ASESORA CRECIMIENTO PERSONAL

AVISO EDITORIAL: Las opiniones vertidas en esta publicación son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente la postura editorial de la revista.

Nota: Todo el contenido de esta revista se encuentra amparado por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna, artículo 2 y concordantes.

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DESTINO

Andrea Kiperman – Argentina

Antes que nada, como siempre gracias por estar del otro lado, compartiendo estas palabras. En esta ocasión el tema del mes es el “destino”, por lo que he decidido darle otra mirada como siempre he intentado realizar en mis escritos de mi sección. Cuántas veces nos ocurren en la vida circunstancias que no se nos han imaginado vivir. Cuántas veces atravesamos momentos que no hemos querido nunca. Estas respuestas ambos las sabemos. Uno de los aprendizajes más importantes es justamente eso: atravesar de la mejor manera que podamos estos acontecimientos que nos ocurren a lo largo de nuestra vida, que al parecer pareciera que no estamos preparados para afrontarlos.

Luego de largo camino andado, y búsqueda de diferentes informaciones que lograran apagar por momentos la frustración de momentos fuertes vividos, he llegado a la conclusión —que por eso quiero plasmarlo aquí en este escrito que incluye el tema del mes— que nada que nos ocurre en nuestra vida es por azar. Si te cruzáis con una persona en tu camino, si te has perdido ese medio de transporte que tenías que tomar, si te quedaste dormido una mañana, si no andaba la tostadora para el pan de la mañana, y así sucesivamente a lo largo de todo el día. Así como tampoco es un juego de dados lo que sucede y lo que no sucede en nuestra vida.

Y acá otro aspecto interesante a resaltar: muchas veces ni siquiera podemos saber el motivo. Porque claro, que seguro como yo estarás pensando: ¿por qué suceden esas cosas? Hay aprendizajes que tenemos que hacer aquí en la tierra, y momentos que tenemos que atravesar ya que nuestro destino es justamente eso, y comprender que también es lo mejor que nos podría suceder, o bien, tratar de tomarlo de la mejor manera que podamos en ese momento por más de que sean obstáculos muy grandes.

Porque al final el destino es quien va poniendo y arreglando todo en nuestra vida.

Quedo con ustedes…

NOTICIAS Y COMUNICADOS – JULIO

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Letras Hispanas por el Mundo

Queridos lectores, colaboradores y amigos: Inauguramos este espacio para compartir todas las novedades de la revista, los comunicados oficiales y las noticias que nos conectan con el mundo cultural y literario.

📻 RADIO ALDORA NOS LEE EN ANTENA

Nos alegra anunciar que la emisora Radio Aldora, desde Buenos Aires y dirigida por Gustavo Rivera, está leyendo textos de nuestra revista en su programación semanal. Las lecturas se emiten los días miércoles y viernes, en la voz de nuestro querido locutor Gustavo Rivera.

Si alguno de nuestros colaboradores desea enviar audios con un poema, un microrelato o un texto breve para que pueda ser emitido en antena, puede hacerlo enviando el archivo por correo a:

📩 letrashispanasporelmundo@gmail.com

Los audios pueden incluir música, pero es importante que el volumen sea muy bajo para que la voz se escuche con claridad. Duración recomendada: entre 1 y 3 minutos.

RADIO ALDORA

Rincón de Lectura y Poesía — Con Gustavo Rivera

En medio del ruido del mundo, siempre hay un rincón donde la palabra se vuelve refugio, música y compañía. Ese rincón es Radio Aldora.

Miércoles y Viernes
De 21 a 23 h (Argentina)
Rincón de Lectura y Poesía
Conducido por Gustavo Rivera

Un espacio donde la literatura respira, donde los textos cobran vida, y donde la voz de Gustavo Rivera abraza cada palabra con sensibilidad y respeto.

En cada programa se leen los trabajos de los colaboradores de Letras Hispanas por el Mundo, creando un puente de voces que une países, emociones y miradas.

Si te gusta la poesía, los relatos, la lectura en voz alta Si quieres escuchar textos que viajan desde distintos rincones del mundo, este es tu lugar.

Conéctate desde donde estés. Deja que la voz, la literatura y la emoción te acompañen. Porque cuando alguien lee con el corazón… las letras se vuelven luz.

Radio Aldora — Rincón de Lectura y Poesía
La casa donde nuestras palabras encuentran su voz.

PARA ESCUCHAR A TRAVÉS DEL PC
https://miestacion.turadioonline.com.ar/8046/stream

PARA ESCUCHAR A TRAVÉS DEL CELULAR
https://sites.google.com/view/radioaldora/inicio

Este espacio será actualizado cada mes con nuevas noticias, actividades, convocatorias y todo aquello que haga crecer nuestra comunidad literaria.

Gracias por estar siempre del otro lado.

ASESORA CRECIMIENTO PERSONAL – JUNIO

Nota: Todo el contenido de esta revista se encuentra amparado por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna, artículo 2 y concordantes.

Asesora-ren

La vida siempre ofrece una nueva oportunidad: elegir un paso diferente.

LA VIDA

Andrea Kiperman – Argentina

Antes que nada, como siempre, gracias por estar del otro lado compartiendo estas palabras. En el tema del mes quisiera escribir, primeramente, que la vida tiene muchos matices, muchos momentos, etapas; hasta pudiera parecer que estamos viviendo muchas vidas en una sola. Tal como sostuvieron varios filósofos a lo largo de la historia de la humanidad (por supuesto que voy a hacer uso de eso, ya que creo que ahí está el principio de todo), la vida es un milagro.

Y claro que uno puede andar viviéndola creyendo que no lo somos, o bien que sí. Creo, y estoy segura, de que el estar aquí tiene un propósito que muchas veces cuesta darse cuenta. Entonces, prosiguiendo con la idea: desde que nos despertamos tenemos que visualizar justamente que somos un milagro, y que también lo es nuestro andar por aquí. Que nos debemos a nosotros mismos la valoración de todo lo que hacemos durante cada día de nuestras vidas. De nuestros errores, de nuestras luces y de nuestras oscuridades, porque en realidad es parte de lo mismo.

Honrarnos, honrar el camino andado y todo el que queda por recorrer.

Claro que hay varias maneras de mirar los días de nuestra vida, pero estoy segura de que valorar nuestro paso por aquí es uno de los mejores caminos que podemos hacer. Y a esto no me refiero a que todo fluya de la manera que deseamos, porque no sucede así, o al menos no a mí, y quizá tampoco a vos. De hecho, pocas veces sucede lo que uno espera realmente. Cada día está repleto de desafíos constantes que nos sacuden el tablero de ajedrez, en donde hay que acomodar las piezas nuevamente: a veces mejor, a veces peor, pero siempre partiendo de los cambios y de la forma de ver las cosas.

Por eso, la pregunta que quisiera hacer es… ¿Hoy qué cosa puedes hacer diferente?

Quedo con ustedes…

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EDITORIAL – JUNIO

Nota: Todo el contenido de esta revista se encuentra amparado por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna, artículo 2 y concordantes.

Editorial

LA VIDA

La vida no siempre avanza con calma. A veces se desordena, se acelera, se tensa. Y últimamente, parece que vivimos en un mundo donde cada día cuesta un poco más mantener la serenidad, la educación y el respeto.

Lo veo en la calle, en las noticias, en las redes, en las conversaciones que escucho sin querer. Lo veo en cómo nos hablamos, en cómo nos miramos, en cómo nos hemos acostumbrado a que lo brusco sea normal y lo amable sea raro.

Y lo veo también en algo que, aunque parezca pequeño, dice mucho: la manera en que tratamos nuestro idioma.

En España —sobre todo en la costa— ya es habitual ver anuncios únicamente en inglés. Carteles solo en inglés. Menús solo en inglés. Indicaciones solo en inglés. Como si el español fuera opcional. Como si lo nuestro tuviera que esconderse para no molestar. Como si hablar nuestra lengua fuera un detalle sin importancia.

Pero no lo es.

El español es una de las lenguas más habladas del mundo. Es cultura. Es historia. Es identidad. Es raíz. Es casa. Es memoria. Es lo que somos.

Y defenderlo no es un gesto político. Es un gesto de dignidad.

No se trata de rechazar a nadie. Se trata de recordar que tenemos un idioma que merece respeto, que merece presencia, que merece orgullo. Que quienes vienen de fuera son bienvenidos, pero que la convivencia empieza por reconocer dónde estás y cómo se nombra la tierra que te acoge.

Mientras tanto, la vida real sigue. La de quienes madrugan, la de quienes cuidan, la de quienes sostienen hogares, la de quienes trabajan sin hacer ruido, la de quienes aún creen en la bondad aunque el mundo vaya deprisa y a veces sin rumbo.

La vida de quienes intentan mantener la calma en medio del ruido. La vida de quienes siguen respetando aunque no reciban respeto. La vida de quienes no gritan, pero sienten. La vida de quienes no insultan, pero piensan. La vida de quienes no imponen, pero defienden lo suyo.

Porque la vida no es un escaparate ni una competición de quién habla más alto. La vida es lo que pasa en las casas, en las calles, en los gestos pequeños, en las decisiones que tomamos cada día.

Y mientras todo esto ocurre, el mundo nos recuerda que la vida también tiembla. Lo vimos en Venezuela, donde un edificio se derrumbó como si fuera papel. No podemos detener un terremoto, ni una inundación, ni el viento cuando decide arrasar. Pero sí podemos evitar que esas tragedias se conviertan en catástrofes humanas. Eso depende de algo tan simple —y tan ignorado— como invertir en seguridad, en estructuras dignas, en edificios que no se caigan porque alguien decidió ahorrar donde nunca se debe ahorrar.

Porque al final, siempre pasa lo mismo: los ricos se hacen más ricos, y los pobres pagan el precio. Y la vida, que ya es frágil por sí misma, se vuelve aún más vulnerable cuando quienes tienen el poder de proteger no lo hacen.

Quizá por eso junio me deja un sabor raro. Demasiadas cosas, demasiados cambios, demasiadas grietas en el mundo y también aquí, en España. En la costa, donde ya no solo se pierde el idioma, sino también una forma de convivir, de respetar lo que somos, de reconocer la tierra que nos sostiene.

Junio ha sido un mes que me ha obligado a mirar la vida de frente: lo que se rompe, lo que se sostiene, lo que se defiende y lo que se pierde cuando no se cuida. Y aun así, la vida sigue. A veces herida, a veces cansada, a veces desordenada… pero sigue. Y nosotros con ella.

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CARTAS – JUNIO

Nota: Todo el contenido de esta revista se encuentra amparado por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna, artículo 2 y concordantes.

Cartas-junio

Cada carta es un latido: lo que el alma escribe cuando nadie la mira.

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✦ COLABORADORES

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  • Maren Alberdi – España
  • Carlos González Saavedra – Argentina
  • Elspeth Gormley – España
  • Sarah Petrone – Argentina

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CARTA A LA CONCIENCIA HUMANA

Maren Alberdi – España
(desde la voz de una mujer que aún cree en la dignidad)

Hoy escribo no para señalar a nadie, sino para despertar a todos. Porque algo grave está pasando en el mundo y lo más inquietante no es el horror en sí, sino la costumbre. La indiferencia. Ese silencio que se instala como polvo sobre los muebles y que, sin darnos cuenta, termina cubriéndolo todo.

¿Cómo hemos llegado a este punto? ¿Cómo es posible que la injusticia se haya vuelto paisaje? ¿Cómo podemos mirar pantallas llenas de dolor y seguir comiendo, trabajando, durmiendo, como si nada nos rozara?

No hablo de colores políticos. No hablo de banderas. No hablo de ideologías. Hablo de algo más básico, más antiguo, más humano: la responsabilidad moral de no mirar hacia otro lado.

Porque mientras discutimos por nimiedades, mientras nos distraen con ruido, mientras nos dividen con relatos prefabricados, hay quienes sufren, quienes huyen, quienes mueren, y quienes —desde despachos pagados por el pueblo— se enriquecen, se blindan, se reparten el poder como si fuera un botín y no un servicio.

Y nosotros… ¿qué hacemos? ¿Esperar? ¿Confiar en que “alguien” lo arregle? ¿Creer que no va con nosotros?

La conciencia humana no se pierde de golpe. Se desgasta. Se erosiona. Se adormece. Y un día, sin darnos cuenta, aceptamos lo inaceptable y normalizamos lo intolerable.

Pero aún estamos a tiempo. A tiempo de recuperar la voz. A tiempo de recordar que la dignidad no es negociable. A tiempo de exigir transparencia, ética, responsabilidad. A tiempo de decir: basta.

No hace falta quemar calles. Hace falta encender conciencias. Hace falta educar, pensar, cuestionar, participar, no desde el odio, sino desde la lucidez. No desde la rabia ciega, sino desde la memoria. No desde la comodidad, sino desde la humanidad.

Porque si algo nos define como especie no es la fuerza, ni la tecnología, ni el progreso. Es la capacidad de sentir el dolor ajeno como si fuera propio.

Y si perdemos eso, lo perdemos todo.

Esta carta no es un reproche. Es un recordatorio. Un espejo. Una llamada suave pero firme: despierta. Mira. No te acostumbres. No te rindas.

El mundo no cambia solo. Cambia cuando alguien, aunque sea uno, decide que ya no puede seguir callando.

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PARA AMALIA

Carlos González Saavedra – Argentina

Que lindos recuerdos se dispararon .Hacia tiempo que no caminaba por tu barrio, tus veredas y la casa de tus padres. Hermosos recuerdos.

Te  acordas de los carnavales, los asaltos que hacíamos en la galería de tu casa que daba a los fondos de la mía. ¡Cómo nos divertíamos!

Y cuando hablábamos en los fondos, con alambrado de por medio. Mi boca, no alcanzaba la tuya.

Después la vida nos fue llevando por otros caminos. Te casaste y con hijos ya no vivías ahí.

La vida nos separó 30 años. Hoy vuelvo divorciado y con un hijo. Sé que sos viuda, con tres.

Uno de ellos vive en el exterior. España.

Cuantos recuerdos y cuantas miradas, al suelo cuando nos cruzábamos.

Me gustaría invitarte a caminar, por estas calles arboladas y que por una vez, hablemos, que nos pasa.

Siento muchas cosas, pero siendo sincero, no estoy del todo seguro. Té pasara lo mismo?

Escribo estas líneas con la esperanza que sí ,te pase. Al menos, es lo que creo cuando cruce miradas con vos.

Amalia, estamos tan cerca, qué bien vale encontrarnos y tener una charla. Una oportunidad.

Te mando un beso

Carlos

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CARTA A LA AMISTAD QUE CRUZA MARES

Elspeth Gormley – España

A veces me pregunto cómo es posible que la vida, tan caprichosa y tan breve, nos regale encuentros que no estaban en ningún mapa. Personas que no vimos nacer, que no crecieron a nuestro lado, que no compartieron nuestras calles ni nuestros inviernos, pero que un día aparecieron en una ventanita azul, en un mensaje tímido, en un saludo inesperado… y se quedaron.

A esa amistad le escribo hoy. A la que nació sin ruido, sin promesas, sin expectativas. A la que cruzó mares, husos horarios, estaciones, y aun así resistió como resisten las cosas verdaderas.

Hace más de veinte años que algunos de vosotros estáis conmigo. Hemos llorado juntos sin vernos los ojos, hemos reído sin escuchar nuestras voces, hemos compartido pérdidas, duelos, celebraciones, como si la distancia fuera apenas un gesto del mundo y no un muro entre países.

Y lo más hermoso es esto: que sin habernos tocado, nos hemos sostenido. Que sin habernos visto, nos hemos reconocido. Que sin habernos abrazado, nos hemos curado.

Algunos, a quienes jamás pensé conocer en persona, un día aparecisteis frente a mí, de carne y hueso, con vuestra risa real, con vuestros ojos que ya me eran familiares. Y ese instante —ese milagro pequeño— fue una alegría que aún hoy me late en el pecho.

Porque la amistad verdadera no entiende de geografía. No necesita pasaportes. No pide explicaciones. Solo pide verdad.

Y vosotros la habéis tenido siempre: en cada palabra, en cada madrugada compartida, en cada mensaje que llegó justo cuando la vida apretaba, en cada silencio que no pesaba, en cada gesto que decía: “aquí estoy, aunque esté lejos”.

Por eso escribo esta carta. Para agradeceros lo que quizá nunca os dije: que sois hogar sin paredes, familia sin sangre, luz sin lámpara, y compañía sin ruido.

Que la vida me dio muchas cosas, pero pocas tan valiosas como vosotros.

A la amistad que cruza mares, a la que nació en una ventanita, a la que sobrevivió a los años, a la que me acompaña sin pedir nada… gracias.

Gracias por existir. Gracias por quedaros. Gracias por ser verdad en un mundo lleno de ruido.

Con afecto profundo, Elspeth

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CARTA A MI VIDA

Sarah Petrone – Argentina

No.Claro que no. Yo no voy a decirte lo mismo que te dijo Amado Nervo en su célebre poema: «VIDA, NADA ME DEBES, VIDA, ESTAMOS EN PAZ».

¡Claro que no!  Yo te sigo cuerpeando los embates que me presentas todos los días. Soportando las luchas, esperando los sueños que aún no me regalas.

Sobrellevo desde hace montones de años las amarguras, las alegrías que me das, intensas, a veces abrumadoras… feliz. Y aún voy por más.

Quiero arrancarte hasta los girones que me queden. Necesito beber de tu fuente y encontrarme con esa niña que alguna vez fui, con la adolescente conflictiva, tímida, introvertida que me convirtieron en la mujer madura que ahora soy.

Me has sarandeado de tal manera. Me has roto y reparado tantas veces…Y no me has vencido. Te sigo enfrentando con la fuerza de siempre. 

De cara a la verdad, el sol que pusiste enfrente de mí, no me quemó. Me besó, acarició mi corazón y me calentó el alma y el cuerpo. 

Aún quiero más de esos rayos milagrosos.

Las tormentas que desataste en mi camino se debilitaron quedando bajo mis pies, pisoteados por ésta mujer a la que hiciste fuerte.

El milagro del amor que me regalaste, junto con la ternura de la maternidad se quedarán conmigo hasta que te entregue el último aliento.

Los nietos, los amigos, las mañanas sin nubes, las noches sin sombras, los sinsabores de las pérdidas, siguen en mi interior escondidos en mi corazón para recordarme quién soy y me alienten a seguir adelante en la convicción de que este es el primer paso hacia otra vida, diferente a la tuya y a la mía. Diferente del mito y la incertidumbre que se mezclan en la esperanza del reencuentro cuando el tiempo de partir llame a la puerta.

Vida, aún me debes mucho. Debes reconstruirme y yo, aprender de mis errores.

Cierro los ojos y te espero  presentándote nuevos desafíos. Con mi mejor sonrisa te sigo diciendo: Vida, aún no estamos en paz.

Bebo de tu aliento en el don de la vida que día a día me das.

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RELATOS SOBRE LA VIDA – JUNIO

Nota: Todo el contenido de esta revista se encuentra amparado por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna, artículo 2 y concordantes.

Relatos-de-la-vida

» La vida se escribe en silencios: cada relato es una orilla donde el alma descansa.”

COLABORADORES

(

  • Maren Alberdi – España
  • Libia Beatriz Carciofetti – Argentina
  • Elspeth Gormley – España
  • Ana Unhold – Argentina

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LA VIDA HOY: ENTRE EL RUIDO Y LA RESISTENCIA SILENCIOSA

Maren Alberdi – España

Vivimos tiempos en los que la vida parece correr más deprisa que nosotros. La sociedad avanza a un ritmo que no siempre acompaña al corazón humano, y esa diferencia de velocidad se nota en las calles, en las casas, en las conversaciones y en los silencios. La vida actual es un escenario donde conviven la prisa, la incertidumbre y una necesidad profunda —casi desesperada— de encontrar un lugar donde respirar.

Hoy la gente vive con el gesto apretado. No porque quiera, sino porque la realidad pesa. Pesa la economía, pesa la soledad, pesa la falta de tiempo, pesa la sensación de que todo es urgente. Pesa incluso la obligación de estar bien, de sonreír, de aparentar que nada duele.

La sociedad está sufriendo, aunque no siempre lo diga. Se nota en los ojos cansados en el transporte público, en los mensajes que se responden sin ganas, en las familias que hacen malabares para llegar a fin de mes, en los jóvenes que sienten que el futuro es un lugar demasiado caro, demasiado incierto, demasiado lejos.

Pero también hay otra cara, menos ruidosa, más humana. La vida actual está llena de pequeñas resistencias: – quien ayuda a un vecino sin pedir nada – quien escucha sin mirar el reloj – quien comparte lo poco que tiene – quien sigue creyendo en la bondad aunque el mundo vaya rápido

Porque, aunque la sociedad esté herida, no está rota. Hay una fuerza silenciosa que sostiene lo cotidiano: la solidaridad, la familia, los afectos, la amistad, la comunidad. Es ahí donde la vida se vuelve más real, más verdadera, más nuestra.

La vida actual es dura, sí. Pero también es un recordatorio: que seguimos aquí, que seguimos sintiendo, que seguimos buscando un lugar donde encajar, que seguimos intentando ser humanos en medio del ruido.

Y quizá, en ese intento, esté la verdadera esperanza.

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EL CAMPEONATO DE LA VIDA

Libia Beatriz Carciofetti – Argentina

Sin lugar a dudas, hoy es un día muy especial. No solo para el mundo entero, sino también para el mundo del deporte, en este caso, el fútbol. Comienza a jugarse el Mundial.

Y como en todo campeonato deportivo, los jugadores que saldrán a la cancha tuvieron su tiempo de entrenamiento: unos más, otros menos. Pero en base a ese esfuerzo, en la cancha se verán los resultados.

Con permiso de mis lectores, trasladaré este evento al Campeonato de la Vida, nuestra vida. Mientras estamos en esta tierra, estamos jugando este gran partido.

¿Contra quién? ¿Con quién salimos seleccionados?

Nada menos que contra todo lo que nos rodea: el mundo, con sus placeres, sus vicios, su falta de códigos; un mundo inescrupuloso que a lo malo llama bueno y a lo bueno malo. Un mundo donde se perdió el respeto, el amor, la tolerancia hacia el prójimo. Un mundo en el que cada mañana se levanta el telón del “teatro de la vida”, donde cada uno baila a su ritmo y cambia el antifaz según convenga.

Los abuelos pasaron a ser “paquetes” para ser depositados donde más barato nos cobren. Los padres se convirtieron en “tiranos” que reprimen en todo momento, y las caricias pasaron a ser bofetadas y golpizas. Nuestros maestros y profesores cumplen el papel de rehenes, y descargamos en ellos nuestra rabia acumulada.

Los parques se transformaron en kioscos para comprar y vender droga, en vez de ser lugares de esparcimiento. Ya no tenemos un sitio apartado para inhalar aire puro: pese a las disposiciones que prohíben fumar, todo lugar cerrado se convirtió en chimenea. El hogar dejó de ser hogar para convertirse en un edificio sin contención.

Ahora los bebés ya no abren sus ojos ante un papá y una mamá, sino ante dos personas que decidieron cambiar de sexo, lo que les acarreará confusión cuando deban enfrentarse a la vida en relación. Dios estableció la pareja para procrear hijos.

Preguntas, muchas. Respuestas, pocas.

El deporte se convirtió en un ring gigantesco, donde no solo pega el más fuerte, sino donde también es agredido quien solo buscaba un lugar de distracción. La familia se transformó en “células” que ya no se reúnen alrededor de la mesa familiar, sino en restaurantes (los que pueden acceder a ellos). Ahora se elige con qué hermano, cuñada o suegra queremos compartir la mesa.

En los partidos del Mundial se han establecido reglas y mandamientos impuestos por la FIFA: quien no los cumple será penalizado. A más contravenciones, más sanciones.

En el Partido de la Vida también hay reglas, pero no hechas por hombres: son mandamientos instituidos por Dios. El hombre y la mujer, en su distanciamiento, se niegan a cumplirlos y siguen pecando contra Él, revelándose y echándole la culpa cuando les sucede algo que no pueden superar.

La situación cambia: la pena no nos descalifica y podemos seguir jugando. Dios no ama el pecado, pero ama al pecador, y siempre está dispuesto a perdonar, sin importar el grado de pecado que cometamos. Pero se debe cumplir con un reglamento: pedir perdón y apartarse del mal.

Dice la Biblia en Romanos 6:23: “Quien solo vive para pecar recibirá como castigo la muerte; pero quien confiesa y se aparta alcanzará misericordia.”

El director técnico de cada equipo del Mundial les enseña estrategias para ganar. Dios también nos dejó una estrategia para ser ganadores en el partido de la vida: creer y aceptar el sacrificio de su Hijo Jesucristo y recibirlo como Salvador.

El esfuerzo valdrá la pena. El equipo ganador, además de dinero, ganará reconocimiento, prestigio y la admiración del mundo. Llegará a su lugar de origen y una multitud lo estará esperando. Un balón dorado será el premio mayor, besado y enarbolado por los vencedores.

Y como en todo campeonato, habrá vencedores y vencidos. Igual que en el campeonato de la vida.

Estamos entrenados para jugarlo. ¿Qué nos falta? Pienso que garras. Vemos los problemas como montañas y olvidamos que Dios los ve desde arriba y son pequeños. Nuestra falta de fe y fortaleza nos amedrenta, sin reclamar Su fuerza.

La diferencia es que la pena no nos descalifica: podemos seguir jugando este Campeonato de la Vida. Y el premio mayor no será un balón de oro, sino una corona de oro, que ningún ladrón podrá arrebatar. Seremos coronados en el cielo, donde nadie hurta.

¡Vamos! Acompáñame, que el campeonato comienza ya. En la cancha, una cantante entona el himno del Mundial 2010; en el cielo, la canción será entonada por un coro de millones de ángeles. ¿Quieres oírlo? La premisa es que saques tu ciudadanía para ser habitante del cielo.

Yo estoy feliz desde ya, porque pertenezco a esa legión que aceptó serlo. Este campeonato de la vida me conmueve cada mañana al despertar y ver cómo el mundo gira a mi alrededor, pero no me distrae, porque mi mirada está centrada en el Dios de mi salvación.

¡Anótate! Corre este riesgo. Sal a jugar ya. No demores más. Deja de lado todo lo que te impida correr esta carrera. Que tus brazos se conviertan en alas para sobrevolar las miserias que ofrece este mundo. Ámate, estí­mate… y alcanzarás la victoria.

“Más de ninguna cosa hago caso, ni estimo mi vida preciosa para mí mismo; solamente que acabe mi carrera con gozo…” (Apóstol Pablo – Hechos 13:25)

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LA VIDA QUE NOS ATRAVIESA

Elspeth Gormley – España

La vida hoy no se vive: se sostiene. Se lleva entre las manos como quien carga un cuenco lleno de agua, intentando que no se derrame mientras el mundo empuja, exige, acelera. Y aun así, algo se escapa siempre: un sueño, una calma, un pedazo de nosotros.

No es que la sociedad esté cansada; es que está herida. Herida de silencios, de prisas, de ausencias que nadie nombra. Herida de promesas que no llegan, de abrazos que se aplazan, de miradas que se pierden en pantallas que no devuelven calor.

La vida actual tiene un ruido que no deja escuchar el alma. Un ruido que tapa lo esencial: la ternura, la pausa, la conversación que cura, la mano que sostiene, la presencia que salva.

Y sin embargo, en medio de ese ruido, hay una resistencia que no se ve. Una resistencia hecha de gestos pequeños: la mujer que se levanta aunque duela, el hombre que sigue adelante aunque no pueda, el joven que sueña aunque el futuro le tiemble, la anciana que guarda en su pecho la memoria de un mundo más lento.

La vida hoy es frágil, pero no está rota. Se quiebra, sí, pero también se recompone. Se cansa, pero sigue. Se oscurece, pero encuentra luz en los lugares más inesperados: en una palabra amable, en un mensaje que llega a tiempo, en un abrazo que no se pide, en un silencio compartido.

Quizá la vida actual no sea la que imaginamos, pero es la que tenemos entre las manos. Y en ella, a pesar de todo, todavía late algo que nos sostiene: la capacidad de sentir, de amar, de recordar quiénes somos cuando el mundo deja de mirarnos.

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LA VIDA CABE EN UN PAR DE ZAPATOS

Ana Unhold – Argentina

Fue un niño uruguayo, vivaz e inteligente. La vida lo privó pronto de su padre y allá fue a vivir en casa de sus abuelos. Aprendió las tareas de campo, recorriendo con alpargatas de yute. El amor de su abuela le enseñó tantas cosas. Su corazón cicatrizó con el canto de los pájaros y el vuelo de las mariposas.

Como en todas las vidas llegó la adolescencia y el primer amor. Surgió el primer poema a la luz de la luna. Añorando a su madre, gran trabajadora desde temprano. Por el año 39, con treinta y cinco años fue a visitarla al Hotel Las Delicias en Punta del Este, donde ella trabajaba. Allá frente a la playa, tratando de ocultarse tras una cortina de humo, había un barco alemán de guerra, el Admiral Graf Spee. Tres naves inglesas querían impedir la llegada al puerto del enemigo. Y empezaron los cañonazos. Impensados sonidos para un joven de un pacífico país sudamericano y sorprendidos orientales. Estallaban los vidrios del hotel, la mirada se perdía en el mar tratando de averiguar qué pasaba. No pasó de un susto para los habitantes uruguayos y tristes consecuencias para los marinos alemanes.

Y llegó el amor para mi amigo Rubens. Conoció las maravillas de la paternidad y a los cinco años una epidemia se llevó a su primer hijo; quedaron unos pequeños zapatos testigos de su paso por la tierra. Dios lo bendijo con otros hijos, aunque nada reemplaza lo perdido. Es como que la vida nos facilita parches para sobrevivir.

Y así fue como el poeta voló a Atlanta con sus hijos, por cuarenta años. Poeta resiliente y creativo, restaurando autos antiguos y de desechos mecánicos reconstruir autos de colección. Un artista. Llegó con una valija y algunos poemas.

Solo imaginar las pruebas que significa ser migrante en un país tan diferente al propio. Todo es distinto: caminar sus paisajes, sentir su clima, degustar sus comidas, aprender su idioma y costumbres. Gastó y gastó zapatos configurando una vida; viajó por América y Europa con su hija adolescente para que no perdiera sus raíces. Aprendió a nombrar el mundo en otro idioma.

Y hace quince años vuelve a su patria, jubilado y creativo, un poeta prolífico.

Lo conocí en Punta del Este hace casi dos años. Debo relatar cuáles son las razones por las que Rubens me impresionó tan gratamente. Creo que Dios nos pone justo frente a aquellas personas que nos harán crecer. He dedicado mucho de mi quehacer literario a entender la vejez. Siempre me pareció una edad horrible, inútil e improductiva. Rubens me ha mostrado alegría, optimismo, proyectos. Lo he visto con agilidad preparar desayuno americano y almuerzo, conducir su auto por la costa. Como un caballero abrir las puertas y no permitir que levantes una maleta. Largas discusiones sobre poesía, con la misma energía con que otros hablan del pronóstico del tiempo. Más tarde recordé que tiene 98 años…

El sábado por la tarde fuimos a Maldonado a buscar una feria de artesanos para comprar chucherías locales. Es una tarde cualquiera. No hay solemnidad, ni homenajes, ni aniversarios. Conversamos rememorando hechos de nuestras vidas. Recorremos la feria. De pronto, un hombre de 98 años se detiene frente a un puesto de cremas, saluda a las simpáticas vendedoras y les pregunta si quieren que les recite un poema. Por supuesto, de memoria.

Se acercan los esposos, otros paseantes, sigue el recitado. Fotos y termina todo en un aplauso.

La mayoría de las personas de otra edad no se atreverían a hacerlo. Eso es una vida bien vivida, no un aburrido transcurrir.

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POEMAS – JUNIO

Nota: Todo el contenido de esta revista se encuentra amparado por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna, artículo 2 y concordantes.

Poemas

“Aquí comienza el silencio que se convierte en verso.”

COLABORADORES
  1. Maren Alberdi – España
  2. Miriam Alberganti – Argentina
  3. Magi Balsells – España
  4. Inés Blanco (Luna de abril) – Colombia
  5. Isidoro Barrera Molina – México
  6. Libia B. Carciofetti – Argentina
  7. Rosa Berbel – España
  8. Susana Curbela – Argentina
  9. Enrique Fredy Díaz Castro – México
  10. Cristóbal Domínguez Durán – España
  11. María Cristina Fervier – Argentina
  12. Santiago García Vega – México
  13. Carlos Gonzáles Saavedra – España
  14. Elspeth Gormley – España
  15. Jaime Hoyos Forero – Colombia
  16. Margarita Mangione – Argentina
  17. María Martínez Bautista – España
  18. Nuri Montenegro – Ecuador
  19. Raquel Olay de Leanza – Argentina
  20. Sarah Petrone – Argentina
  21. Ricardo Ernesto Quattri – Argentina
  22. Sandra Romeo – Argentina
  23. Jesús Hildebrando Rodríguez Sánchez – Venezuela

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LIENZO DE VIDA
Maren Alberdi – España

Necesito pintar en un lienzo en blanco
un mundo de colores que borre las huellas del tiempo,
que las llene de vida, de fuego, de canto,
como quien transforma el dolor en movimiento.

Necesito pintar sonrisas encendidas,
plenas de ilusiones que se fundan con mis emociones;
necesito palabras transparentes, sin heridas,
con matices de colores y suaves vibraciones.

Necesito caricias que despierten mi piel,
que me recuerden que aún estoy viva;
necesito canciones que vibren como miel
y hagan danzar mi alma sin medida.

Necesito amores que pinten mi vida,
que la llenen de luz, de pasión, de sentido,
que la hagan vibrar como flor encendida
en el jardín secreto de lo vivido.

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COMPRENSIÓN
Miriam Alberganti – Argentina

En el camino de la comprensión,
te hablo sin apuro,
con palabras que buscan
despertar tu espíritu puro.

Sé cómo te sientes,
porque en ti puedo verme,
pero tú no sabes aún
lo que yo puedo ofrecerte.

No discutas conmigo,
no es el camino correcto,
la comprensión llega
en la meditación,
sin apuro ni defecto.

Pregúntame cuál es
la actitud que conviene,
y te diré que es
una reflexión profunda,
sin prisas
ni desdenes.

Si tienes cosas más urgentes,
no te detendré,
si deseas dormir o morir,
no haré nada
para oponerme.

No critiques mi modo
de presentar la verdad,
pues lo que importa
es el fruto,
no la cáscara
que lo envuelve
en su bondad.

Expongo la verdad
como me parece conveniente,
no para agradar a todos,
sino para iluminar
lo que es esencial
y presente.

La verdad interior
no se encuentra
en la superficie,
sino en la profundidad
de la meditación,
donde el alma
se hace presente.

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QUISIERA
Magi Balsells – España

Contemplar la tersura de piel morena
acariciar sin prisa y ternura todo tu ser
ni un instante perderte, seria una pena

Me miras y tímidamente sonríes, que belleza
entornas tus bellos ojos, mientras suspiras
reposando en mí pecho tu querida cabeza

Noto las palpitaciones tu sensible corazón
mientras tus manos con las mías se juntan
es este momento vislumbro tu gran pasión

Buscas mis labios suavemente con anhelo
me besas ardorosamente con gran ilusión
no los rehuyo al contrario los espero

Nuestros cuerpos una vez más se juntan
con esta demostración de entrega total
sin temores, son deseos que nos atan

Que bello es amar así y ser amado
con esta entrega sin condiciones
felices somos por haberlo logrado

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EL SECRETO
Inés Blanco (Luna de abril) – Colombia

Las palabras agazapadas
en el fondo de mí misma,
son el fuego que arde
en la página azul de los silencios.
Las percibo en el hilo de luz
de una tarde moribunda;
en los ojos ajenos, indolentes,
que de paso me observan.
Van de prisa, son de humo,
atraviesan las calles;
a veces ríen, otras lloran
como pájaros huérfanos.
Interrumpen mientras leo,
sílaba a sílaba me fuerzan;
de lejos invaden la memoria,
hablan y cuentan de los años idos.
Como la lluvia salpican las horas,
traen aromas, voces y nostalgias;
son la sombra que me hace compañía,
también los ecos de ausencias infinitas.
Las palabras como duendes
habitan el vacío; son secretos
en las páginas que escribo…
son de tinta, de fuego y también ceniza.

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LA MUJER Y SU FOTO
Isidoro Barrera Molina – México

Caminaba aquella tarde
con su paso cadencioso
al ritmo su pelo hermoso
jugueteaba con el aire
al tiempo que de su bolso
caía una foto en la calle.

Con la foto entre mis dedos
seguí a la bella mujer
lo notó y quiso correr
como queriendo y no quiero
después me regresó a ver
y vi los ojos más bellos.

Su voz se escuchó agradable
cuando preguntó ¿Qué quiere?
darle esta foto que pierde
cuando de su bolso sale
de paso yo saludarle
y mi admiración presentarle.

Suave sonrisa y discreta
así mostró su elegancia
libre de toda arrogancia
toda una dama perfecta
suavemente dijo gracias
y se dió la media vuelta.

Solo me quedé pensando
en su perfecta celsitud
que con callada actitud
de mi se estaba alejando
y yo en mi total quietud
parado y nomás mirando.

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CON HONRA SOY MUJER
Libia B Carciofetti – Argentina

Mujer mereces respeto
y honra a tu virginidad
no hay letra del alfabeto
que defina tu entidad.

La cuna del nazareno
fuiste mujer, virgen niña
del milagro nadie ajeno
y no hay mancha que la tiña.

Una mujer que era niña
cuando lo engendró a Jesús
uva de su misma viña
y resplandor de su luz.

La mujer es vaso frágil
de finísimo cristal…
figura dúctil y grácil
es de atavío ancestral.

La Mujer que no defiende
ante el hombre sus valores
su moral de un hilo pende
Desquiciada por temores.

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PLANES DE FUTURO
Rosa Berbel – España

Tenemos cuarenta años y un trabajo que odiamos
que nos hace pagar las facturas,
llegar a fin de mes,
tener eso que llaman dignidad
y que se siente igual que la tristeza.

Tenemos un trabajo y un piso en la playa,
pero ante el mar soñamos
un milagro:
nuestra ropa en la arena como entonces
y quedarnos así a la intemperie, uno
enfrente del otro,
con toda la extrañeza de los cuerpos desnudos,
con esta luz precaria,
con un amor que existe y no nos basta.

Tenemos cuarenta años y dos hijos que corren,
que gritan y que lloran
porque la arena está demasiado caliente,
porque nosotros discutimos,
porque no hay nada aquí que nos divierta.

Tenemos casa, hijos y demasiado miedo
a la muerte, a los contratos temporales,
como la gente normal, miedos
de gente feliz, miedos felices,
como este insomnio dulce de los días
antiguos o esta nostalgia común
y rutinaria.

Tenemos cuarenta años y un país que no nos nombra,
no cogemos aviones
porque hemos olvidado
cómo decir te quiero en otras lenguas,
la violencia del viaje,
cómo dormir tranquilos en hoteles lejanos
donde nadie nos llama por las noches.

Tenemos cuarenta años y una vida feliz
feliz sin contratiempos,
una vida segura,
equilibrada.

Pero después del amor, de la rutina,
la propiedad privada y el verano,
la realidad regresa
inconformista.

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ODNOLIUB
Susana Curbela – Argentina

Hoy conocí el amor en su más pura esencia.
Ese, cuya existencia, la mayoría duda.
El se acerca a diario, arrogante y soberbio,
conocedor de su fuerza y su valía.
Y cuando está frente a ella,
pierde toda arrogancia
ante la dulzura con que lo mira.

Se funde en sus brazos, se calma su furia,
se olvida de todo…y finalmente la besa.

El se llama Mar. Ella, Laguna.
El es su odnoliub…
Ella su odnoliubka.

Nota: ODNOLIUB: término ruso que describe a alguien que ama a una sola persona
durante toda su vida.

Se refiere a la Albufera de Mar Chiquita (provincia de Bs. As., Argentina).
“Donde el Mar besa la Laguna”.

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PALOMO
Enrique Fredy Díaz Castro – México

La sorpresa impactó a temprana hora,
tras escuchar el golpe en plena calle
un carro atropelló en mala hora,
a un perro, sin conocer más detalles.

Los gritos de su dueña impresionaron
a los pocos transeúntes y vecinos,
¡Palomo, palomo! Se escucharon
sus lamentos ante lo acontecido…

Cualquiera podrá decir ¡Qué torpeza!
¿Porqué llevan al perro sin fijarse?
sin olvidar que a veces la nobleza
no gusta ni siquiera etiquetarse.

Otros dirán quizá ¡Torpes choferes
que a gran velocidad suben y bajan!
Lo cierto es que hay tantos factores crueles
que inciden en esas historias malas.

La tragedia de aquella jovencita,
junto a su fiel amigo, el buen Palomo,
es algo que en el dolor nos invita
a tener de empatía algo de asomo:

Amemos a esos seres que nos cuidan,
esos que de nosotros poco esperan,
recordemos que vamos por la vida
caminando adentro de una esfera.

Me toca mirarlos abandonados,
a orilla de distintas carreteras
o arriba de una azotea amarrados
sin sombra, comida o agua siquiera.

No quiero convertir en narrativa
mayúscula tal hecho lamentable,
y sí generar otras disyuntivas
en nuestra sociedad tan vulnerable.

Otra vez me acordé de Callejero,
poema musical del viejo Alberto,
quizá como un consuelo pasajero
pero se queda como libro abierto.

Evitemos daño en gatos y perros
con tanta indiferencia y abandono,
no seamos en ellos candente hierro
¡Es entristecedor lo de palomo!

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EN OCTUBRE
Cristóbal Domínguez Durán – España

Hay en las hojas de la tarde
una luz leve
que podría volarse
con un poco de viento.

Sé muy bien
el largo tiempo que llevo preparándome
para verla.

La observamos.

En los ojos se nos quema el verde
y de la tarde apenas queda nada
sin consumir.

Permanece la luz,
como todo lo que no vive.

Te doy la mano para cruzarla juntos,
para no arder, absortos, con el verde,
sin darnos cuenta.

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ELLA – ÉL
María Cristina Fervier – Argentina

Ella era poesía
Él no sabía leer.

Ella hablaba en metáforas
Él entendía todo al revés.

Ella era la palabra.
Él los puntos suspensivos.

Ella lo amaba.
Él… tal vez.

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EL BESO
Santiago García Vega – México

Que oportuna roca,
que ocultó el sol,
en el momento preciso
en que salías del mar.
Las olas tocaban sutilmente
tu cuerpo escultural,
y en ese preciso momento,
te acercaste lentamente hacia mí.
El candor en tus labios
se posó sobre los míos,
y tú, amor mío, ni cuenta te diste,
como se apagó ese gran deseo.
Se fue la luz y el cielo rojo,
confabulado con la peña,
ocultó lo que ardía,
lo que ya no se ve, lo que solo yo sentía.
Gire mi vista hacia mar y en lo profundo
guardé este beso que aún quema,
en este ardiente corazón
las ansias de la pasión.
Atardecer, sol y roca
evocan melancolía
y el reloj de mis recuerdos
te hacen playa. Nuevamente mía.

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AGUANTA VENEZUELA
Carlos Gonzáles Saavedra – Argentina

Ya se ira la basura que les queda
La oscuridad que los gobierna
Tu destino es grande.

Ya no habrá necesidad de correr,
por agua, ni alimentos.
Volverá la luz, en vez de velas.

Aguanta la angustia, nostalgia y pena
No conozco tu tierra, pero sé de tu
Gente bella, la que sufre en silencio afuera.

Orgullosos de su país, cantan su esperanza,
En tierras ajenas.

Por fin se limpiara tu tierra
De la escoria, traidores, mercenarios,
Traficantes, subversivos y otras yerbas.

La cobardía de los apresados traidores,
Hará el resto.
Hoy, es un sálvese, quien pueda.
No te desangres.

Volverá el canto, el baile y las fiestas
A tus calles.

Tu destino es bello
Como tu gente, tus mujeres

Ya brillaran las estrellas de tu bandera
Así como su colorido.

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LA INFANCIA
Elspeth Gormley – España

Infancia fue un suspiro entre los brazos,
un mundo sin relojes ni fronteras,
la risa que brotaba en las aceras
y el miedo que dormía entre los lazos.

La luz jugaba libre en los regazos,
la tarde era un tesoro en las praderas,
y el tiempo, con sus alas pasajeras,
dejaba en mí su magia entre los trazos.

Hoy vuelvo a ese rincón de la memoria
donde la vida era un juego eterno,
un canto que encendía mi victoria.

Y aunque el reloj avance en su gobierno,
la infancia sigue viva en mi historia,
como un refugio cálido y tierno.

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NO PIDAS VERSOS
Jaime Hoyos Forero – Colombia

“Poesía eres tú”
(Gustavo Adolfo Becquer)

¿Versos pides?
¿No ves que es ironía
que el rey pida poder, cielo los santos,
lluvia la mar y la sirena cantos?
No pidas versos…Tú eres poesía.

Es una rima pura tu alegría
y hay cantos de dolor en tus quebrantos,
y cadencias de rítmicos encantos
hay en tu andar de métrica armonía.

Son tus ojos de aurora, madrigales;
y liras de un poder tan portentoso
tus manos son, que en mi alma y a raudales
siembran y siembran versos como flores:
así brotó una tarde mi ardoroso
soneto del amor de los amores.

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ES EL AMOR
Margarita Mangione – Argentina

Es el amor la expresión,
más noble del ser humano,
amor de madre, de hermano,
amor entre hombre y mujer.

El amor puede crecer,
haciendo al mundo más puro,
porque con amor, seguro,
no habrá odios ni rencores,
ni corrupción, ni dolores,
si es que reina en el futuro.

Con amor yo les auguro,
a muchas generaciones,
armonía en las naciones,
compromiso hacia el hermano.

Con amor, el ser humano,
ha de vivir dignamente,
y levantada la frente,
trabajará con orgullo,
sin gritos y sin barullo,
gozando siempre el presente.

Con amor estará ausente,
la guerra en el universo,
no podrá el hombre perverso,
crear ninguna contienda.

Y cuando el amor se extienda,
hasta el animal salvaje,
será adorno en el paisaje
y nadie habrá de matarlo,
con amor han de cuidarlo,
comprendiendo su lenguaje.

Amor de Dios es mensaje,
y al amor hemos de darnos,
si logramos no olvidarnos,
hemos de ser muy felices.

Cerremos las cicatrices,
y olvidemos las heridas,
no serán horas perdidas
las que usemos para crear,
un mundo donde encontrar,
unión en todas las vidas.

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EL CAMBIO

María Martínez Bautista – España

El bien es una estrella o una isla

sin puentes con el mal,

y el camino es amar

por el mundo dormido.

No va hasta allí la sensación ardiente

de que la vida va a ninguna parte,

ni la nieve grisácea de las viejas costumbres.

Habrá un desfiladero,

un bosque de dudosas decisiones,

tantas bifurcaciones como pasos.

Aléjate de aquello que siega la inocencia,

y de los perezosos barrizales,

y del perno cautivo.

Nunca elijas el mal ni por inercia,

ni por placer, ni por las muchedumbres.

No ignores la virtud si la conoces.

Cuando llegues al borde del abismo,

piensa que la inocencia es el vacío,

el lago sin maldad que lleva al bien,

la destrucción de toda la miseria.

De esta manera aceptarás la muerte.

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DIME SI ME RECUERDAS

Nuri Montenegro – Ecuador

Dime si te acuerdas

cuando nuestras manos

se tocaban

al compartir arándanos.

Yo conducía,

tú me alimentabas.

Dime si te acuerdas

de esos abrazos

en un pueblo perdido

por donde caminamos,

sin vergüenza,

como si nadie nos mirara.

Se perdía el pudor,

porque era amor.

Era solo estar,

caminar sin rumbo,

en un espacio de dos,

donde no existía el tiempo.

Solo dos corazones

que, sin reconocerlo,

aprendían a amar

sin miedo,

sin distancia.

Se construyeron

los cimientos,

por eso no lo veíamos,

pero nuestros corazones

y nuestras almas

ya lo sabían.

Si antes nos perdimos,

hoy nuevamente

nos encontramos.

Porque sentir…

ya lo hicimos.

Y aunque nos perdimos,

el alma vuela

donde pertenece.

Cuando el amor

es verdadero,

regresa.

No reconoce

tiempo

ni distancia.

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VIVIR CON ALEGRIA

Raquel Olay de Leanza – Argentina


Hay que vivir la vida con alegría
porque somos hermanos, hijos de Dios,
y aunque las penas duelen y nos lastiman
se alivian con la gracia que da el Señor.
Si buscas ser feliz aquí en esta vida
mira siempre primero a tu alrededor,
si ves que alguien sufre y se desanima
ofrécele tu ayuda con mucho amor.
Verás que haciendo el bien a quien necesita
crece en tu alma un gozo de bendición,
tus penas se reducen o se terminan
porque las ha curado Nuestro Señor.
Vivir con esperanza y en armonía
porque somos cristianos es lo mejor,
el Espíritu Santo nos ilumina
el camino que lleva a la salvación.
Hay que vivir la vida con alegría
dando felicidad, mucha paz y amor,
plantando bellas rosas, quitando espinas
se cura la tristeza del corazón.

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BIENVENIDA

Sarah Petrone – Argentina

Recojo ternuras de un tiempo pasado

de ignotas regiones que no he visto nunca

me llegan rumores de risas y nanas

que fueron la esencia que soñé y no tuve.

Respiro en el aire la voz que añoraba,

el eco que un día se perdió y retuve

solo en el silencio de mi propia calma,

lo siento en el alma más fuerte que nunca.

Me pierdo en las calles lejanas y mías

con esa nostalgia de volver a casa

sin melancolía. Ya estoy en los brazos

de ésta, que siempre fue la patria mía.

Me besan las piedras cuando voy andando,

las flores me aroman en la bienvenida,

el aire suspira porque estoy llorando

dejando en mis ojos gotas de rocío.

Descubro promesas, rescato verdades,

mentiras y mitos de entre los escombros,

las fábulas dejan de ser solo fábulas

y así me hago cargo de toda mi vida.

Esta bienvenida que me llena el alma

hace que sienta que nunca me he ido,

abrazo ciudades, familias que estaban

mezcladas en medio de cientos de amigos.

El tiempo y la vida se van reciclando,

canciones, legados, como letanía

retumban acordes que se van pasando

de generaciones hasta nuestros días.

──────── ✦ ────────

MI 2 DE JUNIO

Ricardo Ernesto Quattri – Argentina

Descubro el silencio

de pronto. Como un amigo

testigo de mi asombro.

Por esta senda de vida,

que acaricia mi alma.

Nada se reclama si se ha vivido.

Nos queda en el sigilo de sombras

recuerdo de lo perdido,

que nos alumbra sin olvido

de las cosas bellas.

Destila como un milagro,

estar agradecido.

Me quedo en paz conmigo,

con el mundo, a pesar

de tanto absurdo que tanto lastima.

Se perfila así mi voz,

con el eco del amor.

Agradezco ese don,

me siento vivo,

aún con el esquivo destino,

que marchitó mi flor más amada.

Palabras que en silencio hilo

como un susurro

íntimo y tibio,

que deja en plena paz

mi corazón herido.

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CADÁVER EXQUISITO

Sandra Romeo – Argentina

Camino bajo el sol

de la mañana.

Colores iridiscentes

me llaman.

Resplandecen

bajo el peso de la escarcha.

Rojos y azules

brillan

compiten

con el blanco más puro.

El amarillo

se destaca.

En él quedaron

desplegadas

todas las plumas

en un abanico exótico

pero inutilizable.

Sólo en este instante

ante mi mirada

bajo esta fina capa de nieve

su cadáver es exquisito.

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AVANZANDO EN EL AMOR

Jesús Hildebrando Rodríguez Sánchez -Venezuela

Agradable y de repente

como el beso que se roba

o la caricia que soba

al rostro del pretendiente,

es la forma inteligente

de iniciar una pasión,

al expresar la emoción

que produce ese momento

y, si hay consentimiento,

lo disfruta el corazón.

Todo requiere prudencia

en la manera de actuar,

cuando vamos a iniciar

un acto de preferencia;

si, con la mayor solvencia

en base a sinceridad,

asomamos la verdad

y consigue aceptación;

de nuestra noble actuación

es nuestra felicidad.

En esa ruta seguimos

expresando los deseos

y alcanzando los trofeos

que en el amor perseguimos,

porque siempre conseguimos

humana satisfacción

cuando ya viene la unión

y vivimos en pareja;

aunque alguna que otra queja,

nos invite a reflexión.

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POEMAS LA VIDA – JUNIO

Nota: Todo el contenido de esta revista se encuentra amparado por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna, artículo 2 y concordantes.

Poemas-a-la-vida

“Aquí comienza el pulso de lo vivido.”

COLABORADORES
  • Miriam Alberganti – Argentina
  • Maren Alberdi – España
  • María Elena Camba – Argentina
  • Luz Fontana – Italia
  • Carlos González Saavedra – Argentina
  • Elspeth Gormley – España
  • Lamberto Ibarez Solís – México
  • Andrea Kiperman – Argentina
  • Antonio Morelos – México
  • Raquel Olay de Leanza – Argentina
  • Sarah Petrone – Argentina
  • María Rosa Rzepka – Argentina
  • Yanni Tugores – Uruguay

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ME DEBO UNA DISCULPA

Miriam Alberganti – Argentina

Me debía una disculpa,
hoy me la doy con razón,
por callar cuando gritaba mi alma
con dolor y pasión.

Sonreía con la herida abierta
y sangrante,
para no incomodar
a quien me estaba hiriendo
con su ignorante saber.

Me hice pequeña,
para que otros
se sintieran grandes,
entregué perdón,
pero a mí me lo negué
con desdén y con liantes.

Entendí las faltas de los demás
con facilidad y arte,
mientras mis heridas pedían
que las viera
con piedad y con parte.

Mi corazón se quedó solo,
esperando en vano y con dolor,
que alguien, yo,
lo mirara con amor
and con amoroso ardor.

Pero hoy no más,
hoy te digo
con voz clara y con acento:
Perdón, amor mío,
perdón, alma mía,
que te amará con sentimiento.

Me arrodillo ante mí,
con el alma rota y herida,
te pido perdón
por haberte abandonado
en la vida
y en la partida.

Confundí amor con sacrificio,
con dolor
y con pena
y con llanto,
te rompí en silencio,
sin decir un grito,
sin una queja,
sin un canto.

Hoy te recupero,
hoy te pongo primero
en mi vida
y en mi ser,
te prometo amarte sin condiciones,
sin medida,
sin olvido,
sin querer.

Ser buena
no debe costar tan caro,
no debe doler
ni pesar,
hoy empiezo a quererte
como siempre mereciste,
con amor
y con placer
y con gozar.

Déjame abrazarte,
déjame quedarme en ti,
déjame amarte
como siempre soñaste,
con pasión
and con llama
y con frenesí.

Ya llegué,
ya no me voy,
ya eres prioridad,
mi amor,
mi corazón,
mi todo,
mi realidad
y mi felicidad.

✦ ✦ ✦

LA VIDA

Maren Alberdi – España

He caminado al ritmo de la vida,

bebí su luz, su sombra y su ternura.

Guardé en mi piel la herida compartida

y en mi memoria, el don de la aventura.

Amé sin prisa, amé sin miedo a nada,

fui voz que nace, fui silencio abierto.

Y en cada paso, la verdad hallada

me devolvió mi nombre más despierto.

Hoy cierro el libro, pero no el camino:

la vida sigue, fértil, generosa.

Dejo mi canto, limpio y cristalino,

como semilla que en tu alma reposa.

✦ ✦ ✦

LA RUEDA DE LA VIDA

María Elena Camba – Argentina


Rueda y rueda el carrusel
Gira y baila, baila y gira
Sube y baja el caballito
con su valiente jinete
Un autito de carrera
avanza pidiendo pista
Todos podemos llegar
si el volante maniobramos.
Gira y baila acompasando
los ojitos infantiles,
todo es magia e ilusiones
en la pista danzarina.
Yo quisiera desandar
la rueda de la vida,
regresar al carrusel
perseguir una sortija,
sin importar si la alcanzo.
Todo está en regresar,
ser niña por un instante
y soñar con arcoíris
en un mundo de colores.
Pensar que todo es posible
y que la sonrisa de mamá
Gira y gira en derredor
Y su abrazo me espera
al final del recorrido.

✦ ✦ ✦

LA VIDA

Luz Fontana – Italia

La vida es un hilo de luz que se despliega,
un latido que insiste,
una voz que vuelve
aunque el silencio la reclame.

Es un amanecer que se abre paso
entre las dudas,
una caricia que llega sin aviso,
un gesto pequeño que sostiene el mundo.

La vida es un vaso de agua en la tarde,
una palabra que cura,
un recuerdo que abraza,
una verdad que se enciende sin ruido.

A veces duele,
a veces salva,
a veces solo pasa
como brisa que roza y sigue.

Pero siempre,
siempre,
es ese milagro sencillo
que nos llama por nuestro nombre
y nos invita a seguir.

Porque la vida,
Luz,
es eso que te mira de frente
y te dice sin prisa:
“Estoy aquí.
Vívela.”

✦ ✦ ✦

EL CORREDOR DE LA VIDA

Carlos González Saavedra – Argentina

Y decidí seguir así.

¡¡¡Amigos míos!!!

Por este corredor, llamado vida.

Donde, no sabemos qué deparará,

el día a día.

No me arrepiento haber apostado,

unos duros, siendo, un infante, todavía.

Con mis alforjas colmadas, de sueños,

y la esperanza de cumplirlos.

Decidí seguir así.¡¡¡ Amigos míos!!!

Con encanto y fantasía

Con el canto y la poesía

Con una diaria sonrisa.

Con amor y sabiduría, de los años vividos.

Navegue en aguas limpias, que me refrescaron.

Después, en vertiginosas, aguas

Donde me han quedado, heridas.

Testimonio del aprendizaje,

Para estos días.

Una vez más, aposte a la vida.

A la fuerza, que aún me queda.

Jamás, pensé en abandonarme.

Aunque, me arañaron, feo.

Cuando esperaba, una caricia.

Una vez más, así, salí con mi alma

fortalecida.

De eso se trata, el estrecho corredor

Al que, llamamos vida

✦ ✦ ✦

LOS GOLPES DE LA VIDA

Elspeth Gormley – España

La vida me ha enseñado a golpes
y también a caricias.
A veces me empuja,
otras me recoge del suelo
como si supiera que ya no puedo más.

He aprendido que no siempre es justa,
que no siempre es amable,
que no siempre escucha.
Pero aun así, sigo aquí,
con mis cicatrices limpias
y mis ganas intactas.

La vida me ha quitado cosas,
pero también me ha dado otras
que no cambiaría por nada:
personas que llegaron sin ruido,
lugares que me curaron,
instantes que me hicieron entender
que no todo está perdido.

La vida no es fácil.
Pero es mía.
Y mientras me quede un poco de luz,
seguiré caminándola.

✦ ✦ ✦

CANTO A LA VIDA

Lamberto Ibarez Solís – México.

Canto a la vida, al amor,

a la esperanza infinita;

 canto a mi Dios con fervor

con mi plegaria bendita.

Canto a mi mar insondable,

 a mi laguna azul plena;

le canto a mi tierra llena

a mi gente linda y amable.

De mi Zacualpan hermoso;

tierra que me vio nacer

en un lindo atardecer

de un septiembre bondadoso.

Canto a la vida y al amor;

al sentimiento sublime,

a las letras que redimen;

al sufrimiento y al dolor.

Mis letras que me enseñaron;

victorias y las derrotas,

a mis versos que connotan;

las palomas que volaron.

Brindo por la vida bella;

por la luz divina, clara

y la vida que declara;

que florecen sus estrellas.

Canto y brindo cual poeta;

 lanzo versos en un grito

como luz al infinito;

esparcida en el planeta.

Por la vida brindo; hermanos

que nos dio alegrías plenas;

nos brinda tardes serenas

y enlazamos nuestras manos.

Y brindo por mis hermanos;

poetas de todo el mundo,

porque en mi brindis fecundo…

nos estrechemos la mano.

✦ ✦ ✦

LA VIDA

Andrea Kiperman – Argentina


Tan simple y tan compleja,
tan milagrosa como rutinaria,
tan magnífica como corriente.

A veces, una bocanada de aire fresco;
otras, una mañana ardiente en pleno desierto.
No hay aciertos ni errores:
sólo vivirla de la mejor manera.

Hay días sin mañanas ni ayeres,
solo el presente,
el instante.

Ese momento en que dos enamorados se miran,
el atardecer que estalla en colores mágicos,
el susurro antiguo de las montañas,
el abrazo esperado,
la palabra justa en el minuto exacto.

Lo inmenso escondido en los pequeños vivires.

Así es la vida:
simple y compleja,
dueña de nuestros días,
de nuestras horas,
de nuestros suspiros.

✦ ✦ ✦

LLEGARÁ

Antonio Morelos – México

No se cuando llegará

ni quiero saber la fecha,

pero eso tan natural

que no se duda que venga.

Siempre hemos andado juntos

desde el día en que nací,

por eso es que no me asusto

que digan que va a venir.

Dios no mandará por mi,

ni va a ser mi mala suerte,

yo se bien que va a venir

que no les duela mi muerte.

No me lloren si me quieren,

porque llorar no me ayuda,

tampoco flores me lleven,

ni veles, ni ofrenda alguna.

Si alguien en verdad me quiso,

que se ocupe en recordarme,

porque así me tendrán vivo

con ustedes, sin marcharme

✦ ✦ ✦

SOY FELIZ DE HABER VIVIDO

Raquel Olay de Leanza – Argentina

(Dedicado a mi madre con agradecimiento y cariño)
Soy feliz de haber vivido
la dichosa experiencia de nacer,
acunado por canciones y latidos,
en el vientre de mi madre me formé.
Soy feliz de haber vivido
en ese espacio tibio y protegido,
hasta el día en que fuerte me sentí
con llanto y esperanza dejé el nido.
Dichoso soy de haber vivido
en tiempos felices de inocencia,
de juegos, de ternura, de paciencia,
guardé de mis mayores lo aprendido.
Soy feliz de haber vivido
disfrutando el esplendor de lo creado,
deslumbrado por su belleza fascinante,
dichoso por sentirme siempre amado.
Feliz soy a pesar de haber vivido
distintas experiencias de dolor,
de esa escuela sin duda yo he aprendido
a valorar, por sobre todas las cosas el Amor.

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LA VIDA

Sarah Petrone – Argentina

Resabios de un ayer impostergado,

del lento amanecer que se perfila,

un hondo suspirar, incuestionado

y el etéreo volar de los sentidos.

La magia de vivir y acostumbrarse

al tiempo de la espera, sin malicia,

al paso de los días y las horas

que traen al fin, los años transcurridos.

Y vuelve otra vez, la rueda de la vida

a girar oliendo a madrugadas,

y en cada renacer están los hijos, 

los nietos, los amigos… la mujer amada.

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MADURANDO DE A POCO

María Rosa Rzepka – Argentina

Asomarse a la vida, esa caja de sorpresas
que palpita, que cambia ignorando designios.
Sorprendiendo recetas. Madurando en pedazos
vamos creciendo a tientas, aprendemos a diario.
Sobrevivir es un arte en un mundo de caos.
Nos pensamos eternos cuando al amor nos damos
“para toda la vida”. No siempre se da el caso.
Y la vida nos pone elecciones a diario;
seguir la buena senda, estudiar, el trabajo,
construir la familia o viajar paso a paso.
El secreto que guarda la existencia. Intacto.
Nadie sabe hasta cuando, ni cómo ni por qué
verá la luz del día o la noche y su encanto.
“Vivez si m´en croyez. N´attendez à démain”
rezan los versos de Pierre Ronsard.
Pero somos falibles, imprudentes, golosos.
Queriendo abarcar mucho desdeñamos lo poco
sin pensar que hay un tiempo, un final. El reposo.
El después es la incógnita. Tener fe, el acodo.

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VALE LA PENA

Yanni Tugores – Uruguay


La vida es profunda y bella
cuando el sol besa la tierra,
es la sonrisa de un niño,
es otoño y primavera.
Nos regala mil caricias,
un abrazo, una mirada,
los poemas, los te amo
y también las esperanzas.
Es amanecer sereno
con un jardín y sus flores,
vidas que tejen historias
de aventuras y de amores.
Nos hace volar muy lejos
con una osada actitud,
da el coraje de ir muy alto,
ir directo hacia la luz.
Nos brinda el don de crear,
de palpar, de ver y oír,
degustar ricos manjares
maravilloso es vivir.
Y a su vez es frío intenso,
las penas, también el llanto,
el desvarío, la ausencia,
el dolor de un desengaño.
Y nos pone en un contraste
entre las sombras que encierra,
cuando te causa congojas,
cuando se sufre en las guerras.
Es apenas un susurro
en las plantas que florecen
un instante, una utopía
hasta que todo se duerme.
Todo suma y todo resta,
es regalo y una prueba.
¿Seremos siempre capaces
de discernir la contienda,
entre ser un buen humano
o seguir por otra senda?
Maravilloso existir
por más que todos sabemos,
que dejaremos un día
de habitar en este suelo.
Disfrútala mientras puedas,
canta, corre, ríe, sueña,
que es un suspiro la vida
vale la pena quererla.

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MICRORRELATOS – JUNIO

Nota: Todo el contenido de esta revista se encuentra amparado por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna, artículo 2 y concordantes.

Micro

“En cada microrrelato cabe un mundo: una chispa, un silencio y una verdad.”

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✦ COLABORADORES
  1. Maren Alberdi – España
  2. Lorenzo Uterga – España
  3. Alfredo Sánchez Plana – España
  4. Elspeth Gormley – España
  5. Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
  6. Sarah Petrone – Argentina
  7. María Guillermina Sánchez Magariños – Argentina

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VACACIONES

Maren Alberdi – España

Las vacaciones empezaron el día que dejé de correr. No cuando hice la maleta, ni cuando llegué al destino, sino cuando entendí que necesitaba un descanso de mí misma.

Me senté frente al mar sin expectativas, como quien se sienta frente a un viejo amigo. El agua me habló en su idioma antiguo, y yo, por primera vez en meses, escuché.

No viajé lejos. Viajé hondo. Y descubrí que el verdadero descanso no está en cambiar de lugar, sino en volver a habitarse.

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GUARDIA

Lorenzo Uterga – España

El médico salió del quirófano con las manos temblando. Había salvado una vida, pero nadie lo vio. Nadie vio que llevaba catorce horas de pie, que no había cenado, que su espalda ardía. Solo vieron el resultado: un corazón que volvía a latir. Él sonrió, cansado. En el pasillo, una madre le tomó la mano. —Gracias, doctor. Y en ese instante entendió que, aunque el mundo no lo note, hay batallas que solo ellos ganan en silencio.

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EL RUIDO

Alfredo Sánchez Plana – España

La guerra terminó, dijeron. Pero cada noche, en el cuarto oscuro, el soldado seguía escuchando explosiones que ya no existían. Su hijo le preguntó por qué dormía con los zapatos puestos. Él no respondió. Solo miró la ventana, esperando un ataque que nunca llegaría. La guerra había acabado afuera. Dentro de él, no.

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VERANO

Elspeth Gormley – España

El verano llegó con su insolencia habitual: luz que entra sin llamar, calor que desordena, tiempo que se estira como un gato al sol.

Las tardes olían a fruta madura y a promesas que nadie se atrevía a decir en voz alta. Yo caminaba despacio, como si cada sombra fuera un recuerdo y cada rayo una posibilidad.

El verano no me pidió nada, solo que me dejara llevar. Y yo, por una vez, obedecí. Porque hay estaciones que no se viven: se rinden.

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FANTASMAS BUCANEROS

Carlos Pérez de Villarreal – Argentina

El vino, áspero y fuerte, Corre por las gargantas resecas. No hay paz en esos hombres.

No despiertan ningún anhelo.

Sus almas solo poseen dolor, miedo, sinrazón. Detrás de esa imagen eternizada, Soplan los vientos del infierno.

Son los viejos fantasmas bucaneros, Que quieren encontrar la paz que nunca hallarán.

Esa puerta abierta y delicada, Que les permita redimirse Ante los ojos de sus propios dioses.

Desdichados fantasmas filibusteros, Sólo piensan en ellos mismos.

Sus sufrimientos eternos. Los vuelven cada vez más inalcanzables. El vino, áspero y fuerte, Sigue corriendo por esas gargantas resecas.

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INDECISIÓN

Sarah Petrone – Argentina

Está bien, reconozco que fue culpa mía. -Pensó.Yo fui quién se creyó lo del billete premiado y vi la oportunidad de vengarme del hipócrita de mi jefe.Ya sé que fui y le conté a su  esposa sobre nuestra relación, y además… le rompí los expedientes  de todo un año de trabajo…

Pasado mañana vence la hipoteca que él me pagaba. No sé qué hacer. ¿Me aceptará una disculpa si se la doy?

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BASURA

María Guillermina Sánchez MagariñosArgentina


Estaban ahí, gastados por el tiempo. Desechados como a los viejos cuando molestan. ¿Quién se llevaría semejante porquería? Remendados, sucios, malolientes. Solo una persona reparó en ellos. Llevaba un atado de ropa al hombro y venía descalzo.

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CUENTOS Y RELATOS – JUNIO

Nota: Todo el contenido de esta revista se encuentra amparado por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna, artículo 2 y concordantes.

Cuentos-y-relatos-1

Cada cuento es una vida que se abre, y cada relato una verdad que se atreve a respirar

✦ COLABORADORES
  1. Maren Alberdi – España
  2. María Elena Camba – Argentina
  3. Libia B. Carciofetti – Argentina
  4. Inés Dagand – Argentina
  5. Enrique Fredy Díaz Castro – México
  6. Santiago García Vega – México
  7. Carlos González Saavedra – Argentina
  8. Elspeth Gormley – España
  9. Jaime Hoyos Forero – Colombia
  10. Andrea Morini – Argentina
  11. Gustavo Páez Escobar – Colombia
  12. Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
  13. Graciela Reveco – Argentina
  14. Sandra Romeo – Argentina

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AN JUAN EN ZUGARAMURDI

Maren Alberdi – España

Zugarramurdi no es un pueblo. Es un latido. Un susurro antiguo escondido entre montes verdes, donde la tierra huele a humedad, a helecho, a historia que no se ha apagado.

La Noche de San Juan aquí no es fiesta. Es ritual. Es memoria viva. Es un puente entre lo que fuimos y lo que seguimos siendo.

El pueblo celebra el Sorginaren Eguna, el Día de la Bruja, y todo parece transformarse. Las calles se llenan de gente, sí, pero también de algo más: una energía que se nota en la piel, como si el aire vibrara distinto.

Las cuevas… Ay, las cuevas. Esas cuevas no se visitan: se sienten. Cuando entras, la temperatura baja, el silencio pesa, y la piedra parece respirar contigo. No es miedo. Es respeto. Es esa sensación de que allí, hace siglos, pasó algo que todavía no se ha ido del todo.

La hoguera purificadora arde fuera, como un corazón encendido. El fuego sube, cruje, ilumina los rostros. Y todos saben que ese fuego no es solo llama: es limpieza, es renacer, es dejar atrás lo viejo para abrir paso a lo nuevo.

Dentro de la cueva, comienza la representación del akelarre. Las brujas bailan al ritmo profundo de la txalaparta, golpe a golpe, como si llamaran a la montaña. Sus sombras se mueven entre las paredes húmedas, y por un instante, parece que el tiempo retrocede.

Y entonces llegan los zanpantzar, con sus cencerros enormes, sus pieles, su fuerza ancestral. No vienen a asustar. Vienen a ahuyentar el miedo, a romper la oscuridad, a recordarnos que la luz siempre vuelve.

Los niños miran fascinados. Los mayores también. Porque en Zugarramurdi, esa noche, todos sentimos lo mismo: que la tierra tiene memoria, que las cuevas guardan secretos, y que hay lugares donde la historia no se lee… se respira.

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FABIOLA

María Elena Camba – Argentina


En el desierto de cada día el viento borra las huellas de todas las caravanas, barre los pasos de dios en el paso de cada hombre, borra las huellas de todos ellos en el desierto de cada mundo. En el desierto de cada vida hay una huella que nada borra: la del desierto de cada vida, la huella que el viento traza
Hugo Mujica

Llegó a su casa en el tren pasadas las veintidós horas. La línea Belgrano Sur siempre se atrasaba y nunca podía calcular el tiempo que le llevaría el viaje. Los vagones estaban abarrotados de gente y la mayoría dormía después de una jornada agota dora. Los pasajeros se movían acompasadamente al ritmo del tren, sin ofrecer resistencia, con la mirada perdida, ignorando por completo lo que ocurría a su alrededor. Atravesó el andén con rapidez y caminó esas treinta cuadras interminables de tierra que se transformaban en un lodazal los días lluviosos. No había casi luz en las calles y tenía que adivinar dónde ponía los pies. A lo lejos se escuchaba alguna cumbia, risas, gritos, un partido de fútbol, llantos. Todos los sonidos se confundían sin sentido en medio de la oscuridad reinante. Entró a la vivienda con un único cuarto donde convivían todos, su hombre y sus hijos, siete en total. Fabiola había llegado hacía diez años de San Miguel de Tucumán, donde vivía con su familia.

Su padre trabajaba en un ingenio todo el año. Ella y sus hermanos lo ayudaban de junio a agosto, cuando llegaba la cosecha de la caña de azúcar. Cortaban cañas, las despuntaban y ataban para despacharlas en camiones. Una familia humilde de trabajo, como tantas en Tucumán. Su infancia había sido feliz y tranquila. Todo había cambiado cuando conoció a aquel hombre en el campo. Había venido para la zafra, como otros peones golondrinas. Mientras cosechaban él no le había sacado la vista de encima.
Cuando cayó la tarde la siguió hasta su casa y se quedó detrás de un árbol esperando, como un animal en celo. Fabiola salió a la puerta y lo encontró.
Conversó un rato con él. Después caminaron juntos hasta que se perdieron en el monte. Tenía solo doce años. A los cinco meses su abdomen estaba muy abultado y algo se movía en su interior. Le habían hecho su primer hijo. Lo crio sola, nunca más vio al hombre después de esa noche.

A los tres años del nene conoció a Aramayo. Era amigo de José, su hermano y había llegado de Bolivia para trabajar en el ingenio. Se enamoraron y a la semana estaban de novios. Aramayo soñaba con Buenos Aires. La convenció de que allí encontrarían trabajo y podrían formar una familia. No podía llevar a Pablito, por lo menos los primeros tiempos. No había plata suficiente para los tres. Dejó a su hijo en Tucumán, a cargo de su madre y partieron.

Se instalaron en un terrenito en González Catán. No tenían papeles pero nadie les reclamaría nada. Alambraron una parce la y se metieron. Durmieron en una carpa hasta que Aramayo levantó una pieza. Él era albañil. Consiguió trabajo en una empresa constructora como obrero y ella como empleada doméstica en una casa de familia. La única expectativa era ahorrar dinero para seguir construyendo su casa.

Pero Fabiola pronto tuvo que dejar su trabajo. Estaba embarazada. Cuando nació su primera hija todo había cambiado. El
dinero no alcanzaba y el futuro se fue opacando con el desden canto. Aramayo cobraba la quincena y llegaba muy tarde. Ella ya estaba dormida y la montaba sin hablarle. Lo hizo todas las noches hasta que tuvo su hija. Después vinieron los otros y la situación empeoró. Cuando Clarita tuvo seis años, Fabiola comenzó a trabajar nuevamente y ella se quedaba cuidando a
sus hermanitos. Lo único que pensaba a la noche era en darle de comer a los nenes y dormir. Cada tanto recordaba con nostalgia su infancia en Tucumán. El monte donde se confundía el perfume y los colores de los jacarandaes y los lapachos florecidos. Su mamá cuidando la huerta, sus hermanos corriendo entre los molles, la zafra. Fabiola empezó a negársele a
Aramayo. No quería que le hiciera más hijos pero él llegaba tomado, la golpeaba y se salía con la suya. Una vecina le dijo que presentara la denuncia en la policía pero no se la quisieron tomar. Lo intentó varias veces con el mismo resultado.

La noche en que la golpeó en la cara hasta cansarse se decidió. A la mañana siguiente, cuando él se había ido, tomó el
tren como todos los días. Siguió hasta la última estación. En la Terminal bajó las escaleras y comenzó a caminar sin rumbo. Al atardecer se tiró a descansar en una esquina con lo puesto. Era verano y se durmió pensando en que por fin estaba sola, tranquila. Aramayo ya no podría abusar de ella,ya no la molestaría.

Pensó en los hijos, a los que había abandonado. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Los días pronto transcurrieron sin horizontes y su vida anterior le pareció cada vez más lejana. Las caritas de sus hijos comenzaron a borrarse hasta que se desdibujaron, como su identidad. Se instaló en las cercanías
de la Basílica del Espíritu Santo, en el barrio de Palermo. Deambulaba por la plaza y sus alrededores, con su paso corto, nervioso, la cara acartonada y sus ojos color ámbar que miraban más allá, sin fijar la vista en ninguna parte.–Buen día, señora. ¿No tendría una moneda? Su voz era metálica, sonora, como la de un locutor entrena do que siempre ensaya el mismo
repertorio. Llevaba un gorro tejido del cual se escapaban algunas mechas de un negro desteñido, una pollera muy larga y amplia por la que asomaban unos pequeños pies calzados en zapatillas también negras. Un saco cubría totalmente sus brazos y la mantenía abrigada invierno y verano.
Las estaciones no hacían mella en su cuerpo. La gente pasaba pretendiendo no verla. A veces le tiraban una moneda, intentando con el gesto lavarse las manos sucias por tanta indiferencia. Algunos vecinos de la cuadra la conocían y le traían ropa, latas de comida, frazadas, algún colchón. Siempre limpiaba la vereda rítmicamente con esa escoba gastada, intentando quitar hasta el último rastro de polvo.

Después trasladaba todos sus paquetes hasta el lugar que había barrido y comenzaba nuevamente la pantomima en otro sector de la cuadra. La sonrisa estampada en esa boca desdentada era como una máscara que ocultaba su pasado. Pero la vida en la calle no le había ensombrecido el alma y conservaba una ternura casi infantil, especialmente con los animales y los niños. A veces, algún peatón la contemplaba casi con envidia cuando en medio de la plaza ensayaba, girando en círculos, una danza tribal, mientras arrojaba arroz a las palomas.
Sus días transcurrían siempre iguales, circulando en el territorio sombrío dela locura, en el abismo de la precariedad y la desnudez

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EL POETA DEL PONCHO

Libia B Carciofetti – Argentina

Estaba por comenzar la segunda parte del Encuentro de Escritores en Cosquín, y creo que no fue casualidad que yo llegara quince minutos antes. La verdad es que los horarios son un desafío para mí… una tortura china.

De repente lo vi venir hacia mí: barba larga mal cortada, un sombrero muy viejo, el pelo desgarbado —no sucio, pero mal entrado— y un poncho liviano, poncho al fin, en plena tarde de verano, a las cuatro de la tarde.

Apenas me vio entrar, se acercó directamente con varias hojas fotocopiadas en la mano.

—¿Usted es escritora? —Eso dicen los que me leen —le respondí.

Me acercó una de las hojas y me dijo:

—¿No leería uno de mis escritos?

A las apuradas, y para que no se sintiera mal, leo lo que luego transcribo y le digo sinceramente:

—¡Me encanta!

Me sonríe y contesta:

—Hágala quedar entonces…

—Muchas gracias —atiné a decirle, mientras la colocaba dentro de mi carpeta.

Pero él se quedó de pie, como esperando algo. Entonces le dije:

—Yo justo traje dos poemas para leer, es lo único que tengo.

—¿Sabe? —me dijo— yo los versos no los vendo. Es “a voluntad”, y con eso me mantengo. No tengo familia ni casa. En la Muni me dejan dormir en un rincón, y con mi poncho me cubro cuando hace frío. Frente a la plaza hay una fotocopiadora donde me imprimen gratis los versos que escribo debajo de ese árbol —¿lo ve? el más frondoso—. Ya es como mi casa. Ahí dormimos las noches de verano, mi perrito y yo, bajo las estrellas. Me nacen versos, y recuerdo mi niñez tan desgraciada… El poncho también es mi pañuelo.

—¿No va a quedarse a escucharnos? Ya comienza la ronda de lectura…

—Me quedaría… pero mire la hora que es, y yo todavía no comí nada.

El corazón se me hizo agua. Abrí mi cartera y le di unos pesos, no mucho, lo que tenía de cambio.

Me sorprendió: tomó mi mano y me la besó.

—¡Dios la bendiga, poeta!

Se iba retirando mientras yo rogaba que no me llamaran al escenario en ese momento, porque estaba ahogada en llanto.

Antes me había dicho:

—Para el festival del folklore siempre me doy el lujo de sentarme en un restaurante a comer “comida”, con postre y todo.

Él se alejaba, y a mí me quedaba el caudal de sus letras en mi carpeta: toda su riqueza.

Y pienso, como pienso siempre: no conocí ningún poeta que se haya enriquecido escribiendo… ¿por qué será?

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COLORES DEL DÍA QUE PASA

Inés Dagand- Argentina

Hoy intento ordenar mis pensamientos, que son tantos y tan vivos, como colores que buscan su lugar en un lienzo. A veces escribir me cuesta, no porque falten palabras, sino porque todas quieren salir juntas, como si tuvieran prisa por convertirse en belleza.

Me refugio en lo que me sostiene: las plantas que se pintaron de amarillo, de rojo punzón, los árboles que ahora muestran su desnudez como si revelaran su propio esqueleto. Desde mi ventana veo el jacarandá, verde todavía, pero sé que dentro de unos meses nos regalará ese azul que siempre asombra. El Palo Borracho, robusto y firme, ya despejado de hojas, parece un guardián silencioso del barrio.

Así somos, privilegiados por la vida. Y pienso también en esa catástrofe tan grande de Venezuela… los socorristas sacaron un bebé, calculo de dos meses, desnudito, con solo un pañal. Lo tomó en sus brazos como si fuera un tesoro, con tanto amor… y se fue con él. El milagro siempre está acá, aunque a veces cueste verlo.

Mi hijo hoy me hizo la comida. Ayer pinté un cuadro: señal de que me siento bastante bien. El día se iluminó, y cuando la luz cambia, cambia todo. Uno es como espera tantos días: de pronto el sol dice “presente” y nos regala esa vitamina que ustedes tienen allá, tan necesaria para el ánimo y para el cuerpo.

Todavía no me encontré con Viviana; me dijo que en cualquier momento viene a visitarme. La tarde terminó. La gente vuelve a sus casas. Los negocios cierran sus puertas. El día se oscureció sin hacer ruido, como suelen hacerlo los días que ya dieron todo lo que podían dar. Ahora solo queda esperar el nuevo amanecer, ese que siempre llega con una promesa distinta.

Solo pido piedad para los que sufren. Y agradezco, amiga, tus relatos tan sentidos, tan bien transmitidos. Gracias por acompañarme en este tramo del camino, donde la pintura y la palabra todavía tienen mucho que decir.

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CORDÓN DE SUEÑOS  

Enrique Fredy Díaz Castro – México.

Reposando la tarde en la plaza del pueblo, pensé de pronto en lo fugaz que es la vida, pareciera lenta en los primeros años y después en un santiamén se nos escapa.

Mis padres y hermanos ya no están; mi hija en su ausencia sigue siendo un dolor callado y lacerante. Cada uno de ellos es un pedazo de vida que me falta, cada imagen es punto y aparte en mi discurrir por esta edad que me ubicó en el escenario vespertino que suele ser tan melancólico como realista, tan ligero entre los dedos de las manos como el agua rauda del arroyo.

Es la vida ese cordón de sueños que nos atamos a la cintura y al cual nos confiamos cono si fuera eterno sostén de nuestro peso y los recuerdos incontables y nublados.

Suelo ver mientras cierro los ojos, esas fotografías en blanco y negro, esos juegos infantiles y en un tris la adolescencia tan furtiva que parece pedirnos: «no digas lo que hiciste ayer ni cuentes lo que harás mañana».

La juventud va apareciendo como paisaje que a la vuelta de la esquina espera, ofreciendo sorpresas agridulces, agradables o fatales pero ese entramado de experiencias nos apresa, nos hace a su ritmo, a la par que el adulto analítico y certero se disfraza de estaciones del año, resbalando sin sentirlo entre metas perseguidas y logradas.

¡Ya eres adulto mayor! Y ¿Quién le dió permiso al horizonte de envolverme en su sortilegio incierto y crudo?

Pero luego sonríes al voltear la vista al pasado irrepetible y a veces absurdo como letras de un poema juvenil y tambaleante en el tiempo.

Las canas y del rostro las arrugas nos piden seguir sentados en la banca porque una indiscreta lágrima asomó titubeante a ver el grisáceo escenario por culpa del sol que ya se va.

Pronto la noche nos cubrirá el camino y en la espalda el frío de las horas empujará la necesidad de ir a casa al ritmo de paredes, rejas y faros que nos marcan la pauta mientras uno que otro transeúnte nos saluda con un hasta mañana o un qué tal.

De ese modo la vida en su imparable caminar nos marca el compás de las cosas, a la vez que el impredecible destino sigue escribiendo la trama del andar hasta la meta que sólo Dios y su infinita benevolencia saben a dónde ira a parar.

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RANITA OJOS DE SAPO

Santiago García Vega – México

En un húmedo pantano, vivía una ranita. Desde que era pequeña, lo que más quería era conocer a su padre. Cuando era renacuajo se divertía con un centenar de hermanos en un charco que amenazaba con desaparecer al término del verano. Hasta entonces, sus aletas y su cola la impulsaban a nadar, que más que rana parecía campeona de nado sincronizado.

Un día desapareció su cola y sus aletas se convirtieron en pequeñas extremidades. Su instinto la impulsó a saltar por entre musgos y prados verdes. Allá por la ciénega se encontró a su madre, despanzurrada sobre unos troncos, así tirada al sol. Como si se hubieran conocido desde siempre, comenzaron a convivir. Platicaron sobre moscas, mosquitos, gusanos y otros anuros.

Desde que vivía en el pantano platicaba con sus hermanas, ilusionada en que cuando empezara a saltar lo primero que haría sería conocer a su padre. Y así, de repente, le preguntó a su madre:

—¡Mamita querida! ¿Entre todos esos sapos, alguno de ellos es mi padre?

Ella era una rana grande, con ojos muy saltones y vivarachos, una panza que deslumbraba con relucientes colores, su boca tan grande que cuando la abría eructaba raros olores.

—¡Ay, mijita ojitos de sapo! Lo único que sé es que de éstos no es ninguno, ¡eso es seguro! —murmuró señalando a la colonia—. Yo vengo de otra laguna, y una rana como tú lo menos que necesita es saber quién es su padre.

La ranita se decepcionó al verse como todas. Con cada mentira, con cada respuesta, se sentía más triste aún; igual les pasaba a otras, pero ellas no tenían las mismas interrogantes.

Cuando pasaron los fríos llegaron los calores. La verde ranita ya escuchaba el croar de muchos sapos. Era el tiempo en que los mayores preparaban tan extraordinaria fiesta.

La tía rana invitó a ranas y ranos, sapos y sapas y algunas otras lenguas largas. En camino rumbo al estuario la subieron en una gran hoja de alocasia. Con tanto ruido y jolgorio, nutrias y cocodrilos se asomaron al desfile.

De pronto se resbala la ranita. El lodo cumplió lo suyo en el precioso vestido verde que vestía la rana, mismo que se enjuagaba con tamaños lagrimones brillantes con los últimos destellos de la tarde. Algunos agregaron a la de por sí tragedia diciendo: “Aunque la rana se vista de verde, rana se queda”.

Era tanto su pesar que en aquellas lágrimas cupo todita la tarde, paisaje, acompañantes y uno que otro cocodrilo.

Pasado el susto, con caída y todo, bailaron y retozaron. Promesas, regalos, abrazos y uno que otro golletero que le recordaba a la pobre ranita todos sus pensamientos. Uno de ellos la intrigaba:

¿Y si lo invitarían?
¿Y si viene?
Ella se consolaba. Más de una debió llegarle.

—Mamá, ¿por qué no vino mi padre?

Y como es costumbre, de su boca siempre salían espumosas mentiras, excusas y de repentes.

—¡Ay, mijita ojos de sapo! Mientras haya moscas y mosquitos tú no te preocupes por nada. Hazte a la idea de que los pesos y los tostones que ocupamos caen del cielo. Mírame a mí: no me preocupa el huracán, menos una llovizna.

Triste y decepcionada por la respuesta, un día le dijo a su madre:

—Me voy por el cauce río abajo. Allá segura estoy de encontrar respuestas.

Transcurrieron algunas temporadas. Se fueron las tempestades y un maravilloso día, uno de esos días que no se olvidan, encontró en la oquedad de un árbol al más sabio de los viejos sapos.

Con temor pero con respeto se dirige a él y pregunta:

—Tú que sabes todo sobre el pantano, ¿podrías decirme quién es mi padre?

Con voz cansada y serena contesta:

—Tu padre puede ser cualquiera, pues tu madre vivía en el charco de los placeres, muy ligera en sus saltos por cierto. Si ella no recuerda quién es, es por no condenar tu presente. Las ranas y sapos de este pantano son felices así, sin ver más allá de la humedad. Ve y vive feliz. Una cosa más —advirtió el anciano—: no escuches más mentiras, busca tu propia verdad. No escuches más palabras con veneno. Recuerda que los hechos hablan. Solo, mi querida ranita verde, abre tus orejitas y no cierres los ojos. ¡Tu corazón te dirá qué hacer!

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UNA PROMESA QUE MME SALVÓ LA VIDA

Carlos González Saavedra -Argentina

Eran las once de la mañana de un abril otoñal. El sol espléndido iluminaba generosamente la casa. Vivíamos en una casita de madera, hasta que llegara el préstamo que mis padres habían gestionado en el banco. El terreno tendría unos sesenta metros de fondo y la casa prefabricada estaba al final.

Mi hermana dormía en su cuna, junto a la ventana. Yo, sentada en el suelo, hacía un pequeño hoyito en la tierra para jugar a las bolitas.

De pronto, mamá salió apurada de la cocina y me dijo: —Voy a hablar con tu papá por teléfono. Cuida a tu hermana.

Siguiendo sus indicaciones, miré a mi hermanita: seguía durmiendo. Entré a la cocina y vi el calentador Bram Metal, de esos viejos que funcionaban con querosén y a los que había que darles bomba. En la hornalla, la llama era amarilla. Siempre le avisaba a mamá si el mechero estaba azul o naranja; ella lo destapaba con una agujita y volvía el color azul.

En ese calentador estaba preparando una sopa, en una olla grande.

Vi la llama amarilla y, con mis cuatro años y medio, tomé la agujita para destapar el mechero. Mi cabeza no alcanzaba la altura de la mesada donde estaba apoyado el calentador. Al intentar destaparlo, me quemé el dedo y, con un movimiento involuntario, tiré la olla entera sobre mí.

Sentí un calor enorme. Corrí a la habitación para ver a mi hermana; al verla bien, salí a pedir ayuda. De mi ropa salía humo. Estaba apurado, asustado, sin dolor, pero con un calor insoportable.

Corrí y corrí… Al llegar a la vereda y abrir el portón, me encontré con Derly, un vecinito, que me preguntó si me había caído en alguna zanja. No le contesté. Seguí corriendo unos setenta metros hasta la casa de Doña Chefa.

Al verme desesperado, me sacó toda la ropa, junto con la piel. Recuerdo que decía: “Lo que yo vi, ni tu mamá lo pudo ver. Estabas en carne viva.”

Envuelto en una sábana y una manta marrón y blanca, me llevaron a tomar el tren, que llegó rápido hasta Lomas de Zamora. Lo único que veía era el rayo del sol mientras iba en brazos de mamá.

En el Hospital Vecinal Gandulfo no tenían los medios necesarios, así que decidieron trasladarme en ambulancia a un hospital especializado.

Acostado en la camilla, rodeado de médicos, veía a mamá llorar. Papá, que había llegado rápido, estaba muy serio. Sentí alivio al verlo detrás de mí.

Llegamos al Instituto del Quemado. Estado gravísimo: quemaduras de segundo y tercer grado en el setenta por ciento del cuerpo.

No recuerdo más. Estaba inconsciente.

Las primeras cuarenta y ocho o setenta y dos horas son cruciales: el organismo debe empezar a expulsar todo lo que tiene “cocinado” dentro. Si no reacciona, se produce una infección generalizada que puede terminar con la vida del paciente.

Había que esperar.

El doctor Benaim les dijo a mis padres: “Haremos todo lo posible para salvarlo.”

Una enfermera comentó: “Tengan fe, lo sacaremos adelante.”

Esa noche, el cura estaba avisado para darme la extremaunción.

Finalmente, mi organismo comenzó a expulsar una espuma verde, marrón y amarilla. Eso me contaron. Creo que me entubaron, no lo sé. Los médicos estuvieron siempre a mi lado.

Un mes de internación. Mis días y mis noches prácticamente no los recuerdo. Sí recuerdo estar todo vendado, sin poder moverme.

Mis tíos Pampita y Rodolfo se habían hecho cargo de mi hermana. Vinieron a visitarme y me la mostraron. Yo no podía verla. No podía articular palabra por la angustia o la emoción. Con un gesto de la mano derecha pedía que se la llevaran, y quedaba llorando. El accidentado había sido yo. Intentaron dos veces más, pero tampoco lo permití.

Aún hoy me da tristeza esa imagen. Me costó muchos años hablar de esto, y ahora parece mentira poder escribirlo después de 63 años.

La sala era amplia. No sé si estaba solo o acompañado. Solo recuerdo la claridad de la mañana a través del vidrio y la compañía de mamá o papá.

Recuerdo vagamente el paso del tiempo y la llegada de otros médicos que venían a verme. Uno de ellos me dijo: “El lunes te vas a tu casa.” Miré por el ventanal: estaba oscuro; ese miércoles estaba nublado.

“Tenés que caminar, pero tenés que volver a aprender. Sentate en el borde de la cama y mové las piernas, una por vez, hacia adelante y hacia atrás. Cuando se sienta seguro, lo bajan”, le indicó a mis padres.

Así fue. Recuerdo que no podía creer lo que estaba haciendo. Era como una preparación para una nueva vida que comenzaba.

El lunes por la mañana me dieron el alta. De la mano de papá empecé a caminar por un pasillo largo, tocando con mi mano derecha los azulejos blancos de la pared.

Entre la gente que entraba y salía, lo único que distinguía era el sol del mediodía. Esa luz me empujaba a caminar un poco más rápido. Papá me alentaba.

Salí, y un sol generoso iluminaba la calle. Mis ojos buscaban la luz entre los árboles añosos, y un aire fresco me acariciaba. Respiraba salud.

Habían pasado treinta días. Ahora vendría la recuperación.

Llegamos a la casa de mi abuela, donde me esperaban todos mis tíos y primos. Recuerdo que todos querían atenderme. Me sentí muy querido. Mamá corría a exprimir jugo de churrasco para que lo tomara antes del almuerzo; en esos años se decía que era muy bueno por las vitaminas.

La fortaleza física, la alimentación, el amor y la fe fueron los que me ayudaron a sobrevivir este accidente.

Recuerdo a papá sentado en el borde de una paredecita en casa, descansando. Volvía de cumplir su promesa a la Virgen de Lourdes: “Si mi hijo se salva, iré caminando a la iglesia y entraré de rodillas.”

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EL MAR, CONFIDENTE DE SUEÑOS

Elspeth Gormley – España

El mar no es solo agua en movimiento. Es un alma líquida que respira con el ritmo de las mareas, un confidente silencioso de pensamientos que nunca se pronuncian en voz alta. Es el eco de nuestras emociones, la extensión infinita de lo desconocido, el guardián de historias que solo quienes saben escuchar logran descifrar.

Hay días en que su furia estalla. Las olas se alzan como titanes indomables, rompiendo contra la costa con el ímpetu de un corazón desbordado. La espuma devora la orilla, el viento se une a su danza salvaje, y el horizonte tiembla ante la batalla de agua y aire. Es el mar reclamando su poder, recordándonos que nunca podrá ser domado.

Pero también sabe ser calma. En esos momentos, su piel de cristal refleja el cielo como si quisiera fundirse con él, como si en su inmensidad guardara la respuesta a todos los silencios. Susurros de agua rozan la arena con la ternura de un beso, y su abrazo envuelve los cuerpos que se rinden ante su inmensidad.

Cuando la luna llena se posa sobre sus aguas, el mar cambia de rostro. Se vuelve un espejo de plata, un camino hacia lo infinito, un sendero celestial por el que solo los soñadores se atreven a caminar. Y en ese instante, cuando todo calla salvo el murmullo de las olas, susurra sus secretos más antiguos: navegantes perdidos, amores prometidos, deseos que nadie se atreve a pronunciar.

Lo amo porque me escucha, porque entiende el lenguaje de las emociones sin necesidad de palabras. Porque responde en el idioma de las mareas, en el vaivén de su oleaje, en el ritmo imparable de su existencia. Lo amo porque, aunque el mundo cambie, él siempre sigue ahí.

Pero el mar no es solo mío. Es tuyo, es nuestro. Es el pulso de la Tierra, el testigo silencioso de vidas que vienen y van, el latido que nunca debe cesar.

Y cuando lo contemplo, cuando su brisa golpea mi rostro y su rugido llena mis oídos, sé que no hay límites, que no hay final, que la eternidad es real.

Porque el mar no se explica. Se siente. Y es la única verdad que nunca se rompe

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ZEUS Y LOS SUPLICIOS

Jaime Hoyos Forero – Colombia

Zeus, el gran dios de la mitología griega, inventó dos torturas que me propongo emplear contra algunos de ustedes, amigos míos, si se portan mal. Helas aquí:

EL SUPLICIO DE TÁNTALO

Es el castigo perfecto para castigar la vanidad.

Era Tántalo, un hombre consentido por los dioses del Olimpo. Siendo mortal, lo sentaban a su mesa y lo habían colmado de riquezas. Pero Tántalo, vanidoso, dándoselas de superhombre, revelaba a los humanos las conversaciones confidenciales que escuchaba sentado a la mesa de los dioses. Y además, robaba el néctar y la ambrosía, exclusivas bebidas de los dioses, para dárselas a los hombres.

Su vanidad llegó al extremo de aderezar a su propio hijo en un banquete al que invitó a los dioses. Cocinar a su hijo, como si fuera un postre.

Los dioses se dieron cuenta de la maldad de Tántalo, así que lo mandaron de cabeza al Hades, esto es, al infierno, y crearon para él este castigo: Lo sumergieron  hasta el cuello en un estanque lleno de agua. Cuando con inmensa sed se agachaba a beberla, el agua del estanque se secaba. Arriba de él, había árboles con apetitosas frutas maduras, que al querer alcanzarlas, se elevaban. Y pendía a milímetros de su cabeza una enorme roca que ya iba a caerle encima.

A este triple suplicio fue Tántalo condenado eternamente.

Amigos: cuando vayáis al infierno, no le llevéis a Tántalo  “Coca-cola”. Se derramará antes de que Tántalo pueda tomarla.

LA OTRA TORTURA DE LOS DIOSES

Todos la conocéis. Recordémosla. También se castiga aquí la vanidad.

Prometeo. Más amigo de los hombres que de los dioses. Estos, los dioses, estaban demorando mucho su promesa de traerles el fuego a los humanos.

Y una tarde, Prometeo, que además de vanidoso era bromista, invitó al gran dios Zeus a un banquete. Aderezó ricamente un buey y puso en la mesa, a un lado, la deliciosa carne y al otro, los huesos recubiertos de aparente delicia. “Tomad  -dijo al dios-  lo que más gustéis”; y Zeus, engañado a pesar de ser dios, cogió los huesos mientras Prometeo soltó la carcajada. Y como si fuera poco, Prometeo robó al cielo la semilla del fuego y la trajo a los hombres. Pero a Zeus no le agradó ni la broma ni el robo.  Furioso, encadenó a Prometeo amarrándolo primero a una columna y luego al monte Cáucaso, a donde todos los días llegaba un águila y se comía el hígado que todas las noches volvía a renacerle a Prometeo.

Más tarde, Hércules, el hijo preferido de Zeus, cazó con una de sus flechas, el águila que atormentaba a Prometeo.

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AMANECER HERMOSO Y CRUEL

Andrea Morini – Argentina

A veces parezco flotar por las calles de Mar del Plata; o al menos, es la única forma que encuentro de existir. Soy una sombra arrastrada por el viento gélido del océano que se burla de mi existencia. No soy tanto una persona, sino más bien una ausencia: una forma que el mundo se niega a llenar.

Mis días son una niebla de indiferencia. Un lienzo en blanco donde la vida no deja huella. Los rostros de mis padres, vacuos. Los de mis compañeros, un reflejo distante. Todo es una pesada apatía que me carcome.

Camino por la rambla. Busco una tregua del vendaval que azota la costa. Me desvío e intento adentrarme en el corazón de la ciudad. Al cruzar, encuentro un terreno baldío. Una herida de barro y escombros frente al mar. No es un camino; es el sendero ignoto que el destino me ha preparado.

El fango me recibe con un chasquido húmedo y obsceno. Tropiezo. Mi pie se hunde y el frío me muerde: un dolor extrañamente familiar. Intento liberarme, pero el sitio, vivo y hambriento, me arrastra más profundo.

Un segundo paso en falso. Mi otra pierna se sume en la oscuridad. El lodo no me soltará, lo presiento. Me agarro a un poste. Mis uñas arañan la madera en un intento fútil. El cieno me atrae con una fuerza sobrenatural.

El silencio del lugar es un grito mudo. Estoy sola. El celular, muerto. Inútil en el bolsillo. Siempre me prometo cargarlo, nunca lo hago. Ironía cruel: la batería se acaba cuando más la necesito.

A unos metros, la vida sigue su curso en la avenida. Para mí, el mundo se ha reducido a este pozo de barro.

El terror se hace físico. El lodo sube como un depredador sin piedad. No es una caída, sino una absorción lenta y angustiosa. La tierra me devora. Cada centímetro que me hundo es una promesa de olvido.

El frío sube por mis piernas hasta mis caderas. El miedo se hace tangible. La presión en el pecho me corta la respiración. Miro alrededor esperando una señal, un milagro. Solo veo las paredes de ladrillo de edificios viejos. La ciudad, que me ha desconocido, ahora me contempla con indiferencia.

La noche se cierne; su manto oscuro cubre el sol moribundo.

Cuando el lodo alcanza mis hombros, una armonía extraña me invade. Ya no hay esperanza. No hay lucha. Solo aceptación.

Lo espeso y pegajoso sube. Supera la línea de la mandíbula y se instala en mis labios; tiene un gusto a salitre, a tierra vieja y mineral. Ya no puedo gritar, y ese silencio forzado me obliga a escuchar el latido de mi propio corazón, retumbando como un tambor bajo el barro.

Se acerca, perturbador, a los ojos. Los mantengo abiertos un segundo más, desafiando la oscuridad que trepa. Veo las luces de la calle parpadear a lo lejos, indiferentes, como estrellas que no saben que una de sus sombras se está extinguiendo.

¿Cuánta gente habrá muerto así en este suelo de postal? ¿Cuántos naufragios habrán ocurrido tierra adentro?

Cierro los ojos. Siento el abrazo helado que me engulle. El peso del mundo sobre mis párpados es absoluto. Alcanzo a preguntarme si así se sentirá la muerte: solo olvido. Una desconexión lenta de los sentidos donde el «yo» se desdibuja hasta ser nada.

Nadie sabrá mi destino, ni mi nombre, ni la grisura de mis días. Seré una veta más en el estrato de este baldío, un secreto inorgánico que se guardará bajo su manto.

Cuando vuelvo a mirar, la noche se ha ido. El sol se alza. Tiñe el cielo de tonos anaranjados. Una belleza brutal. Un amanecer hermoso y cruel.

Veo una pequeña embarcación a lo lejos. Un diminuto velero blanco. Por un instante, siento una paz inmensa. Una ironía perversa. Por primera vez, me percibo acompañada, aunque nadie sepa de mí.

Cuando la embarcación desaparece, disuelta en la bruma, siento envidia. Ella se mueve libre. Yo permanezco atrapada.

No lucho más. Me disuelvo en el suelo. Solo un mechón de pelo oscuro queda flotando sobre el limo. Testigo silente del final.

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REGLA DE MULTIPLICAR

Gustavo Páez Escobar – Colombia

I

Gertrudis, que de soltera fue muy apetecida y que por poco da su brazo a torcer con el gringo del departamento donde trabajaba, personaje grandote, rubio y de ojos azules, terminó casándose con Ismael. A ella le encantaban los cocteles que ofrecían en la compañía, y los automóviles último modelo como los del míster, y las comidas en el Gran Vatel, con champaña y whisky. A Ismaelito, en cambio, la vida le quedaba apretada, entre otras cosas porque solo ganaba $ 320.000 al mes como administrador de un almacén de sanitarios. Por eso no tenía automóvil último modelo, pero ni siquiera cualquier trasto rodante.
Tampoco sabía de champaña ni de whiskys ni de pequeños ni grandes Vateles.

Con todo, Gertrudis prefirió a Ismael. La decisión, algo difícil, se resolvió por un pequeñísimo detalle, el que puede captarse en la conversación sostenida con el míster a las tres de la madrugada en la discoteca, según ella, y en el nigth club, según él, donde se refugiaban todos los sábados:

—¿A dónde, querer, negrita, que pasemos nuestra luna de miel? Gertrudis sintió un desvanecimiento pero se mantuvo bien agarrada entre las manotas del míster y ni siquiera se puso colorada, pues la media luz del establecimiento opacaba cualquier rubor.

—Yo decirte, negrita, y tú contestarme, si querer pasar conmigo una sabrosísima, ¡cómo llamarse!, luna de miel…
—¡Ay, William!.. . ¡Ay, William!… —repetía Gertrudis tartamudeando.
—¿Querer o no querer? —la concretó el gringo. —¡William, por favor! ¡Por favor, William! ¡Me emocionas mucho,
muchísimo!

Y se agazapó gimoteando entre la musculatura del míster, quien aprovechó la ocasión para acomodarle uno de esos besos gelatinosos que saben mejor a las tres de la mañana, sobre todo si en el aire ha quedado flotando una propuesta de matrimonio. A Gertrudis no le costó trabajo seguir pegada a los labios del míster, pero al advertir que este mordisqueaba y mordisqueaba, la ofrenda perdió encanto, y recapacitando que aún no había pronunciado las palabras rituales, se
deslizó inteligentemente y, tomando aliento, exclamó: —¡Contigo hasta la muerte!
—¡Chévere, cheverísimo! —susurró el gringo, se frotó las manos como si fuera a sacarles candela y, sin importarle que aún no estaban en la cámara conyugal, levantó a Gertrudis y la hizo girar tres veces en el aire hasta que ella tuvo que suplicarle que le permitiera aterrizar, pues la efervescencia etílica estaba a punto de volverse peligrosa.
—Yo entender, morenita, que podemos hacernos libremente el amor.
—No tan libremente, William. —Explicarme: nos casamos y vamos a Cartagena a hacernos el amor.—A la luna de miel —corrigió ella, recatada. —Ser lo mismo. —Pero prefiero a Estados Unidos. —Como tú dispongas, Gertruditas de mi alma.
—Y encargaremos muchos bebés a la cigüeña —se entusiasmó Gertrudis.

—No, morenita. No ser conveniente tener criaturos. Eso llamarse explosión demográfica y representar un peligro para el mundo. ¡Teguible cosa!

—¡Oh, no! —se afanaba Gertrudis. —¡Oh, yes! —se empeñaba él.

Y en medio de la euforia terminó confesándole que por esas cosas raras de la vida había perdido un testículo al disparársele la escopeta en una cacería, y había quedado con la cuerda reventada.

—¡Pésima puntería! —fue el lacónico comentario de Gertrudis, quien se levantó exaltada y, terciándose la cartera, se esfumó como alma que lleva el diablo, mientras el míster no alcanzaba a distinguir qué tenía que ver la puntería con su plan anti demográfico.

II

Ismaelito poseía, entre muchas cualidades, la perseverancia del santo Job y no le importaba resistir inclemencias rondando la manzana donde se solazaba la pareja, si presentía que tarde o temprano habría de llegarle la oportunidad de vengarse de la gringada. Cuando la puerta se abrió, Ismael se escondió como tantas otras veces detrás del poste de la esquina, pero luego estuvo en dos brincos al lado de su amada cuando comprobó que definitivamente el míster acababa de ser destronado.

Romper un compromiso para asegurar, acto seguido, otro compromiso, es saber vivir. Gertrudis era afortunada, no cabe duda. La ocasión no se festejó con champaña ni con whisky, sino con aguardiente limpio de ese que quema el estómago y entona rápido el espíritu, y no tuvo como escenario el nigth club sino el bogotanísimo rincón de los serenateros baratos que a las tres de la mañana no tienen otro oficio que bostezar y entretener borrachos. La boda se armó con pasmosa facilidad, pero antes lo sometió ella a un test muy discreto:

—Toda la vida te he esperado… William era solo una distracción…

Cuando me propuso matrimonio me convencí de que no podía vivir sino contigo… —¡Me abrumas, Gertrudis! —interrumpió Ismael empacándose el quinto aguardiente doble. —La emoción es mía…—Nos casaremos pronto —selló él los puntos suspensivos, a tiempo que lograba al fin colocarle el primer beso de su vida, que para ella era elnúmero 15 de la noche y que le pareció más juguetón que los del míster.
—¿Cuándo es pronto, amorcito?
—Déjame hacer planes. En seis meses… ¡No! Mejor en un año…
—No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy —sentenció Gertrudis.

III

Se casaron ese mismo día, por la tarde, a manera de desenguayabe; o como premio de consolación, según pensaba ella en sus intimidades.

—¿Has estado alguna vez en cacería? —le preguntó Gertrudis.
—Nunca, pero si lo deseas me volveré tu más seguro cazador.
—¡No! —se impacientó Gertrudis—. Consérvate íntegro y no como ese zoquete del William que en lugar de hacer blanco a distancia terminó disparándose el tiro para adentro.

Ismael, sin entender nada, supuso que se trataba de un rodeo par rumiar ella su ira contra el gringo.

—¿Te gustan los niños? —también le había preguntado Gertrudis. Hubo un minuto de silencio. Un largo minuto de meditación. Ismael la miró y la remiró con ojos traviesos. Pero pronto pasó para ella el susto al confesarle que los niños eran su debilidad. Y como se explayaba en explicaciones que no venían al caso sobre sus instintos paternales, lo interrumpió para que definieran de una vez el nombre del primer hijo.

Tres horas después, resolvieron llamarlo Mauricio.

IV

Y nueve meses más tarde la cigüeña daba el primer aletazo al iniciar el descenso. La llegada de Mauricio fue todo un acontecimiento. A media noche Gertrudis sintió el primer anuncio y con un codazo puso eléctrico al marido, quien saltó como una liebre sobre el folleto que mantenía listo para asesorarse sobre los pasos de la maternidad. Repitió el espasmo. Las contracciones siguieron más frecuentes. Ambos sudaban a mares. Ismaelito, presa de la confusión, había telefoneado a los
padrinos a ofrecerles el niño, cuando la llamada ha debido ser para el médico anunciándole la salida para la clínica.

Y por poco se lanza a la calle en físicos calzoncillos, maleta en mano, olvidándose de que en apuros como este se necesita, ante todo, tener muy bien puestos los pantalones.

Camino de la clínica se aceleraron las contracciones. El alumbramiento estaba pronto a ocurrir, pues el libro no podía fallar. Puso la mano sobre el vientre de la madre y recibió un puntapié muy bien definido, y ya no dudó un minuto más sobre el sexo de la criatura.

Media ciudad recorrida bajo estos afanes, con paradas aquí y allá, siempre que a un semáforo se le ocurre ponerse rojo, y con tan pocas habilidades para desempeñar el oficio de partero, significa un viaje infernal. Ismael, medio asfixiado, respiró al fin cuando tres enfermeras se lanzaron sobre la candidata a madre y la pusieron horizontal en la camilla preparada para la emergencia.

Gertrudis, al desaparecer tras la sala de maternidad, lanzó una jubilosa sonrisa, como prometiendo que en poco tiempo llegaría con Mauricio entre los brazos. Regresó media hora más tarde, pero sin el tal Mauricio y más fresca que la diáfana mañana que se venía encima.

Los cálculos habían fallado. Mauricio, mientras tanto, continuaba jugando fútbol y ofrecía pocos deseos de querer salir a respirar aire contaminado. Ismael se deslizó por el corredor y a la salida despedazó el manual que de nada le había servido, mientras su esposa prometía volver a los tres días.

V

Y cumplió la palabra. En el momento indicado Ismael se metió entre los pantalones, sin los apremios de la otra noche, y no confundió la llamada al médico ni despertó a medio vecindario como lo había hecho aquella vez. Llegó tranquilo a la clínica, extrajo un cigarrillo y se hundió en la lectura del libro de Agatha Christie que portaba para no quedarse solo.
Bien acompañado estuvo con el detective del distrito y el médico rural que ya se vislumbraba como el asesino, hasta que un murmullo que creyó salido de la novela le puso los pelos de punta.

Gertrudis, valiente y sudorosa, se expresaba así en los últimos pujos:—¡Salga pronto, Mauricio!

Al tercer llamado salió por completo. La enfermera lo levantó de los pies y le dio la bienvenida con el tradicional golpe en las nalgas. El llanto guardado de la criatura, que ya no tenía ninguna similitud con el desarrollo policíaco, puso en la realidad al p adre. Este por poco se desvanece. Se encontró con una figura arrugada y vellosa y, para colmo del desconcierto, no halló el sexo por ninguna parte. Mal podía hallarlo en medio de su descontrol, si Adelaida iba a llamarse la nueva ciudadana.

—¿Verdad que es preciosa? —preguntó enternecida la madre. —No había visto algo tan horroroso —fue todo el comentario del padre.

Pero Adelaida, a los pocos meses, ya no era tan fea. La nariz se le fue arreglando, le brotaron los pómulos, y la frente, que al nacer parecía un acordeón, se volvió lisa. La capa de vello que tanto había impresionado a Ismael se desvaneció para dar paso a una piel delicada. Todo fue cambiando —menos el sexo, que era ya irrevocable— a los ojos del inexperto progenitor. No podía tratarse sino de una novatada, pues bien se veía que el pobre no había tenido oportunidad de comprobar que los
recién nacidos en nada se parecen a los angelitos creados por la fantasía. Las lenguas de vecinos y parientes, que suelen ser tan mentirosas, se deshacían en elogios para la niña, «todo un primor», como decían apropiadamente las señoras. El padre se inflaba entonces de orgullo, y sin darse cuenta, se le fue borrando el sentimiento que había experimentado al frustrarse el deseo de prolongar en un varón la multiplicación de su apellido.

Adán violó las fronteras prohibidas, el hombre es el animal más glotón de la naturaleza. Como Ismael no era ninguna excepción y su Eva era tan apetitosa y estaba tan resuelta como la del paraíso, la fruta por segunda vez. En lo material había visto crecer el presupuesto con un subsidio inventado por el gobierno por cada hijo que poblara la patria. En lo sentimental sus afectos eran claros. Entre mimo y mimo el matrimonio seguía progresando, y como el amor deja huellas,
pronto la esposa se sintió fértil.

¡Qué alegrías, qué fiestas, qué planes! Esta vez no fallarían. Sería un Mauricio fornido. Se hicieron de nuevo los preparativos, y de nuevo se echó el ojo a los padrinos, y de nuevo se armaron idénticas ilusiones y expectativas. Gertrudis, mujer sensata, se había concentrado en la idea del varón para contribuir así a la maternidad masculina, según le aconsejaban las matronas. Y hasta había seguido procedimientos que se decían científicos, y había visitado adivinadores y charlatanes.

—¡Salga pronto, Mauricio! —volvió a gritar.

Lo hizo con toda energía, a pulmón pleno y con fe ciega. Fue emergiendo una cabezota con una aureola tan bien dibujada, que no dudó Ismael en la aparición da una figura episcopal. Los brazos se alargaron como caucheras y dejaron ver dos muñecas macizas. Los muslos eran trozos exuberantes de tocino; y las piernas, briosas como
corceles, no podían pertenecer sino a un atleta.

¡Y qué pulmones, qué berridos! Ismael lo cogió ávidamente, lo arrulló con emoción y vio en aquel vástago la respuesta a sus exigencias. Alzó los ojos al cielo y algo dijo entre muelas, para que solo Dios lo entendiera. Pero por poco deja caer el bulto al oír que las enfermeras ponderaban «la niña tan bien formada.» Tarde se le ocurrió verificarlo, y al darse cuenta, porque hay cosas que son evidentes, rabió por la equivocación y se retiró a toda prisa como si hubiera perdido una batalla.

VI

—Mauricio se nos esfumó —comentaba años más tarde, cariacontecido, cuando llegó Rubiela, el quinto esfuerzo hecho mujer. —No te desanimes, no te desanimes —lo consolaba Gertrudis.

No era que Ismael se desanimara. En absoluto. Llegó a considerarse como un rey en medio de tantas princesas. Alguna vez, malhumorado cuando le devolvieron a todas las niñas por las cuatro mensualidades que debía en el colegio, y cuando también le habían embargado el sueldo por no cancelar la última cuenta de la clínica, y además se habían llevado el televisor por no haber vuelto a amortizar las cuotas
desde dos años atrás, protestó por tanto exceso. Pero pronto se calmó. Y sonrió sin mucha dificultad, pues por fortuna no había perdido el sentido del humor.

En estos y otros aprietos solía Gertrudis acordarse de la «teguible cosa» del gringo. Pero se burlaba de él al pensar que el muy tonto había querido pontificar sobre asuntos para él imposibles.

Ismael, filósofo de lo cotidiano, desistió al fin del varón. Y al correr del tiempo se hizo retratar, en sus bodas de oro —que de oro no tenían nada— con sus ocho hijas, sus seis nietas y sus dos bisnietas. Con su barba blanca y poblada parecía todo un patriarca. Lo era, sin duda. Rodeado de juventud y lozanía, se sintió rejuvenecido.

VII

La cigüeña es un animal travieso y suele equivocarse de puerta. Gertrudis, de pronto y a estas alturas de la vida, se vio embarazada de nuevo, y se asustó. Más bien se apenó. No estaba bien que continuara siendo una máquina reproductora, cuando ya había considerado selladas las posibilidades —que ánimos tampoco le habían faltado—. El marido,no cambio, se hinchó de vanidad. El viejo estaba remozado y su espíritu no había nunca dejado de ser juvenil. Sus ojillos picarones se rebulleron de contento como ocultando una fruición que no podía contener. Si Chaplin había demostrado virilidad a los ochenta años, él, que frisaba la misma edad, no podía quedarse atrás.

Los célebres progenitores terminaron riéndose de esta jugada del destino. Un hijo, al final de la jornada, es ciertamente para
desternillarse de risa.

Llegada la hora, se acordó la madre-abuela-bisabuela del «ábrete, sésamo» y respiró hondo, pausado, como antaño. Y como en sus buenos tiempos, sentía gozosa cómo se iba expulsando la criatura rítmicamente.
El proceso seguía teniendo mucho de armonioso, de espontáneo y de gustador. Campanillas musicales acompañaban la hora del dolor.

VIII
Y exclamó como en sus viejas épocas: —¡Salga pronto, Mauricio!

Apareció una forma rolliza, con aureola de obispo. Ismael contemplaba el hombrazo que había llegado al planeta. Dos pepas ojizarcas se abrieron como imanes. Rubio y vigoroso, era todo un exponente humano, la mejor reserva de sus energías, un digno sucesor de su raza, que multiplicaría su apellido como en la cena de los panes.

—¡Mauricio, Mauricio! —repetía sin cesar, corriendo de salón en salón, de piso en piso, hasta que los habitantes todos de la clínica quedaron enterados de la potencia, del alborozo del anciano.

Era como un trofeo que podía mostrar al mundo para que todos supieran de su vigor, de su constancia, de su machismo. Pero lo llamaron Arcadio por considerar que el nombre de Mauricio se había desgastado.

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TOC: Orden 

Carlos Pérez de Villarreal – Argentina 

Carlos era en extremo metódico. Tan extremadamente ordenado que prácticamente vivía enajenado con el control del orden en todo sentido: horarios, comidas, visitas, ropa, utensilios… 

Ya había tenido problemas en su trabajo, e incluso familiares; pero era más fuerte que él: debía organizar. Vivía acomodando y acomodando lo acomodado. Era un «ordenador», las cosas que lo rodeaban tenían que estar dispuestas como él las ubicaba. Por supuesto, esto incluía distribuciones en perfectas simetrías y horarios que se debían cumplir sin excepción.  

Al principio, pensó que era solo una manía o un ritual, como muchos que podemos tener los seres humanos. Pero poco a poco se fue convenciendo de que era algo más. Entonces comenzó a tratarse con un psiquiatra, quien lo llevó a una terapia conductista que finalmente derivó en fármacos. Ninguna de las dos posibilidades dio resultado (vaya uno a saber por qué).  

La cuestión es que Carlos dejó de trabajar, casi de salir y comenzó a vivir prácticamente, encerrado en su casa. 

Su mujer (un poco alterada ya) con la excusa de que su mamá no estaba bien de salud, partió a verla un domingo por la mañana y no volvió más. Su hija, un sábado por la tarde, salió con su novio, dijo: «hasta luego» y “desaparecieron en acción” los dos. Nunca más se los volvió a ver. Su hijo mayor -era el único que lo acompañaba-, encontró trabajo muy rápidamente (algo que siempre le costó hallar). Logrado ese objetivo, un lunes por la tarde, se olvidó de regresar. 

Así Carlos, un día, quedó solo…  

Eso sí, preparaba su desayuno exactamente a las 8 de la mañana, almorzaba justo a las 12, tomaba mate (como el five o’clock) a las 5 de la tarde, cenaba a las 8 de la noche y dejaba todo dispuesto. Cada cosa en su lugar. Ordenar sobre lo ordenado. 

Su vida seguía siendo casi normal, pero algunas fallas lo hicieron darse cuenta de que el accionar del común de los mortales no coincidía con el suyo, en nada. En esos momentos se desmoronaba. 

Su pasatiempo favorito eran las series televisivas que pasaban con exactitud a las horas indicadas. Una tarde (vaya a saber uno por qué), una de las películas se atrasó 5 minutos. Fueron fatales, casi rompe el televisor y aunque no lo hizo (porque pensó que después tendría que limpiar todo y ordenar), se desestabilizó.  

Su angustia era tremenda y su desasosiego, feroz. Tomó una determinación. 

El tema, importante por sí mismo por las implicancias que generaron a futuro, es que, pasado un tiempo, su mujer en contacto con sus hijos, decidieron visitarlo para ver con que se encontraban. 

Sorpresa mayúscula: todo ordenado, en perfecta disposición, sin una mácula de polvo ni ningún objeto fuera de su lugar correspondiente… pero Carlos no estaba. Revisaron la casa, las habitaciones, el living, el baño, la cocina, el patio, el jardín y nada. Carlos no aparecía. Todo estaba a la perfección, pero al parecer el marido-padre-suegro se había esfumado. Dieron aviso a la policía, se lo buscó en los hospitales, las clínicas, las iglesias, incluso en la morgue… y nada. 

La familia volvió a su normalidad -ocupó de nuevo la vivienda-, hasta que algo la interrumpió, cuando comenzaron a embalar las pertenencias del dueño de casa, presuntamente desaparecido. 

En un rincón del placard, bien escondido, arriba de varias remeras muy ordenadas, limpio, almidonado, planchado y doblado en perfecto estado se encontraba guardado… Carlos. 

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EL DÍA DEL RAYO QUE LASTIMA

Graciela Reveco – Argentina

Tuvo miedo, porque mojó su ropa interior, después alguien me dijo que siempre ocurre a la hora de morir. Estábamos él y yo, solos en esa habitación donde nací y él fue tan feliz con mi llegada. No sé cuánto tiempo transcurrió, el suficiente para acariciar su cabeza y correr, correr… Me refugié en el baño, me miré largamente en el espejo. Tenía 20 años y hacía cinco que me preguntaba cuándo iba a llegar ese momento. Allí estaba. Salí de la casa por la lavandería, el patio y finalmente por el portón.

Tenía el Fiat en el puente de la casa, esperándome. Me subí como en cámara lenta, no recuerdo el trayecto que hice, pero sí recuerdo que fui a la casa de mi hermano mayor y me encerré en el baño. Quería regresar cuando todo hubiera pasado, pero sabía que eso no era justo.

Tampoco recuerdo el trayecto de regreso, había mucha gente en la casa y mis hermanos corrían de un lado para el otro. Mi mamá dormía sedada mientras la gente de la funeraria preparaba a mi padre. Me quedé en el patio, sin ver a nadie. Cuando todo estuvo listo en el comedor principal —en ese entonces no había salas velatorias— me senté en las escaleras de acceso a la planta alta y allí me quedé, sin poder explicar mis sentimientos, pero puedo asegurar que Dios nunca abandona a nadie. Sentí que me quedaba sola y devastada, mi padre había sido un gran amigo, hablábamos muchísimo de todo y me dejaba a la deriva.

De pronto, alguien se sentó a mi lado. El hermano de la esposa de mi hermano tenía planificado un fin de semana con sus amigos, pero allí estaba, y no se despegó de mí hasta el domingo por la noche, cuando ya había pasado el primer impacto de ese cachetazo de la vida. La vida. En realidad, el hermano de mi cuñada (un rubio bello y de grandes ojos verdes) rompió la soledad que sentía porque no se despegó nunca más de mí, y nos casamos cinco años después. A veces intento estar de acuerdo con que la muerte es parte de la vida, pero cómo duele en medio del pecho y debajo de todos los regocijos.

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GAJES DEL OFICIO

Sandra Romeo – Argentina

Lo conocimos hace un tiempo. Primero se mostró un poco inseguro en el trato y sus conversaciones eran tímidas. Se dirigía a nosotros como pidiendo permiso. Lo dejamos hacer.

Nos armó una vida a la que nos acomodamos con gusto. Estábamos seguros y bien atendidos. Poco a poco se inmiscuyó en nuestro trabajo, haciendo unos cambios aquí y allá. Lo dejamos hacer.

Nos veíamos bastante seguido y, con algunas indicaciones de nuestra parte, los encuentros y charlas mejoraron notablemente. Cada uno aportaba lo suyo.

Hasta que Raquel lo dejó, después de doce años de intentar una historia en la que a él no le fue tan bien como a nosotros. Quisimos ayudarlo, darle una mano, pero él dejó de vernos. Cerró su casa, dejó sus libros, la novela en la que estaba trabajando y se fue.

Lo encontramos en un viaje de olvido iniciado un tiempo después. Tropezamos con él una noche de niebla tan espesa que las costas se veían deshilachadas entre sus jirones. Nuestra presencia le molestó. Al fin de cuentas, Raquel y él nos habían dedicado mucho tiempo, y ese recuerdo desde su nueva soledad le dolía demasiado. Lo entendimos.

En nuestro siguiente encuentro nos sorprendió su recelo. Su rencor se enconaba en nosotros, que siempre lo habíamos dejado hacer sobre nuestras vidas. Era injusto que ahora nos reprochara el tiempo que él por gusto nos había dado. Y más injusto aún que nos echara en cara que por nosotros Raquel lo había dejado.

En realidad, al ver nuestra incondicional entrega, nuestra conexión más allá de las palabras y los gestos, fue que Raquel se dio cuenta del pobre amor que los unía. Como mujer de pocas palabras que era, simplemente se fue.

¿Qué se creerán esos dos? Aunque hace tiempo que los conozco y parte de sus vidas me pertenecen, no tienen derecho a reaparecer en esta historia como si nada hubiera pasado. Bien saben ellos, más que nadie, que Raquel me dejó. Más que dejarme, se abandonó ella de mi vida. Se deshizo en el aire.

Un día su presencia llenaba la habitación entera; brillaba ahí donde estuviera. Al día siguiente no había en la casa un solo recuerdo, una sola prenda olvidada que hablara de ella. Nada. Desapareció completamente. Ni el rastro de su imagen en el espejo, ni un dejo de su voz en las paredes, ni un átomo de su perfume en los cuartos vacíos de la casa.

Ellos lo saben. Y ahí siguen paseando por la cubierta tomados de la mano, flotando entre nosotros. Solo atentos a su amor. Sus miradas prendidas una de la otra, ajenas a toda luz que no sea la propia. Sus pasos caminan su historia sin vuelta. Yo los miro. ¡No tienen derecho a hacerme esto!

Aquí, en este viaje que creía mío solamente, que era el primer ensayo de algo que no quería compartir, me los vengo a encontrar.

Él, con su aire de perdonavidas, solamente porque todavía tiene mujer, no sé quién se cree que es. Yo sé lo que realmente es. Ella siempre rodeada de pañuelos como velos, o con sombreros de ala ancha que le ocultan la mitad del rostro… Ya ni me acuerdo de sus rasgos. ¿Aquel la habrá cambiado por otra? No, su aire me resulta bastante familiar.

De todos modos, a pesar de formar un equipo, todavía mando yo. La historia no será más lo que era, lo que ellos querían que fuera. Basta de concesiones. Todos vamos a cambiar.

Teniendo en cuenta sus reacciones pensamos que no íbamos a vernos más y nos resignamos al olvido. Sin embargo, no fue así. Quizá porque los tres necesitamos ser vistos, fue que volvimos a encontrarnos. O quizá simplemente porque en el estrecho espacio de un barco no hay demasiado lugar para desencontrarse.

Pero ya no es lo mismo. Él ahora pretende, sin consultas ni miramientos, cambiar nuestra historia. Separarnos, condenarnos a la soledad en la que él mismo habita. Pero su incapacidad no es la nuestra: no vamos a permitirle semejante ensañamiento con los sentimientos ajenos. No lo dejamos hacer.

La discusión tuvo lugar en la cubierta vacía. La noche alargaba el silencio de los tres. De la fiesta en el último piso del barco solo nos llegaban unos acordes tímidos y perdidos, ausentes como nuestras miradas.

Después de escuchar el nuevo giro que pretendía darle a la historia, le exigimos otro desarrollo. Le propusimos distintas opciones: si bien él era el autor, nosotros también teníamos derecho a opinar. No era un asunto menor: en esa historia nos iba la vida.

Se negó a escucharnos. Descansando el peso de su cuerpo en la baranda lustrada de la cubierta, miraba a mi esposa con una intensidad que, le hice notar, era insultante. Se limitó a dejarme a un lado, dando vuelta la hoja.

Se acercó a mi esposa, la recorrió con sus ojos y sus manos como si fuera la primera vez que la encontraba en su vida. No era la primera vez que la veía; pero sí la primera vez que la reconocía como mi esposa. Por eso su rostro, cuando redescubrió el de ella, se alteró con el espanto de la sorpresa. Se congeló de terror por la comprensión certera de esa imagen.

Cuando preguntaron quién se había ahogado, Raquel, mi esposa, contestó: —Solo un hombre al que su vida se le convirtió en cuento.

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