu pasión te desbocas
eres potro salvaje
indomable , y provocas
que yo quiera escaparme
y detrás de mi va tu sombra .
Es allí que recuerdos
en mi mente se agolpan
como en un juego de niños
nuestros sueños retozan .
Mi cuerpo se ablanda
y me endulzas la boca
vuelvo a ser la de antes
y me estremezco toda .
Me conviertes en mujer
en breve ceremonia …
y con tu perfume de hombre
dejas de ser ya una sombra .
Me abrazo a tu cuello
y soy tuya toda
mientras muy sutilmente
vas quitando mis ropas .
··· ✤ ··· ··· ✤ ···
CAMBIEMOS
Enrique Fredy Díaz Castro – México
Es difícil escribir de cosas buenas
cuando tanto malo pasa en el mundo,
omitir el diverso mar de penas
que sucede en la faz y en lo profundo.
La superficie en incendios y guerras
con sequías y con inundaciones,
inducidas por locos que en la tierra
han provocado contaminaciones.
En lo más recóndito del planeta,
donde prevalecen fuegos eternos,
donde las placas deambulan inquietas
cual si fueran el verdadero infierno.
Ahí donde los volcanes y sismos
en su trágica y fatal alternancia,
a la humanidad le cambian el ritmo
derrumbando riqueza y petulancia.
Eso que unos desquiciados hicieron
imaginándose ser semidioses,
pisoteando a los que en ellos creyeron,
ciegos y sordos a miles de voces.
La ambición nos ha ido consumiendo,
autodestruirnos es el estigma;
las conquistas de reinos van creciendo
y esos brutos las llaman paradigmas.
Alguien inventó que modernizarnos
era ir destrozando el paraíso,
que a los suelos y al mar contaminarlos
era el plus del poder sin un permiso.
Ya la naturaleza en advertencias
nos ha puesto de frente a las pandemias
pero al hombre perdido en la demencia
le es más fácil creer en la infodemia.
Recordemos que hace unos cuantos años
el covid nos aisló en cuatro paredes,
playas y vegetación como antaño
se mejoraron sin fatales redes.
Yo creí que sería permanente
ese cambio conductual del ser humano
pero por unos meses solamente
se alejó la imprudencia de las manos…
Comenzó nuevamente la tragedia
contra nuestro querido medioambiente,
semejante al criminal que asedia
al que es débil con violencia inclemente.
A mediados de este año la respuesta
nuestro globo terráqueo la está dando,
las naciones vulnerables y expuestas
entre escombros y hambrunas van quedando.
De muy poco ha servido la experiencia
que vivieron otras generaciones,
unos gritan: «son vulgares creencias…
No hagan caso a tontas obsesiones».
Mientras la realidad nomás no vemos,
va dejándonos sin alternativas,
¡Por favor, la omisa actitud cambiemos,
aún podemos mejorar esta vida..!
··· ✤ ··· ··· ✤ ···
NOSTALGIA
María Cristina Fervier – Argentina
Desde que no estás
me falta todo porque
todo me lo dabas
Me faltan las palabras
me sobran los silencios
apoltronados en cada rincón.
Me sobran tristezas
que acrecientan la ausencia.
Desde que no estás
me sobran las huellas
porque me falta el camino.
Me sobran los sueños
que juntos soñamos.
Enterrada la esperanza
ya no tengo mañana.
Miro el horizonte
para rearmar me
parece tan distante
cómo el alba y la noche.
Junto al mar espero
tus besos de tinta
plasmados en otros tantos versos
que al azar me arrojabas al viento.
Desde que me faltas
me envuelve una nebulosa gris
cómo estos días de niebla y llovizna,
impregnandose el alma
de amarga nostalgia.
··· ✤ ··· ··· ✤ ···
ENTRE HOJAS Y SUSPIROS
Luz Fontana – Italia
El viento no pregunta, solo pasa,
como quien sabe que el tiempo no se detiene.
Las hojas caen sin drama, sin amenaza,
y el suelo las recibe como quien entiende.
Hay días que no buscan ser memorables,
solo quieren existir, sin ruido ni gloria.
Y en ellos, la vida se vuelve amable,
como un suspiro que no exige memoria.
Camino entre sombras que no duelen,
entre aromas que no piden ser nombrados.
Y descubro que hay belleza en lo que muere,
y verdad en los instantes olvidados.
No todo debe arder para ser fuego,
ni todo debe brillar para ser luz.
A veces basta con un rastro, un ruego,
una palabra que no lleva cruz.
Hoy no escribo para ser leída,
escribo para acompañar el silencio.
Porque hay versos que no buscan salida,
solo quieren ser abrigo, ser comienzo.
··· ✤ ··· ··· ✤ ···
AMISTAD
Jaime Hoyos Forero – Colombia
La amistad no es humana.
¡Es un ángel tu amigo!
Es Cristo que recoge tu cruz para cargarla.
Es la figura noble del buen samaritano
y el que salva tu vida arrojándose al agua.
Es el que pone el pecho y muere en la batalla
para que tú regreses a conocer tu hijo.
A veces, ni siquiera conoces al amigo
porque la mano buena
hace el bien sin alarde, sin voz y sin gemido.
Amigo es el que llora para que tú sonrías;
amigo, el que sonríe para que tú no llores.
Cuando el amor se va, a ti viene el amigo
para escuchar tu queja y cubrir tus heridas.
El amor pide fuego y pide carne;
en cambio, la amistad, no pide nada.
La amistad es la cúpula y el amor la veleta.
Mientras amor es flor que se deshoja,
la amistad es raíz y savia y tallo.
Cuando todo se ha ido, porque nada perdura,
cuando a ti mismo, ¡Oh paria!, se te acaba la vida
y todo lo que has sido se vuelve tierra impura,
y toda tu materia, sin vida, se derrumba,
solamente el amigo te visita en la tumba.
Y entre la polvareda revuelta del camino,
cuando se escucha el canto mendaz de las sirenas,
descubres que es un ángel, no un humano, tu amigo.
··· ✤ ··· ··· ✤ ···
NOMÁS NOS HICIERON CREER
Santiago García Vega – México
Serían las tres de la tarde, la faena terminaba,
recogieron los chiquillos y cerraron los zaguanes.
Vimos a lo lejos tamañas nubesotas negras de tanta agua.
Al momento se tendieron toditas las nubes cargadas de granizo,
temerosos que en agosto deshojaran el maizal.
Acostadas se quedaron, el aire se las llevó sin llenar las barranquillas,
sin mojar la frijolera ni sus marchitos ejotes.
Las nubes fueron despejando nuestro cielo,
con rayos y centellas se dijeron entre ellas
¡Unos vientos nos caminan y otros arremolinan!
Se apretujaron entre sí dándole a la ventisca obediencia temporal.
Pues sí, reseca se quedó la tierra como triste la comarca,
allá sí se la merecían –conjuraba Nana Juana–.
todos esperábamos tal chubasco que hasta la puerta cerramos,
las gallinas acurrucaron sus polluelos silenciando su cantada.
¡Qué sorpresa! ¡No fue así! No hubo azote ni granizo
la cruz de sal que puso aquella mujer hizo lo suyo. ¡No llovió!
Las señas con el machete cortaron a la culebra que tampoco picó.
A lo lejos en la ciénega se soltó un aguacerazo, lo que antes era gris,
ahora eran cascadas de agua que envidiábamos desde acá.
Contaron los pescadores que llegó hasta la laguna,
arrasó parcelas, arrastró dividendos y menguaron las creencias.
¡Envidia no! –decía el señor que a lo lejos contemplaba–.
¡Del agua algo queda, de la resequedad nada!
aquí todo es azul, el azul nos da esperanza,
con fortuna una llovizna mantendrá nuestra milpita
aún con su delgadez ya casi salía el jilote
y del sereno tendremos una docena de elotes.
··· ✤ ··· ··· ✤ ···
POR LA VENTANA
Carlos González Saavedra – Argentina
Mira pasar la vida una anciana
También mira los pájaros
Y las plantas de la plaza
Por la ventana
Mira el paso del tiempo
Recuerda sus andanzas
Viene a su mente anécdotas
Felices de la infancia.
Por la ventana
También la muerte pasa
En un cortejo familiar
Con penas y añoranzas.
Por la ventana
Colmada de flores
La primavera avanza
Abundancia y bonanza
Renovada esperanza
Por la ventana
Así…,
pasa la vida de esta anciana
Ciclos que inexorables
Avanzan.
Hasta que su corazón diga basta
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AL LATIDO QUE RIMA
Elspeth Gormley – España
No hay canto más sincero que el que rima,
ni verso más valiente que el que late;
la métrica sostiene cada combate
y el alma se hace luz cuando se anima.
La vida, cuando duele, se aproxima
al borde donde el día se desate;
y el verso, en su temblor, vuelve a ser mate
que en sorbos de verdad siempre se estima.
Por eso el corazón busca medida,
porque en cada compás halla su nido,
su forma de entender lo que le ha herido.
La poesía rimada es la salida:
un modo de nombrar lo sucedido,
un modo de abrazar lo que es la vida.
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PÁJAROS TRISTES
Stella Higuera – Colombia
Levanto la mirada y se abre el tejado,
por el cielo herido cruzan las nubes.
Bandadas de pájaros tristes
picotean la felicidad,
con ojos de lluvia
me hacen guiños.
··· ✤ ··· ··· ✤ ···
CALLA
Andrea Kiperman – Argentina
A veces es mejor no decir nada.
Calla,
que las palabras se las lleva el viento.
¿Qué sentido tiene, entonces, hablar?
No te haces cargo,
y yo tampoco.
Pasás noches en vela,
susurrando mi nombre,
extrañando mi cabello.
¿Y qué hacés?
Calla,
que se hace de día
y aún no hacés nada.
Te esfuerzas por probar otros labios,
y tu orgullo, de pie,
silencia las emociones.
Calla,
que los días son eternos sin vos.
Y así, de a poco,
nos olvidamos,
nos perdonamos,
nos confundimos,
hasta que volvemos a vernos,
y todo vuelve a empezar.
Calla.
A veces es mejor no decir nada.
· ✤ ··· ··· ✤ ···
PARA EL TIEMPO QUE VENDRÁ
Martín López-Vega – España
Para el tiempo que vendrá
burilamos nuestra huella,
para que sobre ella pise
y la borre.
Para el tiempo que vendrá
y nos conocerá por un libro de estampas
en las que buscará a los audaces,
a los libertos, a los abnegados,
y en las hileras de iguales acomodados
reparará apenas en un estilo, en un peinado,
un motivo de risa repetida
a costa de quienes sus afanes empeñaron
en vanos prestigios fugaces;
para el tiempo que vendrá
a descubrir ruinas nuevas que revelarán
nuestros equívocos sobre el pasado,
y habrá hecho de nuestra lengua
una jerigonza deliciosa en la que hablar
de cosas prodigiosas que nunca hubiéramos soñado,
para el tiempo que vendrá y querrá saber
cómo nos amamos, el motivo de nuestro sufrimiento
y en qué nos distinguimos del triste rebaño,
para el tiempo que vendrá a culparnos
mientras nos imita,
para ese tiempo también nuestro.
· ✤ ··· ··· ✤ ···
MERCEDES TOMASA
Liliana Lorán – Argentina
Mercedes Tomasa
de San Martín y Escalada
hija del Libertador
y de Mendoza, su Infanta.
Solamente cuatro meses
su padre la disfrutara,
para volver encontrarse
a siete años de dejarla.
Aquella beba pequeña
ya era la niña mimada,
de sus tíos y sus abuelos,
para su padre… malcriada.
Fue entonces que don José
tras su hazaña libertaria,
dejó tierras mendocinas
hacia la Reyna del Plata.
Se dedicó a ser el padre
de su pequeña cuyana,
marchándose hacia otro suelo
lejano en la distancia.
Primero fue a Inglaterra
donde Mercedes llegara,
con máximas de su padre
allí ella fue educada.
Supo en Bélgica vivir
pero fue por fin en Francia,
donde encontró la familia
el hogar donde afincaran.
Fue hija digna y feliz
cariñosa y abnegada,
y fue Mariano Balcarce
con quien casó enamorada.
Dos nietas dio al general
sus dos niñitas amadas,
María y Josefa fueron
consuelo de horas amargas.
Cuando Mercedes partió
a la celestial morada,
pidió al igual que su padre
el retorno hacia su Patria.
Siete décadas y más
tardó en ser repatriada,
junto a su esposo y María,
hasta su Mendoza amada.
··· ✤ ··· ··· ✤ ···
PAZ Y MANSEDUMBRE
Marga Mangione – Argentina
La mansedumbre don inigualable
que al hombre torna generoso y puro,
su alma navega hacia un puerto seguro,
donde ha de hallar la paz incomparable.
Con el rudo se muestra imperturbable,
sumando la humildad a sus virtudes,
es apacible en las vicisitudes,
y frente al prepotente surge amable.
Esa paz que de él brota inagotable,
serenando al peor de los violentos,
ha de hacer que no cese en sus intentos,
de predicarla con fe inclaudicable.
La paz hace un planeta confortable,
porque la mansedumbre lo amerita.
Cada ciudad será pura y bendita,
y allí la paz surgirá inagotable.
El manso que se muestra siempre amable,
cambiando la actitud del agresivo,
con gesto generoso y positivo,
logrará la armonía indispensable.
··· ✤ ··· ··· ✤ ···
s
AYER
Héctor Navia Garzón – Colombia
Ayer la tarde vibraba
entre cuchillos y vidrios
de oro.
En las manos,
Las caricias anteriores
no fueron suficientes
en los residuos del alma.
Esa mujer
no dejó dormir a Flaubert
por su desnuda pátina.
En la pared de enfrente
el libro se me escurrió
en el alma.
Miré por la ventana
las alambradas del tiempo,
los cruentos ataques de la memoria,
la artillería oxidada,
la esquina de mi espalda.
Me veo en la luz
de una luciérnaga
en el sendero de mi
propio ayer,
en la batalla de entender a Flaubert.
··· ✤ ··· ··· ✤ ···
DIAS DE INVIERNO
Raquel Olay – Argentina
Ha llegado el invierno
la cenicienta de las estaciones,
es triste su rostro,
son pocos sus frutos y flores.
Los pobres temen su inclemencia
que no respeta edades,
pues sus intensos frios
son causa de diversos males.
Los fuertes vientos destruyen sin piedad
robustos árboles y frágiles viviendas,
da pena ver los restos esparcidos
parece que hubo una contienda.
Las intensas lluvias desbordan los ríos
inundando el suelo,
el camino se hace barro,
todo parece estar de duelo.
Hasta el níveo manto
de incomparable belleza,
es temido por quienes
carecen de leña y pan en su mesa.
Luego volverán los días templados,
atrás habrán quedado el frio y la tristeza,
los brotes como canto de esperanza
anuncian que la vida recomienza.
··· ✤ ··· ··· ✤ ···
DOLOR
Ricardo Quattri – Argentina
Dolor.
Alinea con sigilo
una brisa que lastima,
surca la noche
que abrió la ausencia.
Apagadas las sombras,
envolviendo el alma.
Desesperanza, extrañeza.
Todo se perdió en la niebla
de la mirada en llanto.
Atrapado de silencio,
con los recuerdos vivos
guardados en el cuerpo.
Sin entender que el tiempo
pretende arrebatar memorias,
desterrarlas al olvido.
Impotente, lacerado,
inesperado encuentro,
jamás imaginado el desconsuelo
de vivir sin ti…
··· ✤ ··· ··· ✤ ···
DESAHOGO
Yanni Tugores – Uruguay
Escribo…
Porque no quiero que las voces
me arrastren al silencio,
o a los abismos insondables de mi alma.
Porque los verbos se ahogan en un río sin cauce
y el horizonte no esgrime respuestas.
Escribo…
Porque duele no hacerlo.
Para que las palabras encuentren refugio.
Detengan el tiempo
que se escapa en hilos finitos,
y así mi pecho no se transforme en nido vacío
Escribo…
Sin buscar nada a cambio.
Para ver cómo el papel
en un instante se vuelve refugio.
Como las líneas se suceden
una tras otras sin parar
y se tornan perennes
Escribo…
Pues en mi memoria
hay miles de flores que se deshojan,
y se borran de recuerdos.
Quiero volcar en mis letras
lo que no quiero olvidar,
lo que fui y lo que soy.
Escribo…
Porque dentro de mí
hay ecos del pasado que no quiero perder.
Allí están; el café con leche de mamá,
la rayuela de mi infancia,
el aroma a retamas en casa de la abuela,
los amores de ayer, los niños perdidos.
Escribo…
Porque cada grafía es mi refugio.
Habito en ellas.
Porque el caos de mi interior
se ordena con cada una.
Escribo…
Sin pensar en triunfos.
No quiero reconocimientos.
No quiero alabanzas.
Solamente quiero comprender,
lo que me convierte en humana.
Escribo…
Buscando una grieta de paz
una luz de calma.
Es refugio natural.
Desahogo cuando la vida golpea,
cuando la alegría te invade,
cuando la tristeza te abate.
¿Por qué escribo?
Se levanta ante mí la inspiración
yo no puedo evitar este sendero.
Aunque sea agria o dulce no es condena,
es un don que me ha dado el Ser Supremo.
··· ✤ ··· ··· ✤ ···
CARTAS – AGOSTO
NOTA EDITORIAL
Todos los textos publicados en esta revista están protegidos por la Ley de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna. Queda estrictamente prohibida su reproducción total o parcial, distribución o difusión sin la autorización expresa de sus autores. Letras Hispanas por el Mundo respeta y defiende la creación literaria, garantizando la integridad y la autoría de cada obra.
CARTA A MI NIÑA INTERIOR
Maren Alberdi – España
Mi pequeña:
Hoy he querido sentarme a hablar contigo. Sin prisas. Sin exigencias. Sin intentar arreglar nada. Simplemente para encontrarnos.
Hace mucho tiempo que te llevo dentro y, sin embargo, a veces olvido escucharte. La vida se fue llenando de responsabilidades, de relojes, de expectativas, de aprendizajes necesarios, y en medio de todo eso tu vocecita quedó algunas veces escondida detrás del ruido.
Pero nunca desapareciste. Sigues ahí.
En mi capacidad de asombro cuando contemplo un cielo especial. En las lágrimas que aparecen cuando algo me conmueve profundamente. En las ganas de bailar cuando nadie mira. En los sueños que todavía guardo, aunque a veces me dé miedo pronunciarlos en voz alta.
Quiero decirte algo que quizás necesitabas escuchar hace mucho tiempo: no hiciste nada mal. No eras demasiado sensible. No eras demasiado soñadora. No eras demasiado intensa. Simplemente sentías la vida con todo el corazón.
Sé que hubo momentos en los que te sentiste sola, incomprendida o asustada. Momentos en los que pensaste que debías ser distinta para ser querida. O más fuerte. O más perfecta.
Ojalá hubiera podido abrazarte entonces. Ojalá hubiera podido decirte que un día llegarías hasta aquí, que sobrevivirías a muchas tormentas y que descubrirías que la verdadera fortaleza no consiste en endurecerse, sino en seguir conservando la capacidad de amar.
Quiero darte las gracias. Gracias por tu amor al mar. Gracias por tu curiosidad. Gracias por tu imaginación. Gracias por seguir creyendo en la belleza incluso cuando el mundo parecía empeñado en mostrarte otra cosa.
Gracias por enseñarme a mirar los pequeños milagros cotidianos: una flor que se abre, una conversación sincera, la caricia del sol, la lluvia golpeando una ventana.
Hoy no vengo a pedirte nada. Solo quiero que descanses. Que sepas que ya no tienes que demostrar tu valor. Que eres suficiente. Que eres amada.
Y que la mujer en la que te has convertido seguirá cuidando de ti. Tomándote de la mano. Escuchándote. Defendiéndote. Y recordándote siempre que, aunque pasen los años, jamás dejarás de ser una parte hermosa de mí.
Con todo mi amor, Tu yo de hoy
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CARTA
Carlos González Saavedra – Argentina
En este día de copiosa lluvia, me puse a reflexionar.
Cada gota que salpica mis pies me trae un recuerdo de la adolescencia.
La vida nos volvió a juntar.
Envió esta carta para que sepas, que sigo esperándote.
Amanda o Sofía:
Te extraño tanto, que apenas una suave brisa me acaricia, pienso que llegaste.
Al tiempo una enorme desilusión me envuelve.
Tus días en la cárcel se hacen muy largos
Los míos esperándote, aún más.
Los días de encierro, nos han servido, para conocernos.
Llegará el momento que la vida nos pondrá libres
Seguiré trabajando en la penitenciaria.
Te seguiré cuidando para nadie, te ponga un dedo encima. Dentro o fuera de aquí.
Seguirás presa, por tu profesión, de viuda negra. Suerte! No has matado a nadie.
Seremos libre al fin. Al fin estaremos juntos del mismo lado.
Te deseo lo mejor!
Eduardo
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CARTA AL TIEMPO
Elspeth Gormley – España
Tiempo:
Te nombro así, sin adornos, porque desde que nací estás conmigo. No te veo, pero te siento. No te escucho, pero me hablas. No te toco, pero me rozas cada día.
Dicen que empezás a descontar desde el primer latido, como si fueras una cuenta atrás, como si tu misión fuera apurarnos, empujarnos, recordarnos que nada es eterno.
Pero yo he aprendido otra cosa. He aprendido que también sos lo que nos sostiene. El tiempo que perdemos, a veces nos salva. El tiempo que regalamos, nos vuelve más humanos. El tiempo que usamos para tender una mano, para escuchar, para acompañar, para amar, ese tiempo nunca se pierde.
Vos y yo hemos tenido nuestras batallas. Me has arrebatado personas, me has quitado lugares, me has borrado días que no volverán. Pero también me has dado instantes que no se repiten, miradas que no se olvidan, abrazos que no se explican, silencios que curan.
A veces te temo. A veces te agradezco. A veces te ignoro. A veces te suplico que te quedes un poco más.
Sé que no vas a detenerte. Sé que no vas a esperarme. Sé que no vas a negociar.
Pero también sé que, mientras me quede un segundo, mientras me quede un respiro, mientras me quede una palabra, puedo elegir cómo vivirte.
Por eso hoy te escribo. Para decirte que no sos mi enemigo. Que no sos mi verdugo. Que no sos mi juez.
Sos simplemente el camino. El que me acompaña desde el primer día y me llevará, sin prisa, hasta el último.
Y mientras tanto, mientras sigas aquí, mientras sigas contando, mientras sigas avanzando, yo voy a seguir haciendo lo único que tiene sentido:
Vivir. Recordar. Amar. Y no desperdiciarte.
Con respeto, con luz, con conciencia, te escribo desde este presente que es mío y que vos, Tiempo, ya estás convirtiendo en pasado.
Elspeth.
✧⋯✧⋯✧ ✧⋯✧⋯✧
CARTA
Andrea Kiperman – Argentina
Querida amiga:
Quisiera comenzar esta carta diciéndote lo mucho que te extraño. Sé que no hablamos ni nos vemos hace años, pero también estoy segura de que este no es tiempo de reproches. A veces la vida es caprichosa y nos aleja de ciertas personas sin explicación alguna, como si el destino jugara a mover hilos que no vemos.
Espero que no te olvides de ti entre tantas rutinas y quehaceres diarios, esos que parecen invisibles para casi todos… pero no para mí. Sé de todo lo que haces, de lo que te cuesta transitar los días con una sonrisa: a veces fingida, a veces soñada, y otras sostenida apenas por la esperanza de que pronto puedas sonreír genuinamente.
Querida amiga, sé lo que es pasar noches en vela, pensando en cómo seguir adelante un día más con todo lo que la vida exige. Acuérdate de que después de la tormenta siempre llega el sol; no sé si será mañana, dentro de un mes, dentro de un año o dentro de varios —nadie puede saberlo— pero quédate tranquila: las cosas cambian, incluso cuando no lo vemos venir.
Paso a paso, día por día. Y no te olvides de regalarte alguna pequeña alegría. Aunque sea mínima, aunque parezca insignificante, porque de las pequeñas cosas se construyen las grandes. A veces nadie nota tu dolor, tus esfuerzos, tus batallas… pero yo sí. Y te felicito por eso: por seguir intentando, por seguir caminando, por dar siempre lo mejor de vos incluso cuando el mundo parece no darse cuenta.
A veces toca caerse, pero lo importante es darse el tiempo y levantarse, con más fuerza, con más calma, aceptando que también eso forma parte de la vida.
Querida amiga, yo estoy aquí con vos: para cuando quieras escribirme, para cuando necesites llamarme, para cuando necesites hablar. Esta carta va dirigida a todas mis amigas, a las amigas de mis amigas… y también a vos.
Quedo contigo.
✧⋯✧⋯✧ ✧⋯✧⋯✧
CARTA DE DESPEDIDA
Sarah Petrone – Argentina
Queridos hijos, hace muchos meses que no sé nada de ustedes, que espero una llamada, una carta, un saludo. Algo que me diga que aún piensan en mí, que me recuerdan. La distancia no es tanta y sin embargo nunca tienen tiempo para mamá y mi corazón agrietado cada día se rompe más, por eso he tomado una decisión drástica para con mi vida, porque no quiero que alguna vez tengan que cuidarme, cuando los achaquen se agudicen ya no pueda valerme por mí misma. Yo no quiero que me internen en un geriátrico, como alguna vez me insinuaron.
Cuando reciban esta carta ya no estaré en vuestras vidas, nunca más. Lo que voy a hacer lo he meditado desde hace muchísimo tiempo. Los quiero mucho a pesar de todo, pero aprendan a vivir sin mí.
Lo único que les pido es que no empiecen con esas estupideces que se dicen por ahí, como: «VOLÁ MUY ALTO». «REUNITE CON PAPÁ, EL AMOR DE TU VIDA QUE TE ESTÁ ESPERANDO ALLÁ ARRIBA». «O, ANDÁ CON LOS ABUELOS, TUS PADRES».
En primer lugar quiero decirles que no pienso volar alto, a ningún lugar. No se olviden que siempre sufrí de vértigos. En cuánto a eso de encontrarme con su padre, les comento que si algún día lo volviera a encontrar, no sé cómo reaccionaría. Demasiado soporté en su vida las infidelidades y las mentiras. Todo lo soporté por ustedes, por mantener la familia unida. Y en cuánto a mis padres, castraron mi infancia y mi adolescencia y ni que hablar de mi juventud, que hicieron un infierno de mi vida por sus ideas retrógradas y severas.
Sé que por el momento no me voy a encontrar con ninguno de ellos. Estoy en paz conmigo y con el universo. También con ustedes. No se peleen por la herencia que les toca, como lo hicieron siempre porque no dejé nada al azar. ¿Comprendieron? NO DEJÉ NADA.
Vendí todo. Mis propiedades, mis empresas, mis autos, mis joyas que pude rescatar después de los desfalcos que me hicieron en su provecho, mientras fingía no ver y por dentro me desangraba de dolor por el egoísmo de mis hijos a los que nunca negué nada. Pero todo tiene un costo. No dejo de amarlos por eso., pero me voy de sus vidas para siempre, con un compañero de ruta veinte años menos que yo. Recorreré el mundo que me negaron.
PD. Me olvidaba decirles que se hagan cargo de mi querida suegra, su abuela, que ya la mandé con sus valijas, su silla de ruedas y pañales a vuestra casa. Toda la vida vivió conmigo y no me la hizo fácil. Ahora les toca valorar la madre que perdieron. Los quiero. Mamá.
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ARTÍCULOS AGOSTO
NOTA EDITORIAL
Todos los textos publicados en esta revista están protegidos por la Ley de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna. Queda estrictamente prohibida su reproducción total o parcial, distribución o difusión sin la autorización expresa de sus autores. Letras Hispanas por el Mundo respeta y defiende la creación literaria, garantizando la integridad y la autoría de cada obra.
Los artículos son faros: iluminan lo que a veces no vemos.
COLABORADORES – ARTÍCULOS AGOSTO
LA MAGIA DE LA PALABRA
Maren Alberdi – España
Hay quien piensa que la magia es cosa de trucos, de humo, de manos rápidas. Pero no. La verdadera magia —la que transforma, la que conmueve, la que despierta— está hecha de palabras.
El escritor es un mago sin varita. Un artesano que trabaja con aire, con sonido, con silencio. Un creador que fabrica mundos con algo tan frágil y tan poderoso como el lenguaje. La palabra es el don que el ser humano recibió para comunicarse, sí, pero también para ennoblecer el alma y hermosear la vida.
Desde los orígenes, el hombre aprendió a emitir sonidos para expresar sus emociones, y más tarde inventó abecedarios, lenguas, caminos para entenderse. Enhebrar palabras es un acto antiguo y sagrado: con ellas se construyen ideas, y con las ideas se levantan revoluciones o se pacifican los espíritus.
La palabra es un arma. La más poderosa. Puede deslumbrar como un rayo o fulminar como un trueno. Puede acariciar o puede herir. Puede abrir puertas o cerrarlas para siempre.
Pero hoy no quiero hablar de la palabra que destruye, sino de la palabra que crea.
Esa palabra que pinta, que suena, que enamora, que golpea, que se dispara hacia el infinito o hacia el corazón —que al final es lo mismo. Esa palabra que no conoce límites, que se expande, que ilumina, que revela.
El libro es un laberinto de palabras. Un edificio de ingenio y sorpresas. Un territorio donde el escritor demuestra su fuerza: la capacidad de elegir, enlazar y ordenar vocablos para causar encantamiento.
Porque sí: el libro es un artículo hechizado. Su misterio está en ese raro encanto que llamamos estilo. Y todo en él parece una fórmula mágica: aprender a leer, aprender a escribir, llenar cuartillas, embarcarse en la aventura de crear mundos.
Para escribir, hay que leer. No existe escritor sin lectura. Gorki lo sabía: devoró libros en la pobreza, en la soledad, en la oscuridad. Y de tanto leer, su espíritu se ensanchó. La palabra ajena le abrió caminos para encontrar la propia.
El verdadero escritor escribe sobre la tragedia del hombre, sobre sus luchas, sus heridas, sus esperanzas. Porque ahí está la fuente de todos los conflictos, y también de todas las verdades.
Escribir es un acto de humildad y de soledad. Pero también es un deleite. Un deleite esquivo, que solo se conquista con disciplina, con perseverancia, con dolor, con sangre. Del sacrificio nace lo mejor del arte.
Y en esa alquimia, en ese proceso íntimo y misterioso, la palabra se convierte en magia.
❋────❋────❋
NO SÉ
Miriam Alberganti – Argentina
• Señora, ¿me escucha?
—No sé.
• ¿Cómo se llama usted?
—No sé.
• ¿Sabe qué día es hoy?
—No sé.
• ¿Sabe dónde está?
—No sé.
• ¿Quiere que la movamos de aquí?
—No sé.
• ¿Tiene a alguien a quien llamar?
—No sé.
• ¿Se acuerda del temblor?
—No sé.
• ¿Cuántos hijos tiene?
—No sé.
• ¿Sabe si salieron?
—No sé.
• ¿Son ellos? ¿Los escucha gritar?
—Sí.
Podemos perderlo todo, incluso la respiración, pero mientras haya un solo latido, nuestro instinto sabe que primero están ellos. Cuando perdemos las capas de lo efímero, lo salvaje y primitivo recobra su fuerza y hace lo que tiene que hacer: cuidar a su cría.
Por todas esas madres que hicieron de escudo humano para salvar a sus hijos frente a la potencia de una naturaleza imparable.
Todo el mundo le pregunta cosas lógicas a alguien que ya no está en la lógica, está toda entera en una sola cosa.
Mis respetos a las víctimas y sobrevivientes de los últimos terremotos.
❋────❋────❋
DIVERSIDAD CULTURAL: RIQUEZA, DESAFÍO Y RESPONSABILIDAD COMPARTIDA
Elspeth Gormley – España
La diversidad cultural es una de las mayores riquezas de cualquier sociedad. Trae lenguas, sabores, miradas, historias, formas distintas de entender el mundo. Nos enseña que la identidad no es un bloque rígido, sino un tejido vivo que se expande cuando conviven personas de orígenes distintos.
Pero la diversidad, para que sea riqueza, necesita algo esencial: convivencia basada en normas comunes.
En las ciudades de hoy, donde confluyen culturas muy diferentes, la convivencia se vuelve un ejercicio delicado: un equilibrio entre respetar la identidad de cada persona y proteger los valores que sostienen la vida colectiva.
La mayoría de quienes llegan de otros países se integran con naturalidad: trabajan, estudian, participan, aportan, enriquecen. La diversidad bien vivida es un puente.
Pero también existen situaciones complejas que no podemos ignorar. Cuando una parte de la sociedad no se adapta a las normas del país que la acoge, cuando se exigen privilegios que rompen la igualdad, cuando se pretende que las instituciones públicas modifiquen reglas comunes para ajustarse a una sola cultura, la convivencia se resiente.
No se trata de símbolos religiosos en sí mismos, ni de costumbres particulares, ni de creencias. Se trata de lo que ocurre cuando esos símbolos o costumbres entran en espacios donde la neutralidad es necesaria: colegios, instituciones, servicios públicos.
En algunos centros escolares, por ejemplo, se han vivido tensiones por normas de vestimenta, por menús diferenciados, o por la petición de clases específicas de religión. Y aunque cada caso tiene su matiz, la pregunta de fondo es siempre la misma:
¿Cómo garantizamos la igualdad cuando las reglas comunes se fragmentan?
La convivencia exige reciprocidad. Exige que quienes llegan respeten las normas del país que los recibe, del mismo modo que ese país debe respetar la dignidad y la cultura de quienes llegan.
La diversidad no puede convertirse en un conjunto de islas. Debe ser un archipiélago unido por puentes. Y esos puentes se construyen con respeto mutuo, con adaptación, con diálogo, con normas claras que protejan a todos por igual.
La riqueza cultural es un tesoro. Pero para que ese tesoro no se convierta en conflicto, necesitamos recordar algo esencial: La convivencia no es solo un derecho: es una responsabilidad compartida.
“No hay convivencia posible sin normas comunes. La diversidad suma… siempre que nadie reste al conjunto.”
❋────❋────❋
CECILIA LÓPEZ ADVERTE DE LAS CONSECUENCIAS DE LA COLOMBIA ENVEJECIDA
Juan Esteban Lewin – Colombia
“Hay que encontrar un nuevo camino para el país” La exministra en los gobiernos de Gustavo Petro y Ernesto Samper reflexiona sobre los enormes cambios que ha tenido Colombia en las últimas décadas, a propósito de la edición del libro ‘De cara al 2050′
Colombia atraviesa una de las crisis más profundas de su historia reciente tras el terremoto que dejó a un tercio del país en emergencia, cientos de muertos y decenas de miles de viviendas destruidas. En medio de este panorama, la economista Cecilia López Montaño, figura clave en la política y la academia colombiana, advierte que el país enfrenta una transformación aún más decisiva: el impacto de una transición demográfica acelerada que está desbordando el modelo económico tradicional.
López, de 83 años, sostiene que Colombia se acostumbró a crecer gracias a una población joven y numerosa, pero esa base ya no existe. En 1960, cada mujer tenía en promedio siete hijos; hoy la cifra es apenas 1,1. Este cambio, ignorado durante décadas, afecta todos los pilares del país: salud, pensiones, educación, productividad, informalidad y la estructura social completa. Para ella, el Estado no ha entendido la magnitud del fenómeno y carece incluso de una unidad de análisis demográfico en Planeación Nacional, lo que evidencia una institucionalidad que dejó de mirar hacia el futuro.
Desde la Fundación Cisoe, López reunió a una veintena de académicos para elaborar el libro De cara al 2050, un esfuerzo por traducir el conocimiento técnico en un lenguaje accesible y convertirlo en debate público. En esta obra confluyen expertos de distintas áreas —macroeconomía, justicia, mercado laboral, salud— que coinciden en una tesis central: Colombia ya es otro país, aunque casi nadie lo haya asumido. El libro busca tender puentes entre academia y política, y romper la costumbre de que el conocimiento quede encerrado en artículos que solo leen los especialistas.
López insiste en diferenciar entre políticas de gobierno, que cambian cada cuatro años, y políticas de Estado, que requieren continuidad durante varias administraciones. Señala tres fallas estructurales: un sector privado que se limita a pedir menos impuestos sin participar en el diseño del modelo productivo; partidos políticos sin discurso ni relevancia; y una academia que no logra convertir su conocimiento en guía para el país.
Sobre el gobierno de Gustavo Petro, en el que participó brevemente, reconoce que puso la desigualdad en el centro del debate, pero critica que confundió diagnóstico con ejecución y debilitó al Estado. Del nuevo gobierno, instalado hace apenas semanas, valora la capacidad técnica de algunos ministros, pero advierte vacíos graves en áreas estratégicas como Planeación Nacional. Su mayor preocupación es que quienes llegan al poder no comprendan que el país que van a gobernar ya no es el mismo de hace dos décadas.
A lo largo de la conversación, López vuelve siempre a la misma pregunta: cómo lograr que el conocimiento acumulado por generaciones de académicos se convierta en una discusión nacional y no en un privilegio de seminario. Su advertencia final es contundente: si Colombia no reconoce a tiempo que ya es un país más viejo, más desigual y urgido de un nuevo modelo productivo, podría perder varias décadas de crecimiento y bienestar.
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DESPUÉS DE BORGES: la lectura como felicidad lenta
Alberto Manguel – Argentina
En el 40º aniversario de la muerte de Jorge Luis Borges, la editorial Alfaguara vuelve a reunir su obra completa en tres tomos —poesía, cuentos y ensayos— recordándonos que el escritor argentino no solo transformó la literatura, sino también la manera de leer el mundo. Alberto Manguel, uno de sus colaboradores más cercanos, revisita su legado y traza un mapa para entrar en ese universo borgiano donde cada texto es una puerta hacia infinitas posibilidades.
Desde mediados del siglo XX, críticos como Etiemble advirtieron que Borges había cambiado las reglas del juego: después de Ficciones, El Aleph o La biblioteca de Babel, la literatura ya no podía seguir siendo la misma. Sus relatos cuestionaron la idea de autor, de tiempo, de realidad y de lectura, obligando a los escritores a replantearse su oficio o a abandonarlo. Borges abrió caminos que antes no existían.
Pero Manguel recuerda que, más allá de su erudición, Borges fue ante todo un lector feliz, alguien que encontraba en los libros una forma de libertad. Su legado no reside solo en sus ficciones, sino en su defensa de una lectura lenta, generosa, infinita, alejada de la prisa y del ruido contemporáneo. Para él, leer era un acto moral: “nuestro deber es ser felices”, decía, y la lectura era una de esas felicidades posibles.
Borges renovó la lengua castellana, situándose entre la exuberancia de Góngora y la precisión de Quevedo, creando un estilo propio que marcó a generaciones. Su influencia se extendió a filósofos, cineastas, narradores y pensadores de todo el mundo. Su obra dialoga con Platón, Kafka, Chesterton, Schopenhauer, Eco, Foucault y tantos otros que, de algún modo, él convirtió en sus “precursores”.
Su biblioteca personal, sorprendentemente pequeña y ecléctica, revelaba su gusto por las combinaciones inesperadas: autores dispares, ideas que se cruzaban, catálogos imposibles, mezclas que desafiaban la costumbre. Borges confiaba en la palabra escrita como quien confía en un mapa para orientarse en el universo.
A pesar de las críticas —su falta de compromiso político, su gusto por lo fantástico, su distancia de las modas literarias— Borges mantuvo siempre una postura clara: lo importante era la literatura, no las opiniones. Su obra no buscó describir el mundo, sino leerlo, como si el universo fuera una biblioteca infinita que espera ser descifrada.
Hoy, cuatro décadas después, Borges sigue siendo un faro. No solo por lo que escribió, sino por lo que nos enseñó: que la lectura es un acto de libertad, un espacio donde el tiempo se detiene y la imaginación se expande. Que los libros no son objetos, sino puertas. Y que, en un mundo acelerado, su invitación a la felicidad lenta sigue siendo un gesto de resistencia luminosa.
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ME FALTA LA VIDA SIN MI HIJA
Paola Nagovich – Estados Unidos
Hemos reconstruido a través de una decena de entrevistas el arresto de medio centenar de migrantes en un almacén aduanero de Nueva Jersey en octubre de 2025. Los meses de detención y las deportaciones han desgarrado a docenas de familias
La segunda hija de María Eugenia García nació prematura. Killy Tatiana Yangquen García llegó a este mundo a los siete meses, pequeñita y frágil, dependiente de la protección total de su madre. Vivió sus primeros 20 años pegada a María Eugenia, nunca lejos la una de la otra. Hasta que a Killy Tatiana la apresaron en una redada en el almacén aduanero donde trabajaba sin papeles una mañana maldita de octubre. “¿Entiendes el cuidado que he tenido con ella y que me la arranquen así? ¿Y yo no poder protegerla? No la he vuelto a ver, solo por videollamada”, solloza la madre desde su hogar en Elizabeth, donde se mantiene escondida desde que a su hija la detuvieran y enviaran de vuelta a Colombia, el país del que emigraron hace más de una década.
Sentada en el comedor de su casa bajo el amparo del aire acondicionado una tarde calurosa de junio, entre llantos y golpes sobre la mesa cuando la angustia la supera, María Eugenia, de 53 años, relata lo que esta `periodista ha podido reconstruir a través de tres meses en una decena de entrevistas: cómo una redada truncó las vidas de medio centenar de personas y sus familiares.
Era temprano en la mañana el 29 de octubre pasado. Se suponía que Killy Tatiana trabajaría remoto, pero le pidieron que fuera a la oficina. María Eugenia fue la primera en salir de la casa. Se fue, como de costumbre, a ayudar a cuidar a la bebé de la hermana de Killy Tatiana. “Llegué, acosté a dormir a la niña y me dormí también. No sabía qué pasaba detrás de la puerta. Dormí una hora, pero en un sueño profundo; no entendí cómo ese día me dio tanto sueño”, cuenta la madre.
Cuando despertó, lo primero que vio fue la cara de angustia de su hija mayor. “Me dice: ‘Mamá, siéntese, ¿quiere una aromática, agua? No le tengo buenas noticias. Hubo una redada en Savino. Llegó Migración y se llevó a Tatiana”, narra María Eugenia, recordando nítidamente uno de los peores momentos de su vida.
Agentes migratorios irrumpieron aquel día en el almacén de Savino del Bene, una empresa italiana de transporte marítimo internacional que mueve artículos de moda y de lujo. La instalación está ubicada en la zona de Avenel, en la localidad de Woodbridge, Nueva Jersey, a menos de una hora en coche de Manhattan. Según testigos consultados por este periódico, al lugar llegaron más de 50 agentes de varias agencias del Departamento de Seguridad Nacional: del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP), entre otros.
“El operativo fue grande. Llegaron con armas largas —el Ejército, la Policía y el ICE— y rodearon el lugar. Hasta con un helicóptero. Se subieron a los tejados. No dejaron salir a nadie. Llegaron con escáneres que detectan las paredes, así como con perros que iban por cada zona, buscando a las personas”, recuerda Sandra Suero, cuyo hijo, Jhonatan Bello Cabrera, de 18 años, se encontraba dentro del almacén durante la redada. El joven colombiano alcanzó a llamar a su madre mientras se escondía de los agentes y ella llegó al lugar al instante.
En total, 46 personas fueron arrestadas —una cuarta parte de los empleados presentes ese día— en el operativo. De acuerdo con el grupo promigrante Movimiento Cosecha, que ha asesorado a las familias, al menos 30 de los trabajadores tenian solicitudes pendientes, y muchos contaban con permisos de trabajo. Algo que en la era Trump importa poco: “Una tarjeta de autorización de empleo, por sí sola, no le otorga a una persona un estatus legal en Estados Unidos. Además, una solicitud de asilo pendiente, por sí sola, no confiere un estatus migratorio legal a un extranjero”, recordó un portavoz de Seguridad Nacional .
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Dos cárceles literarias
Gustavo Páez Escobar – Colombia
Álvaro Mutis nace en Bogotá en agosto de 1923. Sus antepasados registran una larga tradición agrícola, y solo él y su padre han nacido en la ciudad; el resto de la familia se desarrolló en la vida de las haciendas, entre faenas rurales y costumbres heredadas. Su padre, que hasta hace poco ejercía como secretario de la Presidencia de la República, es nombrado diplomático en Bruselas cuando el futuro escritor se encuentra en edad escolar. Este traslado determina que sus estudios de primaria y bachillerato los adelante en la urbe europea, donde el ambiente cultural y literario marcaría profundamente su sensibilidad.
Desde muy joven se muestra como un lector voraz de toda clase de libros clásicos. Siente especial atracción por los autores rusos y franceses en el campo de la narrativa, y por personalidades como Neruda, Rilke, Juan Ramón Jiménez y Aurelio Arturo en las lides poéticas. De esa mezcla de influencias y de su propia cosecha brotará la figura de Maqroll el Gaviero, su alter ego, personaje aventurero y romántico que conducirá su obra a las cumbres de la fama y se convertirá en uno de los símbolos más reconocibles de su universo literario.
Al mismo tiempo que el nuevo literato conquista aplausos en Colombia y en los países latinoamericanos, el dandi que hay en él —con su talante gallardo, su presencia elegante y su gran facilidad de palabra— irrumpe en los salones sociales y se vuelve miembro apetecido de los círculos de privilegio. No es su mayor éxito el matrimonio que contrae a temprana edad, al que habrán de seguir una serie de fracasos sentimentales, sino su figuración constante en los mundillos de la lisonja, la vida social y el prestigio.
Un día ejerce la jefatura de relaciones públicas de la compañía petrolera Esso, posición que parece diseñada para él. El poeta relacionista se mueve allí como pez en el agua. Lo que todo el mundo ve en el flamante directivo —distinción, prebenda, suerte, destreza para mover la imagen de una empresa poderosa— dista mucho de coincidir con el infortunio que ha de sobrevenirle por el manejo indelicado de los fondos a él confiados. A raíz de ello huye del país y se radica en Méjico. Mutis ha incurrido en el desfalco para sacar de apuros a unos amigos, y cuando la situación se torna crítica y no halla facilidad para reintegrar el faltante, toma el camino de la fuga.
Poco tiempo después es apresado en Méjico, a la edad de 36 años, y va a dar a la cárcel de Lecumberri. Presidio pavoroso para este hijo de la burguesía, cuyo tránsito por los salones dorados y por los floridos jardines de las letras no dejaba presentir semejante revés. Este hecho parte en dos su existencia, al saltar del boato y la falacia social a la cruda realidad de un presidio donde la vida se mide en humillaciones y silencios.
Los infinitos vejámenes y humillaciones sufridos por Óscar Wilde en la cárcel de Reading los padece ahora Álvaro Mutis en la cárcel de Lecumberri. Uno y otro son figuras sobresalientes de la sociedad, brillantes poetas, perfectos petimetres. Ambos mantienen relaciones sentimentales con personas de la nobleza: el uno como homosexual declarado, el otro como mujeriego exquisito, cada cual atrapado en sus propias contradicciones y pasiones.
Los amores de Mutis con la condesa y escritora mejicana Elena Poniatowska, de origen polaco y casada, discurren con discreción durante los días del encierro penitenciario (1959). Queda constancia de que la condesa lo visitaba todos los domingos. Julio César Londoño, periodista colombiano que a lo largo de los años ha seguido este idilio con ojo penetrante, expresa lo siguiente en La Revista de El Espectador (23-VI-2002), a propósito de los encuentros furtivos en la cárcel: “Ella es una mujer precozmente adulta, él un hombre mayor. Ambos están de regreso. Han amado, engañado, sufrido. Conocen los deleites y las zozobras del Paraíso y los rigores del Infierno”.
De la cruel experiencia carcelaria sale un testimonio desgarrador: Diario de Lecumberri (1960), donde el colombiano describe el mundo sórdido de los presos y muestra su propia desventura, luego de haber probado los néctares de la lisonja social. Cuando amanece apuñalado ‘Palitos’, su habitual amigo y frágil vecino de celda, la noticia le produce honda conmoción y le agranda el fantasma de la soledad. Con todo, la prisión le permite conocer en toda su intensidad el destino trágico del hombre y apreciar lo que hay de bueno en cada individuo, sin la careta de las falsías y los engaños.
La temperatura de este desastre la traslada Mutis a su obra futura, tras los 15 meses de reclusión en Lecumberri. Muchos años después, gozando ya de la fama de su obra perdurable, Mutis sentiría, al recibir en España y Francia los premios Cavour, Príncipe de Asturias y Cervantes, que sobre sus hombros y su alma gravita el peso de la prisión, generadora de sombras y luces que nunca lo abandonarían.
Wilde y Mutis, viajeros de la misma nave azarosa del destino, parecen caídos de la misma estrella y resultan víctimas del mismo desequilibrio de sus vidas gloriosas y al mismo tiempo desdichadas.
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CRÓNICAS Y ENSAYOS – AGOSTO
NOTA EDITORIAL
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COLABORADORES
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LA RESILIENCIA
Maren Alberdi – España
La palabra resiliencia se ha puesto de moda. La repiten en conferencias, en anuncios, en libros que prometen soluciones rápidas. La venden como si fuera una vitamina: “sé fuerte”, “levántate”, “supera”, “sigue adelante”.
Pero la resiliencia real no tiene nada que ver con eso.
La resiliencia no es heroica. No es luminosa. No es épica. No es una bandera que se agita en alto.
La resiliencia es silenciosa. Es humana. Es torpe. Es lenta. Es la vida intentando recomponerse sin saber cómo.
Es la mujer que vuelve a casa después de un diagnóstico y se sienta en la cama sin saber qué hacer. Es el hombre que perdió a alguien y sigue poniendo el café cada mañana porque es lo único que le ordena el día. Es el niño que pregunta “¿por qué?” y no recibe respuesta, pero igual sigue creciendo. Es la persona que tiembla por dentro, pero aun así sale a la calle.
La resiliencia no es volver a ser la misma persona. Es aprender a vivir siendo otra.
No es olvidar. Es recordar sin romperse del todo.
No es levantarse rápido. Es levantarse cuando se pueda.
No es fuerza. Es resistencia. Es fragilidad que sigue adelante. Es una grieta que no impide caminar.
La resiliencia es un abrazo. El que damos. El que recibimos. El que nos sostiene cuando la vida se vuelve demasiado grande.
Por eso cuesta tanto explicarla: porque no se ve, no se presume, no se exhibe. Solo se vive.
La resiliencia no es un triunfo. Es un proceso. Y cada persona lo atraviesa como puede.
Cuando escucho la palabra, no pienso en héroes. Pienso en gente común. En quienes siguen aquí con sus cicatrices, sus pérdidas, sus pequeñas victorias. En quienes, a pesar de todo, continúan.
La resiliencia no es un concepto. Es un latido.
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LA OLA DE CALOR QUE NO VEMOS
Clemente Álvarez – España
Este verano no solo arde la tierra. También arde el mar.
Las temperaturas marinas han alcanzado niveles nunca vistos, desde Irlanda hasta el Mediterráneo. Un estudio internacional confirma que el calentamiento del planeta está detrás de este fenómeno: el Mediterráneo se está calentando al doble de la media mundial, y eso no es un dato técnico, es una advertencia.
El mar caliente no es solo un agua más agradable para bañarse. Es un riesgo silencioso.
Las olas de calor marinas alteran los ecosistemas, matan corales, esponjas, algas, y empujan a especies invasoras a ocupar territorios que antes no podían. Cambian los fondos marinos, transforman la pesca, afectan a la salud humana y a la economía de las comunidades costeras.
Y lo más inquietante: el mar caliente alimenta fenómenos extremos en tierra. Más humedad, más energía, más tormentas violentas. Como la DANA de Valencia en 2024, que dejó más de 230 muertos.
En el País Vasco, este año el agua alcanzó los 25 ºC en junio. Antes, esa temperatura solo aparecía puntualmente en agosto. Los científicos ya hablan de un “invasivoceno”: medusas, salpas y especies que llegan en masa, alterando todo lo que conocíamos.
No todo es cambio climático, pero sí es la causa principal. Y aunque algunos políticos sigan negándolo, la realidad es que el mar está enviando señales claras. Se está calentando más rápido de lo que podemos asumir. Y cuando el mar cambia, cambia todo.
La ola de calor más peligrosa del verano no está en el aire. Está bajo la superficie.
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CATALINA SALE A CAMINAR
Ilka Oliva-Corado – Estados Unidos
Ve el reloj y le faltan quince minutos para salir de trabajar. Tiene dolor en los pies, en los tobillos, en las rodillas, y las piernas se le inflaman por la retención de líquidos al pasar diez horas de pie. En su espalda siente como astillas ancladas, un ardor punzante que no se mueve de lugar; lo describiría como la sensación de un alfiler entrando en su piel a la velocidad en la que se mueve la aguja de una máquina de coser. Las muñecas de las manos las tiene inflamadas todo el tiempo. Doña Bartola, que se dedica a sobar y que también es comadrona, le dijo que tiene artritis en las manos y que pronto se le regará en todo el cuerpo.
Tal vez será artritis la que tiene en las caderas entonces, se dice todas las mañanas cuando se levanta y el dolor en la cintura lo siente puro chile. La suela de un zapato tiene un agujero; lo tapa con papel periódico. Está que irá a donde don Obdulio, el zapatero, para que le cambie la suela, pero tiene todo el dinero comprometido en pagos.
Para cada veinte de mes, Catalina está en números rojos, prestando dinero para el pasaje. Y no es que se malgaste lo poco que gana: es que lo que le pagan es una miseria. Sueña despierta, como la mayoría de sus compañeras en el trabajo. Algunas con una casa propia, otras con vacaciones, un automóvil, un trabajo donde no tengan que estar de pie, un esposo decente que no les pegue, un padre responsable para sus hijos, dinero suficiente para pagar los recibos y que les sobre para llegar a fin de mes.
Todas fantasean con un abrazo, con una caricia en el rostro, en el cabello. Con un masaje en los pies. Con dormir tres días seguidos. Muchas, en sus conversaciones durante los 20 minutos de almuerzo, cuentan que si volvieran a nacer no se casarían ni tendrían hijos. Algunas, al escucharlas, se persignan; otras guardan silencio, diciendo para sus adentros que también harían lo mismo.
Ni Catalina ni ninguna de sus compañeras de trabajo tuvo la oportunidad de estudiar; esas alturas son inalcanzables para personas como ellas, lo han comentado en infinidad de ocasiones. Pero si hubieran tenido la oportunidad, ahí habría doctoras, ingenieras, docentes, químicas… y Catalina, que siempre quiso ser bióloga marina. Nacida en una casa con paredes de lámina, a las orillas de un río de aguas negras, en la periferia de la ciudad de Guatemala. La mayor de ocho hermanos, casada a la fuerza en la adolescencia con un hombre treinta años mayor, madre de cuatro, Catalina sueña con juntar dinero para comprarse una prótesis dental.
Y con un bosque cerca de su casa, donde canten las chicharras y alumbren las luciérnagas. Un bosque frondoso como el de los cuentos que contaba su abuela en las tardes en las que le ayudaba a preparar la cena. Un bosque con árboles grandes que llenen de sombra el camino. Un bosque para ir a caminar.
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ENSAYO DE CRIMEN Y CASTIGO DE F. DOSTOYEVSKI
Elspeth Gormley – España
He leído Crimen y castigo en dos ocasiones: una cuando tenía unos veinte años, y otra hace apenas un mes. Y si algo he comprendido es que esta obra no debe abordarse solo desde la literatura, sino también desde el alma. Dostoyevski escribió una de las exploraciones más profundas de la conciencia humana.
Hay novelas que se leen y se olvidan, y hay otras que permanecen acompañándonos como una pregunta imposible de responder. Crimen y castigo pertenece a este último grupo. Más que la historia de un asesinato, es el viaje doloroso de un hombre que descubre que no existe prisión más severa que la propia conciencia.
Raskólnikov, el protagonista, es un joven inteligente, orgulloso y empobrecido que llega a convencerse de que ciertas personas extraordinarias tienen derecho a transgredir las leyes comunes en beneficio de un fin superior. Bajo esta idea asesina a una anciana usurera, creyendo que su acción puede justificarse racionalmente. Pero lo que parecía una construcción lógica perfecta se derrumba en el instante mismo en que comete el crimen.
La grandeza de la novela reside en que el castigo no comienza cuando interviene la justicia, sino mucho antes. Dostoyevski nos muestra que el verdadero tribunal se encuentra dentro del ser humano. Raskólnikov intenta escapar de la culpa mediante teorías, razonamientos y excusas, pero descubre que una conciencia herida no entiende de argumentos. El remordimiento se infiltra en cada pensamiento, en cada silencio, en cada mirada.
La obra plantea una cuestión que sigue siendo actual: ¿puede una idea justificar el sufrimiento de otro ser humano? Dostoyevski responde con una contundencia admirable. Cuando la inteligencia se separa de la compasión, corre el riesgo de convertirse en un instrumento de destrucción. El autor nos advierte del peligro de creer que algunos individuos están por encima de los demás, pues esa creencia acaba erosionando la propia humanidad.
Frente a la oscuridad de Raskólnikov aparece Sonia, un personaje fundamental. Ella representa la humildad, el sacrificio y la capacidad redentora del amor. Sonia no salva al protagonista mediante discursos ni juicios; lo salva a través de la comprensión. Su presencia recuerda que incluso en los seres más perdidos existe una posibilidad de reconstrucción. Gracias a ella, la novela deja de ser únicamente una reflexión sobre la culpa para convertirse también en una reflexión sobre la esperanza.
Dostoyevski parece decirnos que ningún ser humano está definido exclusivamente por sus errores. El reconocimiento de la culpa, aunque doloroso, es también el primer paso hacia la redención. El sufrimiento no aparece como un castigo vacío, sino como un camino de transformación interior que puede conducir a una comprensión más profunda de uno mismo y de los demás.
Por ello, Crimen y castigo sigue siendo una obra imprescindible. No porque hable de un asesinato, sino porque habla de algo universal: la lucha entre el orgullo y la compasión, entre la razón y el corazón, entre la culpa y el perdón. Cada lector encuentra en ella un reflejo distinto de sus propias contradicciones.
Al cerrar el libro comprendemos que Dostoyevski no escribió una novela policial. Escribió una obra sobre la fragilidad humana. Nos recuerda que podemos engañar al mundo, esconder nuestros actos y construir mil justificaciones, pero hay una voz de la que no podemos huir: la que habita en nuestra conciencia. Y es precisamente esa voz la que convierte el castigo en una experiencia mucho más profunda que cualquier condena impuesta por los hombres.
“La verdadera tragedia de Raskólnikov no fue cometer un crimen; fue descubrir que ninguna teoría es capaz de silenciar el corazón.”
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LA SELVA QUE DECIDE SU FUTUR
Patricia Gualinga – Ecuador
Yo vengo de Sarayaku, un pueblo kichwa de la Amazonia ecuatoriana que lleva décadas defendiendo su territorio frente a la explotación petrolera. Durante años nos han repetido el mismo argumento: bajo nuestro bosque hay recursos que el país necesita, y quienes nos oponemos somos enemigos del progreso.
Pero nosotros conocemos otra riqueza. Está en los ríos, en los animales, en las plantas, en los conocimientos de nuestros mayores y en las relaciones que sostienen la vida. Nuestro territorio no es una reserva esperando ser explotada: es un territorio de vida.
Durante demasiado tiempo se ha medido la Amazonia por lo que puede extraerse de ella: petróleo, gas, minerales, madera. Hoy, millones de hectáreas pertenecen a pueblos indígenas, pero una gran parte sigue amenazada por concesiones petroleras y mineras. Se nos plantea una falsa elección: extracción o pobreza. Los pueblos amazónicos sabemos que existen otros caminos.
En Sarayaku hablamos de Kawsak Sacha, la selva viviente. Para nosotros, la selva es un ser del que formamos parte, donde todo está conectado y donde nuestra existencia depende de mantener ese equilibrio. Nuestra lucha no es solo contra un pozo petrolero: es por el derecho a decidir cómo queremos vivir y qué futuro dejamos a las próximas generaciones.
En el Foro Social Panamazónico proponemos crear zonas libres de combustibles fósiles, territorios donde impedir nuevas fronteras extractivas es urgente. La Amazonia sostiene pueblos, culturas, ríos, bosques y conocimientos. Protegerla significa preguntarnos qué entendemos por desarrollo y qué necesitamos preservar para que la vida continúe.
Pero la Amazonia no es homogénea. Donde la explotación no ha llegado, debemos impedir que avance. Donde existen planes de expansión, detenerlos. Donde la industria lleva décadas operando, planificar una transición justa. Donde ha dejado destrucción, exigir reparación. Y donde los pueblos han decidido poner fin a la explotación, esa decisión debe cumplirse.
Ecuador conoce bien este desafío: millones de hectáreas de bosque primario y territorios indígenas están amenazados por lotes petroleros. En Yasuní, la ciudadanía decidió mantener el petróleo bajo tierra. Ahora debemos hacer realidad esa decisión. La transición también es democracia y autodeterminación.
Durante años se nos ha querido convencer de que necesitamos petróleo para salir de la pobreza. Pero una transición justa exige cambiar la idea de riqueza: fortalecer economías que mantengan el bosque en pie, proteger nuestras formas de gobernanza y dirigir recursos hacia actividades que sostengan la vida.
Si todavía existen grandes extensiones de bosque es porque nuestros pueblos las han defendido durante generaciones. Pero la Amazonia no sostiene solo nuestras vidas: sostiene la vida del mundo. Por eso, de Puyo no podemos salir solo con discursos. Tenemos que salir con decisiones.
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AGUACERO EN PARÍS
Gustavo Páez Escobar – Colombia
(Memoria de un viaje realizado a París en septiembre de 1998)
La salida de Miami estaba señalada para la una de la tarde. En Miami haremos una breve escala y luego volaremos a París. Nunca he estado en Europa. En cambio, conozco buena parte de Colombia. Con Astrid, mi esposa, he ido a varios países de América, y de común acuerdo hemos aplazado la visita al Viejo Mundo para la época de la madurez, que en mi caso coincide con el retiro del trabajo.
El ruido de los frenos hidráulicos indica que hemos iniciado el descenso. En el avión hay revuelo general. Una melodiosa voz femenina anuncia por el altavoz la proximidad de París. Todos se desperezan y, con las telarañas del sopor todavía en los ojos, buscan sus enseres de viaje. El día, en un instante, se ha tornado sombrío, y a los pocos minutos se desgaja una lluvia pertinaz.
En la distancia se ven los campos ondulados por los cultivos de frutas y cereales. La silueta de la ciudad, con su cielo nublado y la lluvia torrencial, sobrecoge el espíritu. Pensábamos encontrar una urbe radiante de sol, y el efecto contrario –el de la tempestad incontenible– produce una imagen alucinante.
Ver llover… El alma se conmueve con la lluvia, se llena de embeleso. Bajo el poder de la lluvia se estimulan las emociones humanas. Es un prodigio que provoca a la vez ardor y sosiego. Cuando las gotas son persistentes, el ánimo se enerva. Se desea entonces que el agua sea nutrida, para enfrentarla con decisión, en lugar de la llovizna incierta, que desazona el espíritu. Ver llover… La lluvia es poesía.
Aterrizamos a las 10:35 p.m. en el viejo aeropuerto de Orly. Cae agua a cántaros sobre París. El agua lustral, como en los antiguos ritos religiosos, purifica a la urbe fabulosa. Pretendo verle la cara, pero la neblina no lo permite. Diríase que la dama se encuentra apenada. ¿Dónde está la Torre Eiffel con sus dimensiones colosales? ¿Dónde están los penachos airosos de la villa de gente ilustre? ¿Dónde están los diez millones de habitantes, el emporio de fábricas, las soberbias construcciones? ¡Llueve a torrentes!
La metrópoli, entre ráfagas de ventisca, emerge enigmática y esquiva. Un soplo le destrenza la abundante cabellera y la pone a ondear al viento en remolinos azules. Ciudad impenitente y encantada, cuyos resplandores se diluyen entre besos húmedos y brisas temblorosas. Ciudad de armonía y colorido, de amores desatados en noches lascivas, hecha de pasión y aroma.
La urbe legendaria desentierra sus raíces en esta mañana tempestuosa. En cualquier forma como se le mire –como reina o como cortesana–, París entra por los ojos y enciende el corazón. Por eso es la Ciudad Luz.
Un vehículo enviado por la excursión nos recoge para llevarnos al hotel. Avanzamos por una avenida esbelta, por entre árboles llorosos. Unos niños se divierten con la nieve. No les importa empaparse de lluvia, porque el placer está en la diversión. Contra los vidrios se estrellan goterones furiosos. Más adelante el agua se aminora y un tímido rayo de sol se asoma en la lejanía. Cuando traspasa las nubes se producen irisaciones estremecidas.
¡Estamos en París, la remota, la bella, la diosa apetecida que clama en el sentimiento y que traemos anidada en el alma! Así, invadida por la lluvia, se ve más hechizante. Y me acuerdo del poema premonitorio de César Vallejo:
Me moriré en París con aguacero, Un día del cual tengo ya el recuerdo. Me moriré en París –y no me corro– tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.
Pronto comenzará el otoño, estación de serenidad. Hemos escogido el otoño, que en Europa dura tres meses –del 23 de septiembre al 21 de diciembre– como estación propicia para disfrutar mejor la temporada. Es una época agradable por los climas templados. Tiempo de bonanza, punto intermedio entre el calor y el frío. El sol de otoño, cuando se filtra por los árboles, dibuja cuadros poéticos. El crecimiento de las cosechas se realiza entre la última helada de la primavera y la primera del otoño. Los frutos se maduran en otoño. Nosotros venimos a recoger la cosecha. Ver llover… El agua es vida.
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DE DORMIR EN LA CALLE A ESCATAR VIDAS E EL TERREMOTO DE CALI
Valentina Parada Lugo – Colombia
Varios de los voluntarios que prestaron sus manos para escarbar entre los escombros eran personas de barrios vulnerables que no tenían equipos ni uniformes de rescate
Mayerli Arrigui, una joven de 30 años de Cali, se convirtió en una de las figuras más visibles entre los voluntarios que acudieron al rescate tras el terremoto de 7,4 que sacudió el occidente de Colombia el 10 de agosto. Antes de que llegaran los equipos oficiales, más de cien personas se organizaron espontáneamente para buscar sobrevivientes entre los escombros, y Mayerli fue una de las primeras en llegar, sin uniforme, sin protección y sin más herramientas que sus manos y una voluntad inquebrantable. Su liderazgo quedó marcado en un casco blanco que le regalaron y en el que alguien escribió la palabra “líder”.
Durante seis días, Mayerli trabajó sin descanso en una de las zonas más afectadas, moviendo escombros, organizando voluntarios y ayudando a rescatar a cuatro personas con vida. Su presencia llamó la atención desde el primer momento: llegó en chanclas, con ropa ligera, y se puso a cargar baldes cuando aún no había una estructura oficial de mando. Su motivación era personal: su madre vivía cerca del barrio afectado y, al enterarse de la tragedia, sintió que ayudar era una vocación que debía cumplir.
La historia de Mayerli está marcada por la resiliencia. Antes de vender velas e inciensos en el sistema de transporte público de Cali para mantener a sus dos hijos, vivió diez años en la calle, enfrentando violencia, adicción y abandono. Su vida cambió cuando quedó embarazada de su primer hijo, lo que la impulsó a iniciar un proceso de rehabilitación que finalmente logró sostener. Esa experiencia le dio una sensibilidad especial para leer el peligro, entender el terreno y actuar con rapidez en medio del caos.
En los días posteriores al terremoto, muchos voluntarios eran jóvenes que habían participado en la Primera Línea durante las protestas de 2021. Aquellos cuerpos que antes resistían en las calles ahora se enfrentaban a los escombros, movidos por un sentido de comunidad y urgencia. Aunque Mayerli no perteneció a ese grupo, reconoció entre los voluntarios a muchos de los rostros que había visto en los puntos de resistencia de la ciudad.
El trabajo voluntario no estuvo exento de riesgos. La falta de coordinación inicial provocó tensiones y decisiones peligrosas: mover una piedra en el lugar equivocado podía causar un derrumbe fatal. Mayerli aprendió a distinguir los sonidos de vida bajo los escombros y a identificar qué estructuras aún sostenían peso. Hasta el 12 de agosto escuchó señales de personas vivas, pero cuando entraron las máquinas pesadas, esas señales desaparecieron.
A los riesgos físicos se sumaron problemas institucionales. Mayerli trabajaba acompañada de su hija pequeña y su hermana, que la cuidaban desde una carpa cercana. Funcionarios del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar le advirtieron que debía retirarse o podrían quitarle a la menor. Ella se negó, argumentando que estaba ayudando a salvar vidas. Volvió cada día, pese a las advertencias, hasta que la labor de rescate terminó.
El viernes por la noche, cuando ya solo quedaban cuerpos por recuperar, Mayerli acompañó a las familias que esperaban noticias de sus seres queridos atrapados bajo los escombros. Su misión, dice, era que todas las familias pudieran despedirse de los suyos, aunque ya no hubiera esperanza de encontrarlos con vida. El sábado, cuando recuperaron los últimos cuerpos, Mayerli se quitó los guantes y regresó a casa caminando, como cada día, sin haber ganado dinero alguno durante la semana. Las donaciones de comida y agua fueron suficientes para sostener a sus hijos.
El terremoto también destruyó su vivienda en Siloé, obligándola a mudarse a una casa provisional situada junto al enorme escombrero donde la ciudad deposita los restos del desastre. Allí, el polvo invade todo: la ropa, el aire, los pulmones. Su hija Daniela despierta con la nariz tapada y los ojos irritados. Mayerli, que ayudó a otros a respirar bajo el concreto, ahora vive al lado del derrumbe de su propia ciudad.
Ha vuelto a vender velas en los buses, orgullosa de su trabajo y del ejemplo que da a sus hijos. En el lugar donde fueron enterradas dos de las víctimas, los voluntarios dejaron cascos como homenaje. Mayerli se pregunta si, de haber sido los barrios pobres los afectados, los sectores más acomodados habrían respondido con la misma entrega. Su reflexión final es tan dura como honesta: en esta tragedia, quienes más ayudaron fueron los que menos tenían.
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CRISIS MIGRATORIA EN CEUTA
Juana Viúdez – España
El Gobierno trabaja en el traslado urgente de 500 niñas migrantes de Ceuta a la Península
La ciudad autónoma acepta el plan del Ejecutivo como “medida extraordinaria” y reclama el retorno de todos los extranjeros que accedieron de forma irregular
El Gobierno trabaja en el traslado de al menos 500 niñas migrantes de Ceuta a la Península. Concretamente, el Ministerio de Juventud e Infancia está buscando la fórmula para la acogida de cientos de menores no acompañados que se encuentran en la ciudad autónoma desde la entrada masiva del 30 y 31 de julio, dentro de un plan integral de choque coordinado entre administraciones, según ha adelantado este miércoles la Cadena Sr Fuentes del departamento que dirige Sira Rego sostienen que “este plan incluye el cumplimiento del real decreto-ley para la acogida vinculante y solidaria por parte de todas las comunidades autónomas o el acogimiento familiar, pero también otras fórmulas que permiten agilizar la acogida”.
Entre estas otras fórmulas, indican dichas fuentes, se contempla una vía para que organizaciones de protección a la infancia acojan y cuiden de los perfiles más vunerables sin necesidad de trasladar la tutela a las comunidades autónomas. En este momento, añaden desde el Ministerio, se trabaja en esta vía de manera urgente para un número concreto de menores, cifrado en 500 aproximadamente, aunque el número puede variar durante el proceso.
Aunque para Ceuta la salida a la crisis migratoria pasa por “el retorno a Marruecos de todas las personas que accedieron irregularmente a la ciudad autónoma a finales de julio, incluidos los menores extranjeros no acompañados”, el Ejecutivo que dirige Juan Jesús Vivas está dispuesto a hacer una excepción con esas 500 niñas migrantes. Fuentes del Gobierno de Ceuta admiten la necesidad de “adoptar medidas extraordinarias”, en referencia al plan de Juventud e Infancia que busca distintas alternativas para la acogida de las menores. “La solución no puede pasar únicamente por ampliar indefinidamente la capacidad de acogida, sino por avanzar en el retorno y, mientras este se materializa, adoptar medidas extraordinarias”, señalan.
El PP también reconoce que el caso de los menores atiende a otros supuestos. El vicesecretario de Hacienda, Vivienda e Infraestructuras del PP, Juan Bravo, ha cuestionado el plan con el que trabaja el Ministerio de Infancia y Juventud para este traslado y ha defendido que “el interés superior del menor es estar con su familia”. En una entrevista en Antena 3, Bravo ha incidido en que el mejor lugar en el que pueden estar los menores es “en su entorno” y ha recordado el aval de la Comisión Europea para el retorno de los menores que cruzaron la rotnera ceutíTambién ha querido recordar las declaraciones del ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, y del ministro de Exteriores, José Manuel Albares, en las que, a su juicio, habrían asegurado que los menores regresarían a su lugar de origen.
Por ello, Bravo ha cuestionado que el Ejecutivo de Pedro Sánchez esté velando por el interés superior de los menores, como ha aseverado este miércoles la ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, Elma Saiz, ya que “hay una petición de Marruecos para que los niños vuelvan”. “Si hay petición de Marruecos para que vuelvan los niños, si Europa ha dicho que por favor vuelvan los niños y los no niños, los que han entrado de manera irregular, ¿qué más necesita el Gobierno?”, se ha cuestionado el vicesecretario del PP.
En paralelo, Unicef ha advertido de la situación de “inseguridad e insalubridad” en la que se encuentran cientos de menores en Ceuta desde la entrada masiva. La directora de Influencia, Programas y Alianzas del organismo, Lara Contreras, ha considerado “urgente” que los niños y niñas que están solos sean identificados de manera adecuada. Y ha denunciado que “cientos de ellos vagan solos por las calles, en condiciones insalubres y con necesidad urgente de tres comidas al día y, en muchos casos, de atención sanitaria”.
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RESPONSABILIDAD CONTRA EL FUEGO
Aitor Zubiri – España
La nueva normalidad de los incendios extraordinarios exige de las comunidades autónomas una preparación acorde con su riesgo
España atraviesa uno de los años más duros en materia de incendios forestales. En lo que va de 2024, más de 297.000 hectáreas han ardido en más de 2.300 fuegos, una cifra que representa casi la mitad de toda la superficie quemada en Europa. El país, que posee una de las mayores extensiones forestales de la Unión Europea, se enfrenta a una situación que ya no es excepcional, sino cada vez más habitual: incendios simultáneos en varias comunidades y temporadas de riesgo que se adelantan y se prolongan.
A pesar de contar con uno de los sistemas de extinción más potentes del continente —especialmente en medios aéreos— existen grandes desigualdades entre comunidades autónomas en inversión, personal y recursos. Regiones como Extremadura y Aragón, con millones de hectáreas forestales, disponen proporcionalmente de menos personal de extinción. En Aragón, los bomberos forestales han denunciado la falta de medios propios y han iniciado una huelga indefinida para reclamar mejores condiciones, más recursos y equipos permanentes de prevención durante todo el año.
Castilla y León, la comunidad más extensa y arbolada del país, también sufre carencias importantes. Sus bomberos llevan tiempo reclamando refuerzos y formación, mientras los incendios recientes han puesto en evidencia la insuficiencia de los recursos disponibles. En varias provincias, los profesionales han salido a las calles para exigir mejoras urgentes.
El cambio climático actúa como un acelerador: los incendios son más frecuentes, más tempranos y más difíciles de controlar. Aunque no se puede establecer una relación directa entre menos medios y más hectáreas quemadas, la tendencia de los últimos años apunta a una nueva normalidad de fuegos intensos y prolongados.
Frente a este escenario, los expertos insisten en que la extinción no basta. Son necesarias estrategias de prevención, gestión forestal, limpieza de montes, planificación territorial y sistemas de alerta más eficaces. Las comunidades autónomas, responsables directas de la gestión de incendios desde 1985, deben reforzar sus estructuras y asumir la urgencia de prepararse para un futuro en el que los incendios devastadores serán cada vez más habituales.
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POEMAS A LA LLUVIA – AGOSTO
NOTA EDITORIAL
Todos los textos publicados en esta revista están protegidos por la Ley de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna. Queda estrictamente prohibida su reproducción total o parcial, distribución o difusión sin la autorización expresa de sus autores. Letras Hispanas por el Mundo respeta y defiende la creación literaria, garantizando la integridad y la autoría de cada obra.
La lluvia también escribe lo que el alma calla.
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COLABORADORES
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LA QUE DESPIERTA EL ALMA
Maren Alberdi – España
Lluvia…
no sé en qué rincón del cielo te escondes,
pero hoy te necesito más que nunca.
Necesito que vuelvas con tu paso lento,
con tu forma de caer sin hacer daño,
con esa delicadeza tuya que moja la piel
y despierta el alma.
Hace demasiado tiempo que no escucho tu música
golpeando las ventanas,
esa melodía suave que ordena mis pensamientos
y me recuerda que todo puede empezar de nuevo.
Lluvia…
cuando tú llegas, el mundo cambia de color.
La tierra respira,
el aire se limpia,
y yo también.
Vuelve a mí.
Cae sobre mis hombros cansados,
sobre mis dudas,
sobre mis silencios.
Haz que todo lo que pesa se disuelva,
como lo haces siempre,
sin prisa, sin ruido, sin exigencias.
Te echo de menos.
Echo de menos tu olor a vida,
tu abrazo frío,
tu manera de decirme que todavía sé sentir.
Lluvia…
cuando quieras, cuando puedas,
cuando decidas…
vuelve.
Estoy aquí,
con el alma abierta
y la piel esperando tu caricia.
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AROMA DE LLUVIA
(Décima espinela)
Sandra Edith Aguíñiga Luquín -México
Lluvia que menuda y lenta,
cae muy despacio en la tierra.
Su llegada siempre encierra
lo que mi memoria cuenta;
mientras la tierra sedienta,
libera su petricor
evocando con su olor
el recuerdo de la infancia,
que despierta la nostalgia
y me arropa con amor.
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LA LLUVIA
Libia B Carciofetti – Argentina
La lluvia me moja y me lava hasta el alma
llega hasta donde un grifo , no puede llegar;
es ¡ tan clara , tan pura! ¡ tan insípida y neutra !
transparente y fresca como un manantial .
El campo hace fiesta cuando lo visita
los sembrados se agitan siguiendo el compás
de éste hermoso regalo enviado del cielo,
que no necesita remitente , ni timbre postal .
Sólo anuncia que llega , con sus nubarrones
que oscurecen el cielo y que agita el mar
la brisa de lejos ya trae el aroma
que a kilómetros suele, hacerse presagiar .
La ciudad se conmueve cuando llega la lluvia
y la gente corre de aquí para allá …
parecen hormigas cruzando avenidas
los vehículos rebajan , su marcha al pasar .
Los paraguas contentos salen de sus fundas
desplegados forman un paisaje especial
¡Por fin hoy sus dueños se dignan airearlos!
respiran alegres … los sacan a pasear .
Se llenan las acequias de barquitos que navegan
corriendo carreras a…¿cuál ganará ?
los niños estrenan sus botas de goma chapoteando…
corren , de aquí para allá .
¡ No te mojes hijo ¡ de lejos se escucha
la voz chillona de una mamá ….
olvidándose que ayer también fue una niña
y que no le importó un resfrío pescar …
Es que muchos no entienden lo que significa
que la lluvia tu cabeza te pueda mojar…
Ella es como un suero , que corre por tus venas
renovando tus fuerzas , con tanto mineral .
Las aves si lo entienden que es beneficiosa
por eso entre las ramas , se las oye cantar
melodías ensayadas en tiempos de sequía
y dispuestas hoy están , a dar su recital .
¡ Que sabio fue Dios al crear la lluvia !
que los prados resuciten y vuelvan a mostrar
sus flores silvestres de colores diversos
y los árboles despierten de un sueño mortal .
¡ Que canten las aves , que corran los niños
que naveguen barquitos , salgamos a jugar !
¡ a mojarnos todos con el agua bendita !
que después de la lluvia el arco iris saldrá .
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LLUVIA
Gloria del Río – Colombia.
Cae la lluvia
como si la tarde se desprendiera
de un alma entristecida
y cada gota en la ventana
corre sobre las venas del silencio,
sin traer noticias, ni consuelo.
Solo cae con la misma paciencia
con que mi cuerpo se apoya
en los recuerdos para sobrevivir.
La miro desde el misterio
que dejaron los que un día
llenaron de voces la casa,
desde las manos
que dejaron de regar las primaveras,
desde las risas que ahora viven
escondidas en los rincones.
La lluvia solo cae
no recupera el pasado
solo lo hace transparente
en cada gota que no atrapo,
en cada palabra que no logré decir
y sin embargo esa nostalgia
que me ha empapado de recuerdos
no me devuelve la vida.
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DESPUÉS DE LA LLUVIA
Enrique Fredy Díaz Castro.- México
Su música es un arrullo
que despierta los sentidos,
como aliviante suspiro
que se pierde entre murmullos.
Ver al cielo encapotado,
los cerros reverdeciendo,
y el sol que se va perdiendo
sobre aquel manto nublado
Se torna gratificante
mientras se escuchan los truenos
señal de un período ameno
con la lluvia refrescante.
Por las calles los riachuelos
indican que allá en la sierra,
bien mojada está la tierra
con la bendición del cielo.
Nos empapa la alegría
el aire huele a riqueza,
con la divina proeza
de refrescarnos el día.
Las avecillas callaron
cubriéndose en la floresta,
en medio de aroma y fiesta
que sus trinos resguardaron.
¡Que ya mojé mis zapatos,
mi pantalón y camisa!
¡No importa, deja tus prisas,
ya te secarás al rato!
Después de la lluvia siente
como tu espíritu canta,
el ánimo se agiganta
con lo fresco del ambiente.
Las plazas y los jardines
recobran el señorío,
como el torrente los ríos,
y el perfume los jazmines.
Gracias por el temporal
¡Oh Señor del universo!
por el potencial inmenso
en el naciente maizal.
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A PESAR DE LA LLUVIA
Carlos González Saavedra – Argentina
A pesar de la lluvia
A pesar de la tormenta
Siguen lindas, las flores
Siguen cantando los pájaros.
Sigue el arco iris con sus colores.
A pesar de la tormenta
Hay sol en tu mirada
Hay sonrisas en mis labios
Hay amor en caja guardado
Solo basta desatarlo
Solo basta disfrutarlo
Tormentas habrá muchas
La magia de la vida sigue estando
Y su belleza mostrando.
El sol esta siempre
aunque lo estemos negando.
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CUANDO LA LLUVIA TE RESPONDE
Elspeth Gormley – España
Lluvia…
te llamé desde mi silencio
y tú me escuchaste desde tu cielo.
Sé que vendrás.
Lo sé porque siempre vuelves
cuando la tierra está cansada
y mi alma también.
Vendrás despacio,
como quien no quiere despertar a nadie,
pero me despertarás a mí.
Me tocarás la cara
con tus dedos fríos y suaves,
y yo volveré a sentir
que todavía sé llorar sin tristeza
y respirar sin prisa.
Lluvia…
cuando caes, algo en mí se ordena.
Algo se limpia.
Algo se abre.
Algo vuelve a ser verdad.
No tardes.
Tengo la piel seca de tanto sol,
y el corazón lleno de cosas
que solo tú sabes deshacer.
Vuelve, lluvia.
Hazme tuya un instante.
Hazme calma.
Hazme vida.
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LLUVIA
Stella Higuera – Colombia
Me enseña a caer
A deslizarme en paz
A volver a la esencia
A lo elemental.
Me convida a danzar
Me advierte que soy una gota.
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LA LLUVIA CAE…
Lamberto Ibárez Solís – México
Cae la lluvia, la miro descorrer mi ventana;
serpentea en ráfagas perdidas en los cristales…
resbala, canta, cae en goterones y emana;
emana y brotan mis recuerdos a raudales.
La lluvia cae, fresca y limpia todos mis males…
Regresar el tiempo, el momento, el reloj entero
en que tus ojos eran lindos y frescos portales,
el olor de tu pelo, tu boca… un lindo florero.
Al igual que la lluvia golpea mis recuerdos,
salpica mi alma y escarba mi corazón herido,
humedece mi pecho y mis pensamientos cuerdos;
no puede aguantar mi silencio… un sordo gemido.
Y recuerdo las calles, recuerdo la lluvia,
recuerdo tu rostro, tu cara y tus ojos bellos;
nada que empañe y opaque; porque nada enturbia
tu rostro mojado, tus ojos de sol cual un destello.
Recuerdo tu blanca ropa, cocida en tu cuerpo,
tu ropa de sal, pegada, adherida en silencio;
dos corazones juntos, palpitantes y yertos,
la lluvia que moja y de mi ventana presencio.
La lluvia en silencio que cae, que cae en mis ojos,
la lluvia iracunda… golpea mis pupilas letargas
y se confunde en silencio que en silencio mojo
y se deslizan heridas mis lágrimas amargas.
¡Lluvia, milagro entero! Agua, dadora de vida,
manantial celeste que derramas vida entera;
cántaros divinos que descienden y se anidan;
besando mi tierra porque hay sed y no espera.
Sigue cayendo con fuerza, lluvia bendecida;
lluvia amada, lluvia estruendosa y adolorida
que opacas mi llanto… duele y avivas la herida
que guardo en mi pecho y la tengo escondida.
Derrama inclemente con fuerza en mi rostro,
derrama tus gotas dulces, amargas y fieras;
pero si Dios te envía; yo ante él me postro
y bañes mi cuerpo frío cuando yo muera.
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¿QUÉ IMPORTA QUE LLUEVA ?
Marga Mangione – Argentina
Llueve y hace frío…
La casa es un nido donde corren nietos,
que entre juego y risas alegran mi vida,
me llenan de dicha, y alientan mi espera.
La estufa encendida reúne en su fuego,
toda la familia y en mi alma ruego,
que siempre esté unida, que siempre los tenga.
Llueve y hace frío…
¿Qué importa que llueva?
¿Qué importa ese frío, que a otros desvela?
Si dentro de casa, estando tan juntos,
la paz nos inunda, la vida está plena.
¿Qué importa el invierno?
¿Qué importa si el viento, furioso se cuela?
¡Estoy tan contenta si los nietos ríen,
si están tan felices, si dichosos juegan!
La casa es un nido sin odio y sin penas,
dónde están mis hijos, donde soy abuela,
donde nada falta, donde el tiempo vuela.
¿Qué importa otra cosa, que suceda afuera?
Importa la risa de mis tres diablitos,
si alguno se esconde bajo mi pollera.
A través del vidrio veo que la gente
presurosa pasa, el ceño fruncido;
rumbo a su destino, rumbo a sus quimeras.
¿Qué importa la gente, que pasa y se aleja?
Yo estoy en mi casa, feliz y contenta,
atrapada y libre; reina y prisionera.
¿Qué importa la vida que transcurre afuera?
Llueve y hace frío…
¿Qué importa que llueva? Lo único importante:
¡Es que yo los quiero, y que ellos me quieran!
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LLOVIZNA
Antonio Morelos – México
Bajo pertinaz llovizna
una tarde de verano,
vi llegar a una chiquilla
con un velito de mano,
que apenas su faz cubría
caso raro, muy extraño,
porque caía la llovizna
y nada le había mojado.
De enigmática sonrisa,
de un mirar cautiador,
muy cautelosa desliza
sus pasos sobre el vapor,
que la pertinaz llovizna
de húmedo viento formó,
aunque soplaba la brisa,
ni un pelo e ella mojó.
Sonoro y claro tañir
de una campana escuché,
al tañido yo quise ir
más no supe donde fue,
porque muy cerca de mi
tampoco supe por qué,
la chiquilla estaba allí
que solo yo podía ver.
Anacarado y bien fino
el pelo de esa chiquilla,
juguete del viento ha sido
aquella tarde tranquila,
que por azar deldestino
no mojaba la llovizna,
todo en su cara esparcido
era linda la chiquilla.
Su voz al fin escuché,
talvez mi imaginación,
pero me atreví a saber
si era real o era visión,
más no me pude mover
fui presa de la emoción
y en aquel silencio fiel
se fue, como apareció.
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LLUVIA EN EL CRISTAL
Nuri Montenegro – Ecuador
Como quisiera ser la lluvia que cae en tu ventana,
que me escuches en cada golpe suave cada mañana.
Que, en esta noche, el agua en el cristal te susurre mi nombre,
y que el frío te haga buscar en mi cuerpo tu refugio.
Acurrúcate en tu frazada, déjate llevar por mi calma,
que el eco de mi voz te llegue directo al alma.
Siente mi cuerpo a tu lado, mis manos sosteniendo las tuyas,
que, en el silencio de la noche, todas tus dudas se destruyan.
Porque, aunque la distancia hoy se vista de gris,
prometo que mis versos te harán siempre feliz.
No hay invierno que apague este fuego que guardo,
soy el refugio seguro, tu paz en cada encuentro.
Deja que la lluvia sea el puente, para llegar a ti,
y que en tus sueños busque mis brazos que abracen tus miedos.
Y si la bruma intenta ocultar la luz de tu camino,
recuerda que en mi alma siempre hallarás tu destino.
No estás sola en la penumbra, soy el calor en tu ventana,
la caricia que te espera al llegar la nueva mañana.
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MIENTRAS LLUEVE
Sarah Petrone – Argentina
De lo que el cielo descarta
para arrojarlo a la tierra
son las lágrimas que llora
por los crímenes y guerras.
De aquello que aquí no sobra,
penas que se han vuelto eternas,
son las tormentas y rayos
que sufrimos y nos aterran.
Sentado sobre una nube,
apuntando con un dedo
creemos que está el Señor,
indolente y sin clemencia.
Qué injustos a veces somos,
que tal imagen tenemos
pues seguimos con rencor
desafiando al universo.
De lo que el cielo descarta,
de todo lo bello y bueno
hemos hecho una pelota
que pateamos con desprecio.
Un carrusel de colores
gira en nuestro provecho
mientras calla sin reproches
lo que llora y que no vemos.
Salpica una nube oscura
gotas de sangre, muriendo
a los pies de aquella Cruz
mientras llueve desde el cielo.
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TIEMPO PARA DETENER LA LLUVIA
Leonor Riveros Herrera – Colombia
Detrás de la llovizna
persigo sombras
que el tiempo atrapó
hace cuarenta años.
Gotas frágiles,
ahora intensas,
me devuelven al pasado
para alumbrar rostros
que perduran.
Refrescan la mirada del gato
errante en los tejados.
Caen ingenuas en los cristales,
salpican la pileta
que adorna el patio.
Repercuten su aroma
en tu voz enamorada
y en la de mis familiares
muertos.
Bajo esta misma lluvia,
la casa y la vida
palpitan brillos de ayer
en mis ojos anegados.
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GARÚA FINA
María Rosa Rzepka – Argentina
Caminar bajo la lluvia,
sentir el agua correr;
como un nuevo amanecer
la magia se precipita.
La tierra acepta la cita,
se prepara a recibir
la caricia, el elixir
que las nubes van soltando
al pasar remoloneando
como garúa finita.
Algún trueno cumple el rito
con estruendo meditado,
después que el cielo nublado
se iluminó con el rayo.
Con el temor de soslayo,
los perros corren de prisa.
Refugiarse es la premisa
sea el galpón o el alero,
mantener secos los cueros
y que los rayos no insistan.
La lluvia trae consigo
deseos de haraganear.
Invita a rememorar,
soñar despierto o dormido.
Que importa teniendo nido,
ilusiones y algo más.
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LLUVIA Y AUSENCIA
Yanni Tugores – Uruguay
Estoy sola… Afuera, llueve.
La lluvia moja mi rostro
y evoca el recuerdo de su pasión,
de cuando él lamía mi cuerpo
y alentaba todo ese ardor.
Creí que reviviría
con sus caricias y sus «te quiero»,
que sacaría de mí todo el peso,
todo el tedio.
Llegó como lluvia fresca
y alivió mi pesadumbre.
Él era un ángel del cielo
que recién abría sus alas,
mientras yo dudaba qué darle
con las mías tan gastadas.
Temía que llegara el día
en que de mí se cansara,
su dolor cuando me viera
con los años, en su cama,
lo que dirían sus amigos
al aparecer mis canas
y la incertidumbre más cruel:
qué sería de mí
si de pronto se alejara.
Estoy sola… Afuera, llueve.
Llueve sobre las plantas,
en los valles y en los ríos;
pero más llueve en mi alma
porque ya no está conmigo.
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RELATOS SOBRE LA LLUVIA – AGOSTO
NOTA EDITORIAL
Todos los textos publicados en esta revista están protegidos por la Ley de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna. Queda estrictamente prohibida su reproducción total o parcial, distribución o difusión sin la autorización expresa de sus autores. Letras Hispanas por el Mundo respeta y defiende la creación literaria, garantizando la integridad y la autoría de cada obra.
La lluvia también escribe su propio relato. Cada gota guarda una historia. La lluvia siempre trae memoria.
COLABORADORES
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MEMORIAS DE LA LLUVIA
Sandra Edith Aguíñiga Luquín – México
Afuera llueve, aunque lento y pausado, puedo oír las gotas como caen mojando la tierra que las espera ansiosamente para devolver con su olor característico y su poder evocador lo que la memoria guarda. Lluvia que conduce a mis recuerdos, a mi origen, traslado que se convierte en nostalgia, nostalgia que aviva el recuerdo con olor a infancia, a tiempo, a abrazos de los que ya no están, al primer amor… olor que huele a inocencia, a felicidad, a calma, a quietud, a almas limpias.
Lluvia menuda que al retirarse no se va del todo, se queda en la tierra, impregna el aire con el vapor de la memoria, deja su huella como si quisiera recordarme que estoy viva. ¡Huele a mamá! A un rico té con gorditas de harina recién hechas, a voces conocidas, a manos que alimentaban, a ese amor sororal que entonces parecía tan natural y hoy sé que era un regalo. Todo eso, reunido en unas gotas y en un aroma, me transporta, me hace volver la mirada a quién soy. ¡Cuánto encierra esta lluvia! Me trae recuerdos hermosos de la niñez; ver llover con contemplación desde el resguardo de la casa, esperar pacientemente a que terminara para salir corriendo a gozar de la frescura que dejaban sus gotas, respirar ese petricor que tanto disfrutaba y que hoy vuelve a impregnarme la piel y me conduce sin pedir permiso a la puerta de entrada del patio de la infancia.
Entonces… el corazón se aprieta por las voces apagadas, por las presencias que solo regresan cuando la memoria encuentra el camino, por los abrazos que ya no pueden repetirse. Pero al mismo tiempo, la lluvia me invita a agradecer porque a más de seis décadas aún pueda aparecer aquella niña mirando el agua caer esperando a que escampe para salir. Sin embargo, la lluvia también despierta lo que el tiempo parecía haber dejado seco y dormido: la pérdida y el dolor.
La lluvia fuerte me recuerda el río vertical que caía sobre mi cabeza, el sonido intenso como cataclismo celeste que no cesaba durante horas, como si el cielo llorara sin consuelo, como si escribiera con agua un poema de dolor, como si protestara y, a la vez, como si me acompañara en el sufrimiento.
Enseguida, las imágenes se hacen presentes, se posicionan una a una frente a mí: una madre desconsolada llorando a su hijo, un padre ebrio de dolor, una esposa adolorida, aturdida y desconcertada y unas niñas sin padre, con dolor también y con ganas de jugar, como si el juego pudiera detener lo que estaba sucediendo, con la conciencia propia de un niño en la que su pequeña humanidad no alcanzaba a comprender. La lluvia me devuelve ahí, no para quedarme, sino para recordarme de dónde vengo.
Hoy la lluvia menuda me sigue generando nostalgia y la lluvia fuerte me regresa a la pérdida; una me conduce a la infancia y la otra al dolor. Disfruto la llovizna y no deseo dejar de hacerlo; la lluvia fuerte sí me regresa al dolor, no la evito ni la niego, porque aun en la tormenta me reencuentro. No puedo olvidar episodios dolorosos de mi vida, son parte de mi historia, pero sí puedo, desde ellos, honrar y agradecer a quienes me dieron vida y ya no están y a quienes me acompañaron en el camino. Puedo honrar mi propia existencia al estar aquí sintiendo, recordando, contemplando la lluvia, aunque duela y haya dolido.
Así el agua del cielo se convierte en una fuente purificadora del alma, se transforma en gratitud con Dios por permitirme contemplar su belleza independientemente de los motivos que el cielo tenga para llorar. Es agua que limpia, que arrastra todo aquello que está demás; moja, seca, penetra, permanece y vuelve a comenzar como la vida, como la memoria… como yo. Quizá por eso quiero que la lluvia deje algo de ella que permanezca en la tierra, en el aire y en mí.
Porque mientras la lluvia siga despertando mis recuerdos, aquella niña que fui seguirá viviendo dentro de la mujer que soy.
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LA LLUVIA QUE ME RECUERDA
Maren Alberdi – España
La lluvia fina cae como si tuviera memoria. No golpea: acaricia. Y en cada gota trae un olor distinto, un recuerdo antiguo, una parte de mí que creía dormida.
Cuando la lluvia empieza, lo primero que llega es el olor a tierra mojada. Ese aroma profundo que solo conocen los bosques, los hayales, los caminos donde el silencio tiene raíces. Me veo niña, corriendo entre árboles altos, escuchando el murmullo de los riachuelos que serpenteaban cerca del caserío. La lluvia allí era sagrada: era hogar, era juego, era vida. Era ese perfume que solo existe cuando el agua toca la tierra que uno ha amado desde siempre.
Luego llega otro olor, distinto, más salado, más mío: el olor a mar cuando llueve. Un olor que se intensifica, que se vuelve más profundo, más azul. El mar bajo la lluvia respira de otra manera. Se abre, se expande, se deja sentir. Y yo, que vivo cerca de él, sé que ese olor no es solo agua y sal: es memoria líquida, es abrazo, es promesa.
Pero la lluvia también tiene otro rostro. En la ciudad huele diferente. Huele a asfalto mojado, a prisa detenida, a paraguas que se cruzan, a pasos que resbalan. Es un olor más duro, más gris, más humano. Y aun así, también me invade. Porque la lluvia, incluso en la ciudad, trae recuerdos: de calles recorridas, de vidas compartidas, de días que fueron y ya no son.
La lluvia fina es un puente. Une mis mundos: el bosque de mi niñez, el caserío que me vio crecer, el mar que ahora me sostiene, la ciudad que me acoge. Cada gota es una llave que abre una puerta distinta. Cada olor es una historia que vuelve.
Y cuando la lluvia cae así, suave, lenta, verdadera, siento que todo lo que fui y todo lo que soy se encuentra en un mismo lugar. En ese instante en que la piel se humedece, en ese segundo en que el aire cambia, en ese momento en que la memoria despierta.
La lluvia fina no moja: revela. Revela quién fui, quién soy, y quién sigo siendo cada vez que el cielo decide hablar en voz baja.
💧💧💧
LLUVIA
María Derlinda Costa Tasistro – Uruguay
Lluvia que caes en lágrimas desprendidas del cielo, así como el inconfundible aroma que transmite la madre tierra mojada. Así como las plegarias que se elevan en ruegos para aplacar la sequía.
Como la lava que se convierte en lluvia negra. Eres pecadora y salvadora cuando tú decides chisporrotear con tus gotas aquí y allá o cuando haces correr a los enamorados descubiertos por tu osadía. Lluvia fuerte que desalojas viviendas, provocando penurias y tristezas, acentuando la pobreza donde ya impera.
Inspiras respeto con tu presencia o ausencia. Eres maldita y bendita. Formas parte de nuestras vidas ya que las condicionas en el bien y en el mal.
Ten presente que muy a menudo dependemos de ti.
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DEPREDACIÓN
Enrique Fredy Díaz Castro – México
La romantización de la lluvia como fenómeno refrescante, apaciguador del clima y generador de vida, ha transitado generacionalmente y nos une en agradecer al Creador por las bondades que nos brinda. El verdor en la geografía, las cosechas en la milpa o parcela, los ríos fluyendo el vital líquido, la frescura ambiental, esas mañanas y tardes cafeteras mientras arrobados contemplamos el paisaje y múltiples beneficios que nos deja en esta parte del hemisferio durante el verano.
Todo mortal asume que la dependencia del agua es infinita, pródiga y naturalmente vital para el desarrollo del mundo y sus haberes. Cuidar sus logros e impulsarlos con vehemencia debería ser más que un acicate y costumbre arraigada, una consigna como lo es beberla, asearnos con ella, regarla a conciencia sobre tierras de cultivo y el jardin en casa; no obstante, la lluvia pareciera que en algunos se torna velado enemigo por el tema de sus cosechas y la inconsciencia humana ha fabricado implementos para contravenirla, para inhibirla: los llamados cañones antigranizo y supuestas bombas con químicos que desde las avionetas flagelan a los bancos nubosos rompiendo el natural ciclo en tiempo y forma; sin olvidar que la deforestación repercute negativamente en ese proceso refrescante para el suelo y todo ser vivo.
La tragedia mundial se cierne velozmente sobre vastas regiones continentales. América, África y Europa sufren alarmantes seguías, sus países enfrentan un panorama desolador cuyo crecimiento rebasa el potencial económico de gobiernos y consorcios; el ingreso per cápita de las arcas se debilita en combatir la sequía en el campo, los incendios forestales de descomunal dimensión y para colmo, el hombre en su desmesurada ambición, destruye a diario grandes extensiones boscosas con maquinaria o provocando gigantescas lumbreras de la manera más impune y genocida.
Si, la lluvia es muy urgente pero los emisarios de la destrucción la inhiben con saña y desprecio por la vida misma, acelerando las grandes conflagraciones que con inmediatez consumen cientos de miles de hectáreas de selvas en diversos puntos del país y del mundo provocados por la mano del hombre pero la impunidad supera a toda ley y principio que sustente el ejercicio de la justicia contra la depredación de incalculables daños que aceleran el fin de esta generación. La insensibilidad de unos cuantos está acabando con todo rastro de vida en la tierra
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EL DILUVIO QUE ME DESPERTÓ
Elspeth Gormley – España
La lluvia empezó como un susurro. Una caricia fina, casi tímida, que apenas rozaba la tierra. Era la lluvia que siempre me ha acompañado: la que huele a bosque, a hayal, a caserío, la que despierta recuerdos de infancia escondidos entre raíces y riachuelos.
Cerré los ojos y respiré. El aroma a tierra mojada me devolvió a aquellos días en los que corría descalza, cuando la vida era simple y el mundo cabía en mis manos pequeñas. La lluvia fina siempre ha sido mi puente hacia lo que fui.
Pero esa tarde, algo cambió.
El cielo se oscureció de golpe, como si hubiera decidido que ya era hora de hablar en serio. La lluvia dejó de ser caricia y se convirtió en golpe. En rugido. En torrente.
Cayó con una fuerza que parecía imposible. Una lluvia torrencial que no pedía permiso, que no avisaba, que no negociaba. Era un diluvio, pero no solo afuera: también dentro de mí.
Sentí cómo cada gota golpeaba el suelo como un martillazo, como si el cielo quisiera romper algo que llevaba demasiado tiempo quieto. Y entendí que esa lluvia no venía a mojar: venía a limpiar.
El agua arrastraba hojas, barro, polvo… y yo sentí que también arrastraba mis silencios, mis miedos, mis dudas, mi cansancio acumulado. Ese lodo interior que uno guarda sin darse cuenta.
La lluvia torrencial era un espejo. Me mostraba lo que ya no quería cargar. Me obligaba a soltar. A vaciar. A dejar ir.
Y mientras el agua corría por las calles como un río improvisado, yo también me dejé llevar. Me dejé limpiar. Me dejé romper. Me dejé reconstruir.
Cuando la tormenta empezó a aflojar, el aire cambió. Olía a mar, a ese olor profundo que solo aparece cuando la lluvia toca la sal. Un olor que me recuerda quién soy ahora, quién he aprendido a ser.
La ciudad también olía distinto. A asfalto mojado, a vida que se detiene, a gente que corre buscando refugio. Pero yo no corrí. Me quedé. Porque a veces hay que quedarse en la tormenta para entenderla.
Y entonces lo supe: la lluvia fina me trae recuerdos, pero la lluvia torrencial me trae verdad.
La primera me acaricia. La segunda me despierta.
Y ambas, juntas, me devuelven a mí.
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LLUVIA
Andrea Kiperman – Argentina
Antes que nada, como siempre, gracias por estar del otro lado compartiendo estas palabras. A veces cae así, como si nadie la estuviera mirando. Se desliza desde arriba hacia el suelo, rozando, acariciando la tierra. En ocasiones desata su furia como un león rugiente que necesita demostrar su poder; en otras simplemente pareciera que ni está presente. A veces solo molesta, se hace tan imperceptible que ni se llega a notar.
Dicen que solo su presencia sana, limpia, purifica a todos los que estamos aquí. También debo admitir que causa desastres cuando se pone furiosa, casi indomable, con esas gotas que parecen que nunca se van a terminar, inundando todos los espacios de la tierra. Muchas veces es alivio, ese alivio que baja las altas temperaturas.
Hay lugares de la tierra en los que suelen extrañarla, ya que muy pocas veces al año aparece, y otros en los que aparece cada dos por tres en pequeños momentos casi todos los días. Es simplemente así: aparece en el momento exacto, que claro, nosotros desconocemos por completo. Querida lluvia, espero que con tu agua puedas regar con tu dulzura a todo lo que habita en el mundo.
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EL ECO DE LA LLUVIA
Andrea Morini – Argentina
Mica contemplaba la lluvia azotar las tejas de la casa de enfrente. Era una jornada plomiza de invierno, de esas que —especialmente cerca del mar— te calan hasta los huesos. Las calles de su barrio yacían sepultadas bajo la misma bruma triste y espectral que le oprimía el corazón. En la acera, ancha y marchita, se erguían árboles arcaicos. En verano solían ser el orgullo de los transeúntes, pero aquel día sostenían con pesadumbre el llanto que el cielo había vertido sobre ellos. Junto a la vereda había tres automóviles estacionados. No los reconoció. Incapaz de sofocar su devoción por los misterios ajenos, se preguntó a quiénes pertenecerían y qué oscuras historias arrastrarían sus dueños; siempre había disfrutado inventar vidas para los desconocidos con los que se cruzaba por azar.
Aburrida, decidió salir a caminar. Sabía que no era el momento adecuado, pero cuando la impaciencia la dominaba, cedía sin resistencia a cualquier impulso. Necesitaba respirar un aire que de repente le resultaba escaso. Le pesaba aquella soledad suspendida en tanto espacio baldío: desde la partida definitiva de sus padres, la casona familiar había dejado de ser un hogar. La habitaba, sí, pero no la vivía; no era más que una inquilina resignada, un espectro tan intrascendente como la araña que anidaba en el rincón de la cocina, a la espera de que alguien, algún día, la barriera sin contemplaciones.
Cruzó el umbral y contempló el escenario de siempre: los pasajes estrechos, sinuosos, y los jardines frontales doblegados por lo gélido y la humedad. Una hilera de sauces, con sus ramas lánguidas rozando el barro, la saludó con solemnidad. A lo lejos, un vecino paseaba a su perro —o tal vez el perro paseaba a su dueño, la escena era demasiado difusa y a ella tampoco le importaba. Un rugido de motor quebró la monotonía; pertenecía a uno de los vehículos que había dejado atrás. Quizá algún joven impaciente por reunirse con los suyos. El chirrido de una acelerada violenta y un alarido desgarrador interrumpieron bruscamente sus pensamientos. En un parpadeo, se halló inmersa en una multitud que emergía de las penumbras de sus casas.
—¡Qué tragedia! —murmuraban unos. —¿Qué ha ocurrido? —inquirían los más lejanos.
Mica no lograba desentrañar la escena; se sentía una observadora ajena, incorpórea. De pronto, un rostro amado y lejano se destacó entre la muchedumbre. Una amplia sonrisa iluminó su semblante, hasta entonces ensombrecido por la pena, y avanzó hacia él sin dudarlo.
—No mires. Vámonos de aquí —le dijo él en un murmullo, con esa voz cálida que tanto lo caracterizaba al ponerse a su lado.
Mica, sumisa, le tendió la mano con un gesto ancestral que la inundó de una dicha olvidada. Sin embargo, vencida por un morbo involuntario, giró la cabeza hacia la esquina. Vio la aglomeración de curiosos, el cuerpo inerte y desmadejado sobre el asfalto húmedo… y fue entonces cuando lo comprendió todo.
—Sí, papá. Mejor nos vamos —respondió.
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TORMENTA
Sandra Romeo – Argentina
Quien mira hacia afuera, sueña;
Quien mira hacia adentro, despierta. Carl G. Jung
Una noche de tormenta te despierta un extraño ruido. Primero piensas en la rama contra la ventana, esa que no se deciden a cortar para no dañar al árbol que plantaron los abuelos. Pero piensas —y es cierto—: no hay viento.
Sin moverte de la cama, recorres mentalmente los espacios de la casa. Tu mente sale por esa puerta abierta del cuarto y sigue por el pasillo alfombrado. La luna se refleja a través de los ventanales amplios y se reproduce sobre la superficie del lago en miles de lunas destripadas. Sin embargo, te lo digo yo: esta noche no hay luna.
Sigue tu mente recorriendo la casa, baja por las escaleras y se siente el suave rechinar de la madera bajo sus pisadas. Una mente casi dormida o recién despierta puede decirse que pesa poco. Sin embargo, tu mente está llena de tu vida. No puede pesar poco.
En la cocina se detiene, tu mente, sobre el piso damero en blanco y negro. Y ahí está el causante del extraño ruido en esa noche de tormenta. Solo sobre las baldosas. Esperas alguna reacción de su parte, pero él se mantiene en silencio, a la expectativa. Busca, tu mente, el sitio en dónde dejó olvidado al causante del ruido. No sabe dónde lo perdió, en qué recoveco se quedó escondido para luego hacer esta aparición espectacular. No recuerda. Pero tampoco está dispuesta a hacerse cargo del abandono ni de la culpa que entrevé en los ojos de él, que la mira fijo desde el piso de la cocina en esa madrugada tormentosa.
Te agitas en la cama, percibiendo la lucha de voluntades que se está dando en ese momento en la planta baja. Quisieras intervenir, pero a estas alturas ya no sabes a favor de quién.
No se puede vivir sin una mente, eso es claro. Tampoco sin sueños, eso es doloroso.
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EMPOLGADOS BAJO LA LLUVIA
Graciela Reveco – Argentina
Llovía tanto que Leandro pensó que estaba frustrado el intento de que su padre lo llevara al campo como un miembro más de la expedición. El letargo aburrido en la vida de ciudad lo convertía en un niño apático, impreciso en sus recónditas aspiraciones, desmotivado por algún tipo de carencias. Los progenitores ofrecían bastante, sin embargo, no comprendían su íntima perspectiva. Una sola vez permitieron que acompañara al grupo, pero era tan pequeño que no bajó de la camioneta. Muchos bichos y espinos, sentenció la pobre excusa de su padre.
En esta oportunidad, sería un placer encontrar nuevas especies para su insectario y el proyecto de herbario que tenía emprendido desde días atrás. La maestra lo calificaría con excelente. Además, podría experimentar a cielo abierto la rudeza del campo, el paisaje agreste, tan lozano y salvaje como una pintura de la época indígena, como la soñara en sus largos vuelos de pájaro en libertad. Ya no era un niño, cursaba quinto grado y deseaba respirar lo autóctono desde la sublime entraña de la tierra, y no solamente a través de los libros de geografía.
Debía actuar rápido, no ocurría con frecuencia que su padre explorara terrenos para comprar parcelas. Preparó la mochila y no olvidó la Tablet para fotografiar, besó a su madre sin esperar aprobación y trepó a la camioneta. Primero el padre lo observó seriamente, pero luego puso en marcha el vehículo y partieron bajo la intensa lluvia, y la esperanza de que más adelante se detuviera. Y así fue. Tras un par de horas de viaje salieron de la carretera para ingresar a una huella pedregosa, marcada por el tránsito de los caballos y algún vehículo ocasional. El aguacero quedó atrás, empujado por la victoriosa y caliente sequedad del terreno. Leandro estornudaba cada tanto, el polvo suelto se metía por el cierre de las puertas y podía sentirlo hasta la garganta, pero no dijo nada.
Cerca del mediodía se detuvieron en una villa; la precaria construcción no le restaba encanto al lugar. La gente de allí bebía agua de pozo y se alimentaba de aves y verduras. Aquello era tan diferente a la calidez de su hogar, con la salamandra, los calefactores, el suave acolchado de lana de su cama, y en los días de calor con la frescura del aire acondicionado. En la escuela tenía compañeros que tampoco gozaban de todas esas comodidades, pero dormían lejos de las arañas y las cucarachas. El niño pensó con cierta tristeza, y a su manera, que había muchas cosas que el ser humano no podía manejar a su gusto.
Sacó las primeras fotos y decidió que había algo que podía solucionar y estaba fuera de todo contexto de escasez y desamparo que el panorama ofrecía a su ingenio fisgón. Hacía largo rato que la vejiga amenazaba estallar y debía resolver el problema. Con absoluta decisión y sin medir nada más que la urgencia, se dirigió a un frondoso árbol que estaba a unos cuantos metros de las primeras casuchas, a la entrada de la villa. Cumplía su cometido cuando descubrió unos grandes ojos negros desaprobando el hecho, un niño de su edad, moreno y desgarbado, que abanicaba su mano frente a la cara para alejar el olor. ¿Por qué le haces esto al árbol?, interpeló ceñudo, hay un retrete para eso, y ahora funciona bien porque mi papá desagotó el pozo ciego. Repetía palabras de adulto, y no esperó respuesta, ni disculpa, solo se fue.
Leandro quedó estupefacto frente al árbol, con una gran desazón. Un perro levantó la pata para imitar la acción descabellada, pero un largo silbido lo arrancó del intento. Leandro miró el cielo con ojos tristes, ojalá lloviera para borrar su desatino. Afligido, acudió al llamado de su padre. A cambio de información, bajaron de la camioneta alimentos para los aldeanos y luego partieron. El camino y el cielo estaban despejados, podían seguir un poco más adelante sin problemas. Mientras se alejaban, Leandro miró hacia atrás y vio al muchachito moreno que lo había reprendido por su mala acción; echaba baldazos de agua sobre el tronco maltratado. Un sentimiento de angustia le hizo cosquillas en el estómago, pero no estaba seguro de la estatura del daño ocasionado, solo aspiraba a que la lluvia lo sanara.
Tras otro largo trecho, se detuvieron en una bonita extensión manchada de ocre y verde musgo, salpicada de guijarros de diversa tonalidad, cactus y un sinfín de flores silvestres, amarillas y rosadas. El horizonte cerraba con un anaranjado furioso detrás del azul, pero tanta naturaleza viva no le quitó el malestar. Aprovecharon para almorzar en ese lugar y Leandro necesitó contarle el incidente a su padre. Sentía algo de vergüenza, pero él tenía una respuesta justa para todo. Esta gente vive enraizada a su terruño y cada cosa que los rodea representa un valor incalculable. No conocen nada más fiel que la naturaleza que los viste y les da de comer; la defienden como pueden. Te ofreció su sanitario, dentro de toda su pobreza fue una cuestión de educación, nada más. Igualmente, el árbol no quedó muy feliz con eso, no debe haber una próxima vez, dijo sabiamente su padre. Hablar y entender lo hizo sentir mejor. Le agradaba la experiencia, conocía lugares interesantes y aprendía a salvar errores y diferencias. Con absoluta felicidad, se dedicó a tomar más fotos, a recoger bichitos raros, algunas raíces frescas y piedras amorfas.
En el ocaso de la jornada, el campo furiosamente bello, altos arbustos coloridos, bajo una techumbre de estrellas, envolvió el regreso. Asombrado, Leandro llevaba todo en sus ojos más que en la Tablet. El horizonte esparcía iridiscencias color rosa y celeste, como un pincel avezado que cerraba la claridad del día. A lo lejos fulguraba un puñado de luces. En minutos nada más pasarían por el costado de la villa, justo frente al árbol, y Leandro pudo apreciar con asombro de dónde provenía su cosquilleo. Comprendió todo en un instante. El muchachito moreno que lo había reprendido estaba tendido bajo el árbol mancillado, y trataba de conciliar el sueño contando estrellas. Su padre tenía razón: solo había defendido sus dominios, y sin duda sus carencias eran materiales, en cambio la suya era una sola: la capacidad de valorar con el corazón lo que la vida le otorgaba. Empolgados bajo otro tipo de lluvia, sintió que su pequeña estatura había crecido con la celeridad del árbol.
Cerca de la casa familiar el cielo empujaba la tormenta hacia otra latitud y aparecían algunas estrellas entre nubes; le gustó la nueva sensación. Gracias, papá, dijo mientras bajaba corriendo de la camioneta, aunque su padre no sabía el alcance de tal agradecimiento. Leandro convino, en su despertar interior, que había una porción de felicidad para cada persona. Él tenía su propio cielo y su propia lluvia de estrellas, capturados con el telescopio desde el balcón de la planta alta, y… ¡pobre de quien se atreviera a invadirlo
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LA INUNDACIÓN
María Rosa Rzepka – Argentina
Las aguas del arroyo habían salido de su cauce buscando el declive de las tierras. Avanzaban hacia el caserío.
En las casas acomodaban los enseres más importantes y los comestibles que quedaban luego de diez días de lluvia intensa.
Se escuchaba el avance de la correntada, acrecentando la zozobra.
Los animales seguían en los corrales, reparándose los unos a los otros. Las gallinas encaramadas en las ramas bajas de los árboles.
El agua llegó rápido, aumentando el sufrimiento, estancándose entre los requechos ralentizó un tanto su marcha.
Hasta que un viento del oeste comenzó a despejar el cielo. De a poco se insinuaron los rayos del sol, débilmente.
La esperanza venció al barro.
Exhaustos, hombres, mujeres y niños sabedores del trabajo que costaría recuperar lo perdido, se contentaban por haber resistido la inundación sin pérdidas de vida.
Llegando la noche, algunas estrellas acompañaban a la luna como queriendo dar aliento a los inundados.
Aquella noche no llovió.
El arroyo volvió a contener sus aguas en cauce, mientras la tierra trataba de absorber las aguas, ahora quietas. Tal vez, avergonzadas
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SINFONÍA DE LLUVIA
Yenni Mara Tugores – Uruguay
Ha besado la lluvia aquel jardín, y el agua dormida de la fuente se estremece como si despertara de un sueño antiguo. El repiqueteo de las gotas golpea con fuerza sobre un periódico que rueda sin rumbo, deshaciéndose poco a poco hasta convertirse en un desecho más de la tormenta. A mi alrededor, la gente corre buscando refugio; puedo percibir las prisas, el choque de paraguas, los frenos bruscos de los vehículos, todo mezclándose con la estrepitosa caída del agua. El aleteo desesperado de los pájaros buscando abrigo y la leve brisa que agita las copas de los árboles componen un escenario que hace que mi imaginación despierte.
La fuente se desborda y se convierte en cascada, y es entonces cuando en mi mente comienza a formarse una melodía. El sonido crece, se hace más fuerte, más profundo, más envolvente, a medida que la lluvia sigue cayendo con insistencia. Cierro los ojos y dejo que mis oídos tomen el mando, deleitándose con aquella maravillosa sinfonía que parece surgir de cada rincón del jardín. Me imagino una canción, una canción de amor, y giro y giro al compás de esa música estremecedora. Oigo violines, pianos, saxos y trompetas. Mis sentidos se agudizan, mis pies comienzan a danzar, y por un instante siento que la lluvia dirige una orquesta invisible solo para mí.
De pronto, la lluvia cesa. La brisa se calma. La sinfonía se detiene. Y esa canción que nunca cantaré queda dormida en mis labios, como un secreto que la tormenta me regaló y que solo existe mientras el agua cae.
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LA LLUVIA ¿CULPABLE O INOCENTE?
Ana Unhold – Argentina
Hace tiempo se han ido sucediendo en la tierra una serie de sucesos que no pueden dejarse pasar. Esto ha llevado al Tribunal Internacional de La Haya a someter a juicio a la lluvia como responsable de tantos males. El relator lee los primeros informes: los combustibles fósiles están avivando las llamas de esta crisis. Más carbón, petróleo y gas implicarán “un futuro aún más inflamable”, con un contexto de temperaturas oceánicas excepcionalmente elevadas a escala global. La actividad climática estacional prevé temperaturas muy altas, superiores al promedio, en África, sur de Europa, península Arábiga, sur de la India, este de Asia, América Central, el Caribe, Sudamérica y Nueva Zelanda. Existe elevación de la temperatura superficial del Océano Pacífico Central y Oriental, desencadenando cambios en las lluvias y la temperatura a escala global. Vienen efectos climáticos como sequías e incremento en incendios forestales, en especial en la cuenca del Índico. Si bien desde tiempos inmemoriales se ha considerado necesaria a la lluvia, últimamente podemos observar que se ha excedido en frecuencia y cantidad en muchos lugares de la tierra, ocasionando más daños que beneficios. Por ello es que se presentan estas acusaciones. La lluvia transparente bajó lentamente la cabeza.
—Señor Fiscal, por favor lea el informe que completa lo anterior —señaló el relator. La Organización Meteorológica Mundial —agrega el fiscal— augura episodios de lluvias intensas e inundaciones, por ejemplo, en México entre agosto y octubre. Por otro lado, se considera que la lluvia también tiene responsabilidad en otro fenómeno: desde el 30 de julio el planeta ingresó en una fase de sobregiro ecológico. Representa el punto del año en que la humanidad utilizó todos los recursos naturales que la tierra puede renovar durante ese mismo año. A partir de ese momento la sociedad comienza a consumir “en números rojos” y compromete el futuro de las próximas generaciones. Según la ONU, el mundo ya agotó la capacidad de regeneración anual de los ecosistemas. El Sr. Guterres, Secretario General, ha expresado: “Necesitamos repensar urgentemente cómo producimos y consumimos. Todavía podemos cambiar el rumbo, pero solo si actuamos ahora”.
¿Cómo se realiza el cálculo del Día de Sobregiro de la Tierra, momento exacto en que la demanda de recursos ecológicos y servicios sobrepasa la capacidad de regeneración de la naturaleza para ese año? El cálculo se realiza comparando la huella ecológica —toda la superficie productiva necesaria para satisfacer las necesidades humanas de alimentos, fibras, madera, espacio para infraestructura y absorción de carbono— con la biocapacidad del planeta. La lluvia escuchaba cabizbaja y en silencio.
El fiscal continuaba leyendo: un informe de Global Footprint Network detalla que actualmente la humanidad está demandando de la naturaleza un 73% más rápido de lo que los ecosistemas pueden regenerar. El equivalente a usar 1,73 Tierras. Este fenómeno puede compararse con agotar el saldo de una cuenta bancaria y empezar a operar en déficit. Estos procesos profundizan fenómenos meteorológicos extremos, como sequías, lluvias torrenciales y olas de calor que afectan a los ecosistemas y reducen la producción alimentaria. La lluvia apenas levantó la mirada. Como información, leeremos algunas fechas claves del giro ecológico en diferentes países: Qatar, 4 de febrero; EE.UU., 14 de marzo; España, 4 de junio; Argentina, 13 de junio; Colombia, 1 de octubre. La consecuencia del sobregiro incluye un uso excesivo de recursos como agua dulce y acumulación de gases de efecto invernadero.
—Por lo tanto, podemos concluir que la lluvia es acusada de inundaciones, barro, derrumbes, cosechas perdidas, sembrados arruinados por caer fuera de tiempo, muertes humanas y animales y toda otra cantidad de desastres. La lluvia escucha en silencio y cuando le conceden la palabra, responde: —Yo siempre fui la misma. He sido una viajera en el tiempo: estuve en glaciares, océanos, nubes y nieve. Fui sangre de un dinosaurio y de una oruga; estuve en todas las lágrimas de quienes expresaron dolor; he mojado chozas y palacios; mojé a jueces y condenados al pie del cadalso. Incontables recorridos a lo largo de los siglos. Yo siempre he sido la misma. Fueron ustedes quienes talaron hectáreas y hectáreas de bosques. Ustedes cubrieron la tierra con cemento, desviaron los ríos y calentaron el planeta quemando carbón y petróleo. Podría pasar días enteros enumerando daños… No me juzguen por los daños que producen sus propias decisiones. Nunca admitiré ser culpable de daños al planeta. Soy el único idioma que todos los pueblos entendieron antes de inventar las palabras. ¿Soy culpable o inocente?
Un enorme silencio se extiende en la sala. El presidente del tribunal toma el mazo para dictar la sentencia. En ese instante un trueno amenazante hace temblar los ventanales. No se sabe si fue casualidad o si la lluvia acaba de responder…
Vuelve la escritora a la ciudad de La Plata. Llueve a cántaros. No intenta esquivar la lluvia; deja que le moje el rostro. Por primera vez comprende que no está caminando bajo una tormenta, sino bajo millones de años de historia.
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EDITORIAL – AGOSTO
NOTA EDITORIAL
Todos los textos publicados en esta revista están protegidos por la Ley de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna. Queda estrictamente prohibida su reproducción total o parcial, distribución o difusión sin la autorización expresa de sus autores. Letras Hispanas por el Mundo respeta y defiende la creación literaria, garantizando la integridad y la autoría de cada obra.
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Hay meses en los que el mundo parece hablar más alto que de costumbre. Agosto llegó así: con el rumor de los incendios que devoran montes enteros, con ciudades que tiemblan bajo la tierra, con vidas que cambian en un segundo y con manos anónimas que se convierten en héroes sin pedir permiso. En medio de ese ruido, la palabra vuelve a ser refugio, puente, memoria y resistencia.
Este mes, en Letras Hispanas por el Mundo, miramos de frente esa realidad que arde y se derrumba, pero también la que se levanta. Porque allí donde el fuego avanza, siempre hay alguien que sostiene una manguera; donde la tierra se abre, siempre aparece una mano que rescata; donde la vida se quiebra, siempre surge una voz que cuenta, que nombra, que no deja caer el silencio.
La literatura no es un adorno en tiempos difíciles: es una forma de respirar. Y por eso, este agosto, nuestras páginas se llenan de crónicas que laten, de historias que no se esconden, de voces que vienen desde los barrios, desde las montañas, desde los escombros y desde los estudios de radio donde la palabra se vuelve compañía.
En este camino, celebramos con gratitud nuestra colaboración con Radio Aldora, una emisora que no pertenece a un solo país ni a una sola voz, sino a una constelación de lectores y narradores que unen acentos desde distintos lugares del mundo. Allí, nuestros textos viajan en múltiples voces, cruzan fronteras y se convierten en compañía para quienes necesitan un rincón de calma en medio del ruido del mundo. Radio Aldora es, para esta revista, una casa hermana: un espacio donde la palabra se escucha, se siente y se comparte con respeto, sensibilidad y alma.
Agosto nos recuerda que la fragilidad existe, pero también la solidaridad. Que el mundo tiembla, pero la gente se mueve. Que hay incendios, pero también manos que apagan. Que hay derrumbes, pero también voces que reconstruyen.
Por eso, esta edición es un homenaje a quienes no se rinden: a los voluntarios que escarban entre escombros, a quienes escriben para sanar, a quienes leen para acompañar, a quienes escuchan para entender, a quienes, desde cualquier rincón del mundo, sostienen la palabra como si fuera una lámpara encendida.
Que este agosto nos encuentre atentos, sensibles y despiertos. Que la literatura siga siendo ese mar que no se apaga. Que la voz siga siendo puente. Que la palabra siga siendo hogar.
Letras Hispanas por el Mundo–
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NOTICIAS Y COMUNICADOS
NOTA EDITORIAL
✨ Colaboración con Radio Aldora
Desde Letras Hispanas por el Mundo confirmamos nuestra colaboración con Radio Aldora, compartiendo contenidos culturales, literarios y artísticos que fortalecen la comunidad hispana internacional. Reconocemos el valor de su labor, su compromiso con la palabra y su aporte a la difusión cultural en múltiples países.
🌎 REPRESENTACIÓN INTERNACIONAL
Radio Aldora cuenta con presencia activa en diversos países a través de representantes y comunicadores que participan en eventos culturales y actividades de difusión.
📻 PROGRAMAS Y HORARIOS
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LUNES
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Lunes Maravillosos — Cristina Eugenia Pantoja Morales
México: 4:00 PM
Colombia: 5:00 PM
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Cruzando Fronteras — Sandy Bell
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La Zona de las Emociones — Jenny Tamayoshe
México: 8:00 PM
España: 4:00 AM (martes)
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MARTES
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El Rincón del Muchacho — Alberto Gutiérrez
México: 12:00 PM
España: 8:00 PM
Ecos del Pasado — Albert Velásquez
México: 6:00 PM
España: 2:00 AM (miércoles)
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MIÉRCOLES
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El Jardín del Colibrí — Gloria Rivera Romero
México: 8:00 AM
España: 4:00 PM
Neuronas Poéticas — Cecilia Pari
México: 4:00 PM
Perú: 5:00 PM
España: 12:00 AM
Rincón de Lectura —-Gustavo Rivera
Argentina: 9:00 PM
España:2:00 AM ( jueves )
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JUEVES
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Sala de Lectura Luz Mágica — Gloria Rivera Romero
México: 8:00 AM
España: 4:00 PM
Atrapados por el Texto — Amalia Beatriz Arzac
México: 6:00 PM
Argentina: 9:00 PM
España: 2:00 AM (viernes)
📘 La Cueva del Lobo — Luis Fernando Molina
México: 8:00 PM
Guatemala: 8:00 PM
España: 4:00 AM (viernes)
Emisión durante las tres primeras semanas del mes.
✨ Luciérnaga Arte Diverso — Luis Fernando Molina
México: 8:00 PM
Guatemala: 8:00 PM
España: 4:00 AM (viernes)
Emisión la última semana del mes.
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VIERNES
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El Paraíso de la Poesía — Doris Ospina Alzate
México: 2:00 PM
Colombia: 3:00 PM
España: 10:00 PM
El Baúl de Noemí — Noemí Mayoral
México: 4:00 PM
Argentina: 7:00 PM
España: 12:00 AM
Letras al Viento — Gustavo Rivera
México: 6:00 PM
Argentina: 9:00 PM
España: 2:00 AM
De Carne y Verso — Alfredo Cisneros
México: 8:00 PM
España: 4:00 AM
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SÁBADOS
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Tiempo de Niños — Alfredo Cisneros
México: 12:00 PM
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Radiografía: Diagnóstico Lingual — Zoila Patrón Cantú
México: 4:00 PM
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Cafeína Bar — David Lara
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🌍 COMUNICADORES POR PAÍS
🇦🇷 Argentina
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📻 INFORMACIÓN PARA LOS COLABORADORES
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🌍 PROGRAMACIÓN DESTACADA DE ESTA SEMANA
🇵🇪 Miércoles — Programa de Perú
Conducido por Cecilia Pari. Espacio abierto a todos los colaboradores.
Reto poético de esta semana: ¿Qué sucedería si equivocas las señales y el amor que pensabas para ti… no lo era? Envía tu poema para transmitirlo este miércoles 26. Se certificarán todas las participaciones.
Horarios: México 4:00 PM ·
Perú 5:00 PM ·
Colombia 5:00 PM ·
Argentina 7:00 PM ·
España 12:00 AM
🇦🇷 Miércoles — Rincón de Lectura
Conducido por Gustavo Rivera espacio abierto a todos los colabordores
Hora: 9:00 PM Cuentos · Relatos · Crónicas · Narrativa
🇦🇷 Viernes — Letras al Viento
Conducido por Gustavo Rivera espacio abierto a todos los colabordores
Hora: 9:00 PM Espacio dedicado exclusivamente a la poesía.
Este viernes: Homenaje a Federico García Lorca Poemas propios · Poemas dedicados · Audios (1–3 min)
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