RELATOS – OCTUBRE
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«Entre realidad y fantasía existe un territorio llamado relato; bienvenidos a él.«
COLABORADORES
Relatos y Prosa
Maren Alberdi (España) ·Derec Alcántara Tello (Perú) Inés Dagand (Argentina) · Margarita Filiputti (Argentina) · Santiago García Vega (México) · Carlos González Saavedra (Argentina) · Elspeth Gormley (España) · Ángel Ariel Navarro (Argentina) · Yanni Tugores (Uruguay)
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LOS QUE APRENDIERON A VIVIR CON LA AUSENCIA
Maren Alberdi- España
Hay dolores que llegan de golpe. Un teléfono que suena de madrugada, una puerta que se cierra para siempre, una noticia inesperada que divide la vida en un antes y un después. Son dolores que irrumpen sin avisar y lo cambian todo en cuestión de segundos. Pero existen otros dolores distintos, más silenciosos y persistentes. No llegan haciendo ruido ni provocando grandes terremotos. Simplemente se quedan. Aprenden la distribución de la casa, conocen el lugar exacto donde guardas las fotografías y terminan sentándose contigo cada mañana mientras tomas café. No hablan, no se hacen visibles, pero acompañan cada uno de tus días.
La enfermedad mental suele pertenecer a esa clase de dolores. No siempre entra rompiendo puertas ni mostrando señales evidentes. A veces llega de puntillas, como una sombra pequeña que nadie considera importante al principio. Puede comenzar como un cansancio inexplicable, una tristeza difícil de nombrar o una mirada que se pierde durante unos segundos más de lo habitual. Nada parece grave. Nada parece urgente. Sin embargo, poco a poco la vida empieza a desplazarse apenas unos milímetros de su eje. Un movimiento casi imperceptible, pero suficiente para que, con el paso de los años, todo termine siendo diferente.
Al principio, quienes rodean a la persona afectada intentan comprender. Buscan explicaciones, respuestas, razones que permitan entender lo que está ocurriendo. Creen que, si encuentran la causa adecuada, también hallarán la solución. Imaginan que existe una llave capaz de abrir la puerta correcta y devolver las cosas a su lugar. Pero algunas puertas no tienen cerradura, y algunas enfermedades no ofrecen respuestas capaces de tranquilizar a nadie. Simplemente aparecen. Y un día descubres que la persona que tienes delante conserva la misma voz, los mismos ojos y las mismas manos de siempre. Sin embargo, algo parece haberse alejado. Algo que no sabes nombrar y que tampoco puedes alcanzar.
Es entonces cuando comienza el verdadero viaje. No el de quien enferma, sino el de quienes permanecen a su lado. Porque la enfermedad mental nunca llega sola. Se instala en la cocina, en el dormitorio, en las conversaciones cotidianas y también en los silencios. Se acomoda en los proyectos de futuro, en las celebraciones familiares y en las preocupaciones más íntimas. Termina compartiendo espacio con el amor bajo el mismo techo, y ambos aprenden a convivir, mirándose frente a frente cada día.
Hay noches especialmente largas. Demasiado largas. Noches en las que el sueño no llega porque el miedo ocupa todo el espacio disponible. Noches en las que alguien permanece despierto, escuchando una respiración al otro lado de la habitación, atento a cualquier cambio, a cualquier señal. No lo hace porque quiera, sino porque necesita comprobar que todo sigue bien, que la tormenta ha decidido conceder una tregua, aunque solo sea por unas horas.
Los hijos también conocen esa realidad. Los niños siempre saben más de lo que los adultos imaginan. Aunque se intente esconder el dolor detrás de una sonrisa o de una aparente normalidad, ellos perciben las ausencias, las tensiones y los cambios invisibles. Aprenden a leer los gestos antes que las palabras y a interpretar los silencios antes que las explicaciones. Muchas veces crecen comprendiendo situaciones y responsabilidades para las que ningún niño debería estar preparado.
Y, sin embargo, incluso en los inviernos más largos aparecen pequeñas primaveras. Una medicación que comienza a funcionar, una tarde tranquila después de semanas difíciles, una carcajada inesperada, un abrazo sincero o una conversación sencilla pueden convertirse en acontecimientos inmensos. En esos momentos la esperanza regresa y vuelve a sentarse a la mesa, como una invitada discreta que nunca termina de marcharse del todo.
Porque quienes aman desarrollan una extraordinaria capacidad para seguir creyendo. Creen después de cada caída, después de cada recaída y después de cada decepción. Creen incluso cuando están agotados y sienten que apenas les quedan fuerzas. Quizá sea porque el amor posee la extraña costumbre de proteger una pequeña llama incluso cuando todo parece invitar a apagarla.
Pero no todas las historias encuentran el desenlace que todos desean. Existen historias en las que la enfermedad termina ganando terreno y en las que una persona amada decide cruzar sola una frontera de la que ya no se vuelve. Entonces aparece una ausencia diferente. Una ausencia que ya no ocupa una habitación ni una silla vacía en la mesa, sino que se instala en el alma entera.
Quedan los cumpleaños que nunca llegarán a celebrarse, las conversaciones pendientes, los viajes imaginados y las fotografías que jamás llegarán a tomarse. Permanecen también las preguntas. Las eternas preguntas que visitan durante la madrugada y regresan una y otra vez con el paso de los años. «¿Podría haber hecho algo más?», «¿Y si hubiera sabido entenderlo mejor?», «¿Y si aquella noche hubiera encontrado las palabras adecuadas?». Son preguntas profundamente humanas, nacidas del amor y del dolor, pero también profundamente injustas.
Porque el amor no siempre tiene el poder de salvar. Y aceptar esa verdad puede convertirse en una de las lecciones más difíciles que un ser humano tendrá que aprender a lo largo de su vida. Comprenderlo no elimina el sufrimiento, pero permite comenzar a caminar con él de otra manera.
Con el tiempo, quienes se quedan descubren algo importante: no se sobrevive olvidando. Se sobrevive recordando de forma distinta. Aprendiendo a convivir con la herida sin necesidad de abrirla cada día. Comprendiendo que hubo sufrimiento, sí, pero también hubo ternura. Que existió la oscuridad, pero también la luz. Que hubo despedidas dolorosas, pero antes hubo abrazos. Muchos abrazos.
Y así, poco a poco, la ausencia deja de ser únicamente tristeza. Se transforma en memoria, en gratitud y en una forma distinta de amor. Porque las personas que han sido amadas de verdad nunca terminan de marcharse del todo. Permanecen en ciertos gestos, en determinadas canciones, en una fotografía encontrada por casualidad, en un aroma familiar o en una frase que regresa de repente desde algún rincón del pasado. Permanecen, sobre todo, en quienes continúan caminando.
Quizá la mayor victoria no consista en vencer por completo a la oscuridad. Quizá la verdadera victoria sea seguir viviendo después de ella. Seguir amando, seguir riendo de vez en cuando, seguir contemplando el mar y continuar encendiendo una pequeña luz al caer la tarde. Porque hay ausencias que jamás abandonan una casa, pero también hay amores que jamás abandonan un corazón. Y, al final, son precisamente esos amores los que nos mantienen en pie, como faros silenciosos que siguen guiándonos desde la distancia, como estrellas que ya no vemos y que, sin embargo, continúan iluminando la no.
«Hay heridas que nunca terminan de cerrarse, pero el amor aprende a convertirlas en ventanas por donde sigue entrando la luz.»
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CICATRICES
Derec Alcántara Tello – Perú
Hay noches en las que el barrio se queda tan callado que puedo escuchar todo lo que nunca me animé a decir.
Las luces siguen encendidas. No porque alguien me espere, sino porque apagar la lámpara significa quedarme a solas con los ruidos de mi cabeza.
Crecí creyendo que sanar era olvidar. Con los años entendí que sanar consiste en dejar de pedir explicaciones a una herida.
Tengo cicatrices que aprendieron a sonreír para que nadie preguntara de dónde venían. Y otras que todavía sangran cuando alguien pronuncia tu nombre por accidente.
La ciudad sigue igual. Los mismos colectivos, las mismas veredas, el mismo cielo cambiando de color sin preguntarle a nadie.
El único que cambió fui yo.
Hay una versión de mí que se quedó esperando que volvieras. Y otra que aprendió que algunas personas solo pasan por nuestra vida para enseñarnos que también se puede crecer desde la ausencia.
Hoy ya no le tengo miedo a mis cicatrices.
Les tengo respeto.
Porque fueron ellas las que me enseñaron que el corazón también aprende a caminar, incluso cuando todavía le duelen los pasos.
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LOS TESOROS DE INÉS
Inés Dagand – Argentina
Ayer fue uno de esos días que se guardan en el corazón.

La mañana comenzó entre risas y afectos. Mis sobrinos me invitaron a almorzar en un centro de calabreses de La Plata. Había mesas largas, gente amable y el aroma de las pastas recién servidas. Una joven cantaba viejas canzonettas, y aquellas melodías viajaron por el tiempo hasta la casa de la madre de mi esposo. Cerré los ojos un instante y volví a escuchar aquellas voces que creía dormidas para siempre.
La vida, pensé entonces, está hecha de momentos. De esos pequeños instantes que parecen sencillos, pero que terminan iluminando los días.
Por la tarde llegué al taller con Margarita. Allí compartimos poemas, palabras nacidas del alma. Escuché versos escritos con el corazón y comprendí que siempre tenemos algo que aprender de los demás. Por eso es tan importante rodearse de personas que suman, que dejan huellas de ternura y sabiduría.
La lluvia, que llevaba días acompañándonos, decidió hacer una tregua. El cielo respiró un poco y nosotros también.
Más tarde, mientras escuchaba la radio, sentí una emoción profunda al oír a los poetas leer con tanta pasión. Pensé en Margarita y en todo el camino recorrido. Nada llega por casualidad. Hay cosechas que nacen después de muchos años de trabajo, talento y entrega silenciosa. Y cuando florecen, son merecidas.
Hoy, en el Día de la Madre, los recuerdos me llevaron hasta Juanita, mi madre.
La veo pequeña de estatura y enorme de fortaleza. Tuvo diez hijos y una vida llena de esfuerzos. Vivíamos en una vieja casa de adobe que aún resiste al paso de los años, levantada con ladrillos de barro y paja. Mi padre trabajaba sin descanso para que nunca faltara lo esencial. Había verduras, pollos, frutas y aceitunas. Pero era mi madre quien sostenía el mundo con sus manos.
Todavía puedo sentir el aroma del pan casero saliendo del horno de leña, la mesa larga rodeada de hijos, las conversaciones sencillas y la felicidad que no sabía que era felicidad porque entonces era simplemente la vida.
Aquellos tiempos no volverán. Sin embargo, permanecen intactos en la memoria, como una luz tibia que nunca se apaga.
Hoy el sol no se ha dejado ver, pero el día es hermoso.
Quizá porque cuando recordamos con amor, siempre termina saliendo el sol en alguna parte del alma.
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DESORIENTADO
Margarita Filiputti -Argentina
Era junio, no sé qué me pasó.
De pronto, me encontré perdido, atrapado en la negrura de la noche.
Por largo rato caminé sin rumbo, hasta que la luna, en su rutinario andar, comenzó a emerger y en su ascenso, dejó ver ante mi asombro, un castillo en ruinas, como un desgarrado gigante gris, de pie.
Al descubrir semejante edificio en medio de la nada, un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo y tuve la sensación de estar inmerso en una película de terror.
Después, respiré profundo y haciendo acopio de valor, esquivé los hierbajos espinados y sigilosamente me acerqué.
La puerta principal se hallaba entreabierta, escoltada por dos árboles muertos. Intenté subir la escalinata, cuando desde lo alto, me alertó un aleteo de murciélagos rozando las telas de araña, tejidas sobre las paredes resquebrajadas. Al tercer escalón, el golpeteo de los ventanales sacudidos por el viento, aumentaron mi desazón y me pareció escuchar un susurro fantasmal.
Como adhiriéndose al misterio, noté que enormes nubarrones intentaban ocultar a la luna y tratando de mantener la calma, en ese tumulto deshabitado -casi irreal- me pregunté:_¿Quién habrá sido el ser que cerró la puerta de este tétrico lugar, por última vez?_
El lúgubre graznido de un cuervo solitario, hizo que retrocediera y huyendo a tropezones, retomé la senda desconocida.
Sin tomar conciencia del tiempo transcurrido, mi mente –más relajada- recobró la orientación.
Cuando en el horizonte se vislumbraba un nuevo día y sobre los trigales, danzaba el molino.
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LOS QUINCE AÑOS DE TERESA
Santiago García Vega – México

Teresa era una niña como todas, sonriente, obediente pero muy robusta, que cursó dos ciclos escolares por cada grado con la finalidad de que pudiera aprender algo, según sus maestros. Cuando ella estaba en segundo grado su mamá enfermó y para su atención la trasladaron a la ciudad. En casa se quedaron ella y su hermana un poco mayor; juntas se hacían vivir en esos meses en los que a su madre le amputaron una pierna, con la ayuda que los vecinos les proporcionaban, fuese con dinero o con algún alimento.
Un día apremió el hambre y aquella niña decidió preparar la masa y hacer unas tortillas en aquel comal que estaba al rojo vivo de tan caliente. Las primeras se quemaron, otras le salieron como huaraches, pero así, gruesas o delgadas, era igual, se cocían en aquel fogón que devoraba cuanta leña le acercaban. De un momento a otro el apretado vestido de terlenka terminó incendiándose. Cuentan que los gritos se oían hasta la calle y así, envuelta en una inmensa llamarada de fuego, corrió pidiendo auxilio. La tela del vestido se pegó a su piel; el fuego abrasador ya consumía sus piernas, su cara y casi todo el cuerpo. Cuando llegaron y la apagaron, ella yacía inconsciente entre la tierra, grasa y jirones de tela.
Ya no era solo una la enferma, eran dos. La pequeña requería urgentemente atención. ¡Vaya usté a saber qué penurias pasó esa criatura! Sobrevivió marcada por la tragedia; las llamas le dejaron huella por todos lados. Regresó a la escuela ya en tercer grado, dos años después de aquella desgracia. Teresa había crecido en altura y corpulencia. A la hora del recreo los niños la invitaban a jugar a los encantados gritándole: «choqui, choqui», y por arte de magia ella los perseguía para atraparlos. Para ella era la manera de sentirse tomada en cuenta; para los chicos, una inocente diversión que los distraía. Ella, feliz, atrapaba a sus compañeros. Los chorretes de sudor mezclados con mugre caían sobre sus gordos cachetes.
El maestro observó lo ocurrido. De inmediato llamó a los padres de familia para concientizarlos de tal burla. Comprendieron y apoyaron la llamada de atención. En el salón les pidió no volver a jugar a los encantados y menos decirle aquella palabra. «¡Quien lo haga, Teresa tiene permiso de cobrar la ofensa!». No pasaron tres días cuando llegó uno de ellos ensangrentado de la nariz y la boca. «¡Ella fue!», decía señalándola con el dedo. Le había pegado porque la ofendió. Nadie más volvió a molestar a la niña. Aún lastimado, el niño se dirigió a ella y le pidió perdón.
Pasaron varios años. La escuela no tenía los medios para darle atención especial. Así llegó a sexto grado y con ello sus quince años. Era la más grande y robusta del grupo. El maestro, en los tiempos libres durante el día, le aplicaba diferentes estrategias para que pudiera aprender algo. ¡Ni la «o» por lo redondo logró retener! Sin embargo, Teresa tenía un sueño: una gran fiesta de XV años. Para entonces había sido despojada de su casa; la familia ya era solamente de tres, su madre había fallecido y su padre a diario terminaba tendido en la calle de lo borracho que andaba.
Ante aquellas circunstancias, el profesor comentó a sus compañeritos:
—¿Cómo ven si nosotros le organizamos su fiesta?
Todos respondieron entusiasmados. Entre todos armaron el proyecto: salón, vestido, comida y cada uno de los detalles. El maestro consiguió apoyo entre colegas, tocó puertas, llamó a padrinos y hubo hasta quien le confeccionó el vestido.
—Yo la peino —dijo una estilista.
Pero existía un problema. A la chica no le gustaba bañarse, no por falta de higiene sino por falta de servicios en su casa. Nuevamente el maestro se apoyó en los padres de familia y ultimaron detalles.
Cada familia llevaría su propia comida. Se cooperaron para hacerle un platillo especial y el salón casi fue regalado. Un día el maestro instruyó a sus alumnos:
—Inviten a Teresa a bañarse a las albercas y jueguen a ver quién dura más bajo el agua; así no sentirá la obligación de bañarse y se remojará un poco.
Llegó el día tan esperado. El sacerdote felicitó a los niños por ser solidarios y todos, ataviados con sus mejores galas, entraron orgullosos junto a los más de veinte padrinos de quince años. Aún no terminaba la misa cuando la gente se acercaba y dejaba en la bolsa de la camisa uno que otro billete para ayudar con lo que hiciera falta.
El lugar era pequeño. Comimos, compartimos comida y refrescos y comenzó el baile. Cada cual tomó su turno. El vals no fue corto; el maestro tuvo incluso que detener la música para que la familia y la festejada dejaran de bailar. Nuevamente los chorretes de sudor enmugraron el vestido nuevo. ¿Qué importaba? ¡Bailó como nunca! El vals fue maravilloso, profundamente emotivo. Los jovencitos la abrazaban sin escrúpulo; las niñas le retocaban la corona y le acomodaban el vestido.
Se cumplió el sueño de una niña que sufrió la inclemencia, la tragedia, el abandono y la crueldad de su destino. Quien se acuerda de aquella fecha se acerca y de vez en cuando le invita algo de comer. Ella, seria y en voz baja, solamente dice: «Gracias». Cuando se encuentra con el maestro quisiera abrazarlo, pero solo sonríe y agacha la cabeza. Se le ve por la plaza abrazada de su hermana mayor, quien la besa y le brinda cariño como queriendo ocupar el lugar de su madre, recibiendo el amor que siempre le fue negado.
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EL ALMACÉN DE LOS CHACRAS
Carlos González Saavedra – Argentina
Siempre me gusto andar por lo caminos de mi país, donde verdaderamente se respira la celeste y blanca, donde el sol de nuestra bandera se muestre pleno. He tenido el placer de, al entrar en Concarán y ver en el boulevard todas las columnas pintadas con nuestra bandera y el sol en el medio. Es una imagen que no olvidare. Asi es San Luís, viaje por sus caminos y en ese periplo conocí, un pueblito llamado Las Chacras.
Allí fue donde nuestro libertador General San Martín, convoco unos valientes, que junto con el cruzarían los andes. Tal es así que en la plaza principal, en su mástil están en una placa los granaderos del libertador.
Obvio la plaza no es más que una manzana, prolijamente cuidada con caminos en diagonal, todos hacia el mástil, como es de esperar.
Una iglesia pequeña y con los años del pueblo, la municipalidad de construcción nueva .
La comisaría, no la encontré.
El fervor patriótico me embargo y comencé a mirar en los alrededores, siendo las once del mañana, estaba la municipalidad con muy poca gente. Mi curiosidad sorprendida porque todos nos sonreían y saludaban.
Decidí caminar y observar sus casas bajas, con tejas de las viejas, puertas anchas y gruesas, abiertas por supuesto. La mayoría pintadas de blanco, con cal.
Una de ellas me llamo la atención, estaba pintada de rosa viejo, sus techos azul opaco, por lo viejo, supongo y ventanas muy pequeñas.
No pude con mi curiosidad y golpee la ventada que rápidamente se abrió, estaba entornada.
-Buen día, un kiosco por aca?prtegunto como para disimular mi curiosidad
-No amigo esto es una casa de familia, si quiere algo de kiosco o almacén en la esquina tiene de todo.
-Espero no molestarlo, pero que linda tiene pintada la casa.
-Es de adobe
-Ah de adobe? No me di cuenta, afirme.
-Pero con ver el ancho de las paredes se da cuenta.
-No preste atención.
Claro la pared tenia como de ochenta centímetros, ancho, todo mi antebrazo paso hasta llegar a golpear la ventana.
-son de por acá, pregunta el señor
-No, de Buenos Aires.Estamos de vacaciones y nos gustan estos pueblitos con tanta
historia como este.
-mi abuelo con su hermano hicieron esta casa. Despues de unos años la iban a transformar en museo porque es bien grande y es una de las más viejas, de las que quedaron en pie.
Acá se vive de día no mas, cerca de las cinco de la tarde se cierra todo y empieza a bajar el sol y a meterse en el rancho.
-No hay luz?
-Muy poca, hasta que no ponga la línea que viene de la capital, no.Asi andamos, ya estamos acostumbrados.
-Bueno muchas gracias por su charla, agradezco su amabilidad.
-Vaya tranquilo, amigo.Ahh si quiere comer , en la esquina algo le darán.
Caminando por el pueblo se nos fue el tiempo.Cuando miro el reloj, ya eran las dos de la tarde.Decidimos ir a comer algo, una picada, y una cervecita. Con eso estaríamos bien.
El local, construcción vieja pero con mezcla de los años setenta, con costumbres de principio de siglo veinte.
Habia cuatro mesas, tres ocupadas junto al televisor y nos sentamos, en la única vacía.
-Buenas tardes, si van a comer, no tienen suerte. Se termino el plato del dia. Nos dijo el dueño, que se habia acercado presuroso y sonriente a atendernos, mientras pasaba el trapo al mantel de hule.
-Queríamos comer una picadita con una cervecita.
-Mm no, picadas los fines de semana, sabe que pasa se seca el fiambre y en la semana nadie come. Disculpen.
Nos miramos y pregunto
Sanguches tiene?
-Sí puedo prepararles uno especial de matambre, con queso de campo y tomate. Cerveza grande, porrón no tengo. O gaseosa de litro.
-no mejor gaseosa de litro…
-Muy bien a la orden, se los preparo enseguida.
Me puse a observar, vi un mostrador ancho, prácticamente todo el largo del local. Una heladera de carnicero, donde guardaba algún mamon para el fin de semana. Bebidas, una maquina de cortar fiambres, una balanza. Sobre la pared una estantería de madera, de las viejas con todo tipo de productos de almacén, hasta legumbres sueltas. Un sinfín de cosas colgadas o puestas a los costados. Desde escobillones, máquinas de cortar el pasto, herramientas, tambores de aceite, en fin era un almacén de los de antes, bomba- chas de campo, alpargatas, ahhh correas colgadas del techo. Al fondo una mesita chica para jugar dados o cartas, ni se veía, casi pegada al pasillo que llevaba al baño. Me llamaba la atención con que interés los tres parroquianos miraban televisión y una sonrisa les asomaba. Miraban en canal once a Marley y Florencia Peña comiendo bichos exóticos en no se que pais. Muertos de risa en Tailandia?!
Pense: que contraste?¡¡
Al traer la gaseosa y dos vasos, ésos de vidrio grueso y barato, nos dice:
-En un ratito mas, traigo todo, me dice en voz baja.
-perdón porque habla tan bajo, que casi me cuesta escucharlo.-Esta bien, pero algo sordo soy puede hablar mas fuerte?
-No estos tres paisanos vienen todos los días a almorzar y a ver televisión después se van.
-Ahhh, entre sorprendido y socarron, pregunto.No tienen televisión en la casa y porque hay que hablar bajo, a punto de soltar una carcajada.
-No tienen luz, se levantan a las cuatro de la mañana, casi al alba. Hacen todas las tareas rurales y al finalizar, a las doce vienen a comer, ven un poco de televisión y se van a dormir.
-Disculpe, desconocía las costumbres, agrego avergonzado.
-Néstor están los sanguches, informa una voz de mujer desde la cocina.
-Voy, permiso
-Vaya, vaya
Cuando corre la cortina de la cocina y veo la bandeja, con los sanguches.Me quería morir. Pensé que en otro pedido, para llevar.
Era el nuestro, junto con un frasco gigante de mayonesa casera, “por si gusta”
El mío, la feta de matambre superaba el grosor de mi dedo mayor. El queso de campo, calculo medio kilo entre los dos y un tomate cortado al medio para cada uno.
Comimos entre los dos un poco mas de la mitad de uno y con un papel de almacen, nos envolvió el otro que nos duro un par de días.
Aparte, a un costo igual que un pancho en Buenos Aires.
Reflexión que me quedo de esta colorida visita.
1) Nos vieron famélicos? No creo
2) Al pueblito suspendido en el tiempo le habrán quedado costumbres de cómo alimentarnos para cruzar los andes? salvo en avión, ni en auto las cruzo.
3) Nos atendieron Asi para que volvamos?
Creo que no. Nos atendieron generosamente, con el corazón en la mano, con sonrisas, con educación, con respeto y cordialidad. Familiarmente, porque así, somos los argentinos.Generosos, buena gente y solidarios.El fervor patriótico, el amor a la patria que nuestro general San Martín, quedo impregnado en cada rinconcito de Las Chacras, San Luis. y en el corazón de todos.
Gracias
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LAS DUEÑAS DEL HORIZONTE
Elspeth Gormley- España
Las gaviotas no entienden de silencios. Llegan cada mañana como si el amanecer les perteneciera, lanzando sus gritos al viento con el descaro de quien no necesita pedir permiso para existir. Aparecen antes que muchos bañistas, antes incluso que algunos pescadores, cuando la playa todavía bosteza bajo la luz tibia del sol naciente. Entonces comienzan su particular ceremonia diaria: caminar, observar, vigilar y anunciar al mundo que ellas han llegado y que la costa vuelve a estar bajo su supervisión.
Recorren la arena con un paso firme y decidido, como pequeñas inspectoras vestidas de blanco. Nada escapa a su atención. Un alga arrastrada por la marea, una concha recién descubierta, un pez despistado o cualquier objeto que el mar haya dejado durante la noche se convierte en motivo suficiente para detenerse e investigar. Inclinan la cabeza, observan con un ojo, luego con el otro, y parecen debatirse entre la prudencia y la curiosidad. Lo más sorprendente es que nunca están solas. Si una encuentra algo interesante, las demás lo descubren de inmediato. Nadie sabe cómo lo hacen. Quizá el viento les lleva las noticias o tal vez compartan un idioma secreto que los humanos jamás conseguiremos entender.
Cuando el mar decide recompensarlas, demuestran que bajo aquella apariencia inquieta se esconden magníficas pescadoras. Planean sobre las olas dejando que las corrientes sostengan sus alas abiertas. Parecen inmóviles, suspendidas entre el cielo y el agua, como si el tiempo se hubiera tomado un descanso. Pero de pronto algo cambia. Una sombra bajo la superficie, un destello fugaz, una intuición nacida de la experiencia. Entonces se lanzan en picado con una precisión admirable. Apenas un instante después resurgen triunfantes, aferrando su captura, orgullosas de una victoria conseguida gracias a la paciencia, la habilidad y ese instinto ancestral que el mar lleva siglos enseñándoles.
Sin embargo, si existe algo que realmente dominan es el arte del alboroto. Una sola gaviota puede iniciar una discusión capaz de movilizar a media playa. Basta un grito de protesta para que otras respondan desde distintos puntos del cielo. De pronto todo se llena de voces, carreras, vuelos rasantes y persecuciones que parecen responder a asuntos de extraordinaria importancia. Quizá discutan por un trozo de comida, por una roca especialmente apreciada o simplemente porque sí. Las razones pertenecen exclusivamente a su mundo. Lo cierto es que las contemplamos desde lejos y no podemos evitar sonreír. Son expertos en convertir cualquier insignificancia en un acontecimiento.
Y, sin embargo, lo más curioso es que sus disputas duran poco. Minutos después, aquellas mismas gaviotas vuelven a compartir el horizonte como si nada hubiera ocurrido. Vuelan juntas, descansan sobre las mismas rocas y observan el mismo mar infinito. No guardan rencor. No almacenan agravios. La discusión desaparece tan rápido como llegó, arrastrada por el viento igual que las huellas que deja una ola sobre la arena.
Quizá por eso nos resultan tan familiares. Porque detrás de sus alas habita algo profundamente humano. La curiosidad que nos empuja a descubrir qué hay más allá. La necesidad de comunicarnos. El deseo de pertenecer a un grupo. La costumbre de discrepar por asuntos que mañana habremos olvidado. Las gaviotas parecen recordarnos, sin proponérselo, que la vida está hecha de movimiento, encuentros, pequeños conflictos y nuevas oportunidades.
A veces las observo mientras el mar respira lentamente frente a la costa. Ellas cruzan el cielo sin preocuparse por el reloj, ignorando las prisas que gobiernan nuestras jornadas. Van y vienen entre las olas con la naturalidad de quien sabe exactamente cuál es su lugar en el mundo. Nosotros creemos contemplarlas, pero quizá sean ellas quienes nos observan a nosotros desde las alturas, preguntándose qué hacemos tan ocupados mientras el horizonte continúa allí, inmenso y eterno.
Y mientras seguimos admirándolas, ellas continúan con su rutina diaria, convencidas de que el universo entero gira alrededor de sus alas blancas y de sus gritos al viento. Quién sabe… quizá después de tantos siglos viviendo entre el cielo y el mar, las gaviotas hayan descubierto una verdad que nosotros todavía estamos intentando comprender.
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DILEMA
©Ángel Ariel Navarro. ( Corrientes, Argentina )
A veces creo estar muerto, y deambulo por los corredores de la casa durante noches interminables, suspendido entre la ensoñación y el insomnio, procurando sin remedio hallar la luz que me redima de este oscuro dilema: si en verdad vivo en la Tierra o peno en el Limbo, si estos días me pertenecen o son de otro, si esta existencia mía es real o no es más que la pesadilla de una atormentada alma que me sueña.
En vano intento apresurar las horas, sepultándome en bares que huelen a moho y a olvido, leyendo y releyendo -en la penumbra de estos antros- periódicos que anuncian el final de otros como yo pero no el mío, mientras libo apáticamente gélidos cafés a prueba de tiempo y rechazo la tentación de espiar los relojes.
En ocasiones escribo, y escribo sobre hombres que están muertos o que creen estarlo. Y cuando mis fuerzas declinan y la noche me aplasta, me deslizo hacia la calle con tristeza indecible y me hundo en la implacable bebida o en algún vientre profano. Y no averiguo, más tarde, cuánto fue de uno ni de quién era lo otro; sólo me extravío por un instante para envejecer más deprisa y para que alguien, que envidia en secreto a los muertos, lea mi nombre mañana en los obituarios.
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ELLA O YO
Yanni Tugores- Uruguay
Ella camina por la orilla de la playa. Una túnica negra le cubre los pies. Arrastra algo pesado en su mano derecha. Camina de un extremo al otro y a mitad del recorrido se detiene. Levanta su cabeza y me observa. Distingo su silueta negra, su rostro enmarcado en una capucha, y sus ojos solo son cuencos blancos y vacíos que me miran fijamente. ¿Tiene rostro? No lo sé. No logro distinguir con claridad; estoy detrás del ventanal de mi apartamento en un noveno piso. Todas las noches la misma rutina: camina de un lado al otro, se detiene, me observa y continúa. Afuera es verano pero aquí, dentro de mí, hace mucho frío. Me canso de mirarla. Giro mi silla y me dirijo al dormitorio. Me acuesto y me cubro con una manta tejida de cuadrados de crochet multicolores que heredé de mamá. Al fin logro dormirme.
Amanece. El sol majestuoso se posa en mi cama. Intento abrir los ojos. No puedo. Algo me enturbia el pecho y sella mis párpados. Estiro las manos hasta alcanzar una silla. Me incorporo del lecho y a ciegas me tomo las piernas y las bajo. Logro sentarme. Tiro de la manta y me cubro. Conozco bien la casa, no necesito los ojos para recorrerla. El frío es cada vez más intenso. Me dirijo hacia el ventanal y corro las cortinas. Puedo sentir el sol invadiendo mi cuerpo, pero no logra calentarme. No tengo apetito ni ganas de hacer nada. Un olor nauseabundo se filtra en las fosas nasales. Seguro que son las heces de la gata que no he podido limpiar. ¿Qué puedo hacer si no veo nada? «No importa», pienso, «ya lo limpiaré». Decido quedarme allí, inmóvil, esperando. Mimí, la gata, salta en mi regazo, maúlla y ronronea. Abro el ventanal y salgo al balcón. Obviamente el animal se va. Ni idea de adónde fue. Pero siempre regresa. No me preocupo.
Percibo que poco a poco se retira el día. Mi olfato se impregna de sal, mis oídos del vaivén de las olas y de las risas de los enamorados que dejan la playa. Siento una luz brillante recorrer mi cuerpo y entonces sé que hay luna llena. Es extraño: ya no tengo frío. Por el contrario, un intenso calor me sofoca. Siento que alguien me toma la mano y me incorpora. Puedo sentir el agua en los pies. Me tocan y abro los ojos. Estoy caminando junto a ella por la orilla del mar. La miro detenidamente. Sus ojos ya no son solo cuencos vacíos y blancos; ahora se ven enormes, rojos, y un halo de fuego rodea su cuerpo. Ahora entiendo: viene a buscarme, me arrastra con ella pero… ¿adónde? El calor se hace más intenso. Yo no he sido mala.
—¡No, no! ¡Por favor, déjame!
Forcejeo y logro soltarme de su mano. Me sumerjo en el mar y nado y nado hasta que no hago pie. ¿No hago pie? ¡Sí, mis piernas se mueven, puedo nadar! Ahora mis ojos ven con claridad. Sabía que había luna llena. Qué bello paisaje. El agua parece estar cubierta por noctilucas destellando su luz. Mi cuerpo, desnudo, se cubre con esos destellos. ¡Qué placer! Nado hasta la orilla y salgo. Aún no puedo creer que esté caminando. Me tiendo boca arriba sobre la arena y observo. Mi piel está tersa y mi pelo recobró el color del trigo. Mis senos lucen turgentes y en mis extremidades no se percibe ninguna arruga. ¡Soy joven otra vez! Me acerco a la orilla y miro mi silueta en el espejo que la luna me regala. Estoy desnuda, debo regresar. Antes tendré que secarme, pero… ¿cómo?
La playa está desierta entonces decido caminar de un extremo al otro. A mitad del recorrido me detengo. Levanto mi mirada y veo la figura de una anciana en una silla de ruedas que me está mirando. Al bajar mi rostro, una túnica negra me cubre todo el cuerpo. Comienzo a caminar en la playa de una punta a la otra, mientras mi mano derecha arrastra una pesada guadaña.
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