CRÓNICAS Y ENSAYOS – MAYO

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Cronicas-y-ensayos

“Las crónicas son la memoria que se niega a desaparecer.” Maren Alberdi

COLABORAN

Maren Alberdi – España

Ilka Oliva Corado – Estados Unidos

Enrique F. Díaz Castro – México

Elspeth Gormley – España

Leila Guerriero – Argentina

Gustavo Páez Escobar – Colombia

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EL TIEMPO QUE PASA SIN PEDIR PERMISO

Maren Alberdi – España

Hay meses que llegan sin hacer ruido, pero traen consigo un temblor que lo mueve todo. Junio es uno de ellos. No pregunta, no avisa, no se disculpa. Simplemente aparece, como aparece el tiempo cuando decide recordarnos que sigue avanzando aunque nosotros estemos distraídos.

Cada año, cuando el calor empieza a insinuarse en las calles, miles de jóvenes se sientan ante un pupitre para enfrentarse a un examen que parece más grande que ellos. Y mientras los vemos entrar en las aulas con mochilas llenas de apuntes y manos que tiemblan un poco, entendemos que el tiempo también les ha llegado sin pedir permiso.

Nosotros, los adultos, miramos desde fuera, pero no desde lejos. Porque también fuimos ellos. También tuvimos dieciocho años y la sensación de que todo dependía de un número escrito en una hoja. También creímos que la vida se decidía en un examen, en una nota, en un instante.

Pero la vida —esa maestra silenciosa— se encargó de demostrarnos que no. Que los caminos se abren y se cierran sin seguir un calendario. Que lo que hoy parece definitivo mañana se vuelve pequeño. Que el tiempo, cuando pasa, también cura, acomoda, recoloca.

Y sin embargo, cada junio nos devuelve a ese vértigo. A esa mezcla de miedo y esperanza. A esa certeza de que crecer duele, pero también empuja.

Los jóvenes se juegan un sueño, sí. Pero nosotros nos jugamos otra cosa: la memoria. La memoria de quienes fuimos, de lo que temimos, de lo que deseamos con una intensidad que ya no recordábamos.

Porque el tiempo pasa sin pedir permiso, pero deja huellas. En los hijos que crecen. En los nietos que vuelan. En los amigos que ya no están. En los planes que cambiaron de forma sin consultarnos. En los días que se nos escaparon entre obligaciones y prisas.

Y aun así, hay algo hermoso en esa fugacidad: el tiempo no se detiene, pero nos enseña a detenernos nosotros.

A mirar a los jóvenes con ternura. A acompañarlos sin presionar. A recordar que nadie tiene por qué saberlo todo a los dieciocho. A aceptar que la vida no se decide en junio, ni en un examen, ni en una nota.

La vida se decide en el camino. En la constancia. En la capacidad de levantarse cuando algo no sale como esperábamos. En la valentía de seguir adelante incluso cuando el plan A se tambalea.

Junio pasará. Los exámenes pasarán. Los nervios pasarán.

Pero ellos —los jóvenes— seguirán construyendo su historia. Y nosotros seguiremos ahí, sosteniéndolos con la serenidad de quienes ya han sobrevivido a todos los exámenes que no venían en ningún libro.

Porque el tiempo pasa sin pedir permiso, sí. Pero también nos regala la oportunidad de mirar hacia atrás y decir: “Aquí sigo. Y sigo aprendiendo.”

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UNA TAZA DE CAFÉ RECIÉN MOLIDO

Ilka Oliva Corado – Estados Unidos

Lena abre la bolsa y toma el que piensa que es el último pedazo de champurrada pero, para su sorpresa un puñado de pedazos más pequeños se revuelve con el pozolero. Asombrada cierra los ojos y vuelve a mirar dentro de la bolsa, aquello parece un gran guindo. Con urgencia otra vez cierra los ojos deseando que al abrirlos no encuentre de nuevo la gran hondonada, pero ahí está, inamovible, para entonces Lena ha entrado en un estado de estupor  como la primera vez que vio la tierra roja de Salamá.

Algo la sacude, su respiración cambia de ritmo y siente como ahogarse con su propia saliva, desesperada hace el esfuerzo de tragar, pero hay un nudo de sal atrancado que se desmorona cuando siente el leñazo en la nuca y de sopetón comienza a rodar en los barrancos de la memoria. Cae a culumbrón[ en el sabor de las mañanas de su infancia. Ahí está de nuevo la imperdible, tan puntual e insobornable nostalgia que la lleva a lugares que están refundidos en saber qué recovecos de los años juidos

Para qué púchicas, se pronuncia, poniendo el enojo de pretexto, de nuevo con sus once ovejas para no declararse culpable de extrañar. Envalentonada solita se pone al brinco exigiendo que la esculquen y todo para no decir en voz alta que, como muchas otras almas la suya también añora de cuando en cuando.  Se agarra el pelo en una cola, lista para la pelea y mete el pedazo de champurrada en la taza de café y como ya ha agarrado aviada también el pozolero de la bolsa, a gusto comienza a sopear con la cuchara.   

Un pensamiento inmoral se le cruza por la cabeza, si la vieran sus amistades de ahora sopeando champurradas en una taza de café, la negarían como unas Judas. Más aterrada aún se pregunta qué dirían si supieran que su verdadero nombre es Magdalena. 

¿Magdalena?, exclamarían en coro. Sí, como el pan, les contestaría. 

No, pero es que más Judas que ella misma no hay, es toda una doble cara de las dobles caras de la clica de las Iscariotas, le replica de nuevo ese pensamiento inmoral que aparece siempre en el momento menos esperado, como la menstruación cuando se lleva ropa de color claro.  Porque dicho está que a veces los pensamientos esos metiches la ponen en aprietos, con sus cosas inservibles como las fumadas esas de la dignidad, el respeto y otras hierbas. Cosas que solo le estorban, como las esquinas de las uñas del dedo meñique de los pies, que se ponen ahí de grandes mártires, pidiendo que no les pongan tacones apretados porque las lastiman. Já, lastimada estoy yo, exclama Magdalena en voz alta, pero al instante cierra el pico y vuelve a pensar para sus adentros, porque es mejor que nadie escuche lo que la memoria y su conciencia tienen qué decirle acerca de sus mañas de loca desquiciada. 

Por ejemplo, si ya olvidó cuando de niña, descalza, acostada en la hamaca escuchaba a las chicharras cantar mientras sopeaba su tortilla tostada con banano en su taza de café recién molido, en casa de sus abuelos mientras su mirada se perdía en la majestuosa Sierra de las Minas. 

Lena entonces vuelve en sí después del trance tan deplorable en el que la dejó el leñazo en la nuca, tira el café con la champurrada en el inodoro, agarra un yogurt del refrigerador y se va al gimnasio, donde quedó de juntarse con sus amigas para la clase de yoga e ir después a tomar jugos verdes al bar de jugos de Titi, que su nombre real es Margarita María del Carmen. 

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EL BORDO GRANDE Y LA TRAGEDIA PAULATINA DEL AGUA

Enrique F Díaz Castro – México

La vieja y polvorienta brecha que lleva al Bordo grande o Plan, cruza a la orilla de vastas parcelas cuyo lucido verdor tiene el precio de estar dejando al pueblo sin agua. 

Treinta años atrás podíamos presumir del vital líquido que incluso noche y día se tiraba al pie del auditorio municipal, en La Colonia, en La Nica y en rn los viejos lavaderos de La Peñita.

Hace una década inversionistas extranjeros llegaron con gordas chequeras, ofreciendo buen dinero por la renta de todas las hectáreas posibles para sembradíos, instalar túneles de plástico y hacer parir la tierra con tres o cuatro cosechas anuales, para eso, llegaron con  certificados autorizados por parte de La Conagua para construir pozos profundos con un anchor no mayor a cuatro pulgadas y con un máximo de cien metros de profundidad para la pertinente extracción.

Está de más decir que no cumplieron y actualmente hay cientos de pozos profundos en El Plan, absorbiendo millones de litros del vital líquido a más de doscientos metros de profundidad y con tubos extractores de hasta ocho pulgadas de ancho.

Tangamandapio, Michoacán (Mex.) aquel pueblo antes pródigo en agua, hoy se consume en la sequía que paulatinamente crece, mientras los acaparadores, han construido gigantescas y profundas ollas almacenadoras con capacidad para cientos de miles de litros que a diario bañan los extensos invernaderos de ese permanente verdor cuyo alto precio radica en la cada vez mayor carencia del vital líquido en esta parte del occidente del enorme bajío mexicano.

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EL TEMBLOR QUE SE CONVIRTIÓ EN REVISTA

Elspeth Gormley – España

Nadie imagina que una revista pueda nacer desde una cama, desde un cuerpo cansado, desde una enfermedad que obligó a parar el mundo. Pero así empezó Letras Hispanas por el Mundo: no como un proyecto ambicioso, sino como un susurro. Como un temblor.

Al principio no había certezas. Solo una pregunta: ¿Seré capaz de volver a reunir a quienes escribían conmigo antes?

La revista nació tímida, casi pidiendo permiso. Nació con miedo, con dudas, con esa fragilidad que tienen las cosas que todavía no saben si podrán sostenerse. Era un reto personal, una forma de volver a la vida, de volver a la palabra, de volver a uno mismo después de haber estado ausente demasiado tiempo.

Pero hay algo que nunca se cuenta y que hoy merece ser dicho: yo no estaba sola.

Siempre hubo personas apoyándome. Amigos de los de verdad, de esos que se quedan cuando todos se van. Amigos que ya habían caminado conmigo en otro proyecto, que conocían mis silencios, mis pausas, mis miedos… y aun así me tendieron la mano. Fueron ellos quienes me dieron el empuje suficiente para comenzar de nuevo. Quienes me recordaron que la literatura no se apaga, solo espera.

Y entonces algo empezó a moverse. Una persona envió un texto. Luego otra. Y otra más. Y así, poco a poco, como quien enciende velas en una habitación oscura, la revista fue recuperando luz.

No hubo grandes planes. No hubo presupuesto. No hubo promesas. Solo hubo empeño, trabajo y una fe silenciosa en que la literatura todavía podía unir a personas que estaban lejos, muy lejos unas de otras.

Y funcionó. Hoy, aquella revista que nació con temblor se lee en Miami, en Centroeuropa, en rincones inesperados del mundo. Hoy, aquella idea frágil llama a la puerta del Ministerio de Cultura y de la Conselleria Valenciana. Hoy, gracias al esfuerzo silencioso de todos, estamos a un paso de algo que jamás imaginé cuando esta revista nació desde una cama: que el Ministerio de Cultura de España nos incluya en la lista oficial de publicaciones de contenido hispano, un reconocimiento que llega a través de los Institutos Cervantes repartidos por el mundo.

No es un logro mío: es el fruto de cada texto enviado, de cada lectura, de cada mano que empujó cuando la revista apenas podía sostenerse. Es la prueba de que lo que empezó como un susurro puede convertirse, con el tiempo, en una voz que viaja lejos.

Porque la verdad es esta: una revista no la hace quien la dirige, sino quienes creen en ella. Quienes escriben, quienes leen, quienes comparten, quienes empujan. Quienes se quedan.

Y la moraleja, si es que la hay, es sencilla:

A veces las cosas más fuertes nacen de los momentos más débiles. A veces lo que empieza como un temblor termina convirtiéndose en un camino. Y a veces, sin darnos cuenta, lo que creamos para salvarnos… acaba salvando a otros.

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DOLOR DE AUSENCIA

Leila Guerriero – Argentina

Entonces la levanté. Con la mano derecha la levanté de la camilla y me puse su cuerpo de tres kilos sobre el hombro, la acuné, le dije palabras de amor. La levanté igual que cuando estaba viva y maullaba por la casa y se movía como una diva hierática y yo corría jocosamente detrás de ella hasta que la levantaba, la ponía sobre mi hombro derecho, y ella disfrutaba y ronroneaba durante unos minutos hasta que se hartaba y quería bajar. La levanté y la acuné, el cuerpo todavía tibio y flojo, le dije amor, mi amor, aunque ya estaba fuera de este mundo, yacente, yerta, y le besé la cabeza, un fruto liviano y suave, y después de unos minutos volví a dejarla donde la habían puesto y me fui. Y no al otro día, pero sí al siguiente, el brazo derecho empezó a dolerme. Qué extraño, dije entonces, porque no había hecho esfuerzos raros, más bien había estado ocupándome de las tareas de la agonía y del alivio, de la internación y el acompañamiento, del abandono de la vida. Entonces fui al traumatólogo y me dijo que no era grave, que el músculo estaba presionando un nervio, que podía solucionarse fácilmente con unas aplicaciones de equis cosa, y fui en peregrinación hasta su consultorio en viajes tristes dos, tres veces por semana, y recibí un tratamiento efectivo que disminuía el dolor, y mientras el traumatólogo me decía cosas que eran ciertas ―el músculo presiona, el nervio se queja, el cuerpo sabe, inflama para desinflamar― yo empecé a pensar que mi brazo había absorbido el peso de la muerte, que el amor muerto se me había encarnado. Y me pareció bien que me doliera, me pareció bien que su muerte se prolongara en mi vida, en mi brazo ardiente, en el rayo del dolor, y mientras el dolor disminuía pensaba: “Doleme ahora, amor, porque es todo lo que va a quedar, este resto, el dolor de tu falta”. Pensaba, digo, lo que dice ese poema de Donald Justice: “Prolonga ahora el dolor si eso es todo lo que hay que prolongar”.

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DE LA GLORIA A LA DESDICHA

Gustavo Páez Escobar – Colombia

Con motivo del estreno de la película “Michael”, convertida hoy en éxito arrollador, recupero este artículo publicado en junio de 2009, a raíz de la muerte de Michael Jackson, el “rey del pop”.

Si al final de su vida estrepitosa y traumática a Michael Jackson le hubiera sido dado escoger entre la fama y la tranquilidad, supongo que no lo habría dudado: hubiera preferido ser un hombre del montón, alejado del vértigo de los aplausos y las lisonjas de la ponderación, con tal de ser feliz.
La fama tiene un precio alto, a veces demasiado alto, y Jackson lo pagó desde muy joven. Nunca fue feliz. Alguien que lo conoció de cerca afirma que desde los 20 años estaba deprimido. Y agrega: “Pasé mucho tiempo con él en la habitación
del hotel Mountcalm y vi cómo lo explotaban sus productores”. Como un sonámbulo cargado de dinero, y al mismo tiempo idolatrado y vitoreado por sus incansables multitudes de fanáticos, transcurrió toda su vida.
Esos fanáticos, ignorantes de lo que el ídolo tenía que soportar y padecer, nunca lo dejaron vivir en paz. Lo elevaban como un cohete a las altas esferas del elogio y a las atronadoras atmósferas del aplauso, sin permitirle que viviera su propia vida.
Pero su propia vida ya no era suya, sino de su público delirante. No se pertenecía a él mismo, sino al capricho de las multitudes. Le gustaba, por supuesto, sentirse idolatrado.  
Desde su más tierna edad fue un niño desprotegido. Su padre lo maltrataba por su bajo rendimiento en las clases de canto y coreografía. Esa niñez desamparada del afecto paterno le dejó un trauma insuperable. Y se apegó al calor de la madre. A
su lado se sentía un niño mimado, así no lo fuera. Y se quedó niño para toda la vida.
Este niño grande que fue Michael Jackson le creó una morbosa atracción por la niñez. En su palacio de Neverland, sostenido a costos exorbitantes, instauró la figura de Peter Pan como una desviación de su mente protectora de los niños con quienes convivía, en los cuales volcó todos sus afectos. De tal modo acrecentó y falseó ese sentimiento, que no establecía límites entre la ternura y el abuso sexual. 
Una vez pagó entre quince y cuarenta millones de dólares (nunca pudo conocerse la cifra exacta) para solucionar un pleito por el atropello de un menor de edad.
Hace menos de cinco años el mundo lo vio con las manos esposadas frente a una comisaría de Las Vegas, acusado por otro abuso sexual. Una hora después abandonó victorioso el despacho judicial, luego de pagar una fianza de tres
millones de dólares. Con el poder de su bolsa millonaria tapaba todos los
escándalos que producía.
Su fortuna, calculada entonces en 750 millones de dólares, se mostraba inagotable. Pero la realidad era desastrosa: cada vez se debilitaba más el imperio económico a merced de los pleitos, del declive de sus negocios como cantante y del costo ruinoso de las extravagancias que cometía. En las Vegas pagó perfumes por diez millones de dólares para su gran amiga Elizabeth Taylor, y para él compró un reloj de dos millones de dólares. Al final de la vida, estaba quebrado.   
El derroche era uno de sus signos vitales. De esto no tenía plena conciencia, porque nunca aprendió a manejar el dinero: otros lo hacían por él y –lo que es más triste– saqueaban sus arcas sin control. Cuenta Grace Rwaramba, empleada
suya durante 17 años, que Jackson no conocía con exactitud los negocios que firmaba. Sobre los 50 conciertos que iba a realizar en Londres, y que le dejarían una ganancia enorme, el cantante creía que había firmado el contrato por diez
actuaciones.
La misma Grace revela que su patrono era un drogadicto crónico. No ahora, sino desde mucho tiempo atrás. Murió de un infarto final, a los 50 años de edad, enflaquecido y presa de infinita soledad. Todo hace suponer que la ingestión
permanente de medicamentos contra el dolor le produjo la muerte. 
Vida desventurada la suya, que alcanzó una fama arrolladora y nunca conoció la dicha. Buscándola, llegó a la negación de sí mismo, de su raza negra, mediante la pigmentación de la piel. Dicen los siquiatras que la falta de identidad lo conducía a sentirse a veces hombre y a veces mujer. En virtud de ese conflicto patológico, desconocía la realidad. De ahí que se comportara  como un niño, pero como un niño traumatizado.
Más allá de sus frustraciones y extravagancias queda el genio de la música. Un ser superdotado para el arte musical, que le aporta a la humanidad una leyenda que pocos mortales logran conquistar. Tal vez sin tantas limitaciones en su niñez y
sin tantas excentricidades en su edad mayor, no hubiera conseguido coronar la altura del mito. Del mito indefinible. Todo a costa del tesoro más grande: la felicidad.

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