.Maren Alberdi — España Sandra Edith Aguíñiga Luquín — México Libia B. Carciofetti — Argentina Gloria del Río — Colombia Carlos González Saavedra — Argentina Elspeth Gormley — España Lamberto Ibárez Solís — México
Margarita Mangione — Argentina Antonio Morelos — México Cristina Muñoz — Colombia Sarah Petrone — Argentina Ricardo Ernesto Quattri — Argentina Graciela Reveco — Argentina Yanni Tugores — Uruguay
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LA FELICIDAD
Maren Alberdi-España
La felicidad es hogar. Es el recuerdo tibio de la infancia, ese lugar donde todo era sencillo y el mundo cabía en las manos de quienes nos cuidaban.
La felicidad es saber a los tuyos bien, sentir que la vida los abraza aunque el camino sea largo y a veces duela.
Es vivir cada día con sus problemas, con lo cotidiano, con lo que pesa, pero aceptándolo, porque también ahí hay luz.
La felicidad es desear lo mejor al otro, aunque no esté cerca, aunque no lo diga, aunque no lo sepa.
Es sentir la paz interior, esa calma que llega cuando uno agradece lo que tiene, lo que fue, lo que aún no llega.
La felicidad es dar gracias cada día, por lo pequeño, por lo grande, por lo que sostiene, por lo que enseña.
Es saber que el camino es duro, pero aceptarlo sin miedo, porque cada paso también es vida.
La felicidad es vivir cada día con todo lo que conlleva, pero aceptándolo y agradeciendo por ello.
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LA FELICIDAD NO HACE RUIDO
Sandra Edith Aguíñiga Luquín-México
La felicidad no grita, no toca nunca la puerta, no dice cómo se llama. Es discreta y silenciosa, pasa casi inadvertida como sombra misteriosa. Permanece escondida: en una noche estrellada, en la luz de la alborada que nos viste de alegría. Se confunde en el paisaje y en el Sol de cada día. La encuentras en una flor, en el pájaro cantando, en el viento que te roza con renovada frescura. En los ojos de aquel niño con su mirada más pura. La dicha nunca se anuncia porque está cerca de ti, y tú, buscando tan lejos: en lo que un día sucederá, en las cosas y el mañana convencido que vendrá. Te enfocas en lo que falta, en la respuesta esperada, en las glorias y el dinero, en lo que debía ocurrir, que llegarán algún día, para hacerte sonreir. Pero la espera es muy larga, ladrona de nuestros días; se apodera de las horas que en silencio va borrando. Y si sueñas con mañana, la vida se va escapando.
Hasta entonces comprendemos nuestro aquí y nuestro ahora: con besos y con abrazos, con lágrimas, con heridas, con pérdidas y con sueños abandonos… despedidas. Es cuando descubrimos felicidad escondida: en pequeñas alegrías, en huellas que hemos dejado, en el dolor que transforma y en lo que hemos amado. Ahora la dicha añorada ya tiene distintos nombres: amar, presente, vivir, dejar ir, aceptación, silencio, nuevo comienzo, y bendita bendición. Porque la felicidad no está en la espera infinita de nuestra vida soñada ni en aquello por venir; se encuentra en la gratitud del milagro de vivir. Recuerda: felicidad no hace ruido, está latente. Cuando la veas, atrápala, consérvala en tu existir, arrópala con tus brazos, hasta tu día de partir.
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DOÑA FELICIDAD TOCO A MI PUERTA
Libia B. Carciofetti-Argentina
Doña felicidad llamó a mi puerta
y un suave perfume a jazmines me invadió.
Su rostro era dulce, miel el color de sus ojos
su vestido estampado de flores multicolor.
Le abrí temerosa de que se negara
a tomar aposento en mi corazón
pero sus manos cálidas acariciaron mi alma
infundiendo confianza, alejando el temor.
Venía cansada de tocar ¡tantas vidas!
Doña felicidad era joven, la creía mayor.
Me contó que hay personas que no creen en ella
pues se acostumbraron a convivir con el dolor.
Sin embargo su presencia me impregnó de frescura
sentí que era un bálsamo, regalo de Dios
me nacieron mariposas dentro de mi pecho
y en mi cuerpo brillaban rayitos de sol.
Si tu no dispones todo lo contrario
te haré compañía . . . ella susurró.
Tal vez mi permanencia no sea para siempre
como no lo es la vida, tampoco el amor.
Extendí mis brazos, la abracé muy fuerte
y detrás de ella, la puerta se cerró.
Desde ese día somos dos almas gemelas
y en mis mágicos sueños, le doy gracias a Dios.
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FELICIDAD
Gloria del Río-Colombia
Tal vez la felicidad no sea una casa iluminada, sino un rayo de sol por la ventana. La sencillez de las palabras, cuando el amor se posa en el cristal de un alma sola. El canto del silencio nocturno bajo un estallido de estrellas y el frío cubierto en un abrazo. La lágrima sencilla de un niño, mientras cambia el dolor por la esperanza, el hambre por el pan y el dolor por la caricia, cuando ya no pide nada. Felicidad es aspirar el aire antiguo de los bosques, el pasto húmedo que roza la mano al tocar las flores, el vuelo de las aves y el vestido rojizo del ocaso. Y cuando abandona nuestro mundo, y ya no quiere darnos nada… queda como pequeña brasa que sigue ardiendo lentamente, en la oscuridad de la memoria y la palabra.
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FELICIDAD
Carlos González Saavedra-Argentina
La felicidad a veces se esconde
En una mesa bien tendida en familia
donde brilla la inocencia de los nietos
Con comida rica de gente sencilla
En miradas sinceras entre sonrisas
En un apretón de mano, mirando a los ojos
O en los abrazos de amigos que hace tiempo
No veías.
La felicidad es cuando el amor domina
Cuando sonríe el alma.
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LA FELICIDAD HABITA EN LO INVISIBLE
Elspeth Gormley-España
La felicidad no siempre se ve. A veces es apenas un susurro, una vibración leve que se posa en el corazón como una pluma que cae sin ruido.
Es el eco de una risa antigua, la memoria de un abrazo, la luz que queda cuando la luz se va.
La felicidad es un espíritu suave que camina descalzo entre los días, que se detiene en los silencios y deja un temblor de vida en cada rincón del alma.
No se busca. Se reconoce. Como se reconoce el olor de la lluvia antes de que caiga, o el nombre de alguien que nunca se dijo pero siempre estuvo dentro.
La felicidad es un hogar sin paredes, un refugio que no se toca pero se siente. Un lugar donde el alma descansa y dice: “Aquí estoy.”
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LA FELICIDAD
Lamberto Ibárez Solís-México
La felicidad para mí es el estado anímico;
la cual se encuentra alojada en tres partes
de nuestro cuerpo: alma, mente y corazón,
por eso que las plantas son motivos de canción.
Es una luz interior que nos permite vivir en paz;
ofrecer nuestros modestos servicios a los demás,
es abrazar a quienes queremos con el corazón;
entregarle los sueños plenos de amor a una mujer.
Te he encontrado en los montes y mis selvas,
en las barrancas impenetrables de mi tierra;
te conocí en la sonrisa de los niños harapientos
de mi pueblo; cuando les sirven su arroz caliente.
En la ropa nueva de los hombres campesinos
estrenados en las Nochebuenas y Años nuevos;
en los calzados de las damas humildes de mi costa;
en la captura de pescados que brincan desesperados.
Te vi en el rostro hermoso de mi madre cuando terminé;
en el rostro de mi abuelo en las calles de mi pueblo;
en la aurora boreal de las mañanas y en las tardes;
esas tardes que se llevan mi alma cuando fenece el sol.
En el canto de los gallos; en el trinar de los pájaros
en el croar de las ranas; llamando a la lluvia;
que nos ha castigado en este septiembre patrio;
me mes de nacimiento; cuando mi madre me tuvo.
La felicidad, me la ha brindado la vida por mis luchas;
por mis entregas, sacrificios y retos por mejorar;
por haberme encontrado a mí mismo y conocerme,
vencer a las vicisitudes y enconos de la propia vida.
Por mi agradecimiento a mi Dios; por mi vida entera,
por esta vida a la que sigo luchando por los pobres,
los desheredados y hermanos del mismo surco;
esa brecha que con el arado y manos; sembramos.
Por mis tres flores y retoños que he cosechado,
por mis triunfos y derrotas de las que aprendo,
Por mis tantos errores; por mis tantas caídas;
pero aún te sigo sonriendo vida mía por tu felicidad.
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BUSCANDO LA FELICIDAD
Margarita Mangione – Argentina
Jamás la hallé, pero soy obcecada, y la busqué por todos los caminos, sufrí y lloré, pero no importó nada, quise cambiar mi vida y mi destino. Tanto indagué a todos preguntando, ¿dónde estará, en dónde se ha escondido? mucho luché‚ siempre desesperando, ¿será verdad, o jamás ha existido? Hoy al final de un sendero tortuoso, lleno de llanto, de pena y soledad, duda venal de un deseo infructuoso, poder ser dueña de la felicidad. Y es, ya lo sé, ahora estoy segura, una palabra más del diccionario, si la busqué‚ y aún la angustia dura, solo yo soy, culpable del calvario. Yo sola soy, causante de la herida, que por buscarla tiene el corazón, si lloro hoy, por mi vida perdida, es por la sinrazón de mi ilusión.
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VIVE CONTENTO
Antonio Morelos-México
Quizá suene a hipocresía
lo que les voy a decir,
pero en su Dios quien confía
y lucha él, sin desistir,
nunca pierde su alegría,
canta y sabe sonreir.
Una constante en la vida
siempre es la felicidad,
buscarla de noche y día
tarea de la humanidad,
si alguien pensó la tenía
descubrió, no era averdad.
Yo no se si hoy soy feliz,
pero hipócrita, no soy,
por eso es que decidí
contarles mi decisión,
no me preocupa mi fin
y siempre contento estoy.
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AMOR DEL BUENO
Cristina Muñoz–Colombia
amor refugio de lazos enredados en mis amaneceres amor del bueno sabor escondido de mis pesares ira de mis momentos sin límites placer de nuestros campos sin frontera manantial de agua fresca amor del bueno amor de lluvia amor de otoño amor de arena suave amor puro cálido amor de mis sueños amor de pasión donde una noche de luz difusa entre leños escribí este poema amor de viaje una maleta sólo de dos amor sabor de caramelo amor de siempre
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¿FELICIDAD?
Sarah Petrone-Argentina
Son momentos robados a la vida,
susurros queriendo ser palabras,
apenas una tímida sonrisa
que se asoma entre cenizas desde el alma.
Efímero trasnochar de sentimientos,
pequeño resplandor cuando te atrapa,
así es la felicidad que se desliza
con algunas ilusiones, si te alcanza.
No existe en el mundo, aunque queramos,
la felicidad absoluta. Es imposible.
En este mar de absurdas realidades
nadie tiene por siempre, su conquista.
Aún así, a veces de la nada
surge desde el fondo de uno mismo
la voz interior que se abalanza
para darnos el calor de su caricia.
Vivir siempre feliz es arrogancia,
es negar del dolor su pesimismo
en la máscara que se oculta y se disfraza
tras la farsa de algo que no existe.
Pequeña felicidad, si nos abraza
solo para entender que se precisa.
Mezquina porque no puede comprarse
y se regala quizá, como capricho
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FELICIDAD-TU Y YO
Ricardo Ernesto Quattri-Argentina
Destellos, milagros
de espacios de tiempos
detenidos en calmos
senderos iluminados
con sueños, besos y abrazos.
Promesas cumplidas,
certeza y resguardo.
Miradas que alumbran
el día y el universo mirando.
Encuentro de almas
que se añoraron,
de distantes eras,
siempre esperando.
Es detenerse al instante
de ese vuelo, en tanto,
se reconocen vidas
que el amor, les ha dado.
Voces que siguen amando
aún en la ausencia,
y en esencia de nuevos
milagros.
Tu amor, mi amor.
Felicidad eterna.
Manos entrelazadas
abrazando recuerdos.
Alianza que se habita
desde el origen
de todos los tiempos.
“Dos almas que se encuentran
se reconocen
y se celebran”
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SER FELIZ
Graciela Reveco–Argentina
Tríptico
1 a pesar del dedo que señala y lastima en un tiempo de alcoholes y barbijos de aplausos al quehacer hospitalario de llanto enredado a las cenizas dentro de un grito de plástico bolsa negra en blanco jardín del cielo ser feliz a pesar de la voz que sufraga en controversia que enreda y desenreda a su antojo porque no ha visto el rayo no ha escuchado el grito que acabará con su desidia -la que no mira primero adentro de sus propias fallas- y rotula y ultraja desconociendo al que conocía porque decidió creer en la mentira
2 mientras la espalda se aleja insigne infeliz y agraviada la voz que quiebra los cuerpos incapaz de enfrentar la mirada sigue enredándose en los otros comiendo del pan agrio mentiroso exhibido en oscuro almíbar absuelto de reconocer los yerros lamiendo las propias miserias con el murmullo tumultuoso que ronda, fecundo entre los vivos muertos
3 solo queda un parlamento aprender con la injusticia deleznable que ser feliz es el remedio ser feliz a pesar de las negras palomas del silencio es el sable que cortará los dedos y apagará las voces del veneno ser feliz es la visión que necesita el engañado y el castigo que merece el miserable.
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DARLO TODO
Yanni Tugores-Uruguay
Un abrazo tierno que lo puede todo, no la mezquindad de una infame mirada. La risa de un niño que juega inocente, no la prisa loca de aquel que te engaña. La luz transparente y en calma de un sueño, no la envidia ciega que entristece el alma. El calor profundo de una voz sincera, no vidas vacías de una falsa fama. El olor más puro de una suave brisa, no la niebla espesa de la culpa humana. La sonrisa franca que te da consuelo, no el murmullo oscuro de la voz tirana. El silencio que une, que trae el sosiego, no el rencor que duele como herida insana. La mano fraterna que extiendes al prójimo, no el desprecio helado de una fe lejana. La paz y el descanso cuando cae la tarde, no sed de poder ni la ambición mundana. La llama constante de quien vive el día, no la sombra opaca del temor que atrapa. El gozo sin miedo de dar sin medida, no el hambre sedienta que te da la espalda. Las palmas abiertas que comparten frutos, no la vil codicia que corrompe y mata. El amor humilde que lo entrega todo, no el rechazo ingrato de voces lejanas. ¿Qué es la felicidad, me preguntas ahora? Es dártelo todo, sin pedirte nada.
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https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png00le-administradorhttps://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.pngle-administrador2026-09-23 11:26:012026-09-23 22:48:38POESÍA – ¿QUÉ ES LA FELICIDAD? -SEPTIEMBRE
CARTA A LA RELIGIOSA QUE ME PROHIBIÓ HABLAR EN EUSKERA
Maren Alberdi-España
Querida hermana:
Han pasado muchos años desde aquel primer día en el jardín de infancia. Yo tenía tres. Usted tenía autoridad. Y España tenía miedo.
Recuerdo mi mano pequeña agarrada a la falda de mi ama. Recuerdo el aula grande, las mesas bajas, el olor a témperas y a colonia infantil. Recuerdo que me miró con una sonrisa que no entendí. Y recuerdo, sobre todo, su primera frase hacia mí:
—Maren . Aquí tienes que hablar español.
Yo no sabía qué era “español”. Yo solo sabía euskera, la lengua en la que mi ama me cantaba, en la que mi aita me hablaba, en la que mis abuelos rezaban. La lengua que yo era.
Pero usted me dijo que no. Que esa lengua no. Que esa lengua no valía. Que esa lengua no debía escucharse. Que eso era malo, que además era cosa de paletos.
Y yo lloré. Lloré sin entender. Lloré sin palabras. Lloré porque me estaban arrancando algo que no sabía nombrar, pero que ya era mío. No fue solo una vez. Fueron muchas. Demasiadas.
Recuerdo su dedo señalándome delante de las demás niñas. Recuerdo su voz firme, casi dura: —¡En español, Maren! Recuerdo las risas contenidas de mis compañeras, que no sabían que yo no entendía, que yo solo quería hablar como hablaba en casa. Recuerdo la vergüenza quemándome las mejillas. Recuerdo sentirme pequeña, torpe, equivocada… cuando lo único que hacía era hablar como me habían enseñado a amar.
Era finales de los cincuenta. Era dictadura. Era silencio. Era miedo.
Usted no lo decidió. Usted obedecía. Pero yo era una niña. Y las niñas no entienden de política, ni de prohibiciones, ni de decretos. Solo entienden de heridas.
En casa seguíamos hablando euskera. Era nuestro refugio. Nuestra trinchera. Nuestra verdad. Mi ama me decía: —Habla, Maren. Habla como te sale del alma.
Y yo hablaba. Y cada vez que cruzaba la puerta del colegio, me callaba.
Ahí nació mi rebeldía. No una rebeldía de gritos. No una rebeldía de pancartas. Una rebeldía silenciosa, profunda, íntima: la de no olvidar quién soy, aunque me pidan que lo haga. No olvidar jamás mis raíces
Con los años, hermana, fui creciendo. Y aquella niña que usted corregía delante de la clase, aquella niña que lloraba porque no entendía, aquella niña que usted avergonzaba sin querer —o quizá sin saber— esa niña empezó a destacar.
Estaba en todas las matrículas de honor. En todas. Y cada vez que me entregaban un diploma, yo pensaba: “Si hubiera podido hablar como yo era, habría brillado igual… pero sin miedo.”
Pasaron los años.
Pasaron los años. Pasó la infancia. Pasó la dictadura. Pasó el miedo.
Y un día, hermana, la vi. La vi en la fila de inscripción de una ikastola. Usted, la misma que me decía que no podía hablar euskera, usted, la que me corregía delante de las demás niñas, usted, la que me hacía sentir pequeña por hablar mi lengua…
Usted estaba allí. Matriculándose. Aprendiendo. Recuperando. Volviendo.
No voy a mentir: me sorprendió. Me dolió. Me alivió. Me hizo pensar.
Quizá usted también tenía una herida. Quizá también le prohibieron. Quizá también tuvo miedo. Quizá también necesitó volver a la lengua que un día le quitaron.
Hoy no le escribo para reprocharle nada. Le escribo para decirle que la lengua no es política. La lengua es hogar. La lengua es raíz. La lengua es madre. La lengua es memoria. La lengua es identidad. La lengua es libertad.
Y aquella niña que lloraba en su aula… hoy escribe. Hoy habla. Hoy vive en euskera y en español. Hoy es ambas cosas. Hoy es más fuerte que entonces.
Porque, hermana, aunque usted no lo sabía, cuando me dijo que no podía hablar euskera, lo único que consiguió fue que nunca dejara de hacerlo.
Con respeto, con memoria, con verdad, con la niña que fui y la mujer que soy,
Maren Alberdi
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CARTA A MI NIETA
Carlos González Saavedra- Argentina
Mi querida Justina
Cuanto tiempo hace que no sé nada de vos. La distancia y obligaciones hicieron el resto.
Enterado por familiares que estas contenta con la facultad. Estas proyectando tus sueños.
Un mundo se abre por delante y estas en primera fila.
Quiero que sepas que estoy muy orgulloso de vos. Tener una nieta ,inteligente, educada, fina, distinguida y básicamente muy buena persona, me hace sentir un hombre y un abuelo muy afortunado.
Dios bendiga tus pasos, Justina, porque tus padres, ya caminan bendecidos.
Abuelo Carlitos
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TREINTA AÑOS DESPUÉS
Elspeth Gormley-España
Treinta años después, por fin puedo escribirte.
Durante muchos años no pude hacerlo. Había demasiado dolor, demasiadas preguntas y también demasiada culpa.
Me culpé por no haberme dado cuenta de lo que pensabas hacer. Durante mucho tiempo me pregunté si hubo alguna señal que no vi, alguna palabra que no escuché, algo que hubiera podido cambiar el rumbo de aquella historia.
Sé que estabas enfermo, pero nunca he dejado de preguntarme qué pasaba por tu mente para tomar aquella decisión. ¿Pensaste que estaríamos mejor sin ti? ¿Llegaste a imaginar el vacío que dejabas? Porque no solo te fuiste tú; también desaparecieron muchas certezas y comenzó para nosotros una vida que jamás habíamos imaginado.
Fue muy duro para todos.
Y sí, hubo una época en la que no pude perdonarte. Necesitaba entender algo que quizá nunca tuvo explicación. Pero los años me enseñaron que algunas heridas son más profundas de lo que quienes estamos al lado podemos ver.
Hoy ya no te juzgo. Tampoco me juzgo a mí. He aprendido a cerrar con calma aquella puerta que quedó entreabierta aquel día sin retorno.
Por eso, treinta años después, puedo recordarte sin rabia. Como una parte importante de mi vida, con sus luces y sus sombras, con sus momentos felices y sus inviernos.
Hace tiempo que te dejé ir en paz.
Y hoy, al escribir estas palabras, siento que también yo he encontrado la mía.
Esther
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CARTA A MI PSICÓLOGA INTERIOR
Sarah Petrone-Argentina
Creo que esta vez se me fue la mano. Cuando vi que mi amiga Julia, con un boleto de avión y una maleta vino a despedirse de mí, dándome las gracias por mis buenos consejos, me quedé anonadada. Yo ya no me acordaba qué le aconsejé, son tantas las veces que me pide ayuda.
Cada vez que su matrimonio siempre en crisis pasa por situaciones límites, ahí estoy yo con toda mi inexperiencia de solterona empedernida poniendo paños fríos en esa relación gastada y desgastante. De a poco me fue exponiendo el motivo de su decisión, y me encogí de hombros queriendo que me trague la tierra.
Me llené de culpas y remordimientos. A veces, creo que soy demasiado sincera. Es que no me puedo contener cuando las estupideces me hartan, entonces exploto. ¿Está mal? Años y años de escuchar las quejas de su vida monótona hasta que un día le dije: ma sí, pateá ese tacho de basura y volá.
Me miró sorprendida y fue cuando me aconsejó que debería estudiar psicología, porque soy buena escuchando y dando consejos. Delirante. Sin embargo, no creí que se atreviera a hacerme caso.
Tenés razón, me dijo. De vez en cuando es necesario partir, poner distancia cuando la rutina es tediosa y el amor se estanca en un pozo sin sueños que empiezan a despertar los fantasmas de la desilusión y el hastío. Tenés razón. Cuando la casa querida se agrieta en tantas obligaciones y los reproches amenazan la estabilidad de la familia, hay que partir.
Cuando ya las miradas de los ojos no se encuentran como siempre lo han hecho y el gris de la vida se instala entre los que se juraron fidelidad eterna, y les cuesta mantener las promesas, porque sí, porque el devenir de las horas, de los días,los años acumulando roces, enfrentamientos sin razones, solo por aburrimiento, desgastan, y hay que partir. Si hasta la cama se vuelve demasiado grande para dos, tan grande que ya no se encuentran en el medio, como siempre. Entonces el vacío se instala y el descontento pone sombras oscuras en los rincones donde siempre hubo luz.
De vez en cuando, cuando el niño y el adolescente interior se duermen y los sueños se pierden en complejos interrogantes, ya no hay razón para seguir viviendo de la misma manera. De vez en cuando abrir las puertas, salir y cerrarlas con un portazo que despierte a quien tenga que despertar, es sanador.
En el rezongo incómodo de la cómoda postura que ha dejado huellas, hasta las telarañas de las cornisas se sacuden y se desprenden. Entonces se despierta el hombre, la mujer, adultos y enteros, pisando fuerte en el piso que tambalea bajo los pies. Y el aire empieza a oler a flores, de repente.
No sabe si va a regresar. Ahora solo quiere irse. ¿Y dice que yo soy psicóloga? Me dejó sin aliento. La veo alejarse segura y me dan ganas de correr detrás de ella. ¿Me voy? ¿Dejo todo y me voy? Me está tentando hacerlo.
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DOS CARTAS EN SILENCIO
Yanni Tugores-Uruguay
A veces pienso en cuántas cosas no te dije, cuántas cosas callé por idiota, sabiendo bien que deseaba con el alma decírtelas. Ahora es tarde; no sé dónde estás ni qué fue de ti. El ser humano es así: indeciso y egoísta. No es capaz de decirle a alguien todo lo que su corazón siente; cuando se da cuenta, ya es tarde. Hubiera deseado pasar más tiempo contigo, compartir ricas comidas, charlar de trivialidades… No sé, cualquier cosa que nos hubiera acercado más. Nunca fuiste bueno, ni con nosotros ni contigo. El alcohol te atrapó como una araña atrapa a una mosca, y nunca pudiste salir. Preferías ir a emborracharte con tus amigos a estar a nuestro lado. Mamá te siguió amando hasta el día de su partida; falleció con tu nombre en los labios. Pero tenía que decidir: éramos sus hijos o tú. Sé que le costó, pero hoy, que soy madre y ya abuela, la entiendo mejor que nadie. Pero no te preocupes, no te odio por eso. No sé lo que siento en verdad: angustia, frustración, decepción. Solo sé que es tarde, muy tarde ya.
Sueño contigo casi a diario. Te sueño a mi lado, compartiendo paseos y risas. Pero también te sueño en un rincón de la calle, tapado con una manta hecha jirones, sucio y maltrecho por el rigor del clima. Es ahí cuando me desespero y me pregunto qué habrá sido de ti. Nadie me sabe decir cuál es tu paradero. He recorrido el barrio donde vivías y nada. También he visto a tus amigos en el antiguo bar que frecuentabas. Nadie sabe nada. Es como si la tierra, después de una larga sequía, te hubiese tragado sedienta, hambrienta de sangre. Yo me jubilé y ya soy abuela, ¿sabes? Los niños han crecido y me han dado dos hermosos nietos, Julieta y Joaquín. Él se parece mucho a ti; todos lo dicen al ver tu foto colgada en la pared. Somos una bella familia, fruto de lo que dejaste en mis genes. A veces me pregunto qué hubiese sucedido si hubieses aceptado hacerte el tratamiento que tantas veces te sugerimos y jamás aceptaste. Ahora estarías disfrutando, al igual que yo, de estos hermosos niños que llenan la casa de alegría. Ellos son los que dan sentido a mi vida, los que me hacen olvidar que un día te perdí y jamás te volví a ver. No pierdo las esperanzas; hace un par de años pedí a la policía que te buscara, pero aún no me han dado noticias. Sé que quizás esta carta, que decidí escribirte hoy, jamás te llegue, pero la guardaré muy celosamente por si algún día apareces. Me parece que así estaré un poquito más cerca y te iré contando cómo crecen los niños y cómo estoy yo. También te contaré de Tango, ese perrito que nos regalaste hace ya 15 años y que al principio mamá no quería aceptar. Pues aún vive, está viejito, pero tan juguetón como siempre. ¡Espera! Están tocando el timbre. Estoy sola, pues todos se han marchado al trabajo o al colegio. Vuelvo en un minuto. Ha sido la policía. No logro parar de llorar. Después de tanto tiempo, al fin te han encontrado en un callejón, como tantos días te he soñado. Pero no esperaba que fuese así, tan cruel. Apareciste abrazado a la botella, frío e inerte. Junto a ti, una carta con mi nombre y mi dirección. Ahora no puedo leerla, no me dan las fuerzas para abrirla, como tampoco tú leerás esta. Estoy muy alterada y triste. ¡Te he buscado tanto, papá! Pero al fin te he encontrado. Al menos te veré por última vez y podré darte una digna sepultura. Te amaré por siempre. Tu niña. Nati
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https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png00le-administradorhttps://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.pngle-administrador2026-09-23 11:25:092026-09-23 15:29:13CARTAS – SEPTIEMBRE
Maren Alberdi – España Libia B. Carciofetti – Argentina Carlos H. González Saavedra – Argentina Elspeth Gormley – España Jaime Hoyos Forero – Colombia Margarita Mangione – Argentina Andrea Morini – Argentina Carlos Pérez de Villarreal – Argentina Sarah Petrone – Argentina Yanni Tugores – Uruguay
DONDE EL MAR GUARDA LA MÚSICA
Maren Alberdi–España
La ciudad despertaba cada mañana junto al mar.
Las primeras luces se reflejaban en las fachadas blancas, las palmeras comenzaban a mecerse con la brisa y las fuentes llenaban los jardines con su murmullo constante. Los vendedores abrían sus puestos, los niños caminaban hacia la escuela y los pájaros trazaban círculos sobre el cielo azul.
Entre todos ellos había uno distinto.
Su plumaje era negro y brillante como el charol. No cantaba. No jugaba con los demás. Siempre aparecía solo y observaba el mundo desde las ramas más altas de los árboles.
Una tarde, dos niños lo descubrieron junto a un pequeño arroyo que cruzaba el jardín de su casa.
—Mira, allí está otra vez.
—Es verdad. Parece triste.
—También parece enfadado.
—Quizá esté solo.
Los dos permanecieron unos momentos observándolo.
El ave levantó ligeramente la cabeza.
—Nunca canta como los demás —dijo uno de ellos.
—Tal vez nadie le enseñó.
—O tal vez olvidó cómo hacerlo.
El pájaro escuchó aquellas palabras.
Por primera vez en mucho tiempo sintió algo extraño en su interior. Como una pequeña chispa que se encendía donde antes solo había silencio.
Con un brusco aleteo levantó el vuelo y desapareció entre los árboles.
Pasaron los días.
Muy cerca de la ciudad se alzaba un centro universitario donde estudiaban cientos de jóvenes. Allí existía también una orquesta formada por muchachos y muchachas que compartían una misma pasión: la música.
Entre ellos estaban una violinista de ojos oscuros y un joven violonchelista que nunca se perdía un ensayo.
Durante semanas prepararon un gran concierto.
Las partituras se llenaban de anotaciones, los instrumentos aprendían a respirar juntos y las melodías crecían poco a poco hasta llenar las aulas de ilusión.
Por fin llegó el día esperado.
El auditorio estaba lleno.
Las luces se atenuaron.
El director levantó la batuta.
Y la música comenzó a brotar.
Subía ligera como una gaviota, descendía suave como una ola y recorría el salón llenándolo todo de belleza.
Fue entonces cuando ocurrió.
Por uno de los ventanales abiertos entró una sombra veloz.
Era el pájaro negro.
Revoloteó sobre la orquesta mientras los músicos seguían tocando.
Dio una vuelta.
Después otra.
Y de pronto, como si fuera capaz de atrapar lo invisible, tomó la melodía entre su pico y escapó hacia el cielo.
La música se interrumpió.
Los instrumentos callaron.
El silencio ocupó la sala.
Nadie logró entender lo sucedido.
Mientras tanto, el ave volaba hacia el mar.
Llegó hasta una roca solitaria que se alzaba junto a un pequeño acantilado. Allí se posó contemplando el horizonte.
La melodía seguía viva.
Brillaba entre sus alas como una luz desconocida.
El pájaro quiso guardarla para sí.
Quiso quedarse con toda aquella belleza.
Pero comprendió que la música no había nacido para ser poseída.
La observó por última vez.
Luego abrió lentamente las alas.
Y la dejó marchar.
La melodía descendió sobre las aguas.
Las olas la recibieron con alegría y comenzaron a guardarla en su memoria infinita.
Llegó el verano.
Una tarde, los jóvenes de la orquesta paseaban por la costa mientras el sol descendía lentamente sobre el horizonte.
El mar estaba tranquilo.
El viento apenas susurraba entre las rocas.
Entonces uno de ellos se detuvo.
—¿Lo oyes?
—¿Qué cosa?
—Escucha.
Permanecieron en silencio.
Entre el rumor de las olas parecía surgir una música lejana.
Primero un violín.
Luego un chelo.
Después una trompeta.
Era una melodía conocida.
La misma que había desaparecido durante el concierto.
—No puede ser —murmuró alguien.
—Sí puede.
El mar la ha guardado.
Todos escucharon.
Y comprendieron que algunas cosas hermosas nunca se pierden del todo.
A veces cambian de lugar.
A veces se esconden.
A veces viajan muy lejos antes de regresar convertidas en recuerdo.
Muy cerca de ellos sonó un leve aleteo.
Sobre una roca permanecía inmóvil un pájaro negro de alas brillantes.
Ya no parecía triste.
Miró una última vez el mar, lanzó un breve graznido y emprendió el vuelo hacia el horizonte.
Mientras se alejaba, las olas continuaban guardando entre sus murmullos aquella música que ya formaba parte del ma
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ERA PRIMAVERA
Libia B. Carciofetti-Argentina
Era primavera y las Iglesias cristianas de Buenos Aires y alrededores habían organizado un «Gran PICNIC» en Los Bosques de Ezeiza. En el mes de julio aproximadamente con mi hermana ya le habíamos pedido permiso a papá para asistir; por supuesto con mi mamá, «jefa de nuestra tribu». Al «cacique» Primo, había que pedirle permiso con mucha antelación, a costa de «portarnos muy bien», estudiar sin «chistar» y demás menesteres de hijas obedientes… cosa que elaborara el permiso a nuestras salidas… y ese maldito «ya vamos a ver» que nos hartaba oír.
Yo tenía 17 años y mi hermana 13… Adolescente y joven “manejable” que acataba las órdenes a rajatabla…dominada por miradas bis a bis…tete a tete… Como era la educación de antes ¿vio?… ¿viste?
Con mi hermana contábamos con los dedos de las manos y de los pies los días que faltaban para el maravilloso evento. Ya habíamos asistido a otros encuentros en que lo habíamos pasado bárbaro… Un bosque de eucaliptos, que se sabía dónde comenzaba, pero no donde terminaba. Árboles con troncos añosos y perfumados que de solo adentrarse en el bosque ya los pulmones se hinchaban de gozo y de paz…,
Debajo de cada árbol familias, grupos, que compartíamos mates, jugos y las milanesas que preparaban las mamás la noche anterior y que devorábamos en tremendos sándwiches, porque allí todo era más rico… mamá llevaba el tejido y se juntaba a conversar con amigas que hacía tiempo no se veían, porque vivían distanciadas… tiempo de juegos, tiempo de reuniones de canto y meditaciones bíblicas, guitarreadas y caminatas… a esa «caminata» quería yo llegar en mis sueños de jovencita enamorada.
A mí me gustaba mucho un chico y el re-gustaba de mi… Ese sería un punto de encuentro fantástico…
Todo el mes de julio, agosto y parte de septiembre nos portamos como verdaderas «señoritas» con mi hermana, no cuestionábamos ninguna orden y dejamos de lado esa pregunta y respuesta odiosa… ¿Por qué?… ¡Porque no! y basta! Comíamos el guiso de mondongo que no nos gustó nunca, no nos peleábamos a la hora de lavar, estuvimos dos meses amontonando «buenas acciones» con tal de obtener el permiso… Dos días antes de la primavera, el 19 de septiembre se desató una tormenta de aquellas, que nos paralizó el corazón a las dos «Carciofetti»
MMMMMMMM. Me parece que se viene una maroma !!! Exclamó «cacique» Primo… y las dos corriendo a arrodillarnos a orar fervientemente que pare de llover…. los truenos ensordecían los oídos y aceleraban el corazón de miedo, la habitación quedaba iluminada con cada refusilo.
Papá trabajaba en el ferrocarril, se levantaba a las 4 de la madrugada y regresaba en el tren de las 15 hs. Al otro día amaneció nublado pero no llovía… así que mamá comenzó a martillar la carne para preparar las milanesas y pasarlas por el pan rallado, hizo una torta de naranja, preparó todo y a medida que íbamos acordándonos lo que faltaba lo íbamos guardando en la canasta.
A las 15 llega mi papá, la mesa tendida esperándolo… con zapallitos revueltos… con un olorcito que daban ganas de almorzar otra vez. Como te fue en la escuela, comenzó la indagatoria… ¡de diez papi! A ver a ver… y yo traía mi cuaderno con un excelente recién estrenado en matemática… muy bien! A ver vos (por mi hermana) no papi a mi me hicieron prueba hoy pero no me dieron la nota, pero la seño me dijo que estaba muy bien por lo que ella podía deducir… (De resultas se había sacado un uno y ella le había agregado el «0», ya mi mami le había dado un buen levante cuando se enteró, pero por amor a mí, que me iba a tener que quedar sin picnic «callamos las dos» por única vez me hice cómplice en beneficio mío…
La voz grave de papá sonó más esta vez, no sigan guardando más cosas en la canasta porque venía oyendo por la radio que mañana va estar peor el tiempo que ayer, se pronostica granizo y tormentas eléctricas… Un silencio de sepulcro abierto se hizo en el comedor y mi hermana comenzó a llorar como una marrana… Pero y si no pasa nada? y la radio se equivoca? y mañana amanece con sol y…y…y…
y N-A-D-A-! no salen mañana y se acabó y ¡punto! ¿Qué hago yo si se desata una tormenta y ustedes están lejos? ¡Pero papi! Y el tano ya estaba levantando presión y nos clavaba la mirada, y cuando el cacique clavaba la mirada, las indias cerraban la boca…
No dormimos en toda la noche enojadas con este papá tan «invulnerable» que nos tenía días en ascuas hasta que se resolvía a darnos el sí, para alguna salida… y siempre con mamá de custodia. Como todas las madrugadas antes de irse venía a darnos un beso, yo me hacía la dormida pero mi hermana siempre lo abrazada y besaba, esa mañana no lo hizo y le dio vuelta la cara … papá salió en silencio sin hacer preguntas…
Nosotras debíamos tomar el tren de las 6 de la madrugada para llegar al encuentro a las 9 y reservar nuestra sombra bajo del eucaliptus. Como ya no iríamos al picnic, y no teníamos clase mi mami no tuvo mejor idea que nos levantemos para después de desayunar, una limpiar cada dormitorio, el baño, el comedor, baldear la vereda, y barrer el patio.
Mi mami escuchaba radio mientras cosía y nosotros afuera comiendo «rabia» por habernos quedado sin «picnic» Oímos que mamá desde la cocina decía no, no! DIOS mío no puede ser! hasta que estalló en llanto… de verdad nos asustamos mucho; aumenta el volumen de la radio, y sin poder pronunciar palabra nos abraza a las dos… Repiten otra vez con voz alarmante ya…
¡ULTIMA NOTICIA! Tren que pasaba por Escobar a la las 5-10 de la mañana descarriló en Benavídez entre las estaciones de General Pacheco e Ingeniero Maschwizt, y volcó sobre la margen izquierda … Hasta este momento son 236 los muertos, y 400 heridos aproximadamente, entre ellos muchos jóvenes que aprovechando el día del estudiante y de la primavera se dirigían a diferentes lugares del gran Bs As… Se pide a la población que colabore con las cuadrillas de rescate porque hay cuerpos irreconocibles que serán depositados en la morgue policial de General Pacheco y hospitales de la zona…
Lo que sigue es inenarrable, pues en ese tren viajaban «mi chico», con varios jóvenes que venían subiendo desde la localidad de Zárate, y en cada estación… nosotras aparte de mi mamá, íbamos con tres amigas con sus madres.
Esa tarde papá llegó a las 19 a casa… fue eterna la espera e inmenso el abrazo que nos dio… no parábamos de llorar los cuatro.
¡Tan «niñas» entendimos que DIOS TIENE UN PLAN PARA CADA VIDA, Y PONE A LAS PERSONAS INDICADAS QUE SERÍAN COMO SEMÁFOROS ROJOS PARA DECIR SU ROTUNDO NO! En este caso fue nuestro papá, que nos mezquinaba tanto las salidas, no porque no quería que disfrutemos de la vida y la juventud, le temía a todo lo que pudiera sucedernos al salir solas…
Papá cuando salió de su sopor como nosotras nos dijo que no solamente porque pensó en una tormenta, sino que algo superior le inclinó a negarnos el permiso de ir al paseo… Sin duda fue la voz de DIOS que le susurró a sus oídos… y él le prestó oídos. Hoy estaríamos en esa lista dolorosa de tantos que iban a trabajar y otros a disfrutar del día de la primavera…
Nuestro pueblo se hizo famoso no por su adelanto edilicio, sino por este fatídico accidente.
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UNA HISTORIA REAL
Carlos González Saavedra-Argentina
Al fin llegó el ansiado sábado. ¡Había esperado mucho tiempo para que este día llegara! En mi cumpleaños, hace más de un mes, había organizado una colecta para un comedor en Cañuelas.
A los invitados a mi fiesta les pedí juguetes y útiles escolares para un comedor muy pequeño, donde cada día comían treinta niños. Se reunió bastante. También mi hermana se sumó a la ayuda y llevó todos los elementos para maquillar a cada niña que quisiera pintarse el rostro. Como artista plástica y maquilladora profesional, su trabajo sería maravilloso.
Así fue. El baúl del auto estaba completo.
Nos habían pedido que estuviéramos a las 11:30 porque a las doce se almorzaba. Era importante que nos sentáramos con ellos, y así lo hicimos: pusimos la mesa y ayudamos a servir. Siempre se preparaba comida extra, ya que había niños que traían un recipiente para llevar algo a casa para la noche.
Todo se desarrolló con mucho cariño. Después de ordenar y comer una fruta de postre, llegó el momento de entregar los regalos. Hacer una fila fue imposible, ya que se abalanzaban sobre la mesa. La señora que me acompañaba estaba agotada.
Había un niño de unos once o doce años que pedía y pedía, aunque ya quedaban muy pocas cosas. Eso obligó a la señora a ponerse firme y preguntar quién faltaba.
—Una mano levantada en primera fila gritó: ¡Yo! —No seas pícaro, tú fuiste el que más recibió —respondió enojada.
El niño bajó la vista y, con algunas lágrimas en los ojos, se sentó en silencio en un banco, lejos de todos. Esa actitud llamó la atención de Margarita, que rápidamente preguntó:
—¿Qué te pasa? —Señora, yo pedía para los más pequeños. Ellos no llegaban a la mesa, los más grandes los tapaban. Por eso me quedé sin nada.
Esas palabras la estremecieron tanto que me llamó: —¡Carlos! Pobre, se quedó sin regalos ni útiles.
Lo miré fijo a los ojos, apagados y tristes, y le pregunté: —¿Cómo te llamas? —¡Carlitos! Me dicen Tévez —respondió con una mirada pícara escondida. —¿Ah, eres de Boca? —¡Sí! —dijo orgulloso—. b —Qué lástima, yo soy de San Lorenzo, pero te doy mi palabra de honor de que el próximo sábado traeré un regalo para ti. —¡Gracias! —y se fue corriendo. Vivía en una casita muy precaria, con techo de láminas de metal y suelo de tierra. Era el mayor de seis hermanos.
Los niños se fueron, la comida sobrante se repartió y nada quedó en la olla. Di unas vueltas por el barrio, todos en la misma condición, algunos peor.
Mi sorpresa fue mayor aún cuando, en el umbral de una casa, una niñita permanecía como un testigo mudo de agradecimiento. Lucía en su cara una mariposa. Habían pasado dos horas y ahí estaba, orgullosa de su pintura. Pensé en cómo, con tan poco, podemos darles un momento de felicidad que seguramente nunca olvidarán.
Volví con mi palabra de honor empeñada, con un sabor agridulce en los labios, por las contradicciones de la vida misma. Maestras que les exigían a estos niños un cuaderno de tapa dura con cincuenta hojas, cuando comían de manera salteada.
El lunes temprano fui a la casa de deportes y compré una pelota. Le conté al vendedor lo que había vivido. Me escuchó atentamente. —Le puse en la bolsa con la pelota unas medias de Tévez. ¡Van de regalo!
Agradecí emocionado el gesto.
Durante la semana compré algunos útiles escolares y ropa, y volvimos cargados al comedor. El día estaba luminoso, los niños estaban por comer cuando llegamos. Uno de los encargados me pidió que la bolsa se la diéramos aparte, porque se iban a poner a jugar y luego vendría la comida.
Así fue que fuimos al auto con Tévez, abrí el baúl y le entregué la bolsa. —No juegues aquí, tus compañeros no van a comer. Llévala a tu casa.
Su entusiasmo, su inocencia, sus ojitos brillando en todas direcciones me llenaron de emoción. La emoción de hacer feliz a un niño, al menos por un rato.
Es importante señalar que los responsables del comedor eran Jorge, exconvicto, y su amigo Damián. Este último se había criado en un comedor, nunca conoció a sus padres; esa era su familia.
Por último, me gustaría terminar este relato verídico con una reflexión: Somos canales de abundancia divina. Merecemos todo lo que recibimos, y así como recibimos debemos dar; como damos, recibimos.
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UN AMIGO EN EL BOSQUE
Elspeth Gormley-España
Cuando recibí la noticia de que un lejano pariente me había dejado una herencia en el norte, pensé que se trataba de alguna cantidad de dinero o de unos terrenos sin importancia. Sin embargo, descubrí que mi legado era una pequeña casa situada junto a una aldea cercana al mar, escondida en el corazón de un bosque.
La vivienda era modesta, pero tenía un encanto especial. Un arroyo corría junto a ella, una vieja higuera extendía sus ramas sobre el tejado y el silencio parecía envolverlo todo. Necesitaba algunos arreglos, así que contraté a unos hombres de la aldea para acondicionarla.
Mi intención era quedarme allí una temporada para escribir una novela. Solicité una excedencia, instalé un pequeño estudio y me dispuse a vivir alejada del mundo. Con el tiempo llegaron también algunas gallinas, una cabra y un perro que pronto se convirtió en mi compañero inseparable.
La vida transcurría en calma. Pasaba las mañanas escribiendo y las tardes recorriendo el bosque. Sin embargo, al cabo de unas semanas empecé a notar algo extraño.
Durante la noche escuchaba carreras y golpes en la buhardilla. Por las mañanas aparecía siempre un ratón muerto junto a la puerta.
Pensé que el desván estaba lleno de roedores.
Una noche vi una luz azulada moviéndose tras el pequeño ventanuco de la parte superior de la casa.
Intrigada, subí la estrecha escalera de madera.
Al abrir la puerta de la buhardilla me encontré con algo imposible: una luz flotaba en el aire sin que nadie la sostuviera.
—¿Quién eres? —pregunté.
Tras unos instantes de silencio, una voz respondió:
—Soy Fernando. Fui carpintero en esta aldea.
La voz me explicó que pertenecía a la Santa Compaña. Tras morir, había emprendido el camino junto a otras almas, pero una distracción en mitad del bosque lo separó de la procesión y terminó refugiándose en aquella casa.
—Aquí espero a que vuelvan a buscarme.
Confieso que cualquier otra persona habría salido corriendo. Yo, sin embargo, sentí más curiosidad que miedo.
—¿Y los ruidos de cada noche?
—Los ratones —respondió con evidente disgusto—. Los detesto.
Aquella respuesta me hizo reír.
Resultaba curioso encontrarme ante un fantasma que detestaba a los ratones
Al día siguiente traje un gato de la aldea y el problema quedó resuelto.
A partir de entonces nació una amistad inesperada.
Fernando pasaba las noches conversando conmigo. Me hablaba de las antiguas leyendas ancestrales, de cuevas y de brujas y de las historias que había escuchado durante su larga vida.
Yo le contaba cosas de mi tierra mediterránea, tan diferente de aquellos paisajes verdes y húmedos.
Con el paso de los meses terminé acostumbrándome a su presencia.
A veces sabía que estaba cerca porque alguna silla comenzaba a moverse sola mientras la reparaba. Otras veces veía una regadera elevarse en el aire para derramar agua sobre las hortalizas del huerto.
Mi perro también terminó aceptándolo.
Al principio aullaba cuando veía aquella luz azul descender por la escalera. Después empezó a mover la cola cada vez que aparecía.
En verano fui invitada a participar en una queimada durante la noche de San Juan.
Aquella celebración me impresionó profundamente. El fuego iluminaba los rostros, el conjuro resonaba en la estancia y las antiguas creencias parecían volver a la vida durante unas horas.
Al terminar la fiesta regresé sola por un camino rural.
El coche empezó a calentarse y me vi obligada a detenerme junto a una pequeña casa donde brillaba la luz de una vela.
Me abrió una anciana vestida completamente de negro.
Nada más verme sonrió.
—Te estaba esperando.
Aquellas palabras me sorprendieron.
Le expliqué que debía de estar confundida, pues jamás nos habíamos visto.
La anciana negó con la cabeza.
—Claro que te conozco. Hace siglos fuimos familia.
Después comenzó a contar una extraña historia sobre una vida pasada en la que ambas habíamos muerto acusadas de brujería.
Lo más inquietante fue que mencionó un lunar que yo tenía en la espalda y que nadie podía ver.
Me marché de allí con una sensación difícil de explicar.
Cuando llegué a casa conté la experiencia a Fernando.
La luz permaneció en silencio.
No me dio ninguna explicación.
Y, por alguna razón, aquel silencio me impresionó más que cualquier respuesta.
Poco después llegó una gran tormenta.
Los rayos caían sobre el bosque, el viento hacía crujir los árboles y la lluvia golpeaba el tejado con violencia.
Los animales estaban aterrados.
Yo también.
Sin embargo, aquella noche advertí que la luz de Fernando permanecía junto a mi cama.
Como si estuviera vigilando.
Como si quisiera protegerme.
A la mañana siguiente me habló con una tristeza que nunca antes había percibido en su voz.
—Creo que pronto me marcharé.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Por qué?
—Una anciana meiga de la comarca está a punto de morir. La Santa Compaña vendrá a recoger su alma… y también la mía.
La noticia me entristeció profundamente.
Durante todo aquel tiempo Fernando había sido mucho más que un fantasma.
Había sido amigo, consejero y compañero de soledad.
La noche siguiente me despertó un extraño resplandor.
Miré por la ventana y vi avanzando entre los árboles una procesión silenciosa.
Figuras cubiertas por negras túnicas caminaban lentamente portando luces azuladas y blanquecinas.
Se detuvieron ante la casa.
Entonces apareció la luz de Fernando.
La reconocí enseguida.
Permaneció inmóvil unos segundos frente a mi ventana.
Nos despedimos sin palabras.
Yo levanté la mano.
La luz parpadeó suavemente.
Después se incorporó a la procesión.
Las sombras continuaron avanzando hasta desaparecer en la oscuridad del bosque.
Durante mucho tiempo permanecí contemplando la noche vacía.
El silencio regresó poco a poco.
Y comprendí que jamás volvería a ver a mi amigo.
Aquel fantasma que detestaba a los ratones y que, sin proponérselo, había llenado de compañía mi refugio solitario de Galicia.
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DE GL 581 B
Jaime Hoyos Forero-Colombia
Si este encuentro de cuento y poesía se hubiera celebrado la semana anterior, habría invitado a todos ustedes con mucho gusto a mi segundo matrimonio.
Como el primero, este matrimonio no será eterno en esta vida. Durará máximo 100 años. No tengo aguante
500? -Qué embustero- pensarán algunos de ustedes.
¿500? -Cree que nos va a meter los dedos en la boca -estarán diciendo otros.
Bueno, yo no los puedo obligar a que me crean ni a que digan que mi mujer es la subcampeona del mundo (el récord lo tiene Matusalén con 969 años).
El día de la boda, hace 8 días, no faltó un tris para que el notario, un tipo serísimo, nos mandara con policía a un juzgado para que nos arrestaran por desacato a la autoridad.
-Váyanse a gozar su luna de miel a la cárcel- nos dijo, pero no nos casó, y agregó que el documento de identidad de la novia era falso. ¡Pura ignorancia del notario! Imagínense: no sabía que en 1509, año del nacimiento de mi novia, los colombianos no éramos colombianos sino neogranadinos y que los ciudadanos no éramos ciudadanos sino súbditos del Rey don Fernando II el católico y de su dulce esposita la Reina Isabel y por lo tanto el documento de identidad de mi novia no decía “cédula de ciudadanía” sino: “Cédula Real que el Rey y la Reina de Castilla, Aragón y Navarra confieren a su súbdita Venus María, hija de GL 581 B y de padre desconocido, etc. etc., año del Señor de 1509”. Hay 2 sellos, uno seco en altorrelieve y dos firmas ilegibles en letras de oro.
Pues cómo sería de bruto el notario en cuestión (mi buena educación y caridad cristiana no me permiten revelar su nombre) que todo eso le pareció un chiste.
Fue necesario que el jefe de archivos de la Biblioteca Nacional y un historiador y un químico certificaran la verdad. De esta manera pudimos casarnos. Lo hicimos en la misma notaría de marras, para humillación del notario, quien turbado y de mala guisa, no se atrevía ni a mirarnos.
Creo que ese notario es la primera persona que se ha aguantado las ganas de mirar a Venus María. Y no piensen que ella despierta curiosidad por lo viejita. Nada de eso. La gente se extasía mirándola por su extraordinaria y singular belleza y por su perenne juventud. Su rostro, cuando sonríe, lo rodea un halo fulgente y a veces es necesario bajar la vista para no deslumbrarse. Y su cuerpo, ¡ay, si les hablara de su cuerpo!, este relato se convertiría en un canto de amor, en una oda, en un poema erótico y grandioso. Con decirles que en 1866, cuando Venus María tenía tan sólo 357 años, el poeta Gustavo Adolfo Bécquer anotó en el cuaderno de ella estas palabras mientras se inspiraba mirándola: Mientras exista una mujer hermosa, habrá poesía”.
Y en 1660 Murillo, el pintor sevillano, ofreció a Venus María una fortuna para que le sirviera de modelo de su famosa “Inmaculada”. Ella posó entonces para Murillo pero no aceptó recompensa ninguna por tratarse de un cuadro para la Virgen María.
Ahora mismo yo veo en los ojos de todos ustedes estas preguntas: ¿Cómo hace su esposa para conservarse siempre joven y hermosa?
-¿Por qué ese apellido tan raro: GL 581 B?
-¿Si es verdad todo lo que usted dice, me dirán ustedes, por qué no nos la muestra?
Pues voy a contestar a esas preguntas: GL 581 B es el apellido genérico de los nacidos en el planeta de ese nombre. El planeta GL 581 B está situado en el centro de la Vía Láctea, la galaxia más cercana a la tierra. GL es de un tamaño ligeramente menor que el de la Tierra y está a una distancia de 20 años luz. Es decir, que un vuelo espacial a una velocidad de 20.000 kilómetros por hora, tardaría un millón de años en llegar. Sus habitantes, a pesar de las acechanzas del demonio, nunca le desobedecieron a Dios. Por lo tanto, no hay allí pecado original, de hecho no existe allí el pecado, no han sido castigados por Dios.
En otras palabras los seres que pueblan GL 581 B, no se arrugan, no envejecen, no mueren.
Dios, por medio de sus ángeles, a cada ser terrestre o de GL., en el mismo instante de ser concebido en el vientre de su madre, le coloca en lo más hondo de su primera célula, el alma, siempre inmortal. La diferencia está en que la primera célula de los terrícolas (no el alma) es mortal, sujeta a crecer, reproducirse y morir; mientras que la primera célula de los nacidos en GL es inmortal, como el alma.
El que dude de la existencia de GL y de que allí hay atmósfera como en la tierra y agua y por lo tanto vida, favor confirmar lo que he dicho, esta misma noche, en Wikipedia o en Google.
Estoy contestando, sigo respondiendo las preguntas: hace 500 años, un ángel nuevo, poco experimentado, cometió el pequeño error de colocar en un óvulo humano aquí en la Tierra, una célula primaria de GL, célula desde luego inmortal, siempre joven y eterna. Y así, por accidente, nació Venus María entre nosotros.
¿Que por qué no les muestro a Venus María, mi esposa?
Y…¿Por qué no iría a mostrarla?
Al terminar el encuentro de cuento y poesía, esta noche, los que quieran ver a Venus María, pueden hacerlo si bajan al parqueadero de este edificio: En la cabina de un Ferrari rojo, está esperándome mi esposa. No soy celoso. Comprendo que todos ustedes son mas jóvenes que yo. Sólo les recomiendo no mirarla demasiado tiempo a la cara: su resplandor puede volverlos ciegos.
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GUARDIAN
Marga Mangione-Argentina
Angélica era hermosa como los ángeles que adornaban las paredes de la iglesia del pueblo.
Los cabellos castaños, suavemente ondulados, caían sobre sus hombros como una cascada, la piel era morena y los ojos, de color miel. Su mamá le había dicho que eran iguales a los de su abuela materna, descendiente de rusos, a la que nunca conoció. Tenía solamente catorce años cuando su padre se la entregó a un camionero viejo, sucio y borracho, que a cambio le dio unos pesos que apenas le alcanzaron para comprar un cajón de vino barato. Eran las diez de la noche del último sábado de marzo. El otoño recién comenzaba y había sido un día cálido y agradable, pero la noche estaba bastante fresca. Angélica se apretó contra la puerta del lado contrario al conductor, llorando sin poder comprender lo que le estaba sucediendo. El reloj del tablero del camión marcaba las once, cuando el camionero lo detuvo en la banquina y comenzó a manosearla y a decirle cosas horribles, mientras babeando, trataba de besarla en la boca. Se defendió como pudo; gritando, pateando y arañando. Él entonces la bajó del camión y comenzó a golpearla brutalmente, hasta que se desvaneció. Cuando recobró el sentido, estaba sola en medio de la noche. Sus ropas desgarradas casi no la cubrían y el frío la hacía tiritar. Aterrada, estuvo un largo rato tirada sobre la tierra sin poder moverse, luego se levantó y comenzó mirar a su alrededor. Le dolía todo el cuerpo y las lágrimas corrían por su carita en forma incesante. No podía ni quería reprimirlas; no era solamente por el dolor físico, la angustia y la rabia la asfixiaban. ¡Su propio padre la había puesto a merced de ese ser repugnante que la ultrajó y lastimó de ese modo! De pronto se sobresaltó al darse cuenta que no estaba sola. Unos ojos brillantes la estaban acechando en medio de la oscuridad. Sintió que el pánico la invadía nuevamente y temblando de pies a cabeza, se dejó caer sin fuerzas para atinar a nada. Pero el instinto de conservación le obligó a forzar la vista para descubrir de quién eran esos ojos. Entonces vio a un enorme perro que la observaba agazapado a pocos metros de distancia. Pensó que el animal iba a atacarla, pero curiosamente comprendió que no le importaba, no podía pasarle nada peor que lo que le había ocurrido hacía unas horas. De madrugada, cuando la claridad comenzó a asomar en el cielo, segura de no haberse alejado mucho, decidió ponerse en marcha. Debía caminar hacia el sur, pues sabía que el camionero la noche anterior, había ido hacia el norte. Se levantó con gran esfuerzo y empezó a caminar. Quería llegar a su casa y contarle todo a su madre. Le pediría que le sacase toda esa mugre que la cubría, que curase sus heridas y luego, se dormiría en sus brazos. Su mamá la adoraba y siempre la defendía, ella se encargaría de darle un escarmiento a su padre. Muchas veces los había escuchado discutir porque él quería entregársela a algún peón de las estancias vecinas, a cambio de unos pesos. No buscaba conseguir así ayuda para los suyos, porque no le importaba nada de ellos. No trabajaba y se pasaba borracho el día entero, mientras su mujer trabajaba de sirvienta para poder alimentar a la familia. Lo único que quería su padre, era dinero para poder beber hasta hartarse, como hacía cada vez que tenía con que pagarse los tragos. Y cuando no lo conseguía, era capaz de golpear a su mujer para sacarle los pocos pesos que ganaba para el pan de sus hijos. Angélica caminaba despacio, estaba agotada y sentía un enorme peso en las piernas y el viento había secado la sangre de sus heridas, que a cada momento le dolían más. El sol ya estaba alto, debían ser más o menos las diez de la mañana y pensaba que ya tendría que estar llegando a su casa, que estaba cerquita del camino. Pero comenzó a sentirse asustada al mirar con curiosidad a su alrededor, porque le extrañaba desconocer el lugar por donde se desplazaba. Era muy raro, pues había nacido cerca de la ruta y la conocía muy bien. Comenzó a notar que el paisaje era siempre igual: el camino y a ambos lados, detrás de los alambrados, pastos amarillentos. Ningún árbol. Tampoco había visto gente. Aunque no estaban en temporada, era imposible que no pasara algún auto, micro o camión, habituales en ese camino que conectaba los balnearios con la Capital. Se volvió a mirar hacia atrás y comprobó que a cierta distancia, la venía siguiendo el perro. Era enorme, de pelo corto, completamente negro y estaba todo sucio de barro, igual que ella. El animal se había detenido y la miraba directamente a los ojos. Esa mirada la volvió a asustar, pero trató de acercársele y lo llamó. Al fin de cuentas, por algún motivo que desconocía la seguía y no la había atacado. El perro no acudió a su llamado, se sentó sin dejar de mirarla. Se sintió tan cansada, que se recostó en un matorral de pastos secos y sin darse cuenta, se quedó dormida. Cuando despertó, ya era de tarde, había dormido muchas horas a causa de su debilidad. Tenía, además de miedo, hambre y mucho frío. A unos pocos metros, seguía tendido el perro.
No sabía qué hacer, estaba afiebrada y el terror la paralizaba. Se cubrió el rostro con las manos y comenzó a sollozar, su cuerpo menudito temblaba de pies a cabeza. Entonces el animal se le acercó y comenzó a lamerle los pies descalzos. Fue algo muy dulce que logró serenarla y a pesar de la suciedad que lo cubría, intentó abrazarlo buscando calor y amparo. Esta vez el perro se le acercó dócilmente y se tendió a su lado. Junto a él se sintió protegida. Ana María se había levantado temprano, como todos los días. Le sirvió la leche a los chicos, tomó unos mates amargos y salió al patio para ver si regresaba su marido, que se había ido la tarde anterior con Angélica, su hija mayor, con la excusa de llevarla al pueblo a visitar a sus padrinos. Lo vio llegar solo y completamente borracho. Un presentimiento terrible cruzó por su mente. Corrió hasta la entrada y le preguntó a Dionisio dónde estaba la nena. Él cruzó el portón a los tumbos y sin contestarle, de un tremendo empujón la arrojó al piso. Se levantó presurosa y comenzó a zamarrearlo, clamando desesperadamente por su hija. El hombre volvió a empujarla y la golpeó varias veces con un palo que había arrancado del cerco, mientras le gritaba en medio de una carcajada:
¡Ya podés olvidarte de tu nenita, porque se la regalé a un camionero! Iba para Buenos Aires en un camión nuevito, de color verde. ¡Esa pendeja no servía para nada…, una boca menos para alimentar! ¡Ahora que la mantenga ese tipo…! La pobre mujer, aturdida por los golpes, se recostó contra un árbol. Su marido jamás quiso a Angélica, que no era hija suya. Hacía casi quince años, había estado muy enamorada de un peón golondrina, rubio y de ojos color miel, que al saber que estaba embarazada, la abandonó. Su padre, para evitar el deshonor de la familia, la había casado con Dionisio y desde entonces, su vida fue un infierno. Jamás le contó la verdad a Angélica, ahora estaba arrepentida, si hubiera hablado, tal vez las cosas serían diferentes. Loca de dolor, viendo que su marido caminaba hacia la casa obnubilado por la bebida, temiendo que dañara también a sus hijos más pequeños, recogió del suelo el palo con el que él le había pegado y lo golpeó en la cabeza hasta que el hombre se desplomó en medio de un charco de sangre. Entró a buscar a los niños que lloraban asustados y corrió con ellos hasta la comisaría del pueblo, donde denunció lo que había pasado. La policía comenzó a buscar a la niña, se hizo un operativo por la ruta, pero no había rastros de ella. Nadie había visto ni oído nada. Eran aproximadamente las cinco de la tarde, cuando un automovilista que se había desviado para no pagar el peaje, encontró a la niña deambulando a un costado de la ruta alternativa. Estaba sucia, demacrada y cubierta de sangre. A su lado caminaba un enorme perro negro que le impidió acercarse mostrando fieramente sus dientes. Sin descender del coche, por miedo al animal, le preguntó qué le había pasado, dónde vivía y se ofreció a ayudarla. Angélica, llorando, le contó todo lo sucedido. El hombre horrorizado, le dijo que subiera al auto para llevarla a la comisaría más cercana. Al principio, ella tenía miedo, pero luego accedió con la condición de que llevara también al perro. Antes de que él pudiera responder, la chica abrió la puerta trasera del vehículo, el perro subió y se acostó tranquilamente en el asiento. Angélica tuvo que permanecer dos días internada, a causa de los golpes recibidos, pero se repuso muy bien. Al salir del hospital, se encontró con el perro que estaba esperándola en la puerta. Lo abrazó con ternura y le pidió permiso a su madre para llevarlo a la casa y ella aceptó. Cuando sus hermanitos le preguntaron cómo se llamaba, sin dudar respondió: «Guardián» El Juez que intervino en la causa de la muerte de Dionisio, determinó que Ana María actuó en legítima defensa y el caso se cerró. En cuanto al camionero, fue detenido cuando su mujer lo llevó a un hospital de la Capital, con heridas infectadas. Dijo que hacía dos o tres días, lo había atacado un perro cuando bajó del camión a revisar los neumáticos. Después de curarlo y en rigor de que las heridas eran importantes, los médicos hicieron la correspondiente denuncia. La policía lo interrogó, al relacionarlo con la historia de Angélica, pero él negó rotundamente tener algo que ver en el asunto. Un oficial bastante ducho en sacarle la verdad a los sospechosos, le dijo que traería al perro que estaba con la chica para ver si lo reconocía. Acorralado, confesó que se la había comprado al padre y que quiso violarla. Pero que no lo había logrado, pues tuvo que darse a la fuga ante la furia del enorme animal, que como un fantasma, había surgido de las sombras y lo atacó ferozmente.
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GAME OVER
Andrea Morini-Argentina
Voy a desvelarles el peculiar suceso que me tocó vivir hace algún tiempo, una vivencia que aún hoy, como una sombra persistente, proyecta sus vastas consecuencias sobre mi existencia. Es una historia tejida con los hilos de la incertidumbre y la metamorfosis, un relato que me persigue incluso en la quietud de la noche.
Cierta tarde de mediados de noviembre del año pasado, o quizás del anterior… la memoria, caprichosa, ya no me permite precisarlo con exactitud. Recuerdo, eso sí, que salí, como siempre me sucedía, apurada de la oficina. La prisa era mi compañera constante en el camino hacia mi sesión de terapia semanal. Siempre, una voz interior, la resistencia, me susurraba que no debía ir más, que debía romper con esa rutina. Mas, aun así, a último momento cedía: una fuerza invisible me impulsaba y, por ende, venía el apremio, la carrera contra el tiempo que marcaba mi devenir a diario.
Con paso firme, enfilé hacia la parada de taxis más cercana, mis pensamientos ya en el diván, desmenuzando las ansiedades del día. Pero, antes de llegar a la misma, un brillo en la distancia captó mi atención: un coche desocupado. Como un regalo del azar, le hice señas con la mano, casi por instinto, para que frenara. El chófer, con un movimiento fluido, acercó el auto al cordón y abrió la puerta trasera. Subí, y tras acomodarme en el asiento, le indiqué la dirección hacia donde deseaba viajar, mi rumbo hacia el ritual semanal.
Iba enfrascada en mis asuntos, divagando entre informes y análisis, cuando, de pronto, una vibración ínfima me sacó de ese ensimismamiento. Un zumbido apenas perceptible que, sin embargo, me arrancó de mi burbuja de reflexiones. Sorprendida, busqué en la butaca, suponiendo que el celular se me había caído de la cartera, cosa nada infrecuente, dada mi proverbial distracción. El atolondramiento era ya una marca registrada de mi personalidad.
Encontré un móvil, pero al instante supe que no se trataba del mío. Su diseño, su peso, todo gritaba ajenidad. «Será del anterior pasajero», pensé en aquel momento, con una lógica impecable, aunque teñida ya de una extraña fascinación. La agitación persistía, una llamada insistente, y la tentación de responder se me tornó irresistible, una curiosidad prohibida que me jalaba con fuerza. —Hola —dije, mi voz un poco vacilante, esperando que del otro lado de la línea apareciera el dueño, para así poder entregárselo y librarme de aquel objeto misterioso.
Una voz profunda, cálida y, sin embargo, con una resonancia magnética, respondió. Era muy varonil, seductora y delicada a la vez, una melodía que me envolvió al instante. —Hola, estaba esperando que atendiera —susurró, y en ese murmullo había una intimidad inquietante, como si me conociera de siempre. Añadió, con un empalago que me erizó la piel: —¿Qué tal si le ofrezco cambiar su vida a partir de este momento? ¿Aceptaría? —Dejándome la última palabra expectante, colgada en el aire como una pregunta sin respuesta.
El temor, una ráfaga helada, me asaltó el estómago. La situación era tan inesperada, tan surrealista, que colgué atropellada; mi mano temblaba mientras el móvil se silenciaba. Pero algo, una fuerza ignota y poderosa, me impulsó a no decirle nada al taxista y guardarme el aparato sin más, sin un atisbo de racionalidad. No sabría interpretar de dónde provino ese deseo, esa compulsión irracional, pero es lo que hice entonces. Un objeto ajeno se convirtió, por lo tanto, en mi secreto, un peso en el fondo de la cartera.
Llegué a destino, al consultorio de mi terapeuta, y bajé llevándome el dispositivo conmigo. Me convencí de que tenía la intención de devolverlo, que era un acto de civismo. Sin embargo, ahora, al recordarlo, no lo tengo tan claro. Quizás la semilla de la conversión ya había sido sembrada, y la excusa del retorno era solo una capa superficial para mi creciente embeleso. Terminé de realizar las tareas previstas para esa jornada, las palabras de mi psicóloga resonando aún en mi intelecto, un eco de mis propias zozobras. Me fui directo hacia casa, mi refugio, mi pequeño santuario. Agotada, con el peso del día aún sobre mis hombros, me saqué los zapatos nada más entrar. No hay mayor satisfacción, pensé, que ese pequeño gesto, una liberación, que indica el final de un día de trabajo, el preludio del descanso codiciado. Me preparé un mate, el vapor cálido ascendiendo, y para relajarme, un rito que me traía paz, comencé a escribir unas líneas que tenía dando vueltas en mi cabeza para plasmar en una próxima novela. Necesitaba ordenar mis ideas en una hoja antes de que se perdieran en las nubes del olvido, antes de que el torbellino de la jornada las arrastrara.
Estaba perfilando los avatares de los personajes, imaginándolos con una precisión casi febril, dándoles nombre, edad, gustos, tejiendo sus azares con cada palabra cuando percibí una nueva vibración. Esta vez, las pequeñas sacudidas eran más cercanas, más íntimas. Provenían del escritorio, justo donde había apoyado el trasto descubierto, el teléfono ajeno. Lo había dejado allí con la intención de revisarlo, de ver si alguna pista se revelaba en su memoria, alguna forma de entregarlo a quien lo reclamara. Era mi excusa, mi coartada para mantenerlo cerca.
Atendí, esperanzada y, debo confesarlo, con el anhelo de que se tratara del legítimo propietario de tan peculiar objeto, el eslabón perdido de esta cadena de eventos. —Hola —respondió la voz. Era la misma que había escuchado por la mañana, la que había resonado en la cabina del taxi, ahora más intensa, más cercana—. Temprano le hice una oferta, sigo esperando su réplica —exclamó, esta vez imperativo y exigente, una autoridad implacable que no admitía dilaciones. —Creo que se ha confundido señor —Le respondí, con una convicción que comenzaba a resquebrajarse. Luego, imponiendo una lógica que ya se desvanecía, agregué—, este móvil lo encontré hoy y estoy intentando dar con la persona a la cual pertenece, por lo que, supongo, es con quien usted desea comunicarse, no conmigo —aseveré con total convicción, aunque mi voz ya flaqueaba. —No es así —respondió con un dejo glacial en su voz, un frío que me caló hasta los huesos—. ¿Acaso usted no es Clara Guzmán? —preguntó, y la mención de mi nombre me heló la sangre. Mientras afirmaba a continuación, su voz grave como un trueno distante— La conozco bien, aunque no lo crea.
Una invasión de inseguridad me atenazó el estómago, un puño invisible que me apretaba las entrañas y no me permitía responder. Corté la llamada de forma abrupta, mirando el artilugio como si el mismo encarnase un símbolo del infierno, una puerta a lo desconocido. No podía entender qué estaba pasando y eso me resultó intolerable e inquietante. La madeja de mi vida, tan ordenada hasta ese momento, comenzaba a enredarse. «¿Qué o quién quería algo de mí?», recuerdo que pensé, muy asustada, mientras daba vueltas por la habitación, convertida en un torbellino de paranoia. La pregunta rebotaba en las paredes de mi hogar, una obsesión.
En ese momento, la decisión se forjó dentro de mí como hierro candente: tenía que deshacerme del aparato, dejarlo en algún lugar lejos de mi casa de inmediato. Así que, sin pensarlo dos veces, sin dar lugar a la razón, me dirigí a la plaza que estaba justo enfrente de mi puerta, un oasis de verdor que se convirtió en mi salvación. Bajé las escaleras a toda prisa y crucé la calle apurada, el corazón latiendo desbocado. Con un gesto furtivo, casi criminal, lo apoyé sobre un banco y salí huyendo de allí como si fuera una delincuente, una fugitiva de algo que no podía nombrar. Entré atropellada al que era mi hogar entonces, cerrando con un fuerte golpe, un retumbo que resonó en el silencio de mi alma. Seguía muy intranquila, una zozobra persistente me corroía, aunque, en apariencia, ya estaba a salvo. No sabía bien de qué, qué entidad o qué fuerza me había acechado, pero quería creer que así era al fin, que la pesadilla había terminado.
Traté de serenarme, de encontrar la calma en el caos que se había desatado en mi vida. Decidí continuar trabajando en la trama de la novela, antes de comer algo, aunque lo hice con muy poca convicción. Las palabras ya no fluían con la misma facilidad, el misterio se había incrustado en cada fibra de mi ser. De pronto, una melodía familiar resonó en la habitación. Esta vez reconocí el sonido habitual de mi propio dispositivo, ese que creía seguro en mi bolso. Me sobresalté. «¿Cómo era posible?» Sin mirar la pantalla, por puro reflejo, contesté, y después de dar el saludo inicial, una voz que ya empezaba a fastidiarme, a colmar mi paciencia, alegó: —Solo tiene que contestar, Clara Guzmán, si está interesada en cambiar su vida a partir de hoy, en ese caso, nunca más tendrá que preocuparse por nada —sentenció en un tono de voz perentorio, una orden disfrazada de oferta. Y luego, rompiendo toda barrera, empezó a tutearme, como si fuera un viejo conocido, lo que sumó una nueva capa de escalofrío a mi turbación—. Necesito que afirmes o rechaces lo ofrecido ahora, no vuelvas a colgar, porque no cejaré en el intento, debo saber a qué atenerme, pero sabrás que espero una réplica positiva, por supuesto.
«¿Quién era esta persona que insistía en llamarme, que parecía saberlo todo sobre mí, incluso mi nombre completo?» «¿Por qué necesitaba mi sentencia, mi veredicto, ante su planteo tan enigmático?» «¿Qué sabía de mí, de mi vida, de mis secretos más íntimos?» Las preguntas se agolpaban en mi mente arrasada por los miedos, un torbellino incesante de dudas. Su voz, por un instante, me sonó familiar, como un eco de un pasado remoto, un recuerdo que se negaba a materializarse. —¿De qué se trata todo esto? —respondí, el enojo por la intrusión en mi vida se mezclaba con una creciente intriga—. No sé quién habla, ni por qué me está ofreciendo algo que no pedí. Si no se explica mejor, volveré a colgar —aseveré, mi voz firme, aunque ya sentía la curiosidad rondar, de manera peligrosa, como un animal hambriento a mi alrededor. —Así ya es diferente, puedo explicarte en la medida de tu afán por escuchar —expresó, su voz melosa, untuosa, una trampa de terciopelo, añadiendo con un tono casi sensual—. ¿Sí? —Por favor —le solicité, entregada por completo a la tentación de conocer de qué se trataba toda la cuestión, de desentrañar el interrogante que me envolvía. La resistencia había cedido, el enigma había ganado la partida. —Te propongo participar en un juego, Clara Guzmán, junto con otras personas que también fueron elegidas, al igual que tú —respondió la voz, y la palabra «juego» me pareció extraña, casi infantil, en medio de tanta solemnidad—. Las reglas son sencillas y te serán indicadas cuando corresponda —agregó, callando a continuación, dejando un silencio expectante.
Me encontré diciéndole, mi voz más audaz de lo que creía: —Y… ¿por qué fui elegida? ¿Quién lo hizo? —interrogué titubeante, pero la pregunta ya formulada era imposible de retirar. —Eso no es relevante, Clara. Lo importante es que lo fuiste, que tu sino te ha traído hasta aquí —respondió con una firmeza que no admitía réplicas—. Solo te puedo asegurar que no he sido quien te seleccionó, no es algo que me corresponde hacer. Pero sí puedo precisar la importancia de la propuesta y de la conversión radical que significará en tu vida, para mejor, claro, en el caso de que te interese comprometerte con ella.
Si me retrotraigo a ese momento, a la encrucijada de mi vida, no puedo precisar con exactitud qué me impulsó a consentir esa loca proposición, carente de toda lógica, de toda sensatez. Tal vez, puedo aventurar, que en una vida ordenada como siempre fue la mía, meticulosa y predecible, con pocos matices, una rara aventura no me pareció tan descabellada, tan ajena a mi ser. Además, la idea de que otras personas también estarían inmersas en la supuesta actividad lúdica, me brindaba una extraña sensación de seguridad, de no estar sola en esta locura.
«¿Por qué no?», me dije entonces, algo en mi interior me impulsaba al abismo de lo desconocido. De esa manera, me rendí ante la seducción de lo ignoto, un canto de sirena que me arrastró sin remedio. Desde entonces, todo avanzó a ritmo febril, a una velocidad que mareaba, que impedía asimilar los cambios.
Me citaron en una vieja casona de Villa Devoto, un barrio de Buenos Aires con aires de antaño. El exterior de la casa, un tanto deteriorado, contrastaba con la belleza de su entorno: un hermoso parque lleno de árboles centenarios y flores de mil colores, en una de las clásicas avenidas que engalanan esa zona de la ciudad.
Allí, en ese lugar que parecía sacado de otra época, conocí al resto de los integrantes de tan dudoso grupo, de esa cofradía de lo incomprensible. Todos estaban tan aturdidos como yo, con los ojos vidriosos de recelos, pero cada cual impulsado por alguna necesidad diferente: emocional, material, o la que su raciocinio les diera como justificación para estar ahí. Éramos marionetas de un hado incierto, atadas a hilos invisibles. En principio, la voz, a través de sus emisarios, nos explicó que debíamos superar diversas pruebas o pequeñas tareas. Aquellos que íbamos cumpliendo las fases asignadas en los primeros lugares, continuábamos participando, sorteando cada vez más complejas faenas. El resto, los que no lograban avanzar, suponíamos que eran eliminados y volvían a sus hogares, a la normalidad de sus vidas. Ahora, con la perspectiva del tiempo, entiendo que eso elegimos pensar en aquel momento, una mentira piadosa para apaciguar nuestra propia congoja.
A poco de iniciar la contienda, la competencia, comencé a sentirme mal, el cuerpo reclamaba descanso. Aquello no era un juego, sino una carrera de supervivencia, una lucha por cada aliento. Apenas comíamos, la comida era escasa y sin sabor, y reposar, poco y nada. El sueño era un lujo que no podíamos permitirnos. Por lo cual, el estado general se iba tornando cada vez más agresivo y compulsivo, una animalidad latente que afloraba con cada desafío.
Estaba decidida a ganar, a sobrevivir. Desconociéndome, arremetí con fiereza en cada ciclo, cada obstáculo, sacando fuerzas de donde no las tenía y argucias que no sabía que poseía. Ante cada meta alcanzada, a la vez que seguía adelante, algo dentro de mí se alteraba, se fracturaba, al punto tal de que empecé a sentirme ajena a mí misma, como si el yo que fui se disolviera en el éter. Pero la ambición, una bestia que no conocía, era más fuerte que la conciencia, más poderosa que el remordimiento, así que «¡Adelante!», me decía alentándome, sin vacilaciones ya, hacia lo desconocido. De esta manera, con cada paso, con cada triunfo, entré en este mundo para el cual no creía estar preparada y, en el que, sin embargo, logré subsistir a toda costa.
La voz que me había convencido para entrar en él, nunca más la escuché, se desvaneció como una promesa vacía, a pesar de que busqué en todos los rincones de este universo a su propietario, a esa entidad que había puesto en marcha mi transformación. Creí percibir, cierto día, una sonrisa amiga que se parecía mucho a la de alguien que conocí tiempo atrás, al que amé de forma salvaje, con una pasión que quemaba, pero, como entonces, su rostro se evaporó, se desvaneció como sucede ante la imposibilidad del querer en ciertas relaciones, de aquellos encuentros que no están destinados a perdurar.
Para no aburrirlos con tanta historia, con la dureza de mi ascenso en este destino macabro, volvamos al principio, al origen de mi encierro, a cómo llegué a esta situación sin retorno, a este punto sin vuelta atrás. Uno a uno mis contrincantes se fueron marchando, desvaneciéndose en la nada, mientras continuaba avanzando, lenta, pero inexorable. «¿Hacia dónde?», llegué a interrogarme alguna vez, en un raro atisbo de lucidez. Pero en realidad no tenía respuesta para eso. Era seguir adelante por la simple inercia de hacerlo, acumular más y más triunfos para mi ego personal, sin ninguna necesidad real que atesorar en ello, sin un propósito más allá de la victoria.
En cada etapa, una parte de mí se diluía, se evaporaba cual gota de rocío en un día de verano, mientras me iba convirtiendo en parte del orbe en el cual había aceptado vivir.
Aquí, en este lugar, no paso hambre ni frío, las necesidades básicas están cubiertas, pero la muerte y la resurrección se encuentran cada vez que alguien decide utilizar mi avatar en el juego de roles en el cual estoy inmersa sin poder escapar.
Escribo estas líneas mientras aún recuerdo, con una claridad dolorosa, que alguna vez fui Clara Guzmán, una simple oficinista, antes del próximo instante en que me quede sin energía, se escuche un sonido atronador, como un estruendo que anuncia el fin, y vuelva a pender sobre mí la palabra «Game Over».
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COMPARACIÓN
Carlos Pérez de Villarreal-Argentina
En el Ajedrez, como en la vida, la mejor jugada es siempre la que se realiza – Siegbert Tarrasch
Se acercó con el tablero bajo el brazo y la bolsita de plástico con las 32 piezas aventureras. Siempre nos encontrábamos en el mismo banco de la plaza, con la mesa de piedra como un comensal más. Lo abrió y desplegó. Comenzó a colocar los huéspedes:damas, reyes, caballos, torres, alfiles y peones. Él siempre jugaba con las blancas, nunca quiso perder la «iniciativa”, allí nos quedábamos: jugando, descubriendo, inventando.
Verlo concentrado en las partidas era algo que jamás podría olvidar. La tensión, el rictus de la boca, la cabeza que se movía llena de pensamientos y jugadas anticipadas, la inteligencia puesta exclusivamente al juego enfrentada a dilemas a veces insolubles, la lucha interna por doblegarme como adversario, la crispación de sus manos. Hasta que al final movía una pieza y recobraba su tranquilidad. Roberto andaba por los 80 largos, su cuerpo no lo acompañaba mucho, pero su mente era una máquina calculadora, inteligente y por sobre todas las cosas innovadora.
Estaba planificando una variante de la Defensa Siciliana, que, según él, revolucionaría el mundo ajedrecístico. Superaba todas las conocidas, porque había estudiado en profundidad las jugadas del sacerdote Pietro Carrera, analista italiano del siglo XVI, creador de la famosa jugada.
Durante todo el año, si el tiempo lo permitía, los viernes allí estábamos los dos. Él venía desde su casa mientras que yo salía de la redacción del diario. No sabía dónde vivía. Nunca se lo había preguntado. Él tampoco me lo había dicho. Era por el barrio, pero nunca quiso dar muchas explicaciones. Siempre supuse por sus ropas elegantes pero gastadas, que en algún momento de su vida había tenido un buen pasar. Tal vez la vida se le habría complicado. Cada uno de nosotros lleva su mochila al hombro que a veces pesa poco y a veces demasiado.
Un viernes primaveral no vino, lo esperé en vano otro viernes, otro, uno más. Nunca lo volví a ver. Lo busqué indagando por varios lados, pero nada. Pregunté en la misma redacción, los negocios de la zona: algunos lo conocían por la descripción que les daba, pero no sabían dónde podía vivir. Se había evaporado de mi vida como un soplo en el viento. Allí quedó la nostalgia, sin tener remedio. Una semana antes de Navidad, una señora bastante mayor apareció en el diario buscándome. Traía un envoltorio para mí de parte de Roberto. Había fallecido hacía casi tres meses. Ella era una amiga que cuidaba de él en ciertas oportunidades. Antes de partir le había dejado el recado de entregarme el paquete como regalo de Fin de Año.
Le pregunté de qué había fallecido y su respuesta fue contundente: de vejez. «Nadie muere de vejez», pensé. Pero de qué valía explicarle eso a esta mujer. Le pregunté si necesitaba algo y me explicó que no. Sólo cumplía con el pedido de Roberto Seoli. En esa conversación me enteré por primera vez de su apellido.
Esa noche, ya en casa, abrí el paquete con todo cuidado. Había esperado ese momento con ansias. No lo quise hacer en el trabajo por razones personales. Esto era mío, particularmente mío. Allí estaba el viejo tablero y los 32 trebejos, gastados, ajados, esperándome. En un sobre marrón bien cerrado, encontré una papeleta con diferentes jugadas. La letra pequeña, pareja y bien escrita, reforzaba mi impresión de que Roberto había sido una persona de una gran cultura. En la mesa chica del living, al lado de los sillones, armé todo y comencé a desarrollar lo escrito por él. ¡Formidable! ¡Excepcional! ¡La combinación perfecta! ¡Una variante de la Defensa Siciliana extraordinaria!
Me quedé quieto por un momento recordándolo con su traje raído, sus zapatos charolados de dos colores, el bastón marrón de madera lustrada y esos ojos brillantes cuando realizaba una partida magistral. En base a ella escribí un libro que resultó ser un best-seller para el mundo ajedrecístico. La variante llevaba su nombre. El nombre de un hombre que llevó su imaginación al límite.
Hoy ese tablero sigue allí. Nadie lo toca. No lo permito.
Nunca más jugué en él. Es un sempiterno recuerdo.
Roberto, vos allá andá preparando otra jugada. Yo aquí voy a hacer lo mismo.
Cuando nos encontremos… comparamos.
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¡ME QUIERO MORIR!
Sarah Petrone-Argentina
¡Me quiero morir! ¡Me quiero morir! Es increíble la cantidad de veces que repetimos a diario este latiguillo, siempre que un problema por mínimo que sea nos toca y hace que involuntariamente y sin tener en cuenta la magnitud de lo que significa esto que decimos. ¡Lo decimos! Como un mantra lanzamos al universo una petición que es sólo un exabrupto estúpido e intrascendente, sin medir las consecuencias que ello acarrea. Porque… Alguien… En algún momento, en algún lugar, el cosmos la recibe como petición del inconsciente y la envía como una maldición imposible de conjurar. Entonces el “me quiero morir” cuando un amor nos deja, un trabajo no se nos da, o cuando las ingratitudes de la vida ponen en la balanza de los sentimientos, las pérdidas inesperadas o no, que sólo sopesan los cambios, que no son más que eso, “cambios”. Para bien o para mal. Pero… Cambios. Perdoname amiga, esto parece una sesión de terapia o una tesis aburrida sobre la idea de la muerte. Pero no lo es. Tampoco sé si estás escuchándome. Sólo quiero alentarte como siempre. Morir por amor. Por traición. Por celos. Y una vez más ahora estamos aquí, en terapia intensiva, deseando que todas las pastillas que tomaste se eliminen de tu organismo y te recuperes. Estoy sentada a tu lado sin poder hacer nada. Nada más que mirarte y esperar.
Por tercera vez te encontré tirada en el baño, y otra vez sigo haciéndote el aguante. Pero no olvides que algún día puedo llegar tarde y entonces perderíamos las dos. ¿Sabés una cosa? Conozco a alguien que lo único que repite siempre, es: “No me quiero Morir”. Y lo dice en voz baja porque ya no tiene voz. Por tercera vez su propio cuerpo atentó contra ella y está mutilada como muchas mujeres por un cáncer terminal, y la veo palidecer y adelgazar hasta el extremo, sin remedio. Siempre nos ha dolido en los ojos y en las vísceras, el hambre en el mundo al ver en los noticieros las realidades de la vida. Y ahora, como si fuera poco, otra guerra, en un mundo de bárbaros que igual que en el circo romano, viven como zombis, sin ser vencedores ni vencidos, desangrándose por igual en la inconsciencia de cerebros vacíos, sin fuerzas para gritar si realmente quieren morirse o no, por una ideología que no siempre comparten. Hemos visto el miedo y el dolor en muchos ojos anestesiados a través del alcohol y las drogas, lo que nos formó en la elección de nuestras carreras médicas. Y no te sirvió de nada. Como una cábala, el número tres, marca nuestras vidas. Ésta es tu tercera vez en coma, hoy, hace tres días. Yo, otra vez, tres días que no duermo esperándote detrás de los vidrios de la terapia intensiva, que es lo que nos separa, porque eso es lo que hacen las buenas amigas, ¿no?… Bueno, creo que también lo hago por interés, quiero que te recuperes porque… Compartimos el departamento y si no nos ayudamos con el alquiler, tendría que volver a la casa de mis padres, y ahí sí que diría igual que vos ¡Me quiero morirrr! Hasta en estos momentos me sacás una sonrisa. ¡Qué hija de puta sos! Dale gorda, abrí los ojos. Hacelo por mí. Recordá lo bien que lo pasamos juntas. Extraño tu buen humor, cuando no te enroscás con la realidad que no tiene lógica dentro de tu ilógica obsesión por recuperar lo que nunca fue tuyo. No te quiere, gorda, nunca te quiso y lo sabés. Lo supiste siempre. ¿Te parezco cruel? ¡Abrí los ojos, carajo! ¿Qué le voy a decir a tu hijito cuando te precise? ¿Y a tus viejos? Ya saqué los pasajes para ir al pueblo. Nos están esperando con los brazos abiertos. No les podés hacer esto. Volver de la muerte tiene su precio y sé que me escuchás. Esa pequeña lágrima que noto en tus ojos ojalá barra con las penas de tu corazón. Te voy a ayudar, amiga. Aprendé a quererte.
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ELLA O YO
Yanni Tugores-Uruguay
Ella camina por la orilla de la playa. Una túnica negra le cubre los pies. Arrastra algo pesado en su mano derecha. Camina de un extremo al otro y a mitad del recorrido se detiene. Levanta su cabeza y me observa. Distingo su silueta negra, su rostro enmarcado en una capucha, y sus ojos solo son cuencos blancos y vacíos que me miran fijamente. ¿Tiene rostro? No lo sé. No logro distinguir con claridad; estoy detrás del ventanal de mi apartamento en un noveno piso. Todas las noches la misma rutina: camina de un lado al otro, se detiene, me observa y continúa. Afuera es verano pero aquí, dentro de mí, hace mucho frío. Me canso de mirarla. Giro mi silla y me dirijo al dormitorio. Me acuesto y me cubro con una manta tejida de cuadrados de crochet multicolores que heredé de mamá. Al fin logro dormirme. Amanece. El sol majestuoso se posa en mi cama. Intento abrir los ojos. No puedo. Algo me enturbia el pecho y sella mis párpados. Estiro las manos hasta alcanzar una silla. Me incorporo del lecho y a ciegas me tomo las piernas y las bajo. Logro sentarme. Tiro de la manta y me cubro. Conozco bien la casa, no necesito los ojos para recorrerla. El frío es cada vez más intenso. Me dirijo hacia el ventanal y corro las cortinas. Puedo sentir el sol invadiendo mi cuerpo, pero no logra calentarme. No tengo apetito ni ganas de hacer nada. Un olor nauseabundo se filtra en las fosas nasales. Seguro que son las heces de la gata que no he podido limpiar. ¿Qué puedo hacer si no veo nada? “No importa —pienso— ya lo limpiaré”. Decido quedarme allí, inmóvil, esperando. Mimí, la gata, salta en mi regazo, maúlla y ronronea. Abro el ventanal y salgo al balcón, obviamente el animal se va. Ni idea de adónde fue. Pero siempre regresa. No me preocupo. Percibo que poco a poco se retira el día. Mi olfato se impregna de sal, mis oídos del vaivén de las olas y de las risas de los enamorados que dejan la playa. Siento una luz brillante recorrer mi cuerpo, entonces sé que hay luna llena. Es extraño: ya no tengo frío. Por el contrario un intenso calor me sofoca. Siento que alguien me toma la mano y me incorpora. Puedo sentir el agua en los pies. Me tocan y abro los ojos. Estoy caminando junto a ella por la orilla del mar. La miro detenidamente. Sus ojos ya no son solo cuencos vacíos y blancos, ahora se ven enormes, rojos y un halo de fuego rodea su cuerpo. Ahora entiendo, viene a buscarme, me arrastra con ella pero… ¿adónde? El calor se hace más intenso. Yo no he sido mala. —¡No, no! ¡Por favor, déjame!
Forcejeo y logro soltarme de su mano. Me sumerjo en el mar y nado y nado hasta que no hago pie. ¿No hago pie? ¡Sí, mis piernas se mueven, puedo nadar! Ahora mis ojos ven con claridad. Sabía que había luna llena. Qué bello paisaje. El agua parece estar cubierta por noctilucas destellando su luz. Mi cuerpo, desnudo, se cubre con esos destellos. ¡Qué placer! Nado hasta la orilla y salgo. Aún no puedo creer que esté caminando. Me tiendo boca arriba sobre la arena y observo. Mi piel está tersa y mi pelo recobró el color del trigo. Mis senos lucen turgentes y en mis extremidades no se percibe ninguna arruga. ¡Soy joven otra vez! Me acerco a la orilla y miro mi silueta en el espejo que la luna me regala. Estoy desnuda, debo regresar. Antes tendré que secarme, pero… ¿cómo? La playa está desierta entonces decido caminar de un extremo al otro. A mitad del recorrido me detengo. Levanto mi mirada y veo la figura de una anciana en una silla de ruedas que me está mirando. Al bajar mi rostro, una túnica negra me cubre todo el cuerpo. Comienzo a caminar en la playa de una punta a la otra, mientras mi mano derecha arrastra una pesada guadaña.
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https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png00le-administradorhttps://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.pngle-administrador2026-09-23 11:24:212026-09-23 22:03:31CUENTOS – SEPTIEMBRE
—Papá, ¿quieres café? Él me miró como si la palabra “café” fuera nueva. Como si nunca la hubiera pronunciado. Como si no supiera si le gustaba.
—¿Café? —repitió, despacio, como quien toca una piedra antigua. —Sí, papá. El de siempre. —El de siempre… —susurró, y en su voz había un hueco. Un hueco que antes no estaba.
Me sonrió. Pero no era su sonrisa. Era otra. Una sonrisa prestada, vacía, como si viniera de un recuerdo que ya no le pertenecía.
El café se enfriaba entre sus manos. Yo lo observaba en silencio, intentando memorizar cada gesto, cada parpadeo, cada pequeño destello de lucidez que aún quedaba en él. Porque el Alzheimer te obliga a eso: a guardar momentos como quien guarda agua en las manos, sabiendo que se escapa.
—Papá… ¿te acuerdas de mamá? Lo dije despacio, con miedo. Miedo de la respuesta. Miedo del silencio.
Él levantó la mirada. Sus ojos se llenaron de una luz que reconocí al instante: la luz del amor que no se olvida, aunque la memoria se rompa.
—Mamá… —susurró. Y sonrió. Una sonrisa limpia, verdadera, como un rayo de sol entre nubes.
—Sí, papá. Mamá. —Era… —buscó la palabra, la acarició, la sostuvo— era buena. —Lo era —respondí, sintiendo cómo se me apretaba el pecho.
Se quedó callado un momento. Miró la ventana. Miró el café. Miró sus manos. Y entonces dijo algo que me atravesó:
—A veces… la veo. —¿La ves? —Sí… pero no sé si es recuerdo… o sueño.
Me quedé quieta. No quería romper ese instante. No quería corregirlo. No quería traerlo de vuelta a la realidad. Porque en su mundo, mamá aún estaba viva. Y quizá, en algún lugar profundo, también lo estaba para mí.
—Papá… —le dije, tocándole la mano— si la ves, es porque te quiere. Él me miró. Sus ojos se humedecieron. —¿Tú también me quieres? —Claro que sí, papá. —¿Desde siempre? —Desde siempre.
Y ahí entendí la crueldad de la enfermedad: no solo roba recuerdos… roba certezas. Roba la seguridad de haber sido amado. Roba la identidad. Roba la vida.
Durante dos años lo cuidamos en casa. Mis hijos lo paseaban por el jardín, le hablaban, le contaban cosas que él ya no entendía. A veces se perdía dentro de su propia casa. A veces buscaba a su madre, como un niño. A veces se despertaba de madrugada, convencido de que tenía que ir a trabajar, aunque hacía décadas que no trabajaba.
Y cada día era más difícil. Cada día se nos iba un poco más. Cada día dejaba de ser él.
Hasta que llegó el momento que nadie quiere enfrentar: la decisión.
La decisión de ingresarlo. La decisión que te rompe. La decisión que te hace sentir culpable aunque sepas que es lo correcto.
El día que tuvimos que llevarlo al centro fue el más difícil de mi vida. No porque él protestara —ya no entendía del todo lo que pasaba— sino porque yo sabía que ese paso era una frontera. Una puerta que, una vez cruzada, ya no se abría hacia atrás.
Lo acompañé despacio por el pasillo. Él miraba las paredes como si fueran nuevas, como si nunca hubiera visto un pasillo, como si cada cuadro fuera un misterio. Yo llevaba su bolsa con ropa, pero sentía que cargaba algo mucho más pesado: la certeza de que mi papá ya no estaba ahí desde hacía tiempo.
Su cuerpo sí. Su presencia física sí. Pero él… él hacía meses que se había ido a un lugar donde yo no podía alcanzarlo.
La habitación era sencilla. Una cama, una ventana, una mesita. Él la miró con curiosidad infantil.
—¿Aquí…? —preguntó. —Sí, papá. Aquí vas a estar cuidado. —¿Cuidado…? —Sí, papá. Muy cuidado.
Se sentó en la cama. Movió las manos sobre la colcha como si fuera una textura nueva. Yo lo observaba, intentando no romperme. Pero me rompí igual.
Me acerqué. Le acomodé el jersey. Le acaricié la cara. Él me miró… pero no me reconoció.
—¿Quién eres? —preguntó, con esa voz suave que ya no era suya. Sentí que el mundo se me deshacía. Pero sonreí. Porque el Alzheimer te obliga a sonreír incluso cuando te estás cayendo.
—Soy yo, papá. —¿Yo…? —Tu hija. —¿Hija…? —repitió, como si la palabra fuera un juguete nuevo.
Cuando me fui, lloré en el coche. Lloré como nunca. Porque entendí que mi papá se había ido hacía mucho tiempo. Que lo que quedaba era su cuerpo… pero no él.
Las semanas pasaron. Yo iba a verlo cada siete días, como un ritual. A veces me reconocía. A veces no. A veces me llamaba por un nombre que no era mío. A veces me miraba como se mira a un desconocido amable.
Un jueves llevé conmigo el viejo tablero de ajedrez. Papá había sido un jugador excelente, de esos que no necesitan pensar porque la estrategia les nace sola. Lo coloqué sobre la mesa de su habitación, sin decir nada. Solo abrí el tablero y puse las piezas en su sitio.
Él estaba mirando la ventana. Pero cuando escuchó el leve sonido de la madera al tocar la mesa, giró la cabeza. Sus ojos, apagados desde hacía semanas, se encendieron de repente. Una chispa. Un destello. Un recuerdo que peleaba por volver.
—Papá… mira. Él se inclinó hacia adelante. Tocó un peón con la punta de los dedos, como si fuera un objeto sagrado. Lo levantó. Lo observó. Y sonrió.
—Esto… —murmuró. —Sí, papá. El ajedrez. —El ajedrez… —repitió, y por un instante, muy breve, volvió a ser él.
Movió un peón. Un movimiento simple, casi infantil. Pero yo lo sentí como un milagro. Porque durante esos minutos, aunque fueran pocos, aunque fueran frágiles, mi papá regresó.
Otro día llevé música. La música que él había amado toda su vida. Le coloqué los auriculares con cuidado, como si fueran alas. Conecté el lápiz de memoria. Y esperé.
Al principio no reaccionó. Pero cuando sonó la primera melodía, levantó la cabeza. Sus ojos se humedecieron. Y empezó a mover los dedos, siguiendo el ritmo. Un ritmo que su cuerpo aún recordaba aunque su mente ya no.
—Papá… ¿te gusta? Él no respondió. Pero sonrió. Una sonrisa pequeña, temblorosa, pero verdadera.
Durante unos minutos, la música lo sostuvo. Lo abrazó. Lo devolvió a sí mismo.
Pero también eso lo perdió. Un día ya no movió los dedos. Otro día ya no reaccionó. Y finalmente, la música se convirtió en un sonido más, sin significado, sin memoria.
Yo seguí llevándola igual. Porque aunque él ya no la reconociera, yo sí. Y necesitaba sentir que algo de su vida seguía ahí, aunque fuera solo para mí.
Y un amanecer de otoño, me llamaron. Me dijeron que mi papá se había ido.
Me quedé quieta. No lloré. No grité. No me derrumbé.
Porque mi papá… mi verdadero papá… se había ido hacía mucho tiempo.
Ese día solo se fue su cuerpo. Lo último que quedaba de él en este mundo.
Me acerqué a la ventana. Respiré hondo. Y pensé:
“Papá, ahora sí estás libre. Ahora sí estás entero. Ahora sí recuerdas todo.”
Y por primera vez en mucho tiempo… sentí paz.
El Alzheimer me enseñó que hay despedidas que empiezan mucho antes de la muerte. Mi padre se fue hace tiempo; hoy solo se ha ido su cuerpo.”
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A LAS DOCE Y DOCE
Derec Alcántara Tello- Perú
Intenté descifrar lo que habitaba en tu mente. Y, cuanto más lo intentaba, más me perdía en la mía.
Hay una culpa extraña en sobrevivir a ciertas cosas. Nunca sabes si hiciste todo lo posible o si simplemente aprendiste a convencerte de que no había nada más que hacer.
Durante mucho tiempo pensé que el karma me estaba castigando. No por haberte amado, sino por no haber sabido cómo hacerlo.
Qué curioso. Hubo un tiempo en que un mensaje tuyo bastaba para arreglarme el día. Hoy tengo miles de palabras guardadas que ya no saben a quién llegar.
A veces imagino que, si pudiera volver atrás, haría todo diferente. Después recuerdo que probablemente volvería a cometer los mismos errores. Porque nunca fue falta de amor. Fue falta de tiempo, de valor y de entendernos cuando todavía podíamos hacerlo.
Hay un reloj dentro de mi cabeza que dejó de funcionar hace mucho. Se quedó detenido a las doce y doce. Desde entonces, todos los recuerdos regresan a esa misma hora, como si el tiempo hubiera decidido conservar intacto el instante exacto en que todo terminó.
Y lo peor es que sigo hablándote. No porque espere una respuesta, sino porque todavía existe una parte de mí que se niega a aceptar que el silencio también puede responder.
Quizá algún día deje de escribirte. Quizá algún día deje de buscarte en personas que nunca fueron tú. Pero hoy todavía me duele admitir que intenté entender tu mente y terminé perdiendo la mía.
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A MIS 83 AÑOS
Inés Dagand-Argentina
A mis 83 años sigo pensando que cada día que amanece es un camino nuevo por recorrer, un capítulo en blanco que espera ser escrito. Me gusta levantarme con la ilusión de descubrir qué me traerá la jornada, porque siempre aparece alguna sorpresa. Por eso nunca me gustó la monotonía; me aburre. Prefiero la creatividad, imaginar, soñar y mantener viva la curiosidad.
Los días pasan muy deprisa. Quizá por eso he aprendido a valorarlos más. Disfruto de las cosas sencillas, de abrir los ojos por la mañana y agradecer que estoy aquí un día más. La vida es un regalo, y creo que nunca debemos dejar de dar las gracias por ella.
Siempre he pensado que la vida es servicio. Me acompaña una frase que siento muy verdadera: quien no sirve para servir, no sirve para vivir. Me gusta ser útil, ayudar cuando puedo, tender una mano o regalar una palabra de ánimo. Al final, lo que dejamos en los demás es lo que realmente importa.
También he aprendido que somos afortunados por la gente buena que encontramos en el camino. De todos se aprende algo. La vida es una escuela permanente y cada persona que conocemos nos deja una enseñanza, una reflexión o un recuerdo.
Cuando amanece un día espléndido y el sol asoma temprano, siento ganas de abrir las ventanas y dejar entrar el aire nuevo. Me gusta respirar profundamente y sentir que comienza otra oportunidad. Son momentos pequeños, pero llenos de belleza.
En casa nunca estoy del todo sola. Mi mascota me acompaña y me protege con esa fidelidad silenciosa que solo los animales saben ofrecer. Su compañía hace más cálidos los días.
No siempre tengo grandes historias que contar. A veces solo puedo decir que agradezco estar viva, que agradezco el cariño de los míos y que disfruto de las visitas de la familia y los amigos. Unas noches vienen mis sobrinos, otras comparto la mesa con un matrimonio amigo. Son encuentros sencillos, pero llenos de afecto, y eso basta para llenar el corazón.
Me alegra también ver triunfar a las personas que ponen amor en lo que hacen. Cuando alguien recibe un reconocimiento merecido, siento una alegría sincera. Esas cosas son una caricia para el alma y una recompensa a la entrega, al esfuerzo y al trabajo bien hecho.
Hay alegrías y también sinsabores, porque así es la vida. Pero incluso en los momentos difíciles siempre intento encontrar algo que aprender. Con los años he comprendido que vivir no consiste en que todo salga bien, sino en saber agradecer incluso aquello que nos enseña mientras duele.
Nunca imaginé que acabaría escribiendo. Durante muchos años pensé que eso era algo reservado para otras personas. Sin embargo, un día alguien me animó a expresar lo que sentía y descubrí que las palabras también podían ser mi manera de abrazar.
Ahora escribo como hablo, desde el corazón. Escribo porque la vida me sigue emocionando, porque sigo teniendo sueños, porque me gusta compartir lo aprendido y porque cada amanecer me recuerda que todavía quedan páginas por llenar.
Y mientras pueda abrir una ventana, respirar el aire de la mañana, disfrutar de la compañía de quienes quiero y dar gracias por un nuevo día, seguiré sintiéndome una mujer afortunada.
Con una sonrisa, un abrazo cálido y una suave brisa de primavera.
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CON EL SOL A CUESTAS
Enrique Fredy Díaz Castro-México
Trotando en la amalgama de recuerdos que se apretujan cuando el asueto se adueña de estas tardes salpicadas de nostalgia y de lluvia pertinaz, sustraigo aquellos en los que mi niñez arrobada en juegos, tareas escolares y el afán por jugar basketbol como lo hacían mis tíos y primos (a los que no les podía ganar por más que practicara al salir de clases) me detengo en momentos como en los que había que irle a llevar a ayudar a mi papá en leves actividades en la pequeña milpa. Cosechar el maíz, el frijol y el arroz, era un quehacer sin límite de tiempo para él, por eso yo, el mayor de siete hermanos, cumplía con la encomienda que fijaba ese gran señor que fue mi padre, mientras mi madre con su abnegación y sencillez cuidaba de la casa, de mis hermanos y de la cocina con esa disciplina tan suya y tan callada.
La felicidad pródiga y singular que me rodeaba, no alcanzaba a dimensionarla pero la alimentaba con el hecho de ver a toda ni familia unida, platicando y bromeando, correteando con mis hermanos y primos en el patio de la casa de los abuelos maternos, principalmente cuando vaciaban los costales de café capulín a secar al sol y con rastrillos de tabla los distribuían uniformemente para que el paulatino secado cobrara forma.
No pocas veces el abuelito Juan o la abuelita Chela nos regañaban por dejarnos caer en los gránulos de café recién cortado (Dios los tenga en la Eterna Gloria) aunque también ayudábamos en lo que podíamos bajo la supervisión de algunos de los tíos cuyas enseñanzas aún perduran.
Los cocoles, culrbrinas y papalotes que con finas tiras de palapas nos hacía el abuelito Juan eran verdaderas obras de arte, amarradas con hilo del oso del número cinco, cubiertas con papel de china de vistosos colores, pegados con la goma de sasaniles maduros. Los cocoles o papalotes, iban arqueados en la parte superior por un hilo al que adhería un resumbador hecho con una tira de papel.
Esos retazos de lejana felicidad infantil, son como fotografías de viejo álbum serenando la mirada y removiendo al corazón con ese compás que anuncia sonrisas inesperadas y silenciosas, mientras me traiciona una que otra lágrima indiscreta por el gusto de la evocación, incontenible pasajera del avión de esos ayeres bonito6e irrepetibles.
Mis padres, mis hermanos, mis demás familares, amigos y conocidos, nos forjamos el destino con el sol a cuestas y con la brisa de aquellas alboradas y atardeceres irradiando una felicidad que hoy seguimos viviendo pero con otros matices, otros sueños y con la familia que hemos construido al paso del tiempo, remando en la corriente que la vida dispuso para esta nave que diestra esquiva piedras y rápidos entre aguas de todas tonalidades y al compás del viento amigo y el tic tac del reloj imparable y sutil.
Anochecer del lunes 7 de septiembre de 2026.-
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HABLAR CON LA LUNA
Margarita Filiputti-Argentina
En un momento de lucidez, logró burlar la guardia y corrió hasta la plaza de la esquina, a embriagarse con el aroma de los jazmines.´
Agazapado entre los ligustros lo sorprendió la noche, plagiando lunas, escudriñando secretos de plata, que en la vorágine alocada donde pasa sus días, nunca nadie le confesó. Y de sus ojos inciertos, brotaron flechas escarlata, indagando, queriendo saber algo de ese oscuro pasado.
…Tan oscuro, tan gris, que borró de su mente todas las imágenes. —¿Cómo escapó? —retumban en el silencio las voces vehementes.
Al oírlas, un miedo ensordecedor lo paraliza. Como siempre, sabe que lo encontraran y se acurruca como un animal herido.
Los hombres de blanco están ahí. Sin explicar nada, lo llevan una vez más al tétrico pabellón de las almas marchitas.
Asomados a los mugrosos pasillos, los rostros sin luz lo reciben balbuceando frases incoherentes; mientras el fugaz sueño de hablar con la luna, se desvanece y se pierde en los intrincados laberintos de la locura.
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CAMINATA
Carlos González Saavedra-Argentina
Vivo en un pueblo de casas de tejas coloradas. Con palabras que encierran un pasado que ya no existe. Palenques sobre calles arboladas, en cuadras empedradas. Como la entrada a una estancia.
Con sus bosques de acacias. Donde los rayos del sol, se filtran entre ramas.
Con vecinos que miran y no dicen nada. Otros saludan, con una sonrisa franca, como si nada.
Un silencio me acompaña, los pájaros cantan. No quiero interrumpir su canto, esta mañana.
Camino sobre las calles, como detenido en el tiempo. Encuentro, quintas escondidas por dónde camina, plácidamente mi alma.
Silencio y belleza de ligustrinas bien cortadas. Con céspedes prolijos. Solo a cuadras del intenso tránsito de la vida cotidiana.
Algún jardinero podando, otro regando plantas, mientras el silencio habla .Cielo sin nubes, verdes y plantas.
¡Caminar, me hacía falta!
Casas de fin de semana, que guardan secretos de los que nadie habla. A pesar de historias cotidianas sobre casas abandonadas.
Voces que ya no hablan, memorias guardadas.
Semblanza de un pueblo de casas de tejas coloradas, por dónde camina placida mi alma.
Donde todo es aprendizaje y enseñanza.
Contrastes de la vida misma.
¡Cuánta falta me hacía caminar, cuánta!
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LA MUJER QUE TENÍA MIL MENSAJES Y NI UNA VOZ
Elspeth Gormley-España
Se llamaba Clara. Tenía cincuenta y tres años, dos teléfonos, tres cuentas de correo, cuatro redes sociales y una vida llena de notificaciones… pero vacía de personas.
Cada mañana, al despertar, su móvil vibraba como si el mundo entero la buscara. Mensajes, alertas, correos, anuncios, recordatorios. Un ruido constante. Una compañía falsa.
Clara respondía a todos. A veces con un emoji, a veces con un “ok”, a veces con un audio rápido. Parecía acompañada. Parecía conectada. Parecía rodeada.
Pero cuando apagaba la pantalla, el silencio era tan grande que podía escucharse a sí misma respirar.
La soledad no era nueva. Había empezado años atrás, cuando sus hijos se fueron, cuando su matrimonio se apagó, cuando sus amigas empezaron a tener vidas que ya no coincidían con la suya. Pero la soledad digital era distinta: era una soledad llena de ruido, una soledad que no se nota desde fuera, una soledad que se disfraza de compañía.
Un día, Clara se dio cuenta de algo que la golpeó como una verdad incómoda:
Tenía cientos de conversaciones… pero ninguna vida compartida.
La gente le escribía, sí. Pero nadie la miraba a los ojos. Nadie le tocaba la mano. Nadie le preguntaba cómo estaba… para escuchar la respuesta.
Una tarde, mientras preparaba café, su móvil vibró con fuerza. Un grupo de WhatsApp. Diecisiete mensajes en un minuto. Memes, fotos, audios, chistes.
Clara los leyó todos. Sonrió. Respondió con un corazón.
Y luego, sin saber por qué, se echó a llorar.
Lloró de golpe, como si alguien hubiera abierto una compuerta dentro de ella. Lloró por la falta de abrazos. Por la falta de voces reales. Por la falta de presencia. Por la falta de vida.
Lloró porque se dio cuenta de que nadie sabía que estaba llorando. Nadie. Ni uno solo de los que le escribían.
La soledad digital es así: te rodea de gente que no está. Te llena de palabras que no tocan. Te acompaña sin acompañarte.
Clara decidió salir a caminar. El móvil vibraba en su bolsillo, insistente, como un niño caprichoso. Ella no lo miró.
En la calle, la gente caminaba rápido, mirando pantallas, hablando sin hablar, viviendo sin vivir. Clara se sintió invisible. Pero también se sintió libre.
Se sentó en un banco. Respiró hondo. Miró el cielo. Miró a la gente. Miró sus manos.
Y entonces entendió algo que le dolió… pero también la despertó:
La soledad no era que nadie la buscara. La soledad era que nadie la veía.
Ese día, Clara apagó el móvil. No lo silenció. No lo puso en modo avión. Lo apagó.
Por primera vez en años, escuchó el mundo sin filtros. El viento. Los pasos. Las voces. La vida.
Y también escuchó algo que había olvidado: su propia alma.
No dejó las redes. No dejó los mensajes. No dejó la tecnología. Pero dejó de confundir ruido con compañía, pantallas con personas, mensajes con afecto.
Clara aprendió a buscar miradas. A buscar voces. A buscar manos. A buscar presencia.
Porque la soledad digital no se cura con más mensajes. Se cura con más vida.
“En un mundo lleno de pantallas, Clara descubrió que la verdadera conexión no vibra: respira.”
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DIOS, LA POESÍA Y LOS POETAS….
Marga Mangione-Argentina
Dios estaba preocupado. Había puesto en el mundo a los hombres para que la raza humana reinara sobre todo lo que existía, para que cuidaran la tierra, admiraran la belleza de la Creación y convivieran en armonía con cuanto les rodeaba. Sin embargo, observaba con tristeza que el hombre vivía continuamente entre guerras fratricidas, enfrentamientos absurdos y disputas interminables en las que afloraban sus más bajos instintos. Cualquier motivo parecía suficiente para desencadenar la violencia: un trozo de tierra, una mujer, un caballo o un simple desacuerdo. Una palabra mal interpretada bastaba para que los hombres se enemistaran y pelearan hasta la muerte. Dios contemplaba aquellos actos con desazón, porque aquello no se parecía en nada al mundo que había imaginado cuando creó a los seres humanos. Él deseaba una humanidad capaz de compartir, comprender y amar. Quería otra cosa para su Creación.
Vigilaba constantemente a aquellos hombres y mujeres que había formado a su imagen y semejanza. Desde el cielo observaba cómo repetían una y otra vez los mismos errores, incapaces de aprender de sus sufrimientos. Como castigo, les enviaba pestes y calamidades, esperando que la adversidad les enseñara prudencia y compasión. También confundió sus lenguas para ver si, al no comprenderse entre sí, disminuían los enfrentamientos y se veían obligados a buscar otros caminos para relacionarse. Pero nada parecía dar resultado. A pesar de todas las pruebas y advertencias, seguían peleándose por cualquier motivo. La guerra se había convertido en una costumbre y la rivalidad en una forma de vida. Eran guerreros por naturaleza, o al menos eso parecía.
Una noche, cansado de pensar en nuevas maneras de corregir a los hombres y de encontrar un remedio para aquella violencia interminable, decidió descansar en el Paraíso. Mientras reposaba y contemplaba la inmensidad del firmamento, escuchó de pronto una voz dulce y melodiosa que ascendía desde la tierra. Aquella voz viajaba acompañada por las notas de un instrumento que no recordaba haber creado y que producía una música tan hermosa como desconocida. Las palabras hablaban de amor, de esperanza y de los sentimientos del corazón humano. Dios permaneció inmóvil, sorprendido. Hacía mucho tiempo que no escuchaba algo tan bello salir de la boca de un hombre.
Intrigado, se asomó por detrás de una nube para ver mejor al dueño de aquella voz. Lo encontró refugiado bajo la sombra de unos frondosos árboles, cantando con serenidad, como si el mundo entero desapareciera mientras entonaba sus melodías. Dios quedó maravillado. Por un instante olvidó sus preocupaciones y se dejó llevar por aquella música que parecía capaz de devolver la paz incluso a los corazones más agitados. Entonces decidió descender para conocer a aquel extraño cantor.
Su voz retumbó como un trueno entre las copas de los árboles cuando preguntó:
—¿Quién eres, y quién te enseñó a cantar de una manera tan hermosa?
Al principio, el hombre se asustó ante la presencia de ese Ser extraño, que brillaba más que el sol, y que le hablaba con una voz tan fuerte y tan profunda. No atinó a contestar nada, pero ante la insistencia de Dios, le dijo con voz trémula: -Soy un Juglar… y voy por el mundo llevando las noticias de los acontecimientos que suceden, por medio de mis canciones. De otro modo, no se enterarían en otros pueblos, por ejemplo, lo que sucede aquí. Dios se sorprendió mucho de lo que este hombre le decía. Había estado tan ocupado en solucionar el problema de las guerras, que no se había percatado de la presencia de los Juglares. El que tenía adelante, siguió diciendo: -También cuando regreso, traigo noticias de otros lugares. Lo hago a cambio de un vaso de vino, y un trozo de pan y queso, únicamente… Soy bien recibido en cada sitio que visito. Sobre todo, por las damas, que me esperan para que les cante canciones de amor. Pero también los hombres necesitan de mí, para conocer las novedades del mundo. ¡Me quieren y aprecian lo que hago! Dios sonrió y le dijo cariñosamente: -¡Muy bien, Juglar, te felicito! ¡Sigue haciendo eso por todo el mundo! Yo voy a ayudarte parea que te respeten y te cuiden… Y pensó satisfecho: De ese modo, se acabarán las guerras. Entonces, ya más tranquilo, se volvió al cielo. Pero las guerras, lejos de acabar, siguieron creciendo y cada vez eran más sangrientas, porque el hombre, en su deseo de conquista, inventaba armas, cada vez más letales. Dios consideró que, si los escarmientos eran inútiles, entonces tendría que darle al ser humano un modo para que las buenas noticias llegasen más rápidamente de un pueblo a otro. Eso los haría más buenos, y pondría fin a las eternas peleas. Pensó y pensó, y se le ocurrió ordenarle a los Fenicios, que inventasen un modo de escribir por medio de signos que todos pudieran comprender. Así nació la escritura griega y la latina. De ese modo, volcando en un trozo de piedra, madera, papiro o tela, las canciones de los Juglares, éstas llegarían a todos los lugares de la tierra donde hubiese gente. ¡Esa sería la solución! Los seres humanos ocuparían gran parte de sus días leyendo, entonces, no tendrían tanto tiempo para pelear. Así comenzó a escribir el hombre. Pero era un trabajo titánico, pues había que hacerlo a mano, y cada libro llevaba varios meses para ser escrito. Pasaron muchos siglos y no se adelantaba mucho. Siguió pensando Dios, y se le ocurrió que un sabio llamado Gutenberg, inventara la imprenta de tipos movibles de metal. Este hombre, asociado a otros, como Johann Fust, luego con Albert Pfister, y después con Piter Schoeffer, quien introdujo ciertas modificaciones en el nuevo descubrimiento, lograron editar libros. En realidad, el primero que se imprimió fue la célebre Biblia de 42 líneas. Pocos años después, la imprenta era conocida en todo el mundo antiguo o moderno. Satisfecho, Dios creyó haber logrado por fin, que la paz reinara en la tierra. Pero los libros, lejos de traer la felicidad tan anhelada por Él, eran utilizados para enseñar las artes de la guerra. Cada vez se editaban menos libros de poesía, religión y amor, y más libros de magia negra, pornografía y estrategia en el arte de la pelea. Y, además, eran pocos los que sabían leer y escribir. Hizo que se crearan las escuelas, pero solamente los hijos de los ricos estudiaban. Y eso no era suficiente. Dios se enojó mucho. En realidad, estaba furioso. El hombre, su mayor creación, lo había desafiado por siglos y siglos. ¡Tenía que hacer algo para que esto cambiara! Pero… ¿Qué? Había probado muchas maneras diferentes sin resultado. Y fue entonces cuando se dio cuenta de algo muy importante: donde había poetas reunidos, nadie se peleaba. Todos compartían sus escritos en un ambiente de armonía y paz. Luego, cada uno se volvía a su hogar enriquecido a su vez, con lo que había recibido de sus colegas. ¡Ésa era, al fin, la solución! Tenía que sembrar poetas por toda la tierra. ¡Claro que sí! ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Y así lo hizo. Por eso hoy, en cada comunidad, en cada gran ciudad o pequeño pueblo, los poetas se reúnen a leer sus poesías y en el momento en que ellos leen, comparten o intercambian sus obras, el mundo se detiene, y en él, ¡reina la paz!
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CINCO MARIDOS Y UNA MUJER
Ángel Medina-España
Noelia era una belleza exótica. Para hacerse una idea, recuerde el lector la exuberancia de la Loren en su juventud. Grandes ojos, pómulos prominentes, boca jugosa y una melena zahína que se desparramaba sobre sus hombros como una cascada.
La mujer recordaba lo que había sido su vida hasta entonces.
Se había casado a temprana edad y era feliz. Pero, el destino es cruel y pronto retira las mieles y trae hieles. Enviudó y volvió a contraer nupcias. Así hasta cinco veces. Todos sus esposos habían pasado por una misma experiencia: acudir a la cita con la muerte mediante un accidente, ser hallados vivos al cabo del tiempo y quedar traumatizados como consecuencia del mismo, hasta que posteriormente lograron recuperar la memoria.
Escarmentada, se propuso nunca más probar suerte en el amor y para alejarse de los recuerdos nada mejor que un viaje. Al regreso se encontró con cinco cartas. Pronto pudo identificar las grafías como procedentes de cada uno de los cinco desaparecidos. Todos y cada uno de ellos le anunciaban haber salvado su vida milagrosamente y regresaban a casa con su mujercita, ignorando la situación que se había originado.
¿Qué hacer con una coyuntura tan enrevesada? Cada cual consideraba ser su marido legítimo, pero ella sabía que no era posible tal grado de macro-bigamia, por lo que decidió acudir al juez.
El instructor propuso que convivieran todos juntos. Pero Noelia, que además de guapa y sensual era virtuosa, no acepto la propuesta. Entonces, como nueva medida, arbitró que se alternasen cada uno como pareja itinerante durante un tiempo. Aquello le pareció una mojigatería, pues se le antojaba ser una mujer pública que permuta su intimidad con distintos varones, y ella, aunque muy reque casada, era toda una señora. Entonces, el regulador le planteó que echase a suerte para ver a quién le tocaba quedarse con ella, pero esta medida tampoco satisfizo a la mujer, al no considerarse el osito de feria que se obtiene como premio en una rifa. ¿Y si de disolvieran los matrimonios y ella los indemnizase? Tampoco resultó posible, pues la muchacha era bella, pero también pobre.
¿Qué hacer? ― pensaba para sí el Magistrado, contemplando en su interior que bien podría relatar a sus nietos al jubilarse tan complejo relato, seguro de oírles responder aquello de “Abuelo, no nos cuentes historias”.
Lenta, progresivamente, comenzó a fraguar en su testa una genial idea. ¿Por qué no recurrir a “él” o algo similar? Nada perdía con intentarlo, porque el caso no podía ser cerrado en falso y alguna salida tendría que haber. Meditó un buen rato, imaginando la escena del rey sabio, con el niño en sus brazos y las dos mujeres asustadas al escucharle decir que lo dividiría en dos mitades, una para cada una de ellas.
El silencio se hizo cortante como el cuchillo que penetra en la niebla densa para abrir paso a la palabra. Finalmente, sentenció con tono solemne y salomónico.
― Siendo el amor ciego ha de estar predispuesto a la entrega total e incondicional. ¿Y qué mayor consagración- les interpeló a los cinco- que la de entregar el máximo don que se posee, esto es, la vida? Así, pues dicto sentencia. Noelia les ofrecerá a ustedes una bebida que contiene cianuro. Sólo una de ellas no lo tendrá. El que viva, se constituirá en su marido. ¡A fin de cuentas, todos ustedes estaban muertos!
Al conjuro de sus palabras, los cinco hombres se miraron con cara de sorpresa. Ciertamente, ninguno esperaba una sentencia de tal calibre. Sólo el amor verdadero es capaz de darse por completo. Lentamente comenzaron a desfilar ante el estrado. Todos iban en actitud cabizbaja. Sólo uno permaneció allí. Era el primer marido. Había decidido arriesgar su vida con tal de ganar su amor. Y en aquel punto entendió ella quién la amaba de verdad. En aquel reducido espacio judicial se proclamó el renacido matrimonio. Y es que el amor es el único capaz de arriesgar los miedos que todos llevamos dentro.
La sala se había vaciado. Cuando todos salieron, habiendo quedado sólo el togado, vertió la bebida de las copas en una sola, ingirió el líquido para calmar su sed y abandonó el estrado sonriente, satisfecho por su sentencia. Salomón había actuado bajo la especie del agua.
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CLARIDAD
Cecilia Pari Silva (Khaekha -Perú
Aquella mañana decidí acercarme al ventanal de su casa, el que daba al patio principal. Lo vi sonriente, leyendo las tiras cómicas de un periódico antiguo. Cómo le gustaban. En mi mente solo existían el cariño sincero y una ternura inmensa por todo lo que hacía. Jamás imaginé nada más. ¿Amor? Eso era para necios y soñadores, para quienes estaban dispuestos a perder el tiempo, el equilibrio y hasta la libertad.
Cuando me descubrió junto al pequeño muro bajo la ventana, sonrió. Corrió a abrir la puerta y, casi como un niño, me tomó de la mano para hacerme pasar.
La tarde se convirtió en noche sin que nos diéramos cuenta. La conversación fue vaga, ambigua, pero interesante. Ninguno supo en qué momento había oscurecido.
Los años transcurrieron en un aparente silencio, al menos en lo que a sentimientos se refería. Terminó el colegio y cumplió uno de sus grandes sueños: marcharse a la capital para ingresar en la universidad.
A partir de entonces comenzaron a llegar sus cartas. Siempre puntuales. En ellas me hablaba del campus, de las nuevas amistades y, muy especialmente, de una joven llamada Amanda.
Al principio me parecía curioso el modo en que la describía, la alegría que le producía compartir un café con ella después de las clases. El tiempo siguió avanzando y yo no me inquieté. Después de todo, él era mi mejor amigo. Casi un hermano.
Pero una primavera todo cambió.
Una de sus cartas comenzaba con unas palabras que me dejaron sin aliento:
«Mi entrañable Laura… Si tan solo hubieras volteado a verme, no con ojos de amiga, sino con los de la mujer que esperé durante tanto tiempo, jamás le habría propuesto matrimonio a Amanda…»
Seguí leyendo.
Me hablaba de mis consejos, de cómo había seguido mis palabras porque estaba convencido de que yo nunca sentiría por él nada más que amistad. También confesaba que había intentado hacerme llegar sus sentimientos una y otra vez, sin obtener respuesta.
Cuando terminé la carta, sentí que el corazón quería escapar de mi pecho. Corrí a buscar las anteriores. Leí una tras otra.
Entonces lo comprendí todo. Allí estaban las señales que nunca quise ver.
«Cómo te extraño, loquilla mía…»
«Mi dorado tesoro…»
«Mi corazón salta cuando recuerdo tu nombre…»
Carta tras carta, descubrí que mi mejor amigo me había entregado su alma sin que yo fuera capaz de entenderlo.
No había sido falta de claridad por su parte. Había sido ceguera por la mía.
Y mientras sostenía aquellas hojas entre mis manos, comprendí algo que llegó demasiado tarde:
que yo también lo amaba.
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EL REGRESO.
Omar Svriz-Argentina
Después de haber partido buscando mejor destino, regreso a mi terruño , allá donde nací y me crié, al llegar a la tranquera me detengo y veo un inmenso yuyal, cubriendo la casa paterna convertida en tapera envuelta en absoluta soledad. ya no estaban los pollos patos ni gallinas que otrora cubrían el amplio patio rodeado de naranjos y mandarinos, tampoco el perro con su ladrido de bienvenida ha salido a recibirme, no estaba ese balde lleno de agua sobre la vieja mesa de algarrobo bajo el alero de la galería, debajo de ese frondoso pino descansaba el viejo arado de manceras , con el cual siendo aún un niño mi padre me enseñó a labrar la tierra, más allá la cultivadora Y esa rastra , la cual era tirada por caballos.
El alambrado parecían viejas y destempladas cuerdas de guitarra que ya no podían ejecutar ni un sonido, el pozo sin brocal, desmoronado, El yunque oxidado , sobre él descansando el martillo con sus lados deformado de tanto golpear rejas ,asadas y doblar hierros.
Mis ojos recorrían ansiosos todos los lugares , cada rincón, cada espacio, pero nada nada era igual, algo o alguien le faltaba el campo aquella tarde de verano. cuando un hilo de lágrimas surcaban mis mejillas pues me sentía un pájaro que le faltaba su rama donde posarse, al pararme detrás de la casa donde siempre tomábamos mate, allí allí estaba eso ese alguien que buscaba yo ,ahí debajo del naranjo, con su estampa casi centenaria y su sombrero de gran ala, sus flacas y huesudas manos sosteniendo entre su dedo esa asada con la cual trabajaba la tierra estos últimos años y cultivaba sus pocas plantaciones de mandiocas batatas calabazas y otras verduras que compartía con su compañera de 60 años de vivir juntos ,(mi madre )y la demás familia que vivían en el pueblo.
Allí estaba él, Don pipín ,apodo por el cual lo conocían todos a mi padre, encorvado, parece sentir mi presencia, se da vuelta y me mira como llamándome, fue tan grande la emoción que en un momento recorrí los días que pasamos juntos en mi niñez y adolescencia y de cuando trabajábamos la tierra y las siestas compartidas debajo de ese Naranjo.
Lo nombré papi, papi , cómo lo hacía siempre ,corrí extendiendo mis brazos, para rodear su cansado cuerpo, y estrecharlo en el más profundo de mis abrazos. pero cuando lo cerré para apretarlo contra mi pecho me di cuenta que no había nadie, yo estaba solo, cerré los ojos un momento y cuando los volví a abrir regresé a la realidad.
Mi padre hacía ya dos años que había dejado de existir , no pude llegar a tiempo para darle el último adiós , por eso mi padre para mí , aún sigue con su vieja asada en la mano abriendo surcos en la tierra
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A LA VIDA Reflexión en prosa
Jenny Tamayoshe (Girasol)-Estados Unidos
He aquí, querida vida, tratando de entender el porqué no te damos la importancia que realmente te mereces, si ya desde el mismo instante en que se nos concede eres una bendición…
El hecho de abrir cada día los ojos a un nuevo amanecer ya es motivo para sentirnos dichosos. ¿Por qué entonces se nos hace difícil el diario caminar por este sendero? ¿Por qué desperdiciamos este valioso tiempo en necedades absurdas cuando podríamos estar compartiendo y queriéndonos más?
¿Te has puesto a pensar cuántos en estos instantes se están aferrando a la vida que hoy se les escapa de entre las manos? ¿Cuántos te amo se pierden en el tiempo, creyendo que habrá un mañana más para decirlo?
Se viven tiempos tan agitados donde se habla de libertad, pero somos presos de nuestros propios infiernos. Vivimos en la era de la tecnología, pero donde los corazones están vacíos; donde no importa empujar al que viene cerca de ti con tal de sobresalir, donde ya nada se da de gratis sin que en el fondo se busque algo a cambio.
Cada día la vida nos enseña algo, pero hay que saberla escuchar. Nadie es perfecto, todos cometemos errores, pero es ahí donde se empieza a crecer y a caminar hacia un futuro diferente, donde lo principal será estar bien contigo mismo, porque el día que nos vayamos, solo rendiremos cuentas de todo lo que hayamos hecho en esta tierra que nos vio nacer..
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https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png00le-administradorhttps://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.pngle-administrador2026-09-23 11:23:302026-09-23 22:33:54RELATOS – SEPTIEMBRE
Maren Alberdi — España María Derlinda Costa Tasistro — Uruguay Santiago García Vega — México Carlos González Saavedra — Argentina Elspeth Gormley — España Andrea Kiperman — Argentina Antonio Morelos — México Andrea Morini — Argentina Carlos Pérez de Villarreal — Argentina Ana Unhold — Argentina
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LA FELICIDAD
Maren Alberdi- España
La felicidad nunca llega haciendo ruido.
A veces aparece como una brisa que apenas mueve las cortinas, como un destello mínimo que se cuela entre las rendijas del día sin pedir permiso. No avisa, no reclama, no exige. Simplemente sucede, como si el universo tuviera la delicadeza de tocarte el hombro sin que nadie más lo note.
Hay mañanas en las que uno se despierta sin saber por qué y siente que algo dentro está en calma. No es euforia, no es fiesta, no es triunfo. Es una serenidad tibia, como si el alma hubiera encontrado un rincón donde descansar. Y entonces lo entiendes: la felicidad también es eso, un silencio que acompaña.
Durante años la buscamos en los grandes acontecimientos, en los logros que brillan y en las metas que parecen justificar la vida. Pero la verdad, esa que solo se revela cuando uno ha vivido un poco, suele esconderse en lugares más sencillos.
En un gesto amable.
En una conversación que acomoda el corazón.
En un café compartido sin prisa.
En la certeza de que alguien piensa en ti.
En la luz que entra por la ventana y te recuerda que sigues aquí.
La felicidad es humilde. Por eso cuesta verla.
A veces se disfraza de rutina, de día normal, de tarde cualquiera. Se mezcla con las tareas, las preocupaciones y los pasos que damos sin pensar. Y, sin embargo, permanece ahí, esperando que la reconozcamos.
Porque la felicidad no necesita que la celebremos. Solo necesita que la miremos.
Hay quien cree que la felicidad es un destino, pero quizá sea más bien un instante que se abre. Una grieta luminosa en medio del caos. Un abrazo que llega cuando el alma se siente frágil. Una palabra que sostiene. Un recuerdo que salva. Un sueño que aún respira.
La felicidad es también aceptar. Aceptar lo que fue. Lo que no pudo ser. Lo que ya no vuelve.
Aceptar que la vida cambia y que nosotros cambiamos con ella. Que hay pérdidas que nos moldean y heridas que nos enseñan. Comprender que la felicidad no es la ausencia de dolor, sino la capacidad de seguir encontrando luz entre las sombras.
Y cuando por fin lo comprendes, algo dentro se acomoda.
Descubres que la felicidad no es un premio, sino una forma de mirar. Una manera de estar en el mundo. Algo que se cultiva despacio, como quien riega una planta sin exigirle que florezca de inmediato.
La felicidad es ese instante en el que respiras hondo y te das cuenta de que, a pesar de todo, estás viva. Que todavía hay belleza. Que aún queda camino. Que tu alma, llena de mareas, de memoria y de luz, sigue encontrando motivos para latir.
Y eso, aunque nadie lo vea, ya es felicidad.
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LEYENDA
María Derlinda Costa Tasistro–Uruguay
La leyenda dice que la felicidad es un todo que se funde con el vaivén de los sentimientos. A veces, pasa desapercibida y se nutre de la nostalgia de su pasado vencedor. ¿Quién niega la felicidad a un pobre desheredado? Los pensamientos fluyen en el caudal de los creadores que bordean la orilla del sempiterno pensador para llegar a la verdadera felicidad. El poema puja por nacer y da a luz las estrofas que acompañan su sentir. Eso es felicidad. Felicidad, eterno desafío de una melancolía austera que compite sin piedad. Felicidad que se añora en la magia nocturna que esconde su oscuridad, detrás de lentejuelas opacas que desprecian los rayos del sol. Felicidad es, un sentimiento agudo que se trasmuta en lágrimas.
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SENDERO
Santiago García Vega-México
Sendero madrugador que a pie traviesa emprendes el recorrido apresurado, sin mirar adivinas la errante piedra que tropieza, hasta dónde llegarás a fuerza de volver a desandar.
Se aleja la tenue luz de la luna abriendo paso a la mañana, tiritan temerosas las serenas telarañas, el rocío y los primeros rayos del sol hacen temblar en colores diamantes en racimos brillan a contraluz, gotas que presumen su animación de suculentos aromas.
Sendero de la mañana que enderezas el camino, se han ido las sombras, las uñas ya no rasgan mis pasos, resfriadas hojas que se estremecen de agüita, arcoíris viajero, vivaz momentáneo efímero.
Sendero de pies descalzos al murmullo de la brisa, acostado caminito que en siesta toma rumbo a la laguna, y cuando unos van y se desprenden, otros se juntan pa’ no ir vacíos.
¿Así me recibes sendero con hierbas? Olores y más olores, texturas tan diferentes, garra lija y ajuate, a veces el musgo en flor y otras parejo llano, respira gozoso plenitud esencia de la vida.
Con nuestra sola presencia leve roce de los pies, ¿será que no quiere intrusos la concurrida vereda? Inesperada visita limitado al verde, por el centro colorado, expresionistas paredes de espinosillas, lavandas y manzanillas.
Abundante perfume que llenan mi inspiración.
Senderero al atardecer de resinas y estornudos, en gratitud fresco jazmín o sahumerio de santa maría que a la par de pinares se resbalan al regreso cansado por la jornada, cortito porque es a casa, cortito por quien espera.
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¡UN DIA DE FELICIDAD!
Carlos González Saavedra-Argentina
Ese lunes, veíamos sorprendidos, como te movías. Nos tranquilizaba que el martes a las nueve de la mañana teníamos turno.
Allí fuimos, la espera se hizo larga para mí, que aguardaba al lado del consultorio. Nervioso.
La secretaria me hizo pasar.
-Bueno, quiero comunicarle señor, que su esposa no tiene la suficiente dilatación y hay sufrimiento fetal.
-Casi con un nudo en la garganta, más un sudor frio, corrió por mi espalda. Pregunte-¿Qué hay que hacer?
-Vayan a la clínica, está acá, a la vuelta.
¡Ingrésela! Hablare yo.
Su hijo, nacerá por cesárea.
-Perdón y el bolsito que teníamos preparado?
-¡Que se lo manden!
Los dos estábamos tensos, no podíamos hablar. Trate de calmarla mientras caminábamos al sanatorio, cuadra y media de distancia.
Llame como pude, a un familiar para que traigan la ropita y sabanita que con tanto amor la madre, había preparado.
Todos corrían. Mientras miraba asombrado. Todo era nuevo para nosotros.
Todo, queda postergado por la urgencia. Hasta los pensamientos.
-De pronto se abre la puerta, la suben a una camilla y se la llevan
Eran las doce del mediodía y supe que la hermana de mi suegra, medica, había llegado con el bolso.
Su condición profesional y pediatra había permitido su ingreso a sala de operaciones.
Solo me bastaba esperar.
Los asientos y paredes blancas hacían los minutos más largos.
A la 12,30 Ofelia, la tía, sonriendo: ¡Felicidades, es un varón! Sanito, con una fuerza bárbara. Con sus bracitos abiertos y sus puños cerraditos.
-¡Carlitos espere! Así lo puede ver, en la nursery a través del vidrio.
Cuando lo vi por primera vez. Ufff, se frotaba la nariz con la almohadita. Solo pude decir con lágrimas en los ojos.-¡HIJO! ¡HIJO MIO!
Cuando trajeron a mi esposa a la habitación bajo los efectos de la anestesia, solo preguntaba. ¿Es sanito, tiene todos los deditos?
Ése sin dudas, fue el día más feliz de mi vida.
El día que fuimos padres, por primera vez.
Una felicidad para toda la vida.
Deseamos tanto ése hijo. Deseaba tanto que fuera varón
Este año en el mes de octubre precisamente el 26, Martin, cumplirá 50 años!
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LA FELICIDAD ES LO QUE SOSTIENE
Elspeth Gormley-España
La felicidad no siempre brilla. A veces es apenas una raíz, algo que no se ve y, sin embargo, sostiene todo lo demás.
Es el recuerdo de la infancia, ese país al que regresamos sin proponérnoslo, donde las manos que nos cuidaron siguen encendiendo luz cuando la sombra se acerca.
Es ver caer la tarde y saber que los tuyos están bien, aunque la vida los haya llevado por caminos distintos y ciudades lejanas.
Es aceptar el día tal como llega. Con sus alegrías y sus heridas, con el cansancio que pesa algunas veces y con las sorpresas que aparecen cuando menos las esperamos.
Es aprender a desear la paz para otros sin pretender retenerlos. Comprender que cada persona tiene su propio viaje y su propia manera de cruzar el mundo.
Es agradecer lo que permanece: una conversación sincera, una mirada cómplice, el mar que sigue esperando en el mismo lugar, la memoria que nunca termina de marcharse.
La felicidad quizá no sea una meta ni un instante extraordinario.
Quizá sea simplemente esto: caminar, amar, perder, aprender y seguir dando gracias mientras la vida sucede.
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¿QUÉ ES LA FELICIDAD?
Andrea Kiperman-Argentina
Antes que nada, como siempre, gracias por estar del otro lado, compartiendo estas palabras. Acompañando el tema del mes, quise realizar una consulta imprescindible y que también me parece importante que te tomes unos segundos y la hagas internamente: ¿qué es la felicidad?
Por supuesto que no es una pregunta que solo yo me he hecho, sino que también se la han planteado grandes pensadores a lo largo de los siglos y los siglos. Empero, aprovecho y la planteo aquí, en este presente.
No me caben dudas de que el concepto de la felicidad varía entre las personas: para algunos será poder compartir con la familia; para otros, conseguir un mejor trabajo o tener salud; para aquellos, seguir un camino profesional y sus pasiones, mientras que, para otros, será tener una vida tranquila, lejos de tanto ruido de las grandes ciudades.
La felicidad, dicen, no se nota; en el día a día pasa a veces desapercibida, como un suspiro o una brizna de hierba. También, a lo largo del andar por la vida, vamos apreciando más las pequeñas cosas, los pequeños regalos que la vida nos ofrece, los pequeños grandes compartires, y nos volvemos un poco más sencillos.
La felicidad, pues, está en lo pequeño. En los detalles, en compartir, en sentir especialmente, adentro nuestro, que estamos en sintonía con nuestros deseos y sueños más profundos, más íntimos. Por eso es tan importante ir conociéndose a través de los años y hacer un trabajo personal para poder ir descubriéndonos, y así encontrar nuestros propios conceptos de felicidad.
Ahora sí, sin más, los dejo con estas palabras y la pregunta planteada anteriormente. Quedo con ustedes…
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LA FELICIDAD
Antonio Morelos- México
¿Qué es la felicidad?
En la vida del hombre existen dos objetivos importantes, uno, es la libertad y el otro, es la felicidad.
Vamos a partir, de que el mayor referente de la libertad es el Saber, la preparación, pero también esto, es utópico, porque la libertad individual, empieza a desaparecer en el propio seno familiar, aunque la Constitución política de los pueblos dice que todo individuo al nacer es libre, los gobiernos opresores inventan o ponen filtros, para que el hombre, aprenda a obedecer, lo mismo que las religiones, con la creación de necesidades que no lo son, pero las crean y hay que obedecer, eso, ayuda a la formación de sociedades obedientes, dóciles, sin libertad, pero la Felicidad es muy diferente, este objetivo del hombre, tiene muchas definiciones, pero todas muy subjetivas, a título personal, yo considero que si es una actitud de sentimientos muy personales, la felicidad es: disfrutar al máximo lo que cada quien tiene.
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ELEGIA A LA ( IN ) FELICIDAD
Andrea Morini-Argentina
El fulgor de la dicha en una existencia doblegada por la sombra no dibuja un puerto seguro, sino el tajo fugaz de un relámpago que desgarra la noche para legar, en su retirada, una ceguera más espesa y un frío más hondo. Pretender que la felicidad constituye un estado permanente es el equívoco capital de los vivos; en verdad, se trata tan solo de un espasmo de la conciencia, de un paréntesis fortuito donde el dolor del mundo descansa el pulso por puro hastío.
La felicidad auténtica, si es que tal categoría merece nombrarse, trae inscrita en su simiente la ley de su propio derrumbe. Es un relumbre arrebatado al tiempo, un brillo endeble sobre la herrumbre que se consume en el mismo instante en que la mano intenta apresarlo. En el corazón de la dicha acecha siempre el reverso del terror: la certidumbre sorda de que el equilibrio es insostenible y de que el péndulo, inexorable, retornará hacia el fondo del abismo. Aquel gozo breve no nos redime; nos sentencia a calibrar con exactitud la profundidad de la caída.
Frente a este espejismo, la infelicidad no encarna un defecto ni una fractura del orden vital, sino el sustrato perenne de la existencia, la atmósfera donde la carne se gasta y el pensamiento madura. Late una extraña y sombría nobleza en la melancolía tenaz, en el habitar las ruinas propias sin mendigar consuelos fáciles ni redenciones de cartón. La desdicha nos despoja de los oropeles de la ilusión, nos arranca la máscara de la esperanza y nos fuerza a contemplar el engranaje desnudo del tiempo, esa maquinaria voraz que devora rostros, nombres y querencias.
Pensar la condición humana hasta el fondo exige renunciar al mandato tiránico de la alegría. La dicha edulcorada que pregonan los altares seculares de la autoayuda no es sino un anestésico vulgar, concebido para apartar al hombre del espejo implacable de su propia finitud. La verdadera madurez del espíritu arranca en el instante en que se asume que la vida discurre en la penumbra, que el sufrimiento constituye la argamasa de los días y que la belleza más alta, la de un acorde roto, un crepúsculo ceniciento o un recuerdo que ya quema, solo florece sobre un suelo fecundado por la pérdida.
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FELICIDAD
Carlos Pérez de Villarreal–Argentina
¿Qué es la felicidad?, preguntó la vida. La gratitud respondió que era disfrutar de lo que uno tiene hoy; la esperanza dijo que era reír sin miedo al mañana; la sencillez aseguró que era valorar los pequeños momentos; la libertad añadió que era dejar ir lo que lastima; y la paz, con voz serena, afirmó que era vivir sin compararse. Así, cada una de estas voces fue dibujando un mapa íntimo de lo que significa ser feliz.
La palabra felicidad tiene sus raíces en el latín felicitas, derivada de felix, que significa fértil o fecundo. Este término describe un estado emocional donde predominan las emociones positivas, un bienestar vinculado a las experiencias personales de cada individuo y que se manifiesta de maneras diversas según la personalidad y el carácter de cada uno. La felicidad es, en esencia, una sensación de plenitud y calidad de vida, un estado general que se alimenta de lo que somos, de lo que sentimos y de cómo interpretamos el mundo.
También está profundamente relacionada con la motivación, ese impulso que nos permite realizar acciones y satisfacer necesidades. Tener propósitos otorga sentido a la vida y actúa como motor de bienestar, porque convierte a la persona en creadora de sus propias experiencias. Desde esta perspectiva, la felicidad se asocia a una vivencia donde las emociones positivas prevalecen sobre las negativas, acompañada de un sentido de optimismo ante los desafíos que se presentan en el camino.
La felicidad implica, además, un compromiso. Está ligada a la manera responsable en que se abordan las tareas, especialmente aquellas que facilitan el desarrollo de habilidades y que están alineadas con los objetivos personales. Y, aunque parezca contradictorio, es posible experimentar felicidad incluso en medio de problemas y adversidades. Las dificultades no excluyen la oportunidad de ser feliz; más bien, la forma en que encaramos los problemas puede definir nuestra vivencia de ellos. Una actitud positiva se construye sobre la autopercepción, las creencias, los valores y la capacidad de disfrutar incluso en los momentos inciertos.
La felicidad depende, en gran medida, de nuestros deseos e intenciones. Las aspiraciones personales guían nuestras acciones y proyectos, generando bienestar cuando nacen de nosotros mismos y no de presiones externas. Desde la ciencia, se ha demostrado que en la química del cerebro existen neurotransmisores vinculados al bienestar, como las endorfinas, liberadas por la glándula pituitaria y el hipotálamo. Estas sustancias proporcionan un efecto analgésico y placentero, aunque su influencia sea efímera. Se generan ante estímulos como el enamoramiento, el orgasmo, el consumo de chocolate o alimentos picantes, la excitación sexual e incluso el dolor.
Algunas teorías consideran la felicidad como una habilidad personal para enfrentar los retos cotidianos. Por ello se sugieren prácticas como técnicas de manejo del estrés y ejercicios de autoconocimiento, concibiéndola como una meta alcanzable. Otras teorías proponen que experimentar felicidad fomenta la creatividad y la flexibilidad, abriendo la puerta a nuevos pensamientos y recursos frente a los problemas diarios, actuando como un motor que impulsa acciones y decisiones.
Diferentes psicólogos han intentado medir el nivel de felicidad mediante pruebas y escalas que evalúan factores como el estado de ánimo, las experiencias familiares, la percepción de logros y el nivel de optimismo. Desde la filosofía, Immanuel Kant describió la felicidad como un deber humano que depende exclusivamente de uno mismo. José Ortega y Gasset, por su parte, postuló que la felicidad surge cuando los deseos —la vida proyectada— se alinean con la realidad —la vida efectiva—.
Diversas religiones coinciden en que la felicidad es un estado de paz alcanzado mediante la unión con Dios. Mientras tanto, los budistas creen que solo se logra tras liberar el sufrimiento y vencer los deseos a través del entrenamiento mental.
De cualquier manera que lo veamos, estimo que depende de nosotros encontrar «la felicidad», esos pequeños momentos que le robamos a la vida,
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FELICITAS FUGAX SP
Ana Unhold-Argentina
Desde que fue instalada en cada país una Oficina Mundial de Reclamos, no dan abasto para atender a tanto público. Larga filas de humanos de diferentes edades presentando sus reclamos sobre :”la felicidad”. Se quejan de “falla de felicidad», «que la han tenido y la perdieron», «nunca la conocieron”… Estas oficinas públicas donde se registran miles de números de trámite. Los empleados llegan agotados a las últimas horas de trabajo: ‒“Vengo a reclamar, me dijeron que duraba más” ‒ ¿Trae comprobante?‒ pregunta el abrumado empleado. ‒ No ‒ ‒ ¿La compró Ud. o se la regalaron? ‒Creo que venía con la vida ‒ responde el reclamante. Muchos de ellos tienen expectativas como garantía vencida, los momentos felices que no admiten devolución y esa costumbre humana de reclamarle a la felicidad justamente porque no se comporta como esperábamos. Y siguen las querellas como para agotar a los empleados: ‒ Venimos a demandar porque nos dijeron que la felicidad consistía en “estar contentos”. El empleado mira el expediente y responde: ‒No, hay un error‒ La felicidad no consiste en estar contentos. Consiste en encontrar para qué seguir cuando no hay motivos para estarlo. El problema, ya mundial, empieza a llamar la atención de los científicos. No saben explicar este fenómeno. Por tanto, deciden crear la: Comisión Mundial para investigar que hay detrás de la felicidad. El trabajo científico comienza con intentar clasificar a este espécimen. La taxonomía es lo más importante: ¿Hay especies? ¿Subespecies? ¿Cuál es su habitat? ¿Cuáles son sus ciclos vitales? ¿Hay felicidades migratorias? ¿Se reproducen? ¿Cómo?¿Hermafroditas o sexos separados? ¿Desaparece? ¿Puede estar en cautiverio? ¿No está donde la estamos buscando? ¿Puede aparecer cuando uno hace algo por otro? Sí, llegaron a un descubrimiento: La felicidad se resiste a ser atrapada porque quizá no es algo que se posee. ¿Qué clase de fenómeno están investigando? Cuando más intentan clasificarlo más se diluye. Así, con método científico empiezan por estudiar: felicidad doméstica y silvestre; individual y gregaria; de corta duración y longeva; migratoria, parasitaria (a expensas de otro) quizá también felicidad simbiótica (que solo existe si está en otro); es como que cada vez tiene más propiedades.Finalmente, la Comisión logra la clasificación: Reino: Emociones Phylum: Estados transitorios. Especie: Felicitas fugasx sp.
Pudieron describir características, hábitos, alimentación, reproducción, depredadores. Aparece sin aviso, difícil de capturar, no sobrevive cuando la encerramos y suele desaparecer cuando decimos ¡Qué feliz soy! Llega alguien más a la oficina de reclamos para denunciar que es una especie que se niega a permanecer en cautiverio. Se preguntan: ¿Es la felicidad un estado, un accidente, una decisión u otra cosa? Es un objeto de estudio particularmente insolente: se deja observar, pero no apresar. La felicidad, como especie biológica quizá no sea una especie solitaria. Ayudar a otros y sentirse útil puede aumentar el bienestar, la conexión y el sentido de la vida. Lo de salir del egoísmo es potente. La felicidad no se reproduce en cautiverio. Su hábitat son los lugares donde hay vínculos. Su alimentación; pequeños actos de generosidad. Sus depredadores: egoísmo, comparación, resentimiento y exceso de expectativas. Migraciones: aparece inesperadamente cuando estamos ocupados haciendo otra cosa. Felicitas no siempre aparece cuando desaparece el dolor, a veces aparece cuando el dolor encuentra para qué servir. Puede existir una forma de felicidad que no sea ausencia del dolor, sino capacidad de transformar el dolor en vida para otro. Un científico de la Comisión dijo algo desconcertante: la felicidad no parece alimentarse de felicidad, se alimenta de sentido. Se suceden largas discusiones en el equipo científico, la investigación debe terminar pero el problema, no. Deben confirmar o negar las hipótesis planteadas. Coinciden en que la felicidad no es un estado permanente en la vida. Otro muy experimentado, aporta que quien la ha vivido, sabe que no necesita poseerla para haberla disfrutado. Un plácido silencio se extendió por la sala…
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https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png00le-administradorhttps://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.pngle-administrador2026-09-23 11:22:042026-09-23 15:54:58RELATOS SOBRE LA FELICIDAD – SEPTIEMBRE
Con la llegada del equinoccio, nuestro planeta vuelve a recordarnos que todo en la vida se mueve en ciclos. Mientras en el hemisferio norte el verano se despide para dar paso al otoño, en el hemisferio sur la primavera abre sus puertas anunciando un nuevo despertar. Dos estaciones distintas, dos paisajes opuestos y, sin embargo, una misma enseñanza: la transformación constante que acompaña a la existencia.
El otoño llega envuelto en colores cálidos y en una invitación al recogimiento. Los días comienzan a acortarse, la naturaleza inicia lentamente su descanso y el ser humano parece inclinarse también hacia la reflexión. Es tiempo de balance, de valorar lo vivido, de agradecer las cosechas obtenidas y de comprender que, para seguir creciendo, también es necesario aprender a soltar aquello que ya cumplió su ciclo.
Al otro lado del mundo, la primavera irrumpe como una celebración de la vida. Los árboles florecen, los campos recuperan sus colores y el aire parece llenarse de promesas. Psicológicamente, esta estación suele despertar el entusiasmo, la creatividad y el deseo de emprender nuevos proyectos. La naturaleza recuerda que después de cada invierno siempre existe una oportunidad para volver a comenzar.
Aunque parezcan estaciones contrapuestas, ambas comparten una profunda sabiduría. El otoño enseña el valor de la introspección y la serenidad; la primavera nos invita a la acción y a la esperanza. Una nos habla de recoger los frutos; la otra, de sembrar nuevas semillas. Y quizás la vida consista precisamente en aprender a alternar ambos movimientos.
Este año, además, el cambio de estación llega tras un verano particularmente intenso y convulso. Han sido meses marcados por acontecimientos que han puesto a prueba la capacidad de adaptación de las sociedades, por conflictos que continúan sembrando incertidumbre y por una sensación general de aceleración que parece acompañar a nuestro tiempo. A ello se han sumado fenómenos climáticos cada vez más extremos, recordándonos que nuestra relación con el planeta exige una reflexión profunda y responsable.
Sin embargo, las estaciones también nos enseñan que ningún periodo permanece para siempre. Ni los días más largos del verano ni las noches más extensas del invierno son eternos. Todo cambia, todo evoluciona y todo encuentra finalmente su lugar dentro del gran equilibrio de la naturaleza.
Quizá por eso el otoño y la primavera sigan emocionándonos generación tras generación. Porque nos recuerdan que los finales contienen nuevos comienzos y que cada renacimiento lleva consigo el aprendizaje de lo vivido. Mientras unos contemplan cómo caen las hojas y otros celebran la aparición de las flores, todos compartimos la misma travesía bajo el mismo cielo: la de seguir creciendo, aprendiendo y soñando.
Que esta nueva estación, sea cual sea la que llame a vuestra puerta, nos encuentre dispuestos a abrazar los cambios con serenidad, esperanza y gratitud.
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https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png00le-administradorhttps://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.pngle-administrador2026-09-23 11:21:112026-09-23 15:55:55EDITORIAL – SEPTIEMBRE
Los textos publicados son propiedad de sus autores y están protegidos por la legislación de Propiedad Intelectual y el Convenio de Berna.
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Miriam Alberganti–Argentina
Cronista Cultural
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PRESENTACIÓN
Maren Alberdi, conocida también por muchos lectores como Elspeth Gormley, es una escritora vasco-mediterránea cuya obra se distingue por una mirada humana, cercana y comprometida con la memoria.
Licenciada en Derecho por la Universidad del País Vasco, habla varios idiomas y ha encontrado gran parte de su aprendizaje en los viajes, en la observación de las personas y en las historias que descubre en las calles. Para ella, cada lugar visitado ha supuesto una nueva forma de comprender el mundo y de acercarse a quienes lo habitan.
Su trayectoria literaria ha sido reconocida tanto en España como en el extranjero. Entre las distinciones recibidas figuran la Pluma de Oro de Lyon (2026), el Grote Premio Literaire Prijzen de Sajonia (2025), así como diversas nominaciones, finales y menciones honoríficas en certámenes internacionales de narrativa y poesía.
Actualmente, algunas de sus obras están siendo traducidas al euskera, valenciano y catalán, ampliando así su diálogo con lectores de distintas comunidades lingüísticas.
Además de su faceta como escritora, ha realizado numerosos prólogos para autores hispanos, participa como jurado en diversos concursos literarios internacionales y mantiene columnas de crítica literaria en medios culturales españoles.
Es fundadora y directora de la revista internacional Letras Hispanas por el Mundo, un proyecto cultural que reúne voces de diferentes países y fomenta el intercambio literario y humano entre autores de diversas procedencias.
Colabora asimismo con Radio Aldora, participando en espacios dedicados a la difusión de la literatura y la cultura en lengua española.
Su escritura, cálida e intimista, transita por la memoria, los afectos, los paisajes y el mar, elementos que forman parte esencial de su identidad creativa.
Madre y abuela, considera que la familia es el gran pilar de su vida y el lugar donde encuentra sus afectos más profundos y su espacio más auténtico. A ella se suman la compañía serena de quien comparte su viaje, la lealtad de los amigos de siempre y los nuevos afectos que las causalidades de la vida han ido colocando en su camino. Todos ellos forman parte de esa familia elegida que, a través del tiempo y de las pequeñas ventanas por las que hoy nos comunicamos, continúa enriqueciendo su mirada humana y alimentando su universo literario.
ENTREVISTA
Maren Alberdi (Elspeth Gormley)
Editora Letras Hispanas por el Mundo
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Te definen como una mujer inteligente, resiliente, trabajadora y maestra de la vida. ¿Con cuál de esas palabras te sientes más identificada hoy?
Hoy me siento profundamente identificada con la resiliencia. El trabajo y la experiencia forman parte de mi camino, pero ha sido la resiliencia la que me ha permitido avanzar incluso en los momentos más difíciles. Es una fuerza silenciosa que transforma los golpes en aprendizaje y las heridas en palabra.
Vasca de nacimiento, vasco-mediterránea por alma y ciudadana del mundo por elección. ¿Dónde sientes que está tu verdadero hogar?
Mi verdadero hogar habita entre mis raíces vascas y la luz mediterránea que hoy me acompaña. Soy vasca de nacimiento, criada entre montes, carácter y memoria, y con los años el Mediterráneo se convirtió en mi lugar de calma, de vida y de creación.
Esa unión entre la fuerza vasca y la serenidad mediterránea es, en esencia, mi hogar.
Has estudiado varios idiomas y dices que aprendiste de las calles. ¿Qué te enseñó un viaje que ningún libro de Derecho te pudo enseñar?
Un viaje me enseñó algo que ningún libro de Derecho contempla: que la dignidad humana no tiene idioma.
Aprendí en las calles que la vida real es más compleja que cualquier código, que la justicia no siempre coincide con lo legal y que escuchar a las personas vale más que interpretar normas.
Viajar me enseñó a mirar sin prejuicios, a comprender sin necesidad de traducir y a descubrir que la humanidad se aprende caminando, no estudiando.
¿Cómo te cambió la mirada de escritora la llegada de tus nietos?
La llegada de mis nietos no transformó de golpe mi forma de escribir; el cambio fue gradual, como sucede con las cosas verdaderamente importantes de la vida.
Ellos despertaron en mí una ternura nueva, una mirada más serena y una sensibilidad distinta hacia lo cotidiano. No cambiaron mi escritura, pero sí ampliaron mi mundo interior y, de manera inevitable, ese mundo se filtra en mis palabras.
En un mundo que expone todo, ¿cómo proteges lo íntimo y lo sagrado de la familia?
Nunca he permitido que mi familia sea un escenario público, ni siquiera yo misma.
Lo íntimo lo protejo con discreción y con límites claros. No comparto aspectos de mi vida familiar en las redes sociales y las pocas entrevistas que he concedido han sido, casi siempre, sin imagen.
No es distancia; es protección. Creo profundamente que la familia, y también una misma, no deben exponerse a la mirada masiva. Lo sagrado se cuida en silencio, no en la exhibición.
Eres licenciada en Derecho y te has convertido en lo que tus lectores llaman «notaria del tiempo». ¿Cuándo entendiste que tu vocación era guardar memorias y no expedientes?
No hubo un momento exacto ni una revelación repentina. Fue algo que creció con el tiempo, como casi todo en mi vida.
En mi trabajo pude ver la historia que existía detrás de cada caso. Algunos merecían castigo; otros, comprensión. Aprendí que la ley y la justicia no siempre caminan de la mano.
La ley se aplica. La justicia pertenece a una dimensión más profunda, más cercana a Dios que a los hombres.
Un expediente clasifica. La memoria acompaña. Y yo elegí quedarme en el lugar donde la palabra puede cuidar, preservar y dar sentido.
Tienes una frase tuya que ya es bandera: «El mundo cambiará cuando la humanidad ocupe un lugar tan importante como el poder». ¿De dónde nace esa convicción?
Mi convicción no nace de un ideal abstracto, sino de la experiencia de la propia vida.
He visto realidades duras, injusticias, desigualdades y personas cargando más peso del que les correspondía. Y, aun así, también he encontrado gestos de bondad en los lugares más inesperados.
Con el tiempo entendí que la ley se aplica, pero la humanidad se elige.
Mi convicción nace de haber conocido lo peor y lo mejor del ser humano y de decidir permanecer del lado donde todavía es posible cuidar.
En alguna ocasión has reflexionado sobre cómo los intereses de poder condicionan la posibilidad de alcanzar una paz duradera. ¿Cómo se escribe desde esa lucidez sin perder la esperanza?
Se escribe entendiendo que una cosa es el poder político, que conviene observar siempre con espíritu crítico.
La claridad sobre cómo funcionan ciertos intereses no me hace perder la fe en la humanidad; al contrario, me obliga a escribir con más responsabilidad y más verdad.
La esperanza no nace de ignorar la realidad, sino de mirarla de frente y, aun así, elegir un lenguaje que cuide y recuerde que la luz también existe.
Escribo desde ese equilibrio: con los ojos abiertos ante el poder y el corazón abierto ante la gente.
Diriges la revista Letras Hispanas por el Mundo, un puente entre continentes. ¿Qué te duele y qué te salva de dirigir ese proyecto internacional?
Lo que más me duele es que, a veces, el esfuerzo necesario para mantener vivo un proyecto cultural no siempre se valore en su justa medida.
Detrás de cada edición hay muchas horas de trabajo, dedicación y compromiso. Como ocurre con cualquier labor vocacional, existen momentos de cansancio y dificultades, pero forman parte del camino.
Lo que me sostiene es la convicción de que debo hacerlo y la certeza de que la cultura une, acompaña y da sentido.
Me salva la palabra, la humanidad que encuentro en cada autor y la misión de construir un puente entre voces que merecen ser escuchadas.
¿Qué lugar ocupa la ética en tu forma de escribir?
La ética es el corazón de mi escritura.
No escribo para deslumbrar ni para imponer una verdad, sino para acompañar.
Mi ética es sencilla: no herir, no juzgar y no manipular.
Intento escribir desde la honestidad, el respeto y la humanidad, porque creo que las palabras tienen consecuencias y que toda escritura conlleva una responsabilidad.
Escribes crítica literaria y has sido jurado en concursos internacionales. ¿Qué tiene que tener un texto para que digas: «este libro sí debe ser leído»?
Nunca se me ocurriría afirmar que un libro merece ser leído y otro no.
Cada lector tiene su sensibilidad, sus vivencias y su manera de mirar el mundo. A veces leo una obra y pienso: «Esto no es para mí» y, sin embargo, alcanza un enorme éxito. Otras veces sucede precisamente lo contrario.
Por eso respeto profundamente la diversidad de lecturas.
En los concursos procuro ser absolutamente honesta. Solo leo los textos y, en ocasiones, una historia te encoge el alma desde la primera página.
La realidad es que existe muchísima gente que escribe extraordinariamente bien y no recibe el reconocimiento que merece. Y eso también resulta doloroso.
¿Qué significa para ti que las letras tengan voz a través de la radio Aldora?
Significa ampliar el alcance de la palabra.
La radio llega donde, a veces, no llegan los libros ni la tecnología. Permite que la literatura acompañe la soledad, haga compañía y toque el alma de personas que quizá nunca habrían abierto una revista literaria.
Es dar voz a aquello que antes solo habitaba en el papel.
Tus libros están siendo traducidos al euskera, valenciano y catalán y has ganado premios como la Pluma de Oro de Lyon y el Grote Premio de Sajonia. ¿Qué significa para vos que tu obra marina, cálida e íntima cruce fronteras culturales dentro de España?
Es algo que todavía me emociona profundamente. No se trata de cruzar fronteras internacionales, sino de atravesar fronteras culturales y lingüísticas dentro de España, y eso tiene para mí un valor inmenso.
Ver mi obra en lenguas que forman parte de nuestra riqueza colectiva es un regalo que nunca busqué y que recibo con humildad y agradecimiento.
Los premios brillan un instante, como la luz sobre el mar al atardecer. Son hermosos y reconfortan, pero terminan pasando.
Lo que permanece es la mirada de los lectores, su tiempo, su emoción y su compañía.
¿Qué significa para ti tejer palabras en lugar de escribirlas?
Tejer palabras es mi forma de estar en el mundo. Entrelazo emociones, recuerdos y silencios como quien construye una red capaz de sostener y acompañar. No escribo para imponer, sino para tender la mano.
Si un lector no sabe quién eres y se encuentra hoy por primera vez con tu nombre, ¿qué le dirías para invitarlo a entrar en tu mundo?
Le diría que entre sin prisa.
No soy una escritora consagrada ni una poeta en el sentido clásico del término. Me reconozco, sobre todo, como una tejedora de palabras que escribe desde el mar, desde la memoria y desde lo humano.
Si decide entrar, encontrará una voz cálida, íntima y cercana que no busca impresionar, sino acompañar.
Solo le pediría una cosa: que lea despacio, como quien abre una ventana.
¿Qué representa el mar en tu vida y en tu obra?
El mar ocupa un lugar muy importante en mi vida. La luz, la calma y los paisajes del Mediterráneo forman parte de mi día a día y de mi manera de mirar el mundo. Frente al mar encuentro serenidad, inspiración y ese espacio de silencio donde las palabras suelen aparecer.
Pero sería imposible hablar de mí sin hablar también de mis raíces vascas. Mi vida está profundamente enraizada en aquella tierra donde nací, crecí, estudié y donde nacieron mis hijos. Es una tierra que llevo en el alma, que ha moldeado mi carácter, mi forma de entender la vida y muchos de los valores que me acompañan.
Aunque hoy el Mediterráneo sea mi horizonte cotidiano, sigo sintiendo una conexión profunda con el País Vasco. Cada vez que puedo regreso allí, porque volver es también una forma de reencontrarme con una parte esencial de mí misma.
Quizá por eso mi escritura transita entre ambos mundos. Del norte conservo la memoria, la fuerza de las raíces y el respeto por la historia. Del Mediterráneo he aprendido la luz, la contemplación y cierta forma serena de habitar el tiempo. Entre ambos paisajes he construido mi identidad personal y literaria.
Para finalizar, Maren, ¿en qué proyectos literarios estás trabajando actualmente y qué es lo que sigue ilusionándote cada vez que te sientas ante una página en blanco?
En la actualidad estoy ultimando una nueva novela y trabajando en un nuevo poemario, dos proyectos muy diferentes entre sí pero igualmente ilusionantes. Además, me encuentro inmersa en la traducción al inglés de Retazos de Mujer y La Misión de Taana, una experiencia tan enriquecedora como emocionante, porque me permite acercar mis historias a nuevos lectores y horizontes.
En cuanto a la página en blanco, lejos de imponerme respeto, sigue despertando en mí la misma ilusión de siempre. Para mí es como abrir una ventana a la creatividad. Una vez que esa ventana se abre, las ideas comienzan a fluir de manera natural, los personajes encuentran su voz y las historias empiezan a caminar por sí solas.
Después de todo lo vivido y escrito, lo que continúa emocionándome es precisamente esa magia del primer instante: no saber exactamente adónde me llevará la escritura y descubrir, palabra a palabra, el camino que la imaginación ha reservado para mí. Mientras conserve esa ilusión y siga teniendo lectores dispuestos a acompañarme en el viaje, sentiré que el mejor capítulo siempre está por escribir.
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Cerrar esta entrevista no significa poner punto final a una conversación, sino compartir con los lectores algunas reflexiones sobre la escritura, la cultura y la experiencia humana.
A lo largo de este encuentro hemos recorrido la trayectoria literaria de Maren Alberdi, sus raíces vascas, su vinculación con el Mediterráneo, sus proyectos culturales y su forma de entender la literatura como un espacio de encuentro entre personas, historias y emociones.
También hemos conocido algunos de los proyectos en los que trabaja actualmente y la ilusión con la que sigue afrontando cada nuevo reto literario.
Agradecemos su participación en esta entrevista y la generosidad con la que ha compartido sus experiencias y reflexiones.
Porque, al final, la literatura continúa siendo un puente entre quien escribe y quien lee, un lugar donde las palabras encuentran la forma de acompañarnos.
Miriam Alberganti
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https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png00le-administradorhttps://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.pngle-administrador2026-09-23 11:19:352026-09-23 16:10:06ENTRE VOCES Y LETRAS
Con profundo pesar recibimos la noticia del fallecimiento de nuestro querido amigo y compañero JaimeHoyos Forero, ocurrido el pasado 23 de septiembre de 2026.
Para muchos fue una voz respetada dentro del mundo de las letras; para mí, además, fue un amigo entrañable, un mentor generoso y un apoyo constante a lo largo de más de diecisiete años de amistad y comunicación a través de esas ventanas que acercan las distancias y unen las almas.
Durante todo ese tiempo compartimos conversaciones, proyectos, inquietudes literarias y aprendizajes. Jaime fue un lector atento, un consejero sincero y una persona que siempre encontró el momento oportuno para corregir, orientar y animar. Su confianza y sus palabras alentadoras acompañaron gran parte de mi recorrido como escritora y permanecerán para siempre entre mis recuerdos más valiosos.
Hoy su ausencia deja un vacío difícil de expresar, pero también una inmensa gratitud por todo lo que nos regaló con su amistad, su sabiduría y su calidad humana.
Desde Letras Hispanas por el Mundo queremos rendirle este sencillo homenaje y transmitir nuestras condolencias a su familia, amigos y seres queridos.
Que descanse en paz.
Siempre estará presente en las palabras que ayudó a construir y en la memoria de quienes tuvimos la fortuna de conocerle.
Elspeth Gormley Editora de Letras Hispanas por el Mundo
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SOBRE LA PROPIEDAD INTELECTUAL
Las palabras tienen dueño. También los versos, los relatos, las imágenes y los sueños que aquí encuentran refugio.
Todas las obras publicadas en esta revista pertenecen a sus respectivos autores y autoras. Su publicación no supone renuncia alguna a los derechos de propiedad intelectual que la ley reconoce a cada creador.
Si deseas compartir alguno de nuestros contenidos, te invitamos a hacerlo citando siempre la autoría y respetando la integridad de la obra.
Porque crear es un acto de entrega, y respetar la autoría es una forma de gratitud.
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NOTA INFORMATIVA
La dirección de Letras Hispanas por el Mundo informa a sus colaboradores y lectores de que actualmente se están llevando a cabo las gestiones necesarias para la inclusión de la revista y de Radio Aldora en diversos listados y directorios recomendados de publicaciones y medios de comunicación en lengua española promovidos por entidades e instituciones culturales de España.
Confiamos en que este proceso pueda culminar favorablemente en los próximos meses, permitiendo una mayor proyección de nuestros proyectos culturales y de todos los autores, colaboradores y profesionales que forman parte de ellos.
Esperamos poder comunicar oficialmente esta incorporación y mostrar los correspondientes distintivos acreditativos a finales de este año o a comienzos del próximo.
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Colaboración con Radio Aldora
Desde Letras Hispanas por el Mundo confirmamos nuestra colaboración con Radio Aldora, compartiendo contenidos culturales, literarios y artísticos que fortalecen la comunidad hispana internacional. Reconocemos el valor de su labor, su compromiso con la palabra y su aporte a la difusión cultural en múltiples países.
🌎 REPRESENTACIÓN INTERNACIONAL
Radio Aldora cuenta con presencia activa en diversos países a través de representantes y comunicadores que participan en eventos culturales y actividades de difusión.
El Jardín del Colibrí — Gloria Rivera Romero México: 8:00 AM España: 4:00 PM
Neuronas Poéticas — Cecilia Pari México: 4:00 PM Perú: 5:00 PM España: 12:00 AM
Rincón de Lectura —-Gustavo Rivera
Argentina: 9:00 PM
España:2:00 AM ( jueves )
━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━ JUEVES ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━
Sala de Lectura Luz Mágica — Gloria Rivera Romero México: 8:00 AM España: 4:00 PM
Atrapados por el Texto — Amalia Beatriz Arzac México: 6:00 PM Argentina: 9:00 PM España: 2:00 AM (viernes)
La Cueva del Lobo — Luis Fernando Molina México: 8:00 PM Guatemala: 8:00 PM España: 4:00 AM (viernes) Emisión durante las tres primeras semanas del mes.
Luciérnaga Arte Diverso — Luis Fernando Molina México: 8:00 PM Guatemala: 8:00 PM España: 4:00 AM (viernes) Emisión la última semana del mes.
━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━ VIERNES ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━
El Paraíso de la Poesía — Doris Ospina Alzate México: 2:00 PM Colombia: 3:00 PM España: 10:00 PM
Los Amigos Poetas y Yo — Cecilia Pari México: 4:00 PM Perú: 5:00 PM España: 12:00 AM (sábado)
Conducido por Cecilia Pari desde Cajamarca, Perú.
Letras al Viento — Gustavo Rivera México: 6:00 PM Argentina: 9:00 PM España: 2:00 AM
De Carne y Verso — Alfredo Cisneros México: 8:00 PM España: 4:00 AM
C
━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━ SÁBADOS ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━
Tiempo de Niños — Alfredo Cisneros México: 12:00 PM España: 8:00 PM
Omar Martínez González. Creador de décimas literarias para Atrapados por el Texto
🌎 ALCANCE INTERNACIONAL
Radio Aldora es escuchada por oyentes de: Suecia. · España · El Salvador · Nicaragua · Chile · Bolivia
Su carácter multinacional y su enfoque cultural la convierten en una plataforma sólida, activa y en crecimiento.
📻 INFORMACIÓN PARA LOS COLABORADORES
Radio Aldora es una emisora cultural online, accesible únicamente con conexión a internet desde ordenador o teléfono móvil. Comparte literatura, poesía, relatos y música, dando voz a autores de toda la comunidad hispana.
https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png00le-administradorhttps://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.pngle-administrador2026-09-23 11:17:292026-09-28 23:14:57NOTICIAS Y COMUNICADOS – SEPTIEMBRE
Todos los textos publicados en esta revista están protegidos por la Ley de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna. Queda estrictamente prohibida su reproducción total o parcial, distribución o difusión sin la autorización expresa de sus autores. Letras Hispanas por el Mundo respeta y defiende la creación literaria, garantizando la integridad y la autoría de cada obra.
NUBE
Andrea Kiperman – Argentina
Antes que nada, como siempre, gracias por estar del otro lado compartiendo estas palabras. En esta ocasión, el tema del mes es la lluvia, y me es grato poder estar aquí.
Una vez me dijeron que la lluvia, al ser elemento agua, aparece en las ciudades y lugares cuando se necesita cierta limpieza de las emociones de quienes viven allí. Es una metáfora que cierra con mis ideales. Si se presta especial atención, en los días de lluvia —y más aún cuando han sido varios seguidos— el ambiente está más sereno, más liviano, como si ese agua hubiera limpiado el lugar.
Claro que, por momentos, la lluvia “molesta” en la vida cotidiana y rutinaria que llevamos en los grandes lugares… y en los no tan grandes también. Quizá sea bueno que la próxima vez que llueva donde estés, simplemente te dejes mojar unos instantes: sentir algunas gotas en la cara, en la piel, y luego seguir con tu día.
Vivimos tan rápidamente que se nos olvida disfrutar de las pequeñas cosas, que para mí son las grandes cosas de la vida. Lo sencillo, lo sutil, lo efímero… y en eso encontramos lo natural, como puede ser el agua de lluvia.
Hay días también en que la lluvia es fuerte, mueve todo lo que está alrededor con su viento arrasador. Y, por supuesto, hay veces en que sentimos la nube encima, como si nos persiguiera a cada lugar —como en los dibujitos animados, pero en la vida misma—. Esa sensación la conocemos bien.
Ahí aparece la idea que nunca falla: arriba está el sol. Siempre está el sol. Solo hace falta que las nubes se disipen con un viento fresco que ilumine nuestro camino.
Nunca lo olvides, porque yo tampoco lo hago.
Quedo con ustedes.
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https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png00le-administradorhttps://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.pngle-administrador2026-08-25 13:10:472026-09-09 14:01:09ASESORA CRECIMIENTO PERSONAL
Todos los textos publicados en esta revista están protegidos por la Ley de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna. Queda estrictamente prohibida su reproducción total o parcial, distribución o difusión sin la autorización expresa de sus autores. Letras Hispanas por el Mundo respeta y defiende la creación literaria, garantizando la integridad y la autoría de cada obra.
COLABORADORES
Maren Alberdi – España
Carlos González Saavedra – Argentina
Elspeth Gormley – España
Sarah Petrone – Argentina ç
Yanni Tugores- Uruguay
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LA LEALTAD SE DEMUESTRA
Maren Alberdi – España
Cuando el barco quedó varado por la tormenta, todos corrieron a buscar refugio. Todos menos ella.
Se quedó a su lado, empapada, temblando, pero firme. Y entonces entendió entonces que la lealtad no es una palabra: es quien se queda cuando el mar se enfurece.
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MIENTRAS PENSABA
Carlos González Saavedra – Argentina
Un momento, un pensamiento. Tomando un café, mientras pensaba.
Solo las gotas de lluvia pueden sacarme este hueco del pecho. Solo ellas, al caer, me hablarán de lo que es la alegría. Conocen como nadie el dolor de las hojas y su desprendimiento de los árboles en otoño; cómo aprieta el frío del duro invierno.
Sin embargo, siguen limpiando emociones, dejando aromas de tierra mojada y asomando un sol que lo cura todo.
Una y otra vez, a empezar. Aceptar que en los ciclos de la vida se esconde la magia. Ahí sí: dónde está la alegría.
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LA VIDA
Elspeth Gormley – España
Marta encontró una semilla en el suelo del mercado. No sabía de dónde había caído, pero la guardó en el bolsillo. Meses después, al verla brotar en una maceta improvisada, comprendió que la vida siempre busca un modo de seguir, incluso cuando nadie la espera.
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RECIÉN CASADOS
Sarah Petrone – Argentina
Cerró los ojos y lo besó largamente.
«Hasta que la muerte nos separe», juró.
En su primera noche de bodas, el cielo estrellado le guiño un ojo. Trastabillo en sus brazos.
Tras empujarla al vacío, la heredó.
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UNA RISA MÁS
Yanni Tugores- Uruguay
El verano nos regala una suave brisa; es noche de Navidad. Susurros de paz recorren el lugar; los niños juegan. Solo uno está alejado, no sonríe. Su madre se acerca. Él, con ternura, mira al cielo: —¿Dios le regalará una Navidad así a los niños pobres? Ella, emocionada al ver a su niño pequeño tan reflexivo, contesta: —¿Esta noche es mágica, hijo mío; es Navidad. Todos los niños del mundo tendrán una cena hermosa y juguetes bajo el árbol. Una utopía, quizás, pero al menos ese día otro niño sonrió.
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https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png00le-administradorhttps://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.pngle-administrador2026-08-25 13:10:022026-09-09 14:02:09MICRORRELATOS – AGOSTO
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POESÍA – ¿QUÉ ES LA FELICIDAD? -SEPTIEMBRE
© Todos los derechos reservados. Los textos publicados son propiedad de sus autores y están protegidos por la legislación de Propiedad Intelectual y el Convenio de Berna.
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COLABORADORES
.Maren Alberdi — España
Sandra Edith Aguíñiga Luquín — México
Libia B. Carciofetti — Argentina
Gloria del Río — Colombia
Carlos González Saavedra — Argentina
Elspeth Gormley — España
Lamberto Ibárez Solís — México
Margarita Mangione — Argentina
Antonio Morelos — México
Cristina Muñoz — Colombia
Sarah Petrone — Argentina
Ricardo Ernesto Quattri — Argentina
Graciela Reveco — Argentina
Yanni Tugores — Uruguay
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LA FELICIDAD
Maren Alberdi-España
La felicidad es hogar.
Es el recuerdo tibio de la infancia,
ese lugar donde todo era sencillo
y el mundo cabía en las manos de quienes nos cuidaban.
La felicidad es saber a los tuyos bien,
sentir que la vida los abraza
aunque el camino sea largo
y a veces duela.
Es vivir cada día con sus problemas,
con lo cotidiano, con lo que pesa,
pero aceptándolo,
porque también ahí hay luz.
La felicidad es desear lo mejor al otro,
aunque no esté cerca,
aunque no lo diga,
aunque no lo sepa.
Es sentir la paz interior,
esa calma que llega cuando uno agradece
lo que tiene, lo que fue,
lo que aún no llega.
La felicidad es dar gracias cada día,
por lo pequeño, por lo grande,
por lo que sostiene,
por lo que enseña.
Es saber que el camino es duro,
pero aceptarlo sin miedo,
porque cada paso también es vida.
La felicidad es vivir cada día
con todo lo que conlleva,
pero aceptándolo
y agradeciendo por ello.
✦············✦
LA FELICIDAD NO HACE RUIDO
Sandra Edith Aguíñiga Luquín-México
La felicidad no grita,
no toca nunca la puerta,
no dice cómo se llama.
Es discreta y silenciosa,
pasa casi inadvertida
como sombra misteriosa.
Permanece escondida:
en una noche estrellada,
en la luz de la alborada
que nos viste de alegría.
Se confunde en el paisaje
y en el Sol de cada día.
La encuentras en una flor,
en el pájaro cantando,
en el viento que te roza
con renovada frescura.
En los ojos de aquel niño
con su mirada más pura.
La dicha nunca se anuncia
porque está cerca de ti,
y tú, buscando tan lejos:
en lo que un día sucederá,
en las cosas y el mañana
convencido que vendrá.
Te enfocas en lo que falta,
en la respuesta esperada,
en las glorias y el dinero,
en lo que debía ocurrir,
que llegarán algún día,
para hacerte sonreir.
Pero la espera es muy larga,
ladrona de nuestros días;
se apodera de las horas
que en silencio va borrando.
Y si sueñas con mañana,
la vida se va escapando.
Hasta entonces comprendemos
nuestro aquí y nuestro ahora:
con besos y con abrazos,
con lágrimas, con heridas,
con pérdidas y con sueños
abandonos… despedidas.
Es cuando descubrimos
felicidad escondida:
en pequeñas alegrías,
en huellas que hemos dejado,
en el dolor que transforma
y en lo que hemos amado.
Ahora la dicha añorada
ya tiene distintos nombres:
amar, presente, vivir,
dejar ir, aceptación,
silencio, nuevo comienzo,
y bendita bendición.
Porque la felicidad
no está en la espera infinita
de nuestra vida soñada
ni en aquello por venir;
se encuentra en la gratitud
del milagro de vivir.
Recuerda: felicidad
no hace ruido, está latente.
Cuando la veas, atrápala,
consérvala en tu existir,
arrópala con tus brazos,
hasta tu día de partir.
✦············✦
DOÑA FELICIDAD TOCO A MI PUERTA
Libia B. Carciofetti-Argentina
Doña felicidad llamó a mi puerta
y un suave perfume a jazmines me invadió.
Su rostro era dulce, miel el color de sus ojos
su vestido estampado de flores multicolor.
Le abrí temerosa de que se negara
a tomar aposento en mi corazón
pero sus manos cálidas acariciaron mi alma
infundiendo confianza, alejando el temor.
Venía cansada de tocar ¡tantas vidas!
Doña felicidad era joven, la creía mayor.
Me contó que hay personas que no creen en ella
pues se acostumbraron a convivir con el dolor.
Sin embargo su presencia me impregnó de frescura
sentí que era un bálsamo, regalo de Dios
me nacieron mariposas dentro de mi pecho
y en mi cuerpo brillaban rayitos de sol.
Si tu no dispones todo lo contrario
te haré compañía . . . ella susurró.
Tal vez mi permanencia no sea para siempre
como no lo es la vida, tampoco el amor.
Extendí mis brazos, la abracé muy fuerte
y detrás de ella, la puerta se cerró.
Desde ese día somos dos almas gemelas
y en mis mágicos sueños, le doy gracias a Dios.
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FELICIDAD
Gloria del Río-Colombia
Tal vez la felicidad
no sea una casa iluminada,
sino un rayo de sol
por la ventana.
La sencillez de las palabras,
cuando el amor se posa
en el cristal de un alma sola.
El canto del silencio nocturno
bajo un estallido de estrellas
y el frío cubierto en un abrazo.
La lágrima sencilla de un niño,
mientras cambia el dolor
por la esperanza,
el hambre por el pan
y el dolor por la caricia,
cuando ya no pide nada.
Felicidad es aspirar el aire
antiguo de los bosques,
el pasto húmedo que roza
la mano al tocar las flores,
el vuelo de las aves
y el vestido rojizo del ocaso.
Y cuando abandona nuestro mundo,
y ya no quiere darnos nada…
queda como pequeña brasa
que sigue ardiendo lentamente,
en la oscuridad de la memoria
y la palabra.
✦············✦
FELICIDAD
Carlos González Saavedra-Argentina
La felicidad a veces se esconde
En una mesa bien tendida en familia
donde brilla la inocencia de los nietos
Con comida rica de gente sencilla
En miradas sinceras entre sonrisas
En un apretón de mano, mirando a los ojos
O en los abrazos de amigos que hace tiempo
No veías.
La felicidad es cuando el amor domina
Cuando sonríe el alma.
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LA FELICIDAD HABITA EN LO INVISIBLE
Elspeth Gormley-España
La felicidad no siempre se ve.
A veces es apenas un susurro,
una vibración leve
que se posa en el corazón
como una pluma que cae sin ruido.
Es el eco de una risa antigua,
la memoria de un abrazo,
la luz que queda
cuando la luz se va.
La felicidad es un espíritu suave
que camina descalzo entre los días,
que se detiene en los silencios
y deja un temblor de vida
en cada rincón del alma.
No se busca.
Se reconoce.
Como se reconoce el olor de la lluvia
antes de que caiga,
o el nombre de alguien
que nunca se dijo
pero siempre estuvo dentro.
La felicidad es un hogar sin paredes,
un refugio que no se toca
pero se siente.
Un lugar donde el alma descansa
y dice:
“Aquí estoy.”
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LA FELICIDAD
Lamberto Ibárez Solís-México
La felicidad para mí es el estado anímico;
la cual se encuentra alojada en tres partes
de nuestro cuerpo: alma, mente y corazón,
por eso que las plantas son motivos de canción.
Es una luz interior que nos permite vivir en paz;
ofrecer nuestros modestos servicios a los demás,
es abrazar a quienes queremos con el corazón;
entregarle los sueños plenos de amor a una mujer.
Te he encontrado en los montes y mis selvas,
en las barrancas impenetrables de mi tierra;
te conocí en la sonrisa de los niños harapientos
de mi pueblo; cuando les sirven su arroz caliente.
En la ropa nueva de los hombres campesinos
estrenados en las Nochebuenas y Años nuevos;
en los calzados de las damas humildes de mi costa;
en la captura de pescados que brincan desesperados.
Te vi en el rostro hermoso de mi madre cuando terminé;
en el rostro de mi abuelo en las calles de mi pueblo;
en la aurora boreal de las mañanas y en las tardes;
esas tardes que se llevan mi alma cuando fenece el sol.
En el canto de los gallos; en el trinar de los pájaros
en el croar de las ranas; llamando a la lluvia;
que nos ha castigado en este septiembre patrio;
me mes de nacimiento; cuando mi madre me tuvo.
La felicidad, me la ha brindado la vida por mis luchas;
por mis entregas, sacrificios y retos por mejorar;
por haberme encontrado a mí mismo y conocerme,
vencer a las vicisitudes y enconos de la propia vida.
Por mi agradecimiento a mi Dios; por mi vida entera,
por esta vida a la que sigo luchando por los pobres,
los desheredados y hermanos del mismo surco;
esa brecha que con el arado y manos; sembramos.
Por mis tres flores y retoños que he cosechado,
por mis triunfos y derrotas de las que aprendo,
Por mis tantos errores; por mis tantas caídas;
pero aún te sigo sonriendo vida mía por tu felicidad.
✦············✦
BUSCANDO LA FELICIDAD
Margarita Mangione – Argentina
Jamás la hallé, pero soy obcecada,
y la busqué por todos los caminos,
sufrí y lloré, pero no importó nada,
quise cambiar mi vida y mi destino.
Tanto indagué a todos preguntando,
¿dónde estará, en dónde se ha escondido?
mucho luché‚ siempre desesperando,
¿será verdad, o jamás ha existido?
Hoy al final de un sendero tortuoso,
lleno de llanto, de pena y soledad,
duda venal de un deseo infructuoso,
poder ser dueña de la felicidad.
Y es, ya lo sé, ahora estoy segura,
una palabra más del diccionario,
si la busqué‚ y aún la angustia dura,
solo yo soy, culpable del calvario.
Yo sola soy, causante de la herida,
que por buscarla tiene el corazón,
si lloro hoy, por mi vida perdida,
es por la sinrazón de mi ilusión.
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VIVE CONTENTO
Antonio Morelos-México
Quizá suene a hipocresía
lo que les voy a decir,
pero en su Dios quien confía
y lucha él, sin desistir,
nunca pierde su alegría,
canta y sabe sonreir.
Una constante en la vida
siempre es la felicidad,
buscarla de noche y día
tarea de la humanidad,
si alguien pensó la tenía
descubrió, no era averdad.
Yo no se si hoy soy feliz,
pero hipócrita, no soy,
por eso es que decidí
contarles mi decisión,
no me preocupa mi fin
y siempre contento estoy.
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AMOR DEL BUENO
Cristina Muñoz–Colombia
amor
refugio de lazos
enredados
en mis amaneceres
amor del bueno
sabor escondido
de mis pesares
ira de mis momentos
sin límites
placer de nuestros
campos
sin frontera
manantial
de agua fresca
amor del bueno
amor de lluvia
amor de otoño
amor de arena suave
amor
puro cálido
amor de mis sueños
amor de pasión
donde una noche
de luz difusa
entre
leños escribí
este poema
amor
de viaje
una maleta sólo de dos
amor sabor de caramelo
amor de siempre
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¿FELICIDAD?
Sarah Petrone-Argentina
Son momentos robados a la vida,
susurros queriendo ser palabras,
apenas una tímida sonrisa
que se asoma entre cenizas desde el alma.
Efímero trasnochar de sentimientos,
pequeño resplandor cuando te atrapa,
así es la felicidad que se desliza
con algunas ilusiones, si te alcanza.
No existe en el mundo, aunque queramos,
la felicidad absoluta. Es imposible.
En este mar de absurdas realidades
nadie tiene por siempre, su conquista.
Aún así, a veces de la nada
surge desde el fondo de uno mismo
la voz interior que se abalanza
para darnos el calor de su caricia.
Vivir siempre feliz es arrogancia,
es negar del dolor su pesimismo
en la máscara que se oculta y se disfraza
tras la farsa de algo que no existe.
Pequeña felicidad, si nos abraza
solo para entender que se precisa.
Mezquina porque no puede comprarse
y se regala quizá, como capricho
✦············✦
FELICIDAD-TU Y YO
Ricardo Ernesto Quattri-Argentina
Destellos, milagros
de espacios de tiempos
detenidos en calmos
senderos iluminados
con sueños, besos y abrazos.
Promesas cumplidas,
certeza y resguardo.
Miradas que alumbran
el día y el universo mirando.
Encuentro de almas
que se añoraron,
de distantes eras,
siempre esperando.
Es detenerse al instante
de ese vuelo, en tanto,
se reconocen vidas
que el amor, les ha dado.
Voces que siguen amando
aún en la ausencia,
y en esencia de nuevos
milagros.
Tu amor, mi amor.
Felicidad eterna.
Manos entrelazadas
abrazando recuerdos.
Alianza que se habita
desde el origen
de todos los tiempos.
“Dos almas que se encuentran
se reconocen
y se celebran”
✦············✦
SER FELIZ
Graciela Reveco–Argentina
Tríptico
1
a pesar del dedo que señala
y lastima
en un tiempo de alcoholes y barbijos
de aplausos
al quehacer hospitalario
de llanto enredado a las cenizas
dentro de un grito de plástico
bolsa negra
en blanco jardín del cielo
ser feliz
a pesar de la voz
que sufraga en controversia
que enreda y desenreda a su antojo
porque no ha visto el rayo
no ha escuchado el grito
que acabará con su desidia
-la que no mira primero
adentro de sus propias fallas-
y rotula
y ultraja
desconociendo al que conocía
porque decidió creer en la mentira
2
mientras la espalda se aleja
insigne
infeliz y agraviada
la voz que quiebra los cuerpos
incapaz de enfrentar la mirada
sigue enredándose en los otros
comiendo del pan agrio mentiroso
exhibido en oscuro almíbar
absuelto de reconocer los yerros
lamiendo las propias miserias
con el murmullo tumultuoso
que ronda, fecundo
entre los vivos muertos
3
solo queda un parlamento
aprender
con la injusticia deleznable
que ser feliz es el remedio
ser feliz
a pesar
de las negras palomas del silencio
es el sable que cortará los dedos
y apagará las voces del veneno
ser feliz
es la visión que necesita el engañado
y el castigo que merece el miserable.
✦············✦
DARLO TODO
Yanni Tugores-Uruguay
Un abrazo tierno que lo puede todo,
no la mezquindad de una infame mirada.
La risa de un niño que juega inocente,
no la prisa loca de aquel que te engaña.
La luz transparente y en calma de un sueño,
no la envidia ciega que entristece el alma.
El calor profundo de una voz sincera,
no vidas vacías de una falsa fama.
El olor más puro de una suave brisa,
no la niebla espesa de la culpa humana.
La sonrisa franca que te da consuelo,
no el murmullo oscuro de la voz tirana.
El silencio que une, que trae el sosiego,
no el rencor que duele como herida insana.
La mano fraterna que extiendes al prójimo,
no el desprecio helado de una fe lejana.
La paz y el descanso cuando cae la tarde,
no sed de poder ni la ambición mundana.
La llama constante de quien vive el día,
no la sombra opaca del temor que atrapa.
El gozo sin miedo de dar sin medida,
no el hambre sedienta que te da la espalda.
Las palmas abiertas que comparten frutos,
no la vil codicia que corrompe y mata.
El amor humilde que lo entrega todo,
no el rechazo ingrato de voces lejanas.
¿Qué es la felicidad, me preguntas ahora?
Es dártelo todo, sin pedirte nada.
✦············✦
CARTAS – SEPTIEMBRE
© Todos los derechos reservados. Los textos publicados son propiedad de sus autores y están protegidos por la legislación de Propiedad Intelectual y el Convenio de Berna.
COLABORADORES
Maren Alberdi – España
Carlos González Saavedra – Argentina
Elspeth Gormley – España
Sarah Petrone – Argentina
Yanni Tugores – Uruguay
CARTA A LA RELIGIOSA QUE ME PROHIBIÓ HABLAR EN EUSKERA
Maren Alberdi-España
Querida hermana:
Han pasado muchos años desde aquel primer día en el jardín de infancia. Yo tenía tres. Usted tenía autoridad. Y España tenía miedo.
Recuerdo mi mano pequeña agarrada a la falda de mi ama. Recuerdo el aula grande, las mesas bajas, el olor a témperas y a colonia infantil. Recuerdo que me miró con una sonrisa que no entendí. Y recuerdo, sobre todo, su primera frase hacia mí:
—Maren . Aquí tienes que hablar español.
Yo no sabía qué era “español”. Yo solo sabía euskera, la lengua en la que mi ama me cantaba, en la que mi aita me hablaba, en la que mis abuelos rezaban. La lengua que yo era.
Pero usted me dijo que no. Que esa lengua no. Que esa lengua no valía. Que esa lengua no debía escucharse. Que eso era malo, que además era cosa de paletos.
Y yo lloré. Lloré sin entender. Lloré sin palabras. Lloré porque me estaban arrancando algo que no sabía nombrar, pero que ya era mío. No fue solo una vez. Fueron muchas. Demasiadas.
Recuerdo su dedo señalándome delante de las demás niñas. Recuerdo su voz firme, casi dura: —¡En español, Maren! Recuerdo las risas contenidas de mis compañeras, que no sabían que yo no entendía, que yo solo quería hablar como hablaba en casa. Recuerdo la vergüenza quemándome las mejillas. Recuerdo sentirme pequeña, torpe, equivocada… cuando lo único que hacía era hablar como me habían enseñado a amar.
Era finales de los cincuenta. Era dictadura. Era silencio. Era miedo.
Usted no lo decidió. Usted obedecía. Pero yo era una niña. Y las niñas no entienden de política, ni de prohibiciones, ni de decretos. Solo entienden de heridas.
En casa seguíamos hablando euskera. Era nuestro refugio. Nuestra trinchera. Nuestra verdad. Mi ama me decía: —Habla, Maren. Habla como te sale del alma.
Y yo hablaba. Y cada vez que cruzaba la puerta del colegio, me callaba.
Ahí nació mi rebeldía. No una rebeldía de gritos. No una rebeldía de pancartas. Una rebeldía silenciosa, profunda, íntima: la de no olvidar quién soy, aunque me pidan que lo haga. No olvidar jamás mis raíces
Con los años, hermana, fui creciendo. Y aquella niña que usted corregía delante de la clase, aquella niña que lloraba porque no entendía, aquella niña que usted avergonzaba sin querer —o quizá sin saber— esa niña empezó a destacar.
Estaba en todas las matrículas de honor. En todas. Y cada vez que me entregaban un diploma, yo pensaba: “Si hubiera podido hablar como yo era, habría brillado igual… pero sin miedo.”
Pasaron los años.
Pasaron los años. Pasó la infancia. Pasó la dictadura. Pasó el miedo.
Y un día, hermana, la vi. La vi en la fila de inscripción de una ikastola. Usted, la misma que me decía que no podía hablar euskera, usted, la que me corregía delante de las demás niñas, usted, la que me hacía sentir pequeña por hablar mi lengua…
Usted estaba allí. Matriculándose. Aprendiendo. Recuperando. Volviendo.
No voy a mentir: me sorprendió. Me dolió. Me alivió. Me hizo pensar.
Quizá usted también tenía una herida. Quizá también le prohibieron. Quizá también tuvo miedo. Quizá también necesitó volver a la lengua que un día le quitaron.
Hoy no le escribo para reprocharle nada. Le escribo para decirle que la lengua no es política. La lengua es hogar. La lengua es raíz. La lengua es madre. La lengua es memoria. La lengua es identidad. La lengua es libertad.
Y aquella niña que lloraba en su aula… hoy escribe. Hoy habla. Hoy vive en euskera y en español. Hoy es ambas cosas. Hoy es más fuerte que entonces.
Porque, hermana, aunque usted no lo sabía, cuando me dijo que no podía hablar euskera, lo único que consiguió fue que nunca dejara de hacerlo.
Con respeto, con memoria, con verdad, con la niña que fui y la mujer que soy,
Maren Alberdi
✧༺♥༻✧ ✧༺♥༻✧
CARTA A MI NIETA
Carlos González Saavedra- Argentina
Mi querida Justina
Cuanto tiempo hace que no sé nada de vos. La distancia y obligaciones hicieron el resto.
Enterado por familiares que estas contenta con la facultad. Estas proyectando tus sueños.
Un mundo se abre por delante y estas en primera fila.
Quiero que sepas que estoy muy orgulloso de vos. Tener una nieta ,inteligente, educada, fina, distinguida y básicamente muy buena persona, me hace sentir un hombre y un abuelo muy afortunado.
Dios bendiga tus pasos, Justina, porque tus padres, ya caminan bendecidos.
Abuelo Carlitos
✧༺♥༻✧ ✧༺♥༻✧
TREINTA AÑOS DESPUÉS
Elspeth Gormley-España
Treinta años después, por fin puedo escribirte.
Durante muchos años no pude hacerlo. Había demasiado dolor, demasiadas preguntas y también demasiada culpa.
Me culpé por no haberme dado cuenta de lo que pensabas hacer. Durante mucho tiempo me pregunté si hubo alguna señal que no vi, alguna palabra que no escuché, algo que hubiera podido cambiar el rumbo de aquella historia.
Sé que estabas enfermo, pero nunca he dejado de preguntarme qué pasaba por tu mente para tomar aquella decisión. ¿Pensaste que estaríamos mejor sin ti? ¿Llegaste a imaginar el vacío que dejabas? Porque no solo te fuiste tú; también desaparecieron muchas certezas y comenzó para nosotros una vida que jamás habíamos imaginado.
Fue muy duro para todos.
Y sí, hubo una época en la que no pude perdonarte. Necesitaba entender algo que quizá nunca tuvo explicación. Pero los años me enseñaron que algunas heridas son más profundas de lo que quienes estamos al lado podemos ver.
Hoy ya no te juzgo. Tampoco me juzgo a mí. He aprendido a cerrar con calma aquella puerta que quedó entreabierta aquel día sin retorno.
Por eso, treinta años después, puedo recordarte sin rabia. Como una parte importante de mi vida, con sus luces y sus sombras, con sus momentos felices y sus inviernos.
Hace tiempo que te dejé ir en paz.
Y hoy, al escribir estas palabras, siento que también yo he encontrado la mía.
Esther
✧༺♥༻✧ ✧༺♥༻✧
CARTA A MI PSICÓLOGA INTERIOR
Sarah Petrone-Argentina
Creo que esta vez se me fue la mano. Cuando vi que mi amiga Julia, con un boleto de avión y una maleta vino a despedirse de mí, dándome las gracias por mis buenos consejos, me quedé anonadada. Yo ya no me acordaba qué le aconsejé, son tantas las veces que me pide ayuda.
Cada vez que su matrimonio siempre en crisis pasa por situaciones límites, ahí estoy yo con toda mi inexperiencia de solterona empedernida poniendo paños fríos en esa relación gastada y desgastante. De a poco me fue exponiendo el motivo de su decisión, y me encogí de hombros queriendo que me trague la tierra.
Me llené de culpas y remordimientos. A veces, creo que soy demasiado sincera. Es que no me puedo contener cuando las estupideces me hartan, entonces exploto. ¿Está mal? Años y años de escuchar las quejas de su vida monótona hasta que un día le dije: ma sí, pateá ese tacho de basura y volá.
Me miró sorprendida y fue cuando me aconsejó que debería estudiar psicología, porque soy buena escuchando y dando consejos. Delirante. Sin embargo, no creí que se atreviera a hacerme caso.
Tenés razón, me dijo. De vez en cuando es necesario partir, poner distancia cuando la rutina es tediosa y el amor se estanca en un pozo sin sueños que empiezan a despertar los fantasmas de la desilusión y el hastío. Tenés razón. Cuando la casa querida se agrieta en tantas obligaciones y los reproches amenazan la estabilidad de la familia, hay que partir.
Cuando ya las miradas de los ojos no se encuentran como siempre lo han hecho y el gris de la vida se instala entre los que se juraron fidelidad eterna, y les cuesta mantener las promesas, porque sí, porque el devenir de las horas, de los días,los años acumulando roces, enfrentamientos sin razones, solo por aburrimiento, desgastan, y hay que partir. Si hasta la cama se vuelve demasiado grande para dos, tan grande que ya no se encuentran en el medio, como siempre. Entonces el vacío se instala y el descontento pone sombras oscuras en los rincones donde siempre hubo luz.
De vez en cuando, cuando el niño y el adolescente interior se duermen y los sueños se pierden en complejos interrogantes, ya no hay razón para seguir viviendo de la misma manera. De vez en cuando abrir las puertas, salir y cerrarlas con un portazo que despierte a quien tenga que despertar, es sanador.
En el rezongo incómodo de la cómoda postura que ha dejado huellas, hasta las telarañas de las cornisas se sacuden y se desprenden. Entonces se despierta el hombre, la mujer, adultos y enteros, pisando fuerte en el piso que tambalea bajo los pies. Y el aire empieza a oler a flores, de repente.
No sabe si va a regresar. Ahora solo quiere irse. ¿Y dice que yo soy psicóloga? Me dejó sin aliento. La veo alejarse segura y me dan ganas de correr detrás de ella. ¿Me voy? ¿Dejo todo y me voy? Me está tentando hacerlo.
✧༺♥༻✧ ✧༺♥༻✧
DOS CARTAS EN SILENCIO
Yanni Tugores-Uruguay
A veces pienso en cuántas cosas no te dije, cuántas cosas callé por idiota, sabiendo bien que deseaba con el alma decírtelas. Ahora es tarde; no sé dónde estás ni qué fue de ti.
El ser humano es así: indeciso y egoísta. No es capaz de decirle a alguien todo lo que su corazón siente; cuando se da cuenta, ya es tarde.
Hubiera deseado pasar más tiempo contigo, compartir ricas comidas, charlar de trivialidades… No sé, cualquier cosa que nos hubiera acercado más.
Nunca fuiste bueno, ni con nosotros ni contigo. El alcohol te atrapó como una araña atrapa a una mosca, y nunca pudiste salir. Preferías ir a emborracharte con tus amigos a estar a nuestro lado. Mamá te siguió amando hasta el día de su partida; falleció con tu nombre en los labios. Pero tenía que decidir: éramos sus hijos o tú. Sé que le costó, pero hoy, que soy madre y ya abuela, la entiendo mejor que nadie.
Pero no te preocupes, no te odio por eso. No sé lo que siento en verdad: angustia, frustración, decepción. Solo sé que es tarde, muy tarde ya.
Sueño contigo casi a diario. Te sueño a mi lado, compartiendo paseos y risas. Pero también te sueño en un rincón de la calle, tapado con una manta hecha jirones, sucio y maltrecho por el rigor del clima. Es ahí cuando me desespero y me pregunto qué habrá sido de ti.
Nadie me sabe decir cuál es tu paradero. He recorrido el barrio donde vivías y nada. También he visto a tus amigos en el antiguo bar que frecuentabas. Nadie sabe nada.
Es como si la tierra, después de una larga sequía, te hubiese tragado sedienta, hambrienta de sangre.
Yo me jubilé y ya soy abuela, ¿sabes? Los niños han crecido y me han dado dos hermosos nietos, Julieta y Joaquín. Él se parece mucho a ti; todos lo dicen al ver tu foto colgada en la pared. Somos una bella familia, fruto de lo que dejaste en mis genes. A veces me pregunto qué hubiese sucedido si hubieses aceptado hacerte el tratamiento que tantas veces te sugerimos y jamás aceptaste. Ahora estarías disfrutando, al igual que yo, de estos hermosos niños que llenan la casa de alegría.
Ellos son los que dan sentido a mi vida, los que me hacen olvidar que un día te perdí y jamás te volví a ver.
No pierdo las esperanzas; hace un par de años pedí a la policía que te buscara, pero aún no me han dado noticias.
Sé que quizás esta carta, que decidí escribirte hoy, jamás te llegue, pero la guardaré muy celosamente por si algún día apareces. Me parece que así estaré un poquito más cerca y te iré contando cómo crecen los niños y cómo estoy yo. También te contaré de Tango, ese perrito que nos regalaste hace ya 15 años y que al principio mamá no quería aceptar. Pues aún vive, está viejito, pero tan juguetón como siempre.
¡Espera! Están tocando el timbre. Estoy sola, pues todos se han marchado al trabajo o al colegio. Vuelvo en un minuto. Ha sido la policía. No logro parar de llorar. Después de tanto tiempo, al fin te han encontrado en un callejón, como tantos días te he soñado. Pero no esperaba que fuese así, tan cruel.
Apareciste abrazado a la botella, frío e inerte. Junto a ti, una carta con mi nombre y mi dirección. Ahora no puedo leerla, no me dan las fuerzas para abrirla, como tampoco tú leerás esta. Estoy muy alterada y triste. ¡Te he buscado tanto, papá! Pero al fin te he encontrado. Al menos te veré por última vez y podré darte una digna sepultura. Te amaré por siempre.
Tu niña.
Nati
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CUENTOS – SEPTIEMBRE
© Todos los derechos reservados. Los textos publicados son propiedad de sus autores y están protegidos por la legislación de Propiedad Intelectual y el Convenio de Berna.
COLABORADORES
Maren Alberdi – España
Libia B. Carciofetti – Argentina
Carlos H. González Saavedra – Argentina
Elspeth Gormley – España
Jaime Hoyos Forero – Colombia
Margarita Mangione – Argentina
Andrea Morini – Argentina
Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
Sarah Petrone – Argentina
Yanni Tugores – Uruguay
DONDE EL MAR GUARDA LA MÚSICA
Maren Alberdi–España
La ciudad despertaba cada mañana junto al mar.
Las primeras luces se reflejaban en las fachadas blancas, las palmeras comenzaban a mecerse con la brisa y las fuentes llenaban los jardines con su murmullo constante. Los vendedores abrían sus puestos, los niños caminaban hacia la escuela y los pájaros trazaban círculos sobre el cielo azul.
Entre todos ellos había uno distinto.
Su plumaje era negro y brillante como el charol. No cantaba. No jugaba con los demás. Siempre aparecía solo y observaba el mundo desde las ramas más altas de los árboles.
Una tarde, dos niños lo descubrieron junto a un pequeño arroyo que cruzaba el jardín de su casa.
—Mira, allí está otra vez.
—Es verdad. Parece triste.
—También parece enfadado.
—Quizá esté solo.
Los dos permanecieron unos momentos observándolo.
El ave levantó ligeramente la cabeza.
—Nunca canta como los demás —dijo uno de ellos.
—Tal vez nadie le enseñó.
—O tal vez olvidó cómo hacerlo.
El pájaro escuchó aquellas palabras.
Por primera vez en mucho tiempo sintió algo extraño en su interior. Como una pequeña chispa que se encendía donde antes solo había silencio.
Con un brusco aleteo levantó el vuelo y desapareció entre los árboles.
Pasaron los días.
Muy cerca de la ciudad se alzaba un centro universitario donde estudiaban cientos de jóvenes. Allí existía también una orquesta formada por muchachos y muchachas que compartían una misma pasión: la música.
Entre ellos estaban una violinista de ojos oscuros y un joven violonchelista que nunca se perdía un ensayo.
Durante semanas prepararon un gran concierto.
Las partituras se llenaban de anotaciones, los instrumentos aprendían a respirar juntos y las melodías crecían poco a poco hasta llenar las aulas de ilusión.
Por fin llegó el día esperado.
El auditorio estaba lleno.
Las luces se atenuaron.
El director levantó la batuta.
Y la música comenzó a brotar.
Subía ligera como una gaviota, descendía suave como una ola y recorría el salón llenándolo todo de belleza.
Fue entonces cuando ocurrió.
Por uno de los ventanales abiertos entró una sombra veloz.
Era el pájaro negro.
Revoloteó sobre la orquesta mientras los músicos seguían tocando.
Dio una vuelta.
Después otra.
Y de pronto, como si fuera capaz de atrapar lo invisible, tomó la melodía entre su pico y escapó hacia el cielo.
La música se interrumpió.
Los instrumentos callaron.
El silencio ocupó la sala.
Nadie logró entender lo sucedido.
Mientras tanto, el ave volaba hacia el mar.
Llegó hasta una roca solitaria que se alzaba junto a un pequeño acantilado. Allí se posó contemplando el horizonte.
La melodía seguía viva.
Brillaba entre sus alas como una luz desconocida.
El pájaro quiso guardarla para sí.
Quiso quedarse con toda aquella belleza.
Pero comprendió que la música no había nacido para ser poseída.
La observó por última vez.
Luego abrió lentamente las alas.
Y la dejó marchar.
La melodía descendió sobre las aguas.
Las olas la recibieron con alegría y comenzaron a guardarla en su memoria infinita.
Llegó el verano.
Una tarde, los jóvenes de la orquesta paseaban por la costa mientras el sol descendía lentamente sobre el horizonte.
El mar estaba tranquilo.
El viento apenas susurraba entre las rocas.
Entonces uno de ellos se detuvo.
—¿Lo oyes?
—¿Qué cosa?
—Escucha.
Permanecieron en silencio.
Entre el rumor de las olas parecía surgir una música lejana.
Primero un violín.
Luego un chelo.
Después una trompeta.
Era una melodía conocida.
La misma que había desaparecido durante el concierto.
—No puede ser —murmuró alguien.
—Sí puede.
El mar la ha guardado.
Todos escucharon.
Y comprendieron que algunas cosas hermosas nunca se pierden del todo.
A veces cambian de lugar.
A veces se esconden.
A veces viajan muy lejos antes de regresar convertidas en recuerdo.
Muy cerca de ellos sonó un leve aleteo.
Sobre una roca permanecía inmóvil un pájaro negro de alas brillantes.
Ya no parecía triste.
Miró una última vez el mar, lanzó un breve graznido y emprendió el vuelo hacia el horizonte.
Mientras se alejaba, las olas continuaban guardando entre sus murmullos aquella música que ya formaba parte del ma
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ERA PRIMAVERA
Libia B. Carciofetti-Argentina
Era primavera y las Iglesias cristianas de Buenos Aires y alrededores habían organizado un «Gran PICNIC» en Los Bosques de Ezeiza. En el mes de julio aproximadamente con mi hermana ya le habíamos pedido permiso a papá para asistir; por supuesto con mi mamá, «jefa de nuestra tribu». Al «cacique» Primo, había que pedirle permiso con mucha antelación, a costa de «portarnos muy bien», estudiar sin «chistar» y demás menesteres de hijas obedientes… cosa que elaborara el permiso a nuestras salidas… y ese maldito «ya vamos a ver» que nos hartaba oír.
Yo tenía 17 años y mi hermana 13… Adolescente y joven “manejable” que acataba las órdenes a rajatabla…dominada por miradas bis a bis…tete a tete… Como era la educación de antes ¿vio?… ¿viste?
Con mi hermana contábamos con los dedos de las manos y de los pies los días que faltaban para el maravilloso evento. Ya habíamos asistido a otros encuentros en que lo habíamos pasado bárbaro… Un bosque de eucaliptos, que se sabía dónde comenzaba, pero no donde terminaba. Árboles con troncos añosos y perfumados que de solo adentrarse en el bosque ya los pulmones se hinchaban de gozo y de paz…,
Debajo de cada árbol familias, grupos, que compartíamos mates, jugos y las milanesas que preparaban las mamás la noche anterior y que devorábamos en tremendos sándwiches, porque allí todo era más rico… mamá llevaba el tejido y se juntaba a conversar con amigas que hacía tiempo no se veían, porque vivían distanciadas… tiempo de juegos, tiempo de reuniones de canto y meditaciones bíblicas, guitarreadas y caminatas… a esa «caminata» quería yo llegar en mis sueños de jovencita enamorada.
A mí me gustaba mucho un chico y el re-gustaba de mi… Ese sería un punto de encuentro fantástico…
Todo el mes de julio, agosto y parte de septiembre nos portamos como verdaderas «señoritas» con mi hermana, no cuestionábamos ninguna orden y dejamos de lado esa pregunta y respuesta odiosa… ¿Por qué?… ¡Porque no! y basta! Comíamos el guiso de mondongo que no nos gustó nunca, no nos peleábamos a la hora de lavar, estuvimos dos meses amontonando «buenas acciones» con tal de obtener el permiso… Dos días antes de la primavera, el 19 de septiembre se desató una tormenta de aquellas, que nos paralizó el corazón a las dos «Carciofetti»
MMMMMMMM. Me parece que se viene una maroma !!! Exclamó «cacique» Primo… y las dos corriendo a arrodillarnos a orar fervientemente que pare de llover…. los truenos ensordecían los oídos y aceleraban el corazón de miedo, la habitación quedaba iluminada con cada refusilo.
Papá trabajaba en el ferrocarril, se levantaba a las 4 de la madrugada y regresaba en el tren de las 15 hs. Al otro día amaneció nublado pero no llovía… así que mamá comenzó a martillar la carne para preparar las milanesas y pasarlas por el pan rallado, hizo una torta de naranja, preparó todo y a medida que íbamos acordándonos lo que faltaba lo íbamos guardando en la canasta.
A las 15 llega mi papá, la mesa tendida esperándolo… con zapallitos revueltos… con un olorcito que daban ganas de almorzar otra vez. Como te fue en la escuela, comenzó la indagatoria… ¡de diez papi! A ver a ver… y yo traía mi cuaderno con un excelente recién estrenado en matemática… muy bien! A ver vos (por mi hermana) no papi a mi me hicieron prueba hoy pero no me dieron la nota, pero la seño me dijo que estaba muy bien por lo que ella podía deducir… (De resultas se había sacado un uno y ella le había agregado el «0», ya mi mami le había dado un buen levante cuando se enteró, pero por amor a mí, que me iba a tener que quedar sin picnic «callamos las dos» por única vez me hice cómplice en beneficio mío…
La voz grave de papá sonó más esta vez, no sigan guardando más cosas en la canasta porque venía oyendo por la radio que mañana va estar peor el tiempo que ayer, se pronostica granizo y tormentas eléctricas… Un silencio de sepulcro abierto se hizo en el comedor y mi hermana comenzó a llorar como una marrana… Pero y si no pasa nada? y la radio se equivoca? y mañana amanece con sol y…y…y…
y N-A-D-A-! no salen mañana y se acabó y ¡punto! ¿Qué hago yo si se desata una tormenta y ustedes están lejos? ¡Pero papi! Y el tano ya estaba levantando presión y nos clavaba la mirada, y cuando el cacique clavaba la mirada, las indias cerraban la boca…
No dormimos en toda la noche enojadas con este papá tan «invulnerable» que nos tenía días en ascuas hasta que se resolvía a darnos el sí, para alguna salida… y siempre con mamá de custodia. Como todas las madrugadas antes de irse venía a darnos un beso, yo me hacía la dormida pero mi hermana siempre lo abrazada y besaba, esa mañana no lo hizo y le dio vuelta la cara … papá salió en silencio sin hacer preguntas…
Nosotras debíamos tomar el tren de las 6 de la madrugada para llegar al encuentro a las 9 y reservar nuestra sombra bajo del eucaliptus. Como ya no iríamos al picnic, y no teníamos clase mi mami no tuvo mejor idea que nos levantemos para después de desayunar, una limpiar cada dormitorio, el baño, el comedor, baldear la vereda, y barrer el patio.
Mi mami escuchaba radio mientras cosía y nosotros afuera comiendo «rabia» por habernos quedado sin «picnic» Oímos que mamá desde la cocina decía no, no! DIOS mío no puede ser! hasta que estalló en llanto… de verdad nos asustamos mucho; aumenta el volumen de la radio, y sin poder pronunciar palabra nos abraza a las dos… Repiten otra vez con voz alarmante ya…
¡ULTIMA NOTICIA! Tren que pasaba por Escobar a la las 5-10 de la mañana descarriló en Benavídez entre las estaciones de General Pacheco e Ingeniero Maschwizt, y volcó sobre la margen izquierda … Hasta este momento son 236 los muertos, y 400 heridos aproximadamente, entre ellos muchos jóvenes que aprovechando el día del estudiante y de la primavera se dirigían a diferentes lugares del gran Bs As… Se pide a la población que colabore con las cuadrillas de rescate porque hay cuerpos irreconocibles que serán depositados en la morgue policial de General Pacheco y hospitales de la zona…
Lo que sigue es inenarrable, pues en ese tren viajaban «mi chico», con varios jóvenes que venían subiendo desde la localidad de Zárate, y en cada estación… nosotras aparte de mi mamá, íbamos con tres amigas con sus madres.
Esa tarde papá llegó a las 19 a casa… fue eterna la espera e inmenso el abrazo que nos dio… no parábamos de llorar los cuatro.
¡Tan «niñas» entendimos que DIOS TIENE UN PLAN PARA CADA VIDA, Y PONE A LAS PERSONAS INDICADAS QUE SERÍAN COMO SEMÁFOROS ROJOS PARA DECIR SU ROTUNDO NO! En este caso fue nuestro papá, que nos mezquinaba tanto las salidas, no porque no quería que disfrutemos de la vida y la juventud, le temía a todo lo que pudiera sucedernos al salir solas…
Papá cuando salió de su sopor como nosotras nos dijo que no solamente porque pensó en una tormenta, sino que algo superior le inclinó a negarnos el permiso de ir al paseo… Sin duda fue la voz de DIOS que le susurró a sus oídos… y él le prestó oídos. Hoy estaríamos en esa lista dolorosa de tantos que iban a trabajar y otros a disfrutar del día de la primavera…
Nuestro pueblo se hizo famoso no por su adelanto edilicio, sino por este fatídico accidente.
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UNA HISTORIA REAL
Carlos González Saavedra-Argentina
Al fin llegó el ansiado sábado. ¡Había esperado mucho tiempo para que este día llegara! En mi cumpleaños, hace más de un mes, había organizado una colecta para un comedor en Cañuelas.
A los invitados a mi fiesta les pedí juguetes y útiles escolares para un comedor muy pequeño, donde cada día comían treinta niños. Se reunió bastante. También mi hermana se sumó a la ayuda y llevó todos los elementos para maquillar a cada niña que quisiera pintarse el rostro. Como artista plástica y maquilladora profesional, su trabajo sería maravilloso.
Así fue. El baúl del auto estaba completo.
Nos habían pedido que estuviéramos a las 11:30 porque a las doce se almorzaba. Era importante que nos sentáramos con ellos, y así lo hicimos: pusimos la mesa y ayudamos a servir. Siempre se preparaba comida extra, ya que había niños que traían un recipiente para llevar algo a casa para la noche.
Todo se desarrolló con mucho cariño. Después de ordenar y comer una fruta de postre, llegó el momento de entregar los regalos. Hacer una fila fue imposible, ya que se abalanzaban sobre la mesa. La señora que me acompañaba estaba agotada.
Había un niño de unos once o doce años que pedía y pedía, aunque ya quedaban muy pocas cosas. Eso obligó a la señora a ponerse firme y preguntar quién faltaba.
—Una mano levantada en primera fila gritó: ¡Yo! —No seas pícaro, tú fuiste el que más recibió —respondió enojada.
El niño bajó la vista y, con algunas lágrimas en los ojos, se sentó en silencio en un banco, lejos de todos. Esa actitud llamó la atención de Margarita, que rápidamente preguntó:
—¿Qué te pasa? —Señora, yo pedía para los más pequeños. Ellos no llegaban a la mesa, los más grandes los tapaban. Por eso me quedé sin nada.
Esas palabras la estremecieron tanto que me llamó: —¡Carlos! Pobre, se quedó sin regalos ni útiles.
Lo miré fijo a los ojos, apagados y tristes, y le pregunté: —¿Cómo te llamas? —¡Carlitos! Me dicen Tévez —respondió con una mirada pícara escondida. —¿Ah, eres de Boca? —¡Sí! —dijo orgulloso—. b —Qué lástima, yo soy de San Lorenzo, pero te doy mi palabra de honor de que el próximo sábado traeré un regalo para ti. —¡Gracias! —y se fue corriendo. Vivía en una casita muy precaria, con techo de láminas de metal y suelo de tierra. Era el mayor de seis hermanos.
Los niños se fueron, la comida sobrante se repartió y nada quedó en la olla. Di unas vueltas por el barrio, todos en la misma condición, algunos peor.
Mi sorpresa fue mayor aún cuando, en el umbral de una casa, una niñita permanecía como un testigo mudo de agradecimiento. Lucía en su cara una mariposa. Habían pasado dos horas y ahí estaba, orgullosa de su pintura. Pensé en cómo, con tan poco, podemos darles un momento de felicidad que seguramente nunca olvidarán.
Volví con mi palabra de honor empeñada, con un sabor agridulce en los labios, por las contradicciones de la vida misma. Maestras que les exigían a estos niños un cuaderno de tapa dura con cincuenta hojas, cuando comían de manera salteada.
El lunes temprano fui a la casa de deportes y compré una pelota. Le conté al vendedor lo que había vivido. Me escuchó atentamente. —Le puse en la bolsa con la pelota unas medias de Tévez. ¡Van de regalo!
Agradecí emocionado el gesto.
Durante la semana compré algunos útiles escolares y ropa, y volvimos cargados al comedor. El día estaba luminoso, los niños estaban por comer cuando llegamos. Uno de los encargados me pidió que la bolsa se la diéramos aparte, porque se iban a poner a jugar y luego vendría la comida.
Así fue que fuimos al auto con Tévez, abrí el baúl y le entregué la bolsa. —No juegues aquí, tus compañeros no van a comer. Llévala a tu casa.
Su entusiasmo, su inocencia, sus ojitos brillando en todas direcciones me llenaron de emoción. La emoción de hacer feliz a un niño, al menos por un rato.
Es importante señalar que los responsables del comedor eran Jorge, exconvicto, y su amigo Damián. Este último se había criado en un comedor, nunca conoció a sus padres; esa era su familia.
Por último, me gustaría terminar este relato verídico con una reflexión: Somos canales de abundancia divina. Merecemos todo lo que recibimos, y así como recibimos debemos dar; como damos, recibimos.
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UN AMIGO EN EL BOSQUE
Elspeth Gormley-España
Cuando recibí la noticia de que un lejano pariente me había dejado una herencia en el norte, pensé que se trataba de alguna cantidad de dinero o de unos terrenos sin importancia. Sin embargo, descubrí que mi legado era una pequeña casa situada junto a una aldea cercana al mar, escondida en el corazón de un bosque.
La vivienda era modesta, pero tenía un encanto especial. Un arroyo corría junto a ella, una vieja higuera extendía sus ramas sobre el tejado y el silencio parecía envolverlo todo. Necesitaba algunos arreglos, así que contraté a unos hombres de la aldea para acondicionarla.
Mi intención era quedarme allí una temporada para escribir una novela. Solicité una excedencia, instalé un pequeño estudio y me dispuse a vivir alejada del mundo. Con el tiempo llegaron también algunas gallinas, una cabra y un perro que pronto se convirtió en mi compañero inseparable.
La vida transcurría en calma. Pasaba las mañanas escribiendo y las tardes recorriendo el bosque. Sin embargo, al cabo de unas semanas empecé a notar algo extraño.
Durante la noche escuchaba carreras y golpes en la buhardilla. Por las mañanas aparecía siempre un ratón muerto junto a la puerta.
Pensé que el desván estaba lleno de roedores.
Una noche vi una luz azulada moviéndose tras el pequeño ventanuco de la parte superior de la casa.
Intrigada, subí la estrecha escalera de madera.
Al abrir la puerta de la buhardilla me encontré con algo imposible: una luz flotaba en el aire sin que nadie la sostuviera.
—¿Quién eres? —pregunté.
Tras unos instantes de silencio, una voz respondió:
—Soy Fernando. Fui carpintero en esta aldea.
La voz me explicó que pertenecía a la Santa Compaña. Tras morir, había emprendido el camino junto a otras almas, pero una distracción en mitad del bosque lo separó de la procesión y terminó refugiándose en aquella casa.
—Aquí espero a que vuelvan a buscarme.
Confieso que cualquier otra persona habría salido corriendo. Yo, sin embargo, sentí más curiosidad que miedo.
—¿Y los ruidos de cada noche?
—Los ratones —respondió con evidente disgusto—. Los detesto.
Aquella respuesta me hizo reír.
Resultaba curioso encontrarme ante un fantasma que detestaba a los ratones
Al día siguiente traje un gato de la aldea y el problema quedó resuelto.
A partir de entonces nació una amistad inesperada.
Fernando pasaba las noches conversando conmigo. Me hablaba de las antiguas leyendas ancestrales, de cuevas y de brujas y de las historias que había escuchado durante su larga vida.
Yo le contaba cosas de mi tierra mediterránea, tan diferente de aquellos paisajes verdes y húmedos.
Con el paso de los meses terminé acostumbrándome a su presencia.
A veces sabía que estaba cerca porque alguna silla comenzaba a moverse sola mientras la reparaba. Otras veces veía una regadera elevarse en el aire para derramar agua sobre las hortalizas del huerto.
Mi perro también terminó aceptándolo.
Al principio aullaba cuando veía aquella luz azul descender por la escalera. Después empezó a mover la cola cada vez que aparecía.
En verano fui invitada a participar en una queimada durante la noche de San Juan.
Aquella celebración me impresionó profundamente. El fuego iluminaba los rostros, el conjuro resonaba en la estancia y las antiguas creencias parecían volver a la vida durante unas horas.
Al terminar la fiesta regresé sola por un camino rural.
El coche empezó a calentarse y me vi obligada a detenerme junto a una pequeña casa donde brillaba la luz de una vela.
Me abrió una anciana vestida completamente de negro.
Nada más verme sonrió.
—Te estaba esperando.
Aquellas palabras me sorprendieron.
Le expliqué que debía de estar confundida, pues jamás nos habíamos visto.
La anciana negó con la cabeza.
—Claro que te conozco. Hace siglos fuimos familia.
Después comenzó a contar una extraña historia sobre una vida pasada en la que ambas habíamos muerto acusadas de brujería.
Lo más inquietante fue que mencionó un lunar que yo tenía en la espalda y que nadie podía ver.
Me marché de allí con una sensación difícil de explicar.
Cuando llegué a casa conté la experiencia a Fernando.
La luz permaneció en silencio.
No me dio ninguna explicación.
Y, por alguna razón, aquel silencio me impresionó más que cualquier respuesta.
Poco después llegó una gran tormenta.
Los rayos caían sobre el bosque, el viento hacía crujir los árboles y la lluvia golpeaba el tejado con violencia.
Los animales estaban aterrados.
Yo también.
Sin embargo, aquella noche advertí que la luz de Fernando permanecía junto a mi cama.
Como si estuviera vigilando.
Como si quisiera protegerme.
A la mañana siguiente me habló con una tristeza que nunca antes había percibido en su voz.
—Creo que pronto me marcharé.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Por qué?
—Una anciana meiga de la comarca está a punto de morir. La Santa Compaña vendrá a recoger su alma… y también la mía.
La noticia me entristeció profundamente.
Durante todo aquel tiempo Fernando había sido mucho más que un fantasma.
Había sido amigo, consejero y compañero de soledad.
La noche siguiente me despertó un extraño resplandor.
Miré por la ventana y vi avanzando entre los árboles una procesión silenciosa.
Figuras cubiertas por negras túnicas caminaban lentamente portando luces azuladas y blanquecinas.
Se detuvieron ante la casa.
Entonces apareció la luz de Fernando.
La reconocí enseguida.
Permaneció inmóvil unos segundos frente a mi ventana.
Nos despedimos sin palabras.
Yo levanté la mano.
La luz parpadeó suavemente.
Después se incorporó a la procesión.
Las sombras continuaron avanzando hasta desaparecer en la oscuridad del bosque.
Durante mucho tiempo permanecí contemplando la noche vacía.
El silencio regresó poco a poco.
Y comprendí que jamás volvería a ver a mi amigo.
Aquel fantasma que detestaba a los ratones y que, sin proponérselo, había llenado de compañía mi refugio solitario de Galicia.
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DE GL 581 B
Jaime Hoyos Forero-Colombia
Si este encuentro de cuento y poesía se hubiera celebrado la semana anterior, habría invitado a todos ustedes con mucho gusto a mi segundo matrimonio.
Como el primero, este matrimonio no será eterno en esta vida. Durará máximo 100 años. No tengo aguante
500? -Qué embustero- pensarán algunos de ustedes.
¿500? -Cree que nos va a meter los dedos en la boca -estarán diciendo otros.
Bueno, yo no los puedo obligar a que me crean ni a que digan que mi mujer es la subcampeona del mundo (el récord lo tiene Matusalén con 969 años).
El día de la boda, hace 8 días, no faltó un tris para que el notario, un tipo serísimo, nos mandara con policía a un juzgado para que nos arrestaran por desacato a la autoridad.
-Váyanse a gozar su luna de miel a la cárcel- nos dijo, pero no nos casó, y agregó que el documento de identidad de la novia era falso. ¡Pura ignorancia del notario! Imagínense: no sabía que en 1509, año del nacimiento de mi novia, los colombianos no éramos colombianos sino neogranadinos y que los ciudadanos no éramos ciudadanos sino súbditos del Rey don Fernando II el católico y de su dulce esposita la Reina Isabel y por lo tanto el documento de identidad de mi novia no decía “cédula de ciudadanía” sino: “Cédula Real que el Rey y la Reina de Castilla, Aragón y Navarra confieren a su súbdita Venus María, hija de GL 581 B y de padre desconocido, etc. etc., año del Señor de 1509”. Hay 2 sellos, uno seco en altorrelieve y dos firmas ilegibles en letras de oro.
Pues cómo sería de bruto el notario en cuestión (mi buena educación y caridad cristiana no me permiten revelar su nombre) que todo eso le pareció un chiste.
Fue necesario que el jefe de archivos de la Biblioteca Nacional y un historiador y un químico certificaran la verdad. De esta manera pudimos casarnos. Lo hicimos en la misma notaría de marras, para humillación del notario, quien turbado y de mala guisa, no se atrevía ni a mirarnos.
Creo que ese notario es la primera persona que se ha aguantado las ganas de mirar a Venus María. Y no piensen que ella despierta curiosidad por lo viejita. Nada de eso. La gente se extasía mirándola por su extraordinaria y singular belleza y por su perenne juventud. Su rostro, cuando sonríe, lo rodea un halo fulgente y a veces es necesario bajar la vista para no deslumbrarse. Y su cuerpo, ¡ay, si les hablara de su cuerpo!, este relato se convertiría en un canto de amor, en una oda, en un poema erótico y grandioso. Con decirles que en 1866, cuando Venus María tenía tan sólo 357 años, el poeta Gustavo Adolfo Bécquer anotó en el cuaderno de ella estas palabras mientras se inspiraba mirándola: Mientras exista una mujer hermosa, habrá poesía”.
Y en 1660 Murillo, el pintor sevillano, ofreció a Venus María una fortuna para que le sirviera de modelo de su famosa “Inmaculada”. Ella posó entonces para Murillo pero no aceptó recompensa ninguna por tratarse de un cuadro para la Virgen María.
Ahora mismo yo veo en los ojos de todos ustedes estas preguntas: ¿Cómo hace su esposa para conservarse siempre joven y hermosa?
-¿Por qué ese apellido tan raro: GL 581 B?
-¿Si es verdad todo lo que usted dice, me dirán ustedes, por qué no nos la muestra?
Pues voy a contestar a esas preguntas: GL 581 B es el apellido genérico de los nacidos en el planeta de ese nombre. El planeta GL 581 B está situado en el centro de la Vía Láctea, la galaxia más cercana a la tierra. GL es de un tamaño ligeramente menor que el de la Tierra y está a una distancia de 20 años luz. Es decir, que un vuelo espacial a una velocidad de 20.000 kilómetros por hora, tardaría un millón de años en llegar. Sus habitantes, a pesar de las acechanzas del demonio, nunca le desobedecieron a Dios. Por lo tanto, no hay allí pecado original, de hecho no existe allí el pecado, no han sido castigados por Dios.
En otras palabras los seres que pueblan GL 581 B, no se arrugan, no envejecen, no mueren.
Dios, por medio de sus ángeles, a cada ser terrestre o de GL., en el mismo instante de ser concebido en el vientre de su madre, le coloca en lo más hondo de su primera célula, el alma, siempre inmortal. La diferencia está en que la primera célula de los terrícolas (no el alma) es mortal, sujeta a crecer, reproducirse y morir; mientras que la primera célula de los nacidos en GL es inmortal, como el alma.
El que dude de la existencia de GL y de que allí hay atmósfera como en la tierra y agua y por lo tanto vida, favor confirmar lo que he dicho, esta misma noche, en Wikipedia o en Google.
Estoy contestando, sigo respondiendo las preguntas: hace 500 años, un ángel nuevo, poco experimentado, cometió el pequeño error de colocar en un óvulo humano aquí en la Tierra, una célula primaria de GL, célula desde luego inmortal, siempre joven y eterna. Y así, por accidente, nació Venus María entre nosotros.
¿Que por qué no les muestro a Venus María, mi esposa?
Y…¿Por qué no iría a mostrarla?
Al terminar el encuentro de cuento y poesía, esta noche, los que quieran ver a Venus María, pueden hacerlo si bajan al parqueadero de este edificio: En la cabina de un Ferrari rojo, está esperándome mi esposa. No soy celoso. Comprendo que todos ustedes son mas jóvenes que yo. Sólo les recomiendo no mirarla demasiado tiempo a la cara: su resplandor puede volverlos ciegos.
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GUARDIAN
Marga Mangione-Argentina
Angélica era hermosa como los ángeles que adornaban las paredes de la iglesia del pueblo.
Los cabellos castaños, suavemente ondulados, caían sobre sus hombros como una cascada, la piel era morena y los ojos, de color miel. Su mamá le había dicho que eran iguales a los de su abuela materna, descendiente de rusos, a la que nunca conoció. Tenía solamente catorce años cuando su padre se la entregó a un camionero viejo, sucio y borracho, que a cambio le dio unos pesos que apenas le alcanzaron para comprar un cajón de vino barato.
Eran las diez de la noche del último sábado de marzo. El otoño recién comenzaba y había sido un día cálido y agradable, pero la noche estaba bastante fresca. Angélica se apretó contra la puerta del lado contrario al conductor, llorando sin poder comprender lo que le estaba sucediendo. El reloj del tablero del camión marcaba las once, cuando el camionero lo detuvo en la banquina y comenzó a manosearla y a decirle cosas horribles, mientras babeando, trataba de besarla en la boca. Se defendió como pudo; gritando, pateando y arañando. Él entonces la bajó del camión y comenzó a golpearla brutalmente, hasta que se desvaneció.
Cuando recobró el sentido, estaba sola en medio de la noche. Sus ropas desgarradas casi no la cubrían y el frío la hacía tiritar. Aterrada, estuvo un largo rato tirada sobre la tierra sin poder moverse, luego se levantó y comenzó mirar a su alrededor. Le dolía todo el cuerpo y las lágrimas corrían por su carita en forma incesante.
No podía ni quería reprimirlas; no era solamente por el dolor físico, la angustia y la rabia la asfixiaban. ¡Su propio padre la había puesto a merced de ese ser repugnante que la ultrajó y lastimó de ese modo!
De pronto se sobresaltó al darse cuenta que no estaba sola. Unos ojos brillantes la estaban acechando en medio de la oscuridad. Sintió que el pánico la invadía nuevamente y temblando de pies a cabeza, se dejó caer sin fuerzas para atinar a nada. Pero el instinto de conservación le obligó a forzar la vista para descubrir de quién eran esos ojos. Entonces vio a un enorme perro que la observaba agazapado a pocos metros de distancia.
Pensó que el animal iba a atacarla, pero curiosamente comprendió que no le importaba, no podía pasarle nada peor que lo que le había ocurrido hacía unas horas.
De madrugada, cuando la claridad comenzó a asomar en el cielo, segura de no haberse alejado mucho, decidió ponerse en marcha. Debía caminar hacia el sur, pues sabía que el camionero la noche anterior, había ido hacia el norte. Se levantó con gran esfuerzo y empezó a caminar. Quería llegar a su casa y contarle todo a su madre. Le pediría que le sacase toda esa mugre que la cubría, que curase sus heridas y luego, se dormiría en sus brazos. Su mamá la adoraba y siempre la defendía, ella se encargaría de darle un escarmiento a su padre.
Muchas veces los había escuchado discutir porque él quería entregársela a algún peón de las estancias vecinas, a cambio de unos pesos. No buscaba conseguir así ayuda para los suyos, porque no le importaba nada de ellos.
No trabajaba y se pasaba borracho el día entero, mientras su mujer trabajaba de sirvienta para poder alimentar a la familia. Lo único que quería su padre, era dinero para poder beber hasta hartarse, como hacía cada vez que tenía con que pagarse los tragos. Y cuando no lo conseguía, era capaz de golpear a su mujer para sacarle los pocos pesos que ganaba para el pan de sus hijos.
Angélica caminaba despacio, estaba agotada y sentía un enorme peso en las piernas y el viento había secado la sangre de sus heridas, que a cada momento le dolían más. El sol ya estaba alto, debían ser más o menos las diez de la mañana y pensaba que ya tendría que estar llegando a su casa, que estaba cerquita del camino. Pero comenzó a sentirse asustada al mirar con curiosidad a su alrededor, porque le extrañaba desconocer el lugar por donde se desplazaba. Era muy raro, pues había nacido cerca de la ruta y la conocía muy bien. Comenzó a notar que el paisaje era siempre igual: el camino y a ambos lados, detrás de los alambrados, pastos amarillentos. Ningún árbol. Tampoco había visto gente. Aunque no estaban en temporada, era imposible que no pasara algún auto, micro o camión, habituales en ese camino que conectaba los balnearios con la Capital. Se volvió a mirar hacia atrás y comprobó que a cierta distancia, la venía siguiendo el perro. Era enorme, de pelo corto, completamente negro y estaba todo sucio de barro, igual que ella. El animal se había detenido y la miraba directamente a los ojos. Esa mirada la volvió a asustar, pero trató de acercársele y lo llamó. Al fin de cuentas, por algún motivo que desconocía la seguía y no la había atacado. El perro no acudió a su llamado, se sentó sin dejar de mirarla. Se sintió tan cansada, que se recostó en un matorral de pastos secos y sin darse cuenta, se quedó dormida. Cuando despertó, ya era de tarde, había dormido muchas horas a causa de su debilidad. Tenía, además de miedo, hambre y mucho frío. A unos pocos metros, seguía tendido el perro.
No sabía qué hacer, estaba afiebrada y el terror la paralizaba. Se cubrió el rostro con las manos y comenzó a sollozar, su cuerpo menudito temblaba de pies a cabeza. Entonces el animal se le acercó y comenzó a lamerle los pies descalzos. Fue algo muy dulce que logró serenarla y a pesar de la suciedad que lo cubría, intentó abrazarlo buscando calor y amparo. Esta vez el perro se le acercó dócilmente y se tendió a su lado. Junto a él se sintió protegida. Ana María se había levantado temprano, como todos los días. Le sirvió la leche a los chicos, tomó unos mates amargos y salió al patio para ver si regresaba su marido, que se había ido la tarde anterior con Angélica, su hija mayor, con la excusa de llevarla al pueblo a visitar a sus padrinos. Lo vio llegar solo y completamente borracho. Un presentimiento terrible cruzó por su mente. Corrió hasta la entrada y le preguntó
a Dionisio dónde estaba la nena. Él cruzó el portón a los tumbos y sin contestarle, de un tremendo empujón la arrojó al piso. Se levantó presurosa y comenzó a zamarrearlo, clamando desesperadamente por su hija. El hombre volvió a empujarla y la golpeó varias veces con un palo que había arrancado del cerco, mientras le gritaba en medio de una carcajada:
La pobre mujer, aturdida por los golpes, se recostó contra un árbol. Su marido jamás quiso a Angélica, que no era hija suya. Hacía casi quince años, había estado muy enamorada de un peón golondrina, rubio y de ojos color miel, que al saber que estaba embarazada, la abandonó. Su padre, para evitar el deshonor de la familia, la había casado con Dionisio y desde entonces, su vida fue un infierno. Jamás le contó la verdad a Angélica, ahora estaba arrepentida, si hubiera hablado, tal vez las cosas serían diferentes.
Loca de dolor, viendo que su marido caminaba hacia la casa obnubilado por la bebida, temiendo que dañara también a sus hijos más pequeños, recogió del suelo el palo con el que él le había pegado y lo golpeó en la cabeza hasta que el hombre se desplomó en medio de un charco de sangre. Entró a buscar a los niños que lloraban asustados y corrió con ellos hasta la comisaría del pueblo, donde denunció lo que había pasado.
La policía comenzó a buscar a la niña, se hizo un operativo por la ruta, pero no había rastros de ella.
Nadie había visto ni oído nada.
Eran aproximadamente las cinco de la tarde, cuando un automovilista que se había desviado para no pagar el peaje, encontró a la niña deambulando a un costado de la ruta alternativa. Estaba sucia, demacrada y cubierta de sangre. A su lado caminaba un enorme perro negro que le impidió acercarse mostrando fieramente sus dientes. Sin descender del coche, por miedo al animal, le preguntó qué le había pasado, dónde vivía y se ofreció a ayudarla. Angélica, llorando, le contó todo lo sucedido. El hombre horrorizado, le dijo que subiera al auto para llevarla a la comisaría más cercana. Al principio, ella tenía miedo, pero luego accedió con la condición de que llevara también al perro. Antes de que él pudiera responder, la chica abrió la puerta trasera del vehículo, el perro subió y se acostó tranquilamente en el asiento.
Angélica tuvo que permanecer dos días internada, a causa de los golpes recibidos, pero se repuso muy bien. Al salir del hospital, se encontró con el perro que estaba esperándola en la puerta. Lo abrazó con ternura y le pidió permiso a su madre para llevarlo a la casa y ella aceptó. Cuando sus hermanitos le preguntaron cómo se llamaba, sin dudar respondió: «Guardián»
El Juez que intervino en la causa de la muerte de Dionisio, determinó que Ana María actuó en legítima defensa y el caso se cerró.
En cuanto al camionero, fue detenido cuando su mujer lo llevó a un hospital de la Capital, con heridas infectadas. Dijo que hacía dos o tres días, lo había atacado un perro cuando bajó del camión a revisar los neumáticos. Después de curarlo y en rigor de que las heridas eran importantes, los médicos hicieron la correspondiente denuncia. La policía lo interrogó, al relacionarlo con la historia de Angélica, pero él negó rotundamente tener algo que ver en el asunto.
Un oficial bastante ducho en sacarle la verdad a los sospechosos, le dijo que traería al perro que estaba con la chica para ver si lo reconocía. Acorralado, confesó que se la había comprado al padre y que quiso violarla. Pero que no lo había logrado, pues tuvo que darse a la fuga ante la furia del enorme animal, que como un fantasma, había surgido de las sombras y lo atacó ferozmente.
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GAME OVER
Andrea Morini-Argentina
Voy a desvelarles el peculiar suceso que me tocó vivir hace algún tiempo, una vivencia que aún hoy, como una sombra persistente, proyecta sus vastas consecuencias sobre mi existencia. Es una historia tejida con los hilos de la incertidumbre y la metamorfosis, un relato que me persigue incluso en la quietud de la noche.
Cierta tarde de mediados de noviembre del año pasado, o quizás del anterior… la memoria, caprichosa, ya no me permite precisarlo con exactitud. Recuerdo, eso sí, que salí, como siempre me sucedía, apurada de la oficina. La prisa era mi compañera constante en el camino hacia mi sesión de terapia semanal. Siempre, una voz interior, la resistencia, me susurraba que no debía ir más, que debía romper con esa rutina. Mas, aun así, a último momento cedía: una fuerza invisible me impulsaba y, por ende, venía el apremio, la carrera contra el tiempo que marcaba mi devenir a diario.
Con paso firme, enfilé hacia la parada de taxis más cercana, mis pensamientos ya en el diván, desmenuzando las ansiedades del día. Pero, antes de llegar a la misma, un brillo en la distancia captó mi atención: un coche desocupado. Como un regalo del azar, le hice señas con la mano, casi por instinto, para que frenara. El chófer, con un movimiento fluido, acercó el auto al cordón y abrió la puerta trasera. Subí, y tras acomodarme en el asiento, le indiqué la dirección hacia donde deseaba viajar, mi rumbo hacia el ritual semanal.
Iba enfrascada en mis asuntos, divagando entre informes y análisis, cuando, de pronto, una vibración ínfima me sacó de ese ensimismamiento. Un zumbido apenas perceptible que, sin embargo, me arrancó de mi burbuja de reflexiones. Sorprendida, busqué en la butaca, suponiendo que el celular se me había caído de la cartera, cosa nada infrecuente, dada mi proverbial distracción. El atolondramiento era ya una marca registrada de mi personalidad.
Encontré un móvil, pero al instante supe que no se trataba del mío. Su diseño, su peso, todo gritaba ajenidad. «Será del anterior pasajero», pensé en aquel momento, con una lógica impecable, aunque teñida ya de una extraña fascinación. La agitación persistía, una llamada insistente, y la tentación de responder se me tornó irresistible, una curiosidad prohibida que me jalaba con fuerza. —Hola —dije, mi voz un poco vacilante, esperando que del otro lado de la línea apareciera el dueño, para así poder entregárselo y librarme de aquel objeto misterioso.
Una voz profunda, cálida y, sin embargo, con una resonancia magnética, respondió. Era muy varonil, seductora y delicada a la vez, una melodía que me envolvió al instante. —Hola, estaba esperando que atendiera —susurró, y en ese murmullo había una intimidad inquietante, como si me conociera de siempre. Añadió, con un empalago que me erizó la piel: —¿Qué tal si le ofrezco cambiar su vida a partir de este momento? ¿Aceptaría? —Dejándome la última palabra expectante, colgada en el aire como una pregunta sin respuesta.
El temor, una ráfaga helada, me asaltó el estómago. La situación era tan inesperada, tan surrealista, que colgué atropellada; mi mano temblaba mientras el móvil se silenciaba. Pero algo, una fuerza ignota y poderosa, me impulsó a no decirle nada al taxista y guardarme el aparato sin más, sin un atisbo de racionalidad. No sabría interpretar de dónde provino ese deseo, esa compulsión irracional, pero es lo que hice entonces. Un objeto ajeno se convirtió, por lo tanto, en mi secreto, un peso en el fondo de la cartera.
Llegué a destino, al consultorio de mi terapeuta, y bajé llevándome el dispositivo conmigo. Me convencí de que tenía la intención de devolverlo, que era un acto de civismo. Sin embargo, ahora, al recordarlo, no lo tengo tan claro. Quizás la semilla de la conversión ya había sido sembrada, y la excusa del retorno era solo una capa superficial para mi creciente embeleso. Terminé de realizar las tareas previstas para esa jornada, las palabras de mi psicóloga resonando aún en mi intelecto, un eco de mis propias zozobras. Me fui directo hacia casa, mi refugio, mi pequeño santuario. Agotada, con el peso del día aún sobre mis hombros, me saqué los zapatos nada más entrar. No hay mayor satisfacción, pensé, que ese pequeño gesto, una liberación, que indica el final de un día de trabajo, el preludio del descanso codiciado. Me preparé un mate, el vapor cálido ascendiendo, y para relajarme, un rito que me traía paz, comencé a escribir unas líneas que tenía dando vueltas en mi cabeza para plasmar en una próxima novela. Necesitaba ordenar mis ideas en una hoja antes de que se perdieran en las nubes del olvido, antes de que el torbellino de la jornada las arrastrara.
Estaba perfilando los avatares de los personajes, imaginándolos con una precisión casi febril, dándoles nombre, edad, gustos, tejiendo sus azares con cada palabra cuando percibí una nueva vibración. Esta vez, las pequeñas sacudidas eran más cercanas, más íntimas. Provenían del escritorio, justo donde había apoyado el trasto descubierto, el teléfono ajeno. Lo había dejado allí con la intención de revisarlo, de ver si alguna pista se revelaba en su memoria, alguna forma de entregarlo a quien lo reclamara. Era mi excusa, mi coartada para mantenerlo cerca.
Atendí, esperanzada y, debo confesarlo, con el anhelo de que se tratara del legítimo propietario de tan peculiar objeto, el eslabón perdido de esta cadena de eventos. —Hola —respondió la voz. Era la misma que había escuchado por la mañana, la que había resonado en la cabina del taxi, ahora más intensa, más cercana—. Temprano le hice una oferta, sigo esperando su réplica —exclamó, esta vez imperativo y exigente, una autoridad implacable que no admitía dilaciones. —Creo que se ha confundido señor —Le respondí, con una convicción que comenzaba a resquebrajarse. Luego, imponiendo una lógica que ya se desvanecía, agregué—, este móvil lo encontré hoy y estoy intentando dar con la persona a la cual pertenece, por lo que, supongo, es con quien usted desea comunicarse, no conmigo —aseveré con total convicción, aunque mi voz ya flaqueaba. —No es así —respondió con un dejo glacial en su voz, un frío que me caló hasta los huesos—. ¿Acaso usted no es Clara Guzmán? —preguntó, y la mención de mi nombre me heló la sangre. Mientras afirmaba a continuación, su voz grave como un trueno distante— La conozco bien, aunque no lo crea.
Una invasión de inseguridad me atenazó el estómago, un puño invisible que me apretaba las entrañas y no me permitía responder. Corté la llamada de forma abrupta, mirando el artilugio como si el mismo encarnase un símbolo del infierno, una puerta a lo desconocido. No podía entender qué estaba pasando y eso me resultó intolerable e inquietante. La madeja de mi vida, tan ordenada hasta ese momento, comenzaba a enredarse. «¿Qué o quién quería algo de mí?», recuerdo que pensé, muy asustada, mientras daba vueltas por la habitación, convertida en un torbellino de paranoia. La pregunta rebotaba en las paredes de mi hogar, una obsesión.
En ese momento, la decisión se forjó dentro de mí como hierro candente: tenía que deshacerme del aparato, dejarlo en algún lugar lejos de mi casa de inmediato. Así que, sin pensarlo dos veces, sin dar lugar a la razón, me dirigí a la plaza que estaba justo enfrente de mi puerta, un oasis de verdor que se convirtió en mi salvación. Bajé las escaleras a toda prisa y crucé la calle apurada, el corazón latiendo desbocado. Con un gesto furtivo, casi criminal, lo apoyé sobre un banco y salí huyendo de allí como si fuera una delincuente, una fugitiva de algo que no podía nombrar. Entré atropellada al que era mi hogar entonces, cerrando con un fuerte golpe, un retumbo que resonó en el silencio de mi alma. Seguía muy intranquila, una zozobra persistente me corroía, aunque, en apariencia, ya estaba a salvo. No sabía bien de qué, qué entidad o qué fuerza me había acechado, pero quería creer que así era al fin, que la pesadilla había terminado.
Traté de serenarme, de encontrar la calma en el caos que se había desatado en mi vida. Decidí continuar trabajando en la trama de la novela, antes de comer algo, aunque lo hice con muy poca convicción. Las palabras ya no fluían con la misma facilidad, el misterio se había incrustado en cada fibra de mi ser. De pronto, una melodía familiar resonó en la habitación. Esta vez reconocí el sonido habitual de mi propio dispositivo, ese que creía seguro en mi bolso. Me sobresalté. «¿Cómo era posible?» Sin mirar la pantalla, por puro reflejo, contesté, y después de dar el saludo inicial, una voz que ya empezaba a fastidiarme, a colmar mi paciencia, alegó: —Solo tiene que contestar, Clara Guzmán, si está interesada en cambiar su vida a partir de hoy, en ese caso, nunca más tendrá que preocuparse por nada —sentenció en un tono de voz perentorio, una orden disfrazada de oferta. Y luego, rompiendo toda barrera, empezó a tutearme, como si fuera un viejo conocido, lo que sumó una nueva capa de escalofrío a mi turbación—. Necesito que afirmes o rechaces lo ofrecido ahora, no vuelvas a colgar, porque no cejaré en el intento, debo saber a qué atenerme, pero sabrás que espero una réplica positiva, por supuesto.
«¿Quién era esta persona que insistía en llamarme, que parecía saberlo todo sobre mí, incluso mi nombre completo?» «¿Por qué necesitaba mi sentencia, mi veredicto, ante su planteo tan enigmático?» «¿Qué sabía de mí, de mi vida, de mis secretos más íntimos?» Las preguntas se agolpaban en mi mente arrasada por los miedos, un torbellino incesante de dudas. Su voz, por un instante, me sonó familiar, como un eco de un pasado remoto, un recuerdo que se negaba a materializarse. —¿De qué se trata todo esto? —respondí, el enojo por la intrusión en mi vida se mezclaba con una creciente intriga—. No sé quién habla, ni por qué me está ofreciendo algo que no pedí. Si no se explica mejor, volveré a colgar —aseveré, mi voz firme, aunque ya sentía la curiosidad rondar, de manera peligrosa, como un animal hambriento a mi alrededor. —Así ya es diferente, puedo explicarte en la medida de tu afán por escuchar —expresó, su voz melosa, untuosa, una trampa de terciopelo, añadiendo con un tono casi sensual—. ¿Sí? —Por favor —le solicité, entregada por completo a la tentación de conocer de qué se trataba toda la cuestión, de desentrañar el interrogante que me envolvía. La resistencia había cedido, el enigma había ganado la partida. —Te propongo participar en un juego, Clara Guzmán, junto con otras personas que también fueron elegidas, al igual que tú —respondió la voz, y la palabra «juego» me pareció extraña, casi infantil, en medio de tanta solemnidad—. Las reglas son sencillas y te serán indicadas cuando corresponda —agregó, callando a continuación, dejando un silencio expectante.
Me encontré diciéndole, mi voz más audaz de lo que creía: —Y… ¿por qué fui elegida? ¿Quién lo hizo? —interrogué titubeante, pero la pregunta ya formulada era imposible de retirar. —Eso no es relevante, Clara. Lo importante es que lo fuiste, que tu sino te ha traído hasta aquí —respondió con una firmeza que no admitía réplicas—. Solo te puedo asegurar que no he sido quien te seleccionó, no es algo que me corresponde hacer. Pero sí puedo precisar la importancia de la propuesta y de la conversión radical que significará en tu vida, para mejor, claro, en el caso de que te interese comprometerte con ella.
Si me retrotraigo a ese momento, a la encrucijada de mi vida, no puedo precisar con exactitud qué me impulsó a consentir esa loca proposición, carente de toda lógica, de toda sensatez. Tal vez, puedo aventurar, que en una vida ordenada como siempre fue la mía, meticulosa y predecible, con pocos matices, una rara aventura no me pareció tan descabellada, tan ajena a mi ser. Además, la idea de que otras personas también estarían inmersas en la supuesta actividad lúdica, me brindaba una extraña sensación de seguridad, de no estar sola en esta locura.
«¿Por qué no?», me dije entonces, algo en mi interior me impulsaba al abismo de lo desconocido. De esa manera, me rendí ante la seducción de lo ignoto, un canto de sirena que me arrastró sin remedio. Desde entonces, todo avanzó a ritmo febril, a una velocidad que mareaba, que impedía asimilar los cambios.
Me citaron en una vieja casona de Villa Devoto, un barrio de Buenos Aires con aires de antaño. El exterior de la casa, un tanto deteriorado, contrastaba con la belleza de su entorno: un hermoso parque lleno de árboles centenarios y flores de mil colores, en una de las clásicas avenidas que engalanan esa zona de la ciudad.
Allí, en ese lugar que parecía sacado de otra época, conocí al resto de los integrantes de tan dudoso grupo, de esa cofradía de lo incomprensible. Todos estaban tan aturdidos como yo, con los ojos vidriosos de recelos, pero cada cual impulsado por alguna necesidad diferente: emocional, material, o la que su raciocinio les diera como justificación para estar ahí. Éramos marionetas de un hado incierto, atadas a hilos invisibles. En principio, la voz, a través de sus emisarios, nos explicó que debíamos superar diversas pruebas o pequeñas tareas. Aquellos que íbamos cumpliendo las fases asignadas en los primeros lugares, continuábamos participando, sorteando cada vez más complejas faenas. El resto, los que no lograban avanzar, suponíamos que eran eliminados y volvían a sus hogares, a la normalidad de sus vidas. Ahora, con la perspectiva del tiempo, entiendo que eso elegimos pensar en aquel momento, una mentira piadosa para apaciguar nuestra propia congoja.
A poco de iniciar la contienda, la competencia, comencé a sentirme mal, el cuerpo reclamaba descanso. Aquello no era un juego, sino una carrera de supervivencia, una lucha por cada aliento. Apenas comíamos, la comida era escasa y sin sabor, y reposar, poco y nada. El sueño era un lujo que no podíamos permitirnos. Por lo cual, el estado general se iba tornando cada vez más agresivo y compulsivo, una animalidad latente que afloraba con cada desafío.
Estaba decidida a ganar, a sobrevivir. Desconociéndome, arremetí con fiereza en cada ciclo, cada obstáculo, sacando fuerzas de donde no las tenía y argucias que no sabía que poseía. Ante cada meta alcanzada, a la vez que seguía adelante, algo dentro de mí se alteraba, se fracturaba, al punto tal de que empecé a sentirme ajena a mí misma, como si el yo que fui se disolviera en el éter. Pero la ambición, una bestia que no conocía, era más fuerte que la conciencia, más poderosa que el remordimiento, así que «¡Adelante!», me decía alentándome, sin vacilaciones ya, hacia lo desconocido. De esta manera, con cada paso, con cada triunfo, entré en este mundo para el cual no creía estar preparada y, en el que, sin embargo, logré subsistir a toda costa.
La voz que me había convencido para entrar en él, nunca más la escuché, se desvaneció como una promesa vacía, a pesar de que busqué en todos los rincones de este universo a su propietario, a esa entidad que había puesto en marcha mi transformación. Creí percibir, cierto día, una sonrisa amiga que se parecía mucho a la de alguien que conocí tiempo atrás, al que amé de forma salvaje, con una pasión que quemaba, pero, como entonces, su rostro se evaporó, se desvaneció como sucede ante la imposibilidad del querer en ciertas relaciones, de aquellos encuentros que no están destinados a perdurar.
Para no aburrirlos con tanta historia, con la dureza de mi ascenso en este destino macabro, volvamos al principio, al origen de mi encierro, a cómo llegué a esta situación sin retorno, a este punto sin vuelta atrás. Uno a uno mis contrincantes se fueron marchando, desvaneciéndose en la nada, mientras continuaba avanzando, lenta, pero inexorable. «¿Hacia dónde?», llegué a interrogarme alguna vez, en un raro atisbo de lucidez. Pero en realidad no tenía respuesta para eso. Era seguir adelante por la simple inercia de hacerlo, acumular más y más triunfos para mi ego personal, sin ninguna necesidad real que atesorar en ello, sin un propósito más allá de la victoria.
En cada etapa, una parte de mí se diluía, se evaporaba cual gota de rocío en un día de verano, mientras me iba convirtiendo en parte del orbe en el cual había aceptado vivir.
Aquí, en este lugar, no paso hambre ni frío, las necesidades básicas están cubiertas, pero la muerte y la resurrección se encuentran cada vez que alguien decide utilizar mi avatar en el juego de roles en el cual estoy inmersa sin poder escapar.
Escribo estas líneas mientras aún recuerdo, con una claridad dolorosa, que alguna vez fui Clara Guzmán, una simple oficinista, antes del próximo instante en que me quede sin energía, se escuche un sonido atronador, como un estruendo que anuncia el fin, y vuelva a pender sobre mí la palabra «Game Over».
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COMPARACIÓN
Carlos Pérez de Villarreal-Argentina
En el Ajedrez, como en la vida, la mejor jugada es siempre la que se realiza – Siegbert Tarrasch
Se acercó con el tablero bajo el brazo y la bolsita de plástico con las 32 piezas aventureras. Siempre nos encontrábamos en el mismo banco de la plaza, con la mesa de piedra como un comensal más. Lo abrió y desplegó. Comenzó a colocar los huéspedes:damas, reyes, caballos, torres, alfiles y peones. Él siempre jugaba con las blancas, nunca quiso perder la «iniciativa”, allí nos quedábamos: jugando, descubriendo, inventando.
Verlo concentrado en las partidas era algo que jamás podría olvidar. La tensión, el rictus de la boca, la cabeza que se movía llena de pensamientos y jugadas anticipadas, la inteligencia puesta exclusivamente al juego enfrentada a dilemas a veces insolubles, la lucha interna por doblegarme como adversario, la crispación de sus manos. Hasta que al final movía una pieza y recobraba su tranquilidad. Roberto andaba por los 80 largos, su cuerpo no lo acompañaba mucho, pero su mente era una máquina calculadora, inteligente y por sobre todas las cosas innovadora.
Estaba planificando una variante de la Defensa Siciliana, que, según él, revolucionaría el mundo ajedrecístico. Superaba todas las conocidas, porque había estudiado en profundidad las jugadas del sacerdote Pietro Carrera, analista italiano del siglo XVI, creador de la famosa jugada.
Durante todo el año, si el tiempo lo permitía, los viernes allí estábamos los dos. Él venía desde su casa mientras que yo salía de la redacción del diario. No sabía dónde vivía. Nunca se lo había preguntado. Él tampoco me lo había dicho. Era por el barrio, pero nunca quiso dar muchas explicaciones. Siempre supuse por sus ropas elegantes pero gastadas, que en algún momento de su vida había tenido un buen pasar. Tal vez la vida se le habría complicado. Cada uno de nosotros lleva su mochila al hombro que a veces pesa poco y a veces demasiado.
Un viernes primaveral no vino, lo esperé en vano otro viernes, otro, uno más. Nunca lo volví a ver. Lo busqué indagando por varios lados, pero nada. Pregunté en la misma redacción, los negocios de la zona: algunos lo conocían por la descripción que les daba, pero no sabían dónde podía vivir. Se había evaporado de mi vida como un soplo en el viento. Allí quedó la nostalgia, sin tener remedio. Una semana antes de Navidad, una señora bastante mayor apareció en el diario buscándome. Traía un envoltorio para mí de parte de Roberto. Había fallecido hacía casi tres meses. Ella era una amiga que cuidaba de él en ciertas oportunidades. Antes de partir le había dejado el recado de entregarme el paquete como regalo de Fin de Año.
Le pregunté de qué había fallecido y su respuesta fue contundente: de vejez. «Nadie muere de vejez», pensé. Pero de qué valía explicarle eso a esta mujer. Le pregunté si necesitaba algo y me explicó que no. Sólo cumplía con el pedido de Roberto Seoli. En esa conversación me enteré por primera vez de su apellido.
Esa noche, ya en casa, abrí el paquete con todo cuidado. Había esperado ese momento con ansias. No lo quise hacer en el trabajo por razones personales. Esto era mío, particularmente mío. Allí estaba el viejo tablero y los 32 trebejos, gastados, ajados, esperándome. En un sobre marrón bien cerrado, encontré una papeleta con diferentes jugadas. La letra pequeña, pareja y bien escrita, reforzaba mi impresión de que Roberto había sido una persona de una gran cultura. En la mesa chica del living, al lado de los sillones, armé todo y comencé a desarrollar lo escrito por él. ¡Formidable! ¡Excepcional! ¡La combinación perfecta! ¡Una variante de la Defensa Siciliana extraordinaria!
Me quedé quieto por un momento recordándolo con su traje raído, sus zapatos charolados de dos colores, el bastón marrón de madera lustrada y esos ojos brillantes cuando realizaba una partida magistral. En base a ella escribí un libro que resultó ser un best-seller para el mundo ajedrecístico. La variante llevaba su nombre. El nombre de un hombre que llevó su imaginación al límite.
Hoy ese tablero sigue allí. Nadie lo toca. No lo permito.
Nunca más jugué en él. Es un sempiterno recuerdo.
Roberto, vos allá andá preparando otra jugada. Yo aquí voy a hacer lo mismo.
Cuando nos encontremos… comparamos.
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¡ME QUIERO MORIR!
Sarah Petrone-Argentina
¡Me quiero morir! ¡Me quiero morir! Es increíble la cantidad de veces que repetimos a diario este latiguillo, siempre que un problema por mínimo que sea nos toca y hace que involuntariamente y sin tener en cuenta la magnitud de lo que significa esto que decimos. ¡Lo decimos!
Como un mantra lanzamos al universo una petición que es sólo un exabrupto estúpido e intrascendente, sin medir las consecuencias que ello acarrea.
Porque… Alguien… En algún momento, en algún lugar, el cosmos la recibe como petición del inconsciente y la envía como una maldición imposible de conjurar. Entonces el “me quiero morir” cuando un amor nos deja, un trabajo no se nos da, o cuando las ingratitudes de la vida ponen en la balanza de los sentimientos, las pérdidas inesperadas o no, que sólo sopesan los cambios, que no son más que eso, “cambios”. Para bien o para mal. Pero… Cambios.
Perdoname amiga, esto parece una sesión de terapia o una tesis aburrida sobre la idea de la muerte. Pero no lo es. Tampoco sé si estás escuchándome.
Sólo quiero alentarte como siempre. Morir por amor. Por traición. Por celos. Y una vez más ahora estamos aquí, en terapia intensiva, deseando que todas las pastillas que tomaste se eliminen de tu organismo y te recuperes.
Estoy sentada a tu lado sin poder hacer nada. Nada más que mirarte y esperar.
Por tercera vez te encontré tirada en el baño, y otra vez sigo haciéndote el aguante. Pero no olvides que algún día puedo llegar tarde y entonces perderíamos las dos.
¿Sabés una cosa? Conozco a alguien que lo único que repite siempre, es: “No me quiero Morir”. Y lo dice en voz baja porque ya no tiene voz. Por tercera vez su propio cuerpo atentó contra ella y está mutilada como muchas mujeres por un cáncer terminal, y la veo palidecer y adelgazar hasta el extremo, sin remedio.
Siempre nos ha dolido en los ojos y en las vísceras, el hambre en el mundo al ver en los noticieros las realidades de la vida. Y ahora, como si fuera poco, otra guerra, en un mundo de bárbaros que igual que en el circo romano, viven como zombis, sin ser vencedores ni vencidos, desangrándose por igual en la inconsciencia de cerebros vacíos, sin fuerzas para gritar si realmente
quieren morirse o no, por una ideología que no siempre comparten.
Hemos visto el miedo y el dolor en muchos ojos anestesiados a través del alcohol y las drogas, lo que nos formó en la elección de nuestras carreras médicas. Y no te sirvió de nada.
Como una cábala, el número tres, marca nuestras vidas. Ésta es tu tercera vez en coma, hoy, hace tres días. Yo, otra vez, tres días que no duermo esperándote detrás de los vidrios de la terapia intensiva, que es lo que nos separa, porque eso es lo que hacen las buenas amigas, ¿no?… Bueno, creo que también lo hago por interés, quiero que te recuperes porque…
Compartimos el departamento y si no nos ayudamos con el alquiler, tendría que volver a la casa de mis padres, y ahí sí que diría igual que vos ¡Me quiero morirrr!
Hasta en estos momentos me sacás una sonrisa. ¡Qué hija de puta sos! Dale gorda, abrí los ojos. Hacelo por mí. Recordá lo bien que lo pasamos juntas.
Extraño tu buen humor, cuando no te enroscás con la realidad que no tiene lógica dentro de tu ilógica obsesión por recuperar lo que nunca fue tuyo.
No te quiere, gorda, nunca te quiso y lo sabés. Lo supiste siempre. ¿Te parezco cruel?
¡Abrí los ojos, carajo! ¿Qué le voy a decir a tu hijito cuando te precise? ¿Y a tus viejos? Ya saqué los pasajes para ir al pueblo. Nos están esperando con los brazos abiertos. No les podés hacer esto. Volver de la muerte tiene su precio y sé que me escuchás. Esa pequeña lágrima que noto en tus ojos ojalá barra con las penas de tu corazón. Te voy a
ayudar, amiga. Aprendé a quererte.
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ELLA O YO
Yanni Tugores-Uruguay
Ella camina por la orilla de la playa. Una túnica negra le cubre los pies. Arrastra algo pesado en su mano derecha. Camina de un extremo al otro y a mitad del recorrido se detiene. Levanta su cabeza y me observa. Distingo su silueta negra, su rostro enmarcado en una capucha, y sus ojos solo son cuencos blancos y vacíos que me miran fijamente.
¿Tiene rostro? No lo sé. No logro distinguir con claridad; estoy detrás del ventanal de mi apartamento en un noveno piso.
Todas las noches la misma rutina: camina de un lado al otro, se detiene, me observa y continúa.
Afuera es verano pero aquí, dentro de mí, hace mucho frío. Me canso de mirarla. Giro mi silla y me dirijo al dormitorio. Me acuesto y me cubro con una manta tejida de cuadrados de crochet multicolores que heredé de mamá. Al fin
logro dormirme.
Amanece. El sol majestuoso se posa en mi cama. Intento abrir los ojos. No puedo. Algo me enturbia el pecho y sella mis párpados. Estiro las manos hasta alcanzar una silla. Me incorporo del lecho y a ciegas me tomo las piernas y las bajo. Logro sentarme. Tiro de la manta y me cubro. Conozco bien la casa, no necesito los ojos para recorrerla.
El frío es cada vez más intenso. Me dirijo hacia el ventanal y corro las cortinas. Puedo sentir el sol invadiendo mi cuerpo, pero no logra calentarme.
No tengo apetito ni ganas de hacer nada. Un olor nauseabundo se filtra en las fosas nasales. Seguro que son las heces de la gata que no he podido limpiar.
¿Qué puedo hacer si no veo nada? “No importa —pienso— ya lo limpiaré”. Decido quedarme allí, inmóvil, esperando. Mimí, la gata, salta en mi regazo, maúlla y ronronea.
Abro el ventanal y salgo al balcón, obviamente el animal se va. Ni idea de adónde fue. Pero siempre regresa. No me preocupo.
Percibo que poco a poco se retira el día.
Mi olfato se impregna de sal, mis oídos del vaivén de las olas y de las risas de los enamorados que dejan la playa. Siento una luz brillante recorrer mi cuerpo, entonces sé que hay luna llena.
Es extraño: ya no tengo frío. Por el contrario un intenso calor me sofoca. Siento que alguien me toma la mano y me incorpora. Puedo sentir el agua en los pies. Me tocan y abro los ojos. Estoy caminando junto a ella por la orilla del mar. La miro detenidamente. Sus ojos ya no son solo cuencos vacíos y blancos, ahora se ven enormes, rojos y un halo de fuego rodea su cuerpo.
Ahora entiendo, viene a buscarme, me arrastra con ella pero… ¿adónde? El calor se hace más intenso. Yo no he sido mala.
—¡No, no! ¡Por favor, déjame!
Forcejeo y logro soltarme de su mano. Me sumerjo en el mar y nado y nado hasta que no hago pie. ¿No hago pie? ¡Sí, mis piernas se mueven, puedo nadar!
Ahora mis ojos ven con claridad. Sabía que había luna llena. Qué bello paisaje. El agua parece estar cubierta por noctilucas destellando su luz. Mi cuerpo, desnudo, se cubre con esos destellos. ¡Qué placer!
Nado hasta la orilla y salgo. Aún no puedo creer que esté caminando. Me tiendo boca arriba sobre la arena y observo. Mi piel está tersa y mi pelo recobró el color del trigo. Mis senos lucen turgentes y en mis extremidades no se percibe ninguna arruga. ¡Soy joven otra vez! Me acerco a la orilla y miro mi silueta en el espejo que la luna me regala. Estoy desnuda, debo regresar.
Antes tendré que secarme, pero… ¿cómo?
La playa está desierta entonces decido caminar de un extremo al otro. A mitad del recorrido me detengo. Levanto mi mirada y veo la figura de una anciana en una silla de ruedas que me está mirando.
Al bajar mi rostro, una túnica negra me cubre todo el cuerpo. Comienzo a caminar en la playa de una punta a la otra, mientras mi mano derecha arrastra una pesada guadaña.
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RELATOS – SEPTIEMBRE
© Todos los derechos reservados. Los textos publicados son propiedad de sus autores y están protegidos por la legislación de Propiedad Intelectual y el Convenio de Berna.
COLABORADORES
Maren Alberdi – España
Derec Alcántara Tello – Perú
Inés Dagand – Argentina
Enrique Fredy Díaz Castro – México
Margarita Filiputti – Argentina
Carlos González Saavedra – Argentina
Elspeth Gormley – España
Marga Mangione – Argentina
Ángel Medina – España
Cecilia Pari Silva (Khaekha) – Perú
Omar Svriz – Argentina
Jenny Tamayoshe (Girasol) – Estados Unidos
EL DÍA QUE MI PADRE EMPEZÓ A OLVIDARSE
Maren Alberdi-España
—Papá, ¿quieres café? Él me miró como si la palabra “café” fuera nueva. Como si nunca la hubiera pronunciado. Como si no supiera si le gustaba.
—¿Café? —repitió, despacio, como quien toca una piedra antigua. —Sí, papá. El de siempre. —El de siempre… —susurró, y en su voz había un hueco. Un hueco que antes no estaba.
Me sonrió. Pero no era su sonrisa. Era otra. Una sonrisa prestada, vacía, como si viniera de un recuerdo que ya no le pertenecía.
El café se enfriaba entre sus manos. Yo lo observaba en silencio, intentando memorizar cada gesto, cada parpadeo, cada pequeño destello de lucidez que aún quedaba en él. Porque el Alzheimer te obliga a eso: a guardar momentos como quien guarda agua en las manos, sabiendo que se escapa.
—Papá… ¿te acuerdas de mamá? Lo dije despacio, con miedo. Miedo de la respuesta. Miedo del silencio.
Él levantó la mirada. Sus ojos se llenaron de una luz que reconocí al instante: la luz del amor que no se olvida, aunque la memoria se rompa.
—Mamá… —susurró. Y sonrió. Una sonrisa limpia, verdadera, como un rayo de sol entre nubes.
—Sí, papá. Mamá. —Era… —buscó la palabra, la acarició, la sostuvo— era buena. —Lo era —respondí, sintiendo cómo se me apretaba el pecho.
Se quedó callado un momento. Miró la ventana. Miró el café. Miró sus manos. Y entonces dijo algo que me atravesó:
—A veces… la veo. —¿La ves? —Sí… pero no sé si es recuerdo… o sueño.
Me quedé quieta. No quería romper ese instante. No quería corregirlo. No quería traerlo de vuelta a la realidad. Porque en su mundo, mamá aún estaba viva. Y quizá, en algún lugar profundo, también lo estaba para mí.
—Papá… —le dije, tocándole la mano— si la ves, es porque te quiere. Él me miró. Sus ojos se humedecieron. —¿Tú también me quieres? —Claro que sí, papá. —¿Desde siempre? —Desde siempre.
Y ahí entendí la crueldad de la enfermedad: no solo roba recuerdos… roba certezas. Roba la seguridad de haber sido amado. Roba la identidad. Roba la vida.
Durante dos años lo cuidamos en casa. Mis hijos lo paseaban por el jardín, le hablaban, le contaban cosas que él ya no entendía. A veces se perdía dentro de su propia casa. A veces buscaba a su madre, como un niño. A veces se despertaba de madrugada, convencido de que tenía que ir a trabajar, aunque hacía décadas que no trabajaba.
Y cada día era más difícil. Cada día se nos iba un poco más. Cada día dejaba de ser él.
Hasta que llegó el momento que nadie quiere enfrentar: la decisión.
La decisión de ingresarlo. La decisión que te rompe. La decisión que te hace sentir culpable aunque sepas que es lo correcto.
El día que tuvimos que llevarlo al centro fue el más difícil de mi vida. No porque él protestara —ya no entendía del todo lo que pasaba— sino porque yo sabía que ese paso era una frontera. Una puerta que, una vez cruzada, ya no se abría hacia atrás.
Lo acompañé despacio por el pasillo. Él miraba las paredes como si fueran nuevas, como si nunca hubiera visto un pasillo, como si cada cuadro fuera un misterio. Yo llevaba su bolsa con ropa, pero sentía que cargaba algo mucho más pesado: la certeza de que mi papá ya no estaba ahí desde hacía tiempo.
Su cuerpo sí. Su presencia física sí. Pero él… él hacía meses que se había ido a un lugar donde yo no podía alcanzarlo.
La habitación era sencilla. Una cama, una ventana, una mesita. Él la miró con curiosidad infantil.
—¿Aquí…? —preguntó. —Sí, papá. Aquí vas a estar cuidado. —¿Cuidado…? —Sí, papá. Muy cuidado.
Se sentó en la cama. Movió las manos sobre la colcha como si fuera una textura nueva. Yo lo observaba, intentando no romperme. Pero me rompí igual.
Me acerqué. Le acomodé el jersey. Le acaricié la cara. Él me miró… pero no me reconoció.
—¿Quién eres? —preguntó, con esa voz suave que ya no era suya. Sentí que el mundo se me deshacía. Pero sonreí. Porque el Alzheimer te obliga a sonreír incluso cuando te estás cayendo.
—Soy yo, papá. —¿Yo…? —Tu hija. —¿Hija…? —repitió, como si la palabra fuera un juguete nuevo.
Cuando me fui, lloré en el coche. Lloré como nunca. Porque entendí que mi papá se había ido hacía mucho tiempo. Que lo que quedaba era su cuerpo… pero no él.
Las semanas pasaron. Yo iba a verlo cada siete días, como un ritual. A veces me reconocía. A veces no. A veces me llamaba por un nombre que no era mío. A veces me miraba como se mira a un desconocido amable.
Un jueves llevé conmigo el viejo tablero de ajedrez. Papá había sido un jugador excelente, de esos que no necesitan pensar porque la estrategia les nace sola. Lo coloqué sobre la mesa de su habitación, sin decir nada. Solo abrí el tablero y puse las piezas en su sitio.
Él estaba mirando la ventana. Pero cuando escuchó el leve sonido de la madera al tocar la mesa, giró la cabeza. Sus ojos, apagados desde hacía semanas, se encendieron de repente. Una chispa. Un destello. Un recuerdo que peleaba por volver.
—Papá… mira. Él se inclinó hacia adelante. Tocó un peón con la punta de los dedos, como si fuera un objeto sagrado. Lo levantó. Lo observó. Y sonrió.
—Esto… —murmuró. —Sí, papá. El ajedrez. —El ajedrez… —repitió, y por un instante, muy breve, volvió a ser él.
Movió un peón. Un movimiento simple, casi infantil. Pero yo lo sentí como un milagro. Porque durante esos minutos, aunque fueran pocos, aunque fueran frágiles, mi papá regresó.
Otro día llevé música. La música que él había amado toda su vida. Le coloqué los auriculares con cuidado, como si fueran alas. Conecté el lápiz de memoria. Y esperé.
Al principio no reaccionó. Pero cuando sonó la primera melodía, levantó la cabeza. Sus ojos se humedecieron. Y empezó a mover los dedos, siguiendo el ritmo. Un ritmo que su cuerpo aún recordaba aunque su mente ya no.
—Papá… ¿te gusta? Él no respondió. Pero sonrió. Una sonrisa pequeña, temblorosa, pero verdadera.
Durante unos minutos, la música lo sostuvo. Lo abrazó. Lo devolvió a sí mismo.
Pero también eso lo perdió. Un día ya no movió los dedos. Otro día ya no reaccionó. Y finalmente, la música se convirtió en un sonido más, sin significado, sin memoria.
Yo seguí llevándola igual. Porque aunque él ya no la reconociera, yo sí. Y necesitaba sentir que algo de su vida seguía ahí, aunque fuera solo para mí.
Y un amanecer de otoño, me llamaron. Me dijeron que mi papá se había ido.
Me quedé quieta. No lloré. No grité. No me derrumbé.
Porque mi papá… mi verdadero papá… se había ido hacía mucho tiempo.
Ese día solo se fue su cuerpo. Lo último que quedaba de él en este mundo.
Me acerqué a la ventana. Respiré hondo. Y pensé:
“Papá, ahora sí estás libre. Ahora sí estás entero. Ahora sí recuerdas todo.”
Y por primera vez en mucho tiempo… sentí paz.
El Alzheimer me enseñó que hay despedidas que empiezan mucho antes de la muerte. Mi padre se fue hace tiempo; hoy solo se ha ido su cuerpo.”
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A LAS DOCE Y DOCE
Derec Alcántara Tello- Perú
Intenté descifrar lo que habitaba en tu mente. Y, cuanto más lo intentaba, más me perdía en la mía.
Hay una culpa extraña en sobrevivir a ciertas cosas. Nunca sabes si hiciste todo lo posible o si simplemente aprendiste a convencerte de que no había nada más que hacer.
Durante mucho tiempo pensé que el karma me estaba castigando. No por haberte amado, sino por no haber sabido cómo hacerlo.
Qué curioso. Hubo un tiempo en que un mensaje tuyo bastaba para arreglarme el día. Hoy tengo miles de palabras guardadas que ya no saben a quién llegar.
A veces imagino que, si pudiera volver atrás, haría todo diferente. Después recuerdo que probablemente volvería a cometer los mismos errores. Porque nunca fue falta de amor. Fue falta de tiempo, de valor y de entendernos cuando todavía podíamos hacerlo.
Hay un reloj dentro de mi cabeza que dejó de funcionar hace mucho. Se quedó detenido a las doce y doce. Desde entonces, todos los recuerdos regresan a esa misma hora, como si el tiempo hubiera decidido conservar intacto el instante exacto en que todo terminó.
Y lo peor es que sigo hablándote. No porque espere una respuesta, sino porque todavía existe una parte de mí que se niega a aceptar que el silencio también puede responder.
Quizá algún día deje de escribirte. Quizá algún día deje de buscarte en personas que nunca fueron tú. Pero hoy todavía me duele admitir que intenté entender tu mente y terminé perdiendo la mía.
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A MIS 83 AÑOS
Inés Dagand-Argentina
A mis 83 años sigo pensando que cada día que amanece es un camino nuevo por recorrer, un capítulo en blanco que espera ser escrito. Me gusta levantarme con la ilusión de descubrir qué me traerá la jornada, porque siempre aparece alguna sorpresa. Por eso nunca me gustó la monotonía; me aburre. Prefiero la creatividad, imaginar, soñar y mantener viva la curiosidad.
Los días pasan muy deprisa. Quizá por eso he aprendido a valorarlos más. Disfruto de las cosas sencillas, de abrir los ojos por la mañana y agradecer que estoy aquí un día más. La vida es un regalo, y creo que nunca debemos dejar de dar las gracias por ella.
Siempre he pensado que la vida es servicio. Me acompaña una frase que siento muy verdadera: quien no sirve para servir, no sirve para vivir. Me gusta ser útil, ayudar cuando puedo, tender una mano o regalar una palabra de ánimo. Al final, lo que dejamos en los demás es lo que realmente importa.
También he aprendido que somos afortunados por la gente buena que encontramos en el camino. De todos se aprende algo. La vida es una escuela permanente y cada persona que conocemos nos deja una enseñanza, una reflexión o un recuerdo.
Cuando amanece un día espléndido y el sol asoma temprano, siento ganas de abrir las ventanas y dejar entrar el aire nuevo. Me gusta respirar profundamente y sentir que comienza otra oportunidad. Son momentos pequeños, pero llenos de belleza.
En casa nunca estoy del todo sola. Mi mascota me acompaña y me protege con esa fidelidad silenciosa que solo los animales saben ofrecer. Su compañía hace más cálidos los días.
No siempre tengo grandes historias que contar. A veces solo puedo decir que agradezco estar viva, que agradezco el cariño de los míos y que disfruto de las visitas de la familia y los amigos. Unas noches vienen mis sobrinos, otras comparto la mesa con un matrimonio amigo. Son encuentros sencillos, pero llenos de afecto, y eso basta para llenar el corazón.
Me alegra también ver triunfar a las personas que ponen amor en lo que hacen. Cuando alguien recibe un reconocimiento merecido, siento una alegría sincera. Esas cosas son una caricia para el alma y una recompensa a la entrega, al esfuerzo y al trabajo bien hecho.
Hay alegrías y también sinsabores, porque así es la vida. Pero incluso en los momentos difíciles siempre intento encontrar algo que aprender. Con los años he comprendido que vivir no consiste en que todo salga bien, sino en saber agradecer incluso aquello que nos enseña mientras duele.
Nunca imaginé que acabaría escribiendo. Durante muchos años pensé que eso era algo reservado para otras personas. Sin embargo, un día alguien me animó a expresar lo que sentía y descubrí que las palabras también podían ser mi manera de abrazar.
Ahora escribo como hablo, desde el corazón. Escribo porque la vida me sigue emocionando, porque sigo teniendo sueños, porque me gusta compartir lo aprendido y porque cada amanecer me recuerda que todavía quedan páginas por llenar.
Y mientras pueda abrir una ventana, respirar el aire de la mañana, disfrutar de la compañía de quienes quiero y dar gracias por un nuevo día, seguiré sintiéndome una mujer afortunada.
Con una sonrisa, un abrazo cálido y una suave brisa de primavera.
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CON EL SOL A CUESTAS
Enrique Fredy Díaz Castro-México
Trotando en la amalgama de recuerdos que se apretujan cuando el asueto se adueña de estas tardes salpicadas de nostalgia y de lluvia pertinaz, sustraigo aquellos en los que mi niñez arrobada en juegos, tareas escolares y el afán por jugar basketbol como lo hacían mis tíos y primos (a los que no les podía ganar por más que practicara al salir de clases) me detengo en momentos como en los que había que irle a llevar a ayudar a mi papá en leves actividades en la pequeña milpa. Cosechar el maíz, el frijol y el arroz, era un quehacer sin límite de tiempo para él, por eso yo, el mayor de siete hermanos, cumplía con la encomienda que fijaba ese gran señor que fue mi padre, mientras mi madre con su abnegación y sencillez cuidaba de la casa, de mis hermanos y de la cocina con esa disciplina tan suya y tan callada.
La felicidad pródiga y singular que me rodeaba, no alcanzaba a dimensionarla pero la alimentaba con el hecho de ver a toda ni familia unida, platicando y bromeando, correteando con mis hermanos y primos en el patio de la casa de los abuelos maternos, principalmente cuando vaciaban los costales de café capulín a secar al sol y con rastrillos de tabla los distribuían uniformemente para que el paulatino secado cobrara forma.
No pocas veces el abuelito Juan o la abuelita Chela nos regañaban por dejarnos caer en los gránulos de café recién cortado (Dios los tenga en la Eterna Gloria) aunque también ayudábamos en lo que podíamos bajo la supervisión de algunos de los tíos cuyas enseñanzas aún perduran.
Los cocoles, culrbrinas y papalotes que con finas tiras de palapas nos hacía el abuelito Juan eran verdaderas obras de arte, amarradas con hilo del oso del número cinco, cubiertas con papel de china de vistosos colores, pegados con la goma de sasaniles maduros. Los cocoles o papalotes, iban arqueados en la parte superior por un hilo al que adhería un resumbador hecho con una tira de papel.
Esos retazos de lejana felicidad infantil, son como fotografías de viejo álbum serenando la mirada y removiendo al corazón con ese compás que anuncia sonrisas inesperadas y silenciosas, mientras me traiciona una que otra lágrima indiscreta por el gusto de la evocación, incontenible pasajera del avión de esos ayeres bonito6e irrepetibles.
Mis padres, mis hermanos, mis demás familares, amigos y conocidos, nos forjamos el destino con el sol a cuestas y con la brisa de aquellas alboradas y atardeceres irradiando una felicidad que hoy seguimos viviendo pero con otros matices, otros sueños y con la familia que hemos construido al paso del tiempo, remando en la corriente que la vida dispuso para esta nave que diestra esquiva piedras y rápidos entre aguas de todas tonalidades y al compás del viento amigo y el tic tac del reloj imparable y sutil.
Anochecer del lunes 7 de septiembre de 2026.-
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HABLAR CON LA LUNA
Margarita Filiputti-Argentina
En un momento de lucidez, logró burlar la guardia y corrió hasta la plaza de la esquina, a embriagarse con el aroma de los jazmines.´
Agazapado entre los ligustros lo sorprendió la noche, plagiando lunas, escudriñando secretos de plata, que en la vorágine alocada donde pasa sus días, nunca nadie le confesó. Y de sus ojos inciertos, brotaron flechas escarlata, indagando, queriendo saber algo de ese oscuro pasado.
…Tan oscuro, tan gris, que borró de su mente todas las imágenes. —¿Cómo escapó? —retumban en el silencio las voces vehementes.
Al oírlas, un miedo ensordecedor lo paraliza. Como siempre, sabe que lo encontraran y se acurruca como un animal herido.
Los hombres de blanco están ahí. Sin explicar nada, lo llevan una vez más al tétrico pabellón de las almas marchitas.
Asomados a los mugrosos pasillos, los rostros sin luz lo reciben balbuceando frases incoherentes; mientras el fugaz sueño de hablar con la luna, se desvanece y se pierde en los intrincados laberintos de la locura.
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CAMINATA
Carlos González Saavedra-Argentina
Vivo en un pueblo de casas de tejas coloradas. Con palabras que encierran un pasado que ya no existe. Palenques sobre calles arboladas, en cuadras empedradas. Como la entrada a una estancia.
Con sus bosques de acacias. Donde los rayos del sol, se filtran entre ramas.
Con vecinos que miran y no dicen nada. Otros saludan, con una sonrisa franca, como si nada.
Un silencio me acompaña, los pájaros cantan. No quiero interrumpir su canto, esta mañana.
Camino sobre las calles, como detenido en el tiempo. Encuentro, quintas escondidas por dónde camina, plácidamente mi alma.
Silencio y belleza de ligustrinas bien cortadas. Con céspedes prolijos. Solo a cuadras del intenso tránsito de la vida cotidiana.
Algún jardinero podando, otro regando plantas, mientras el silencio habla .Cielo sin nubes, verdes y plantas.
¡Caminar, me hacía falta!
Casas de fin de semana, que guardan secretos de los que nadie habla. A pesar de historias cotidianas sobre casas abandonadas.
Voces que ya no hablan, memorias guardadas.
Semblanza de un pueblo de casas de tejas coloradas, por dónde camina placida mi alma.
Donde todo es aprendizaje y enseñanza.
Contrastes de la vida misma.
¡Cuánta falta me hacía caminar, cuánta!
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LA MUJER QUE TENÍA MIL MENSAJES Y NI UNA VOZ
Elspeth Gormley-España
Se llamaba Clara. Tenía cincuenta y tres años, dos teléfonos, tres cuentas de correo, cuatro redes sociales y una vida llena de notificaciones… pero vacía de personas.
Cada mañana, al despertar, su móvil vibraba como si el mundo entero la buscara. Mensajes, alertas, correos, anuncios, recordatorios. Un ruido constante. Una compañía falsa.
Clara respondía a todos. A veces con un emoji, a veces con un “ok”, a veces con un audio rápido. Parecía acompañada. Parecía conectada. Parecía rodeada.
Pero cuando apagaba la pantalla, el silencio era tan grande que podía escucharse a sí misma respirar.
La soledad no era nueva. Había empezado años atrás, cuando sus hijos se fueron, cuando su matrimonio se apagó, cuando sus amigas empezaron a tener vidas que ya no coincidían con la suya. Pero la soledad digital era distinta: era una soledad llena de ruido, una soledad que no se nota desde fuera, una soledad que se disfraza de compañía.
Un día, Clara se dio cuenta de algo que la golpeó como una verdad incómoda:
Tenía cientos de conversaciones… pero ninguna vida compartida.
La gente le escribía, sí. Pero nadie la miraba a los ojos. Nadie le tocaba la mano. Nadie le preguntaba cómo estaba… para escuchar la respuesta.
Una tarde, mientras preparaba café, su móvil vibró con fuerza. Un grupo de WhatsApp. Diecisiete mensajes en un minuto. Memes, fotos, audios, chistes.
Clara los leyó todos. Sonrió. Respondió con un corazón.
Y luego, sin saber por qué, se echó a llorar.
Lloró de golpe, como si alguien hubiera abierto una compuerta dentro de ella. Lloró por la falta de abrazos. Por la falta de voces reales. Por la falta de presencia. Por la falta de vida.
Lloró porque se dio cuenta de que nadie sabía que estaba llorando. Nadie. Ni uno solo de los que le escribían.
La soledad digital es así: te rodea de gente que no está. Te llena de palabras que no tocan. Te acompaña sin acompañarte.
Clara decidió salir a caminar. El móvil vibraba en su bolsillo, insistente, como un niño caprichoso. Ella no lo miró.
En la calle, la gente caminaba rápido, mirando pantallas, hablando sin hablar, viviendo sin vivir. Clara se sintió invisible. Pero también se sintió libre.
Se sentó en un banco. Respiró hondo. Miró el cielo. Miró a la gente. Miró sus manos.
Y entonces entendió algo que le dolió… pero también la despertó:
La soledad no era que nadie la buscara. La soledad era que nadie la veía.
Ese día, Clara apagó el móvil. No lo silenció. No lo puso en modo avión. Lo apagó.
Por primera vez en años, escuchó el mundo sin filtros. El viento. Los pasos. Las voces. La vida.
Y también escuchó algo que había olvidado: su propia alma.
No dejó las redes. No dejó los mensajes. No dejó la tecnología. Pero dejó de confundir ruido con compañía, pantallas con personas, mensajes con afecto.
Clara aprendió a buscar miradas. A buscar voces. A buscar manos. A buscar presencia.
Porque la soledad digital no se cura con más mensajes. Se cura con más vida.
“En un mundo lleno de pantallas, Clara descubrió que la verdadera conexión no vibra: respira.”
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DIOS, LA POESÍA Y LOS POETAS….
Marga Mangione-Argentina
Dios estaba preocupado. Había puesto en el mundo a los hombres para que la raza humana reinara sobre todo lo que existía, para que cuidaran la tierra, admiraran la belleza de la Creación y convivieran en armonía con cuanto les rodeaba. Sin embargo, observaba con tristeza que el hombre vivía continuamente entre guerras fratricidas, enfrentamientos absurdos y disputas interminables en las que afloraban sus más bajos instintos. Cualquier motivo parecía suficiente para desencadenar la violencia: un trozo de tierra, una mujer, un caballo o un simple desacuerdo. Una palabra mal interpretada bastaba para que los hombres se enemistaran y pelearan hasta la muerte. Dios contemplaba aquellos actos con desazón, porque aquello no se parecía en nada al mundo que había imaginado cuando creó a los seres humanos. Él deseaba una humanidad capaz de compartir, comprender y amar. Quería otra cosa para su Creación.
Vigilaba constantemente a aquellos hombres y mujeres que había formado a su imagen y semejanza. Desde el cielo observaba cómo repetían una y otra vez los mismos errores, incapaces de aprender de sus sufrimientos. Como castigo, les enviaba pestes y calamidades, esperando que la adversidad les enseñara prudencia y compasión. También confundió sus lenguas para ver si, al no comprenderse entre sí, disminuían los enfrentamientos y se veían obligados a buscar otros caminos para relacionarse. Pero nada parecía dar resultado. A pesar de todas las pruebas y advertencias, seguían peleándose por cualquier motivo. La guerra se había convertido en una costumbre y la rivalidad en una forma de vida. Eran guerreros por naturaleza, o al menos eso parecía.
Una noche, cansado de pensar en nuevas maneras de corregir a los hombres y de encontrar un remedio para aquella violencia interminable, decidió descansar en el Paraíso. Mientras reposaba y contemplaba la inmensidad del firmamento, escuchó de pronto una voz dulce y melodiosa que ascendía desde la tierra. Aquella voz viajaba acompañada por las notas de un instrumento que no recordaba haber creado y que producía una música tan hermosa como desconocida. Las palabras hablaban de amor, de esperanza y de los sentimientos del corazón humano. Dios permaneció inmóvil, sorprendido. Hacía mucho tiempo que no escuchaba algo tan bello salir de la boca de un hombre.
Intrigado, se asomó por detrás de una nube para ver mejor al dueño de aquella voz. Lo encontró refugiado bajo la sombra de unos frondosos árboles, cantando con serenidad, como si el mundo entero desapareciera mientras entonaba sus melodías. Dios quedó maravillado. Por un instante olvidó sus preocupaciones y se dejó llevar por aquella música que parecía capaz de devolver la paz incluso a los corazones más agitados. Entonces decidió descender para conocer a aquel extraño cantor.
Su voz retumbó como un trueno entre las copas de los árboles cuando preguntó:
—¿Quién eres, y quién te enseñó a cantar de una manera tan hermosa?
Al principio, el hombre se asustó ante la presencia de ese Ser extraño, que brillaba más que el sol, y que le hablaba con una voz tan fuerte y tan profunda. No atinó a contestar nada, pero ante la insistencia de Dios, le dijo con voz trémula:
-Soy un Juglar… y voy por el mundo llevando las noticias de los acontecimientos que suceden, por medio de mis canciones. De otro modo, no se enterarían en otros pueblos, por ejemplo, lo que sucede aquí.
Dios se sorprendió mucho de lo que este hombre le decía. Había estado tan ocupado en solucionar el problema de las guerras, que no se había percatado de la presencia de los Juglares. El que tenía adelante, siguió diciendo: -También cuando regreso, traigo noticias de otros lugares. Lo hago a cambio de un vaso de vino, y un trozo de pan y queso, únicamente… Soy bien recibido en cada sitio que visito. Sobre todo, por las damas, que me esperan para que les cante canciones de amor.
Pero también los hombres necesitan de mí, para conocer las novedades del mundo. ¡Me quieren y aprecian lo que hago!
Dios sonrió y le dijo cariñosamente:
-¡Muy bien, Juglar, te felicito! ¡Sigue haciendo eso por todo el mundo! Yo voy a ayudarte parea que te respeten y te cuiden…
Y pensó satisfecho: De ese modo, se acabarán las guerras. Entonces, ya más tranquilo, se volvió al cielo. Pero las guerras, lejos de acabar, siguieron creciendo y cada vez eran más sangrientas, porque el hombre, en su deseo de conquista, inventaba armas, cada vez más letales. Dios consideró que, si los escarmientos eran inútiles, entonces tendría que darle al ser humano un modo para que las buenas noticias llegasen más rápidamente de un pueblo a otro. Eso los haría más buenos, y pondría fin a las eternas peleas. Pensó y pensó, y se le ocurrió ordenarle a los Fenicios, que inventasen un modo de escribir por medio de signos que todos pudieran comprender. Así nació la escritura griega y la latina. De ese modo, volcando en un trozo de piedra, madera, papiro o tela, las canciones de los Juglares, éstas llegarían a todos los lugares de la tierra donde hubiese gente. ¡Esa sería la solución! Los seres humanos ocuparían gran parte de sus días leyendo, entonces, no tendrían tanto tiempo para pelear. Así comenzó a escribir el hombre. Pero era un trabajo titánico, pues había que hacerlo a mano, y cada libro llevaba varios meses para ser escrito.
Pasaron muchos siglos y no se adelantaba mucho. Siguió pensando Dios, y se le ocurrió que un sabio llamado Gutenberg, inventara la imprenta de tipos movibles de metal. Este hombre, asociado a otros, como Johann Fust, luego con Albert Pfister, y después con Piter Schoeffer, quien introdujo ciertas modificaciones en el nuevo descubrimiento, lograron editar libros. En realidad, el primero que se imprimió fue la célebre Biblia de 42 líneas. Pocos años después, la imprenta era conocida en todo el mundo antiguo o moderno.
Satisfecho, Dios creyó haber logrado por fin, que la paz reinara en la tierra. Pero los libros, lejos de traer la felicidad tan anhelada por Él, eran utilizados para enseñar las artes de la guerra. Cada vez se editaban menos libros de poesía, religión y amor, y más libros de magia negra, pornografía y estrategia en el arte de la pelea. Y, además, eran pocos los que sabían leer y escribir. Hizo que se crearan las escuelas, pero solamente los hijos de los ricos estudiaban. Y eso no era suficiente.
Dios se enojó mucho. En realidad, estaba furioso. El hombre, su mayor creación, lo había desafiado por siglos y siglos. ¡Tenía que hacer algo para que esto cambiara! Pero… ¿Qué? Había probado muchas maneras diferentes sin resultado. Y fue entonces
cuando se dio cuenta de algo muy importante: donde había poetas reunidos, nadie se peleaba. Todos compartían sus escritos en un ambiente de armonía y paz. Luego, cada uno se volvía a su hogar enriquecido a su vez, con lo que había recibido de sus colegas.
¡Ésa era, al fin, la solución! Tenía que sembrar poetas por toda la tierra. ¡Claro que sí! ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Y así lo hizo.
Por eso hoy, en cada comunidad, en cada gran ciudad o pequeño pueblo, los poetas se reúnen a leer sus poesías y en el momento en que ellos leen, comparten o intercambian sus obras, el mundo se detiene, y en él, ¡reina la paz!
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CINCO MARIDOS Y UNA MUJER
Ángel Medina-España
Noelia era una belleza exótica. Para hacerse una idea, recuerde el lector la exuberancia de la Loren en su juventud. Grandes ojos, pómulos prominentes, boca jugosa y una melena zahína que se desparramaba sobre sus hombros como una cascada.
La mujer recordaba lo que había sido su vida hasta entonces.
Se había casado a temprana edad y era feliz. Pero, el destino es cruel y pronto retira las mieles y trae hieles. Enviudó y volvió a contraer nupcias. Así hasta cinco veces. Todos sus esposos habían pasado por una misma experiencia: acudir a la cita con la muerte mediante un accidente, ser hallados vivos al cabo del tiempo y quedar traumatizados como consecuencia del mismo, hasta que posteriormente lograron recuperar la memoria.
Escarmentada, se propuso nunca más probar suerte en el amor y para alejarse de los recuerdos nada mejor que un viaje. Al regreso se encontró con cinco cartas. Pronto pudo identificar las grafías como procedentes de cada uno de los cinco desaparecidos. Todos y cada uno de ellos le anunciaban haber salvado su vida milagrosamente y regresaban a casa con su mujercita, ignorando la situación que se había originado.
¿Qué hacer con una coyuntura tan enrevesada? Cada cual consideraba ser su marido legítimo, pero ella sabía que no era posible tal grado de macro-bigamia, por lo que decidió acudir al juez.
El instructor propuso que convivieran todos juntos. Pero Noelia, que además de guapa y sensual era virtuosa, no acepto la propuesta. Entonces, como nueva medida, arbitró que se alternasen cada uno como pareja itinerante durante un tiempo. Aquello le pareció una mojigatería, pues se le antojaba ser una mujer pública que permuta su intimidad con distintos varones, y ella, aunque muy reque casada, era toda una señora. Entonces, el regulador le planteó que echase a suerte para ver a quién le tocaba quedarse con ella, pero esta medida tampoco satisfizo a la mujer, al no considerarse el osito de feria que se obtiene como premio en una rifa. ¿Y si de disolvieran los matrimonios y ella los indemnizase? Tampoco resultó posible, pues la muchacha era bella, pero también pobre.
¿Qué hacer? ― pensaba para sí el Magistrado, contemplando en su interior que bien podría relatar a sus nietos al jubilarse tan complejo relato, seguro de oírles responder aquello de “Abuelo, no nos cuentes historias”.
Lenta, progresivamente, comenzó a fraguar en su testa una genial idea. ¿Por qué no recurrir a “él” o algo similar? Nada perdía con intentarlo, porque el caso no podía ser cerrado en falso y alguna salida tendría que haber. Meditó un buen rato, imaginando la escena del rey sabio, con el niño en sus brazos y las dos mujeres asustadas al escucharle decir que lo dividiría en dos mitades, una para cada una de ellas.
El silencio se hizo cortante como el cuchillo que penetra en la niebla densa para abrir paso a la palabra. Finalmente, sentenció con tono solemne y salomónico.
― Siendo el amor ciego ha de estar predispuesto a la entrega total e incondicional. ¿Y qué mayor consagración- les interpeló a los cinco- que la de entregar el máximo don que se posee, esto es, la vida? Así, pues dicto sentencia. Noelia les ofrecerá a ustedes una bebida que contiene cianuro. Sólo una de ellas no lo tendrá. El que viva, se constituirá en su marido. ¡A fin de cuentas, todos ustedes estaban muertos!
Al conjuro de sus palabras, los cinco hombres se miraron con cara de sorpresa. Ciertamente, ninguno esperaba una sentencia de tal calibre. Sólo el amor verdadero es capaz de darse por completo. Lentamente comenzaron a desfilar ante el estrado. Todos iban en actitud cabizbaja. Sólo uno permaneció allí. Era el primer marido. Había decidido arriesgar su vida con tal de ganar su amor. Y en aquel punto entendió ella quién la amaba de verdad. En aquel reducido espacio judicial se proclamó el renacido matrimonio. Y es que el amor es el único capaz de arriesgar los miedos que todos llevamos dentro.
La sala se había vaciado. Cuando todos salieron, habiendo quedado sólo el togado, vertió la bebida de las copas en una sola, ingirió el líquido para calmar su sed y abandonó el estrado sonriente, satisfecho por su sentencia. Salomón había actuado bajo la especie del agua.
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CLARIDAD
Cecilia Pari Silva (Khaekha -Perú
Aquella mañana decidí acercarme al ventanal de su casa, el que daba al patio principal. Lo vi sonriente, leyendo las tiras cómicas de un periódico antiguo. Cómo le gustaban. En mi mente solo existían el cariño sincero y una ternura inmensa por todo lo que hacía. Jamás imaginé nada más. ¿Amor? Eso era para necios y soñadores, para quienes estaban dispuestos a perder el tiempo, el equilibrio y hasta la libertad.
Cuando me descubrió junto al pequeño muro bajo la ventana, sonrió. Corrió a abrir la puerta y, casi como un niño, me tomó de la mano para hacerme pasar.
La tarde se convirtió en noche sin que nos diéramos cuenta. La conversación fue vaga, ambigua, pero interesante. Ninguno supo en qué momento había oscurecido.
Los años transcurrieron en un aparente silencio, al menos en lo que a sentimientos se refería. Terminó el colegio y cumplió uno de sus grandes sueños: marcharse a la capital para ingresar en la universidad.
A partir de entonces comenzaron a llegar sus cartas. Siempre puntuales. En ellas me hablaba del campus, de las nuevas amistades y, muy especialmente, de una joven llamada Amanda.
Al principio me parecía curioso el modo en que la describía, la alegría que le producía compartir un café con ella después de las clases. El tiempo siguió avanzando y yo no me inquieté. Después de todo, él era mi mejor amigo. Casi un hermano.
Pero una primavera todo cambió.
Una de sus cartas comenzaba con unas palabras que me dejaron sin aliento:
«Mi entrañable Laura… Si tan solo hubieras volteado a verme, no con ojos de amiga, sino con los de la mujer que esperé durante tanto tiempo, jamás le habría propuesto matrimonio a Amanda…»
Seguí leyendo.
Me hablaba de mis consejos, de cómo había seguido mis palabras porque estaba convencido de que yo nunca sentiría por él nada más que amistad. También confesaba que había intentado hacerme llegar sus sentimientos una y otra vez, sin obtener respuesta.
Cuando terminé la carta, sentí que el corazón quería escapar de mi pecho. Corrí a buscar las anteriores. Leí una tras otra.
Entonces lo comprendí todo. Allí estaban las señales que nunca quise ver.
«Cómo te extraño, loquilla mía…»
«Mi dorado tesoro…»
«Mi corazón salta cuando recuerdo tu nombre…»
Carta tras carta, descubrí que mi mejor amigo me había entregado su alma sin que yo fuera capaz de entenderlo.
No había sido falta de claridad por su parte. Había sido ceguera por la mía.
Y mientras sostenía aquellas hojas entre mis manos, comprendí algo que llegó demasiado tarde:
que yo también lo amaba.
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EL REGRESO.
Omar Svriz-Argentina
Después de haber partido buscando mejor destino, regreso a mi terruño , allá donde nací y me crié, al llegar a la tranquera me detengo y veo un inmenso yuyal, cubriendo la casa paterna convertida en tapera envuelta en absoluta soledad. ya no estaban los pollos patos ni gallinas que otrora cubrían el amplio patio rodeado de naranjos y mandarinos, tampoco el perro con su ladrido de bienvenida ha salido a recibirme, no estaba ese balde lleno de agua sobre la vieja mesa de algarrobo bajo el alero de la galería, debajo de ese frondoso pino descansaba el viejo arado de manceras , con el cual siendo aún un niño mi padre me enseñó a labrar la tierra, más allá la cultivadora Y esa rastra , la cual era tirada por caballos.
El alambrado parecían viejas y destempladas cuerdas de guitarra que ya no podían ejecutar ni un sonido, el pozo sin brocal, desmoronado, El yunque oxidado , sobre él descansando el martillo con sus lados deformado de tanto golpear rejas ,asadas y doblar hierros.
Mis ojos recorrían ansiosos todos los lugares , cada rincón, cada espacio, pero nada nada era igual, algo o alguien le faltaba el campo aquella tarde de verano. cuando un hilo de lágrimas surcaban mis mejillas pues me sentía un pájaro que le faltaba su rama donde posarse, al pararme detrás de la casa donde siempre tomábamos mate, allí allí estaba eso ese alguien que buscaba yo ,ahí debajo del naranjo, con su estampa casi centenaria y su sombrero de gran ala, sus flacas y huesudas manos sosteniendo entre su dedo esa asada con la cual trabajaba la tierra estos últimos años y cultivaba sus pocas plantaciones de mandiocas batatas calabazas y otras verduras que compartía con su compañera de 60 años de vivir juntos ,(mi madre )y la demás familia que vivían en el pueblo.
Allí estaba él, Don pipín ,apodo por el cual lo conocían todos a mi padre, encorvado, parece sentir mi presencia, se da vuelta y me mira como llamándome, fue tan grande la emoción que en un momento recorrí los días que pasamos juntos en mi niñez y adolescencia y de cuando trabajábamos la tierra y las siestas compartidas debajo de ese Naranjo.
Lo nombré papi, papi , cómo lo hacía siempre ,corrí extendiendo mis brazos, para rodear su cansado cuerpo, y estrecharlo en el más profundo de mis abrazos. pero cuando lo cerré para apretarlo contra mi pecho me di cuenta que no había nadie, yo estaba solo, cerré los ojos un momento y cuando los volví a abrir regresé a la realidad.
Mi padre hacía ya dos años que había dejado de existir , no pude llegar a tiempo para darle el último adiós , por eso mi padre para mí , aún sigue con su vieja asada en la mano abriendo surcos en la tierra
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A LA VIDA
Reflexión en prosa
Jenny Tamayoshe (Girasol)-Estados Unidos
He aquí, querida vida, tratando de entender el porqué no te damos la importancia que realmente te mereces, si ya desde el mismo instante en que se nos concede eres una bendición…
El hecho de abrir cada día los ojos a un nuevo amanecer ya es motivo para sentirnos dichosos. ¿Por qué entonces se nos hace difícil el diario caminar por este sendero? ¿Por qué desperdiciamos este valioso tiempo en necedades absurdas cuando podríamos estar compartiendo y queriéndonos más?
¿Te has puesto a pensar cuántos en estos instantes se están aferrando a la vida que hoy se les escapa de entre las manos? ¿Cuántos te amo se pierden en el tiempo, creyendo que habrá un mañana más para decirlo?
Se viven tiempos tan agitados donde se habla de libertad, pero somos presos de nuestros propios infiernos. Vivimos en la era de la tecnología, pero donde los corazones están vacíos; donde no importa empujar al que viene cerca de ti con tal de sobresalir, donde ya nada se da de gratis sin que en el fondo se busque algo a cambio.
Cada día la vida nos enseña algo, pero hay que saberla escuchar. Nadie es perfecto, todos cometemos errores, pero es ahí donde se empieza a crecer y a caminar hacia un futuro diferente, donde lo principal será estar bien contigo mismo, porque el día que nos vayamos, solo rendiremos cuentas de todo lo que hayamos hecho en esta tierra que nos vio nacer..
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RELATOS SOBRE LA FELICIDAD – SEPTIEMBRE
© Todos los derechos reservados. Los textos publicados son propiedad de sus autores y están protegidos por la legislación de Propiedad Intelectual y el Convenio de Berna.
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COLABORAN
Maren Alberdi — España
María Derlinda Costa Tasistro — Uruguay
Santiago García Vega — México
Carlos González Saavedra — Argentina
Elspeth Gormley — España
Andrea Kiperman — Argentina
Antonio Morelos — México
Andrea Morini — Argentina
Carlos Pérez de Villarreal — Argentina
Ana Unhold — Argentina
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LA FELICIDAD
Maren Alberdi- España
La felicidad nunca llega haciendo ruido.
A veces aparece como una brisa que apenas mueve las cortinas, como un destello mínimo que se cuela entre las rendijas del día sin pedir permiso. No avisa, no reclama, no exige. Simplemente sucede, como si el universo tuviera la delicadeza de tocarte el hombro sin que nadie más lo note.
Hay mañanas en las que uno se despierta sin saber por qué y siente que algo dentro está en calma. No es euforia, no es fiesta, no es triunfo. Es una serenidad tibia, como si el alma hubiera encontrado un rincón donde descansar. Y entonces lo entiendes: la felicidad también es eso, un silencio que acompaña.
Durante años la buscamos en los grandes acontecimientos, en los logros que brillan y en las metas que parecen justificar la vida. Pero la verdad, esa que solo se revela cuando uno ha vivido un poco, suele esconderse en lugares más sencillos.
En un gesto amable.
En una conversación que acomoda el corazón.
En un café compartido sin prisa.
En la certeza de que alguien piensa en ti.
En la luz que entra por la ventana y te recuerda que sigues aquí.
La felicidad es humilde. Por eso cuesta verla.
A veces se disfraza de rutina, de día normal, de tarde cualquiera. Se mezcla con las tareas, las preocupaciones y los pasos que damos sin pensar. Y, sin embargo, permanece ahí, esperando que la reconozcamos.
Porque la felicidad no necesita que la celebremos. Solo necesita que la miremos.
Hay quien cree que la felicidad es un destino, pero quizá sea más bien un instante que se abre. Una grieta luminosa en medio del caos. Un abrazo que llega cuando el alma se siente frágil. Una palabra que sostiene. Un recuerdo que salva. Un sueño que aún respira.
La felicidad es también aceptar. Aceptar lo que fue. Lo que no pudo ser. Lo que ya no vuelve.
Aceptar que la vida cambia y que nosotros cambiamos con ella. Que hay pérdidas que nos moldean y heridas que nos enseñan. Comprender que la felicidad no es la ausencia de dolor, sino la capacidad de seguir encontrando luz entre las sombras.
Y cuando por fin lo comprendes, algo dentro se acomoda.
Descubres que la felicidad no es un premio, sino una forma de mirar. Una manera de estar en el mundo. Algo que se cultiva despacio, como quien riega una planta sin exigirle que florezca de inmediato.
La felicidad es ese instante en el que respiras hondo y te das cuenta de que, a pesar de todo, estás viva. Que todavía hay belleza. Que aún queda camino. Que tu alma, llena de mareas, de memoria y de luz, sigue encontrando motivos para latir.
Y eso, aunque nadie lo vea, ya es felicidad.
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LEYENDA
María Derlinda Costa Tasistro–Uruguay
La leyenda dice que la felicidad es un todo que se funde con el vaivén de los sentimientos. A veces, pasa desapercibida y se nutre de la nostalgia de su pasado vencedor. ¿Quién niega la felicidad a un pobre desheredado?
Los pensamientos fluyen en el caudal de los creadores que bordean la orilla del sempiterno pensador para llegar a la verdadera felicidad.
El poema puja por nacer y da a luz las estrofas que acompañan su sentir. Eso es felicidad.
Felicidad, eterno desafío de una melancolía austera que compite sin piedad.
Felicidad que se añora en la magia nocturna que esconde su oscuridad, detrás de lentejuelas opacas que desprecian los rayos del sol.
Felicidad es, un sentimiento agudo que se trasmuta en lágrimas.
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SENDERO
Santiago García Vega-México
Sendero madrugador que a pie traviesa emprendes el recorrido apresurado, sin mirar adivinas la errante piedra que tropieza, hasta dónde llegarás a fuerza de volver a desandar.
Se aleja la tenue luz de la luna abriendo paso a la mañana, tiritan temerosas las serenas telarañas, el rocío y los primeros rayos del sol hacen temblar en colores diamantes en racimos brillan a contraluz, gotas que presumen su animación de suculentos aromas.
Sendero de la mañana que enderezas el camino, se han ido las sombras, las uñas ya no rasgan mis pasos, resfriadas hojas que se estremecen de agüita, arcoíris viajero, vivaz momentáneo efímero.
Sendero de pies descalzos al murmullo de la brisa, acostado caminito que en siesta toma rumbo a la laguna, y cuando unos van y se desprenden, otros se juntan pa’ no ir vacíos.
¿Así me recibes sendero con hierbas? Olores y más olores, texturas tan diferentes, garra lija y ajuate, a veces el musgo en flor y otras parejo llano, respira gozoso plenitud esencia de la vida.
Con nuestra sola presencia leve roce de los pies, ¿será que no quiere intrusos la concurrida vereda? Inesperada visita limitado al verde, por el centro colorado, expresionistas paredes de espinosillas, lavandas y manzanillas.
Abundante perfume que llenan mi inspiración.
Senderero al atardecer de resinas y estornudos, en gratitud fresco jazmín o sahumerio de santa maría que a la par de pinares se resbalan al regreso cansado por la jornada, cortito porque es a casa, cortito por quien espera.
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¡UN DIA DE FELICIDAD!
Carlos González Saavedra-Argentina
Ese lunes, veíamos sorprendidos, como te movías. Nos tranquilizaba que el martes a las nueve de la mañana teníamos turno.
Allí fuimos, la espera se hizo larga para mí, que aguardaba al lado del consultorio. Nervioso.
La secretaria me hizo pasar.
-Bueno, quiero comunicarle señor, que su esposa no tiene la suficiente dilatación y hay sufrimiento fetal.
-Casi con un nudo en la garganta, más un sudor frio, corrió por mi espalda. Pregunte-¿Qué hay que hacer?
-Vayan a la clínica, está acá, a la vuelta.
¡Ingrésela! Hablare yo.
Su hijo, nacerá por cesárea.
-Perdón y el bolsito que teníamos preparado?
-¡Que se lo manden!
Los dos estábamos tensos, no podíamos hablar. Trate de calmarla mientras caminábamos al sanatorio, cuadra y media de distancia.
Llame como pude, a un familiar para que traigan la ropita y sabanita que con tanto amor la madre, había preparado.
Todos corrían. Mientras miraba asombrado. Todo era nuevo para nosotros.
Todo, queda postergado por la urgencia. Hasta los pensamientos.
-De pronto se abre la puerta, la suben a una camilla y se la llevan
-¿Donde la llevan?
-¡Al quirófano! ¿Dónde iría, sino? ¡Ay éstos padres!
Eran las doce del mediodía y supe que la hermana de mi suegra, medica, había llegado con el bolso.
Su condición profesional y pediatra había permitido su ingreso a sala de operaciones.
Solo me bastaba esperar.
Los asientos y paredes blancas hacían los minutos más largos.
A la 12,30 Ofelia, la tía, sonriendo: ¡Felicidades, es un varón! Sanito, con una fuerza bárbara. Con sus bracitos abiertos y sus puños cerraditos.
-¡Carlitos espere! Así lo puede ver, en la nursery a través del vidrio.
Cuando lo vi por primera vez. Ufff, se frotaba la nariz con la almohadita. Solo pude decir con lágrimas en los ojos.-¡HIJO! ¡HIJO MIO!
Cuando trajeron a mi esposa a la habitación bajo los efectos de la anestesia, solo preguntaba. ¿Es sanito, tiene todos los deditos?
Ése sin dudas, fue el día más feliz de mi vida.
El día que fuimos padres, por primera vez.
Una felicidad para toda la vida.
Deseamos tanto ése hijo. Deseaba tanto que fuera varón
Este año en el mes de octubre precisamente el 26, Martin, cumplirá 50 años!
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LA FELICIDAD ES LO QUE SOSTIENE
Elspeth Gormley-España
La felicidad no siempre brilla. A veces es apenas una raíz, algo que no se ve y, sin embargo, sostiene todo lo demás.
Es el recuerdo de la infancia, ese país al que regresamos sin proponérnoslo, donde las manos que nos cuidaron siguen encendiendo luz cuando la sombra se acerca.
Es ver caer la tarde y saber que los tuyos están bien, aunque la vida los haya llevado por caminos distintos y ciudades lejanas.
Es aceptar el día tal como llega. Con sus alegrías y sus heridas, con el cansancio que pesa algunas veces y con las sorpresas que aparecen cuando menos las esperamos.
Es aprender a desear la paz para otros sin pretender retenerlos. Comprender que cada persona tiene su propio viaje y su propia manera de cruzar el mundo.
Es agradecer lo que permanece: una conversación sincera, una mirada cómplice, el mar que sigue esperando en el mismo lugar, la memoria que nunca termina de marcharse.
La felicidad quizá no sea una meta ni un instante extraordinario.
Quizá sea simplemente esto: caminar, amar, perder, aprender y seguir dando gracias mientras la vida sucede.
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¿QUÉ ES LA FELICIDAD?
Andrea Kiperman-Argentina
Antes que nada, como siempre, gracias por estar del otro lado, compartiendo estas palabras. Acompañando el tema del mes, quise realizar una consulta imprescindible y que también me parece importante que te tomes unos segundos y la hagas internamente: ¿qué es la felicidad?
Por supuesto que no es una pregunta que solo yo me he hecho, sino que también se la han planteado grandes pensadores a lo largo de los siglos y los siglos. Empero, aprovecho y la planteo aquí, en este presente.
No me caben dudas de que el concepto de la felicidad varía entre las personas: para algunos será poder compartir con la familia; para otros, conseguir un mejor trabajo o tener salud; para aquellos, seguir un camino profesional y sus pasiones, mientras que, para otros, será tener una vida tranquila, lejos de tanto ruido de las grandes ciudades.
La felicidad, dicen, no se nota; en el día a día pasa a veces desapercibida, como un suspiro o una brizna de hierba. También, a lo largo del andar por la vida, vamos apreciando más las pequeñas cosas, los pequeños regalos que la vida nos ofrece, los pequeños grandes compartires, y nos volvemos un poco más sencillos.
La felicidad, pues, está en lo pequeño. En los detalles, en compartir, en sentir especialmente, adentro nuestro, que estamos en sintonía con nuestros deseos y sueños más profundos, más íntimos. Por eso es tan importante ir conociéndose a través de los años y hacer un trabajo personal para poder ir descubriéndonos, y así encontrar nuestros propios conceptos de felicidad.
Ahora sí, sin más, los dejo con estas palabras y la pregunta planteada anteriormente. Quedo con ustedes…
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LA FELICIDAD
Antonio Morelos- México
¿Qué es la felicidad?
En la vida del hombre existen dos objetivos importantes, uno, es la libertad y el otro, es la felicidad.
Vamos a partir, de que el mayor referente de la libertad es el Saber, la preparación, pero también esto, es utópico, porque la libertad individual, empieza a desaparecer en el propio seno familiar, aunque la Constitución política de los pueblos dice que todo individuo al nacer es libre, los gobiernos opresores inventan o ponen filtros, para que el hombre, aprenda a obedecer, lo mismo que las religiones, con la creación de necesidades que no lo son, pero las crean y hay que obedecer, eso, ayuda a la formación de sociedades obedientes, dóciles, sin libertad, pero la Felicidad es muy diferente, este objetivo del hombre, tiene muchas definiciones, pero todas muy subjetivas, a título personal, yo considero que si es una actitud de sentimientos muy personales, la felicidad es: disfrutar al máximo lo que cada quien tiene.
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ELEGIA A LA ( IN ) FELICIDAD
Andrea Morini-Argentina
El fulgor de la dicha en una existencia doblegada por la sombra no dibuja un puerto seguro, sino el tajo fugaz de un relámpago que desgarra la noche para legar, en su retirada, una ceguera más espesa y un frío más hondo. Pretender que la felicidad constituye un estado permanente es el equívoco capital de los vivos; en verdad, se trata tan solo de un espasmo de la conciencia, de un paréntesis fortuito donde el dolor del mundo descansa el pulso por puro hastío.
La felicidad auténtica, si es que tal categoría merece nombrarse, trae inscrita en su simiente la ley de su propio derrumbe. Es un relumbre arrebatado al tiempo, un brillo endeble sobre la herrumbre que se consume en el mismo instante en que la mano intenta apresarlo. En el corazón de la dicha acecha siempre el reverso del terror: la certidumbre sorda de que el equilibrio es insostenible y de que el péndulo, inexorable, retornará hacia el fondo del abismo. Aquel gozo breve no nos redime; nos sentencia a calibrar con exactitud la profundidad de la caída.
Frente a este espejismo, la infelicidad no encarna un defecto ni una fractura del orden vital, sino el sustrato perenne de la existencia, la atmósfera donde la carne se gasta y el pensamiento madura. Late una extraña y sombría nobleza en la melancolía tenaz, en el habitar las ruinas propias sin mendigar consuelos fáciles ni redenciones de cartón. La desdicha nos despoja de los oropeles de la ilusión, nos arranca la máscara de la esperanza y nos fuerza a contemplar el engranaje desnudo del tiempo, esa maquinaria voraz que devora rostros, nombres y querencias.
Pensar la condición humana hasta el fondo exige renunciar al mandato tiránico de la alegría. La dicha edulcorada que pregonan los altares seculares de la autoayuda no es sino un anestésico vulgar, concebido para apartar al hombre del espejo implacable de su propia finitud. La verdadera madurez del espíritu arranca en el instante en que se asume que la vida discurre en la penumbra, que el sufrimiento constituye la argamasa de los días y que la belleza más alta, la de un acorde roto, un crepúsculo ceniciento o un recuerdo que ya quema, solo florece sobre un suelo fecundado por la pérdida.
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FELICIDAD
Carlos Pérez de Villarreal–Argentina
¿Qué es la felicidad?, preguntó la vida. La gratitud respondió que era disfrutar de lo que uno tiene hoy; la esperanza dijo que era reír sin miedo al mañana; la sencillez aseguró que era valorar los pequeños momentos; la libertad añadió que era dejar ir lo que lastima; y la paz, con voz serena, afirmó que era vivir sin compararse. Así, cada una de estas voces fue dibujando un mapa íntimo de lo que significa ser feliz.
La palabra felicidad tiene sus raíces en el latín felicitas, derivada de felix, que significa fértil o fecundo. Este término describe un estado emocional donde predominan las emociones positivas, un bienestar vinculado a las experiencias personales de cada individuo y que se manifiesta de maneras diversas según la personalidad y el carácter de cada uno. La felicidad es, en esencia, una sensación de plenitud y calidad de vida, un estado general que se alimenta de lo que somos, de lo que sentimos y de cómo interpretamos el mundo.
También está profundamente relacionada con la motivación, ese impulso que nos permite realizar acciones y satisfacer necesidades. Tener propósitos otorga sentido a la vida y actúa como motor de bienestar, porque convierte a la persona en creadora de sus propias experiencias. Desde esta perspectiva, la felicidad se asocia a una vivencia donde las emociones positivas prevalecen sobre las negativas, acompañada de un sentido de optimismo ante los desafíos que se presentan en el camino.
La felicidad implica, además, un compromiso. Está ligada a la manera responsable en que se abordan las tareas, especialmente aquellas que facilitan el desarrollo de habilidades y que están alineadas con los objetivos personales. Y, aunque parezca contradictorio, es posible experimentar felicidad incluso en medio de problemas y adversidades. Las dificultades no excluyen la oportunidad de ser feliz; más bien, la forma en que encaramos los problemas puede definir nuestra vivencia de ellos. Una actitud positiva se construye sobre la autopercepción, las creencias, los valores y la capacidad de disfrutar incluso en los momentos inciertos.
La felicidad depende, en gran medida, de nuestros deseos e intenciones. Las aspiraciones personales guían nuestras acciones y proyectos, generando bienestar cuando nacen de nosotros mismos y no de presiones externas. Desde la ciencia, se ha demostrado que en la química del cerebro existen neurotransmisores vinculados al bienestar, como las endorfinas, liberadas por la glándula pituitaria y el hipotálamo. Estas sustancias proporcionan un efecto analgésico y placentero, aunque su influencia sea efímera. Se generan ante estímulos como el enamoramiento, el orgasmo, el consumo de chocolate o alimentos picantes, la excitación sexual e incluso el dolor.
Algunas teorías consideran la felicidad como una habilidad personal para enfrentar los retos cotidianos. Por ello se sugieren prácticas como técnicas de manejo del estrés y ejercicios de autoconocimiento, concibiéndola como una meta alcanzable. Otras teorías proponen que experimentar felicidad fomenta la creatividad y la flexibilidad, abriendo la puerta a nuevos pensamientos y recursos frente a los problemas diarios, actuando como un motor que impulsa acciones y decisiones.
Diferentes psicólogos han intentado medir el nivel de felicidad mediante pruebas y escalas que evalúan factores como el estado de ánimo, las experiencias familiares, la percepción de logros y el nivel de optimismo. Desde la filosofía, Immanuel Kant describió la felicidad como un deber humano que depende exclusivamente de uno mismo. José Ortega y Gasset, por su parte, postuló que la felicidad surge cuando los deseos —la vida proyectada— se alinean con la realidad —la vida efectiva—.
Diversas religiones coinciden en que la felicidad es un estado de paz alcanzado mediante la unión con Dios. Mientras tanto, los budistas creen que solo se logra tras liberar el sufrimiento y vencer los deseos a través del entrenamiento mental.
De cualquier manera que lo veamos, estimo que depende de nosotros encontrar «la felicidad», esos pequeños momentos que le robamos a la vida,
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FELICITAS FUGAX SP
Ana Unhold-Argentina
Desde que fue instalada en cada país una Oficina Mundial de Reclamos, no dan abasto para atender a tanto público.
Larga filas de humanos de diferentes edades presentando sus reclamos sobre :”la felicidad”.
Se quejan de “falla de felicidad», «que la han tenido y la perdieron», «nunca la conocieron”…
Estas oficinas públicas donde se registran miles de números de trámite. Los empleados llegan agotados a las últimas horas de trabajo:
‒“Vengo a reclamar, me dijeron que duraba más”
‒ ¿Trae comprobante?‒ pregunta el abrumado empleado.
‒ No ‒
‒ ¿La compró Ud. o se la regalaron?
‒Creo que venía con la vida ‒ responde el reclamante.
Muchos de ellos tienen expectativas como garantía vencida, los momentos felices que no admiten devolución y esa costumbre humana de reclamarle a la felicidad justamente porque no se comporta como esperábamos.
Y siguen las querellas como para agotar a los empleados:
‒ Venimos a demandar porque nos dijeron que la felicidad consistía en “estar contentos”.
El empleado mira el expediente y responde: ‒No, hay un error‒ La felicidad no consiste en estar contentos. Consiste en encontrar para qué seguir cuando no hay motivos para estarlo.
El problema, ya mundial, empieza a llamar la atención de los científicos. No saben explicar este fenómeno. Por tanto, deciden crear la: Comisión Mundial para investigar que hay detrás de la felicidad. El trabajo científico comienza con intentar clasificar a este espécimen. La taxonomía es lo más importante: ¿Hay especies? ¿Subespecies? ¿Cuál es su habitat? ¿Cuáles son sus ciclos vitales? ¿Hay felicidades migratorias? ¿Se reproducen? ¿Cómo?¿Hermafroditas o sexos separados?
¿Desaparece? ¿Puede estar en cautiverio? ¿No está donde la estamos buscando? ¿Puede aparecer cuando uno hace algo por otro?
Sí, llegaron a un descubrimiento: La felicidad se resiste a ser atrapada porque quizá no es algo
que se posee.
¿Qué clase de fenómeno están investigando? Cuando más intentan clasificarlo más se diluye. Así, con método científico empiezan por estudiar: felicidad doméstica y silvestre; individual y gregaria; de corta duración y longeva; migratoria, parasitaria (a expensas de otro) quizá también felicidad simbiótica (que solo existe si está en otro); es como que cada vez tiene más
propiedades.Finalmente, la Comisión logra la clasificación:
Reino: Emociones
Phylum: Estados transitorios.
Especie: Felicitas fugasx sp.
Pudieron describir características, hábitos, alimentación, reproducción, depredadores. Aparece sin aviso, difícil de capturar, no sobrevive cuando la encerramos y suele desaparecer cuando decimos ¡Qué feliz soy!
Llega alguien más a la oficina de reclamos para denunciar que es una especie que se niega a permanecer en cautiverio. Se preguntan: ¿Es la felicidad un estado, un accidente, una decisión u otra cosa? Es un objeto de estudio particularmente insolente: se deja observar, pero no apresar.
La felicidad, como especie biológica quizá no sea una especie solitaria.
Ayudar a otros y sentirse útil puede aumentar el bienestar, la conexión y el sentido de la vida. Lo de salir del egoísmo es potente. La felicidad no se reproduce en cautiverio. Su hábitat son los lugares donde hay vínculos.
Su alimentación; pequeños actos de generosidad.
Sus depredadores: egoísmo, comparación, resentimiento y exceso de expectativas. Migraciones: aparece inesperadamente cuando estamos ocupados haciendo otra cosa.
Felicitas no siempre aparece cuando desaparece el dolor, a veces aparece cuando el dolor encuentra para qué servir.
Puede existir una forma de felicidad que no sea ausencia del dolor, sino capacidad de transformar
el dolor en vida para otro.
Un científico de la Comisión dijo algo desconcertante: la felicidad no parece alimentarse de felicidad, se alimenta de sentido.
Se suceden largas discusiones en el equipo científico, la investigación debe terminar pero el problema, no. Deben confirmar o negar las hipótesis planteadas. Coinciden en que la felicidad no es un estado permanente en la vida. Otro muy experimentado, aporta que quien la ha vivido, sabe que no necesita poseerla para haberla disfrutado. Un plácido silencio se extendió por la sala…
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EDITORIAL – SEPTIEMBRE
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ENTRE DESPEDIDAS Y RENACIMIENTOS
Con la llegada del equinoccio, nuestro planeta vuelve a recordarnos que todo en la vida se mueve en ciclos. Mientras en el hemisferio norte el verano se despide para dar paso al otoño, en el hemisferio sur la primavera abre sus puertas anunciando un nuevo despertar. Dos estaciones distintas, dos paisajes opuestos y, sin embargo, una misma enseñanza: la transformación constante que acompaña a la existencia.
El otoño llega envuelto en colores cálidos y en una invitación al recogimiento. Los días comienzan a acortarse, la naturaleza inicia lentamente su descanso y el ser humano parece inclinarse también hacia la reflexión. Es tiempo de balance, de valorar lo vivido, de agradecer las cosechas obtenidas y de comprender que, para seguir creciendo, también es necesario aprender a soltar aquello que ya cumplió su ciclo.
Al otro lado del mundo, la primavera irrumpe como una celebración de la vida. Los árboles florecen, los campos recuperan sus colores y el aire parece llenarse de promesas. Psicológicamente, esta estación suele despertar el entusiasmo, la creatividad y el deseo de emprender nuevos proyectos. La naturaleza recuerda que después de cada invierno siempre existe una oportunidad para volver a comenzar.
Aunque parezcan estaciones contrapuestas, ambas comparten una profunda sabiduría. El otoño enseña el valor de la introspección y la serenidad; la primavera nos invita a la acción y a la esperanza. Una nos habla de recoger los frutos; la otra, de sembrar nuevas semillas. Y quizás la vida consista precisamente en aprender a alternar ambos movimientos.
Este año, además, el cambio de estación llega tras un verano particularmente intenso y convulso. Han sido meses marcados por acontecimientos que han puesto a prueba la capacidad de adaptación de las sociedades, por conflictos que continúan sembrando incertidumbre y por una sensación general de aceleración que parece acompañar a nuestro tiempo. A ello se han sumado fenómenos climáticos cada vez más extremos, recordándonos que nuestra relación con el planeta exige una reflexión profunda y responsable.
Sin embargo, las estaciones también nos enseñan que ningún periodo permanece para siempre. Ni los días más largos del verano ni las noches más extensas del invierno son eternos. Todo cambia, todo evoluciona y todo encuentra finalmente su lugar dentro del gran equilibrio de la naturaleza.
Quizá por eso el otoño y la primavera sigan emocionándonos generación tras generación. Porque nos recuerdan que los finales contienen nuevos comienzos y que cada renacimiento lleva consigo el aprendizaje de lo vivido. Mientras unos contemplan cómo caen las hojas y otros celebran la aparición de las flores, todos compartimos la misma travesía bajo el mismo cielo: la de seguir creciendo, aprendiendo y soñando.
Que esta nueva estación, sea cual sea la que llame a vuestra puerta, nos encuentre dispuestos a abrazar los cambios con serenidad, esperanza y gratitud.
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ENTRE VOCES Y LETRAS
Una conversación con Maren Alberdi
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Los textos publicados son propiedad de sus autores y están protegidos por la legislación de Propiedad Intelectual y el Convenio de Berna.
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Miriam Alberganti–Argentina
Cronista Cultural
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PRESENTACIÓN
Maren Alberdi, conocida también por muchos lectores como Elspeth Gormley, es una escritora vasco-mediterránea cuya obra se distingue por una mirada humana, cercana y comprometida con la memoria.
Licenciada en Derecho por la Universidad del País Vasco, habla varios idiomas y ha encontrado gran parte de su aprendizaje en los viajes, en la observación de las personas y en las historias que descubre en las calles. Para ella, cada lugar visitado ha supuesto una nueva forma de comprender el mundo y de acercarse a quienes lo habitan.
Su trayectoria literaria ha sido reconocida tanto en España como en el extranjero. Entre las distinciones recibidas figuran la Pluma de Oro de Lyon (2026), el Grote Premio Literaire Prijzen de Sajonia (2025), así como diversas nominaciones, finales y menciones honoríficas en certámenes internacionales de narrativa y poesía.
Actualmente, algunas de sus obras están siendo traducidas al euskera, valenciano y catalán, ampliando así su diálogo con lectores de distintas comunidades lingüísticas.
Además de su faceta como escritora, ha realizado numerosos prólogos para autores hispanos, participa como jurado en diversos concursos literarios internacionales y mantiene columnas de crítica literaria en medios culturales españoles.
Es fundadora y directora de la revista internacional Letras Hispanas por el Mundo, un proyecto cultural que reúne voces de diferentes países y fomenta el intercambio literario y humano entre autores de diversas procedencias.
Colabora asimismo con Radio Aldora, participando en espacios dedicados a la difusión de la literatura y la cultura en lengua española.
Su escritura, cálida e intimista, transita por la memoria, los afectos, los paisajes y el mar, elementos que forman parte esencial de su identidad creativa.
Madre y abuela, considera que la familia es el gran pilar de su vida y el lugar donde encuentra sus afectos más profundos y su espacio más auténtico. A ella se suman la compañía serena de quien comparte su viaje, la lealtad de los amigos de siempre y los nuevos afectos que las causalidades de la vida han ido colocando en su camino. Todos ellos forman parte de esa familia elegida que, a través del tiempo y de las pequeñas ventanas por las que hoy nos comunicamos, continúa enriqueciendo su mirada humana y alimentando su universo literario.
ENTREVISTA
Maren Alberdi (Elspeth Gormley)
Editora Letras Hispanas por el Mundo
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Te definen como una mujer inteligente, resiliente, trabajadora y maestra de la vida. ¿Con cuál de esas palabras te sientes más identificada hoy?
Hoy me siento profundamente identificada con la resiliencia. El trabajo y la experiencia forman parte de mi camino, pero ha sido la resiliencia la que me ha permitido avanzar incluso en los momentos más difíciles. Es una fuerza silenciosa que transforma los golpes en aprendizaje y las heridas en palabra.
Vasca de nacimiento, vasco-mediterránea por alma y ciudadana del mundo por elección. ¿Dónde sientes que está tu verdadero hogar?
Mi verdadero hogar habita entre mis raíces vascas y la luz mediterránea que hoy me acompaña. Soy vasca de nacimiento, criada entre montes, carácter y memoria, y con los años el Mediterráneo se convirtió en mi lugar de calma, de vida y de creación.
Esa unión entre la fuerza vasca y la serenidad mediterránea es, en esencia, mi hogar.
Has estudiado varios idiomas y dices que aprendiste de las calles. ¿Qué te enseñó un viaje que ningún libro de Derecho te pudo enseñar?
Un viaje me enseñó algo que ningún libro de Derecho contempla: que la dignidad humana no tiene idioma.
Aprendí en las calles que la vida real es más compleja que cualquier código, que la justicia no siempre coincide con lo legal y que escuchar a las personas vale más que interpretar normas.
Viajar me enseñó a mirar sin prejuicios, a comprender sin necesidad de traducir y a descubrir que la humanidad se aprende caminando, no estudiando.
¿Cómo te cambió la mirada de escritora la llegada de tus nietos?
La llegada de mis nietos no transformó de golpe mi forma de escribir; el cambio fue gradual, como sucede con las cosas verdaderamente importantes de la vida.
Ellos despertaron en mí una ternura nueva, una mirada más serena y una sensibilidad distinta hacia lo cotidiano. No cambiaron mi escritura, pero sí ampliaron mi mundo interior y, de manera inevitable, ese mundo se filtra en mis palabras.
En un mundo que expone todo, ¿cómo proteges lo íntimo y lo sagrado de la familia?
Nunca he permitido que mi familia sea un escenario público, ni siquiera yo misma.
Lo íntimo lo protejo con discreción y con límites claros. No comparto aspectos de mi vida familiar en las redes sociales y las pocas entrevistas que he concedido han sido, casi siempre, sin imagen.
No es distancia; es protección. Creo profundamente que la familia, y también una misma, no deben exponerse a la mirada masiva. Lo sagrado se cuida en silencio, no en la exhibición.
Eres licenciada en Derecho y te has convertido en lo que tus lectores llaman «notaria del tiempo». ¿Cuándo entendiste que tu vocación era guardar memorias y no expedientes?
No hubo un momento exacto ni una revelación repentina. Fue algo que creció con el tiempo, como casi todo en mi vida.
En mi trabajo pude ver la historia que existía detrás de cada caso. Algunos merecían castigo; otros, comprensión. Aprendí que la ley y la justicia no siempre caminan de la mano.
La ley se aplica. La justicia pertenece a una dimensión más profunda, más cercana a Dios que a los hombres.
Un expediente clasifica. La memoria acompaña. Y yo elegí quedarme en el lugar donde la palabra puede cuidar, preservar y dar sentido.
Tienes una frase tuya que ya es bandera: «El mundo cambiará cuando la humanidad ocupe un lugar tan importante como el poder». ¿De dónde nace esa convicción?
Mi convicción no nace de un ideal abstracto, sino de la experiencia de la propia vida.
He visto realidades duras, injusticias, desigualdades y personas cargando más peso del que les correspondía. Y, aun así, también he encontrado gestos de bondad en los lugares más inesperados.
Con el tiempo entendí que la ley se aplica, pero la humanidad se elige.
Mi convicción nace de haber conocido lo peor y lo mejor del ser humano y de decidir permanecer del lado donde todavía es posible cuidar.
En alguna ocasión has reflexionado sobre cómo los intereses de poder condicionan la posibilidad de alcanzar una paz duradera. ¿Cómo se escribe desde esa lucidez sin perder la esperanza?
Se escribe entendiendo que una cosa es el poder político, que conviene observar siempre con espíritu crítico.
La claridad sobre cómo funcionan ciertos intereses no me hace perder la fe en la humanidad; al contrario, me obliga a escribir con más responsabilidad y más verdad.
La esperanza no nace de ignorar la realidad, sino de mirarla de frente y, aun así, elegir un lenguaje que cuide y recuerde que la luz también existe.
Escribo desde ese equilibrio: con los ojos abiertos ante el poder y el corazón abierto ante la gente.
Diriges la revista Letras Hispanas por el Mundo, un puente entre continentes. ¿Qué te duele y qué te salva de dirigir ese proyecto internacional?
Lo que más me duele es que, a veces, el esfuerzo necesario para mantener vivo un proyecto cultural no siempre se valore en su justa medida.
Detrás de cada edición hay muchas horas de trabajo, dedicación y compromiso. Como ocurre con cualquier labor vocacional, existen momentos de cansancio y dificultades, pero forman parte del camino.
Lo que me sostiene es la convicción de que debo hacerlo y la certeza de que la cultura une, acompaña y da sentido.
Me salva la palabra, la humanidad que encuentro en cada autor y la misión de construir un puente entre voces que merecen ser escuchadas.
¿Qué lugar ocupa la ética en tu forma de escribir?
La ética es el corazón de mi escritura.
No escribo para deslumbrar ni para imponer una verdad, sino para acompañar.
Mi ética es sencilla: no herir, no juzgar y no manipular.
Intento escribir desde la honestidad, el respeto y la humanidad, porque creo que las palabras tienen consecuencias y que toda escritura conlleva una responsabilidad.
Escribes crítica literaria y has sido jurado en concursos internacionales. ¿Qué tiene que tener un texto para que digas: «este libro sí debe ser leído»?
Nunca se me ocurriría afirmar que un libro merece ser leído y otro no.
Cada lector tiene su sensibilidad, sus vivencias y su manera de mirar el mundo. A veces leo una obra y pienso: «Esto no es para mí» y, sin embargo, alcanza un enorme éxito. Otras veces sucede precisamente lo contrario.
Por eso respeto profundamente la diversidad de lecturas.
En los concursos procuro ser absolutamente honesta. Solo leo los textos y, en ocasiones, una historia te encoge el alma desde la primera página.
La realidad es que existe muchísima gente que escribe extraordinariamente bien y no recibe el reconocimiento que merece. Y eso también resulta doloroso.
¿Qué significa para ti que las letras tengan voz a través de la radio Aldora?
Significa ampliar el alcance de la palabra.
La radio llega donde, a veces, no llegan los libros ni la tecnología. Permite que la literatura acompañe la soledad, haga compañía y toque el alma de personas que quizá nunca habrían abierto una revista literaria.
Es dar voz a aquello que antes solo habitaba en el papel.
Tus libros están siendo traducidos al euskera, valenciano y catalán y has ganado premios como la Pluma de Oro de Lyon y el Grote Premio de Sajonia. ¿Qué significa para vos que tu obra marina, cálida e íntima cruce fronteras culturales dentro de España?
Es algo que todavía me emociona profundamente. No se trata de cruzar fronteras internacionales, sino de atravesar fronteras culturales y lingüísticas dentro de España, y eso tiene para mí un valor inmenso.
Ver mi obra en lenguas que forman parte de nuestra riqueza colectiva es un regalo que nunca busqué y que recibo con humildad y agradecimiento.
Los premios brillan un instante, como la luz sobre el mar al atardecer. Son hermosos y reconfortan, pero terminan pasando.
Lo que permanece es la mirada de los lectores, su tiempo, su emoción y su compañía.
¿Qué significa para ti tejer palabras en lugar de escribirlas?
Tejer palabras es mi forma de estar en el mundo. Entrelazo emociones, recuerdos y silencios como quien construye una red capaz de sostener y acompañar. No escribo para imponer, sino para tender la mano.
Si un lector no sabe quién eres y se encuentra hoy por primera vez con tu nombre, ¿qué le dirías para invitarlo a entrar en tu mundo?
Le diría que entre sin prisa.
No soy una escritora consagrada ni una poeta en el sentido clásico del término. Me reconozco, sobre todo, como una tejedora de palabras que escribe desde el mar, desde la memoria y desde lo humano.
Si decide entrar, encontrará una voz cálida, íntima y cercana que no busca impresionar, sino acompañar.
Solo le pediría una cosa: que lea despacio, como quien abre una ventana.
¿Qué representa el mar en tu vida y en tu obra?
El mar ocupa un lugar muy importante en mi vida. La luz, la calma y los paisajes del Mediterráneo forman parte de mi día a día y de mi manera de mirar el mundo. Frente al mar encuentro serenidad, inspiración y ese espacio de silencio donde las palabras suelen aparecer.
Pero sería imposible hablar de mí sin hablar también de mis raíces vascas. Mi vida está profundamente enraizada en aquella tierra donde nací, crecí, estudié y donde nacieron mis hijos. Es una tierra que llevo en el alma, que ha moldeado mi carácter, mi forma de entender la vida y muchos de los valores que me acompañan.
Aunque hoy el Mediterráneo sea mi horizonte cotidiano, sigo sintiendo una conexión profunda con el País Vasco. Cada vez que puedo regreso allí, porque volver es también una forma de reencontrarme con una parte esencial de mí misma.
Quizá por eso mi escritura transita entre ambos mundos. Del norte conservo la memoria, la fuerza de las raíces y el respeto por la historia. Del Mediterráneo he aprendido la luz, la contemplación y cierta forma serena de habitar el tiempo. Entre ambos paisajes he construido mi identidad personal y literaria.
Para finalizar, Maren, ¿en qué proyectos literarios estás trabajando actualmente y qué es lo que sigue ilusionándote cada vez que te sientas ante una página en blanco?
En la actualidad estoy ultimando una nueva novela y trabajando en un nuevo poemario, dos proyectos muy diferentes entre sí pero igualmente ilusionantes. Además, me encuentro inmersa en la traducción al inglés de Retazos de Mujer y La Misión de Taana, una experiencia tan enriquecedora como emocionante, porque me permite acercar mis historias a nuevos lectores y horizontes.
En cuanto a la página en blanco, lejos de imponerme respeto, sigue despertando en mí la misma ilusión de siempre. Para mí es como abrir una ventana a la creatividad. Una vez que esa ventana se abre, las ideas comienzan a fluir de manera natural, los personajes encuentran su voz y las historias empiezan a caminar por sí solas.
Después de todo lo vivido y escrito, lo que continúa emocionándome es precisamente esa magia del primer instante: no saber exactamente adónde me llevará la escritura y descubrir, palabra a palabra, el camino que la imaginación ha reservado para mí. Mientras conserve esa ilusión y siga teniendo lectores dispuestos a acompañarme en el viaje, sentiré que el mejor capítulo siempre está por escribir.
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Cerrar esta entrevista no significa poner punto final a una conversación, sino compartir con los lectores algunas reflexiones sobre la escritura, la cultura y la experiencia humana.
A lo largo de este encuentro hemos recorrido la trayectoria literaria de Maren Alberdi, sus raíces vascas, su vinculación con el Mediterráneo, sus proyectos culturales y su forma de entender la literatura como un espacio de encuentro entre personas, historias y emociones.
También hemos conocido algunos de los proyectos en los que trabaja actualmente y la ilusión con la que sigue afrontando cada nuevo reto literario.
Agradecemos su participación en esta entrevista y la generosidad con la que ha compartido sus experiencias y reflexiones.
Porque, al final, la literatura continúa siendo un puente entre quien escribe y quien lee, un lugar donde las palabras encuentran la forma de acompañarnos.
Miriam Alberganti
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NOTICIAS Y COMUNICADOS – SEPTIEMBRE
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IN MEMORIAM: JAIME HOYOS FORERO
Con profundo pesar recibimos la noticia del fallecimiento de nuestro querido amigo y compañero Jaime Hoyos Forero, ocurrido el pasado 23 de septiembre de 2026.
Para muchos fue una voz respetada dentro del mundo de las letras; para mí, además, fue un amigo entrañable, un mentor generoso y un apoyo constante a lo largo de más de diecisiete años de amistad y comunicación a través de esas ventanas que acercan las distancias y unen las almas.
Durante todo ese tiempo compartimos conversaciones, proyectos, inquietudes literarias y aprendizajes. Jaime fue un lector atento, un consejero sincero y una persona que siempre encontró el momento oportuno para corregir, orientar y animar. Su confianza y sus palabras alentadoras acompañaron gran parte de mi recorrido como escritora y permanecerán para siempre entre mis recuerdos más valiosos.
Hoy su ausencia deja un vacío difícil de expresar, pero también una inmensa gratitud por todo lo que nos regaló con su amistad, su sabiduría y su calidad humana.
Desde Letras Hispanas por el Mundo queremos rendirle este sencillo homenaje y transmitir nuestras condolencias a su familia, amigos y seres queridos.
Que descanse en paz.
Siempre estará presente en las palabras que ayudó a construir y en la memoria de quienes tuvimos la fortuna de conocerle.
Elspeth Gormley
Editora de Letras Hispanas por el Mundo
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SOBRE LA PROPIEDAD INTELECTUAL
Las palabras tienen dueño. También los versos, los relatos, las imágenes y los sueños que aquí encuentran refugio.
Todas las obras publicadas en esta revista pertenecen a sus respectivos autores y autoras. Su publicación no supone renuncia alguna a los derechos de propiedad intelectual que la ley reconoce a cada creador.
Si deseas compartir alguno de nuestros contenidos, te invitamos a hacerlo citando siempre la autoría y respetando la integridad de la obra.
Porque crear es un acto de entrega, y respetar la autoría es una forma de gratitud.
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NOTA INFORMATIVA
La dirección de Letras Hispanas por el Mundo informa a sus colaboradores y lectores de que actualmente se están llevando a cabo las gestiones necesarias para la inclusión de la revista y de Radio Aldora en diversos listados y directorios recomendados de publicaciones y medios de comunicación en lengua española promovidos por entidades e instituciones culturales de España.
Confiamos en que este proceso pueda culminar favorablemente en los próximos meses, permitiendo una mayor proyección de nuestros proyectos culturales y de todos los autores, colaboradores y profesionales que forman parte de ellos.
Esperamos poder comunicar oficialmente esta incorporación y mostrar los correspondientes distintivos acreditativos a finales de este año o a comienzos del próximo.
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Colaboración con Radio Aldora
Desde Letras Hispanas por el Mundo confirmamos nuestra colaboración con Radio Aldora, compartiendo contenidos culturales, literarios y artísticos que fortalecen la comunidad hispana internacional. Reconocemos el valor de su labor, su compromiso con la palabra y su aporte a la difusión cultural en múltiples países.
🌎 REPRESENTACIÓN INTERNACIONAL
Radio Aldora cuenta con presencia activa en diversos países a través de representantes y comunicadores que participan en eventos culturales y actividades de difusión.
📻 PROGRAMAS Y HORARIOS
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LUNES
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Lunes Maravillosos — Cristina Eugenia Pantoja Morales
México: 4:00 PM
Colombia: 5:00 PM
España: 12:00 PM
Cruzando Fronteras — Sandy Bell
México: 6:00 PM
Argentina: 9:00 PM
España: 2:00 AM (martes)
La Zona de las Emociones — Jenny Tamayoshe
México: 8:00 PM
España: 4:00 AM (martes)
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MARTES
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El Rincón del Muchacho — Alberto Gutiérrez
México: 12:00 PM
España: 8:00 PM
Ecos del Pasado — Albert Velásquez
México: 6:00 PM
España: 2:00 AM (miércoles)
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MIÉRCOLES
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El Jardín del Colibrí — Gloria Rivera Romero
México: 8:00 AM
España: 4:00 PM
Neuronas Poéticas — Cecilia Pari
México: 4:00 PM
Perú: 5:00 PM
España: 12:00 AM
Rincón de Lectura —-Gustavo Rivera
Argentina: 9:00 PM
España:2:00 AM ( jueves )
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JUEVES
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Sala de Lectura Luz Mágica — Gloria Rivera Romero
México: 8:00 AM
España: 4:00 PM
Atrapados por el Texto — Amalia Beatriz Arzac
México: 6:00 PM
Argentina: 9:00 PM
España: 2:00 AM (viernes)
La Cueva del Lobo — Luis Fernando Molina
México: 8:00 PM
Guatemala: 8:00 PM
España: 4:00 AM (viernes)
Emisión durante las tres primeras semanas del mes.
Luciérnaga Arte Diverso — Luis Fernando Molina
México: 8:00 PM
Guatemala: 8:00 PM
España: 4:00 AM (viernes)
Emisión la última semana del mes.
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VIERNES
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El Paraíso de la Poesía — Doris Ospina Alzate
México: 2:00 PM
Colombia: 3:00 PM
España: 10:00 PM
Los Amigos Poetas y Yo — Cecilia Pari
México: 4:00 PM
Perú: 5:00 PM
España: 12:00 AM (sábado)
Conducido por Cecilia Pari desde Cajamarca, Perú.
Letras al Viento — Gustavo Rivera
México: 6:00 PM
Argentina: 9:00 PM
España: 2:00 AM
De Carne y Verso — Alfredo Cisneros
México: 8:00 PM
España: 4:00 AM
C
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SÁBADOS
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Tiempo de Niños — Alfredo Cisneros
México: 12:00 PM
España: 8:00 PM
Radiografía: Diagnóstico Lingual — Zoila Patrón Cantú
México: 4:00 PM
España: 12:00 AM
Cafeína Bar — David Lara
México: 6:00 PM
🌍 COMUNICADORES POR PAÍS
Argentina
Colombia
Estados Unidos
Guatemala
México
Perú
Cuba (colaboración especial)
🌎 ALCANCE INTERNACIONAL
Radio Aldora es escuchada por oyentes de: Suecia. · España · El Salvador · Nicaragua · Chile · Bolivia
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ASESORA CRECIMIENTO PERSONAL
NOTA EDITORIAL
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NUBE
Andrea Kiperman – Argentina
Antes que nada, como siempre, gracias por estar del otro lado compartiendo estas palabras. En esta ocasión, el tema del mes es la lluvia, y me es grato poder estar aquí.
Una vez me dijeron que la lluvia, al ser elemento agua, aparece en las ciudades y lugares cuando se necesita cierta limpieza de las emociones de quienes viven allí. Es una metáfora que cierra con mis ideales. Si se presta especial atención, en los días de lluvia —y más aún cuando han sido varios seguidos— el ambiente está más sereno, más liviano, como si ese agua hubiera limpiado el lugar.
Claro que, por momentos, la lluvia “molesta” en la vida cotidiana y rutinaria que llevamos en los grandes lugares… y en los no tan grandes también. Quizá sea bueno que la próxima vez que llueva donde estés, simplemente te dejes mojar unos instantes: sentir algunas gotas en la cara, en la piel, y luego seguir con tu día.
Vivimos tan rápidamente que se nos olvida disfrutar de las pequeñas cosas, que para mí son las grandes cosas de la vida. Lo sencillo, lo sutil, lo efímero… y en eso encontramos lo natural, como puede ser el agua de lluvia.
Hay días también en que la lluvia es fuerte, mueve todo lo que está alrededor con su viento arrasador. Y, por supuesto, hay veces en que sentimos la nube encima, como si nos persiguiera a cada lugar —como en los dibujitos animados, pero en la vida misma—. Esa sensación la conocemos bien.
Ahí aparece la idea que nunca falla: arriba está el sol. Siempre está el sol. Solo hace falta que las nubes se disipen con un viento fresco que ilumine nuestro camino.
Nunca lo olvides, porque yo tampoco lo hago.
Quedo con ustedes.
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MICRORRELATOS – AGOSTO
NOTA EDITORIAL
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COLABORADORES
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LA LEALTAD SE DEMUESTRA
Maren Alberdi – España
Cuando el barco quedó varado por la tormenta, todos corrieron a buscar refugio. Todos menos ella.
Se quedó a su lado, empapada, temblando, pero firme. Y entonces entendió entonces que la lealtad no es una palabra: es quien se queda cuando el mar se enfurece.
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MIENTRAS PENSABA
Carlos González Saavedra – Argentina
Un momento, un pensamiento. Tomando un café, mientras pensaba.
Solo las gotas de lluvia pueden sacarme este hueco del pecho. Solo ellas, al caer, me hablarán de lo que es la alegría. Conocen como nadie el dolor de las hojas y su desprendimiento de los árboles en otoño; cómo aprieta el frío del duro invierno.
Sin embargo, siguen limpiando emociones, dejando aromas de tierra mojada y asomando un sol que lo cura todo.
Una y otra vez, a empezar. Aceptar que en los ciclos de la vida se esconde la magia. Ahí sí: dónde está la alegría.
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LA VIDA
Elspeth Gormley – España
Marta encontró una semilla en el suelo del mercado. No sabía de dónde había caído, pero la guardó en el bolsillo. Meses después, al verla brotar en una maceta improvisada, comprendió que la vida siempre busca un modo de seguir, incluso cuando nadie la espera.
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RECIÉN CASADOS
Sarah Petrone – Argentina
Cerró los ojos y lo besó largamente.
«Hasta que la muerte nos separe», juró.
En su primera noche de bodas, el cielo estrellado le guiño un ojo. Trastabillo en sus brazos.
Tras empujarla al vacío, la heredó.
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UNA RISA MÁS
Yanni Tugores- Uruguay
El verano nos regala una suave brisa; es noche de Navidad. Susurros de paz recorren el lugar; los niños juegan. Solo uno está alejado, no sonríe. Su madre se acerca. Él, con ternura, mira al cielo:
—¿Dios le regalará una Navidad así a los niños pobres? Ella, emocionada al ver a su niño pequeño tan reflexivo, contesta:
—¿Esta noche es mágica, hijo mío; es Navidad. Todos los niños del mundo tendrán una cena hermosa y juguetes bajo el árbol. Una utopía, quizás, pero al menos ese día otro niño sonrió.
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