RELATOS – SEPTIEMBRE
© Todos los derechos reservados. Los textos publicados son propiedad de sus autores y están protegidos por la legislación de Propiedad Intelectual y el Convenio de Berna.

COLABORADORES
Maren Alberdi – España
Derec Alcántara Tello – Perú
Inés Dagand – Argentina
Enrique Fredy Díaz Castro – México
Margarita Filiputti – Argentina
Carlos González Saavedra – Argentina
Elspeth Gormley – España
Marga Mangione – Argentina
Ángel Medina – España
Cecilia Pari Silva (Khaekha) – Perú
Omar Svriz – Argentina
Jenny Tamayoshe (Girasol) – Estados Unidos
EL DÍA QUE MI PADRE EMPEZÓ A OLVIDARSE

Maren Alberdi-España
—Papá, ¿quieres café? Él me miró como si la palabra “café” fuera nueva. Como si nunca la hubiera pronunciado. Como si no supiera si le gustaba.
—¿Café? —repitió, despacio, como quien toca una piedra antigua. —Sí, papá. El de siempre. —El de siempre… —susurró, y en su voz había un hueco. Un hueco que antes no estaba.
Me sonrió. Pero no era su sonrisa. Era otra. Una sonrisa prestada, vacía, como si viniera de un recuerdo que ya no le pertenecía.
El café se enfriaba entre sus manos. Yo lo observaba en silencio, intentando memorizar cada gesto, cada parpadeo, cada pequeño destello de lucidez que aún quedaba en él. Porque el Alzheimer te obliga a eso: a guardar momentos como quien guarda agua en las manos, sabiendo que se escapa.
—Papá… ¿te acuerdas de mamá? Lo dije despacio, con miedo. Miedo de la respuesta. Miedo del silencio.
Él levantó la mirada. Sus ojos se llenaron de una luz que reconocí al instante: la luz del amor que no se olvida, aunque la memoria se rompa.
—Mamá… —susurró. Y sonrió. Una sonrisa limpia, verdadera, como un rayo de sol entre nubes.
—Sí, papá. Mamá. —Era… —buscó la palabra, la acarició, la sostuvo— era buena. —Lo era —respondí, sintiendo cómo se me apretaba el pecho.
Se quedó callado un momento. Miró la ventana. Miró el café. Miró sus manos. Y entonces dijo algo que me atravesó:
—A veces… la veo. —¿La ves? —Sí… pero no sé si es recuerdo… o sueño.
Me quedé quieta. No quería romper ese instante. No quería corregirlo. No quería traerlo de vuelta a la realidad. Porque en su mundo, mamá aún estaba viva. Y quizá, en algún lugar profundo, también lo estaba para mí.
—Papá… —le dije, tocándole la mano— si la ves, es porque te quiere. Él me miró. Sus ojos se humedecieron. —¿Tú también me quieres? —Claro que sí, papá. —¿Desde siempre? —Desde siempre.
Y ahí entendí la crueldad de la enfermedad: no solo roba recuerdos… roba certezas. Roba la seguridad de haber sido amado. Roba la identidad. Roba la vida.
Durante dos años lo cuidamos en casa. Mis hijos lo paseaban por el jardín, le hablaban, le contaban cosas que él ya no entendía. A veces se perdía dentro de su propia casa. A veces buscaba a su madre, como un niño. A veces se despertaba de madrugada, convencido de que tenía que ir a trabajar, aunque hacía décadas que no trabajaba.
Y cada día era más difícil. Cada día se nos iba un poco más. Cada día dejaba de ser él.
Hasta que llegó el momento que nadie quiere enfrentar: la decisión.
La decisión de ingresarlo. La decisión que te rompe. La decisión que te hace sentir culpable aunque sepas que es lo correcto.
El día que tuvimos que llevarlo al centro fue el más difícil de mi vida. No porque él protestara —ya no entendía del todo lo que pasaba— sino porque yo sabía que ese paso era una frontera. Una puerta que, una vez cruzada, ya no se abría hacia atrás.
Lo acompañé despacio por el pasillo. Él miraba las paredes como si fueran nuevas, como si nunca hubiera visto un pasillo, como si cada cuadro fuera un misterio. Yo llevaba su bolsa con ropa, pero sentía que cargaba algo mucho más pesado: la certeza de que mi papá ya no estaba ahí desde hacía tiempo.
Su cuerpo sí. Su presencia física sí. Pero él… él hacía meses que se había ido a un lugar donde yo no podía alcanzarlo.
La habitación era sencilla. Una cama, una ventana, una mesita. Él la miró con curiosidad infantil.
—¿Aquí…? —preguntó. —Sí, papá. Aquí vas a estar cuidado. —¿Cuidado…? —Sí, papá. Muy cuidado.
Se sentó en la cama. Movió las manos sobre la colcha como si fuera una textura nueva. Yo lo observaba, intentando no romperme. Pero me rompí igual.
Me acerqué. Le acomodé el jersey. Le acaricié la cara. Él me miró… pero no me reconoció.
—¿Quién eres? —preguntó, con esa voz suave que ya no era suya. Sentí que el mundo se me deshacía. Pero sonreí. Porque el Alzheimer te obliga a sonreír incluso cuando te estás cayendo.
—Soy yo, papá. —¿Yo…? —Tu hija. —¿Hija…? —repitió, como si la palabra fuera un juguete nuevo.
Cuando me fui, lloré en el coche. Lloré como nunca. Porque entendí que mi papá se había ido hacía mucho tiempo. Que lo que quedaba era su cuerpo… pero no él.
Las semanas pasaron. Yo iba a verlo cada siete días, como un ritual. A veces me reconocía. A veces no. A veces me llamaba por un nombre que no era mío. A veces me miraba como se mira a un desconocido amable.
Un jueves llevé conmigo el viejo tablero de ajedrez. Papá había sido un jugador excelente, de esos que no necesitan pensar porque la estrategia les nace sola. Lo coloqué sobre la mesa de su habitación, sin decir nada. Solo abrí el tablero y puse las piezas en su sitio.
Él estaba mirando la ventana. Pero cuando escuchó el leve sonido de la madera al tocar la mesa, giró la cabeza. Sus ojos, apagados desde hacía semanas, se encendieron de repente. Una chispa. Un destello. Un recuerdo que peleaba por volver.
—Papá… mira. Él se inclinó hacia adelante. Tocó un peón con la punta de los dedos, como si fuera un objeto sagrado. Lo levantó. Lo observó. Y sonrió.
—Esto… —murmuró. —Sí, papá. El ajedrez. —El ajedrez… —repitió, y por un instante, muy breve, volvió a ser él.
Movió un peón. Un movimiento simple, casi infantil. Pero yo lo sentí como un milagro. Porque durante esos minutos, aunque fueran pocos, aunque fueran frágiles, mi papá regresó.
Otro día llevé música. La música que él había amado toda su vida. Le coloqué los auriculares con cuidado, como si fueran alas. Conecté el lápiz de memoria. Y esperé.
Al principio no reaccionó. Pero cuando sonó la primera melodía, levantó la cabeza. Sus ojos se humedecieron. Y empezó a mover los dedos, siguiendo el ritmo. Un ritmo que su cuerpo aún recordaba aunque su mente ya no.
—Papá… ¿te gusta? Él no respondió. Pero sonrió. Una sonrisa pequeña, temblorosa, pero verdadera.
Durante unos minutos, la música lo sostuvo. Lo abrazó. Lo devolvió a sí mismo.
Pero también eso lo perdió. Un día ya no movió los dedos. Otro día ya no reaccionó. Y finalmente, la música se convirtió en un sonido más, sin significado, sin memoria.
Yo seguí llevándola igual. Porque aunque él ya no la reconociera, yo sí. Y necesitaba sentir que algo de su vida seguía ahí, aunque fuera solo para mí.
Y un amanecer de otoño, me llamaron. Me dijeron que mi papá se había ido.
Me quedé quieta. No lloré. No grité. No me derrumbé.
Porque mi papá… mi verdadero papá… se había ido hacía mucho tiempo.
Ese día solo se fue su cuerpo. Lo último que quedaba de él en este mundo.
Me acerqué a la ventana. Respiré hondo. Y pensé:
“Papá, ahora sí estás libre. Ahora sí estás entero. Ahora sí recuerdas todo.”
Y por primera vez en mucho tiempo… sentí paz.
El Alzheimer me enseñó que hay despedidas que empiezan mucho antes de la muerte. Mi padre se fue hace tiempo; hoy solo se ha ido su cuerpo.”
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A LAS DOCE Y DOCE

Derec Alcántara Tello- Perú
Intenté descifrar lo que habitaba en tu mente. Y, cuanto más lo intentaba, más me perdía en la mía.
Hay una culpa extraña en sobrevivir a ciertas cosas. Nunca sabes si hiciste todo lo posible o si simplemente aprendiste a convencerte de que no había nada más que hacer.
Durante mucho tiempo pensé que el karma me estaba castigando. No por haberte amado, sino por no haber sabido cómo hacerlo.
Qué curioso. Hubo un tiempo en que un mensaje tuyo bastaba para arreglarme el día. Hoy tengo miles de palabras guardadas que ya no saben a quién llegar.
A veces imagino que, si pudiera volver atrás, haría todo diferente. Después recuerdo que probablemente volvería a cometer los mismos errores. Porque nunca fue falta de amor. Fue falta de tiempo, de valor y de entendernos cuando todavía podíamos hacerlo.
Hay un reloj dentro de mi cabeza que dejó de funcionar hace mucho. Se quedó detenido a las doce y doce. Desde entonces, todos los recuerdos regresan a esa misma hora, como si el tiempo hubiera decidido conservar intacto el instante exacto en que todo terminó.
Y lo peor es que sigo hablándote. No porque espere una respuesta, sino porque todavía existe una parte de mí que se niega a aceptar que el silencio también puede responder.
Quizá algún día deje de escribirte. Quizá algún día deje de buscarte en personas que nunca fueron tú. Pero hoy todavía me duele admitir que intenté entender tu mente y terminé perdiendo la mía.
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A MIS 83 AÑOS

Inés Dagand-Argentina
A mis 83 años sigo pensando que cada día que amanece es un camino nuevo por recorrer, un capítulo en blanco que espera ser escrito. Me gusta levantarme con la ilusión de descubrir qué me traerá la jornada, porque siempre aparece alguna sorpresa. Por eso nunca me gustó la monotonía; me aburre. Prefiero la creatividad, imaginar, soñar y mantener viva la curiosidad.
Los días pasan muy deprisa. Quizá por eso he aprendido a valorarlos más. Disfruto de las cosas sencillas, de abrir los ojos por la mañana y agradecer que estoy aquí un día más. La vida es un regalo, y creo que nunca debemos dejar de dar las gracias por ella.
Siempre he pensado que la vida es servicio. Me acompaña una frase que siento muy verdadera: quien no sirve para servir, no sirve para vivir. Me gusta ser útil, ayudar cuando puedo, tender una mano o regalar una palabra de ánimo. Al final, lo que dejamos en los demás es lo que realmente importa.
También he aprendido que somos afortunados por la gente buena que encontramos en el camino. De todos se aprende algo. La vida es una escuela permanente y cada persona que conocemos nos deja una enseñanza, una reflexión o un recuerdo.
Cuando amanece un día espléndido y el sol asoma temprano, siento ganas de abrir las ventanas y dejar entrar el aire nuevo. Me gusta respirar profundamente y sentir que comienza otra oportunidad. Son momentos pequeños, pero llenos de belleza.
En casa nunca estoy del todo sola. Mi mascota me acompaña y me protege con esa fidelidad silenciosa que solo los animales saben ofrecer. Su compañía hace más cálidos los días.
No siempre tengo grandes historias que contar. A veces solo puedo decir que agradezco estar viva, que agradezco el cariño de los míos y que disfruto de las visitas de la familia y los amigos. Unas noches vienen mis sobrinos, otras comparto la mesa con un matrimonio amigo. Son encuentros sencillos, pero llenos de afecto, y eso basta para llenar el corazón.
Me alegra también ver triunfar a las personas que ponen amor en lo que hacen. Cuando alguien recibe un reconocimiento merecido, siento una alegría sincera. Esas cosas son una caricia para el alma y una recompensa a la entrega, al esfuerzo y al trabajo bien hecho.
Hay alegrías y también sinsabores, porque así es la vida. Pero incluso en los momentos difíciles siempre intento encontrar algo que aprender. Con los años he comprendido que vivir no consiste en que todo salga bien, sino en saber agradecer incluso aquello que nos enseña mientras duele.
Nunca imaginé que acabaría escribiendo. Durante muchos años pensé que eso era algo reservado para otras personas. Sin embargo, un día alguien me animó a expresar lo que sentía y descubrí que las palabras también podían ser mi manera de abrazar.
Ahora escribo como hablo, desde el corazón. Escribo porque la vida me sigue emocionando, porque sigo teniendo sueños, porque me gusta compartir lo aprendido y porque cada amanecer me recuerda que todavía quedan páginas por llenar.
Y mientras pueda abrir una ventana, respirar el aire de la mañana, disfrutar de la compañía de quienes quiero y dar gracias por un nuevo día, seguiré sintiéndome una mujer afortunada.
Con una sonrisa, un abrazo cálido y una suave brisa de primavera.
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CON EL SOL A CUESTAS

Enrique Fredy Díaz Castro-México
Trotando en la amalgama de recuerdos que se apretujan cuando el asueto se adueña de estas tardes salpicadas de nostalgia y de lluvia pertinaz, sustraigo aquellos en los que mi niñez arrobada en juegos, tareas escolares y el afán por jugar basketbol como lo hacían mis tíos y primos (a los que no les podía ganar por más que practicara al salir de clases) me detengo en momentos como en los que había que irle a llevar a ayudar a mi papá en leves actividades en la pequeña milpa. Cosechar el maíz, el frijol y el arroz, era un quehacer sin límite de tiempo para él, por eso yo, el mayor de siete hermanos, cumplía con la encomienda que fijaba ese gran señor que fue mi padre, mientras mi madre con su abnegación y sencillez cuidaba de la casa, de mis hermanos y de la cocina con esa disciplina tan suya y tan callada.
La felicidad pródiga y singular que me rodeaba, no alcanzaba a dimensionarla pero la alimentaba con el hecho de ver a toda ni familia unida, platicando y bromeando, correteando con mis hermanos y primos en el patio de la casa de los abuelos maternos, principalmente cuando vaciaban los costales de café capulín a secar al sol y con rastrillos de tabla los distribuían uniformemente para que el paulatino secado cobrara forma.
No pocas veces el abuelito Juan o la abuelita Chela nos regañaban por dejarnos caer en los gránulos de café recién cortado (Dios los tenga en la Eterna Gloria) aunque también ayudábamos en lo que podíamos bajo la supervisión de algunos de los tíos cuyas enseñanzas aún perduran.
Los cocoles, culrbrinas y papalotes que con finas tiras de palapas nos hacía el abuelito Juan eran verdaderas obras de arte, amarradas con hilo del oso del número cinco, cubiertas con papel de china de vistosos colores, pegados con la goma de sasaniles maduros. Los cocoles o papalotes, iban arqueados en la parte superior por un hilo al que adhería un resumbador hecho con una tira de papel.
Esos retazos de lejana felicidad infantil, son como fotografías de viejo álbum serenando la mirada y removiendo al corazón con ese compás que anuncia sonrisas inesperadas y silenciosas, mientras me traiciona una que otra lágrima indiscreta por el gusto de la evocación, incontenible pasajera del avión de esos ayeres bonito6e irrepetibles.
Mis padres, mis hermanos, mis demás familares, amigos y conocidos, nos forjamos el destino con el sol a cuestas y con la brisa de aquellas alboradas y atardeceres irradiando una felicidad que hoy seguimos viviendo pero con otros matices, otros sueños y con la familia que hemos construido al paso del tiempo, remando en la corriente que la vida dispuso para esta nave que diestra esquiva piedras y rápidos entre aguas de todas tonalidades y al compás del viento amigo y el tic tac del reloj imparable y sutil.
Anochecer del lunes 7 de septiembre de 2026.-
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HABLAR CON LA LUNA

Margarita Filiputti-Argentina
En un momento de lucidez, logró burlar la guardia y corrió hasta la plaza de la esquina, a embriagarse con el aroma de los jazmines.´
Agazapado entre los ligustros lo sorprendió la noche, plagiando lunas, escudriñando secretos de plata, que en la vorágine alocada donde pasa sus días, nunca nadie le confesó. Y de sus ojos inciertos, brotaron flechas escarlata, indagando, queriendo saber algo de ese oscuro pasado.
…Tan oscuro, tan gris, que borró de su mente todas las imágenes. —¿Cómo escapó? —retumban en el silencio las voces vehementes.
Al oírlas, un miedo ensordecedor lo paraliza. Como siempre, sabe que lo encontraran y se acurruca como un animal herido.
Los hombres de blanco están ahí. Sin explicar nada, lo llevan una vez más al tétrico pabellón de las almas marchitas.
Asomados a los mugrosos pasillos, los rostros sin luz lo reciben balbuceando frases incoherentes; mientras el fugaz sueño de hablar con la luna, se desvanece y se pierde en los intrincados laberintos de la locura.
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CAMINATA

Carlos González Saavedra-Argentina
Vivo en un pueblo de casas de tejas coloradas. Con palabras que encierran un pasado que ya no existe. Palenques sobre calles arboladas, en cuadras empedradas. Como la entrada a una estancia.
Con sus bosques de acacias. Donde los rayos del sol, se filtran entre ramas.
Con vecinos que miran y no dicen nada. Otros saludan, con una sonrisa franca, como si nada.
Un silencio me acompaña, los pájaros cantan. No quiero interrumpir su canto, esta mañana.
Camino sobre las calles, como detenido en el tiempo. Encuentro, quintas escondidas por dónde camina, plácidamente mi alma.
Silencio y belleza de ligustrinas bien cortadas. Con céspedes prolijos. Solo a cuadras del intenso tránsito de la vida cotidiana.
Algún jardinero podando, otro regando plantas, mientras el silencio habla .Cielo sin nubes, verdes y plantas.
¡Caminar, me hacía falta!
Casas de fin de semana, que guardan secretos de los que nadie habla. A pesar de historias cotidianas sobre casas abandonadas.
Voces que ya no hablan, memorias guardadas.
Semblanza de un pueblo de casas de tejas coloradas, por dónde camina placida mi alma.
Donde todo es aprendizaje y enseñanza.
Contrastes de la vida misma.
¡Cuánta falta me hacía caminar, cuánta!
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LA MUJER QUE TENÍA MIL MENSAJES Y NI UNA VOZ

Elspeth Gormley-España
Se llamaba Clara. Tenía cincuenta y tres años, dos teléfonos, tres cuentas de correo, cuatro redes sociales y una vida llena de notificaciones… pero vacía de personas.
Cada mañana, al despertar, su móvil vibraba como si el mundo entero la buscara. Mensajes, alertas, correos, anuncios, recordatorios. Un ruido constante. Una compañía falsa.
Clara respondía a todos. A veces con un emoji, a veces con un “ok”, a veces con un audio rápido. Parecía acompañada. Parecía conectada. Parecía rodeada.
Pero cuando apagaba la pantalla, el silencio era tan grande que podía escucharse a sí misma respirar.
La soledad no era nueva. Había empezado años atrás, cuando sus hijos se fueron, cuando su matrimonio se apagó, cuando sus amigas empezaron a tener vidas que ya no coincidían con la suya. Pero la soledad digital era distinta: era una soledad llena de ruido, una soledad que no se nota desde fuera, una soledad que se disfraza de compañía.
Un día, Clara se dio cuenta de algo que la golpeó como una verdad incómoda:
Tenía cientos de conversaciones… pero ninguna vida compartida.
La gente le escribía, sí. Pero nadie la miraba a los ojos. Nadie le tocaba la mano. Nadie le preguntaba cómo estaba… para escuchar la respuesta.
Una tarde, mientras preparaba café, su móvil vibró con fuerza. Un grupo de WhatsApp. Diecisiete mensajes en un minuto. Memes, fotos, audios, chistes.
Clara los leyó todos. Sonrió. Respondió con un corazón.
Y luego, sin saber por qué, se echó a llorar.
Lloró de golpe, como si alguien hubiera abierto una compuerta dentro de ella. Lloró por la falta de abrazos. Por la falta de voces reales. Por la falta de presencia. Por la falta de vida.
Lloró porque se dio cuenta de que nadie sabía que estaba llorando. Nadie. Ni uno solo de los que le escribían.
La soledad digital es así: te rodea de gente que no está. Te llena de palabras que no tocan. Te acompaña sin acompañarte.
Clara decidió salir a caminar. El móvil vibraba en su bolsillo, insistente, como un niño caprichoso. Ella no lo miró.
En la calle, la gente caminaba rápido, mirando pantallas, hablando sin hablar, viviendo sin vivir. Clara se sintió invisible. Pero también se sintió libre.
Se sentó en un banco. Respiró hondo. Miró el cielo. Miró a la gente. Miró sus manos.
Y entonces entendió algo que le dolió… pero también la despertó:
La soledad no era que nadie la buscara. La soledad era que nadie la veía.
Ese día, Clara apagó el móvil. No lo silenció. No lo puso en modo avión. Lo apagó.
Por primera vez en años, escuchó el mundo sin filtros. El viento. Los pasos. Las voces. La vida.
Y también escuchó algo que había olvidado: su propia alma.
No dejó las redes. No dejó los mensajes. No dejó la tecnología. Pero dejó de confundir ruido con compañía, pantallas con personas, mensajes con afecto.
Clara aprendió a buscar miradas. A buscar voces. A buscar manos. A buscar presencia.
Porque la soledad digital no se cura con más mensajes. Se cura con más vida.
“En un mundo lleno de pantallas, Clara descubrió que la verdadera conexión no vibra: respira.”
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DIOS, LA POESÍA Y LOS POETAS….

Marga Mangione-Argentina
Dios estaba preocupado. Había puesto en el mundo a los hombres para que la raza humana reinara sobre todo lo que existía, para que cuidaran la tierra, admiraran la belleza de la Creación y convivieran en armonía con cuanto les rodeaba. Sin embargo, observaba con tristeza que el hombre vivía continuamente entre guerras fratricidas, enfrentamientos absurdos y disputas interminables en las que afloraban sus más bajos instintos. Cualquier motivo parecía suficiente para desencadenar la violencia: un trozo de tierra, una mujer, un caballo o un simple desacuerdo. Una palabra mal interpretada bastaba para que los hombres se enemistaran y pelearan hasta la muerte. Dios contemplaba aquellos actos con desazón, porque aquello no se parecía en nada al mundo que había imaginado cuando creó a los seres humanos. Él deseaba una humanidad capaz de compartir, comprender y amar. Quería otra cosa para su Creación.
Vigilaba constantemente a aquellos hombres y mujeres que había formado a su imagen y semejanza. Desde el cielo observaba cómo repetían una y otra vez los mismos errores, incapaces de aprender de sus sufrimientos. Como castigo, les enviaba pestes y calamidades, esperando que la adversidad les enseñara prudencia y compasión. También confundió sus lenguas para ver si, al no comprenderse entre sí, disminuían los enfrentamientos y se veían obligados a buscar otros caminos para relacionarse. Pero nada parecía dar resultado. A pesar de todas las pruebas y advertencias, seguían peleándose por cualquier motivo. La guerra se había convertido en una costumbre y la rivalidad en una forma de vida. Eran guerreros por naturaleza, o al menos eso parecía.
Una noche, cansado de pensar en nuevas maneras de corregir a los hombres y de encontrar un remedio para aquella violencia interminable, decidió descansar en el Paraíso. Mientras reposaba y contemplaba la inmensidad del firmamento, escuchó de pronto una voz dulce y melodiosa que ascendía desde la tierra. Aquella voz viajaba acompañada por las notas de un instrumento que no recordaba haber creado y que producía una música tan hermosa como desconocida. Las palabras hablaban de amor, de esperanza y de los sentimientos del corazón humano. Dios permaneció inmóvil, sorprendido. Hacía mucho tiempo que no escuchaba algo tan bello salir de la boca de un hombre.
Intrigado, se asomó por detrás de una nube para ver mejor al dueño de aquella voz. Lo encontró refugiado bajo la sombra de unos frondosos árboles, cantando con serenidad, como si el mundo entero desapareciera mientras entonaba sus melodías. Dios quedó maravillado. Por un instante olvidó sus preocupaciones y se dejó llevar por aquella música que parecía capaz de devolver la paz incluso a los corazones más agitados. Entonces decidió descender para conocer a aquel extraño cantor.
Su voz retumbó como un trueno entre las copas de los árboles cuando preguntó:
—¿Quién eres, y quién te enseñó a cantar de una manera tan hermosa?
Al principio, el hombre se asustó ante la presencia de ese Ser extraño, que brillaba más que el sol, y que le hablaba con una voz tan fuerte y tan profunda. No atinó a contestar nada, pero ante la insistencia de Dios, le dijo con voz trémula:
-Soy un Juglar… y voy por el mundo llevando las noticias de los acontecimientos que suceden, por medio de mis canciones. De otro modo, no se enterarían en otros pueblos, por ejemplo, lo que sucede aquí.
Dios se sorprendió mucho de lo que este hombre le decía. Había estado tan ocupado en solucionar el problema de las guerras, que no se había percatado de la presencia de los Juglares. El que tenía adelante, siguió diciendo: -También cuando regreso, traigo noticias de otros lugares. Lo hago a cambio de un vaso de vino, y un trozo de pan y queso, únicamente… Soy bien recibido en cada sitio que visito. Sobre todo, por las damas, que me esperan para que les cante canciones de amor.
Pero también los hombres necesitan de mí, para conocer las novedades del mundo. ¡Me quieren y aprecian lo que hago!
Dios sonrió y le dijo cariñosamente:
-¡Muy bien, Juglar, te felicito! ¡Sigue haciendo eso por todo el mundo! Yo voy a ayudarte parea que te respeten y te cuiden…
Y pensó satisfecho: De ese modo, se acabarán las guerras. Entonces, ya más tranquilo, se volvió al cielo. Pero las guerras, lejos de acabar, siguieron creciendo y cada vez eran más sangrientas, porque el hombre, en su deseo de conquista, inventaba armas, cada vez más letales. Dios consideró que, si los escarmientos eran inútiles, entonces tendría que darle al ser humano un modo para que las buenas noticias llegasen más rápidamente de un pueblo a otro. Eso los haría más buenos, y pondría fin a las eternas peleas. Pensó y pensó, y se le ocurrió ordenarle a los Fenicios, que inventasen un modo de escribir por medio de signos que todos pudieran comprender. Así nació la escritura griega y la latina. De ese modo, volcando en un trozo de piedra, madera, papiro o tela, las canciones de los Juglares, éstas llegarían a todos los lugares de la tierra donde hubiese gente. ¡Esa sería la solución! Los seres humanos ocuparían gran parte de sus días leyendo, entonces, no tendrían tanto tiempo para pelear. Así comenzó a escribir el hombre. Pero era un trabajo titánico, pues había que hacerlo a mano, y cada libro llevaba varios meses para ser escrito.
Pasaron muchos siglos y no se adelantaba mucho. Siguió pensando Dios, y se le ocurrió que un sabio llamado Gutenberg, inventara la imprenta de tipos movibles de metal. Este hombre, asociado a otros, como Johann Fust, luego con Albert Pfister, y después con Piter Schoeffer, quien introdujo ciertas modificaciones en el nuevo descubrimiento, lograron editar libros. En realidad, el primero que se imprimió fue la célebre Biblia de 42 líneas. Pocos años después, la imprenta era conocida en todo el mundo antiguo o moderno.
Satisfecho, Dios creyó haber logrado por fin, que la paz reinara en la tierra. Pero los libros, lejos de traer la felicidad tan anhelada por Él, eran utilizados para enseñar las artes de la guerra. Cada vez se editaban menos libros de poesía, religión y amor, y más libros de magia negra, pornografía y estrategia en el arte de la pelea. Y, además, eran pocos los que sabían leer y escribir. Hizo que se crearan las escuelas, pero solamente los hijos de los ricos estudiaban. Y eso no era suficiente.
Dios se enojó mucho. En realidad, estaba furioso. El hombre, su mayor creación, lo había desafiado por siglos y siglos. ¡Tenía que hacer algo para que esto cambiara! Pero… ¿Qué? Había probado muchas maneras diferentes sin resultado. Y fue entonces
cuando se dio cuenta de algo muy importante: donde había poetas reunidos, nadie se peleaba. Todos compartían sus escritos en un ambiente de armonía y paz. Luego, cada uno se volvía a su hogar enriquecido a su vez, con lo que había recibido de sus colegas.
¡Ésa era, al fin, la solución! Tenía que sembrar poetas por toda la tierra. ¡Claro que sí! ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Y así lo hizo.
Por eso hoy, en cada comunidad, en cada gran ciudad o pequeño pueblo, los poetas se reúnen a leer sus poesías y en el momento en que ellos leen, comparten o intercambian sus obras, el mundo se detiene, y en él, ¡reina la paz!
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CINCO MARIDOS Y UNA MUJER

Ángel Medina-España
Noelia era una belleza exótica. Para hacerse una idea, recuerde el lector la exuberancia de la Loren en su juventud. Grandes ojos, pómulos prominentes, boca jugosa y una melena zahína que se desparramaba sobre sus hombros como una cascada.
La mujer recordaba lo que había sido su vida hasta entonces.
Se había casado a temprana edad y era feliz. Pero, el destino es cruel y pronto retira las mieles y trae hieles. Enviudó y volvió a contraer nupcias. Así hasta cinco veces. Todos sus esposos habían pasado por una misma experiencia: acudir a la cita con la muerte mediante un accidente, ser hallados vivos al cabo del tiempo y quedar traumatizados como consecuencia del mismo, hasta que posteriormente lograron recuperar la memoria.
Escarmentada, se propuso nunca más probar suerte en el amor y para alejarse de los recuerdos nada mejor que un viaje. Al regreso se encontró con cinco cartas. Pronto pudo identificar las grafías como procedentes de cada uno de los cinco desaparecidos. Todos y cada uno de ellos le anunciaban haber salvado su vida milagrosamente y regresaban a casa con su mujercita, ignorando la situación que se había originado.
¿Qué hacer con una coyuntura tan enrevesada? Cada cual consideraba ser su marido legítimo, pero ella sabía que no era posible tal grado de macro-bigamia, por lo que decidió acudir al juez.
El instructor propuso que convivieran todos juntos. Pero Noelia, que además de guapa y sensual era virtuosa, no acepto la propuesta. Entonces, como nueva medida, arbitró que se alternasen cada uno como pareja itinerante durante un tiempo. Aquello le pareció una mojigatería, pues se le antojaba ser una mujer pública que permuta su intimidad con distintos varones, y ella, aunque muy reque casada, era toda una señora. Entonces, el regulador le planteó que echase a suerte para ver a quién le tocaba quedarse con ella, pero esta medida tampoco satisfizo a la mujer, al no considerarse el osito de feria que se obtiene como premio en una rifa. ¿Y si de disolvieran los matrimonios y ella los indemnizase? Tampoco resultó posible, pues la muchacha era bella, pero también pobre.
¿Qué hacer? ― pensaba para sí el Magistrado, contemplando en su interior que bien podría relatar a sus nietos al jubilarse tan complejo relato, seguro de oírles responder aquello de “Abuelo, no nos cuentes historias”.
Lenta, progresivamente, comenzó a fraguar en su testa una genial idea. ¿Por qué no recurrir a “él” o algo similar? Nada perdía con intentarlo, porque el caso no podía ser cerrado en falso y alguna salida tendría que haber. Meditó un buen rato, imaginando la escena del rey sabio, con el niño en sus brazos y las dos mujeres asustadas al escucharle decir que lo dividiría en dos mitades, una para cada una de ellas.
El silencio se hizo cortante como el cuchillo que penetra en la niebla densa para abrir paso a la palabra. Finalmente, sentenció con tono solemne y salomónico.
― Siendo el amor ciego ha de estar predispuesto a la entrega total e incondicional. ¿Y qué mayor consagración- les interpeló a los cinco- que la de entregar el máximo don que se posee, esto es, la vida? Así, pues dicto sentencia. Noelia les ofrecerá a ustedes una bebida que contiene cianuro. Sólo una de ellas no lo tendrá. El que viva, se constituirá en su marido. ¡A fin de cuentas, todos ustedes estaban muertos!
Al conjuro de sus palabras, los cinco hombres se miraron con cara de sorpresa. Ciertamente, ninguno esperaba una sentencia de tal calibre. Sólo el amor verdadero es capaz de darse por completo. Lentamente comenzaron a desfilar ante el estrado. Todos iban en actitud cabizbaja. Sólo uno permaneció allí. Era el primer marido. Había decidido arriesgar su vida con tal de ganar su amor. Y en aquel punto entendió ella quién la amaba de verdad. En aquel reducido espacio judicial se proclamó el renacido matrimonio. Y es que el amor es el único capaz de arriesgar los miedos que todos llevamos dentro.
La sala se había vaciado. Cuando todos salieron, habiendo quedado sólo el togado, vertió la bebida de las copas en una sola, ingirió el líquido para calmar su sed y abandonó el estrado sonriente, satisfecho por su sentencia. Salomón había actuado bajo la especie del agua.
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CLARIDAD

Cecilia Pari Silva (Khaekha -Perú
Aquella mañana decidí acercarme al ventanal de su casa, el que daba al patio principal. Lo vi sonriente, leyendo las tiras cómicas de un periódico antiguo. Cómo le gustaban. En mi mente solo existían el cariño sincero y una ternura inmensa por todo lo que hacía. Jamás imaginé nada más. ¿Amor? Eso era para necios y soñadores, para quienes estaban dispuestos a perder el tiempo, el equilibrio y hasta la libertad.
Cuando me descubrió junto al pequeño muro bajo la ventana, sonrió. Corrió a abrir la puerta y, casi como un niño, me tomó de la mano para hacerme pasar.
La tarde se convirtió en noche sin que nos diéramos cuenta. La conversación fue vaga, ambigua, pero interesante. Ninguno supo en qué momento había oscurecido.
Los años transcurrieron en un aparente silencio, al menos en lo que a sentimientos se refería. Terminó el colegio y cumplió uno de sus grandes sueños: marcharse a la capital para ingresar en la universidad.
A partir de entonces comenzaron a llegar sus cartas. Siempre puntuales. En ellas me hablaba del campus, de las nuevas amistades y, muy especialmente, de una joven llamada Amanda.
Al principio me parecía curioso el modo en que la describía, la alegría que le producía compartir un café con ella después de las clases. El tiempo siguió avanzando y yo no me inquieté. Después de todo, él era mi mejor amigo. Casi un hermano.
Pero una primavera todo cambió.
Una de sus cartas comenzaba con unas palabras que me dejaron sin aliento:
«Mi entrañable Laura… Si tan solo hubieras volteado a verme, no con ojos de amiga, sino con los de la mujer que esperé durante tanto tiempo, jamás le habría propuesto matrimonio a Amanda…»
Seguí leyendo.
Me hablaba de mis consejos, de cómo había seguido mis palabras porque estaba convencido de que yo nunca sentiría por él nada más que amistad. También confesaba que había intentado hacerme llegar sus sentimientos una y otra vez, sin obtener respuesta.
Cuando terminé la carta, sentí que el corazón quería escapar de mi pecho. Corrí a buscar las anteriores. Leí una tras otra.
Entonces lo comprendí todo. Allí estaban las señales que nunca quise ver.
«Cómo te extraño, loquilla mía…»
«Mi dorado tesoro…»
«Mi corazón salta cuando recuerdo tu nombre…»
Carta tras carta, descubrí que mi mejor amigo me había entregado su alma sin que yo fuera capaz de entenderlo.
No había sido falta de claridad por su parte. Había sido ceguera por la mía.
Y mientras sostenía aquellas hojas entre mis manos, comprendí algo que llegó demasiado tarde:
que yo también lo amaba.
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EL REGRESO.

Omar Svriz-Argentina
Después de haber partido buscando mejor destino, regreso a mi terruño , allá donde nací y me crié, al llegar a la tranquera me detengo y veo un inmenso yuyal, cubriendo la casa paterna convertida en tapera envuelta en absoluta soledad. ya no estaban los pollos patos ni gallinas que otrora cubrían el amplio patio rodeado de naranjos y mandarinos, tampoco el perro con su ladrido de bienvenida ha salido a recibirme, no estaba ese balde lleno de agua sobre la vieja mesa de algarrobo bajo el alero de la galería, debajo de ese frondoso pino descansaba el viejo arado de manceras , con el cual siendo aún un niño mi padre me enseñó a labrar la tierra, más allá la cultivadora Y esa rastra , la cual era tirada por caballos.
El alambrado parecían viejas y destempladas cuerdas de guitarra que ya no podían ejecutar ni un sonido, el pozo sin brocal, desmoronado, El yunque oxidado , sobre él descansando el martillo con sus lados deformado de tanto golpear rejas ,asadas y doblar hierros.
Mis ojos recorrían ansiosos todos los lugares , cada rincón, cada espacio, pero nada nada era igual, algo o alguien le faltaba el campo aquella tarde de verano. cuando un hilo de lágrimas surcaban mis mejillas pues me sentía un pájaro que le faltaba su rama donde posarse, al pararme detrás de la casa donde siempre tomábamos mate, allí allí estaba eso ese alguien que buscaba yo ,ahí debajo del naranjo, con su estampa casi centenaria y su sombrero de gran ala, sus flacas y huesudas manos sosteniendo entre su dedo esa asada con la cual trabajaba la tierra estos últimos años y cultivaba sus pocas plantaciones de mandiocas batatas calabazas y otras verduras que compartía con su compañera de 60 años de vivir juntos ,(mi madre )y la demás familia que vivían en el pueblo.
Allí estaba él, Don pipín ,apodo por el cual lo conocían todos a mi padre, encorvado, parece sentir mi presencia, se da vuelta y me mira como llamándome, fue tan grande la emoción que en un momento recorrí los días que pasamos juntos en mi niñez y adolescencia y de cuando trabajábamos la tierra y las siestas compartidas debajo de ese Naranjo.
Lo nombré papi, papi , cómo lo hacía siempre ,corrí extendiendo mis brazos, para rodear su cansado cuerpo, y estrecharlo en el más profundo de mis abrazos. pero cuando lo cerré para apretarlo contra mi pecho me di cuenta que no había nadie, yo estaba solo, cerré los ojos un momento y cuando los volví a abrir regresé a la realidad.
Mi padre hacía ya dos años que había dejado de existir , no pude llegar a tiempo para darle el último adiós , por eso mi padre para mí , aún sigue con su vieja asada en la mano abriendo surcos en la tierra
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A LA VIDA
Reflexión en prosa

Jenny Tamayoshe (Girasol)-Estados Unidos
He aquí, querida vida, tratando de entender el porqué no te damos la importancia que realmente te mereces, si ya desde el mismo instante en que se nos concede eres una bendición…
El hecho de abrir cada día los ojos a un nuevo amanecer ya es motivo para sentirnos dichosos. ¿Por qué entonces se nos hace difícil el diario caminar por este sendero? ¿Por qué desperdiciamos este valioso tiempo en necedades absurdas cuando podríamos estar compartiendo y queriéndonos más?
¿Te has puesto a pensar cuántos en estos instantes se están aferrando a la vida que hoy se les escapa de entre las manos? ¿Cuántos te amo se pierden en el tiempo, creyendo que habrá un mañana más para decirlo?
Se viven tiempos tan agitados donde se habla de libertad, pero somos presos de nuestros propios infiernos. Vivimos en la era de la tecnología, pero donde los corazones están vacíos; donde no importa empujar al que viene cerca de ti con tal de sobresalir, donde ya nada se da de gratis sin que en el fondo se busque algo a cambio.
Cada día la vida nos enseña algo, pero hay que saberla escuchar. Nadie es perfecto, todos cometemos errores, pero es ahí donde se empieza a crecer y a caminar hacia un futuro diferente, donde lo principal será estar bien contigo mismo, porque el día que nos vayamos, solo rendiremos cuentas de todo lo que hayamos hecho en esta tierra que nos vio nacer..
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