CUENTOS Y RELATOS – MAYO
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“Historias que se escriben solas cuando alguien se atreve a recordarlas.” E. Gormley
COLABORAN
- Maren Alberdi – España
- Magi Balsells – España
- María Elena Camba – Argentina
- Ilka Oliva Corado – Estados Unidos
- Inés Dagand- Argentina
- Elspeth Gormley – España
- Andrea Morini – Argentina
- Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
- Graciela Reveco – Argentina
- Sandra B. Romeo – Argentina

BASERRI: DONDE EMPEZÓ MI MUNDO
Maren Alberdi – España
Había un lugar donde la vida tenía otro pulso. Un latido más lento, más hondo, más antiguo. Ese lugar era el baserri.No era solo una casa: era un modo de estar en el mundo. Una forma de mirar. Una memoria que no se borra.
Dicen que el baserri es símbolo de nuestra historia, de nuestra cultura, de la manera en que entendimos la vida durante siglos. Y es verdad. Pero para mí, además, fue mi primera patria.Mi infancia transcurrió entre el mar y aquel caserío que quedaba a unos kilómetros de donde vivíamos. Entre semana, ciudad y colegio.
Los fines de semana, tierra, barro, animales, humo de leña y la voz de mi amona llamándonos a la mesa
.Ella administraba todo: la casa, la economía, el huerto, los animales, los remedios, el tiempo y hasta el silencio. Era una mujer de esas que ya no se fabrican: firme, digna, trabajadora, callada, con un amor que no hacía ruido pero lo sostenía todo.Mi amona no hablaba mucho.
Miraba, observaba y callaba. Y en ese silencio suyo había más sabiduría que en cien libros. Cuando preparaba la mesa, era como si encendiera el hogar. Colocaba los platos con una delicadeza que parecía un rito. Su voz era abrigo. Su gesto, la entrada. Y nosotros, alrededor, éramos un pequeño país que solo existía allí.
Yo, pequeñita, corría por el prado creyendo que el mundo cabía a su lado. Ponía nombres de reinas a las gallinas y les inventaba vidas pequeñas.
Las vacas me miraban con esa calma de siglos que tienen los animales que han visto pasar generaciones.
Y el campo… el campo era un libro lleno de sigilos.Las manos del caserío —las de mi amona, las de mi madre, las de mis tías— siempre estaban encendidas. Amasaban el pan. Sostenían las vidas. Preparaban ventas. Cuidaban la tierra.
Y yo aprendía, sin saberlo, el pulso que al alma se aferra. Aquel baserri fue escuela y refugio. Mi mapa y mi influjo. Mi raíz más honda.
Hoy cierro los ojos y vuelve el sonido: el crujido de la madera, el golpe del cubo contra la piedra, la risa de mis primos al correr en bicicleta, el olor a sopa recién hecha y ese aroma inconfundible de la leche recién ordeñada, mezclado con el aliento dulce de los manzanos del prado
.Y entonces aparece ella: mi amona, con su pañuelo en la cabeza, su saya y su delantal siempre limpios, y esos ojos verde oliva que no necesitaban hablar para decirlo todo.
Vuelve mi amona. Vuelve su mesa. Vuelve el caserío entero.Y entonces lo entiendo: no importa cuántos años pasen ni cuántos lugares visite.
Mi origen está allí, en ese caserío que me enseñó que la vida se sostiene con manos firmes, silencios sabios y un amor que no presume, pero nunca falla
Baserri = caserío vasco
Amoma= Abuela en euskera

UNO DE TANTOS
Magi Balsells – España
Mientras la fina y pertinaz lluvia sigue cayendo sobre mi encorvada espalda, la cual tengo protegida con un plástico , debajo del cual mis pobre pertenecías de ropa, se estan empapando poco a poco , y la vez penetran suavemente hacia mi cuerpo deprimido y ajado por las circunstancias de mi triste existencia de la cual no doy culpa a nadie sino a mi solo, ya que no fueron quizás circunstancias sino malos momento que cualquiera puede pasar y por falta de experiencia ocurre lo que a mi en estos momento me esta pasando,
No tengo casa, vivo en los portales , o debajo los arcos de algún lugar escondido, como en este momento en que estoy en el pórtico de un templo, a resguardo de esta fastidiosa humedad, esperando que amaine este aguacero para poder ir en busca de mi sustento en una casa de caridad en la cual con muy buena fe , por lo menos un plato de sopa caliente me dan y si hay suerte puedo conseguir alguna vianda mas, buenas personas estas monjitas, entiendo que hacen lo que pueden, pero claro mis necesidades como las de muchos como yo, son superiores a las atenciones que recibimos , después tendré que buscar cobijo , en algún lugar en el cual quede un poco resguardado de la frialdad de la noche, llevo mis pertenencia encima mío igual que mi casa , es de cartón, hoy tuve suerte encontré una gran caja que me permite ponerme por entero en su interior, taparme con esta vieja manta que me dieron no recuerdo quien, ya que muchos días fue cuando ocurrió, esta sucia , pringosa, no se si huele mal, es igual , nadie vendrá a taparse con ella, solo yo y por que no tengo otra cosa ni puedo comprarla, no tengo dinero si algo recojo de alguna alma bondadosa, solo me sirve para comprar algo de pan
Y si no esperar que cierren la panadería y me den lo que les sobro del día, poca cosa, pero algo es para alimentar mi maltrecho cuerpo, también voy por los mercados , no ha pedir , aunque alguna vez tiendo la mano y pocos depositan algo en ella, pero si en las paradas de fruta, en ellas siempre hay piezas defectuosas o en no muy buen estado, , me hacen un pequeño paquete, con diferentes tipos de fruta, , no soy muy recatado en comerla toda , y agradecerles con mis mejores palabras la atención, a veces no hay fruta en estas condiciones, pero siempre hay alguna cosa, me conocen y saben que con cualquier detalle me conformo por misero que sea para mi siempre es un tesoro
Tengo que dejaros sino llegare tarde a buscar mi sopa y parece que el tiempo amaino,
Recojo mis bártulos y parto lo más rápido que puedo, no sea cuestión que me quede sin mi ración, aunque es poca y pobre siempre es de agradecer

UN MENSAJE
María Elena Camba – Argentina
Patricia estaba en la oficina y decidió mirar su facebook para distenderse. Era la segunda vez que esa mujer se contactaba.. Quería comunicarse con José. El no le contestaba y al verla en todas las fotos etiquetada a su lado, decidió escribirle. Cuando legó a su casa le comentó a José. La miró sorprendido y desvió la vista. -Es una mujer loca, olvidate de ella, le dijo.
Patricia se preguntó cuánto sabía de su pareja. Lo había conocido en un curso de náutica hacía diez años. Era mucho mayor, siempre le gustaron los hombres más grandes. Había cursado la universidad en España y regresó al país ya recibido.
A pesar de su advertencia , decidió contestar el mensaje. Le preguntó a Mercedes, así se llamaba la madrileña, por qué necesitaba comunicarse con José. Miró su perfil, una linda mujer, más grande. Cerró el face y se dedicó a trabajar. Llegó tarde a casa. Su marido la estaba esperando con la cena y el malbec que tanto le gustaba. No hicieron el amor, estaba agotada.
Apagó la luz. Sonó su celular, entraba un mensaje. Tapó la pantalla del teléfono con la sábana. José dormía profundamente. Era un mensaje de Mercedes, lo leyó. José es el padre de mis cuatro hijos.
Los chicos no quieren saber nada con él pero creo que lo justo es que les deje algo a ellos. Todos estos años los mantuve como pude. Por eso quiero hablar con él

UNA TAZA DE CAFÉ RECIÉN MOLIDO
Ilka Oliva Corado – Estados Unidos
Lena abre la bolsa y toma el que piensa que es el último pedazo de champurrada pero, para su sorpresa un puñado de pedazos más pequeños se revuelve con el pozolero. Asombrada cierra los ojos y vuelve a mirar dentro de la bolsa, aquello parece un gran guindo. Con urgencia otra vez cierra los ojos deseando que al abrirlos no encuentre de nuevo la gran hondonada, pero ahí está, inamovible, para entonces Lena ha entrado en un estado de estupor como la primera vez que vio la tierra roja de Salamá.
Algo la sacude, su respiración cambia de ritmo y siente como ahogarse con su propia saliva, desesperada hace el esfuerzo de tragar, pero hay un nudo de sal atrancado que se desmorona cuando siente el leñazo en la nuca y de sopetón comienza a rodar en los barrancos de la memoria. Cae a culumbrón] en el sabor de las mañanas de su infancia. Ahí está de nuevo la imperdible, tan puntual e insobornable nostalgia que la lleva a lugares que están refundidos en saber qué recovecos de los años juidos
Para qué púchicas se pronuncia, poniendo el enojo de pretexto, de nuevo con sus once ovejas para no declararse culpable de extrañar. Envalentonada solita se pone al brinco exigiendo que la esculquen y todo para no decir en voz alta que, como muchas otras almas la suya también añora de cuando en cuando. Se agarra el pelo en una cola, lista para la pelea y mete el pedazo de champurrada en la taza de café y como ya ha agarrado aviada también el pozolero de la bolsa, a gusto comienza a sopear con la cuchara.
Un pensamiento inmoral se le cruza por la cabeza, si la vieran sus amistades de ahora sopeando champurradas en una taza de café, la negarían como unas Judas. Más aterrada aún se pregunta qué dirían si supieran que su verdadero nombre es Magdalena.
¿Magdalena?, exclamarían en coro. Sí, como el pan, les contestaría.
No, pero es que más Judas que ella misma no hay, es toda una doble cara de las dobles caras de la clica de las Iscariotas, le replica de nuevo ese pensamiento inmoral que aparece siempre en el momento menos esperado, como la menstruación cuando se lleva ropa de color claro. Porque dicho está que a veces los pensamientos esos metiches la ponen en aprietos, con sus cosas inservibles como las fumadas esas de la dignidad, el respeto y otras hierbas. Cosas que solo le estorban, como las esquinas de las uñas del dedo meñique de los pies, que se ponen ahí de grandes mártires, pidiendo que no les pongan tacones apretados porque las lastiman. Já, lastimada estoy yo, exclama Magdalena en voz alta, pero al instante cierra el pico y vuelve a pensar para sus adentros, porque es mejor que nadie escuche lo que la memoria y su conciencia tienen qué decirle acerca de sus mañas de loca desquiciada.
Por ejemplo, si ya olvidó cuando de niña, descalza, acostada en la hamaca escuchaba a las chicharras cantar mientras sopeaba su tortilla tostada con banano en su taza de café recién molido, en casa de sus abuelos mientras su mirada se perdía en la majestuosa Sierra de las Minas.
Lena entonces vuelve en sí después del trance tan deplorable en el que la dejó el leñazo en la nuca, tira el café con la champurrada en el inodoro, agarra un yogurt del refrigerador y se va al gimnasio, donde quedó de juntarse con sus amigas para la clase de yoga e ir después a tomar jugos verdes al bar de jugos de Titi, que su nombre real es Margarita María del Carmen.

VIENTO QUE RECUERDAA, VIENTO QUE SOSTIENE
Inés Dagand – Argentina
Relato-testimonio
Hoy el viernes amaneció con un viento terco, de esos que parecen querer llevarse nuestros pensamientos lejos, como si supieran que a veces pesan demasiado. Y la lluvia, fuerte, insistente, cae con esa manera suya de limpiar lo feo, lo malo, lo que se nos pega sin pedir permiso.
Mientras la escucho golpear contra las ventanas, me acuerdo de cuando era joven. Mi padre salía con aquel tanque con canilla, juntaba el agua de lluvia como si fuera un tesoro. Con esa agua nos lavábamos la cabeza, y yo juraba que nunca había nada más puro. También teníamos un molino bombeador, porque él tenía quinta. Qué tiempos felices fueron aquellos. La niñez siempre vuelve cuando llueve fuerte: vuelve en olor, en imágenes, en un latido.
Y hoy, poeta, el viento no deja de soplar. Sopla tanto que parece música, una música rara, fría, que anuncia un invierno adelantado. Nos enferma con gripes que llegan antes de tiempo, sin avisar. Pero no queda otra que enfrentarlo, como se enfrenta todo lo que llega sin pedir permiso.
A veces pienso que si pudiera ser golondrina, volaría hacia donde está el calor y no conocería el invierno. Pero no, yo soy más bien calandria: la que se queda en su nido aunque azote el temporal, la que resiste, la que canta igual aunque el cielo esté gris.
Por eso te pido, Inés, mándanos un rayo de sol. Uno pequeño, uno tibio, uno que ilumine nuestras mentes con poesía. Con mar. Con campo. Con olor a hierbas recién mojadas.
Un abrazo lleno de nostalgias y sueños. De esos que no se pierden con el viento.

EL FANTASMA QUE TEMIA A LOS RATONES
Elspeth Gormley – España
Cuando heredé una pequeña casuca en una aldea de Galicia, supe que aquel lugar sería mi refugio. La casa, rodeada de bosque y con un arroyo que cantaba entre piedras, necesitaba apenas unos arreglos. La preparé con lo justo: una cocina de gas, una nevera de hielo, un colchón nuevo, velas para la noche y un pequeño huerto. Me hice de gallinas, una cabra y un perro fiel. Vivía como una asceta feliz, escribiendo en silencio mientras el bosque respiraba a mi alrededor.
Pero algunas madrugadas escuchaba ruidos en la buhardilla: carreras, golpes, y al amanecer, un ratón muerto bajo el ventanuco. Pensé en buscar un gato, hasta que una noche vi una luz azulada moviéndose arriba. Subí sin miedo.
—¿Quién eres? —pregunté.
Una voz temblorosa respondió:
—Soy Gregorio, el carpintero de la aldea. Marché con la Santa Compaña, pero me perdí. Habito aquí hasta que otra alma venga a buscarme.
Me contó que los ruidos eran culpa de los ratones.
—Siempre me dieron miedo —confesó—. Con la fuerza de la mente levanto una escoba y los aplasto.
Le prometí traer un gato. Y así empezó nuestra amistad.
Gregorio bajó a la planta baja. Su luz solo se veía de noche; de día el sol la apagaba. Me ayudaba en todo: movía sillas para arreglarlas, regaba el huerto haciendo volar un cubo lleno de agua, ordeñaba la cabra dejando caer chorros blancos en el cubo. El perro, al principio asustado, terminó moviendo la cola cuando veía descender la luz por la escalera.
Hablábamos mucho. Le pedí que me contara sobre su tierra. Su luz brilló más fuerte mientras hablaba de castros, dólmenes, meigas y la Santa Compaña. Galicia —decía— era un territorio mágico, lleno de almas antiguas.
Llegó la Noche de San Juan y fui invitada a una queimada. La ceremonia, entre brumas, orujo ardiendo y conjuros de meigas, me dejó fascinada. A la vuelta, ya de madrugada, me detuve en una casuca para pedir agua. Una anciana vestida de negro me abrió la puerta.
—Te esperaba, rapaciña —me dijo—. Nos conocemos desde hace quinientos años. A las dos nos quemaron en la hoguera. Tú tenías un lunar en la espalda.
Me marché temblando. No creía en supersticiones, pero ¿cómo sabía lo del lunar? Al llegar a casa, Gregorio me esperaba. Le conté lo ocurrido, pero no dijo nada. Quizá él sí creía.
Una noche estalló una tormenta terrible. El viento rugía, los árboles se doblaban, los animales gritaban asustados. Me refugié bajo las mantas mientras la luz de Gregorio se quedaba a mi lado, protegiéndome. No sentí miedo.
Al amanecer, el bosque brillaba limpio. Gregorio me habló con voz suave:
—Pronto me iré. Una meiga está a punto de morir. Vendrá la Santa Compaña por su alma… y por la mía.
Me dolió despedirme. Había sido mi compañía, mi consejero, mi amigo.
Esa noche, ya casi dormida, vi por la ventana una procesión de sombras con luces blancas. Se detuvieron frente a la casa. Una de las luces se acercó a mi ventana y parpadeó suavemente.
Le dije adiós con la mano.
La procesión se internó en el bosque dejando una estela de misterio y silencio.
Mi amigo Gregorio, el fantasma que temía a los ratones, se fue para siempre.

CAMINO DE SIRGA
Andrea Morini – Argentina
El aire sabe a tierra húmeda y a promesas rotas. El camino ese hilo gris que cose el tiempo en el paisaje— me trajo hasta aquí, a esta plaza desolada, corazón mudo de un recuerdo que ya no sé nombrar.
Pero un gigante me esperaba: el gran árbol. No es solo un testigo; es un padre vegetal de sombra vasta, un patriarca que me cobija del sol cenital, ese ojo inclemente del mediodía. Bajo su dosel, el mundo parece en pausa.
Más allá, la senda se estira: es el camino de sirga, que no fluye junto a un río de agua, sino acompañando al río de la vida. Discurre cansino, cargado de piedras como mi alma. Cada guijarro es un silencio, una herida que no cerró, el peso acumulado de las jornadas sin respuesta. A mis pies, un enigma se revuelve en el polvo: un amasijo de colores que se retuerce como un sueño febril. No reconozco su origen. ¿Es el vestigio de una alegría olvidada o la pincelada de un dolor tan antiguo que se ha vuelto abstracto? Quizás es la forma en que el recuerdo, al morir, descompone su luz en mil
fragmentos irrelevantes.
Y la distancia… es tan larga la distancia recorrida desde que partí, madre. Mi voz se alza como un susurro roto por el viento, buscando tu eco en el vacío. Esa distancia no se mide en leguas, sino en las capas de mí misma que he tenido que abandonar para seguir andando.
Recuerdo el otro lugar, el sitio de la partida. Allí, un niño jugaba con mi sombra; ella era un duplicado fiel y juguetón, una compañera sin peso. Pero aquí —lugar de troncos retorcidos, hieráticos y malheridos, en este bosque interior y simbólico—, ella ha cobrado otra voluntad. La busco, pero rehúye; sigue el camino. Se ha transformado en mi propio espectro, el futuro que me precede o mi verdad que se niega a la luz. Y el abismo de la duda se abre: ¿soy la que busca o la buscada? ¿Persigo la verdad de mi partida o soy yo misma la pieza clave que el destino intenta encontrar en este laberinto de piedras?
El agotamiento es un fango en los pies. Me siento. La tierra es fría, me llama al reposo definitivo. Pero el lugar donde me desplomo no es de descanso, sino de confinamiento: estas ruinas circulares me circundan. No son de piedra, sino los despojos de mis viejas creencias, los ciclos repetitivos del error, los muros concéntricos del miedo que siempre me devuelven al mismo punto de partida. La alegoría es brutal: estoy atrapada en mi propia historia inconclusa.
Sin embargo, en el centro de la quietud, el espíritu se tensa. Me levanto. No debo hundirme, sino trazar el mapa de mi encierro para encontrar el punto por donde debo saltar.
Madre, cae la tarde, así como el olvido. La luz final es una promesa melancólica. El crepúsculo no trae consuelo, sino la confirmación de la ley natural: lo que fue debe desvanecerse. Y el olvido no es solo la pérdida de la memoria, sino la aceptación de quién eres y la de su propia negación. Solo queda la que se levanta de las ruinas; la que, cargada de piedras y perseguida por su sombra, elige caminar un paso más, sabiendo que el camino de sirga no es para volver, sino para forjar una nueva orilla.

CAFÉ A LA TURCA
Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
Los dos hombres sentados ante las tazas con un café fuerte y excelentemente molido, lo acompañaban con unas masas dulces que eran una delicia.
—Esto se llama lokum —dijo Marcelo, chupándose los dedos—. Es exquisito.
—La verdad que sí —expresó Luis—. Nunca lo había probado. Está muy bueno.
Después de un cierto tiempo en el que disfrutaron la bebida y la comida, surgió la conversación:
—¿Qué te pareció la reunión? —habló Marcelo.
—Mirá, por no ser un grupo de autoayuda, fue bastante buena, porque cada uno de nosotros explicó lo que sentía… ¿No? —comentó Luis— Aparte, sinceramente, conté cosas que no le había dicho a nadie.
—¡Sí, es cierto! Creo que pusimos nuestros sentimientos afuera —Aseveró Marcelo—. Pero tengo tanto en el debe que no sé.
—¡Y yo! —dijo Luis—. El despiole que tengo en casa…
—Sí, pero vos eso lo podés corregir.
—¿Cómo?
—En primer lugar, echás a tus cuñadas. Te quedas tranquilo con tu mujer y se acabó el tema. Tu suegra ya se fue. Es el momento justo para poner las cosas en su lugar.
—No es tan fácil —aclaró Luis—. Tengo que convencer a mi mujer.
—Y viejo… apretala, ¡o ellas o vos!
—¿Y si elige ellas?
—¡Adiós! Vida nueva. Asunto terminado. En cambio, yo, te repito, tengo tanto en el debe.
—¿Qué tenés? Algún despelote de faldas, algún vuelto que te quedó en el camino…
—No, flaco, hay cosas que hice que son jodidas —dijo Marcelo en voz baja.
—¿Tan jodidas?
—No sé por qué te cuento esto porque no nos conocemos, pero… me llevé puesto a un tipo y una mina. Lo que más siento es la mujer. Me vio y no pude dejarla viva.
Luis se quedó mudo. No sabía qué decir.
Empezó a pensar que estaba pisando terreno minado y cambió radicalmente el ángulo de la conversación:
—¿Viste a Sakura, la mina de minifalda jean y medias negras y rojas? La verdad, me encantó.
—Sí —dijo Marcelo—. Muy sugestiva. Me hizo acordar a la mina que limpié.
Luis tragó saliva, apuró el café y se despidió con la excusa de que tenía que conversar con su mujer.
Marcelo se quedó pensativo mirando la borra en la taza. Había hablado demasiado.
Quince días después se reunieron nuevamente de acuerdo a lo acordado.
El único que faltó fue Luis.

REALIDAD DE LA FICCIÓN
Graciela Reveco – Argentina
¿Cuál es la forma?
Los dedos endurecidos. La mirada de vidrio, roto, sin lágrimas. La costumbre estalla de algún modo. Arranco de la pantalla del computador el crudo anuncio de la página de un matutino de mi país y escojo la página en blanco del Word.
Debo masajear mis dedos para moverlos, como si quisieran abordar la caricia del piano, pero es otro el teclado, lo sé. A veces, frente al paisaje más auténtico la magia se pierde. El cielo, el mar, los coqueros y las palmeras, la ancha Avenida inundada de almas que transitan con… ¿evidente bienestar? Lo beben, lo tragan como un salvoconducto de domingo, de caluroso placer, de arena y viento. Y frente a mis ojos el vacío de la hoja, que no es más que el abismo de lo incomprensible, y brama del otro lado, en el silencio de las anchas playas de Aracajú, capital de Sergipe, pequeño y paradisíaco estado de Brasil. Cuál es la forma, me pregunto, después de leer el matutino.
A mis ojos llega un temerario círculo negro. Lo conforman cuatro policías apostados estratégicamente en una esquina de la Avenida Santos Dumont, de Atalaya. Sostienen un arma pesada. La mirada sobre un punto cardinal. Cada tanto, en el camino, se dibuja ese mismo círculo y la gente no lo advierte, o lo ignora, pero sabe que allí está, sin ruidos y a la espera.
Mi notebook, de espaldas al paisaje de la cálida Orla, de la mansa tesitura del mar y del cielo, ilumina la hoja del Word que también aguarda. Entonces, la magia se rompe.
El círculo negro se mueve muy rápido. El joven de la moto debe detenerse; obligado. Los delincuentes asolan en todos los rincones de los mapas humanos.
El chico se quita el casco y me mira a lo lejos, sé que me mira, mientras dos policías lo esposan, lo revisan minuciosamente: sus ropas, la moto, papeles, todo en una fracción de segundos, con la menor brusquedad; el tercero busca
antecedentes en la memoria virtual; el cuarto vigila. Todo en cámara lenta, y el corazón galopa como un caballo. Lo siento. Y él me mira, a mí, no a ellos. Mis dedos se mueven desolados. No sé cuál fue la sospecha para detenerlo como si
fuera un delincuente. Tal vez su aspecto, tal vez solo el inconsciente buscando la ruptura de la magia. Y con la misma parsimonia, segura, negra, le quitan las esposas, le acomodan las ropas y le devuelven los papeles. Los cuatro
uniformados se retiran satisfechos para conformar de nuevo el círculo negro. Sé que el joven motoquero aún tiembla con el casco en la mano. Antes de colocarlo en su cabeza vuelve a mirarme, estoy cerca, del otro lado de la Avenida, en el
balcón de mi cuarto, frente al mar, los dedos sobre un teclado que no es de piano y emite un sonido indescriptible. Él me pregunta en silencio; sabe que el ruido de la seguridad con que transita la gente no me permitirá escucharlo.
Adivino.
-¿Você que olha? ¿Que escreve? -grita la mirada, no entiende qué miro o qué escribo.
Estremecida hasta el último cabello suelto las palabras del texto. La notebook calla, pero quiero decirlo, aunque no sea cierto. -Ficção -respondo, pero ya me da la espalda; sabe que miento.
La moto brama después de la patada y se lo lleva lejos. Y entonces dudo; la realidad es otra.
-¿Ficción? -repito en voz alta, y en español. Y lo escribo en la página del Word con los dedos quebrados, al inicio, sin deseos de llegar a la infinita tristeza de mi punto final argentino, por aquel crudo anuncio en un diario de mi país: Violenta golpiza a un “motochorro” que intentó robarle la cartera a una mujer en pleno centro. Otra vez la gente haciendo justicia “por mano propia”. Entonces… ¿Cuál es la forma?

COMPAÑERAS DE VIAJE
Sandra B. Romeo – Argentina
Sin luces ni sombras en su mirada, la anciana estaba parada en el andén de la estación, inmóvil entre la marea de gente.
Semejaba un árbol reseco esperando el hachazo final.
Quizá fue esto lo que llamó la atención de Ángela. Y eso que ella no era afecta a iniciar relaciones con personas desconocidas.
Se acercó a la vieja despacio, aprovechando los huecos que dejaban los pasajeros apretujados sobre la plataforma.
La tomó con cuidado del brazo con temor a que se le deshiciera en las manos y la despegó unos pasos del bloque humano.
Se sintió mirada, y en esa mirada, espejo a futuro, se vio.
Tuvo miedo.
Aun así ayudó a la viejita a subirse al tren y conseguir un asiento en los vagones atestados. Dio media vuelta para marcharse pero la voz cascada de una historia la atrapó.
—Sí —dijo la otra—, estoy sola en el mundo y soy vieja. Piensan que no lo sé, que no me doy cuenta o que soy tan estúpida como para no verlo. Sin embargo no siempre fue así. Sé de la familia, del amor y del abrazo. Sé del abandono.
Ángela se hizo un lugar a su lado dispuesta a escuchar.
Las manos huesudas de la anciana dibujaban signos en el aire y su mirada legañosa la enfocó al tiempo que le decía:
—Todo se remite a la confianza, querida. Cuando una confía nunca está sola. Cuando una confía, vive.
La joven ahuecó sus brazos y la contuvo. Con el traqueteo del tren y la cadencia de su monólogo la viejita se fue quedando dormida, no sin antes depositar a Ángela en la contemplación de su propio pasado.
Recordó.
El amor con Eduardo. La pasión que los condenaba a una vida apartada. La familia hinchando su vientre, bebiendo su tiempo así como su sangre.
Los engaños. Otras que nunca serían ella. Solo pasajeras sin ancla ni destino en la vida de él.
Pero otras al fin. la soledad que se coagulaba en horas de espanto durante el día y la asfixiaba durante la noche al punto de sentirse expulsada del tiempo.
Despacio, muy despacio, se deshizo del abrazo a su compañera de viaje acomodándole la cabeza con cuidado sobre el asiento de cuerina verde.
No sabía dónde estaba, pero sí sabía que debía bajarse de ese tren que era su vida. La otra, pajarillo breve en el inmenso vagón, seguramente viajaría hacia el final.
Se paró con lentitud dirigiéndole a la viajera una última mirada de cómplice agradecimiento.


